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A modo de conclusión

El libro produce historias de jóvenes pertenecientes a tres generaciones en un barrio popular de la ciudad de Rosario. Historias de quienes fueron jóvenes en la década del noventa, la del 2000 y la del 2010. En el caso de las dos primeras generaciones, exploré en profundidad la memoria de los actores sobre esos momentos pasados, es decir, se trató de un proceso de reflexividad y memoria; mientras que, en cambio, para la generación del 2010, el trabajo se centró en la revisión de la experiencia del presente, en tiempo real. En la reconstrucción de esas historias, presté especial atención a sus experiencias ligadas con muertes y con la participación en robos y en el mercado local de cocaína y marihuana.

Busqué producir minuciosamente esas historias y trabajé sobre esas experiencias porque, a través de ellas, analicé las transformaciones sucedidas en lo que los propios actores llaman el ambiente del delito, desde mediados de los años noventa hasta las primeras décadas de los 2000 (hasta el año 2016), y junto a ello revisé la historia reciente de ciertos mercados ilegales –en particular el de drogas ilegalizadas–. Al mismo tiempo, con la intención de reconstruir una de las múltiples dimensiones que condicionan la configuración de ese espacio social y moldean las experiencias de las personas que participan en él, indagué sobre prácticas y valoraciones de policías, gendarmes y periodistas de policiales.

La categoría ambiente del delito da cuenta de una densa trama de relaciones sociales, de un mundo en el cual tener los contactos adecuados permite o facilita realizar determinadas actividades, así como intercambiar bienes (materiales y simbólicos), y no contar con ellos lo dificulta o impide. Es decir, participar de esas redes de relaciones sociales, de la confianza mutua y de la experiencia compartida hace posible acceder a determinados circuitos de circulación de mercancías a los que resulta más difícil llegar si no se pertenece al ambiente, si no se lo conoce o si no se tiene los contactos adecuados. Esa densa trama de relaciones se sostiene en ese tejido social porque hay una serie de creencias, códigos y valores morales que orientan y regulan comportamientos y formas de interacción social a partir de la cual se establecen formas de “ser” y “hacer”, valoradas positivamente –legitimadas– o negativamente por quienes pertenecen a ese espacio social. El ambiente es entonces esa densa trama que es una argamasa que solo existe y se sostiene y puede producir vida social porque existen creencias, códigos y valores morales compartidos.

A su vez, la participación de les jóvenes de las tres generaciones en el ambiente, al que al mismo tiempo producen con su hacer, está ligada a búsquedas de reconocimiento, negado o difícilmente accesible en otros ámbitos sociales, y exhibe, por tanto, un costado productivo en cuanto formas de adquisición y construcción de un nombre, de prestigio social y de honor (Fonseca, 2000; Pitt-Rivers, 1977; Bourgois, 2003). Estas permiten adquirir cierta reputación y ser reconocides (respetades) o conocides (famosos) dentro y fuera del ambiente, y, a partir de ellas, les jóvenes disputan poder y autoridad. No pueden realizarse de cualquier modo, sino que se trata de un mundo social tan fuertemente reglado como otros por un conjunto de códigos que tienen un más que importante poder (productivo) y una fuerte obligatoriedad que resulta de la densa urdimbre de relaciones y de las obligaciones sociales que consecuentemente estas generan.

Es el honor de les jóvenes lo que se pone en juego participando de una u otra actividad, siguiendo o no las reglas o los códigos del ambiente. Esa forma particular de construir reconocimiento social es mencionada como tener cartel. Tener cartel es una forma de tener un nombre, una buena reputación, de ser una persona conocida (en términos de fama) o reconocida (en términos de honor y respeto) por participar en determinadas situaciones, actividades o intercambios: en robos (cartel de ladrón), en mercados de drogas ilegalizadas (cartel de narco, transero, soldadito –esto pone en evidencia que además hay jerarquías), en enfrentamientos armados con otras personas del ambiente (cartel de tiratiros), en trabajos legales –ya sea formales o informales– (cartel de trabajador). El cartel también puede obtenerse o heredarse por pertenecer a una determinada familia o grupo que ya lo posee. Sin embargo, al mismo tiempo, en situaciones o contextos específicos, algunos de esos carteles pueden resultar más bien fuente de deshonor y vergüenza y generar problemas o dificultades. De algún modo, el cartel es la versión nativa del nombre valorado socialmente, ya sea con signo positivo o negativo.

