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3 La mente

Teorías cognitivas de las emociones

O Hamlet, speak no more:

Thou turn’st my eyes into my very soul;

And there I see such black and grained spots

As will not leave their tinct.

   

Hamlet, acto 3, escena 4

Shakespeare

3.1. Presentación

Existe una idea ampliamente extendida en la literatura sobre las emociones según la cual las creencias de una persona son parte esencial de las emociones que experimenta (en ese sentido, se puede decir que son un elemento constitutivo de las emociones). Esta idea, como quedará más claro a continuación, configura un modo peculiar de caracterizar a las emociones, como consecuencia de una concepción particular de la comprensión o el acceso a su conocimiento (me refiero al conocimiento tanto de las propias emociones como de las ajenas). Sobre la idea de que, si logro identificar la creencia sobre la cual se erige la emoción, puedo definir o entender la emoción, los filósofos cognitivos tienden a preferir el análisis de los pensamientos que constituyen la emoción, “en su entorno social o incrustados [embedded] en una narrativa” (Hutchinson, 2009, p. 61). Y es precisamente en ese sentido en que Amélie O. Rorty afirma que, “cuando las personas actúan o reaccionan de modos que pueden ser explicados por creencias y deseos razonables, tendemos a suponer que estas creencias y deseos son causas de su comportamiento” (Rorty, 1982, p. 103).

Estos modos “epistémicos”, a su vez, generan un modo particular de concebir la tarea de investigación acerca de la naturaleza de las emociones, en palabras de Nico Frijda: “Las creencias son vistas como uno de los principales determinantes de las emociones, y de este modo una parte importante del estudio de las emociones puede ser adecuadamente visto como cayendo dentro del paraguas de la psicología cognitiva” (Frijda et al., 2000, p. 1). Pero, como presentaré a lo largo de este capítulo, definir las emociones a partir de un conjunto de creencias no es más que un modo de presentar la perspectiva cognitiva de las emociones.

En este capítulo me propongo reconstruir lo que se ha dado en llamar “teoría cognitiva de las emociones”, aunque en rigor no sea una teoría, sino una multiplicidad de teorías, filosóficas y psicológicas, con un espíritu en común. Por esa razón, en lo sucesivo me referiré a este complejo teórico como “corriente” o “perspectiva cognitiva”, que a su vez recoge distintas posiciones de corte cognitivo. Esta perspectiva reúne lo que en la literatura se encuentra bajo los nombres de “teorías cognitivas” (Charland, 1997; Gazzaniga & LeDoux, 1978; Lyons, 1980; Power & Dalgleish, 2008; Prinz, 2004b), “teorías valorativas” (appraisal theories) (Arnold, 1960; Lazarus, 1991; Moors et al., 2013) y “escuela de las actitudes proposicionales” (Griffiths, 1997).

En líneas generales, y a modo preliminar, se puede decir que se entiende por “perspectiva cognitiva de las emociones” aquella que le otorga a la cognición un lugar preponderante en el proceso emocional. Asimismo, Gazzaniga y LeDoux proveen la siguiente síntesis de la posición cognitiva:

De acuerdo con la teoría cognitiva, los mecanismos neurales y fisiológicos que subyacen a la experiencia emocional sólo proveen un estado de excitación inespecífico, donde la dirección de la excitación es determinada por la aprehensión cognitiva de la situación externa que da lugar a la excitación (Gazzaniga & LeDoux, 1978, p. 152).

Tomo esta presentación como propedéutica en cuanto alcanza para delinear el punto a partir del cual se articula el debate sobre la naturaleza del fenómeno emocional. En lo que sigue, examinaré distintas propuestas que mantienen un espíritu cognitivo con el objetivo de precisar, por ejemplo, qué quiere decir que algo sea cognitivo, qué compromisos (ontológicos, epistemológicos) tienen esos componentes cognitivos, qué tipo de función se pretende que tengan cuando se defiende la idea de que cumple un rol preponderante (¿es parte constitutiva o causa?; ¿es condición suficiente para una emoción?; ¿o solo condición necesaria?).

Probablemente uno de los rasgos más importantes de este enfoque provenga del contexto de su aparición. De acuerdo con Bearison y Zimiles (1986, capítulo 1), este modo específico de concebir las emociones guarda un fuerte vínculo con el surgimiento de la tradición cognitiva en psicología, fundamentalmente guiada por la reacción contra la ortodoxia conductista. En la psicología de las emociones, esto se manifestó en el alejamiento de las teorías somáticas (fisiológicas) –revisadas en el capítulo anterior– y su redireccionamiento hacia perspectivas que enfatizaran el rol de la cognición, o la mente (Griffiths, 1997, p. 24). En un sentido similar, y como otra cara o aspecto de la misma revolución cognitiva dentro del ámbito emocional, Solomon se propone darle batalla al antiguo prejuicio de la irracionalidad de las emociones. Solomon (2003, “Prefacio”) subraya más precisamente su interés por combatir la idea de que las emociones simplemente nos suceden, y de que está absolutamente fuera de nuestro alcance controlarlas. A continuación, revisaré algunas versiones de esta corriente cognitiva, que incluye tanto puntos de vista científicos como anclados en nuestro lenguaje “de sentido común”, según focalizan el carácter cognitivo en (1) el aspecto valorativo (apartado 3.2), (2) las actitudes proposicionales o la gramática de nuestros términos ordinarios de emoción (apartado 3.3), o (3) la motivación racionalista (apartado 3.4).

3.2. Las teorías valorativas: desde Arnold hasta el presente

3.2.1. Magda Arnold

El concepto de “valoración” (appraisal) es una noción tan extendida como ambivalente. La principal fuente de confusión proviene del hecho de que “valoración” se utilice para referirse tanto al estado final (lo valorado), como al acto o proceso a través del cual se obtiene la valoración-estado (Lazarus, 2001, p. 42)[1]. Nico Frijda (1993) señala cómo el concepto de “valoración” se ha empleado en la literatura de una manera dual: por un lado, para referirse al contenido de la experiencia emocional y, por otro lado, también para hablar de los antecedentes cognitivos de la emoción.

Magda Arnold, en su texto Emotion and Personality (1960), introduce el término “valoración” o “apreciación” para referirse a un componente de las emociones ­–que, a su vez, comprendían otros aspectos, tales como cambios en el sistema nervioso autónomo, tendencias motoras, y sentires–. Una de las cuestiones más importantes sobre las que cabe llamar la atención es que Arnold realiza una distinción en el ámbito de las valoraciones entre dos tipos de juicios:

  1. Juicios sensoriales (sense judgments): caracterizados por ser directos, inmediatos, no reflexivos, no intelectuales, automáticos, instintivos e intuitivos.
  2. Juicios reflexivos (reflective judgments) o evaluaciones secundarias: deliberados, valoraciones conscientes; a la vez, son raros y dependientes de las valoraciones intuitivas.

La relevancia de atender a esta distinción es múltiple. En primer lugar, puesto que es una distinción que seguirá vigente a lo largo del desarrollo de la corriente cognitiva. Pero, sobre todo, en segundo lugar, porque existen razones historiográficas que llevan a llamar la atención sobre esta distinción, nacida en el seno mismo del trabajo seminal de Arnold sobre las valoraciones. Resulta notable cómo, en los años en que la perspectiva cognitiva fue desarrollando la intuición original de Arnold, las diversas propuestas se fueron distanciando del carácter mixto de su propuesta, en particular, minimizando el rol del cuerpo en la emoción. El hecho de que Arnold tuviera en mente una concepción mixta de las emociones donde conviven elementos somáticos y cognitivos/mentales guarda interés tanto histórico como sistemático. Desde el punto de vista histórico, es relevante en cuanto que su propuesta es tradicionalmente presentada como la fundadora de las propuestas valorativas, puramente cognitivas, lo cual evidentemente es errado e injusto respecto de lo efectivamente defendido por la autora[2]. Pero, además, es sumamente relevante desde el punto de vista sistemático, a la luz de la recuperación conceptual de la noción de appraisal, en autores como Jesse Prinz, que defiende una postura corporizada de la valoración (Prinz, 2004b), y en Giovanna Colombetti (2014), que defiende una perspectiva enactiva de las emociones, de la mano de la reconceptualización de las valoraciones precisamente como enactivas; volveré sobre ellos en los capítulos 4 y 5, respectivamente.

3.2.2. Richard Lazarus

El aporte de Richard Lazarus cobró especial importancia en el estudio de las emociones a partir de la discusión que mantuvo con Robert Zajonc en la década del 1980, en un conjunto de publicaciones en la revista American Psychologist, concentrada específicamente en la relación de las emociones con la cognición. En cierta medida, el debate Zajonc/Lazarus se hizo un lugar en la historia general de la investigación en torno a la caracterización de las emociones, en cuanto sirve como ejemplo más circunscripto del debate general y permite ilustrar de un modo más accesible qué es lo que está en juego en la discusión. En el capítulo 2, presenté la posición de Zajonc; en lo que sigue, presentaré la versión cognitiva/valorativa de las emociones de Lazarus, atendiendo además a algunos trabajos un poco posteriores.

La concepción de Lazarus puede sintetizarse bajo la idea de que cierto tipo de pensamiento o cognición es una precondición necesaria para toda emoción. En particular, Lazarus (1982) postula que son las valoraciones cognitivas (cognitive appraisal) las que vinculan y median las relaciones entre los sujetos y el ambiente, provocando emociones particulares como resultantes de las evaluaciones específicas que realiza el sujeto en cuanto a su relación con el ambiente (en virtud de su bienestar)[3]. Su hipótesis general es que “cognición y emoción están usualmente fusionadas en la naturaleza” (Lazarus, 1982, p. 1019), a las que luego se les sumará la motivación, lo cual dará lugar a su tesis de la conjunción e interdependencia de la emoción, cognición y motivación (Lazarus, 1999, p. 13). De modo que, de acuerdo con esta idea, la teoría de las emociones que se proponga deberá reflejar esa estrecha vinculación a la que él se refiere como “fusión”.

En su argumentación se vale inicialmente del punto de vista de Zajonc para discutir contra la posibilidad de que existan emociones propiamente dichas que prescindan de todo elemento cognitivo. El ataque puntual a la perspectiva afectiva de Zajonc le servirá como dispositivo para argumentar a favor de su propia concepción cognitiva, esto es, la que sostiene que cierta actividad cognitiva es condición necesaria y suficiente para toda emoción (Lazarus, 1982, p. 1019). Aplicando la máxima de que la mejor estrategia de defensa es un buen ataque, busca socavar la perspectiva afectiva atribuyéndole una incorrecta comprensión de la cognición. Según Lazarus, el responsable del desacuerdo entre los autores es el modo inadecuado en que Zajonc concibe a la cognición, según el cual,

si uno acepta el principio de que el significado se encuentra al final de un proceso cognitivo seriado, entonces, acomodar el hecho de que podemos reaccionar emotivamente de modo instantáneo, nos fuerza a abandonar la idea de que la emoción y la cognición están necesariamente conectadas causalmente (Lazarus, 1982, p. 1021).

Es decir, si uno se encuentra comprometido con la idea de que la cognición opera únicamente de modo mediato (no instantáneo) y con percatación consciente, naturalmente nos llevaría a romper el vínculo necesario entre la emoción y los antecedentes cognitivos. No obstante, arguye Lazarus, la cognición debe separarse conceptualmente de la racionalidad y la deliberación: como resultado de la herencia neural y su experiencia, un sujeto tiene esquemas cognitivos que, por ejemplo, significan peligro instantáneamente ante un sonido brusco. A pesar de que los esquemas requeridos en asuntos humanos pueden ser más complejos, la valoración (appraisal) del miedo no debe ser necesariamente deliberada (Lazarus, 1982, p. 1022).

Asimismo, las evaluaciones cognitivas no deben implicar necesariamente conciencia de los factores sobre los que descansa. Textualmente afirma:

Estaría de acuerdo con que una persona no necesita percatarse [be aware] de sus evaluaciones cognitivas y puede utilizar una lógica primitiva, pero argumentaría en contra de la idea de que algunas valoraciones (Zajonc se refiere a las preferencias) no son cognitivas (Lazarus, 1982, p. 1022).

3.2.2.1. ¿Cuál es el requisito cognitivo mínimo de una emoción?

La cuestión clave, entonces, descansa sobre cómo caracterizar ese prerrequisito cognitivo, que, como anteriormente fue señalado, no implicaría percatación ni deliberación consciente. La disputa, en consecuencia, versaría en torno al tipo de procesamiento que debe tener lugar para que se produzcan las respuestas emocionales, y ahí sí considerar si a este le cabe el carácter de cognitivo.

En un sentido relevante, la teoría valorativa de las emociones, que es una de las principales fuentes del cognitivismo en emociones, justifica su pertinencia cognitivista, en el seno mismo de su definición, configurando una suerte de petición de principio:

Saber o percibir algo y estimar el efecto que tendrá sobre nosotros son dos procesos distintos, y la apreciación necesariamente presupone la percepción […]. El estimar cómo nos afecta personalmente parece requerir un paso más allá de la percepción que no puede ser la función de ninguna modalidad sensorial sola ni de todas ellas juntas. Al mismo tiempo, como hemos visto, esta apreciación es instantánea e intuitiva; de aquí que no pueda ser el resultado de la reflexión, sino que debe ser el trabajo de alguna función sensorial integrativa. Siguiendo a la percepción y completándola, la apreciación posibilita un acercamiento activo, aceptación o rechazo, y así establece nuestra relación con el mundo exterior (Arnold, 1960, p. 188, el énfasis es mío).

Buscando una respuesta a la pregunta que da título a este apartado, Lazarus se pregunta más exactamente qué podría transformar estados sensoriales en emociones (Lazarus, 1984, p. 126). Mostrando cierta coincidencia con la fórmula de Zajonc (véase 2.3.), Lazarus distingue dos modos de valorar: uno automático[4], no reflexivo e inconsciente o preconsciente; el otro, consciente y deliberado. Y destaca que “no es posible decir con seguridad qué proporción de valoraciones y emociones están basadas en cada modo de actividad cognitiva, y quizás la mayoría de las valoraciones de los adultos involucra una mezcla de ambas” (Lazarus, 1991, p. 155). Cabe recalcar que, aunque esta distinción se encontraba ya presente en la introducción original que Magda Arnold realizó en 1960 –como también puntualicé en el parágrafo anterior– y que fuera también asumida por algunos otros importantes teóricos de las emociones, como Paul Ekman, quien admite que “habitualmente la valoración no solamente es rápida sino que sucede sin percatación, de modo que debo postular que el mecanismo de valoración es capaz de operar automáticamente” (Ekman, 1977, p. 58)[5], aun así, Zajonc la pasa por alto en la discusión que mantiene con Lazarus en la década del 80, y no es sino hasta la publicación de 1991 cuando Lazarus explicita que, en rigor, se trata de dos modalidades de la valoración. Hasta ese momento se limitaba meramente a negar que la actividad cognitiva implicada en la valoración requiriese algo como reflexividad, deliberación, racionalidad o conciencia (Lazarus, 1982, p. 1022).

Nótese asimismo que esta formulación incluye una serie de presupuestos, de modo que, en la mera presentación del problema, se desliza una respuesta preliminar. Por un lado, establece que las emociones son estados distintos de los estados sensoriales, estados que, por otro lado, precisan de una ulterior elaboración (o transformación) para dar lugar al estado emocional. Además, se postula a la cognición (o componente cognitivo) como el operador responsable de aquella transformación –necesaria por definición– de los inputs sensoriales, que da por resultado estados emocionales.

