Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

2 Públicos y audiencias: un recorrido posible

II.1 Derroteros conceptuales

II.1.1 De las audiencias y los públicos

Dada la perspectiva en la que nos inscribimos y el objeto que procuramos construir, nos resulta de interés abordar los principales aportes y antecedentes de investigación de los trabajos que indagan la cuestión de las audiencias y los públicos, atendiendo de manera especial al modo en que se estructura la relación de los individuos y colectivos con los medios.

Si bien desde el estado actual del campo estos conceptos implican claras diferenciaciones, intentaremos reconstruir el proceso a partir del cual las mismas se han conformado, en pos de demarcar mojones conceptuales que irán construyendo nuestra propuesta de abordaje teórico.

En este marco, es claro que nuestro trabajo implica discusiones en torno a la cuestión de la recepción, que se desarrolló en el campo de la comunicación especialmente durante la década de los ochenta y la de los noventa. Sin embargo, intentaremos no detenernos en este proceso de manera pormenorizada. Se trata de una definición sustentada en el hecho de que, si bien este conjunto de estudios construyó referencias conceptuales en el derrotero que nos lleva a pensar los públicos, profundizar en ellos podría conducirnos a desvíos innecesarios e improductivos a los fines del presente apartado.

Retomaremos centralmente los aportes realizados por autores del campo argentino de las ciencias sociales y el específico campo de la comunicación, así como los propios de autores e investigadores latinoamericanos. De todos modos, también consideraremos los desarrollos vinculados con los estudios culturales, cuyo origen puede situarse en Gran Bretaña.

A los fines expositivos hemos decidido organizar este recorrido a partir de un ordenamiento general de tipo cronológico, pero también temático. Por ello, quizás pueda pecar de cierta linealidad; no obstante, intentamos que nuestra mirada analítica repare en las continuidades, deslizamientos y rupturas que nos permiten concebir nuestro objeto.

II.1.2 El problema de las audiencias y los públicos

En su libro Audiencias, Cultura y Poder. Estudios sobre Televisión, Alejandro Grimson y Mirta Varela (1999) revisan las principales líneas de investigación y de debate sobre la cuestión de las audiencias de nuestro país, en vínculo con los desarrollos de América Latina y los estudios culturales. A una tarea similar, aunque con otras estrategias y recortes temporales, se dedica Florencia Saintout, en dos trabajos contemporáneos: Los estudios de recepción en América Latina (1998); ¿Y la recepción? Balance Crítico de los estudios sobre el público (2006). Por otra parte, de manera diferenciada, María Cristina Mata realiza una exploración muy amplia sobre el modo en que, desde distintos campos, se fue aportando a la construcción de las diversas formas de concebir las relaciones entre los medios y los públicos (1997). Adicionalmente, desde otras perspectivas, se puede citar otra producción clásica y especialmente relevante para nuestro trayecto: En busca del público (1997), editado por Dominique Wolton y Daniel Dayan, revisa desde la óptica europea la cuestión que nos convoca.

Cada uno de estos desarrollos está orientado por preocupaciones diversas y enfocado de distinta manera. No obstante, se trata de producciones que han operado como estructuradoras de las discusiones que abordamos, en tanto proponen líneas de lectura sobre las investigaciones y trabajos que guiaron la discusión general sobre los públicos mediáticos.

II.1.3 El germen de una problemática

Uno de los primeros antecedentes académicos que se registran en nuestro país, nos remonta a Sociología del Público Argentino de Adolfo Prieto (1956). El trabajo deposita su mirada en reconstruir las relaciones entre los escritores y el público literario, pero se destaca por su modernidad sociológica y su pretensión científica. En el contexto de un espacio académico en el que primaba cierto ensayismo que buscaba dar cuenta de la extendida preocupación sobre la cuestión de las masas y la irrupción del fenómeno de medios como la radio y la TV, la propuesta de Prieto se diferencia por su sistematicidad y rigor (Grimson y Varela, 1999). Atraviesan a estas preocupaciones académicas el novedoso proceso político, social y cultural del movimiento peronista y la irrupción pública de enormes colectivos de obreros y trabajadores en el espacio público y los circuitos culturales. Para María Cristina Mata (1998), el texto de Prieto se muestra como uno de los iniciales aportes teóricos basados en estudios empíricos por fuera de las producciones ensayísticas. En La sociedad de los públicos, Mata propone articular el trabajo de Prieto con los propios de Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, como aportes de la sociología argentina de la literatura para pensar la cuestión de los públicos.

En esa línea, especialmente del texto Literatura/Sociedad de Altamirano y Sarlo, se destaca que “va a predominar como postura clave para la comprensión del público lector, la idea de relación” (1999: 60). En ese sentido, concebir de manera vincular las obras literarias y los lectores constituía un gesto teórico presente en otros autores de la sociología literaria; no obstante, para Mata, en línea con el inicial aporte de Prieto, Altamirano y Sarlo avanzan en aprehender estas relaciones de manera más amplia y compleja. En fuerte vínculo con los desarrollos de Robert Escarpit, pero también de Arnold Hausser, Raymond Williams y Pierre Bourdieu, Altamirano y Sarlo dibujan un “modo de concebir al público lector como producto de las obras literarias pero, a su vez, como condición para la producción de las mismas”, lo cual “les habilita a realizar un recorrido histórico en los modos de leer propios de distintas épocas que no estará ya referido preferentemente […] a lo que de ellos puede inferirse a partir de las obras literarias y sus comentarios, sino a lo que una más amplia historia cultural revela[1] (Mata,1998: 61).

Para Grimson y Varela, el trabajo de Prieto y la perspectiva de la sociología literaria, además de enriquecer el modo en que se construye la mirada sobre el público, se torna relevante dado el proceso analítico correlativo entre medios y públicos y por la necesidad que plantea de comprender a estos nuevos colectivos en “la intersección de experiencias culturales diversas” (1999: 46).

Otro antecedente inicial y similar al de Prieto, orientado a construir conocimiento científico sobre las relaciones entre medios y los nuevos públicos que se constituyen en torno a lo mediático y otras prácticas culturales, es el trabajo de Regina Gibaja denominado Estudio sobre el público asistente a exposición de bellas artes (1964). Allí, la autora intenta construir datos cuantitativos -mediante el instrumento de encuestas- que le permitieran delinear la incidencia de las prácticas culturales tradicionales y los nuevos consumos mediáticos en la asistencia y valoración de los circuitos de bellas artes. Si bien se trata de una investigación de tipo exploratoria, resulta interesante observar el modo en que decide abordar los emergentes procesos culturales “y específicamente, la interacción de las formas de la cultura superior con las manifestaciones masivas” (Grimson y Varela, 1999: 47). Con fuertes preclasificaciones jerárquicas sobre las formas culturales, Gibaja apunta a demostrar que la cultura masiva penetra en todas las capas sociales sin distinción de nivel cultural ni económico. Y allí radica la importancia de los procesos que se buscan aprehender ya que “el estudio de las audiencias de estos medios y de su impacto en ella vale en tanto los medios de comunicación son indicadores de transformaciones sociales y canales de modernización o, en su caso, masificación” (Ibid: 48). De este fragmento, se observa con claridad que los nuevos objetos de indagación son posibles de delimitar en tanto se asume que las emergentes relaciones entre medios y públicos son parte de deslizamientos y modificaciones sociales y culturales más amplias.

Además, el trabajo de Gibaja se distingue por tratarse de uno de los primeros estudios enmarcados en las ciencias sociales institucionalizadas, en el cual se puede observar una preocupación por el consumo de la TV en distintos estratos sociales y la cultura masiva.

II.1.4 Institucionalización y la pregunta por la hegemonía

Algunos años más adelante, desde finales de la década de los sesenta e inicios de la de los setenta, conjuntamente con el progresivo y lento proceso de institucionalización del campo de estudios de la comunicación, las audiencias, la recepción, posteriormente el consumo, y de modo más amplio, las instancias de reconocimiento, las resistencias de los sectores populares y las luchas por el sentido, se mostraron como distintos modos de conceptualizar las prácticas y relaciones de los sujetos frente a los medios (Grimson y Varela, 1999: 48).

Atravesadas por los contextos sociohistóricos de altos niveles de avance organizativo de los sectores obreros y represión conservadora, y las perspectivas teóricas dominantes como el estructuralismo, por un lado, y la teoría crítica, por el otro, las discusiones, los debates y modos de conceptualizar estos problemas fueron siendo construidos en vínculo con distintas vertientes o corrientes del espacio político académico argentino y latinoamericano.

De todas maneras, vale mencionar que, a diferencia de desarrollos académicos de otros campos de estudios, las exploraciones en torno a la cuestión de la recepción, el consumo y, de manera más amplia, de las audiencias y los públicos de los medios nacieron, sin duda, relacionadas con un interés de tipo político. En ese sentido, ha sido claro que en la Argentina y en otros países de América Latina, estas temáticas fueron introducidas “como problema conceptual y metodológico desde los años setenta, en el marco de las preocupaciones políticas por la cultura popular” (Grimson y Varela, 1999: 11). Así, vinculada con la problemática de las mayorías y los procesos de sostenimiento de las hegemonías conservadoras, los investigadores de nuestro país, y en general de América Latina, abordaron el estudio de estas problemáticas como un modo de esbozar respuestas sobre el funcionamiento del poder, la construcción de los consensos y el lugar de los medios en dichos procesos. Como se ha sostenido, “este interés, marcado por una búsqueda de politizar la cultura y demostrar la relevancia de los procesos simbólicos para la política, se encuentra en la base de los análisis que rechazan a la vez el determinismo tecnológico y determinismo textual” (Grimson y Varela, 1999: 43).

En este marco, podemos detenernos en el modo de pensar “la invención cultural” (Grimson y Varela, 1999: 10) de las audiencias y los públicos por parte de tres grandes perspectivas que se pueden reconocer en la década de los setenta en nuestro país y cuyas discusiones encontraban eco en sus respectivas publicaciones. Nos referimos a las revistas Lenguajes; Cultura y Comunicación; y Crisis.

Lenguajes

Con la dirección del semiólogo Eliseo Verón y la participación activa de intelectuales de renombre como Oscar Steimberg y Oscar Traversa, entre otros, la revista Lenguajes, daba cuenta de la fuerte influencia del estructuralismo francés y la semiología en nuestro país por aquellos años.

Su postura, expresada con claridad desde el número uno de la publicación, trabajaba sobre la producción de significado y la propuesta de que dicho proceso no podía ser escindido del funcionamiento de la sociedad en su conjunto. En ese marco, este espacio académico desarrolló una crítica a cuatro reduccionismos: contenidismo, esteticismo, tecnologicismo y economicismo.

Grimson y Varela rescatan un artículo de Cohn -autor de origen brasilero-, en el que se recupera a Adorno para fundamentar un objeto de estudio que no era ni el emisor ni el receptor; se trataba de analizar el mensaje como mercancía: para considerarla al mismo tiempo como resultado de una modalidad de producción y como condicionantes de modalidades correspondientes al consumo.

Cohn articula, en esta línea, la propuesta de Eliseo Verón de analizar los discursos sociales (1974). Este posicionamiento que centraba la mirada sobre el discurso y sus condiciones de producción eludiendo la distinción de instancias, y por lo tanto, cierta inmanencia atribuida al momento de la producción, le valdrá al grupo Lenguajes una fuerte discusión con intelectuales vinculados a la publicación Comunicación y Cultura, que revisaremos más adelante (Schmucler, 1997).

No obstante, hacia mediados de los años setenta, esta corriente comenzó a modificar su inicial posicionamiento. Verón postuló dos instancias posibles y diferenciadas de estudio de los discursos sociales y el sentido en ellos investido. A partir de delinear distintos conjuntos de condiciones de producción, circulación y reconocimiento, propusieron diferenciar el sentido investido en la generación de los discursos y aquel que era reconocido, desde las instancias que más tarde fueron nombradas como recepción (Verón, 1974).

A partir de este deslizamiento, la apuesta, en definitiva, fue poner en juego el análisis de los discursos particulares con las condiciones de producción, circulación y recepción para, desde allí, poder dar cuenta del sentido producido. Así, todo sentido debía ser necesariamente comprendido desde su carácter social y no podían validarse procesos de análisis discursivo si esta condición no era puesta en juego en el trabajo del investigador.

Sin duda, los aportes de esta corriente -que a su vez deben ser comprendidos con los avances de la propuesta más amplia de la semiótica textual (Wolf, 1991)-, a los estudios de comunicación, en general, y a los estudios de recepción, en particular, son fundantes en tanto permitieron romper con las miradas homogeneizantes de la influencia de los medios sobre las audiencias. Posicionados desde este tipo de perspectiva, los estudios de comunicación pudieron resituar a los discursos mediáticos y despojarlos de su supuesta aura omnipotente en términos de significación. La complejidad de las relaciones entre emisores mediáticos, públicos y cultura, se torna evidente, pero ello no implica disolver las relaciones de poder que allí se ponen en juego.

No obstante, cabe mencionar que, en tanto la preocupación ha estado situada en la aprehensión de los sentidos investidos y reconocidos, esta corriente no parece haber hecho aportes relevantes para comprender el fenómeno de los públicos mediáticos. En esa línea, estos imprescindibles autores han realizado aportes más sustantivos para el desarrollo de los estudios de recepción que para el trabajo sobre los públicos desde el enfoque que nos interesa desarrollar.

Comunicación y Cultura

Los aportes del grupo organizado en torno a Comunicación y Cultura, fundamentalmente orientado como sabemos por el reconocido autor francés Armand Mattelart y el argentino Héctor Schmucler, también resulta especialmente relevante para nuestro trabajo.

Ambos intelectuales coinciden en su trabajo en la experiencia político cultural del Gobierno de Salvador Allende en Chile a principios de los años setenta. Allí vivirán y trabajarán durante el avance popular, y también durante el derrocamiento del Gobierno Democrático producido por el golpe militar encabezado por Augusto Pinochet en 1973.

Como hemos apuntado, durante principios y mediados de los años setenta se produce una fuerte discusión con los referentes de Lenguajes. En vínculo con la crítica del abordaje cientificista que Schmucler y Mattelart le atribuyen a este grupo, la discusión se orienta al modo en que los mensajes de los medios deben ser comprendidos. La falsa dicotomía entre ciencia e ideología permite a Schmucler y Mattelart mantenerse por fuera de las contingencias históricas. Para Schmucler (1997: 131-143), esa pretendida asepsia científica, opuesta con cierta vehemencia a la práctica política en la cual se encontraba involucrado, implica en la mirada analítica dejar de considerar las condiciones de circulación y recepción de las producciones culturales, en general, y de los discursos mediáticos, en particular. En esa línea, sostenía que

es preciso diferenciar distintos mensajes que se presentan a un mismo receptor que posee niveles diversos de experiencias, pues la capacidad de convicción de los medios está estrechamente ligada a los varios planos ideológicos que conviven en un receptor único (…) No se trata de modificar los mensajes solamente para provocar actuaciones determinadas; es fundamental modificar las condiciones en las que esos mensajes van a ser receptados (Schmucler, 1997: 141-142).

En cuanto a los aportes empíricos de esta corriente, resulta de especial interés destacar el estudio realizado por Michelle Mattelart y Mabel Piccini en Chile sobre la recepción de la TV por parte de distintas franjas de sectores populares del país trasandino. Se trata de una de las investigaciones empíricas más exhaustivas del periodo, en la cual los efectos de los medios reconocen barreras en la “conciencia de clase” y la experiencia concreta de los televidentes, “lo cual lleva a cuestionar el carácter omnipotente de los medios, así como la homogeneidad de las audiencias y se resquebraja también la noción de pasividad (como actitud ineludible) del receptor” (Grimson y Varela, 1999: 54).

En este marco, el reconocimiento de colectivos atravesados por condiciones políticas, culturales, con experiencias colectivas y biográficas diferenciadas y reconstruibles vinculadas con la historia social, local y nacional parecen ser aportes productivos para pensar nuestras preocupaciones. Además, esta inicial afirmación, retrabajada a lo largo de toda la década siguiente, implica también el reconocimiento de que en el ser público de los medios confluyen no solo las interpelaciones mediáticas que así emplazan a los sujetos sino también conjuntos de condiciones sociales, por un lado, y de experiencias sociales, culturales y políticas de los individuos, por otro.

A su vez, la perspectiva que implica el desarrollo de estudios situados -en el marco de específicas condiciones regionales y nacionales- y de carácter empírico de aquello que les sucede a los sujetos como público de los medios, y no solo que hacen con aquello que les proponen los mismos, en términos de sentidos discursivos, también se tornan en mojones conceptuales para nuestro trabajo.

Vale en este punto recordar que contemporáneamente a los desarrollos revisados de Comunicación y Cultura, se publicó un texto que será referencia de los estudios culturales británicos: Encoding/decoding of Television Discourse (1975) de Stuart Hall. En este trabajo señero, el autor sostiene que en las sociedades modernas la comunicación entre productores y audiencias era una comunicación distorsionada ya que no existía una identidad total de códigos entre ambas esferas. Los momentos de codificación y de decodificación obviamente estaban relacionados, pero no podían ser entendidos como idénticos. Sin embargo, “para Hall es fundamental que exista algún grado de reciprocidad entre ambos momentos puesto que de otra manera no existiría comunicación” (Sunkel, 2006: 16).

En discusión con ciertas corrientes lingüísticas y retomando aportes del marxismo y la semiótica textual como la idea de la polisemia de los textos, Hall opera con nociones similares a las que, algunos pocos años después, desarrollaría Eliseo Verón en torno a los conjuntos de condiciones de producción y recepción de los discursos. A partir de ello, Hall propone entender al discurso televisivo en tanto hecho comunicativo marcado por saberes y conocimientos (“estructura de conocimiento”), condiciones técnicas, institucionales y relaciones de producción que condicionan (determinan, en el original) tanto la codificación como la decodificación (Hall, 1975: 4).

En particular, el autor propone la existencia de tres tipos de lecturas en recepción correlacionada con la condición social de los individuos: por un lado, dominante, cuando el receptor se reconoce en el código propuesto y acepta literalmente la producción audiovisual; por otro lado, negociada, en referencia a cuando acepta la legitimidad del código dominante pero adapta la lectura a su condición social; y finalmente, oposicional, en cuyo caso el espectador decodifica en un sentido radicalmente opuesto a la lectura privilegiada desde la esfera de la producción (Hall, 1975: 9-19).

Mediante el desplazamiento fundamental del estudio de los textos a la investigación de los sujetos, esta propuesta implicó la apertura de un camino para tornar más complejo el análisis teórico de la recepción y los públicos mediáticos en su condición de consumidores de productos audiovisuales.

En esa línea, hacia 1978, otro referente indudable de este espacio, David Morley, publica el primero de una serie de trabajos en el que se desarrolla empíricamente la propuesta teórica inicial de Hall. En Everyday television: Nationwide, Morley analiza no sin críticas al modelo planteado- las características formales del telediario que da nombre a la investigación desde las herramientas de la semiótica y explora, posteriormente, en The Nationwide Audience, y desde una perspectiva cualitativa cercana a la etnografía, los modos en que dicho programa es receptado por personas de distinta condición social. Allí, Morley intentó reconocer los diferentes tipos de lectura que propuso Hall: dominante, negociada y opositiva (Morley, 1996).

De estos aportes, interesa especialmente la mirada sobre lo que sucedía con los receptores de sectores obreros en relación a productos de consumo cotidiano. Aquí destacan algunos aspectos que se irán consolidando en años posteriores. Una inicial preocupación por las rutinas y la cotidianeidad, la actividad y cierto grado de libertad de lectura atribuida al público, en línea con la propuesta de Hall. También es interesante la puesta en juego de la serie de estudios semióticos sobre los textos en vínculo con la actividad de los públicos. Se comienza a avanzar conceptualmente en la importancia de las mediaciones de la cultura en relación al análisis de los textos o discursos mediáticos y su incidencia sobre las audiencias. Quizás una de las críticas más extendidas hacia el inicial trabajo de Morley se anuda en la coherencia excesiva de las lecturas atribuidas a los receptores. Algo similar a lo que sucede con las revisiones realizadas sobre el estudio desarrollado en Chile por Mattelart y Piccini.

Aunque los cruces y las mutuas contribuciones entre los desarrollos que se realizan del otro lado del atlántico y los propios del Cono Sur no son claros -de hecho, Sunkel los propone como directamente paralelos (2006: 18)-, las preocupaciones y las búsquedas van dibujando puntos en común. Para Grimson y Varela, el análisis del proceso muestra cómo en la Argentina se produjeron y se plantearon aportes y debates contemporáneos a los desarrollados por los estudios anglosajones, pero las dificultades propias e impuestas para desarrollar investigaciones sistemáticas, sumado a la “sordera” tradicional del norte hacia el sur, implicó que las propuestas realizadas desde nuestra región fueran ignoradas (1999: 15).

Así, mientras Hall tematizaba teóricamente por primera vez la actividad de los públicos en Encoding/decoding of Television Discourse, del otro lado del océano, quizás sin tanta sofisticación teórica, se recorrían caminos similares. De todas maneras, en estos casos el denominado proceso de descubrimiento de la actividad de la audiencia, que comienza a implicar otorgarle densidad a los públicos como entidad compleja, adquiere potencia en vínculo con una apuesta específicamente política. La misma se referencia con los gobiernos democráticos y populares emergentes hacia finales de los años sesenta y principios de los setenta, así como con los movimientos de resistencia a dictaduras gobernantes y, por qué no, con una esperanza: el impulso libertario atribuido al pueblo.

Crisis

El caso de la tercera revista argentina importante del periodo, Crisis, nos resulta de particular interés. Este grupo encabezado por intelectuales muy vinculados con el peronismo y con un fuerte compromiso político como Andrés Ribera, Eduardo Romano, Aníbal Ford y Heriberto Muraro, depositó su mirada en la relación entre la producción cultural industrializada, los medios y los sectores populares como audiencias, públicos o consumidores de los mismos. Su diferencia fundamental con el grupo de Comunicación y Cultura parece residir en los modos de leer el marxismo y el peronismo, a pesar de lo cual coinciden –a grandes rasgos- en la delimitación de los temas del campo específico y en los modos en que los contextos políticos y sociales más amplios deben ser considerados en la práctica académica.

