1.1. Presentación
El estudio de la mente y sus capacidades se encuentra atravesado por una multiplicidad de factores. Como muchos otros “objetos del mundo”, existen abordajes con ideales objetivistas: me refiero a los abordajes científicos, que buscan establecer precisiones, definiciones, relaciones de estos “objetos” con otros objetos del mundo, adoptando un punto de vista externo, objetivo. Por este camino se construye una ciencia acerca de la mente y sus capacidades, del mismo modo que se constituye una ciencia que estudia las plantas, las aves, y fenómenos físicos como la gravedad.
Los estudios científicos acerca de la mente tienen una historia sumamente rica, y, en cada una de sus diversas etapas, desde el introspeccionismo (Wundt, 1896, 1910), pasando por el conductismo (Skinner, 1938, 1974; Watson, 1913) al psicoanálisis, la ciencia cognitiva actual y la “nueva ciencia de la mente”[1] (Rowlands, 2010), la mente fue configurándose de diversos y peculiares modos.
Pero, además de los cambios que la concepción de la mente ha sufrido a lo largo de la historia de la ciencia, los conceptos acerca de la mente se nutren del sentido común, la experiencia personal y la vida cotidiana. La contribución que las experiencias de todos los días hacen a la construcción de sentido acerca de nosotros mismos y nuestros pensamientos, emociones y sensaciones es de tal importancia, que configuró un modo en sentido propio, que da lugar a lo que se conoce como la concepción de sentido común, psicología folk o “psicología de sentido común de las creencias y deseos” (Fodor, 1987). La idea general es que los sujetos se valen de esta psicología popular para navegar socialmente, atribuyendo estados mentales y, de este modo, haciendo inteligibles las conductas ajenas y también las propias. Aunque aún hoy persista el desacuerdo respecto a la estructura profunda de esta psicología[2], esta es usualmente presentada, de manera general, como una capacidad de predicción y explicación de la conducta propia y de terceros mediante la atribución de estados mentales, principalmente deseos y creencias.
De modo que, a la variabilidad de conceptos acerca de la mente, propia del cambio dentro del ámbito científico, se le suma la diversidad de conceptos anclados en el modo ordinario de referirnos a nuestras experiencias cotidianas. Esta perspectiva personal de la psicología folk, a su vez, se enfrenta doblemente tanto a la perspectiva impersonal de las ciencias (Goldie, 2000b), como a la perspectiva subpersonal de los mecanismos subyacentes (Dennett, 1969)[3]. Como mencioné antes, la relación de los conceptos científicos con los conceptos de sentido común, o la relación entre la perspectiva personal e impersonal[4], conlleva una discusión en sí misma, definiéndose posiciones de diverso calibre (naturalistas, reduccionistas, no reduccionistas (Chalmers, 1996), eliminativistas (Churchland, 1981)[5].
Hasta aquí me referí a las diversas aproximaciones de la mente en general, científicas o folk. Pero mi interés apunta más específicamente a un tipo de experiencia particular, típico de nuestra vida mental y de nuestras experiencias cotidianas. Si algo inunda nuestras experiencias en la vida cotidiana, son las emociones, y es precisamente de ellas de lo que deseo ocuparme de manera específica en este libro. En el contexto de la heterogeneidad característica de nuestros conceptos mentales (Pérez, 2013, capítulo 2), la heterogeneidad de las emociones es aún más profunda o multifacética que la del resto de los conceptos mentales y no puede resumirse meramente en la posibilidad de que “convivan” distintas perspectivas, con diversos niveles de explicación autónomos (Putnam, 1975), como expondré a continuación. Para poder delimitar adecuadamente los objetivos, así como también los límites de este trabajo, es menester llamar la atención sobre algunas circunstancias que han contribuido a que, en efecto, el concepto de “emoción” signifique cosas tan diversas, o, parafraseando a Aristóteles, a que “emoción” se diga de muchas maneras.
1.2. Heterogeneidad de las emociones
1.2.1. ¿Clase natural o categoría heterogénea?
Lo primero que debe notarse en cualquier intento de análisis de “las emociones” es que la categoría general ordinaria engloba cosas bastante diferentes: miedo, alegría, asco, sorpresa, enojo o ira, tristeza, celos, susto o sobresalto, vergüenza, orgullo, amor, decepción, impotencia, rencor, euforia, valentía, solo por mencionar algunos ejemplos. En segundo lugar, y en relación con la lista anterior –aún inconclusa–, existen dos estrategias posibles. La que llamo “estrategia descriptiva” consiste en partir del hecho de que habitualmente nos referimos a las emociones de esta manera, es decir, del hecho de que las emociones engloban todos esos fenómenos, para que la búsqueda teórica construya una perspectiva general que pueda dar cuenta de qué tienen en común todos esos casos. Cabe destacar que, al perseguir esta estrategia, se está asumiendo que estos son tipos de emoción que conforman una clase natural compartida, es decir, que son ejemplares paradigmáticos de las emociones –concebidas como una clase común–[6]. Clore (1994b) nos llama la atención sobre la dificultad que surge en la búsqueda de una definición que sea precisa, y a la vez que recoja los usos cotidianos del término. Seguir esta estrategia que he llamado “descriptiva a partir de los casos” –en particular, a partir de los términos ordinarios de emoción– involucra atribuirle al modo en que nos referimos a nuestros estados emocionales un carácter prioritario.
Izard (2009) enfatiza que la búsqueda por brindar una definición del término “emoción” se ha convertido en un desafío en sí mismo, principalmente debido a su carácter multifacético y no unitario, cuyo uso indiscriminado ha motivado un conjunto de confusiones y contradicciones en la investigación. A pesar de tan heterogénea naturaleza[7], los teóricos abocados al proyecto de ofrecer una mejor comprensión del fenómeno han asumido, a veces acríticamente, la suposición de que se enfrentaban a un fenómeno que, como tal, debía ser distinguido de los demás fenómenos psicológicos. Esta situación ha liderado la búsqueda, tanto teórica como experimental, del rasgo –o conjunto de rasgos– capaz de operar como criterio de demarcación del fenómeno emocional (Lazarus, Averill, & Opton, 1970). En el mismo sentido, Jesse Prinz (2004b) refiere al “problema de las partes” como aquel que atiende a la detección del elemento o aspecto esencial de las emociones, cuyas diversas soluciones contribuyeron a la construcción de perspectivas variadas respecto a la naturaleza de las emociones (como expondré en la siguiente sección, vinculada a la multiplicidad de aspectos que poseen las emociones, se encuentran enfoques que hacen hincapié en lo fisiológico o corporal, otras en lo mental o cognitivo y otras que buscan reivindicar la mixtura). En segundo lugar, Prinz denomina “problema de la abundancia” a la cuestión de cómo estas partes se coordinan conformando un todo coherente (Prinz, 2004b).