Su respuesta es que aquella transformación necesaria para “producir una emoción a partir de estados sensoriales es una valoración de aquellos estados como favorables o dañinos para nuestro bienestar” (Lazarus, 1984, p. 126). Aunque no brinda mayores precisiones acerca de los mecanismos específicos que tienen lugar en dicha transformación, sí conseguiría dar cuenta del rol de la valoración en el esquema general, es decir, se limita a hacer una afirmación en el nivel funcional de análisis (Marr, 1982)[6]. Y, a su vez, al postular que existen dos modos diferentes de valorar, realiza una afirmación en el nivel algorítmico, mientras que, respecto del nivel de implementación, guarda silencio.

De modo que, habiendo descartado la posibilidad de que una emoción (cualquiera) ocurra prescindiendo de todo participante cognitivo, es decir, habiendo respondido negativamente a la pregunta que se hacía Zajonc (acerca de si es posible que inputs puramente sensoriales, no transformados, generen reacciones emocionales de manera directa), Lazarus propone el siguiente reemplazo: el verdadero interrogante es cómo la cognición moldea las emociones. Asumida su participación necesaria, la única cuestión radicaría en ver qué tipo de cognición sería capaz de despertar emociones de diferentes intensidades y clases.

A continuación, presentaré más detalladamente en qué consiste su respuesta, pero antes nótese que la disputa que mantiene con la perspectiva somática en general y con Zajonc en particular también comprende una discusión en torno a la interpretación de la evidencia experimental disponible. Lazarus evalúa y rechaza una a una las primeras cuatro líneas de evidencia citadas por Zajonc. La objeción común a todas ellas es que Zajonc no lograría realmente eliminar la posibilidad de que exista cierta actividad cognitiva involucrada cuando afirma:

… la esencia de mi posición es, de hecho, que en esta etapa de la teoría, el conocimiento y el método, Zajonc no puede probar que una cognición no esté presente en una emoción, menos aún antes de que ocurra, tanto como yo no puedo probar que esté presente (Lazarus, 1984, p. 126).

Alternativamente, sugiere que, si el asunto versara en torno a si las valoraciones cognitivas afectan a las emociones en lugar de a si las emociones requieren valoraciones cognitivas, para ello sí habría abundante evidencia a favor (Lazarus, 1984, p. 127).

3.2.2.2. Emoción y valoración

La idea de que las valoraciones son condiciones de posibilidad de las emociones tiene dos consecuencias importantes. La primera, como ya he dicho, es que no es posible que ocurra una emoción cualquiera sin una correspondiente evaluación (de la relación del sujeto-entorno, concerniente al bienestar del sujeto). Pero existe un sentido adicional de dependencia. Este es el que hace que un estado no solo sea emocional, sino que sea de un tipo particular de emoción. Así es como Lazarus da cuenta de la diferenciación de tipos emocionales. La primera distinción surge de cómo es vista la relación sujeto-ambiente, esto es, como beneficiosa o como dañina. De esta surge una especialización preliminar de las emociones, que las divide en emociones positivas y negativas, en virtud de si valoran la relación con el ambiente como una relación beneficiosa o dañina, respectivamente, para el propio bienestar del sujeto. Esta valoración, comúnmente conocida como “valencia”, recoge el espíritu de la posición dimensional de Wundt, a la que me referí en el capítulo 1, que, en efecto, recupera Arnold –como indiqué al comienzo de este apartado–.

El enriquecimiento teórico que realiza Lazarus implica que, luego de aquella dimensión inicial, expresada en la valencia positiva o negativa, se lleva a cabo una especialización ulterior a partir de las distintas configuraciones que tales situaciones beneficiosas o dañinas pueden representar, dando lugar a diferentes categorías concretas de emoción (cólera, ansiedad, culpa, vergüenza, tristeza, disgusto, felicidad, esperanza, orgullo, amor, alivio son algunas de las mencionadas por el autor). De modo que estos patrones de valoraciones de la relación sujeto-ambiente se fusionan en lo que Lazarus denomina “temas relacionales centrales” (core relational themes)[7] (en adelante TRC), donde cada género de emoción se caracteriza por tener un tema relacional central distintivo (véase figura 5).

La importancia aquí otorgada a las valoraciones hace menester remarcar la diferencia entre esta posición y otra famosa versión cognitiva, conocida como “teoría cognitiva etiquetadora” (cognitive labeling theory). Lazarus explícitamente se aparta de la línea inaugurada por Schachter y Singer (1962)[8] y la encuentra inadecuada precisamente en virtud de que concibe a la mediación cognitiva a partir de la función “etiquetadora”, relegando el rol causal de la valoración. Volveré sobre esta distinción en el próximo capítulo.

No obstante, no son las valoraciones las únicas variables involucradas en el proceso causal (o mediador). Este también incluye tendencias de acción (que proveen la conexión entre una emoción y su patrón de respuesta fisiológica) y los procesos de defensa o de afrontamiento (coping process). El punto entonces es que “valorar” implica considerar la significación del ambiente para el sujeto, esto es, el impacto que la situación que lo rodea, el entorno, tendría sobre él, no solo sobre su cuerpo, sino, en especial, sobre sus intereses (concerns), la satisfacción u obstrucción de sus metas (Frijda, 1986), la adecuación a sus creencias, etc.

Ahora bien, en cuanto a estos TRC, debe aclararse que el mérito de Lazarus radica en haber ofrecido una complejización de la perspectiva dimensional que presentara Arnold, según la cual las valoraciones actúan en relación con tres dimensiones: es beneficioso o dañino; involucra un objeto presente o ausente; involucra objetos fácil o difícilmente conseguibles o evadibles.

Las distintas emociones surgen de las diversas combinaciones posibles de estas dimensiones. En esa línea, Lazarus extiende el número de dimensiones, que conforman un total de seis:

 A estas seis, Lazarus las llama “valoraciones moleculares” (molecular appraisals), concebidas como los juicios o las evaluaciones que los sujetos realizan antes de alcanzar a un estado emocional.

Los componentes de la valoración primaria remiten a la significatividad o relevancia personal de las circunstancias, mientras que los de la secundaria remiten a posibles estrategias de resolución de la situación que enfrenta (Lazarus, 1991, p. 87).

Entre los componentes de la valoración primaria, la relevancia de las metas se refiere a la importancia que la situación tiene para la persona, i.e. si están en juego cuestiones de interés del sujeto. De no ser relevante, no habrá ninguna emoción, pero, si lo es, tendrá lugar una emoción u otra, dependiendo de cómo resulta la relación con el ambiente. La congruencia o incongruencia de las metas se refiere al grado de consistencia o facilitación que la situación a la que el sujeto se enfrenta implica para alcanzar aquello que quiere. La congruencia de las metas conduce a emociones positivas, mientras que la incongruencia, a negativas. El tipo de implicación del ego refiere a diversos aspectos de la identidad personal (ego-identity) y los compromisos personales, entre ellos, la autoestima, la estima social, ciertos valores morales, e ideales personales. Este último componente de la valoración primaria será fundamental en la especificación de la respuesta emocional y también en la intensidad de esta (Lazarus, 1991, pp. 149-150).

En cuanto a los componentes de la valoración secundaria, la responsabilidad se refiere al juicio sobre qué o quién es responsable del resultado; este puede tomar la forma de culpa o de crédito. La defensa potencial o potencial de afrontamiento describe la evaluación que el sujeto realiza de las perspectivas que determinado accionar tendría sobre la relación sujeto-ambiente. La expectativa futura valora la probabilidad de que, en el futuro, se dé un cambio, ya sea mejorando o empeorando la situación, i.e. convirtiéndose en más o menos congruente respecto de las metas.

Todas estas, a su vez, se distinguen de las “valoraciones molares” (molar appraisals), que se diferencian de las anteriores por no ser ellas mismas juicios, sino por ser una suerte de resumen, que capta la esencia de ese conjunto de juicios. Prinz (2004b, p. 15), para dar cuenta de la diferencia entre las valoraciones molares y moleculares, apela a los niveles de análisis de Marr (1982) y sugiere que los niveles molar y molecular pueden ser mejor comprendidos a la luz de los niveles computacional y algorítmico, respectivamente.

Estas valoraciones molares son para Lazarus las que capturan los TRC, a los que me refería anteriormente, es decir, las diversas apreciaciones (de daño o beneficio) de las relaciones que el sujeto entabla con el ambiente. A modo de ejemplo, Lazarus presenta la siguiente clasificación de emociones, con sus correspondientes TRC, recogiendo los significados generales de cada emoción (aquello que las emociones estarían diseñadas para detectar).

Figura 5

Emoción

Tema relacional central

Ira

Ofensa degradante, contra uno y lo suyo.

Ansiedad

Enfrentamiento a una amenaza incierta y existencial.

Miedo

Enfrentamiento a un peligro inmediato, concreto y físicamente abrumador.

Culpa

Transgresión de un imperativo moral.

Vergüenza

Incumplimiento de un ideal propio.

Tristeza

Experimentación de una pérdida irrevocable.

Envidia

Pretensión de lo que posee otro.

Celos

Resentimiento de una tercera parte ante la amenaza o pérdida del afecto de otro.

Asco

Cercanía de un objeto o una idea desagradable.

Felicidad

Progreso razonable hacia la consecución de una meta.

Orgullo

Alcanzar una de las implicaciones del ego siendo el responsable de ese logro.

Alivio

Condición angustiante incongruente con las metas que ha desaparecido.

Esperanza

Temer lo peor, pero anhelar lo mejor.

Amor

Deseo de participación en el afecto, usualmente recíproco, pero no necesariamente.

Compasión

Sensibilidad al sufrimiento ajeno y deseo de ayudar.

Extraído de Lazarus (1991).

3.2.2.3. Aspectos metateóricos: la inseparabilidad de las emociones y la cognición

La tesis fuerte de Lazarus es que cognición, emoción y motivación están tan intrínsecamente entrelazadas, que cualquier distinción conceptual resulta forzada y antinatural. Esta idea no solo desafía la posibilidad de establecer cuáles han de ser los requisitos (cognitivos) para las emociones, sino que, además, tiene consecuencias profundas sobre otro aspecto que, aunque sumamente importante, no trataré aquí. Me refiero al hecho de que también las emociones poseen un alto impacto sobre los estados cognitivos en general (ver, por ejemplo, Damasio [1994]).

Pero, además de las implicancias metateóricas de esta tesis, como la imposibilidad de establecer distinciones conceptuales de los relata, la idea del flujo continuo lo lleva a efectuar la siguiente pregunta: “¿Acaso esto sugiere que la cognición siempre está antes en la relación emoción-cognición?”. El lector anticipará razonablemente que su respuesta es afirmativa, coherentemente con su perspectiva cognitiva. Sin embargo, Lazarus sorprende al responder:

De ningún modo. […]. Dependiendo de dónde uno inicia la entrada en el flujo, que es arbitrario, cualquier respuesta puede ser también un estímulo, pero no en el mismo instante. […]. En otras palabras, aunque la emoción sea una respuesta al significado, también puede darse antes del próximo pensamiento, que es, en su turno, una respuesta a las emociones experimentadas y su impacto en los otros y uno mismo (Lazarus, 1999, p. 8).

En rigor, no debiera asombrarnos, puesto que, si bien parece conceder explícitamente que no siempre hay una cognición previa a la emoción, la discusión con los independentistas de las emociones no está verdaderamente resuelta. Por el contrario, Lazarus busca subrayar aquí que, dado que existe un continuo entre emociones, pensamientos y conductas, naturalmente existirán casos de emociones anteriores a otros pensamientos, que, por así decir, serán pensamientos que no podrán tener que ver con el disparo previo de la emoción en cuestión –“[las emociones] son el resultado de la cognición, pero sucesivamente afectan a la cognición” (Lazarus, 1984, p. 126)–. En realidad, Lazarus está deslizando subrepticiamente un sutil cambio de tema: las emociones pueden tener efectos sobre la cognición. No obstante, ese reconocimiento –si bien apunta a una cuestión sumamente interesante–, en rigor, no responde a la cuestión que nos ocupa, que versa en torno a la necesidad de algún tipo de evento o procesamiento cognitivo que medie entre los inputs sensoriales y las experiencias emocionales.

La tesis básica de Lazarus, en su formulación de 1999, se resume así:

La cognición, en la forma de una evaluación [evaluation] (técnicamente una valoración [appraisal] que involucra significado [involves meaning]), está siempre involucrada en las emociones, sin importar qué estados mentales y actos manen de esa emoción. […]. Enfocarse en la secuencia es perder de vista que cognición y emoción son siempre rasgos necesarios de una emoción y que cualquier cambio en la emoción es consecuencia de una nueva valoración, quizás provocada por eventos subsiguientes o por una revaloración defensiva (Lazarus, 1999, p. 9).

La teoría valorativa de Lazarus, en síntesis, se construye a partir del postulado metateórico de que cognición, motivación y emoción se dan siempre conjuntamente y son interdependientes. Este supuesto de la fusión triádica, que dicta que los intentos de trazar divisiones tajantes entre ellas violan la unidad de estas funciones psicológicas (Bruner, 1986), le permite concluir que, puesto que los procesos cognitivos, emocionales y motivacionales están íntegramente fusionados, “separarlos equivale a crear categorías científicas arbitrarias que no existen en la naturaleza” (Lazarus, 1999, p. 13).

3.2.3. Teorías valorativas en el siglo xxi

La vigencia de las teorías valorativas es tal, que todavía hoy existen defensores de teorías valorativas de las emociones. Lo primero que destacar de las teorías valorativas contemporáneas es que conciben a las valoraciones como procesos, distinción que parece haber sido omitida en las discusiones previas, aunque, como comentaré luego, no son las únicas teorías en llamar la atención sobre el carácter dinámico de las emociones. Moors et al. (2013) reconstruyen las teorías valorativas contemporáneas como teorías componenciales, puesto que conciben al episodio emocional como un complejo formado por distintos subsistemas –en coincidencia con los componentes que identifica Scherer (1982)–:

  1. un componente valorativo con evaluaciones del ambiente y de la interacción organismo-ambiente;
  2. un componente motivacional con tendencias de acción u otras formas de disposición para la acción;
  3. un componente somático con respuestas fisiológicas periféricas;
  4. un componente motor con conducta expresiva e instrumental;
  5. un componente afectivo con experiencias subjetivas o sentires.

Una cuestión interesante para enfatizar es que, así entendidas las teorías valorativas, resulta patente que no son pura o estrictamente cognitivas, sino más bien teorías híbridas o mixtas: incluyen aspectos cognitivos –en la medida que se siga concibiendo a la valoración como algo diferente a la percepción–, así como también elementos somáticos. Pero dejaré este punto para ser tratado en el próximo capítulo, dedicado especialmente a las teorías mixtas o psicosomáticas.

¿Qué es lo que hace que una teoría sea propiamente una teoría valorativa? Como ya dije, valorar implica tomar en consideración la significación del ambiente para el sujeto (sus intereses [concerns], la adecuación a metas, creencias, etc.). En ese sentido, se sigue que las valoraciones son intrínsecamente transaccionales (Moors et al., 2013)[9]. Pero lo que las define como teorías valorativas, en particular, radica en la función que se le asigna a la valoración: defender una posición valorativo-cognitiva implica reconocer la existencia de componentes valorativos, pero, más específicamente, consiste en atribuirle una función específica a la valoración:

… las emociones son producidas [elicited] y diferenciadas sobre la base de la evaluación o valoración [appraisal] subjetiva del individuo de la significación que un evento, situación u objeto, tiene para su persona, de acuerdo con un número de dimensiones o criterios (Scherer, 1999, p. 637).

