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4 Cuerpo y mente

Teorías psicosomáticas

If our hypothesis is true,

it makes us realize more deeply than ever

how much our mental life is knit up with our corporal frame,

in the strictest sense of the term.

   

Principles of Psychology 

William James

4.1. Presentación: ¿qué significa que una teoría psicosomática sea híbrida?

En los capítulos anteriores examiné distintas versiones de las perspectivas somática y cognitiva, buscando enfatizar los principales puntos de desacuerdo entre ellos. Un buen modo de sintetizar la controversia entre las corrientes es que, mientras que unos quieren defender que las emociones son fundamentalmente un asunto corporal, de afecto o sentires, los otros buscan defender que la cuestión emocional se define en la arena cognitiva y, a partir de ello, sostienen que las emociones son esencialmente un asunto cognitivo.

Precisamente, lo que genera la polémica es la pretensión de que las emociones sean o bien lo primero o bien lo segundo. Hasta ahora, ninguno de los autores examinados parece considerar la posibilidad de que las emociones sean una cuestión de las dos. No obstante, debe decirse que, antes de que la polémica quedara así establecida –principalmente a raíz de la transformación jamesiana operada sobre el modo habitual de concebir a las emociones–, existieron también enfoques mixtos, donde cuerpo y mente se encontraban entrelazados. El antecedente más relevante, y paradójicamente una de las fuentes más importantes para las teorías cognitivistas del siglo xx, es Aristóteles[1], quien enfatizaba la posibilidad de analizar las afecciones del alma a partir tanto de la materia (el cuerpo) como de la forma (su función): “… el encolerizarse es un movimiento de tal cuerpo o de tal parte o potencia producido por tal causa con tal fin” (Aristóteles, AA 403 a), siendo que la ira puede definirse según se atienda “al deseo de venganza” (su forma o función), o a “la ebullición de la sangre o del elemento caliente alrededor del corazón” (Aristóteles, AA 403 a 31).

En el presente capítulo, me abocaré al tratamiento de algunas propuestas que apuntan precisamente a abandonar la presentación de las perspectivas somáticas y cognitivas como si fueran incompatibles –conclusión a la que arribo tras haber identificado las tesis principales de cada una de ellas y vislumbrado que su enfrentamiento en rigor no es tan profundo, como tematicé sobre el final del capítulo anterior –y también en Melamed (2016b)–. Si, además, se tiene en cuenta que cada uno de estos enfoques resulta por sí mismo inadecuado, por las numerosas objeciones que presenté sobre el final de los capítulos 2 y 3, se hace menester el diseño de otro tipo de enfoque: uno híbrido que reúna los hallazgos de ambas. En ese sentido, conservará el espíritu del trabajo de Leventhal y Scherer (1987), que había sugerido minimizar los aspectos semánticos del debate y focalizar en las preguntas específicas sobre los mecanismos y procesos que favorecen a las emociones y la cognición respectivamente, con la expectativa de que esas preguntas sean “reemplazadas por preguntas más importantes en relación a qué contribución hacen los distintos componentes específicos de procesamiento a la experiencia emocional y/o a la conducta emotiva abierta” (Leventhal & Scherer, 1987, p. 7).

Sin embargo, cabe preguntarse qué implica realmente “superar” la dicotomía. ¿Cuál es el alcance de la reconciliación que ofrecen las teorías híbridas? Encuentro al menos dos modos diferentes de llevar adelante la superación del antagonismo. El primero de ellos será desarrollado en este capítulo, a partir de una hibridación sobre las teorías somáticas y cognitivas. Esto es, en cierto modo, la idea de que la discrepancia se resuelve con la reunión de los enfoques confrontados, donde se opera cierta fusión en un marco más general.

En segundo lugar, el modo alternativo, que quedará para ser analizado en el próximo capítulo, invita más bien la superación del debate, de la mano de la disolución o del abandono de las premisas conflictivas. Nadie lo sintetiza mejor que Dewey:

Aunque la historia prueba que se trata de una alucinación, persiste la convicción de que todas las cuestiones que la mente humana se ha planteado pueden ser contestadas por las alternativas que tales cuestiones presentan. Sin embargo, el hecho cierto es que el progreso intelectual tiene lugar normalmente merced al total abandono tanto de las cuestiones como de las alternativas que éstas plantean, un abandono que resulta de su envejecimiento y de su capacidad para suscitar nuestro interés. No solucionamos problemas: los superamos. Las viejas cuestiones se resuelven porque desaparecen, se evaporan, al tiempo que toman su lugar los problemas que corresponden a las nuevas aspiraciones y preferencias (Dewey, 1910, p. 19).

Asimismo, podríamos adelantar un tercer modo de resolución el conflicto, que comparte el espíritu conciliador de los enfoques híbridos y será explorado en las páginas finales (capítulo 6: “Desde la polisemia hacia el pluralismo emocional”): una perspectiva pluralista, que sea capaz de recoger los diferentes sentidos de emoción, cada uno de ellos, en su ley.

El espíritu de la perspectiva somática asume de manera general (TS) la falsedad de la idea de que las emociones causan cambios corporales, es decir, niega la identificación (o la participación de) la cognición en las emociones (de la que luego se seguirían los cambios corporales típicamente adjudicados a cada una de ellas).

El punto entonces radica en cómo se presenta el espíritu del enfoque cognitivo. Hay (al menos) dos interpretaciones posibles:

  1. Las emociones son puramente cognitivas (es decir, no hay factores no cognitivos, i.e. afectivos relevantes) (Lazarus, 1982; Lyons, 1980; Solomon, 1976).
  2. Las emociones son necesariamente cognitivas, pero pueden estar acompañadas de otros elementos no cognitivos (i.e. afectivos) (Lazarus, 1991; Leventhal, 1984; Schachter & Singer, 1962; Scherer, 1984).

Si la corriente cognitiva ha de entenderse a la luz de (A), un enfoque mixto o híbrido, que combine elementos de las corrientes somática y cognitiva, implicaría cierta superación de la disputa en cuestión –que fuera puesta en términos de la caracterización alternativa de las emociones en términos de “cognitivas” o “somáticas”–. Ya no se trataría más de una u otra, sino de una mezcla de ambas. Es decir, ambas concepciones se probarían erradas, puesto que las dos estarían pasando por alto elementos explicativos relevantes.

Si la corriente cognitiva fuera a entenderse a partir de (B), el carácter distintivo de las propuestas mixtas, es decir, que engloban en su descripción elementos cognitivos, pero también somáticos o afectivos, quedaría subsumido dentro del enfoque cognitivo, de modo que el carácter novedoso del hibridismo desaparecería hacia el interior de una versión amplia del cognitivismo (en este sentido amplio, que incluye necesariamente elementos afectivos; lo llamaré “cognitivismo sofisticado”). Es decir, en este caso, no se estaría frente a la superación de un marco teórico que opone dos modos alternativos de aproximación y explicación de un fenómeno, sino precisamente dentro de uno de esos modos de comprensión o enfoque. Entonces, ¿esto significa un triunfo de la teoría cognitiva? Lo importante es que, al menos si así fuera, seguramente no sería el triunfo de la posición cognitiva de Lazarus (1982), donde el factor cognitivo era condición necesaria y suficiente para las emociones. Y una vez descartada esa versión hiperconceptualizante de las emociones, la situación resultante no parece tan problemática.

En general, la versión del cognitivismo que los defensores de posturas conciliadoras tienen en mente es la posición cognitivista más radical (A), lo que los lleva, por ejemplo, a Charland (1997) y Robinson (2005) a sostener que tanto el cognitivismo como las teorías somáticas son erróneas. El cognitivismo, por defender que las emociones siempre suponen mediadores cognitivos (juicios, valoraciones, etc.), y los somáticos, por ignorar por completo la dimensión cognitivo/valorativa de las emociones. Es en este sentido, entonces, en que la propuesta de Charland (1997) se considera superadora de la disputa, puesto que, al tiempo que incorpora algunas nociones de ellas, es incompatible con ambas. Resta todavía el titánico trabajo de mostrar cómo es que se acoplan y acomodan estos elementos o factores de distinta índole.

4.2. Una reconciliación neurobiológica

El libro de Antonio Damasio El error de Descartes (1994) constituye un hito en las discusiones en torno tanto a la caracterización de las emociones, como a la concepción misma acerca de qué es la cognición y sus interacciones con otros sistemas (entre ellos, el sistema emocional). A continuación, examinaré la peculiar propuesta de Damasio, centrándome especialmente en ese trabajo tanto por su importancia histórica como por su relevancia conceptual.

Damasio retoma la intuición jamesiana que sitúa al cuerpo en el centro de la escena emocional. Empero, le impugna no haberle dado importancia (y, en ese sentido, no haber hecho lugar) al proceso de evaluación de la situación que causa la emoción. En particular, Damasio considera que la descripción jamesiana, aunque funciona bien para las primeras emociones que uno experimenta en la vida, no hace justicia a las vacilaciones de Hamlet o Lady Macbeth (Damasio, 1994, p. 130).

Es decir, Damasio adopta una explicación jamesiana de las emociones, pero la circunscribe a las experiencias emocionales tempranas (en sentido ontogenético). El argumento fundamental que brinda proviene de la propia fenomenología de las emociones, una apelación a la intuición que tenemos de nuestras propias experiencias emotivas: “… en muchas circunstancias de nuestras vidas como seres sociales, sin embargo, sabemos que nuestras emociones son desencadenadas sólo después de un proceso mental evaluador, voluntario, no automático” (Damasio, 1994, p. 130).

El modo en que Damasio propone resolver esta “tensión” es trazando una distinción entre emociones primarias (tempranas) y secundarias (adultas). La diferencia fundamental entre ellas es que el sistema primario de emociones, activo ya en las etapas iniciales de la vida, funciona de modo automático. Es decir, se encuentra cableado (wired) para responder con una emoción, de modo preorganizado[2], ante la presencia de determinadas características del mundo, como, por ejemplo, cuando se percibe cierto tamaño (como en animales grandes), cierta envergadura (como en las águilas volando), cierto tipo de movimiento (como en los reptiles), determinados sonidos (por ejemplo, gruñidos) o ciertas configuraciones de estados corporales (como el dolor sentido en un ataque cardíaco). Una vez procesadas esas características relevantes, acontecería inevitablemente el desencadenamiento de un estado corporal típico de la emoción de miedo –vía la detección de la amígdala, dentro del sistema límbico (Damasio, 1994, p. 131)–. Cabe destacar que el tipo de procesamiento requerido hasta aquí es sumamente imperfecto y fragmentario, es decir, la aparición del estado emocional de miedo no depende del reconocimiento completo del estímulo y la consiguiente categorización como “oso” o “león” (LeDoux, 1989; Zajonc, 1980). Todo lo que se requiere es que las cortezas sensoriales detecten los rasgos relevantes y lo comuniquen a la amígdala. Una vez activada la amígdala, esta desencadena respuestas internas, musculares, viscerales (sistema autonómico) y endócrinas (a través del hipotálamo). Nótese, asimismo, que los mecanismos involucrados en el sistema primario de emociones son mecanismos íntegramente subcorticales.

Lo que debe ser subrayado, sobre todo, es que el proceso en cuestión ya es en sí mismo un proceso emocional, de modo que las conductas y demás “manifestaciones” que produce son respuestas emocionales en sentido propio. En ese sentido, buena parte de lo que señalaba William James encuentra justificación.

Sin embargo, es precisamente aquí donde Damasio se aparta de la posición jamesiana. En primer lugar, puesto que, a pesar de que la respuesta emocional pueda por sí misma alcanzar algunos objetivos –entiéndase, por ejemplo, eludir un predador a través de la conducta de huida–, en la teoría general de Damasio, “el proceso no se detiene con los cambios corporales que definen una emoción” (Damasio, 1994, p. 132).

Cabe recordar que James defendía que esos cambios corporales eran siempre sentidos en el momento en que ocurren (James, 1890, p. 745) y que la emoción propiamente dicha no era otra cosa que el sentir de esos cambios corporales mientras ocurren[3].

En segundo lugar, y en el núcleo de la crítica a James, Damasio le reprocha haber circunscripto su teoría de las emociones a lo que Damasio denominó “emociones primarias”. Es decir, según Damasio, la teoría de James se aplica únicamente a las emociones ancladas biológicamente[4]. De acuerdo con él, luego del disparo automático, no evaluativo, no deliberado, que presupone un procesamiento rudimentario, el proceso emocional no necesariamente finaliza. Al menos en los seres humanos, el ciclo continúa dando lugar al sentir (feeling)[5] de la emoción en conexión con el objeto que la excitó, algo así como la percatación o el entendimiento del vínculo existente entre el objeto y el estado emocional del cuerpo (Damasio, 1994, p. 132). Y, de allí a esta parte –i.e. a la aparición de las emociones secundarias–, se verán involucrados otros aspectos que exceden lo meramente biológico/corporal/sensitivo, tales como, por ejemplo, cuestiones vinculadas al aprendizaje y la cultura (volveré sobre esto en el apartado 4.2.1, cuando me ocupe específicamente del surgimiento y la clasificación de los sentires).

¿Por qué alguien precisa volverse consciente de (cognizant) de esa relación? O, más bien, ¿para qué involucrar a la conciencia si ya se podía explicar la conducta de modo mínimo, apelando a procesos automáticos e inconscientes? La idea de Damasio es que la participación de la conciencia reportaría un conjunto de ventajas, vinculadas básicamente a la flexibilización de la conducta, a partir de las propias experiencias previas. En sus palabras:

El mecanismo de las emociones primarias no describe toda la gama de los comportamientos emocionales. Se trata, sin duda alguna, del mecanismo básico. Sin embargo, creo que en términos del desarrollo de un individuo, está seguido por mecanismos de emociones secundarias, que tienen lugar una vez hemos comenzado a experimentar sensaciones y a formar conexiones sistemáticas entre categorías de objetos y situaciones por un lado y emociones primarias, por el otro (Damasio, 1994, p. 134, las cursivas pertenecen al autor).

La participación de estos mecanismos secundarios conlleva la ampliación de la red neuronal, para incluir a la cortezas prefrontal y somatosensorial. Pero más importante aún es el contexto de estas emociones secundarias donde se encuentra propiamente el sentir. Eso que, en la teoría del sentir jamesiana, se presentaba de manera inseparable a los cambios corporales, en tanto los cambios corporales siempre eran sentidos mientras ocurrían, dando lugar a la emoción propiamente dicha, en Damasio surgen recién ligados a este segundo momento. Podría parecer extraño, pero una idea muy similar es defendida por algunos otros autores, con igual espíritu neojamesiano: Prinz distingue entre el sentir y la percepción de los cambios corporales, siendo que solo el primero es estrictamente consciente, al tiempo que pueden existir percepciones inconscientes de esos cambios (Prinz, 2005a, p. 17); también Peter Goldie (2000) traza una distinción equivalente, en sus términos, entre el sentir corporal (bodily feeling), el “sentir hacia” (feeling forward) y la conciencia reflexiva del sentir, esta consciente y deliberada, propio de los seres humanos adultos. Sobre ellos véase apartados 4.4 y 2.4, respectivamente.

Más allá de que Damasio apele a la distinción entre procesos automáticos e inconscientes (producto de mecanismos subcorticales) y procesos conscientes (que requieren la intervención de estructuras neocorticales), esta no debe asumirse como la distinción decisiva que da lugar a los sistemas primario y secundario, en el sentido de que no funciona como una distinción tajante ni suficiente para reconocer productos de uno u otro sistema. En particular, porque el sistema secundario depende y está constituido por los mecanismos de las emociones primarias (Damasio, 1994, p. 134). Es decir, a pesar de que las emociones secundarias utilizan la maquinaria de las emociones primarias (Damasio, 1994, p. 137), Damasio insiste en la distinción de dos sistemas o niveles de procesamiento relativamente independientes.

El modo en que consigue sortear esta situación conflictiva es apelando a una historia evolutiva que resulte plausible:

La naturaleza, con su habilidad para la economía, no seleccionó mecanismos independientes para expresar emociones primarias y secundarias. Simplemente permitió que las emociones secundarias se expresaran por el mismo canal ya preparado para conducir emociones primarias (Damasio, 1994, p. 139).

Pero ¿qué sabemos del sistema emocional secundario? Hasta ahora todo lo que dijo Damasio es que el sistema primario, automático, inconsciente, involuntario, no es suficiente para dar cuenta de las múltiples y variadas experiencias emotivas que tenemos. ¿Acaso eso significa que algunas (clases de) emociones, por ejemplo, el miedo, son descriptas y quedan explicadas a partir del sistema primario (puesto que su procesamiento se vale exclusivamente de mecanismos subcorticales), mientras que otras, que requieren el involucramiento del self y la participación consciente del sujeto, pertenecen al subgrupo de las emociones secundarias?

