El propósito de este capítulo es comprender al “cartoneo” como oficio, analizando los condicionamientos que le han sido impuestos al ejercicio de la actividad desde las dos fuentes de regulación que pesan sobre ella: las normas de higiene urbana, y la configuración de la cadena de valor del reciclado, pero también aquellos rasgos que le imprimen las trayectorias socio-laborales y las condiciones de vida de quienes la ejercen.
El cartoneo es un oficio bastante peculiar. El término oficio, proviene etimológicamente del latín opificium (opus + facere, que significa realizar una obra) y durante la Edad Media era utilizado para designar a los artesanos, que realizaban manualmente sus tareas. En la actualidad el término se aplica a las actividades prácticas y técnicas que, a través de una serie de pasos y sin demasiados conocimientos teóricos permiten llegar al resultado buscado. La Real Academia Española designa a su vez al oficio como una “ocupación habitual”.
En cuanto a las particularidades de este oficio, se encuentra en primer lugar los cambios en su vinculación con el Estado y el mercado en los últimos años. Hasta hace poco más de diez años los residuos urbanos fueron pensados como el punto final del proceso de producción-consumo y su gestión estuvo regida por el principio de qué hacer con aquello que ya no tiene utilidad, lo que no sirve. En este contexto, el lugar reservado a los cartoneros, botelleros y/o cirujas era el de marginales en sentido literal: aquellos que están por fuera del circuito económico y en el borde (externo) de la legalidad (cfr. Carenzo, 2011). Esto volvía política y económicamente invisible su rol dentro del circuito productivo y de consumo. No obstante, la crisis del sistema de rellenos sanitarios y la proliferación de personas dedicadas a la actividad a fines de los ´90 llevaron a un cambio en el enfoque de la política pública que los llevó del lugar de marginalidad a convertirse en agentes centrales en el proceso de gestión sustentable de los residuos, esto se reflejó en un cambio en su caracterización y entonces comenzaron a ser interpelados como “recuperadores urbanos” marcando el cambio de su status social y sociológico (cfr. Perelman, 2008) . Lo brusco y reciente de este cambio hace a una de las particularidades de este oficio: la tensión entre la mirada condescendiente o condenatoria arraigada de la sociedad y la reivindicación, al menos formal, de su rol en ciertos discursos que todavía no parece haber sido del todo apropiada.
Por otra parte, mientras que los cartoneros adolecen de cualquier régimen protectorio y perciben ingresos francamente exiguos, el proceso de reindustrialización[1] le dio un nuevo valor a los procesos de reciclaje, al incrementarse la demanda de ciertos insumos, como los plásticos o el papel[2], lo cual los volvió agentes centrales -ya no marginales- dentro de ciertas cadenas de valor en las que intervienen empresas caracterizadas por altos niveles de formalidad y productividad (Villanova, 2012).
En segundo lugar, se destaca como otra de las características de este oficio su alta peligrosidad, quienes lo ejercen se exponen cotidianamente a situaciones que ponen en riesgo su salud e integridad física. El hecho de trabajar en la vía pública y exponerse a revolver las bolsas de basura amenaza cotidianamente la integridad física de los cartoneros. La actividad se realiza de noche, y generalmente, sin medidas de protección frente a los posibles accidentes de tránsito ni a lastimaduras, escoriaciones o infecciones que pudieran adquirirse al manipular objetos como vidrios, jeringas o alimentos en mal estado. Asimismo, el enorme esfuerzo físico que supone el traslado de unos 100 kilos en un carro acarreado manualmente conlleva también el riesgo de sufrir lesiones óseas, articulares o musculares de todo tipo. A estas situaciones de exposición física se suman el maltrato y diversas formas de discriminación a las que son sometidos producto de los prejuicios de algunos vecinos y/o transeúntes.
La falta de atención hacia estas situaciones se explica precisamente por la dificultad de comprender a esta actividad como un oficio, una fuente de trabajo, que aporta y genera valor. De hecho, es mucho más común que se la piense como un último recurso frente a la pobreza, como la mendicidad, aún desde perspectivas bien intencionadas. En mi investigación me he topado varias veces con encargados de edificios y residentes de la Ciudad que manifestaban que les “guardaban” ciertos materiales a “los cirujas” para “hacerles un favor, pobrecitos”. Esta mirada no es patrimonio exclusivo de “los otros”, para muchos recolectores que entrevisté es normal “bancársela” porque, como uno de ellos me decía, “nosotros no tenemos un trabajo como otro, dependemos de la ayuda que nos puedan dar”. Esta mirada desvalorizada de sí mismos y su tarea, muy difundida en todas las personas que participan de estas primeras etapas de la cada de valor del reciclado, es la que los lleva a soportar estas situaciones (cfr. Cross, 2013). Como veremos en el segundo apartado de este capítulo, dicha mirada no es solo producto de los prejuicios ajenos si no que se entiende mejor mirando en perspectiva sus trayectorias socio laborales, dado que la mayor parte de las personas que se dedican a la actividad tienen pocas alternativas reales al ejercicio de esta actividad.
Lo cierto es que la actividad de los recolectores (y sus organizaciones) se encuentran situadas en un contexto de relaciones económicas más amplias -la cadena de valor del reciclado- que relaciona estas experiencias con empresas manufactureras de mediana y gran envergadura, muchas de las cuales operan en contextos de alta de productividad y concentración económica (Schamber, 2008; Villanova, 2012). Asimismo, como cualquier otra actividad económica, la recolección de materiales en la vía pública para su posterior clasificación y venta, el cartoneo, se encuentra sometido a las regulaciones que impone la política de higiene urbana, en nuestro caso, de la CABA. Sin embargo, a diferencia de otras actividades económicas, lo que caracteriza al cartoneo es ser una actividad mayoritariamente desarrollada por personas que viven en condiciones de pobreza, en muchos casos extrema y que se abocan a la actividad disponiendo de un margen de elección bastante acotado.
Dado este marco y a fin de comprender el cartoneo como oficio, comenzaré por analizar los modelos de gestión de RSU en perspectiva histórica. Luego, avanzaré en la caracterización de las trayectorias y condiciones de vida de los cartoneros de la Ciudad. A partir del tercer apartado estudiaré en profundidad la configuración del oficio del cartoneo, resaltando las habilidades y destrezas que exige su ejercicio, lo cual me lleva a transitar por diversas instancias: el “recorrido” por las calles de la ciudad, la vuelta a casa con el carro repleto de materiales y la venta a los galponeros, en los apartados subsiguientes.
La generación, recuperación y gestión de residuos en la CABA en perspectiva histórica
La recolección y gestión de los Residuos Sólidos Urbanos (RSU) se caracteriza por ser un servicio muy costoso en general, aunque la primera fase del proceso resulta ser la más cara de todas. En Argentina, el sistema de recolección, tratamiento y disposición de RSU es gestionado en los ámbitos municipales (y de Jefatura de Gobierno), mientras que el tratamiento de los residuos peligrosos es de competencia mixta, nacional y municipal. En la CABA existen diversos servicios de recolección domiciliaria manual, domiciliaria mecanizada, diferenciada, de producido de barrido y limpieza de calles y de grandes generadores, entre otras. Asimismo tanto en la recolección como en la gestión de los residuos intervienen instituciones de distinta envergadura y complejidad.
El siguiente cuadro muestra cómo se organizan las áreas de competencia, las funciones y los organismos responsables del diseño y ejecución de las políticas de higiene urbana.
Cuadro 1: Niveles de aplicación de las políticas de higiene urbana por organismo y función
Nivel institucional |
Organismo |
Función |
Nivel Nacional |
Ministerio de Desarrollo Social y Medio Ambiente / Secretaría de Recursos Naturales y Medio Ambiente |
Normativa, Planificadora y de Control |
Nivel Provincial |
Organismos Provinciales de Medio Ambiente |
Ídem |
Nivel Municipal |
Dependencias municipales de aseo urbano y medio ambiente. CEAMSE (GBA Y CABA) |
Operadora, financiadora y administradora |
Sector Privado |
Empresas concesionarias de recolección |
Transportista – Operadora |
Fuente: http://www.cedem.gov.ar/areas/des_economico/cedem/pdf/coyunt/03/03_07_especiales_RSU.pdf (Consultada el 10/05/2012)
Es posible diferenciar cuatro momentos en la historia de la gestión de los residuos en la Ciudad (Paiva, 2008; Suárez y Schamber, 2002) a lo largo de los cuales las perspectivas ambientales y el tratamiento de la basura varió notablemente:
- La primera se extiende desde la fundación de la Ciudad hasta mediados de 1860, momento en el cual los residuos se arrojaban en terrenos baldíos, al agua o en pozos realizados en las casas;
- La segunda, abarca el período de tiempo comprendido entre 1860 y 1904 y se caracteriza porque el tratamiento de residuos era realizado a través del procedimiento de “quema a cielo abierto”;
- En el contexto de la tercera etapa que va desde 1904 a 1977, los residuos se incineraban,
- Y en la cuarta etapa comenzada en 1977 y aún vigente, aunque en crisis, la forma de disposición final de los residuos se realiza a través de su enterramiento en rellenos sanitarios controlados por la CEAMSE.
- A estos cuatro períodos es posible agregar un quinto período de transición, que comienza en el año 2002 con la sanción de la Ley 992 y fundamentalmente a partir del año 2005, con la sanción de la Ley 1.854. En este nuevo período la disposición final se continúa realizando en los rellenos, aunque se preveé la paulatina disminución de los volúmenes allí enviados, incentivando la separación en origen, la recuperación y posterior reutilización de los residuos.
A lo largo de la primera etapa, iniciada con la fundación de la Ciudad, la basura era vista principalmente como un problema estético y el objetivo principal de la gestión de residuos consistía en quitarlos de la vista, sea alejándolos de las zonas pobladas o enterrándolos en el área urbana. Los principales espacios de disposición eran las calles y los arroyos, en los cuales se arrojaban todo tipo de residuos que iban desde desperdicios hasta animales muertos. La falta de tratamiento de residuos líquidos y sólidos, acompañada del fuerte crecimiento demográfico del período “[e]ngendraron una de las mayores crisis de sustentabilidad ecológica de la ciudad, que tuvo como consecuencias las grandes epidemias” (Suárez, 1998: 11). Estos dos factores (crecimiento de la población y de las epidemias) llevaron a reconsiderar la forma del tratamiento de los residuos, dando paso a la construcción de vaciaderos y con ello al segundo momento mencionado. Los vaciaderos se ubicaron lejos del centro de la Ciudad, principalmente en el borde sur, siguiendo el camino contrario al de las clases altas que, luego de la epidemia de fiebre amarilla de 1871 comenzaron a migrar hacia el norte de la Ciudad. El primer vaciadero se construyó en ese mismo año, en la zona de Nueva Pompeya, entre el Riachuelo y las calles Amancio Alcorta, Zavaleta y Cachi. En aquel predio, en poco tiempo se formaron enormes montañas de basura. Comenzó a buscarse la forma de eliminarla dando nacimiento a la quema de Nueva Pomeya que, si bien empezó a funcionar “de hecho” a mediados de 1860, se inauguró formalmente en 1873 (Paiva, 2006). A ella llegaban los residuos en el llamado Tren de la Basura, construido especialmente para su transporte. Al igual que la quema, el tren funcionaba desde mucho antes que su inauguración oficial ocurrida el 30 de mayo de 1873.
A la quema se destinaba la basura que se recolectaba -hasta el momento solamente- en el centro de la Ciudad, el resultante del barrido en las calles y los animales muertos y sacrificados. En este período comienza la privatización del sistema de basura pública a través de un acuerdo realizado entre las empresas contratistas y el gobierno municipal que consistía en la habilitación de dicho gobierno para la recuperación de los residuos a cambio de que las empresas se encargasen de la quema de los residuos inutilizables y dieran a éste las cenizas de lo incinerado para que fuera utilizado como material de relleno del área urbana. Los beneficios de la recuperación y posterior venta de los residuos reutilizables resultaban tales que hacia principios del siglo XX, la Municipalidad de la Ciudad estableció un canon que las empresas gestoras debían pagar por el derecho a la explotación de los residuos recuperados. De este modo, la venta de los residuos permitía reducir y en algunos casos eliminar el gasto municipal destinado a la recolección y a la quema con personal propio (Schamber, 2008).
