6.1. Entre las redes sociales y la lógica de la posverdad
La Boétie recuerda a Mitrídates, rey de del Ponto, quien ante el temor de ser envenenado se acostumbró a ingerir veneno en pequeñas dosis con el objeto de lograr inmunidad. En un sentido semejante, podría pensarse que durante los años del gobierno de Macri, una considerable cantidad de notas publicadas a diario en diferentes medios y compartidas o retuiteadas en las redes sociales serían las responsables de haber convertido el sufrimiento en un hábito. Artículos pseudo periodísticos que, por ejemplo, advertían sobre el peligro de ver partidos de fútbol gratis desde el celular o la tablet, proponían vacacionar en carpa o con extraños como forma de ahorrar en viajes y alojamiento, aconsejaban comer tierra como método para adelgazar, tomar caldo de huesos para mantener una alimentación saludable y reemplazar el aceite por grasa de cerdo, más sana y barata. O que, con un semblante más solemne y palabras más serias, hablaban del sacrificio portugués y prometían claves de la recuperación de un país con problemas similares a la Argentina.[1] La lista es enorme, tan grande como el peso de la maquinaria comunicacional.
Vinculado a ello, numerosos autores han señalado el papel central que desempeñaron –y continúan llevando adelante– las tecnologías mediáticas en la tarea de allanar el terreno de la subjetividad social. Por ejemplo, el filósofo Ricardo Forster (2016) subrayaba en una columna de análisis la forma en que, cada vez más, las personas tienden a mirar el mundo a través de estos dispositivos:
cada vez más la experiencia de la realidad no la hace cada uno sino que es generada en los laboratorios de la industria del espectáculo y la comunicación. Somos dichos y construidos por estos lenguajes tecnológicos que despliegan las 24 horas del día sus tentáculos informativos y sus infinitas maneras de ficcionalizar el mundo en el que vivimos. Sin darnos cuenta somos hablados por un Gran Otro que se inmiscuye en lo más profundo de nuestra intimidad y organiza nuestra representación del mundo. (Forster, 2016: s/p.).
Esta crítica también se ha extendido al ámbito de las redes sociales en Internet. Durante una entrevista, el neurobiólogo y científico social Gernot Ernst (2016) fue consultado acerca del apoyo de la gente a la derecha, a lo que respondió: “El contexto social actual es el caldo de cultivo para esto. Internet literalmente bombardea con mierda los cerebros de las personas”. Además, señaló que “Las redes sociales están plagadas de pseudo argumentación, generan egoísmo y con ellas es fácil burlarse de asuntos realmente serios, como una tragedia humana, un acto de corrupción política, y la lucha de un grupo de personas por sus derechos” (s/p.).
Es interesante notar cómo en estas formulaciones resuena el Discurso sobre la servidumbre voluntaria –muy anterior al surgimiento de los modernos medios de comunicación. La Boétie advertía hace más de cuatrocientos setenta años sobre el mecanismo de la ilusión por el cual se llega a creer que algo es cierto, sin serlo: “Los reyes de Asiria, y después los de Media, no aparecían en público sino al anochecer, con el fin de que el populacho creyera que en ellos había algo sobrehumano y de crear esta ilusión en aquellos que alimentaban su imaginación con cosas que jamás habían visto” (2008: p.64). Hoy en día se puede pensar, como lo indican Forster y Ernst, que la reactualización de este fenómeno se ha visto favorecido por el permanente y creciente bombardeo de mensajes disparados desde las redes sociales y los medios de comunicación. La revista Barcelona lo resumió de manera satírica en una serie de viñetas tituladas “El Boludo Que Le Cree A La Tele”, donde se muestra a diferentes personajes reproduciendo tópicos de amplia circulación en los medios masivos, como por ejemplo: “La educación pública se soluciona eliminando paritarias, derecho a huelga y vacaciones pagas” o “Si dejamos de financiar a los chantas del Conicet, les podremos dar más dinero a empresas eléctricas y megamineras para atraer inversiones”.
En una clave más sobria, desde hace algún tiempo, la noción de “posverdad” se ha utilizado cada vez con más frecuencia para referirse a esta cuestión. El término, que fue incluido en el diccionario de la Real Academia Española a finales de 2017, se emplea corrientemente para describir la distorsión deliberada de una realidad en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y las creencias personales, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales.[2] Algunas voces, sin embargo, se han alzado para insistir en que no hay nada especialmente nuevo u original en la práctica de la posverdad. El escritor español Diego Verdugo Vega (2019), por ejemplo, sostiene que las noticias falsas que circulan por los medios y las redes “no son muy diferentes a los disparates, deformaciones o mentiras puestos en circulación desde tiempo inmemorial por profesionales del engaño” (p. 13). Para el filósofo Maurizio Ferraris (2019), por el contrario, se trata de un fenómeno radicalmente nuevo respecto a las mentiras clásicas. Su originalidad reside en la forma específica en que se manifiesta hoy la debilidad humana: “gente que ha dejado de creer en el Más Allá o en la brujería pero que está convencida de que las vacunas provocan autismo, y lo difunde no a través de un boca a boca limitado por definición, sino empleando medios de comunicación de una potencia infinita” (2019: p. 5). Desde una perspectiva histórico-epistemológica, el italiano argumenta que desde finales del siglo pasado hasta la actualidad se ha producido la inflación, difusión y liberalización de las ideas posmodernas que, surgidas en las academias, con la ayuda decisiva de los medios de comunicación, trascendieron más allá de las universidades y bibliotecas convirtiéndose en posverdad. Por tanto, lo que se conoce con este término no es más que la divulgación y popularización del principio fundamental de lo posmoderno, según el cual “no existen los hechos, sólo las interpretaciones” (2019: p. 11).
Ferraris subraya el vínculo esencial entre la posverdad y los medios de comunicación empleando el concepto de “documedialidad”. Con este neologismo designa “la unión entre la fuerza normativa de los documentos y la penetración de los medios de comunicación de la era de internet” (p. 6). Explica que tradicionalmente, para difundir cualquier doctrina se requería del proselitismo y el conjunto de procedimientos, estrategias e instrumentos que le son propios, pero que desde hace algún tiempo ya no se necesita nada de eso; cada vez con mayor eficacia y potencia, con un teléfono móvil en la mano cualquiera puede dar a conocer sus propias opiniones al mundo entero. En este sentido, lejos de considerar a la posverdad como algo filosóficamente irrelevante, propone ver en ella el síntoma de una transformación tecnológica, social y antropológica en marcha, cuyas dimensiones, dice, aún se desconocen.
Movido por una preocupación de carácter más político que epistémico, el filósofo Franco Berardi (2007) aporta algunas claves que pueden ayudar a ahondar un poco más sobre la magnitud de esta mutación.[3] Según este autor, en las últimas décadas del siglo XX se produjo la confluencia de dos procesos de gran envergadura con serias implicaciones en la matriz cognitiva y afectiva de las nuevas generaciones. Por un lado, la introducción masiva de la mujer en el circuito de la producción global y, por otro, la difusión de las tecnologías videoelectrónicas y, posteriormente, conectivas. Este doble fenómeno transformó “la consistencia antropológica profunda del campo social: el lenguaje, la relación entre lenguaje y afectividad y, por consiguiente, la capacidad de abrirse a lo social, a la solidaridad social” (pp. 11-12).