Es decir, no alcanza con conceder que hay valoraciones, sino que es necesario atribuirle un rol especial: las teorías valorativas asumen que la valoración dispara y especifica los episodios emocionales, a través de la operación de numerosos cambios sincrónicos en diversos componentes. Aunque existan otros componentes relevantes, es la valoración la que determina y la que coordina a los demás. En tal sentido, las teorías valorativas especifican los criterios o las variables relevantes para diferenciar emociones, algunos de los cuales ya he mencionado: relevancia de metas, congruencia de metas, certeza, agencialidad (o responsabilidad sobre el hecho), posibilidad de control, etc. (recuérdese la revisión de los TRC de Lazarus).

Figura 6

Extraído de Moors (2009).

En un sentido similar, Klaus Scherer postula que una de las principales funciones del sistema emocional es la “evaluación constante de (i) los estímulos internos y externos en terminos de su relevancia para el organismo y de (ii) las reacciones conductuales que pudieran ser requeridas en respuesta a tales estímulos” (Scherer, 1982, p. 558). Asume además que ese proceso de evaluación consiste en una “secuencia de etapas de procesamiento de estímulos organizadas jerárquicamente que ocurre muy rápidamente”. La jerarquía está atravesada por el hecho de que el sistema emocional tiene una función adaptativa: la secuencia de chequeos evaluativos estará organizada de modo tal que las dimensiones más relevantes para la supervivencia sean las primeras en ser tenidas en cuenta.

Como dije antes, las teorías valorativas modernas, que le otorgan una función preponderante a la valoración, asimismo asumen que las valoraciones son procesos, dando lugar a una concepción dinámica de las emociones. Fue el mismo Scherer (1982, 2005) el primero en llamar la atención sobre los problemas propios de las concepciones estáticas de las emociones, sugiriendo su reemplazo por una visión componencial y dinámica: para poder lidiar con la naturaleza dinámica del comportamiento emocional, se debe conceptualizar la emocion como un proceso, en lugar de como un estado constante (steady state). Esta noción de “proceso” será caracterizada por el “procesamiento secuencial de la información intraorganismo e interacciones extremamente complejas entre los diferentes componentes” (Scherer, 1982, p. 556). Situándose por encima de la discusión en torno al caracter disruptivo o adaptativo de las emociones[10], afirma que su concepción “ve a las emociones más ampliamente como la interfaz entre un organismo y su ambiente, mediando entre situaciones y eventos constantemente cambiantes y las respuestas conductuales del individuo” (Scherer, 1982, p. 556).

Ahora bien, retomaré lo que más arriba señalé como la cuestión clave: ¿qué tipo de procesamiento supone la valoración cognitiva? –y ¿qué concepción se tiene acerca del contenido?–, ¿cuáles son los mecanismos subyacentes a las valoraciones, así concebidas? Moors et al. (2013) reportan cierto consenso entre quienes abrazan teorías valorativas respecto de la multiplicidad de mecanismos que subyacen a las valoraciones, como también es amplia la gama (el formato) de representaciones con las que opera: conceptuales o proposicionales, perceptuales o corporizadas, localizadas o distribuidas. Las valoraciones frecuentemente tienen lugar de modo automático (inconsciente, rápido, no sujeto al control voluntario), pero a veces también pueden proceder de modo no automático (Moors, 2010; Moors & De Houwer, 2006).

No obstante, Moors (2013) restringe –levemente– la definición de “valoración”, al advertir que su perspectiva encuentra fundamento en el marco de los niveles de análisis de Marr (1982), que opera con nociones como las de “mecanismo” y “representación” (i.e. en el nivel algorítmico). En este sentido, se imprimen algunos constreñimientos: los mecanismos capaces de sustentar a las valoraciones deben estar mediados por una representación o resultar en una, donde “representación” se entiende de modo estrictamente funcional como aquello que es invocado para explicar relaciones variables de inputoutput (Bermudez, 1995; Moors, 2007). En un sentido análogo, Reisenzein presenta su teoría valorativa, remarcando que, por su carácter puramente estructural, carece de presupuestos respecto de la forma de los procesos de las valoraciones en cuestión: “… cualquier modo de determinar el valor de una función valorativa V para un objeto O cuenta como un modo de valorar O en la dimensión valorativa correspondiente” (Reisenzein, 2001, p. 189). Acentúa asimismo que esta perspectiva estructural/funcional es completamente compatible con diversas teorías de procesamiento (algorítmico).

En segundo lugar, Moors (2013; Moors et al., 2013) también remarca otro punto que he subrayado en las páginas precedentes: las valoraciones frecuentemente ocurren de modo automático (entendiendo por “automático” que no está al alcance del control voluntario, inconsciente, eficiente o rápido (Moors, 2010), aunque a veces puede suceder de modo deliberado. Al mismo tiempo, señala, valorar no consiste en manipular principios cognitivos abstractos, lo que no conforma ninguna novedad, puesto que ya Arnold advertía que “la valoración que despierta una emoción no es abstracta; no es el resultado de la reflexión. Es inmediata y no deliberada” (Arnold, 1960, p. 184).

Por el contrario, “frecuentemente involucra el reconocimiento de ‘oportunidades para la acción’ [action affordances] en los eventos percibidos” (Moors et al., 2013, p. 120), mostrándonos una apertura hacia concepciones “no clásicas” de la cognición, de las que me ocuparé más extensamente en el capítulo 5.


He subrayado, insistentemente, que la característica principal de las teorías valorativas (como subtipo de las teorías cognitivas) se ubica en su función especificadora o determinante de la emoción, como resultado de la intersección de las múltiples valoraciones, en diversos órdenes (novedad, valencia, certeza, agencia, congruencia con metas, etc.). Ahora bien, esto convierte a la valoración tanto en el componente principal (dejando a un lado por el momento cuántos y cuáles son los otros), como en su causa, dando lugar a una situación un tanto anómala: la causa de la emoción es ¡al mismo tiempo! un componente (y el primordial).

Esta situación no es insalvable. Moors (2013) diseña varias estrategias para mostrar que esta presunta incompatibilidad de roles en realidad puede revertirse. La primera y más obvia es negar que las valoraciones en rigor causen emociones. Pero Lazarus (1991) defiende que las valoraciones son causa necesaria de las emociones (V → E), de manera que su táctica para eludir el absurdo seguirá de rechazo del carácter problemático de la causación parte/todo (V → VB) presente en el vínculo entre las valoraciones y la emoción. Para ello exhibe cómo esa relación se presenta en otros ámbitos de la naturaleza (los microbios causan enfermedades que resultan compuestas por microbios), de lo que no se sigue de ninguna manera la situación (verdaderamente) paradójica de la autocausación (V → V). También Roseman y Smith (2001) asumen de modo no problemático que las valoraciones pueden ser causas de las emociones, componentes y consecuencias de las emociones. De modo análogo al de Lazarus, sostienen que percibir que una persona es culpable de un daño hacía mi (o lo mío) produce cólera, y aquella misma percepción es típicamente parte de la fenomenología de la ira (e, incluso, usualmente un efecto de la cólera –una manifestación–).

En segundo lugar, cabe decir que se incurre en este escenario paradójico solo cuando se toma al enfoque de un modo global y generalizado. Sin embargo, esto no es sino otra consecuencia más del hecho de que la corriente cognitiva reúna distintas versiones de la tesis mentalista, como explicitaré mejor en la sección final de este capítulo (3.5). Ahora bien, en gran medida, quienes sostienen que las valoraciones son elementos constitutivos rechazan que las valoraciones sean causa propiamente dichas –esto es, un elemento externo– de la emoción. Algunos autores incluso manifiestan no tener clara su posición al respecto –por ejemplo, Ellsworth (2013)–.

Adicionalmente puede decirse que la incompatibilidad se desvanece tan rápido como uno nota que la inclusión de la valoración como parte o su exclusión como casusa externa depende directamente de la definición de “emoción” con la que se está operando. En ese sentido, su resolución es estipulativa y carece de mayor trascendencia. Frijda mismo detecta esta dificultad, resultante también de la heterogeneidad de las definiciones operantes en el contexto emocional (a las que me referí en el capítulo 1): es muy distinta la situación si tomo la emoción como un estado o si la tomo como un proceso multidimensional, que engloba distintos componentes. Sin embargo, Ellsworth (2013) dice:

Si las emociones se definen como estados categóricamente distintos, la definición de causa es bastante diferente del caso en que la emoción se define como un proceso multidimensional en constante cambio. En este último caso, porque en cualquier estado emocional ciertas valoraciones son más destacadas y disponibles que otras, las evaluaciones pueden causar emociones, y las emociones también pueden causar futuras valoraciones (Keltner, Ellsworth, & Edwards, 1993; Lerner, 2000). El hecho de que algo sea un ingrediente no descarta que sea una causa. El agua, por ejemplo, puede ser la causa de que una semilla se convierta en una planta, pero el agua es también un componente esencial de la planta (Ellsworth, 2013, pp. 125-126).

3.3. La gramática de Anthony Kenny

Dada la complejidad de la perspectiva de Kenny, y a fin de obtener una mejor comprensión de su caracterización de las emociones, dividí su presentación en dos partes o etapas argumentativas. En la primera de ellas, su carácter es más bien crítico, y ataca al pretendido abordaje experimental de las emociones, que tuvo auge entre fines del siglo xix y principios del siglo xx (3.3.1.). En cambio, la segunda parte apunta a una serie de distinciones teóricas inspiradas en Ludwig Wittgenstein, uno de sus mentores filosóficos, y es en donde se encuentra el núcleo de su posición cognitiva (3.3.2).

3.3.1. Críticas al  examen experimental de las emociones

Kenny toma como punto de partida el análisis que ofrece la psicología experimental acerca de las emociones con el objeto de mostrar que la habitual asimilación (en el sentido de que es más que una mera asociación, pero no necesariamente implique una reducción) de las emociones a (la sensación de) determinado conjunto de cambios corporales no consigue realmente echar luz sobre el fenómeno emocional. Si bien en este punto su principal adversario es William James, como ya he mencionado, exponente de la perspectiva somática, la conclusión que deriva de su análisis alcanza a cualquier intento cientificista/experimental de dar cuenta del fenómeno, siendo que la principal dificultad que Kenny señala se sigue de la imposibilidad de realizar mediciones. En esta dirección, considera y rechaza tanto los métodos basados en enfoques introspeccionistas, como los conductistas. Las razones que brinda contra el primero se basan en la imposibilidad, por principio, de determinar la corrección o incorrección del reporte que un sujeto proporciona sobre sus propias experiencias (que se apoya en la muy bien conocida asimetría entre la primera y la tercera persona).

Pero más interesantes resultan los argumentos que provee para rechazar en última instancia al enfoque jamesiano. Puesto que James sitúa en un lugar central del fenómeno emocional los cambios corporales (i.e. que las emociones en general están acompañadas de cambios corporales), y que estos son indudablemente mensurables (ya sea por medio de la simple observación o a través de la utilización de instrumentos), el punto fuerte de la argumentación naturalmente deberá apoyarse en otro lugar. Es precisamente debido a que los cambios corporales resultan fácilmente medibles, especula Kenny, por lo que algunos psicólogos experimentales se vieron tentados a asumir que, a través de la medición de estos, estaban midiendo las emociones propiamente dichas. De esta manera, Kenny prosigue su argumentación con el objetivo específico de desligarlos, sentando así las bases para amparar una posición cognitiva.

En su análisis, Kenny parte del hecho incuestionable de que las emociones admiten grados de intensidad y articula su objeción sobre el hecho de que se dispone de distintos criterios para medirlas, lo que a veces da lugar a resultados incompatibles. De manera que Kenny concluye que, excepto que se dispusiera de pautas precisas que indiquen en qué casos utilizar qué criterio, se estaría en problemas. Siendo un hecho que tenemos emociones de diverso calibre, no solo en calidad, sino también en cuanto a su intensidad (de manera tal que sentimos ira, amor y miedo profundos, así como también emociones débiles o ligeras), el problema surge cuando se reconoce que hay dos caminos para calificar que el miedo de Juan es fuerte.

El primero de los criterios es la fuerza o intensidad de los cambios corporales (donde los cambios corporales son entendidos en sentido amplio para incluir todo tipo de cambio, desde el nivel fisiológico más básico hasta expresiones faciales). El segundo criterio atiende a la influencia que las emociones tienen sobre la acción voluntaria: “… cuán poderosa es una emoción depende de qué tanto de la conducta del sujeto puede ser explicada por referencia a ella” (Kenny, 1963, p. 35). Es decir, mientras que el último criterio inscribe a las emociones como motivos, el primero lo hace como sentires (emotion as motive; emotion as feeling).

La existencia de dos criterios de medición no es por sí misma problemática. La situación se complica al notar que la pertinencia de un criterio u otro surge del objeto de la emoción (y no del tipo de emoción). Es decir, mientras que la intensidad del miedo a las serpientes puede ser medida más adecuadamente por el primer método, la fuerza del miedo a la inflación solo puede mensurarse por el segundo[11]. Naturalmente, esto se apoya en la intuición de que temores del último tipo comúnmente no presentan ningún conjunto típico de cambios corporales, de modo que se hace manifiestamente necesario disponer de un criterio que no recaiga sobre ellos; pero de ningún modo supone que solo uno de estos criterios es adecuado para cada emoción.

Desafortunadamente, este criterio tampoco basta para resolver el problema original, puesto que la medición de la intensidad de una emoción como motivo difícilmente pueda ser precisa, como pretendían los ya mencionados psicólogos experimentales. En otras palabras, a pesar de la disponibilidad de un criterio que dicta que un motivo (o una emoción como motivo) es fuerte si gobierna de modo prolongado la conducta de un sujeto, no es posible diseñar un aparato para mensurar la importancia de las acciones humanas (como sí es posible registrar la frecuencia e intensidad del ritmo cardíaco). Este problema reviste una importancia capital puesto que no se trata simplemente de un problema empírico/tecnológico, en el sentido de que aún no se encuentra disponible un aparato lo suficientemente sofisticado como para arrojar el resultado pretendido (pero eventualmente podría existir), sino que el problema es de índole teórica, siendo que las condiciones de satisfacción de ese criterio son las que no están claras. A partir de este obstáculo, Kenny extrae conclusiones aún más fuertes: “… se sigue de la imposibilidad de medición precisa de la intensidad de los motivos que es también imposible en principio hacer mediciones precisas de la intensidad de los sentires emocionales” (Kenny, 1963, p. 38).

Apoyándose en la intuición de que no por casualidad se usan términos como “amor”, “odio” y “miedo” tanto para describir sentires como para atribuir razones (motivos), defiende la idea de que estos son distintos usos del mismo concepto, y que no es sino a través de su conexión necesaria con la conducta motivada que los sentires son identificados como sentires de una emoción particular. De modo tal que, siendo la conducta la que debe mediar para identificar sentires, si esta no puede ser adecuadamente mensurada, dicha imposibilidad sería, naturalmente, transmitida a los sentires.

Pero ¿acaso los cambios corporales no eran fácilmente medibles? Tal como anticipé, la argumentación concluye con la disociación de los sentires y los cambios corporales: los fenómenos corporales pasibles de ser medidos con precisión no son idénticos a los sentires de los cuales son característicos, puesto que tienen una conexión contingente con la conducta motivada. El punto aquí es que, si bien existe una conexión conceptual entre el sentir y su objeto, los procesos fisiológicos carecen de intensionalidad (intensionality)[12], es decir, pueden ser el vehículo (o, en términos aristotélicos, la materia) de una emoción, pero no son ellos mismos emociones[13], puesto que, adicionalmente, los fenómenos somáticos característicos de emociones particulares pueden ocurrir también en conexión con emociones diversas[14] (véase la objeción a partir de la pretendida univocidad fisiológica que presenté en 2.6.2).