Para abordar la noción de emoción secundaria, Damasio invoca la siguiente situación:

Imagine que se encuentra con un amigo a quien no ha visto por mucho tiempo, o que se entera de la muerte inesperada de una persona que trabajó estrechamente. En cualquier de estas dos instancias reales –y quizá incluso mientas usted imagina las escenas ahora– usted experimenta una emoción (Damasio, 1994, p. 134, las cursivas son mías).

¿Qué es lo que ocurre (neurobiológicamente) mientras tiene lugar la emoción? ¿Qué quiere decir cuando afirma que usted y yo, en el caso hipotético de atravesar situaciones reales como las descriptas (aunque probablemente también al imaginarlas), experimentamos emociones? Nótese que ya no estamos hablando específicamente de situaciones reales, sino, de igual modo, también de las situaciones imaginarias; esas que unos párrafos antes mencionaba como “quizás” similares a las situaciones efectivas[6].

Si usted se encuentra con un viejo amigo (en su imaginación), su corazón puede acelerarse, su piel puede ruborizarse, los músculos en su rostro pueden cambiar alrededor de su boca y sus ojos para delinear una expresión feliz, y los demás músculos pueden relajarse (Damasio, 1994, p. 135).

Y entonces, como si se tratara de dos casos análogos, agrega:

Si usted se entera de la muerte de un conocido, puede que su corazón lata aceleradamente, su boca secarse, su piel palidecer, una sección del tubo digestivo estrecharse, los músculos del cuello y de la espalda contraerse al tiempo que los de la cara dibujan una máscara de tristeza (Damasio, 1994, p. 135).

En síntesis, se ve que en ambos casos se dan cambios en varios parámetros de la función de las vísceras (corazón, pulmones, tubo digestivo, piel), los músculos esqueléticos y las glándulas endócrinas. De manera que, luego de haber equiparado las situaciones de experiencias efectivas de alegría o tristeza con la mera imaginación de situaciones semejantes, Damasio se apresura a sintetizar los cambios que suceden en el organismo en los siguientes tres puntos:

  1. El proceso se inicia con las consideraciones conscientes, deliberadas que el individuo contempla acerca de una persona o situación.

El carácter consciente de estas consideraciones no debe confundirse con el carácter verbal/lingüístico/proposicional del pensamiento; más bien estas consideraciones “se expresan en forma de imágenes mentales[7] organizadas en un proceso de pensamiento”, y se refieren a una miríada de aspectos de su relación con la persona, el entorno y las consecuencias para uno mismo y los demás. Aclara Damasio, además, que “el sustrato neural de tales imágenes es un conjunto de representaciones organizadas y separadas topográficamente, que tienen lugar en varias cortezas sensoriales iniciales (visual, auditiva, y otras)” (Damasio, 1994, p. 136).

De modo que, así presentadas, estas consideraciones conscientes y deliberadas acerca del estímulo (entorno, situación, evento, objeto, etc.) serían, ni más ni menos, las afamadas valoraciones cognitivas, que, dadas las distinciones que he establecido, coincidirían expresamente con el segundo tipo de valoraciones que distinguieron Arnold y Lazarus, las valoraciones precisamente conscientes y deliberadas, a diferencia del primer tipo, las valoraciones automáticas e inconscientes (Lazarus, 1991, p. 155)[8].

Aunque este sea apenas el primer punto de la caracterización de la emoción secundaria, es sin dudas el más importante, en cuanto es precisamente por este conjunto de consideraciones (me reservo de llamarlas “valoraciones” a esta altura para no condicionar aún su posición a una posición sencillamente cognitivista) por lo que Damasio puede explicar la variación, tanto en extensión como en intensidad, de los patrones emocionales. Es decir, dentro de su enfoque, el sistema primario de emociones es un sistema preorganizado y, en ese sentido, no sería flexible. La plasticidad emotiva, que forma parte de su explanandum, aparecería recién en el sistema secundario. Expondré más adelante otros modos de tratar la plasticidad o flexibilidad que no implican tomar una posición cognitivista, en especial, la posición de Robinson (véase sección 4.5.).

No obstante, tal como mencioné anteriormente, el carácter consciente de las evaluaciones de (1) no excluye la intervención de procesos automáticos e involuntarios, de modo que, en segundo lugar:

  1. Una serie compleja de procesos inconscientes en distintos sistemas (motor, visceral, endócrino, etc.) sigue directamente (de modo automático e involuntario) al procesamiento de imágenes mencionado en (1).

Nuevamente, el punto importante aquí es que esta respuesta prefrontal procede de representaciones disposicionales que son adquiridas[9] y no innatas (como en el caso del sistema de emoción primaria). Es decir, están basadas en el conocimiento que el sujeto acumuló acerca del modo en que determinadas situaciones se han emparejado con determinados tipos de respuestas, dadas sus experiencias previas.

Ahora bien, cabe aclarar que, aun en el contexto de estas emociones secundarias, el estímulo también puede ser procesado directamente por la amígdala –del modo en que lo hace el sistema primario de emociones (involucrando representaciones disposicionales innatas)–, a la vez que es analizado “en el proceso de pensamiento y pueda activar las cortezas frontales” (Damasio, 1994, p. 137). Es decir, los sistemas de emoción primario y secundario no son excluyentes, sino que se trataría de modos de procesamiento, al menos parcialmente, paralelos. Sin embargo, puesto que la emoción secundaria se procesa solo a través de la amígdala, resulta atendible la referencia anterior con respecto a que las emociones secundarias se valen y son dependientes del sistema de emociones primario.

  1. De modo no consciente, automático e involuntario, esas representaciones disposicionales adquiridas generan una respuesta que es señalizada a la amígdala y a la corteza cingulada anterior.

Esta respuesta se da mediante:

  1. la activación de núcleos del sistema nervioso autónomo y el envío de señales al cuerpo a través de los nervios periféricos;
  2. el envío de señales al sistema motor –para que los músculos faciales completen la imagen externa (la expresión) de la emoción–;
  3. la activación de los sistemas endócrino y péptido (es decir, la generación de respuestas endócrinas y otras respuestas químicas que van al torrente sanguíneo);
  4. la activación de los núcleos neurotransmisores no específicos del tallo cerebral y del prosencéfalo basal.

Considerados de modo conjunto, debe notarse que los cambios incluidos en (a), (b) y (c) afectan el cuerpo y son los que causan “el estado corporal emocional” (Damasio, 1994, p. 138), en oposición a los cambios producidos por (d), que no tienen lugar en el cuerpo propiamente dicho, sino en un grupo de estructuras cerebrales.

La propuesta de Damasio tomada globalmente y su distinción entre sistemas primario y secundario permitiría explicar por qué tenemos miedo en casos tan diferentes, como en (a) el encuentro inesperado con una serpiente en el bosque, y en (b) frente a la noticia de que hay despidos masivos en el Estado. La idea sería que, en reglas generales, todos tendríamos miedo si nos encontráramos con una serpiente en nuestro paseo dominical por el bosque básicamente porque existen algunas asociaciones (por ejemplo, víbora = peligro) innatas que dan lugar a respuestas fisiológicas de modo ineludible. Damasio se refiere así al sistema primario de emociones, encargado absoluto de la navegación emocional en los estadios iniciales de vida humana, pero también partícipe en muchos episodios emocionales de la vida humana adulta. Sin embargo, solo algunos tendrán temor al conocer la noticia de los despidos generalizados del sector estatal, solamente algunos sentirán el peligro que ello implica, solo algunos sentirán miedo. Naturalmente, esto obedece a que estrictamente esta noticia implica un peligro inmediato únicamente para un conjunto de personas –los empleados públicos–, e incluso peligro mediato para otro subconjunto –familiares de empleados públicos, u sectores dependientes de la contratación estatal–, mientras que, para otro sector de la población, no significa cambio alguno y, en ese sentido, no conlleva para ellos ninguna consecuencia afectiva.

El esquema de Damasio explicaría este comportamiento desigual a partir de la variabilidad de las consideraciones del punto (1). Y esta variación es posible porque las representaciones están conectadas contingentemente unas con otras. Es decir, es en virtud del conocimiento que cada individuo adquirió a partir de sus experiencias previas, y sus circunstancias histórico-biográficas.

Ahora bien, pensemos un caso más: ¿qué sucedería si alguien me contara que existe una serpiente en la habitación contigua, que yo me veré obligada a atravesar en breve? O, mejor aún, si me entero de este peligro circundante por una advertencia escrita en una pizarra[10]. El hecho de que tome conocimiento de la presencia del reptil a partir de un enunciado, es decir, que implica el procesamiento lingüístico del input, no debe confundirnos. Quiero decir, el vehículo proposicional no convierte a la reacción emocional esperable en un elemento del sistema secundario. Si consideraba que el encuentro con una víbora era disparador de una emoción primaria, la percatación de su presencia vía la advertencia “¡Cuidado! Hay una víbora en el ambiente” continúa generando emociones primarias.

Caracterizados los sistemas primario y secundario de emociones, y establecidas las diferencias fundamentales entre ellos, debe subrayarse especialmente respecto del sistema secundario que el sentir, o a la experiencia emocional –sentida– propiamente dicha, han quedado relegados. Cabe recordar, además, que, luego de reivindicar las ventajas del sistema emocional primario, Damasio introduce el sistema de emociones secundarias valiéndose precisamente de la noción de sentir (feeling): “… el ciclo continúa […] y el paso siguiente es el sentir de la emoción en conexión con el objeto que la excitó” (Damasio, 1994, p. 132). Sin embargo, ¿cómo es que ahora este sistema secundario ha sido caracterizado sin ninguna alusión explícita al sentir?

En rigor, creo que la desatención de Damasio es absolutamente deliberada. Puesto que deja fuera de la síntesis anterior la peculiar percepción de los cambios corporales, que otrora constituía la respuesta emocional jamesiana, advierte:

Veo la esencia de la emoción como el conjunto de cambios en el estado corporal que son inducidos por una miríada de órganos por terminales de neuronas, bajo el control de un sistema cerebral dedicado, que está respondiendo al contenido de pensamientos relativos a un evento o entidad particular […]. Pero hay más en la emoción que su esencia (Damasio, 1994, p. 139).

De modo que esta omisión es definitivamente intencionada: la emoción es esencialmente una cuestión corporal (aunque precisa de la participación de factores mentales para su consecución). Estrictamente hablando, el conjunto de cambios corporales y fisiológicos sentidos, experimentados, si bien forman parte de la experiencia emocional en sentido pleno, no pertenece a la esencia propiamente dicha de la emoción[11].

¿Por qué decimos que Damasio es un neojamesiano si quita el sentir del núcleo de la emoción, que es precisamente la “bandera” jamesiana de la emoción? En parte, porque abrazar acríticamente la máxima de William James de que “el sentir de los cambios corporales mientras ocurren ES la emoción” suele encubrir algunas fusiones conceptuales, e inadecuadas, que hoy se está en mejores condiciones para separar. De modo que no hay una contradicción profunda en desarrollar una teoría de espíritu jamesiano y concebir al sentir como un componente no esencial. La razón principal es que la máxima jamesiana precisa cierta elucidación conceptual. Y es en esa dirección en que continúa Damasio al brindar un conjunto de distinciones en el seno mismo de los sentires, entre sentires de emociones y sentires de fondo[12].

4.2.1. Back to the feelings

La inclusión de Damasio entre los neojamesianos puede resultar polémica para algunos. Deigh (2014, p. 4), por ejemplo, lo excluye del selecto grupo de continuadores de su teoría, y postula que los neojamesianos, en rigor, rechazan la escisión que Damasio traza entre emociones y sentires. La razón principal por la que yo sostengo que Damasio debe ser considerado un seguidor del espíritu del proyecto jamesiano, pero no un jamesiano propiamente dicho, es precisamente porque sus emociones primarias coincidirían con las emociones básicas de James, al mismo tiempo que desarticula la identificación defendida por James entre emoción y sentires. Recuérdese, una vez más, que para James la emoción ES el sentir mismo de los cambios corporales mientras ocurren. Eso hace que no existan emociones sin cambios corporales, ni tampoco sin cierto nivel de percatación de esos cambios. Piénsese en una emoción cualquiera, sustráigasele el conjunto de cambios corporales y las sensaciones que de ellos tenemos, y lo que quedaría es un estado frío puramente cognitivo, desprovisto de la calidez emocional. El neojamesianismo de Damasio viene justamente a quebrar esa identidad entre emoción y sentires, sin sustraerles protagonismo al cuerpo y a las sensaciones que de él tenemos. Esta ruptura se desprende, en parte, de hallazgos científicos de las últimas décadas del siglo xx. Lo que para James era impensable, conceptual y fácticamente se ha mostrado posible en la experiencia, lo cual hace necesaria una reestructuración conceptual[13].

Al mismo tiempo, ese desacoplamiento entre los cambios corporales y el sentir provoca la redefinición de la relación entre los cambios que ocurren en el cuerpo y el sentir. Si ya no es necesario conceptualmente que los cambios sean siempre sentidos, ¿qué debe acontecer para que esto suceda?

Damasio (2004) presenta una definición provisional del sentir, según la cual los sentires son las representaciones mentales de los cambios fisiológicos que ocurren durante la emoción. Pero, además de la percepción del estado emocional (de los cambios que acontecen en el cuerpo), se da también una percepción de cierto modo de pensar (ciertos temas consonantes con la emoción) (Damasio, 2004, p. 52).

A medida que aparecen los cambios en nuestra fisiología (vísceras, músculos, articulaciones, etc.), sabemos que están teniendo lugar y podemos monitorear su evolución continua. El sentir para Damasio consiste, en esencia, en ese monitoreo continuo, concebido como la experiencia de lo que nuestro cuerpo está haciendo mientras ciertos pensamientos sobre contenidos específicos se suceden uno tras otro. ¿Qué tiene esto de peculiar? Precisamente, la conexión necesaria que aparece con cierto conjunto de pensamientos[14].

Si una emoción es un conjunto de cambios en el estado corporal conectado a determinadas imágenes mentales que han activado un sistema cerebral específico, la esencia de sentir [feeling] una emoción es la experimentación de tales cambios en yuxtaposición a las imágenes mentales que iniciaron el ciclo (Damasio 1994, p. 145, cursivas del autor).

De manera que el sentir depende de la yuxtaposición de una imagen del cuerpo junto con una imagen de algo más, como la imagen visual de un rostro o la imagen auditiva de una melodía –precisamente de aquello que disparó el proceso–. Damasio se refiere a una yuxtaposición precisamente para recalcar la combinación de dos elementos que permanecen diferenciados, contraponiéndola a la idea de que las imágenes se fusionen para dar lugar a la experiencia de la emoción. La idea principal, entonces, radica en la aparición sucesiva de una imagen del propio cuerpo que sigue a la imagen de ese “algo más” que mencioné antes; imágenes que se mantienen distinguibles y cuya distinción permanente explica por qué se pueden sentir emociones inesperadas frente a situaciones particulares. Así, el estado corporal se superpone con la cara (o la melodía que lo propició), como se combinan el calificador y el calificado.

La esencia de la tristeza o de la alegría es la percepción combinada de determinados estados corporales con cualesquiera pensamientos a los que se hallan superpuestos, complementada por una modificación en el estilo y la eficiencia del proceso del pensamiento (Damasio, 1994, p. 146).

Es decir, el sentir emocional, en cuanto experiencia integral, reúne las imágenes provenientes del cuerpo y del entorno (del objeto que desencadenó el estado emocional).

Respecto a cómo se consigue sentir esos sentires, Damasio resalta que, aunque la recepción de señales procedentes de las vísceras, los músculos y los núcleos neurotransmisores en determinadas regiones del cerebro es necesaria, esta no es suficiente para que los sentires sean propiamente sentidos.

La caracterización de la emoción desde el punto de vista neural brinda un conjunto de elementos constitutivos de la emoción (y del sentir que tenemos de esta emoción). No obstante, no es suficiente, aquel conjunto de cambios no alcanza por sí mismo a generar el sentir, la experiencia:

Una condición adicional para [que ocurra] la experiencia es una correlación de la representación actual del cuerpo con las representaciones neurales que constituyen el yo. Un sentir acerca de un objeto determinado se basa en la subjetividad de la percepción del objeto, la percepción del estado corporal que engendra y la percepción del estilo y de la eficiencia modificados del proceso de pensamiento mientras está ocurriendo todo lo anterior (Damasio, 1994, pp. 147-148).

En resumen, que las emociones sean sentidas, es decir, experimentadas efectivamente, parece depender de que existan pensamientos acerca de la situación que se “vuelvan” hacia el cuerpo y que acompañen ese conjunto de cambios a nivel fisiológico. Esto revela, entonces, que el carácter híbrido de la teoría de Damasio radicaría en esta combinación de corporalidad y pensamiento para cada emoción.