Al respecto Francisco Suárez (1998) describe el funcionamiento del vaciadero y menciona que hacia 1887 éste recibía alrededor de 15 mil toneladas de residuos mensuales. Dentro del predio trabajaban 90 empleados, ocupados en la quema de los desechos y la recuperación de materiales. Los desperdicios se llevaban a un vaciadero ubicado en Rivadavia y Sánchez de Loria y luego se trasladaban a la quema. Entre los materiales recuperados más importantes se encontraban los huesos de animales, utilizados para la producción de grasa, aunque también era impotante el recupero de vidrios, telas, papeles, maderas, trapos y restos de alimentos.
En torno al predio comenzó a crecer un nuevo barrio, conocido como el Barrio de las Ranas, o Barrio de las Latas (Perelman, 2008; Suárez, 1998). Es allí donde surge y se expande la práctica del “cirujeo”. El nombre de ciruja dado a los recuperadores de residuos, proviene de una analogía realizada entre éstos y la medicina, a partir de la cual eran considerados “cirujanos de la basura”, debido al meticuloso trabajo que realizaban durante la recuperación. Para 1899 se estimaba la presencia de 3.000 hombres, mujeres y niños que hurgaban en la basura buscando trapos, vidrios, papeles, huesos, botellas, que vendían principalmente a los acopiadores (Suárez, 1998).
Hacia 1880 comienzan a surgir críticas al sistema de quema a cielo abierto desde nuevas visiones que cuestionaban la precariedad del método para eliminar la totalidad de los desechos, la escasa rentabilidad obtenida por la venta de los residuos reciclables y las condiciones de explotación y miseria de los peones recuperadores.
Frente al creciente volumen de residuos, producto de la ampliación demográfica de la ciudad y los problemas de salubridad que acarreaba la presencia de los vaciaderos, el sistema de tratamiento de residuos varió su procedimiento de la quema a la incineración, como medio de minimización de los desperdicios. En la Ciudad, la Municipalidad comenzó a alentar la incineración domiciliaria de los desperdicios en las grandes industrias, mercados, hoteles, colegios y establecimientos que produjesen como mínimo 100 kilos diarios o un metro cúbico de basura. La quema a cielo abierto fue reemplazada paulatinamente por usinas incineradoras. Para ello se construyó la “gran usina” luego denominada “hornos provisionales” y, a su vez, se instalaron hornos domiciliarios. Hacia fines de 1920 la Ciudad de Buenos Aires contaba con tres usinas en los barrios de Chacarita, Flores y Nueva Pompeya (Perelman, 2008). Hacia 1920, cuando ya estaban en funcionamiento estas tres usinas, la Ciudad producía alrededor de 600.000 toneladas de residuos anuales (Prignano, 1991).
A pesar de las intenciones iniciales, las usinas fueron solo una solución temporal, ya que los vaciaderos continuaron funcionando en distintos puntos de la Ciudad, principalmente en los barrios de Pompeya, Bajo Flores y Villa Soldati, de la zona sur. En este período también crecieron los basurales en las zonas más pobladas, al mismo tiempo que la cantidad de recuperadores de residuos reciclables. Tal como menciona Schamber (2008), los rebuscadores de antaño pasan a ser nombrados como “atorrantes” que volcaban y seleccionaban los residuos en la vía pública. Será hacia mediados del siglo XX cuando los recuperadores comienzan a denominarse nuevamente “cirujas”, mientras que los compradores de residuos, que adquirían los materiales a precio vil y constituían el segundo eslabón de la cadena de recuperación, pasaron de ser llamados “empresarios de la basura” a “intermediarios” o “acopiadores”. Los efectos ambientales de la incineración eran amplios y consistían principalmente en la emanación de grandes volúmenes de gases, como el dióxido de carbono y la gran dispersión de hollín que provocaba este proceso, con el consiguiente efecto en la polución del aire. A pesar de ello, el método de incineración estuvo vigente por casi setenta años hasta que el Intendente de facto de la Ciudad, Osvaldo Cacciatore, prohibió a partir de 1976 el uso de incineradores domiciliarios, obligando a que se realizara la compactación de la basura en aquellos edificios que tuvieran más de cuatro pisos o 25 unidades de vivienda (Paiva, 2006).
De esta manera, durante la última dictadura comenzó a implementarse el método de gestión y disposición final de los residuos que se continúa utilizando hasta la actualidad: el relleno sanitario. Entre los principales objetivos de la construcción de los rellenos se cuentan: el reemplazo de las usinas e incineradores de la Ciudad, evitando así la propagación de sus efectos ambientales adversos; la generación de un cinturón ecológico, un anillo de espacios verdes que rodease la Ciudad destinado a diversos fines y, al mismo tiempo, el destierro del “problema social del cirujeo, natural consecuencia de los basurales a cielo abierto y del abandono de las técnicas de la incineración de residuos” (Ley Nº 8.782/77).
Así que, a través de la ordenanza n° 33.691 del 8 de agosto de 1977 se creó la CEAMSE, con igual aporte de la Ciudad de Buenos Aires, dependiente por entonces del Poder Ejecutivo Nacional y de la Provincia de Buenos Aires. El acuerdo preveía que los municipios provinciales darían los terrenos para el entierro de los residuos. A partir de este período se prohibieron los basurales a cielo abierto y la incineración domiciliaria, clausurándose al mismo tiempo las usinas. Se prohibió, asimismo, la recolección de materiales reciclables en la vía pública. Finalmente, otro de los cambios de importancia se dio a través de la incorporación del sector privado, vía terciarización de los servicios de recolección y limpieza. Los principales grupos empresarios involucrados en este proceso fueron el grupo Macri, el grupo Roggio, la empresa IMPSA-Pescarmona y Techint. Su área de influencia comprendía a la Ciudad y a los 34 municipios que formaban parte del Conurbano Bonaerense, con una población aproximada de 13.000.000 de habitantes. Actualmente en la región se genera el 40% de los residuos del país y se encuentra radicado el 40% de las industrias.
A partir de 1980 todas las zonas concesionadas de la ciudad para la provisión de servicios de limpieza y recolección urbana estuvieron a cargo de MANLIBA, con excepción de la zona sur de la ciudad que continuó en manos de la Dirección General de Higiene Urbana. La empresa era una sociedad integrada por Italimpianti (Italia), Waste Management (EEUU), SOCMA (Sociedad Macri), GRUMASA (Grupo Macri SA) y acciones de Francisco Macri.
Hacia 1987 se incorporó la empresa CLIBA a la prestación de servicios y una década más tarde, al realizarse una nueva licitación se hizo una nueva división de la Ciudad en cinco zonas, a las que se sumaba la que quedaba a cargo del recientemente creado Ente de Higiene Urbana. En la nueva licitación se instaba a realizar la diferenciación de hasta un 10% de lo recolectado por las empresas, pero ello nunca se efectivizó.
Ilustración 1: Ubicación de las plantas de transferencia de la CABA

Fuente: http://ceamse.gov.ar/wp-content/uploads/2009/09/et-caba.jpg (Consultada el 12/10/2012)
La puesta en funcionamiento de la CEAMSE supuso la creación de tres estaciones de transferencia, ubicadas en los barrios de Pompeya, Flores y Colegiales, dentro de la CABA. Según datos de la CEAMSE, desde abril de 1979 (año de su inauguración), hasta fines del 2010 las plantas recibieron y transfirieron un total de 48.426.790,9 toneladas de residuos. Hasta el año 2004 la totalidad de los residuos producidos en la Ciudad eran enviados a dichas plantas y posteriormente al Centro de Disposición de Villa Domínico. Al cerrar éste, las plantas de transferencia comenzaron a recibir también residuos provenientes de algunos partidos de la zona sur de la provincia (Avellaneda, Quilmes, Lanús y Lomas de Zamora) para luego ser enviados al Complejo Ambiental Norte III, situado sobre el Camino Parque del Buen Ayre. Posteriormente, en el año 2007, comenzó a implementarse el programa de cierre del Complejo Ambiental de González Catán, por lo cual otros dos municipios del sur de la Provincia, es decir los de Esteban Echeverria y Ezeiza, se sumaron al envío de sus residuos a dichas plantas de transferencia (ver Ilustración 1). Asimismo, se creó una nueva estación en el partido de Almirante Brown, que recibe aproximadamente 30.000 toneladas mensuales. Los datos presentados por la CEAMSE muestran que:
Como resultado de este ingreso adicional de residuos, el año 2010 marcó el récord histórico de recepción y transferencia en el sistema con un total de 3.072.127,6 toneladas. De esta manera se registró un 9,6% más que el año 2009 y un 12,5% más que el 2008, un 37,0% más que en el 2007, un 48,5% más que en el 2006 y un 110,2% más que en el 2003 año en que CEAMSE se hizo cargo de la operación en forma directa, siendo por otra parte el mes de diciembre de 2010 el de más alta recepción y transferencia de residuos desde su origen en 1979 con 278.073,4 toneladas (disponible en: http://ceamse.gov.ar/transferencia-y-transporte, consultada el 13/12/2012)
El método utilizado por la CEAMSE consiste en la disposición final de los residuos previamente compactados en terrenos aptos naturalmente o preparados para ello. Cada municipio debe hacerse cargo de los costos de traslado y disposición de los residuos generados en su territorio, lo cual supuso un importante aumento de los costos presupuestarios locales. Ello favoreció al mismo tiempo la consolidación de grandes grupos económicos abocados a la gestión de los residuos que lograron cuasi monopolizar el mercado. Los altos costos que los municipios debieron afrontar llevaron también a la aparición de basurales clandestinos en distintas partes del AMBA (Suárez, 1998).
Ilustración 2: Ubicación de los centros de disposición final cerrados y activos en el AMBA
Fuente: Atlas Ambiental de Buenos Aires. Disponible en http://www.atlasdebuenosaires.gov.ar/aaba/index.php?option=com_content&task=view&id=435&Itemid=73&lNng=es (Consultada el 05/04/2012)
Asimismo, la creación de la CEAMSE erradicó casi por completo los basurales de la Ciudad y con ello al cirujeo, reconfigurando el circuito de intermediación en la recuperación de residuos. La clausura de la quema y el cierre de basurales llevó a que los cirujas modificasen sus formas de recolección y comenzasen a utilizar los carros empujados a mano o tirados por caballos, recogiendo la basura de origen residencial, la cual vendían en los depósitos de compraventa de la zona (Paiva y Perelman, 2010). Estos intermediaros comenzaron a ser considerados como “un reducido núcleo de traficantes de basura” (Schamber, 2008: 53).
Finalmente, el quinto período en la regulación y organización del sistema de higiene urbana comienza en el año 2002, tras la sanción de la Ley 992 y posteriormente la sanción de la Ley 1.854. Como consecuencia de la aparición masiva de recolectores en las calles, que vieron en la recuperación de RSU un medio para subsistir, y al mismo tiempo de la necesidad de modificar las políticas ambientales de la Ciudad y el AMBA, fuertemente afectadas por la saturación de los rellenos sanitarios, el gobierno local se vio ante la necesidad de impulsar una nueva legislación acompañada de un cambio en las políticas ambientales locales.
A continuación, se presenta un resumen en forma de cuadro de los principales períodos y políticas de gestión de residuos llevadas a cabo desde la fundación de la Ciudad hasta la actualidad:
Cuadro 2: Modalidades históricas de gestión de los residuos en la Ciudad de Buenos Aires
Fuente consultada: Suárez, F. (1997) Breve Historia de la Gestión de Residuos Sólidos en la Ciudad de Buenos Aires.