Kenny, no obstante, repara en que esto no basta para dar por tierra la propuesta de William James, que no identifica a las emociones con los cambios corporales, sino con la percepción de tales cambios[15], de modo tal que dedica unos párrafos adicionales para mostrar cómo, desde su punto de vista, el giro jamesiano tampoco se sostiene. Si hasta el más mínimo cambio corporal debe ser sentido (felt), ¿cuál será el criterio de tal sentir del cambio corporal?

Para comprender hacia dónde apunta esta pregunta, es preciso notar que, aunque no sea mencionado explícitamente en este lugar, la noción de “criterio” que Kenny parece tener en mente aquí es la noción wittgensteiniana. Según la propia descripción de Kenny (1989), Wittgenstein distinguió entre dos tipos de evidencia que se pueden tener de que cierto estado de cosas se está dando:

Donde la relación entre cierto tipo de evidencia y la conclusión extraída de ella es materia de determinación empírica, mediante la teoría y la inducción, la evidencia puede llamarse síntoma del estado de cosas. Donde la relación entre la evidencia y esa conclusión no es algo descubierto mediante la investigación empírica, sino que debe ser captado por cualquiera que posea el concepto del tipo relevante de cosa, entonces la evidencia no es un mero síntoma, sino un criterio del estado de cosas en cuestión (Kenny, 1989, pp. 33-34).

De este modo, la expresión física de un proceso mental sería un criterio para ese proceso (Kenny, 1989, p. 33), puesto que los procesos mentales y sus manifestaciones en el comportamiento no guardan una relación causal de la clase de las concomitancias que surgen de la investigación empírica. Más bien, lo que defiende Kenny –siguiendo a Wittgenstein– es que las condiciones de posesión de estos conceptos (mentales) se encuentran indefectiblemente vinculadas, es decir, dependen necesariamente de haber identificado un conjunto de conductas o expresiones corporales típicas, y, en este sentido, identificar una manifestación característica de dolor o amor es parte de la posesión de aquel concepto, i.e. criterio para su aplicación.

Si ha de entenderse así, se ve que Kenny está requiriendo un principio analítico que sirva como una suerte de definición y, en consecuencia, de criterio de determinación del sentir para que la teoría de James sea explicativa. Para ello considera los siguientes candidatos:

  1. si el criterio fuera la conducta verbal del sujeto (lo que el sujeto dice), entonces la teoría es obviamente falsa, puesto que naturalmente pueden darse fenómenos emocionales sin la correspondiente conducta verbal, es decir, sin que el sujeto que la experimenta necesariamente afirme “Tengo la emoción x” o “Siento x”;
  2. si el criterio fuera la conducta no verbal del sujeto, entonces debe ser su manifestación o exteriorización (display) de la emoción, que por hipótesis es su conducta. En este segundo caso, concluye que, “si así es, James está meramente renombrando a las emociones como ‘percepciones de cambios corporales’ y su teoría no tiene fuerza explicativa” (Kenny, 1963, p. 41).

Con respecto a lo último, se pueden hacer distintos comentarios. En primer lugar, la identificación que asume entre conductas (no verbales), expresiones o manifestaciones de las emociones y los cambios corporales resulta, como mínimo, polémica. Si bien es cierto que estas pueden superponerse en algunos casos, siendo que James concibe los cambios corporales como aquellas perturbaciones que siguen inmediatamente a la percepción de un evento, perturbaciones que van desde la secreción de una glándula hasta la conducta abierta de huida, de todos modos es plausible distinguir entre conductas no verbales cuya función consiste en la expresión de las emociones –la expresión facial típica de miedo, u otras conductas no mediadas en ningún sentido por la voluntad (Darwin, 1872; Ekman, 1994)– y las conductas no verbales que, siendo constitutivas de las emociones, no sirven para (i.e. no tienen la función de) expresarlas (pero podrían servir, por ejemplo, de motivos para la acción)[16].

Por otra parte, Kenny estaría exigiendo un criterio de determinación de la posesión del concepto “sentir” que sea distinto de las conductas no verbales (que equipara con los cambios corporales), en parte como resultado de la confusión anterior. Como tal cosa no es posible, Kenny desconfía del concepto de “sentir”. Entonces, puesto que éste parece no agregarle nada a una teoría que identifica a las emociones con (la percepción de) los cambios corporales, concluye que la teoría solo involucra un cambio de nombre y que como tal no tiene fuerza explicativa: es decir, puesto que carece de un criterio independiente de tales cambios corporales, el concepto de sentir parece superfluo y prescindible. Y lo que resulta aún más grave, la propuesta explicativa de las emociones fracasa.

En segundo lugar, es posible realizar un comentario general al respecto de los presupuestos metateóricos de Kenny. Por una parte, la distinción entre lo que, siguiendo a Wittgenstein, llama “síntoma” y “criterio” es problemática. Según tal distinción, los síntomas estarían determinados por enunciados de carácter fáctico, mientras que los criterios serían enunciados que establecerían relaciones conceptuales, y son, por tanto, analíticos. Sin embargo, la filosofía ha mostrado que tal distinción es al menos problemática (Quine, 1953), y la filosofía de la ciencia, que los enunciados fundamentales de las teorías científicas (como la de James) tienen ambas funciones: por una parte, tienen contenido fáctico y, por otra, son constitutivos del significado de los conceptos que en las teorías aparecen (Lorenzano, 2008), motivo por el cual Kuhn las ha llamado “sintéticas a priori” (Kuhn, 1990). Sería entonces este equívoco – o esta omisión de la problematicidad de esta cuestión– lo que llevaría a Kenny a realizar una crítica ciertamente injusta a la teoría de James, desde el marco de su análisis conceptual. Como se ha mostrado en la historia de la filosofía de la ciencia, los conceptos teóricos no son definibles (i.e. son términos primitivos), y las teorías brindan únicamente criterios de determinación para ellos. Pero el hecho de que cierto concepto, perteneciente a cierta teoría, carezca de métodos de determinación independientes (como ocurriría si Kenny tuviera razón respecto del sentir) no implica que el concepto sea prescindible, ni que la teoría tenga un defecto epistemológico, pues usualmente las teorías científicas más importantes y exitosas de todas las disciplinas proponen nuevos conceptos (que no estaban disponibles con anterioridad), que solo pueden determinarse presuponiendo tales teorías (por lo que, en el estructuralismo metateórico, son llamados “conceptos T-teóricos”)[17].

Finalmente, Kenny concluye la argumentación del siguiente modo: según la teoría de James, el miedo consiste, al menos en parte, en la percepción de la secreción de las glándulas suprarrenales. Sin embargo, advierte, la gente sentía miedo mucho antes de que oyera hablar de estas glándulas. Resulta evidente, para el lector caritativo de James, que de ninguna manera podría haber querido implicar que la percepción o el sentir de los cambios corporales involucrara una descripción en términos biológicos de tales cambios, es decir, una descripción completa que involucre a las glándulas suprarrenales en este caso; del mismo modo que mi gato (o cualquier otro animal no lingüístico) no precisa tener el concepto de “glándula suprarrenal” para sentir miedo y huir asustado frente un movimiento brusco o sonido estridente.

Las conclusiones generales que Kenny obtiene de esta primera parte (al margen de las objeciones que se les pudiera realizar a algunas secciones de su secuencia argumental) quedan resumidas en las siguientes afirmaciones:

  • Cabe hacer una distinción dentro de las emociones: por un lado, están las emociones como sentires; por otro lado, están las emociones como motivos.
  • Los cambios corporales no pueden ser identificados con las emociones (ni concebidas como sentires, ni como motivos).
  • La pretensión de medición de las emociones a partir de los cambios corporales es estéril.
  • Los cambios corporales no son estados emocionales qua cambios corporales, puesto que el estado emocional será tal solo si los cambios corporales ocurren en las circunstancias apropiadas.
  • Para que un animal tenga genuinamente miedo, no es condición necesaria ni suficiente que esté en peligro: puede correr peligro y desconocerlo (y no sentir miedo), o no estar en peligro, pero creer que lo está (y sentir miedo).
  • Aunque existan procesos físicos que conecten los cambios corporales característicos de las emociones con los eventos fisiológicos conectados con la percepción de un estímulo emocional particular, la investigación de estos procesos no tiene el estatus de examen experimental de la naturaleza de las emociones.

3.3.2. Emociones: causa y objeto

Mencioné recién la distinción que traza Kenny entre las emociones vistas como sentires y las emociones como motivos. Señalé además algunas dificultades que enfrentan quienes pretenden asimilar las emociones a los sentires y con ello convertir a las emociones en un fenómeno fácilmente accesible desde una perspectiva científica.

No obstante, además de las dificultades mencionadas en el apartado anterior, Kenny dedica especial atención a analizar la perspectiva de las emociones como sentires, haciendo hincapié en las diferencias que existen entre las emociones y las percepciones, dos especies del género sentir[18]. La principal diferencia que señala entre ellas radica en la ausencia de un órgano para las emociones: vemos con los ojos, oímos con los oídos, pero no hay partes de nuestro cuerpo con las que sentimos miedo. Si bien existen sensaciones características de cada emoción, sensaciones que son localizables (por ejemplo, “un nudo en la garganta”), no sentimos emociones con el órgano allí localizado (no sentimos pena con la garganta); es decir, que una sensación esté localizada en una parte del cuerpo no implica decir que ese sea el órgano de la emoción en cuestión. Lo que Kenny tiene en mente cuando se refiere a un órgano (de la percepción) es una parte del cuerpo tal que esté sujeta al control voluntario de modo que se vea afectada la eficiencia del sentido en cuestión (Kenny, 1963, p. 57). Es en este sentido en que cabe decir que no hay órganos de/para las emociones.

Las emociones también se distinguen de las sensaciones en cuanto a que las sensaciones particulares están vinculadas con partes del cuerpo específicas, lo que las hace localizables (siento hambre en el estómago, sed en la garganta, dolor de cabeza en la cabeza, etc.). Por su parte, en lugar de localización, las emociones tienen esencialmente una direccionalidad a objetos[19]: si bien puedo tener hambre sin tener hambre de algo en particular (i.e. sin tener un objeto específico), no es posible tener vergüenza sin estar avergonzado de algo en particular[20]: la conexión entre las emociones y sus objetos no es contingente (Kenny, 1963, p. 62). Sin embargo, las sensaciones se acercan a las emociones en cuanto están asociadas con formas características de expresión (por ejemplo, el hambre está asociado con conductas de búsqueda de comida, como el miedo está asociado con conductas de huida o evasión), y, a su vez, las emociones se acercan a las sensaciones en cuanto a que “la expresión característica de cada emoción es sentida, y este sentir es una sensación genuina” (Kenny, 1963, p. 59).

Pero vale la pena detenerse en lo que considero uno de los principales (y aún perdurables) aportes de Kenny, esto es, la distinción que subraya –también en deuda con Wittgenstein– entre la causa y el objeto de una emoción. A esto llamaré la segunda etapa de la argumentación.

Para entender el origen de la distinción, es preciso detenerse a reflexionar en torno a la pregunta de por qué siento miedo. O, dicho de modo más general, por qué x tiene la emoción e. Este cuestionamiento acerca del porqué esconde cierta ambigüedad (o, más bien, encierra dos preguntas) que, en cierto sentido, se ve reflejada en la variedad de respuestas que tal pregunta ha de recibir. Es decir, puede responderse señalando alguna causa remota, responsable de la adquisición de una disposición por ser afectada de un modo particular. Por ejemplo, si se analiza el dicho popular “Quien se quemó con leche ve una vaca y llora”, y se pregunta por qué el sujeto llora, se puede responder que llora porque se quemó con leche, donde se señala un evento pasado que condiciona los futuros enfrentamientos con seres u objetos similares al que le produjera el daño. En segundo lugar, puede contestarse que siente miedo porque tiene una vaca cerca. Es decir, mientras que la primera respuesta apunta a la causa o historia causal de la disposición, la segunda señala el objeto de la emoción. Si bien existen casos en los que estos pueden superponerse, o, dicho de otro modo, casos en los que el objeto de la emoción puede llegar a coincidir con su causa, son numerosos los casos en los que no lo hacen, haciendo necesaria su distinción conceptual. “Así, el rostro que nos produce miedo, o fascinación (el objeto del miedo, de la fascinación) no es por ello su causa, sino –podría decirse– su dirección[21]” (Wittgenstein, 1988, I, 476).

Esta diferencia es fácilmente reconocible a partir del examen de las diversas estructuras lingüísticas de las que se dispone para hablar de las emociones. Por ejemplo:

  1. “estar enojado con x”;
  2. “estar enojado porque x[22].

1. y 2. se distinguen en cuanto a que (1) se refiere al objeto de la emoción, mientras que (2) se refiere a la causa. Adicionalmente, Kenny subraya que no tiene sentido preguntar por la causa (la historia causal) de una emoción antes de conocer el objeto de esa emoción. Esto se debe a que, como fue mencionado anteriormente, desde la perspectiva de Kenny, es solo a través del reconocimiento del objeto a través de lo que es posible determinar de qué emoción exactamente se está hablando.

Pero el lenguaje cotidiano también puede esconder imprecisiones. Considérese la proposición (v):

(v) “La conducta de Juan me causó vergüenza”.

Por la utilización del término “causar”, uno tendería rápidamente a asumir que la conducta de Juan es causa de mi emoción. Pero, en rigor, algunas aplicaciones del lenguaje ordinario son equívocas: la conducta de Juan no es la causa de mi vergüenza, sino el objeto acerca del cual versa mi emoción (Gosling, 1965). Vislumbrando esta opacidad, típica de numerosas expresiones lingüísticas ordinarias, Kenny sugiere que esta distinción resulta mejor trazada si se toman en consideración el conocimiento o las creencias del sujeto. De este modo, introduce una prueba que permite operar la desambiguación: dada una proposición, de la forma “A tiene-la-emoción-x porque q”, que describe una emoción, se debe preguntar si es condición necesaria de la verdad de esta proposición que A conozca o crea que q. Si es así, la oración contiene una alusión al objeto de la emoción; si no lo es, a su causa (Kenny, 1963, p. 75). La distinción apunta a mostrar que es imposible estar enojada por (because) el modo en el que alguien habla si no me percato del modo en el que habla (objeto), a la vez que sí es posible sentirme enojada porque (because) estoy famélica sin percatarme de que estoy famélica (causa)[23].

Esta distinción configura un segundo momento en la argumentación en cuanto es esta la que dará lugar a la reivindicación del carácter cognitivo de las emociones. Hasta aquí, se han producido dos grandes avances, para arribar a la idea de que las emociones se apoyan en las creencias del sujeto o dependen de ellas. En otras palabras, hemos alcanzado la conclusión de que, únicamente bajo determinado conjunto de creencias (por ejemplo, de que existe cierto peligro), puede un sujeto tener un tipo específico de emoción (p. e. miedo). En primer lugar, la idea de que una emoción es tal dependiendo de su objeto intencional[24] (que mantiene una relación contingente con los fenómenos físicos –cambios corporales, etc.–), y, en segundo lugar, la distinción entre el objeto intencional de una emoción y la causa original que predispone a un sujeto a sentir una emoción frente a determinado objeto. De modo tal que, de acuerdo con esta perspectiva, una emoción específica cualquiera, para ser tal, depende en primera instancia de su causa histórica originaria (no siempre conocida), pero principalmente, en el presente, de su objeto, expresable proposicionalmente.

