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Reflexiones finales

Habiendo llegado a este punto, en estas últimas páginas me propongo presentar algunas reflexiones acerca de los principales aportes que entiendo que se desprenden de los “hallazgos” de mi investigación. Para ello comenzaré por reflexionar acerca del abordaje conceptual construido –basado en la noción de asociatividad para el trabajo- en tanto un enfoque que permite comprender la producción de lazos sociales en la vida cotidiana en organizaciones gestionadas por sus trabajadores, considerando las condiciones socio históricas en las que se producen; para luego, recuperar sucintamente aquellos aspectos que hacen a la especificidad de la asociatividad para el trabajo en el caso analizado.

La asociatividad para el trabajo como prisma analítico

Estudiar los procesos de producción de las normas que regulan la construcción de asociatividad en el caso de las organizaciones de recuperadores urbanos me permitió ver y entender cómo parte de los discursos académicos y políticos que tienden a situar a esta población como “carente” de capacidades y posibilidades para integrarse al mundo del trabajo formal y generar mecanismos alternativos que propicien instancias de inclusión social, opacan uno de las principales novedades sociales y sociológicas de estos procesos que es la capacidad de agencia de los cartoneros y fundamentalmente, de las prácticas y sentidos por éstos construidos. Relevar críticamente los principales aportes de la literatura latinomearicana que ha buscado caracterizar y comprender las prácticas de estos sectores me ha resultado sumamente fructífero. La lectura en detalle de estas corrientes me permitió comprender en mejor medida algunas cuestiones que me parece importante remarcar.

En primer lugar, y teniendo en cuenta el contexto histórico de producción de estos enfoques, las perspectivas de marginalidad urbana me han permitido pensar cómo ya desde mediados del siglo pasado había comenzado a configurarse una imagen que situaba a los sectores populares desde el análisis de sus carencias, antes que de sus posibilidades de agencia. Ya situada en perspectivas más contemporáneas, los enfoques de exclusión me permitieron ampliar la mirada hacia las dinámicas de desigualdad y empobrecimiento que produce el capitalismo en su fase actual, incorporando también la noción de agencia sostenida por algunos autores que se enmarcan en estas corrientes. Por otra parte, los aportes de los enfoques de informalidad me permitieron comprender en mayor profundidad las relaciones sociales de producción más amplias en las que se inserta la actividad económica de los cartoneros y las implicancias que ello tiene en las características y formas de producir que adquieren sus emprendimientos. Pero fundamentalmente estos enfoques me ayudaron en dos sentidos clave a los fines de este trabajo. Por un lado, al establecer la necesidad de estudiar las trayectorias y recorridos de los trabajadores para comprender cómo se van configurando sus opciones y posibilidades. Por otro, al explicitar la necesidad de pensar cualquier proceso productivo en un contexto más amplio de relaciones de intercambio con el Estado y el mercado.

Asimismo, la revisión de perspectivas que generalmente se presentan como opuestas a estos enfoques, esto es aquellas que se sitúan dentro de las corrientes de economía social y solidaria, me permitió complementar la vacancia analítica que encontraba en los mismos. Es a partir de estas lecturas que pude descentrar mi mirada de “las carencias” para resituarla en los aspectos vinculares y morales que caracterizan a estas organizaciones. Así una de las contribuciones más importantes que he encontrado aquí es la reflexión sobre los espacios de solidaridad, cooperación y reciprocidad que este conjunto de autores sitúan como propios de los emprendimientos de la economía popular.

