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Prólogo

Diana Pérez

Escuchamos música, apreciamos una pintura, vemos una película, vamos a la cancha a apoyar a nuestro equipo favorito, jugamos con nuestros hijes, charlamos con amigues, recibimos un correo electrónico o un mensaje de texto, vemos un meme en nuestras redes sociales, saboreamos una torta que nos recuerda a nuestra abuela, esperamos el resultado de las elecciones generales, miramos el cielo… No importa qué estemos haciendo, si examinamos detenidamente lo que nos ocurre, sin duda nos daremos cuenta de que alguna u otra emoción nos está atravesando. Nuestra vida afectiva está despierta en todo momento, aunque estemos sentados mirando una pared. Las emociones son tan ubicuas que ni las registramos. Solo las registramos cuando hay cambios bruscos: estamos caminando tranquilos y… zas, una serpiente adelante de nosotros, o estamos viendo una película y nuestro personaje favorito sufre un accidente. Sin embargo, toda nuestra vida y nuestros pensamientos están teñidos afectivamente.

A pesar de que las emociones son ubicuas en nuestras vidas, han sido históricamente desatendidas en la filosofía (sobre todo en el canon filosófico), así como en las ciencias de la mente hegemónicas (es decir, las ciencias cognitivas). La imagen del ser humano que reina en estos ámbitos es la de un sujeto/agente racional, que no está involucrado ni valorativamente ni afectivamente con lo que hay a su alrededor, que calcula sus acciones con base en información objetiva y bien fundada del mundo, que actúa basándose en sus propias preferencias y creencias individuales, que considera al contexto y a los demás como existencias contingentes para su vida. Pero, en realidad, esta es una imagen bastante distorsionada de lo que somos.

Lo cierto es que los seres humanos somos animales gregarios, sociales, que estamos primariamente involucrados con nuestros congéneres y nuestro mundo circundante, un mundo que no nos es indiferente ni neutral, que está siendo constantemente evaluado y reevaluado para lograr el éxito de nuestras acciones. Un mundo que reconfiguramos para que sea nuestro, para que nos permita tramitar nuestra vida apaciblemente, sin sobresaltos, rodeada de afectos, humanos y no humanos, un mundo hecho de artefactos culturales y prácticas normadas, instituciones y ritos. Somos entonces existencial-duales: por un lado, formamos parte del mundo biológico y valoramos el mundo en función de cómo nos permite o no llevar adelante nuestras vidas y satisfacer nuestros propósitos vitales, y, por el otro, pertenecemos al mundo social y cultural en el que habitamos. Esta dualidad implica complejidades peculiares en el estudio de los fenómenos humanos en general y de las emociones en particular.

Pocos son los libros que atienden el fenómeno de las emociones, conjugando teorías psicológicas y filosóficas (y muchos menos los que lo hacen en español). Las ciencias de la mente han dado pasos agigantados en el último siglo, pero la clarificación conceptual y la evaluación crítica, propias del trabajo filosófico detenido y concienzudo, son indispensables para abordar un tema como este. Los fenómenos emocionales son lo suficientemente complejos y heterogéneos como para requerir de una mirada abierta, plural, también compleja, que no tema abrevar en fuentes diversas para lograr su comprensión.

El libro que están por leer es un ejemplo de lo que se consigue con una mirada atenta, reflexiva y abierta. Aborda los fenómenos afectivos desde múltiples teorías (somáticas, cognitivas, enactivas) y desde el punto de vista de varias disciplinas teóricas (filosofía, psicología, biología). Presenta rigurosamente cada teoría, destacando virtudes y defectos, llevándonos a profundizar en la comprensión de estos fenómenos tan ubicuos como centrales en nuestras vidas. Pero, además de explorar estas teorías, la autora se propone un objetivo ulterior, que es evaluar la viabilidad de una teoría científica de las emociones, y explorar la forma que dicha teoría debería adoptar. Sin ánimo de contar cómo termina el cuento y arruinar el suspenso, basta decir que la visión pluralista propuesta por la autora no solo abarca el fenómeno emocional en sí mismo, sino también sus modos de acceso y estudio. Sin duda, quien lea este libro ganará una visión amplia y polifacética del fenómeno emocional en sus variadas dimensiones.



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