La articulación de respuestas a estas preguntas encierra un debate que aún hoy no se encuentra concluido. Mick Power y Tim Dalgleish (2008) organizan las distintas respuestas a partir de la demarcación de dos tradiciones presuntamente irreconciliables, cuyos precursores se remontan a Platón y Aristóteles. Se trata, a grandes rasgos, de dos respuestas paradigmáticas: la corriente cognitiva, que sostiene que las emociones están constituidas (esencialmente) por algún tipo de cognición o elemento valorativo, en oposición a la denominada corriente somática, que niega que una valoración tal sea necesaria para que ocurra una emoción. En este sentido, si bien mucho tiempo ha pasado, y mucho ha sido dicho desde que Platón situara a las emociones en el ámbito opuesto a la razón, todavía se encuentran ciertos rasgos o bien platónicos o bien aristotélicos en las discusiones contemporáneas.
En efecto, el antagonismo de las emociones con la razón de raíces platónicas probablemente sea la característica más arraigada en nuestra concepción habitual (ordinaria) de las emociones, como también en buena parte de la investigación científica –que recién hace pocos años empezó a ponerse en duda, a partir de evidencia neuropsicológica (Damasio, 1994; Pérez y Melamed, 2020)–. La emocionalidad definida a partir de su supuesto carácter irracional se encuentra plasmada en la división que Platón trazó en el seno del alma o la mente, por la cual se distinguen tres dominios: cognitivo, afectivo y apetitivo. Aquí, como en otras ocasiones, Platón se vale de una descripción metafórica para ilustrar su punto: en la metáfora del auriga, el alma se representa como un carro, que es tirado por corceles alados (las partes irracionales del alma, afectiva y apetitiva) y guiado por un auriga (la razón). Así, la mente/alma está establecida por el modo en que se da la interacción de estas tres dimensiones. El mérito del filósofo, para Platón, radica precisamente en haber conseguido domar “la concupiscencia del caballo negro [los apetitos] y cuya razón, con ayuda de la impetuosidad del caballo blanco, es capaz de alcanzar, tanto en vida como después de la muerte, aunque sea parcialmente, el conocimiento de las Ideas” (Fierro, 2012). Ser virtuoso depende de dominar a los monstruosos caballos, a las dimensiones irracionales del alma. En segundo lugar, siguiendo el modo canónico en que se entiende a Aristóteles (Lyons, 1980, p. 33; Power & Dalgleish, 2008), la perspectiva aristotélica de las emociones se presenta como una teoría cognitiva en sentido propio: la Retórica es la primera versión de una teoría cognitiva de las emociones, en especial, debido a la anulación del cuerpo y su papel en la activación emocional[8].
Aunque las posiciones homogeneizantes que buscan encontrarles una esencia común a todas las emociones sean frecuentes entre quienes reflexionan acerca de la naturaleza de las emociones, también existen perspectivas que han llamado la atención sobre esta actitud, poniéndola en cuestión. Por ejemplo, la psicóloga Magda Arnold (1960) reconstruye el recorrido que hiciera el término “emoción”, reemplazando al término “pasión”, para concluir afirmando victoriosamente: “En la actualidad parece que hemos dado un paso más adelante al eliminar el término ‘emoción’ casi completamente de nuestro vocabulario profesional” (Arnold, 1960, p. 21). Lamentablemente, la presunta eliminación tuvo escasa duración y, 60 años después, seguimos hablando de modo general acerca de las emociones. En 1980 Amélie O. Rorty advertía que las emociones no forman una clase natural (Rorty, 1980, p. 1), pero la resistencia más importante, la formulación más acabada pertenece a Griffiths (1997, 2004), quien sostiene que es incorrecto tratar a las emociones como una categoría uniforme, subrayando la poca probabilidad de que al concepto vernáculo le corresponda una clase natural[9]. El enfoque de Griffiths implica reconocer que hay diferentes tipos de emociones, o procesos emocionales, cada uno de los cuales debe ser tratado en sus propios términos, lo que comporta una consecuencia fuerte, a saber, el abandono de la categoría general de “emoción”, específicamente para la investigación científica. El punto para destacar es que, aunque Griffiths defienda una posición eliminativista acerca de las emociones, al mismo tiempo admite que aquel concepto vernáculo, prescindible en el contexto de la investigación científica, claramente podría mantenerse en el contexto de la vida cotidiana, en cuanto sirve a otro conjunto de propósitos, distintos de los objetivos que tiene quien persigue la comprensión científica del mundo. Esto tampoco implica que el concepto de “sentido común” sea inanalizable; por el contrario, el autor sugiere un análisis del concepto con base en prototipos (Griffiths, 1997, pp. 242-245).
El eliminativismo de Griffiths, como el de Arnold, apunta a responder la pregunta acerca de si las teorías científicas le deben fidelidad al modo habitual u ordinario en que se conceptualiza el mundo afectivo, y la respuesta es que, para poder ofrecer explicaciones científicas adecuadas de lo que comúnmente se llama “emociones”, es menester relegar eso que parecía ser el género y atender directamente a las “especies”[10]. En pocas palabras, no habría una cosa tal como “la emoción” que sea objeto de estudio de las ciencias de la mente, sino distintas clases de cosas. Esto lleva a Griffiths a procurar cierto recorte o reordenamiento dentro del universo emocional, articulado a partir de las siguientes categorías:
- los programas afectivos (affect programs),
- las emociones cognitivas superiores (higher cognitive emotions), y
- las emociones atravesadas socioculturalmente (social construction of emotion).
Vuelvo a la lista de emociones que encabeza esta sección: miedo, alegría, asco, sorpresa, enojo o ira, tristeza, celos, susto, vergüenza, orgullo, amor, decepción, impotencia, rencor, euforia, valentía. Todas estas, que comúnmente son concebidas como episodios o estados emocionales, no estarían hermanadas en cuanto a los procesos que las subyacen: en algunas ocasiones se estarían desencadenando respuestas afectivas programadas, ancladas biológicamente, mientras que, en otros casos, el episodio conlleva la coordinación o la participación de factores adicionales e incluso quizás más sofisticados.