Este breve recorrido pone de manifiesto, no sólo el devenir histórico del proceso de gestión de los RSU, si no también lo brusco en los cambios en la consideración del rol de los cartoneros desde 2002. Luego de muchas décadas de invisibilización, y hasta de interdicción de su actividad, se los coloca como agentes centrales del proceso de gestión de residuos, producto de las nuevas necesidades ambientales y económicas, pero también de la persistencia de su actividad y de su mayor visibilidad política y social. Para poder comprender este proceso pasaremos en lo que sigue a describir con mayor profundidad lo que implica ser un cartonero en la CABA, comenzando por describir a los trabajadores dedicados a la actividad, para luego reconstruir las instancias principales de su ciclo de trabajo.
Caracterización de los trabajadores y sus trayectorias
A principios de este siglo los principales centros urbanos del país vieron incrementarse la cantidad de cartoneros que circulaban cada día por las calles y la CABA no fue una excepción en este proceso. Dentro del área Metropolitana, miles de personas llegaban de los distintos barrios del conurbano bonaerense a la Ciudad de Buenos Aires buscando materiales reciclables y otros bienes para luego consumir o comercializar. Hacia el año 2004, se estimaba que entre 25.000 y 50.000 personas se dedicaban a la recolección y clasificación de residuos en la Ciudad (Suárez y Schamber, 2002), muchas de las cuales provenían de los partidos que conforman el conurbano bonaerense. Se estima que su labor permitía recuperar entre un 5 y un 15% de los RSU generados diariamente (Chidiak y Bercovich, 2004). Desde el punto de vista de los hogares, se puede calcular que entre 5.000 y 10.000 familias habían incorporado la recolección, clasificación y venta de residuos a sus estrategias de reproducción, actividad que les permitía acceder a bienes con los que satisfacer sus necesidades y a un ingreso mínimo (Suárez, 2005). Para 2008 el RUR[3] registraba 15.526 personas inscriptas para llevar a cabo estas actividades[4], lo cual constituye un indicador aproximado de la cantidad de recolectores, ya que no hay estadísticas oficiales disponibles que indiquen la cantidad de personas involucradas en el ciclo completo de trabajo. No obstante, se calcula que en la actualidad son unos 9.000 los cartoneros trabajando en la Ciudad, según coinciden en señalar trabajadores del GCABA y referentes de organizaciones cartoneras. Entre ellos se encuentran los 3.000 que se han vinculado a alguna organización cooperativa.
La investigación realizada me permite presentar una caracterización aproximada de esta población, en función de ciertos aspectos que considero relevantes para este análisis. La mayor parte de las personas abocadas a esta actividad en la vía pública son varones adultos, siendo la proporción de 60/40 o de 70/30 según la fuente. En consonancia con estos datos, vemos que en el RUR de un total de 8.150 recolectores relevados, el 71% son hombres y el 29% mujeres. Sin embargo, al considerar el ciclo completo de trabajo, que incluye acopio, clasificación, acondicionamiento, empaquetado y venta se incorporan otros integrantes del hogar, mujeres, niños y niñas, que realizan estas tareas como parte de las “actividades domésticas” enroladas en una “división sexual y etaria del trabajo”, que también ha sido observada por Martin y Belistri (2004: 7).
Otra característica saliente de la población dedicada a esta actividad, es la alta proporción de jóvenes trabajando en el cartoneo. En nuestro relevamiento aproximadamente la mitad de los encuestados tiene menos de 25 años. La categorización de edades presentada por el RUR muestra que un 16,9% es menor de 18 años y otro 33% tiene entre 19 y 29 años. A partir de estos datos es posible establecer que las personas abocadas a la actividad son en su mayoría varones jóvenes, no obstante, pueden observarse ciertas tendencias importantes al cruzar ambas variables, es decir, sexo y edad.
Este cruce muestra que la prevalencia de los varones se modifica a medida que avanza la edad. En este caso, para el rango de edad 0-24 años encontramos un 64% de varones frente a un 36% de mujeres, para el rango de entre 25-34 años la relación es de un 71% a un 29% respectivamente, mientras que entre los 35-44 años la diferencia en la distribución se acorta (56% contra 44%) y se revierte entre los 45-54 años siendo de un 30% para los hombres y de un 70% para las mujeres. Finalmente, en el rango de los de mayor edad (55 a 64 años) los hombres representan un 80% frente a un 20% de las mujeres.
El observar las edades nos permite pensar que el cartoneo no representa únicamente una actividad de refugio frente al desempleo y la imposibilidad de reinsertarse en el mercado laboral de los mayores, sino también una primera experiencia laboral para los más jóvenes. La carencia de otros recursos, principalmente dada por los bajos niveles educativos, pero también por la falta de redes de contactos repercute en sus posibilidades de acceder al mercado de trabajo formal. Asimismo, muchos de estos jóvenes llevan varios años en la actividad y varios de ellos son también hijos de cartoneros (cfr. Schamber y Suárez, 2002).
Al respecto, un estudio realizado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y UNICEF Argentina (2005) estimaba que hacia mediados de la década aproximadamente 8.762 personas trabajaban en la recuperación de RSU, de las cuales 4.223, es decir un 50% de dicha población, correspondían a niños, niñas y adolescentes.
Gráfico 1: Recuperadores de residuos que trabajan en la CABA según edad (distribución porcentual y absolutos)

Fuente OIM-UNICEF (2005) Informe sobre trabajo infantil en la recuperación y reciclaje de residuos.
Dicho estudio analiza cómo el trabajo infantil cartonero condiciona el rendimiento escolar a partir de incidir en el aprovechamiento del tiempo y el espacio ofrecido en las escuelas, derivando en muchos casos en la repitencia, la sobre-edad y la deserción escolar, lo cual a la vez condiciona la continuidad en los estudios y la posterior inserción laboral (Gutiérrez Ageitos et al., 2005). Ello al mismo tiempo atenta contra el tiempo de juego y estudio de los menores y coloca a los niños en una situación de estigmatización dada por la situación de trabajo infantil. La incidencia negativa se da también en el ámbito sanitario debido a la mayor exposición de esta población a diversas enfermedades, accidentes, abusos y riesgos psicofísicos.
El análisis de los niveles educativos de los encuestados, del tipo de vivienda y de la composición de los hogares puede acercarnos a pensar cuál es la situación de los socios que integran las cooperativas. Respecto al primer punto, se observa que si bien los niveles educativos de los jóvenes son mayores que los de los adultos, éstos son generalmente bajos. Si se toma en consideración a la población total se observa que un 5% nunca ha concurrido a la escuela, un 29% no ha finalizado la escuela primaria, el 28% ha alcanzado el primario completo, un 36% tiene estudios secundarios incompletos y apenas un 1.3% ha finalizado esta instancia.
Es decir que el 62,8% de la población ha llegado al nivel educativo primario (de los cuales el 50% lo ha finalizado y el otro 50% no). Los datos provistos por el RUR muestran una tendencia similar, siendo que un 77,7% ha alcanzado como máximo este nivel educativo. La relación de las edades con los niveles educativos muestra que casi no existe variación en el nivel de escolarización de los más jóvenes en relación al resto de los grupos etarios. El promedio de años de escolarización de los menores de 25 años en este grupo es de 7 años (6.95), apenas superior a los 6.3 años del promedio del total de la población encuestada y a los 5.6 años de los mayores de 25 años. Es decir que, en el caso de los más jóvenes, el porcentaje de población que ha llegado al nivel primario es del 41% (de los cuales un 23% ha finalizado esta instancia) mientras que un 54% ha comenzado sus estudios secundarios. Igualmente, sólo un 20% de estos jóvenes continúa estudiando actualmente, por lo cual el nivel de deserción educativa es alto y éste suele realizarse en los primeros años de iniciado el ciclo secundario. En este caso, las relaciones por sexo no muestran diferencias significativas entre las categorías.
Gráfico 2: Máximo nivel educativo alcanzado del total de la población y por segmento de edades (distribución porcentual)



Fuente: Elaboración propia en base a 78 cuestionarios – 2010
El análisis del tipo de hogares de los socios nos permite acercar otras dimensiones para la caracterización de los trabajadores. En el caso de la cantidad de miembros de cada hogar, un tercio tiene cuatro o menos integrantes, un 38% entre cinco y ocho integrantes y el restante 26% más de nueve. Es decir que en gran parte de los casos, los cartoneros forman parte de hogares numerosos.
Si se observan las condiciones de la vivienda de la población y las diferentes formas de acceso a los servicios básicos, es posible tener una mayor comprensión de sus condiciones de vida. En relación al tipo de la vivienda, un 74,3% de los entrevistados vive en casas, un 24,3% en casillas y un 1,3% en inquilinatos. De estas viviendas, un 72% tiene como material predominante el ladrillo, o el bloque; un 20,5% la madera, un 6,41% son de chapa y un 1,28% de adobe. En relación al acceso al servicio de agua, un 55% de esta población accede mediante tubería de red; un 19% a través de pozo individual, y el 26% restante a través de otros medios como el pozo y las canillas comunitarias. La mayor parte de estos hogares utiliza para cocinar gas de garrafa (un 78%), mientras que solo un 10% accede al gas de red. El porcentaje restante utiliza para cocinar electricidad, leña o carbón. Algo similar ocurre con los tipos de instalación eléctrica, casi la mitad de la población tiene una conexión con cableado a la vista, es decir que obtienen este tipo de energía de manera insegura, ya que ello produce diversos riesgos de electrocución o incendios. Al mismo tiempo, un 65% de las viviendas se encuentran ubicadas en barrios con calles de tierra, mientras que el 35% restante se ubica en zonas asfaltadas.
Si se observa la relación entre la cantidad de integrantes del hogar y las habitaciones de la vivienda, vemos que en el caso de los hogares numerosos (5-9 miembros y más de 10 miembros) un 58% y un 43% respectivamente, reside en viviendas que poseen hasta dos habitaciones, es decir en condiciones de hacinamiento. Al mismo tiempo, en el 53% de los hogares más numerosos al menos cinco de los integrantes son menores de 14 años.
Otra dimensión a tener en cuenta para caracterizar sus condiciones de vida, es la forma de acceso a la salud y los servicios sanitarios. En este caso, un 85% de la población no se encuentra afiliado a ningún sistema de salud. Un 59% concurre al hospital público cuando requiere atención médica, un 38% a las salas de atención primaria, mientras que el 3% restante accede a través por otros medios. Respecto a las formas de prevención, más de un 75% no realizó ningún tipo de control clínico en el último año, y más de un 80% no realizó ningún control odontológico. En el caso de las mujeres, más de un 60% no realizó ningún control ginecológico en el transcurso del año previo a la realización del relevamiento. La cuestión de la salud aparece como una dimensión sumamente relevante en este grupo, dada la alta exposición a riesgos y accidentes que conlleva el trabajo del cartonero. En relación a ello, las principales enfermedades y dolencias que mencionan tener estos trabajadores están relacionadas a dolores lumbares, problemas de reuma y artritis, hernias y diversos tipos de estados gripales producto del trabajo a la intemperie, sin utilización de prácticamente ninguna medida de seguridad.
La situación se complejiza aún más al tener en cuenta que los trabajadores no acceden a ningún tipo de protección vinculada a la seguridad social, lo que genera una situación de gran inestabilidad e incapacidad de previsión a futuro. Esta relación con el mundo del trabajo y el acceso a la seguridad social se extiende generalmente a todos los miembros de los hogares aumentando la situación de vulnerabilidad de sus integrantes y potenciando los riesgos de exclusión.
En el caso de los trabajadores que entrevisté, más de la mitad es el principal sostén del hogar, aproximadamente un tercio tiene como sostén a su madre o padre y el 6% restante a su cónyuge. Ello estaría marcando que el cartoneo constituye en más de la mitad de los casos el ingreso principal del hogar (o uno de los principales). Cuando el sostén es otro de los miembros, sus actividades laborales también son trabajos informales y precarios. Cuando el principal ingreso lo aportan los padres, las ocupaciones más frecuentes son, entre los hombres, la albañilería, la venta ambulante, el cartoneo, y las changas; mientras que en las mujeres son el cartoneo, el empleo doméstico y el servicio de limpieza y los recursos provenientes de políticas sociales. Estos datos nos muestran el carácter familiar de la actividad, ya que es habitual que más de un integrante del hogar la lleve a cabo y su coexistencia con ocupaciones caracterizadas por la informalidad.