En primer lugar, Berardi señala que en las condiciones creadas por el capitalismo liberal y la privatización de los servicios sociales, las mujeres se vieron obligadas a asumir situaciones de doble trabajo, estrés psicofísico, ansiedad y empobrecimiento emocional. Como resultado de esto, la figura de la madre en el entorno familiar fue reemplazada por la presencia de máquinas, que han interferido en el proceso de transmisión del lenguaje a los hijos. Los niños que crecieron en ese ambiente, según el autor, pertenecen a lo que él llama “la generación videoelectrónica”, la primera que ha aprendido más del aparato de televisión que de sus padres. En cuanto a los efectos que produjo este proceso, Berardi propone analizarlos siguiendo el pensamiento de Marshall McLuhan, quien sostenía que cuando la tecnología alfabética es reemplazada por la electrónica y, en consecuencia, lo secuencial es sucedido por lo simultáneo, el pensamiento mítico tiende a prevalecer sobre el pensamiento lógico-crítico. A la luz de este postulado, el filósofo italiano destaca que la facultad crítica implica una estructuración particular del mensaje (el encadenamiento de la escritura, la lectura lenta, la posibilidad de juzgar en secuencias el valor de verdad y falsedad de los enunciados) que en el ámbito de la comunicación videoelectrónica “ha sido progresivamente sustituida por una forma de pensamiento mitológico, y la capacidad de discriminar entre la verdad o falsedad de los enunciados se ha vuelto imposible e irrelevante” (p. 78).
Pero además del impacto provocado por el paso de la esfera alfabética a la videoelectrónica, Berardi identifica una mutación mucho más radical, desencadenada a partir de la difusión de las tecnologías digitales y el avance de internet en la década de los noventa:
La evolución de la infósfera[4] en la época videoelectrónica, la activación de redes cada vez más complejas de distribución de la información, produjo un salto en la potencia, en la velocidad y en el propio formato de la infósfera. Pero a este salto no le corresponde un alto en la potencia y en el formato de la recepción. El universo de los receptores, es decir, los cerebros humanos, las personas de carne y hueso, de órganos frágiles y sensuales, no está formateado según los mismos patrones que el sistema de los emisores digitales. (Berardi, 2007: p. 175).
En tal sentido, Berardi explica que la aceleración de los intercambios informativos ha producido –y lo sigue haciendo– un efecto patológico en la mente humana individual y, más aún, en la colectiva. A pesar de que los individuos no están en condiciones de analizar crítica y conscientemente la enorme y creciente masa de información recibida diariamente a través de computadoras, televisores, teléfonos celulares y otros artefactos, inducidos a considerarse empresarios de sí mismos, se ven empujados a seguir, conocer, valorar, asimilar y elaborar toda esa información con el fin de ser más eficientes y competitivos, de acuerdo con los requerimientos del mercado.[5] Desde este punto de vista, es factible considerar que el sometimiento a la dinámica de superación permanente y de competencia económica que promueve el discurso neoliberal en la época actual, tiene menos que ver con el conformismo ante el estado presente que con el funcionamiento de automatismos tecnológicos, financieros, económicos y psíquicos que condicionan cada vez con mayor fuerza el comportamiento de los actores sociales. Ante esta situación, dice Berardi, la voluntad y la acción humanas se debilitan y la política no parece tener la fuerza para oponerse a ella: “Cada vez con mayor frecuencia tenemos la impresión de que la decisión política no cuenta para nada, si no se limita a registrar y reproducir fielmente las líneas estabilizadas de la cadena de automatismos incorporados a la máquina social” (p. 97).
En este punto cabe hacer un par de observaciones. La primera tiene que ver con algunas acotaciones que, desde la perspectiva lacaniana, deslizó Alemán (2018) respecto del alcance de la mutación antropológica. Para este autor, no se trata de efectuar una separación entre el modo de producción de subjetividad propio del capitalismo actual y la invariancia estructural del sujeto que muestra el psicoanálisis, pero tampoco se trata de confundirlos. Es cierto que la constitución estructuralmente fallida e incurable que constituye al sujeto, según se vio en el Capítulo 4, hace que, cualesquiera que sean las mutaciones y su posible alcance en el orden antropológico, no se pueda hablar de un nuevo tipo de especie humana. De esta manera, dar cuenta de aquello que en el sujeto hace objeción a sus mutaciones antropológicas, como ha propuesto Alemán, permitiría recuperar cierta inteligibilidad respecto de las “las costuras sociopolíticas que saltan por todos lados, en el mundo del capitalismo de la info-esfera, haciéndolo crujir” (p. 70).
La segunda observación se refiere al impacto del cambio tecno-comunicativo en la sociedad. Como acertadamente ha señalado Yago Franco (2012) en relación con este punto, la posición de Berardi no es tan determinista como podría parecer a primera vista. No todos los medios, dice, están condenados a transmitir las significaciones dominantes: “Berardi mismo propone que los medios de comunicación actuales y su tecnología deben ser puestos al servicio de la transmisión de valores ligados a significaciones que pertenecen al proyecto de autonomía” (s/p.). Por cierto, incluso considerando su poder para moldear la infósfera y modificar la mente colectiva, no se debe pasar por alto que estas tecnologías también son producidas por las relaciones sociales que a su vez contribuyen a organizar. Ya hace varios años Sergio Caletti (2001) había marcado distancia de las posturas que tratan a la tecnología y sus objetos como una exterioridad a la política y, en general, a la vida social (sobre la que descargaría sus impactos), para concebirla, en cambio, como una forma de condensación específica de las relaciones entre los seres humanos, y de estos con su entorno, una condensación de las formas dominantes en las que las sociedades establecen la manera en que logran concebir y construir su mundo, incluidos sus conflictos, relaciones de poder, asimetrías, etc. Desde este punto de vista, interpretaba que sus “éxitos” y su capacidad de consolidación “se asientan precisamente en su capacidad para ‘materializar’ –y por cierto extender, a favor de ciertos agentes y estrategias– tendencias sin embargo definidas en el seno de la propia vida social, en la práctica de sus luchas e, incluso, de sus configuraciones imaginarias, y no definidas por efecto de imposición de un algo radicalmente exterior” (p.64). Esto supone rechazar la idea de que las tecnologías videoelectrónicas y conectivas “en sí mismas” moldean forzosamente las maneras de acercamiento al mundo. En todo caso, lo que se puede afirmar es que estas tecnologías, como otras, refuerzan la orientación y las reglas de unas relaciones sociales que han podido condensar en ellas sus modos de vinculación con el mundo, “haciéndolos eficaces” (p. 66). Es desde este marco que debe entenderse el activismo mediático promovido por Berardi, crítico tanto de los apologistas de la evolución de la tecnología digital como de los autores de la resistencia antidigital. Tal como señala, su tarea no sería oponerse o gobernar la transformación en marcha, sino más bien “mantener activas en el curso de la mutación las competencias cognitivas, éticas y estéticas cuya continuidad está amenazada” (p. 189). En este sentido conviene también leer sus críticas a la izquierda política que, ante un escenario caracterizado por el descrédito de los valores dialógicos universalistas y la proliferación de un pensamiento mitológico que no discrimina lo verdadero de lo falso, sigue estructurando su comunicación sobre la base de un discurso dirigido a lograr “un consenso racional y crítico”, mientras que la derecha, añade, sin prestar mucha atención a los valores de la crítica y la democracia, “ha sabido ir al encuentro de la mitologización del campo social y del paso de la esfera discursiva a la esfera imaginaria. Por eso ha sabido captar las ventajas de la mediatización de la comunicación social” (p. 183). De modo que, para Berardi, no se trata de elegir entre una posición implícitamente conservadora y otra de subordinación a los modelos culturales impuestos por los medios de comunicación, sino de establecer redes de comunicación independientes que permitan volver a definir la relación entre vida cotidiana e infósfera.