La denominada línea nacional, también nombrada como el grupo de los populistas argentinos, continúa la tradición historiográfica inaugurada por autores como Scalabrini Ortiz, Arregui y Jauretche, en la que la reconstrucción de una identidad cultural propia, la memoria histórica popular y la defensa de la creatividad de los sectores populares van a configurar una matriz de trabajo y análisis que les permite incorporar otros objetos (Grimson y Varela, 1999: 58).

Marcados a fuego por una expectativa depositada en la academia y una apuesta -de tipo política- a construir conocimiento para incidir en el debate público, desde principios de la década de los setenta, se conocen algunos trabajos que buscaban comprender en clave cultural estos objetos en vínculo con los medios masivos.

La producción de Eduardo Romano se muestra particularmente ilustrativa del trayecto compartido por el resto de los miembros del grupo (1973; 1985; 1993). Romano, inscripto en el fenómeno político y social del peronismo, buscó encontrar claves que dieran cuenta de la problemática de las culturas populares, los medios de comunicación y las relaciones de dominio. Para ello, ensayó algunas hipótesis sobre los quiebres y las continuidades de los géneros en tanto formas de comunicación colectiva y cultural desde la época de la colonia hasta el tercer gobierno peronista de 1973. En ese camino, revisó los deslizamientos y continuidades desde la poesía criolla y gaucha, pasando por el sainete, el tango, el circo criollo, el radioteatro y el teleteatro y la relación con sus públicos en la Argentina moderna. Romano propuso entonces interpretaciones de gran interés sobre los modos en que ciertas formas culturales vinculadas a los sectores populares pervivían en el proceso de industrialización, de urbanización y de constitución de la cultura masiva en nuestro país, y el rol de los medios de comunicación en dichos procesos. Podría decirse de alguna manera que, en estos trabajos, el autor se anticipa a lo que sería postulado años más tarde por Jesús Martín Barbero (1987) acerca de los modos de relación entre las culturas populares y la cultura masiva (Romano, 1973; 1993; Alabarces, 2008).

De manera específica, Romano, junto con Ribera, se detiene especialmente a analizar el medio radiofónico en tanto fenómeno de amplio consumo entre diversas franjas de la población. Describen así las características de la radio como industria cultural en nuestro país, y la importancia del género privilegiado durante las décadas de los treinta y cuarenta: el radioteatro. Estos aportes se encuentran compilados de manera fundamental en Medios de Comunicación y Cultura Popular (1985).

Por otra parte, la investigación de Heriberto Muraro, Neocapitalismo y Comunicación de Masas (1974), también resulta relevante, especialmente a la luz de los debates que se producen durante los años ochenta en torno a la teoría de la recepción. Su planteo general sostenía que la recepción de los medios masivos debía ser asociada a una posición en la estructura social y a una dimensión ideológica, y se muestra muy similar a la ya referenciada investigación de David Morley, en la serie de Nationwide, algunos años más tarde.

La pregunta por las apropiaciones y la producción de sentido desde la clave de los nuevos colectivos obreros y las matrices culturales masivas que operan como una suerte de mediación cultural para aquellos que se constituyen en públicos de los medios, al mismo tiempo que se urbanizan, es sin duda un aporte relevante de este conjunto de intelectuales. Pero este grupo también asume, quizás con la mayor claridad y especificidad para el periodo, la emergencia de nuevos colectivos vinculados a la existencia de la industria cultural y los medios que, a su tiempo, implican nuevas identidades y experiencias en relación de pervivencia y tensión con las previamente existentes. Sus atentas miradas analíticas sobre el peronismo como nuevo fenómeno político, pero fundamentalmente cultural, operan allí como clave para la identificación de estos procesos. Desde nuestra perspectiva, la línea nacional observa en las masas, en los nuevos públicos de los medios y la industria cultural, las condiciones de posibilidad del peronismo. Observan así las situaciones de sujeción cultural características de la etapa del capitalismo industrial de masas, pero también se esperanzan con una forma de liberación posible a través de un movimiento político, social y cultural que, desde sus perspectivas, contiene las lógicas de la reproducción social, pero también las posibilidades de su subversión.

En esta línea, Saintout y Ferrante sostienen que el enfoque de Crisis, al igual que el de Comunicación y Cultura, construyen a los públicos en clave “colectiva e histórica, marcada por la problemática de la opresión/liberación: más que de receptores se hablaba de lo popular; más que de resemantización se hablaba de resistencia” (2006: 152).

De modo complementario, Nora Mazziotti plantea que “la reivindicación de los públicos, o, al menos, la comprensión de que no era tontos culturales es temprana en la Argentina y está en los trabajos de Ford, Ribera y Romano de la década de los setenta” (2006: 63). En torno a estas cuestiones, las preguntas giran alrededor de los procesos de identificación de los sectores populares con las imágenes propuestas desde los medios, pero también sobre el modo en el que estos consumos operan en el marco de los procesos más amplios de reproducción y resistencia de la hegemonía.

Por otra parte, un relevante aporte de estos autores quizás haya sido la apertura de un campo de indagación, con presencia en toda la década de los ochenta, sobre el estudio de los géneros radiofónicos, en particular, y mediáticos, en general, en relación con las narrativas y culturas populares de los públicos de los medios (Martín Barbero, 2004). Al respecto, es de destacar que, de las tres líneas nacionales de trabajo referenciadas, sin duda se trata de la que mayor atención les presta a los entrecruzamientos entre los géneros mediáticos industriales y las matrices culturales, por un lado, así como a la dimensión del placer y el goce que el consumo de medios moviliza, por otro.

Desde América Latina, dichas huellas serían referenciadas por Martín Barbero como “la presencia de lo popular en lo masivo” (2004: 21) que, durante buena parte de los años ochenta, abonarán gran cantidad de investigaciones en torno a los procesos de recepción y el papel del melodrama, como caso paradigmático. En dichos trabajos, se apostaba a reconstruir lo complaciente y lo potencialmente subversivo en las relaciones de complicidad entre los órdenes de lo popular y lo masivo.

Probablemente, la referencia más cercana de los estudios culturales británicos a este tipo de línea de trabajo sean las investigaciones desarrolladas por Ien Ang que inician con Watching Dallas (1982). El trabajo sobre la célebre novela norteamericana Dallas, y el modo en que sus televidentes describen su consumo, le permite a Ang abordar problemáticas que serán recuperadas en el campo durante los años siguientes. Situándose como consumidora de telenovelas, la autora introduce la cuestión del placer y la fantasía. Es decir, parte del modo en que las culturas populares se encuentran en los productos masivos, cuestión clave para comprender sus adhesiones a través del consumo: “la ficción y la fantasía vuelven la vida más placentera o por lo menos más vivible en el presente” (Grimson y Varela, 1998: 28). Este aspecto la conduce a preguntarse por la identificación y el reconocimiento en estos relatos, temas que serán centrales para el campo durante todos los años ochenta.
El placer, la fantasía y, de distinto modo, el erotismo -aspectos que fueron resistidos durante muchos años en el desarrollo de las indagaciones del campo- constituyen de manera articulada una dimensión fundamental para nuestro trabajo. En relación a estas cuestiones, pueden reconstruirse aun hoy miradas normativistas y prescriptivas de los medios y el carácter de las relaciones con sus audiencias. Con Mazziotti entendemos que el desafío, sin duda, se plantea en poder situar el placer, no como un concepto vinculado a una lectura pragmática e individualista de los públicos, sino como parte del proceso constitutivo de la interacción cultural y el proceso de construcción de subjetividades (Mazziotti, 2006: 62, 63).

II.1.5 El quiebre de un tipo de mirada y la crisis de los paradigmas

Hacia 1982, Schmucler y Mattelart, en línea con su crítica al positivismo científico, plantearon que la razón cientificista e instrumental había demostrado su incapacidad para definir la comunicación y los fenómenos añadidos. Cada delimitación propuesta debía acudir a generalidades tan amplias que abarcaban el universo de todo lo posible (1997: 150). Se trataba de un fracaso persistente.

De este modo, se imponía la necesidad de terminar con las especializaciones reductoras para hacer estallar los límites frágiles de las disciplinas y sus respectivas jerarquías. La comunicación no era todo, pero debía ser hablada desde diversos lugares. Era necesario establecer una nueva relación conceptual entre la comunicación y la cultura que diera cuenta de los aprendizajes, por fracasos y certezas subsistentes, que los últimos años de vida política y académica habían dejado para el campo. Era preciso romper con la cópula disyuntiva que unía a comunicación y cultura, la cual establecía una relación, pero que al mismo tiempo reafirmaba una lejanía: los procesos comunicativos estaban intrínsecamente entrelazados con los de carácter específicamente cultural. Propusieron, entonces, pensar la comunicación/cultura con una barra “que genera fusión tensa entre los elementos distintos de un mismo campo semántico”. El cambio no era insignificante, la barra “[…] acepta la distinción, pero anuncia la imposibilidad de un tratamiento por separado” (Schmucler, 1997: 149).

En el mismo camino, aunque algún tiempo después, Jesús Martín Barbero -quien se erigiría en referente ineludible del campo de estudios latinoamericano-, publicaba un planteo casi idéntico: “durante mucho tiempo hemos estado convencidos de que el problema gravísimo era no tener una teoría que nos dijera con claridad qué es comunicación” (1982: 78). Era necesario dejar de pensar en la delimitación positivista del objeto para poder aprehender los procesos de comunicación de nuestras sociedades. Así, planteaba avanzar en un rediseño radical de la investigación en comunicación basado en dos propuestas:

La primera es la necesidad del desplazamiento del concepto de comunicación al concepto de cultura […] Lo cual implica -y esto es fundamental- empezar a pensar los procesos de comunicación no desde las disciplinas, sino desde los problemas y las operaciones del intercambio social esto es desde las matrices de identidad y los conflictos que articula la cultura (1982: 80).

La segunda propuesta consistía en pensar las culturas desde el pluralismo cultural para romper con “una estructura de homogenización cultural galopante frente a la cual la cultura nacional en la mayoría de nuestros países tiene más de ficción, que de cultura real”.

Si bien en este segundo aspecto, Martín Barbero se diferenció nítidamente de la propuesta -quizás más clásica y occidentalizada- de Comunicación y Cultura, la similitud de las líneas programáticas para el campo es notable. Lo cierto es que, con este nivel de acuerdo, esta propuesta también mantiene su especificidad al introducir la preocupación por la masificación como lógica homogeneizante y ámbito denso de deslizamientos y resistencias culturales. Desde aquí, en su propuesta inicial, crece la pregunta por las culturas populares, la cultura masiva y las llamadas culturales nacionales.

En un periodo similar, desde el espacio de los estudios culturales británicos, Raymond Williams también trazaba una serie de líneas que serían fundacionales para la estructuración de este nuevo tipo de perspectiva de investigación sobre los medios de comunicación, la cultura y los públicos. Particularmente en un texto de 1976, Williams planteaba la necesidad de abordar las comunicaciones desde lo que llamaba una “ciencia cultural” (Williams, 1997). Desde allí, los medios de comunicación y sus públicos se constituían en complejos fenómenos de eminente carácter cultural cuya indagación debía dar cuenta de esas características. Estudiar los medios, implicaba intentar aprehender una diversidad de dimensiones y sus articulaciones. En aquel momento le preocupaban, entre otras cuestiones, los modos de organización y estructuras de los medios, los tipos de relaciones entre las instituciones mediáticas, las maneras en que actuaban los periodistas y productores, sus estrategias de conducción y moderación, las formas y estrategias discursivas, así como las estructuras dramáticas puestas en juego en los productos. Del mismo modo sostenía que, en el proceso de investigación, hacía falta incluir a los espectadores “no solo estudiando los efectos e influencias persistentes, sino registrándolos y discutiéndolos de modos más precisos, en tanto que el proceso aún está vivo” (1997: 81).

Así, de uno y otro lado del Atlántico, aun con sus diferentes geografías, recorridos y experiencias históricas, distintos referentes parecían abrir el camino hacia una perspectiva contemporánea y orientada en un mismo sentido.

Sin claros contactos directos más que la coexistencia en un contexto global compartido, estas miradas emergentes sobre la cultura, la comunicación y, por ende, los medios y sus públicos, avanzaron en promover nuevas prácticas individuales y colectivas de investigación y comprensión de estos fenómenos.

Esta perspectiva que sucintamente hemos reconstruido, se constituye en piedra basal del abordaje que proponemos para nuestro objeto: en pos de dar cuenta de la complejidad del mismo, pretendemos abordar el proceso de constitución de los públicos desde lo comunicativo en vínculo estricto con una concepción materialista de la cultura.

II.1.6 El deslizamiento hacia la recepción

Las implacables dictaduras -que en distintos países del Cono Sur tomaron el poder durante la década de los setenta hasta los iniciales años ochenta- impactaron con fuerza, aunque de manera dispar, en el espacio académico regional. La emigración de los intelectuales, el debilitamiento de los sistemas públicos de investigación y docencia, así como un quiebre estructural del campo de estudios de la comunicación, caracterizaron el escenario latinoamericano durante el periodo. Fueron tiempos de oscuridad y cierta orfandad intelectual. No obstante, a partir de las reaperturas democráticas -que se producen desde principios de la década siguiente- se puede observar una fuerte y relativamente rápida revitalización del campo de la comunicación de manera correlativa con un desplazamiento teórico y metodológico.

En el marco de los emergentes modos de abordaje de las viejas preguntas, pero también en el contexto específico de la crisis de los paradigmas de las ciencias sociales -y específicamente de la comunicación- ya reseñados, la problemática de la recepción se instaló nítidamente como eje articulador académico de nuestro campo de estudios. Este deslizamiento, entre otras posibilidades, permitió constituir y hacer emerger la discusión sobre el sujeto, figura que había sido teóricamente ocluida por la hegemonía del análisis económico de los mercados de medios y los monopolios, por un lado, y por el estructuralismo, que tendía a poner el acento en las características del mensaje, por otro. En este sentido, se observa una preocupación sobre cómo los sujetos se construyen/construyen en el mundo. Es decir, “un corrimiento desde la comprensión de la subjetividad definida en la reproducción hacia la preocupación por su capacidad creadora” (Saintout y Ferrante, 2006: 155).

La crítica al textualismo determinista, que ya sostenía Schmucler, así como otros autores, tanto como la revisión de las teorías de la manipulación, desarrollada por Muraro, no encontraría fuerte oposición en estos años, al tiempo que se comienzan a establecer nuevos y fluidos diálogos con autores de fuerte referencia en Latinoamérica como Jesús Martín Barbero y Néstor García Canclini. Las investigaciones empíricas sobre las culturas populares de ambos referentes, publicadas en los iniciales años ochenta, operan en tanto catalizadores fundamentales de estos deslizamientos[2] (Caletti, 1992; Saintout, 1998).

En este marco, sin embargo, parece válido preguntarse sobre cómo actuó en la consolidación de la recepción la imbricación original -reseñada especialmente en los estudios británicos y en parte de los desarrollos latinoamericanos y argentinos- entre desarrollo teórico académico y la pregunta por la política y el poder. En este sentido, se impone decir que, en ciertas líneas y autores, esta preocupación se va diluyendo a lo largo de los años. Sin embargo, se mantiene cierta contemporaneidad entre los debates socioculturales más amplios y aquellos de tipo teórico del campo.

De todas maneras, la recepción y la pregunta por los públicos se constituyó como un objeto que muchas veces operó como metáfora de pueblo y, por ello, desde la cultura y la comunicación habilitaba indagaciones en torno al poder, la hegemonía, la construcción de consensos y las complicidades de los sectores subalternos que otrora habían sido exploradas en relación, o en vínculo directo con experiencias políticas a lo largo de nuestro subcontinente. En esta línea, Saintout observa que, a nivel latinoamericano, son dos los puntos de vista desde los cuales se ha abordado la recepción como problemática: “aquel que la entiende como proceso en sí mismo, como objeto en sí; el otro, el que entiende la recepción como momento de producción de sentido en la cultura” (1998: 21). El primero, inmerso en un concepto comunicacional lineal, pretende analizar qué sucede con determinado producto en el momento de su recepción; el segundo no entiende a la recepción como un objeto en sí mismo, sino que la ubica como momento que da sentido a hechos culturales y que “habilita para comprender cómo se constituyen determinadas significaciones culturales” (Ibid: 22).

Esta diferenciación permite entender que, si bien se produjo un proceso de sofisticación teórica y metodológica importante, los denominados estudios de recepción no alcanzaron ningún tipo de homogeneidad en este plano. También queda claro que la mirada en torno a fenómenos como la hegemonía y el poder, así como el vínculo con las condiciones sociales y políticas de los respectivos contextos no era transversal a todas las líneas de trabajo.

En este sentido, que se revitalizara el rol de los receptores condujo a una confusión primero, y luego a una discusión teórica fuerte -especialmente en el marco de los estudios culturales británicos, como en sus derivaciones norteamericanas- con una perspectiva, usualmente conocida como Usos y Gratificaciones, que ocupó un espacio relevante en las líneas de estudio de la recepción.

Usos y gratificaciones

Este abordaje se constituyó en torno a la propuesta de Katz (1952) y sus subsiguientes investigaciones (Gurevitch y Katz, 1973; Gurevitch, Katz y Blumler; 1974), en el marco de la tradición teórica más amplia del funcionalismo (Wolf, 1991). Estas aproximaciones construyeron o habilitaron una deriva que tuvo un impacto relevante en la pregunta sobre los medios, las audiencias y el poder. En términos esquemáticos, la indagación se deslizó desde qué hacen los medios con las personas, a qué hacen las personas con los medios. Tal inversión operó sobre el supuesto base que sostiene que “los medios son eficaces si y cuando el receptor les atribuye dicha eficacia, sobre la base justamente de la gratificación de las necesidades” (Wolf, 1991: 78).

La hipótesis de Usos y Gratificaciones, por una parte, se inscribe en la teorías funcionalistas y su explicación sobre el funcionamiento general de los medios y las audiencias; por otro lado, se encuadra en el movimiento de revisión y superación del esquema lineal informacional de la comunicación, ampliando y constituyendo, desde la sociología, la apuesta a desarrollar una teoría comunicativa que la perspectiva sociosemiótica venía desarrollando desde los años sesenta y setenta (Wolf, 1991: 79).

Podría asegurarse que en América Latina no se produjo este debate con el mismo nivel de intensidad, ya que más bien se observaron las huellas de la confusión devenida del cruce de las perspectivas en disputa.

Las principales críticas a esta perspectiva se encuentran relacionadas con la tendencia a minimizar el poder de los medios, y por ello, a sobredimensionar la capacidad reactiva y la autonomía de los receptores frente a los mismos; estas concesiones suelen implicar una confianza ilimitada en la racionalidad por parte de los consumidores. En ese sentido, se le suele atribuir a los individuos plena capacidad de discernimiento y evaluación, vinculado con la tradición de las perspectivas de la rational choice, sobre aquello que los medios son y ofrecen en nuestras vidas pudiendo, además, objetivar a través del lenguaje y en pleno acto de conciencia lo que se demanda y obtiene del consumo mediático.

En términos generales, compartimos estas críticas, presentadas de manera extremadamente sintética, para comprender que en el actuar de los sujetos, y su exposición mediada por el lenguaje ante otros, operan factores de diverso tipo -entre ellos, los de tipo inconsciente-, por un lado, y que por otro lado, aquello que los públicos dicen, no es más que la producción de un discurso que -siguiendo a Eliseo Verón- debe ser analizado en tanto tal, y en el marco de sus condiciones de producción y circulación.

De todas maneras, estos señalamientos que se estructuran en torno a la perspectiva de los Usos y Gratificaciones condensan críticas amplias a los estudios de recepción que han sido realizadas de modo más global. Entre ellas, la tendencia a la autonomización de los receptores, subvalorando la potencia prefiguradora de las ofertas mediáticas y la capacidad estructuradora de las condiciones sociales, económicas, políticas de una sociedad determinada. Esa tendencia suele conducir a la obturación de la reconstrucción “del conjunto de transformaciones y condiciones que intervienen en el surgimiento de unos determinados públicos y el modo en que ellos se insertan en los procesos de producción mediática” (Mata, 2001: 4).

II.1.7 El agotamiento de la recepción

Nilda Jacks (1996) sostiene que los estudios de recepción en América Latina estuvieron organizados en torno a cinco grandes corrientes: Consumo Cultural, sostenida por Néstor García Canclini; Frentes Culturales, desarrollada por Jorge González; Recepción Activa, en la que se enmarcan investigadores como Fuenzalida y Hermosilla; Uso Social de los Medios, concebida por Jesús Martín Barbero y, por último, Enfoque Integral de la Audiencia, propuesta por Guillermo Orozco.

Como hemos anticipado, no nos detendremos de manera pormenorizada en todas estas corrientes de trabajo. Además del reseñado trabajo de Jacks, también pueden consultarse las revisiones realizadas oportunamente por Saintout (1998, 2006, 2011), así como la ya mencionada correspondiente a Grimson y Varela (1999), entre otros, quienes proponen una lectura pormenorizada para este periodo. La reciente publicación encabezada por Mabel Grillo (2016), que presenta el resultado del trabajo realizado por el PISAC[3], resulta también una referencia global ineludible. Si bien esta publicación se encuentra enfocada a la revisión de los estudios sobre consumos culturales en la Argentina, rastrea, revisita y sistematiza los aportes teóricos y metodológicos de los estudios de recepción y públicos más importantes de los últimos años en nuestro país.