Julian Pitt-Rivers define el honor como el valor de una persona para sí misma, pero también para la sociedad, como el derecho a la posición, y, a la vez, como “las formas en que las personas arrebatan a los demás la validación de la imagen que estiman de sí mismos” (Pitt-Rivers, 1977: 18). Claudia Fonseca retrabajó esa noción para pensar el contexto de barrios populares brasileños en los años ochenta y la utilizó como herramienta analítica para aproximarse a las relaciones de género y a las diversas formas de violencia; uso de la categoría que resulta central para comprender el universo simbólico que analicé en el libro. Participar en estas actividades, situaciones o intercambios, ser parte del ambiente puede tener efectos productivos en determinadas circunstancias, en cuanto formas de construcción de una autoimagen aceptable; es decir, a través de un código de honor, se da la posibilidad de enaltecer la autoimagen conforme a normas sociales accesibles (Fonseca, 2000).

Resulta imprescindible, además, situar al ambiente en un contexto cultural, social y estructural más general. En este sentido, por un lado, es preciso resaltar que ese universo simbólico no es construido en el vacío –“no estamos ante un libre flujo de significaciones” (Balbi, 2007)–, sino que está condicionado por valores hegemónicos o estandarizados, por “sentidos socialmente respaldados” (Balbi, 2007). Las valoraciones sobre las formas de hacer, sobre cuáles aparecen toleradas, aceptadas, cuestionadas o rechazadas, se construyen con elementos disponibles en el contexto cultural más general (Matza, 1990).

Por otro lado, no es posible comprender estos modos de construcción de prestigio social y honor, estas búsquedas de reconocimiento sin situarlos como formas de resistencias, soluciones, aceptaciones o confrontaciones a contextos de desigualdad y exclusión social en los que se producen, en los que se sufren experiencias de humillación, de explotación económica y opresión política (Fonseca, 2000; Young, 1999/2003; Bourgois, 2003; Feltran, 2011; Kessler, 2013). Es decir, se trata de formas de construcción de reconocimiento social en los espacios sociales en los que les resulta posible, lo que también da cuenta de que ello les es negado en otros; son, entonces, maneras de afrontar experiencias de humillación que les jóvenes sufrieron en la escuela, al circular por la ciudad, en sus interacciones cotidianas con la policía, y, especialmente, en el mundo laboral legal, ocupando los puestos de mayor explotación y peores pagos. Esas experiencias fundadas en la humillación, en cuanto formas de aprendizaje social, son valiosas para comprender las biografías de las personas que participan del ambiente; ese mundo social en el cual importa la fama, la reputación y el buen nombre.

El ambiente del delito es entonces ese espacio social en el cual todes se conocen, donde se superponen redes de relaciones que suponen variadas obligaciones sociales; en el cual, además, circulan determinados códigos, valores morales que permiten, por un lado, regular estas actividades y, por otro lado, y con ello, además, obtener o perder prestigio social, lo que da cuenta de valoraciones positivas y negativas diversas, legitimadas o no, de determinadas formas de “hacer” y “ser”.


En el libro presenté las transformaciones de ese espacio social a lo largo del tiempo a través de la reconstrucción de historias de jóvenes pertenecientes a tres generaciones. Detenerme en las experiencias de personas de carne y hueso (Malinowski, 1984) de esas tres generaciones permitió, en primer lugar, comprender cómo fueron interpretadas, concebidas y definidas de diferente o igual modo esas reglas o códigos –es decir, en definitiva, dar cuenta de cómo variaron –o no– criterios de legitimidad e ilegitimidad de prácticas, situaciones e intercambios– y evidenciar así continuidades, discontinuidades y rupturas acerca de lo que es motivo de orgullo o, por el contrario, de vergüenza en relación con esas prácticas, actividades e intercambios.

En segundo lugar, permitió discernir posibilidades o imposibilidades y dificultades o facilidades de construir(se) un nombre, de obtener prestigio social, de adquirir una reputación, de tener poder, con materiales social, cultural, estructural e históricamente disponibles, que de algún modo configuran las condiciones de posibilidad de determinadas actividades o intercambios, y, al mismo tiempo, dar cuenta de la fragilidad de esas construcciones. Es decir, actividades o intercambios posibles en relación, por un lado, con cómo se han ido sedimentando algunas experiencias sociales entre las distintas generaciones del ambiente; esto es, al decir de Claudia Fonseca, de cómo se ha producido cierta sedimentación de experiencia histórica (Fonseca, 2005). En este sentido, estas actividades o intercambios son posibles en gran medida porque existe un saber que les jóvenes del ambiente ya tienen porque se han acumulado reservas de experiencias sociales posibles (Kessler, 2013).

