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Nota preliminar

Este libro es un ensayo sobre el pensamiento de Deleuze. Por un lado, eso quiere decir que aquí seguimos un camino libremente trazado, de carácter introductorio, en medio de la multiplicidad de su obra, pero que exige de antemano un recorte del tema. Como el título del libro lo sugiere al proponer como punto de partida el tema de la imagen, nos embreñamos inmediatamente en un laberinto de problemas filosóficos cuyos despliegues fueron dando lugar a nuevas trayectorias en el intento de definir el estatuto y el alcance de este concepto, tan volátil y versátil como la luminosidad de una proyección cinematográfica, que desparrama toda su realidad concentrada al chocarse con una pantalla. Por otro lado, este libro es resultado de una investigación científica (posdoctorado), lo que circunscribe su contenido a una rigurosa aplicación de métodos según criterios que nos permitieron construir el laberinto deleuziano de la imagen manteniendo la coherencia de su estructura argumentativa.

Sobre la bibliografía utilizada, privilegiamos las traducciones existentes de las obras de Deleuze (en castellano o en portugués), aunque siempre cotejándolas con el texto original en francés. Esto se debe a una necesidad de hacer filosofía en América del Sur, que implica de algún modo desterritorializar al propio Deleuze de la filosofía francesa aprovechando brechas como la sustancial mención de Glauber Rocha en los libros sobre cine. Este hallazgo fue como una aguja en el pajar, algo nuestro sobre lo que ellos escriben y que sirve de estímulo para pensar nuestra cultura y los problemas del presente y obedece también a una finalidad pedagógica del libro, que puede ser útil en la enseñanza de la filosofía y en proyectos de extensión universitaria.[1]

Dejo momentáneamente de escribir en primera persona del plural, como lo recomienda la norma académica, para confesar la dificultad paradójica que fue para mí escribir filosofía en mi lengua materna después de veinticinco años viviendo en Brasil. Aprendí a filosofar en portugués, pero la necesidad de publicar un libro en mi tierra natal me empujaba más allá del miedo, ante la falta de erudición con la tradición filosófica argentina. Lo mismo se podría decir de Deleuze, que para mí era un filósofo “nuevo” al cual me había aproximado Bergson, por su crítica al mecanismo cinematográfico del pensamiento, que Deleuze supo dar vuelta recalcando su teoría de las imágenes y usarla de trampolín para evaluar el alcance filosófico del cine. Colmar esas deficiencias a corto plazo sería imposible, pero lo posible era aceptar el desafío y escribir como quien escribe filosofía por primera vez.

Por eso vuelvo a la primera persona del plural. Era inevitable pensar en colectivo, aprender a filosofar nuevamente con colegas y comentadores, con Bergson y contra él. Pensar con Deleuze en el laberinto de la imagen significaba recortar de entrada el concepto por su vinculación con la imagen-cine, pero excluyendo formulaciones anteriores como la imagen-pintura, que Deleuze tematiza en Francis Bacon, logique de la sensation (1981), o la imagen del pensamiento, que lo acompaña desde antes de Différence et répétition (1968). Sin embargo, en los libros sobre cine –Cinéma 1. Limage-mouvement (1983) y Cinéma 2. Limage-temps (1985)– es donde el concepto de imagen se relaciona con el pensamiento de modo paradigmático y nos lleva a cuestionar el tema de la imagen del pensamiento desde otra óptica: ¿de qué manera el cine nos fuerza a pensar? Antes que definir un concepto unívoco de imagen, buscamos desplegar la multiplicidad de la imagen en toda su complejidad, a tal punto que de ella se pueda hacer derivar una estética, una ontología, una política y una pedagogía de la imagen.

Para desarrollar este trabajo, además de las obras de Bergson y de Deleuze que citamos junto con sus correspondientes abreviaturas y que constituyen el corpus central, acudimos repetidas veces a lecturas de comentadores sobre puntos específicos de cada capítulo a fin de sembrar la polifonía de voces que justifica una escritura en plural, donde mi propia voz se diluye hasta encontrar el silencio del cual brota la fuerza del movimiento que da vida al texto. Por tanto, ese flujo impersonal de ideas se nutre de diversos aportes textuales entre los cuales destacamos los trabajos de Dominique Chateau sobre la relación entre cine y filosofía; Éric Alliez, sobre el bergsonismo; David Lapoujade, sobre la acción política; Enrique Álvarez Asiáin, sobre la ontología y la ética; Jacques Rancière, Laura Llevadot y André Parente, sobre la estética; Peter Pál Pelbart, sobre el tiempo; Gustavo Romero, sobre Glauber Rocha; Ronald Bogue, sobre las visiones; François Zourabichvili, sobre la política; Jorge Vasconcellos, sobre la pedagogía; René Schérer, sobre el aprendizaje; Silvio Gallo y Leonardo Colella, sobre la enseñanza de la filosofía, y Nilson Dinis, sobre la alteridad.

 

Feira de Santana – Bahia,
13 de marzo de 2020.


  1. Futuramente, podremos extender este análisis al nuevo cine argentino incorporando bibliografía reciente sobre el tema. Véanse, por ejemplo, CALLEGARO, A., et al. (comps.). Cine y cambio social. Imágenes sociopolíticas de la Argentina (2002-2012). San Justo: UNLaM/CLACSO, 2017; CAMPERO, R. Nuevo cine argentino: de “Rapado” a “Historias extraordinarias”. Los Polvorines/Buenos Aires: UNGS/Biblioteca Nacional, 2009.


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