En cuanto a las líneas de trabajo desarrolladas específicamente en Argentina, durante la década de los años ochenta y parte de la siguiente, el estudio sobre los públicos y las audiencias se vio fuertemente vinculado con la recepción. Se destacan, fundamentalmente, dos grandes líneas, ambas vinculadas con parte de las distinciones político académicas que se reconocen ya en la década de los setenta.

Por una parte, aquella que se desarrolla ligada a la pregunta por lo popular en el marco de los llamados estudios culturales, cuya tradición integró la línea del pensamiento nacional y ciertas reflexiones de la sociología de la cultura para pensar la resistencia de los sectores populares a la industria cultural (Saintout y Ferrante, 2006: 153).

Desde este primer enfoque, los públicos no eran vistos como receptores aislados, sino que su identidad se pensaba colectiva e históricamente marcada por la problemática opresión/liberación. Más que de receptores, se hablaba de lo popular; más que de resemantización, se hablaba de resistencia. En fuerte vinculación con las discusiones e investigaciones que se desarrollaban en el resto de América Latina, nombres como los ya reseñados Aníbal Ford, Héctor Schmucler y María Cristina Mata pueden ser inscriptos en esta gran corriente de trabajo (Saintout y Ferrante, 2011: 23).

Por otra parte, nos encontramos con la línea que se desarrolló desde el análisis de discurso y la indagación sobre las condiciones de reconocimiento de las propuestas mediáticas. Este planteo continuó la mirada semiótica, y al no establecerse en términos de recepción, logró liberarse “de una serie de problemas y de preguntas tales como si la recepción es un proceso predominantemente individual, grupal o colectivo; y el problema de la determinación de los alcances de las lecturas e interpretaciones” (Saintout y Ferrante, 2011: 22).

Si bien reconocemos los relevantes aportes realizados por los trabajos encuadrados en la línea que, de manera reduccionista, podemos nombrar como sociosemiótica, nuestra investigación dialoga fuertemente con el primer tipo de enfoque. En cualquier caso, las diferentes líneas de investigación sobre la recepción construyeron una serie de consensos político académicos de interés para nuestro trabajo.

La consolidación indiscutible de la actividad de las audiencias, aun cuando este aspecto haya ocupado distintos niveles de relevancia, logra desterrar aquellas versiones pasivas de los públicos propias de corrientes conductistas, estructurales funcionalistas y algunas líneas de la teoría crítica. Este acuerdo implicó converger, de distinto modo, en la necesidad de reconstruir las experiencias individuales y colectivas de los públicos como parte del entramado necesario que opera en los encuentros -relativamente negociados y/o conflictivos- con las propuestas mediáticas. Al mismo tiempo, este camino implica establecer cuán significativa es la actividad de la audiencia y en qué circunstancias -cómo, a consecuencias de qué mecanismos- se construye dicha actividad (Mata, 1998: 73).

De modo más amplio, cabe insistir en que las múltiples propuestas sobre la recepción han involucrado, y continúan haciéndolo, a un abanico amplio de enfoques epistemológicos y teóricos. Articulan vertientes tan diversas y dispares como la escuela de Birmingham y Constanza, la filosofía del lenguaje, la sociología de la cultura de Pierre Bourdieu, la construcción de lo popular de Michel De Certeau, los pensamientos de Foucault y Deleuze, entre otras (Caletti, 1992). De todas maneras, vale señalar que estas nuevas referencias permitieron la construcción de nuevos objetos y problemas, a la vez que implicaron también otros modos de hacer investigación (Saintout, 2006: 154).

Para Caletti, la designación a la que refirió teorías de la recepción aludía, en realidad, a una enorme variedad de producciones sobre la relación medios/públicos que, fundamentalmente, tuvieron en común la ruptura con sus antecesores, es decir las teorías de corte mecanicista o deterministas (1992: 27). Más de 25 años después, esta suerte de dispersión conceptual -que deriva en una gama difusa de precisiones- continúa siendo señalada como una zona problemática:

[] la investigación en ciencias sociales, particularmente en temas como los aquí abordados, presenta una paradoja procedimental significativa. Bajo el consenso, se podría decir pleno, del constructivismo social tanto teórico como epistemológico, los términos se usan como si su significado emanara naturalmente por su sola enunciación. Recepción, consumo, apropiación, re-significación, uso, se utilizan con frecuencia de manera indistinta en contextos explicativos variados (Grillo y Segura, 2016: 202).

En este contexto cuasi invariable del campo, a principios de la década de los noventa asistimos a una especie de cierre conceptual de la etapa de mayor euforia de los estudios de recepción. Sergio Caletti fue el responsable de la sentencia desde un artículo señero cuyo título decía todo lo necesario: “La recepción ya no alcanza. Años más tarde, Saintout y Ferrante sugirieron la constatación de la misma en su artículo “La recepción no alcanzó” (2011).

En aquel crítico texto, el entrañable Caletti afirmó el cierre de la productividad de un ciclo teórico y esbozó una salida necesaria. En esa línea, planteaba que habiéndose sacudido las miradas deterministas y mecanicistas (pasando de los mensajes a los procesos) así como las deterministas de tipo tecnológico (de los medios a las mediaciones), el campo de estudio debía intentar escapar de las eternas polaridades que lo estructuraban, entre ellas aquellas que constituían el par emisión/recepción. Ello permitiría “reintegrar la pluralidad de términos participantes en las mediaciones culturales a la luz de una teoría de la producción social de significaciones” (1992: 40) porque lo que estaba en juego no era la restitución de los marcos paradigmáticos y/o disciplinares de la comunicación sino el lugar de este campo de estudios en el marco de las ciencias sociales como espacio estratégico para pensar, desde la cultura, la producción social de significaciones.

Sin duda, la propuesta de Caletti abrevaba en las disputas que, durante los años setenta y ochenta, se desarrollaron contra las miradas positivistas que se consolidaban en parte de los estudios de comunicación. Su camino, aunque ciertamente inconcluso e indefinido, demarcó posiciones conceptuales y metodológicas potentes e inspiradoras. Allí es donde intentamos inscribir preliminarmente el presente trabajo de investigación.

En este sentido, el presente no se trata de un estudio de la recepción. De modo distinto, intentamos comprender y operar la reconstrucción del ser público de estas emisoras FM de nuestra ciudad en tanto “práctica social específica” (Mata, 1997: 95) que alude, por una parte, a una dinámica de inclusión en los procesos de producción colectiva de los sentidos socialmente circulantes, en el marco de sociedades profundamente mediatizadas; y, por otra parte, a la comprensión del ser público como modo de preguntarnos: cómo estas identidades particulares y sus procesos de constitución operan sobre la legitimación y modelación recíproca de otras identidades socioculturales -junto a sus prácticas asociadas- así como de las institucionalidades y las relaciones de poder que las sostienen.

II.1.8 Los públicos de la radio

En este contexto, y desde estas claves teórico-políticas, las indagaciones sobre los públicos de la radio y sus procesos de constitución quizás hayan alcanzado su punto de mayor desarrollo durante la década de los ochenta. En esta etapa del campo, por distintas razones, a lo largo de nuestros países, son variadas las investigaciones que toman a este medio y sus públicos como objeto. Quizás la excepción más relevante sea el caso de Brasil, de donde se conocen pocos trabajos dedicados a nuestro objeto desde la perspectiva que nos interesa (Jacks, 2008). Entre ellos, cabe destacar los desarrollos de Ana Fadul (1984, 1985, 1986).

Así, mientras durante la década de los años setenta se consolidaba la preocupación académica por la prensa gráfica y la emergente TV, durante la década siguiente, de modo novedoso, resurgió el interés en torno a la radio, sus procesos de consumo y sus públicos. En tal sentido, hacia finales de la década, en el marco de una mirada retrospectiva y sistemática, Martín Barbero sostiene que

quizá la más notable de todas las novedades sea el interés que la radio ha cobrado para los investigadores. Marginada casi por completo de la investigación crítica de los años setenta, la radio es ahora revalorizada justamente a partir del reconocimiento de su popularidad y su capacidad mediadora entre tradiciones y modernidad (Martín Barbero, 1989: 15).

En nuestro país, algunos de los trabajos referenciales al respecto seguramente pueden situarse en las investigaciones del ya mencionado Eduardo Romano (1973), quien revisó los deslizamientos y continuidades de la cultura popular y moderna a partir de la poesía criolla y gaucha, pasando por el sainete, el tango y el circo criollo, el radioteatro y el teleteatro en la Argentina moderna.

En Chile, a su tiempo, Giselle Munizaga y Paulina Gutiérrez (1987) avanzaron en este terreno al indagar sobre la capacidad que la radio demuestra en mediar lo que las autoras nombraban como lo popular. Para ellas, la radio adquiría importancia a la hora de llenar el vacío que dejaban los aparatos culturales tradicionales en la construcción cotidiana del sentido. Las articulaciones significativas de lo popular se ven facilitadas por las características de la radio tanto en su dimensión técnica –en producción y consumo- como por su dimensión discursiva. Esta investigación fue considerada, oportunamente, como precursora en América Latina en la línea de trabajo que desarrolló posteriormente Martín Barbero (1989: 140-146).

Por otra parte, también son considerados trabajos pioneros y de referencia los desarrollados en Perú por la investigadora Rosa María Alfaro (1985-1987), quien dejaría su huella en el campo, al presentar un análisis sobre radios de consumo popular, insertas en un contexto de reapertura democrática. En este marco, Alfaro intentó articular la cuestión de los géneros que se expresaban en la radio con las matrices culturales y logró captar en esas vinculaciones la densidad y la heterogeneidad de las condiciones de existencia de lo popular explicitando los dispositivos de enlace de lo discursivo radiofónico con lo territorial, con las distintas temporalidades y las formas del nosotros (2004: 162-163). A partir de las diversas articulaciones de estos elementos y de los modos de construcción de lo que es entendido como lo popular, la autora reconstruyó tres tipos de radios populares que poblaban el éter de la ciudad de Lima de los ochenta: las emisoras de tipo local, las de tipo popular-andina y finalmente las de tipo andina provinciana (Alfaro, 1990: 31-42).

Además de este mapa de las modalidades de presencia de lo popular en la radio limeña, realizó trabajos sobre producción y consumo radial en 8 departamentos andinos de Perú. Partiendo de la idea de que la radio era el medio privilegiado para leer “la complejidad social y cultural que atraviesa la historia social y política” del Perú de los años ochenta, propone avanzar en comprender cómo en la radio y la relación con los públicos se ha procesado la hegemonía cultural en la historia del país. Sus preguntas, con una marcada orientación gramsciana, suponen que, así como puede leerse la conducción político cultural -que implica toda dominación hegemónica-, también es necesario reconstruir las resistencias y alternativas que se erigen ante la misma (Alfaro, 1990: 140-156).

En ambos trabajos se hacen explícitas las nuevas líneas que orientaron las investigaciones en el campo durante los ochenta. Por un lado, el análisis y la indagación de las relaciones entre géneros radiales y matrices culturales; por otro lado, las relaciones entre las formas de interpelación a los sujetos sociales y sus modos de apropiación y reconocimiento en las mismas (Alfaro, 1990; Martín Barbero,1989: 140-146).

En este periodo, también cabe destacar, en línea con nuestros intereses, la investigación del colombiano Juan Buenaventura, quien desarrolla una suerte de historización cultural entre el proceso de consolidación de la cumbia como ritmo musical predominante en la ciudad de Cali, el papel de las compañías discográficas y el lugar de la radio (Buenaventura, 1990). En esa línea, analiza de manera especial, cómo las lógicas de la programación radiofónica operan los ritmos urbanos y dialogan con las “visiones culturales” particulares que circulan en una sociedad y un momento histórico determinado. Así, la programación radiofónica no se constituye en tanto conjunto de producciones llevadas adelante de manera autónoma por los productores y locutores de la emisora sin injerencia de lo que son y esperan sus oyentes. Al contrario, la misma está atravesada por una serie de demandas, supuestos, ritmos y tiempos culturales, de condiciones económicas, de posibilidades tecnológicas, que dejan sus huellas en las propuestas de las emisoras. En ese camino, la programación es una producción cultural que, histórica y socialmente situada y condicionada, funciona como “molde o matriz comunicativa” para el establecimiento de la relación entre emisoras y públicos, que viabiliza la interacción cotidiana.

Por otra parte, en la ciudad de Córdoba, María Cristina Mata (1988; 1991) buscó indagar el papel que la radio ocupaba como práctica cultural en la reelaboración de las identidades de los sectores populares en el marco de la reapertura de la vida política y las transformaciones mediáticas y sociales más amplias que se podían vislumbrar a mediados de la década de los ochenta. En ese sentido, intentaba reconstruir las marcas que hablaban de cómo estos sectores, en contextos en transformación, eran representados en el discurso de las radios de la ciudad y cómo estas representaciones operaban en la constitución de identidades de los mismos.

En este caso, en una primera etapa de trabajo, la investigadora cordobesa analizó el discurso y las programaciones de las radios AM de la ciudad para reconstruir la imagen que se proponía de los sectores populares cordobeses. En otra etapa, analizó cómo estos oyentes se terminaban reconociendo/desconociendo y constituyendo efectivamente, desde esos quiebres y continuidades, como públicos de estas emisoras.

Mata demostró que este proceso era viable en tanto las emisoras lograban configurar discursivamente unos destinatarios a quienes les atribuían modos de ser y vivir, modos de interactuar, maneras de inscribirse en la esfera de lo público, que operaban como claves de reconocimiento, en tanto figuras de identidad para sus oyentes. A través de estos trabajos, pudimos entender las características centrales de los sistemas de interpelación de las emisoras de consumo popular, que explicaban la eficiencia de estos medios -insertos en el mercado- en la constitución de sus públicos. En este marco, estos aportes permitieron comprender, por un lado, las marcas discursivas de las propuestas de estos medios que estaban orientadas a activar y movilizar aspectos de matrices culturales de los sectores populares de la ciudad en pos de su reconocimiento como públicos de los mismos. Por otro lado, estas investigaciones también evidenciaron cómo estas operaciones habilitaban a que estos sectores encontraran en el ser públicos de estos medios una vía -compleja y conflictiva- de reafirmación e integración de un modo popular de estar en el marco de la cultura masiva.

De modo más general, es necesario señalar que los trabajos de Romano y Ribera, de Alfaro, Munizaga y Gutiérrez, así como los de Mata, dejan entrever fuertes diálogos con las problemáticas, perspectivas y discusiones que marcan y construyen el campo de la comunicación por aquellos años. Particularmente, se trataba de indagar los modos en que los sectores populares, desde su constitución de públicos de los medios, reconstruían sus modos de estar y ser en el marco de las reconfiguraciones de la cultura masiva, en los contextos de reapertura democrática y, por supuesto, en las rearticulaciones de los órdenes hegemónicos. En ese sentido, la pregunta por las reformulaciones de la hegemonía conservadora con rostros democráticos y las reconfiguraciones de lo popular en diálogo con lo masivo parecía encontrar en estos procesos comunicativos y sociales, una superficie de análisis especialmente reveladora.

Los cruces y referencias con el trabajo que venía desarrollando Jesús Martín Barbero desde principios de los ochenta, que se publica de manera sistematizada en 1987 en el libro De los medios a las mediaciones, son ineludibles. Entendemos los trabajos mencionados como la posibilidad de comprender que las lógicas y contratos comunicativos de carácter colectivo que se refrendan en géneros y formatos de los medios de comunicación estaban relacionados con matrices de cultura, y que por ello no podían ser entendidos como mera invención/imposición de estos actores. Era en la cultura que había que situar la indagación sobre los medios de comunicación y la relación con sus públicos; era en las transformaciones culturales de nuestras sociedades, en sus reconfiguraciones que residían las claves para comprender las características de la emergencia y consolidación de los públicos de los distintos medios y sus propuestas dominantes.

Ya iniciados los años noventa, María Cristina Mata continuó pensando los procesos de consumo y la constitución de los públicos de los medios. Además de investigaciones empíricas desarrolladas junto a Héctor Schmucler y artículos de su autoría en los que indaga la mediatización y los procesos políticos de participación popular (Mata, 1993a), publica un trabajo de referencia ineludible para nuestros intereses. En Públicos y consumos culturales de la ciudad de Córdoba (1997), la autora bosqueja gran parte de los aspectos centrales a partir de los cuales entiende dichos procesos, cuestiones que seguirá trabajando y profundizado en investigaciones posteriores. En el apartado siguiente, recuperaremos parte importante de estos textos que nos permitirán articular cuestiones medulares de nuestra propuesta teórica.

De manera más general, desde finales de la década de los noventa y primera mitad de los dos mil, la investigación sobre consumos culturales mantiene cierto vigor a nivel regional y nacional. En especial, en los primeros años del nuevo siglo, en diferentes países de la región se producen indagaciones cuantitativas impulsadas fundamentalmente desde áreas de Estado. Para las administraciones de perfil progresista que gobiernan sus respectivos países, en general enfrentadas con los grandes grupos privados de medios que les valen críticas y cruces permanentes, se consolida una certeza sobre la importancia de este tipo de datos para comprender los nuevos escenarios culturales y el desarrollo de políticas públicas acordes a los mismos (Quevedo, 2007). En Argentina, en particular, se producen las investigaciones estadísticas del Sistema Nacional de Consumos Culturales (2003, 2004, 2013) que aportan una mirada descriptiva sobre el consumo radiofónico a nivel nacional y regional. Aquellas desarrolladas en las Universidades y Centros de investigación, por su parte, suelen centrarse en investigaciones de alcance local (Grillo et al., 2016: 16).

En este contexto, vinculado con el importante impulso brindando por el Gobierno de Cristina Fernández a las políticas audiovisuales públicas y el desarrollo de la Televisión Digital Terrestre, podemos contar también con los estudios desarrollados para el Programa Polos Audiovisuales Tecnológicos en su línea de Estudios sobre Audiencias (2012). Estos trabajos se concentraron en caracterizar procesos de consumos, preferencias, demandas e intereses de entretenimiento e información de los públicos de medios audiovisuales de tres grandes conglomerados urbanos vinculados al Programa Nodos Audiovisuales: Río Bardas/Neuquén, Jujuy y Córdoba. Estos agrupamientos habían sido constituidos y promovidos en el marco del Programa Polos Audiovisuales y se encontraban integrados por Universidades Públicas y productoras audiovisuales privadas. Con la coordinación general de María Cristina Mata, tuvimos el privilegio de participar como investigador y coordinador del estudio desarrollado en nuestra ciudad (Córdoba y Morales, 2012).

Si bien en dicho trabajo logramos avanzar de manera sistemática y rigurosa en caracterizar localmente los consumos mediáticos de los ciudadanos de Córdoba Capital, esta investigación no se encontraba orientada a comprender los procesos de constitución de los públicos de radio y sus particulares características.

Algunos años después, y en el marco del Gobierno de Mauricio Macri que promovió el desguace casi total de las políticas públicas tanto de producción como de investigación audiovisual, desde el equipo de trabajo que integramos y con financiamiento de la Secretaría de Políticas Universitarias de la Nación, participamos como investigadores principales del proyecto “Radios Cooperativas y Públicas. Estudios de Consumos y Audiencias Radiofónicas en el Gran Córdoba”, etapa I (2016, 2017). A partir de datos estadísticos confiables y sistemáticos de cuatro ciudades del Gran Córdoba, pudimos continuar caracterizando los procesos de consumo locales de la radio, así como observar algunos deslizamientos y transformaciones de relevancia.

De modo global, los trabajos estadísticos que se desarrollaron durante estos años permitieron generar datos sistemáticos de relevancia. No obstante, dada la perspectiva desde la cual se desarrollaron, pueden promover cierto de tipo de lecturas que naturalicen las ofertas culturales y la constitución de los públicos de los medios. Esta tendencia suele dificultar, en general, reconstruir y reconocer los complejos procesos que allí se anudan.

En este marco, seguramente relacionado con el progresivo abandono de la radio como objeto preferencial de indagación y a pesar de los aportes recientes en términos de caracterización cuantitativa de su consumo, no hemos podido reconocer en los últimos años producciones de especial interés encuadradas en un tipo de abordaje cualitativo que se encuentren orientadas a comprender la radio y sus públicos. Dicha caracterización puede hacerse extensiva tanto a los contextos locales de nuestra provincia, como al ámbito nacional y regional.

Esta situación es reseñada, ilustrativamente, en la publicación de referencia regional El Consumo Cultural en América Latina compilada por el investigador chileno Guillermo Sunkel (1999). En la misma se destaca que los únicos trabajos sobre este medio que han sido incorporados datan de principios de la década de los noventa. En su reedición ampliada y revisada (2006), este criterio de selección de trabajos no fue modificado.

En otra compilación, de menor nivel de circulación, sobre el estado del arte en Brasil realizada por la renombrada investigadora Nilda Jacks (2008), se reconoce una situación de similares características: la radio es abordada de manera marginal. Jacks asegura que durante toda la década de los años noventa y parte de los dos mil, en todo Brasil, se han registrado solo cincuenta trabajos -entre Tesis y Disertaciones- que tomaron como objeto a la radio. Solo diez de los mencionados se orientan a comprender la cuestión de la recepción y los públicos de este medio (Jacks, 2008:129-151)

En este contexto regional, quizás la no tan reciente propuesta de la argentina, radicada en México, Rosalía Winocur (2002) Ciudadanos mediáticos: la construcción de lo público en la radio, pueda ser reconocida como uno de los trabajos que, durante los últimos años, ha abordado específicamente estas cuestiones y que logró, relativamente, resituar la cuestión de los públicos de radio, al menos fugazmente, en el panorama del campo. Desde una perspectiva comunicacional con aportes de la antropología, Winocur revisita hallazgos empíricos sobre la relación sociocultural de los públicos de distintos sectores sociales con la radio. Resultan de especial interés algunas cuestiones específicas en torno a la práctica de consumo de las franjas populares en línea con lecturas que hemos propuesto en trabajos de propia autoría (Martinez Luque, 2015). En particular, entre otros aspectos, sus interpretaciones sobre los cruces de los mundos públicos y privados en el marco de la experiencia urbana y mediática posmoderna se muestran especialmente sugerentes.