Por otro lado, las condiciones de posibilidad de esas actividades e intercambios están, de algún modo, también vinculadas a factores externos ligados a procesos políticos y económicos macroestructurales que tienen efectos directos en las transformaciones de la vida del ambiente. Entre ellos, las transformaciones regionales en el mercado de drogas ilegalizadas –especialmente la cocaína–, en un contexto de recuperación económica, de recuperación del empleo y de expansión del consumo de todo tipo, de mayor circulación de bienes y dinero, de mayor circulación y accesibilidad de armas de fuego y municiones.

Sin desconocer esas dimensiones macroestructurales, la clave en la que se trabajó en el libro fue otra, se partió del análisis de las experiencias de personas de carne y hueso (Malinowski, 1984), para indagar cómo esas transformaciones fueron leídas, interpretadas y percibidas y cómo, en función de eso, los actores que están viviendo sus vidas en esas coyunturas tomaron decisiones, y, desde la reconstrucción de esas experiencias, poder dar cuenta también de las transformaciones en este espacio social a lo largo del tiempo.

Me interesa retomar en estas conclusiones tres aspectos que considero especialmente relevantes en relación con las principales transformaciones del ambiente del delito en las últimas dos décadas. En primer lugar, la discusión acerca de cierta ruptura de códigos respecto al uso de la violencia en las distintas generaciones, y con eso el papel de las muertes como formas posibles de disputar prestigio, fama y poder. En segundo lugar, el planteo sobre las diversas formas de relacionarse y vincularse con la policía, y como esta –desde una posición privilegiada, en cuanto portadora de estatalidad– participa en la densa trama de relaciones sociales que constituye el ambiente. Por último, reflotar el análisis sobre algunas transformaciones en el ambiente ligadas a cambios en el mercado de drogas ilegalizadas, ya que generaron nuevas actividades, intercambios, posiciones, roles y jerarquías al interior de este espacio social, poniendo atención a las heterogéneas formas de vincularse con este novedoso rubro.

La(s) violencia(s) y las reglas del ambiente

Más allá de las imágenes del ambiente como un mundo caótico, sin sentido y sin reglas, y a pesar de la mirada de diversos actores sociales –periodistas, policías, autoridades judiciales y políticas, personas expertas, entre otros–, el ambiente es un espacio social sumamente reglado. A través de un extenso y complejo sistema de reglas o códigos, se establecen actividades, prácticas o intercambios permitidos, tolerados, aceptados y formas rechazadas y prohibidas. Estas reglas, además, resultan cercanas a los criterios de legitimidad e ilegitimidad disponibles en el contexto social más general; es decir, se nutren de los materiales culturales disponibles y exceden, de este modo, al ambiente. Esa serie de códigos permiten distinguir entre usos legítimos e ilegítimos de la violencia; o sea, establecen entre quiénes, contra quiénes, cómo, dónde –con una fuerte lógica territorial–, cuándo y por qué motivos resulta productivo, posible, permitido, prohibido u obligatorio participar en enfrentamientos físicos en los que se utilizan armas de fuego, mencionados como broncas.

Jóvenes de las tres generaciones del ambiente han convivido y conviven con distintas formas de violencia física –a veces letal– y moral, algunas legales, otras ilegales, pero no siempre consideradas por elles como ilegítimas. Así, algunas de esas violencias no las perciben de manera negativa, sino que exhiben un costado productivo en cuanto formas de adquisición y construcción de prestigio social y honor (Fonseca, 2000; Pitt-Rivers, 1977; Garriga Zucal, 2007/2010/2016; Cozzi, 2014b; Pita, 2017), vinculadas a muestras de valentía, coraje y formas hegemónicas de masculinidad (Alabarces, 2004; Segato, 2010; Garriga Zucal, 2007; Fonseca, 2000; Cozzi, 2014a/2015), como recurso para disputar bienes materiales y simbólicos (respeto y poder) (Garriga Zucal, 2007), para adquirir cierta reputación y ser reconocides (respetades) o conocides (famoses) –dentro y fuera del ambiente y, finalmente, para disputar poder.

