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Introducción

La investigación que dio paso a las reflexiones que se presentan en este libro -y que formaron parte de mi tesis de doctorado- tuvo como objetivo reconstruir el proceso que llevó a la producción de las normas (jurídicas, sociológicas, explícitas e implícitas) que regulan la asociatividad para el trabajo en organizaciones cooperativas de cartoneros[1] de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA)[2] constituidas luego del año 2007. Entiendo por asociatividad para el trabajo al conjunto de prácticas que permiten el sostenimiento de actividades productivas gestionadas por trabajadores y la consecución, distribución y control de los recursos que circulan en torno a estos emprendimientos, sea cual fuere su origen (mercado, políticas públicas, programas de fomento gubernamentales y/o no gubernamentales, donaciones, etc.) y su especie (dinero, prestigio, legitimidad, bienes para consumo, herramientas, etc.). Si bien me centro en las organizaciones que han surgido luego del año 2007 en la CABA, el enfoque adoptado me lleva a remontarme a los años ´90 para captar los conflictos, acuerdos y pujas de sentido que dieron forma al tipo de asociatividad para el trabajo que caracteriza a dichas organizaciones. Asimismo, quiero resaltar que mi enfoque se sitúa entre los que no realizan una distinción a priori entre actividades productivas y políticas, dado que he observado que la sustentabilidad[3]­entendida como el punto de equilibrio siempre precario y contingente­ entre los aspectos económicos, sociales y ambientales que hacen al problema de la gestión de los residuos sólidos urbanos (RSU), se busca y eventualmente se alcanza cuando logran atenderse dichos aspectos.

Llegar a este punto de definiciones y toma de posición, que seguiré revisando en futuras investigaciones, fue posible solo después de un largo recorrido. Cuando comencé el trabajo de investigación mis interrogantes eran bastante diferentes de los actuales. Mi acercamiento a los cartoneros fue más bien casual, aunque no por ello indolente. Comencé como estudiante a participar de un grupo de investigación en el Centro de Estudios e Investigaciones Laborales CEIL­ en el año 2007, dirigido por el Dr. Floreal Forni, cuyo eje de estudio fueron las organizaciones de la economía social y solidaria. A partir de allí decidí que los cartoneros eran un interesante caso de estudio. Siempre me habían convocado los temas relacionados a la marginalidad urbana y a la acción colectiva, aunque a decir verdad, en los primeros tiempos pensaba la cuestión de los cartoneros sólo desde la primera perspectiva. Como la mayoría de las personas sabía de su existencia simplemente por transitar la Ciudad. También es cierto que a principios de la década pasada las notas periodísticas sobre el fenómeno de estos nuevos pobres “honrados” que “prefieren cartonear a salir a robar”, eran frecuentes. En aquella época vivía en la zona sur del Conurbano Bonaerense, y varias veces me topaba con los cortes del Puente Alsina cuando decenas (en ocasiones cientos) de personas cortaban el paso protestando por mejores condiciones de trabajo y por un permiso para trabajar. Como cruzaba a pie, varias veces charlé con alguno de ellos, aunque esas conversaciones lejos estaban de ser parte de un trabajo de investigación sistemático y planificado.

En ese momento tampoco sabía que existían cooperativas de cartoneros, ni que en la Ciudad se habían aprobado dos leyes que tendían al reconocimiento y la incorporación de los recolectores al circuito “formal” de gestión de los RSU. Las primeras organizaciones de este tipo se conformaron a fines de la década del ´90, cuando el cartoneo comenzó a configurarse como un “refugio” cada vez más extendido para los excluidos del mercado laboral formal, tanto en el ámbito metropolitano como en el resto del país. Pero no fue sino hasta principios de la década del 2000 cuando el Estado comenzó a reconocer e impulsar este formato organizativo, junto con organizaciones no gubernamentales y grupos de cartoneros más o menos organizados, conjunción que permitió a lo largo de los últimos años el crecimiento de este tipo de asociaciones y su reposicionamiento dentro del sistema de gestión de RSU.

Entonces, en el comienzo de mi investigación, mis preguntas referían en primer lugar a saber quiénes eran los cartoneros, de dónde venían, cuáles eran sus historias, cómo trabajaban, cuál era el marco que los contenía. En sí, un estudio exploratorio. Así, los primeros pasos fueron comenzar a relevar y leer toda la bibliografía que pudiese encontrar sobre la temática, buscar noticias en los diarios, mirar algún documental que se había hecho hasta el momento y empezar a buscar algunos contactos para hacer trabajo de campo. Los primeros meses los dediqué a leer e investigar a partir de fuentes secundarias, donde encontré algunos trabajos interesantes que me permitieron conocer más en profundidad la historia reciente de los recolectores. No eran demasiados, pero ya se podían encontrar algunos libros, tesis y artículos que detallaban en profundidad la forma en que los cartoneros no asociados realizaban su trabajo, el tipo de vínculos que sostenían con los otros actores de la cadena de valor del reciclado[4] y cómo organizaban su trabajo. También había algún trabajo sobre las cooperativas de recolectores que eran, en general, más bien exploratorios y descriptivos. Estos trabajos me permitieron tener una idea de la historia de las organizaciones y empezar a pensar las primeras preguntas sobre la asociatividad en este caso. La escasez de trabajos respondía principalmente a que las cooperativas de recolectores eran en general de reciente conformación, dado que apenas una pequeña parte se había organizado a fines de los años ´90, mientras que el resto se había conformado durante los primeros años de la década del 2000. Asimismo, la aplicación de las Leyes 992 y 1.854[5] (llamada ley de basura cero) en la CABA recién estaba comenzando y el primer centro verde[6] gestionado por una organización se había inaugurado en el año 2006. La asociatividad que estudia esta investigación aún no existía, sino que estaba comenzando a gestarse al calor de los distintos conflictos que había suscitado el incremento de personas dedicadas a la recolección de materiales reciclables en la vía pública a lo largo de los años previos.

Así, en el 2007, comencé a planificar el trabajo de investigación, basándome fundamentalmente en la lectura de la bibliografía europea y latinoamericana de economía solidaria. Mis primeras indagaciones estaban orientadas a comprender cómo se organizaba el trabajo en este tipo de asociaciones y qué aspectos del trabajo se transformaban al ingresar en alguna de ellas para aquellos cartoneros que hasta entonces se habían desempeñado por cuenta propia. Lo que me inquietaba era comprender de qué manera una actividad caracterizada por un fuerte individualismo pudiera llegar a realizarse en forma colectiva. La idea que tenía acerca de lo que es o debe ser una cooperativa era la que se podía leer en los libros y la legislación correspondiente y esto ciertamente no daba buena cuenta de lo que pasaba en el día a día de las organizaciones. Hasta donde yo era capaz de ver, la adecuación a este modelo idealizado era (y sigue siendo) sumamente compleja, fundamentalmente porque reflexionar en estos términos me llevaría a pensar en las organizaciones como algo difícilmente sustentable, lejano de lo que se esperaba y de lo que decían ser.

Así es que comencé por realizar un relevamiento de las organizaciones que existían en ese momento, unas catorce en toda el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), y busqué ponerme en contacto con sus referentes para comenzar a realizar entrevistas y observaciones. Durante los primeros dos años visité a varias de ellas en repetidas oportunidades. Conocí experiencias de lo más diversas, muchas de ellas ya no existen y las prácticas de gestión que implementaban son bastante distintas de las que se pueden observar en la actualidad. En base a esos primeros datos, y junto al equipo de trabajo del CEIL, en el 2008 construimos una primera clasificación de organizaciones en función de sus formas de inserción en la cadena de valor del reciclaje. Para ello tuvimos en cuenta una serie de características: materiales que recuperan; tipo de establecimientos a los que les venden; acceso a recursos distribuidos a través de políticas de fomento gubernamentales y no gubernamentales y organización del proceso de trabajo. De allí surgieron tres clases de organización definidas en virtud del grado de consolidación de los emprendimientos (Angélico y Maldovan, 2008). Era un primer acercamiento.

En este período también comencé a interiorizarme sobre las distintas perspectivas teóricas que hablaban de la economía social, sobre la historia de la asociatividad en la Argentina, sobre la legislación del cooperativismo y sobre las distintas formas organizativas que se habían expandido en el país tras la crisis del 2001.

El 2009 marcó un punto de inflexión en mi trabajo de investigación, ya que fue en ese período cuando conocí a las nuevas organizaciones que se estaban arraigando en la Ciudad. En aquel momento existían alrededor de quince cooperativas en actividad, en las que se agrupaban unos 1.800 cartoneros, lo cual representaba solo una parte de todos los que circulaban cotidianamente por la Ciudad. Comencé a indagar sobre la historia de estos emprendimientos y comprendí que la misma estaba ligada a aquellos cortes de puentes y movilizaciones a los que hice referencia más arriba.