En ese sentido, la propuesta de Winocur ocupa parte del vacío que los estudios académicos han mantenido sobre la radio frente a la preponderancia de la televisión y las nuevas tecnologías. No obstante, su aporte no radica especialmente en la cuestión de los públicos y sus procesos de constitución, sino en realizar una contribución desde la radio a la reflexión sobre la interacción de medios, opinión pública y vida cotidiana.

Por otra parte, no podemos dejar de referenciar los trabajos del docente e investigador argentino José Luis Fernández quien, inspirado fundamentalmente en una perspectiva sociosemiótica, aborda desde hace años la cuestión de las características semióticas de los lenguajes de la radio (1994), su historización (2008) así como, con especial acento en su último libro, la cuestión de las audiencias (2012). Los diversos aportes de Fernández resultan ineludibles a la hora de recorrer los estudios recientes sobre la radio en nuestro país. Sin embargo, dada su principal orientación teórica, aquellas propuestas que más nos interesan y nutren se encuentran en La Captura de la Audiencia Radiofónica (2012).

En dicho trabajo continúa líneas previas en cuanto a la consideración de géneros y estrategias discursivas de las emisoras de la ciudad de Buenos Aires, expone modelos analíticos y avanza en una propuesta para comprender las audiencias integrando perspectivas sociológicas clásicas y recientes. A partir de ello, y de la revisión de trabajos que considera centrales, realiza una propuesta para aprehender la audiencia radiofónica articulada en dos dimensiones fundamentales: la semiótica y la sociológica (2012: 281-288).

Sin duda, la continuidad y sistematicidad de las discusiones desarrolladas por Fernández y su equipo, así como su rigurosidad y perspicacia para desplegar la lectura sociosemiótica del lenguaje radiofónico -cuestiones que hemos retomado en anteriores investigaciones (Martinez Luque, 2015)-, constituyen parte importante de su aporte. En el presente trabajo, también recurrimos a algunos elementos y líneas de lectura propuestas por este autor.

II.1.9 Los públicos de sectores populares en los discursos radiofónicos de las FM de Córdoba

Durante los años 2010 y 2011 desarrollamos una investigación sobre las propuestas comunicativas de dos emisoras FM de la ciudad de Córdoba, Radio Popular y Suquía, orientadas de manera segmentada a sectores populares locales. Organizadas en torno al género musical local del cuarteto, estas emisoras lograban -y continúan haciéndolo-, los más altos niveles de escucha cuantitativa entre sus audiencias predefinidas, según todos los datos públicos y privados disponibles.

El trabajo se planteó comprender las propuestas y programaciones de estas emisoras como densos espacios desde los cuales se constituyen instancias discursivas de identificación para los sectores populares de la ciudad de Córdoba. Configuraciones que plantean modos de ser, de interactuar, de hacerse visibles ante otros; en definitiva, de insertarse y vivir la ciudad, los medios y la cultura. Asumimos que dichos procesos se conformaban de operaciones de inclusión y exclusión, de promoción y silenciamiento de ciertas figuras, de ciertos sujetos y de determinadas características de éstos, y que resultaban en imágenes en las cuales reconocerse o extrañarse. Así, sostuvimos que analizar estas propuestas radiofónicas nos permitía comprender las estrategias comunicativas de estos medios locales de gran inserción pero también las claves a partir de las cuales lograban desarrollar un modo de relacionamiento satisfactorio, en el marco de sus objetivos, con el entramado de transformaciones culturales y sociales de la Córdoba actual, en general, y con los sectores sociales que viven dificultades o carencias materiales y exclusiones de tipo simbólicas cotidianas, en particular.

Teóricamente, nos inscribimos en una perspectiva que entiende a la comunicación en vínculo estricto con la cultura y las condiciones sociopolíticas que pueden ser reconocidas en nuestra sociedad, y con una propuesta metodológica basada, por una parte, en el análisis sociocultural de las condiciones de vida y estructurales de la ciudad de Córdoba, del escenario radiofónico local y, en particular, de las condiciones de producción de las emisoras analizadas. Por otra parte, las ofertas comunicativas y discursos de las emisoras fueron abordados recuperando propuestas de la sociosemiótica en conjunción con aportes específicos de análisis de las programaciones radiofónicas producidas por Mata y Scarafía (1993), así como las desarrolladas por Alfaro (1990) y Buenaventura (1990), entre otros. El corpus de análisis estuvo conformado por más de 270 horas de programación de ambas emisoras FM.

Gran parte de nuestra investigación fue publicada en el libro Radios, música de cuartetos y sectores populares en Córdoba (Martinez Luque, 2015).

El presente trabajo se constituye como continuidad natural de aquella investigación, por lo que la misma se erige como antecedente principal y directo que nos demanda detenernos de manera pormenorizada en algunas de las principales cuestiones analizadas.

II.1.9.1 Los tiempos y espacios de FM Popular y Suquía

Fundamentalmente, a partir del tipo de estructuras de programación, de las temáticas dominantes claramente definidas y reiteradamente presentes, de la conformación estable de los elencos de las voces, las pautas musicales y los estilos radiofónicos predominantes, hemos señalado que estas emisoras se insertan en un tiempo de continuidad y repetición, en una lógica de compañía de sus oyentes.

Estos discursos buscan acomodarse a los destinatarios que dibujan y suponen la adaptación a las formas y tiempos de una cotidianeidad que implica esfuerzos y cuidados. Aspectos que no pueden ser demandados desde las emisoras. Desde este lugar de ausencia de exigencias y demandas, parece construirse su gran predisposición, su confiabilidad y su apertura a las necesidades de los oyentes que quieran o necesiten escucharla. Así, en el marco de las lógicas globales de la FM de la ciudad y en su siempre compleja competencia y complementariedad con la TV y los nuevos medios digitales, estas propuestas se instituyen como naturalmente amigables, cercanas y con predisposición al encuentro con sus oyentes.

Esa compañía, de todos modos, no se define por una tópica global escapista del mundo urgente y complejo. Si bien dominados por la lógica de lo musical y el entretenimiento, estos discursos acompañan también al decir, al contar y al escuchar sobre aquello que sucede. Los aspectos básicos que se necesitan para delinear una cartografía de lo social son desarrollados en estas programaciones: la información económica, política, social, policial está presente de manera sucinta, comentada y sin mayores detalles. Cuestiones que parecen aludir a las necesidades informativas, que los propios medios contribuyen a construir, de saber qué es lo que sucede en una sociedad compleja como la Argentina y, a su vez, facilitar la vida en una gran urbe como Córdoba, marcada por las falencias y las dificultades en prestaciones y servicios.

En este marco, y esta es una cuestión fundamental de estas propuestas, la compañía de la radio se define en relación con los tiempos cotidianos productivos u ocupacionales, en el trabajo o el hogar, pero también por los propios del ocio y el entretenimiento. Particularmente, los bloques vespertinos y nocturnos, y especialmente aquellos de fin de semana, decididamente se establecen como estructuradores de los tiempos de las salidas nocturnas, de los bailes de cuarteto, es decir, de aquellos momentos que se proponen vinculados a la fiesta y el placer. Las prácticas de ocio y entretenimiento, industrialmente organizadas en los bailes de cuarteto, de franjas importantes de los sectores populares de Córdoba dejan allí su huella indiscutible. El tiempo y espacio del baile de cuarteto es un elemento ineludible y estructurador de estos discursos, y desde allí, estas programaciones hablan, con especial tinte socio-generacional, de la diferencia.

Por otra parte, llama la atención la consistente visibilización del espacio carcelario como ámbito delineador de las figuras de los oyentes. Cuestión que hemos señalado como huella notable de los valores y nociones culturales en transformación de franjas de sectores populares que, vinculados al régimen del postrabajo, hoy le asignan validez a prácticas y espacios que otrora no los ostentaban.

II.1.9.2 Demarcaciones o el lugar de la diferencia

En el marco de continuidades con lógicas culturales y mediáticas generales, nos hemos detenido a analizar los procesos a través de los cuales estos discursos buscan construir un lugar de lo propio y de lo particular. Hemos señalado, así, los dispositivos que pretenden dar cuenta y proponer una diferencia constituyente en estas propuestas comunicativas.

Esta verdadera lógica de la diferencia (Laclau y Mouffe, 1985: 151) se construye, entre otras cuestiones, desde el desarrollo y la presencia notable de temas no serios vinculados con un estilo de fuerte oralidad, pero que carecerían de importancia o valor desde una perspectiva racionalista; la propuesta de un tipo especial de vivencia de la música -agitada, de compromiso físico, alegre, bailable- que implica a enunciadores y destinatarios; la validación de tipos de relación recíproca, cercana, auténtica, sin falsedades y pretendidamente desjerarquizada entre los sujetos de la comunicación y también la centralidad de lo expresivo con el amor, el erotismo y el humor como elementos fundantes.

II.1.9.3 Humor, socialidad, cuerpos y memorias

Estas últimas cuestiones parecen encontrar un lugar de extremada relevancia en estos discursos y en los modos en que se construye a los destinatarios. Así es que el humor en particular se presenta como aspecto fundamental de la dimensión expresiva de estos medios y elemento constitutivo de sus sistemas de interpelación. Desde sus distintas manifestaciones -el chiste, la burla, lo paródico-, el humor permite estructurar una zona densa de constitución identitaria diferenciada en la que se insertan, en relaciones de pretendida simetría y encuentro, enunciadores y destinatarios. Dicho elemento, de este modo, no solo define a los sujetos, sino que también los integra a un campo común que nos habla de lo cordobés y particularmente de lo popular.

Como parte de esta trama, fuertemente vinculada con el humor y lo propio local, la visibilidad y validación de círculos de socialidad también opera como eje demarcatorio de los destinatarios. Especialmente desde los dispositivos de presencia directa de los oyentes en el discurso, pero también en la interacción que se propone con los enunciadores, se construyen sujetos para quienes la relación con los otros, el mantenimiento del contacto y la expresividad, de sensaciones y emociones, con sus pares de distintos espacios, adquiere un valor particular. Las radios se muestran, en esa línea, como espacios significativos y legítimos para la reproducción y valorización de dichos vínculos consagrados en el simple o cariñoso contacto, en la burla o en la gastada que, en sus variantes, aluden al sostenimiento de la interacción. En el marco de procesos de fragmentación, descolectivización social y una trama urbana que promueve los desencuentros, el emplazamiento como público de estas emisoras se configura como parte de la posibilidad de la reproducción de relaciones, del encuentro con otros y base para la visibilidad de estos sujetos, sus preocupaciones, intereses y necesidades.

De igual modo, la cuestión del cuerpo se torna fundamental para la constitución del vínculo entre enunciadores y destinatarios. En la experiencia activa, cantada, agitada de la música, en el tipo de apropiación festiva bailable del cuarteto, en los modos de vivencia del fútbol, así como en las maneras en que se expone y valida la íntima sexualidad o el erotismo como dimensión fundamental de la vida, la corporalidad se muestra como cuestión constitutiva de estos discursos. Desde aquí es que adquiere sentido lo sensible, el amor y también el humor, que toma al cuerpo y a la sexualidad como objeto de burla.

Especialmente vinculado con la corporalidad, lo erótico es construido de modo particular desde distintos dispositivos y se muestra como referencia y marca de socialidad. Así, a partir de la seducción hacia otros sujetos situados como oyentes o hacia los mismos enunciadores, pero también movilizado desde la discursividad radiofónica apelando a la música en vivo, lo erótico emplaza a los destinatarios en tanto cuerpos. De esta manera, a partir de la articulación de los registros musicales de los bailes de cuarteto, los sujetos/cuerpos son asidos al contacto, a la intermitencia, a los claroscuros y la sugerencia que definen lo erótico y que encuentra en la apropiación radiofónica de estos eventos la posibilidad de su legitimación y reproducción simbólica y material como espacio de particular valor. Hemos sostenido que esta cuestión implica, en última instancia, el anudamiento de esos cuerpos a lo enérgico, a la vibración vital, a la reproducción y la pervivencia de dichas existencias.

Pero la corporalidad, además de marca de socialidades que muestran especial pregnancia entre franjas juveniles de los sectores populares, es también huella de las búsquedas de visibilidad, encuentro y ser en común. El cuerpo y el contacto con otros parecen garantizar desde su materialidad la existencia de ese grupo para los sujetos, es decir que asegurarían la realidad de un nosotros, de un común imaginado (Alabarces, 2006a: 12).

Por otro lado, es necesario señalar que la constitución de esta lógica de la diferencia, parece también articular y movilizar memorias y experiencias culturales –de diferentes niveles- que han sido teórica y empíricamente relacionadas con los sectores populares desde distintas perspectivas de análisis. En esa línea, hemos observado estas huellas en la cuestión humorística de estas propuestas, construida en torno a las mascaradas, lo burlesco, lo paródico y en menor medida, lo irreverencial; todos elementos que no podemos dejar de vincular históricamente a estilos cómicos y ejes expresivos populares (Martín Barbero, 1987; Bajtin, 1974). También hemos analizado esta propuesta de enlace con experiencias históricamente constituidas, en los modos en que se propone vivir lo cultural relacionado a la experiencia activa de la música, entre otras cuestiones (Martinez Luque, 2015).

II.1.9.4 Las imágenes constitutivas

A partir de estos diversos mecanismos y operaciones, estos medios desarrollan una verdadera lógica de la diferencia, y constituyen un Nosotros definido nítidamente desde una específica posición cultural que se articula complejamente, conteniendo diversas imágenes y estableciendo dispositivos de interpelación particulares. En ese sentido, estos discursos desarrollan un proceso de unificación de sus destinatarios en un campo significativo común, en parte relacionado con la lógica mercantil que instaura el segmento popular, pero también contienen las huellas de la diversidad, la heterogeneidad y la complejidad de distintas franjas de los sectores populares cordobeses.

En este marco, los destinatarios de estos discursos son interpelados como oyentes, de modo fundamental y figura con sentido propio, como sujetos parte del cuarteto, en las distintas posiciones que esta imagen acuna, como hinchas de fútbol y -con menor fuerza- como laburantes, en tanto forma elusiva de la posición de trabajador.

En la calidez de su condición y fundamentalmente desde su pretendido carácter englobante y articulador, el ser oyente de estas emisoras se plantea como una operación de identificación naturalmente complementaria con el ser parte del cuarteto -renegamos del estigma simplificador de cuartetero- y el ser hincha de fútbol. De este modo, en el establecimiento de la relación con estas emisoras se construye el lugar de desenvolvimiento de las subjetividades que encuentran en estas figuras, el espacio de desarrollo del ser antes que el hacer.

A su vez, de modo transversal, aunque con especial fuerza desde los discursos publicitarios del cuarteto, los destinatarios son interpelados como consumidores. Imagen que, si bien nítidamente alude a interpelaciones extendidas en distintos medios e instituciones, en estos casos también está marcada por la diferencia en tanto se construyen “una manera popular” (Alfaro, 1990) de integración a la ciudad y a la economía capitalista a través del consumo.

En este contexto, hemos analizado cómo desde estos diversos aspectos, se busca construir y articular esta lógica de la diferencia alrededor de dos significantes dominantes vinculados a lo popular y lo cordobés. En el marco de la lógica posmoderna de difuminación de fragmentos equivalentes e inconexos y de la dinámica globalizante de disolución de las espacialidades y distinciones socioterritoriales, estos ejes significantes articulan sentidos como parte de una propuesta de identificación/diferenciación de lo cultural propio en cruce con lo local.

En este marco, a partir de lo trabajado, hemos resaltado de modo particular la emergencia de lo plebeyo como un principio articulatorio diferenciado. De esta forma, hemos marcado que ciertos tipos de humor, la exacerbación abierta casi grotesca del cuerpo y la sexualidad parecen encontrar una red de contención en lo plebeyo en tanto reivindicación de posiciones diferenciadas, pero anudadas también en la desigualdad, en el plano cultural. En esa línea, la recreación de posiciones culturales deslegitimadas, que actualizan las miradas prejuiciosas de los otros sociales sobre lo plebeyo como forma de lo popular (Svampa, 2004), su reivindicación y el gesto paródico que repone y burla lo oficial, lo culto y lo pretendidamente superior, avalan la reconstitución de las oposiciones culturales en estos discursos. En ese sentido, se delimita un mundo de abajo que, con sus trazas deslegitimadas, se constituye en aspecto de identificación positiva que no solo parece hablar de la diferencia, sino también de la desigualdad.

Con algo menos de intensidad, en estos discursos se observan marcas, débiles y fragmentadas, de la exacerbación de este carácter plebeyo como aspecto de identificación. Nos referimos, de modo especial, a la visibilidad y valorización de una sexualidad abierta, desbordante, a la fuerza de los mundos de la noche, las prácticas socioculturales vinculadas a la joda, las drogas, el alcohol, y en menor medida, el mundo del delito. Estos elementos parecen presentarse como puntos de diferencia fuertes, casi indigeribles por la moralidad y prácticas culturales dominantes. Específicamente relacionados con las imágenes juveniles y con marcas importantes de lo colectivo, a partir del mundo de la noche cuartetera y el espacio del barrio, estos elementos adquieren una fuerza cualitativa en algunos segmentos de estos discursos, a ser tenida en cuenta.

En este marco, la construcción del destinatario como parte de lo popular, desde esta articulación de sentido que hemos nombrado como plebeya y su exacerbación, se define por ser lo execrable, lo bajo, lo sucio, lo que no es deseado por otros pero que opera, por diferencia, como un límite demarcatorio fuerte y por ello como núcleo de un aspecto identitario que define a un tipo de destinatario.

En tiempos de máxima visibilidad y supuesta legitimidad del cuarteto, de pretendida igualdad de todas las prácticas culturales y de captura hegemónica de los temas, géneros y valores populares, estas imágenes particulares parecen aludir a marcas de la articulación y movilización específica de los modos de vivencia y las experiencias de la desigualdad, de ciertas franjas de estos sectores. Desde allí, parece importante prestar atención a las huellas de lo plebeyo y su exacerbación como un lugar posible desde el cual lo popular podría ser designado en vínculo con el conflicto, el establecimiento o el amojonamiento de antagonismos.

II.1.9.5 Las exclusiones de las que está hecha una afirmación (de la diferencia)

Desde la perspectiva en que nos inscribimos, toda afirmación o articulación de un campo de identificación, y las imágenes que lo viabilizan, delinea un exterior que lo constituye y le da sentido pero que también opera como presión que lo lleva hacia una inestabilidad ineludible. En esa línea, a lo largo de nuestro trayecto, señalamos en las distintas dimensiones analizadas, aquellos elementos que de manera relativamente sistemática son dejados de lado en estos sistemas de interpelación y que operan como su exterior constitutivo (Laclau y Mouffe, 1985; Hall, 2003).

En este marco, hemos analizado la exclusión de los sectores populares, los niños, los jóvenes, los adultos mayores y las mujeres como sujetos de representación y actores de la realidad en la dimensión referencial de estos discursos. Dando lugar a la configuración de una realidad representada que delinea un espacio público reducido y restringido. Reducido, porque allí solo adquieren representación ciertos tipos de problemáticas y temas. Restringido, porque el espacio de visibilidad que el mismo implica se muestra reservado para actores particulares vinculados al ámbito del espectáculo, el deporte, el mundo mediático, la política y el Estado.

Del mismo modo, hemos insistido en la ausencia casi absoluta, de modo global, de los fenómenos de exclusión social, de la marginalidad y la pobreza. Solo en algunos ciclos de estas dos emisoras, como Hola Domingo de Radio Suquía, que dejan claras muestras de no estar en línea con el sentido general de estas propuestas, logran incidencia estos temas, elementos e imágenes. No obstante, en general su presencia se estructura como referencia a la realidad de sujetos individuales, licuando a través de la lógica de la casuística el carácter social de estas realidades.

Las líricas, temáticas y vertientes privilegiadas sobre las cuales se asienta la difusión musical del cuarteto, excluyendo lo que hemos nombrado como cuarteto negro o plebeyo, además de operar como reproductor de los mecanismos disciplinantes del mercado discográfico y dispositivo de modelación de gustos, acude en el mismo sentido de una reafirmación cultural antes que una representación de la dimensión material de la vida de los sectores populares.

De todas maneras, también hemos planteado que las tenues marcas de lo que llamamos exacerbación plebeya de lo popular, que opera como propiedad discursiva de estas propuestas, se muestra como producto de las presiones, en procura de su representación en estos discursos, de valores y nociones en legitimación vinculados a las franjas marginalizadas y excluidas de los sectores populares.

De modo más general, estos procesos de silenciamiento y escamoteo, implican una lógica de identificación, de anudamiento de los sujetos, que confina la actividad y la dimensión creativa de los sectores populares a la trama de lo cultural en sentido restringido. Esta operación, propia de una articulación populista liberal (Roberts, 1999) o neopopulista, propone a aquello que construye como lo popular como fuente de legitimación, pero anuda a los sectores que lo encarnarían a una incapacidad de producir cultura legítima con todo lo que la misma implica de disputa, conflicto, cruces y litigio. Es decir, proponen una suerte de esclerosamiento de lo popular o de un afincamiento en una posición inmodificable, eludiendo su inserción en la cultura como campo de fuerzas y “espacio de lucha por el sentido” (Grünner, 1990).

Este proceso articulatorio encuentra una necesaria complementariedad en la analizada configuración pasiva de los sectores populares en lo público y lo político. La representación e interpelación de estos sujetos como actores de demanda, reclamo o protesta de cualquier tipo es fuertemente excluida. En esa línea, es clara la dificultad de que los sectores populares sean concebidos en estos discursos como protagonistas, legítimos, de prácticas litigiosas y por lo tanto políticas (Mouffe, 1993) en el espacio de lo común.