Los usos o las formas de la violencia que otorgan respeto y reconocimiento (una de las dimensiones del cartel) son los que se realizan dentro de ciertos límites. Por el contrario, otros usos podrán dar fama, permitir ser conocides (otro de los elementos del cartel) o tener poder (ser poderoses y temides), pero no otorgarán respeto, ni reconocimiento. Resulta necesario distinguir, entonces, entre fama y respeto. La fama es ser conocides –dentro y fuera del ambiente– y puede tener efectos productivos positivos o negativos en determinadas situaciones o contextos; en cambio, el respeto ligado al prestigio y al honor implica ser reconocides y, al igual que la fama, tiene efectos distintos en diversos vínculos, situaciones o contextos. El hecho de que existen reglas no significa que estas no sean eludidas o no observadas a menudo. Sin embargo, el desplegar violencia por fuera de esos límites tiene consecuencias; es decir, puede generar la pérdida del respeto obtenido o la consolidación de un cartel, en términos de fama, más negativo que positivo.

En este espacio social, el despliegue de violencia que permite obtener prestigio y ser respetade es, principalmente, entre pares masculinos (o masculinizados); esto es, entre jóvenes varones o masculinizados que participan del ambiente conforme ciertos patrones y valoraciones morales dominantes, vigentes. En especial, entre quienes ya tienen cartel de tiratiros por haber participado previamente en este tipo de intercambios y poseer muertes en su haber, y, por lo tanto, se constituyen en un blanco codiciado para demostrar coraje y valentía y ascender en la escala de prestigio al interior del ambiente. Las muertes funcionan, entonces, como objeto de intercambio a partir de los cuales los grupos miden su poder; y la construcción del cartel de tiratiros funciona así de manera relacional y resulta sumamente frágil, ya que se debe sostener todo el tiempo, con acciones que demuestren coraje y valentía, porque, así como se gana, se puede perder.

En las tres generaciones, el otro contra el cual se debe desplegar violencia, contra quien se puede andar a los tiros en el espacio público, como prueba irrefutable de masculinidad, como lugar privilegiado donde mostrarla, no es un sujeto débil y subordinado, sino alguien que pertenece al ambiente y se la banca, que tiene un valor que se puede extraer para hacerse cartel; en su gran mayoría, varones, pero también algunas mujeres que son consideradas igualmente valiosas. Solo la masculinidad se disputa a los tiros, solo los varones del ambiente están habilitados a arreglar sus broncas a los tiros; las mujeres, en principio, no están legitimadas, ni habilitadas. Algunas jóvenes disputan su prestigio a los tiros en el espacio público, especialmente de la tercera generación. Cuando eso sucede, cuando las mujeres participan de los tiros, resultan masculinizadas; esto es, son construidas como un par con el cual se puede disputar honor y hombría/masculinidad (tratado como valor ya despegado de la referencia biológica).

Por el contrario, si se despliega violencia contra jóvenes mujeres –que no son consideradas valiosas, que no andan a los tiros–, contra jóvenes varones que no participan del ambiente, contra niñes o adultes del barrio, esto resulta una fuente de deshonor y vergüenza, y les jóvenes no se vanaglorian de estas situaciones; es decir, esto no genera prestigio. Precisamente por ser considerados débiles, no hay desafío, no hay nada en disputa, no hay contienda. Además, porque tampoco se gana; es decir, no se adquiere cartel, no se obtiene poder, ni se escala en la jerarquía de prestigio del ambiente, no funcionan como moneda de intercambio para construir valor.

La clave pareciera ser entonces que el valor y prestigio que se tiene se lo adquiere arrebatándoselo a otre en una contienda. Pero no en cualquier contienda y de cualquier modo, sino dentro de ciertos límites y respetando ciertos códigos; es decir, se evidencia una trama invisible de reglas que tiene un más que importante poder (productivo) y una fuerte obligatoriedad. Lo que permite demostrar cómo la participación en estas contiendas se liga a formas de construcción de prestigio social, poder y autoridad que les son negadas o difícilmente accesibles en otros ámbitos sociales.

Así, no resulta productivo, deseable, aceptable desplegar violencia contra familiares de les jóvenes del ambiente, especialmente niñes y mujeres. Tampoco el resto de les niñes, mujeres y adultes del barrio son blancos válidos o deseables. Se rechaza, además, el despliegue de violencia contra varones –jóvenes y adultos– que no participan en el ambiente y no están en la joda; es decir, los demás jóvenes varones decentes del barrio. Cuando eso ocurre, esas muertes son interpretadas como injustas y severamente reprochadas; esto, además, afecta el cartel, ya que les coloca como sarpados, cachivaches o atrevidos.