En sintonía con estas preocupaciones pero desde una visión global diferente, Ernesto Calvo y Natalia Aruguete (2020) se enfocaron recientemente en el estudio de las redes sociales digitales con el objetivo de avanzar en la comprensión de su funcionamiento y, de esta forma, contribuir a generar acciones por parte de los usuarios en la dirección de una comunicación más horizontal y democrática. Si bien varios de sus supuestos teóricos son divergentes de los que se han sustentado en este trabajo (por ejemplo, la concepción de espacio público que defienden es deudora de la teoría habermasiana), es interesante detenerse en algunos de los aspectos analizados, particularmente aquellos que tienden arrojar nueva luz sobre determinados comportamientos de los usuarios, como la aceptación y difusión de noticias falsas en las redes. Los investigadores parten de la constatación de que en la actualidad, las redes sociales son la principal fuente de acceso a las noticias y la forma más común de conectar con la información política de manera incidental.[6] Explican que esto se debe a que en los muros virtuales se publican indistintamente opiniones y mensajes de amigos, notas de blogueros e información de los medios tradicionales. Las diferentes plataformas emplean algoritmos predictivos para determinar qué información mostrar a sus usuarios, de modo que combinan, seleccionan y realzan determinados aspectos de los eventos sociales, creando encuadres[7] que se estructuran por la forma en que las personas con ideología y percepciones similares tienden a conectarse en una red.[8] De este modo, como en una especie de Daily Me o diario personalizado,[9] los usuarios integrados en comunidades reciben información que ha sido moldeada para adaptarse a sus intereses y expectativas. Según los autores, los usuarios podrían optar por ignorar o compartir con otros usuarios esos contenidos, que pueden resultar verdaderos, falsos o imposibles de constatar. Señalan al respecto que la estructura de la noticia falsa que es viral no se distingue de la verdadera, salvo por la mayor homogeneidad de la comunidad que la comparte. Es decir: “la creencia en distintos ‘hechos’ hace que las noticias falsas se viralicen tan sólo en la comunidad que es cognitivamente congruente con el contenido reportado” (p. 18).
Para explicar cómo tanta gente puede creer cosas que son demostrablemente falsas, los autores se basan en las investigaciones de Philip Fernbach y Steve Sloman (2017), quienes rechazan la línea de pensamiento que conduce a tratar el problema en términos de “masas engañadas” para sostener, en cambio, que “por sí mismos, los individuos no están bien equipados para separar los hechos de la ficción, y nunca lo estarán”. De acuerdo con estos científicos cognitivos, lo que realmente distingue al ser humano no es su capacidad mental individual sino la de perseguir conjuntamente objetivos complejos dividiendo el trabajo intelectual. Argumentan que la caza, el comercio, la agricultura, la fabricación y todas las innovaciones que contribuyeron a transformar el mundo, fueron posibles gracias a esa habilidad. Para Calvo y Aruguete, una consecuencia de que el conocimiento se distribuya de esta manera es que para saber cosas que se suponen obvias, como que la Tierra gira alrededor del Sol, y no al revés, las personas dependen de comunidades científicas, que son las que forjaron ese consenso. No obstante, señalan que alcanzar un acuerdo socialmente legítimo no es sencillo. Las revoluciones científicas suelen ir acompañadas de revoluciones políticas, éticas y sociales que promueven, difunden y socializan el conocimiento. Esas contiendas,
se ganan con el paso de las generaciones, gracias a los sujetos que vienen después y se apropian de ellas, en lugar de ser aceptadas y distribuidas por sus contemporáneos. En el pensamiento filosófico de la Modernidad, conceptos como “alienación”, “intersubjetividad” o “mediación” describen la tenue distancia existente entre las creencias y las certezas, entre lo que afirmamos saber y aquello que de hecho sabemos, dado que las columnas que sostienen esas certezas provienen de nuestros pares, de nuestras instituciones y de nuestros antepasados. (Calvo y Aruguete, 2020: p. 16).
Cuanto mayor es la distancia de la evidencia, explican, más grande es la dependencia de la información que poseen otros: para comprender las ecuaciones de la mecánica cuántica, por ejemplo, es necesario tener una formación matemática compleja de la que sólo dispone una pequeña parte de la población; o para enterarse de que un bloque parlamentario tuvo problemas para aprobar un proyecto de ley, se necesitan periodistas y políticos que informen sobre su tratamiento. Pero también existe un mayor riesgo de ser atrapado por los prejuicios que cada quien trae consigo o por los que se han desarrollado dentro de las comunidades de pertenencia, aquellas en las que se confía para responder preguntas sobre las que no hay mucha información disponible.
Ahora bien, Calvo y Aruguete sostienen que la aceptación y difusión de noticias falsas descansa en la ruptura de tres consensos básicos que se habían mantenido vigentes en las últimas décadas. Por un lado, la ruptura del “consenso cognitivo”, que invita a aceptar de inmediato todo lo que apoya las propias opiniones y a descartar el resto. Por otro, la ruptura del “consenso político”, que lleva a la emisión de declaraciones falsas con el fin de generar una respuesta o producir un efecto político. Finalmente, la ruptura del “consenso ciudadano”, que promueve que las creencias y la evidencia que sostienen los enunciados se diferencien entre una comunidad y otra.