En este marco, las imágenes de identificación que, fundamentalmente, este proceso requiere silenciar, aun cuando dicha elusión no puede ser total, se vinculan a la de sujetos en situación de pobreza o definidos como carenciados, así como aquellas que hablan de potenciales demandas, conflictos y litigios como las del ciudadano, el usuario e incluso la de vecino.

De esta manera, la captura del significante popular como parte de las propuestas comunicativas y las identidades que procuran construir es nítida. Lo popular y lo cordobés, como su desplazamiento localista, son los puntos nodales desde los cuales se sostiene toda la propuesta de sentido de estos discursos.

Desde la lógica de la diferencia, la articulación de lo popular es una propuesta que asigna a los sujetos a un estilo de vida determinado por el juego de signos y las prohibiciones fundadas en la industria cultural (Oropeza, 2004: 709), que sitúan a las emisoras y al cuarteto como piedras de toque.

En la deriva político cultural de estas articulaciones, lo popular es diferencia, fragmento, una emergencia particular en las configuraciones multiculturales propias del estallido posmoderno y su consecuente disolución de jerarquías. Desde esta serie de marcas, lo popular cordobés se torna un tipo de representación folklorizada de los modos de vida de las mayorías locales y es prolijamente emplazado en el estante mercantil del pastiche cultural de la ciudad (Jameson, 1995).

II.1.10. Un área de vacancia

En la permanente consulta y revisión de los trabajos desarrollados en el marco del campo latinoamericano y especialmente nacional de estudios de comunicación, observamos que la tendencia, en los últimos años, delimita un mapa de investigaciones sobre audiencias, públicos y consumos culturales integrado, fundamentalmente, por investigaciones de o para el mercado en manos de consultoras privadas; trabajos con rasgo fuertemente descriptivo de carácter cuantitativos de mediana o gran escala desarrollados por o a pedido del Estado; o, finalmente, micro investigaciones que se desprenden del análisis estructural (Saintout y Ferrante, 2011: 26).

En este marco, y en el camino de búsqueda y revisión bibliográfica que involucró el desarrollo de nuestra investigación anterior, arriba reseñada, así como el que continuamos para el presente trabajo, no tenemos a nuestra disposición producciones que, en el último tiempo y a nivel local, hayan abordado -desde la perspectiva teórica de la comunicación/cultura y con una mirada de tipo comprensiva-, la cuestión de los públicos de la radio cordobesa, y en particular, de aquellos específicos de los sectores populares.

Desde estos intereses y perspectivas, nos anima trabajar sobre la constitución de los públicos de Radio Popular y Radio Suquía, proponiéndonos operar con nociones que permitan comprender la vinculación de los sujetos con las emisoras, más allá de los consumos particulares y las operaciones de asignación de sentidos que se producen desde la esfera analítica de la recepción.

A riesgo de ser redundantes, y como ya hemos señalado, nuestra propuesta no es un estudio de recepción. De modo distinto, intentamos comprender y operar la reconstrucción del ser público de estas emisoras en tanto práctica social específica.

En esa línea, pretendemos articular los desarrollos realizados por la perspectiva sobre los públicos, desde la cual puede apostarse a reconstruir las claves por las cuales los individuos aceptan, en relación con interpelaciones particulares, “su conversión en seres genéricos” como dimensión constitutiva de la vida en sociedad y de la producción cultural; es decir, de la elaboración colectiva de significados sociales (Mata, 1998: 109).

Así, esta investigación busca indagar y comprender los procesos a través de los cuales, oyentes de radio de sectores populares se constituyen en públicos de las emisoras FM que hemos referenciado. Y cómo, a partir de dicha condición construida en el terreno de la comunicación/cultura, se reconocen y extrañan como parte de la sociedad cordobesa. En este nivel de lectura, nos interesa poder identificar y comprender la relevancia que el ser público de estas emisoras adquiere para estos actores, como espacio desde el cual poder pensarse, definirse y situarse social y culturalmente.

II.2 Contexto teórico referencial

II.2.1 Los sectores populares y lo popular

Las discusiones posibles sobre la definición y circunscripción de aquellos actores que denominaremos sectores populares exceden los límites de este trabajo. Por el contrario, nos restringiremos a plantear, operativamente, que, a partir de autores de larga inserción en la teoría social latinoamericana y argentina, entenderemos de esta manera a franjas de población que socioeconómicamente pueden ser pensadas como clases medias bajas y bajas que, aun en su reconocido carácter heterogéneo y fragmentario, ostentan experiencias, prácticas y costumbres relativamente comunes e históricamente constituidas (Romero, 1991; Barei, 1993: 30; Merklen, 2005; Svampa, 2005; Kessler et al., 2010).

De todos modos, asumimos teóricamente que la situación de desigualdad de clase que esta definición implica se afinca en procesos de apropiación diferencial de los recursos socialmente disponibles y se consolida de manera relacional en tanto y en cuanto se sostiene por una red de vínculos de subordinación de distinto tipo, a través de los cuales unos sujetos se encuentran en posiciones dominantes y otros en posiciones de subalternidad.

Dicha condición de subalternidad, a su tiempo, no puede ser solo anudada a la clase social. También puede ser relacionada con el género, la edad, la etnia y raza, los territorios, entre otras dimensiones. Pero todas estas posiciones implican anteponer dicha condición, como modo de indagación del Otro y lo Otro (Alabarces, 2004). Desde aquí, que la subalternidad, en este caso relacionado con los sectores populares, articulada desde la hegemonía gramsciana, no puede ser cristalizada o investida de ciertas características permanentes. Por el contrario, resiste y asiente, se entremezcla y se diferencia, pero siempre se define de manera relacional con lo dominante.

Sobre la base de estos supuestos teóricos, y en otro orden de cuestiones, entendemos que las rearticulaciones hegemónicas iniciadas a partir del último gobierno dictatorial autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), profundizadas en la denominada década neoliberal (1989-1999) y líneas de continuidad a partir del año 2016, implicaron transformaciones drásticas en la sociedad argentina, en general, y para los sectores populares, en particular.

Los procesos iniciados con la última dictadura, de modificación y reconfiguración económica, política, social y cultural estuvieron lejos de ser lineales, ni se desarrollaron con secuencias nítidamente identificables. Como plantea Kessler (Kessler et al., 2010), los cambios económicos comenzaron en la década de los setenta, con la implementación de la dictadura militar y su política represiva de disciplinamiento social, mientras que las transformaciones operadas en lo social comenzaron a hacerse visibles durante la década siguiente con la aparición de amplias zonas de pobreza. Finalmente, tras la crisis hiperinflacionaria de 1989 y el tránsito definitivo hacia la sociedad globalizada y neoliberal, las denominadas reformas estructurales y los grandes procesos de transformación impulsados por el gobierno menemista, terminó de definirse el proceso de moldeado de la estructura social y económica argentina que dominó, por lo menos, hasta mediados de los años 2000.

Estos largos y dolorosos procesos redundaron en la profundización de la ya existente fragmentación social y la pérdida de poder de los sectores populares y de amplias franjas de las clases medias, así como la consecuente mayor concentración política y económica en las elites de poder nacional e internacionalizado (Kessler et al., 2010: 10). En esa línea, se produjo el pasaje de la metáfora que definía la correlación de fuerzas sociales como “empate social” -que caracterizó la década de los sesenta y parte de los setenta-, a la de la “gran asimetría”, propia de la etapa de la convertibilidad de la década de los noventa (Svampa, 2005).

A partir de las transformaciones estructurales referidas, estos sectores sufrieron retrocesos sensibles tanto en aspectos materiales como simbólicos. Solo a modo de breve inventario, podemos señalar el marcado y estructural repliegue del salario real de los trabajadores y la merma en la participación en el producto bruto interno, junto con los altos niveles de desocupación, marginalidad y pobreza. En conjunto, desde mediados de la década de los setenta, estos aspectos derivaron en la importante pérdida de poder adquisitivo de los asalariados y un fuerte proceso de concentración de la riqueza en los sectores dominantes aglutinados en torno a las actividades de valorización financiera (Basualdo, 2006: 133; Lozano, 1998: 626).

Por otra parte, el gradual desmantelamiento del Estado de Bienestar implicó procesos de quiebre de las instituciones integradoras e incluyentes como la escuela pública y el trabajo, así como el abandono en las prestaciones de servicios básicos -salud, educación, transporte-, que afectó especialmente a los sectores populares. Los escenarios de desafiliación estructural e institucional en el marco de la pregunta por la integración y los vínculos de solidaridad -entendidos desde una perspectiva sociológica- se constituyeron en síntomas de época (Alabarces, 2002b; Merklen, 2005).

La última dictadura militar, y luego el menemismo, no fueron exclusivamente proyectos de transformación económica y política. También incluyeron, desde luego, “capítulos culturales” (Muraro, 1985). En esa línea, desde la conducción de estos proyectos políticos, se empeñaron en atacar los valores de solidaridad social en beneficio del privatismo y el individualismo. En continuidad ambivalente con estas nociones, desde 2016 asistimos a la promoción de la meritocracia que, desde distintos ropajes, promueve valores similares.

De manera conjunta con las transformaciones económicas y sociales de los periodos mencionados, estas cuestiones tuvieron su gradual, pero persistente impacto en los modos en que cada grupo social se autorrepresentaba, se pensaba y figuraba su destino social dentro de la sociedad argentina. Tendencialmente, los lazos de solidaridad entre las clases medias y populares -que alcanzaba su máxima expresión en la década de los setenta-, así como los propios dentro de los sectores populares, sufrieron rupturas de importancia. De esta manera, en el marco de claros procesos de descolectivización de los sectores populares, se comenzaron a delinear marcadas diferencias entre las franjas de trabajadores asalariados, precarizados y amenazados por el desempleo, y la emergencia de lo que podemos denominar clases populares plebeyas, asociadas, a partir de los noventa, con el mundo comunitario de los pobres, con los excluidos, con la marginalidad (Kessler et al., 2010: 11). Esta nueva representación de ciertas franjas de los sectores populares, no en pocas ocasiones y especialmente relacionado con el fenómeno de los piquetes y la identidad piquetera, ha sido anudada a un estereotipo negativo: lo plebeyo implica cierta inferioridad antropológica -moral y cultural-, reactivando el estigma de la barbarie y la evocación del aluvión popular, negro o zoológico (Svampa, 2004).

Si bien estos amplios sectores de población nunca pudieron ser pensados de manera homogénea, en el marco de una sociedad signada por un modelo industrial, el anclaje de la condición salarial operaba como referencia. Los procesos señalados profundizaron las fragmentaciones, la multiplicidad de clivajes y la heterogeneidad de los sectores populares argentinos.

A su vez, valga señalar que estas amplias transformaciones y sus consecuentes lógicas de fragmentación han implicado, desde la mirada de diversos autores, dos fenómenos culturales de especial impacto entre estos sectores. Por una parte, se observa desde hace un tiempo un proceso profundo de “reelaboración moral” entre las clases populares (Castels, Kessler y Merklen, 2013: 15) o, en otros términos, de “reconstrucción de los estándares de valoración, idearios y reelaboración de identidades” (Míguez y Semán, 2006: 31). Dichos procesos, entre otras derivaciones, han avalado deslizamientos en torno a las prácticas legitimadas en relación a la provisión y consecución de bienes, así como de relación con el mundo del trabajo.

Por otra parte, también es necesario señalar el hecho de que en la experiencia popular conviven formas de inscripción colectiva vinculadas con la familia, el barrio y los grupos de pares con potentes dinámicas de individualización. Estas últimas, a priori, lejos de estar vinculadas con formas de autonomía y libertad personal, se vinculan de modo más nítido con una resultante de la inestabilidad, la imposibilidad de apostar a un acceso colectivo al progreso y la emergencia de una nueva moral, entre otras cuestiones (Castells, Kessler y Merklen, 2013: 16).

De este modo, si bien existe amplio consenso en que durante los gobiernos kirchneristas, y especialmente entre la década comprendida entre 2003 y 2013, determinadas dimensiones de relevancia de la situación material y simbólica de los sectores populares argentinos tendieron a modificarse de manera progresiva[4], hay aspectos estructurales de la desigualdad en nuestro país que no han sido modificados (Castels, Kessler y Merklen, 2013).

Durante los años de realización de nuestro trabajo de campo, principios de 2016 y 2017, el Gobierno del presidente Mauricio Macri ya había avanzado en sus primeros años de mandato. Para este momento ya resultaba discernible el sentido regresivo y conservador de su política social y fundamentalmente, económica. La apertura indiscriminada de la economía, así como sus políticas de apoyo a la libre competencia con productos a precio de dumping, tuvieron un duro impacto en el empleo industrial nacional. Para finales del año 2016, el primer año de gestión, 1.500.000 argentinos cayeron por debajo de la línea de pobreza[5].

También es importante decir que una serie de proyectos de acceso a bienes culturales para los sectores mayoritarios que eran financiados por el Estado fueron prácticamente desmantelados.

La desigualdad se presenta como síntoma de época central para comprender las condiciones de vida de los sectores populares, en particular, y de la sociedad argentina, en general.

En otra línea, y dentro del panorama descrito, tras los amplios y extensos debates en diversos campos académicos sobre lo popular -que se dieron especialmente durante la década de los ochenta; algunos de los cuales hemos referenciado en la sección de “Antecedentes”-, ha quedado claro que tal significante en tanto noción conceptual no puede ya nombrar un espacio cerrado o una serie de prácticas u objetos delimitados exclusivamente vinculados con algunas franjas de sectores populares. Al decir de Beatriz Sarlo, “la designación ‘popular’ encubre demasiados elementos heterogéneos como para que sea aceptada en una univocidad que no posee” (1987: 152). En tal sentido, las discusiones académicas desarrolladas permitieron superar sistemas de oposiciones desde los cuales se venía pensando dicha noción: oposiciones entre cultura de elites y cultura de pueblo, entre cultura tradicional y cultura moderna, cultura de masas y cultura popular.

Esta fase en que primaba un pensamiento tendencialmente binarista y opositivo en torno a lo popular dejó lugar a un momento epistemológico vinculado a la exaltación de lo híbrido (Sunkel, 2006: 274; Alabarces, 2002a), a las lógicas del pastiche cultural (Jameson, 1995) o también denominadas como fragmentarias (Grüner, 1998). Es decir, escenarios en los que predominan la atención a las mixturas, los fragmentos y la ausencia de identificación de nítidos ejes organizadores de lo cultural.

En cualquier caso, en momentos en que la hegemonía capitalista en lo económico, y liberal en lo político, encontraba su pleno desarrollo, este tipo de perspectivas teóricas promovieron la licuación de lo popular, como potente figura conceptual, en otras configuraciones culturales. La parte que representaba lo popular, no podía ser más pensada como unidad discreta. Era atravesada por el todo y se perdía la posibilidad de su designación. Este escenario político cultural dibujado a partir de la profundización de las lógicas propias del capitalismo global, financiero y pretendidamente multicultural (Grüner, 1998), no ha viabilizado mayores claridades. Todo lo contrario. En tanto la comprensión del proceso de lo nacional en su vínculo -moderno- con lo popular se ha disuelto de manera casi definitiva, ni lo uno ni lo otro se muestran como espacios desde los cuales poder designar conceptualmente una alteridad posible (Ortiz, 1996: 44-45). En esa línea, Grüner, a partir de Jameson, ha planteado con lucidez que el proyecto posmoderno que disuelve la posibilidad de nombrar la diferencia, desde los fragmentos, aparece como una forma nueva de interpelar a los sujetos, vinculado a un formidable proceso de homogeneización (Grüner, 1990). Y de este modo, se muestra como una faceta inasible, innombrable de la lógica cultural del capitalismo tardío (Jameson, 1995).

Esta tendencia político académica ha mostrado algunas marcas de reversión desde hace algunos pocos años con cierta impronta propia en campos como los de la antropología cultural y la sociología política. La realidad en el espacio de estudios de la comunicación es algo distinta, ya que solo se observan los desarrollos de algunos pocos referentes que trabajan sobre estos temas y discutiendo estas nociones[6]. Año a año, en ocasión de asistir a reuniones de divulgación académica que congregan a investigadores en comunicación de todo el país y países limítrofes, continuamos verificando la muy baja presencia de interrogantes sobre lo popular en nuestro campo.

De todas maneras, el significante popular, si bien excluido tendencialmente de los caminos de la interrogación por parte de los campos académicos y de la investigación por largo tiempo, no fue necesariamente erradicado como parte de las interpelaciones elaboradas desde los discursos mediáticos, por un lado, y de los discursos propios de la política, por otro lado.

En el primer caso, y a modo de sucinta descripción, la apropiación del significante popular ha parecido operar al menos en dos sentidos. Ha desplazado al pueblo de sujeto político a sujeto de consumo, y desde allí lo erige como fuente de legitimidad última, por lo que aquello que es investido como lo de mayor nivel de consumo, posee una legitimidad incuestionable. Las radios y canales más escuchados, los periódicos, los discos y cualquier otro producto de la industria cultural con el mayor nivel de ventas, son motejados como populares. La instauración de la libertad de mercado como metáfora de la elección del pueblo, devenido en gente-consumidora, es el mecanismo fundante de esta operación.

En este régimen de la popularidad, la apropiación de lo popular implica necesariamente su cuantificación y por ende su control: los rankings, los ratings y los diversos indicadores de consumo son las ataduras propias de una incautación positivista y mercantilizada de este significante (García Canclini, 1998). Lo popular, desde lo mediático, parece ser exclusivamente hablado desde el mercado.

Por otra parte, a partir de la profunda crisis económica, política, social y cultural de 2001 y el innegable proceso de deslegitimación de la retórica y la práctica política, distintos relatos propios de dicho ámbito mostraron intentos de rearticulación de este viejo y otrora eficaz significante. De amplia tradición en nuestro subcontinente, pero ciertamente ocluido durante la década de los noventa (Argumedo, 2000; Fatala, 2004), lo popular y sus distintas variantes emergieron nuevamente como parte constante de interpelaciones políticas -cuya real eficacia política y discursiva desconocemos-, alrededor de lo cual se buscaba nombrar de algún modo lo común, lo compartido, la comunidad. De manera privilegiada, desde el movimiento político y cultural nombrado unívoca y falazmente como kirchnerismo -pero no exclusivamente, en tanto se pudo observar en otros espacios y discursos-, lo popular, alineado con lo nacional, pareció mostrarse como punto de apoyo para intentar designar una refundación del sistema democrático liberal argentino. No casualmente dichas articulaciones emergentes de lo nacional y lo popular, se instauraron en sendos contextos de crisis: los propios de la sociedad argentina que afrontaba la crisis de la legitimidad de la política para conducir el Estado y, de modo más profundo, la crisis de la propia idea de lo “común argentino (Grillo, 2007); los correspondientes al régimen capitalista global que cíclicamente, especialmente desde 2008, demuestran con tozudez que la fase de la globalización triunfante, que licuaba ciertamente lo propio de lo nacional, requiere de modificaciones estructurales para su reproducción exitosa.

En el reciente capítulo político de la Argentina iniciado a finales de 2015 con el Gobierno de Mauricio Macri, asistimos, de manera llamativa, a la exacerbación de ciertos prejuicios contra las clases populares. Bajo el ropaje de disputa con aquellos partidos o proyectos políticos como el kirchnerismo u organizaciones sindicales -como las asociaciones gremiales- que confrontaban políticamente con el oficialismo, se agitaron rancias críticas prejuiciosas y estigmatizantes hacia lo popular.

A modo de ejemplo, en el marco de la movilización de apoyo al gobierno macrista, el 1 de abril de 2017 observamos cómo el presidente emitió por redes sociales un mensaje de agradecimiento sosteniendo que la manifestación resultaba especial, dado que se había realizado “sin colectivos ni choripanes”[7]. La constitución de un colectivo de identificación política que se opone a esos otros que se movilizan y comen choripán, a esos otros que nadie nombra pero que todos saben que son los negros, promovió sin ambigüedades la reposición en el escenario central de la política argentina de una distancia política que se orientó a esencializarse, a partir de una diferencia sociocultural que se mostraba como insalvable.

II.2.2 Repensar lo popular

El camino que venimos transitando, evidentemente, nos ha llevado a preguntarnos por lo popular de manera conceptual. El recorrido no suele ser muy esperanzador: los estudios sobre las culturas de los sectores populares, desde la perspectiva de la comunicación/cultura, en Córdoba tienen muy poca visibilidad y presencia. Pero este estado de sorpresa y desolación, no se acota a lo regional y por si esto fuera poco, se renueva periódicamente cuando, año a año, nos presentamos en espacios de divulgación académica que congregan a investigadores en comunicación de todo el país. El panorama, si no idéntico, resulta similar en toda la geografía nacional.

En ese sentido, las culturas populares, la realidad sociocultural de los sectores populares parece haber desaparecido del mapa académico de los estudios de comunicación argentinos. Salvo honrosas excepciones, debemos recurrir a las producciones de otros espacios de estudio, como la antropología cultural o la sociología, para acercarnos a caracterizaciones de los procesos que, en los últimos diez o quince años, vienen marcando la experiencia de los sectores populares argentinos. Este cruce de campos disciplinares, sin duda, potencia nuestra mirada. No obstante, al mismo tiempo, observamos una serie de problemáticas específicas a nuestro espacio de estudios -como la que nos ocupa- que estos otros ámbitos de conocimiento tienen dificultad de asir productivamente.

La complejidad del objeto se ha tornado excusa. Para trabajar lo popular, es cierto, hace falta articular una serie de recaudos epistemológicos, teóricos y metodológicos de importancia que difícilmente nos lleven por el camino de la certeza. Los mapas de lo culto, lo popular y lo masivo hoy resultan de difícil confección, pero no es menos cierto que sigue siendo necesario reflexionar sobre lo popular -en tanto modo de nombrar y lugar desde donde mirar- la desigualdad y los procesos de dominación. Y, al mismo tiempo, como denso y contradictorio espacio desde el cual observar la emergencia y pervivencia de procesos y elementos culturales que permitan pensar órdenes sociales alternativos a los vigentes con mayor libertad, democracia e igualdad que los que hoy vivimos.