Precisamente, una de las transformaciones mencionadas en el ambiente está vinculada a una cierta ruptura o pérdida de códigos en relación con el uso de la violencia, especialmente por parte de les jóvenes de la tercera generación. En este sentido, personas de la primera y segunda generación, aquelles jóvenes de antes, les reprochan a les más jóvenes, “los pibitos de ahora”, haber roto esos códigos, y les caracterizan en consecuencia como atrevidos, que disparan por cualquier motivo, a cualquiera, en cualquier momento y lugar. En este reproche, al mismo tiempo, hay un esfuerzo por rescatar un pasado mítico en el cual “estas cosas no sucedían”; esto es, se construye un relato que les permite diferenciarse y distanciarse de les pibitos, presentándoles como un mundo caótico.

Sin embargo, en las tres generaciones, existen normas que, de algún modo, regulan –o intentan hacerlo– los usos de la violencia en el ambiente. A su vez, esos códigos fueron también traspasados por les jóvenes de la primera y segunda generación. Hay matices, las reglas se respetan y se rompen entre les jóvenes de las tres generaciones y se construyen diversas justificaciones y explicaciones al respecto. El “mundo de los pibitos”, el de les jóvenes de la tercera generación, sigue siendo un mundo sumamente reglado a través de un extenso y complejo conjunto de reglas que establecen cómo, dónde –con una fuerte lógica territorial–, entre quiénes o contra quiénes y cuándo resulta plausible, deseable o productivo –hasta, en algunos casos, obligatorio– realizar ese despliegue de violencia, lo que pone así en evidencia criterios de legitimidad e ilegitimidad de esos usos. Reglas, códigos y límites que se cumplen y se rompen, se respetan y se traspasan, lo cual genera efectos diversos en términos de prestigio social y fama.

La policía como parte del ambiente

Una de las especificidades del ambiente o ambiente del delito es que la mayoría de las prácticas, las actividades o los intercambios están criminalizados; por tanto, son ilegales, aunque no todos sus usos sean considerados ilegítimos para el grupo social que pertenece a este espacio social y para el contexto social donde este se desarrolla. Sin embargo, esto genera un vínculo particular con las burocracias penales, como la Policía y las Fuerzas de Seguridad.

En el libro indagué acerca de las acciones, prácticas y valoraciones de la Policía y de Gendarmería, atendiendo a su desempeño diferencial sobre actividades, grupos y sujetos sociales específicos (Tiscornia, 2008; Pita, 2012/2017; Barrera, 2013; Reiner, 2018; Misse, 2007; Telles, 2009/2012). Les jóvenes –especialmente varones– de sectores populares, que participan o no del ambiente, constituyen un grupo social que tradicionalmente ha sido objeto específico de control, administración y gobierno policial a través de una serie de prácticas constituidas por una multiplicidad de formas de hostilidad, humillación y maltrato. Estas prácticas policiales moldean las rutinas de estes jóvenes (Cozzi, 2014a; Cozzi et al., 2015b; Montero, 2010; Kessler, 2004) e involucran, además, diversas formas de violencia, de mayor o menor intensidad represiva (Pita, 2010; Tiscornia, 2008).

Al mismo tiempo, se producen diferentes tipos de intercambios o negociaciones –en algunos casos, más o menos forzados– y arreglos entre policías y jóvenes de las tres generaciones, a partir de los cuales les policías persiguen, prohíben, permiten, toleran o promueven el comportamiento de personas o grupos o el desarrollo de diversas actividades, prácticas o intercambios ligados al ambiente. La policía resulta parte integrante de esa densa trama de relaciones sociales constitutivas del ambiente y trafica un bien muy particular: las “mercancías políticas” (Misse, 2014), esto es, seguridad o protección, teniendo así un rol clave en la forma como se desenvuelven y desarrollan determinadas actividades o prácticas, como también determinados mercados ilegales (mercados de armas de fuego y municiones o el de drogas ilegalizadas) en este espacio social.