Al momento, la literatura especializada había abierto una puerta para pensar los procesos organizativos de los cartoneros. Desde distintos enfoques, diversos autores habían rastreado los orígenes socio-demográficos y laborales de los recolectores, sus prácticas y estrategias para desarrollar la actividad, la evolución histórica de las políticas ambientales en la Ciudad y las formas de organización que pequeños grupos habían comenzado a desplegar. En relación con este último eje, algunos autores ponían el énfasis en las formas organizativas gestadas en torno a los trenes especialmente reservados a los cartoneros, en los cuales éstos se trasladaban desde el Conourbano Bonaerense a la CABA[7], haciendo hincapié en la capacidad organizativa de estos grupos; trabajos que serían una importante referencia para mi investigación. Al mismo tiempo, la cuestión de la disputa con las empresas y el Estado y las formas de construcción asociativa en estas nuevas cooperativas estaban apenas comenzando a estudiarse sistemáticamente. Entonces, las crónicas periodísticas fueron una importante fuente de revisión, porque me permitían seguir el recorrido de los conflictos, los actores en disputa y las propuestas y acuerdos que se iban construyendo con el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (GCABA).

El 2009 fue también un año particular para los cartoneros dado que a partir de la crisis internacional y su impacto sobre el mercado de materiales reciclables así como del cierre de los ramales de tren que usaban para acceder a la Ciudad, disminuyó ampliamente la cantidad de recolectores en las calles porteñas. No obstante ello, nuevas organizaciones estaban comenzando a consolidarse. Con el objetivo de conocerlas logré contactarme con algunos de los referentes que, desde la Asociación Trabajadores del Estado de la Central de Trabajadores de la Argentina (ATE-CTA), estaban apoyando este camino de organización.

En ese momento, las organizaciones con las que trabajaban aún no tenían personería jurídica y el sistema de distribución de recursos desde el Estado para las cooperativas era aún incipiente. Yo quería conocer quiénes eran los que formaban parte de estas organizaciones y ellos también necesitaban datos que les permitieran pensar estrategias de intervención social. Entonces, me aboqué al diseño de un relevamiento de este tipo de información en distintas cooperativas, utilizando un cuestionario con preguntas abiertas y cerradas que permitiera comprender quiénes eran, de dónde venían y cómo trabajaban las personas que habían conformado las distintas cooperativas. Los datos construidos en este relevamiento sirvieron para dos objetivos: por un lado conocer en mayor profundidad a estos grupos y abrir de allí en más nuevas preguntas de investigación y; por otro, diseñar un proyecto de intervención que posteriormente obtuvo financiamiento[8].

Al mismo tiempo, y dado el impulso a las cooperativas como formato organizativo y a la trayectoria de mi equipo de investigación dentro del CEIL, participé de una profunda revisión de los debates acerca de la economía social pasados y contemporáneos. En los años previos diversas investigaciones se habían abocado a estudiar a los nuevos movimientos sociales que surgían al calor de la crisis y a las nuevas formas de economía popular que buscaban cubrir necesidades que la crisis había revelado como inabordables desde el mercado y las políticas públicas vigentes. En este contexto los debates en torno a la economía social y solidaria se extendieron rápidamente (a pesar de tener más de dos décadas en la región) y surgieron posturas diversas en torno a las posibilidades económicas, pero también políticas de las experiencias de organización popular. También las cooperativas de trabajo se multiplicaron en este período apareciendo para algunos sectores como una vía alternativa de construcción económico-social centrada en valores y prácticas que buscaban alejarse de las máximas de utilidad y racionalidad capitalista. A inicios de la década del 2000 este sector se presentaba para algunos autores como una vía de transformación del sistema capitalista que daría paso a la construcción de “otra economía”. Para otros, representaba únicamente un espacio de refugio y contención del conflicto social cuyo resultado necesario sería la reproducción de la pobreza. Los discursos se relativizaron cuando el país ingresó en un nuevo contexto signado por el crecimiento del empleo y la mejora de gran parte de los indicadores socio-económicos que hasta años atrás se mostraban negativos. La recuperación paulatina en los niveles de ingreso y empleo, la disminución de la pobreza e indigencia y la pronta recuperación económica que significó tasas constantes y elevadas de crecimiento anual del PBI, contribuyeron a mejorar la calidad de vida de la población en general y también de aquellos que habían optado por la autogestión como vía para la supervivencia. Una parte de quienes habían integrado estas experiencias lograron reinsertarse en el mercado laboral formal y abandonaron este camino; otros, sin embargo, no pudieron hacerlo o simplemente decidieron continuar por el camino de la cooperativización.

La promoción de cooperativas de trabajo y distintos programas de economía social se situaron como un eje dentro de las políticas públicas orientadas a la inclusión de los sectores más vulnerables. Surgieron también nuevas líneas de subsidios, créditos y asesoramiento destinados a cooperativas y grupos de trabajadores autogestionados que resultaron un apoyo relativamente importante para las experiencias surgidas durante la crisis y que dieron un nuevo impulso a la conformación de nuevas cooperativas de trabajo. El incremento exponencial de este tipo de organizaciones vía implementación de políticas públicas abrió también un espacio a los debates en torno al cooperativismo, su razón de ser, sus formas clásicas de organización y los valores y principios que deberían desplegarse en estas experiencias que, a primera vista, parecían estar bastante alejados de las prácticas y vinculaciones puestas en juego en las nuevas organizaciones.

Esta revisión me mostró la particularidad de la experiencia de las cooperativas de cartoneros, la cual no podía asimilarse con ninguna otra: estas coperativas no han sido configuradas a partir de colectivos de trabajo anteriormente formales, como en el caso de las fábricas recuperadas; ni son agrupaciones sui generis como las que se constituyen en torno a programas sociales como el Argentina Trabaja, constituidas generalmente por personas que residen en una misma zona y desarrollan su actividad muy cerca de su casa. Por el contrario, las cooperativas que he estudiado convocan a personas que deben deplazarse cada día varios kilómetros para llegar a la zona donde realizan su tarea, muchas de las cuales llegan en grupos pequeños de familiares y amigos, para encontrarse con otras tantas que viven en otros barrios y regiones, a quienes sin embargo se sienten integradas por un oficio común. Aquí entonces es la realización del oficio el punto de encuentro. Pero dado que se trata de un oficio tradicionalmente individual o familiar, no es ahí donde pueden rastrearse los puntos de arraigo de una solidaridad que debe construirse con un carácter sui generis, para que a la vez que funcione como amalgama de un conjunto, permita capitalizar las oportunidades que provienen de un entorno en el que el Estado, el mercado y organizaciones no gubernamentales disputan el uso y disponibilidad de los materiales que hasta hace tan poco eran sólo basura.

La diversidad de experiencias, conflictos y desafíos que podía vislumbrar me llevó a abrazar con mayor fuerza que antes el principio de los métodos cualitativos según el cual las investigaciones regidas por ese paradigma permiten la creación de teoría, es decir de herramientas analíticas propias que permitan comprender los procesos sociales a partir de los sentidos que les dan sus protagonistas (Vasilachis de Gialdino, 2006). Sin embargo, la creación de esas proposiciones teóricas debe dialogar estrechamente con el conocimiento generado desde otros enfoques pasados y contemporáneos en dos momentos clave: al formular las preguntas de investigación y luego al elaborar las proposiciones teóricas que surgen de los datos (Maxwell, 1996). Entonces bien, ¿desde qué enfoque debía encaminar mi investigación sobre estas organizaciones?

Retomar las líneas de estudio que desde mediados del siglo XX en Latinoamérica han buscado explicar las características y estrategias económicas de los trabajadores no asalariados me conducía a situarme bajo las perspectivas de la informalidad, la marginalidad o la exclusión social. Estas perspectivas me acercaban a una comprensión parcial sobre las prácticas asociativas de los cartoneros, principalmente porque el centro de estas miradas radica en la definición negativa que generalmente las engloba, a partir de la cual sitúan a las personas como “marginales”, “precarios”, “excluidos”, “pobres” o “informales”. Entonces sea desde visiones más estáticas o más relacionales, la cuestión de los que se encuentran “en una situación de desventaja” o “vulnerabilidad” es percibida generalmente desde la carencia de atributos que poseen para “integrarse” o “incluirse” en la sociedad entre los cuales el trabajo formal aparece como central. Las perspectivas de la economía popular me habilitaban a sortear estas dificultades; sin embargo, gran parte de ellas también implicaba una esencialización de los valores y relaciones que se entablan en las organizaciones asociativas populares, otorgándoles en ocasiones un papel de vanguardia en la transformación de la sociedad que creo dificulta la comprensión del fenómeno.

Ese fue el primer paso en el camino hacia el desarrollo del concepto de asociatividad para el trabajo al que fuimos dando forma junto con mis colegas del equipo de investigación, especialmente Nicolás Dzembrowski. Así elaboramos una primera definición de asociatividad para el trabajo entendiéndola como una práctica y modalidad organizativa que vertebra experiencias sociales provenientes de un sector de la población que, ante la percepción de una necesidad, busca satisfacer el acceso a una diversidad de recursos tanto materiales como simbólicos (Maldovan Bonelli y Dzembrowski, 2009). En esta primera formulación pensábamos la organización como respuesta frente a una situación determinada, luego veríamos que ese enfoque partía de un supuesto errado que era la disponibilidad de ese recurso para ser eventualmente movilizado. Más adelante comprendimos que aún la posibilidad de organizarse y movilizarse era producto de un largo proceso y no un a priori disponible en la “caja de herramientas” de los actores sociales.

