El presente trabajo comenzó con una referencia a una parte del ensayo documental Adiós a la memoria, en la que Prividera se hace eco del interrogante planteado por La Boétie en el Siglo XVI acerca de las causas por las que los hombres soportan la explotación, la humillación, la esclavitud, hasta el punto de desearlas no sólo para los demás, sino también para ellos mismos. La pregunta pretendía llamar la atención sobre la complicidad más o menos encubierta de cierta parte de la sociedad argentina con lo ocurrido en el país durante la última dictadura cívico-militar. Pero también, sobre la “ceguera voluntaria” de quienes, hacia el final del mandato de Macri, expresaban públicamente su adhesión al gobierno, en un contexto de profundas desigualdades y exclusión económica.
Las imágenes de personas durmiendo a la intemperie mientras miles marchaban en apoyo al gobierno saliente, suscitaron a la vez otra pregunta, a medias explicitada en el film: ¿qué sucedió para que el proceso de democratización iniciado en 1983, en lugar fortalecer la figura del ciudadano como un sujeto público y activo capaz de encaminar sus acciones hacia la constitución del ser-en-común, haya desembocado, casi cuarenta años después, en la conformación de una sociedad donde –en palabras del realizador– predomina el individualismo, la creencia en la salvación del más fuerte y la admiración sin reserva por los ladrones de guante blanco? O dicho de otro modo, ¿por qué la democracia no logró generar un rechazo absoluto a cualquier compromiso con formas de poder y dominación que impliquen sufrimiento para una parte de la sociedad?
Estos interrogantes llevaron a centrar la atención en los procesos de reconfiguración de las subjetividades acaecidos a lo largo de las últimas décadas en la escena nacional, en el marco de diseminación de la gubernamentalidad neoliberal a nivel global. Desde una mirada que asume la génesis de dicha reconfiguración en un largo derrotero iniciado con la llegada de la dictadura cívico-militar, se indagó en ciertos rasgos que adquirió la relación entre subjetividad y neoliberalismo a partir de la década del noventa y luego, en el escenario de repolitización abierto a nivel nacional y regional tras la crisis de 2001-2002. En particular, el análisis se orientó a dar cuenta de una forma de subjetividad regida por una lógica de sumisión a los imperativos del neoliberalismo que se manifestó –luego de los años de repolitización de la llamada “primavera democrática” que había expresado el rechazo a la dictadura militar que recién había terminado y la identificación con una nueva actitud política– en la disposición de una parte de la ciudadanía no sólo a tolerar sino también a apoyar de manera más o menos explícita determinadas medidas que amenazaban el bienestar integral de la sociedad, aun al precio de pagar un costo propio. Medidas como, por ejemplo, el programa de ajuste y las reformas pro-mercado iniciadas bajo el mandato de Menem, el paro patronal agrario de 2008 durante el kirchnerismo, o las políticas de austeridad y recortes propuestas por el gobierno de Macri.
Según se argumentó en la primera parte, a pesar de las expectativas de académicos e intelectuales que participaron activamente en los debates al inicio de la transición, la primacía asignada al aspecto procedimental de la democracia sobre el aspecto sustantivo, el énfasis en la racionalidad política y la búsqueda de consensos, la recuperación de la noción de “pacto” como regulador de las “pasiones políticas”, entre otros factores, no lograron favorecer el reforzamiento de los lazos comunes y alentar la participación de sociedad civil, como se esperaba, sino que abonaron a la despolitización de la vida social y a la emergencia de las nuevas formas de servidumbre voluntaria que sobrevendrían en los años siguientes. El proceso de desarticulación entre lo político y lo público ocurrido durante la década de los noventa, ha sido otro elemento importante a la hora de esclarecer la profundización de la tendencia ciudadana a caer en la apatía y la indiferencia hacia la política, así como la presencia de ciertas adhesiones tácitas, y eventualmente más explícitas, a las reformas neoliberales que se iban llevando a cabo. En ese respaldo es posible encontrar huellas impregnadas también de otras tradiciones previas, antiplebeyas, pero que, a su vez, permiten tender conexiones entre las últimas décadas del siglo XX y otras escenas posteriores que pueden caracterizarse como un proceso de reactivación de la política en un sentido complejo, heterogéneo, muchas veces reñido con una actividad emancipatoria. Como se vio en la segunda parte, en esta línea se interpretó la emergencia del sujeto neopolítico en el marco del conflicto agropecuario de 2008. Cabe recordar que el neologismo alude tanto a la novedad que supuso la incorporación de una parte de los sectores medios urbanos (que hasta entonces había mostrado indiferencia hacia la política) a la esfera pública y su implicación en discusiones y controversias de carácter político, como a la persistencia, en la subjetividad de esos mismos sujetos, de disposiciones afectivas provenientes de una configuración de larga data –cristalizadas en una identidad de clase media con un fuerte componente antiperonista– sobre las cuales operaron modos de identificación y participación ciudadana configurados por la gubernamentalidad neoliberal durante la década de 1990. Ambos componentes –el antiperonista y el neoliberal– confluyeron en un denominador común que configuró la subjetividad de una parte de la clase media porteña, para la cual la fantasía de una “vida buena” se proyectaba como un horizonte futuro de plenitud o autorrealización, en el que se recuperaría el orden amenazado y mejorarían las condiciones de vida y el bienestar personal de quienes se involucraron en la defensa de las libertades individuales y de mercado y en el rechazo a la acción del Estado en la regulación de la vida social.