La relación conceptual que los distintos tipos de emociones mantienen con las creencias del sujeto (i.e. el condicionamiento que las creencias imprimen sobre las emociones particulares) se puede ilustrar con un ejemplo que el mismo autor presenta. Considérese la situación de que un individuo dice que teme ganar la lotería. Este reporte produce cierta perplejidad, siendo que (al menos en principio o en circunstancias normales) tal situación no involucra peligro alguno. Esto no quiere decir que sea imposible temer la ganancia azarosa de dinero. Implica que solo es posible temerle, si uno cree, quizás equivocadamente, que el dinero es dañino o trae aparejadas circunstancias nocivas (Kenny 1963, pp. 191-193). De esta manera, Kenny encuentra cómo cerrar el círculo, mostrando de qué manera las emociones guardan una relación no contingente con sus objetos, concluyendo de este modo el esquema de la gramática de los conceptos emocionales.

En pocas palabras, esta gramática provee las reglas generales de aplicación de los conceptos de “emoción”, según las cuales

  1. Toda emoción está necesariamente relacionada con un objeto (de tal modo que, si el objeto formal no existe o no se lo puede reconocer, ese estado no es una emoción) (Kenny, 1963, pp. 61-62). La noción de “objeto” aquí presupuesta exige una elucidación ulterior: el objeto que presupone la emoción es el objeto formal (intencional); sin objeto intencional, no hay emoción. Pero de ninguna manera debe confundirse la noción presente de “objeto” (formal) con ninguna restricción acerca de los objetos particulares (véase la regla c).
  2. La relación de una emoción con su objeto no es una relación causal; si lo fuera, tal relación sería contingente (Kenny, 1963, p. 71).
  3. Los objetos posibles de cada emoción son inagotables, no hay combinaciones de emoción/objeto de emoción que sean imposibles, en tanto el sujeto tenga la creencia adecuada para que algo se constituya como objeto de su emoción (y permita superar el test mencionado anteriormente).

A la luz de estas reglas, resulta inteligible la afirmación de Kenny que reza que “el objeto del miedo es aquello que es temido” (Kenny, 1963, p. 188). Lo que es temido, de modo general, representa el objeto formal de la emoción de miedo, a la vez que cada objeto particular de temor (un ruido fuerte, un agresor, etc.) se constituye como objeto material o particular[25]. Pero ¿cómo se articula la regla (c) con la siguiente afirmación de Kenny?: “Asignarle un objeto formal a una acción es aplicar restricciones sobre lo que puede acontecer como el objeto directo del verbo que describe la acción” (Kenny, 1963, p. 189). Las restricciones que Kenny tiene en mente son restricciones propias de la lógica o la gramática de los conceptos de “emoción”[26], y se vinculan con cuestiones temporales (solo lo pasado puede ser recordado o vengado; solo lo que no ha pasado puede temerse o anhelarse), espaciales (solo lo que está presente puede ser disfrutado, solo que está ausente puede ser extrañado), morales (solo lo que se cree bueno puede ser envidiado; solo lo que se cree malo puede ser lamentado). Pero las limitaciones que impone el objeto formal de ningún modo apuntan a qué objetos particulares pueden ser objetos de una emoción dada, como dije antes, solamente basta tener la creencia adecuada para que ese objeto se convierta en objeto particular de la emoción: “… sólo lo que está mojado puede de hecho secarse, pero aquello que meramente se cree un insulto puede provocar cólera” (Kenny, 1963, p. 194).

3.3.3. La perspectiva global

Tomando conjuntamente la dicotomía causa/objeto de una emoción y la preeminencia de los motivos (en la distinción de conceptos de emociones usados como sentires/motivos), se hace patente la motivación o el espíritu que recorre la exposición de Kenny, esto es, brindar una caracterización fundamentalmente personal –en oposición tanto a la caracterización que podría brindarse desde una perspectiva subpersonal (Dennett, 1969), como a una de carácter impersonal, más propia de las teorías científicas–. Es decir, el foco está puesto en describir las emociones de tal modo que puedan ser brindadas como razones explicativas de la conducta. O, en otras palabras, cómo de hecho se usan los conceptos de emociones para dar cuenta del comportamiento de los otros y de nosotros mismos.

Es precisamente en este sentido en que se verá obligado a distinguir entre la conducta que expresa una emoción y la acción que resulta motivada por ella, donde, por supuesto, solo la última pertenece al ámbito de las emociones como motivos y tendría función explicativa (por ejemplo, actuar en orden a evitar el peligro es una acción motivada por la emoción de miedo, mientras que los temblores son simplemente expresivos de esa emoción).

A modo de resumen, Kenny firma en un trabajo posterior:

Los conceptos de las emociones individuales adquieren típicamente sus contenidos de tres fuentes diferentes: del objeto, del síntoma y de la acción. El concepto de miedo [a volar], por ejemplo, está ligado a circunstancias temibles, a síntomas de miedo como la palidez y el temblor, y a la evitación de acciones como volar (Kenny, 1989, p. 99).

Aunque explícitamente aclara que estas no son por sí mismas condiciones necesarias para cada caso de experiencia emocional, es poco plausible que una persona experimente una emoción si no se presentan las circunstancias adecuadas, ni los síntomas, ni la conducta pertinente. “Actuar por cierto motivo, no es actuar como consecuencia de la aparición del correspondiente sentir […]. Los sentires están ligados más directamente a los síntomas de una emoción que a la acción motivada” (Kenny, 1989, p. 103).

Los cambios corporales a los que ya me referí son entonces concebidos como síntomas de las emociones (en el sentido de que están contingentemente vinculadas con ellas) solo cuando ocurren en un contexto adecuado, es decir, bajo determinadas circunstancias. En sus palabras,

palidecer es un síntoma de miedo sólo si ocurre frente a un peligro al menos supuesto, y el peligro mismo es una razón de las que miran hacia atrás para las acciones que están motivadas por el miedo. Así el sentir está ligado al síntoma, el síntoma a las circunstancias y las circunstancias a la acción […]. La expresión verbal del miedo está ligada al síntoma, a la circunstancia y a la acción; y una vez establecida se convierte ella misma en un nuevo criterio para el sentir (Kenny, 1963, p. 99).

3.4. Robert C. Solomon y la racionalidad de las emociones

La propuesta de Solomon es comúnmente sintetizada bajo el lema “Una emoción es un juicio”. Ahora bien, su posición solo resulta comprensible tras atender a sus motivaciones. Concretamente, me refiero al hecho de que su objetivo principal sea mostrar que las emociones son racionales y propositivas (rational and purposive), es decir, que tienen objetivos específicos, en franca oposición a la concepción de las emociones como irracionales y perjudiciales (heredera de la tradición que definía a las emociones a partir de la metáfora del amo y el esclavo). Como ya he advertido anteriormente, no es casual que las emociones fueran presentadas a partir de términos como “pasión” (Descartes, 1649), sino que precisamente se trataba de resaltar que era algo que el individuo sufría. Aunque posteriormente se pusiera énfasis no en el sufrir una compulsión emocional, sino en el ser movido a una acción, que motivó que el término “pasión” –vinculado al sentido común– fuera reemplazado por el término “emoción” (por su etimología, “e-moción”, movement out, o ‘movimiento hacia fuera’) de acuerdo con la jerga científica (Arnold, 1960, “Introducción”). Tal como señala Ekman, el hecho de que las emociones puedan ocurrir de un modo rápido (incluso a través de valoraciones automáticas), sin percatación y con cambios involuntarios en la expresión y la fisiología también ha contribuido a que habitualmente experimentemos las emociones como algo que nos pasa, y no como algo que elegimos (Ekman, 1994, p. 17). En pocas palabras, Solomon buscará rechazar este modo cristalizado de entender a las emociones y a los sujetos como entes pasivos frente a la emoción, defendiendo la idea de que las emociones deben ser concebidas con los mismos estándares bajo los cuales se definen las acciones en general.

3.4.1. Contra algunas ideas preestablecidas

En primer lugar, Solomon propone un distanciamiento entre el concepto de “emoción” y el de “sentir”. Puesto que las emociones son intencionales (son acerca de algo), pero los sentires claramente carecen de esa direccionalidad, entonces se trata de cosas distintas. Dicho de otro modo, si se ha de respetar la ley leibniziana de identidad de los indiscernibles, el hecho de que emociones y los sentires no compartan una propiedad, y una así de fundamental, muestra cabalmente que han de ser necesariamente no idénticos.

Pero a Solomon no le basta con señalar que sentir y emoción son conceptualmente distintos, y afirma: “… la cólera no es un sentir, ni involucra un sentir identificable (lo que no es negar que uno sienta cólera –esto es, [se sienta] sonrojado, excitado, etc., cuando está enfadado–)” (Solomon, 1973, p. 6). Resultaría insensato sostener que las emociones no están, en algún sentido, acompañadas por sentires, de modo que, como explícitamente aclara, no es eso lo que quiere defender. Sin embargo, sí declara que la ira no es un sentir. Estas afirmaciones podrían resultar contradictorias, pero, como quedará claro más adelante, la distinción que intenta trazar aquí es entre partes o elementos componentes y partes esenciales; es decir, apunta a defender que los sentires, aunque presentes, no forman parte de los elementos constitutivos de una emoción, puesto que no son nunca suficientes para diferenciar e identificar una emoción. Pero, si las emociones no son sentires, tampoco son sentires más alguna otra cosa. En resumen, la ira no es única ni esencialmente un sentir, y el sentir no es una parte esencial de la ira.

En segundo lugar, señala que, tras consolidarse el rechazo a la identificación de emociones con sentires (rechazo que se explica en parte por el conjunto de objeciones y críticas revisadas al final del capítulo anterior), es habitual considerar la tesis de que las emociones estén conceptualmente ligadas al comportamiento. Es decir, estar enojado implicaría necesariamente “actuar enojado”. Pero esta consideración inmediatamente da lugar a una objeción respecto a la posibilidad de diferenciación entre emociones “reales” y emociones fingidas. Solomon responde negando que una conducta aislada sea conceptualmente suficiente para identificar una emoción (ni para distinguir casos reales de casos simulados). Sin embargo, aclara, se puede acordar que, si una persona está enojada, tiene la disposición a actuar enojada, y dejar abierta la cuestión acerca del tipo de relación (si causal, conceptualmente necesaria, o del tipo que fuera) que guardan las emociones con el comportamiento. A fin de cuentas, el objetivo que el autor declara tener aquí es mostrar que las emociones son muy parecidas a las acciones (Solomon, 1973, p. 6), para lo cual, además, defiende que hay un sentido en que los juicios son acciones: ambos comparten la característica de estar dirigidos a cambiar el mundo. De modo que, si las emociones son juicios y los juicios son acciones, como ha defendido Solomon, las emociones son también acciones orientadas a producir cambios en el mundo (incluso en el caso de que no consigan hacerlo de hecho).

En tercer lugar, considera la idea comúnmente establecida de que las emociones son causadas. Esto lo llevará a distinguir entre causa y el objeto de la emoción, pero de un modo ligeramente distinto al modo en que era presentado por Kenny: la causa de una emoción es un tipo de acontecimiento (o estado de cosas) que mantiene una conexión legaliforme (lawlike) con las emociones de ese tipo. El objeto (intencional) de una emoción es simplemente aquello acerca de lo cual la emoción es –independientemente de que este coincida con la causa, de si resulta ser el caso o no, o incluso de que el sujeto lo reconozca como objeto de su emoción–. Aun así, cada cual está en una posición privilegiada para identificar el objeto de su emoción, aunque no lo está respecto al reconocimiento de su causa (real o efectiva). Nótese que, a pesar de ello, uno necesariamente deberá asumir que el objeto de la emoción que identifica es suficientemente causa de tal emoción, incluso en el supuesto de que, desde un punto de vista externo, se advierta que no es el caso. Por ejemplo, imaginemos que somos sujetos de experimentación de una recreación de la famosa experiencia de Schachter y Singer (1962) (véase 2.6.3) –en la que, por sus condiciones iniciales, no conocemos los propósitos– y, en medio de la experiencia, comenzamos a sentir un profundo enojo. De acuerdo con Solomon, la primera persona se encuentra ciertamente privilegiada en la identificación del objeto intencional de su emoción, en este caso, la ridícula encuesta que me veo obligada a completar es seleccionada como el objeto acerca del cual versa mi enojo. El punto aquí es que existe una obvia tentación a pensar que esa es también la causa de mi emoción, aun cuando una tercera persona (por ejemplo, los investigadores que me observan atentamente) señalarían como responsable de mi cólera el hecho de que se me inyectó una sustancia activadora del sistema nervioso. Pero, en rigor, lo que me confunde y me lleva a pensar que el objeto de mi emoción es él mismo la causa de la emoción es mucho más que un mero impulso, puesto que sostener cualquier cosa distinta haría patente una contradicción: si yo atribuyera mi ira a la epinefrina, de ningún modo me enojaría[27]. En síntesis, si la causa (efectiva) de la emoción es distinta de aquello acerca de lo cual estoy enojada, es algo que yo, como sujeto que experimenta la emoción, no puedo saber. Tal separación solo puede hacerse desde la perspectiva de la tercera persona.

3.4.2. La agencialidad de las emociones

La tesis más fuerte de Solomon es que las emociones son juicios normativos y, frecuentemente, morales. Estar enfadada con Juan porque tomó mi auto implica que yo creo que de algún modo Juan me ha ofendido, lo cual es independiente del hecho de que Juan efectivamente me haya ofendido, o incluso de que haya tomado mi auto.

El juicio (moral) involucrado por mi cólera no es un juicio acerca de mi cólera (aunque alguien más pueda juzgar si mi enojo es justificado o injustificado, racional, prudente, tonto, indulgente, terapéutico, beneficioso, desafortunado, patológico o gracioso). Mi cólera es ese juicio[28] (Solomon, 1973, p. 8, énfasis del autor).

En otras palabras, tener una emoción es realizar un juicio normativo acerca de la situación presente, pero el objeto de una emoción no puede ser simplemente un hecho: el objeto emocional únicamente puede ser caracterizado de modo completo como objeto de mi ira. Esto quiere decir que un evento o la mera percepción de un evento no es suficiente para producir una emoción: esta involucra necesariamente una “evaluación personal de la significación del incidente” (Solomon, 1976, p. 187). “Mi cólera-con-Juan-por-robar-mi-auto es inseparable de mi juicio de que Juan me ofendió, mientras que es claro que el hecho de que Juan robó mi auto es muy distinto de mi cólera o mi juicio” (Solomon, 1973, p. 8).

Pero, aclara Solomon, no todos los juicios evaluativos son emociones. Es decir, no todos los juicios que ofrecen valoraciones de los sucesos del entorno son episodios emocionales o dan lugar a ellos. Las emociones recortan, sobre el dominio de los juicios evaluativos, aquellos que son “acerca de uno mismo y relativamente intensos” (Solomon, 1976, p. 188). Volveré sobre este punto en el siguiente apartado.

De su posición se sigue que, ante un cambio en el juicio concomitantemente, se produce una variación en la emoción. Gazzaniga (2008) se refiere a este fenómeno, que equipara a la “revaloración”, distinguiéndolo de la inhibición de la respuesta emocional, aunque sin comprometerse con ninguna ontología de las emociones, de modo tal que “soy responsable de mis emociones como lo soy de los juicios que realizo” (Solomon, 1973, p. 10). Esta afirmación, aunque polémica, resulta comprensible a la luz del espíritu de su propuesta. Tal como mencioné en la introducción a este capítulo, su perspectiva cognitiva representa un desafío a la separación tajante entre emociones y racionalidad, rechazando la concepción cristalizada que considera que las emociones son involuntarias e irracionales (Solomon, 2001, p. 178). En particular, afirma que somos responsables de nuestras emociones, rechazando fundamentalmente la alternativa que utiliza a las emociones como excusas, como fenómenos que sufrimos, que simplemente nos suceden, que atravesamos con completa pasividad, haciendo imposible la atribución de responsabilidad. Y lo que es más importante, sobre esta idea de racionalidad y responsabilidad, se erigirá la noción de “responsabilidad moral”.

