Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

2 Primera generación

El Gringo Arrieta, el ladrón que se hizo narco

Presentación y fama. Si me van a hacer una entrevista, que figure mi nombre o al menos Pablo Escobar

El Gringo es uno de los integrantes de la primera generación del ambiente, de aquellos que fueron jóvenes durante la década del noventa. Su historia resulta central para describir las características de este primer momento, ya que es el engranaje entre el mundo de los choros y el mundo de los narcos. Pertenece a esa generación de ladrones que entró en contacto con el mercado de drogas ilegalizadas en un momento en el cual este no estaba tan desarrollado, como sí lo va a estar con posterioridad. Y, si bien fue uno de los primeros en pasarse al mundo de los narcos, reservó su orgullo de choro, de ladrón, de delincuente que no trabaja con la policía, e intentó imprimir esa lógica y esos códigos a su participación en este novedoso rubro.

Se autodefinió un salvaje y un busca. Un salvaje porque nunca esquivó disputar su honor y hacerse respetar a los tiros, demostrando que era una persona que se la bancaba, que no se achicaba, que tenía valentía, valor y coraje. Un busca porque siempre logró rebuscársela para sobrevivir, para subsistir, intercalando actividades legales –formales e informales– e ilegales. Solía salir a robar, trabajaba en alguna changa,[1] cirujeaba[2] y vendía drogas.

Hijo de un obrero –su padre primero trabajó en el Swift[3] y después como embarcado en el puerto de Rosario– y de una ama de casa, vive en La Retirada desde hace más de treinta años. En el año 1978, durante la última dictadura cívico-militar argentina, cuando tenía trece años de edad, fue trasladado allí desde El Bajo, otro barrio de zona sur de la ciudad, junto a sus padres y hermanes. Desde ese momento vive en el barrio.

Su relato acerca de su llegada a La Retirada no difiere demasiado del resto de las personas trasladadas en ese momento. Rosa, su esposa, tenía dieciséis años de edad cuando, junto a su madre, llegó a vivir al barrio en la misma época; vino la topadora de los milicos, nos sacaron a todos y nos trajeron acá en un ranchito de chapa y cartón”, recordó. Rosa y el Gringo se conocieron por ese entonces y desde ahí viven juntes. Tienen cinco hijes en común.

El Gringo comenzó a participar en el ambiente desde muy chico a partir de involucrarse en algunos pequeños robos; robos que, con el tiempo y los contactos adecuados, se hicieron más importantes. Luego de varios años, comenzó a vender cocaína y marihuana; cambio de rubro que caracterizó como colgar los guantes, dejar de ser choro para ser narco. Cuando lo conocí, no participaba en ninguna de las actividades ligadas al ambiente; “Colgué los guantes por segunda vez”, mencionó, ahora pasando de narco a trabajador. En una de nuestras charlas, remarcó convencido y entre risas: “En un tiempo me decidí y colgué los guantes y dejé de robar 100 %, después decidí dejar la droga, también 100 %, ahora ya no vendo, ni consumo, tengo que laburar [trabajar]”.

Me lo presentó Tattú en el año 2014. En ese momento, estaba terminando de cumplir una condena por delitos vinculados al mercado de drogas ilegalizadas y durante la semana debía regresar todas las noches a la cárcel de varones de la ciudad de Rosario, conocida como La Redonda. El Gringo bromeaba: “Vuelvo a dormir al hotel”. De lunes a viernes, tenía permisos laborales –desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde– y participaba de la cooperativa de trabajo que Rosa conformó junto a Celeste (una de sus hijas) mientras él estuvo preso. Durante los fines de semana, podía permanecer en el barrio con su familia.

Concretar ese encuentro no fue tarea sencilla. Hacía seis meses que había conocido a Tattú en el Galpón de Emprendedores, y él me había contado que tenía cierto vínculo con el Gringo Arrieta. “Somos medios parientes, es compadre de mi papá y padrino de mi hermano”. Por ese entonces, le manifesté mi interés en conocerlo, porque había sido de les pioneres en la venta de marihuana y cocaína en La Retirada, antecesor de los Gatica y los Montero. El Gringo es una persona conocida, varias veces había oído hablar de él en el barrio. Además, su fama había trascendido las fronteras de La Retirada y se podían encontrar noticias sobre él y su familia en los periódicos locales, señalades como una banda de “narcos” de la ciudad. Sin embargo, tuvieron que pasar varios encuentros con Tattú en el galpón, varias presentaciones con otres jóvenes del ambiente para que, finalmente, una tarde dijera “Hoy les voy a presentar al Gringo”.

En el primer intento, mala suerte, esa tarde el Gringo no estaba en su casa; Tattú, al ver mi cara de decepción, prometió que la semana siguiente me lo presentaría, y así fue. Eran cerca de las cinco de la tarde, pasamos con Natalia a buscar a Tattú por su casa, a media cuadra del galpón; tras aplaudir para alertar nuestra presencia, Tattú salió y nos dijo que esperásemos un segundo, que ya venían.

A los pocos minutos, vino con su hija menor, y les cuatro fuimos para la casa de los Arrieta a dos cuadras de allí. Es una casa de material de dos plantas, pintada de color fucsia, que sobresale entre las casas bajas y los ranchos que la rodean; queda cerca del centro de salud provincial, en el fondo del barrio. Al llegar a la esquina, vimos que se acercaba un camión, el cual frenó enfrente de la casa. Tattú dijo: “Ese debe ser el Gringo Arrieta”.

Llegamos y nos encontramos con Rosa, sus dos hijas, una nuera y varies nietes. Todes estaban sentades, tomando mate en la vereda, con unas sillas, una mesa, con bizcochos y facturas. Tattú le mencionó a Rosa: “Esas son las chicas de la facultad que te conté, que quieren hacer la historia realista del barrio, de las distintas generaciones de pibes”. Nos invitaron a sentarnos. Toda la familia es sumamente agradable, bromean entre sí y se ríen todo el tiempo, parecen no pasarla nada mal. Rosa nos comentó: “No sé qué podemos decir nosotros, al Gringo mucho no le gusta hablar”.

En ese momento llegó caminando el Gringo Arrieta, que había bajado del camión. Es grandote, gordo, y renguea al caminar porque, hace algunos años, el Viejo Abel, uno de los líderes de los Montero, le disparó y lo hirió en una de sus piernas. El Gringo llegó a dónde estábamos, nos saludó, se sentó junto a su familia y se mantuvo callado por un rato. Rosa retomó la charla y nos presentó.

Les conté nuevamente el motivo de nuestra visita, ahora al Gringo, quien, mirándome fijo a los ojos, mencionó: “Yo no tengo mucho para decir, ¿qué te puedo decir yo?”. No se lo veía para nada entusiasmado. Entonces le dije: “Mirá, te digo la verdad, para ser sinceras de una, nosotras te queríamos conocer a vos, al Gringo Arrieta, los queríamos conocer a ustedes, porque no podemos escribir sobre La Retirada sin conocerlos, sin hablar de ustedes”. La conversación cambió totalmente, el Gringo, que se había mantenido callado, comenzó a hacer chistes y a contarnos un poco de su pasado de ladrón y su pasado narco. Recurrir a su fama, a su nombre, a él como personaje público nos permitió ingresar a su mundo.

De todos modos, para intentar convencerlo, le dije que nuestras conversaciones serían confidenciales y que no pondríamos sus nombres. El Gringo sentenció: “¡Ah, no! Si me van a hacer una entrevista, yo quiero que figure mi nombre o al menos Pablo Escobar”.[4] Todes nos reímos. Una de sus hijas nos miró y, bromeando, nos dijo: “Pablo Escobar se mandó”. Al rato, el Gringo agregó: “Si vos querés saber algo del Gringo Arrieta, ponés en Facebook y ahí sale todo. Las hijas se rieron y una le dijo: “Cuando vos estabas, no existía Facebook, papá”. Todes volvimos a reír. Otra de las hijas remarcó: “Pablo Escobar, pero sin matar a nadie, eeeh”. El Gringo coincidió: “Ah, sí, eso sí, sin disparar un solo tiro”.

El Gringo nos dijo que no sabía si podía concedernos la entrevista, que no tenía mucho tiempo –“Ahora tengo que laburar [trabajar] en serio”–, pero que pasáramos igual y fuéramos viendo, y que podíamos organizar unas pizzas, algo para comer. Cuando nos estábamos despidiendo, aclaró: Si hacemos la entrevista, traigo todo, todo. Sí, claro”, le contesté, sin saber muy bien a qué se refería. Entonces remató: “Todo, todo, fierros, merca [cocaína], todo”, y largó una fuerte carcajada, a la que se unieron sus hijas y su mujer. Le contesté: “Si querés sumar unos collares dorados y unos anillos, estaría muy bien. Una de sus hijas respondió: “Tenemos algunos collares, ¿no?”. Todes reímos.[5]

Saludamos y nos fuimos. Como se había hecho de noche, Tattú decidió acompañarnos hasta la parada de colectivo a unas cuatro cuadras de ahí, y en el camino nos dijo: “Creo que les cayeron bien, seguro les va a dar la entrevista. Varias veces volvimos a visitarles y, una tarde de domingo muy lluviosa, finalmente tuvimos una larga conversación en el living de su casa, sentades en unos enormes sillones de cuero de color rojo, en la que participaron todes les integrantes de la familia. Fue una charla muy amena, en la que se intercalaron recuerdos, bromas y risas.

Varias de las cuestiones que surgieron en ese primer encuentro en el que conocí al Gringo resultan útiles para comprender dimensiones y modos de funcionamiento del ambiente, así como algunas características de esta primera generación. Por un lado, Tattú no nos lo presentó inmediatamente, sino que necesitó tiempo para construir un vínculo de confianza con nosotras, dejando en evidencia que el Gringo no era cualquier integrante del ambiente. Había sido una persona importante, conocida, con cierto poder, y de algún modo lo seguía siendo, aun luego de haber abandonado las actividades ligadas a ese espacio social; por lo tanto, resultó más difícil de acceder que el resto de les jóvenes a quienes nos fue presentando sin mayores recaudos. Lo que permite mostrar el lugar que ocupa en esa red de relaciones, y que, al ser una persona importante, se la resguarda y protege más que al resto.

Por otro lado, el Gringo solo se interesó por la propuesta cuando advirtió que conocíamos de su notoriedad; y, además, deseaba que su nombre figurara –o al menos Pablo Escobar– en la historia de La Retirada. La reputación, la fama, el ser alguien conocido y reconocido constituyen aspectos significativos en el ambiente. Finalmente, y dicho muy al pasar por una de sus hijas, la mención de haber construido cierta reputación en el mundo narco, sin matar a nadie, sin disparar un solo tiro. Esta expresión, reafirmada por el Gringo, da cuenta de cierta valoración de determinados usos de la violencia, de la cual el propio cuerpo del Gringo había sido testigo; y, al mismo tiempo, les permite diferenciarse y distanciarse de otros modos de vincularse a ese mercado ilegal que se dieron en el ambiente con posterioridad y que de algún modo reprobaban.