En todo caso, en aquel momento la idea era construir un concepto basado en los datos que nos permitiera transmitir la complejidad de ese mundo que sin embargo no se presentaba ante nuestros ojos como caótico sino lleno de oportunidades y esperanzas. Queríamos que fuera además un concepto abierto a captar lo múltiple, lo diverso, pero sin perder la especificidad de esta búsqueda por encontrar un modo de hacer en conjunto lo que hasta entonces era una competencia individual por apropiarse de los mejores materiales y recursos.

El desafío entonces se centraba en pensar cómo un tipo de trabajadores generalmente conceptualizados como “informales” y “precarios”, o bien como “marginales, pobres o excluidos” habían logrado construir emprendimientos asociativos que en poco menos de una década aglutinaron a más de 3000 cartoneros y gestionan diversos programas de fomento gubernamentales y no gubernamentales. Sin embargo, en las cooperativas pude observar que no son idénticas ni están expuestas a los mismos desafíos, pero intuía que formaban parte de un mismo proceso político, lo cual las distinguía de otras expresiones de asociatividad. Entonces, se presentó la necesidad de definir con precisión cuáles eran las notas características que me permitían encuadrarlas como un mismo caso a los propósitos de esta investigación y así partí de entender a las organizaciones de recuperadores urbanos como un tipo asociativo particular, que se encuentra signado al menos por cinco hechos principales, a los que hay que atender, a saber:

1) Las características propias del trabajo de los cartoneros y del proceso de trabajo que llevan a cabo; 2) El hecho de que la tarea que llevan a cabo estos trabajadores (la recolección, clasificación y venta de residuos sólidos urbanos) depende del marco que regula la gestión de los RSU, aspecto que los sitúa en un campo sumamente complejo en el cual intervienen el GCABA, las empresas prestadoras de servicios de higiene urbana, los vecinos y los diferentes establecimientos que compran materiales reciclados como insumo industrial; 3) La adopción del formato cooperativa como encuadre legal de los emprendimientos, lo cual las somete a regulaciones específicas, que fueron pensadas en otros contextos y para otro tipo de experiencias; 4) Su posición como destinataria de políticas públicas orientadas por carteras diversas (espacio público, desarrollo social, trabajo, etc.), lo cual ha llevado al desarrollo de modos específicos de relación entre estas experiencias y el GCABA; 5) Y finalmente, la necesidad de sostener el trabajo cotidianamente transformando la lógica de trabajo individualista que ha caracterizado al oficio, lo cual exige encontrar un punto de equilibrio entre las demandas y expectativas de los organismos gubernamentales y no gubernamentales que aportan recursos valiosos para el sostenimiento de las cooperativas y las expectativas de los cartoneros que, resignando su propia autonomía, se “arriesgan” a trabajar de manera colectiva.

Es en base a estas consideraciones que el estudio de la producción de las normas que rigen este modo específico de asociatividad para el trabajo ha estado en el centro de mi interés. La propuesta de situarme en el campo de las normas se asocia con la necesidad de encontrar puntos de cristalización, siempre provisorios, en un ámbito que se ha mostrado sumamente dinámico en cuanto a su constitución y a la definición de los conflictos a lo largo de las últimas décadas. A su vez, la cuestión que ha atravesado a estos distintos conflictos ha sido la pregunta acerca de cómo “deben” gestionarse los RSU en la Ciudad; y en esta pregunta la palabra “deben” es crucial porque justamente uno de los puntos más arduos del debate ha sido la cuestión de quiénes o cuáles son los actores sociales autorizados a intervenir en este proceso, sobre todo desde que la dimensión social del “cirujeo” comenzó a ganar peso en la definición del problema. Para ello, como veremos, debió instalarse la idea de que los cirujas no representaban un peligro al orden público si no que constituían una expresión más de la profunda crisis que atravesó nuestro país a fines de los años ´90. Desde este primer cambio muchos otros se han sucedido, al punto tal que ejes problemáticos como modelo formal vs. modelo informal de acceso a los RSU -eficaces para definir la cuestión hace unos años- han quedado en desuso en la actualidad, cuando podemos decir que hay “cartoneros formalmente incluidos en la gestión de la RSU” pero también muchos otros que no lo están.

Estos cambios se fueron produciendo a medida que avanzaban mis indagaciones y, dado el carácter flexible del diseño escogido, la observación y el trabajo conjunto con los cartoneros y sus organizaciones fueron dando forma a las preguntas principales que guiaron esta investigación. Las observaciones, proyectos, actividades, talleres y otras prácticas que hemos realizado junto a colegas, referentes de las organizaciones, trabajadores del GCABA, estudiantes de Ciencias Sociales y con cartoneros de distintas organizaciones, me ayudaron a definir y redefinir miradas e interrogantes.

Desde el estudio de y con los trabajadores y sus organizaciones es que construí el objeto y que pude delinear las principales tensiones que se encuentran presentes en la construcción asociativa, esto es: entre los recursos a los que acceden y deben gestionar las organizaciones y las redefiniciones organizacionales que ello implica; entre las visiones que se imprimen desde las políticas públicas y los objetivos y aspiraciones de las organizaciones; entre las orientaciones políticas de los movimientos que acompañan a los recolectores en su organización y las estrategias que necesitan delinear para construir los grupos de trabajo y entre las modalidades de trabajo típicas de este sector tradicionalmente cuentapropista con las nuevas formas de construcción asociativa que implican la redefinición de prácticas y representaciones en torno al cartoneo.

La observación de la complejidad del proceso de establecimiento de pautas y reglas para regular el trabajo cotidiano me llevó a pensar en el concepto de “doble sustentabilidad”. En efecto, por un lado, he observado que las organizaciones deben adecuarse a las pautas que les impone su inserción como actores reconocidos de las políticas de higiene urbana y situarse en la cadena de valor del reciclado, las cuales exigen la adecuación de sus modalidades de trabajo a las reglas que dicta el GCABA y a los pedidos de los establecimientos que compran su producción. Por otro lado, necesitan atender las expectativas de los trabajadores que se vinculan esperando mejorar sus condiciones de vida y trabajo y ayudarlos a lidiar con las exigencias que les impone su posición como prestadores de un servicio público regulado por el Estado. Tales exigencias aluden al modo en que desempeñan su tarea, pero también requieren que, por ejemplo, se involucren en actividades -como asambleas y reuniones- en las que no siempre están interesados en participar. Y dado que los intereses y expectativas no son siempre compatibles ni reconciliables, nos interesaba mantener la idea de tensión permanente que da el concepto de doble sustentabilidad pensada como: el precario equilibrio entre sustentabilidad externa –las prácticas que les permiten mantenerse como agentes autorizados dentro de las políticas de higiene urbana e insertarse eficazmente en la cadena de valor del reciclado – y sustentabilidad interna- entendida como las prácticas que posibilitan que cada cooperativa pueda desarrollar cotidianamente las tareas que les han sido encomendadas.

El análisis pormenorizado de estas cuestiones se propone con el fin de abrir nuevos prismas en base a los cuales entender las prácticas de organización y disputa de un grupo de trabajadores, buscando dar cuenta de sus potencialidades y capacidades, así como de las estrategias que delinean para mejorar sus condiciones de vida.

Este análisis me permitió construir mi enfoque porque estuvo apoyado en los aportes de quienes habían pensado problemas similares en el mismo o distintos contextos y por los supuestos epistemológicos que sustentan al paradigma interpretativo. En lo que sigue presento las lecturas que mejor me han orientado a lo largo de estos años en esta construcción.

La construcción del sujeto cartonero y sus organizaciones. Los abordajes académicos de la temática

Hacia mediados de los años ´90, en la prehistoria de su configuración como agentes ambientales es que surgieron los primeros trabajos sobre la temática. Un primer antecedente que se enmarca en este período es el trabajo de Gonzalo Saraví (1994, 1996) quien, desde la perspectiva de análisis del sector informal, realizó un extenso análisis de las distintas etapas del trabajo de un grupo de cartoneros de la ciudad de La Plata. En su análisis utiliza y discute las categorías de las perspectivas de informalidad, en tanto que, si bien considera que los cartoneros adscriben a muchas de ellas (ingresos de subsistencia, la ilegalidad, la baja productividad, la escasa inversión de capital y la mínima separación entre capital y trabajo de la actividad), en ocasiones estos enfoques no son suficientes para dar cuenta de las modalidades de trabajo de este sector. Partiendo de estas consideraciones el autor se dedica a realizar una descripción detallada del proceso y la organización del trabajo de los recolectores, haciendo hincapié en los medios con los que se trabaja y la cantidad y tipo de materiales recolectados. Una de sus principales contribuciones (que luego será retomada por trabajos posteriores) es el análisis del cirujeo como una actividad que se encuentra inserta en una red de relaciones de parentesco, amistad y vecindad, en la cual, por ejemplo“se cirujea con algún pariente, se vende al `depositero´ conocido, se clasifica con la ayuda de la mujer y los hijos, y se ingresa en la actividad también por contacto con algún amigo, pariente o vecino” (Saraví, 1994: 115). Estos primeros trabajos abrieron paso a investigaciones posteriores que buscaron conocer las formas de vinculación de los recolectores y las prácticas y estrategias que éstos llevaban a cabo para el desarrollo de su actividad.