Esta distinción que traza Griffiths en el seno del universo emocional, a su vez, se yuxtapone con otra distinción que atraviesa las discusiones acerca de las emociones. Me refiero a aquella entre emociones básicas y emociones culturales o complejas. Esta “coincidencia” en realidad no es azarosa, sino que más bien podría considerarse un argumento a favor del eliminativismo que patrocina Griffiths. Existiendo cosas tan heterogéneas dentro del ámbito emocional, no sería plausible abordarlas de manera uniforme. Lo que habitualmente se conoce como las emociones básicas es lo que Griffiths llama “programas afectivos”, siguiendo a Ekman (1977), y está vinculado con nuestra condición biológica, que conecta nuestra vida emocional con la de otras especies animales con las que estamos ligados por obra de la evolución. Es decir, se relaciona con la tesis de la universalidad de las expresiones emocionales (circunscriptas a estas básicas), idea propuesta originariamente por Darwin (1872) y profundizada por Izard (1971), Tomkins (1962) y Ekman (1970, 1984; Ekman & Keltner, 1997). Estas emociones denominadas “básicas” son seis: el miedo, la alegría, el asco, la sorpresa, la ira y la tristeza. El sentido presente de “básico” no refiere a una naturaleza simple (Ortony & Turner, 1990), sino que apunta a enfatizar el rol que tuvo la evolución en el moldeado tanto de las características peculiares como de los rasgos comunes que exhiben estas emociones, así como también de su función (Ekman, 1994, p. 15).
Al mismo tiempo, cabe destacar cómo aquella distinción entre emociones básicas y complejas coincide, a su vez, con la distinción que William James traza en Principles of Psychology y que funciona como límite o criterio de demarcación de sus estudios emocionales, esto es, la distinción entre coarser y subtler emotions (James, 1890, p. 743). El análisis de James se aboca al examen de las emociones del primer tipo, que poseen una “expresión corporal distintiva” (James, 1884, p. 189)[11].
No obstante, existen al menos dos vías para oponerse a la perspectiva de las emociones básicas y rechazar su existencia. Por una parte, tal como señala Ekman (2016), Darwin (1872) asume que las emociones son discretas (o modulares, dice él) y se vale de términos como “miedo”, “asco”, “enojo”, etc., para especificar módulos separados[12]. Un modo de enfrentarse a la perspectiva darwiniana de las emociones básicas –como quedará más claro en lo que sigue– proviene de los abordajes que, aspirando a dar cuenta de la diferenciación emocional, se valen de un examen dimensional: por ejemplo, según Wundt, las diferentes emociones resultan de la intersección de las dimensiones agradable/desagradable (pleasant/unpleasant) y baja/alta intensidad (low–high intensity) (Wundt, 1896). Este tipo de análisis será el que extenderán y profundizarán Arnold, Lazarus y Scherer en el marco de las teorías valorativas (appraisal theories), paradigmáticas de las teorías cognitivas de las emociones (véase 3.4). A esta altura, es interesante subrayar cómo las teorías que defienden la existencia de emociones básicas, biológicas (y limitan su análisis a estas), se ven enfrentadas a las teorías valorativas, que las niegan doblemente: rechazan su carácter discreto (abogando por una comprensión dimensional), a la vez que niegan su preeminencia biológica.
Por otra parte (aunque no completamente distinta), Ortony y Turner (1990) cuestionan la validez del concepto de “emoción básica” y argumentan que estas en rigor no son ni biológica ni fisiológicamente primitivas, ni constituyen cimientos o piezas fundamentales para generar “la gran variedad de experiencias emocionales”. Izard (1992) apunta la razón subyacente a este rechazo: estos autores pertenecen a la perspectiva cognitiva de las emociones, esto es, consideran que las emociones son cognitivamente dependientes o están esencialmente compuestas de elementos cognitivos.
Asimismo, resulta de gran relevancia notar que esta cuestión en torno a las emociones básicas es meramente uno de los (tantos) asuntos en los que se enfrentan las teorías cognitivas y las teorías biosociales: las teorías cognitivas sostienen que la experiencia emocional incluye varios componentes cognitivos, entre ellos, las valoraciones (appraisals) que los activan, deseos subsiguientes e intenciones, mientras que la teoría de las emociones diferenciales[13] (differential emotions theory) (Izard, 1977) concibe a la experiencia emocional como un estado sensitivo (feeling state), un producto directo e inmediato de los procesos neurales particulares asociados con esa emoción. Así, “la experiencia emocional como un estado sensitivo es una motivación, pero no un motivo, si motivo es definido como una meta articulada cognitivamente” (Izard, 1992, p. 561). Aunque con un perfil diferente, en cierto modo, recoge el sentido que Arnold les daba a los motivos al afirmar que los propósitos “solían ser llamados una causa final; los propósitos tanto como los motivos son causas de ese tipo. Pero mientras un propósito puede ser impersonal, un motivo es siempre subjetivo” (Arnold, 1971). Esto resultará de vital importancia cuando en breve analice la distinción que realiza Anthony Kenny entre emociones como sentires (feelings)[14] y emociones como motivos (Kenny, 1963); de esta advertencia Gilbert Ryle se hace eco cuando dice: “… la palabra ‘emoción’ es usada para designar al menos tres o cuatro tipos diferentes de cosas, que llamaré ‘inclinaciones’ (o ‘motivos’), ‘estados de ánimo’, ‘agitaciones’ (o commotions) y ‘sentires’” (Ryle, 1949, p. 83).
Puede verse cómo de este modo se van perfilando dos “tácticas” o procedimientos muy diferentes en cuanto a la concepción general de lo que son las emociones, cómo funcionan, cómo deben ser investigadas y cómo han de ser descriptas. El reconocimiento de estas dos aproximaciones o prácticas investigativas bien distintas constituirá el eje vertebrador de este libro, en cuanto articulador de la investigación de las emociones, desde la década de 1980 hasta el presente.
A continuación, expondré un segundo sentido por el cual el estudio de las emociones es profundamente complejo, para luego retornar a la caracterización general de estas dos grandes corrientes o aproximaciones al estudio de las emociones.
1.2.2. Heterogeneidad aspectual
El segundo influjo de heterogeneidad en las emociones surge de su naturaleza compleja. Piénsese en cualquier estado emocional, tan pronto se trate de tipificar, aparecerán rasgos de la más diversa índole. Las emociones son heterogéneas, en este segundo sentido, a partir de su “riqueza” aspectual. Debe notarse que, al mismo tiempo, esta multiplicidad de factores o elementos propicia la proliferación de diversos enfoques de investigación. De este modo, aunque la caracterización de los elementos esenciales o constitutivos de las emociones todavía es blanco de discusión –y, en buena medida, es lo que ha motivado la presente investigación–, suele señalarse el siguiente conjunto de elementos o aspectos que típicamente aparecen como característicos o prototípicos de los estados emocionales:
- Cierta evaluación de la situación (del entorno y de mí mismo en contexto) (Arnold, 1960; Gordon, 1987; Lazarus, 1984, 1991; Lyons, 1980; Moors, Ellsworth, Scherer, & Frijda, 2013; Nussbaum, 2000; Scherer, 2001; Solomon, 1976, 2003).
- Cambios corporales (Ekman, 1994; Izard, 1971, 1977; James, 1884; Tomkins, 1962; Zajonc, 1980, 1984, 2001).