Sin embargo, esto no significa que el Gringo no haya participado de enfrentamientos físicos con la utilización de armas de fuego con y contra otres jóvenes del ambiente, y que no haya pesado sobre él el cartel de tiratiros en algún momento. El cartel, la fama y el respeto ganados a los tiros también están presentes en la primera generación.

Usos de la violencia. Tiratiros: entre cartel heredado y propio

Cuando el Gringo llegó a vivir a La Retirada, ya ostentaba cartel, vinculado a demostraciones de valentía y coraje, por pertenecer a la familia Arrieta, una familia que se la banca, que no tiene miedo. El cartel lo ganó su abuelo Martín Arrieta peleando con un martillo bolita a Jaime Pereyra, que tenía un facón. Los Pereyra eran famosos en ese entonces, y su abuelo lo peleó con un martillo bolita, le ganó la pelea y le hizo perder el facón; y, a partir de ahí, se hizo famosa y respetada la familia Arrieta.

Si bien el cartel de tiratiros de los Arrieta empezó con su abuelo paterno Martín Arrieta, su papá y su tío también hicieron lo suyo. El Gringo contó orgulloso: “A mi viejo [padre] le gustaba tirar tiro [disparar armas de fuego], andar con faca, mi tío Marcos también con faca y los dos debieron chorear [robar], la mayoría de los Arrieta fueron manito larga, de una u otra manera, siempre alguien robaba algo”. Su padre, además, se hizo cartel peleando en El Bajo. “No entraba nadie a El Bajo, nadie se animaba y mi viejo entraba, porque se la aguantaba, a los tiros”, recordó.

En esta primera generación del ambiente, el pertenecer a determinadas familias tiene efectos en las biografías de las personas, ya que funcionan como grupos colectivos ligados, especialmente, por lazos de parentesco y de amistad, que implican obligaciones, lealtades y ciertos privilegios. No se trata de individuos absolutamente autónomos, sino de un desempeño corporado. El cartel trasciende a las personas, alcanza a varies integrantes de la misma familia y sus allegades, y puede a transmitirse a generaciones futuras, a hijes y nietes. Así, el honor no es un atributo puramente individual, sino que, tal como Julián Pitt-Rivers explicó (1977), implica también una dimensión colectiva. Es, al mismo tiempo, individual, colectivo y hereditario en grados diversos y según las circunstancias. Por ello, la construcción o destrucción de la reputación y el honor de alguien afecta no solo a la persona directamente implicada, sino también a sus parientes y allegades.

El Gringo Arrieta no solo adquirió el cartel de tiratiros de su abuelo, su padre y su tío, sino que logró apropiárselo y consolidarlo a partir de sus propias acciones, de sus propias salvajadas, tal como él las caracterizó. Al cartel heredado, hay que honrarlo y alimentarlo. Para explicar cómo fue que logró hacerse su propio cartel, y con esto mostrar cómo funciona este mundo al que él pertenece, el Gringo recurrió a un recuerdo de su adolescencia, una secuencia en la cual un joven que ya tenía cartel le dio una cachetada y él le respondió con un tiro. “Por una cachetada le rompí la panza de un tiro, así empecé a tener mi propio cartel”, resaltó. Tenía catorce años.

Explicó que estaba con Rosa en un baile en el barrio, cuando se acercó este joven y le pidió un cigarrillo. “Yo era una pulga así chiquitita y el loco [joven] era muy grande”. Recordó que, al intentar convidarle el cigarrillo, sin querer se le cayó al piso e inmediatamente le pidió disculpas por no haber sido lo suficientemente cuidadoso. Sin embargo, el otro joven interpretó este accidente como una falta de respeto y lo increpó. Frente a esto, intentó disculparse nuevamente, pero el joven volvió a increparlo y lo invitó a pelear: “Vení, vamos para afuera”. Salieron y el joven le dio una cachetada. El Gringo contó que no le pegó, sino que fue a pedirle un revólver a un amigo y, cuando volvió, desde el pasillo le disparó. “Le entré a meter plomo [a disparar], no le pegué a nadie, eran una banda [muchos]”.

Al día siguiente, el joven que lo había agredido fue hasta su casa, se encontró con su madre y la amenazó. El Gringo detalló que, al advertir la situación, le dijo que no se metiera con su madre y le disparó un balazo en el abdomen. Al rato llegó el hermano del joven herido con un revólver e intercambiaron nuevamente disparos. “Yo desde la puerta de mi casa y él de enfrente nos tirábamos los dos a ver quién era más guapo”, relató.

El Gringo narró este episodio como una hazaña, una proeza, brindando, con cierto orgullo, cada uno de los detalles de lo sucedido tantos años atrás. Al mismo tiempo, le interesó resaltar que el joven con quien intercambió disparos era alguien que ya tenía cartel. Es decir, se enfrentó contra otro que ya era considerado valiente o corajudo en el ambiente, y esto le generó al Gringo la posibilidad de consolidar su propio cartel de tiratiros. Al enfrentarse a ese otro con cartel, demostró que no se achicaba y, en consecuencia, que también era valiente, que se la aguantaba y que se hacía respetar. El cartel de tiratiros funciona de manera relacional, para adquirirlo o consolidarlo resulta necesario enfrentarse con alguien que ya lo tenga.

Por otra parte, en el relato del Gringo, lo que generó al día siguiente los disparos contra el joven fue que este amenazara a su madre, poniendo en riesgo el honor familiar. Esta situación habilitó un nuevo despliegue de violencia, ahora no para demostrar su valentía y coraje, sino para defender a su familia y para restablecer un límite que se interpretaba traspasado; esto es, amenazar a la madre de un joven del ambiente.

Esta forma de construirse cartel, vinculada a la participación en tiroteos con y contra otres jóvenes, resulta una cuestión significativa en las tres generaciones. Estos enfrentamientos físicos en los cuales se utilizan o pueden utilizarse armas de fuego, donde la muerte o las heridas en el cuerpo de algune de les contrincantes es una posibilidad cierta, dentro de ciertos límites, no necesariamente son percibidos de manera negativa, sino que resultan productivos para adquirir fama o reconocimiento dentro y fuera del ambiente.

Les jóvenes del barrio conviven con distintas formas de violencia física –a veces letal– y moral, algunas legales, otras ilegales, pero no siempre consideradas por elles ilegítimas. Así, algunas de esas violencias no son percibidas de manera negativa, sino que exhiben un costado productivo en cuanto formas de adquisición y construcción de prestigio social y honor (Fonseca, 2000; Alvito, 2001; Pitt-Rivers, 1977; Garriga Zucal, 2007, 2010, 2016; Cozzi, 2014b; Pita, 2017), vinculadas a muestras de valentía, coraje y formas hegemónicas de masculinidad (Alabarces, 2004; Segato, 2010; Garriga Zucal, 2007; Fonseca, 2000; Cozzi, 2014b/2015), y como recurso para disputar bienes materiales y simbólicos (respeto y poder) (Garriga Zucal, 2007) y adquirir cierta reputación y ser reconocides (respetades) y conocides (famoses) dentro y fuera del ambiente.

Estos enfrentamientos o intercambios son mencionados por les jóvenes como broncas. Dicha categoría tiene varias acepciones que resultan constitutivas del universo de sentido del ambiente y ponen en juego valoraciones morales. Así, por un lado, tener broncas implica la posibilidad cierta[6] de participar en tiroteos o sufrirlos con otres jóvenes o grupos de jóvenes del ambiente, entre quienes ya ha habido intercambio de disparos de armas de fuego o amenazas de intercambios entre algunes de sus integrantes por diversos motivos –muchos de ellos interpretados como faltas de respeto, como tirar un cigarrillo aunque sea de manera accidental, tal como relató el Gringo, pero también puede ser no saludarse, mirarse mal– o imputaciones y acusaciones que pueden ser interpretadas como agravios a las personas que afectan su honor –por ejemplo, en el relato del Gringo, cuando el joven lo invitó a pelear, le dijo si “no era guapo, sino se la bancaba”– y en diversas situaciones. Por otro lado, tener bronca con algunes jóvenes o grupos señala que algunes de sus integrantes han matado a algune de les miembros del otro grupo, sintetizado en la frase “Hay muertos de por medio”. Finalmente, les jóvenes refieren como la bronca a los grupos de jóvenes con los que están enfrentades, por un lado, y al conflicto que originó el despliegue de violencia, por el otro.

En el relato del Gringo, surgió una y otra vez la posibilidad de hacerse cartel a los tiros demostrando su valentía y coraje, enfrentándose a otres jóvenes que ya poseían cartel. También el intercambio de disparos apareció vinculado a actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas, que suelen ser caracterizadas en la prensa como “guerras narco” o “guerras vinculadas al narcotráfico”, describiéndolas como meras disputas territoriales por ese mercado; pero involucran también muestras de valentía y coraje. El Gringo se esforzó por aclarar que, si bien había participado de la venta de drogas, no había disparado un solo tiro, intentando diferenciarse y distanciarse de otras formas de vincularse a este mercado.

En relación con esto, cuando le pregunté cómo había resultado herido en su pierna, el Gringo detalló que la bronca se originó porque los Montero le habían querido robar mercadería [marihuana o cocaína] que creían que él tenía en la casa de un cuñado:

El Gringo: El Viejo Abel me mandó a robar a la casa de mi cuñado pensando que yo tenía mercadería ahí, él andaba conmigo, así que te podés imaginar lo traidor. Después yo fui a la casa del Viejo Abel a reclamarle, me fui a hablar con él hasta El Obús. “Mirá, Abel, esta madrugada apretaron a mi cuñado, así y así, andaban con una pistola tuya, el radio y las esposas, eso es tuyo. Dice “No, no puede ser. “Sí”, le digo, era sultano, fulano y mengano. “No, no puede ser. “Sí, y decile al Nenun que yo lo voy a matar, uno de ellos que había apretado a mi cuñado, tiempo después lo mataron. Entonces, él va y le cuenta que yo lo iba a matar. Después, yo estaba sentado acá y me viene a buscar un guacho [joven] y me dice “Ahí está el Nenun que quiere hablar con vos. Decile que venga”, le dije, yo no le quería hacer nada. Se va el pibe, vuelve, insiste: El Nenun dijo que, si te la aguantás, que vengas. Entonces salgo para allá, para el terraplén, me puse un treinta y ocho [un revolver] y me fui, me fui allá y fue corto el trámite. No me pegó y yo le pegué a él, así, cerquita de acá. Ahí yo me quedé sin balas, me tiré detrás de una chata [camioneta], vino el Viejo Abel, que estaba ahí, me puso la escopeta acá [se toca el pecho], yo se la bajé y me dio en la pierna, el que andaba conmigo, el Viejo Abel, que es mayor que yo, tiene cincuenta y dos años y yo tenía treinta y cinco, era joven todavía.
Rosa: Pero vos fíjate si hubiera sido una guerra guau, cuántos muertos hubiéramos matado nosotros y no, nos quedamos ahí, yo me conformé con que él se quedara con una pierna más corta. A la justicia de nosotros, no la hicimos por mano propia, si no, estaríamos uno [muerto] de allá, uno de acá, uno de allá, uno de acá. Gracias a Dios, confiamos en Dios, creemos mucho en Dios; y gracias a Dios, él, a pesar que tiene una pierna más corta, tiene su vehículo, puede trabajar, a pesar de todos los errores que hayamos cometido, de la vida que vivimos, fuimos presos varias veces, un montón de cosas, pero no nos dedicamos a matar gente.
Gringo: Yo no fui un tipo que andaba matando.