Al mismo tiempo, esto nos remite a la distinción que planteé en el capítulo 1 respecto de los estados emocionales y la experiencia emocional (Lewis, 2008). En términos de Damasio, podríamos decir que la caracterización desde el punto de vista neuroendócrino y musculo-esquelético en rigor conseguiría brindar una caracterización adecuada del estado emocional, aunque no sería suficiente para explicar la riqueza de nuestra experiencia emocional[15].

Pero, además, nótese cómo este sentir de la emoción resulta ser acerca de un objeto. De manera que, al estado emocional (i.e. el estado de excitación corporal), se le agrega –aunque no necesariamente– un pensamiento acerca de la situación y el objeto de esa emoción. Esa reflexión yuxtapuesta al estado corporal da lugar a la experiencia emocional, o sentir.

Este punto conlleva especial relevancia puesto que, como se recordará, una de las objeciones más fuertes a la clásica teoría del sentir se apoyaba en su imposibilidad de dar cuenta de la intencionalidad de las emociones, como parte de nuestra vida mental, indiscutiblemente intencional. De modo que el hecho de que el sentir surja como resultado de la yuxtaposición del cuerpo y el pensamiento conseguiría adicionalmente dar respuesta a una antigua objeción a la teoría del sentir, esto es, explicaría la acerquidad del sentir.

4.2.2. Variedades de sentires

El hecho de que Damasio distinguiera entre dos sistemas emocionales (primario y secundario) no debe llevarnos a pensar que las emociones primarias, biológicamente enraizadas, carecen de experiencias emocionales propias. Es decir, no debe confundirse la teoría de Damasio con las consabidas teorías cognitivas etiquetadoras, donde la emoción en sentido propio aparece recién con la etiqueta cognitiva. Si bien Damasio admite que el sistema primario no alcanza para dar cuenta de las experiencias emocionales con toda su riqueza y variabilidad, esa insuficiencia no se debe a la falta de experiencia emocional: tanto los estados del sistema emocional primario, como del sistema secundario se caracterizan (parcialmente) a partir de la noción de sentir o experiencia emocional. Razón por la cual Damasio se ve obligado a realizar finas distinciones también en el seno de los sentires: sentires de emociones primarias, sentires de emociones secundarias, y sentires de fondo.

4.2.2.1. Sentires de emociones universales básicas

La primera variedad de sentires está asociada a las emociones más universales, esto es, las emociones preorganizadas, jamesianas, que distinguió, en un primer lugar, emociones a las que les corresponde un patrón de respuesta corporal típico, etc. Es el sentir propio de las emociones primarias. Entre estos, se encuentran los sentires asociados a la felicidad, la tristeza, la ira (o el enojo), el miedo y el asco, esto es, a las emociones básicas darwinianas (tipificadas más contemporáneamente por Ekman).

4.2.2.2. Sentires de emociones secundarias (o emociones sociales)

El segundo tipo de sentir depende de ciertos cambios que sutilmente operan sobre las emociones universalmente básicas. De este modo, a partir de la felicidad, obtenemos euforia y éxtasis, de la tristeza surge la melancolía y la nostalgia, el pánico y la timidez son modulaciones del miedo, entre otros. ¿Cómo se obtienen estas variaciones? Esta segunda variedad de sentires es modulada por la experiencia, cuando matices más sutiles del estado cognitivo se conectan con variaciones más sutiles del estado emocional del cuerpo. Es decir, disponemos de una explicación neurobiológica satisfactoria de las emociones básicas, esto es, de los estados emocionales (corporales) y la experiencia emocional sentida. Sin embargo, la vida emocional es más robusta, y esa explicación no consigue dar cuenta de muchas experiencias: la manera como conceptualizamos las emociones secundarias depende de cada cultura (Damasio, 1994, p. 285, nota 16).

4.2.2.3. Sentir “de fondo”

El sentir “de fondo” se caracteriza como el estado corporal que predomina entre emociones, es la imagen del panorama corporal cuando este no es sacudido por un estado emocional (Damasio, 1994, pp. 150-151). La noción de sentir de fondo remite al concepto de ánimo o humor (mood), aunque no coinciden exactamente. La idea de Damasio es que existe un sentido corporal “de fondo” que funciona de modo continuo, aunque no nos percatemos de él, que representa un estado general del estado del cuerpo. Este estado de fondo también es monitoreado de modo permanente, y es esa representación continua del cuerpo la que posibilita contestar rápidamente a preguntas del tipo “¿Cómo te sentís?” (How do you feel?) con una respuesta vinculada a si de hecho nos sentimos bien o no (Damasio, 1994, p. 152). La siguiente línea sintetiza la diferencia: los sentires nos permiten atender al cuerpo, cuidadosamente durante un estado emocional o vagamente durante un estado de fondo.

A modo de conclusión parcial, deseo señalar cómo la perspectiva de Damasio es jamesiana en cuanto que la emoción se caracteriza (parcialmente) por un conjunto de cambios en la fisiología del cuerpo, es decir, se trata de una perspectiva “corporizada” como la de William James. Por otro lado, se aparta de la feeling theory en cuanto desmiembra la equivalencia jamesiana entre emoción y sentir de los cambios corporales. En este contexto el sentir aparece, luego, solo si está dado otro conjunto de condiciones. Claro que este era precisamente uno de los propósitos que perseguía Damasio al distinguir dos sistemas de emoción, donde únicamente uno de ellos, el sistema primario, es compartido con bebes humanos y comparable al de animales no humanos.

Asimismo, debe destacarse que, aunque la teoría de Damasio se muestra más amplia y explicativa que las teorías somáticas, puesto que el alcance de su propuesta no se limita a los tipos de emociones básicas darwinianas, en un sentido relevante, no se constituye como una postura antagónica, sino más bien ampliativa de estas. Recuérdese que James traza una clara delimitación de su objeto de estudio, alcanzando meramente a las emociones poseedoras de un patrón de excitación característico. En este sentido, la propuesta de Damasio estaría abrazando la perspectiva de James para caracterizar su sistema primario de emociones, y, con poco esfuerzo adicional, estaría consiguiendo también dar cuenta de otro conjunto de emociones no tan básicas como parte del sistema secundario.

No obstante, la teoría de Damasio también podría ser entendida como una objeción general a la teoría del sentir de James. Me refiero a su apertura a la posibilidad de que los cambios corporales no sean necesarios de hecho para toda emoción, es decir, que en algunos casos puedan ser eludidos. De ser así, la emoción ya no podría ser caracterizada ni por la percepción/sensación/sentir de los cambios corporales mientras ocurren, e incluso ni siquiera por la presencia necesaria de cambios corporales, perdiendo así todo semblante jamesiano. Veamos entonces de qué se trata esta suerte de variación sobre lo que hasta ahora eran los casos típicos de emoción.

4.2.3. El bucle “como si”[16]

De acuerdo a la presentación inicial, las emociones y los sentires “se originan desde la mente/cerebro al cuerpo, y de vuelta a la mente/cerebro”; no obstante, Damasio agrega que también existen casos en los que “el cerebro aprende a fraguar la imagen más débil de un estado corporal ‘emocional’, sin tener que volver a representarlo [reenact] en el cuerpo propiamente dicho” (Damasio, 1994, p. 155). La idea que quiere defender Damasio es que existen dispositivos neurales que hacen que sintamos “como si” el cuerpo estuviera de hecho en un estado de excitación particular. Estos se habrían desarrollado durante el crecimiento del individuo y su adaptación al ambiente que lo rodea, donde, con motivo de la asociación repetida entre imágenes de entidades o eventos dados (presentes) e imágenes de estados corporales recientemente presentados (freshly enacted body states), se habría alcanzado adicionalmente un conjunto de asociaciones entre imágenes mentales y sustitutos de estados corporales. La principal ventaja de estos mecanismos radicaría en su rapidez y en el ahorro de energía que conllevaría este atajo –que evita el paso por el cuerpo–.

¿Acaso esto implica que los sentires de los cambios corporales ocurrentes (reales, existentes de hecho) son idénticos e indiscernibles, es decir, se sienten igual, a las sensaciones conseguidas a través de este bucle “como si”? Todo lo contrario. Los sentires obtenidos a través de la ruta del “como si” se sienten diferente. La suerte de argumento que brinda Damasio para justificar esta diferenciación (quiero decir, para no caer en el error de que sean distintos simplemente por cuestiones estipulativas) es que el cerebro difícilmente pueda predecir con exactitud el panorama que adoptará el cuerpo, luego de liberada la descarga de señales químicas y neurales, del mismo modo en que es incapaz de prever todos los imponderables de una situación específica mientras esta se despliega en la vida y el tiempo real. De manera que, si todos los sentires fueran del tipo “como si”, no tendríamos noción de la cambiante modulación afectiva, tan característica de nuestra mente (Damasio, 1994, p. 158).

Sin embargo, creo que Damasio está cometiendo un pequeño desliz. Aun si le concedemos el punto anterior, y admitimos que coexisten estas dos rutas productoras de sentires, esto no prueba que se sientan distinto. Quiero decir, podría suceder que, por distintas vías (body loop o “as if” loop), lleguen al mismo destino, y que, desde el punto de vista de la experiencia sentida, sean indistinguibles. De todos modos, es suficiente para derribar la concepción que sitúa a Damasio entre los objetores de la teoría del sentir jamesiana: el cuerpo y la vivencia corporal son condición de posibilidad para las emociones, incluso para aquellas producidas por la vía del “como si”.

4.3. El refinamiento representacionalista

Con el objeto fundamental de propiciar el intercambio o diálogo interdisciplinario entre las teorías filosóficas y psicológicas de las emociones, Charland (1997) sostiene que deben reconocerse factores cognitivos y perceptuales en las emociones y aboga por una reconceptualización que permita conformar un marco que integre los hallazgos de cada una de las corrientes. De ser esto posible, no solo conseguiríamos dar por superada una disputa teórica que lleva mucho tiempo, sino que, y más importante aún, podría establecerse un diálogo fructífero entre ellas, y estaríamos más cerca de poder brindar una mejor comprensión de los fenómenos emocionales.

A tal efecto, Charland propone un marco conceptual superador: la teoría representacional de la emoción (TRE). Charland abraza la teoría general de Damasio (que, según él, no corresponde ni a una teoría cognitiva ni a una perceptual/somática) como evidencia que corrobora su TRE, a la vez que pretende verla sofisticada por los términos de su TRE. Es decir, la teoría de las emociones de Damasio ya comportaría una superación del debate, que la TRE vendría a clarificar o refinar. Según esta, el procesamiento de la información representacional en las emociones se da en dos niveles: un nivel cognitivo doxástico y un nivel perceptual infradoxástico. Esta teoría retoma en gran medida los aciertos de Damasio, pero sofisticándolos conceptualmente con la colaboración de la teoría representacional de Michael Tye (1995).

4.3.1. Representacional se dice de muchas maneras

Charland abraza una versión de representacionalismo mínima, que se compromete meramente con el hecho de que los estados mentales son intencionales, esto es, básicamente el sentido en el que Brentano afirma que

todo fenómeno psíquico está caracterizado por la inexistencia intencional (o mental) de un objeto […] la dirección hacia un objeto […]. En la representación hay algo representado, en el juicio hay algo admitido o rechazado; en el amor, amado; en el odio, odiado; en el apetito, apetecido, etc. (Brentano, 1874, p. 21).

Se ampara además en la distinción que realizan Varela, Thompson y Rosch (1991) respecto a los sentidos de representación:

Un sentido relativamente “débil” y poco controvertido de representación, puramente semántico: alude a algo que se puede interpretar como siendo acerca de algo. Este es el sentido “interpretativo” de representación, pues nada es acerca de otra cosa a menos que la interprete como siendo de cierta manera […]. Este sentido de representación es “débil” porque no tiene por qué comunicar fuertes compromisos epistemológicos y ontológicos (Varela et al., 1991, pp. 162-163)[17].

Al mismo tiempo, retoma a Tye para brindar una definición “neutral” de “representación”, que nuevamente redunda en torno a la noción de “intencionalidad”:

Los estados mentales intencionales son estados que pueden representar, o ser acerca de cosas de un cierto tipo, sin que existan cosas particulares reales acerca de las cuales éstas son, en realidad sin que existan cosas reales de ese tipo (Tye, 1995, p. 100).

Establecida esta noción mínima de “representación”, es importante notar que el esfuerzo de Charland por detallar una posición poco comprometida ontológicamente radica en evitar el error de brindar una definición a priori del “trasfondo” o la base ontológica de esas representaciones y, así, dar por zanjada la discusión entre las perspectivas en un plano meramente conceptual o estipulativo. De este modo, esta definición amplísima que Charland presenta es capaz de ser múltiplemente especificada y, en ese sentido, es compatible con cada uno de los enfoques de manera independiente o, como busca defender su TRE, con las tesis de los dos enfoques de modo conjunto. En síntesis:

Ya sea que las emociones y sus sentires asociadas espejen una realidad independiente, pre-dada y objetiva (Lyons, 1980) o si son “relacionales” (Lazarus, 1991) o estados “enactivos” (Varela et al., 1991) que surgen como resultado de interacciones entre el organismo y su ambiente, no es algo que este sentido [mínimo] de representación decida a priori (Charland, 1997, p. 563).

Charland elabora esta estrategia de representacionalismo mínimo a partir de la distinción entre estados doxásticos y estados infradoxásticos[18] junto con la postulación de un sistema afectivo (affect) concebido como un sistema perceptual independiente gobernado por representaciones (Charland, 1996). La clave radica en entender a los sentires como estados representacionales[19]. Contra la antigua intuición que equiparaba a las sensaciones afectivas con disrupciones o perturbaciones, en este contexto, sentir es representar (feeling is representing) (Charland, 1996, p. 275).

De acuerdo a la TRE, una emoción está compuesta por una cognición afectiva y una percepción afectiva, que son dos sistemas de procesamiento representacionales, relativamente separados, en cuanto pueden operar de modo paralelo o de modo completamente independiente uno del otro. La cognición afectiva involucra transacciones representacionales definidas sobre estados representacionales afectivos doxásticos, mientras que la percepción afectiva está limitada a los modos infradoxásticos de las representaciones afectivas (Charland, 1997, p. 564).

No habría misterio respecto a los estados representacionales doxásticos, siendo las creencias el ejemplo paradigmático de tales estados: típicamente atribuidas a construcciones de tercera persona de la forma “S (sujeto) cree que p (proposición)”, y donde las proposiciones asumen la forma estándar de “x es (del tipo) G”. Es decir, los juicios (judgments) involucran representaciones doxásticas en este sentido proposicional. Charland subraya cómo esto habitualmente aparece de modo explícito en las teorías cognitivas filosóficas, mientras que se encuentra implícitamente en las teorías psicológicas. Sin embargo, a pesar de ser un conocedor de los diversos matices que se presentan dentro de las teorías cognitivas, parece pasar por alto que tanto Solomon desde la filosofía, como Lazarus desde la psicología se plantean y rechazan de modo explícito la identificación del componente cognitivo, llámese este “valoración”, “juicio” o simplemente “elemento cognitivo” con estructuras proposicionales full-blown (Solomon, 1993, p. 12; Solomon, 2001, p. 187). El punto, de todos modos, resulta interesante puesto que permite resaltar la suposición habitual que equipara “cognitivo” con “proposicional”, y que, de este modo, convierte las actitudes proposicionales en el paradigma del dominio cognitivo, razón por la cual también Griffiths (1997) bautiza a esta corriente cognitiva como “escuela de las actitudes proposicionales”, en oposición al programa afectivo, y, como también presenté en las páginas precedentes, explica la conversión cognitivista, hiperintelectualizante del estudio emocional.

No obstante, Charland persiste en la contraposición de los enfoques a partir del contraste ente la defensa (o el rechazo) de la necesidad de juicios proposicionales como condición o requisito para las emociones. En su terminología, los teóricos perceptuales sostendrían que existe un nivel de procesamiento de información representacional que es definido a partir de ítems intencionales que son “menos” que juicios proposicionales en sentido propio, es decir, un nivel de estados infradoxásticos. Sin embargo, que sean “menos” o estén debajo del nivel proposicional no los excluiría de ser identificados oracional o verbalmente: el punto es que su contenido representacional no necesita ser codificado oracionalmente. La cuestión aquí es que las representaciones afectivas perceptuales, como otras modalidades sensoriales humanas, son mayormente un asunto no verbal y prelingüístico. Y es precisamente esta naturaleza infradoxástica de las representaciones de la percepción afectiva la que explicaría por qué resulta tan difícil encontrar las palabras precisas para describir de modo adecuado las sensaciones o los sentires que somos capaces de discernir[20].

De acuerdo a la TRE, el procesamiento de la información representacional en las emociones tiene lugar en dos niveles:

  1. Nivel doxástico cognitivo, donde los procesos son típicamente conscientes, y a veces también parcialmente sujetos al escrutinio y el control voluntarios.
  2. Nivel infradoxástico perceptual, donde los procesos son modulares, usualmente inaccesibles a la conciencia, y generalmente no están sujetos al control voluntario.