Con respecto a la ruptura del “consenso político” cabe hacer una objeción importante. Los autores parten de la distinción que establece Habermas (1999) entre usos estratégicos y usos comunicativos del lenguaje, los cuales designan dos tipos de acciones sociales concretas: aquellas que, guiadas por un cálculo egocéntrico de resultados, priorizan el éxito individual, y aquellas que, orientadas al entendimiento, apuntan a un acuerdo alcanzado comunicativamente. De esta manera, consideran que las “operaciones políticas” y las “distorsiones comunicacionales” que observan en las redes (por ejemplo, cuando algún usuario o un troll[10] usa la mentira en forma perlocucionaria, es decir, para producir un daño al oponente) van en contra de la promesa originaria de un diálogo virtual “transparente” y “libre de manipulación”, condición fundamental, afirman, para la existencia de una sociedad democrática. En esta perspectiva consensualista, como ya fue dicho anteriormente (ver Apartado 4.1), lo que se niega es el carácter inerradicable del conflicto en la política, por lo que frente a este enfoque –y sólo en relación con este punto– es posible coincidir con Verdugo Vega cuando estima que el uso de mentiras con fines políticos existe desde tiempos inmemoriales. Así, la ruptura que señalan Calvo y Aruguete no habría afectado a un supuesto consenso político previo sino que lo que se rompe con la propagación del conflicto y la polarización política en las redes es la utopía de un consenso pleno que nunca se alcanzará.
En cuanto a las otras dos rupturas, los argumentos de los investigadores tienen cercanía con el diagnóstico de Ferraris según el cual hoy se le da poca importancia al mundo exterior y mucha a las propias convicciones privadas. Por un lado, vinculan la ruptura del “consenso cognitivo” con la expansión de lo que en psicología política se conoce como razonamiento motivado; esto es, un mecanismo cognitivo por el que se le otorga mayor relevancia a algunos datos de la realidad y se sacrifican otros, para que la información se ajuste a las creencias previas. En este punto, Calvo y Aruguete se basan en estudios desarrollados por los politólogos Patrick Kraft, Charles Taber y Milton Lodge (2015), que muestran que se necesita mayor información para revertir una creencia previa que para validarla:
Dado que tendemos a buscar información que sea consistente con nuestras creencias previas, con mucha frecuencia interactuamos con contenido que es congruente con nuestros prejuicios, mientras que vemos con menos asiduidad aquel que los contradice. Por lo tanto, la información falsa que se ajusta a nuestras creencias tiene mayor probabilidad de ser compartida porque es “obviamente correcta”, lo cual vuelve innecesario que la verifiquemos. En cambio, no compartimos la información verdadera que no se ajusta a nuestras creencias porque “es posible que no sea cierta”. (Calvo y Aruguete, 2020: p. 12).
Por otro lado, la ruptura del “consenso ciudadano” tiene que ver con lo que denominan “la balcanización de las narrativas políticas”. Siguiendo a la politóloga Lilliana Mason (2015), plantean que esto sucede cuando los miembros de una comunidad expulsan de sus narrativas toda evidencia que no apoye las creencias que los identifican como miembros del grupo, es decir, “cuando los hechos fácticos que cada grupo reconoce como fuente de sus creencias son aceptados como distintos e irreconciliables” (p. 18). En definitiva, es la ruptura de estos tres consensos lo que permite a los investigadores dar cuenta de las condiciones que hacen posible la aceptación y difusión de noticias falsas en las redes. En el mundo de las fake news, concluyen, “buscamos datos que confirman nuestros prejuicios, los publicamos en las redes sociales con el objetivo de dañar a nuestros oponentes políticos y aceptamos que nuestras creencias y los datos fácticos que las justifican se distingan de las de quienes nos atacan” (p. 17).
Es desde esta perspectiva que Calvo y Aruguete analizan, entre otros casos de resonancia en las redes, la recepción y activación (habilitación en los muros de los contactos) de contenidos producidos por los medios tradicionales a raíz de la polémica desatada por los aumentos en los precios de los servicios públicos durante el primer año del gobierno de la Alianza Cambiemos.
6.2. La campaña de la militancia del ajuste
Tal como se adelantó en el Capítulo 5, la quita de subsidios y el traslado de ese monto a los usuarios –en un escenario que ya estaba cruzado por una alta inflación– generó posiciones encontradas entre quienes criticaron o se opusieron abiertamente a la decisión del gobierno y quienes, aun viéndose afectados por el tarifazo, se mostraron a favor de dicha medida. En ese contexto de creciente polarización, Calvo y Aruguete (2020) observan que la prensa, la radio y los circuitos televisivos de información actuaron como fuertes impulsores de premisas que penetraron profundamente en sus comunidades de pertenencia:
La Nación y Clarín destacaron la corrupción y la mala gestión en materia de subsidios durante los mandatos de Cristina Fernández de Kirchner (…), mientras que los medios opositores al gobierno de Mauricio Macri, como C5N y Página/12, alertaron sobre las consecuencias redistributivas del aumento de las tarifas, y lo presentaron como un “regalo” del oficialismo para las grandes empresas. (Calvo y Aruguete, 2020: p. 63).
También constatan que durante el período analizado, los usuarios de las redes sociales situados en oposición a la política tarifaria recibieron en su Daily Me una combinación de noticias provenientes de Página/12 y El Destape Web, con el agregado de algunos contenidos de Telesur TV. Sólo en pocas oportunidades el Daily Me de estas personas recibía y activaba noticias publicadas por los diarios La Nación o Clarín. Por el contrario, los usuarios que estaban a favor de las medidas impulsadas por el macrismo recibieron un Daily Me compuesto mayoritariamente por noticias de La Nación y @Lanataenel13, con una menor cantidad de artículos de Clarín y casi ninguna información de Página/12 o El Destape Web.
Otro dato importante que arroja la investigación de Calvo y Aruguete es que en la comunidad afín al gobierno de la Alianza Cambiemos apenas hubo tuits que citaran a Página/12 o Ámbito Financiero, mientras que los enlaces a Clarín, TN, La Nación e Infobae activaron a estos usuarios, quienes habilitaron esos contenidos para que aparezcan en los muros de sus contactos. Si bien los autores no centran su estudio en las notas extraídas de los medios tradicionales que fueron retuiteadas al interior de cada comunidad (el análisis de contenido que realizan consiste básicamente en un mapeo de los hashtags y el conteo de frecuencia de las palabras clave mencionadas en los comentarios de cada uno de los tuits), incluyen a modo ilustrativo dos posteos ampliamente difundidos, uno entre usuarios opositores y otro entre usuarios progubernamentales. El primero fue publicado originalmente por el entonces diputado del Frente Para la Victoria (FPV), Juan Cabandié. Bajo el comentario “Mientras ellos ‘aprenden y calculan’, los argentinos deben sufrir y padecer los aumentos #EnRemeraYPatas”, muestra dos noticias extraídas de Diario Registrado y Ámbito Financiero cuyos títulos incluían las declaraciones del Jefe de Gabinete (“’Estoy aprendiendo esto del tema del gas’, confesó Peña”) y del Ministro de Energía del gobierno de Macri (“Aranguren admite que ‘no calculó’ impacto sobre el 25% de usuarios y que restan más subas”).[11]
El segundo apareció en la cuenta @Lanataenel13. Apoyándose en información del canal de cable TN (“Florencia Kirchner retiró de su cuenta más de un millón de dólares en marzo”), el tuit comentaba la noticia en los siguientes términos: “y vos luchando para pagar la tarifa del gas…”.[12]
En principio, antes que el contenido de la propia noticia, lo que llama la atención en estas publicaciones es la alusión común a la situación de sufrimiento y sacrificio que provocaba la actuación de los políticos. Por supuesto, la cercanía se disipa en cuanto se comparan los entramados semánticos en los que se inscribió cada comentario. Como sugiere el análisis de Calvo y Aruguete (2018b), mientras que el tuit de Cabandié formaba parte de un discurso donde destacaban palabras clave como “malestar”, “ajuste”, “activismo”, “mentiras”, “miedo”, “acceso” y una variedad de otros términos que denunciaban los costos sociales de la política energética promovida por el gobierno de Cambiemos, el de Lanata en el 13 estaba inserto en una formación discursiva que incluía temas como “imprevisibilidad”, “cálculo”, “cuidado”, “rumores”, “inversión”, “responsabilidad”, “esfuerzo” y una gran colección de términos que apelaban al deber cívico y a la “sólida” gestión económica en contraposición a la malversación kirchnerista. Sin embargo, aun considerando estas diferencias, es posible pensar que las referencias al sacrificio ciudadano de los dos posteos se ubican en la misma órbita de significado.