Estos intercambios, arreglos y negociaciones, a veces, resultan reprochados o desaprobados, aun por las propias personas que participan del ambiente; en cambio, en otras oportunidades, son aprobados y, de algún modo, avalados. Es decir, han sido concebidos, definidos e interpretados de manera diversa por jóvenes pertenecientes a las tres generaciones. Así, otra de las variaciones significativas en este espacio social está vinculada precisamente a novedosas formas de relacionarse con la policía y las fuerzas de seguridad.

La distinción entre arreglar, que es el modo tradicional de relacionarse con la policía al interior del ambiente, y trabajar, en cuanto forma novedosa de intercambio, resulta clave para entender estas transformaciones. Ese trabajar con la policía difiere de los arreglos permitidos. No se trata de negociar para evitar detenciones o para intentar mejorar la situación legal, sino más bien de negociar, acordar para desarrollar ciertas actividades –principalmente ligadas al mercado de drogas ilegalizadas– sin ser molestades y, en algunos casos, participar juntes en el negocio, compartiendo riesgos y ganancias. Esta forma de vinculación resulta fuertemente cuestionada y desaprobada entre jóvenes pertenecientes a las tres generaciones, refiriéndolo como una “ruptura de códigos”.

No obstante, ese modo novedoso de relacionarse les permitió a los grupos que trabajan con la policía posicionarse por encima del resto de los grupos del ambiente, ya que la protección policial les permitía desarrollar el negocio sin temor a ser detenides, actuar casi sin consecuencias, contar con información valiosa y acceder a más y mejores armas de fuego y municiones, entre otras cosas. Esa protección policial, de algún modo, “los hace intocables”, al menos por un tiempo; es decir, no es un poder que se acumula de una vez y para siempre, sino que se puede perder, los acuerdos con la policía se pueden romper y con ello la protección de la que se gozaba. Así, el intercambio con la policía ocurre siempre necesariamente en el marco de una relación –más o menos– asimétrica de poder. Lo que permite poner en discusión, además, algunas imágenes sociales que circulan sobre el ambiente del delito y algunes de sus protagonistas, producidas y reproducidas por diversos actores sociales. Es decir, en el contexto en el cual desarrollé la investigación, algunos barrios de la ciudad eran presentados como territorios “ocupados” y “gobernados” por grupos “narcos” en los cuales el Estado no podía ingresar, y se decía que estos grupos, de algún modo, le disputan poder al propio Estado. Si bien los grupos que trabajan con la policía cuentan con mayor cuota de poder, este es frágil ya que depende de mantener determinado acuerdo con la policía, siempre desde un lugar de asimetría. Es decir, la policía es otro actor que está jugando en este espacio social, que tiene un plus de poder dado por la propia estatalidad que reviste.

El mercado de drogas ilegalizadas y el ambiente

Otra de las transformaciones del ambiente a lo largo del tiempo se vinculó a modificaciones en los mercados ilegales. En las dos últimas décadas, las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas –especialmente marihuana y cocaína– (producción, tráfico y comercialización al menudeo) surgieron como prácticas cada vez más frecuentes y extendidas, que generan modificaciones en el ambiente. Algunes ladrones “cambiaron de rubro” y empezaron a vincularse a este mercado a mediados de los años noventa, y este proceso se profundizó en los años posteriores. La participación en estas actividades de jóvenes de las dos generaciones siguientes estuvo signada por cambios tanto en la forma de producción y comercialización de ese mercado, como en la moralidad asociada a esa forma de producción y comercialización.

La primera generación de ladrones que entró en contacto con este mercado lo hizo en un momento en el cual este no estaba tan desarrollado, como sí lo estaría para las generaciones posteriores. A su vez, participaron en ese novedoso rubro con la lógica del mundo de los ladrones”, del ladrón independiente sin patrón, “del delincuente que no trabaja con la policía”, que “no se achica” y se la banca” e intentaron imprimir de esa lógica y de esos códigos su participación en las actividades ligadas al mercado de drogas ilegalizadas.

La segunda generación, por su parte, participó en el ambiente cuando este estaba en plena transformación, ligada en parte a la expansión y extensión del rubro narco inaugurado por la generación anterior. Se trató de una etapa de transición en la cual les narcos empezaron a ganar terreno; terreno que, al mismo tiempo, pareciera empezaron a perder les ladrones. Transformaciones que, además, se consolidarían cuando jóvenes de la tercera generación comenzaran a participar en el ambiente.