En el caso paradigmático de las personas adultas, ambos niveles se encuentran usualmente operando en paralelo, y, aunque funcionalmente son relativamente independientes, pueden llegar a interactuar en algún punto (Charland, 1997, p. 568).

Adicionalmente, existen otros niveles (3, y subsiguientes) que corresponden a procesos hormonales, neuroquímicos, etc., pero que no dependen de explicaciones representacionalistas, sino de procesos puramente físico-químicos.

Para entender las ventajas de la TRE, en relación con la disputa entre cognitivistas y no cognitivistas, la clave reside en cómo interpretar las pretensiones de las teorías cognitivas y no cognitivas. Según la propia interpretación de Charland, la TRE en rigor negaría las tesis de ambas, pero mantendría cierto espíritu de cada una. Esto se explica, tal como dejé establecido más arriba, puesto que las teorías cognitivas defienden que las emociones siempre están atravesadas (condicionadas, constituidas, etc.) por un juicio cognitivo, y las teorías perceptuales lo rechazan, conviniendo que las emociones son estados puramente afectivos que no necesitan nada más –nada cognitivo– para ser las emociones (específicas) que son. Entonces, la TRE es teóricamente incompatible con ambas. Sin embargo, según el mismo Charland, eso no impide que TRE promueva la hipótesis de que existen factores importantes en las emociones, tanto cognitivos como perceptuales/somáticos, y, más aún, que las emociones estén conformadas por dos sistemas relativamente distintos: el sistema cognitivo y el sistema perceptual (Charland, 1997, p. 569).

La principal mejoría de la TRE es que conseguiría solucionar el problema que surge de la afirmación de Damasio por cuanto “los sentires son tan cognitivos como cualquier otra imagen perceptual” (Damasio, 1994, p. 159). La problematicidad de esta afirmación radicaría en cierta incompatibilidad con la pretensión de que niños y animales no lingüísticos experimenten emociones, es decir, sientan (tengan sentires).

Ahora bien, vale decir que, aunque algunos autores, al equiparar “cognición” a un conjunto de operaciones mentales sofisticadas, conseguirían tal efecto, Damasio no estaría entre ellos. La peculiaridad de los sentires en Damasio es que “nos ofrecen la cognición de nuestro estado visceral y musculo-esquelético en la medida en que éste se ve afectado por mecanismos preorganizados” (Damasio, 1994, p. 159). Pero aquí, Damasio no ha convertido a los sentires en estados cognitivos de orden superior, sino, por el contrario, como mucho, ha reconcebido a algunos estados cognitivos como meros estados sensoriales o perceptuales. El punto fundamental es que los sentires nos hacen atender al cuerpo.

[Los sentires] nos dejan prestar atención al cuerpo “en vivo”, cuando nos ofrecen imágenes perceptuales del cuerpo, o “en diferido”, cuando nos ofrecen imágenes del estado corporal apropiado a ciertas circunstancias, como en el caso de los sentires “como si” (Damasio, 1994, p. 159).

La idea de Charland básicamente es que el lenguaje de TRE le permitiría a Damasio hablar mejor sobre el fenómeno: en lugar de concebir al sentir (de las emociones primarias) como un estado cognitivo (habitualmente asimilable a estados representacionales plenos, como los propios de las actitudes proposicionales), resulta conceptualmente más adecuado concebirlo como un estado representacional en sentido infradoxástico. No obstante, cabe destacar que en gran medida el problema que Charland viene a solucionar ha sido conformado por su propia lectura representacionalista, con impronta tyeana. Aunque Tye en rigor se refiera al dolor[21], el ejemplo es claramente comparable a un estado emocional: mientras que el dolor es una representación no conceptual de que existe un daño en el cuerpo, la percatación del dolor (pain awareness) es un estado cognitivo en el que la experiencia es conceptualizada de cierto modo, es decir, se aplica una etiqueta a la representación no conceptual (Tye, 1995, p. 115). Empero, esta descripción es más un retrato de otras propuestas (como la de Robinson, como introduciré en breve) que de la de Damasio. Damasio, desde mi punto de vista, no está buscando aquí jerarquizar de este modo la experiencia sensorial (ni emocional)[22].

De todas formas, a modo de cierre, el punto principal de Charland sería que los sentires, ya sean de emociones primarias o secundarias, son representacionales. Adicionalmente, TRE colaboraría en la demarcación entre los procesos de los sistemas primario y secundario de emociones, de la mano de las nociones de modularidad, penetrabilidad cognitiva y encapsulamiento informacional.

4.4. La teoría del sentir en el siglo xxi

Jesse Prinz es considerado como un seguidor de la propuesta de William James, siendo él mismo quien se presenta como un neojamesiano al retomar la tesis principal de la teoría del sentir, aunque de un modo distinto al de Peter Goldie.

Siguiendo la línea inaugurada por James, Prinz afirma que “las emociones coocurren con cambios corporales, que [estos] son suficientes para inducir emociones y que la reducción de las respuestas somáticas, reduce la experiencia emocional” (Prinz, 2005a, p. 15). Pero su perspectiva introduce una innovación fundamental, en cuanto busca hacer sitio conceptual para emociones inconscientes. Puede decirse que Prinz revive la perspectiva jamesiana, reorganizándola para incluir los hallazgos producidos durante más de 100 años de investigación (tanto empírica como teórica) posteriores a la formulación original de James. En ese sentido, divisa en James la fusión de lo que llama la percepción de los cambios corporales y el sentir de los cambios corporales. Aunque naturalmente James, a fines del siglo xix, no podría haberlo concebido de otro modo, en el presente disponemos de buenas razones para efectuar cierta distinción, en especial a partir de la evidencia vinculada a la percepción inconsciente (mayoritariamente subliminal).

Prinz reformula la teoría del sentir jamesiana, enfocándose en el aspecto perceptual (ahora bien distinguido del sentir): puesto que la percepción puede ser inconsciente, las emociones, concebidas como la percepción de los estados internos, también pueden serlo. Este señalamiento implica desarticular la vieja implicación de que las emociones son siempre conscientes, para rearticularla en la siguiente alternativa: solo cuando las emociones son conscientes, hay sentir (i.e. experiencia, en sentido propio, consciente). De este modo, se explica por qué la idea de emociones inconscientes puede resultar en principio paradójica: puesto que, como advertí antes, en las emociones de James los conceptos de percepción y sentir se encuentran superpuestos. Unificando conceptos, cabría decir que, puesto que hay percepción inconsciente de cambios corporales y demás estados internos, puede decirse que hay estados emocionales (Lewis, 2008) inconscientes, pero solo hay sentires cuando hay percatación, experiencia en sentido pleno.

Es importante destacar que, en este marco, al introducir esta esfera no consciente en el ámbito de las emociones, Prinz busca dar cuenta de los mismos casos paradigmáticos que presenta Goldie (y el resto de la tradición abocada a la investigación emocional). Volveré a la escena del conductor que, ante una situación de peligro, reacciona y consigue eludir exitosamente el peligro. Como quedó claro en el capítulo 2, Goldie entiende que el conductor tiene miedo, a pesar de que no siente miedo, esto es, traducido a los términos de Prinz, el sujeto atraviesa una emoción (inconsciente) de miedo. En ambos casos, la conciencia reflexiva o el sentir, respectivamente, aparecerán en una instancia ulterior, cuando el sujeto se percata (en el sentido de que tiene plena conciencia) de que tiene el ritmo cardíaco acelerado, de que está cubierto en sudor, etc. En el mismo sentido, responde a la exigencia de clarificación conceptual que plantea Damasio al distinguir entre ser poseedor de un “estado de sentir” y ser consciente de ese estado. Damasio mismo reconoce la problematicidad de la terminología introducida[23], pero traza la distinción especialmente para habilitar la atribución de emociones (sentires) a animales no humanos carentes de consciencia reflexiva. La perspectiva de Prinz, entonces, brindaría un marco ligeramente alternativo para acomodar estas intuiciones.

El perfeccionamiento de la perspectiva original jamesiana se completa con la respuesta que ofrece Prinz a lo que yo llamé “objeción a partir de la pretendida univocidad fisiológica” (2.6.2). Recuérdese que, de acuerdo con esta objeción, puesto que la apariencia de muchas emociones es similar, no sería posible discernir cuál de esas emociones estoy teniendo en un momento dado. Es decir, si las emociones son meramente sentires, resulta esperable que los conjuntos de estados emocionales y sus correspondientes sentires se relacionen con las distintas emociones siguiendo una función biyectiva. De esta manera, los cambios corporales distintivos de cada emoción cumplen el doble propósito de demarcar, por un lado, estados emocionales de estados no emocionales y, por otro lado, de distinguir entre los diferentes tipos de estados emocionales. Pero sabemos que las distintas emociones comparten atributos, de modo que no es cierto que a cada emoción le correspondan cambios corporales únicos o específicos.

La objeción funciona si se concede que la especificidad o univocidad de cambios corporales es imprescindible (i.e. el único modo posible) para el reconocimiento y la identificación de las emociones. Pero Prinz vislumbra otra vía de identificación, derribando contundentemente a la objeción. Esta vía de reconocimiento de tipos de emociones está dada por la historia causal de la emoción: lo que explica que un episodio emocional sea, por ejemplo, de tristeza –y no de culpa, con la que comparte gran parte de su fenomenología– es la circunstancia en la que fue provocada. Esto quiere decir que, ante un mismo conjunto de alteraciones viscerales, la percepción (consciente o inconsciente) de esos cambios corresponderá a la tristeza si estos cambios fueron causados por (en) una circunstancia de pérdida. Incluso, si esto implicara la participación de creencias, juicios o algún afín cognitivo, Prinz se desembaraza de la acusación cognitiva en cuanto aclara que esa circunstancia responsable causal de la emoción no es un componente de la emoción. La historia causal de la emoción sirve para individuar la emoción, pero de ninguna manera eso implica que el evento que causa la emoción deba ser incluido como componente o elemento constitutivo (más bien, hacerlo implicaría entrar en una situación ciertamente paradójica, como sucede con algunos teóricos cognitivos –véase 3.2.3.–): “No debe confundirse una emoción con sus causas y efectos. La causa de una emoción determina la identidad de la emoción, pero esas causas no constituyen la emoción, ni constituyen la experiencia consciente de la emoción” (Prinz, 2005a, p. 20).

Esto quiere decir que es preciso incluir las circunstancias que, siendo las responsables causales de la emoción particular, permiten además individuarla. Como aclaré, Prinz advierte que esto no implica incluir tales acontecimientos como componentes constitutivos de la emoción, sino meramente como sus agentes causales externos.

Prinz va más allá y sugiere cómo es que las distintas clases de emociones (entendidas de manera general como la percepción de estados internos) pueden reconocerse a partir de sus causas, y cómo es que no toda percepción de cambios corporales necesariamente conduce a un estado emocional (considérese, por ejemplo, el hambre). El punto de Prinz es que también las percepciones corporales representan aquello que las causó (Prinz, 2004b, p. 55).

Aquí Prinz sigue las ideas de Dretske (1981, 1995) con respecto a la representación mental en general, según las que una representación mental es un estado mental que (i) porta información y (ii) puede ser aplicado erróneamente (un estado que ha sido establecido para ser disparado por algo, aunque a veces lo haga de manera incorrecta). Un estado porta información acerca de aquello con lo que confiablemente coocurre, que, típicamente, obedece a una relación causal. Pero portar información no es suficiente para representar: las representaciones genuinas portan información en virtud de que tienen la función de portar cierta información[24]. Y es en ese sentido en que Prinz se refiere a las representaciones como estados que han sido establecidos para ser disparados por ciertos eventos, a pesar de que se den ciertas situaciones –ligeramente– diferentes que también los descarguen. Precisamente, uno de los principales problemas con el que se enfrenta la teoría representacional de Dretske tiene que ver con el modo de asignación de contenido para cada estado, dadas estas circunstancias (Fodor, 1990). En cualquier caso, el punto de Dretske es que, para el caso de las representaciones genuinas (diferenciándolas de otras relaciones representacionales, como la relación entre el humo y el fuego), algo debe haberlas establecido como tales, a partir de lo cual estas conllevan la función de portar cierta información. Se precisaría cierta clase de diseño. A diferencia de la dupla humo-fuego, el concepto de “perro” se configura para responder fiablemente a los perros, es decir, fue adquirido para esa función. Luego de la constitución del concepto “perro” como consecuencia de los diversos encuentros con perros, el concepto porta información acerca de perros, lobos y zorros, puesto que todos ellos pueden causar la activación del concepto, pero solo representa a los perros, en virtud de su función.

El punto de Prinz es que las emociones son representaciones, y para ello debe mostrar que las emociones también exhiben la estructura atribuida a las representaciones: (a) que son disparadas por determinados objetos, y (b) que estas emociones han sido establecidas para ser disparadas por alguna de esas cosas (tienen determinada función). En este sentido, afirma que “las emociones no son meramente percepciones del cuerpo sino también percepciones de nuestras relaciones con el mundo” (Prinz, 2004b, p. 20), concibiendo su perspectiva como un intento por integrar cuerpo, mente y mundo y así subsanar los problemas de las teorías somáticas.

De acuerdo con lo establecido por James, las emociones son percepciones de cambios corporales, de manera que sería razonable pensar que las emociones representen cambios corporales. Sin embargo, tal como mencioné recién, “representar” técnicamente implica algo más que haber establecido una relación causal. Para marcar esa diferencia, Prinz traza la siguiente distinción entre representar y registrar: afirmar que las emociones son percepciones de cambios corporales implica sostener que son estados al interior de nuestros sistemas somatosensoriales que registran cambios en nuestros cuerpos (en el mismo sentido que se dice que un estado mental registra aquello que fiablemente causó su activación). De manera que, si se ha de seguir a James y sostener que las emociones son percepciones de cambios corporales, eso equivale a decir, específicamente, que las emociones registran cambios corporales, de manera que todavía restaría determinar qué es lo que representan.

Teniendo en cuenta que habitualmente las emociones son provocadas por eventos u objetos externos, Prinz evalúa la posibilidad de que representen, precisamente, cosas externas. Si así fuera, tendría que mostrar que las emociones son confiablemente causadas por esas condiciones externas. Aunque esta posibilidad suene prometedora, inmediatamente uno se percata de que las cosas o los eventos del mundo, por sí solos, no explican la diferenciación emocional (aun cuando puedan dar cuenta de la activación emocional, en principio). Me refiero a que los hechos por sí mismos no tienen valencia: la partida de un ser querido da lugar a sensaciones de tristeza para quienes los despiden, ansiedad y euforia en quien lo espera en destino –y probablemente también alguna sensación ambivalente en el protagonista viajero–. De modo tal que lo que causa tristeza en uno es responsable de la alegría del otro.

No obstante, sí parece existir cierto denominador común en las diferentes situaciones productoras de emociones. Si bien noté que la partida de mi amigo Antonio me genera tristeza (lo voy a extrañar), aunque a otros les genere expectativas y euforia, también cabe destacar que, cuando Antonio emprenda la siguiente fase de su viaje, y les diga adiós a ellos también, es esperable que en esa oportunidad sean ellos quienes sientan tristeza. O, alternativamente, considérese la siguiente situación, yo tengo pánico a las avispas, mientras que las arañas no me provocan nada. Una amiga les tiene terror a las arañas, pero las avispas y las palomas les parecen inofensivas. Un amigo les teme a las palomas, aunque las avispas y las arañas lo tienen sin cuidado. Por último, a mi hija, le encantan las palomas. A pesar de esta manifiesta variabilidad –que en algunos da lugar a terror, en otros a “amor” y en otros no produce nada–, aunque deba reconocerse que existen diferencias importantísimas respecto a qué causa miedo, puede decirse que existe cierto denominador común: todos tememos aquello que resulta terrorífico para nosotros (aunque luego disintamos respecto de qué es alarmante o peligroso). De modo que lo que hace que algo sea “emocionante” no depende estricta o completamente de la cosa en sí, sino de su relación conmigo o su significación para mí. Por todo esto, Prinz rechaza la idea de que las emociones representen hechos, eventos o cosas externos. Lo que las emociones representan son las relaciones de aquellas cosas para con nosotros mismos (o nuestros intereses); en síntesis, representan relaciones organismo-ambiente.

Se sigue de sostener que los cambios corporales son –confiablemente– causados por determinada relación del organismo con su entorno (relaciones que quedan abreviadas en los TRC de Lazarus), que estos cambios corporales representan esa relación (i.e. como aquello que confiablemente los causó). Tómese, por ejemplo, un encuentro inesperado con una serpiente, la percepción del reptil desencadenará una serie de cambios en la fisiología del sujeto (ritmo cardíaco, presión arterial, musculatura, etc.) como respuesta o preparación ante el posible peligro (tema relacional central). La emoción de miedo (el estado) es la percepción de esos cambios corporales, a partir de que registra esos cambios corporales. Pero, al hacerlo, representa peligro (el TRC) y objeto formal del miedo.