Como sostiene Wendy Brown (2017), bajo el régimen de austeridad imperante en la actualidad, que las democracias neoliberales han adoptado tras las recurrentes crisis precipitadas por el capital financiero, se asienta fuertemente la idea de que los ciudadanos deben “compartir el sacrificio” requerido para hacer frente a la restauración económica. El sacrificio, señala, ha sido una práctica frecuente a lo largo de la historia, aunque con un alto grado de variación entre épocas y culturas. Incluso hoy en día se pueden observar un gran número de usos, desde religiosos hasta profanos: “existen sacrificios rituales de animales y de otros tesoros a Dios o a los dioses, sacrificios parentales del tiempo, el sueño y el dinero para los hijos, y sacrificios estratégicos en juegos (de un peón en ajedrez o para hacer que un corredor avance en beisbol)” (p. 237). Entre esa pluralidad, la teórica norteamericana busca determinar el significado que adquiere el llamado al sacrificio compartido en la política de austeridad neoliberal. Para ello recurre a la reflexión ofrecida por Moshe Halbertal, quien formula una distinción entre el sacrificio religioso antiguo y el sacrificio político moral moderno. Según el filósofo israelí, la diferencia entre ambos radica en que mientras el primero suele ser un “sacrificio a” algo, que generalmente supone un acto colectivo, ritual y cuya importancia radica en ofrecer vida (de una víctima designada) a los poderes de lo sagrado como una forma de restaurar el orden o la armonía de la comunidad; el segundo suele ser un “sacrificio para” algo, generalmente basado en un acto individual, que implica también la renuncia a la vida, pero en este caso se trata de la renuncia a la propia vida (o a uno de sus aspectos) para obtener un resultado determinado.
A partir de estos argumentos, Brown llega a la conclusión de que cuando se insta a los ciudadanos a sacrificarse a la economía como poder supremo y sacrificarse para su recuperación o para obtener presupuestos equilibrados, la política de austeridad neoliberal se alimenta tanto de significados religiosos como seculares y políticos:
Pareciéramos estar en la órbita del segundo significado, el secular, en la medida en que requiere –y no sólo se asume– “compartir”, el requerimiento mismo se emite en una expresión política moral y el requerimiento implica superar el egoísmo por el bien del equipo. Sin embargo, la devastación del bienestar humano que conllevan los recortes de trabajos, de paga, de prestaciones y servicios no genera rendimientos inmediatos a quienes sacrifican o se sacrifican. Por el contrario, la meta aparente es la restauración de la “salud” económica y fiscal del Estado, un retorno del borde de la bancarrota, el colapso monetario, el incumplimiento de la deuda o la disminución de crédito. Además, el destinatario del sacrificio no es la nación ni el demos sino el Estado y la economía, espectacularmente imbricados, de los que depende toda la vida pero que también exigen destrucción y privación. (Brown, 2017: p. 239).
Siguiendo esta línea, se puede agregar que tanto la publicación de Cabandié como la de Lanata en el 13, aunque se articulan en cadenas diferentes, comparten cierto marco epocal. Es cierto que en ambos posteos la referencia al sufrimiento se expone como denuncia, en oposición al “despilfarro” de la clase política y en ambos posteos, los argentinos son “alertados” ante las acciones del poder gubernamental (que los obliga a “sufrir y padecer los aumentos”, “luchar para pagar la tarifa del gas”) sin apelar a proteger y aumentar sus derechos, como podría haberlo sido en otras épocas. Pero hay algo más. El empleo del término “luchando” en el segundo comentario sugiere el rol de un sujeto activo de quien se esfuerza, que contrasta con la pasividad de quien sólo sufre y padece. Ahora bien, ¿en qué sentido puede hablarse de un marco epocal en que esa discursividad aparece predominando?
En el marco de lo que se ha dado en llamar “la militancia del ajuste”, ciertos medios tradicionales intentaron convencer a la sociedad –a menudo de forma falaz– que el sacrificio exigido por la gestión de Cambiemos era imprescindible para superar la situación económica. A través de una larga secuencia de notas periodísticas interpelaron a lectores y televidentes como partícipes activos, instándolos a asumir el cumplimiento de la obligación como si se tratara de un compromiso militante. Muchos de esos contenidos o los enlaces a los mismos fueron compartidos por los usuarios a través de las redes sociales. Un ejemplo claramente representativo es el caso de una nota de Emilio Apud (2016) publicada en el diario La Nación donde, al mismo tiempo que justificaba las estrecheces económicas provocadas por el aumento de tarifas (las posibilidades de desarrollo energético desaprovechadas por la “impericia” y la “corrupción” de los gobiernos kirchneristas), apelaba a la implicación de los afectados en la defensa del tarifazo:
Hay un segmento menor de la población que por sus ingresos o situación económica no está en condiciones de pagar tarifas de equilibrio al que el Estado tiene la obligación de asistir y lo está haciendo con tarifa social y excepciones justificadas. Pero los que estamos en condiciones de hacer ese esfuerzo, más del 80% de la población, deberíamos replantearnos si vale la pena renunciar a todas esas posibilidades de desarrollo genuino por seguir aferrándonos a la comodidad aparente y cortoplacista, pero no sostenible, de no sincerar las tarifas. El cambio de rumbo es necesario y posible, pero con esfuerzo, sacrificio y compromiso, conceptos extraños a la cultura pospopulista. De ahí las dificultades que tiene el Gobierno para aplicar los ajustes tarifarios correctivos. (Apud, 2016: s/p.).