Otro de los datos que contribuyen a clarificar esta afirmación es que sólo un 32% de los entrevistados realiza otros trabajos, además de la recolección, por lo cual el cartoneo aparece para un 67,9% de nuestros entrevistados como la única actividad laboral que realizan. Esto no resulta sorprendente, dado que como veremos, el ciclo de trabajo es realmente extenso e involucra casi toda la jornada. La especificación sobre los otros trabajos realizados muestra que el complemento de los ingresos provenientes del cartoneo, se realiza a partir de otro tipo de actividades informales, principalmente de “changas” de albañilería, limpieza, pintura o venta de distintos productos en ferias y en la vía pública.
Gráfico 3: Principal sostén del hogar (distribución porcentual)

Fuente: Elaboración propia en base a 78 cuestionarios – 2010
El rol que tiene el cartoneo dentro de la economía del hogar se pone asimismo de manifiesto al analizar la cantidad de miembros que aportan económicamente. Entre los hogares relevados, casi la mitad (47,95%) tienen como único aporte económico los ingresos económicos provenientes de la recolección informal. Un 25% de los hogares tiene otro miembro que percibe ingresos, además de quien cartonea, un 15% otros dos ingresos diversos a la recolección, y el resto entre tres y cinco miembros que aportan, sin tener en cuenta a quien cartonea. Al observar los otros tipos de ingresos del hogar se observa que también ellos provienen en su gran mayoría de actividades informales. Así entre las principales respuestas encontramos que las principales ocupaciones de los miembros de los hogares de los entrevistados se dedican a la fabricación y venta del pan, son empleados de limpieza (principalmente en el caso de las mujeres), albañiles o peones en la construcción, plomeros, vendedores ambulantes o en ferias, o bien son jardineros, o realizan “changas” diversas.
Gráfico 4: Cantidad de miembros del hogar que trabajan, sin incluir la recolección y sin incluir al entrevistado (distribución porcentual)

Fuente: Elaboración propia en base a 78 cuestionarios – 2010
Otra aproximación a los niveles de vida de la población nos la proveen los ingresos semanales aproximados que declaran los recolectores en las respuestas. De allí surge que durante el 2010, el 76% de los entrevistados tenía un ingreso semanal por hogar menor a los $400 semanales, es decir, de $1.600 mensuales, respecto a los $1.740 fijados por el consejo del salario a partir de agosto del 2010 como salario mínimo. De esta población, un 15% no alcanzaba a ganar $100 semanales, un 27% percibía entre $101 y $200, un 19,7% entre $201 y $300 y un 13,6% entre $301 y $400.
Es decir, que dentro de la población entrevistada encontramos una alta proporción de hogares extendidos, cuyos miembros en su gran mayoría son, o bien desempleados o económicamente inactivos y quienes trabajan lo hacen en condiciones de informalidad y precariedad, insertos en ocupaciones con escasos niveles de protección social y bajos ingresos. Así, la gran mayoría de los hogares perciben ingresos que se encuentran por debajo del salario mínimo, generalmente complementados por la percepción de beneficios asignados por programas sociales y recursos no monetarios (en el 60% de los casos entre 1 y 3 miembros es beneficiario de algún tipo de programa), tales como el acceso a comedores en escuelas (casi un 40% de los hogares con más de un menor de 14 años posee al menos un miembro que concurre a comedores), bolsas de alimentos y otro tipo de donaciones.
Gráfico 5: Ingreso semanal aproximado del hogar del entrevistado (distribución porcentual)

Fuente: Elaboración propia en base a 78 cuestionarios – 2010
De esta forma, el cartoneo incide sobre el desarrollo de todo el grupo familiar, multiplicando los efectos de la exclusión económica y social sobre las diversas generaciones ya que, desde esta perspectiva, la problemática del desempleo y la inscripción en la informalidad y la precariedad representa uno de los principales factores que incide en la ruptura de vínculos sociales en diversos niveles (micro, meso y macro), es decir en quiebres que se observan tanto en la organización familiar como en el debilitamiento de lazos vecinales o la ruptura de la solidaridad basada en los sindicatos y otro tipo de asociaciones (Silver, 1994).
Una de las preguntas iniciales que surgieron en los primeros estudios sobre los cartoneros estaba relacionada con el origen socio laboral de los recolectores: ¿Cuánto tiempo hacía que habían ingresado en la actividad? ¿Cuáles eran sus ocupaciones anteriores? ¿Qué vinculaciones previas habían tenido con el mundo del trabajo? ¿Había diferencias entre los cartoneros o todos pertenecían a un mismo grupo social?
Al respecto, Paiva (2003) realizó una primera distinción a partir de aquellos que acudían al cirujeo como una estrategia de supervivencia diaria y aquellos que eran poseedores del “oficio”. Así, menciona que “es posible establecer diferencias entre el cirujeo informalizado y el cirujeo de oficio según: el tipo de residuo que se busca, la forma en que se realiza la recolección y el instrumento utilizado para realizarla” (p. 6). En el primer caso son cirujas que principalmente buscan ropa y comida utilizando diversos tipos de carros improvisados o bolsas. Los cirujas “de oficio” utilizan carros especialmente construidos para la recolección, se orientan hacia un destino fijo y conocido y recogen esencialmente materiales reciclables como plástico, cartón y diversos tipos de papel.
Posteriormente Pablo Schamber (2008) estableció otra forma de diferenciación de los recolectores, en base a sus orígenes sociales: por un lado estarían aquellos que provienen de una situación de pobreza estructural (y que en algunos casos ya contaban con cierta experiencia en la actividad) y, por otro, aquellos provenientes de sectores medios empobrecidos. Así que estos grupos quedarían constituidos de la siguiente manera:
- Aquellos que tienen una larga trayectoria en la actividad, los “cirujas tradicionales”. Estos son sectores que ya poseen una larga trayectoria en la pobreza, son los habitantes históricos de las villas y barrios pobres, que intercalaban la recolección de residuos con diversos tipos de changas o actividades de servicio doméstico; actividades todas que formaban parte de la reproducción de la unidad doméstica.
- Los nuevos pobres producto de las reformas de los ´90 y la crisis posterior del 2001. Son aquellos que se integran a la actividad como “un rebusque”, como algo transitorio en la espera de conseguir un empleo. Muchos de ellos tienen mayores niveles educativos que los del primer grupo, así como oficios y trayectorias laborales no relacionadas con la recolección.
El análisis de los datos que hemos relevado, así como de aquellos provistos por el RUR estarían indicando que la mayor parte de los recolectores pertenece al primer grupo de los que menciona Schamber, y es posible pensar que, aquellos que entraron de manera transitoria en la actividad (provenientes de los sectores medios empobrecidos) lograron reincorporarse al mercado de trabajo formal luego del proceso de recuperación económica del país de los últimos años. No tenemos datos para confirmar esta hipótesis, pero sin embargo sí es posible caracterizar al grupo de trabajadores que hemos encuestado y a partir de la reconstrucción de sus trayectorias laborales, armar un perfil estimativo de este sector.
Tomando para ello como primera referencia los datos provistos por el RUR, un 78% tenía otra ocupación antes de comenzar a cartonear, de los cuales un 25% se encontraba dentro del sector de la construcción y otro 25% en el sector de servicios personales y servicio doméstico. Luego un 15,4% se encontraba inserto en el sector de la industria y la manufactura y un 14% en el comercio. El resto de los recolectores se encuentra distribuido en otras ramas de actividad. Si bien los datos provistos por el RUR respecto al desglose de ocupaciones dentro de cada rama son incompletos, nos permiten acercarnos a una idea general de los principales trabajos previos al cartoneo de quienes se dedicaban a la actividad en el 2003. Los siguientes cuadros presentan esta situación:
Cuadro 3: Actividades anteriores al ingreso al cartoneo de los recuperadores urbanos inscriptos en el RUR, por sector y detalle en cada rama de actividad
Fuente: Dirección General de Estadística y Censos – Ministerio de Hacienda GCBA (2003)
En el caso de mis datos se observa que un 66,7% de la población relevada trabajaba antes de comenzar a cartonear, mientras que para el 33,3% restante la recolección se presenta como la actividad de ingreso al mundo del trabajo. Dentro del primer grupo la amplia mayoría son hombres (un 73,1% frente a un 26,9% de mujeres), mientras que la relación se invierte en el caso de para quienes la recolección es su primer trabajo, siendo una proporción de 61,5% para las mujeres y 38,5% para los hombres. Asimismo, entre quienes declaran que ingresaron al mercado laboral a través de la recolección, el 80% son menores de 30 años.
Gráfico 6: Distribución porcentual por sexo y edad de ingreso al trabajo entre quienes su primera ocupación fue el cartoneo


Fuente: Elaboración propia en base a 78 cuestionarios – 2010
Al indagar sobre los motivos que llevaron a los sujetos a abocarse a la actividad, esta relación tiende a clarificarse, dado que en el caso de las mujeres el ingreso a la actividad aparece como resultante de la necesidad de reemplazar al rol de marido o cónyuge como proveedor, sea porque éste ha quedado desempleado o bien porque la relación se ha disuelto. Como en los casos de Mabel (49 años) “porque mi marido se quedó sin trabajo y tuve que salir a cartonear para vivir”; de Rosa (57) “Cuando me separé de mi marido no tenía para comer y tuve que salir a cartonear”, de Lorena (34) “Y… en esa época mi marido se había quedado sin trabajo y yo empecé a juntar por necesidad”; o de Zulma (44) “Estaba sin trabajo, mi marido antes trabajaba en CLIBA y se quedó sin nada y yo ahí empecé a salir con una vecina”. De ahí que, si bien la situación de no trabajo aparece en la mayor parte de las respuestas, generalmente en el caso de las mujeres ello está ligado a la relación con la ruptura provocada por el desempleo de sus maridos o parejas, o bien con la ausencia de éstos.
Similar a ello es la situación de los más jóvenes entre quienes los motivos mencionados aparecen generalmente ligados a la necesidad de colaborar con el sostenimiento del hogar o a la dificultad de acceder al mercado de trabajo para tener un ingreso propio. Por ejemplo, Marcela (17) dice “Yo empecé para ayudar a mi mamá y después bueno me gustó y me acostumbré”; algo parecido mencionan Rodrigo (16) “Porque empezó mi familia y tenía que ayudar, nos faltaba para comer”, María Celeste (18) “Yo arranqué por necesidad y para acompañar a mis padres, para ayudarlos” y Johanna (16) “Cuando se fue mi papá de mi casa no había otro sostén económico, asique mi mamá se vino conmigo y mi hermano, nos vinimos a la capital y ahí empezamos”. La situación de no trabajo se ejemplifica también cuando Pablo (22) dice “Y… yo no conseguía trabajo en ningún lado y no me quedó otra” y Sergio (19) “Porque no tenía trabajo y algo tenía que hacer”.
Diferente es el caso de los hombres adultos, en donde los motivos del ingreso a la recolección se referencian o bien con la falta de empleo o bien con las condiciones de trabajo que ofrecen los empleos a los que pueden acceder. Así lo mencionan Antonio (33) “Mirá, si te digo la verdad, yo me cansé de los garcas, te hacen laburar muchas horas, mucho sacrificio y no te dan nada, mejor así”; Juan (42) “Porque no tenía trabajo y no me gusta ser basureado y los laburos son así”; Marcos (40) “Yo me quedé sin trabajo y no quería trabajar bajo patrón otra vez, mucho maltrato”; José (51) “yo antes era encargado en un edificio, como 13 años estuve ahí y cuando me quedé sin trabajo, como vivo cerca de un depósito que me conocían, ahí me ofrecieron alquilar un caballo para juntar y ahora ya con mi edad otra cosa no encuentro” y Ernesto (58) “Antes hacía changas albañil y cada vez podía menos con eso, había poco trabajo, asique empecé a cartonear”.