Se pasó de una organización comercial más bien artesanal o doméstica a un sistema de comercialización a mayor escala que implicó cierta profesionalización y un modelo de negocios más impersonal, con una mayor división del trabajo en su interior. Esto impactó, por un lado, en la forma de venta; es decir, los intercambios dejaron de ser cara a cara en kiosquitos ubicados en las casas de las personas encargadas de la venta y comenzaron a realizarse a través de empleades (soldaditos) en puntos fijos de venta (búnkeres). Sin embargo, esto no significa que los intercambios directos en las casas de las personas que vendían dejaran de suceder, ni que las personas de la primera generación participaran siempre de manera directa en los intercambios ligados a este mercado. No obstante, en el primer caso, esos son los tipos de intercambio que prevalecen o dominan el mercado; en cambio, cuando la segunda y, especialmente, la tercera generación de jóvenes comenzó a participar, mayormente lo hicieron bajo el nuevo esquema.

Por otro lado, y ligado a esto, este modo de comercialización a mayor escala implicó una división del trabajo más compleja y sofisticada, que generó variados puestos y roles relacionados a diversos eslabones de esa cadena, con diversa participación en las ganancias del negocio. Puestos y roles que se tradujeron o impactaron en novedosos carteles y (nuevas) jerarquías –en relación con los distintos segmentos de este mercado– al interior del ambiente. Estas nuevas jerarquías ubican a las personas en distintos niveles de poder, prestigio social y participación en la ganancia del negocio. De este modo, se establecían nuevas jerarquías y carteles, mientras que las formas ilegales tradicionales (robos y broncas) persistían y convivían con las convencionales (trabajo legal). Así, se diferenciaron trabajadores, choros, rastreros, tiratiros, narcos, transeros, sicarios, soldaditos y bunqueros, con distintos niveles de poder y prestigio. Para muches jóvenes que pertenecen a la tercera generación, esas jerarquías estuvieron dadas por sentadas.

Asimismo, las alternativas laborales vinculadas al ambiente resultan, de algún modo, más atractivas o redituables en contrastación con las características de las opciones laborales legales –formales e informales– disponibles o posibles para jóvenes de la tercera generación. Si bien estes jóvenes empezaron a participar en el ambiente en un contexto de activación económica y de recuperación del empleo (Kessler, 2013), en general –con muchas dificultades– accedían a empleos para tareas menos calificadas en el área de servicios, especialmente en el rubro gastronómico o en la industria de la construcción. Les jóvenes, además, caracterizaron sus experiencias laborales como humillantes y de explotación, más que como fuente de prestigio y placer. Te tienen de esclavo”, se quejaron una y otra vez.

El rubro narco es presentado por muches actores sociales –periodistas, personas expertas, policías, autoridades políticos y judiciales, referentes sociales, incluso personas del ambiente, entre otres– como más redituable no solo en términos económicos, es decir, mayor margen de ganancia en relación con otras actividades ilegales, como el robo, o con las opciones laborales legales –formales o informales– disponibles o posibles, que les permite acceder al consumo de bienes suntuosos y deseados, sino también en cuanto a ser conocides y a acumular poder, relacionado con la disponibilidad de más y mejores armas de fuego y armamento, con tener cabida con los contactos adecuados, por ejemplo, contar con prestigioses abogades o con protección policial. Sin embargo, esto no siempre redundará en respeto y prestigio al interior del ambiente.

La participación en estas actividades era fuertemente rechazada, cuestionada y desaprobada por varies jóvenes y adultes, nutridas de cierta sanción moral socialmente extendida ligada al “mundo de las drogas” imbuida del modelo prohibicionista imperante. De algún modo, conviven –de manera contradictoria y conflictiva– diversas valoraciones y evaluaciones morales sobre las prácticas ligadas a este mercado. Al mismo tiempo que aparecían valoradas positivamente, persistían fuertemente los cuestionamientos y las desaprobaciones por parte de les adultes del barrio, pero también de les propies jóvenes. La valoración negativa incluía, especialmente, la venta de drogas en el barrio.

Además, en varias oportunidades algunes jóvenes de la tercera generación caracterizaron su participación en este mercado como experiencias de humillación y explotación, muy cercanas a las vivencias en el mercado de trabajo legal –formal e informal–. De este modo, los puestos que están en la cima de la escala social de prestigio al interior del rubro narco –que permite tener poder, respaldo, mayores ganancias– no resultan fácilmente accesibles para todes les jóvenes del ambiente. Diversos estudios en la región han revelado la participación subordinada de jóvenes de sectores populares en el mercado de drogas ilegalizadas (Marcus Day, 2014; De Oliveira, 2008; Zamudio, 2013; Misse, 2007; Bourgois, 2003); es decir, las alternativas vinculadas a la comercialización de drogas ilegales, atractivas, redituables no solo en términos económicos, sino también de prestigio social, no resultan disponibles y posibles para todes (Ruggiero, 2005 y Zaitch, 2008).