El Gringo y Rosa se esforzaron por diferenciarse y distanciarse de esas otras formas de vincularse con el mercado de drogas ilegalizadas, reconocieron haber participado del negocio, pero insistieron en que no habían matado a nadie. Al mismo tiempo, mencionaron al Viejo Abel como un traidor, como alguien sin códigos: en primer lugar, porque, aun siendo compañeros –“Nosotros andábamos juntos”, resaltó el Gringo–, le había querido robar; y, por otro lado, porque le había disparado y herido en la pierna, cuando él estaba desarmado, cuando se había quedado sin balas, sin posibilidad de respuesta. Ambas cuestiones son valoradas negativamente en el ambiente, resultando fuentes de vergüenza y desprestigio. Poco colabora a la corroboración del coraje y valentía robarle a un compañero y dispararle cuando está desarmado.

Tattú también recordó los tiros del Viejo Abel al Gringo, su padre, que los conocía a los dos, le había contado cómo se había iniciado la bronca. Según este relato, el Viejo Abel había mandado a otras personas del ambiente cercanas a él a robarle; y el Gringo, al advertirlo, fue junto a otras dos personas a buscarlo al Viejo Abel, en el terraplén lindero al arroyo, al fondo del barrio. Tattú contó:

Estuvieron como media hora tiroteándose, hasta que en un momento el Gringo se quedó sin balas; y, entonces, el Viejo Abel se le acercó, lo agarró, le sacó las armas, le dio [disparó] con una [escopeta] recortada en la rodilla y le perdonó la vida. Me acuerdo porque mi papá me contó que el Gringo le pidió al Viejo Abel que no lo mate, que le perdone la vida, que ellos eran compañeros, que entonces el Viejo Abel solo le dio con una recortada en la rodilla.

Cuando Tattú llegó al terraplén, vio que lo traían arrastrando al Gringo, lo subieron en un auto y se lo llevaron al hospital, pero no lograron salvarle la rodilla, por lo que, desde ese momento, renguea.

A pesar de los matices en las diversas formas de narrar lo sucedido o en las diversas versiones construidas sobre el mismo hecho, ambas, es decir, el esfuerzo de Rosa y el Gringo en diferenciarse y distanciarse de los Montero y de esos usos de la violencia, y la necesidad del Viejo Abel de explicar, de contar a otras personas del ambiente que él le había perdonado la vida, que solo lo había herido en la rodilla, dan cuenta de la existencia de reglas que regulan o intentan regular prácticas dentro del ambiente, y muestran cómo ciertos usos de la violencia pueden tener efectos productivos en términos de cartel y, al mismo tiempo, cómo usos desmedidos o fuera de lugar pueden provocar acusaciones de traición y, en consecuencia, generar desprestigio y vergüenza, de manera que afectan, así, al honor.

En el ambiente, más allá de la mirada de diversos actores sociales –periodistas, policías, funcionaries–, estos intercambios están sumamente reglados, a través de un sistema de normas que establecen entre quiénes, cómo, dónde y por qué motivos pueden o deben dispararse armas de fuego. Estas reglas o códigos no resultan distantes de los criterios de legitimidad e ilegitimidad de la(s) violencia(s), disponibles en el contexto social más general (Matza, 1957/1961). Es decir, se nutren de los materiales disponibles en la cultura más general a la que pertenecen –por ejemplo, la violencia vinculada a las señales hegemónicas de masculinidad, a la hombría– y exceden de este modo al ambiente.[7]

El despliegue de violencia que otorga respeto y reconocimiento (una de las dimensiones del cartel) es el que se realiza dentro de ciertos límites. Por el contrario, podrán tener fama, ser conocides (otro de los elementos del cartel), pero no serán respetades. La fama refiere a ser conocides –dentro y fuera del ambiente– y puede tener efectos productivos positivos o negativos en determinados contextos (buena o mala fama). Por su parte, el respeto ligado al prestigio y al honor se basa en ser reconocides con una buena reputación y, al igual que la fama, tiene efectos distintos en diversas situaciones y contextos.

El hecho de que existan reglas no significa que estas no sean infringidas a menudo. Sin embargo, el despliegue de violencia por fuera de esos límites produce consecuencias. Es decir, puede generar la pérdida del respeto obtenido o la consolidación de un cartel en términos de fama más negativo que positivo en el ambiente; esto es, pueden resultar ser personas conocidas, pero no respetadas.

En el ambiente el respeto y la fama no solo se construyen a través de un despliegue de violencia contra otres integrantes con quienes se tiene bronca, para demostrar quién es el más corajudo o valiente, sino que otras actitudes también son valoradas positivamente. Es decir, no solo están relacionados con la disputa a los tiros de la valentía y el coraje como prueba de masculinidad, sino también con la generosidad y con el intercambio de ciertos favores o ayudas; por ejemplo, llevar a un joven herido al hospital, prestar dinero, dar abrigo, dar protección.

Las dimensiones del cartel que implican, por un lado, el intercambio de disparos con otres jóvenes, o sea, formas de ejercicio de violencia, y, por el otro, intervenciones que involucran reciprocidad, ayudas mutuas y favores permiten pensar cómo se construyen estas prácticas que resultan de una articulación entre el coraje, la valentía, el uso de la violencia y la generosidad. Estas cuestiones se asemejan con aquello que señala Claudia Fonseca cuando estudia los componentes del prestigio masculino. La autora sostiene que los criterios de prestigio personal (de honor) varían según la edad, el sexo y el estatus económico y civil de las personas.

El Gringo ayuda permanentemente a las personas que viven en el barrio, y estas muestras de generosidad y solidaridad tienen efectos productivos para que sea conocido, respetado, querido y reconocido en el ambiente y en La Retirada. De manera similar a como funciona en el contexto social que investiga Claudia Fonseca (2000), las tácticas de los varones para enaltecer la propia imagen, para responder a las humillaciones sufridas de manera cotidiana, para proyectar una imagen pública de prestigio social se apoyan, principalmente, en la bravura, la virilidad y la generosidad.

Diversas formas de construcción de autoridad. El respeto bueno y el respeto malo

El Gringo es una persona conocida y respetada, además de por bancársela, por ser una persona generosa, solidaria y con códigos. Las veces que estuve sentada en la vereda de la casa de la familia Arrieta, muchas personas del barrio –adultes, jóvenes y niñes– pasaban, saludaban muy amablemente y, a veces, se quedaban charlando un rato. Los Arrieta respondían los saludos de la misma manera. Es una familia querida, conocida y respetada en el barrio, cuestión que corroboré a lo largo del tiempo.

En nuestros primeros encuentros, Rosa se detuvo en detallar una y otra vez las bondades de su marido. Así, contó que el Gringo siempre fue una persona buena y muy solidaria, que ayudaba a les jóvenes del barrio. “Hay que ser solidarios, de nada sirve la violencia, estamos en un barrio, si no nos defendemos uno a otros, ¿quién nos va a defender?”, se preguntaba Rosa. Celeste, su hija, señaló: “Lo que tiene mi papá es que, si hay alguien que no tiene donde comer, donde dormir, lo mete acá, a casa”. Para ambas, la solidaridad resultaba una característica valorada positivamente.

La tarde que lo conocí, el Gringo Arrieta se ocupó de resaltar, además, cómo jóvenes y adultes del barrio hacían fila fuera de su casa para pedirle cosas, y que él siempre les ayudaba.

Mirá, cuando había algún baleado acá en el barrio, el primero en llevarlo al hospital era yo, lo cargaba en el auto y lo llevábamos, fuimos los primeros que tuvimos vehículo acá en el barrio, nosotros venimos bien de abajo.

Tattú confirmó todo lo que estaba diciendo el Gringo, asentía todo el tiempo con la cabeza, y mencionó que a él también lo había ayudado siempre que lo necesitó.

Insisto, el Gringo Arrieta no es un integrante más del ambiente, no es un vecino más de La Retirada, sino que es conocido y reconocido por todes; está en un lugar o posición de poder. El Gringo es lo que Maurice Godelier (1986) diría un “gran hombre”. Este autor analiza cómo se producen jerarquías que diferencian a hombres entre sí y que colocan a unos por encima de los otros, representadas en la figura de los “grandes hombres” que sobresalen sobre el resto.[8] Según él, esas jerarquías se organizan en torno a diferentes funciones indispensables para la reproducción social –algunas heredadas, otras obtenidas; es decir, se ganan, se merecen y se demuestran; en estos casos, se trata de estatutos por conquistar–, y los individuos se distinguen entre sí de acuerdo a su capacidad o incapacidad de asumirlas.

En otras palabras, los “grandes hombres” se destacan en todo aquello que produce honor y reputación; en nuestro caso, la valentía y el coraje, demostrados a los tiros, lo que podría de algún modo asemejarse a los “grandes guerreros” que menciona Maurice Godelier; estatuto que se debe conquistar y también se puede perder, por lo cual se debe demostrar y disputar todo el tiempo. Pero, además, está la generosidad, a través del intercambio de ayudas y favores necesarios para satisfacer necesidades de todo tipo. A partir de los continuos actos de generosidad con sus vecines, el Gringo y su familia realizan un trabajo activo por sostener y mantener su figura y lugar privilegiado en el ambiente, aun cuando no participa más de actividades ligadas a ese espacio social.

El Gringo mencionó, con cierto orgullo, que eso de ayudar a los demás lo había aprendido de sus padres. Contó que, cuando su madre y su padre eran jóvenes y vivían en el Bajo, si bien no pertenecieron a la organización política Montoneros, fueron cercanes a elles, colaboraron en ollas populares y refugiaron en su casa a varies militantes. Rosa, por su parte, resaltó que Celeste, la hija mayor de ambes, heredó eso de ayudar a los demás. Celeste tiene a su cargo un comedor comunitario en el barrio a metros de su casa. Además, Rosa, junto a una de sus hijas, conformaron una cooperativa de trabajo y generan puestos de empleo no solo para sus familiares –entre elles, el Gringo–, sino también para otres habitantes de La Retirada.

La generosidad, vinculada al intercambio de favores, aparece también como una forma de construcción de poder que les permite colocarse por encima de otres, debido a que, de algún modo, estos intercambios constituyen obligaciones sociales, de manera similar a la lógica del don, analizada por Marcel Mauss (2009). Las relaciones de intercambio aparecen como voluntarias, pero son al mismo tiempo obligatorias; es decir, se establecen obligaciones recíprocas, tanto para quien da, como para quien recibe: la obligación de dar genera, además, las de recibir y de devolver. El Gringo Arrieta es generoso, y de este modo logra sostener su autoridad, al tener relativamente obligades y de alguna manera subordinades a eses otres a les que ayuda, que le deben gratitud y también obediencia o lealtad. Se trata de ser parte de un sistema de intercambios.