Otro aporte de gran relevancia para la comprensión del fenómeno cartonero ha sido el realizado por Francisco Suárez (1998, 2001, 2004), quién ha puesto el acento en la relación entre la actividad del cirujeo, las condiciones ambientales y las políticas públicas del AMBA. Los dos aportes principales realizados por este autor consisten en: el racconto histórico de las distintas etapas en las formas de gestión de residuos en el AMBA y la descripción y el análisis de las formas de articulación de los distintos actores que componen la cadena productiva del reciclaje, haciéndo énfasis principalmente en los recolectores y los depositeros. En un trabajo publicado junto a Pablo Schamber (2002) los autores concluyen que

la actividad que los recolectores informales realizan (y cómo la ejercen) no existe desde siempre, sino que apareció en nuestro país íntimamente relacionada con una metodología particular de resolución desde el estado de las cuestiones ligadas con la recolección, tratamiento y eliminación de los residuos urbanos, la que a su vez debe vincularse con determinadas condiciones tecnológicas, económicas, políticas y culturales que hacen al contexto de la industria de reciclaje. (p. 2)

A partir de la historización que el autor realiza de las formas de gestión de los RSU en el AMBA se aboca a describir las modalidades de trabajo de los recolectores, realizando una caracterización exhaustiva de sus formas de acceso a la Ciudad, los materiales que recolectan, los medios de recolección que utilizan y las distintas vías a través de las cuales comercializan los RSU. Así, su contribución se basó principalmente en establecer la relación existente entre las formas espaciales y los procesos sociales vinculados con la gestión de RSU en el AMBA y los procesos de conformación, inclusión y exclusión de los actores sociales.

Otros trabajos que han establecido una línea de continuidad con el estudio de Suárez, han sido los del antropólogo Pablo Schamber (2002; 2008). A partir de su investigación Schamber describe históricamente las modalidades en las que fue abordada la problemática de higiene urbana y la situación de los recolectores (“cirujas”, “atorrantes”, “cartoneros” o “recuperadores”, según el período de que se trate) a quienes diferencia a partir de sus orígenes y los factores que impulsaron su ingreso en la actividad. Así existiría un primer grupo conformado por los cirujas “estructurales”, es decir, aquellos que poseen una trayectoria en la actividad y que también pueden diferenciarse entre “históricos” y “recientes” y un segundo grupo conformado por los cirujas “coyunturales” que habrían ingresado a la actividad a partir del aumento de los niveles de desempleo de los años ´90 y del estímulo que produjo la devaluación en el 2002 al hacer de la recuperación de materiales reciclables una actividad mucho más rentable (Schamber y Suárez, 2007) .

El detallado recorrido histórico sobre las formas de gestión de los residuos y junto a ello las diversas modalidades de nominación de los actores relacionados a la recuperación de residuos permite vislumbrar cómo las políticas de higiene urbana han contribuido a la construcción de imaginarios al mismo tiempo que han habilitado y delimitado las posibilidades de acción de cada uno de ellos. Esta reconstrucción nos abre paso a pensar el papel ejercido por los cambios dados en la última década en las políticas ambientales de la Ciudad sobre las modalidades de organización de los cartoneros.

Otro de sus aportes consiste en una exhaustiva descripción de los distintos actores que participan de la cadena de reciclaje demostrando sus modalidades de acción y articulación en las cuales se da el pasaje de transformación de los desechos en mercancías (Schamber, 2008). Situarse desde esta mirada habilita al autor a reflexionar sobre los beneficios del reciclaje como actividad económica y sus diferentes impactos en términos de mercado y de política ambiental.

En relación a la cooperativización del sector, Schamber postula que la mayor parte de sus entrevistados ven la cooperativización como una modalidad de organización o bien desconocida, o bien poco atractiva. En un trabajo realizado junto a Graciela Algacibiur (2008) sobre las cooperativas Nuevos Rumbos y El Ceibo, los autores destacan que una pequeña parte de sus asociados son cartoneros; que pocas veces los cartoneros son incluidos como socios en estos emprendimientos y que

aquellas [cooperativas] que han logrado establecerse abriendo un galpón para el acopio de materiales reciclables, desarrollan un tipo de práctica bastante semejante a las de un galpón no-cooperativizado, en las que hay un “líder o referente” (muchas veces homologado a la figura de dueño o patrón) que resulta clave en las decisiones de la cooperativa, y operarios que cumplen ciertas tareas pautadas por éste en función de una retribución establecida. (p. 98)

A las escasas trayectorias asociativas del sector se añade otra dificultad para estos emprendimientos, ligada a la dependencia que poseen respecto de la percepción de subvenciones e incentivos externos, en tanto que ello no ha permitido a la cooperativa “demostrar hasta el presente su capacidad para generar una renta colectiva independiente de dicha ayuda económica” (2008: 99). Por lo cual el autor recomienda tener en cuenta cómo funcionan realmente las cooperativas antes de organizar campañas y proyectos en pos de proponerlas como medio de mejora de las condiciones de vida de los recolectores.

También desde la antropología, la investigación de Mariano Perelman (2008, 2010a, 2010b, 2010c, 2011) aborda al cirujeo como forma de ganarse la vida al mismo tiempo que como una “forma de supervivencia significada” (2010a). En su tesis doctoral analiza cómo los recolectores significan el trabajo, entendiendo a éste en un sentido amplio de actividad y de las relaciones sociales amplias que se generan a partir de ella. A partir del análisis de las condiciones sociohistóricas que enmarcan el surgimiento y desarrollo de la actividad Perelman postula que el cirujeo no es la última opción que se les presenta a las personas que lo realizan sino que “constituye para la mayoría de ellos una elección moral en el marco de lo que los sujetos consideran razonable”[9] (Perelman, 2010b: 39). De esta forma plantea que existen condiciones históricas que legitiman que el cirujeo pueda ser visto como una opción. En otro artículo (Perelman, 2011), el autor analiza cómo la actividad se enmarca dentro de parámetros morales que se relacionan con la dignidad de la actividad otorgada por los sujetos, que luego servirá como base para legitimar la manera de acceder a los medios de subsistencia. Otro aporte de importancia consiste en el análisis de las estrategias que los cirujas implementan para enfrentar la diferencia social con la que conviven diariamente, poniendo en tensión la idea de “segregación”, ya que concluye que “los considerados procesos segregatorios, también generan nuevas modalidades de contacto entre personas pertenecientes a distintos grupos, que hacen un uso (económico, simbólico, político, etc.) diferente del mismo espacio público” (Perelman, Boy y Brutto, 2010: 84). Así, se genera una tensión entre esconder y visibilizar la diferencia, como medio para acceder a una serie de recursos dentro de los circuitos de confianza establecidos con personas que pertenecen a otros grupos sociales.

Por otra parte, Perelman caracteriza a las cooperativas de recuperadores como una “rareza”. No le interesa realizar un análisis sobre el cooperativismo en general ni sobre las cooperativas de cartoneros en particular, sin embargo se enfoca en pensar “por qué los integrantes forman y se unen a una, sin que sea `la ideología cooperativista´, en la mayor parte de los casos, lo que los hace integrar” (2010a: 157). Lo que busca es dar cuenta de las formas en la que los cartoneros acceden a una serie de recursos necesarios para la supervivencia, a partir de lo cual considera que “el acceso a recursos a partir de estas nuevas organizaciones ha modificado los universos de sentidos en torno al trabajo, lo cual permitió generar (o reforzar) argumentos legitimantes en torno al acceso a la supervivencia por fuera del mercado de trabajo” (2010a: 158).

Retomando las perspectivas de marginalidad urbana y cambio social, Débora Gorbán (2004, 2005, 2006, 2008) analiza la actividad de la recolección informal, proponiendo que ésta no sólo representa una respuesta frente a determinados procesos de cambio, sino que a partir de las transformaciones que realiza, incide de diversas maneras en la sociedad, generando al mismo tiempo nuevos procesos. En este sentido, para la autora (2004), la acción de los cartoneros contribuye a transformar la figura de “lo marginal”, siendo necesario pensar nuevas categorías que superen la connotación negativa que se asocia a ésta. En trabajos posteriores Gorbán (2006, 2008) indaga acerca de los diferentes usos del espacio que se dan en la actividad y de las distintas relaciones que se dan en estos ámbitos. Así, considera tres espacios a considerar: la calle, el tren y el barrio; es decir, el espacio de trabajo, de tránsito y de hábitat.