Si bien el modo de operar de la subjetividad neopolítica se ha reconocido privilegiadamente en un sector de la clase media, la continuidad y diseminación de dicha operatoria condujo a reinterrogarse acerca de sus alcances. En este sentido, en la tercera parte del trabajo la preocupación se dirigió a identificar algunos de los rasgos que adquirió la referida mutación subjetiva en la escena política posterior. Esto permitió establecer ciertas similitudes y también algunas diferencias entre la subjetividad que dio origen a la intervención de los sectores medios que adhirieron a las demandas de la dirigencia rural en 2008 y la que se expresó en el apoyo de una parte de la ciudadanía a las medidas de austeridad y otras políticas de corte neoliberal implementadas entre 2015 y 2019. Por un lado, como había ocurrido durante el conflicto agropecuario, reaparecieron, exacerbadas, algunas de las disposiciones afectivas ligadas a la identificación antiperonista y la racionalidad neoliberal. Enlazados a la efervescencia de los discursos del odio y la legitimación de la desigualdad promovidos desde ámbitos gubernamentales y (re)producidos en los medios y redes sociales, los testimonios recogidos dieron cuenta de una construcción de sentido que remitía a la visión nostálgica de un pasado idealizado que habría sido corrompido por el populismo, la disposición a realizar un sacrificio para evitar su retorno al poder y un profundo odio a la forma en que los sectores asociados al kirchnerismo/peronismo organizaban su goce. Por otro lado, la exacerbación de dichos rasgos se presentó desplazada, desdibujando la voluntad de participación política que había caracterizado la escena del 2008 y revelando el abandono del discurso de la “vida buena” y su sustitución por un discurso sacrificial (desprovisto de un horizonte temporal en el que el sacrificio presente se traduciría en una mejora de las condiciones de vida) mediante el cual se aceptaba la frustración del propio disfrute a condición de impedir el de los demás.
Si bien es innegable que la democratización de la vida ciudadana ha recorrido un largo camino de avances y retrocesos desde la recuperación del Estado de derecho en 1983, la continuidad –y profundización en las últimas décadas– de la producción de una forma de subjetividad social que encuentra satisfacción o goce en el sometimiento no sólo ajeno sino también propio, llevó finalmente a la pregunta de si acaso la configuración de la subjetividad neosacrificial no constituye una última fase de la mutación de un sujeto que ha quedado definitivamente atrapado en la red de dispositivos y efectos de poder que se tejen desde y alrededor de él para asegurar su obediencia y sumisión. Sin embargo, lejos de cualquier visión fatalista, se argumentó, recurriendo al andamiaje conceptual del psicoanálisis, que existen ciertos elementos en la propia constitución estructural de la subjetividad que ningún orden político-histórico puede integrar, al menos en forma total y definitiva. Desde esta perspectiva, se sustenta la idea de que el sujeto puede llegar a desvincularse del discurso que lo ha constituido como tal y, de ese modo, subvertir las identificaciones que lo dominan y fijan a los dispositivos de goce. El trabajo realizado a partir del corpus integrado por las piezas de carácter artístico-cultural tuvo como propósito identificar algunas intervenciones encaminadas a propiciar las condiciones que permitirían una eventual desestabilización de las identificaciones neosacrificiales. En definitiva, una excusa para seguir pensando en las posibilidades de una política democrática.