Así, de no devolver el bien recibido –que se está obligado a devolver–, se corre el riesgo de perder autoridad, prestigio y estatus, ya que se queda en situación de deuda. Al mismo tiempo, depende de quien se trate, existe la posibilidad de tener que devolver más de lo recibido, aunque paralelamente se corre el riesgo de humillar a la persona que dio; se trata entonces de una cuestión relacional, importa quién está de cada lado de la relación. Se establecen lazos sociales de sometimiento creando deudas y se genera poder basado en el principio de reciprocidad, con carácter supuestamente voluntario –libre y gratuito– y, al mismo tiempo, obligatorio.

Pero lo que espera el Gringo en devolución de su generosidad no son solo bienes materiales. Como, en verdad, lo que está en juego es su prestigio personal, podríamos interpretar que se trata de una búsqueda de reconocimiento público, de valoración de su imagen. El prestigio personal es negociado y se constituye así en un bien simbólico fundamental del intercambio, de manera similar a lo analizado por Claudia Fonseca (2000). La autora menciona un segundo aspecto analítico del honor, convertido en un “don” que puede ser valorado e intercambiado con otros dones, tales como la protección, los bienes materiales o los servicios de asistencia. Así, por ejemplo, la protección y deferencia u homenaje son las principales monedas de cambio.

Tattú, desde su presente de rescatado y vinculado a la Iglesia evangélica, diferenció entre dos formas de ganarse el respeto en el barrio: por un lado, un respeto bueno; y, por otro lado, un respeto malo. A lo largo de sus treinta años de vida, fue vinculándose con distintos ambientes. Siendo niño, conoció a personas que participaban del ambiente del delito. Su familia vivía en la misma cuadra que los Gatica; “Yo los conozco a todos, me crie entre ellos, me crie viendo el ambiente. Las mujeres se prostituían, trabajaban en la ruta, en la calle. Los hombres robaban, varios trabajaban”.

En su adolescencia participó en varios robos, a los pocos años empezó a tatuar y a moverse en el ambiente de los tatuajes. Contó que llegó a tener nivel profesional y que era famoso por la calidad de sus tatuajes, fama que trascendió el barrio. “Después mi fama empezó a extenderse por ese lado, el cartel el tatuador”, resaltó en más de una oportunidad. Según él, en ese tiempo salía poco a robar porque le resultaba más redituable en términos económicos trabajar como tatuador. Sin embargo, a veces salía a hacer algún trabajo entregado.[9]

Finalmente, se acercó a la Iglesia evangélica. Empecé a conocer gente de ese otro ambiente, muy distinto del que yo conocía, en donde la idea del respeto es otra, es ayudar al otro, sin esperar nada a cambio y sin importar quién es el otro”. De algún modo, salió de un ambiente y, al mismo tiempo, entró en otro también altamente reglado. En el año 2010, a los veintiséis años de edad, Tattú abandonó por completo todas las actividades que él vinculaba al ambiente del delito: así, dejó de consumir cocaína y marihuana, pero también bebidas alcohólicas, dejó de tatuar, de robar y de ir a recitales de rock. Se dedicó casi exclusivamente a su familia, a trabajar, edificar su casa y organizar capacitaciones en el Galpón de Emprendedores.

Tattú vinculó directamente su rescate con ese acercamiento a la Iglesia. “Empecé a conocer otra clase de persona, otra junta, empecé a relacionarme con otras personas, otro ambiente”. Lo describió como un cambio de vida. Relató que conoció el ambiente de la Iglesia visitando a un primo que estaba detenido.

Tattú: Después ya empecé, me invitaron para que vaya a la iglesia, y empecé a ir a la iglesia, y ahí también, seguí ese tratamiento de Dios para mi vida. Y empezó la lucha interna, porque yo tenía todo un estilo de vida, toda una costumbre y Dios me presentaba otra. O sea, estaba en mí la decisión de tomarlo. Y también me exigía, o sea, Dios por medio de su palabra me enseñaba que había cosas que me hacían mal para mi vida.
Eugenia: Entonces ahí, cuando empezaste a ir a la iglesia, dejaste lo otro.
T: Claro, sí, ya hace cuatro años. Y bueno, como es una vida nueva, tenemos que dejar todo lo viejo, para recibir lo nuevo. Porque, si no, es imposible. Lo viejo con lo nuevo no concuerda.

En esos cuatro años, pasó por varios empleos, trabajó un tiempo en una fábrica metalúrgica, y en dos fábricas de electrodomésticos. También, en los meses en que no tenía trabajo, junto a su cuñado, cuidó autos en el centro de la ciudad. Empezó a participar en el Galpón de Emprendedores y a hacer trabajos de herrería y albañilería por su cuenta. Luego, a través de una persona que conoció en el nuevo ambiente que transitaba, consiguió un empleo de herrero, mejor pago, con mejores condiciones de trabajo y más estable.

Tattú, desde su presente de rescatado,[10] diferenció entre dos formas de ganarse el respeto en el barrio y señaló, más de una vez, cómo en el taller de herrería él intentaba transmitirles a les jóvenes una buena manera de obtenerlo, poniendo en evidencia valoraciones morales acerca de los diversos usos de la violencia y de las distintas dimensiones del honor o del prestigio en el ambiente. Diferenció entre un respeto bueno y un respeto malo.

Para Tattú, el respeto bueno, que es el que él le quiere transmitir a les jóvenes del taller que intenta sacar de la calle, está vinculado a “tratar bien al otro, sin esperar nada a cambio, a ser solidario con el otro, sea lo que sea el otro”. En cambio, el respeto malo es el que se gana “a la fuerza, pegándole o lastimando al otro, basureándolo [humillándolo]”.

Tattú: Si yo me quiero ganar respeto en el barrio, tengo que ser sarpado, atrevido, si alguien me dice algo, pegarle directamente, ahí me gano un respeto, pero un respeto que me va a durar poco, porque va a haber uno que no me va a respetar, que va a ser más atrevido que yo y me va sacar el cartel [] acá hay una guerra más que nada por el cartel, porque el joven quiere crear una chapa, un cartel, un respeto, porque es así, siempre el hilo y el eje es el respeto y la lucha interna que uno tiene. Uno es joven y quiere figurar, tener una chapa, un cartel de choro. Uno robaba una bici [bicicleta] y se enteraba todo el barrio, uno lo empieza a querer vender y a hablar y hoy en la esquina se habla de eso, el pibito que hoy se robó una zapatilla y lo cuenta como una hazaña y empieza a contárselo a todos porque lo que quiere es un cartel, siempre está esa lucha, yo creo que la lucha que tenía en mi interior era eso, era de ser alguien, no tengo oportunidad de trabajo, no tengo oportunidad de estudio, bueno, no puedo ser alguien y salir adelante bien correctamente, bueno, voy a ser alguien en lo malo, por eso me tiroteaba, por eso robaba, porque es así.

Es decir, por un lado, el respeto ganado a los tiros, ligado a muestras de coraje y valentía como prueba de masculinidad, coexiste o convive con otra forma de ganarse el respeto relacionada a otros tipos de intercambios, de ayudas y favores, vinculados a muestras de generosidad. El primero, que Tattú caracteriza como “malo”, valorándolo así de manera negativa, permite de todos modos construir un nombre, tener una reputación, tener fama. En determinados momentos, y dentro de ciertos límites, puede ser valorado positivamente y tener efectos productivos; en cambio, en otros momentos, en otros contextos, o ejercido fuera de esos límites, puede provocar efectos contrarios, generar mala fama, desprestigio y vergüenza.

Quienes disputan su hombría a los tiros no solo ganan renombre, gloria y admiración, sino que también adquieren cierta autoridad respecto a las demás personas del ambiente, y la fuente de ese poder está relacionada con su valentía y con el temor que inspiran; de este modo, el prestigio se transforma en un poder social, siempre y cuando sea ejercido dentro de ciertos límites. De manera semejante a los “grandes guerreros” de Maurice Godelier, sobre quienes él señala que, si utilizan ese poder de manera desproporcionada, la admiración y la confianza se transforman rápidamente en odio y temor.

Por otra parte, la construcción del cartel, la disputa del honor, la fama y el prestigio a los tiros con otras personas del ambiente para demostrar valentía y coraje resulta un proceso sumamente frágil y precario. Es decir, se necesita construir, cuidar y ganar el cartel todo el tiempo, porque se puede ganar y perder fácilmente: “Otro puede ser más sarpado que vos y te lo puede sacar y hacerse cartel con vos”, señaló Tattú. En definitiva, el cartel de tiratiros, que da fama y permite hacerse respetar, no es algo que se construye de una vez y para siempre, que se alcanza y ya está, sino que todo el tiempo está en riesgo.

Un joven de la tercera generación del ambiente ilustró de una manera muy clara estas cuestiones. En una de nuestras conversaciones acerca de las broncas en el barrio, mencionó: “Mirá, la cosa es así, vos tenés dos muertes,[11] ponele, y yo te mato a vos, ¿no? Bueno, entonces yo tengo tus dos muertes, más esta, ¿entendés? Tengo tres muertes en total y con eso ganó más cartel”. Las muertes permiten acumular cartel. El cartel resulta así relacional; es decir, importa participar en estos intercambios porque existe un valor para ganar, valor que se le quita al otro que ya lo tiene. Tal como señala Julián Pitt-Rivers (1977), la honra representa un sistema absoluto y, en consecuencia, es imposible que dos personas estén en el mismo nivel; conseguir bajar el estatus, el cartel de una persona hace que el del otro individuo suba, se hacen cartel con vos.

A su vez, en el ambiente el prestigio social, la construcción de un nombre, de una fama también están vinculados a la participación en determinadas actividades; algunas más tradicionales en el mundo de la ilegalidad, como, por ejemplo, participar en choreos [robos] adquiriendo el cartel de ladrón o choro, o en actividades más novedosas o innovadoras ligadas al mercado de drogas ilegalizadas –especialmente de marihuana y cocaína–, referido al cartel de narco, ocupando diversos niveles o posiciones en el sistema de jerarquías al interior del ambiente.

Contactos y redes de relaciones en el ambiente. Tener cabida

El Gringo comenzó a robar de muy chico junto a personas más grandes que conocía del barrio, e intercalaba robos con algunos trabajos –panadería, albañilería– y con cirujeo. A veces salía a robar –a taxis y colectivos– con Rosa, y en una de esas oportunidades fueron detenides e investigades judicialmente por varios robos. Rosa tenía dieciocho años de edad, estaba embarazada de su primer hijo, y permaneció presa dos años y ocho meses. El Gringo tenía dieciséis años de edad y estuvo detenido tres años y cuatro meses, fue liberado en el año 1983, “con la nueva ley del dos por uno, cuando asumió Alfonsín como presidente”, recordó.

Rosa contó que, cuando salieron de estar presos esa primera vez, “las cosas cambiaron”. Ahora solo El Gringo se dedicaba a esas actividades. Él coincidió: “Yo choreaba, trabajaba, cirujeaba, changas de todo, buscaba terrenos, armaba tres o cuatro ranchitos y después los vendía, era un buscavidas”. Tiempo después, el Gringo volvió a estar detenido y fue condenado nuevamente por varios robos.