Si bien Prinz recupera los TRC, noción clave de Lazarus, y paradigma de las teorías valorativas cognitivas, modera algunas cuestiones. De acuerdo con Lazarus, a cada emoción le corresponde un TRC, que no son las condiciones externas que producen emociones, sino que corresponden a los juicios (interiores) que hacemos al alcanzar emociones (precisamente son como resúmenes de esos juicios).

Además de objetar que las TRC no captan la estructura de nuestras emociones, en cuanto se pueden formar juicios acerca de que existe una pérdida irrevocable, pero raramente lo hacemos, es decir, la tristeza puede ocurrir sin aquel juicio, Prinz modifica la dirección de los TRC para que, en lugar de captar la forma de la emoción, operen como una explicación del contenido de la emoción. Los TRC son lo que las emociones representan, pero no necesitan capturar la estructura interna de las emociones, o la estructura interna del estado mental que precede a las emociones[25].

Figura 8

Diagrama  Descripción generada automáticamente

Extraído de Prinz (2004).

Resulta notable cómo Prinz, explícito defensor de las ideas jamesianas, está aquí concediéndoles un punto a las teorías valorativas, al afirmar que “las emociones son estados que valoran [appraise] registrando cambios corporales” (Prinz, 2004b, p. 78, énfasis mío).

A partir de esto, se hace patente cómo la noción de “valoración” (antiguamente eje de la controversia entre perspectivas somáticas y cognitivas) no suministra un punto de apoyo para trazar firmemente la distinción entre aquellos enfoques. Por el contrario, al abrazar una postura valorativa, Prinz asimismo rechaza explícitamente la tradición que presume que las teorías que conciben a las emociones como valoraciones estén en las antípodas de las teorías que identifican a las emociones con cambios en la fisiología, erigiéndose como un genuino teórico mixto, esta vez, de la perspectiva valorativa corporizada.

4.4.1. Corporización y representacionalismo

Si bien la perspectiva de Prinz es corporizada, decidí incluirlo en este capítulo de teorías híbridas ­–y no en el siguiente de teorías heterodoxas de la mente– en cuanto conserva una característica que la heterodoxia cuestionará también: la noción de representación. Esto es, en pocas palabras, la idea de que la mente opera sobre internalizaciones del mundo, que obtiene a través de la percepción. Y, básicamente, en eso consiste la cognición. Volveré sobre este punto con más detalle en el próximo capítulo.

Un examen más profundo de su iniciativa muestra que su teoría valorativa corporizada (embodied appraisal theory), tal como él la ha denominado, incluso concediendo el punto anterior, resigna poco terreno frente al teórico cognitivo. Su concepción define a las valoraciones ya no exclusivamente como juicios evaluativos, sino como “cualquier representación de la relación organismo-ambiente relevante para su bienestar” (Prinz, 2004a, p. 57), retomando directamente la noción de “tema relacional central” de Lazarus (3.2.2.), pero imprimiéndole algunas modificaciones. Su perspectiva tolera que los juicios evaluativos sirvan como valoraciones, pero añade que también pueden hacerlo otros estados no judicativos, como, por ejemplo, ciertas percepciones corporales. Así, afirma que, “en términos generales, las palpitaciones [del corazón] sirven como evaluaciones” (Prinz, 2004b, p. 78), simbolizando el núcleo de su tesis: los cambios en nuestro cuerpo expresan cómo nos va en el mundo, de modo tal que nuestras percepciones del cuerpo (o sentires en general), al tiempo que nos describen el estado de nuestros órganos, portan información acerca de nuestra situación en el mundo.

4.5. La perspectiva dinámica de Jenefer Robinson

4.5.1. En el comienzo, los sobresaltos

Jenefer Robinson incursiona en el debate emocional con su trabajo titulado “Startle” (1995). Allí esboza una posición marcadamente no cognitivista a partir de su defensa de la inclusión de los sobresaltos en el universo emocional. Si bien mencioné esta discusión en capítulos anteriores (especialmente en referencia a la disputa que mantuvieron Zajonc y Lazarus en la década de 1980), aquí me limitaré a señalar cómo aquella discusión, y la toma de una u otra posición, en última instancia se apoya en estipulaciones teóricas previas. Lo que me interesa rescatar es cómo esta discusión puntual sobre los sobresaltos puede echar luz sobre la discusión general en torno a la naturaleza de las emociones.

Existe acuerdo en que los sobresaltos (startles) son reacciones reflejas. El argumento principal de Robinson para defender que los sobresaltos son (proto)emociones nace de las relaciones que los sobresaltos tienen con emociones estándares como el miedo y la sorpresa (con respecto a esta última, a pesar de no haber sido objeto de interés especial para los filósofos de las emociones, su lugar entre las emociones tampoco ha sido cuestionado). Robinson retoma a Frijda (1986), quien concibe esta respuesta de alarma (el susto o sobresalto) como una forma primitiva tanto de sorpresa como de miedo. De este modo, puesto que tanto sorpresa como miedo son consideradas emociones genuinas, parece que, por analogía, deberíamos considerar una emoción (o protoemoción) también a los sobresaltos. Cabe notar aquí que este argumento resultaría independiente de cualquier posición teórica con respecto a qué son las emociones. Quiero decir, uno puede objetar la fuerza explicativa de las analogías, y rechazar la adecuación del argumento por esas razones, pero el argumento funciona tanto dentro de una concepción cognitiva como de una no cognitiva de las emociones. Y esto resulta importante de cara a la discusión general sobre la naturaleza de las emociones, puesto que, por el contrario, las razones para rechazar la pertenencia de los startles dentro del ámbito emocional obedecen en rigor a una toma de posición previa respecto a la naturaleza de las emociones.

El argumento en contra se apoya en la contradicción que surge al querer mantener conjuntamente las siguientes tesis:

  1. Las emociones involucran intervención cognitiva (de algún tipo).
  2. Los sobresaltos son (proto)emociones.
  3. Los sobresaltos son movimientos irreflexivos (reflejos, inmediatos, involuntarios).
  4. Los reflejos no involucran intervención cognitiva.

Es evidente que sostener las tesis 1-4 implica caer en una contradicción. Los cognitivistas no están dispuestos a abandonar la tesis (1), de modo que rechazan (2) y así rebajan a los sobresaltos a meros actos reflejos (como el movimiento de la rodilla al ser golpeada). Puesto que ningún estudioso de las emociones estaba buscando explicar de manera específica la reacción del sobresalto hasta Robinson, la discusión se perdió de vista en la literatura. Más allá de que, en efecto, sea un tópico interesante, lo que deseo subrayar –la relevancia de este punto para la discusión en la que me centro en este trabajo– obedece a cómo opera el marco teórico en el que está inserto. Para unos, la prioridad es explicar cómo funcionan ciertos fenómenos de naturaleza similar y vinculados de cierto modo, asumiendo así que existe una naturaleza común, es decir, que conforman una clase natural. La explicación sugerida debe dar cuenta de unos y otros. En oposición, para otros, no habiendo espacio para el cuestionamiento de ciertas tesis explicativas (específicamente, las tesis cognitivas) y ante la imposibilidad de acomodar bajo el amparo de aquellas tesis a la totalidad de los fenómenos, la solución es el rechazo de algunos ellos, en este caso, los sobresaltos, y su exclusión del dominio de ejemplos paradigmáticos de emociones. Desafortunadamente, esto no es de ningún modo novedoso, la historia de la ciencia está llena de casos como este: cuando en 1609 Galileo apuntó el telescopio al cielo y observó que la luna tenía cráteres, un hecho que entraba en franca contradicción con el paradigma aristotélico-ptolemaico todavía reinante, lejos de echar por tierra o poner en duda las tesis fundamentales del paradigma, suscitó el cuestionamiento de la observación y de la adecuación de la herramienta para tal efecto. En cualquier caso, desde mi punto de vista, lo que debe notarse es cómo la toma de posición obedece a compromisos teóricos, y cómo eso implicaría dar por zanjada la discusión a priori (en lugar de una revisión de los compromisos teóricos asumidos).

Por otro lado, si, así como hay acuerdo respecto a la irreflexividad de los sobresaltos, se arribara también a cierto consenso respecto a la inmediatez del miedo, estado paradigmáticamente emocional, cabría preguntarse qué sucedería allí con el teórico cognitivo. No podría eludir el problema tan fácilmente como lo hiciera con el caso de los sobresaltos, es decir, negando que el estado sea propiamente emocional.

Ahora bien, este caso, lejos de ser un experimento mental, es parte de la evidencia empírica (neuropsicológica, más precisamente) que se posee. Como muestra Joseph LeDoux (1994a, 1994b, 1996), existen dos vías de procesamiento del miedo. De acuerdo a su perspectiva, hay dos modos en los cuales se procesa la información que llega al cerebro (en particular a la amígdala, que tiene como función principal el procesamiento y almacenamiento de reacciones emocionales). Para ilustrar el funcionamiento en conjunto de estas dos vías de procesamiento, LeDoux propone:

… imaginar un excursionista que pasea por el bosque y que, de repente ve una serpiente en el suelo. El estímulo viaja directamente de sus ojos al tálamo, que obtiene una imagen aproximada de la serpiente. Pero sin más información la amígdala no puede saber si se trata de una serpiente o algo que se le parece, como una rama de árbol. La imagen precisa de la serpiente sólo le llegará después de que el estímulo haya sido procesado por la corteza cerebral (LeDoux, 2002, p. 117).

La idea que defiende LeDoux es que la información del mundo externo (el estímulo emocional) que llega a la amígdala lo hace por dos vías distintas, tal como se exhibe en la figura 9:

  • Una vía baja (low road) que une directamente el tálamo con la amígdala. Esta vía es más corta, lo que la convierte en una ruta rápida de transmisión de información (más rápida que la vía alta). Sin embargo, debido a que esta ruta directa elude el córtex, es incapaz de beneficiarse el procesamiento cortical (más sofisticado), proveyendo a la amígdala de una representación apenas rudimentaria del estímulo.
  • Una vía alta (high road) que une el tálamo con la corteza sensorial y luego alcanza la amígdala. En la corteza sensorial, que en esta ruta está mediando entre el tálamo y la amígdala, tiene lugar el procesamiento del estímulo perceptual, que, con más sofisticación y más tiempo, determina de qué se trata ese input (es decir, siguiendo el ejemplo anterior, determina si se trata de una serpiente o una rama). Esa información es retransmitida a la amígdala. Si el córtex determinara que el objeto es inocuo (la rama de un árbol), el mensaje que envía a la amígdala disipará la respuesta emocional de temor.

La unión directa entre tálamo y amígdala dada por la vía baja habilita al sujeto a responder emotivamente a estímulos potencialmente peligrosos antes de tener un conocimiento completo del estímulo, reflejando así la intuición compartida por Zajonc y Lazarus, y sus ejemplos coincidentes.

Si alguien objetara que esta duplicidad de caminos involucra una multiplicación innecesaria y apelara al principio de economía para exigir su reconsideración, habrá que recordarle que cada una de ellas contribuye a una causa distinta. Me refiero a que la vía baja, aun cuando se basa en representaciones imperfectas, le confiere al sujeto una ventaja adaptativa más que notable: el tiempo de procesamiento involucrado. Aun cuando, debido a esa rapidez, arroja representaciones difusas o inacabadas, generando a veces reacciones emocionales inadecuadas para determinados estímulos (por ejemplo, una respuesta de miedo ante una rama de un árbol en el suelo), lo que debe notarse es que el costo de un falso positivo (i.e. en una rama que genera una señal de alerta) es ínfimo en comparación con el beneficio que implica en lo que respecta a su supervivencia. Por su parte, la vía alta, al precio de tomarse un tiempo más prolongado, es la que le proporciona al sujeto las representaciones más definidas o detalladas, también sumamente necesarias, para que sea capaz de descartar la información irrelevante y estar listo para atender a lo que sí concierne a su bienestar.

Pero entonces, a partir de los hallazgos de LeDoux, sabemos cómo ocurre el procesamiento inconsciente, no mediado por ninguna clase de cognición consciente, que da lugar a casos típicos de miedo. De modo que la encrucijada en la que se encuentra el teórico cognitivo lo obligaría o bien a rechazar la idea de que experiencias típicamente concebidas como episodios de miedo sean en rigor casos emocionales, o bien a admitir que hay emociones sin cognición. Hacer lo primero sería definitivamente mucho más polémico que desechar a los sobresaltos, y, como he señalado en el capítulo 3, las motivaciones que llevaron a deflacionar la exigencia cognitiva son múltiples, así como también las versiones matizadas del cognitivismo.

Figura 9

Extraído de LeDoux (1996).

Robinson también se vale de esta ventaja adaptativa para señalar la función biológica de las emociones:

… el registro de significación a través de medios fisiológicos es el modo en que la naturaleza nos permite escoger de la masa de información que bombardea nuestros sentidos, aquella información particular que es relevante para nuestras metas y deseos (Robinson, 1995, p. 66).

Lo interesante de este modo de presentarlo, además de que resalta la inmediatez de la vía baja, es que pregona un rol específico en la economía físico-mental de cualquier organismo con emociones: la respuesta corporal es la que llama su atención, la que lo invita a participar (consciente/activamente) de la situación y hasta puede prepararlo para la acción apropiada (rol motivacional). Pero no solo eso: cuando respondo emotivamente, mi cuerpo me alerta acerca de mi concepción de la situación, y, en ese sentido, “me obliga a prestarle atención” (Robinson, 1995, p. 65). Es decir, en muchas situaciones tenemos reacciones afectivas sin mediar intenciones, creencias, ni conciencia algunas. Ejemplos de esta situación son los que suelen utilizarse para rechazar teorías cognitivas fuertes, como la reacción que tiene el excursionista en el bosque frente a (lo que parece ser) una serpiente: la reacción corporal le señala, eficazmente, que hay algo en el entorno que exige su atención y lo exhorta a tratarlo de modo prioritario (si estaba en el bosque juntando muestras de hongos, buscando comida, o lo que fuera, aquella tarea debe ser suspendida). Lo notable es que esta reacción no obedece a razones[26].

Robinson retoma un conjunto de ejemplos diseñados por Patricia Greenspan (1980) en rechazo a la idea cognitiva de que las emociones sean creencias o juicios o estén constituidas por estos, donde el punto fundamental es que las emociones y los juicios o las creencias poseen diferentes criterios de racionalidad. Greenspan se imagina la siguiente situación: una amiga cercana y yo codiciamos el mismo bien, por ejemplo, un premio. La competencia entre mi amiga Juana y yo hace que, cuando Juana se consagre ganadora del evento, yo tenga sentimientos encontrados: por una parte, estaré feliz de que haya ganado ella, porque es mi amiga, la quiero y me alegra que le sucedan cosas buenas (estaré contenta por ella); pero, por otro lado, y al mismo tiempo, estoy descontenta porque ganó, fundamentalmente porque el galardón lo quería obtener yo. Si concibiéramos las emociones a partir de los mismos estándares que usamos para los juicios, en el caso recién retratado me vería juzgando al mismo tiempo que es bueno que Juana gane y que no es bueno que lo haga. Pero estos juicios son inconsistentes, y sostenerlos al mismo tiempo sería irracional. A menos que se pudiera relativizar o circunscribir el alcance de cada uno de ellos, es decir, considerar que en realidad es bueno que haya ganado en algún aspecto, mientras que, en otros aspectos diferentes, no es bueno. El punto primordial de Greenspan es que, respecto de las emociones, esto no es necesario: no estoy obligado a calificar o a sintetizar (sum up) mis emociones para ser una persona racional, es decir, es perfectamente racional para mí mantener mi felicidad y mi desdicha. No obstante, esto no es aplicable a los juicios correspondientes, y, si he de buscar mantener mi racionalidad, deberé rechazar alguno de los juicios, o calificarlos, pero nunca mantenerlos sin más. En pocas palabras, la ambivalencia emocional es un fenómeno que no se encuentra constreñido por los parámetros de la racionalidad judicativa. Y, en lugar del intento por “tomar prestada” la racionalidad propia de los juicios, sería más adecuado atender a los vínculos o las semejanzas que las emociones tienen con los deseos (no con las creencias), que tampoco son calificables, ni sintetizables en uno solo. Greenspan (1989) profundiza los argumentos contra la posición judicativa acerca de las emociones, defendiendo que las emociones son estados de comodidad o malestar dirigidos hacia proposiciones evaluativas. Pero la clave radica en que el componente evaluativo al que ella hace referencia no es necesariamente un juicio. Lo que Greenspan estaría subrayando es básicamente la idea de que las emociones son intencionales, están dirigidas a alguna proposición, pero rechaza que la actitud proposicional relevante sea una creencia. Para tener un estado emocional particular, puedo simplemente considerar la proposición relevante; pero no necesariamente tengo que sostenerlo. Greenspan menciona el caso de quien le teme (inadecuada o exageradamente) a Fido, un perro adorable e inofensivo, probablemente debido a que, en algún momento de su infancia, tuvo algún encuentro traumático con un perro. Sin embargo, eso no significa en ningún sentido que el sujeto que le teme al adorable Fido crea o juzgue que Fido es peligroso.