El espacio de la calle, en tanto espacio de trabajo se caracteriza por la presencia de relaciones de conflicto y cooperación con otros actores sociales que llevan a modificar las prácticas de los “viejos” y “nuevos” cartoneros al mismo tiempo que ese espacio es también modificado dado que es un “elemento co-constitutivo de aquellas prácticas, como configurador de relaciones entre los sujetos que en él se encuentran” (Gorbán, 2004: 12).

En relación al Tren Blanco, al cual considera no sólo como una “herramienta de trabajo” sino como un “espacio de encuentros” (Gorbán, 2006), postula que en él las relaciones y prácticas entabladas contribuyen a crear un espacio distinto, pleno de significaciones que hacen que éste se transforme en un espacio propio. De esta manera, “es en ese espacio y por ese espacio conseguido a través de su propia acción, que se reconocen en tanto compañeros, como un `nosotros´” (Gorbán, 2005: 20). Finalmente, en lo que respecta al barrio, la autora destaca que allí las relaciones se entablan principalmente entre familiares, amigos y vecinos, siendo que el reconocimiento de los otros no se realiza allí en tanto cartoneros. Se destaca la existencia de relaciones de proximidad, caracterizadas por la cercanía física y la confianza, en las cuales las relaciones de reciprocidad tienen lugar generalmente en las familias.

Respecto a las formas de organización de los cartoneros en cooperativas de trabajo son pocos los trabajos que han profundizado en la temática de manera tal de aportar herramientas para una comprensión acabada del fenómeno. La mayor parte de ellos ha hecho hincapié en la descripción de la organización del trabajo en las cooperativas, así como en la historia de su surgimiento. Hasta el momento no se han realizado estudios en profundidad acerca de las formas de construcción asociativa, así como de la producción de normas que regulan la asociatividad, temas que este libro pretende abordar.

Uno de los primeros trabajos realizados sobre las organizaciones cartoneras es el interesante aporte de Gabriel Fajn (2002) en el cual analiza cómo el “negocio de la basura” ha crecido exponencialmente durante la década del ´90 y, en una línea similar a la trabajada por Saraví (1994), este autor caracteriza a la actividad del cartoneo a partir de los rasgos del trabajo informal: ilegalidad, baja productividad, escasa inversión de capital, mínima división del trabajo, escaso nivel de calificación requerido, facilidad de entrada y bajo nivel de ingreso. El autor ubica a la figura del ciruja en un proceso que implica al menos tres rupturas fundamentales: respecto al trabajo formal, a la inserción relacional y a la fractura y debilitamiento de lazos sociales.

Fajn (2002) describe el surgimiento de las primeras organizaciones cooperativas de cartoneros, surgidas a inicio de la década pasada. Remarca que la conformación de tales organizaciones es un camino novedoso y de carácter colectivo que podría permitir rebatir el aislamiento e individualismo al que han sido empujados los recolectores. Asimismo, destaca que “la recomposición de la red de relaciones organizacionales es quizá uno de los elementos claves de sustentabilidad del proyecto” (2002: 32). Esta red implica las relaciones con otras cooperativas de recuperadores y las vinculaciones con otros actores políticos, sociales, técnicos y económicos. Al analizar la red entre las cooperativas el autor menciona que los vínculos que se dan entre las organizaciones se caracterizan por su horizontalidad y el carácter no jerárquico de los intercambios entre las mismas. Destaca también la relevancia del grado de ensamble que tienen las organizaciones entre sí en distintas situaciones como sea comercialización conjunta, capacitaciones compartidas y asesoramiento técnico en común.

Fajn postula como supuesto que las cooperativas permitirían la recomposición de las tres rupturas mencionadas, es decir, “la recuperación del trabajo formal; la recomposición de una red de relaciones, no sólo interpersonal, sino también de carácter institucional; y la constitución de nuevos lazos sociales entre los miembros de la organización” (2002: 5). Para ello, considera que la construcción y funcionamiento de organizaciones de cartoneros debería recorrer un largo proceso que les permita intentar formalizar a dicho trabajo a la vez que reconstruir una trama de relaciones sociales rota. Dado que los “habitus” de los cirujas poco tienen que ver con el accionar asociativo y las acciones colectivas, la dinámica de construcción organizacional debería ir en un doble sentido: uno encaminado a formar actores que dirijan la construcción y el desarrollo de las organizaciones y otro orientado a la construcción de espacios e instancias organizacionales que permitan integrar al conjunto de los miembros de la cooperativa.

Otro de los primeros trabajos sobre las organizaciones cooperativas ha sido el de Cristina Reynals (2002). La autora describe la actividad del cartonero y su rol en la cadena del reciclaje informal, teniendo en cuenta los diferentes actores sociales que se relacionan con los cartoneros y la manera en que éstos intervienen en la actividad. La autora analiza a su vez dos organizaciones cooperativas (una de la CABA y otra de la provincia de Buenos Aires) a partir de sus relaciones con los gobiernos locales, los organismos de financiamiento y organizaciones de la sociedad civil. Al interrogarse sobre la pertinencia de la organización cooperativa para la actividad de los cartoneros, y sobre el rol del Estado y de los organismos de financiamiento en la formación de las mismas, concluye que, al ser una actividad fundamentalmente individualista y cuentapropista, la promoción de este tipo de organización presenta serias dificultades.

En una línea de trabajo similar al de Fajn (2002), Sabina Dimarco (2005) se pregunta cómo algunos sujetos piensan la posibilidad de organizarse en torno a este trabajo y comienzan a poner en juego estrategias colectivas de acción. Su trabajo se centra en las experiencias del Tren Blanco, La Cooperativa Reciclando Sueños y la Cooperativa de Trabajo Ecológica del Bajo Flores. Su objetivo es reconstruir los entramados relacionales que emergen a partir de estas experiencias, teniendo en cuenta su papel en la recomposición de vínculos sociales y en las formas de politicidad del sector. Desde su perspectiva, los procesos de identificación son una parte fundamental en la construcción de estas experiencias. Dimarco (2005) afirma que las organizaciones tienen un papel de importancia en la reconstrucción de lazos sociales entre los recolectores. Para dar cuenta de cómo se configuran los vínculos políticos en estas cooperativas analiza el rol de los delegados y las formas de representación en las cooperativas; es decir, las formas de construcción y legitimación de liderazgos en las cuales considera que el capital social informal tiene un papel de importancia. Como conclusión de su análisis Dimarco (2005) afirma que en todos los casos el grupo se conforma al mismo tiempo que se desarrollan los elementos de regulación interna, es decir que

no se trata de la consolidación de un grupo ya existente por medio de la configuración de roles y normas internas, la creación de un nombre, y la inscripción legal (en el caso de las cooperativas), sino de la conformación de ese grupo a partir de todos esos elementos: el nombre de la organización, las normativas y la formalización comienzan a crearse al mismo tiempo que el grupo. (p. 11)

En relación a ello, Jessica Koehs (2005) se pregunta cómo es que grupos marginales y vulnerables se involucran en el proceso de hacer política en situaciones de inestabilidad económica y cuáles fueron los factores que llevaron a la adopción de una política innovadora y multifacética como es la Ley 992. Para ello retoma el concepto de empowerment (empoderamiento) y considera que la emergencia del cartonero como un actor público resultó de un conjunto de interacciones entre las demandas expresadas por los cartoneros en tanto grupo social; la estructura del Estado y los legados relativos a las políticas públicas; algunas innovaciones intelectuales de relevancia y las actividades de políticos y funcionarios por la promoción y el tratamiento institucional de una iniciativa legal. Asimismo, Koehs (2005) analiza las distintas redes que fueron conformándose alrededor de la actividad y cita las experiencias del Tren Blanco y del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativas como las más relevantes. Al analizar el proceso organizativo del sector concluye que para que un grupo marginal adquiera la capacidad de organizarse y desplegar una serie de demandas políticas es necesario que al mismo tiempo haya individuos que se sientan miembros de ese grupo: “por ejemplo, una mujer que recolecta materiales reciclables debe reconocerse como `cartonera´ y sentirse parte de la colectividad de cartoneros antes de empezar a luchar por los derechos de ese colectivo” (2005: 162).

Otro trabajo de importancia sobre las cooperativas de recuperadores es el de Verónica Paiva (2003, 2004, 2006, 2007, 2008) . La expansión del cirujeo en la década del ´90 según la autora se debió a tres causas. Muy sucintamente, primero al aumento de la desocupación; segundo a las características del marco normativo vigente respecto a la gestión de residuos y tercero al fin de la paridad cambiaria del año 2002. Asimismo, se debe tener en cuenta el rol que jugó la crisis del año 2001 en la revalorización de la actividad y en la rehabilitación de discursos académicos de corte ambientalista que destacaban el rol de los cartoneros en dicha cuestión.