En el año 1991, el Gringo salió con libertad condicional luego de estar seis años preso en la cárcel de la localidad de Coronda, “hasta ahí eran todas causas de robos”. Hasta ese momento intercalaba entre el choreo y el trabajo legal (informal).[12] Estando en libertad, realizó una serie de robos más y para el año 1994 dejó de robar y comenzó a vender cocaína: “Me dediqué a vender, movía, ¿viste?”. Encontró otro (novedoso) rebusque para sobrevivir.

El Gringo no fue el único. A mediados y fines de los años noventa y principio de los años 2000, algunos ladrones comenzaron a vender marihuana y cocaína en la ciudad de Rosario, que traían de Paraguay y Bolivia. Tattú recordó que en La Retirada algunas personas del ambiente habían empezado a vender drogas a mediados de los años noventa.

Antes la teníamos que ir a comprar afuera del barrio, fue un cambio grande cuando empezó a venderse droga acá. En una cuadra en frente de la comisaría, toda una familia empezó a vender [se refiere a los Gatica], la peatonal del porro [cigarrillo de marihuana] le decíamos, yo tenía doce o trece años y ya podía ir a comprar. Se hizo mucho más visible la venta de drogas, se vendía marihuana y pastillas, cocaína muy poco al principio, la cocaína no se vendía tanto en esa época, eran puntos muy específicos, era algo más caro, no se movía tanto. Me acuerdo que empezaron a venderse en papelito, en papel glasé, papelitos que valían cinco pesos, después sí empezaron más con la cocaína, después yo empecé a consumir.

Estos ladrones aprendieron un sistema inaugurado por contrabandistas paraguayos: una cooperativa que traía marihuana y hacía la diferencia al revenderla en el sur de Rosario. Viajaban, compraban y revendían en la ciudad. El Gringo comenzó en este mercado gracias a sus contactos en el ambiente. Cuando salió de estar preso un amigo ladrón, había empezado a vender cocaína y lo contactó con este novedoso rubro.[13] Tal como relató el Gringo, parte de su trabajo, en un primer momento, consistía en fraccionar y estirar esa sustancia para agregarle valor y obtener mayor ganancia al revenderla al menudeo; esto es, a consumidores finales:

Gringo: Le digo ¿Qué estás haciendo?. Él me contesta Estoy vendiendo. Le digo ¿Cómo es?. Me contesta “Yo te doy cinco gramos, vos preparalo en bolsita con papelito glasé. Me daba cinco gramos, yo venía, picaba todo, hacía un polvito, después hacía la medida y sacábamos diez papelitos de esos y yo los vendía diez pesos cada uno, ganaba cincuenta pesos. Así era mitad para él, mitad para mí. Él traía de Bolivia, la iba a buscar a Tartagal. Llegaba ahí, pasaba para el otro lado [cruzaba la frontera], ¿viste que ahí está todo el maneje?, y traía. En un principio, yo era revendedor y después me hice solo, porque yo era muy andariego, un busca. Si sos boliviano, yo me arrimaba al lado tuyo y te decía “Hola, ¿cómo va? ¿De dónde sos?”. Me contestaban “De Bolivia. Les preguntaba “¿Qué haces acá?”, qué sé yo. Me decían “Vine a buscar trabajo, por ejemplo. Entonces les ofrecía trabajo, les decía “Vení, yo te voy a dar. Les daba trabajo un par de días y después les iba sacando a ver de dónde eran, y si conocían sobre esto, tema merca [cocaína], ¿me entendés? Cuando me decían que sí, les preguntaba ¿Qué te parece si vamos a buscar? Vamos, compramos, lo vendemos a medias. Así te hago entrar, y una vez que entraste, listo. Después, si querés, seguí, si no, abrite, pero yo ya tengo la línea [el contacto para vender].

El Gringo incursionaba así en el negocio narco junto a otros ladrones de zona sur de la ciudad, entre ellos los Montero. Al principio, El Gringo vendía merca para otres. Luego, en poco tiempo, consiguió su propia línea y empezó a contrabandear marihuana directamente, con un mayor margen de ganancia. Él se convirtió en un importador mayorista de marihuana que revendía a otres vendedores minoristas en la ciudad, ubicándose en una posición superior al interior de ese mercado. Realizó un primer viaje a la ciudad de Salta porque un gendarme le había presentado una línea, pero finalmente no se concretó. Luego, se contactó con unos paraguayos y, junto a otras cuatro personas que estaban en el ambiente con él –entre ellos, el Viejo Abel Montero, viajaron a Paraguay y trajeron marihuana para vender.

A los paraguayos los conocía del ambiente. Nos contó que un muchacho lo invitó a Paraguay porque tenían que ir a pegarle [dispararle] a otro que le había cagado [robado] plata; cuando llegaron, se percató de que conocía a quien tenían que pegarle:Era Pedro, un amigo mío paraguayo, conocido mío”. No hubo tiros, se pusieron a hablar y el paraguayo prometió arreglar con él para mandarle mercadería.

Tiempo después, el Gringo y Rosa llevaron a uno de sus hijes al hospital; ahí se acercaron a un hombre, se pusieron a hablar y resultó ser hermano de Pedro el paraguayo. Estaba solo en la ciudad porque su hijo estaba internado. Los Arrieta no dudaron en ayudarlo y lo hospedaron en su casa. Independientemente de si existió algún cálculo en sus acciones, lo que resulta importarte es que, de este modo, se generó una relación y una especie de gratitud de parte de Pedro, y que esa gratitud también se tradujo en otras posibilidades para los Arrieta en este rubro, ya que les permitió conectar su propia línea de venta.

Realizaron un primer viaje a fin de comprar marihuana para vender en Rosario. El Gringo recordó ese viaje:

Yo hice el maneje, les presenté a los paraguayos a los pibes de acá y fuimos juntos a buscar a Paraguay y trajimos, yo fui con ellos y trajimos setenta kilos, noventa kilos, no me acuerdo. Cuatro fuimos: yo, Laferrer, Favio y el Viejo Abel Montero. Y el Viejo Abel se volvió porque se cagó [se asustó], se volvió en colectivo y nosotros vinimos con la mercadería. No era nada el Abel Montero, nada, era un don nadie, después empezó a vender y tener cartel, era cafiolo y choreaba, porque la Fabi patinaba, le conozco la vida a todos.

Las redes de relaciones sociales, de contactos, las lealtades permiten, facilitan o dificultan realizar determinadas actividades o intercambiar bienes materiales y simbólicos (Garriga Zucal, 2010), y resultan así centrales en el ambiente del delito. Esas redes de relaciones, la confianza mutua, la experiencia compartida hicieron posible que el ladrón conocido del ambiente le ofreciera al Gringo vender merca cuando salió de estar preso, y también que los paraguayos acordaran con él para ir a buscar mercadería para vender. La acusación del Gringo hacia el Viejo Montero de ser un don nadie no solo aparece vinculada a que dejó solos a sus amigos y se volvió en colectivo en ese primer viaje, un claro signo de cobardía, sino también, y especialmente, a que el Viejo Montero no tenía los contactos adecuados. El Gringo presumió que los paraguayos eran conocidos de él y que él había decidido presentárselos al Viejo Abel –que no conocía a nadie en el rubro narco– porque eran amigos, se conocían de chicos cuando vivían en el Bajo y habían hecho algunos trabajos juntos.

Interacciones con la policía. Arreglar o trabajar

Los Arrieta vendieron drogas un par de años, fueron años de bonanza. Contaron que disfrutaron la plata que hicieron, salían a cenar, se fueron varias veces de vacaciones junto a parientes y amigues, a Carlos Paz, provincia de Córdoba, a Entre Ríos. Sin embargo, la época de vacas gordas no duró demasiado, y, en el mes de septiembre del año 2002, el Gringo –con treinta y seis años de edad– y Rosa –con treinta y ocho años de edad–, junto a nueve personas más, fueron detenides por oficiales de la cuestionada Brigada de Drogas Peligrosas de la Policía de la provincia de Santa Fe. No era la primera vez que la policía intentaba detenerles.

Previamente, según contaron los Arrieta, los Montero habían intentado entregarles; es decir, les habían delatado pasándole información a la policía para que les pudieran detener.[14] En esa oportunidad, el Gringo había viajado a Misiones a buscar mercadería, pero no llegó a destino porque, veinte kilómetros antes, se les rompió la camioneta en la cual se trasladaban, y volvieron sin nada:

Gringo: Cuando llego acá [a Rosario] al peaje me estaba esperando drogas [Brigada de Drogas Peligrosas de la Policía provincial], estaba Scabezzi, el Escorpión, en ese entonces, la primera Brigada de Drogas,[15] y me dijo “Mirá, Gringo, estás entregado”. Me mostró el número de patente, el color de la chata [camioneta], “Danos la mercadería, me ordenó. ¿Qué mercadería?, ahí atrás tengo un montón de mercadería”. Tenía mercadería del Gauchito Gil, gorros, llaveritos, todas esas cosas tenía, ¿viste? Le digo “Sí, tengo, está ahí atrás. Se pensaron que era faso [marihuana], ¿Y el faso que fuiste buscar?, me preguntaron. Les digo “‘Tan locos ustedes, ¿qué les pasa?. Fueron ellos ahí [se refiere a los Montero], eran los únicos que sabían, está clarito, ¿a quién le voy a echar la culpa si no? Qué casualidad, la policía se me pone adelante y qué sé yo; así que, bueno, esa vez estuve como una hora y pico, dos horas, la llamé a la abogada y hablé con ella y me dice “Ya voy para allá. Les digo “Hablé con mi abogada, pero la chata [camioneta] no la tocás más, porque querían desarmarla, ¿viste? “La chata [camioneta] me pertenece a mí y traeme un fiscal, que venga un fiscal y que vea el fiscal lo que sacan ustedes, lo que revisan, y me dijo Scabezzi: “Está vez te vas, pero la próxima te engancho. Eso fue en el año 97, 96, por ahí.
Rosa: A él lo venían entregando de mucho tiempo y no lo podían agarrar con nada.
G: La policía me venía buscando hace rato.
R: Él siempre se les escapaba, él fue un tipomo te puedo decir sarpado en inteligencia. Cuando lo estaban buscando por allá, él sabía, no sé cómo sabía, y se les escapaba, esa fue la bronca de la policía.

En el año 2000, la policía fue con una orden judicial a su casa en La Retirada para detenerlo. Rosa y sus hijes se acordaban de ese día. Una de sus hijas recordó enojada que tenía dinero de su tienda de ropa y les policías querían llevársela, pero que ella lo evitó. El Gringo interrumpió a su hija en el relato y mencionó “A vos no te llevaron la plata, pero a mí me llevaron ochenta lucas [ochenta mil pesos]”, y todes rieron. Agregó:

Yo tenía una pistola, tenía un [revólver] 38 y se las di para el arreglo de la causa, se llevaron un pistolón, un [revólver] 22 largo y después me lo devolvieron. Se llevaron ochenta lucas, yo tenía ochenta lucas en la zapatilla y se las di. “Llevate eso que está ahí, guardala, vi que la guardó, listo.