Robinson vincula los casos de análisis que propone Greenspan (la contradicción entre estar feliz y desdichada porque mi amiga ganó un premio) y la evidencia de LeDoux sobre el procesamiento dual de emociones (de miedo) de un modo un tanto extraño. Es desde el doble procesamiento (vía baja y vía alta) desde lo que considera explicables aquellas situaciones: en un momento se atiende a determinados rasgos que den lugar a cierta emoción feliz-porque-mi-amigo-ganó- un-premio, mientras que en otros momentos se atiende a otros, y eso es lo que da lugar a infeliz-porque-no-gané- yo. Robinson estaría retomando los descubrimientos de LeDoux como evidencia de que puede haber reacción emocional como consecuencia del procesamiento parcial o fragmentado del estímulo, en lugar de estar basado en percepciones verídicas. Pero este no parece ser el punto de LeDoux al reconocer una vía rápida de procesamiento emocional. No es que esta vía seleccione rasgos o escorzos y desestime otros, sino que el output del procesamiento perceptual es todavía insuficientemente detallado como para garantizar una reacción emotiva adecuada. Es decir, la idea de la doble vía de LeDoux además implica que esa representación incompleta es inmediatamente perfeccionada por la percepción completa –procesamiento cortical–, y no que esta alternativamente capte otros rasgos del mismo nivel subcortical (bruto o inacabado). Todo el punto puede resumirse en que la vía rápida, baja, subcortical puede ser responsable de reacciones afectivas desproporcionadas (por ejemplo, huir de una rama), pero ello conlleva una ventaja adaptativa mayor que el desgaste energético que implica. Y, si bien esta vía rápida reporta un alto índice de error, estos son rápidamente subsanados y las respuestas emocionales que son inapropiadamente iniciadas por inputs sensoriales procesados subcorticalmente –que llegan directamente a la amígdala– son modificadas por inputs corticales, que proveen múltiples niveles de representación para activar la amígdala.

4.5.2. Las emociones como procesos

Ahora bien, la propuesta más ambiciosa de Jenefer Robinson surge de su profunda familiaridad con los problemas de las teorías de emociones que revisamos sobre el final de los capítulos 2 y 3, y que hacen que tanto las perspectivas somáticas como las cognitivas de las emociones sean inadecuadas. Como otras versiones “híbridas” revisadas en este capítulo, y probablemente en alta consonancia con la postura de Prinz, la perspectiva de Robinson permite llamar la atención sobre la imposibilidad de echar luz sobre el fenómeno emocional, enmarcada por la disputa entre cognitivistas y somáticos. Contra la idea de que las emociones sean meros juicios evaluativos, el mejor camino para romper esa equivalencia es mostrar que existe una doble disociación entre ellos, para lo cual se necesita mostrar (A) que hay juicios sin emociones, y (B) que hay emociones sin juicios. En sus capítulos 1 y 2 de Deeper than reason (2005), se ocupa de (A) y (B), respectivamente.

El punto fundamental es que no es posible caracterizar las emociones meramente como estados internos (los cambios corporales, sentidos), ni, alternativamente, como juicios evaluativo-cognitivos (aun siendo estos juicios de carácter peculiar, como los que sugiere Solomon). En este contexto, es preciso constituir un marco más general, donde cada una de las perspectivas se brinde parcialmente.

Para volver sobre la idea de la sección anterior (4.5.1.), habría que admitir entonces que hay casos de emociones que no requieren de un juicio proposicional consciente complejo á la Gordon o Taylor (1985). Pero esto no implicaría el rechazo completo del carácter cognitivo, en cuanto existen propuestas cognitivas que contemplan esa “deflación”. En ese sentido, he presentado cómo tanto Lazarus como Solomon se ven obligados a admitir que hay modos automáticos y no conscientes de valorar –en particular, Robinson se refiere a Greenspan (1980, 1989)–. Es decir, algún tipo de evaluación parece ser esencial a las emociones, aunque las evaluaciones en cuestión no sean juicios conscientes deliberados semánticamente evaluables. En términos de Robinson, estas evaluaciones necesarias y complementarias de los estados corporales son valoraciones afectivas (affective appraisals), esto es, valoraciones que no requieren de la intervención cognitiva. Esta noción de “valoración” guarda un parecido importante con la noción corporizada de Prinz.

El argumento fundamental de Robinson surge más bien de un razonamiento de tipo abductivo. Puesto que existen juicios que sirven como antecedentes de emociones y juicios que no lo son, o, dicho de otro modo, puesto que juicios como, por ejemplo, “la bolsa de comercio ha caído abruptamente” dan lugar en algunos casos a experiencias de miedo y en otros no, ese episodio emocional no puede ser explicado únicamente a partir de este juicio, es decir, el juicio no es suficiente. Algo más debe tener lugar para que se desencadene la emoción. Ese “adicional” es la valoración afectiva. Esta valoración además cumple una función aglutinante: puesto que los estímulos productores de emociones son muy variados, y, sin embargo, las respuestas emotivas son marcadamente similares, lo que posibilita operar esa unificación es la valoración afectiva. Una avispa, una paloma, una araña o la caída de la bolsa propiciarán valoraciones afectivas que darán lugar a emociones de miedo.

Esta postulación le sirve a Robinson, además, para brindar respuesta a uno de sus grandes enigmas:

Sabemos que ciertas evaluaciones rápidas e improvisadas [rough and ready, quick and dirty] son suficientes para desencadenar respuestas emocionales, pero al mismo tiempo muchas emociones humanas parecen tener contenido cognitivo complejo: son reacciones a creencias acerca de la moralidad y la política, o respuestas a mujeres con autoridad o al hecho de que mi amiga gane un premio. Y también parece que las emociones se distinguen entre sí por medio de estas cogniciones complejas, puesto que las evaluaciones rápidas y sucias no son suficientes para distinguir vergüenza de culpa o celos de envidia (Robinson, 2005, pp. 58-59).

Puesto que las valoraciones afectivas son específicamente no cognitivas, trabajan rápida y automáticamente a través de los centros cerebrales más bajos (es decir, la vía baja de LeDoux), fijan la atención y evalúan de modo aproximado la significación personal de algo en el ambiente interno o externo. Las valoraciones afectivas tienen el doble propósito de

  1. seleccionar y focalizar la atención en aquellas cosas del ambiente (interno o externo) que le importan al sujeto/animal, y
  2. valorarlas o evaluarlas ampliamente en términos de cómo importan (how they matter).

Naturalmente, puesto que por definición las valoraciones afectivas no son descriptibles proposicionalmente, es difícil saber cómo describirlas en lenguaje natural, de modo que cómo debe conceptualizarse este “importar” (mattering) permanece como una pregunta abierta. Básicamente, si se trata de cómo caracterizar esa valoración, no estamos en mejores condiciones para contestar que una rata o cualquier animal no lingüístico –que muestra síntomas de miedo–[27].

A partir de su noción de “valoración afectiva” (según su propia denominación, aunque conceptualmente no sea estrictamente novedosa) y de la mano de LeDoux, Robinson estaría brindando una solución a su enigma. Es la evaluación afectiva la que genera los cambios autonómicos y motores, lo que constituye la respuesta emocional y lo que pone la emocionalidad en la emoción. Sin embargo, lo más sobresaliente de su respuesta a aquel puzzle tiene que ver con algo que parece pasar más desapercibido: el punto principal es que el estímulo emocional (aquello que opera como causa de la emoción[28]) puede ser un objeto externo (un oso –como en el caso paradigmático de James–, un precipicio o un libro), o bien un objeto interno, es decir, un pensamiento. Luego, lo que hace que la proposición “Habrá despidos en el Estado” sea causal de reacciones emotivas en algunos y en otros no es que en los primeros tiene lugar una valoración afectiva (affective appraisal), mientras que, en los otros, no. El tipo o la clase de valoración explicará asimismo el tipo o la naturaleza de la reacción emocional (miedo, ira, etc.).

Ahora bien, hay dos cuestiones que merecen ser destacadas. La primera de ellas es el carácter peculiar de esta valoración afectiva (automática, no cognitiva), en cuanto se trata de una apreciación sobre una percepción o una creencia. Es decir, la valoración afectiva es una meta-respuesta que evalúa la respuesta cognitiva existente, esto es, siguiendo con el ejemplo anterior, la creencia de que habrá despidos en el Estado. La segunda cuestión importante radica en que, luego de este primer paso esencial, se dan una serie de eventos adicionales, y son todos ellos en conjunto los que configuran la emoción en sentido estricto. La “emoción” es en rigor un proceso emocional[29].

De modo que, de manera general, Robinson presenta el siguiente esquema del proceso emocional:

  1. Se da una valoración afectiva inicial de la situación, que enfoca la atención sobre su significado para el organismo. Que causa:
  2. respuestas fisiológicas (especialmente actividad del sistema nervioso autónomo y en la musculatura facial) y motoras, que permiten que el organismo lidie con la situación, tan “ampliamente” (o vagamente) valorada por la valoración afectiva. Que hacen lugar para:
  3. posteriores valoraciones cognitivas más discriminativas, o monitoreo de la situación, que chequea que la valoración afectiva sea adecuada, modifica la actividad autonómica y monitorea la conducta[30].

En otras palabras, la valoración afectiva es la que me llama la atención sobre algo en el ambiente –que es relevante para mí o lo mío– y pone a mi cuerpo en alerta (lo alista) para la acción adecuada. Pero, inmediatamente después (aunque solo sea unos milisegundos más tarde), interviene la evaluación cognitiva (cognitive evaluation), que chequea que la valoración afectiva sea adecuada, y, de acuerdo a eso, modifica la actividad autonómica y la conducta. La emoción es todo aquello.

Aunque Robinson no sea muy exhaustiva a la hora de definir qué son estas valoraciones afectivas, sí puntualiza algunos mecanismos o fenómenos que influyen sobre las valoraciones afectivas, como, por ejemplo, el sistema de memoria emocional, o los marcadores somáticos identificados por Damasio. Reconoce que existe cierta disputa acerca de la naturaleza exacta de estas valoraciones no cognitivas[31], pero desestima la relevancia de la querella puesto que las valoraciones no cognitivas son en última instancia supervisadas por procesos cognitivos superiores, y las tendencias de acción iniciadas por la valoración afectiva son modificadas de acuerdo con las subsiguientes valoraciones cognitivas (Robinson, 2005, p. 77). Pasemos entonces a ver de qué se trata este tercer momento, cuando entra en juego el elemento cognitivo.

4.5.2.1. La “fase” cognitiva

El segundo elemento de la concepción híbrida de Robinson es precisamente aquello que hasta ahora había rechazado como componente esencial y determinante de las emociones. Me refiero al tradicional componente cognitivo/valorativo, con sus matices y problemas. Recuérdese que el mismísimo concepto de “valoración” (appraisal) ha sufrido fuertes modificaciones a lo largo de los años y el avance de la investigación teórica y empírica. No obstante, existe cierto acuerdo respecto a una caracterización general de mínima, que contempla la inclusión de un número de dimensiones –sobre cuántas y cuáles, véase Lazarus (1991) y Scherer (1984, 1999, 2001)–. En este punto, Robinson no pretende dar una versión peculiar, sino principalmente reivindicar el rol de las valoraciones cognitivas para el fenómeno emocional. Es decir, rescatar, en parte, el rol que los teóricos cognitivos le asignaban. Es importante resaltar que esta suerte de recuperación es como máximo una reivindicación parcial, puesto que naturalmente no será exactamente el mismo papel aquel que le sea otorgado en este contexto. El punto fundamental es que posiblemente muchos de los componentes valorativos sugeridos por las teorías cognitivas clásicas sean en efecto valoraciones que ocurren en el proceso emocional luego de la valoración afectiva (no cognitiva) inicial. De manera que las perspectivas cognitivas tendrían cierto punto a favor, solo que una instancia distinta de la que ellas explícitamente defendían. En un sentido relevante –aunque, como quedará claro a continuación, no es este el único sentido interesante[32]–, la emoción ya se encuentra presente, en desarrollo, cuando interviene la evaluación cognitiva, que la refuerza, la desestima, o la corrige.

Considérese la siguiente situación: escucho un ruido; me sobresalto, pego un salto y vuelvo mi cabeza hacia lo que creo es el origen del sonido; veo que, en efecto, hay una serpiente; me doy cuenta (I realize) de que cierto esfuerzo es requerido para superar esta situación, que la situación es impredecible, que no está bajo mi control. Todo este proceso (con todas estas dimensiones, predictibilidad, control de la situación, etc.) sería típico del miedo. El punto aquí es doble: por un lado, hay un inicio del proceso emocional, independiente de toda apreciación cognitiva, aunque, en segundo lugar, esa valuación cognitiva cumpla un rol continuo, esto es, de monitoreo de la situación, una vez que el proceso emocional se ha iniciado (Robinson, 2005, p. 75). Ahora bien, esta suerte de concesión que Robinson otorga, al reconocerle un punto al cognitivismo y asignarles un rol a las valoraciones cognitivas, no implica conceder que estas evaluaciones del entorno sean conscientes ni deliberadas. Del mismo modo que, para los teóricos cognitivos clásicos, las valoraciones podían producirse de modo automático e inconsciente (recuérdese la posición de Arnold y Lazarus al respecto), Robinson asume que este monitoreo “cognitivo” también puede suceder de modo no consciente. En esta suposición, explícitamente se apoya en LeDoux:

Aunque LeDoux ha encontrado que la valoración cognitiva en el miedo tiene lugar de modo más lento que la valoración afectiva, esto igualmente ocurre de modo bastante rápido, y si él está en lo cierto, la valoración cognitiva o algo similar ocurre en criaturas que carecen de conciencia. No es sorprendente, entonces, que valoraciones y revaloraciones cognitivas típicamente humanas, como valoraciones afectivas tengan lugar debajo del nivel de la conciencia (Robinson, 2005, p. 76).

Es notable cómo Robinson aquí traduce LeDoux a sus propios términos, y sin mayor preámbulo asume la identificación de la distinción de vías baja (subcortical) y alta (cortical) de LeDoux con su distinción entre valoraciones afectiva y cognitiva, respectivamente. Cabe resaltar además cómo el párrafo anterior descarta la posibilidad de que su distinción entre valoraciones afectivas y cognitivas se correlacione con la dicotomía inconsciente/consciente, distinción que ha sobrevolado la discusión entre corrientes cognitivas y no cognitivas desde el inicio[33].

De modo que, aunque deja establecido en dónde no se apoya la distinción, no presenta mayores precisiones respecto a qué diferencia estas valoraciones, más allá del rol funcional que tienen: unas de disparar la emoción y otras de monitorearlas. En cualquier caso, lo que resulta claro es que la información que tenemos acerca de qué son estas valoraciones no proviene de la experiencia personal, es decir, no hay conocimiento que provenga de la experiencia ni evidencia fenomenológica que soporte o sostenga estas distinciones:

Así como era difícil decir exactamente cómo verbalizar las valoraciones no cognitivas que desencadenan las respuestas emocionales, es también difícil saber si hay tipos especiales de valoración y revaloración cognitiva que típicamente monitorean las respuestas emocionales, y, si hubiera, cómo sería la secuencia de tales valoraciones y revaloraciones (Robinson, 2005, p. 76).

De modo que, en última instancia, esto que Robinson concibe como valoraciones propiamente cognitivas podría ser alternativamente entendido como nuevas (re)valoraciones, donde el carácter afectivo o no cognitivo en rigor no parecería agregar nada. Hasta aquí, parece que nos encontramos frente a una distinción meramente estipulativa.

La característica peculiar de la perspectiva de Robinson, que la hace distinguirse de las otras versiones híbridas de las emociones, descansa sobre la atención vertida al desarrollo de la emoción, es decir, ya no al estado, ni a la experiencia (en el sentido tan mentado de Lewis), sino a la emoción como un todo, como un complejo de múltiples elementos en interacción, es decir, a la emoción como proceso.

Sin embargo, cabe preguntase cuánto de lo que incorpora esta perspectiva diacrónica en rigor echa luz sobre el fenómeno, y cuánto del cambio de perspectiva es un mero cambio de nombre.

Imagínese que está viajando en el subterráneo, escucha que alguien lo increpa, con un grito violento “xv”. Claramente una <ofensa>. Usted reacciona: (siente que) su corazón late agitado, atisba a responder “ry”. Inmediatamente, se percata de que aquel es en realidad un actor que está desarrollando un personaje, que en realidad no le hablaba a usted, sino a quien está a su lado, otro actor inmiscuido en la muchedumbre. Su respuesta “ry” ya no tiene sentido en el contexto actualizado (esto es una obra de teatro, esto es una ficción, eso no es una verdadera <ofensa>). De manera que su reacción o respuesta termina por desaparecer por completo.