Ante la falta de oportunidades laborales la recolección informal se convirtió en una estrategia de supervivencia para muchos hogares del AMBA. Para Paiva (2008) esta cuestión se explicaba, entre otras cosas:

[P]or las fuertes deficiencias que exhibía la gestión pública de los desechos en toda la región, ya que, al regirse por normativas que limitaban seriamente la posibilidad de recuperar residuos por los mecanismos oficiales, dejó abierta la brecha para que esta tarea comenzara a ser realizada por actores informales, particularmente en este cuadro de alta desocupación y pauperización general. (p. 84)

La autora analiza a las cooperativas de recuperadores y su rol en el sistema de gestión de RSU. Define a las cooperativas como organizaciones cuyo objetivo es recolectar, acopiar y vender residuos recuperables (cartón, vidrio, papel, plásticos, etc.) con el objetivo de eliminar a los intermediarios que actúan en el mercado (galpones de compraventa de residuos) para así interactuar directamente con las empresas finales compradoras de material de postdesecho (Paiva, 2004). Estas pueden entenderse como producto del impulso que cobró el cooperativismo en la década del ´90 a partir del fuerte crecimiento del desempleo, y asimismo impulsadas por el crecimiento de la demanda de residuos reciclables tras la devaluación del 2002. Hacia el 2003 Paiva (2004) calculaba la existencia de aproximadamente cooperativas cooperativas en todo el AMBA, cuya mayoría se encontraba asociada al Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. La autora realiza una primera caracterización de las organizaciones donde las diferencia en una primera instancia por su composición social, entre aquellas compuestas por ex carreros y aquellas formadas por personas de la clase media empobrecida. Asimismo, analiza de qué manera al tratarse de experiencias novedosas éstas “tuvieron que idear modalidades operativas también novedosas y que se ajustaran a las particularidades de la actividad y a las características de los grupos” (2004: 11).

El balance que realiza la autora (2008), pasados nueve años de la conformación de las cooperativas, se centra en la carencia de capital, la ausencia de espacios adecuados para el acopio y la clasificación y la falta de apoyo de otras instituciones que éstas han sufrido, lo cual obstaculiza también la posibilidad de mantener los proyectos a largo plazo. Según Paiva los conflictos entre los miembros, sin tener canales establecidos para resolverlos son uno de los problemas más serios que enfrentan las organizaciones. Asimismo “el marcado individualismo del ciruja, que está habituado a la recolección individual, a la venta diaria, y que es reacio a la cooperativización, conforma otro de los obstáculos que limitan el desarrollo cooperativo” (2008: 184).

Desde su mirada, las cooperativas de recolectores comparten una serie de obstáculos similares a los que tienen el resto de las cooperativas formalizadas en los años ´90. En el aspecto económico, no cuentan con el capital necesario para formalizar del todo la actividad. En lo que respecta a la gestión interna, el principio de un socio un voto no se lleva a cabo porque los niveles de participación varían en cada cooperativa y porque ello resulta poco operativo. Es por ello que frente al dilema de eficiencia versus democracia, se privilegia la eficiencia en pos de la supervivencia de los emprendimientos.

En una línea de trabajos más recientes, las investigaciones llevadas a cabo en base a la experiencia de construcción de plantas sociales de reciclado ligadas a la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE), resultan significativas y orientadoras para los propósitos de esta investigación. Al respecto Sebastián Carenzo y María Inés Fernández Álvarez (2011) analizan cómo la “formalización” de las prácticas de los cartoneros ligada a la puesta en marcha de políticas de gestión integral de residuos sólidos urbanos es parte de un proceso más amplio de producción de reglas destinadas a organizar un orden de prácticas desplegadas tanto dentro como fuera del Estado. Utilizando el concepto de “gubernamentalidad” los autores analizan cómo la formalización de las organizaciones como cooperativas aparece como un requisito para la obtención de recursos financieros así como de apoyo político por parte del gobierno, y expresa un ejemplo de cómo el proceso de producción cotidiana de una política se desarrolla en múltiples espacios, relaciones y prácticas ubicadas en el campo de lo estatal y fuera de él. En relación al papel de la cooperativa estudiada -Reciclando Sueños, ubicada en el partido de La Matanza- se destaca el análisis que los autores hacen acerca del proceso mediante el cual ésta logró constituirse como una contraparte destacada en la realización de esta política.

Como puede observarse hasta aquí, la temática en el medio local fue abordada principalmente desde perspectivas antropológicas, sociológicas y ambientales, contribuyendo al estudio de los recuperadores urbanos desde el análisis de distintas dimensiones. Así, algunos trabajos se abocaron a resaltar el rol de los recolectores informales en el circuito productivo del reciclaje, destacando su función tanto económica como ambiental; otros pusieron el acento en las modalidades de trabajo de los cartoneros, haciendo hincapié en los vínculos que se tejen en el transcurso de la actividad; otros buscaron dar cuenta de la significación que los recolectores dan a su tarea, poniendo en juego la noción de trabajo en esta discusión y, finalmente, una serie de trabajos se focalizó en las formas organizativas de los recolectores. Respecto a este último punto, cabe considerar que aún quedan diversos interrogantes abiertos al respecto de las modalidades de organización de los recolectores y, principalmente, de las formas en las cuales esas organizaciones se construyen y vinculan con las regulaciones que “desde afuera” habilitan y limitan sus posibilidades de acción. Un punto importante a considerar es que la mayor parte de los trabajos mencionados analizan un tipo de organizaciones que responde a las primeras cooperativas surgidas a fines de la década del ´90 y principios de la del 2000. Sin embargo, dado que el sistema de organización de los recolectores se ha modificado fuertemente desde el año 2007, queda vacante el estudio de las nuevas organizaciones surgidas en ese período, que a la fecha agrupan a más de tres mil recolectores. Ello coincide asímismo con la reciente licitación de los nuevos pliegos de bases y condiciones para el concurso público establecido para la contratación del servicio de recolección de RSU secos, en los cuales se otorga la gestión del servicio a las cooperativas[10]. En este sentido, en los últimos años se ha abierto un nuevo campo para el ejercicio de la actividad de las organizaciones, que conlleva nuevos desafíos tanto en la gestión del servicio como así también en el reordenamiento organizativo interno. Esta apertura a nuevas posibilidades, sumado a la ampliación de los recursos percibidos en los últimos años fueron producto de las estrategias de acción colectiva de los recolectores (y de los actores que apoyan estos procesos) al mismo tiempo que dichas estrategias debieron ser revisadas en función de las nuevas condiciones y regulaciones políticas, sociales y económicas que inciden en el ejercicio de la actividad. Es en este nuevo contexto que se sitúa el planteamiento de esta publicación. Me propongo discutir, por un lado, aquellos trabajos que consideran la imposibilidad de organización del sector y por otro, las herramientas conceptuales utilizadas para valorar a las cooperativas.

Ejes que estructuran el libro

Este breve recorrido sobre los trabajos más significativos acerca de los cartoneros y sus organizaciones, pone de relieve el hecho de que la temática ha sido abordada desde visiones diferentes que contribuyen a la comprensión de sus diversas aristas. En particular, me interesa retomar algunas de las líneas propuestas para sustentar un enfoque que recupere los principales aportes de las distintas vertientes. Entonces, propongo partir de una mirada que revaloriza las capacidades de estos trabajadores, haciendo hincapié en las potencialidades que la construcción asociativa habilitó para consolidar un sector que desde los discursos mediáticos y en ocasiones desde las políticas públicas tendió a ser considerado a partir de sus déficits e imposibilidades, sin perder de vista las restricciones que impone el contexto y la trayectoria de mis entrevistados a sus expectativas de mejorar sus condiciones de vida.

Me propongo reflexionar sobre cómo los conceptos construidos desde la academia contribuyen también a configurar estos estereotipos que en este caso se ven permeados por las nociones de informalidad, marginalidad y exclusión social. Sin dudas, estas definiciones caracterizan aspectos que son centrales para describir a esta población: su falta de acceso al empleo y a los beneficios sociales que comporta, su escaso capital social y cultural, el escaso prestigio social de su actividad. Sin embargo, estas carencias y déficits han sido una constante a lo largo de la historia de este oficio, como veremos más adelante, pero no son insuficientes para comprender mi interés en la cuestión. En efecto, si han sido tantos los estudios e investigaciones sobre el tema ha sido precisamente por lo que sí han podido hacer estos sectores: constituir organizaciones numerosas y complejas, conseguir una reconfiguración de su status de delicuentes a agentes ambientales, impulsar un cambio en la inversión que hace el Estado en materia ambiental incluyendo el mejoramiento de sus ingresos y condiciones de trabajo entre las prioridades de la agenda, entre otras. Precisamente este es el eje de estas reflexiones: el estudio y la comprensión de lo que ha sido posible y de cómo ha sido posible, qué actores, procesos sociales y políticos que incluyen -pero por supuesto también exceden- a los cartoneros y sus organizaciones, han permitido un cambio tan profundo a lo largo de estos últimos diez años.