En este marco, definir lo que entendemos por “culturas populares” requiere volver a pensarlo todo, indagaciones que arremolinan los conceptos de “lo popular”, “lo subalterno”, la “clase”, la “cultura” y el “sujeto”, entre otros (Alabarces y Añon, 2008).

Y así como es necesario volver a pensarlo todo, también nos parece atinado mantener vigentes viejos señalamientos en torno al estudio de lo popular. Particularmente lo señalado por Michel De Certau, quien sostiene que nombrar lo popular es siempre hacerlo desde fuera y por lo tanto siempre existe un proceso violento de construcción de las culturas populares como objeto de conocimiento. Así, el “gesto violento -académico, letrado- que nombra lo popular es el mismo gesto que lo suprime” (De Certau, 1999). Este gesto dificulta conocer lo popular de manera completa y exhaustiva, pero no por ello esta búsqueda se torna obsoleta o imposible.

Ante la pregunta sobre si el sujeto subalterno puede hablar, como indica Alabarces, la respuesta de los estudios culturales (peronistas y viejos populistas) es “apostar por la capacidad del crítico para escucharlo o leerlo” (Alabarces, 2006). Hace falta una práctica académica e intelectual profundamente consciente de sus contradicciones, límites e implicancias y que fundamentalmente no resigne situar al carácter subalterno de lo popular en primer plano (Alabarces y Añon, 2008).

Desde aquí, entenderemos a lo popular como aquello que tiene la potencialidad de nombrar a lo subalterno que, articulado desde la noción de hegemonía -en su perspectiva gramsciana-, no puede ser cristalizado o investido de ciertas características permanentes. Lo popular como subalterno, resiste y asiente, se entremezcla y se diferencia, pero siempre se define en relación con lo dominante. No existe, de ese modo, una serie o listado de elementos que puedan ser caracterizados de manera ahistórica como lo popular.

Como sostiene Stuart Hall, no hay ninguna cultura popular autónoma, auténtica y completa que esté fuera del campo de fuerzas de las relaciones de poder cultural y dominación. De esta manera, el principio que organiza y estructura lo popular son las tensiones, cruces y las oposiciones con aquello que pertenece al dominio central o dominante. Es esta oposición/relación la que constantemente estructura el dominio de la cultura en lo “popular” y lo “no popular” (Hall, 1984).

II.2.3 El público de los medios. Hacia la construcción de una perspectiva posible

A lo largo del recorrido propuesto de antecedentes, siempre algo arbitrario e inacabado, hemos podido apuntar las corrientes y autores más relevantes que han ido constituyendo y demarcando el amplio y heterogéneo espacio que se propuso el abordaje teórico y empírico de las audiencias y los públicos de los medios, en general, y de los propios de la radio, en particular.

Resulta obvia la dificultad de construir, en este punto, propuestas conceptuales incuestionables. No obstante, nos hemos preocupado por ser especialmente nítidos al momento de establecer aquellos principios que, desde una perspectiva asentada en la articulación fundante de la comunicación y la cultura, consideramos centrales para dar cuenta de la complejidad de nuestro objeto.

Por otro lado, también hemos dejado cristalizadas algunas de las deficiencias de determinadas miradas que debilitan su poder comprensivo y explicativo al centrarse en una tendencia descriptivista que implica, por un lado, naturalizar la existencia de los públicos, y por otro lado, autonomizar sus procesos de constitución debilitando las tensiones y confluencias de los mismos con las instituciones y discursos mediáticos, sin los cuales no podrían realizarse, así como con las condiciones de existencia y tramas políticas, sociales y culturales en las que se insertan. En ese sentido, en este trabajo intentaremos dar cuenta del carácter construido de la condición y de la identidad del ser público de estas emisoras. La indagación de este aspecto nos llevará, necesariamente, a la búsqueda de comprender los mecanismos y procesos que colaboran en dicho proceso.

Para dar cuenta de dicha apuesta, tomamos como punto de partida los principales aspectos de la propuesta elaborada por María Cristina Mata en diversas producciones (1997; 2000) pero sistematizada fundamentalmente en La sociedad de los públicos (1998).

Estos ejes conceptuales resultan vertebradores iniciales de nuestro trabajo en tanto observamos en estas producciones la recuperación sistematizada de aportes de diversos campos y líneas teóricas, junto con la presentación de un esquema empírico-conceptual general, coherente y viable de trabajo para nuestra propuesta de investigación.

De todos modos, resulta sustancial discutir y ampliar algunos de los aspectos de esta propuesta en pos de encontrarnos en condiciones de abordar al conjunto de aspectos de nuestro objeto, según lo concebimos. En esa línea, apostamos a enriquecer y contrastar nuestro punto de partida teórico, a partir de aportes cuyas raigambres pueden ser rastreadas en distintos campos como el propio del psicoanálisis y la historia, entre otros.

En términos generales, la propuesta de Mata recorre los aportes de los desarrollos iniciales de la psicología y sociología sobre las masas, los estudios norteamericanos de la mass media comunication research, de la escuela crítica de Frankfurt, pero también de la sociología de la cultura, los estudios literarios de Escarpit, Hauser y Chartier, los trabajos de la filosofía política de Habermas, Sennet y Arendt, así como los desarrollos de la sociología reciente de A. Giddens, entre otros. A partir de ese recorrido, en el que no nos detendremos en detalle excepto que lo amerite, la autora propone aprehender el abordaje del concepto de público en base a cuatro dimensiones que, aun diferenciadas, no pueden asumirse de manera aislada (1998: 106-111). Sugiere así comprender al público como:

  1. un tipo particular de consumidor;
  2. una creación de los medios masivos de comunicación;
  3. una nueva formación social;
  4. una nueva identidad.

A continuación, abordaremos estos aspectos en función del desarrollo de Mata y otros autores, así como reseñaremos otras cuestiones teóricas articuladas que adquieren importancia para nuestra investigación.

II.2.3.1 Un tipo particular de consumidor

En las distintas tradiciones revisadas por Mata, el público de los medios es conceptualizado como un consumidor de cultura o de productos simbólicos de carácter masivo.

Para la tradición crítica de Frankfurt, el consumidor devenido en público se constituye como parte del proceso más amplio de consolidación de la industria cultural y de los procesos de masificación que la misma implica, entendida como la extensión continua y compartida de consumos comunes para grandes cantidades de individuos. Más allá de cierta distinción y complejidad que sería necesaria en este punto en torno a las divergencias entre las ideas de Adorno y Horkheimer, por un lado, y los desarrollos de Benjamin, por otro (Mattelart, 2000: 121), para la tradición de Frankfurt el consumo opera en la intermediación entre la industria cultural y los públicos, permitiendo sellar la adhesión de los individuos a las propuestas del mercado, en general, y del mediático, en particular. En ese sentido, de manera fundamental, para esta perspectiva se observa que la configuración de esta serie de productos culturales altamente estandarizados se orienta a la imposición de una matriz de comportamiento y pensamiento cuyo objetivo último es alienar a los sujetos. Es decir que el consumo de los productos mediáticos, en tanto generados por el mercado, implican, en cierto grado, la adhesión y legitimación de los principios organizativos más amplios de la sociedad capitalista.

A su tiempo, aun cuando varían los modos en que son concebidos los mercados, desde la sociología de la cultura y el arte, y de la sociología de la comunicación, el público deviene consumidor en la conformación de espacios de intercambio, más generales o específicos, de productos culturales. En línea similar, aunque con específicos aportes, la antropología económica también asume al público desde esta condición de consumidor. Son especialmente iluminadores las propuestas señeras de Isherwood y Douglas (1990).

En América Latina, como ya hemos reseñado, uno de los principales referentes que ha prestado especial atención a la centralidad del consumo ha sido Néstor García Canclini. Desde un texto iluminador como Las culturas populares en el Capitalismo (1982) hasta su propuesta esbozada en El consumo sirve para pensar (1995), Canclini delineó la relevancia de este tipo de procesos para comprender la dimensión no solo económica, sino cultural de las complejas sociedades modernas. En ese sentido, sostuvo que “el consumo es el conjunto de procesos socioculturales que se realizan en la apropiación y los usos de los productos” (García Canclini, 1995: 42). Esta amplia caracterización deriva de “una teoría más compleja acerca de la interacción entre productores y consumidores, entre emisores y receptores, tal como la desarrollan algunas corrientes de la antropología y la sociología urbana” que revela que en el consumo se manifiesta también una “racionalidad sociopolítica interactiva” (1995: 43).

A partir de este tipo de perspectivas teóricas, desde los estudios sociales se ha avanzado en comprender el consumo como un conjunto de prácticas, de apropiación y uso de bienes, en relación con los cuales se construyen significados y sentidos del vivir. En este marco, el consumo de los productos culturales, de modo general, y de medios de comunicación, de manera especial, refieren a bienes particulares que, por una parte, han sido producidos de manera masiva, industrial, para ser ofrecidos a gran cantidad de personas, y que, al mismo tiempo, se insertan de manera más amplia en el campo cultural (Mata, 1997). Por otra parte, se caracterizan por haber sido elaborados con el fin de comunicar; en términos de Raymond Williams, se trata de “prácticas específicamente significantes” (1981: 197-200).

A partir de dicho carácter, los medios proponen a los individuos su constitución como públicos de los mismos. Sin embargo, su consumo no constituye un mero acto de apropiación de objetos o discursos. En estos procesos de consumo intervienen las reglas, siempre en disputa, y por lo tanto contingentes, de la distinción entre los grupos. Por ello, el consumo de medios, lejos de poder explicarse desde simples ejercicios de gustos, antojos o decisiones puramente irreflexivas, se constituye en territorio complejo de adhesiones, rechazos y disputas. Es decir, de definición -parcial y en redefinición permanente- del propio estatuto identitario: siempre el consumo, en general, y de medios, en especial, implica un proceso de exteriorización y de “ostentación de la identidad” (Silverstone, 2004: 131).

Como hemos marcado, los públicos se construyen desde el consumo en cruce con las ofertas y propuestas de los medios. “En y por ambos movimientos, en la intersección de unas ofertas y unas expectativas generadas en un terreno común, el de las formaciones sociales en el cual ambas -ofertas y expectativas- se inscriben también como agentes de reproducción y transformación” (Mata, 1997: 14). Así, es solo a través del acto de consumo de las propuestas de los medios que podemos reconstruir la condición de públicos de los individuos.

No obstante, el proceso del consumo mediático, que siempre implica grados de adhesiones a las propuestas mediáticas y las ofertas del mercado, no se da en abstracto ni de manera individualmente recortada. Como se encargaron de señalar inicialmente Mattelart y Piccini (1970) así como Morley (1978, 1996), y luego retomado por la más amplia y critica tradición latinoamericana (García Canclini, 1995; Mata, 1997; Sunkel, 2006), los procesos de consumo siempre se encuentran mediados por competencias culturales más amplias, pertenencias sociales (grupos y sectores sociales) e inserciones determinadas en el sistema productivo. En definitiva, el consumo nunca puede ser pensado como una práctica plausible de ser analizada causalmente sino con el concurso de toda esta serie amplia de factores.

Asimismo, como también dejaron entrever los iniciales estudios etnográficos del consumo mediático (Morley, 1996; Silverstone, 1994), estos procesos comprometen profundamente la vida cotidiana. Ser público refiere a la actividad del consumo, pero fundamentalmente, nombra una condición por lo que toda la actividad cotidiana se ve atravesada, articulando espacios, tiempos, dispositivos y tecnologías, constituyendo verdaderas tradiciones de consumo que operan por “acumulación y sedimentación” histórica (Mata, 1997: 15).

Tras lo dicho, de manera más conceptual, entenderemos al consumo mediático, en primer lugar, como una actividad de apropiación significativa de los medios y de sus ofertas; como espacio de negociación entre ofertas, expectativas y demandas; como una práctica significante, en tanto implica modos de reconocerse y exteriorizar identidades; y por último una vivencia histórica, en la que se anudan competencias de consumo específicas que se derivan de tradiciones y trayectorias de relación con determinados medios (Morley, 1996; Mata, 1997; Silverstone, 2003).

II.2.3.2 El público como creación de los medios masivos

A través de la revisión de antecedentes propuesta, hemos podido observar que, en términos generales, pueden identificarse dos grandes modos de dar cuenta de los públicos. Según Dominique Wolton, unos piensan desde un lugar cultural y ambicioso la relación de los medios y los públicos con determinadas vinculaciones con las condiciones sociales amplias, mientras que otras perspectivas proponen miradas sociográficas y descriptivas de los datos empíricos de consumo (1997: 10): los públicos existen porque primero existieron unos medios. En palabras de Saintout, este último tipo de perspectivas, presentes a un lado y el otro del Atlántico, entienden a la recepción y los públicos como un proceso en sí mismo, como si fuera posible enmarcar y encapsular qué sucede con los individuos cuando escuchan radio, leen los diarios o ven TV (Saintout,1998: 21). Mata referencia esta fuerte tendencia descriptivista y empiricista con las corrientes y los académicos inscritos en la larga estela de la mass comunication research, y posteriormente, con la línea de estudios que hemos nombrado como Usos y Gratificaciones.

Salir de dicho atolladero solo ha sido posible a partir de los aportes de la sociología del arte y la literatura, así como de los desarrollos de ciertas corrientes de los estudios culturales para quienes el público solo puede ser reconstruido como un concepto estrictamente relacional. De esta manera, retomando los análisis y presupuestos desarrollados por la historia social de la literatura y el arte, en el rastreo sistemático de la formación de diferentes y específicos tipos de públicos, Mata sostendrá que estas perspectivas permiten entender a dichos colectivos como entidades cambiantes dada la sensibilidad de su constitución en relación a las modificaciones sobre las tecnologías de comunicación disponibles y las condiciones sociales, pero no totalmente por ello, ya que los deslizamientos también son de carácter histórico y no dependen linealmente de estos factores. De manera distinta, en la constitución relacional de los públicos entran en juego un vasto conjunto de aspectos, tales como los dispositivos económicos que regulan la producción cultural, las condiciones políticas que abren o cierran el campo cultural, la emergencia de movimientos sociales y culturales innovadores, por mencionar algunos (1998: 107).

En este sentido, el público no es mero término o etapa de finalización de un proceso comunicativo que inician los medios. Por el contrario, se trata de una entidad productiva. Dicha condición reside en al menos dos grandes aspectos.

Por una parte, la idea de público como término o destino opera productivamente desde al menos dos vertientes. Una, inspirada en la semiótica textual, lo sitúa como lector modelo, en la línea de los aportes de Humberto Eco, o desde la sociosemiótica como enunciatario, a partir de las cuales se construye un horizonte de expectativas, intereses, gustos y necesidades, atribuidas a los destinatarios que condicionan el accionar discursivo de las esferas productivas. La otra, aquella vinculada con las nuevas tecnologías de medición estadística de respuestas de los públicos, relacionadas con el mercadeo, a partir de la cual se lo transforma en un informante permanente en pos de ajustar la producción a ellos destinada.

Por otra parte, el público construye su carácter productivo ya no vinculado con su condición de destino de determinados discursos, sino a partir de la constitución de lazos imaginarios entre individuos que comparten determinadas competencias y prácticas de consumo. Recuperando a Gabriel Tarde, podemos señalar que estos vínculos, que ya no demandan la copresencia física, constituyen verdaderos colectivos mentales, imaginarios que, sustentados en el sentido simbólico que adquieren para los individuos el uso y consumo compartido -en este caso, mediático-, operan desde la inclusión y el reconocimiento de los individuos.

En esta línea, Mata recupera especialmente los aportes de Roger Chartier en cuanto a las modificaciones culturales como segmentaciones y posicionamientos, que una práctica cultural puede promover, y el sentido reordenador de las jerarquías culturales que ello implica (1998: 108).

De esta manera, y de modo general, debe entenderse que desde nuestra perspectiva el público es siempre lugar de negociación, intersticio. Ni pura autonomía resignificante, ni pura determinación textual. Ello a nivel conceptual y metodológico, implica la imposibilidad de reconstruirlos exclusivamente desde los análisis textuales/discursivos, así como asumirlos como entidades desvinculadas de ellos, sino precisamente en su interrelación (Mata, 2000: 92).

II.2.3.3 El público. Una nueva formación social

En este punto, Mata retoma los aportes de la inicial sociología, propia del s. XIX, que a partir de las transformaciones estructurales de la organización social, económica y política de las modernas sociedades capitalistas industriales emergentes en los principales países europeos, se dedicó a reflexionar y caracterizar las nuevas condiciones de existencia. Desde allí, la autora observa, en las lecturas sobre las masas modernas, el germen para comprender al público como un nuevo de tipo de agrupamiento colectivo.

Asimismo, recupera a Gabriel Tarde, en particular, que sentará las bases

para pensar la sociedad moderna como sociedad de los públicos: una agregación que es fruto de las transformaciones económicas y organizativas producidas por la industrialización, del accionar de nuevas instituciones y del desarrollo de los intercambios comunicativos que engloban desde nuevos caminos hasta los medios impresos (Mata, 1998: 106).

Desde esta perspectiva, el ser público se dibuja como un agrupamiento social de nuevo tipo, una condición colectiva emergente junto con la sociedad de masas, que se sobreimprime sobre la retícula de agrupamientos primarios e institucionales ya existentes[8]. No obstante, la consolidación de esta nueva condición de emergencia de los sujetos modernos no se constituye sin tensiones y desplazamientos en relación a las ya existentes y sus prácticas asociadas: “implica cambios y sustituciones en las anteriores formas de interacción y producción de sentido” (Ibíd.).

Tempranamente, es Walter Benjamin quien construye una línea de lectura similar que, años después, será retomada por María Cristina Mata y Jesús Martín Barbero, entre otros, en relación al modo en que la configuración de la masa implica estos nuevos modos de socialidad. En ese sentido, Benjamin asocia los nuevos modos de estar de las masas con la historicidad de las percepciones, es decir que las nuevas experiencias socioculturales estaban siendo acompañadas por modificaciones en los modos de percibir tiempo y espacio. Así, fuertemente vinculado con las reflexiones en torno al cine, planteó con extrema claridad que los nuevos medios y la emergencia de los públicos -en tanto entidades colectivas que se encontraban con nuevos tipos de experiencias- y las formas distintas de estar en el mundo que la sociedad de masas promovió implicaron dinámicas de representación social renovadas: “La masa es una matriz desde la que todo comportamiento tradicional frente a las obras de arte surge hoy bajo una nueva forma. La cantidad se convirtió en calidad” (Benjamin, 2015: 59).

En este sentido, Benjamin entendía que la sensibilidad emergente de las masas a principios del siglo XX estaba vinculada con una lógica del acercamiento, del “sentir cerca” aquellos objetos de la cultura -alta- que otrora le fueran inaccesibles:

La pintura invita al espectador a la contemplación […], la película no. Tan pronto como su ojo captura la escena, ésta ya cambió. No puede detenerse. Duhamel, que detesta el cine y nada sabe sobre su importancia, […] define esta circunstancia: ya no puedo pensar lo que quiero pensar. Mis pensamientos han sido reemplazados por imágenes en movimiento” (Benjamin, 2015: 58)[9].

Desde esta mirada, el ser público en tanto nueva manera de estar juntos y de experimentar la cultura, se consolidaba conjuntamente con una lógica de recepción de los productos mediáticos, y fundamentalmente, transformaciones en la percepción del tiempo y el espacio, vinculado con la vida social toda.

Por otra parte, desde la sociología del arte y la cultura, en sus perspectivas históricas y materialistas, recuperadas por Mata, y especialmente referenciada en Arnold Hauser, el público también es construido como fruto de un proceso de diferenciación de funciones “derivado de un tipo de organización social que distingue sectores y clases sociales y les adjudica papeles específicos en términos artísticos culturales” (1998: 107). Esta línea de aportes permite aprehender los procesos de constitución y diferenciación de públicos específicos de determinados mercados y consumos, como previo a la moderna sociedad de masas, y fundamentalmente, como un proceso netamente histórico.

En este marco, avanzar en comprender al público, como una entidad colectiva de nuevo tipo emergente en la sociedad moderna, no solo remite a aprehender las dinámicas de relacionamiento de los individuos y agrupamientos con los productos culturales de tipo masivo. También nos brindará elementos para caracterizar sus relaciones con otras zonas de lo social.

II.2.3.3.1 La pregunta por el público como vía de integración social

Asumir que el ser público habla de un nuevo tipo de experiencia y formación social implica, desde nuestra apuesta, delinear la pregunta necesaria y urgente sobre la importancia de dicha condición como vía de integración social. Resulta sustancial, entonces, plantear esta indagación, construida de manera específica en relación con los sectores populares, aquellos que atraviesan los procesos de exclusión social, política y simbólica de manera más marcada.

Siguiendo este interés, articularemos algunos aspectos desarrollados sobre el particular por el investigador francés Dominique Wolton (2007). A partir de su preocupación por la TV y su especial interés por la problemática de la inmigración en el continente europeo, Wolton sostiene que la sociedad individualista de clase caracterizada por la creciente y avanzada fragmentación social, se distingue, entre otras múltiples cuestiones, por “la ausencia de relevos socioculturales entre el plano de la experiencia individual y el de la escala colectiva” (2007:101), así como por una débil interrelación entre los distintos/desiguales estratos sociales. Esto último también relacionado con la preeminencia de los ideales liberales, promovidos oficialmente, de la libertad y la igualdad (Wolton,1997: 10).