Muches jóvenes pertenecientes a los sectores populares experimentan fuertes dificultades para lograr una autoimagen deseable, atractiva y con reconocimiento social a partir de las instituciones convencionales, especialmente el trabajo; pero, también, a partir de algunas actividades delictivas, como la venta de drogas. Esos materiales para construir un nombre, una buena reputación que les permita contar con honor y prestigio social se encuentran muy poco accesibles o son poco atractivos, y las más de las veces resultan en experiencias de humillación, sometimiento y explotación, que en nada colaboran para ennoblecer la propia imagen (Fonseca, 2000). Aparecen, entonces, otras actividades que funcionan como mecanismos grupales, creativos y significativos para generar alternativas accesibles y posibles para la construcción de reconocimiento, respeto y estatus de quienes se encuentran excluides. Entre ellas, participar en las broncas y los robos.

El robo, una de las tradicionales formas de hacerse cartel en el ambiente, no había perdido sus encantos. Les jóvenes de la tercera generación describían detalladamente los robos en los que habían participado y, a diferencia de la participación en los eslabones más débiles de la cadena del mercado de drogas ilegalizadas, esos relatos estaban cargados de adrenalina y excitación. De algún modo, el cartel de ladrón seguía siendo preferido entre les jóvenes aun de la tercera generación frente al del soldadito, en cuanto actividad autónoma, sin subordinación. Algunes jóvenes del ambiente, por momentos, rechazan tanto las posibilidades legales –formales e informales–, como las ilegales de trabajo, y valorizan “el andar sin patrón” (Fonseca, 2000).

El título de este libro, De ladrones a narcos, puede dar una idea de un cierto pasaje lineal, en las trayectorias de les jóvenes de las tres generaciones del ambiente, de un mundo de ladrones al mundo narco. Sin embargo, uno de los hallazgos de la investigación, partiendo del análisis de las experiencias de personas de carne y hueso (Malinowski, 1984), resulta ser, precisamente, que esos tránsitos no son lineales, sino que dependen, de alguna de manera, de formas de sociabilidad específicas que se dan en contextos –valga la redundancia– específicos. La linealidad de ese proceso se pone en duda, entonces, a través del registro y análisis de las trayectorias de jóvenes y de grupos –de grupos de los que elles forman parte, de aquellos a los que se incorporan, de los que abandonan o de los que les echan, de los que se disuelven, etc.–, que permiten advertir la heterogeneidad de las formas en que habitan el ambiente, formas que dejan sus marcas en la variabilidad de las prácticas, en las actividades e intercambios, en la composición de los grupos, en la historia de sus familias, en los niveles de conflictividad tolerables, en el uso y la aprobación o no de la violencia y las armas de fuego, en los tránsitos por el mercado de trabajo legal –formal e informal– y en las trayectorias carcelarias. Todas estas circunstancias están más o menos presentes en cada uno de los relatos y las historias de les jóvenes de las tres generaciones que participan del ambiente, y, si bien dan cuenta de un repertorio común y compartido, también permiten avizorar fuertes diferencias generacionales, pero también grupales.

Por último, no resulta una cuestión menor que este libro recoge ese proceso de transformación en el ambiente, ese pasaje –no lineal– del mundo de ladrones al mundo narco desde un trabajo situado en un barrio cuyo nombre y cuya fama se construyeron, fundamentalmente, en torno a definirse como “un barrio de ladrones que se oponían a los narcos” y cuyos grupos se opusieron a este mercado o, al intentar vincularse, quedaron afuera, mercado que finalmente se vuelve central, o al menos más importante, y del cual muchas de las personas del ambiente no participan –no en los puestos con mayor poder y mayor margen de ganancias–. Se trató, entonces, de un cambio de época, una coyuntura que les dejó afuera de lo nuevo. La historia del ambiente del delito que describo y analizo en este libro la realizo desde la perspectiva de esas personas, desde la mirada de les llamades y autodenominades “ladrones”. Otra podría ser la historia si la contaran los narcos.



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