Como he anticipado, actualmente existen alrededor de quince cooperativas trabajando en la Ciudad, las cuales agrupan a más de tres mil asociados. Teniendo en cuenta las características y las trayectorias de los sujetos que componen a estas organizaciones, y como primera aproximación al argumento que desarrollaré en estas páginas, es posible considerar que la construcción de organizaciones asociativas supuso, al menos, un doble esfuerzo para estos colectivos en formación. Por un lado, el requerimiento de un aprendizaje técnico, relacionado con la administración y puesta en marcha de los emprendimientos, así como con cuestiones específicas de la propia actividad (tipos de materiales, formas de procesarlos y reconocerlos, precios de mercado, etc.). Por otro lado, la necesidad de desplegar una variedad de estrategias orientadas a la construcción de los grupos, estableciendo diversas pautas y reglas de ordenamiento interno a fin de realizar una actividad laboral colectiva, reconfigurando los hábitos laborales y organizativos de los sujetos involucrados. Dado que gran parte de los miembros de las organizaciones poseen trayectorias laborales signadas por su inserción en el sector informal y su carácter cuentapropista y precario, el paso a la realización de una actividad colectiva supuso reorganizar sus formas de trabajo así como los mecanismos establecidos para la regulación en lo que respecta las normas internas de funcionamiento.

En este recorrido se pueden rastrear entonces los nudos problemáticos que han dado lugar a cada uno de los capítulos del libro. En el primero, luego de situar históricamente el actual modelo de gestión de RSU, se caracteriza a la población que realiza la actividad y se estudian las distintas etapas del ciclo de trabajo cartonero. Luego, se exploran las raíces teóricas y conceptuales de los enfoques más relevantes de los últimos años a fin de insertar nuestras preguntas en el debate académico. En el capítulo tres se aborda la constitución de las organizaciones cartoneras desde el punto de vista de las regulaciones estatales, mercantiles y sociales desde y sobre las que estas organizaciones intervenien. Finalmente, en el capítulo cuatro se analizan las prácticas que permiten gestionar el trabajo cotidiano en las organizaciones. Pero antes de avanzar por este camino, daré cuenta en lo que sigue de las fuentes sobre las que se basan estos resultados, así como de las técnicas y estrategias a las que he recurrido para elaborar mis datos.

Consideraciones metodológicas 

El paradigma interpretativo y los métodos cualitativos

La elección de cierto paradigma supone la adhesión a determinados supuestos ontológicos, epistemológicos, axiológicos y metodológicos (Sautú, 2003). Dados los supuestos antes explicitados acerca de mi visión de la realidad social y visto que lo que me propongo conocer son procesos de interpretación, significación e interacción, el paradigma en que se sitúa este trabajo es el paradigma interpretativo. El supuesto básico de este paradigma es la necesidad de comprender el sentido de la acción social en el contexto del mundo de la vida y desde la perspectiva de los propios participantes (Vasilachis de Gialdino, 2009). En la medida en que asumo que los métodos cualitativos suponen y realizan los presupuestos del paradigma interpretativo, es que para la realización de este trabajo, se utilizará dicha metodología.

Desde esta perspectiva es que he desarrollado un diseño de investigación “flexible” que, como he tenido ocasión de exponer al inicio de esta introducción, ha sido revisado y adaptado a lo largo de todo el proceso de recolección, codificación y análisis de los datos -tareas que llevé a cabo en forma simultánea- (Maxwell, 1996), lo cual me permitió adecuarlo en función, no solo del mayor conocimiento que fui adquiriendo al avanzar en la investigación, sino también de los cambios que se fueron suscitando en torno a las organizaciones estudiadas.

Tipo de diseño: Estudio de caso

El método de investigación propuesto es el “estudio de caso”, debido a que este enfoque es el adecuado para responder preguntas acerca del por qué y del cómo y para especificar aspectos de una teoría a partir de datos empíricos (Yin, 1994). En efecto, en este caso se estudia cómo se desarrollaron las normas sobre las que se ha estructurado la asociatividad en organizaciones cooperativas, explicando los conflictos suscitados en torno al modo legítimo de gestionar los residuos en la Ciudad, las distintas modalidades de organización y gestión emergentes y los cambios en la política pública local. Siguiendo a Ricœur (2000: 198), en tanto esta propuesta consiste en entender y situar las prácticas en función de los sentidos que adquieren en el mundo de la vida de mis entrevistados, no parto de la distinción entre interpretación y explicación, sino que considero que “explicar más es comprender mejor”.

En relación a la naturaleza del caso elegido la bibliografía coincide en advertir sobre la necesidad de delimitar sus fronteras (Sautú, 2003). El caso sobre el que versa esta investigación es el de las cooperativas encuadradas en las Leyes 992 y 1.854. Al tratarse de un tipo de caso-objeto (Coller, 2000) las fronteras están determinadas de antemano, y están dadas por los límites de la organización.

Asimismo, tomando como punto de partida la clasificación desarrollada por Yin (1994) el presente es un estudio de caso único embedded (encastrado). Esta estrategia resulta adecuada, de acuerdo con el autor, cuando se pueden identificar subunidades locales, lo que permite dar mayor especificidad a los hallazgos y hacer más extenso el análisis. Este requisito es cumplido por el caso escogido, en la medida en que las distintas organizaciones cubren la diversidad de experiencias involucradas en el conjunto.

A continuación explicaré los criterios en función de los cuáles fueron elegidas las subunidades a estudiar, lo cual resulta necesario para que la estrategia elegida pueda dar los resultados esperados (Yin, 1994). La investigación llevada a cabo fue un estudio cualitativo sobre organizaciones cartoneras que realizan sus actividades en la CABA en el período 2007 -2012. En un primer momento de la investigación y a partir de la aplicación de un cuestionario y entrevistas en diez organizaciones asociativas de la Ciudad construimos, junto a Héctor Angélico (2008) , tres tipos analíticos de organizaciones, basados en las formas de organización del trabajo, de obtención de recursos, de comercialización y de articulación con otras organizaciones sociales y políticas, así como con el Estado. Ello nos ha permitido caracterizar al universo de organizaciones de la Ciudad que han cobrado relevancia en la última década y, a partir de allí, profundizar en el conocimiento acerca de las dinámicas de construcción de asociatividad.

La reflexión en torno las formas en las cuáles se construye la asociatividad parte de una investigación realizada sobre tres organizaciones asociativas de recuperadores urbanos de residuos en la Ciudad durante el período 2007-2012: La Nueva Esperanza del Oeste, Recicladores del Tren y Recuperando Futuro[11]. La selección de estos tres casos obedece a la necesidad de que estuvieran representadas las diferentes modalidades de trabajo: las que caracterizan a las organizaciones que operan en centros verdes y aquellas que únicamente gestionan lo que sus asociados recogen en la calle; así como distintos tamaños, las más pequeñas que cuentan con menos de 50 asociados y las de mayor envergadura que involucran a más de 500.

Acerca de la producción y análisis de los datos

Las técnicas de recolección de datos a las que he recurrido pueden clasificarse de acuerdo a la división clásica entre fuentes secundarias y fuentes primarias. Las primeras constaron de referencias bibliográficas y revisión de informes –fundamentalmente los del Registro Único de Recuperadores Urbanos (RUR)[12]– aunque también se han analizado informes de UNICEF y el GCABA[13].

  • En cuanto a las fuentes primarias:

Se llevó a cabo un relevamiento de aspectos sociodemográficos de la población vinculada a las cooperativas a partir de un cuestionario con preguntas cerradas y abiertas que se aplicó a 78 cartoneros y cartoneras. Los resultados obtenidos fueron controlados con los datos que constan en el registro del RUR observándose una fuerte proximidad en los resultados. En ningún caso se pretendió realizar un estudio representativo de la población, pero este relevamiento fue un primer paso fundamental para caracterizar a los cartoneros vinculados a estos procesos, lo cual constituye un modo habitual de abordaje de poblaciones difíciles de circunscribir a priori (Gallart, Moreno, Cerruti y Suárez, 1992). Por otra parte, este relevamiento me sirvió para elaborar una agenda de contactos que me permitió seleccionar a los entrevistados a partir de un muestreo teórico. Este tipo de muestreo, si bien no obstruye la fluidez del proceso de investigación cualitativa, permite introducir parámetros exteriores con los que controlar la presencia de las distintas voces y miradas sobre el proceso social que se analiza, moderando de este modo los sesgos que surgen cuando se utilizan otras técnicas, como la de “bola de nieve”, que pueden llevarnos a investigar solo a un grupo dentro del conjunto dando lugar a un quid pro quo al tomar lo expresado por una fracción como el todo (Pla, 1999).

2) Se realizaron observaciones de las actividades laborales cotidianas en los espacios de trabajo de las organizaciones -la “calle” y las “plantas”- a fin de identificar tareas, actividades, modos de establecimiento y reconocimiento de saberes y jerarquías, instancias de deliberación política y de interacción con organizaciones sindicales y políticas. Asimismo, se observaron procesos de debate e interacción entre personas vinculadas a estas organizaciones en torno a la regulación del trabajo a fin de analizar la delimitación y asignación de responsabilidades y tareas y el relevamiento de atributos que justifican el uso y distribución de recursos. La observación permitió acceder al universo simbólico de las personas que establecen las relaciones que se pretenden estudiar, así como captar aquello que forma parte de sus prácticas pero que no suele ser verbalizado, en este sentido constituyó un complemento indispensable de las entrevistas (Johnson, Avenarius y Weatherford, 2006; Wolfinger, 2002).