El carácter engañoso o erróneo de muchos de los argumentos empleados en la justificación del tarifazo fue puesto en evidencia, entre otros, por el Observatorio de la Energía, Tecnología e Infraestructura para el Desarrollo (OETEC), que publicó un conjunto de artículos destinados a desmontar las falacias difundidas por distintos medios de comunicación. Así, por ejemplo, Federico Bernal (2016a) comparó la información brindada en una nota de La Nación (en la que se decía que la compañía eléctrica Edenor había afirmado que de no aprobarse el aumento tarifario aplicado por la administración nacional, se afectaría la calidad del servicio, las inversiones se paralizarían y habría recortes de gastos, especialmente despidos de empleados) con lo señalado por la propia empresa en su informe “Memoria y Balance 2015” (donde reconocía que entre 2012 y 2015 la calidad del servicio había mejorado ostensiblemente a pesar del retraso tarifario, igual que las inversiones en obras de infraestructura y en el número de empleados), concluyendo que era “mentira que sin tarifazo la calidad del servicio se vería perjudicada, las inversiones reducidas y los gastos (con despidos incluidos) recortados” (p. 5). De igual forma, Belen Ennis (2016) recurrió a un reporte del Fondo Monetario Internacional (FMI) titulado “Contando el costo de los subsidios energéticos” (en el que el organismo afirmaba que “los países del G-20 pagan más de 1.000 dólares per cápita en subsidios a los combustibles fósiles”) para desmentir una frase vertida por Jorge Lanata en su programa de televisión (“¿En qué país el Estado le paga a la gente la luz, o le paga el gas o le paga el bondi? Yo no conozco ninguno”), precisando que “en la Argentina –que es miembro del G-20– los subsidios rozaban los 500 dólares por persona antes del 10 de diciembre de 2015” (p. 1).
En otra publicación, Bernal (2016b) examinó uno de un conjunto de artículos que tomaron como tema los “nuevos hábitos de consumo” derivados del aumento de tarifas. De una nota de Clarín que informaba sobre el auge de los métodos alternativos de calefacción (“Los hogares están más fríos, pero la gente busca la manera de no sentirlo tanto. Al menos, mientras está en la cama. En la empresa Mapa aseguran que este invierno hubo un gran crecimiento en las ventas de bolsas de agua caliente”), el autor observaba cómo la descripción de este ejemplo presentado como un caso de uso eficiente de la energía en realidad escondía la desesperación de los ciudadanos “por reducir su consumo para evitar recortar en salud y alimentación” (p. 1) Sin embargo, y aun manteniendo omisiones y datos falsos, es curioso notar cómo otros ejemplos que se pueden incluir en el mismo grupo, lejos de ocultar, fomentaron abiertamente la reducción del gasto en esos dos ámbitos, como receta para una vida futura mucho mejor: “¿Cuántas veces hay que ducharse? En términos de salud la respuesta es contundente: dos veces a la semana es suficiente”[13]; “Mejor a oscuras: la luz artificial afecta la salud”[14]; “Para vivir 100 años, hay que volver a una alimentación simple”[15]; “La ventaja de ser ‘nutriflexibles’. El ser humano no necesita alimentos específicos sino nutrientes, lo que le permite hacer reemplazos en caso de escasez”[16]; “En Dinamarca el aumento del precio de la manteca salvó vidas”[17]; “Excelente sustituto. La grasa de cerdo es más sana y barata”[18]; “Este año tenés que comer legumbres”[19]; “Se puede vivir sin probar carne”[20]; “Las manzanas ‘feas’ son más saludables de lo que creías”[21]; “Final de un mito: científicos aseguran que la pasta no engorda”[22]; “Cómo es la revolucionaria dieta del 5 y 2. Consiste en comer normalmente cinco días a la semana y realizar dos de ayuno”[23].
En relación con el sostenimiento de la promesa de una vida mejor, es oportuno prestar atención por un momento al análisis que María Esperanza Casullo (2019) hizo del discurso de la Alianza Cambiemos. Señala que una dimensión actitudinal clave de la discursividad cambiemita estuvo constituida inicialmente por “la idea de que la política no debía estar ligada al sufrimiento ni al sacrificio, sino que podía ser una actividad descontracturada, que no eliminara ni oprimiera la ‘verdadera felicidad’ de las personas” (p. 2). Una idea que evidentemente formó parte de las condiciones de producción de la última serie de artículos mencionados. Sin embargo –prosigue la politóloga–, tras las primeras medidas de gobierno, al macrismo le resultó cada vez más difícil mantener esa línea discursiva:
Así, el anclaje en un horizonte venturoso y en una visión de la política como una mera “solucionadora de problemas” que no debe “molestar” a la gente fue reemplazado por dos ideas complementarias: primero, la necesidad moral de la mayoría de reducir grados de bienestar que serían inauténticos o “populistas” y, segundo, la progresiva aparición de una visión nostálgica de un orden social pasado, que habría sido corrompido o alterado por el populismo. (Casullo, 2019: p. 3).
Este desplazamiento del eje discursivo se manifestó, por ejemplo, en el ya mencionado comentario de Macri sobre la necesidad de pagar más cara la energía domiciliaria (“Si están en sus casas en remera y en patas, es porque están consumiendo energía de más”), pero también tuvo su expresión en la forma en que los medios tradicionales abordaron la temática. Esto se observa con claridad en una seguidilla de notas periodísticas en las que se promovió la adquisición de hábitos más austeros, no sólo en salud y alimentación sino también en múltiples dimensiones como educación, vivienda, ocio y recreación, etc., pero ahora sin la promesa de felicidad futura: “Educación: ¿Vale la pena ir a la universidad?”[24]; “Vivir en 30 metros cuadrados, una tendencia que crece entre los porteños”[25]; “Vacaciones: ¿cómo planificar un viaje ajustando al máximo el presupuesto?”[26].
Como acertadamente señaló Casullo, la austeridad adquiría en estos ejemplos rasgos morales. No se trataba sólo de “apretarse el cinturón” en función de un objetivo de políticas públicas, sino que equivalía a renunciar a lo que “no corresponde”. ¿Por qué quemarse las pestañas estudiando una carrera si el 44% de los universitarios se emplea en trabajos que no requieren esos estudios? ¿Cómo acomodarse en un espacio a la escala de los ingresos? ¿Dónde pasar unas vacaciones según el presupuesto disponible? Al mismo tiempo, añadía la autora, esa renuncia ya no se planteaba para avanzar hacia un futuro mejor, sino al revés: aparecía “la idea de volver hacia un orden más natural que se perdió, un orden en el que se respetaban ciertas jerarquías de autoridad” (p. 7). Quizás quien más crudamente expresó esta visión fue el economista Javier González Fraga, cuyas declaraciones fueron publicadas en distintos medios de comunicación y compartidas por numerosas cuentas en las redes sociales: “Le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse celulares e irse al exterior”[27]. En la misma línea, la nota de Apud antes citada consideraba que la tarea necesaria para revertir esa situación –que califica de “ficcional”– sería prolongada y requeriría un profundo cambio cultural: “Tras años de derroche populista, llevará tiempo que la sociedad entienda que no puede vivir por encima de sus posibilidades a costa del dinero de todos”. Es decir, un cambio cultural a largo plazo que debía involucrar no sólo a la generación actual sino también a las generaciones venideras. Sin embargo, a pesar de las intenciones declaradas, se podría decir con Casullo que en ningún caso se explicita cómo y en qué horizonte temporal ese sacrificio presente se traducirá en una mejora de las condiciones de vida de la mayoría: “el sacrificio termina transformándose casi en un fin en sí mismo” (2019, p. 7). Esto se puede ver de manera muy clara, por poner un último ejemplo, en el coleccionable Valores, una serie de libros publicados semanalmente junto a la revista infantil Genios, que iban dirigidos –tal y como se recoge en su web– “tanto a los niños como a los padres y docentes, que son los principales promotores del desarrollo integral de los chicos”[28]. El número 21 llevaba como título, de forma sencilla, sin detalles superfluos ni cosas innecesarias: “Austeridad”[29].