Las situaciones de “maltrato” ejercidas por los “garcas” que llevan a sensaciones como el de “ser basureado” llevan también a que las principales valoraciones que los cartoneros tienen de su trabajo se relacionan con los grados de autonomía e independencia que les permite la actividad. De ahí que cuando pregunté cuáles son las cosas que más le gustan de su trabajo, varias respuestas refieren al hecho de “estar en la calle y ser libre”, ya que es una forma de “tener libertad en el trabajo”, de “no ser dependiente” y de “no tener patrón”. Junto a ello, la posibilidad de “encontrar cosas de valor” como “encontrarse cosas, cadenas de oro, plata, frascos”. Entonces, decidir los horarios y días de trabajo, los recorridos, establecer vínculos y hacer amigos, no seguir órdenes de otros y jugar con la posibilidad de encontrarse cosas de valor -que puedan ser revendidas o utilizadas para el hogar- son algunas de las cuestiones que cobran mayor relevancia para los recolectores. Frente a ello, “trabajar los días de lluvia” o “tener que abrir las bolsas” es decir, “revolver la basura” lo que implica generalmente “andar sucio” o “andar pidiendo”, además de “agarrar el carro pesado” resulta “muy cansador”. Por lo cual, los principales problemas y valoraciones negativas que los recolectores tienen de su trabajo, se relacionan con las condiciones de ejercicio de la actividad, la cual se lleva a cabo sin medidas de protección y con un alto grado de exposición a situaciones de riesgo y violencia. Sumado a ello, otra de las características negativas que se mencionan están relacionadas con el bajo status social de la actividad, como nos decían otros de los entrevistados, “la gente te discrimina” y “te miran mal”.
En lo que respecta a los trabajos previos mencionados por nuestros entrevistados, aquellos que aparecen con mayor frecuencia se relacionan con actividades informales y de bajos ingresos. Sólo un bajo porcentaje menciona haber trabajado alguna vez en blanco (un 27% del total), mientras que un 61,5% declara haber sido asalariado en negro y un 11,5% cuentapropista. Entre las ocupaciones anteriores al ingreso al cartoneo que se mencionan, la mayor parte se dedicaba a la albañilería o tareas relacionadas con el ámbito de la construcción, a la carpintería, al servicio doméstico y a diferentes tareas de limpieza. Algunos de los entrevistados eran también empleados de comercio, panaderos o se dedicaban a la venta de productos en la vía pública o en ferias callejeras. El tiempo de permanencia en la ocupación anterior es otra de las características que nos permite determinar el carácter precario de la inserción previa de los trabajadores. Así, casi la mitad de los recolectores trabajó durante menos de un año en la ocupación previa al cartoneo, y apenas un 20% de los entrevistados tuvo una permanencia mayor a cinco años en dicha ocupación.
Gráfico 7: Relación laboral de la ocupación anterior al cartoneo y tiempo de permanencia en dicha ocupación (distribución porcentual)


Fuente: Elaboración propia en base a 78 cuestionarios – 2010
Respecto a los oficios y capacitaciones, un 33,3% de los entrevistados menciona poseer un oficio, entre los cuales aparecen como principales la albañilería, la carpintería, la mecánica y la panadería. Apenas un 15% declara haber realizado algún curso de formación. Las actividades de formación mencionadas refieren a cursos de computación (1), costura (1), electricidad (3), mecánica (2), enfermería (1), peluquería (1), pintura (1) y soldadura (1).
Siguiendo la trayectoria de inserción laboral de los entrevistados es posible ver que la gran mayoría de ellos proviene de actividades informales, de carácter precario y por ende en la mayor parte de los casos sin estabilidad laboral y con bajos ingresos. Ante esta situación el cartoneo aparece como una salida posible para obtener un ingreso ante la dificultad de acceder al mercado de trabajo formal.
Al analizar la trayectoria laboral familiar se observa que los entrevistados pertenecen al menos a la segunda generación de trabajadores informales de sus hogares, en tanto que al consultar sobre la ocupación principal de sus padres aquellas que aparecen con mayor frecuencia son albañiles, carpinteros, chapistas, pintores, vendedores ambulantes y cartoneros. En lo que respecta a las ocupaciones de las madres, al menos el 50% eran amas de casa, mientras que el resto se dedicaba al empleo doméstico o a tareas de limpieza en empresas. Apenas una minoría aparece ligada a trabajos en comercios.
El promedio de años en la actividad del cartoneo de los socios encuestados es de seis años y medio. De entre ellos, el 19 % lleva menos de un año en la actividad, el 20% lleva entre dos y cuatro años, el 28% tiene una trayectoria en la misma que va de entre cinco a siete años y el 33% restante trabaja en la recolección desde hace más de siete años. En este sentido se observa un amplio porcentaje de la población con una larga trayectoria en la actividad del cartoneo. En este caso las diferencias por sexo no son representativas así como tampoco lo son las diferencias por edad en tanto que son los jóvenes quienes prevalecen en todas las categorías de tiempo en la actividad, salvo en aquella que representa a quienes llevan más de 9 años en la recolección. La distribución relativamente homogénea entre los distintos rangos de tiempo de permanencia en la actividad se corresponde a su vez con la percepción acerca de la transitoriedad de la ocupación. En este caso un 47, 4% considera a la actividad como algo permanente, un 50% como algo transitorio y un 2,6% ninguna de las dos opciones. Dicha percepción no presenta variaciones en relación al tiempo de realización de la actividad ni a la edad de los entrevistados. En este caso, tanto jóvenes como adultos se distribuyen de forma casi igualitaria en la percepción del trabajo como permanente o transitorio. Lo mismo sucede en relación al nivel educativo de los encuestados, en tanto no se presentan diferencias sustanciales entre las categorías de la variable. Sin embargo, ante la posibilidad de otra alternativa laboral un 83,3 % de los entrevistados responde que dejaría de cartonear si ésta surgiera, aunque sólo un 21,8% buscó otro trabajo en las últimas dos semanas de aplicado el cuestionario.
El análisis de estas dimensiones nos permite entonces un acercamiento más preciso a conocer quiénes son los trabajadores que se dedican a cartonear. Un primer emergente es que, de manera similar a los datos que aparecen en el registro de recuperadores urbanos realizado en el 2003 en base a una muestra de gran magnitud (8.150 cartoneros), la mayor parte de los recolectores son hombres, siendo que duplican a la cantidad de mujeres. Se observa también una importante presencia de trabajadores jóvenes, menores de 25 años. Casi la totalidad de nuestros encuestados (como así los del RUR) tienen muy bajos niveles educativos y largas trayectorias de inserción en trabajos precarios e informales. También un sector mayoritario forma parte, al menos, de la segunda generación con trayectorias laborales informales.
Luego de esta caracterización formal, que nos permite ubicar a la población entre lo que la literatura ha denominado como “trabajadores informales”, “marginales urbanos”, “excluidos” o “precarios”, avanzaremos en el análisis de su vida cotidiana en el trabajo, conforme al plan de trabajo propuesto.
El ciclo de trabajo cartonero
El cartoneo ha adquirido un peso específico entre los modos populares de vida como contracara de un modelo de acumulación que se basa en dos pilares: el boom del consumo y la heterogeneización social. Pero también hay otras improntas de la organización de la producción contemporánea que pueden observarse en esta actividad que se vislumbran en este testimonio:
Desde el día de la madre [tercer domingo de octubre] empezamos a ganar un poco mejor. Se empieza a consumir mucho más gaseosa, se hacen regalos, y eso a nosotros nos mejora por el cartón, el nylon, ¿me comprendés? Y se junta bien y se vende bien porque las empresas están en la repuntada para navidad. Más o menos va bien la cosa hasta mediados de diciembre, lo que no hiciste ahí ya no lo vas a hacer. Navidad ya empieza a complicar porque hay mucho para vender y ya te compran menos por las vacaciones… después hasta febrero, a veces marzo es la muerte. Y ahí arranca otra vez a mejorar de a poco”. (Carlos, Entr. 4, Red Nacional de Cartoneros)
El testimonio de Carlos marca un ciclo anual con momentos clave: el día de la madre, las fiestas de fin de año, las vacaciones de verano. Esto nos señala a su vez, las características del mercado al que se dirige la actividad y de la influencia del consumo. La cantidad de oferentes hace que un incremento en la disponibilidad de materiales no signifique necesaria ni automáticamente un mejor ingreso: su incapacidad para acopiar hace que los precios de venta sean sumamente fluctuantes, sometidos a la doble presión de la estacionalidad y el desarrollo de la actividad industrial.
En tal sentido, 2008, el año de este diálogo, fue un año muy difícil para los cartoneros porque la crisis financiera impactó negativamente en las expectativas de las empresas, lo cual llevó a una desaceleración la actividad industrial. Esta caída de la demanda se dio en un contexto de sostenimiento de la oferta, debido a que el consumo familiar siguió en su nivel habitual, por lo cual los precios estuvieron “planchados” casi todo el año.
Este tipo de situaciones muestra las dificultades que tienen las pequeñas cooperativas y los emprendimientos familiares para avanzar en la cadena productiva hacia actividades con mayor agregado de valor, lo cual beneficia a los otros “actores de la cadena” (Angélico y Maldovan, 2008). En relación a ello, el segundo actor dentro de esta cadena lo conforman los distintos tipos de intermediarios, generalmente llamados “galponeros” o “depósitos”. En el año 2006 un estudio realizado por el GCABA había identificado en la CABA un total de 114 establecimientos dedicados a la comercialización de materiales reciclables, 98% de los cuales se sitúa al sur de esta Ciudad. De los mismos solo el 20% se había constituido como proveedor industrial, mientras el otro 80% se dedicaba a vender a galpones de mayor tamaño. Considerados desde el punto de vista de las actividades realizadas, el 63% se dedicaba a la compra-venta de materiales, mientras que el 37% restante realizaba algún proceso de agregado de valor. Se estima que a través de los galpones se comercializan 250 toneladas diarias de papel y cartón y 150 toneladas de otros materiales. Dicho estudio divide a estos galpones en dos grandes grupos que son definidos de la siguiente manera:
a) Los galpones “tipo 1” (84%): obtienen sus insumos a partir de la compra a cartoneros, carecen de equipamiento, manejan poco volumen, comercializan principalmente con otros galpones y presentan cierto rasgo de formalidad.
b) Los galpones “tipo 2” (16%): obtienen sus insumos a partir de la compra a otros galpones, poseen equipamiento, manejan mucho volumen, comercializan directamente con la industria y se encuentran registrados.
Entre ellos existen formas intermedias que combinan rasgos de ambos tipos. Estos son galpones de tamaño intermedio que obtienen insumos de la compra a recolectores y eventualmente a otros acopiadores o cooperativas. Los mismos comercializan sus productos con grandes acopiadores o cooperativas que trabajan con grandes volúmenes de materiales.
El tercer actor de la cadena está constituido por las industrias. Las mismas se encuentran en la pirámide del circuito siendo el último eslabón existente entre la recuperación en la vía pública y la reinserción de los residuos como materias primas para la fabricación de distintos productos. Todas se encuentran dentro del sector formal y por los volúmenes que manejan no se relacionan con los recolectores. Dentro de las grandes industrias encontramos a Siderca (hierros), Zucamor, Papelera del Plata, Smurfit, Massuh (papeles), Cattorini (Vidrios) y Coca-Cola (plásticos). Las industrias que consumen los materiales reciclables presentan un alto grado de concentración en el mercado, siendo en algunos casos monopólicas. Ello determina que las mismas sean quienes fijan los precios de mercado de los materiales, regulando a su vez la demanda de la actividad y delimitando por tanto el margen de ganancia del resto de los actores.
En tal sentido cartonear no es solo, como aparece a primera vista, la recolección de materiales en la vía pública. El oficio del cartonero requiere poner en práctica una serie de conocimientos y técnicas en torno a los materiales de recolección y los precios de mercado, pero también requiere de la construcción de vínculos sociales basados generalmente en la confianza y la reciprocidad (Perelman, 2010b). Para ser cartonero, ante todo, hay que saber qué juntar y ello está relacionado con qué materiales son los que tienen un valor en el mercado que resulte redituable. De ahí que es necesario distinguir entre diversos tipos de papeles y cartones, de plásticos, vidrios y metales[5], pero también conocer el mercado disponible.