- Fisiología: sistema endócrino, sistema autonómico, etc.
- Movimientos músculo-esqueléticos y faciales[15].
- Conducta abierta observable.
- Fenomenología: experiencia, sensación, sentires (Damasio, 1994; Goldie, 2000b; Izard, 1992; James, 1884; Prinz, 2004b).
- Tendencias de acción (Frijda, 1986).
Aunque esta lista sea provisoria, se podría decir que existe cierto acuerdo –quizás preteórico e implícito– acerca del carácter multifacético de las emociones que podría ser abordado desde distintas perspectivas. No obstante, nótese que, alternativamente, esa condición compuesta o multifacética podría a su vez ser concebida como un conjunto heterogéneo de fenómenos que demande estudios independientes (aunque posiblemente relacionados entre sí, e inevitablemente ligados a la investigación de los demás).
Pero, entonces, ¿son todos estos elementos mencionados arriba necesarios o constitutivos de toda emoción? Si la respuesta resultara negativa, es preciso preguntarse cuáles son los componentes esenciales que dan lugar y caracterizan a una emoción, y, ya sean estos concebidos como componentes esenciales o como meros acompañamientos, cómo se coordinan o acomodan todos ellos para dar lugar a una emoción. Las diversas respuestas que recibieran las preguntas anteriores a lo largo de la historia de la filosofía y luego de la psicología constituyeron distintos enfoques vinculados a diferentes modos de pensar acerca de las emociones: por un lado, el enfoque que hacía hincapié en el aspecto corporal, que concibe a las emociones como un proceso esencialmente fisiológico o corporal, y que agrupa diversas teorías bajo la denominación de “teorías somáticas”; y, por otro lado, la perspectiva que subraya el carácter cognitivo o mental (a veces, también equiparado con lo racional) de las emociones, esto es, que se encuentran atravesadas o constituidas por elementos cognitivos[16], que, por su parte, congregan otro conjunto de teorías asociadas por esta tesis cognitiva.
El asunto se torna un poco más complejo, en cuanto cada una de estas perspectivas comporta su propio conjunto de enigmas, configurando diferentes modos de preguntarse qué son las emociones: atendiendo al fenómeno psicofísico; o atendiendo al modo en que se habla acerca de ellas (que, a su vez, configura una posición peculiar respecto del efecto que ese modo de referirse o conceptualizar pueda tener sobre el fenómeno emocional total: posición conocida como “constructivismo psicológico”). Desarrollaré más esta cuestión en el siguiente apartado (1.3.). No obstante, lo que quiero enfatizar aquí es lo que considero la principal diferencia que existe entre estos enfoques (unos somáticos, los otros cognitivos o mentalistas). En rigor, dada la multiplicidad de factores que, como vine señalando, han contribuido a la conformación heterogénea de “las emociones”, estos modos de aproximación al fenómeno constituyen programas de investigación diferentes, cada uno de los cuales posee sus propias reglas para responder a sus preguntas y atender a sus motivaciones. De este modo, lo que a primera vista aparece como un antagonismo severo (una puja entre teorías científicas rivales) puede ser reconceptualizado, más adecuadamente, como dos modos diversos –aunque complementarios– de dar cuenta de un fenómeno complejo, del mismo modo en que “conviven” en nosotros conceptos científicos y conceptos folk o precientíficos, ya que sirven para propósitos diferentes.
Considero que es precisamente esta bivalencia de las emociones la que en principio motiva a Kenny a distinguir entre esos dos sentidos de emoción (emoción como sentir y emoción como motivo), lo que, sin embargo, la literatura sobre las emociones suele pasar por alto. Desarrollaré mejor este punto en el apartado (3.2.), en relación con los propósitos específicos de Kenny, de cara a su proyecto general vinculado a la gramática de los conceptos ordinarios.
Adviértase, por último, que esta relectura que invito a realizar sobre el estatus del desacuerdo entre enfoques somáticos y cognitivos no debe ser entendida de modo tal que cualquier enfoque cognitivo equivalga a una explicación de índole personal. Por el contrario, existen muchos autores que, defendiendo posiciones cognitivistas, se han internado en las profundidades de los procesos subpersonales. Como expondré, la cuestión es un poco más compleja.
1.2.3. ¿De qué hablamos cuando hablamos de emociones?
La polisemia detrás de “las emociones” tiene una fuente adicional, que, aunque en gran medida está vinculada a lo que llamé “heterogeneidad aspectual”, tratada en el parágrafo anterior, se encuentra además ligada a cierta concepción metafísica particular, es decir, a una ontología subyacente peculiar. Me refiero al hecho de que, mientras que algunos autores hablan de episodios emocionales o de la experiencia emocional, otros hacen foco en el estado emocional, algunos más en los procesos emocionales, y otros se limitan a referirse al fenómeno emociona, sin más[17]. Esta diversidad no es meramente nominal, sino que esconde diferencias profundas en la concepción que se tiene sobre las emociones. En este sentido, es necesario establecer algunas precisiones terminológicas a fin de evitar mayores confusiones conceptuales, y quizás también a fin de contribuir a desentrañar algunos desórdenes existentes.
Pensemos en una emoción, por ejemplo, el amor que siento por mi hija (o por mi pareja). Eso que llamo “amor” incluye
- una tendencia estable (continua) a bregar por su bienestar;
- niveles altos de oxitocina (la hormona responsable del amor parental y de pareja);
- una sensación o sentir fuerte y a la vez efímera en el cuerpo (carezco de palabras adecuadas capaces de describir la sensación puntual que mana de mi interior al ver una sonrisa de mi niña);
- un conjunto de configuraciones faciales y corporales (sonrisas, a veces también lágrimas), comúnmente concebidas como expresiones o manifestaciones de la emoción;
- deseos o expectativas de crianza.
- creencias y narraciones acerca de las relaciones amorosas.
Como mencioné antes, uno de los problemas que se enfrenta en la caracterización de la emoción tiene que ver con cómo acomodar todos los fenómenos que comúnmente se entienden por emoción, o todos los sentidos de emoción en un fenómeno. Naturalmente, no todas las estrategias incluyen a todos los elementos, ni lo hacen bajo las mismas condiciones.
Siguiendo a William James (1884, 1890), los cambios fisiológicos, sus correspondientes consecuencias a nivel facial y corporal (2 y 4) y su sensación (3) conllevan siempre un sentir (feeling), y eso es la emoción. Lo demás tendrá que ver con actitudes generales, estados de ánimo, es decir, estados afectivos menos intensos, permanentes, pero no episódicos (es decir, de duración breve y sensación intensa).