Sin embargo, los Arrieta sostuvieron una y otra vez que ellos, a diferencia de otros grupos del ambiente, “cayeron [fueron detenidos]” porque nunca quisieron “arreglar con la cana [policía]”. El Gringo resaltó:

Nunca quise arreglar con la policía para vender, porque yo soy delincuente,[16] no tengo que arreglar con la policía, por mi orgullo, yo arreglo con la policía y dejo de ser lo que soy, soy un vigilante,[17] estoy trabajando con la policía, ¿me entendés?

Rosa agregó otra razón: “Además, si trabajas con la policía, mañana te querés abrir y no podés. Fijate lo que les pasa a los grandes jefes”.

El rechazo de este tipo de arreglos, en el relato de algunos ladrones, aparece vinculado a dos órdenes de motivos. Por un lado, referido a un rechazo de orden moral, el honor del ladrón, del delincuente que no trabaja con la policía; “Si yo trabajo con la policía, dejo de ser lo que soy”, decía el Gringo. Y, en un segundo lugar, argumentaron motivos más bien prácticos, ligados a no querer depender de la policía, y así poder salir y entrar en ese mercado ilegal cuando decidan.

¿Qué significa entonces arreglar con la policía? ¿Qué arreglos están permitidos y cuáles te convierten en un vigilante que trabaja con la policía, cartel que genera una fuente de deshonor, y están, en consecuencia, prohibidos o mal vistos en el ambiente? Esta distinción resulta importante porque hace a formas de relacionarse y vincularse con la policía, prohibidas, permitidas y habilitadas en el sistema de reglas del ambiente. Arreglar [intercambiar dinero, bienes o favores] con policías en el momento de la detención para evitar ser o permanecer detenide, avances en la investigación penal o morigerar la situación procesal está permitido o, al menos, no está desaprobado. En cambio, trabajar con la policía, esto es, arreglar previamente, a través de un intercambio de bienes, servicios, dinero, favores, información, para que permitan, faciliten o dificulten el desarrollo de determinaba actividad, integrando de algún modo la organización, resulta fuertemente rechazado.

No obstante, este tipo de arreglos se producen y, si bien te convierten en un vigilante, un cagón [cobarde] y un buchón [delator], al mismo tiempo te permite acceder a un tratamiento diferencial por parte de la policía, a cierta protección, a adquirir cierto estatus de protegido. Esto otorga mayor poder que al resto de los grupos, te hace intocable, al menos por un tiempo. Es decir, no es un poder que les ubica por encima de otres, de una vez y para siempre, sino que se puede perder, los acuerdos con la policía se pueden romper y con ello la protección de la que se gozaba. El intercambio con este actor aparece, entonces, en el marco de una relación más o menos asimétrica de poder.

Michel Misse, en sus estudios sobre tráfico de drogas en Río de Janeiro (Brasil), destaca el importante rol que han desempeñado grupos de policías –entre otros, agentes del Estado– en la configuración de determinadas formas de organización de la criminalidad en esa ciudad; es decir, señala el lugar del Estado en la formación y estructuración de esos mercados. Utiliza un concepto que resulta valioso para analizar los arreglos entre policías y personas que participan del ambiente; me refiero a la categoría “mercancía política” (Misse, 2007/2014).

Este autor advierte una yuxtaposición de dos mercados ilegales, uno que ofrece bienes económicos ilícitos –drogas, por ejemplo– y otro que lo parasita imponiendo el intercambio de “mercancías políticas” –protección a través de la no aplicación de la ley, por ejemplo–. Este concepto abarca un conjunto de prácticas de intercambio que necesariamente involucra una relación asimétrica de poder.[18] El cálculo económico queda, así, subordinado al cálculo de poder (aquí llamado “cálculo político”), y, aun cuando el resultado del intercambio pueda ser, la mayoría de las veces, económico, sus condiciones de posibilidad son extraeconómicas.[19]

Esta categoría analítica resulta útil para examinar los intercambios entre policías y personas que participan del ambiente por varias razones. En primer lugar, porque substrae del análisis la dimensión moral para comprender esos procesos sociales, lo que, en consecuencia, le permite constatar “un continuum de variación sobre el mismo diapasón, aquel que va de la negociación moralmente ambigua hasta la más reprochable” (Misse, 2014: 42). Resulta productivo entender los diversos arreglos con la policía como intercambios, aunque criminalizados, a veces permitidos, legitimados, tolerados, y, otras veces, fuertemente repudiados; “No es lo mismo arreglar que trabajar con la policía”, diferenciaban los Arrieta.

En segundo lugar, porque señala que este tipo de intercambios se da necesariamente en el marco de una relación asimétrica de poder, en la cual se suelen negociar sus condiciones desde un lugar de subordinación. La policía se apropia del plus de poder que le confiere su función, en cuanto revestido de estatalidad, lo vende, lo negocia para, por ejemplo, ofrecer protección a determinados grupos permitiendo que desarrollen sus actividades sin mayores consecuencias y perseguir penalmente a otres, los que no trabajan con la policía. De esta forma, la misma legalidad resulta objeto de intercambio (Pita, 2012; Pita y Pacecca, 2017; Misse, 2007/2014; Pires, 2013); es decir, lo que se negocia –con diversos grados de limitada autonomía o libertad– es la aplicación o no de la ley. Se produce, así, una distribución diferencial de la legalidad y la violencia (Pita, 2012).

El mundo del trabajo y el ambiente. Éramos una cooperativa de distribución, no una banda de delincuentes

En el año 2004, el Gringo fue condenado a trece años de prisión, y Rosa, a ocho años de la misma pena, en ambos casos por delitos vinculados a la comercialización de drogas ilegalizadas. El diario La Capital realizó una exhaustiva cobertura de todo el juicio, en una extensa nota del mes de abril del año 2004 caratulada “Comienza el juicio oral contra una banda de narcos de barrio La Retirada”. En la crónica periodística, se señaló: “Arrieta está sindicado como líder de uno de los clanes que desde hace años libra una sostenida guerra en el barrio La Retirada, ante la mirada impotente de la policía” (La Capital, abril de 2004). Se indicó también que la banda traía marihuana de Paraguay y que tenía su sede en el barrio La Retirada.

En la nota se reseñaron, además, todos los detalles de la causa. Se mencionó que Los Arrieta habían caído; es decir, habían sido detenides, en septiembre del año 2002, con sesenta y dos kilos de marihuana proveniente de Paraguay,[20] a raíz de unas escuchas de teléfonos celulares iniciadas por la Dirección de Drogas Peligrosas de la Policía de la provincia, en abril del año 2002. El principal acusado era Héctor “el Gringo” Arrieta, y enfrentaba cargos por asociación ilícita y comercio de drogas. Doce personas se sentaron en el banquillo de les acusades, entre elles, Rosa y el Gringo.

Según la crónica periodística, el policía responsable del operativo de inteligencia aportó una descripción detallada de la metodología de la banda:

Arrieta viajaba personalmente para buscar la droga, se cercioraba de que las operaciones sean las indicadas y se encargaba del pago a sus proveedores, antes de su detención realizó al menos cuatro viajes al norte en busca de droga y en todos los viajes era quien daba las órdenes, delegando el mando solo en algunas ocasiones […] los proveedores habrían sido tres paraguayos y la droga se entregaba en algún punto de la provincia de Corrientes.

Al Gringo lo condenaron por organización y financiación de tráfico de estupefacientes en su modalidad de transporte doblemente agravado por la intervención de tres personas en forma organizada y por haberse servido de personas menores de edad.

En varias crónicas locales, fueron mencionades como una “banda de narcotraficantes”, “la Banda de Los Arrieta”, y les ubicaron enfrentades con la banda de los Gatica y los Montero. Sin embargo, tanto el Gringo y Rosa como sus hijes insistieron en aclarar que elles nunca conformaron una banda. El Gringo remarcó:

En mi caso no había banda, éramos cinco personas, yo era la cabeza, estaba mi hijo, Rodriguito, Cantino –que ahora está preso– y el finado Alexis. Con el resto, yo les vendía la mercadería y que ellos hagan como quieran, yo era el distribuidor mayorista.

Lo que parece haber en este grupo es una cierta división del trabajo, pero que no es igualitaria. Existe un cierto reconocimiento de autoridad, mando o liderazgo de uno por sobre les demás. Autoridad, mando o liderazgo ligado a una mayor experiencia en el rubro. El Gringo es quien abrió el negocio, quien tiene los contactos, quien sabe cómo manejarse, y estas cuestiones lo ubican en una posición de mayor poder al interior del grupo.

Una tarde en su casa, les pregunté cómo era el sistema; Rosa manifestó al instante: “Nosotros teníamos una cooperativa de distribución”, y todes rieron. El Gringo dio cuenta de esta específica división del trabajo:

… yo era un distribuidor mayorista, viajaba, cruzaba y me quedaba un par de días y volvía con la mercadería, en la frontera nadie revisa nada, pasás como si nada. Traía la marihuana y la repartía, cada uno hacia lo que quería después, le daba cien kilos a uno, cincuenta kilos a otro, cuarenta kilos al otro y así, algunos vendían afuera, uno se iba para Córdoba, para Mar del Plata, para Entre Ríos, y acá en Rosario tenía gente también, pero acá en el barrio no. Eso cambió todo, ahora agarran un pibe [joven] le dan dos mangos, antes no había búnker, se vendía en las mismas casas, esto es así, vos tenés los cosos [haciendo referencia a los genitales masculinos] bien puestos cuando vendés, no cuando mandás, yo daba la cara, no tenía miedo de dar la cara, contra todo, con la policía, con la gente, con todo.

Varios elementos de estos relatos, y del relato del Gringo en particular, resultan relevantes para explicar el ambiente y las formas de vincularse de esta primera generación con el novedoso rubro. En primer lugar, los Arrieta generalmente se referían con mercadería a la cocaína o marihuana que vendían, rara vez utilizaron las palabras droga o drogas. “Traíamos la mercadería”, Comprábamos la mercadería”, “Vendíamos la mercadería”, repetían una y otra vez. Al mismo tiempo, se encargaron de remarcar que no eran una banda de delincuentes, sino una cooperativa de distribución. Insistir con estas cuestiones tiene particulares implicancias.

Por un lado, puede ser interpretada como una confrontación con el mundo del derecho, utilizando el lenguaje de ese mundo, traduciendo sus acciones en esos términos, para despegarse de sus etiquetas y consecuencias; es decir, conformar una banda constituye un agravante penal, contemplado en el delito de asociación ilícita,[21] y es de esto de lo que pretenden desmarcarse, no son una banda, afirmaron. El Gringo está totalmente familiarizado con el mundo del derecho porque casi toda su vida estuvo signada por encuentros con las burocracias penales, fue detenido y condenado en varias oportunidades, primero por delitos de robo y luego por delitos vinculados al mercado de drogas ilegalizadas.