Como veremos, estos factores funcionan como condicionantes a la actividad productiva, haciendo de este oficio una tarea que exige no solo habilidades técnicas si no sociales y comerciales que forman parten del conocimiento implícito que posee todo cartonero que se precie de tal.
El ciclo de trabajo cartonero tiene diferentes espacios y ámbitos de realización: la calle, el tren, la casa, el galpón. En cada una de estas instancias el cartonero puede realizar solo su actividad o junto a otros colegas, es habitual también que los integrantes de un grupo familiar intervengan en ciertas estaciones del ciclo y no en otras. Pero en cada una de estas instancias el oficio se encuentra con diversas fuentes de regulación que es necesario analizar para comprender adecuadamente el sentido de las prácticas que se despliegan.
La calle: Vecinos, clientes y colegas
El oficio del cartonero transcurre a la vista de todo el mundo y esta condición es la primera instancia de familiarización con la actividad para muchos, como relata Linda
Yo aprendí el oficio porque yo vivía acá y me juntaba con unos cirujas que vivían en la calle y los acompañaba a cartonear, hasta que después aprendí yo y empecé a cartonear yo sola y ellos me enseñaron lo que era la calle y hasta acá estoy, después bueno empecé a viajar en el tren… vendía acá primero, después me mudé a provincia y ya viajaba con el carro en el tren, iba con el carro en el tren. (Linda, Entr. 14, NEO)
El testimonio de Linda marca la proximidad como el punto de partida para su aprendizaje: ella “se juntaba con unos cirujas”, los acompañaba a “cartonerar” y así aprendió. En esta primera descripción se establecen las diferencias entre ser ciruja, como un modo de vida, y cartonear como una actividad. Los cirujas son quienes viven en la calle y que, eventualmente, recogen materiales para su venta. Cartonear es una actividad que se puede llevar a cabo en solitario o en grupo y que puede ser practicada por personas en situación de calle, pero también por otras que, como Linda, tienen una casa en la que vivir. Ciertamente, en diversos testimonios el cirujeo como verbo se utiliza como sinónimo del cartoneo, pero como sustantivo tiene siempre connotación peyorativa y habitualmente señala a las personas en situación de calle. Decirle a otro “no seas ciruja” es decirle no seas miserable o aprovechador, “pareces un ciruja” es señalar su aspecto desaliñado o descuidado. No obstante, la proximidad semántica de los términos muestra el poco tiempo transcurrido entre el momento en que esta actividad era considerada como una infracción, un aprovechamiento indebido de los recursos públicos y la situación actual en que es reivindicada como oficio y como servicio a la comunidad.
En todo caso, los “cirujas con los que se juntaba” le mostraron a Linda el oficio, pero también le ayudaron a comprender lo que era “la calle”. En este caso, la calle no señala el lugar en que se vive, si no el ámbito en el que se desarrolla la actividad. Conocer la calle significa entender la lógica de los recorridos posibles para evitar enfrentarse con otros, pero también para poder obtener materiales provechosos. En este punto, como ya vimos, no se trata de tener en mente una lista de materiales y aprender a distinguirlos solamente, si no saber a quién venderle y qué llevar y qué no. Como vimos este conocimiento no es estático, ni dado de una vez y para siempre, sino que está influido por lo que “rinde” cada material.
Los galpones fijan los precios en función de los clientes que ellos tienen y la demanda que reciben y esto influye en el circuito de recolección. En este sentido, hemos recogido a lo largo del trabajo de campo diversas “quejas”, como las del dueño de una pizzería que comentaba que “para que los cartoneros se lleven el vidrio los tenés que endulzar con cartón… y ahí te lo llevan, aunque capaz que te encontrás las botellas a dos cuadras”. Esto ocurre porque hay materiales que por momentos “no tienen salida”, no son demandados y entonces no tiene sentido acarrear. Esto también hace a “conocer la calle”.
Mi relevamiento muestra tres modalidades bien identificables de iniciación en el cartoneo. La primera de ellas tenía que ver con la observación, con el aprender solo, así “aprendí solo”, “caminando y mirando”, “de ver a los demás” son respuestas muy habituales. La segunda forma de aprendizaje que aparece tiene que ver con el aprendizaje a partir de la enseñanza de otro, que pueden ser amigos, vecinos, conocidos o familiares. Finalmente, la tercera modalidad se relaciona con la segunda, pero prefiero diferenciarla para hacer hincapié en la importancia de las trayectorias en la actividad. Aquí incluyo a aquellos que también aprendieron de otros pero que lo realizaron desde la infancia. Así hay un grupo que aprendió “ayudando” a los padres y luego comenzó a cartonear por su cuenta. Son aquellos que como me decía uno de mis entrevistados: “uno nace ciruja”.
De ahí que las formas de aprendizaje de cómo y qué recolectar se dan generalmente a partir de la observación de cómo otros lo hacen y fundamentalmente a través de la transmisión de dichos saberes entre amigos, familiares o vecinos, como mencionaba otro entrevistado “Es fácil, juntás lo que ves que se vende, observando lo que hay en los galpones que compran”. El qué juntar se aprende entonces, generalmente de la mano de la observación y del trabajo con otros que ya poseen el oficio. Éstos son quienes enseñan, de quienes se aprende.
Por otra parte, los cartoneros suelen recoger otros bienes de la vía pública que en ocasiones se destinan al autoconsumo y en ocasiones a la comercialización. Entre ellos, un 91% obtiene ropa ocasionalmente, un 84,6% obtiene juguetes, un 75,6% alimentos y un 80,8% muebles y artefactos para el hogar. En relación a esta cuestión es central la relación que se establece con los “clientes” quienes son muchas veces los que facilitan el acceso a este tipo de bienes. Cuando estos se consiguen a través de este tipo de acuerdos su aprovechamiento es mayor porque los bienes no han sido deteriorados por el contacto con la basura. Generalmente la entrega de estos objetos responde a gestos de “generosidad” (reciprocidad asimétrica), pero ocasionalmente se dan situaciones de intercambio un poco más simétrico: el recolector se lleva las ramas de la poda y se le entrega a cambio una bolsa con zapatillas, ayuda a acomodar una carga de ladrillos y se le regalan una “caja con mercadería”, etcétera.
La otra cuestión que se ve en el testimonio de Linda son las modalidades posibles para ejercer la actividad. Ella siempre recogió materiales en la Ciudad de Buenos Aires, pero la diferencia está dada por el hecho de que al principio vendía lo recogido en la ciudad y luego comenzó a acopiar en su casa, para lo cual “ya viajaba con el carro en el tren”. Esta segunda modalidad implica una mayor capacidad de su parte para elegir al comprador y el momento en el cual hacer la venta. También introduce otras cuestiones vinculadas al hecho de que la mayor parte de mis entrevistados reside a varios kilómetros de la Ciudad, pero de esa cuestión me ocuparé en el próximo apartado.
En cuanto a los materiales que recogen mis entrevistados, el cartón y el papel son apreciados por la mayoría (91% y 85,9% respectivamente) con un promedio de 79 y 52 kilos cada uno por día, seguidos por el PET[6] (64,1%, 19 kilos promedio), el cobre (59%, 2,4 kilos promedio), el vidrio (35,9%, 39 kilos promedio) y la chatarra (25,9%, 85 kilos por día).
Cuadro 4: Cantidad de materiales que cada cartonero recolecta por día (valores expresados en Kg. por material)
Fuente: Elaboración propia en base a 78 cuestionarios – 2010
Por otra parte, el valor de los materiales no depende únicamente de su tipo si no de que se encuentre limpio y bien clasificado. Por ejemplo, el papel mojado, engrasado o manchado, llamado “segunda”, vale apenas el 10% de lo que vale el papel limpio y seco. En tal sentido puede decirse que la tarea de separación -y agregación o preservación del valor- comienza en el recorrido cuando el cartonero se asegura de que los materiales recogidos hayan sido acopiados de modo tal de “no contaminarse”, para utilizar la expresión nativa. Esto nos lleva a otro punto central que es el transporte de los materiales, lo cual constituye un punto central, como ejemplifica Alicia:
Claro, me enseñaron, los que eran cartoneros antes que yo me enseñaron. Esto tenés que juntar, lo otro no, lo otro sí. Bueno después ya era una cartonera, ya está. No tenía ni carro, te digo, cuando vine. Parecía un ekeko. (Alicia, Entr. 36, RF)
El testimonio de Alicia condensa entonces las distintas etapas del proceso de aprendizaje. Lo que hace a un cartonero como tal es saber lo que “tenés que juntar”, una vez se adquiere esa habilidad ya sos cartonera, “ya está”, aunque como ella no tengas un carro para transportar lo que vas recogiendo. La cuestión del tipo de carro que se utiliza también señala algunos rasgos del oficio, así como los cambios que ha experimentado a lo largo de los años.
Tradicionalmente, los recolectores -cirujas, carreros, botelleros- habían utilizado los carros tirados a caballo para trasladarse por la Ciudad (Paiva, 2006), pero el crecimiento extendido de la actividad llevó a un mayor control sobre las formas de recolección. Así, a pesar de que la tracción a sangre se encontraba prohibida en la Ciudad desde mediados del siglo XX[7], hasta principios del siglo XXI era frecuente que los cartoneros la utilizaran. La continua incautación de los caballos que realizaba la policía, sumada a la prohibición que recaía sobre la recolección informal llevó a que esta modalidad fuera cada vez menos utilizada, reemplazándose por otros medios que pudieran ser manipulados directamente por el trabajador. En los últimos años, la forma más extendida del cartoneo es la que se realiza a través del uso de carros autofabricados, comprados, prestados o alquilados, que permiten el traslado de un gran volumen de materiales desde los barrios en los que se realiza la recolección hasta las zonas de residencia o comercialización. A comienzos de la década pasada, Cristina Reynals (2002) realizaba la siguiente caracterización:
La distancia, la duración del recorrido y la capacidad de recolección están estrechamente relacionados con el medio de locomoción del cual disponen los cirujas. Los recorridos con carro a pie tienen una extensión de 6 a 9 km. y demoran de 2 a 4 horas, los de carro a caballo recorren de 10 a 15 km. en 4 a 8 horas mientras que los que disponen de camiones pueden realizar trayectos más largos. En cuanto a la capacidad de recolección, el carro a pie permite transportar hasta 200 kg, el tirado a caballo cerca de media tonelada, mientras que la camioneta de 2000 a 3000 kg. (p. 5)
En lo que se refiere a mi relevamiento, la totalidad de los entrevistados utiliza carros a pie, dado que esta es la herramienta principal de trabajo de los asociados a organizaciones cooperativas que trabajan en calle. Entre ellos, la distancia promedio de los recorridos diarios es de 5,4 km. y el promedio de peso que se transporta en un día normal de trabajo son 137 kg. La mayoría de los entrevistados trabaja en la recolección cinco días a la semana durante un promedio de 5 horas y media diarias. Son los hombres quienes suelen trabajar más días (un 46% de las mujeres entrevistadas trabajan cuatro días o menos y otro 43 % lo hace cinco días, mientras que entre los hombres solo un 30% trabaja menos de cuatro días y el resto lo hace cinco días o más) y quienes transportan mayor peso (un promedio de 157 kg. frente a 96 kg. entre las mujeres).
Gráfico 8: Cantidad de cuadras recorridas y peso acarreado por día (distribución porcentual)
Fuente: Elaboración propia en base a 78 cuestionarios – 2010
Los recorridos diarios que realizan los cartoneros incluyen no solo las cuadras que transitan durante la recolección (“el recorrido”), sino también aquellas que caminan para llegar a sus hogares. En lo que respecta al recorrido, un 82 % de los entrevistados mantiene el mismo todos los días de trabajo y ello es atribuido a los lazos ya establecidos con comerciantes, vecinos y encargados de edificios, quienes les proveen materiales. Tal como analiza Mariano Perelman (2010b) la generación y sostenimiento de relaciones estables es una parte fundamental del trabajo, dado que la construcción de estos vínculos habilita al acceso de mayores recursos y sitúa a los actores (clientes, cartoneros y galponeros) en una lógica de obligaciones recíprocas que aparecen investidas de moralidad, generan deudas y producen la imposibilidad de salir de ellas sin que exista algún costo, como por ejemplo, el incremento del grado de incertidumbre acerca de los ingresos que puedan obtenerse en un día/semana de trabajo.