En cambio, siguiendo a Schachter y Singer (1962), habría que decir que el amor genuino tiene una base fisiológica (2), pero esta es solo un estado de excitación general, que alcanza especialización vis-à-vis los eventos circundantes, i.e. recién cuando identifico que las alteraciones en mi cuerpo obedecen a la cercanía de mi niña y a mis expectativas de bienestar para ella (1 y 5), el estado se convierte en amor.
Tratando de hacer orden entre tanto caos semántico, Lewis afirma:
Lo que queda claro es que incluso si hay estados emocionales específicos, ellos guardan poca correspondencia con nuestras vidas emocionales –ya sean expresiones emocionales o nuestra experiencia de emociones–. Así, por ejemplo, es posible tener un estado emocional específico pero ser inconsciente de él, ignorarlo, o incluso negarlo (Lewis, 2008, p. 308, el énfasis es mío).
Si bien me ocuparé más adelante de tratar los detalles de cada una de estas posiciones, es posible anticipar que ni la versión jamesiana ni la cognitiva etiquetadora de Schachter y Singer parecen dar cuenta del hecho de que estado, experiencia y expresión no necesariamente van de la mano, ni mucho menos son sinónimos. Pero este infortunio nos sirve como puerta de acceso a un conjunto de clarificaciones. Aquello que ordinariamente se llama “estado emocional” en realidad no se corresponde con ninguno de los puntos antes especificados, sino que, más bien, “los estados emocionales son inferidos, y que sean específicos, generales o no existentes, dependerá de futuras investigaciones” (Lewis, 2008, p. 308). Esto quiere decir que, ante la configuración facial específica de un tercero, Juan, que todos indiscutible y preteóricamente identificamos como enojo, yo puedo atribuirle una “emoción/estado de enojo”, estado que es inferido a partir de su expresión facial, y que Juan puede negar, ya sea porque no se percató de su experiencia –no siente la bronca– o simplemente por vergüenza a asumirse enojado (o pura necedad). En este sentido, la oposición entre estado y experiencia en parte recoge la oposición entre la tercera y la primera persona: la experiencia es estrictamente de primera persona, y es la primera persona quien que tiene la autoridad. Salvo excepciones en las que opera el ocultamiento deliberado o la mentira crasa, si yo digo que no siento bronca, es que no la siento, es decir, que no tengo la experiencia o el sentir (no me di cuenta, no me percaté de que algo estaba aconteciendo en mi cuerpo). Pero esto no excluye la posibilidad de que esté enojada (aunque no sienta el enojo, es decir, aunque no tome conciencia de mi estado). Esto es, que estén operando en mí los cambios fisiológicos pertinentes, que darían lugar también a la sensación o sentir, y aún no alcanzaron a convocar mi atención. En este sentido, la autoridad de la primera persona desaparece, puesto que la inferencia del “estado” a partir de las conductas expresivas o demás manifestaciones faciales y corporales sería idéntica desde la primera, segunda y tercera persona.
Cabe mencionar que aquello que para William James resultaba inconcebible –la escisión entre los cambios corporales y el sentir de tales cambios– ha quedado actualizado o corregido por versiones contemporáneas de su teoría somática, por ejemplo, en Prinz (2004b, 2005a) y Goldie (2000b), como expondré en el capítulo 2, dedicado específicamente a estas teorías. En resumen,
los estados emocionales son constructos inferidos. Estos estados son definidos como constelaciones particulares de cambios en la actividad somática y/o neurofisiológica. Los estados emocionales pueden ocurrir sin que el organismo sea capaz de percibir tales estados. Los individuos pueden estar enojados como consecuencia de un inductor particular y sin embargo no percibir el estado de ira en el que está (Lewis, 2008, p. 307).
Me aparto levemente de Lewis respecto a qué entiendo por “experiencia”. Tal como dije recién, concibo la experiencia emocional como el aspecto fenomenológico, la sensación cualitativa, el sentir, por definición, consciente. Esta concepción general de la experiencia es neutral respecto a cómo se logra o qué relación guarda con los otros elementos o aspectos del todo emocional. En cambio, de acuerdo con Lewis,
las experiencias emocionales son las interpretaciones y evaluaciones que los individuos realizan acerca de su situación percibida, sus estados emociones [i.e. los cambios en su cuerpo y en su conducta] y sus expresiones [el subconjunto de los cambios que son observables, o también concebidos por algunos como la manifestación externa de lo que ocurre internamente (Ekman & Friesen, 1974)] (Lewis, 2008, p. 311).
El punto, ya sea que se adopte una postura cognitivista o no, sigue siendo el mismo: el giro atencional hacia los propios estados internos no es automático (y, según él, tampoco es consciente necesariamente), y es a eso a lo que me quiero referir cuando trazo la distinción entre estado interno emocional (inferido) y experiencia emocional.
En ese sentido, cabe recordar las elocuentes palabras de Magda Arnold, donde se cruzan muchas de las cuestiones que he estado señalando como responsables de la heterogeneidad de las emociones y fuentes de la polisemia semántica:
No podemos permitir que [los científicos] nos dicten su definición o explicación particular sobre la emoción sin tomar en cuenta para nada nuestra experiencia […]. Debemos insistir que en este campo nosotros, como seres humanos, tenemos ventajas sobre el científico. Si yo experimento alegría, ninguna medida de tensión muscular ni de patrones de excitación autónoma pueden ofrecer una explicación más válida de esta experiencia particular. Si un teórico insistiera que ese patrón es la experiencia de la alegría, no lo podemos seguir: no estamos conscientes de un patrón de excitación sino de una cualidad de experiencia que es sui generis, sean cuales fueren las sensaciones y otras excitaciones incluidas en ella (Arnold, 1960, p. 24).
Lo expuesto por la autora no debe confundirse con un rechazo absoluto de la base física de las emociones, sino que obedece precisamente a separar las dos cuestiones. Lejos de restarle importancia, advierte:
Esto no es decir que los aspectos fisiológicos de la emoción o su desarrollo histórico deben ser descuidados. Pero la experiencia subjetiva debe ser reconocida como primaria y no puede ser reducida a algo para lo cual no existe evidencia en mi experiencia (Arnold, 1960, p. 24)
1.3. Cómo abordar el estudio de las emociones
En el apartado 1.1., me referí a lo que llamé “estrategia descriptiva”, que emprende la tarea explicativa de las emociones partiendo de las categorías disponibles preteóricamente, e hice hincapié en algunas limitaciones que tendría tal abordaje, especialmente vinculadas a la heterogeneidad de las emociones.