3) Se llevaron a cabo entrevistas en profundidad con: los asociados vinculados a las organizaciones y sus referentes (delegados e integrantes del consejo de administración), empleados y funcionarios públicos, representantes de ONGs, compradores de materiales y otros informantes clave[14]. La utilización de esta técnica tuvo por objeto reconstruir los sentidos que los sujetos otorgan a sus actos, para conocerlos en sus propios términos y expresiones, con el fin de captar “en profundidad” todo lo que desean comunicar (Taylor y Bogdan, 1996). La selección de los entrevistados fue realizada en función de un muestreo teórico (Pla, 1999).

  • En cuanto a las fuentes secundarias: Se analizaron informes, notas periodísticas, artículos y tesis que han estudiado los conflictos identificados como centrales en la conformación del campo de fuerzas estudiado.

Estrategia de análisis de los datos

Estos datos fueron analizados desde su producción y fueron retomados en diferentes momentos, utilizando el software ATLAS Ti. No sólo he tomado las entrevistas, los registros, las fichas, sino las reflexiones suscitadas en el primer análisis y los subsiguientes, los cuales fueron efectuados desde diversas preguntas y marcos analíticos de referencia. De este modo, he podido experimentar que no son los datos los que reclaman la aplicación de un cuerpo teórico determinado, a la vez que no cualquier enfoque teórico resiste la confrontación con la base empírica. En este sentido, es posible afirmar que la teoría no está determinada por los datos, ni es posible pensar en una teoría capaz de ordenar el mundo social con independencia de la evidencia empírica sobre la que fue construida. Considero que las relaciones de determinación o indeterminación entre teoría y datos deben ser superadas a partir del principio de subdeterminación de las teorías por los datos, en el sentido de que los cuerpos teóricos adecuados para interpretar un complejo de datos son aquellos que permiten construir relaciones entre conceptos y categorías que organicen la base empírica, sin forzar o suprimir su complejidad en base a un ejercicio interpretativo en el que se rescate la sustantividad del mundo (Schuster, 2002).

De allí que resulta pertinente rescatar la distinción efectuada por Searle (2006) entre la dimensión ontológica y epistemológica de los hechos institucionales, los cuales son los objetos de las ciencias sociales y humanas. De acuerdo con el autor, éstos tienen una “subjetividad ontológica” y una “objetividad epistemológica” en tanto tienen una existencia que no depende del punto de vista individual, pero no pueden comprenderse por fuera del contrato social que impone el lenguaje, es decir poseen una existencia social que ha sido intersubjetivamente construida.

En este sentido, el desafío que he adoptado ha sido considerar cada testimonio, registro, declaración pública e interpretación académica -propia y ajena- en su contexto de producción, sin dejar de lado al desafío de repensarlo en función de los acontecimientos que se sucedieron con posterioridad y los rastros de la experiencia previa de quien habla. De ahí que considero que la movilización de determinados argumentos no puede sustraerse de la configuración del campo (cfr. Bourdieu, 2007a). Por eso intentaré dar cuenta de quiénes son nuestros/as interlocutores/as, cuál fue su recorrido previo al momento de vincularse y como fueron viviendo cada uno de los momentos que atravesaron a partir dicha vinculación, captando hitos significativos de la vida de un sujeto relacionados con áreas estratégicas de la práctica social (Grimberg et al., 1988: 226).

Este proceso analítico me permitió elaborar proposiciones teóricas en permanente confrontación con los datos. A partir de aquí, comenzaré en lo que sigue por exponer los lineamientos principales del oficio de los cartoneros que fue, como he explicado, mi primer acercamiento a la problemática.


  1. A lo largo de la publicación los términos “cartoneros”, “recolectores” y “recuperadores urbanos” se utilizarán de manera indistinta. El término “cartoneros” corresponde a una “categoría nativa de autoadscripción” (Carenzo y Míguez, 2010); el término “recolectores” proviene de la referencia a la tarea principal que los cartoneros realizan (la recolección de materiales reciclables en la vía pública) y el término “recuperadores urbanos” responde a la denominación otorgada a estos trabajadores por las políticas ambientales de la CABA luego del año 2002.
  2. En lo que sigue utilizaré la sigla CABA o bien el término “Ciudad” para referirme a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
  3. El concepto de sustentabilidad fue desarrollado en 1987 en el contexto del llamado Informe Brundtland (1990), elaborado por una comisión presidida por Gro Harlem Brundtland, ex primer ministra Noruega, el cual fuera encomendado por la ONU a varias de las naciones que integran esa institución. Es un informe que llama la atención acerca de la necesidad de contemplar el problema del desarrollo como un complejo equilibrio entre el crecimiento de la riqueza, la mayor integración social y el resguardo del medio ambiente. El slogan que lo caracteriza es “satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”. Desde entonces, este concepto se ha incorporado al vocabulario técnico de diversas disciplinas con connotaciones no siempre equivalentes. En mi caso, interesa rescatar la complejidad de la cuestión del reciclado como ámbito de producción y significación de las prácticas que caracteriza a la asociatividad para el trabajo de las organizaciones de recicladores de la Ciudad. 
  4. Entendemos por cadena de valor del reciclado al conjunto de establecimientos productivos que intervienen en el proceso de reconversión de basura en materia prima para la industria. Los principales actores que intervienen en esta cadena son los cartoneros (como primer eslabón), los distintos tipos de “galponeros” (que describiré en el Capítulo 1) y las industrias. En esta cadena, las cooperativas intervienen como un “actor diferenciado” (Angélico y Maldovan Bonelli, 2008).
  5. Ambas normas fueron sancionadas para cumplir con lo que ordena la Ley de Presupuestos Mínimos de Gestión de Residuos Sólidos Urbanos 25.916 sancionada por el Congreso de la Nación en 2004, de aplicación obligatoria en todo el país, según los principios del art. 41 de la Constitución Nacional (crf Álvarez, 2008).
  6. Los “centros verdes” son plantas destinadas a la clasificación, enfardado y acopio de RSU para su posterior clasificación, construidos en la CABA en la marco de la Ley 1.854. Allí se establece que las cooperativas de recuperadores urbanos deben ser las encargadas de su gestión. En los capítulos 3 y 4 analizaré en mayor detalle el papel que estos centros tienen en el desarrollo de la política ambiental de la Ciudad.
  7. Entre los distintos ramales que estuvieron en actividad desde inicios de la década pasada hasta el año 2007 la experiencia del llamado Tren Blanco fue la más significativa. En los próximos capítulos me abocaré a su descripción en mayor profundidad.
  8. Este proyecto se enmarcó en el Programa de Voluntariado Universitario, financiado por el Ministerio de Educación de la Nación (Res. 1.473 SPU: Cartonear es un trabajo digno) y tenía por objetivo el fortalecimiento estratégico de una de las organizaciones cooperativas a partir de la organización de actividades ligadas a la formación técnica (destinada al mejoramiento de las herramientas de trabajo de los socios), la sensibilización en materia de condiciones y medio ambiente de trabajo (privilegiando el trabajo sobre riesgos y formas de prevención), la mejora en las tecnologías organizacionales y la consolidación de la presencia de la cooperativa en la comunidad. En continuidad a este proyecto se obtuvo un nuevo financiamiento en el marco del mismo programa (Res. 1545 SPU: La gestión organizacional en el marco de la economía social en tres cooperativas de recuperadores urbanos de la CABA).
  9. Las itálicas son del original.
  10. En el capítulo 3 me referiré a ello en mayor profundidad.
  11. Los nombres de estas tres organizaciones, de sus integrantes y de los trabajadores de la Dirección General de Reciclado del Gobierno de la Ciudad han sido modificados a fin de respetar el anonimato de sus relatos. Las entrevistas serán identificadas por el nombre ficticio, el número de entrevista y la organización/institución a la que pertenece el entrevistado (NEO: La Nueva Esperanza del Oeste; RT: Recicladores del Tren; RF: Recuperando Futuro; DGREC: Dirección General de Reciclado). El resto de los entrevistados será referenciado respetando la misma pauta (nombre, número de entrevista y organización a la que pertenece), colocando el nombre completo de la organización/institución a la que se encuentra vinculado para facilitar la lectura.
  12. La creación del RUR fue producto de la sanción de la Ley 992 en el año 2002. La inscripción en el registro es lo que permite a los recolectores acceder a una credencial habilitante para el ejercicio de la actividad.
  13. El Anexo 3 ofrece un detalle pormenorizado de los documentos oficiales analizados.
  14. En el Anexo 1 situado al final del libro se ofrece un listado pormenorizado de las entrevistas realizadas.


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