De este modo, el presente estudio ha pretendido ampliar los márgenes por los que discurre la reflexión de Prividera, aportando nuevos elementos de juicio a la hora de retomar algunas de los interrogantes que plantea el film. Aunque abarca el período que va desde la última dictadura hasta el momento en que finaliza el rodaje, poco tiempo después de que Macri perdiera las elecciones primarias (PASO) en agosto de 2019, hacia el final de la película también se deslizan ciertas consideraciones con respecto al futuro. “El neoliberalismo parece batirse en retirada, una vez más”, anticipa Prividera, pero la visión que ofrece no es muy prometedora. A medida que se suceden imágenes de las últimas manifestaciones de apoyo al gobierno, dice no poder dejar de recordar la advertencia final del libro de Albert Camus que le regaló su padre cuando terminaba la dictadura: “El bacilo de la peste no muere. Puede permanecer dormido durante décadas aguardando pacientemente en los sótanos cajones y papeles. Hasta que un día, para desgracia y enseñanza de los hombres, la peste despierte otra vez a sus ratas y las envíe a morir a una ciudad dichosa”.[1] Sin embargo, en los últimos fotogramas Prividera parece conjugar el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad. Entre referencias a Antonio Gramsci y Walter Benjamin destaca la necesidad de aferrarse a una melancolía de izquierda como estrategia de resistencia, como indicio de que todavía hay “esperanza de una redención futura”.
En las elecciones generales de 2019, la fórmula peronista Alberto Fernández-Cristina Kirchner se impuso en primera vuelta al obtener más del 48 por ciento de los votos, derrotando a Macri, que sumó el 40 por ciento. Entre las razones de la pérdida de votos de la Alianza Cambiemos respecto a las elecciones de 2015 y 2017, es muy probable que esté el descontento de ex adherentes que decidieron retirar su apoyo lamentando la pérdida de empleos, el alza de tarifas y la inflación. Así lo sugieren una serie de testimonios de ciudadanos arrepentidos de haber votado por Macri, que ganaron visibilidad en medios y redes en distintos momentos de su gobierno.[2]
En todo caso, queda pendiente para una futura investigación la cuestión de si el declive del voto cambiemita también pueda interpretarse, en la línea de las intervenciones artísticas mencionadas párrafos más arriba, como consecuencia de lógicas tendientes a movilizar los afectos en una dirección de desarticulación del marco en el que se estructuró la fantasía del “sacrificio compartido”, contribuyendo a la desnaturalización o desidentificación con lugar de servidumbre ocupado por el sujeto neosacrificial.
Lo cierto es que en los años posteriores al gobierno de Macri, el ferviente rechazo a toda forma de planificación e intervención estatal en la vida social, la disposición al sacrificio y las conductas o actitudes de odio hacia el otro, no parecen haber disminuido en absoluto en un sector importante de la sociedad. Algunos ejemplos, al menos de manera indicativa, permiten dar cuenta de la permanencia e incluso de la agudización de uno u otro de estos rasgos en el escenario político reciente. Uno de ellos son las protestas que se produjeron en 2020 en distintos puntos del país tras el anuncio de intervención del Gobierno nacional a la cerealera Vicentin y el envío de un proyecto de ley para su expropiación. Aunque el objetivo, según se remarcó, era rescatar a la empresa agroexportadora –que tenía pasivos por más de 1300 millones de dólares– de su debacle financiera y preservar las fuentes de empleo, sectores de la oposición política y empresarial consideraron que era parte de una estrategia para comenzar a acercarse a las políticas llevadas a cabo por el chavismo en Venezuela. En un escenario de confrontación con algunas características similares al de doce años atrás, cuando la expresidenta Fernández de Kirchner impulsó la Resolución 125 sobre retenciones móviles, miles de manifestantes se movilizaron reiteradamente agitando consignas contra la expropiación de la cerealera y en defensa de la libertad y la propiedad privada hasta que, finalmente, tras un revés judicial, el Gobierno decidió derogar el decreto que había establecido la intervención.