De mis entrevistados, tres cuartas partes mantenían relaciones estables con quienes son llamados sus “clientes”[8], con un promedio de 5 clientes por recolector. Entre los clientes, los encargados de edificios aparecen como los principales para la mayoría de los cartoneros. Un 63,2% ha establecido acuerdos con éstos, mientras que un 50,9% tiene como clientes a los comerciantes y apenas un 21,1% ha establecido acuerdos con vecinos. Los lazos de confianza entre recolectores y “clientes” son fortalecidos por la continuidad en un mismo recorrido que permite el reconocimiento mutuo de los actores, generando el compromiso de las partes para la realización de las entregas. Mientras uno se compromete a retirar los materiales el otro se compromete a guardarlos y entregarlos. Esta relación depende de la constancia del recolector pero, fundamentalmente, de la voluntad del cliente para realizar una entrega. En este sentido, se constituye una relación asimétrica dado que quien recibe, difícilmente puede corresponder lo recibido con otras acciones tendientes a equiparar la relación de donación.
En todo caso, en una actividad sometida a tantos vaivenes, contar con ciertas estaciones fijas atenúa la sensación de inestabilidad, limita la competencia entre pares y permite moldear relaciones menos hostiles con “los vecinos”, con quienes la convivencia era francamente difícil a comienzos de la década. Cada recolector se convierte de este modo en una presencia habitual y familiar en el contexto de “su” recorrido.
La clasificación y venta de los materiales
Una de las tareas centrales en el ciclo de trabajo cartonero es la clasificación de los materiales para su posterior venta. Un 97,4% de los recolectores entrevistados clasifica los materiales antes de venderlos, en tanto esta actividad permite un agregado de valor a los materiales. La clasificación es realizada en un 14,5% de los casos en los carros, a medida que se recolecta, en un 15,8% es realizada posteriormente a la recolección, en la vía pública; en un 68,4% de los casos se clasifica en los hogares y en un 1,3% en los galpones. La utilización de los hogares como espacio de trabajo y acopio trae aparejada también consecuencias socio-sanitarias de gravedad que afectan a todo el grupo familiar, que generalmente también participa de las tareas de clasificación.
La fijación de los precios está también ligada al establecimiento de vínculos y compromisos informales (por fuera de la regulación formal) que los recolectores deben cumplir para garantizar la posibilidad de comercializar su mercadería. El cumplimiento de dichos compromisos está basado principalmente en sostener la relación de compra-venta con un único galponero. Esto les garantiza a los duelos del depósito la posibilidad de mantener un volumen relativamente constante de materiales para procesar y vender, al mismo tiempo que se busca evitar los engaños en el peso y el tipo de materiales comprados. A cambio, los recolectores obtienen mejores precios que los que conseguirían con la venta irregular y la confianza en que la balanza pesa correctamente. Además, generalmente acceden a una serie de beneficios tales como préstamos de dinero o distintos tipos de ayuda en alimentos, medicamento, ropa, etc. De este modo, se fundan relaciones con base en la confianza mutua que permiten que unos y otros obtengan mejores ingresos de sus actividades. En efecto, dos tercios de mis entrevistados mantenían una relación fija con su comprador desde hacía más de un año, lo cual nos era explicado por ellos de la siguiente manera:
Cuadro 5: Beneficios de la permanencia en la relación compra-venta (respuesta múltiple expresada en valores absolutos y porcentajes)
Beneficios percibidos |
N |
% |
Total |
Mejores precios |
24 |
20,00% |
32,40% |
Confianza en el peso de la balanza |
31 |
25,80% |
41,90% |
Estabilidad en la relación compra venta |
17 |
14,20% |
23,00% |
Ayudas (medicamentos, comida, etc.) |
9 |
7,50% |
12,20% |
Préstamos de dinero |
16 |
13,30% |
21,60% |
Ninguno |
23 |
19,20% |
31,10% |
Total |
120 |
100,00% |
162,20% |
Fuente: Elaboración propia en base a 78 cuestionarios – 2010
Una de las maneras de fortalecer estos acuerdos, que también beneficia a los recolectores, es el servicio de compra a domicilio que prestan los galponeros. Ello permite que los cartoneros no deban trasladarse hasta los depósitos ahorrando de esta manera tiempo y esfuerzo físico en el traslado de los materiales, y que puedan acopiar los residuos en sus hogares para luego vender por cantidades mayores. Al respecto uno de los cartoneros que entrevisté me comentaba:
Yo vendo cada diez días, o cada quince. Llevo a mi casa, bajo toda la mercadería, cartones, todo, ya voy embolsando, acomodo todo bien. Llego a casa, y acomodo, cartones, papeles blancos, diarios, y acomodo bien, dejo el carro listo para el otro día, para salir. Y lo voy amontonando todo, cuando veo que ya me ocupa el lugar, donde yo tengo que cubrir ese lugar, cuando veo que ya está cubierto; voy al depósito donde yo vendo y le digo que quiero que me vaya a buscar, y va el camión y cargamos y llevamos al depósito, y pesamos, y después voy a buscar, los bolsones voy al otro día a buscarlos porque vos pesas y lo dejan todo ahí, porque puede ser los depósitos al otro día lo usan para tirar, para acomodar. Entonces ellos ya saben cuáles son mis bolsones para entregar, y yo llevo diez bolsones o veinte bolsones, vacían todo y lo meten todo en uno. Y sino cuando va para el lado mi casa, van y me dice, mira Valentín acá tenés tus bolsones, me los dejan en mi casa. Y por ahí, si yo necesito plata, si yo voy y hablo con ellos, mira necesito urgente plata porque tengo un problema serio y me prestan, porque saben que yo no soy garca… (Valentín, Entr. 47, RT)
El relato de Valentín muestra diversos componentes en la relación. En primer lugar, la cuestión de la organización de las actividades que hacen a esta instancia del ciclo de trabajo. Al llegar a su casa luego del recorrido él efectúa una clasificación de los materiales de un modo bastante meticuloso, como da a entender al señalar repetidamente “todo bien”. Coloca cada uno de los materiales en uno de “sus” bolsones. Luego deja listo su carro para emprender el recorrido al día siguiente. Una vez que ya no puede acopiar más, da aviso al galpón para que vayan a retirar los materiales clasificados y pueda realizarse el pesaje. Una vez efectuado el pesaje, se retira y al día siguiente le devuelven “sus” bolsones para que pueda reanudar la tarea. El pesaje es el momento más importante porque es ahí donde se establece el monto a pagar y Valentín está presente. Sin embargo, lo que muestra la enorme confianza que existe entre él y su comprador es que él se retira antes de que se vacíen los bolsones. Esto indica que uno y otro confían en que el contenido es el declarado y que el galponero no va a mentir al respecto. En tal sentido, ocurre a veces que un reciclador entrega un bolsón que dice que es de “blanco” y resulta que está “contaminado con segunda”, con lo cual no tiene el mismo valor y el depositero se niega a pagar el monto del pesaje al valor establecido para el papel blanco. Pero también hay cartoneros que denuncian que el galponero miente respecto al contenido del bolsón para “pagar menos”. De ahí la importancia del gesto de retirar los bolsones al día siguiente.
Otra cuestión que pone de relieve Valentín es que, eventualmente, el galponero le puede adelantar dinero cuando él lo necesita, lo cual vuelve a subrayar la relación de confianza establecida entre ellos. Como dicen Valentín, dado que él no es “un garca”, devuelve lo que se le presta, embolsa lealmente, goza de estas muestras de confianza.
El acopio de los materiales previo a la venta obedece principalmente a dos factores, la posibilidad de obtener mejor pago, por un lado y la de aprovechar al máximo el tiempo, por otro, ir al pesaje es una tarea que se suma a una jornada demasiado extensa y apretada. Los datos de mi relevamiento indican que solo un tercio de la población vende los materiales de manera diaria, un 37% lo hace semanalmente, un 18% quincenalmente y un 12% lo hace mensualmente. Asimismo, otra de las estrategias usuales es guardar determinado tipo de materiales de mayor valor en el mercado, fundamentalmente los metales, como el cobre, el bronce y el aluminio, u otros tipos de objetos como frascos de perfume, muebles, ropa, bidones, que son vendidos en ocasiones especiales. De ahí que “cuando falta plata” o “cuando se junta buena cantidad” es cuando se venden estos materiales que funcionan “como un ahorro” que puede ser un “ahorro para las fiestas” o “para comprar un auto” o “para los gastos de la casa, como la garrafa o la luz”.
Otra de las formas para generar mayores ingresos es la comercialización de materiales en conjunto. Si bien la venta en grupos no es una práctica ampliamente extendida entre los recolectores, existen algunas experiencias al respecto y hoy en día constituye uno de los principales desafíos que buscan llevar a cabo las organizaciones cooperativas de la Ciudad. De los socios que hemos entrevistado, cerca del 60% vendía de manera individual, aproximadamente un 20% con amigos o vecinos y el resto comercializaba junto a algún miembro del grupo familiar. Para quienes venden de manera conjunta, ello brinda la posibilidad de “vender más caro” o de tener “compañía y ayuda en el trabajo”, lo que brinda también “más comodidad” dado que para algunos “es más rápido clasificar” y al mismo tiempo, al dividir el trabajo se reduce la carga lo que “da tiempo para hacer otras changas”.
De ahí que la comercialización en grupos permite obtener mayores ingresos, aligerar la carga laboral y por ende disminuir el tiempo de trabajo dedicado a la recuperación de RSU, pero también fortalecer vínculos entre compañeros, crear lazos de amistad y mejorar las vinculaciones de los recolectores. Sin embargo, la mayor parte de los cartoneros continúa vendiendo de manera individual, dado que la venta en conjunto es percibida como una práctica que “generaría problemas por quién trae más y quién menos” o que implicaría “estar atado”; en este sentido la gran mayoría de quienes venden de manera individual no conciben ningún beneficio posible en la venta en conjunto dado que “habría que dividir” y “vender con otro es para peleas”, de ahí que “tendría que compartir” lo cual “no rinde” y resulta difícil de llevar a cabo porque “es un problema de confianza”.
Como analizaremos más adelante la cuestión de la confianza es una dimensión central en la construcción de los grupos y en la posibilidad de llevar a cabo acciones colectivas. Entre ellas, la venta grupal en el marco de las organizaciones cooperativas permitiría mejorar sustancialmente los ingresos de las organizaciones, y también traería aparejados una serie de beneficios para los asociados que van desde la reducción de la carga de trabajo (menos tiempo dedicado a la venta, menos esfuerzo físico dedicado al traslado de los materiales, por ejemplo) hasta la mejora de las condiciones ambientales de vida, en tanto que los hogares dejarían de funcionar como espacios de acopio. Para desplegar este tipo de acciones es fundamental que las organizaciones construyan vinculaciones entre compañeros y entre éstos y los delegados y representantes, en las cuales la confianza es un elemento central. Dado que la autonomía es una dimensión fuertemente valorada entre los recolectores, la construcción de un trabajo grupal y colectivo y fundamentalmente el vender con otros no es percibido en términos generales como una práctica posible ni como una opción deseable.
Llegar a casa: Carros, trenes y camiones
Gran parte de los cartoneros que trabajan en la Ciudad vive en los barrios periféricos de la Provincia de Buenos Aires, por lo cual la forma de acceso al territorio de trabajo se realiza en otros medios de transporte. Hasta el año 2008 (cuando el sistema de organización y logística comenzó a modificarse a partir de la creación de cooperativas y de ahí el establecimiento de varios acuerdos con el gobierno local) el principal medio utilizado para acceder a la Ciudad era el tren. En los diversos ramales provenientes de las zonas norte, sur y oeste de la provincia, se crearon furgones especiales que eran utilizados por los cartoneros para el transporte de sus carros y de la mercadería recolectada.