Es en este último sentido en que debe entenderse su defensa de la elegibilidad de las emociones: las emociones son juicios, juicios que hacemos. Eso no quiere decir que simplemente podamos optar por juzgar una situación como ventajosa (o peligrosa) o no, es decir, no significa que podamos elegir en sentido fuerte qué emoción tendremos en cada momento. Sin embargo, sí implica que juzgar es algo que hacemos, activamente, como los agentes que somos, no algo que nos sucede ni que padecemos.

3.4.3. Las emociones no son creencias

A esta altura cabría preguntarse lo siguiente: si las emociones son juicios, ¿tiene sentido conservar la distinción entre emociones y juicios? ¿Debe abandonarse la distinción intuitiva, proveniente del sentido común, entre juicios y emociones, que nos lleva a pensar que pertenecen a ámbitos distintos, como si nombraran realidades mentales diversas? Anticipando esta posible objeción, Solomon traza una distinción en el seno de los juicios, mostrando que las emociones conformarían un subtipo dentro del dominio judicativo: las emociones deben ser equiparadas a juicios, pero deben ser distinguidas de los juicios “fríos” (“cool” judgments) y la acción normal, racional y deliberada, en cuanto que las respuestas emocionales son producidas con urgencia o rapidez, pero principalmente en cuanto carecen de “frialdad”. Según esta idea, las emociones son respuestas apremiantes a situaciones inesperadas, para las cuales uno no se encuentra preparado, es decir, para las cuales uno no dispone de patrones habituales de conducta. Una vez más, aquello a lo que le cabe el mote de irracional es a la situación, no a la emoción[29].

Por último, su concepción de las emociones como juicios no debe ser confundida con otras propuestas, también de características cognitivas, que articulan su noción de las emociones a partir de las creencias. Es decir, aunque su afirmación “las emociones son juicios” pueda parecer meramente un eslogan, la elección de sus términos no es improvisada. Según sus propias palabras, “las creencias parecen ser demasiado articuladas para la reacción no reflexiva que caracteriza a la mayoría de las emociones” (Solomon, 1993, p. 12), lo que explica que su candidato sea el juicio evaluativo, en lugar de la creencia, del mismo modo que otros autores dentro del enfoque cognitivo hayan optado por referirse al componente cognitivo haciendo hincapié en el carácter valorativo. Puesto que “el juicio parece tener el alcance y flexibilidad para aplicarse a cualquier cosa desde la emoción animal e infantil hasta las emociones humanas más complejas y sofisticadas como los celos o la indignación moral” (Solomon, 2001, p. 187).

No obstante, y muy a pesar de sus esfuerzos, por momentos explícitos, por subrayar la distinción entre lo que él llama “juicios” y las creencias (que él concibe como articuladas proposicionalmente, reflexivas y conscientes), esta distinción puesta en perspectiva no queda trazada de modo categórico. Solomon parece haber cambiado ligeramente su posición desde la formulación original que hiciera en la década del 1970. Encontramos entre sus afirmaciones que “nuestras emociones son altamente dependientes de nuestras opiniones y creencias”, que un cambio en mis creencias implica modificaciones en mi emoción y que “no puedo estar enojado si no creo que alguien me ha ofendido” (Solomon, 1976, p. 187). Desafortunadamente, muchas veces los autores borran con el codo lo que han escrito con la mano, y los escritos de Solomon no son la excepción. Que su propuesta tradicionalmente haya sido recibida como una posición que equiparaba a las emociones con creencias no debe leerse necesariamente como un error interpretativo, sino como parte del desarrollo y la modificación de su perspectiva original.

En un sentido similar, también Gordon (1987) busca tomar distancia del enfoque según el cual el miedo siempre involucra la creencia de que uno está en una situación de peligro, o la creencia de que algo es peligroso[30]. Esto se explica puesto que es sumamente habitual que temamos que sucedan cosas, a pesar de que uno verdaderamente no creería que fueran a suceder, por ejemplo, por su escasa probabilidad de ocurrencia. Por el contrario, Gordon rescata de esta perspectiva solamente la idea de que las emociones guardan una similitud funcional con las creencias: aunque uno piense que es altamente improbable que aquello que uno teme que suceda realmente ocurra, uno actúa como si uno creyera o supiera que lo hace (Gordon, 1987, p. 84)[31].

3.4.4. El carácter propositivo de las emociones

Hay un sentido interesante en el que Solomon duplica la apuesta de Kenny, mostrando que no solo las emociones pueden ser brindadas como motivos o explicaciones de la conducta, sino que ellas mismas pueden ser explicadas en términos de un conjunto coherente de causas: “Las emociones tienen propósitos [purposive], sirven a los fines del sujeto, y consecuentemente pueden ser explicadas a partir de razones o explicaciones teleológicas o funcionales [‘in-order-to explanations]” (Solomon 1973, p. 11). Pero, aclara, este carácter propositivo debe entenderse como metas a corto plazo, que son muchas veces contradictorias o que entran en conflicto con metas a largo plazo. En este sentido, Solomon dice que las emociones son ciegas o, más específicamente, miopes (Solomon, 1973, p. 14), y, precisamente en virtud de ser cortas de vista, usualmente se las confunde y concibe como si fueran irracionales y carentes de propósitos. En todo caso, dice él, a quienes les cabe el rótulo de irracionales es a las personas (no a las emociones) que permiten que prevalezcan los fines inmediatos por sobre los mediatos.

Solomon sintetiza su argumentación de la siguiente manera:

Es el corazón de mi argumentación que los sentires y la fisiología y, con reservas, las disposiciones a actuar, no juegan un rol esencial en la constitución de las emociones y no pueden ser utilizadas ni en la más rudimentaria versión de las propiedades definitorias de las emociones en general ni de las emociones particulares. Mi afirmación central es que las emociones son definidas primariamente por sus juicios constitutivos, reciben su estructura de los juicios, son distinguidas como emociones particulares (cólera, amor, envidia, etc.) como juicios, y se relacionan con otras creencias, juicios y a nuestro conocimiento del mundo, de un modo “formal”, a través de juicios (Solomon, 1980, p. 274).

3.5. Las teorías mentalistas de las emociones

Tal como presenté en la introducción a este capítulo, la visión según la cual las creencias son los principales antecedentes de las emociones, ya sea como causas externas o como elementos constitutivos de la emoción, se ha extendido, siendo atribuida a las teorías cognitivas de las emociones. En efecto, es común pensar que la teoría cognitiva de las emociones entiende que “las emociones resultan de cómo el individuo cree que es el mundo, cómo se cree que los eventos han ocurrido y qué implicaciones se cree que los eventos tienen” (Frijda et al., 2000, p. 1).

Del mismo modo, de acuerdo con Lyons, el abordaje cognitivo de las emociones se caracteriza por situarlas del lado deliberativo, pensante y racional de los seres humanos, en franco antagonismo con la concepción de raíz platónica, que define a las emociones como las enemigas de la razón. La oposición trazada nos remite directamente a los constreñimientos a los que Solomon se refería al diseñar su propia posición. Recuérdese también que Goldie, aunque en un marcado intento por diferenciarse de las posiciones que define como sobreintelectualizadoras (como he señalado en el capítulo anterior, 2.4.), les atribuye a Kenny y Lyons (entre otros) concebir la intencionalidad exclusivamente en términos de creencias. Según Goldie, es erróneo pensar que estas creencias y deseos (que no están asociados necesariamente con sentires) agotan la intencionalidad de la experiencia emocional (Goldie, 2000b, p. 19).

En suma, a pesar de algunas presentaciones simplistas, que desfiguran la perspectiva cognitiva, no debe asumirse sin más que el modo cognitivo o mentalista de pensar acerca de las emociones equipara acríticamente a la cognición y la reduce a creencias. Más bien, luego de haber revisado con detalle las propuestas de Arnold, Lazarus, Kenny, Solomon y Moors, se puede notar que el vínculo que los une bajo el ala de la corriente cognitiva es más bien un parecido de familia, y que, a pesar de sus diferencias, comparten cierto espíritu común, conformándose como distintas versiones de una misma corriente de investigación. Más específicamente, todas ellas pueden verse como resultando de diferentes especificaciones de una misma tesis general, que admite como condición necesaria para la emoción algún elemento cognitivo (ya sean valoraciones, evaluaciones, creencias o juicios).

Desde mi punto de vista, el hecho de que los filósofos cognitivos de las emociones hayan centrado su análisis en torno al conjunto de pensamientos que constituyen la emoción ha obedecido al interés por satisfacer una de sus principales motivaciones teóricas: racionalizar a las emociones.

No obstante, el costo de haber cumplido este objetivo ha sido que el debate en torno a las emociones se estructurara a partir de la discusión en torno a cuál es el nivel de análisis, esto es, si el proceso emocional propiamente dicho debe ser caracterizado en el nivel personal consciente, o, alternativamente, sus procesos pertenecen al procesamiento inconsciente. De modo que, mientras que la perspectiva cognitiva sostiene que nuestras emociones están esencialmente constituidas por algún tipo de creencia o juicio proposicional, y, en efecto, quedan explicadas en referencia a tales creencias, la perspectiva somática hace foco en los patrones de cambios corporales: las emociones son respuestas más bien reflejas, subpersonales y no cognitivas (Hutchinson, 2009, p. 61).

Ahora bien, la caracterización del debate a partir de la dicotomía consciente/inconsciente dista de ser adecuada. Fundamentalmente, puesto que, como he expuesto, la defensa cognitivista no equivale en todas sus versiones a la adopción de una tesis cognitivo-proposicional, y la equiparación que usualmente se realiza entre “cognición” o componente cognitivo y “creencia” no debe ser aceptada sin más. Tanto Solomon como Lazarus (y las versiones más actuales de las teorías valorativas) rechazan rotundamente la idea de que las creencias se establezcan como los mediadores valorativos necesarios. Solomon prefiere referirse a los “juicios evaluativos”, mientras que Lazarus explícitamente aclara que las valoraciones involucradas no deben concebirse como procesos conscientes, racionales y deliberados, excluyendo por tanto a las creencias. De modo que tanto Lazarus como Solomon buscan explícitamente apartarse de la idea –más bien ingenua– que caracteriza a las emociones a partir de creencias ocurrentes, y así conscientes, sin por ello renunciar al nivel personal como el nivel adecuado de explicación emocional.

Un punto interesante, entonces, resulta de la pregunta por la existencia de emociones inconscientes. En efecto, para algunos autores, una emoción inconsciente es comparable a un círculo cuadrado, esto es, algo conceptualmente imposible (Clore, 1994a). Pero esto es absolutamente independiente de cómo esos episodios emocionales llegaron a tener lugar. Los procesos que disparan los eventos emocionales o subyacen a ellos son procesos que sí podrían ser inconscientes. Es decir, es compatible defender que las emociones sean siempre conscientes (en especial, en virtud de su característico componente experiencial) y al mismo tiempo contemplar que puedan ser generadas a través de procesamientos inconscientes. En pocas palabras, “las emociones inconscientes deben ser distinguidas de los procesos emocionales inconscientes” (LeDoux, 1994c, p. 291). De modo que la afirmación de Clore debería ser entendida a la luz de la distinción de LeDoux: no habría emociones inconscientes en sentido propio, mientras que sí sería posible que estas cuenten con procesos no conscientes durante su provocación, tanto como ser inconscientes de sus causas particulares[32]. Como sostiene Prinz: “No debe confundirse una emoción con sus causas y efectos. La causa de una emoción determina la identidad de la emoción, pero esas causas no constituyen la emoción, ni constituyen la experiencia consciente de la emoción” (Prinz, 2005a, p. 20).

Por otro lado, y en marcada oposición a Clore, he mencionado también cómo Prinz defiende la existencia no problemática de emociones inconscientes (Prinz, 2005a), a partir de lo cual traza nuevas distinciones, precisamente para marcar la diferencia entre los sentires, exclusivamente conscientes, y las meras percepciones, que pueden ser inconscientes.

Las emociones son percepciones de cambios corporales, y cuando esas percepciones son conscientes, las emociones son sentires (feelings). Las emociones inconscientes son también posibles, de modo que no todas las emociones son sentires. Algunas emociones no son sentidas […]. Si estoy en lo correcto, las emociones se vuelven conscientes del mismo modo en que otros estados perceptuales se vuelven conscientes. Las emociones son inconscientes cuando no atendemos a los cambios en nuestro cuerpo. Si no, las emociones son sentidas conscientemente (Prinz, 2005a, p. 23).

Reconstruyo la posición cognitiva –aun con sus matices y divergencias– a partir de las siguientes tesis (la figura 7 representa la tesis general mentalista, las variaciones surgirán de cómo interpretar algunas de esas generalidades).

Figura 7. Representación general de la perspectiva cognitiva

Cómo se han de interpretar el “+” y la flecha en este diagrama es fuente de discrepancias. Precisamente esa disonancia es la que da lugar a las diversas subtesis dentro de TM [TME-TMC].

3.5.1. Tesis mentalista (TM)

Un estado cognitivo[33] es responsable de la producción de una emoción y de la diferenciación o especificación emocional. Sin estado cognitivo, no hay emoción (ni en sentido general, ni de tipo específico)[34].

Esta tesis mentalista general puede ser entendida de distintos modos, según se haga hincapié en la relación entre los estados cognitivos y las emociones (TME-TMC), o en la naturaleza del estado cognitivo involucrado en la emoción (TEC1, TEC2 y TEC3).

3.5.1.1. Tesis mentalista constitutivo-esencialista (TME)

Las emociones son o están constituidas por estados cognitivos o valorativos.

3.5.1.2. Tesis mentalista causalista (TMC)

Las emociones están causadas por estados cognitivos. El estado cognitivo no forma parte del estado emocional, sino que es un agente causal externo.

      

Nótese que aquí la noción de “constitución” no comprometería a la tesis mentalista con una posición que implique la suficiencia de los estados cognitivo-valorativos. En principio, tomada aisladamente, considero que debería ser interpretada a la luz de la tesis de la necesidad de la intervención cognitiva: diferentes apreciaciones de la situación son condición necesaria (pero no suficiente) para que se den distintas emociones (y, análogamente, diferentes emociones implican la existencia de distintos estados cognitivos como mediadores/disparadores).

Sin embargo, si, por el contrario, se abrazara adicionalmente una posición desencarnada, que descarte cualquier contribución de la corporalidad en la producción de emocionalidad, podría sostenerse entonces la idea de que perfiles valorativos diferentes sean condición suficiente para evocar distintas reacciones emocionales en relación con una misma situación (Siemer, Mauss, & Gross, 2007): ante una misma situación, dos valoraciones diferentes alcanzan para dar lugar a emociones distintas (puesto que no hay otras variables relevantes que tomar en cuenta).

3.5.2. Tesis desencarnada (TD)

Las emociones no se definen por la corporalidad; la corporalidad de las emociones, a lo sumo, es accidental.

Colombetti (2010) se refiere a esta tesis como el impersonalismo corpóreo, puesto que, para posiciones cognitivas (el blanco específico de su crítica son las teorías cognitivas impuras, como la de Schachter y Singer), los cambios corporales, como máximo, serían contingentes. Para que el sujeto experimente su excitación corporal como una experiencia emocional específica, necesita de la intervención de una capacidad interpretativa no corporal. En ausencia de una interpretación de tales características, la excitación corporal es inespecífica, ininteligible y carente de sentido para el sujeto.