Esta revisión me permitió entonces enriquecer mi mirada y abrir nuevos interrogantes acerca de las cooperativas estudiadas. En este camino que supuso un constante ida y vuelta entre los datos construidos en el proceso de investigación y los conceptos que aportaba la revisión bibliográfica, se puso de relieve la necesidad de producir una herramienta analítica propia, que recuperara los aportes más salientes de ambos enfoques. Así es que he elaborado el concepto de “asociatividad para el trabajo” entendida como el conjunto de prácticas que permiten el sostenimiento de actividades productivas gestionadas por trabajadores y la consecución, distribución y control de los recursos que circulan en torno a estos emprendimientos, sea cual fuere su origen (mercado, políticas públicas, programas de fomento gubernamentales y/o no gubernamentales, donaciones, etc.) y su especie (dinero, prestigio, legitimidad, bienes para consumo, herramientas, etc.). La noción de asociatividad y sus componentes fueron utilizados aquí como un prisma, es decir como un “modelo descriptivo” (Balbi, 1998), que me permitió acercarme a construir el objeto a partir de analizar las prácticas de los actores sociales en su interacción cotidiana con otros agentes, normas e instituciones. De aquí en más presentaré los principales hallazgos empíricos a los que he arribado a través de la puesta en juego de esta herramienta teórica en el caso de estudio escogido.

Asociatividad para el trabajo en cooperativas de recuperadores urbanos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2007-2012)

A lo largo de estas páginas he analizado el proceso de construcción de las cooperativas de recuperadores urbanos como producto de un conjunto de disputas e intereses encontrados en el proceso de definición y redefinición de las normas que rigen la gestión de los RSU en la Ciudad, en el período que va desde el año 2007 hasta el 2012. El trabajo de investigación para dar cuenta de estos procesos, lo he llevado a cabo en un período de seis años, en el cual se han producido cambios y continuidades con lo que han sido mis primeras observaciones y reflexiones sobre el trabajo de los cartoneros y sus organizaciones. Estos cambios han contribuido a delimitar nuevos derechos y obligaciones para los recuperadores urbanos, abriendo -pero también limitando- sus posibilidades de acción y la configuración de sus modalidades organizativas. Es por ello que esta publicación es producto del estudio de un tipo particular de organizaciones asociativas situadas en un contexto específico que habilita -al mismo tiempo que circunscribe- sus capacidades de acción dentro de un marco dinámico de disputas, en el cual los distintos actores involucrados en la gestión de residuos han ido modificando su posición e intereses.

Fueron factores de diversa índole –políticos, económicos, sociales y ambientales – los que impulsaron que la cantidad y variedad de actores sociales involucrados en el diseño y aplicación de las políticas ambientales y de higiene urbana de la Ciudad hayan variado a lo largo del periodo analizado. No obstante ello, la recuperación de RSU a través de la recolección en la vía pública, su clasificación y posterior venta ha sido y continúa siendo una actividad que se inserta en una cadena de valor en la que intervienen establecimientos productivos de la más diversa índole: desde pequeños emprendimientos familiares hasta grandes empresas exportadoras. Este atributo vuelve indispensable la construcción de relaciones entre diversos agentes, las cuales se presentan como necesarias y estratégicas para aceitar el funcionamiento de la mencionada cadena.

Desde el punto de vista de las personas y organizaciones abocadas a la recolección en la vía pública resulta vital, en primer lugar, el establecimiento de lazos de confianza con vecinos y comerciantes de la Ciudad, lo cual permite sostener relaciones de solidaridad y reciprocidad en el tiempo aliviando de este modo la hostilidad y la mutua suspicacia. En segundo lugar, ya situados en la venta de los materiales, cartoneros y galponeros tienden a generar relaciones de confianza mutua que resultan beneficiosas para ambas partes aunque no necesariamente vayan a dar lugar a una relación equitativa. Desde la perspectiva de los compradores el establecimiento de acuerdos más o menos estables permite prever, aunque sea medianamente, los volúmenes de materiales con los que cuentan cada semana a la vez que dictar pautas de tratamiento (clasificación, limpieza, etc.) del papel, cartón o plástico que compran en atención a lo que demandan, a su vez, sus propios clientes. A los recolectores estas relaciones les permiten acceder a un mejor precio y evitar imprecisiones en el peso de la balanza por parte de galponeros y depositeros y suelen verse recompensados además con un más fácil acceso a ciertos recursos como préstamos, anticipos de dinero a cuenta de futuras ventas, vestimenta, medicamentos, etc. ante situaciones de necesidad.