Para el autor, los medios no están en condiciones de ocupar estas instancias de relevo, y por ello no pueden resolver las problemáticas propias del vínculo social, dañado y debilitado por otros procesos que los exceden y atraviesan. No obstante, Wolton se encuentra convencido que los mismos pueden aportar a limitar su incidencia: los medios pueden ocupar un rol importante como vía, precaria e insuficiente quizás, de integración social. En particular, afirma que “la exclusión, tanto social como cultural, se acelera cuando los medios socioculturales en los márgenes de la sociedad no se encuentran de ningún modo [representados] en los medios” (2007: 107). De modo contrario, mientras más amplia sea la construcción discursiva que los mismos proponen y construyen en torno a los diversos intereses de las distintas franjas sociales, más pueden colaborar en limitar las lógicas de la marginación social y cultural persistentes.

Sustentado en estos supuestos, Wolton insiste en la necesidad de una TV nacional y generalista que sea capaz de acunar, en su programación y propuestas, los intereses y necesidades de los distintos sectores sociales, y de este modo, promover la constitución de un “gran público”[10]. En este sentido, proyecta la posibilidad de que los distintos sectores socioculturales se encuentren representados colectivamente junto con otros imaginarios y no presenciales, en el terreno de los consumos, intereses, y necesidades mediáticas y culturales.

Esta mirada ha sido discutida por José Luis Fernández (2012) desde el aporte teórico de Eliseo Verón, quien sostiene que la problemática del Gran Público es fundamentalmente europea, y especialmente, a partir de sus investigaciones de audiencia de emisoras que denomina hiteras. En estos casos, Fernández afirma que, incluso cuando se trata de audiencias segmentadas (por temáticas y sectores etarios), es difícil observar, a medida que se profundiza, una integración importante entre las audiencias. En ese sentido, plantea que solo a partir de indagar la adhesión de las audiencias a “segmentos estilísticos discursivos”, en primer lugar, y a “estilos de vida”, luego, se podrá pensar en niveles fuertes de integración de estas audiencias, vinculados con sectores o clases sociales.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, los aportes de Wolton nos resultan particularmente relevantes para nuestro objeto y se muestran coherentes con parte importante de la tradición latinoamericana, en tanto hemos señalado el consenso en torno a entender que la condición de público -en tanto entidad productiva- supone la constitución de una serie de redes simbólico-imaginarias entre los sujetos. En ese sentido, partimos del supuesto que propone que los individuos aceptan, en situaciones específicas y en relación con determinadas interpelaciones particulares, convertirse en seres genéricos, y en tanto tales, se constituyen en parte de colectivos mentales, al decir de Tarde, articulados en torno a la condición de público de ciertos medios (Mata, 2000). O, como afirmara Guillermo Sunkel, para el caso específico de la lectura y los sectores populares chilenos, el consumo de determinados periódicos “[…] se encuentra asociado a formar parte de una cierta comunidad imaginaria” (Sunkel, 2002: 280)[11].

La comunidad y su proceso de integración, sin embargo, no es aprehensible eludiendo la dimensión simbólica de la misma: el referente esencial de cualquier agrupamiento es que sus miembros dan o creen dar un sentido similar a las cosas y la vida en común. Y a partir de ello se distinguen de otros, establecen límites y diferenciaciones. Es decir, que en el estar en común se juega la identidad -cuestión que ya revisaremos-, en su juego de afirmación y diferencia, así como la demanda de pertenecer (Silverstone, 2004: 161).

En este marco, en sociedades caracterizadas por la desigualdad, el desarraigo y el desanclaje institucional (Merklen, 2005), por una experiencia fracturada, una cultura fragmentadora y una fluidez social y geográfica extrema (Silverstone, 2004), así como por escenarios de medios marcados por la hipersegmentación de las propuestas, propios de la cultura mediática (Martinez Luque, 2015), la tendencia es que se socave nuestra capacidad de sostener la vida social común significativa. Y por ello también se avanza en el debilitamiento de la propia posibilidad de hacer y proyectar comunidad.

En línea con nuestros intereses, y ante el panorama reconstruido, para nosotros resulta fundamental comprender que la condición de público acuna la potencialidad de los individuos de situarse junto con unos y procesar las relaciones de diferencia con otros, en tanto el ser público de determinados medios implica “[…] autoasignarse un lugar, un status, preciso dentro del campo cultural, un reconocimiento que por inclusión y exclusión, por cercanía y por distancia, por similitud y diferenciación se convierte en vía identificatoria” (Mata,1997: 15).

En otro plano analítico, si asumimos que en la cultura mediática los medios se tornan garantía de existencia, al tiempo que operan a partir de la ilusión que difumina los límites entre el mostrarse y el ser (Cantu, 2006; Mata,1998), preguntarnos por el papel que cumple el ser público, en general, y de las radios que nos ocupan, en particular, implica abordar dos cuestiones al mismo tiempo. Por una parte, una indagación por la permanente y silenciosa disputa por la visibilidad de estos sectores; por otra parte, un trabajo sobre cómo, a partir de su ser público, estos sectores se piensan y sienten parte del todo social. Es decir, cómo, aun en sociedades hiperfragmentadas, ser público demarca un camino a través del cual los individuos pueden constituirse como “parte de la cuenta” (Ranciere, 1996).

II.2.3.4. Una nueva identidad

En Mata podemos ver que esta cuestión es analizada teniendo en cuenta todos los aspectos hasta aquí planteados, en tanto en el marco de

nuevas formaciones sociales y en el interjuego con unos textos, medios y productos culturales determinados, los individuos van reconociéndose como términos de interpelaciones a las que prestan consentimiento y que les integran a otros distantes y diversos pero equiparados en términos de la interpelación como públicos. La constitución de esos colectivos marca, incluso, a quienes por alguna razón -falta de las competencias necesarias; decisión personal; etc.- no forman parte de ellos (Mata, 1998: 110)

En base a las interpelaciones de los discursos mediáticos –en nuestro caso de las FM Popular y Suquía-, en convergencia o conflicto con otras, los individuos no solo escuchan, leen o ven medios, sino que actúan en sociedad. Y en tal sentido, la aceptación, la constitución en públicos de las propuestas mediáticas, también habla de los modos en que dicha conversión “regula las interacciones sociales y legitima las institucionalidades y el poder, incluido el de los propios medios” (Mata, 2001: 18).

De modo específico, nos proponemos pensar el proceso de interpelación a partir de la propuesta de Stuart Hall (2003), quien se sitúa en las derivas críticas de los aportes teóricos desarrollados inicialmente por Louis Althuser. A dicha interlocución incorpora, además, a Michel Foucault y Jacques Lacan, posicionándose como parte del denominado enfoque discursivo para pensar los procesos que nos interesan en este punto.

De modo particular, Hall se detiene en la crítica a la teoría althuseriana al sostener que ésta supone la suficiencia de la noción de interpelación para explicar la constitución de las identidades[12]. Si bien no profundizaremos aquí sobre esta cuestión, se hace necesario marcar que esta mirada crítica no implica, de todos modos, la supresión de la noción de interpelación de su propuesta conceptual. Por el contrario, pervive de manera acotada y potenciada en la dimensión discursiva y en vínculo con el proceso de constitución de las identidades.

Desde Hall, el proceso interpelativo se anuda con la noción de “trabajo discursivo” (Hall, 2003: 18) -ya mencionado en apartados anteriores-, entendido como el conjunto de prácticas discursivas específicas -operaciones- orientadas a la demarcación y ratificación de límites simbólicos y la producción de efectos de frontera en relación con las identidades propuestas. Dichas operaciones, de este modo, hablan de las imágenes de identificación propuestas desde los sistemas de interpelación y, al mismo tiempo, de la exclusión de otras posibles, que presionan desde un exterior que se muestra como constitutivo. Este particular concepto permite nombrar, de esta manera, el proceso a partir del cual se establecen las inclusiones y las exclusiones en el discurso social (Hall, 2003) y desde allí la idea de que la construcción de las posibles figuras interpelativas se compone como parte de una dimensión estratégica de la puja o disputa de poder en el contexto de sociedades complejas.

De esta forma, entendemos que las identidades se promueven desde el discurso y a través de la identificación como proceso de articulación, de sutura, en el marco de la sobredeterminación de factores: la identidad, por tanto, es en definitiva condicional y se afinca en la contingencia[13] (Hall, 2003: 20).

De modo más amplio, y en otro plano, vale dejar sentado que cuando nos referimos al público como categoría identitaria, junto con Mata, también “estamos nombrando una nueva dimensión que no atraviesa solo el campo de los consumos de bienes culturales sino todo el ordenamiento social”, y que es rastreable en todos las y los autores que intentan caracterizar los cambios y emergencias propios de las sociedades modernas y posmodernas[14].

II.2.3.4.1 Sujetos, identificación e ideología

En este punto, nos interesa establecer que el reconocimiento del estatuto discursivo de los sistemas de interpelaciones no nos guía necesariamente al abandono del análisis ideológico. Por el contrario, siguiendo a la tradición inaugurada por Mijail Bajtin y continuada, entre otros, por Michel Pêcheux, entendemos que la ideología no puede ser comprendida como un conjunto estable de ideas exteriores al discurso, sino que se construye a través de una serie de mecanismos lingüísticos/enunciativos y psicológicos, como un conjunto de efectos complejos internos al propio discurso (Eagleton, 1997: 249).

En ese camino, y en línea con lo sostenido por Slavoj Zizek (1992), planteamos que las operaciones de construcción de la ideología, y por lo tanto de delimitación ideológica de las identidades, se realizan desde lo discursivo. Lo ideológico, de esta manera, se estructura a partir de prácticas articulatorias de significantes y sentidos particulares de los mismos. Siempre precarias y contingentes, dichas articulaciones fijan sentidos que se constituyen en ideológicos al estructurarse en torno a determinados “puntos nodales” (el “point de capitation” lacaniano) que “acolchan”, detienen el deslizamiento y fijan dichos significados particulares (Zizek, 1992).

Los campos ideológicos, que funcionan como verdaderas unidades de ordenes simbólicos, de este modo, se organizan alrededor de estos significantes centrales (mayor o Amo) que, a su tiempo, contribuyen a legitimar la articulación de todos los sentidos ideológicos a su alrededor y son los que definen el horizonte del espacio ideológico como conjunto. Como sabemos, dicha posición de centralidad no es ocupada por una esencia sino por una fijación contingente de sentido.

A su tiempo, los procesos de constitución identitaria se encuentran relacionados con dichas cadenas significantes y la fijación de los sentidos ideológicos, que hemos mencionado. A partir del aporte lacaniano, Zizek plantea que es justamente en la articulación y fijación de significados que se da el proceso de interpelación de los individuos para emplazarlos como sujetos (Zizek,1992: 141 y ss.). El punto nodal resulta, entonces, el tramo de la cadena significante, fruto de prácticas articulatorias o de trabajo ideológico discursivo, a través del cual los sujetos son cosidos al significante y, al mismo tiempo, el punto que interpela al individuo a transformarse en sujeto, dirigiéndole el llamado de un cierto significante amo o principal (Comunismo, Dios, Libertad, entre otros muchos posibles).

Esta propuesta, si bien complejizada, no resulta conflictiva con la originalmente desarrollada por Louis Althusser, y retomada por Stuart Hall, quien aseguraba que “la categoría de sujeto es constitutiva de toda ideología, pero agregamos enseguida que la misma es constitutiva de toda ideología solo en tanto toda ideología tiene por función (cuestión que la define) la “constitución” de los individuos concretos en sujetos” (Althusser, 1970).

Como sabemos, el individuo es claramente diferenciado del sujeto en un plano teórico. Desde ese lugar, al tiempo que se subjetiviza, adquiere una identidad e internaliza la relación imaginaria con las condiciones de producción que esa posición subjetiva supone. Tal proceso moviliza a los individuos a asumir, vivir, transitar en la ideología de una manera espontánea o natural. En ese sentido, se afirma que “el hombre es por naturaleza un animal ideológico” (Althusser, 1970).

Desde Zizek, el punto nodal (point de capition) es el punto de interpelación y subjetivización -ideológica- de la cadena significante, construido desde la dimensión discursiva social. De similar modo, para Hall el proceso de identificación a partir del cual se puede hablar de identidad consiste en el

punto de encuentro, el punto de sutura entre, por un lado, los discursos y prácticas que intentan ‘interpelarnos’, hablarnos o ponernos en nuestro lugar como sujetos sociales de discursos particulares y, por otro, los procesos que producen subjetividades, que nos construyen como sujetos susceptibles de ‘decirse’ (Hall, 2003).

Desde estas perspectivas, las identidades son puntos de adhesión temporaria a las posiciones subjetivas que construyen las prácticas discursivas (Hall, 2003: 20).

Las emisoras que nos ocupan, en particular, y el mercado de medios, en general, construyen y reproducen diariamente sistemas interpelativos desde sus discursos en pos de emplazar a los individuos como públicos -siempre/ya ideológicos- de sus propuestas.

A través del consumo de dichas radios, los individuos prestan adhesión a las propuestas mediáticas al tiempo que se identifican, al menos parcialmente, con las imágenes que desde allí se promueven y movilizan. Reconstruir estos procesos permite reconocer las identidades y los procesos de subjetivización en relación con los cuales se sostiene y articula el ser público de estas radios, históricamente específicos, y de ser sujeto en nuestra sociedad, de modo más amplio. En ese sentido, desentrañar de manera específica estos aspect brinda orientaciones para reconstruir las modelaciones -siempre sociales e históricas- más generales, así como el modo en que el poder y la desigualdad se legitiman en nuestra sociedad.

II.2.3.5 Ser público: un nuevo tipo de experiencia sociocultural

La problemática de la experiencia ha sido de interés para una amplia y vasta cantidad de campos de conocimiento, autores y perspectivas de estudios. En una tarea de dudosa productividad podríamos recorrer los diversos aportes de la filosofía, de la sociología e incluso de la antropología para pensar la cuestión en relación a los públicos. Y, aun así, difícilmente podríamos construir un consenso conceptual nítido en torno a las características y alcances del concepto de experiencia y su utilidad para el presente trabajo (Jay, 2009).

No pretendemos resolver este debate en el presente apartado. Lejos estamos de ello. Nos interesa, por el contrario, detenernos en el modo en que fue pensada la cuestión en relación a los públicos de medios, y particularmente, intentar profundizar dicho concepto a partir de los aportes -que creemos productivos- realizados por el teórico crítico Walter Benjamin.

Los iniciales aportes benjaminianos, de modo general, así como los específicos vinculados a la cuestión de la experiencia, fueron recuperados de distinto modo en la tradición latinoamericana que indagó la problemática de la recepción, las audiencias y los públicos. En relación a estas preocupaciones fue rescatado, entre otros, por María Cristina Mata (1999), por Jesús Martín Barbero (1987), así como fue revisado por Héctor Schmucler (1997).

Si bien para Mata esta cuestión no resultó parte central de los ejes conceptuales que hemos presentado en torno al público, reconoce en primera instancia que es lícito pensar al público “en términos de experiencia cultural, de un modo particular de reconocerse y actuar en el campo de la producción y el consumo de bienes simbólicos” (1997: 15). En un sentido, dicha apreciación refiere a los públicos como actores dentro del campo cultural, y a que la experiencia se deriva de su transitar por el mismo, es decir de sus prácticas. A partir de ese carácter, referencia que la historicidad de dicha experiencia implica a un mismo tiempo explorar su variabilidad y dar cuenta de sus condiciones de emergencia y reproducción:

es propio del público ser un colectivo cambiante en tanto determinado por los modos en que socialmente se legitiman y cristalizan las posiciones en el campo de producción de la cultura, modos que se transforman históricamente no solo en virtud de cambios tecnológicos, sino de un conjunto vasto de elementos […] (Mata, 2001: 11).

Martín Barbero, a su tiempo, plantea que es necesario comprender que las transformaciones de las condiciones sociales, del avance de la técnica, del desarrollo del conocimiento general y científico, en particular, así como los cambios en los modos de producción impactan en las experiencias y el sensorium, es decir los modos de percepción, individuales y colectivas, tal como ya hemos mencionado.

Tanto Mata como Barbero se detienen en examinar, de manera especial, el modo en que Walter Benjamin aborda la pregunta por la experiencia y sus implicancias para pensar los públicos, particularmente, aquellos de sectores populares. De hecho, examinan toda la tradición de Frankfurt, pero es quizás en este autor donde encuentran una posición ambigua y contradictoria entre el marcado pesimismo cultural propio del segundo programa –posguerra- de la Escuela de Frankfurt y una suerte de esperanza sobre la apertura de nuevos y más democráticos escenarios con el surgimiento de las masas como emergente matriz cultural.

Benjamin destaca la importancia de estudiar la ‘experiencia’ porque permite reconocer los cambios en el ‘sensorium social’. De este modo sus análisis estéticos acerca de los nuevos fenómenos sociales, vinculados al cine y la fotografía, toman como parámetro la experiencia de las masas, destacando sus expectativas y modos de reaccionar y no el vínculo individual del sujeto con la obra de arte (Mata, 1998: 43).

Esa diletancia irresuelta en Benjamin acompaña de un modo mucho más cálido las apropiaciones latinoamericanas del autor, producidas especialmente durante el despertar democrático de los años ochenta en la región, para aprehender los fenómenos culturales que, por entonces, concitaban la atención y que hemos revisado en el apartado de antecedentes.

En este sentido, en Mata hay una mirada sobre Benjamin que, si bien se asienta sobre la cuestión de la experiencia e indaga en ese nuevo modo moderno y masivo de estar en sociedad, así como en los deslizamientos del denominado sensorium, no implica una delimitación nítida sobre el concepto mismo de experiencia. En Mata, esta cuestión se encuentra revisada con mucho mayor detenimiento desde los aportes de Anthony Giddens y su concepto de “experiencia mediatizada” en la modernidad (Mata, 1998: 78 y ss.), en el que no nos detendremos por el momento.

Martín Barbero, por su parte, recoge la mirada más esperanzadora de Benjamin en torno a las nuevas experiencias de las masas, depositando en el resto de los integrantes de la Escuela Crítica la perspectiva de mayor pesimismo cultural. Cuestión que, como sabemos, no es del todo precisa, en tanto la obra de Benjamin está atravesada por la tensión entre ambos tipos de miradas (Jay, 2009).

No sin ambigüedades o una mirada nostálgica por la experiencia premoderna, que algunos han llamado una noción “redentora de la experiencia” (Jay, 2009: 369), Benjamin avizoró tempranamente que, en el marco de la constitución de las lógicas de la cultura masiva y la centralidad que en las sociedades modernas adquirieron los medios de comunicación masivos, ser público se constituía como parte de un tipo de experiencia sociocultural emergente (Benjamin, 2015: 58): una nueva manera de estar juntos y de vivir la cultura relacionada con una lógica específica de recepción/apropiación de los productos mediáticos y culturales.

En esa línea, la atención de Benjamín sobre la cuestión de la experiencia, y aquella que emergía en imbricación con la cultura masiva y los medios de comunicación, resulta un aporte sustancial para pensar nuestro trabajo. Por ello, en el marco de nuestra propuesta teórica, nos parece necesario detenernos a examinar la delimitación conceptual de la experiencia y sus alcances en este autor. Entendemos que, desde allí, podremos ampliar y reconfigurar el modo en el que pensamos el ser público.

II.2.3.5.1 El aporte de Benjamin para pensar la experiencia de los públicos

Junto con los demás teóricos de Frankfurt, especialmente Theodor Adorno, Walter Benjamin realizó grandes esfuerzos para sistematizar una reflexión sobre la cuestión de la experiencia. En especial, sus intentos empíricos y teóricos estaban orientados a profundizar su diagnóstico inicial, vinculado con lo que denominó como “la crisis de la experiencia”. Tanto para Benjamin como para Adorno, esta crisis se mostraba como la contracara necesaria de los procesos de alienación y reificación, ampliamente abordados por las distintas corrientes del marxismo. De este modo, observaba en la crisis de la experiencia auténtica, las marcas, profundas y estructurales, de la decadencia civilizatoria, del derrotero de la modernidad hacia la barbarie (Jay, 2009: 366).

Así, mientras que inicialmente desde la economía política, aunque luego se tornaría en critica cultural, los conceptos de reificación y alienación permitían aprehender el modo en que, en el capitalismo industrial, la exacerbación de la división del trabajo destruía el vínculo de los obreros con el proceso y el producto de su trabajo, la decadencia de la experiencia nombraba la distancia con el mundo vivido; la distancia, irreductible, entre lo vivido y el sujeto experimentante. Benjamin observaba en estos procesos el modo en que los sujetos eran aún más separados, distanciados y diferenciados del mundo material, y por ello de su capacidad de comprensión y transformación del mismo; había en estas reflexiones sobre la experiencia “un deseo de superar […] el hiato entre sujeto y objeto” (Jay, 2009: 366, 367).

Utilizando palabras como atrofia o pobreza Benjamin y Adorno intentaban caracterizar aquello que estaba en peligro de desaparecer por completo. El agotamiento de la experiencia hablaba no solo de los sujetos, sino del agotamiento de la cultura burguesa y liberal dominante (Jay, 2009: 381).

En búsqueda de la experiencia perdida

La preocupación de Benjamin por la experiencia se sostuvo sobre una diferenciación conceptual entre aquella deseable, y en retroceso, contrapuesta con la de tipo emergente; en ese sentido, propuso distinguir entre experiencia auténtica (Erfahrung) y vivencia inmediata (Erlebniz) (Benjamin, 2007: 799 y ss.). Inicialmente, podemos decir que la primera se encuentra vinculada con aquellas situaciones que brindan un nuevo saber que puede ser procesado, simbolizado; es decir, vivencias elaboradas y que pueden ser compartidas como relatos ante otros. Esto es, que adquieren sentido y significación tanto individual para el sujeto como para el colectivo que integra: “La experiencia no se tiene pasivamente, sino que se hace activamente; no es del orden de lo contemplativo, sino que es acción, en la medida en que implica una apropiación y una elaboración de la tradición” (Staroselsky, 2015: 3).

De modo contrario, la vivencia es aquello que el individuo atraviesa y ante lo cual reacciona, pero que no puede elaborar como saber para sí y por lo tanto tampoco resulta comunicable para otros (Benjamin, 2007, 799 y ss.).