La posibilidad de traducir sus acciones en los términos del mundo del derecho implica la evidencia de una determinada experiencia social previa. Cuando él menciona que no eran una banda, en alguna medida está queriendo despegarse de esa categorización del derecho penal que conoce y que sabe que tiene además una consecuencia directa: acarrea un agravante penal que puede generar una mayor cantidad de tiempo en prisión. Que el Gringo use esa categoría deja entrever cómo su experiencia está inscripta en el mundo del derecho.

Por otro lado, al mismo tiempo que pretenden despegarse y distanciarse de una categoría delictiva, logran inscribir sus actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas en el mundo del trabajo, “Éramos una cooperativa de distribución, no una banda de delincuentes”. Una cierta lógica del oficio, una referencia directa al lenguaje del mundo del trabajo organiza el relato y su justificación. Finalmente, esta distinción les permitía, además, diferenciarse de los Gatica y los Montero, que, según los Arrieta, sí eran una banda.

Otra cuestión que resulta relevante, porque de algún modo caracteriza la forma en que algunes integrantes de esta generación se vincularon con el rubro narco, está referida a cómo se hacía el intercambio. El Gringo detalló que elles vendían directamente al comprador, sin intermediaries, y que las ventas se hacían en las propias casas. Esta forma de hacer las cosas era considerada como una muestra de valentía y coraje. Esto es, se valoraba positivamente que, al venderse de manera directa, se ponía la cara frente a les compradores y frente a la policía, y no se mandaba a otres a hacerlo, cuestiones que permiten demostrar de alguna manera que se trata de “hombres de bien”, que tienen palabra y no tienen miedo, que se hacen cargo de sus acciones. Remarcó el Gringo: “Esto es así, vos tenés los cosos bien puestos cuando vendés vos, no cuando mandás, yo daba la cara, no tenía miedo de dar la cara, contra todo, con la policía, con la gente, con todo“.

A pesar de ser uno de les pioneres en el mercado de drogas ilegalizadas en La Retirada, pareciera que ni El Gringo ni Rosa valoraban positivamente muchas de las actividades vinculadas a ese rubro, o al menos así es como necesitan o desean mostrarse y presentarse. Cuando les conocí, les dos se encargaron de resaltar que estaban felices porque ningune de sus hijes “se había metido en la droga, que elles les educaron bien y les pusieron límites”, aunque elles “hicieran cualquier cosa”. Rosa mencionó en una de nuestras charlas: “Sabemos que hicimos mal a la sociedad por vender lo que vendimos, pero después no lastimábamos a nadie”.

Existe una fuerte carga valorativa negativa o cierta sanción moral socialmente extendida ligada al “mundo de las drogas” imbuida del paradigma prohibicionista imperante. Entonces, aun pudiendo avanzar en la construcción de confianza, en el marco de nuestras conversaciones, cada tanto aparecía en sus relatos esta especie de defensa para, de cierta forma, preservar su propia imagen frente a posibles sanciones morales. Así, presentarse como personas con valores es parte de una construcción discursiva.

Esa valoración negativa del rubro narco era compartida entre algunas personas que participaron en el ambiente en ese momento. Estas prácticas, si bien eran toleradas o permitidas por algunes, al mismo tiempo eran fuertemente desaprobadas y rechazadas por otres, por lo que se establecían jerarquías al interior del ambiente ligadas a las distintas actividades. Uno de los hermanos mayores de Tattú colaboró con los Arrieta en algunas de las actividades ligadas a este mercado, hecho que fue cuestionado por Tattú, desde su lugar de ladrón.

Eugenia: ¿Vos fuiste el único que salía a chorear [robar] de tus hermanos?
Tattú: Sí, yo fui el único; después mi hermano mayor un poco también empezó a corromperse, pero él porque se empezó a juntar con el Gringo, que era un traficante muy famoso acá en el barrio, entonces empezó ahí a hacerse amigo de él. El traficante empezó a comprarle ropa, a regalarle ropa, porque el traficante trabaja así, empezó a darle lugar, a empilcharlo, le daba plata. Después ya cuando había problemas, ya le daba la droga para que se la guarde [la droga]. Me acuerdo que un día voy a buscar ropa a mi ropero, levanto así y se cae un arma. Una grandota, 32 largo todo cromado. Y empiezo a revisar la ropa y había ladrillos de cocaína, ladrillos de marihuana. Digo yo ¿Esto qué hace acá?. Porque para mí, en ese tiempo, mirá cuál fue mi pensamiento, la bronca que tenía, ¿por qué? Porque el que andaba en la calle y robaba era como el enemigo del traficante, ¿me entendés? Yo robo, yo no voy a vender droga, porque el gran problema era el que vendía droga antes y después la pasaba mal en la cárcel, porque vos sos traficante y arruinás a los pibes.
E: Entonces, ¿ahí vos te enojaste con tu hermano?
T: Claro, imaginate, yo andaba en la calle y andaba robando, y este que me traía la droga a mi casa. ¿Qué hice? Le empecé a robar la droga, le empecé a robar las armas, con las mismas armas salía a robar. Y la droga que le robaba al traficante, se la repartía a los pibes [jóvenes] en la calle.
E: ¿Ahí no empezaste a tener problemas con el traficante?
T: Sí, empecé a tener problemas con el traficante porque se enteró, se dio cuenta y me empezó a buscar. Un día me acuerdo que me mandó a llamar, estaba parado ahí en la casa y me dijo “Mirá, a mí me faltó esto. Le dije “Sí, yo te lo robé. ¿Cómo?. Y tenía el arma ahí arriba de la mesa. Le dije “Porque a vos te re cabe”.[22] Yo soy una persona que dice las cosas de frente, yo sabía que le cabía, no tenía tanta autoridad el traficante en ese momento. Le dije “Te re cabe porque vos estás en traficante y no te la aguantás, ¿qué tenés que llevar a comprometer a mi familia, llevando cosas a mi casa? No, yo te voy a seguir robando. Si vos vendés, aguántatela
E: ¿Qué te dijo?
T: Vos estás confundido, te voy a matar. Como vos quieras, si querés lo arreglamos en la calle. Corta se la hacía yo, “Lo arreglamos en la calle, donde vos quieras lo arreglamos, pero a mi casa no lleves más droga porque te voy a seguir robando. Me decía “Me vas a tener que pagar”. No, estás equivocado, vos me vas a tener que pagar a mí, y así lo volvía loco. Encima justo era muy amigo de mi papá el traficante, se criaron juntos, venían de otros lados, se conocían. Tenían como una afinidad con mi papá. El problema que yo tuve con él después lo pude arreglar, listo, quedamos así.
E: ¿Y tu hermano?
T: Mi hermano después entendió, seguía vendiendo marihuana, pero después hubo un tiempo que tuvo problemas con unos pibes y entendió cómo era el tema. Después empezó a salir a robar conmigo. Porque, ¿viste?, también quería hacerse de cartel y, qué sé yo, se puso a salir y robar conmigo.

En el relato de Tattú, se pueden identificar las jerarquías al interior del ambiente en este primer momento. En relación con esta generación, el ladrón y el robo eran elementos más productivos para construir un cartel que generase prestigio y respeto. Tattú señaló que el traficante la pasaba mal en la cárcel. Varias personas que participan del ambiente también señalaron que las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas estaban mal vistas, gozaban de una valoración negativa y posicionaba a quienes participaban en ellas en una escala inferior en la jerarquía del ambiente. El cartel de ladrón parecía generar más respeto que el de narco, en ese momento. El hermano de Tattú, para hacer cartel, empezó a robar.

El traficante no se pone en riesgo, no se la aguanta, le reprochaba Tattú al Gringo; en cambio, la puesta en riesgo y el no achicarse sí parecieran estar presentes en el robo. Esa valoración negativa, en parte, está relacionada a que las actividades ligadas a este mercado no permiten demostrar coraje y valentía, ambas dimensiones importantes del honor masculino. Con esto se puede, además, entender más claramente los esfuerzos del Gringo de mencionar que él sí se la aguantaba, aunque fuese narco, porque vendía en su casa, ponía la cara con los compradores y con la policía y no mandaba a otres a hacer su trabajo. Al mismo tiempo, se esforzó en distanciarse de las otras formas de vincularse a este mercado que se consolidaron con posterioridad.

Por otra parte, esa valoración negativa se vinculó a los daños que se supone puede producir el consumo de drogas, con la idea que mencionó Tattú de que “el traficante arruina a los pibes”. Postura que es compartida por varias personas que vivían en La Retirada. Algunes referentes mencionaron “Están envenenando a nuestros pibes, pudren el barrio, la droga arruina el barrio, arruina a los pibes”, no muy alejada de la valoración hegemónica sobre el consumo de drogas. Esto a pesar de que muchas de las personas del ambiente y demás residentes –jóvenes y adultes– del barrio consumen o consumieron en algún momento sustancias ilegalizadas, especialmente marihuana, pastillas[23] y cocaína. Es decir, la valoración negativa incluía especialmente la venta de las sustancias prohibidas, rechazo que no siempre pareciera alcanzar a su consumo, que aparecía más o menos aceptado, al menos el de marihuana; en cambio, el de cocaína permanecía en ámbitos más privados.

Los Arrieta contaron que abandonaron las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas cuando fueron detenides y condenades. “Ahí se terminó, ahí se paró todo, todo, cuando salí vinieron ofertas para vender, pero yo no quiero saber más nada, colgué los guantes”, mencionó el Gringo. Con la caída de los Arrieta, los Montero, con el Viejo Abel a la cabeza, comenzaron a monopolizar el mercado de cocaína y marihuana en la zona sur de la ciudad. En una nota del diario El Ciudadano del año 2010, se mencionó:

… a los Montero se les atribuye haberse quedado con el manejo de la zona, el tráfico de droga y todos los negocios ilícitos mediante un violento sistema a sangre y a fuego. El Abel está al frente desde mediados del 2003 cuando heredó el sillón de manos de Juan Alberto Ramírez alias Gatica Grande cuyo cuerpo desapareció en la desembocadura del arroyo Farías en el río Paraná, en uno noche de pesca. Su cuerpo nunca fue encontrado (El Ciudadano, abril del 2010).

Otras formas de construir poder. La traición de los Gatica y los Montero

Los Gatica vivían en el centro de La Retirada, a metros de la subcomisaría. Los Montero habitaban en el barrio lindero El Obús, eran oriundos de la ciudad de Goya de la provincia de Corrientes, y sus integrantes más conocides son el Viejo Abel y Roxi, los dos hijos de ambos, el Flaco y Héctor, y el Tobi, un hijo de crianza. Para los años noventa, el Gringo Arrieta y el Viejo Abel eran compañeros y solían robar juntos. Según contó Tattú, habían realizado algunos robos grandes, “habían robado un banco en Santa Fe y se movían juntos con personas del ambiente de otros lados, con gente de Buenos Aires”.

Tiempo después, a fines de los años noventa, el Viejo Abel, junto a su mujer Roxi y sus hijes, al igual que el Gringo Arrieta y su familia, cambiaron de rubro y empezaron a vender, primero marihuana y después cocaína; pero, a diferencia de los Arrieta, lograron consolidarse en el negocio, al menos por más de una década. A los Montero y los Gatica, les antecedía además su fama de tiratiros y cuatreros, fueron mencionados por muchas personas como ladrones de caballos en la zona sur de la ciudad.