Las relaciones de reciprocidad y confianza entre y con los distintos eslabones de la cadena (generadores, recolectores, galponeros) que permitieron crear circuitos más o menos estables de recolección y venta, también llevaron a que se estrecharan lazos entre los cartoneros. Estos lazos, construidos en charlas y encuentros más o menos formales, abrieron la posibilidad a articulaciones más profundas que les permitieron mejorar la posición sumamente desfavorable que tenían a fines de los años ´90.

Como he analizado, esto condujo al surgimiento de las primeras organizaciones asociativas en la Ciudad. En algunos casos, buscando mejorar la posición en la venta al ofrecer mayores volúmenes, lo cual dio lugar a las primeras cooperativas cuyo objetivo inmediato fue mejorar los precios en la comercialización de los RSU a través de la reducción de intermediarios.

Otra de las cuestiones que impulsó la conformación de organizaciones cartoneras fue la búsqueda del reconocimiento de la utilidad social de su oficio, lo cual se manifestó centralmente en dos tipos de conflictos. Uno de ellos, más unificado y visible, fue el entablado a principios de este siglo con las empresas recolectoras y el Estado en busca de la legalización de la actividad y la incorporación de los cartoneros en la política ambiental. El otro, más disperso geográfica y temporalmente, es el que se desarrolló alrededor de los problemas de ordenamiento territorial y acceso a la Ciudad que se plantearon frente al cierre de los ramales ferroviarios y la prohibición del ingreso de los camiones “balanza”, a mediados de la pasada década.

Estos conflictos, junto con la saturación del modelo de rellenos sanitarios impulsado en los años `70 llevaron a cambios en la política ambiental de la Ciudad, que incluyeron entre sus estrategias principales la cooperativización de los recolectores (Carenzo y Míguez, 2010). Fue a partir del año 2002 con la sanción de la Ley 992 que esta orientación de las políticas, centrada en la promoción del asociativismo como vía de formalización de los recolectores, comenzó a configurarse. A partir de aquí las diversas significaciones que los actores involucrados en estas políticas le otorgaron al término “formalización” marcaron los nuevos ejes de disputa por el lugar que los recuperadores y sus organizaciones debían ocupar en la gestión de los RSU. Para el gobierno local y las empresas vinculadas a la actividad la formalización de los recolectores -a través de su cooperativización- fue una vía para contener los conflictos surgidos de la presencia masiva de los cartoneros en la Ciudad, es decir, un medio para regular sus prácticas durante el ejercicio de la actividad y garantizar, al mismo tiempo, un cierto nivel de ordenamiento territorial. Para las organizaciones cartoneras, por el contrario, la cooperativización significó ante todo un incremento de sus posibilidades de acceso a derechos, recursos y beneficios, aún cuando para ello debieron garantizar el cumplimiento de las regulaciones mencionadas. En el marco de estas disputas e intereses contrapuestos es que se fue definiendo el papel a ocupar por las organizaciones cartoneras en el servicio de higiene urbana local que luego quedó plasmado en la reciente licitación de los pliegos de RSU secos.

De este modo en este tercer momento terminó de consolidarse como legítima la práctica de recuperación de residuos y se inauguró una etapa signada por nuevos desafíos para los trabajadores y sus organizaciones. En tal sentido considero que lo que distingue a este momento es el desplazamiento del ámbito en el cual se dirimen las tensiones entre los distintos actores interesados en influir en la gestión de los residuos: de la discusión acerca de la propiedad de los residuos dejados en la calle a la disputa por el papel de las organizaciones asociativas de recuperadores urbanos en dicha gestión.