Otro ejemplo son las protestas de 2020 y 2021 contra del confinamiento por la pandemia de COVID-19. Repitiendo un fenómeno que venía ocurriendo en distintas ciudades del mundo, en varios puntos de Argentina se realizaron marchas y concentraciones convocadas en las redes sociales, en las que grupos heterogéneos de manifestantes coincidieron en expresiones de disconformidad con las medidas de control sanitario ordenadas por el gobierno y desacreditando las consecuencias de los contagios y muertes registradas a causa del virus. Al mismo tiempo, las movilizaciones recogieron una amplia variedad de demandas que iban desde pedidos de “libertad” y denuncias de una “falsa epidemia” hasta el rechazo al aborto legal y la reforma judicial anunciada por el gobierno, además de exponer diferentes expresiones de odio, que en ocasiones derivaron en insultos y golpes a periodistas sindicados como “progubernamentales”.
Finalmente, a los ejemplos mencionados se pueden sumar las agresiones a funcionarios y dirigentes peronistas por parte de pequeños grupos dedicados a los escraches, así como las violentas protestas con horcas, bolsas mortuorias, guillotinas y antorchas en la Plaza de Mayo y otros sitios, sucesos que, en un contexto de ostensible incremento de los discursos de odio en medios y redes, acabarían desembocando en el intento de magnicidio contra la vicepresidenta de la Nación en septiembre de 2022. Este último episodio, gravísimo y excepcional en el ciclo democrático iniciado en 1983, instauró el debate sobre la necesidad de condenar tales discursos y bregar por un nuevo pacto democrático que excluya toda forma de violencia como medio para resolver los conflictos. Partiendo de la idea compartida por muchos intelectuales y políticos de que el atentado fue el punto máximo de un proceso al que se llegó tras mucho tiempo de aceptación y conformismo en torno a los discursos del odio, la discusión ha girado en torno a si se requiere una intervención normativa o si la solución más bien debería pasar por una respuesta cultural y política. En ese marco, desde el INADI se impulsó la creación de un proyecto de ley contra los mensajes de odio en el ámbito público y se presentaron en el Congreso dos iniciativas que promovían modificaciones al Código Penal, en un caso para incorporar la figura de “asesinatos y delitos por motivos de odio” y en el otro para sancionar aquellos actos de “promoción, difusión o difusión, a través de medios digitales, soporte papel o en discursos públicos” de mensajes que inciten al “odio contra un grupo”.[3] Al mismo tiempo, distintas voces han puesto en duda la efectividad de regulaciones como las propuestas. Entre otros, Ezequiel Ipar (2022) señaló al respecto que si bien hay momentos en que se cree que la única estrategia es prohibir, censurar y restringir la expresión, en realidad se trata de un recurso que sólo sirve para pensar en un límite y, en ese sentido, es tal vez la herramienta menos interesante para combatir los discursos de odio. En el mismo sentido, Damián Loreti (2022) ha sostenido que el problema no se soluciona modificando el Código Penal. A su juicio, ejemplos como el de Europa, donde hay medidas muy restrictivas que, sin embargo, no impiden la circulación de expresiones basadas en la ideología nazi, ayudan a entender que “hay cosas que se resuelven con la política, no con la existencia de una ley que lo impida”.[4]
En este punto, sin pretender agotar o ampliar un debate que rebasaría los límites de esta investigación, se propone a modo de cierre un breve punteo que incluye algunas de las formulaciones desarrolladas en las páginas precedentes a fin de que puedan ser tenidas en cuenta ante los desafíos que significa la construcción de un nuevo pacto democrático en el contexto actual, donde la lógica neoliberal organiza la producción de subjetividad.
En primer lugar, es importante volver a subrayar que los límites que encontró el modelo de la transición democrática, no sólo para incidir de manera significativa en el proceso de reconfiguración subjetiva iniciado con la última dictadura, sino también para dar cuenta de la formación de una ciudadanía caracterizada en buena medida por la apatía, la desafección política y volcada hacia los intereses meramente individuales, tiene que ver con una adscripción a formas de pensar la política que promovían la búsqueda de consensos racionalmente establecidos y que coincidían en ubicar a los afectos como aquello de lo que la política debía distanciarse, postulando la equivalencia entre afectividad e irracionalidad. Así, frente al “enigma” que supuso la falta de objeciones a las políticas de ajuste estructural implementadas en la década del noventa, las teorías para tratar de explicar las causas del fenómeno se buscaron casi exclusivamente en el campo de la racionalidad.