Ahora bien, la voluntad de una parte de la población para impulsar y acompañar ese cambio cultural en sus prácticas y hábitos se evidencia, en cierta medida, en la cantidad de veces que este tipo de artículos y posteos fueron efectivamente compartidos y retuiteados en las redes sociales. En algunos de los ejemplos citados, y en otros similares, aparece la cifra registrada en el contador: “Final de un mito: científicos aseguran que la pasta no engorda”, 545 veces; “Este año tenés que comer legumbres”, 675 veces; “Las manzanas ‘feas’ son más saludables de lo que creías”, 800 veces; “Shocks eléctricos, un método extremo para evitar los excesos en la tarjeta de crédito”[30], 1609 veces; “Marucha, un corte alternativo y económico para el asado”[31], 4280 veces; “Tiempo libre: un ‘tesoro’ que puede dar más felicidad que dinero”[32], 7437 veces; “Mejor a oscuras: la luz artificial afecta la salud”, 8394 veces; “Educación: ¿Vale la pena ir a la universidad?”, 41496 veces.
Pero más allá de estos datos cuantitativos, para nada desdeñables, cabe destacar especialmente que la campaña de llamamiento al sacrificio y la austeridad, lanzada inicialmente por los medios tradicionales afines al gobierno, fue retomada y alcanzó su pleno desarrollo gracias a la acción de los mismos perjudicados por la subida de las tarifas y la inflación. En este punto es necesario volver a plantear la pregunta formulada por Calvo y Aruguete: ¿cómo se explica el alto grado de aceptación y difusión de noticias falsas en medio de la polarización generada por el tarifazo? Seguramente entraron en juego varios de los factores mencionados más arriba. Por un lado, la posibilidad abierta por la tecnología de poner en circulación esos contenidos de forma atomizada, donde cada receptor se convirtió, como señala Ferraris, en productor y transmisor a la vez. Al mismo tiempo, el impacto provocado por el paso del ámbito alfabético a la videoelectrónica, que, de acuerdo con Berardi, sentó las bases para que el pensamiento mítico prevaleciera sobre el pensamiento lógico-crítico. Ligado a esto, las rupturas planteadas por Calvo y Aruguete: la ruptura del “consenso cognitivo” (la expansión del razonamiento motivado), que llevó a dar crédito y relevancia a la “evidencia” presentada por esos contenidos; y la ruptura del “consenso ciudadano” (la balcanización de las narrativas políticas), que permitió la expulsión de todo contenido con potencial evidencia que pudiera contradecir la creencia en la necesidad de un “sacrificio compartido”. Esto último puede apreciarse en el hecho de que ni las voces que alertaron sobre los costos sociales de la política energética de Cambiemos, ni los argumentos del OETEC, ni la “contra-campaña” que criticó de manera sarcástica e incisiva la desinformación y falsedad de las “noticias” del “periodismo militante”,[33] pudieron contrarrestar que las publicaciones en cuestión fueran activadas y se propagaran por la comunidad oficialista de la red.
Pero Calvo y Aruguete agregan un elemento más, el placer cognitivo que generan los intercambios sobre temas políticos con quienes piensan de la misma manera, al margen del contenido locutivo:
Es el goce que provoca la congruencia que mantenemos con nuestra comunidad de pertenencia en las redes sociales, donde todas las piezas engarzan juntas y se acurrucan con comodidad entre las propias creencias previas. Esa congruencia cognitiva nos impulsa a comunicar contenidos enseguida cuando los observamos en nuestros muros, el placer que experimentamos cuando validamos nuestras creencias y podemos demostrar a todos los pobladores de nuestro universo que estábamos en lo correcto. (Calvo y Aruguete, 2020: pp. 13-14).
Aunque no aportan ejemplos directamente relacionados con el caso analizado, algunos tuits extraídos de cuentas de usuarios que apoyaron el tarifazo pueden servir para ilustrar esta cuestión: “Si habrá sido fuerte el relato kirchnerista, que todavía hay gente que sigue diciendo que entre 2009 y 2016, el Fútbol ‘era gratis’. Por Dios!!!”; El #Tarifazo ya lo venías pagando por otro lado, o la plata q subsidiaban a las empresas de servicios de donde te crees q salía?”; “Genios, en el resto del país pagaban lo q corresponde. Así q por más que se hagan los indignados esto es sólo igualar con el resto #Tarifazo”; “El #Tarifazo en bs as me parece justo. No puede ser q aca paguemos $30 de luz (promedio) y en el interior $400 (promedio)”.[34]
Según los argumentos esgrimidos por Calvo y Aruguete, el impulso por comunicar el “descubrimiento” de que la medida afectaba principalmente a la Ciudad de Buenos Aires y al conurbano bonaerense, principales beneficiarios de los subsidios, y compartirlo con otros miembros de la comunidad para “desenmascarar” el “relato kirchnerista”, se relaciona con el placer que estos usuarios habrían sentido en su fuero interno, similar a la “descarga de endorfinas que resulta de descubrir quién fue el asesino antes de terminar de leer la novela, o de ganar una competencia de Fornite en la PS4 o un partido de truco a nuestros amigos” (p. 13). Sin embargo, aun compartiendo la importancia que los investigadores otorgan a los afectos al analizar los fenómenos políticos, la utilización que hacen de la noción de goce –como experiencia placentera, de disfrute– resulta, desde la perspectiva asumida en este trabajo, demasiado estrecha. Omite, precisamente, una dimensión donde la opción por el sufrimiento sacrificial se abre como vía alternativa para intentar restituir el estado de congruencia comunitaria al que se refieren Calvo y Aruguete en el fragmento citado. Es bajo este segundo marco que cobran sentido expresiones como las registradas en el video de los dos rosarinos: nostálgicos de un orden social pasado que habría sido alterado por el populismo (“Una Argentina en crisis por 70 años”), estaban dispuestos a renunciar a su propio bienestar (“ahora nos toca sufrir”) porque consideraban que se había concedido demagógica e irresponsablemente (“No se puede vivir toda la vida de prestado”). Pero además, deja de lado otro aspecto del goce ya tratado en este trabajo, el que produce la imposibilidad de alcanzar el estado de felicidad añorado. Imposibilidad que se proyecta en chivos expiatorios: los que quitan el placer, los que roban el goce. Así se expresa en el tramo final de la charla entre Héctor y Raúl en la que coincidieron en la necesidad de apoyar el cambio propuesto por Macri para volver a la Argentina anterior al peronismo (“esto es lo que necesitamos”), frente a aquellos que, identificados de manera más o menos difusa (“gente que no lo entiende”; “los [otros] argentinos”), sólo se empeñan en impedirlo.