Lo que se expresa en esta nueva tensión es la complejidad que ha adquirido el campo de disputa en torno al modo legítimo de gestionar los residuos sólidos urbanos, producto de todos estos años de interacción -más o menos conflictiva- entre diversos actores sociales. A fines de los años ´90 podíamos pensar este campo estructurado alrededor de los conflictos en torno a los actores formales e informales de la gestión de los RSU (Suárez y Schamber, 2002), pero hoy sería imposible comprender algo de lo que pasa desde esa mirada. En primer lugar, porque aún dentro de las organizaciones cartoneras hay algunas que gozan del reconocimiento formal y otras que no y aún así, no todos los cartoneros de la Ciudad se encuentran vinculados con organizaciones. En segundo lugar, porque el debate acerca de la gestión de los RSU ha traspasado las barreras de los actores cuyo interés primordial era económico, como es el caso de las empresas recolectoras y los cartoneros, para involucrar a amplios sectores de la población para los cuales la cuestión principal es de índole sanitaria y en menor medida, ambiental. Al mismo tiempo la cuestión de los recursos económicos que destina el Estado a la gestión de los residuos ha dejado de estar acotada a la recolección ya que existen proyectos diversos –todos los cuales requieren fuertes inversiones- para reemplazar el modelo de gestión en crisis, los cuales son representados por organizaciones gubernamentales y no gubernamentales que sostienen distintos enfoques en cuanto a lo que significa un modelo sustentable de gestión de los RSU. En tercer lugar, porque el apoyo y reconocimiento estatal a las cooperativas significó también la imposición de ciertas regulaciones a la actividad.

Estas regulaciones llevaron a redefinir en más de un sentido el trabajo cotidiano y las relaciones de confianza y reciprocidad con las que se venía desarrollando la tarea de al menos tres modos: a) estableciendo, de hecho y de derecho, jerarquías entre los cartoneros; b) poniendo en cuestión los antiguos vínculos de solidaridad y confianza que algunos de ellos habían entablado a lo largo de los años en el recorrido y al momento de vender su producción; c) institucionalizando las prácticas de cooperación entre cartoneros que hasta el momento se venían desarrollando en forma electiva. Estos cambios también se expresaron en los sentidos asociados a la actividad, la cual va dejando de ser pensada como “lucha” y pasa a ser un “laburo”, desplazamiento que se percibe también en una relación menos conflictiva con el Estado y las empresas abocadas a la recolección.

Asimismo, el acceso a un creciente número y variedad de recursos y la mayor capacidad de disputa que las organizaciones fueron adquiriendo a lo largo de la década abrieron nuevos campos de disputa que requerían el despliegue de estrategias para consolidar la posición de las cooperativas en el servicio de higiene urbana y en la cadena de valor del reciclaje, es decir, garantizar su sustentabilidad externa. La contrapartida de esta mayor cantidad y diversidad de recursos fue la imposición de ciertas reglas, acuerdos y compromisos que las cooperativas y sus asociados deben respetar para mantener la afluencia de recursos. De allí que, la posibilidad de sostener y reafirmar los derechos adquiridos a lo largo de este período se encontraban (y aún se encuentran) en estrecha vinculación con la capacidad de las organizaciones para garantizar el cumplimiento de las obligaciones y acuerdos entablados.

Estos arreglos y compromisos condujeron a la reorganización de las modalidades de trabajo de los recolectores asociados a cooperativas a lo largo de la última década, dando como resultado dos modalidades diferenciadas de organización del trabajo. La primera de ellas se centra en la organización de rutas de recolección en la Ciudad a partir de los servicios de camiones que trasladan a los carros desde los barrios de residencia de los cartoneros hacia los barrios de recolección en la Ciudad. La segunda de estas modalidades está basada en la gestión de los centros verdes creados a partir del año 2006. Si bien las cooperativas en actividad tienen alguna de estas dos modalidades como actividad principal, hemos visto que éstas no son excluyentes ya que algunas organizaciones combinan ambas formas de trabajo. Para construir dichas modalidades me he centrado en el análisis de las formas en las cuales los recolectores llevan a cabo las tres actividades principales que componen “el ciclo del trabajo cartonero”. Esto es: las formas de obtención de los RSU, las formas en las que llevan a cabo el proceso productivo y la organización del trabajo y las vías de comercialización de los materiales recuperados. Centrarme en estas fases me ha permitido establecer los cambios y continuidades existentes en el paso del trabajo individual al trabajo en las organizaciones asociativas.