3.5.3. Tesis de la agencialidad (TA)

El sujeto es agente y responsable de sus emociones, en tanto es agente y responsable de las valoraciones que realiza de su situación y el entorno.

 

Respecto a la naturaleza de los estados cognitivos, referidos en las dos versiones de la tesis mentalista, hay ciertas disidencias:

  1. TEC 1: los estados cognitivos son creencias (ocurrentes), con contenido proposicional, semánticamente evaluables.
  2. TEC 2: los estados cognitivos son juicios evaluativos (no necesariamente conscientes).
  3. TEC 3: los estados cognitivos son valoraciones, tanto conscientes como inconscientes.

Estas tres versiones de la tesis del componente cognitivo reflejan la distinción recién presentada entre la emoción y los procesos que le subyacen o le anteceden. Es sumamente importante llamar la atención sobre esta variabilidad puesto que posiciones como la de Lazarus y Arnold, paradigmáticas dentro del campo de las teorías cognitivas de las emociones, así como también la de Moors et al., explícitamente rechazan que sus perspectivas se encuentren constreñidas proposicionalmente, admitiendo la posibilidad de que tales valoraciones operen inconscientemente.

Por otra parte, siguiendo a Peter Lang (1988, 2010) y la distinción que realiza entre tres sistemas de identificación de emociones –(1) el lenguaje de las emociones (expresivo y evaluativo); (2) los cambios fisiológicos (somáticos y autonómicos); (3) la conducta (por ejemplo, acercamiento y evitación, etc.)–, cabría decir que la perspectiva cognitiva prioriza la “evidencia” proveniente del sistema (1). Quiero decir, teniendo en cuenta que las respuestas emocionales provenientes de estos sistemas no necesariamente son consistentes, la perspectiva cognitiva se caracteriza principalmente por hacer prevalecer la respuesta consciente. Considérese la siguiente situación. Valentín es un muchacho muy seguro de sí mismo, muy responsable y estudioso. Se encuentra finalizando su carrera de grado, que hizo en tiempo récord y con excelentes calificaciones. Está por rendir su examen final, de él dependen los planes que ideó para sus próximos años (posgrado, mudanza al exterior, beca de estudios, y probablemente también su estado civil). Pero él es un muchacho muy seguro y sabe que todo lo que consiguió fue por su esfuerzo y mérito. Su novia le pregunta si está nervioso, él dice que no. Sin embargo, en las noches previas a su examen, no logra conciliar el sueño, siente palpitaciones, aun recostado en su cama. Su madre sugiere que se haga un control médico, su corazón podría estar enfermo. Pero los análisis indican que está bien. Su novia, sabiendo cuánto se encuentra en juego en este momento, afirma que, luego del examen, todos los síntomas cesarán. Tal cual sucedió, días después, cuando aprobó su examen. En un caso como este, una posición cognitiva no puede explicar lo sucedido apelando al miedo o al nerviosismo: no puede tener miedo sin que exista algún tipo de percatación (aunque no necesariamente implique articulación proposicional) o valoración de la situación como peligrosa.

Ahora bien, si atendemos a los sentidos de valoración menos comprometidos con la consciencia que presentan tanto Arnold como Lazarus, esta caracterización de la perspectiva cognitiva a partir del reporte consciente se debilita. Es decir, tal como señalé en el apartado 3.2.2, Lazarus (retomando a Arnold) distingue dos modos de valorar: uno, automático y no consciente, aunque no por ello rudimentario, puesto que puede incluir significados complejos, sintetizados por la experiencia; y otro consciente y deliberado. Remarcando, además, que no está claro el grado de participación de cada una de ellas en cada actividad cognitiva y que “quizás la mayoría de las valoraciones de los adultos involucra una mezcla de ambas” (Lazarus 1991, p. 155).

Es en esa misma dirección en que Prinz, explícito defensor de la corriente somática, parece concederles un punto a las teorías valorativas, cuando afirma que “las emociones son estados que valoran [appraise] registrando cambios corporales” (Prinz, 2004, p. 78, énfasis mío), completando la fusión de los conceptos de “valoración” (cognición) y “percepción”. Consideraré en profundidad la propuesta de Prinz en el próximo capítulo, entre otras invitaciones a superar el antagonismo entre perspectivas somáticas y cognitivas.

Pero nótese aquí que, una vez admitida la participación de procesos valorativos automáticos que dan lugar a los episodios emocionales, procesos que parecen ser admitidos tanto por los defensores de las teorías somáticas, como por los patronos de –al menos algunas de– las teorías cognitivas, el antagonismo entre las perspectivas como mínimo se ve atenuado, al mismo tiempo que el límite entre la cognición y la percepción se desdibuja.

No obstante, cabe apuntar también que otras versiones cognitivas, como la de Kenny, sí se mantienen enfrentadas a la perspectiva somática, aun cuando se “deflaciona” la exigencia valorativa. La corriente cognitiva de las emociones, sin lugar a dudas, está atravesada por lo que algunos llaman “el imperialismo de la creencia” (Pérez, 2013). Sin embargo, como he establecido en este capítulo, hay muchas teorías –y con diferente origen disciplinar– que, defendiendo la cognitividad de las emociones, rechazan su definición o articulación a partir de actitudes proposicionales (como son las creencias), es decir, defienden más bien posiciones como las expresadas en las TEC 2 o TEC 3.

De manera que se da una situación un tanto inesperada. El aparente antagonismo entre las corrientes somáticas y cognitivas, en rigor, ha quedado al menos parcialmente resuelto. En el próximo capítulo, indagaré algunas versiones mixtas que exhiben la compatibilidad de la tesis somática, con las TM, TA y TEC 2 o TEC 3, con las que caractericé a la corriente cognitiva. No obstante, parece mantenerse cierta ruptura entre la tesis somática y la TEC 1. ¿Cómo superar esta incompatibilidad?

Como traté de mostrar en la introducción a este libro, las emociones han sido abordadas desde perspectivas diferentes y con propósitos muy diversos. Esta es la razón principal por la que la incompatibilidad recién mencionada es irreductible, y debe serlo. La teoría cognitiva que defiende una tesis como TEC 1, como la de Kenny, responde a otros objetivos, y, en ese sentido, recorta el mundo emocional de un modo peculiar: el universo de las racionalizaciones/explicaciones ex post factum de las emociones[35]. En este sentido, considero que el cognitivismo que representa Kenny, y se exhibe en TEC 1, debe ser comprendido en el contexto de un abordaje personal, que así se opone al abordaje impersonal/subpersonal de (la mayoría de) las teorías somáticas, y que esa oposición debe ser reconocida y abrazada en su diferencia: debe construirse un pluralismo de las emociones, como explicitaré hacia el final del trabajo.

Ahora bien, ¿cómo ha de quedar compuesto ese pluralismo? He señalado que la visión somática de las emociones tiene algunos problemas a la hora de explicar la amplitud en la reacción emocional, que, entre otras cosas, llevó a la postulación de valoraciones automáticas, “intraperceptivas”. Pero, tal como he advertido recientemente, esta deflación de la valoración, tomada conjuntamente con algunos otros hallazgos y cuestionamientos a la neutralidad de la percepción, exhorta a una reconceptualización de la percepción, la cognición, la relación entre ellas (y también las emociones) y el lugar de cada uno de ellos en la mente. Esta es, ni más ni menos, una motivación suficientemente sólida como para, mínimamente, poner en tela de juicio la confianza depositada en el paradigma cognitivo clásico, y buscar modos alternativos de concebir aquello que se venía llamando “cognición”, “percepción” y “emoción”. Me ocuparé de ello en el capítulo 5.

¿Acaso este cambio de paradigma podrá remediar la incompatibilidad hasta ahora irresoluble? Me permito adelantar que no. Pero no hay nada que lamentar. La adopción de un marco teórico nuevo brindará un modo alternativo de abordar la problemática, a la vez que proveerá soluciones a algunos problemas existentes en las descripciones del paradigma cognitivo (me refiero, entre otras cosas, a lo que llamé “objeción de la univocidad fisiológica”). Esta reconceptualización de la mente, defenderé, permitirá proveer una mejor pintura del funcionamiento de las emociones, desde el punto de vista impersonal de las ciencias afectivas, sustituyendo la perspectiva inadecuada (por las razones recién expuestas) de la ciencia cognitiva clásica u ortodoxa. No obstante, esta perspectiva no comparte el explanandum y, en ese sentido, no busca disputarle el territorio a la perspectiva personal, intencional (e intensional), racionalizadora de las actitudes proposicionales que la filosofía analítica del lenguaje con tanto esmero ha examinado. En la búsqueda de convivencia de estos dos, radicará el pluralismo que se ha de adoptar.

3.6. Objeciones a las teorías mentalistas

A lo largo del capítulo, mencioné algunos de los problemas que tienen las teorías cognitivas. A continuación, presentaré un breve repaso de ellas.

Lo primero que hay que destacar es que, como cualquier espacio teórico en el que convergen diversas teorías, las objeciones suelen ser más bien específicas o “autor-dependientes”. Y, sin embargo, las críticas que por ejemplo reciben Solomon o Lyons suelen aparecer como críticas al enfoque cognitivo en general, a pesar de que el enfoque no se identifique plenamente con el de ninguno de estos autores en particular. En segundo lugar, cabe señalar que muchas de las críticas típicas al enfoque cognitivo son las que han motivado ulteriores elaboraciones teóricas, o el perfeccionamiento de algunas ideas, como sucede con tantos otros casos de progreso científico-conceptual. Pasaré entonces a las objeciones.

3.6.1. Emociones descarnadas, un oxímoron

Esta objeción es exclusiva de las teorías cognitivas puras, que asumen que hay emociones sin cambios corporales. Insistí en que esta tesis no es ubicua en la perspectiva cognitiva; sin embargo, en mayor o menor medida, se encuentra presente en el espíritu del enfoque, en cuanto hace énfasis en el rol mediador del estado cognitivo (sea valorativo, judicativo, con contenido proposicional, etc.) y otorga poca relevancia al cuerpo (aun cuando no defienda de modo explícito que hay emociones puramente cognitivas, el foco está puesto en la mente y no en el cuerpo). La crítica no puede ser mejor presentada que a través de las palabras de James:

Si imaginamos una fuerte emoción, y luego tratamos de abstraer de nuestra conciencia de ella todos los sentires de sus síntomas corporales característicos, hallaremos que no nos quedó nada, ninguna “substancia mental” de la cual pueda ser constituida la emoción; todo lo que nos queda es un estado frío y neutro de percepción intelectual (James, 1884, p. 193).

Y se resumen en el núcleo de su propia teoría: “… sin los cambios corporales que siguen a la percepción [del objeto], la última sería puramente cognitiva en forma, pálida, sosa, desprovista de la calidez emocional” (James, 1884, p. 190).

3.6.2. Sofisticación del componente cognitivo

He presentado diversas versiones de la perspectiva cognitiva, y entre sus diferencias se destacan los compromisos que asumen los autores (diferencias que reflejé en las distintas versiones de la tesis del elemento cognitivo: TEC 1, TEC2 y TEC3). Algunas de estas versiones asumen un grado alto de complejidad del componente cognitivo, por ejemplo, equiparándolo a creencias. Este punto es blanco de críticas debido a su alta exigencia para el sujeto, y, en este sentido, es una objeción que hace mella en especial en teorías como la de Solomon: si tener miedo es juzgar que algo es peligroso, tener una emoción o estar en un estado emocional estaría requiriendo un nivel de consciencia (proposicional) por parte del sujeto emocionado un tanto elevado.

3.6.3. Delimitación del ámbito de aplicación

Esta crítica es subsidiaria de la anterior. El punto principal es que, de mantener una versión sofisticada del componente cognitivo, muchos sujetos deseables de ser alcanzados por la teoría resultarían excluidos de su ámbito de aplicación. En otras palabras, sostener que, para tener miedo, necesito tener la creencia (en sentido ocurrente) de que hay peligro (actitud proposicional con contenido semánticamente evaluable) excluye directamente la posibilidad de que animales no lingüísticos, así como también niños prelingüísticos, tengan emociones. Y esto último, como mínimo, es un problema que atender. Una vía posible de resolución sugiere que existen protoemociones, que no están atravesadas por un componente cognitivo (no dependen de él), y de las que sí son capaces los animales no humanos y los bebes humanos.

3.6.4. La impenetrabilidad cognitiva de las emociones

En términos de Goldie (2000), un sistema es cognitivamente penetrable si puede ser afectado por las creencias del sujeto. Para el caso de las emociones, desde el punto de vista de un teórico cognitivo, algún tipo de componente cognitivo es esencial para que ocurra una emoción en sentido pleno (ya sea como causa externa o como parte esencial). Ya sea que se tome al elemento cognitivo como condición necesaria o suficiente, lo que está claro es que, en caso de modificarse el elemento cognitivo (la creencia, por ejemplo), consecuentemente sufrirá alteraciones la emoción también. Análogamente, se espera que, en caso de operar una modificación en la emoción, exista un cambio sobre el cual repose el cambio emocional (por ejemplo, una revaloración de la situación, un cambio en las creencias del sujeto, etc.). Sin embargo, es un hecho indiscutido que muchas veces, muy a pesar de nuestras creencias, algunas emociones son persistentes. O, dicho de otro modo, es muy frecuente tener emociones que son contrarias a nuestras creencias (otra de las pruebas de la irracionalidad de nuestra vida emocional). Por ejemplo, teniendo plena conciencia de la inofensividad de las abejas, tan pronto una aparece, el terror me sobrecoge. Ni siquiera las múltiples experiencias que he tenido con abejas que no me hacen daño han podido quebrar el vínculo entre abeja y terror para mí. En el mismo sentido, Jenefer Robinson se refiere a la inercia emocional (Robinson, 1995, p. 68) para señalar cómo los juicios desapasionados que pueda tener acerca de las arañas no consiguen evitar su respuesta temerosa (su miedo) a ellas. Esta situación se verá explicada en el próximo capítulo, cuando presente las dos vías del procesamiento emocional (LeDoux, 1989, 1994b, 1996). Pero aquí alcanza con notar que las emociones, lejos de estar atravesadas necesariamente por elementos cognitivos, pueden ser cognitivamente impenetrables y que esto obedecería a que el sistema que evalúa o computa el significado de los estímulos es anterior e independiente de la conciencia, razón por la cual el pensamiento racional tiene poca influencia sobre los miedos (Öhman, 1999).

3.6.5. Evidencia fenomenológica (nuestra experiencia emocional)

Esta objeción apunta a mostrar que la manera en la que habitualmente nos emocionamos no es como dicen las teorías cognitivas. El abordaje cognitivista, ya sea en sus versiones causalista o consititutiva (TM1 o TM2), como en cualquiera de sus tesis acerca de la naturaleza de los estados cognitivos (TEC1, TEC2 o TEC3), no refleja cómo de hecho nos sentimos cuando estamos emocionados. Más bien, parece haber evidencia que muestra que las emociones pueden aparecer en ausencia de valoraciones u otros procesos cognitivos, es decir, no son su condición necesaria (Zajonc, 1980, 1984; Izard, 1984; Frijda, 1993; Robinson, 1995; entre otros). Asimismo, es posible juzgar o valorar algo como peligroso sin por ello tener miedo, esto es, contra la idea de que el componente valorativo sea condición suficiente –por ejemplo, Robinson (1995, 2005)–.