El esquema dual de LeDoux me permite explicar la reacción temprana (que luego queda trunca): hay activación fisiológica, me enojo (me ofendo), hay emoción, aunque luego esa emoción se disipa, al rever el “estatus” de la situación, es decir, al recibir la información completa. Como he dicho, algunos teóricos cognitivos se refieren a ese estadio de reelaboración como una revaloración (reappraisal) de la situación, motivados especialmente por la idea de que todo cambio emocional –ya sea en la producción o inhibición de la emoción– se explica por una modificación en la valoración que la origina.

El esquema dinámico de Robinson diría que allí hubo inicialmente una valoración afectiva que dio inicio al proceso emocional, pero que luego fue corregida por la valoración más completa o adecuada de la situación. Es decir, por acción del monitoreo cognitivo que modifica nuestras respuestas, cambia el foco y se modera la conducta. Si entiendo bien la perspectiva de Robinson, en una situación como la descripta, hubo una emoción (aunque todavía se pueden discutir algunos matices extras, como si cabe la diferencia entre estar enojado y sentirse enojado). El enfoque dinámico no parece avanzar conceptualmente sobre lo ya previsto por el modelo de procesamiento dual de LeDoux. O ¿acaso cabría decir que Robinson no consideraría que allí hubo genuinamente una emoción (breve), puesto que la evaluación cognitiva acaba por desestimar la situación como relevante afectivamente? Guiándome por la propia descripción que hace Robinson y su comparación con la versión también dinámica que brinda Ellsworth, me vería obligada a decir que sí hay una emoción allí, puesto que hubo una valoración afectiva, que serían esas valoraciones simples que sirven como puntos de entrada al reino de las emociones (Ellsworth, 1994, p. 227). Robinson concluye su comparación diciendo que “un proceso emocional es siempre disparado por una valoración afectiva no cognitiva. No llamaríamos emocional a un proceso a menos que exista una valoración tal que dispare las respuestas emocionales (fisiológicas) y sus tendencias de acción asociadas” (Robinson, 2005, p. 77).

4.5.2.2. Dinamismo y fusión

La segunda consecuencia importante que surge de la revisión de Ellsworth (1994) es que los estados emocionales particulares son relativamente raros: nuestra vida emocional transcurre en oleadas (streams), que están cambiando todo el tiempo en respuesta a las valoraciones, las acciones y los estados corporales, también en constante cambio. ¿A esto se refiere Robinson cuando defiende una perspectiva dinámica? Entiendo que no.

El punto de la autora para reivindicar el proceso detrás del “fenómeno” emocional es justamente concederles en parte cierta razón a las perspectivas cognitivas y no cognitivas, y la clave de la restitución es la temporalidad: esto que se viene pensando como un fenómeno que aparece luego de un conjunto de estímulos apropiados en rigor estaría conformado por dos etapas (en principio). La corriente tradicionalmente no cognitiva describiría –bastante– adecuadamente la primera de esas etapas, mientras que la perspectiva cognitiva explicaría la segunda.

Pero este esquema es una hipersimplificación de la esfera emocional, puesto que, en rigor, según esta perspectiva de la emoción como proceso, la vida toda estaría siendo constantemente revalorada y, con ello, resignificada. De manera que es razonable preguntar cómo (re)conocemos a las emociones. En esta perspectiva dinámica, ¿dónde termina una emoción y dónde comienza otra? Robinson afirma:

Los estados emocionales particulares nombrables en esta perspectiva son típicamente reconocidos luego del evento “cuando la emoción ha sido catalogada en el recuerdo/memoria”. De modo que, es sólo luego del evento que nosotros (o nuestros amigos) describimos una situación como aquella en que estaba triste, furioso o celoso, avergonzado, culposo o meramente arrepentido, o calmo, aburrido o cansado del mundo. Es usando las palabras ordinarias de emociones que tratamos de dar sentido y de explicar nuestras experiencias emocionales. (Robinson, 2005, p. 79)

De manera que, si nuestra vida emocional se encuentra continuamente sujeta a las influencias de distintos tipos de valoraciones (afectivas y cognitivas), la experiencia emocional se define por esta condición fluida, y las distinciones que hagamos serán meramente conceptuales. Quiero decir que, entonces, cuando afirmo que en una situación particular tuve miedo, no estoy describiendo, no busco captar de manera estricta ni precisa un episodio ocurrido en mí (en mi cuerpo y mente). Esa presunta descripción de mi emoción “tuve miedo” incluye un recorte (quizás no del todo justificado) sobre nuestra experiencia, continua. Es en un sentido similar en que Lazarus nos advertía tempranamente que “cognición y emoción están usualmente fusionadas en la naturaleza” (Lazarus, 1982, p. 1019), tesis a la que más tarde le añadirá un tercer elemento, la motivación, con lo que dará lugar a su famosa tesis de la conjunción e interdependencia de la emoción, cognición y motivación (Lazarus, 1999, p. 13). En pocas palabras, emoción, cognición (y motivación) se encuentran fusionadas en la experiencia.

4.5.2.3. La fase final del proceso: el relato

Ahora bien, concedida la triple interdependencia (o fusión), esta no constituye un obstáculo decisivo. Sigel (1986) advierte que “no hay categorías en la naturaleza. Construimos las categorías, definimos sus parámetros y nos esforzamos por descubrir instancias legitimas que representen estas categorías” (Sigel, 1986, p. 214). Nuevamente, las distinciones son conceptuales. ¿Y por qué implementamos estas distinciones? ¿Por qué invertimos tanto empeño, por qué ponemos tanto esmero en inventar estructuras (categorías) y luego en llenarlas de contenido? Porque necesitamos saber, entender, necesitamos dotar de sentido nuestra propia experiencia. Y por eso Robinson nos dice que, entre las revaloraciones que el ser humano habitualmente realiza, luego de que tienen lugar las valoraciones afectivas no cognitivas, está el (intento por) explicar la emoción en términos de la psicología folk, nombrándolas (Robinson, 2005, p. 79). En la vida cotidiana, tenemos la tendencia a volver la atención sobre nuestras experiencias acaecidas (nuestras reacciones, conductas en general, incluyendo sensaciones), generándonos una suerte de “relato” acerca de nuestra propia vida. Buscando una explicación psicológica por mi conducta y por mi estado fisiológico, etiqueto (label) mi experiencia con alguno de los nombres que tengo disponibles (según mi lenguaje[34]), y hasta puedo llegar a especular y hacer inferencias acerca de qué disparó en mí “celos” o “ira”. En pocas palabras, reflexiono sobre el curso (stream) de mis respuestas emocionales y trato de apreciar (assess) en términos folk qué las provocó y cómo las puedo categorizar (Robinson, 2005, p. 80)[35].

Existen, en efecto, discusiones sumamente interesantes respecto a cómo caracterizar los conceptos ordinarios de emociones (Ortony, Clore, & Foss, 1987; Russell, 1991), tal como traté en el capítulo 1. Pero debe notarse que aquella discusión es claramente una disputa acerca de semántica emocional, y no acerca de los eventos emocionales propiamente dichos. Robinson advierte:

Es importante que quede claro que al hacer valoraciones folk-psicológicas (estaba celoso, resentido. etc.) estoy realizando apreciaciones post-facto [after-the-fact assessments] de mi estado emocional y que tales apreciaciones son propensas al error. Cuando realizo tales valoraciones, no estoy reportando sobre la secuencia real de valoraciones y revaloraciones que tuvieron lugar en mí (Robinson, 2005, pp. 80-81).

Los nombres “miedo”, “celosa” no refieren –ni apuntan a hacerlo– a ningún subconjunto de cambios corporales, ni de valoraciones afectivas (por otra parte, involuntarias, rápidas e inconscientes) en particular, puesto que “la secuencia real de valoraciones que ocurre cambia muy rápidamente y yo típicamente soy inconsciente de ello” (Robinson, 2005, p. 81).

Más bien, estas categorías emocionales, y la aplicación de esas etiquetas, entran en juego cuando hay inquietudes que resolver, cuando necesito dar cuenta de mis modos de proceder. Y más aún, tienen especial importancia puesto que me permiten “hacerme cargo” de la situación, responsabilizarme, en cuanto que, tal como dice Robinson, entender el porqué de nuestro comportamiento “nos da al menos una ilusión de control”, aunque más no sea una mera versión de lo sucedido, haciendo lugar a la tan mentada agencialidad que buscaba Solomon.

Es aquí, entonces, donde aparecen las emociones, entendidas como motivos (Kenny, 1963): “Típicamente es sólo cuando me encuentro conflictuada por el modo en que reacciono o por el modo en que me siento, que busco una explicación para mi reacción emocional y/o sentires en términos folk psicológicos” (Robinson, 2005, p. 80-81).

De manera que, al esquema general (1. A 3.), cabría agregarle un cuarto paso, aunque este resulte, en efecto, opcional o dispensable.

  1. Buscando una explicación psicológica por mi conducta y estado fisiológico, etiqueto mi experiencia con alguno de los nombres que tengo disponibles.

El sujeto podría seguir adelante con su vida, sin tener necesidad de reflexionar sobre sus experiencias y sus modos de relación con su entorno. Esa era precisamente la diferencia que subrayaba Goldie (2000b) con su distinción entre, por una parte, los sentires corporales y sentir “hacia” y, por la otra, la conciencia reflexiva del sentir (véase 2.4).

Pero, más aún, podríamos imaginarnos un sujeto, Mario, que, aunque con una moralidad un tanto polémica quizás, va por la vida de manera irreflexiva, de modo que, si bien reacciona ante sus pares y el mundo, lo hace sin tomarse el trabajo de analizar su comportamiento con mayor detenimiento. Es decir, Mario, sumamente absorbido por sus experiencias inmediatas/presentes, no vuelve su conciencia a sus experiencias pasadas –recientes o remotas–, no reflexiona sobre las causas ni los objetos de sus reacciones. No conforma “explicaciones” de sus conductas. De modo tal que, si admitiéramos que la emoción se configura como tal una vez que aparece la etiqueta (erigiendo esta suerte de “relato” emocional que, como he dicho, se constituye ex post facto), entonces, cabe preguntarse si Mario tiene emociones. Y la respuesta, un tanto contraintuitiva, es que no. Aunque Mario reacciona, su cuerpo se manifiesta (hay cambios corporales), es decir, aunque Mario valora afectivamente su entorno, puesto que no se “apropia” de su situación, no construye su relato o versión de los hechos, no tiene sentido decir que Mario sienta emociones. Una vez más, se hace necesario distinguir entre emociones como sentires (que Mario sí tendría) y las emociones como motivos, de las que Mario carece.

Así entendidas las emociones, como el todo conformado por la valoración afectiva inicial (que le pone la emocionalidad a la emoción), la valoración cognitiva permanente, que monitorea todo el proceso, y la etiqueta folk psicológica, que lo dota de sentido, resulta que aquello que parecía ser una perspectiva híbrida resulta ser tan exigente, en términos cognitivos, como las demás perspectivas cognitivas clásicas.

4.5.3. ¿Error, autoengaño o infalibilidad?

Existe una cuestión adicional, no menos importante, que se origina en el rol preponderante que adquiere la etapa del relato, o de explicación del proceso. Robinson afirma que esta es un juicio sumario, una valoración que resume lo que yo supongo que estaría sucediendo, qué deseos debí haber registrado como estando en riesgo, etc. Naturalmente, puesto que la autora defiende explícitamente una posición dinámica, la posibilidad de que esta nueva valoración introduzca cambios, altere el curso del proceso emocional, no es visto como un obstáculo. Sin embargo, y puesto que las causas, los objetos emocionales y las circunstancias eventuales no son completamente transparentes, existe cierta tendencia a que las personas etiqueten sus emociones del modo en que les resulte más conveniente. Es decir, esta instancia de “explicación” es una instancia fuertemente interpretativa, en la que predominan los modos que resultan más “confortables” para el sujeto, por sobre la búsqueda de veracidad y precisión descriptiva. Veamos este punto con un ejemplo.

Escenas de la vida cotidiana. Estela y Carlos suelen ir a cenar al mismo restaurante todos los domingos. Esta vez, además, celebran que Carlos ha recibido un premio por su trayectoria profesional. Conversan plácidamente mientras esperan su mesa. Sin embargo, la atención de Carlos se desvía cuando ve que un grupo de personas ingresa al establecimiento. Al ver a Carlos, se aproximan a saludarlo, entre ellos, unas muchachas muy simpáticas que muy efusivamente lo congratulan. Estela observa tímidamente la situación y sonríe, esperando la debida presentación, pero, luego de un breve intercambio de abrazos y apretones de manos, ellos se alejan. Estela se incomoda. Al cabo de unos minutos, son invitados a sentarse. Se acerca el mozo, ofrece un menú, Carlos lo toma, y el mozo se retira. Carlos quiere conversar con su esposa acerca de qué ordenar, pero se encuentra a Estela con el ceño fruncido, un tono de voz elevado y una actitud general molesta. Al preguntarle qué le sucede, Estela dice que está bien, que nada pasa, mientras empuña el cuchillo, rabiosa. Rápidamente reacciona y nota que en efecto se encuentra “alterada” y agrega:

—Sí, estoy disgustada, el mozo me ofendió, al ignorarme y no entregarme un menú, me faltó el respeto.

La situación ilustrada me permite llamar la atención sobre distintas cuestiones. La primera es sobre la atribución emocional y la prioridad de la primera persona. Por una parte, Carlos (observador externo) percibe ciertos rasgos en el rostro, en la actitud corporal, en el tono de voz, etc., de Estela que le sugieren que ella está enojada. La activación emocional se manifiesta a través de un conjunto de variables corporales. Carlos “lee” en el rostro y la actitud corporal de su esposa signos de enojo, y consiguientemente le atribuye el estado emocional apropiado: “Estás enojada”. Por otra parte, Estela, protagonista del episodio emocional en primera persona, no ha tomado debida cuenta del evento, y, cuando su marido le pregunta qué le sucede, ella niega estar atravesando una emoción (sin estar mintiendo deliberadamente, al menos en esta instancia inicial). La atribución que realiza Carlos entra en conflicto con la autoatribución que Estela realiza. De haberse mantenido en esa posición negadora, ¿a quién habría que creerle?

La segunda cuestión versa sobre la causa o el disparador inicial de la emoción que se desarrolla. Afortunadamente, Estela toma conciencia de que algo le pasa y admite estar molesta. Y es que, a pesar de no haber reconocido de modo inmediato su afectación emocional, el proceso emocional se encontraba ya iniciado. Sin embargo, al reconocer que está enojada, dirige su atención (¿equivocadamente?) hacia el mozo.

De acuerdo con las teorías cognitivas de las emociones, Estela estaría enojada (en sentido propio) solo si juzgara que algo la ha ofendido; de lo que se sigue que, si posteriormente alguien le señalara que no hubo ofensa alguna en el accionar del mozo y ella abandonara la creencia de que el mozo la había ofendido, consecuentemente debería desvanecerse la emoción. Es decir, si uno le señalase a Estela que no hay motivo para que se sienta ofendida, su enojo debería disiparse. Sin embargo, resulta esperable que Estela siga molesta. Para dar cuenta de esta situación, debe tenerse en cuenta la distinción que realiza Kenny (1963) entre causa y objeto de una emoción: no es necesario reconocer algo como la causa de mi emoción para que esta opere como desencadenante de una emoción. De manera que, incluso si Estela se mantuviera firme en la idea de que nada sucede y no volviera su atención hacia sus sensaciones y la situación que la rodea, podríamos igualmente reconstruir la escena, desde un punto de vista externo, señalando que la causa de su estado fue el “desprecio” sufrido (por parte de su marido, al no presentarla).

La tercera cuestión refiere a la distinción entre el objeto formal (intencional) y el material de la emoción que se desarrolla. Estela finalmente reconoce su enojo y lo explica (lo hace inteligible de algún modo) ubicando al mozo como el origen de la ofensa. De acuerdo con la tesis cognitivista, para que un estado emocional se constituya en enojo, algo del estilo de una ofensa tiene que haber acontecido. De modo que, aun si Estela se equivocara al señalar al mozo como el destinatario de su enojo, es posible que igualmente esté acertando en cuanto al tipo de emoción.

Recuérdese la distinción que reintroduce Kenny respecto a los objetos formal y material de la emoción. Cuando Kenny dice que “el objeto del miedo es aquello que es temido” (Kenny, 1963, p. 188), no está refiriéndose a ninguna instanciación particular de ofensa, sino a aquello que todas tienen en común.