Asimismo, la movilización de una mayor cantidad y tipo de recursos supuso la creación de nuevas modalidades de gestión en los emprendimientos, necesarias para garantizar una gestión eficaz de las cooperativas. En este punto, la legitimación de referentes y la construcción de relaciones basadas en la solidaridad y la confianza fueron estrategias nodales para fortalecer los niveles de involucramiento y compromiso de los asociados con un proyecto colectivo. Al respecto, he remarcado ya que no todos los asociados en las organizaciones poseen las mismas responsabilidades, así como tampoco todos significan su participación en las cooperativas de la misma manera. Aquellos que se encuentran vinculados a los espacios de toma de decisión y cuyas trayectorias se alinean con los procesos de “lucha” que dieron origen a la asociatividad, expresan su “interés” por la organización en términos de un proyecto propio que se presenta a futuro como una herramienta para mejorar la calidad de vida del colectivo. Por otro lado, gran parte de los asociados que trabaja en calle ve a las cooperativas como un “espacio otro” a los cuales se puede acudir “ante una necesidad” pero de los cuales no se sienten parte. Esta diferenciación, producto de las distintas posiciones ocupadas como así de las posibilidades de cada uno de acceder a la toma de decisiones, genera una tensión en las organizaciones que busca saldarse a través de la gestión eficaz de los recursos. Es ello lo que permite legitimar a los referentes al mismo tiempo que situar a la asociatividad como un “interés” colectivo por el cual los cartoneros consideran que la organización es un “juego que merece ser jugado”; es decir, legitimar también a los procesos organizativos. Es bajo esta dinámica de movilización y distribución eficaz de recursos que las organizaciones buscan garantizar su sustentabilidad interna, siempre condicionada a los requerimientos que hacen, como hemos visto, a su sustentabilidad externa.

Para concluir, quiero mencionar que de las primeras observaciones y lecturas que me permitieron delimitar las características del oficio del cartonero a esta parte, he podido comprender la importancia que el trabajo de los recolectores tuvo en la configuración de un nuevo modo de pensar las problemáticas ambientales que a todos nos atañen. Es situándome en el campo de las políticas ambientales, que creo que para lograr que estos cambios tengan un impacto de mayor alcance sobre la calidad de vida de todos los que habitamos este país, es preciso cuestionarnos no sólo qué hacemos con la “basura” que generamos, sino también nuestros modos de producción y de consumo que propician el aumento indiscriminado de los bienes enviados a desecho.

Pensar entonces en el despliegue de acciones que a largo plazo puedan contribuir sobre la calidad del ambiente en el que vivimos, implica dilucidar y explicitar los distintos niveles de responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos en relación a aquello que producimos, consumimos o desechamos. Hasta aquí he buscado demostrar que aquellos que tradicionalmente han sido considerados como “incapaces” o “inempleables” han sido quienes en mayor medida han contribuido a estas mejoras. De aquí en más resta saber de qué manera el despliegue de sus capacidades podrá contribuir a interpelar al conjunto de la sociedad que se beneficia de una u otra manera de su trabajo cotidiano. La efectividad de estas políticas está sujeta entonces a la apertura de estos interrogantes que ayuden a construir un modo de gestión integral de los residuos en el cual todos estemos, de una u otra manera, involucrados y comprometidos.



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