Una estrategia alternativa consiste en retroceder, dar un paso hacia atrás, y, reflexionando un poco sobre el sentido de la distinción entre emoción y lo demás (sea lo “otro” la cognición, la percepción, la acción o lo que sea), brindar una caracterización de qué debemos entender por “emoción”, aunque esto nos obligue a realizar un reacomodamiento del modo en que habitualmente nos referimos a nuestros estados emocionales. Es decir, en lugar de partir de la lista de los casos que debo explicar, esto es, de los casos paradigmáticos, la teoría que implemente esta estrategia proporcionará un tipo de abordaje que hará lugar para algunos casos, aunque quizás para otros no. Esta alternativa, normativa ha dominado buena parte de la literatura psicológica, particularmente la que defendía posturas cognitivistas, dando lugar a la exclusión de los sustos o sobresaltos (startles) del universo emocional.
La teorización sobre las emociones ha cambiado en los últimos 40 años, y en gran medida ha sido debido al interés por el rol de la cognición en las emociones. Así es que, buscando corregir en cierto modo la suerte que corrieran las emociones en su tratamiento a lo largo de la historia de la filosofía, esto es, como aquello que se oponía a la razón o la distorsionaba –lo que motivó su desprecio y desatención durante tanto tiempo–, algunos pensadores se vieron tentados a definir las emociones a partir del elemento racional por excelencia, la actividad cognitiva o el pensamiento. De lograrse este cometido, se conseguiría revertir una limitación decisiva, aunque, de la mano de estas especificaciones, nacería un nuevo conjunto de dificultades.
La principal consecuencia de este movimiento resultó ser que se estableciera que estudiar las emociones equivalía a estudiar la cognición que la dispara o constituye (ya sea que se tenga una posición cognitiva causal o cognitiva constitutiva). Es en ese sentido en que Frijda, Manstead y Bem (2000) reconocen que, puesto que las creencias son concebidas como uno de los principales determinantes de las emociones, una parte considerable del estudio de las emociones puede verse como “cayendo bajo el paraguas de la psicología cognitiva” (Frijda, Manstead, & Bem, 2000, p. 1). De esta manera, la investigación de las emociones se perfila con un cariz muy definido:
- El estudio de las emociones tiene que ver con estudiar y tipificar los tipos de creencias que constituyen una emoción.
Y esta es la tarea que llevarán adelante los defensores de la consabida “corriente cognitiva”, enfrentándose a la de la psicología experimental, que, hacia la década del 1960, quizás todavía un poco influenciada por el conductismo, sostenía que:
- El estudio de las emociones consiste en entender qué ocurre psicofisiológicamente en los sujetos cuando experimentan emociones.
Mi punto es que, dentro de la ciencia cognitiva, se fueron afianzando estos dos modos muy diversos de concebir la tarea de investigación emocional, propiciada por la heterogeneidad del fenómeno y sus múltiples aristas: el enfoque cognitivo, por un lado; el enfoque somático, por el otro. Así, se profundizaron dos líneas de investigación con tesis y objetivos propios, que no vislumbraron la diferencia en la perspectiva y pretendieron mantener un diálogo, como si estuvieran hablando acerca de lo mismo. “Emoción” en cada uno de estos programas de investigación refiere a algo distinto, es una cosa distinta. Y una consecuencia de la falta de claridad metateórica es que estos paradigmas “simularon” tener un diálogo, ahí donde la comparación era en rigor difícil de practicar.
De este modo, el plan que persigo en este libro apunta a mostrar cómo, al interior de la pretendida investigación de la naturaleza de las emociones, se operó un cambio de tema y se configuraron dos corrientes o perspectivas que pretendieron disputarse la mejor descripción del fenómeno, cuando, estrictamente hablando, cada una de ellas estaba sirviendo, más o menos adecuadamente, a un propósito diferente. En ese sentido, la investigación se encuentra estructurada a partir de dos tesis fundamentales. La primera es que la individualización de las perspectivas (la somática, la cognitiva, y luego también algunos intentos por reunirlas en un enfoque mixto) y la adecuada identificación de sus propósitos y objetivos permitirán desarticular una discusión que ha estructurado la investigación emocional desde los años 80. Y es precisamente en ese sentido en que concibo la tarea filosófica como lingüística, en el mismo sentido en que Kenny evoca el trabajo de Gilbert Ryle:
Ryle, aunque un filósofo lingüístico en al menos un sentido, no tituló su libro El lenguaje de la mente. En mi opinión, el libro no trataba sólo del lenguaje de la mente, ni del concepto de lo mental, sino de la naturaleza de la mente; aunque desde luego era un estudio filosófico y no empírico de esa naturaleza: un estudio, quizá, de la esencia de la mente […]. E[ste] libro [La metafísica de la mente] como el de Ryle, ensaya un ataque sostenido contra una concepción falsa de la mente, la concepción cartesiana, que es metafísica en el sentido del término que los positivistas lógicos hicieron injuriante, es decir, como refiriéndose a un conjunto de enunciados sobre la vida mental aislados de cualquier posibilidad de verificación o falsación en el mundo público. […]. El propósito del libro es mostrar, dentro del reino de la filosofía de la mente, la confusión que puede generar la mala metafísica, y la claridad que es imposible sin la buena. Al hacer esto, he tratado de mostrar que el empleo de las técnicas del análisis lingüístico puede ir a la par con el respeto por los conceptos y las tesis tradicionales, por demás antiguas, en filosofía (Kenny, 1989, pp. 27-28).
Específicamente, la tesis que defiendo es que, detrás de cada una de las perspectivas cognitivas y somáticas (no cognitivas), hay distintos objetivos, y con ello diferentes conceptos de emoción –en el sentido de Ryle (1949) y Kenny (1963, 1989)–. Sin embargo, la investigación continuó tomándolas como dos perspectivas que se disputaban la explicación del mismo fenómeno, como si compartieran un mismo objetivo. Emulando el comportamiento de teorías científicas que se postulan como explicaciones alternativas sobre el mismo fenómeno, se sostuvo que las teorías cognitivas y no cognitivas compartían el mismo target, esto es, el fenómeno emocional (unívoco). En este sentido, una de las ideas que busco defender es que estas teorías no comparten el mismo target, o más bien que ese pretendido objeto compartido en rigor abarca una multiplicidad de fenómenos, intuición también recogida por aquellos que niegan que “emoción” sea un término de clase natural. Es en esa misma dirección en que James A. Russell sugiere reemplazar la pregunta por las emociones a favor de la pregunta por el afecto básico (core affect):
La idea a explorar es que la ecología de la vida emocional no sea una de largos períodos de la vida normal no emocional, puntuada por la experiencia ocasional de las emociones básicas. En su lugar, la vida emocional consiste en las continuas fluctuaciones de los sentires primitivos simples que llamo afecto básico [Core Affect] (sentir bueno o malo, energizado o enervado) y en la percepción ubicua de las cualidades afectivas de los objetos y eventos (Russell, 2005, p. 27).