Lo que es temido, o lo que me ofende, de modo general, representa el objeto formal de las emociones de miedo o enojo, lo que no implica en principio ningún constreñimiento respecto a lo que de hecho funcione como objeto material de la emoción, mientras que cada objeto o evento particular (distintas acciones posibles del mozo, de su marido, o de los inesperados visitantes) podrían convertirse en objetos materiales.

Finalmente, una cuarta cuestión radica sobre la influencia del relato/la etiqueta. Estela admite que está enojada por el destrato recibido por el mozo, y al minuto recapacita y reconoce que aquello no fue intencionalmente una ofensa (estrictamente, se produce una revaloración de la situación). Y aquí podrían suceder al menos dos cosas: (a) Estela ya no se siente ofendida, su rostro pierde todo rasgo de enojo y Estela recupera la dulce mirada que la caracteriza; o (b) Estela sabe que el mozo no quiso ofenderla, pero, sin embargo, sigue sintiéndose incómoda. Es posible que a continuación encuentre otro elemento del entorno que explique su alteración.

Pero resulta bastante evidente que en realidad Estela se sintió sumamente insegura al ser ignorada por su esposo y no ser debidamente presentada, vio a su marido flirtear con jóvenes muchachas, y se puso celosa. Pero Estela no se ve a sí misma como una mujer celosa ni insegura. De modo que, si ha de reconocer alguna emoción, ella habrá de ser miedo, enojo, asco, pero nunca celos (esa etiqueta no está disponible).

Entonces, ¿Estela estuvo enojada, celosa, o qué?[36] Desde mi punto de vista, la ausencia de una respuesta unívoca a esta pregunta configura un obstáculo sustancial para la teoría dinámica de Robinson. Las emociones deben ser entendidas, en última instancia, a la luz de la etapa final del proceso, incluyendo necesariamente las modificaciones introducidas por el relato y las valoraciones folk psicológicas; será menester precisar condiciones de corrección más precisas.

4.6. Las teorías psicosomáticas de las emociones

En este capítulo presenté algunos desarrollos teóricos que, habiendo identificado el conflicto detrás del debate entre teorías somáticas y cognitivas, se proponen superarlo: “Parece que la mayoría de los teóricos acuerda en que las emociones son disparadas por valoraciones, aunque existe un desacuerdo acerca de si estas valoraciones son cognitivas o corporizadas” (Robinson, 2009, p. 653). Tal como he señalado, uno de los modos de resolver el conflicto es, como hace Robinson, admitir que hay instancias o momentos del proceso complejo en los que aquellas valoraciones son cognitivas y otros en los que no lo son. En este tipo de compromisos, radica el carácter híbrido de las propuestas aquí examinadas.

No obstante, los enfoques híbridos contienen un profundo problema: pasan por alto que las perspectivas que buscan reconciliar, en el fondo, esconden un cambio de tema. El verdadero modo de hacer lugar para las intuiciones de cada enfoque no implica acomodarlas en una teoría (psicosomática en este caso), en un mismo nivel, sino más bien resulta de atender a las motivaciones que subyacen a cada una de las corrientes, y cuya correcta integración implica la construcción de un ámbito más amplio, en lugar de la sintetización o hibridación de estas.

Uno de mis objetivos apunta que la teoría de las emociones debe ser capaz de dar cuenta del hecho de que las emociones son estados perceptuales brutos (son modos de percibir con sentires), que nos ayudan a clasificar el mundo de determinado modo. El punto es que las emociones son modos irreflexivos de relacionarnos con el mundo (como dice Prinz). Pero también se puede reflexionar sobre ellas, como reflexionamos sobre otros “estados o cosas del mundo”. Mi reacción emocional de inmediato está ahí, en el mundo. ¿Vuelvo mi atención sobre ella? A veces, sí. Y cuando lo hago, la transformo, al etiquetarla, la racionalizo, la incorporo a mi sistema de creencias y mi imagen propia, etc.

La primera parte de la solución que sugiero depende de formular una concepción que dé cuenta del carácter transaccional de la emoción (entendida somática/fisiológicamente, como ya dije), de lo que me ocuparé en el próximo capítulo.

Pero el punto principal que deseo defender, y que constituye el núcleo de mi perspectiva en torno a las emociones, es lo que la convierte en un sentido relevante en una perspectiva pluralista: es menester recoger los diversos “sentidos” de emoción, en lugar de construir una perspectiva híbrida que los mezcle (y cuya mixtura ocasiona en su lugar otro conjunto de problemas).


  1. La inclusión de Aristóteles dentro del conjunto de los teóricos psicosomáticos, sin lugar a dudas, resultará discutible para muchos. Por ejemplo, Arnold (1960), Lyons (1980, 1999), y Dalgleish y Power (2008) insisten en que la perspectiva aristotélica es cognitiva, y no meramente un precursor de la teoría cognitiva del siglo xx, como yo señalo. Más precisamente, es la Retórica (Aristóteles) la obra comúnmente considerada como la primera versión de una teoría cognitiva de las emociones, especialmente en virtud de la desaparición de toda mención al cuerpo y su rol en la activación emocional. Sin embargo, coincido con Colombetti (2014) en que, lejos de constituir una tensión dentro de la doctrina aristotélica, en la Retórica el propósito de Aristóteles no está orientado a ofrecer una definición precisa de lo que las emociones son (de su esencia), sino más bien a entrenar al orador en el arte de la motivación de emociones en el público. En este sentido, asumiré que la posición aristotélica ha quedado expresada en Acerca del alma, y debe ser incluida entre las posiciones psicosomáticas, aunque algunos otros escritos suyos hayan servido de inspiración para las teorías cognitivas modernas. La razón más fuerte para enfatizar esa distinción aquí radica además en evitar el anacronismo de atribuirle a Aristóteles una posición cognitivista que, como he tratado de mostrar, es de inspiración marcadamente cartesiana.
  2. Es una referencia directa a William James: “Ningún lector se verá inclinado a dudar del hecho de que los objetos sí producen [excite] cambios corporales a través de un mecanismo” (James, 1890, p. 743).
  3. Nótese también que es Jesse Prinz (2005a, 2005b) quien detecta cierto solapamiento conceptual dentro de la posición jamesiana entre la percepción de los cambios corporales y el sentir que de ellos tenemos, y que es él quien consigue la distinción conceptual que da lugar, entre otras cosas, a la posibilidad de que existan emociones inconscientes; volveré sobre Prinz en el próximo apartado.
  4. Me veo obligada a moderar parcialmente la objeción en vista de que James explícita e intencionalmente traza así los límites de la teoría somática que presenta. Allí distingue entre coarser y subtler emotions (James, 1890, p. 743) para abocarse allí al examen de las emociones que poseen una “expresión corporal distintiva” (James, 1884, p. 189), dejando para otra oportunidad a las otras. En efecto, la teoría somática jamesiana no explica (porque nunca se propuso hacerlo) más que las emociones primarias damasianas.
  5. Como quedará claro en breve, el sentir para Damasio es diferente que para James y Prinz.
  6. Aunque no constituya un objetivo específico en la concepción de Damasio, el hecho de que se superpongan con eventos reales también casos de situaciones imaginarias, es notable cómo permitiría explicar por qué hay emociones en el consumo de ficción (teatro, literatura, etc.).
  7. “Algunas de las imágenes que se evocan son no verbales (el aspecto de una determinada persona en un determinado lugar), mientras que otras son verbales (palabras y frases referidas a atributos, actividades, nombres, etc.)” (Damasio, 1994, p. 136).
  8. No se encuentra en el texto nada más que la simple afirmación de que las consideraciones sobre la situación son conscientes y deliberadas. Aquí Damasio no presenta más “evidencia” que la que surgiría de la previa apelación a la intuición del lector (“Imagine que se encuentra…”).
  9. Damasio denomina “representaciones disposicionales” a las pautas potenciales de actividad neuronal, es decir, consisten en un conjunto de neuronas que disparan disposiciones dentro del grupo (Damasio, 1994, p. 102). Esta es su solución al problema del almacenamiento y la recuperación de la memoria. La idea es que el conocimiento no se almacena como una imagen en alta calidad, con alto nivel de detalle, sino que aquello que se conserva es reconstruido o reinterpretado en la evocación misma. Eso que experimentamos como imágenes rememoradas son representaciones organizadas topográficamente, conformadas bajo la orden de patrones neurales disposicionales adquiridos.
  10. Así quedan excluidos de la situación otros elementos que podrían ser por sí mismos también responsables de respuestas emocionales, por ejemplo, si la comunicación es a través de un grito desesperado, este, por sí mismo, y sin importar el contenido de la advertencia, contribuirá a que se desencadene una emoción.
  11. Aunque esto pueda sonar extraño, también Prinz, otro neojamesiano, sostiene que, solo cuando las emociones son conscientes, hay propiamente un sentir. De lo contrario, habría emoción, pero inconsciente, no sentida (Prinz, 2005a, 2005b).
  12. La traducción de estos términos de la edición española de los libros es “sentimientos de emociones” y “sentimientos de fondo”; sin embargo, como advertí en la nota 14, opto traducir feelings por “sentires”.
  13. Es precisamente en esa dirección en que Prinz distingue entre la percepción de los cambios corporales y el sentir de los cambios corporales, que constituyen la experiencia emocional consciente. Asimismo, en la sección 4.4, examinaré en profundidad la propuesta de Prinz, que, como mencioné en la nota anterior, también provee un refinamiento de la noción jamesiana de “sentir”.
  14. Deigh (2014) es sumamente crítico de la solución que propone Damasio para salvar la exclusión jamesiana de las cogniciones: “La conjunción que Damasio postula implica solamente que las cogniciones acompañan a las emociones y no que sean componentes esenciales de las emociones. Así, su postulación de la conjunción es meramente un expediente ad hoc, uno que él considera necesario para explicar la importancia evaluativa de las emociones secundarias” (Deigh, 2014, p. 5).
  15. Goldie también da cuenta de esta diferencia entre el “sentir hacia” el objeto y el estado consciente o la experiencia emocional. A pesar de sus similitudes, Goldie no hace referencia a Damasio como posible precursor de sus ideas.
  16. En inglés, “as if” loop.
  17. Sin embargo, parece pasar por alto que Varela, Thompson y Rosch (1991) precisamente buscan abandonar este modo de abordaje representacional. Volveré sobre esto en el capítulo 5.
  18. Aquí se aparta de la posición tradicional, acuñando este nuevo término para distinguir un tercer tipo de estado, ni doxástico y subdoxástico. Respecto a la caracterización de los estados infradoxásticos, Charland resulta poco claro, y meramente afirma que deben ser diferenciados de los subdoxásticos puesto que no se compromete con que sean estados no conceptuales.
  19. La misma estrategia será adoptada también por Prinz (véase 4.4.)
  20. “Nuestra capacidad para describir verbalmente no se asemeja a nuestra capacidad para discriminar sensorialmente. Esta disparidad surge de una diferencia fundamental entre la estrategia de codificación empleada en el lenguaje y la estrategia de codificación empleada en el sistema nervioso. El lenguaje emplea un conjunto discreto de nombres, decididamente finito en número, y se apoya en metáforas pobres cuando la sutileza de la situación sensorial escapa a los nombres estándar, lo que regularmente ocurre. En contraste, el sistema nervioso emplea un sistema combinatorio de representaciones, uno que permite un análisis de grano fino para cada una de las sutilezas sensoriales que encuentra. Esto nos permite discriminar y reconocer mucho más de lo que típicamente podemos poner en palabras” (Churchland, 1995, p. 21).
  21. Tye, en efecto, se ocupó específicamente de las emociones en un trabajo posterior (Tye, 2008).
  22. En un libro un poco posterior, Damasio da cuenta de un nivel adicional que coincidiría con esta descripción: “El impacto total y duradero de los sentires requiere consciencia, porque sólo junto con el advenimiento del sentido de yo es que los sentires se vuelven conocidos al individuo que los tiene” (Damasio, 1999). De este modo, pueden distinguirse conceptualmente tres etapas, dentro del continuo que es el fenómeno emocional: un estado emocional, un estado de sentir y un estado de sentir hecho consciente (Damasio, 1999, p. 37). Sin embargo, el estado de sentir en sí mismo no implica que el que siente esté siendo completamente consciente de la emoción que se está desarrollando. El estado de “sentir hecho consciente” sería equivalente al estado de conciencia reflexiva del sentir del que habla Goldie, es decir, estados cognitivos aludidos por Charland.
  23. “Alguien podría sugerir que quizás deberíamos tener otra palabra para ‘sentires que no son conscientes’ pero no hay ninguna” (Damasio, 1999, p. 37). En efecto, en el contexto de la perspectiva de Prinz, como quedará claro a continuación, un sentir inconsciente es imposible, es una contradicción. Lo que sí es posible, en sus propios términos, sería una percepción inconsciente (esta sería la novedad, y lo que también Damasio necesita), que se convierte en sentir cuando se vuelve consciente (i.e. cuando la atención se vuelve sobre él, tornándolo consciente).
  24. Véase Prinz (2002) para conocer su posición general respecto de la noción de “representación” y su relación con lo que representa.
  25. Prinz se mantiene neutral con respecto a la estructura de las emociones y demás estados internos que contribuyen a la respuesta emocional.
  26. Aunque, sin embargo, puede ser objeto de dilucidaciones ulteriores.
  27. Nótese la cercanía con las siguientes palabras de Arnold: “El proceso por el cual estimamos si una cosa es perjudicial o bueno para nosotros es similarmente directo e intuitivo, oculto a la inspección. Una reacción de miedo o ira sigue tan rápidamente a una amenaza repentina que puede ser casi imposible separar la percepción, la apreciación y la emoción. En otros casos, no hay un intervalo perceptible de tiempo entre captar el sentido de la situación y sentir la emoción, pero puede haber un intervalo perceptible entre percibir la situación y comprender lo que significa para nosotros. El hecho de que la percepción y la apreciación pueden ser así separadas, demuestra que la percepción sensorial sola no es suficiente para una emoción” (Arnold, 1960, p. 188). 
  28. Recuérdese la diferencia entre causa y objeto de la emoción que recupera Kenny siguiendo a Wittgenstein (1988, v. 476 y ss).
  29. No está tematizada qué noción de “proceso” es la que está en juego, más bien parece estar asumiendo que un proceso es una sucesión de estados. Ahora bien, sostener que hay procesos (es decir, varios estados vinculados por algún tipo de relación) no comporta novedad sobre la posición cartesiana: “Art. 27. Definición de las pasiones del alma: Después de haber considerado en qué difieren las pasiones del alma de todos los demás pensamientos de la misma, creo que se puede en general definirlas como percepciones, o los sentimientos, o las emociones del alma, que se refieren particularmente a ella, y que son causadas, sostenidas y fortificadas por algún movimiento de los espíritus” (Descartes, 1649).
    Tampoco el énfasis puesto en el carácter dinámico es novedoso, que está también en las perspectivas de Scherer (1982, 1984) y Ellsworth (1994).
  30. En rigor, el punto 3 debería presentarse como una etapa prescindible del proceso: no siempre es necesario, pero es típico. Desde mi punto de vista, sería más adecuado pensar en ese estadio del proceso como parte de otro proceso, un proceso ulterior al del episodio emocional propiamente dicho, vinculado a mecanismos regulatorios (procesos de regulación emocional).
  31. Más recientemente se ha ocupado de revisitar la cuestión en torno a la naturaleza de las valoraciones afectivas incorporando alternativas provenientes de los enfoques postcognitivistas; por ejemplo, considera la posibilidad de que estas valoraciones afectivas sean entendidas a la luz de conceptos como los de “affordance emocional” y “percepción de affordances” (Robinson, 2017).
  32. Véase apartado 4.5.2.3.
  33. Robinson está pensando que estas valoraciones cognitivas son las mismas que han sido protagonistas de las teorías cognitivas, y es exactamente en ese sentido en que las valoraciones cognitivas pueden ser conscientes e inconscientes (y automáticas); una vez más, ser cognitivo no implica ser consciente ni deliberado.
    Quizás un modo de entenderlo sea decir que eso que es consciente y deliberado en un momento se automatiza por el hábito, como se automatizan otros mecanismos aprendidos (conducir un auto, por ejemplo).
  34. Adviértase la influencia del lenguaje sobre campo emocional (por ejemplo, el japonés Amae). El inglés tiene más de dos mil palabras para emociones, pero, sin embargo, este idioma tiene los recursos para nombrar todas las emociones sutiles de las que las personas son capaces.
  35. Nótese el cambio de enfoque, y cómo la perspectiva híbrida de Robinson estaría haciendo lugar también para responder las preguntas de los teóricos cognitivos.
  36. Peter Lang (2010) defiende una perspectiva compuesta de tres sistemas: las emociones pueden ser manifestadas en conducta, reportes verbales o fisiología, aunque el nivel de respuesta no necesariamente es consistente en estas. Así, el reporte verbal puede no coincidir con el nivel de excitación autonómico; ejemplo de quien no confiesa estar nervioso, pero, sin embargo, tiene palpitaciones mientras duerme.


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