El caso más conocido de esta modalidad ha sido el Tren Blanco, correspondiente al ramal proveniente de José León Suárez con destino a la Estación Carranza, en el barrio de Palermo. El tren comenzó a funcionar para los cartoneros en 1999 y dejó de funcionar en el 2007 producto de las reiteradas quejas de los pasajeros del tren y de un conflicto establecido entre la empresa Trenes de Buenos Aires (TBA) y los recolectores del que nos ocuparemos en mayor detalle en el capítulo 3. El tren carecía de asientos, de modo tal que los cartoneros podían subir con sus carros, pero carecía de toda medida de seguridad, higiene, comodidad e iluminación (Paiva, 2008). Para viajar en el tren los cartoneros debían pagar un abono mensual, acordado entre las autoridades de TBA y los delegados de los vagones. Se calcula que hacia mediados de la década el tren era utilizado por aproximadamente 500 cartoneros diariamente (Koehs, 2005). Si bien este ramal representó el caso más emblemático de los trenes por la estructura organizativa que alcanzó, los diversos servicios ferroviarios provenientes desde el Conourbano Bonaerense hacia la Capital eran utilizados por los cartoneros como medio de transporte, teniendo las distintas empresas entre dos y ocho servicios diarios exclusivos para cartoneros. El siguiente cuadro permite mesurar la importancia de los servicios de trenes para la actividad de los cartoneros a partir de la cantidad aproximada de kilos y carros transportados diariamente en cada servicio.
Cuadro 6: Cantidad de carros y materiales transportados diariamente por ramal de tren
|
San Martín |
Sarmiento |
Mitre a Suárez |
Mitre a Tigre |
Roca a Korn |
Roca a Varela |
Carros Promedio |
160 |
250 |
250 |
300 |
100 |
250 |
Kilos Promedio |
71 |
64 |
100 |
100 |
S/D |
62 |
|
Total materiales por tren (Kg) |
11.360 |
16.000 |
25.000 |
30.000 |
S/D |
15.500 |
Fuente: (Pardo et al., 2007): El circuito de recuperación de materiales reciclables en la Ciudad de Buenos Aires: actores, volúmenes y perspectivas.
Otra modalidad de recolección que estuvo ampliamente difundida hacia casi fines de la década pasada en la Ciudad era la recolección con carros a pie o con bolsones, a través del arribo a la Ciudad en camiones gestionados por pequeños empresarios informales privados. Paiva y Perelman (2008) distinguieron tres tipos dentro de esta modalidad: el camión fletero, el camión balanza y el camión empresa. El primer tipo era el más extendido y consistía en el pago realizado por un grupo de cartoneros a un camionero para que los llevara junto a sus carros a los puntos de recolección y luego nuevamente a sus casas. En este caso la mayor parte de los recolectores provenían de la zona sur de la Ciudad y fueron los que luego de un largo conflicto con el GCABA por el acceso a la Ciudad conformaron la cooperativa El Amanecer de los Cartoneros-MTE. El segundo tipo de camión (balanza) además de realizar el traslado de los cartoneros, realizaba la compra del material recolectado funcionando al mismo tiempo como un acopiador. Finalmente, el camión empresa era aquel que trasladaba a los cartoneros a la Ciudad y se apropiaba de los materiales recolectados a cambio de un jornal (Suárez, 2004).
La aparición de estos nuevos intermediarios encargados del traslado, la compra y contratación de los cartoneros dejaba entrever los distintos niveles de articulación que existen en la cadena de recuperación de residuos, en la cual el trabajo de los cartoneros aparece como el primer eslabón de un circuito que en sus niveles más altos, en el que se sitúan grandes corporaciones, se apropia de los enormes beneficios generados por el uso de materiales reciclables. El avance de las regulaciones formales que se dio durante la última década, como consecuencia de la organización y movilización de un grupo de trabajadores acompañado por movimientos sociales y sindicales permitió, como analizaremos luego, desarticular esta red en la Ciudad.
Reflexiones finales
A lo largo de estas páginas he caracterizado a la población vinculada a las cooperativas estudiadas. En la primera parte del capítulo se estudian sus condiciones de vida y sus trayectorias laborales y educativas que pusieron de relieve la centralidad del cartoneo dentro de sus estrategias de reproducción. En tal sentido, quedó de manifiesto que esta actividad no constituye para la mayor parte de ellos, un refugio, un complemento o un rebusque si no su oficio, lo que organiza el uso del tiempo en su vida cotidiana en el hogar y la principal fuente de recursos de la familia. Al analizar detenidamente lo que implica esta actividad quedó también de relieve que no puede ser de otro modo: el cartoneo exige una apretada organización del tiempo que permita sostener el sinnúmero de actividades comprometidas en completar el recorrido cada día y el ciclo completo cada semana, quincena o mes según sea el caso, lo cual involucra no solo un inmenso gasto de energía por parte de quienes salen a la calle –mayoritariamente varones jóvenes- sino de todo el grupo familiar.
Asimismo, he analizado la complejidad de las habilidades y aptitudes que requiere el oficio de cartonero, al menos mientras se realiza bajo modalidades que podríamos llamar “artesanales” dado el escaso grado de división del trabajo. Del análisis surge que las habilidades y aptitutes exigidas para la realización de las tareas son de al menos cuatro tipos:
1. Técnicas: es necesario reconocer distintos tipos de materiales y acomodarlos adecuadamente para su transporte de manera tal que no pierdan su valor al mancharse, mezclarse, etc.;
2. Logísticas: se requiere saber organizar el recorrido, de manera tal de acceder a recursos valiosos sin entrar en conflicto con otros colegas;
3. Sociales: es necesario poder establecer relaciones de confianza con los vecinos, comerciantes y encargados de edificios, no solo para atenuar su hostilidad si no para acceder a mejores materiales y/o a otros bienes, como ropa, juguetes, calzado, que pueden consumirse o venderse en otros circuitos y;
4. Comerciales: saber qué recoger, cuándo y a quién vender es fundamental para poder obtener un mejor ingreso.
Esta caracterización analítica no debe confundirse con una clasificación de las prácticas, de hecho en una misma acción se pueden poner de manifiesto una o más de estas habilidades como hemos visto más arriba: al caminar siempre las mismas calles en un mismo horario, se fortalecen las aptitudes logísticas y sociales, a decidir llevar o no llevar, por ejemplo, vidrio se ponen a pruebas las aptitudes comerciales y técnicas, etcétera.
Asimismo, el trabajo realizado en este capítulo permite situar la construcción de la confiabilidad como el eje principal en torno a los cuales gira este oficio. Se requiere la confianza de otros cartoneros que accedan a enseñar y transmitir el oficio y sus muchos secretos. Se aspira a conseguirla de parte de los vecinos, los clientes y los encargados de los edificios, para lo cual hay que mostrar una cierta regularidad en el recorrido; lo cual atenúa las chances de recibir un trato hostil e intensifica las de poder reivindicar ese recorrido como propio. También mejora la posibilidad de obtener alguna changa o de recibir donaciones de ropa, juguetes, alimentos. Se necesita contar con la confianza de los galponeros para que acepten retirar y comprar los materiales clasificados y, eventualmente, facilitar un adelanto de dinero para sortear una necesidad. Es deseable obtener la confianza de los colegas para poder hacer acuerdos de trabajo que permitan optimizar el uso del tiempo y poder aprovechar eventuales oportunidades laborales, changas, rebusques, con las que incrementar los exiguos ingresos que se obtienen con la tarea.
De este modo, es posible situar al cartoneo como una actividad productora de a) recursos para la subsistencia, no solo monetarios, sino de todo tipo; b) lazos sociales con vecinos, clientes y otros cartoneros; c) prácticas de separación de residuos en origen. La producción de esas relaciones se deriva de diversas regulaciones: desde ya las que impone el mercado, al dictaminar qué material es valioso, o el estado al favorecer o prohibir la actividad, como veremos que ocurrió durante varios años, pero también las que imponen las relaciones de proximidad que se establecen en el recorrido con colegas, vecinos y clientes.
A partir del análisis realizado, poniendo el eje en las capacidades antes que en las falencias conforme al esquema propuesto en la introducción de este libro, me situaré en lo que sigue frente a la bibliografía que se ha abocado a describir a los sectores populares y sus organizaciones, con el objetivo de revisar sus postulados, límites y potencialidades, para de este modo analizar la experiencia de las cooperativas en los capítulos 3 y 4.
- La salida de la convertibilidad, luego de la crisis del 2001, se dio a partir de la implementación de un nuevo modelo de acumulación que revirtió el modelo anterior, basado en la especulación financiera y el desmantelamiento de la estructura productiva. Así el nuevo patrón de crecimiento se basó en la expansión de los sectores productivos y fundamentalmente en la inversión y el consumo internos (Schorr, 2012). El cambio de modelo económico implementado desde el 2003 condujo a altas tasas anuales de crecimiento sostenido y a la generación de aproximadamente cinco millones de puestos de trabajo. De ahí que entre el 2003 y el 2008 el PBI aumentó en promedio un 8,5% anual y la tasa de desempleo se redujo del 19,7% (EPH – último trimestre del 2003) al 7,6% (EPH – mismo período del 2012), al mismo tiempo que los salarios reales recuperaron completamente la retracción padecida durante la fase previa del deterioro del mercado laboral (Abeles, 2009). Asimismo el aumento de los niveles de empleo se dio de la mano del aumento de los empleos registrados, llevando a la disminución del trabajo informal del 50% en el 2002 al 35,5% en el último trimestre del 2012 (EPH). ↵
- El fin de la convertibilidad cambiaria en el año 2002 tuvo una importante incidencia en los precios de los diversos insumos utilizados por la industria local; principalmente el papel y el cartón. El cierre de la importación de dichos insumos debido al abrupto aumento de precios llevó a la necesidad de incentivar el reciclado como medida sustitutiva. En este caso la importación bajó un 62% luego de la devaluación, en comparación con el primer trimestre del 2001, al mismo tiempo que su precio aumentó notablemente; se estima que la venta de estos materiales a la industria papelera aumentó más de un 300% en el período (Pescuma, 2002). Algo similar ocurrió en la industria del plástico, siendo actualmente una de las más dinámicas en lo que respecta a la utilización de materiales reciclables. Este sector es altamente dependiente del precio del petróleo (ya que los plásticos son un derivado de éste) al mismo tiempo que de la política cambiaria y representa una proporción importante en los materiales recuperados en el circuito informal, principalmente el material denominado PET.↵
- Cabe destacar que el número de inscriptos no refleja la cantidad de gente que se encuentra ejerciendo la actividad ya que ésta se caracteriza por un alto grado de fluctuación en el ingreso y egreso de trabajadores. Asimismo, si bien la ley estipula que el registro es permanente y obligatorio, éste se encuentra fuera de funcionamiento hace varios meses.↵
- Esta cifra es indicativa, dado que las personas no se dan de baja al cesar en la actividad y no todos quienes la practican se inscriben, pero puede servir de parámetro para estimar la magnitud del grupo de personas abocadas al cartoneo.↵
- Es ese valor el que también hace que ciertas zonas urbanas se conviertan en las más deseadas y buscadas y que en otras, la presencia de los cartoneros disminuya. El elevado precio del papel blanco (en relación a otros materiales) por ejemplo hace que el microcentro porteño, zona de gran concentración de oficinas, sea un espacio más redituable para trabajar. La alta concentración de comercios que existen en barrios como Once o Flores abre las puertas a conseguir cartón a mayor escala, convirtiendo a estas zonas en espacios disputados de trabajo. ↵
- Refiere al tereftalato de polietileno, por sus siglas en inglés PET (polyethylene terephtalate).↵
- La Ordenanza Municipal Nro. 12.867/963 sancionada en marzo de 1968 prohíbe la circulación de vehículos con tracción a sangre en la Ciudad de Buenos Aires.↵
- Se denomina “clientes” a los vecinos y comerciantes que entregan los residuos previamente separados a los recolectores. Los acuerdos en estos casos se basan en lazos de confianza establecidos por la permanencia en un mismo recorrido. ↵