Russell (2005) afirma que las emociones en general (para él, los episodios emocionales prototípicos) son construidos psicológicamente. En mis términos, esos serían los procesos emocionales una vez que pudieron ser incorporados al relato cognitivo psicológico (de índole personal), dentro del cual se podrán distinguir aspectos fisiológicos (estado), aspectos cualitativos/subjetivos (experiencia), aspectos epistémicos (relaciones con las creencias y los deseos del sujeto, “post” estado emocional específico –motivos, razones, etc.–). Todo esto contribuye a la conformación del concepto de “miedo”.
Asimismo, en parte en virtud de la apertura conseguida con la redefinición de las diversas tareas de investigación, también los debates en torno a la caracterización de las emociones –que se habían articulado a partir de la dicotomía cartesiana entre res cogitans y res extensa, sustancias pensante y extensa, o, en términos contemporáneos, mente y cuerpo– han de ser repensados.
El escenario, hasta el momento, tal como fue presentado en los parágrafos precedentes, muestra que, en la ciencia cognitiva ortodoxa, la caracterización general del estado emocional es materia de discusión, dando lugar al enfoque somático, por un lado, concentrado en el cuerpo y en cómo las alteraciones corporales influyen sobre la mente, y, por otro lado, al enfoque cognitivo, que asume que deben ocurrir ciertos cambios en la mente en primer lugar para que exista cabalmente una emoción.
En este contexto, cabe destacar la segunda tesis que defenderé: si se ha de ofrecer una caracterización de la emoción (de cada emoción), es menester dar un paso más allá de la ciencia cognitiva ortodoxa, dejando atrás los constreñimientos que la ciencia cognitiva clásica, de profunda raigambre cartesiana, le ha impuesto a la investigación de las emociones. En ese sentido, la indagación en horizontes no clásicos, o poscognitivos (P. Calvo & Gomila, 2008), principalmente el enfoque enactivo (Colombetti, 2007; Colombetti & Thompson, 2007; Varela, Thompson, & Rosch, 1991), me permitirá mostrar que el abandono del marco teórico cognitivista/cartesiano, y consiguientemente la cancelación de ciertas limitaciones conceptuales que conllevaba la adopción de ese marco teórico, hacen posible la caracterización del fenómeno emocional de manera integral, haciendo lugar, además, al espíritu de las motivaciones que tuvieran los enfoques somáticos y cognitivos, y que, sin embargo, no pudieron resolver en su propia arena. Así, ha de advertirse que estas perspectivas no deben ser concebidas como antagónicas o contrarias. Específicamente, mostraré cómo la propuesta de Colombetti y Thompson (2007), al reapropiarse de la noción de “valoración”, hace patente no solo cuán compatible esta es con el marco conceptual enactivo, sino incluso cuánto se beneficiaría conceptualmente cualquier abordaje valorativo si se atreviese a reemplazar su concepción cartesiana clásica de la cognición y la mente toda por aquella propia de la nueva ciencia de la mente.
Existen –al menos– dos grandes maneras de afrontar los desafíos que la investigación sobre las emociones ha impuesto: me refiero a los dos grandes enfoques que quedan agrupados por la tradición bajo las denominaciones de “perspectiva” o “corriente perceptiva” (Charland, 1996) y que yo llamaré en este trabajo “somática”, por una parte, y “corriente” o “perspectiva cognitiva”, por la otra. Estas perspectivas han sido desarrolladas en el marco de teorías tanto psicológicas como filosóficas, manteniendo un marcado antagonismo. Con el objeto de brindar un panorama adecuado de cada una de estas perspectivas, en los capítulos 2 y 3, me ocuparé de reconstruir cada una de estas perspectivas, esto es, buscaré explicitar las tesis o motivaciones que fundamentan la reunión de los diversos autores bajo la denominación de “teorías somáticas” (o “perceptivas”) y “teorías cognitivas”, en cada caso. Mientras que los enfoques somáticos se concentran en el cuerpo y en cómo las alteraciones corporales influyen sobre la mente (tema que trataré en el capítulo 2: “El cuerpo”), los enfoques cognitivos asumen que deben ocurrir ciertos cambios en la mente en primer lugar (teorías que serán tratadas en el capítulo 3: “La mente”).
El examen de los diversos enfoques (en especial los canónicos, somáticos y cognitivos) inevitablemente obliga a efectuar cierto recorte, pues una revisión completa de todos los autores que han ofrecido aportes resulta impracticable. No obstante, puesto que la elección de ciertos autores (de los cuales sí ofreceré un análisis pormenorizado) en definitiva persigue fines más bien ejemplares, su revisión detallada permitirá exhibir, por una parte, aquello que considero serían las tesis fundamentales de cada corriente y, por otra, las diferentes especificaciones a partir de aquellas tesis generales compartidas, que dan lugar a distintas posiciones al interior de cada corriente. Una vez establecidos los sentidos peculiares que las emociones tienen, o los roles específicos que ellas juegan en cada programa de investigación, podré abocarme a la reconstrucción de un esquema general que las incorpore a ambas. En este sentido, en el capítulo 4, consideraré algunas propuestas mixtas o híbridas, haciendo énfasis en algunos problemas conceptuales que involucran. No obstante, en los últimos años, se han profundizado algunos cuestionamientos a los lineamientos conceptuales trazados por el cognitivismo, de espíritu cartesiano. Así, poco a poco se ha erigido un nuevo campo de confluencia intelectual (no necesariamente homogéneo) que busca poner en tela de juicio algunos de los presupuestos básicos de la ortodoxia cartesiana, que, ya sea para defenderla o para rechazarla, asume sus premisas conceptuales: cómo dar cuenta de los vínculos entre aquellas sustancias en principio diferentes. Este problema, no obstante, obtiene resoluciones dentro de la ortodoxa cognitivo-cartesiana con diversos perfiles: en un extremo, formas reduccionistas, en el otro, no reduccionistas. Y entre ellos aparecen las respuestas funcionalistas, que perfeccionan la metáfora computacional de la mano de la tesis de la realizabilidad múltiple o variable de los tipos psicológicos. Si bien, como decía antes, el cuestionamiento al cognitivismo clásico es amplio y variado, y dista de ser homogéneo, comparte un espíritu cuestionador de las tesis funcionalistas que merece ser atendido. Así, el capítulo 5 buscará indagar, dentro de este nuevo horizonte que presentan las ciencias cognitivas heterodoxas, la posibilidad de abordar el fenómeno emocional desde un campo que le sea propio, que no busque acomodar (ni subsumir) el fenómeno dentro de los estándares cognitivistas clásicos preexistentes (y ajenos), sino que se atreva a ponerlos en duda y contribuya a que se consolide un campo afectivo con legitimidad propia, el de la ciencia afectiva.