Por otra parte, vale la pena señalar nuevamente que las dificultades encontradas por la mayoría de las investigaciones que estudiaron el conflicto agropecuario al tratar de responder la pregunta clave de por qué una parte importante de la clase media porteña se involucró y participó en actos y manifestaciones en apoyo a los productores rurales, radica en el hecho de que se centraron fundamentalmente en los aspectos racionales. Es muy probable que las formas que adoptó el conflicto del agro respondan en mayor o menor medida a la deliberación sobre el papel del campo y de la industria, la pérdida de confianza en el sistema político o la voluntad de participación en los asuntos públicos; el punto en cuestión es que voluntades, deliberaciones y racionalidad parecen no ser los únicos elementos que intervienen en la constitución de las identidades colectivas. Desde la perspectiva en la que se inscribe esta investigación, también es posible dar cuenta de la existencia de otros elementos, menos explorados, que merecen ser analizados y que resultan centrales para abordar el análisis de las formas colectivas de identificación. En este sentido, se prestó especial atención a la dimensión afectiva de aquellos sujetos (hasta poco tiempo atrás autoexcluidos de la esfera pública y sin intereses comunes con las corporaciones agropecuarias) que adhirieron a la protesta, a fin de echar luz sobre las disposiciones que permitieron la irrupción de su deseo de participación en discusiones cotidianas o en marchas, actos y cacerolazos, así como las que movilizaron su deseo de identificación con los reclamos de “el campo”.
Por último, hacer hincapié en la necesidad de atender a las emociones y los afectos a la hora precisar los factores que intervienen en la producción de aquellos fenómenos políticos que resultarían enigmáticos desde una perspectiva que sólo se centrara en la voluntad y la razón de los sujetos, como es el caso del sacrificio voluntario de quienes decidieron mantener su apoyo a las medidas de ajuste y suba de tarifas implementadas durante el gobierno de la Alianza Cambiemos a pesar de que les traerían menores grados de bienestar. Entre otras cuestiones, este estudio permitió detectar una serie de elementos del orden de lo subjetivo no necesariamente regidos por la voluntad (identificaciones con un ideal segregativo, síntomas de gozar la insatisfacción, odio al modo particular que el otro tiene de gozar, etc.), lo que contribuyó a arrojar luz sobre el proceso de exacerbación y transfiguración de los rasgos característicos de la subjetividad neopolítica que llevaron a la emergencia de lo que aquí se denomina el sujeto neosacrificial.
En suma, recordar una vez más que, cualquiera sea el rumbo que tome la historia, es ineludible considerar el papel decisivo que juega la dimensión afectiva a la hora de buscar una explicación de los procesos tendientes a la continuidad o profundización de la racionalidad neoliberal; pero también al considerar las estrategias que permitan incidir, en un sentido contrario a esa lógica, en la reconfiguración que el neoliberalismo ha producido y sigue produciendo en las subjetividades.
- Fragmento de La peste de Albert Camus, citado por Nicolás Prividera en Adiós a la memoria (2020).↵
- Entre otros, algunos testimonios extraídos de los medios fueron: “Apoyé y voté a este gobierno, ¡pero estoy tan arrepentida! Ningún gobierno, ni Cristina nos tocó la jubilación. ¡Ni Cristina! Nadie, nadie…”, “Lo hemos votado para estar mejor, ¡estamos peor que antes!”, “Aposté al cambio, aposté… tuve fe en el cambio. Estoy, te juro, decepcionada, desilusionada, yo no sé… Qué quiere este muchacho de nosotros no lo sé, honestamente”. Recuperado de https://pprdigital.com.ar/nota/4779/el-club-de-los-arrepentidos. ↵
- Los proyectos de ley fueron impulsados por el diputado Ramiro Gutiérrez y la diputada Marisa Uceda respectivamente, ambos del Frente de Todos.↵
- https://www.tvpublica.com.ar/post/que-hacemos-con-los-discursos-de-odio.↵