- Así se titulaba una nota del diario La Nación del 3 de mayo de 2019, en cuyo contenido se subrayaba que la salida de la crisis y recuperación económica de Portugal no había sido un milagro sino fruto del sacrificio tras el fuerte ajuste impuesto por la Troika Europea (integrada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional). Recuperado de https://www.lanacion.com.ar/economia/portugal-no-es-milagro-resultado-del-sacrificio-nid2244088 /.↵
- El término es una traducción de la expresión inglesa “post-truth”, que fue elegida como palabra del año 2016 por el Oxford English Dictionary ante la popularización de su uso en el contexto de la votación del Brexit y las elecciones que ganó Donald Trump en Estados Unidos. ↵
- En este libro Berardi se pregunta fundamentalmente por la crisis de la izquierda que se manifiesta en el retroceso político de las fuerzas organizadas del movimiento obrero y progresista. La tesis que busca mostrar es que esta crisis no es más que un epifenómeno de una mucho más profunda: “la crisis de la transmisión cultural en el pasaje de las generaciones alfabético-críticas a las generaciones post-alfabéticas, configuracionales y simultáneas” (Berardi, 2007: p. 25).↵
- El autor define a la infósfera como la interfaz entre el sistema mediático y la mente receptora de información: “es la ecósfera mental, esa esfera inmaterial en la que los flujos semióticos interactúan con las antenas receptoras de las mentes diseminadas por todo el planeta” (Berardi, 2007: p. 175). ↵
- Ante lo que parece ser la realidad de países como Argentina y otros de América Latina, donde las tecnologías digitales no se han extendido como en Europa o Estados Unidos, Berardi apunta que si bien existen distintos grados de integración con el sistema tecno-comunicativo global, este proceso prescinde en cierta medida de la cantidad de horas de exposición a la televisión o dispositivo telemático: “El problema no es si un chico usa el celular o navega en Internet, sino dentro de qué ambiente cultural y afectivo se encuentra en sus años de formación, en sentido acotado: familiar, pero también en sentido amplio: en la relación imaginaria con sus coetáneos del todo el planeta, en las modas culturales, musicales, consumistas” (Berardi, 2007: p. 18).↵
- De acuerdo con el Informe Digital News (2020), en Argentina, las redes sociales superaron a la TV como modo de acceso a las noticias por primera vez. El 86% de los encuestados accede online (las redes sociales representan el 71%); el 67%, por medio de la TV y el 23% a través de medios impresos. Estos últimos muestran la mayor caída como medio de acceso (del 45% en 2017 al 23% en 2020). ↵
- Toman el término “encuadre” del analista Robert Entman (2003), quien lo define como el acto de “seleccionar y realzar algunos aspectos de eventos o temas, y hacer conexiones entre ellos para promover una interpretación, evaluación y/o solución. Las palabras e imágenes que componen un encuadre pueden ser distinguidas de las demás noticias por su capacidad para estimular apoyo u oposición a los distintos campos de un conflicto político” (p. 417).↵
- Si bien los autores no focalizan especialmente en la cuestión, no es un tema menor la concentración de la propiedad de las plataformas en un núcleo reducido de empresas a nivel mundial, las cuales, entre otros aspectos, inciden en la operatoria de los algoritmos. Éste es uno de los aspectos centrales para entender las limitaciones a las pretensiones democratizantes del espacio público virtual. Véase al respecto Zuazo (2018). ↵
- Los autores recurren al concepto de Daily Me o diario personalizado acuñado por Nicholas Negroponte en los primeros años de la década de 1990: “En un texto clásico, Nicholas Negroponte (1995) anticipaba el mundo mediático-digital que habitamos y especulaba sobre ese futuro en el cual cada uno de nosotros recibiría las noticias, los sonidos y las imágenes que se ajustaran a sus preferencias. Negroponte describía nuestro acceso al mundo de las noticias digitales como el Daily Me, un diario de noticias creado a nuestra medida, que nos tendría como consumidores únicos” (Calvo y Aruguete, 2020: p. 5).↵
- La figura del troll refiere a las intervenciones de ciertos usuarios bajo perfiles apócrifos (los cuales pueden ser o no cuentas pagas). Según Aruguete y Calvo, “Cuando un troll ejerce un acto de violencia comunicacional, el objetivo no es que se entienda el contenido literal del mensaje, sino que se produzca un acto perlocucionario que expulse al que lo recibe de la red social. El objetivo de un troll es callar a su oponente y evitar que el mensaje del “otro” siga circulando por la red. De este modo, temas de discusión que no favorecen a la comunidad de pertenencia del troll desaparecen del espacio público. La intención comunicativa del troll es estratégica y busca un cambio en el comportamiento político de la víctima” (2020: pp. 16-17). ↵
- Recuperado de https://twitter.com/jorgedimarco1/status/752969437817532417.↵
- Recuperado de https://twitter.com/Patrock2/status/753628789482094592.↵
- Clarín, 12 de abril de 2016.↵
- TN, 18 de julio de 2016.↵
- Clarín, 27 de junio de 2016.↵
- Clarín, 16 de agosto de 2016.↵
- TV Pública, 1 de agosto de 2016.↵
- ElDoce.tv, 26 de julio de 2016.↵
- Clarín, 14 de enero de 2016.↵
- La Nación, 22 de mayo de 2016.↵
- La Nación, 27 de julio de 2016.↵
- Clarín, 30 de julio de 2016.↵
- Infobae, 30 de marzo de 2016.↵
- La Nación, 18 de marzo de 2016.↵
- Clarín, 24 de diciembre de 2015.↵
- Ámbito, 12 Agosto de 2016.↵
- Radio La Red, 26 de mayo de 2016.↵
- Recuperado de https://grupoclarin.com/notas/genios-lanza-la-coleccion-valores.↵
- Revista Genios, 18 de julio de 2016.↵
- La Nación, 23 de mayo de 2016.↵
- La Nación, 25 de febrero de 2016.↵
- Clarín, 23 de enero de 2016. ↵
- Véase, entre otros, el informe especial preparado por el cronista y columnista de C5N, Lautaro Maislin, en el que, bajo el título “Militando el ajuste vs. La realidad”, mostraba el rechazo de parte de la población a “los insólitos consejos de los medios” (recuperado de https://www. youtube.com/watch?v=Nk9YS0RKO18&ab_channel=C5N), o el video de la web Mundo TKM, satirizando el estado del “periodismo militante” y sus “noticias” (recuperado de https:// www.youtube.com/watch?v=H1o7w2nUpOE&ab_channel=MundoTKM.↵
- Recuperado de https://twitter.com/taladrosilva/status/755681349889961984; https://twitter. com/christianm100/status/692400760986996740; https://twitter.com/j0niii/status/692393489670 262784; https://twitter.com/santizanot/status/692379584004767744.↵