Algunes jóvenes del ambiente cuentan que incursionaron en el rubro narco de la mano del Gringo Arrieta; otres, en cambio, sostuvieron que comenzaron junto a Juan Alberto Ramírez, su concuñado, perteneciente a los Gatica, banda que ya vendía hacía un tiempo en La Retirada. Lo cierto es que, en el año 2002, el Gringo Arrieta fue detenido junto a su familia y, meses después, en abril del año 2003, el Gatica Ramírez, de cuarenta y cuatro años de edad, murió ahogado mientras pescaba en una desembocadura del río Paraná. Su cuerpo nunca fue hallado. Circula una explicación local extendida sobre esa muerte, en la cual se plantea que no se trató de un accidente, sino de un asesinato.

Los Montero, según contaron varias personas de La Retirada, habían comenzado a crecer y a expandirse en el rubro narco traicionando a los Arrieta. Traición que, a su vez, les había permitido empezar a tener más poder en el ambiente. De algún modo, estas disputas pueden pensarse como una “guerra comercial”, atravesada por conflictos de lealtades; es decir, el lenguaje de la lealtad y la traición es el modo en que se expresan los conflictos.

La traición y la construcción de poder de los Montero fueron presentadas o explicadas de diferentes modos. Algunas personas del barrio hicieron alusión a que el Viejo Abel había traicionado al Gringo al haberle disparado cuando estaba desarmado, disparo que lo había herido gravemente en su rodilla. Ramón, papá de unos jóvenes de la tercera generación, que tiene otro hijo fallecido producto de unas heridas de bala y que conoce al Viejo Abel desde chico, contó que este le había ofrecido trabajar para él, pero que él no quiso. “Abel era un rastrero del barrio, primero arrancó a vender con el Gringo Arrieta, después se pelearon. Abel le pegó unos tiros al Gringo, ahí se separaron, y Abel siguió solo”. Rastreros es la expresión utilizada para señalar a ladrones de poca monta que roban a las personas en el barrio, incumpliendo uno de los códigos del ambiente.

Otres habitantes, en cambio, vincularon la traición al hecho de que los hubieran entregado a la policía. Es decir, la traición de los Montero consistió en haberle pasado información a la policía, especialmente a la Brigada de Drogas Peligrosas, sobre las actividades de los Gatica, y en que, como consecuencia de ello, los Arrieta habían sido detenides. Finalmente, otras personas del barrio relacionaron la traición a que el Viejo Montero se quedara con los contactos, la cabida para la venta de los Arrieta, y así empezara a vender –ahora sin intermediaries– no solo en La Retirada y El Obús, sino también en otros barrios, con un mayor margen de ganancia.

Tattú y otres jóvenes del ambiente mencionaron, en más de una oportunidad, que al principio el que movía grande –al por mayor– era el Gringo, que los Gatica y los Montero solo vendían al por menor en el barrio y luego fueron monopolizando el negocio. Los Arrieta fueron pioneres en La Retirada y, en sus inicios, fueron quienes distribuyeron de manera mayorista al resto de las personas del ambiente, entre elles, los Montero. Ocuparon un lugar de poder basado, por un lado, en la generosidad y, por el otro, en hacerse respetar a los tiros, pero dentro de ciertos límites. Ambos elementos les permitieron tener cabida, esto es, tener los contactos adecuados para iniciarse en el rubro narco, para aprender el oficio y para lograr una línea propia de venta, con un mayor margen de ganancia.

El pasaje a ese otro mercado lo encontró al Gringo ya como una persona con cierta experiencia acumulada en el ambiente, con cabida que le permitió armar sus propias líneas [sus propios contactos para importar marihuana al por mayor y revender localmente]. El Gringo se involucró en el rubro narco, ya con un nombre, fama y cartel, siendo una persona de peso en el ambiente y manteniendo, aún en ese pasaje, los valores ligados al mundo de los choros. Por eso se esforzó en resaltar que no eran una banda narco, sino que funcionaban como una cooperativa de distribución; esa diferenciación permite comprender la lógica que de algún modo organiza, con los recursos que él tiene, su desempeño en ese universo que le resulta nuevo. El Gringo de algún modo participó en ese nuevo mercado con la lógica del mundo de los ladrones, con la lógica del ladrón independiente sin patrón, y esto lo distingue de las trayectorias posteriores ligadas a esa actividad.


  1. La changa es la forma de mencionar a los trabajos informales, esporádicos y temporales; es decir, de corta duración, en los cuales se paga por hacer alguna tarea particular, por ejemplo, pintar una casa, realizar algún arreglo de albañilería.
  2. El cirujeo refiere a hurgar entre los desechos y residuos en busca de cosas que se puedan vender para obtener algo de dinero o conservar para darle alguna otra utilidad; por ejemplo, papel, cartón, vidrio.
  3. Importante industria frigorífica ubicada en la zona sur de la ciudad. Para mayor detalle sobre sus orígenes y características, ver Diego Roldán (2008).
  4. Pablo Escobar fue el líder de una organización dedicada a la comercialización y distribución de drogas de Medellín, Colombia. Murió arrinconado por fuerzas armadas colombianas a principios de los años noventa. Sobre él se han escrito numerosos libros, e, inspiradas en su historia, se han realizado películas y series de televisión. Al momento de esta investigación, estaban pasando por un canal de televisión de aire una de esas series, titulada Pablo Escobar, el patrón del mal, con récord de audiencia.
  5. El sobreentendido hace referencia a cierto imaginario sobre este universo de ladrones y narcos, ligado a una estética particular difundida en series y películas, en el cual las personas ostentan fortunas, mostrando sus oros, sus armas y drogas. De algún modo, todes, incluido el Gringo, nos reíamos de manera cómplice de las imágenes que pesan y se divulgan sobre este mundo y sus personajes.
  6. Es decir, implica participar en tiroteos o amenazar con hacerlo, amenaza que tiene poder suficiente porque existe una tasa de concreción muy alta.
  7. Diversos trabajos han dado cuenta de los procesos de construcción y prueba de masculinidad en distintos contextos: Archetti (2003); Alabarces (2004); Garriga Zucal (2007, 2010 y 2016); Sirimarco (2009); Fonseca (2000); Álvarez (2004); y Segato (2010); entre otros.
  8. Resulta especialmente productiva para mostrar el funcionamiento del ambiente la diferenciación que realiza en términos de honor y prestigio en la producción de “grandes hombres”. Aunque es claro que se hace un uso libre, y en cierto sentido metafórico, ya que la realidad estudiada no se corresponde fácticamente con las sociedades denominadas “sin Estado”.
  9. Se refiere a robos un poco más planificados e importantes en términos económicos, en los cuales alguna persona del barrio o del ambiente, a veces algún policía, pasa información necesaria para hacerse con un botín de mayor envergadura. Acceder a este tipo de robos da cuenta de la posición en la que se encontraba al interior del ambiente; es decir, contaba con los contactos adecuados y las relaciones de confianza necesarias como para ser convocado para estos trabajos.
  10. A pesar de dejar de realizar actividades ligadas al ambiente del delito y comenzar a participar en actividades vinculadas a la Iglesia evangélica, no deja de tener vínculos con las personas del ambiente, se sigue relacionando con sus amigues y conocides; es decir, de alguna manera, no se abre totalmente.
  11. Haciendo referencia a que había matado a dos personas del ambiente.
  12. Realizaba trabajos esporádicos y temporales, especialmente tareas de albañilería, en un contexto de aumento significativo tanto de la pobreza como de las tasas de desempleo, que llegó para el año 2002 al 39 % (Crucella y Robin, 2014), y de deterioro notable de las condiciones de los puestos de trabajo (Robin y Duran, 2006).
  13. El acceso a la cocaína y la marihuana era muy restringido a principios de los ochenta. El Gringo recordó: “El que tomaba merca [cocaína] era millonario, no cualquiera tomaba merca [cocaína], no cualquiera andaba con faso [marihuana], algunos pibes andaban con faso [marihuana], no se vendía, conseguían un pedazo y lo cuidaban. No había droga como ahora, no había tanta droga”.
  14. La delación está muy mal vista y censurada en el ambiente, es fuente de vergüenza y desprestigio.
  15. En el año 1989, se aprobó la Ley nacional –hoy vigente– n.º 23737, la cual tipifica como delitos la producción, el tráfico, la distribución, la comercialización, la venta y el consumo de “estupefacientes” y establece la competencia federal; es decir, dichos delitos deben ser investigados por el fuero penal federal. No obstante, muchas policías provinciales –esté desfederalizada o no la citada ley– tienen áreas de drogas. En la provincia de Santa Fe, en el año 1989, mediante resolución se creó la Dirección de Drogas Peligrosas, que luego se denominó Dirección General de Prevención y Control de Adicciones (DGPCA), para “el asesoramiento, coordinación y control sobre las acciones de prevención y represión relacionadas con las conductas ilícitas sobre estupefacientes, así como para actuar de auxiliar de la Justicia Federal en la investigación y represión de estos delitos” (Cuenca y Sokol, 2009: 82).
  16. Ser delincuente hace referencia solo a robos o hurtos y no a otro tipo de delitos; de algún modo, solo los ladrones son delincuentes en el ambiente.
  17. Vigilante es un modo de nombrar a la policía.
  18. El concepto se refiere a prácticas que suelen caer bajo la denominación y representación social de “corrupción”, pero incluye otras prácticas menos compulsivas, como el clientelismo político, y hasta la extorsión mediante secuestro y privación de libertad.
  19. El autor entiende que una forma de aproximarse al concepto es a través de la noción de “monopolio”; “El monopolio es la posición en la relación de intercambio que, por el poder de disposición que posee sobre un bien (económico o de cualquier otro tipo) no se subordina ni a la libre competencia, ni a la fijación del precio a través del cálculo económico libre de constreñimientos extraeconómicos” (Misse, 2017: 42).
  20. Un dato curioso que resalta la nota periodística es que, en el momento de la detención, Drogas Peligrosas de la Policía provincial informó que habían secuestrado ciento ocho kilos de marihuana; sin embargo, figuran decomisados solo sesenta y dos kilos, nunca se supo qué ocurrió con los cuarenta y seis kilos restantes.
  21. El texto actual del delito de asociación ilícita (art. 210 del Código Penal Argentino) se corresponde con su formulación original del año 1921 y establece que “será reprimido con prisión o reclusión de tres (3) a diez (10) años, el que tomare parte en una asociación o banda de tres o más personas destinadas a cometer delitos por el solo hecho de ser miembros de esa asociación. Para los jefes u organizadores de la asociación el mínimo de la pena será de cinco (5) años de prisión o reclusión”.
  22. En relación con que estaba habilitada la violencia porque estaba realizando una actividad vender drogas cuestionada.
  23. Con pastillas refieren a medicamentos psicotrópicos que suelen consumirse mezclados con bebidas alcohólicas y que, la mayoría de las veces, son adquiridos sin las respectivas recetas médicas obligatorias.


Deja un comentario