3.6.6. Una crítica externa: la (a)modalidad de la cognición

Todas y cada una de las “implementaciones” de las tesis cognitivistas, si bien plantean distintos matices, tal como puntualicé en la sección anterior, mantienen un fuerte apego por la posición cognitivista clásica. Así, asumen entre otras cosas que “la cognición es el relleno intracraneal amodal que media entre los inputs y outputs de las partes del cuerpo extracraneales y el entorno extracorporal” (Stephan, Walter, & Wilutzky, 2014, p. 65). La tarea específica de la cognición, en cuanto función propia de la mente, es la manipulación sintáctica y la transformación de estructuras representacionales.

Este modo de concebir a la cognición, hegemónica desde la década del 60 con la revolución de las ciencias cognitivas, actualmente se ha puesto en tela de juicio[36].

Profundizaré sobre los modos de cuestionar el modo estándar de las ciencias cognitivas ortodoxas en el capítulo 5. Aquí resulta suficiente lo antedicho para mostrar que otro flanco posible de ataque proviene del campo de las teorías heterodoxas o poscognitivistas de la cognición.

Sin embargo, para concluir este capítulo, quiero subrayar la exquisita “coincidencia” que mantienen los muy controvertidos Solomon y Noë, cada uno de ellos refiriéndose a su objeto de estudio, las emociones y la percepción: “… no es algo que nos sucede a nosotros o en nosotros” (Noë, 2004, p. 1). La motivación de ambos es la misma, remarcar el rol activo del sujeto en el fenómeno (emocional y perceptual, respectivamente): “… es algo que hacemos”. El modo de Solomon es una suerte de agencialidad prestada o relativa, en cuanto depende del juicio, y, así, de la cognición. Para Noë, el desafío es mayor, no hay abismo que sortear, la percepción en un sentido importante ya es actividad cognitiva. La agencialidad de la percepción vendrá de la mano de la invitación a una reconceptualización de la cognición.


  1. Esta situación peculiar, de dualidad estado/proceso, no es exclusiva de las valoraciones, sino que lo mismo sucede con la noción de “adaptación”, por ejemplo (West-Eberhard, 1992).
  2. Aunque volveré sobre esto en breve, deseo subrayar aquí cuánto más profunda es la injusticia con Arnold cuando se tiene en cuenta que, si bien Lazarus en 1980 reconoció que la valoración cognitiva que retomó de la autora no necesariamente implicaba percatación (awareness) de los factores sobre los que se apoyó, fue recién en su libro Emotion & Adaptation (1991) donde trazó la distinción entre valoraciones automáticas y valoraciones conscientes, distinción que claramente ya estaba presente en la distinción que había presentado Arnold en 1960.
  3. En Lazarus et al. (1970), afirma que cada reacción emocional (al margen de su contenido) es una “función de un tipo particular de cognición o valoración(Lazarus et al., 1970, p. 218, cursivas de los autores).
    De igual modo, Lyons dice: “… tu emoción es causada por aquello que vos conocés [cognize] acerca de la situación y su relevancia para vos, y no por lo que algún observador objetivo especula o sabe de la situación” (Lyons, 1999, p. 39).
    Siemer, Mauss y Gross (2007) sintetizan el núcleo teórico de las teorías cognitivo-valorativas de las emociones de la siguiente manera: “Es la valoración de la situación, no la situación per se, lo que determina la calidad y la intensidad de una respuesta emocional. Específicamente, las teorías valorativas de las emociones asumen que las emociones provocadas por un evento son determinadas por cómo el evento es interpretado a lo largo de un número de dimensiones valorativas” (Siemer et al., 2007, p. 592).
  4. Advierte Lazarus que tal carácter automático no debe ser equiparado con una condición primitiva, puesto que el procesamiento automático admite “significados [significances] complejos, abstractos y simbólicos, que a través de la experiencia pueden ser condensados en significado instantáneo” (Lazarus, 1991, p. 155).
  5. Nótese la advertencia de Moors et al. (2013): “la mera mención de la valoración, o su inclusión como componente, no es suficiente para llamar a una teoría, una teoría valorativa” (Moors et al., 2013, p. 120). Por esta concesión meramente, Ekman no debe ser tomado como un teórico valorativo/cognitivo.
  6. Más recientemente Moors (2010, 2013) utiliza esta estrategia explícitamente, presentando una definición de la valoración desde un punto de vista funcional: “… es un proceso que toma un estímulo como su input y produce valores para una o más variables valorativas como su output” (Moors, 2013).
  7. Pérez Nieto y Redondo Delgado (2006) los traducen como “núcleos temáticos relacionados”. Mi traducción por “temas relacionales centrales” coincide con la que hace Rodríguez Sutil (1998).
  8. Véase en el capítulo 2 las críticas al enfoque somático, específicamente 2.6.3.
  9. Esto será de especial interés para el capítulo 5 y la recuperación de la noción de “valoración” desde las teorías enactivas.
  10. El análisis de las emociones a partir de su rol adaptativo ha sido profundizado por una concepción alternativa a la teoría cognitiva clásica, la psicología evolucionista (Cosmides, Tooby, & Barkow, 1992; Pinker, 1997; Tooby & Cosmides, 2005, 2008). Según esta, “los subcomponentes funcionales (programas) que constituyen nuestra arquitectura mental fueron diseñados por la selección natural para resolver problemas adaptativos que enfrentaran nuestros ancestros cazadores recolectores” (Tooby & Cosmides, 2008, p. 115). Pero la coexistencia de tantos y tan variados programas, diseñados uno a uno para solucionar problemas adaptativos específicos, entraña el problema de que muchas veces su disparo simultáneo genera interferencias o conflictos de intereses. Este problema específico del marco es solucionado apelando a las emociones. De este modo, las emociones se conciben como programas especiales (de orden superior) que evolucionaron para satisfacer las demandas de coordinación. Las emociones son concebidas como metaprogramas, cuya función es coordinar la ejecución de todos los demás programas, es decir, son capaces de anular o desactivar alguno de ellos durante la ejecución de algún otro, o inclusive de coordinar la acción conjunta (por ejemplo, la acción de eludir predadores requiere simultáneamente cambios en el ritmo cardíaco y en la agudeza auditiva). Sobre el posible impacto de la perspectiva de la psicología evolucionista con relación al debate entre las perspectivas somática y cognitiva de las emociones, véase Melamed (2016a).
  11. Resulta sencillo responder a la objeción que se sigue a partir de este punto, siendo que las emociones de miedo a catástrofes de índole financiera presumiblemente no formen parte del campo de las aplicaciones pretendidas de la teoría de James, en el sentido de que, si resultara cierta la intuición de Kenny de que ese tipo de miedo no conlleva cambios corporales típicos, entonces no caería dentro del recorte de fenómenos del que James quería dar cuenta. Recuérdese que, tal como mencioné en el primer capítulo, el análisis de James se realiza en el seno de la distinción entre coarser emotions y subtler emotions (James, 1890, p. 743), y que ya antes, en What is an emotion? (James, 1884), había aclarado: “Antes que nada debería decir que las únicas emociones que me propongo expresamente considerar aquí son aquellas que tienen una expresión corporal distintiva” (James, 1884, p. 189).
  12. Kenny define heurísticamente a la intensionalidad como “la propiedad formal que es peculiar a la descripción de los eventos y estados psicológicos” (Kenny, 1963, p. 194). Así definida la intensionalidad, resulta notable la cercanía con la noción clásica de “intencionalidad”. Cabe aclarar que, aunque sean niveles de análisis distintos, el nivel intensional en el enfoque gramatical se encuentra estrechamente vinculado al nivel intencional, que atiende a los objetos intencionales. La intuición de que estos niveles se encuentran del mismo lado de análisis, creo yo, ha llevado a que Marks (1982) le atribuyera a Kenny la demostración de que la teoría del sentir es insostenible en virtud del carácter intencional de las emociones (véase más adelante nota 54).
  13. También Damasio (1994, 1999) y Prinz (2005a), desde un enfoque neojameseano, distinguen entre emoción y sentir. Me ocuparé de ellos en el próximo capítulo.
  14. Aunque no sea el objetivo principal del capítulo, Kenny desliza subrepticiamente la distinción clave entre dos clases de conexiones: la conexión conceptual que mantendría la conducta motivada con los sentires, por un lado, y la conexión contingente que mantendría la conducta motivada con los cambios corporales, por otro. Esta distinción resultará central en su determinación de la no pertinencia de los estudios experimentales de las emociones y más aún en la concepción general de las emociones.
  15. Nótese cómo Kenny se refiere a la posición defendida por William James, siendo que en rigor James habla de sentir los cambios corporales mientras estos ocurren, que se siguen directamente de la percepción de un hecho o evento. Como mencioné en el capítulo anterior, el sentir al que se refiere James incluye a la percepción, pero no exclusivamente, de manera que no resulta obvio que estos términos puedan utilizarse indistintamente, al menos sin modificar la estructura conceptual de la propuesta de James.
  16. Sobre la relación entre sentires y motivos, dice: “Los conceptos de las diversas emociones se emplean, no sólo en la descripción de los sentimientos, sino también en la explicación de las acciones. Sentimos miedo y también lo expresamos; el amor no es sólo un sentimiento [sentiment], sino también un motivo para la acción. Es tentador creer que decir que una persona actuó por cierta emoción es decir que su acción fue precedida y causada por la aparición del correspondiente sentir; pero esto es incorrecto” (Kenny, 1989, p. 100).
  17. Sigo en este punto a Ginnobili (2007), quien señala una confusión semejante en la filosofía de la biología respecto del concepto de fitness, valiéndose del marco conceptual del estructuralismo metateórico (Balzer, Moulines, & Sneed, 1987).
  18. Véase Hacker (2009) para un mapa conceptual completo de las relaciones entre sensaciones (sensations), percepciones (perceptions), apetitos (appetites) y afecciones (affections) (donde sitúa a las emociones), todos ellos subclases de sentires (feelings). Queda aquí especialmente claro por qué decido traducir feeling por “sentir”, siendo que las traducciones más habitualmente utilizadas son “sensación” o “sentimiento”.
  19. No debe confundirse la noción presente de objeto, en cuanto noción gramatical de objeto de un verbo transitivo, con la noción de sentido común de los objetos físicos ordinarios. Aunque se encuentren estrechamente vinculadas, también debe distinguirse del objeto intencional “inexistente” en el sentido psicológico de Brentano (véase nota 59).
  20. Aun cuando se describen emociones como si no tuvieran objeto, en rigor sí lo tienen. Resulta sencillo ver esto a la luz de la distinción entre objeto material y objeto formal que Kenny propondrá algunos capítulos más adelante, y que yo trataré hacia el final de este apartado.
  21. La traducción española traduce “dirección”, Kenny usa el término inglés target.
  22. En inglés, “to be angry at” versus “to be angry because”.
  23. Téngase en cuenta que la distinción apunta a desambiguar las afirmaciones que usan el “porqué”, aunque suene algo forzado en español. De todos modos, queda claro que la importancia de la distinción trasciende el ámbito de la ambigüedad que introduce el “porqué”.
  24. La noción de “objeto intencional” es la clásica aristotélica, reintroducida y canonizada por Brentano: “Todo fenómeno psíquico está caracterizado por la inexistencia intencional (o mental) de un objeto […] la dirección hacia un objeto […]. En la representación hay algo representado, en el juicio hay algo admitido o rechazado; en el amor, amado; en el odio, odiado; en el apetito, apetecido, etc.” (Brentano, 1874, p. 21). Nótese cómo en esta caracterización se puede divisar el problema que De Sousa llama la “antinomia de la objetividad”: ¿queremos aquellas cosas porque son queribles o llamamos queribles a todo aquello que queremos? (De Sousa, 1987). Y, en la misma dirección, Frijda dice: “Es fácil confundir los contenidos y antecedentes de la experiencia emocional. Es fácil creer que uno se enamoró a causa de la belleza de su amada, pero sería difícil mantener que percibir que su amada es bella siempre precedió a la emoción y la provocó; en efecto, hay evidencia de lo contrario (Rombouts, 1992)” (Frijda, 1993, p. 360).
  25. Kenny está retomando la distinción escolástica entre objeto material y objeto formal.
  26. En ese sentido, el verbo “pensar (en)” carece de objeto formal porque no tiene constreñimientos: no hay restricciones sobre lo que se pueda pensar (Kenny, 1963, p. 190).
  27. Como he dicho en 2.6.3, esto resulta consistente con los resultados del experimento de Schachter y Singer: el grupo de pacientes que, habiendo también sido inyectados, disponían de la información correcta sobre los efectos de la epinefrina manifestaban una reacción emocional menor.
    Análogamente, Ortony y Clore (1989) entienden que, para ser genuinamente emocionales, los sentires deben ser el resultado de una valoración, de modo tal que, en una situación tal donde los sentires se pueden explicar externamente (por ejemplo, a partir de la alteración causada por una inyección, o por la estimulación eléctrica del cerebro), el sujeto presumirá que solo “se trata del sentir de ira, pero que no está realmente enfadado” (Clore y Ortony, 1989, p. 128).
  28. Resulta inevitable la reminiscencia a la fórmula jamesiana: “El sentir de los cambios corporales mientras estos ocurren ES la emoción” (James, 1884, pp. 189-190, énfasis del autor).
  29. Cabe recordar que James (1884) se refería al resultado de la abstracción de todos los sentires de los cambios corporales característicos de una emoción, como “un estado de percepción intelectual frío y neutral”. Por su parte, Zajonc (1980) equipara la distinción entre juicio (o cognición) cold/hot y la de cognitivo/afectivo, respectivamente.
  30. Explícitamente, afirma: “… la creencia de que existe un peligro parece muy sofisticada para ser una condición para el miedo en general” (Gordon, 1987, p. 70).
  31. En rigor, esta discusión se da en el contexto del tratamiento de las emociones epistémicas (epistemic), que Gordon (1987) distingue de las emociones factivas (factive) (i.e. acerca de hechos). Mientras que las últimas dependen del conocimiento que el sujeto tiene acerca de la ocurrencia de cierto hecho h (independiente del hecho en sí mismo; es decir, de su creencia de que h ocurrió), las emociones epistémicas se apoyan en que el sujeto no tiene conocimiento acerca de h, es decir, se apoya en la ignorancia respecto de h, donde muchas veces surge de que el hecho todavía no ha ocurrido. Más aún, Gordon pretende que su distinción sustituya la dicotomía entre emociones que miran al pasado (backward looking emotions) y emociones que miran al futuro (forward looking emotions). Es igualmente importante señalar que el peculiar análisis de las emociones que propone el autor se enmarca en un proyecto más ambicioso, que es dar cuenta de los conceptos psicológicos en general, dentro del marco conceptual usualmente denominado psicología folk o de sentido común.
  32. Esto nos remite una vez más a la distinción entre causa y objeto de Wittgenstein y Kenny que presenté en el apartado 3.3.2.
  33. Me refiero a “estado cognitivo” como género que engloba distintos tipos de elementos cognitivos: creencias, juicios, valoraciones automáticas y valoraciones conscientes. Estas diferencias quedarán expresadas en las tesis TEC1, TEC2 y TEC3.
  34. Recojo en esta única tesis mentalista aquello en lo que Frijda y Zeelenberg (2001) apuntan que todos los cognitivistas están de acuerdo: (1) la valoración es responsable de la provocación de una emoción, “sin valoración, no hay emoción”; (2) es la valoración la responsable de la diferenciación emocional.
  35. En el próximo capítulo, volveré sobre esta distinción entre los abordajes impersonales y personales de las emociones, y el modo en el que el cognitivismo queda usualmente atrapado o encasillado entre los segundos.
  36. Compárense, por ejemplo, los abordajes desde el cognitivismo de Marr (1982) y desde la perspectiva corporizada de Noë (2004). Burdman (2016) ofrece una excelente reconstrucción de la cuestión.


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