La hipótesis que ha servido de guía a esta investigación, y el punto fundamental que deseo mostrar, es que estas perspectivas somática y cognitiva no deben ser concebidas como antagónicas o contrarias. Por el contrario: parten de supuestos diferentes, que deben ser capitalizados como tales, en su especificidad, subrayando que ambos proyectos investigativos contribuyen a propósitos distintos. En este sentido, en el apartado final (“Conclusión. Desde la polisemia hacia el pluralismo emocional”), presentaré un enfoque global pluralista, que sepa integrar en la diferencia.
- Actualmente se está comenzando a revisar la hegemonía de la ciencia cognitiva clásica como la ciencia de la mente, dando lugar a lo que se conoce como “la nueva ciencia de la mente” (Rowlands, 2010). Volveré sobre esto más adelante. ↵
- Me refiero, por una parte, a la polémica entre teóricos de la teoría, teóricos de la simulación, teorías narrativistas y teorías interaccionistas. Para una revisión detallada y a la vez crítica de estas posiciones y sus interacciones, véanse Balmaceda (2009, 2014), Brunsteins, (2010) y Pérez (2013). Por otra parte, algunos autores directamente rechazan el modo estándar en que se da el debate en torno a cómo caracterizar la folk psychology (FP). Ratcliffe (2007) señala que las versiones de FP configuran posiciones filosóficas que poco tienen que ver con el sentido común y el modo en que se producen las interacciones cotidianas. Morton (2007) niega que la psicología folk sea un fenómeno de naturaleza homogénea, razón por la cual, además, se explica que se sugieran tantas y tan variadas formas de concebirla. También Goldie señala una inadecuación, en el sentido de que el mindreading, que pretenden suficiente para dar cuenta del comportamiento, es solo una pequeña parte de lo que en rigor se necesita (Goldie, 2007, p. 104).↵
- Véase Skidelsky y Pérez (2005) para una revisión de la evolución de la distinción personal/subpersonal en Dennett. ↵
- Véase, por ejemplo, Skidelsky (2006). ↵
- Sobre la discusión general, véase Pérez (1999, 2013).↵
- Por ejemplo, Clore y Ortony (1988) emplean esta estrategia cuando buscan dar cuenta de las emociones analizando 600 términos putativos emocionales del inglés.↵
- La heterogeneidad a la que Izard está haciendo referencia es un sentido adicional de variabilidad que padecen las emociones (lo que llamaré “heterogeneidad aspectual”), a la que me referiré a continuación, en el siguiente apartado. ↵
- El modo de entender la posición aristotélica también es objeto de discusión. Volveré sobre este asunto en el capítulo 4 (4.1.), en el que me ocuparé de las teorías psicosomáticas de las emociones. ↵
- Por “clase natural”, entiendo, junto a Griffiths, aquellas categorías que admiten la generalización o extrapolación a toda la categoría a partir de muestras ejemplares, es decir, tienen propiedades proyectables (Griffiths, 2004, p. 235). ↵
- Griffiths da un paso más y afirma que, incluso dentro de los conceptos específicos de emoción, como por ejemplo “enojo” (anger), también hay heterogeneidad: “… en algunas ocasiones cuando se dice adecuadamente que una persona está enojada, algunas teorías biológicas, neurocientíficas y psicológicas explicarán apropiadamente qué le está pasando a esa persona. En otras ocasiones de enojo, sin embargo, se necesitarán distintas teorías” (Griffiths, 2004).↵
- En la literatura sobre las emociones, es común encontrar a James y a Darwin dentro del mismo espectro conceptual. Sin embargo, también existen casos en los que se enfrentan los hallazgos de Darwin respecto de la universalidad de ciertas expresiones emocionales (transculturales e interespecie), como si se tratara de evidencia contra la posición somática jamesiana, en cuanto hace fuerte hincapié en el carácter expresivo de aquellos cambios corporales, cuestión que James relega. No obstante, no es así como debe entenderse el expresivismo darwiniano: Darwin no está comprometido con la existencia de una emoción previa, separable, que es luego expresada vía gestos faciales y otras conductas observables. Dewey (1894) ensaya una defensa interesante de Darwin, sin por eso oponerse las teorías somáticas jamesianas, que denomina “teorías de descarga”. Dewey dice: “Lo llamamos expresión al mirarlo desde el punto de vista de un observador […] la misma palabra ‘expresión’ nombra a los hechos no como son, sino en su segunda intención” (Dewey, 1894, p. 555).↵
- Como señala Machery (2007), a diferencia de los módulos de Fodor (1983), los módulos darwinianos no necesitan ser rápidos, automáticos, cognitivamente impenetrables o informacionalmente encapsulados. ↵
- Una de las “teorías biosociales” que citan Ortony y Turner (1990). ↵
- La traducción del término inglés feeling es problemática. Algunos han optado por traducirlo como “sentimiento” (por ejemplo, la traducción española de Kandel, Schwartz y Jessell [1997], elección que propicia la confusión con sentiment, que es claramente otra cosa, por ejemplo –Prinz [2004, pp. 189-190] se ocupa de ellos–. Otra traducción posible es “sensación”, pero esta tampoco es completamente satisfactoria, puesto que, como señala Hacker (2009), las sensaciones son solo un subtipo o especie del género feeling, que también incluye percepciones, afecciones y apetitos como otras subclases. De modo que hablar de sensaciones podría llevar a desatender a las otras subclases de feelings. Es por ello por lo que opté por traducir feelings por “sentires”, buscando subrayar la raíz semántica feel, ‘sentir’, pero evitando su identificación estrictamente ni con sentimientos, ni con las sensaciones (que, entre otras cosas, carecen de intencionalidad).↵
- Goldie (2000a) afirma que aquellas expresiones de los músculos esqueléticos y faciales también “pueden ser explicadas causalmente, pero no son acciones a pesar de que las concebimos como expresiones de la emoción, en lugar de concebirlas como parte de la emoción misma” (Goldie, 2000a, p. 34). Agrega que la razón para pensar que esos cambios corporales (que, en sentido amplio, incluyen acciones propiamente dichas, pero también expresiones faciales y corporales) son expresiones de la emoción es que su función es precisamente expresiva: comunicar la emoción a los demás (Goldie, 2000b, p. 137).↵
- La caracterización adecuada de “lo cognitivo” es tan espinosa como la de “lo emocional”. A esta altura, baste con notar que aquí “cognitivo” se opone a los procesos corporales meramente fisiológicos, en el sentido de que el sistema endócrino, el digestivo o el respiratorio no son sistemas cognitivos. ↵
- Las teorías valorativas contemporáneas definen las emociones como procesos, en lugar de como estados. Esto se refleja en el hecho de que el término “emoción” sea usualmente utilizado como abreviatura de un episodio emocional (Moors et al., 2013).↵