La experiencia auténtica, así, adquiere sentido y significación tanto individual para el sujeto como para el colectivo y se encuentra marcada por la debilidad o ausencia de categorías, conceptos y modalizaciones -propias de determinados ordenes simbólicos- que se les imponen a los sujetos, al tiempo que lo someten a un modo de entender y vivir el mundo. Para Jay, en este tipo de experiencia, “dos componentes de la descripción kantiana -sensibilidad y entendimiento- se desintegran el uno en el otro, y el sujeto experimentante que los contenía se disuelve en la experiencia. La oposición entre la mirada y lo mirado se quiebra” (Jay, 2009: 371).

La experiencia auténtica está en riesgo en el marco del proceso más general y comprensivo de la declinación o disminución del aura que definía Benjamin en relación a los objetos naturales, como “una extraña trama de espacio y tiempo: la irrepetible aparición de una lejanía”; dicha distancia era tanto espacial como temporal y sin la misma, la capacidad del mundo objetual de devolver nuestra mirada, corría el riesgo de desaparecer, cuestión central que permitiría el descentramiento del sujeto en relación al objeto (Jay, 2009: 383).

En este sentido, la experiencia es conceptualizada no como el conocimiento acumulado sobre el mundo -regida por lo que nosotros reconoceremos como Hegemonía político cultural– sino como la multiplicidad uniforme y continua del conocimiento, por lo que implica una infinitud de variaciones yuxtapuestas, continuas y suplementarias antes que un sistema cerrado dialécticamente superado (Jay, 2009: 375).

En búsqueda del reconocimiento de este tipo de experiencia auténtica, Benjamin exploró lo que llamó la capacidad mimética de la experiencia: aquello que pudiera acoplarse con el mundo, nombrarlo sin construir el gesto de separación en relación al mismo y de ese modo reconocer y ser sin mediaciones.

En este sentido, en una etapa inicial, exploró la grafología, la astrología y se vinculó con movimientos artísticos como el surrealismo, que pudieran permitir pensar este tipo de experiencia aun en el desencantado mundo moderno. En este marco de exploraciones, el concepto de mimesis en Benjamin operó como piedra angular que le permitía acceder a las experiencias auténticas y, desde allí, descentrar a los sujetos en relación al mundo objetual. La relación mimética puede observarse “vivamente en las dos situaciones límite del juego y el sufrimiento […] donde lo exterior es revivido como algo interior, en correspondencia con el concepto adorniano de mimesis según el cual el comportamiento mimético no imita algo sino que lo asimila” (Molano Vega, 2009: 3). En otras palabras, lo incorpora, lo hace propio modificando a los sujetos. Para Benjamin en la experiencia auténtica se pueden producir las denominadas “analogías no sensoriales”, esto es, procesos de mimesis que permiten captar la forma de existencia y de percepción propia del objeto imitado sin las sobrecargas conceptuales, y con una fuerza liberadora de verdad.

Por el contrario, en la vivencia inmediata, cotidiana, rutinaria y repetitiva no hay verdad, no hay conocimiento revelado. No hay desplazamientos ni transformación de los sujetos. El individuo atraviesa situaciones ante las cuales tiende a reaccionar, no aprehende ni asimila. Por ello, no puede elaborar como saber para sí y por lo tanto tampoco resulta comunicable para otros (Benjamin, 2007, 799 y ss.).

En este marco, en vínculo con la vivencia y las narrativas mediáticas emergentes, Benjamin plantea que en la sociedad moderna existía un progresivo desplazamiento -que luego veríamos profundizado- “del antiguo relato por la información y de la información por la sensación, que refleja la atrofia progresiva de la experiencia”. Dichos procesos nos alejaban aún más de la narración,

una de las formas más antiguas de comunicación […] que no pretende, como la información, comunicar el puro en-sí de lo acaecido (el mundo objetual), sino que lo encarna en la vida del relator para proporcionar a quienes escuchan lo acaecido como experiencia (Jay, 2009: 383).

En este marco,

cuando Benjamin y Adorno hablan de experiencias miméticas negativas, referidas especialmente al sufrimiento, encuentran un potencial enorme de transformación. El intento de sentir en sí mismo la experiencia de marginalidad, el dolor o la violencia que otros han atravesado, significa transgredir las formas de comprensión mediante las cuales intentamos reconciliar o asimilar este tipo de experiencias traumáticas (Molano Vega, 2009: 4).

Mediante la percepción mimética, que puede posibilitar la experiencia auténtica, el sujeto se libera de formas de comprensión e interpretación del entorno con las que está familiarizado; en otras palabras, se libera, por un momento, por un instante, de las formas modalizadas de comprensión que le impone la Hegemonía político cultural.

El lenguaje de la experiencia auténtica no es necesariamente traducible en lógica y sintáctica al lenguaje común; se trata más bien de una suerte de momentos de iluminación, de imágenes, de destellos de verdad, de comprensión de aquello que se encuentra regularmente vedado.

De este modo, incluso en el decadente mundo moderno era posible la experiencia auténtica, y, más aún, la misma era deseable, pues contenía un potencial crítico de importancia. Ésta demandaba un proceso mucho más complicado

que combinara los momentos pasivo y activo, y fuera capaz tanto de reconocer los shocks traumáticos de la vida moderna como de encontrar la manera de salvarlos con miras a una realización futura de la experiencia en su versión más redentora, liberadora (Jay, 2009: 386).

Pensar desde Benjamin la dimensión experiencial del ser público nos permite, a un mismo tiempo, considerar la cotidianeidad del vínculo mediático desde dos dimensiones que refieren a las caras de un mismo proceso experiencial. Por una parte, la vivencia inmediata, constituyente de las rutinas repetitivas y degradadas que estructuran los vínculos cotidianos con los medios, de modo específico, y que colaboran con los procesos de estructuración social, de modo general (Mata, 1998: 81). Ello resulta vital para comprender los públicos, aun cuando reconozcamos que esta dimensión experiencial se encuentra vaciada de sentidos de la verdad benjaminiana. Por otro parte, aquellas instancias, momentos, iluminaciones, que los sujetos encuentran en el ser público de determinados medios y que aluden a la experiencia auténtica; es decir, aquella que habita procesos de conocimiento y reconocimiento -más allá de los usuales y regulares aprendizajes reflexivos- de los sujetos de aspectos vedados, que transforman su estar en sociedad, y la manera en que comprenden sus entornos.

En vista de estos aportes, cuando hablemos de la experiencia del ser público nos referiremos a estas dos dimensiones: la vivencia inmediata y la experiencia auténtica.

II.2.3.5.2. La experiencia mediatizada

Tomando la propuesta benjaminiana para pensar la experiencia como base conceptual, nos interesa revisar aportes posteriores que han abordado la cuestión desde los enclaves y desafíos propios de las sociedades posmodernas o de la modernidad tardía, teniendo en consideración los procesos de globalización política, cultural y económica, así como la expansión de los mundos mediados y mediáticos. En particular, nos parecen relevantes, en este sentido, los aportes de Anthony Giddens, producidos a finales de los años noventa y los propios del culturalista inglés Roger Silverstone, realizados a principios de los dos mil.

Mata revisa la Teoría de la Estructuración de Anthony Giddens para pensar los aportes de la misma para los estudios de la recepción, y particularmente, para una teoría de los públicos. Encuentra en esta propuesta global un modo de encuadre de las prácticas de los actores en vínculo con los procesos de estructuración social. A partir de Giddens, plantea que resulta

crucial para la idea de estructuración el teorema de la dualidad de la estructura, implicado lógicamente en los argumentos expuestos antes. La constitución de agentes y la de estructuras no son dos conjuntos de fenómenos dados independientemente, no forman un dualismo, sino que representan una dualidad (Giddens, 1997: 63).

Para luego sostener que del teorema de la dualidad de la estructura se desprende “la importancia que el autor le otorga a las prácticas sociales realizadas en contextos específicos como las formas a través de las cuales la sociedad se produce y reproduce” (Mata, 1998: 80).

Si entendemos a los actores desde esta perspectiva, se observa que es fundamental recuperar el lugar que los medios ocupan en la constitución de las cotidianeidades de los públicos y cómo las prácticas rutinizadas de los mismos, entendidas en sentido amplio, operan en procesos de legitimación social de los poderes sociales, así como en “la estructuración de la trama cultural más vasta en la que los sujetos inscriben sus vidas diarias” (Mata, 1998: 80).

En este sentido, nos resulta particularmente importante recuperar aquellos aspectos de la mirada teórica de Giddens en torno a su concepto de “experiencia mediada”. Enmarcada, fundamentalmente, en dos de los tres procesos generales que propone como característicos de la modernidad tardía -tales como la “separación entre tiempo y espacio”, por un lado, y los “mecanismos de desenclave”[15], por el otro-, Giddens entiende a la experiencia mediada como la “intervención en la experiencia humana de influencias distantes en espacio y tiempo” (1996: 294). En ese sentido, va a plantear que

en la modernidad superior, la influencia de acontecimientos distantes sobre eventos cercanos y sobre las intimidades del sí-mismo se convierten en un lugar común. Los mass-media, impresos y electrónicos, obviamente juegan un papel central a este respecto. Se trata de una experiencia mediada que ha influido profundamente en la autoidentidad y en la organización básica de las relaciones sociales (Giddens: 1996: 37).

Se trata, en esta línea, de un tipo de experiencia profundamente modificada en vínculo con los modos de estructuración, global y local, de lo social, cultural y discursivo, en el que las tramas mediáticas ocupan un lugar preponderante. Así, sostiene que “en las condiciones de la modernidad los medios no reflejan realidades, sino que, en cierta medida, las configuran” (Giddens, 1997: 42).

Este tipo de experiencia mediada modifica, drásticamente, los procesos de construcción de las identidades individuales -“autoidentidades”- y colectivas, en los que adquieren importancia la constitución de los denominados “estilos de vida”:

Conforme la tradición pierde su apoyo y la vida cotidiana es reconstituida en términos de interacción dialéctica de lo local y lo global, los individuos se ven forzados a negociar los posibles estilos de vida entre una diversidad de opciones. […] también hay influencias estandarizadas -de manera muy notable- en la forma de mercantilización, ya que la producción y la distribución capitalista constituyen los componentes nucleares de las instituciones modernas. No obstante, a causa de la ‘apertura’ de la vida social actual; de la pluralización de contextos de acción y de la diversidad de ‘autoridades’, la elección del estilo de vida es cada vez más importante en la constitución de la autoidentidad y en la actividad diaria (Giddens: 1996: 37).

En este marco, y estrechamente relacionado con un amplio y acelerado proceso de “control humano sobre la naturaleza”, fruto a su vez de la mundialización de la actividad social y económica junto con complejos deslizamientos de lo tradicional y los mecanismos de control institucional de la vida cotidiana, resulta sustancial la noción de Giddens de “experiencia secuestrada”. La misma implica “que, para muchos individuos, es muy poco común y fugaz el contacto directo con sucesos y situaciones que anudan el espacio vital a las cuestiones de la moralidad y de la finitud” (Giddens, 1996: 42). Es decir, el proceso que suprime “ciertos aspectos básicos de la experiencia de la vida, sobre todo las crisis morales, de las regularidades de las vidas institucionales […]” que demanda el ocultamiento y apartamiento “de las rutinas de la vida ordinaria de los siguientes fenómenos: la locura, la criminalidad, la enfermedad y la muerte, la sexualidad y la naturaleza” (1997: 199). En definitiva, y como se puede notar, todos aquellos aspectos de la vida en relación con los cuales Benjamin observa la posibilidad de tener “experiencias auténticas”, experiencias con poder de verdad.

Por ello, podemos plantear que cuando Giddens habla del secuestro de la experiencia se encuentra, de modo general, en línea con el planteo benjaminiano en torno a la progresiva preeminencia de la vivencia inmediata por sobre las experiencias auténticas en las sociedades actuales.

En este punto de la cuestión, y teniendo en cuenta los deslizamientos en torno a la experiencia que vemos desde Benjamin a lo elaborado por Giddens, nos parece oportuno revisar una mirada contemporánea y algo más específica en torno a la experiencia de los públicos de los medios. Nos referimos, en particular, a lo desarrollado por Roger Silverstone, quien lúcidamente propone una perspectiva tributaria también, en gran medida, de los aportes benjaminianos.

Desde la tradición de los Estudios Culturales británicos, en su último libro, el ya fallecido Silverstone plantea que

debemos estudiar los medios, según expresa Isahia Berlin, como parte de la ‘textura general de la experiencia’, una expresión que alude a la naturaleza fundada de la vida en el mundo, a los aspectos de la experiencia que damos por sentado y que deben sobrevivir si pretendemos vivir juntos y comunicarnos con otros (Silverstone, 2004: 15).

En otras palabras, la centralidad de los medios en nuestra vida cotidiana demanda estudiarlos en su ubicuidad y complejidad, en su aporte a nuestra capacidad variable de comprender el mundo, elaborar y compartir sus significados; estudiarlos como parte de las dimensiones sociales y culturales, políticas y económicas del mundo moderno.

Para Silverstone, los medios se han constituido en una porción profunda de nuestras vidas cotidianas: “Hemos terminado por depender de los medios impresos y electrónicos para nuestros placeres e información, confort y seguridad, para tener cierta percepción de las continuidades de la experiencia, y de vez en cuando, de sus intensidades” (Silverstone, 2004: 14). Por ello, progresivamente se han consolidado como parte de los mecanismos que proveen seguridades, y sensaciones de continuidad de nuestras vidas.

De allí que, desde aquella mirada benjaminiana, sobre cómo los medios y sus lógicas impactaban -aun con un dejo de externalidad- en la experiencia y la vida social, resulte necesario desplazarnos a comprender a los medios como parte propia de la experiencia y “un proceso”; es decir como algo que actúa y sobre lo que se actúa en todos los niveles allí donde los seres humanos se congreguen (Silverstone, 2004: 17).

En el marco de las dinámicas sociales actuales, el estar con los medios, el ser público de los medios es parte constitutiva del ser y estar en sociedad. El panorama en el cual se entremezclan el fuerte proceso de mediatización de la cultura y, consecuentemente de la experiencia cultural, junto con la específica experiencia mediática que se muestra como cuasi interactiva y despegada de la posibilidad de encontrarse con otros, delimita nítidamente problemáticas para los sujetos y las sociedades modernas. De modo creciente, se nos dificulta distinguir entre experiencia mediatizada y aquella que supuestamente no lo es.

Así, desde Silverstone, si entendemos a los medios como parte de la textura de la experiencia, se nos exige indagar en un doble sentido:

– el modelado de la experiencia por parte de los medios

– el papel de la experiencia en el modelado de los medios

En otro plano, propone pensar a la experiencia interrumpida por lo inesperado, lo no preparado, la contingencia, la catástrofe, su propia vulnerabilidad, su inevitable y trágica falta de coherencia. En este sentido, es física y se basa en el cuerpo y sus sentidos. El cuerpo en la vida, su encarnación, es la base material de la experiencia (Silverstone, 2004: 27). El cuerpo nos da ubicación, pero además el carácter común -compartido- de la experiencia corporal procesado a través de las culturas es entendido, desde los aportes de la antropología, como la precondición necesaria para comprendernos social y recíprocamente.

Sin embargo, en los cuerpos hay algo más que físico. La experiencia no se agota ni en el sentido común ni en el desempeño corporal. Tampoco resulta contenida en la mera reflexión sobre su capacidad de ordenar y ser ordenada, en su posibilidad reflexiva. Burbujeante debajo de la superficie de la experiencia, está el inconsciente, que perturba la tranquilidad y fractura la subjetividad: la experiencia se constituye entre el cuerpo y la psique.

En las interacciones con los medios, en sus discursos encontraremos “los llamados trastornos de lo cotidiano que se representan y reprimen -las dos cosas- […] y que perturban el delgado tejido de lo que suele pasar por racional y normal en la sociedad moderna” (2004: 28). En esos intersticios es, quizás, donde emerge la posibilidad del acceso a la “experiencia auténtica”, redentora, que, en definitiva, refiera a la suspensión del continuum de los ordenes simbólicos/ideológicos vigentes (Zizek, 1992).

En esta línea, abordar la experiencia de los públicos nos lleva a enfrentarnos al papel del inconsciente, tanto en la constitución como en la impugnación de la misma. En este sentido, el aporte del psicoanálisis se torna fundamental: nos obliga a enfrentar la fantasía, lo ominoso, el deseo, la perversión, la obsesión.

En este marco, la experiencia -que entenderemos desde las dos dimensiones benjaminianas- se expresa, desde luego, en lo social y en los discursos, la conversación y las historias de vida cotidiana, donde lo común se reproduce permanentemente. Y desde allí puede ser aprehendida (Silverstone, 2004: 30).

Finalmente nos interesa destacar un último aspecto de la obra de Silverstone para caracterizar la cuestión de la experiencia de los públicos. Coherente con nuestra perspectiva sobre los mismos, plantea que en los espacios discursivos que se construyen entre medios y públicos, las relaciones entre ambos polos se construyen activamente. Los espectadores no son pasivos, hay actividad, hay elecciones y consecuencias de las mismas. No obstante, “el estudio de los medios implica indagar la psicología social y la sociología de la experiencia espectadora y la experiencia de espectador que no es lo mismo” (2004: 98). Al respecto, propone trabajar con la idea de que el régimen del espectador implica el siguiente supuesto teórico de base: “la experiencia mediática es subjuntiva en cierto sentido importante y general” (2004: 99). Es decir que es un tipo de experiencia puesta en duda, hipotética, que propone “estar en el mundo, pero no ser de él. Ser de él, pero no estar en él”, inserta en una cultura mediática que, en gran parte, implica “la aceptación del carácter como si del mundo” (2004: 99, 100). En ese sentido, la experiencia con y por los medios, desde el ambiguo estatuto de realidad que los mismos sostienen, los sujetos entran y salen de los medios, encuentran seguridades, confianzas y espacios de constitución identitaria en relación a Otros.

A la luz de nuestro inicial planteo junto con Benjamin, seguido por Giddens, la mirada de Silverstone no hace más que confirmar el modo en que la experiencia posmoderna/mediática se desliza hacia la lógica de la vivencia inmediata, cada vez más alejada y distante, de la experiencia auténtica, redentora, en los términos de Benjamin. Así, nos deslizamos de aquel cambio en la lógica experiencial que planteaba este autor -asida en la disolución de la distancia aurática, que implicaba un acercamiento a los productos culturales, una dinámica de apropiación cultural para los sectores populares-, hacia los medios como “textura de la experiencia” en Silverstone. De la distancia en peligro, al acercamiento, a la interpenetración y la ausencia total de distancia, a la simulación de nuestra inserción en el mundo.

II.2.3.6 Hegemonía: el enclave para pensar la identidad y la experiencia de los públicos

Los aportes de Antonio Gramsci a una teoría del consenso y el poder comienzan a tener repercusiones en América Latina a partir de la segunda posguerra, especialmente tras la publicación ordenada de sus textos y su progresiva apropiación por parte de los estudios culturales británicos, así como de ciertas perspectivas críticas de la comunicación y la cultura a nivel latinoamericano.

Como sabemos, Gramsci retomó el concepto de Hegemonía de la teoría política clásica, en general, y de las tradiciones teórico político marxistas de corte más ortodoxo, en particular, -que ciertamente lo habían rigidizado- para intentar pensar las maneras en que se sostenían en el poder los sectores dominantes en la Italia de principios de s. XX. Desde su mirada militante, a partir de un proceso comparativo de la situación política y social de su país de origen con la de otros de Europa central, sostuvo que en las comunidades donde la sociedad civil adquiría más densidad y lograba mayores niveles de organización, no resultaba posible sostener la “conducción ética y moral” de las mayorías a través del uso exclusivo de la fuerza y la coerción. Por el contrario, demandaba construir y lograr consensos en torno a ejes centrales con otros sectores sociales que, de dicho modo, aceptaran las situaciones de desigualdad. En este sentido, la reproducción hegemónica podía ser lograda a partir del predominio de las políticas de consenso mientras que la coerción solo demandaba ser aplicada de manera complementaria y en el marco de situaciones excepcionales.

Desde esta perspectiva, los consensos solo eran posibles de ser logrados a través de la trama cultural de las sociedades, desde las cuales se constituyen los mecanismos que consolidan la socialización en las visiones de mundo y valores propios de los sectores dominantes pero que son aceptados como propios por las mayorías. A su vez, dichos consensos solo eran posibles en articulación con elementos culturales propios de las visiones de mundo populares, sean del sentido común o del folklore. Es decir que, desde esta mirada, los sectores mayoritarios participan activamente en la conformación de los bloques hegemónicos, poniendo parte -siempre desigual- en el asunto.

Los deslizamientos que se producen con Gramsci al respecto de los procesos de consenso y poder, impactan, a su tiempo, en las concepciones sobre la cultura, en general, y los vínculos mediáticos, en particular. Su inicialmente incómoda propuesta, en tanto eliminaba las delimitaciones tajantes entre los sectores dominantes y dominados y el tipo de relaciones que sostenían, permitió ir dando paso a un análisis cultural más complejo. Era tiempo de poder leer dichas complejidades, las zonas grises, los pliegues, desde una mirada oblicua (Martín Barbero, 1987) para buscar comprender que, si bien los sectores subalternos siempre intentan procesos de autonomía, también es cierto que siempre sufren la iniciativa de los sectores dominantes y, por ello, su historia político y cultural nunca puede ser leída integralmente sino más “disgregada y episódicamente” (Gramsci, 2004). Como sostiene Juan Carlos Portantiero, “el viraje hacia el sentido de predominio de lo moral, lo ético y lo ideológico en detrimento de la política instrumental” (Portantiero, 2000), no podría haberse producido sin una reformulación simultánea de otros términos que en conjunto habrán de reconstituir la cadena conceptual original.

En este marco, encontraríamos que en la cultura no hay visiones oficiales ni puro consenso; la comunicación/cultura se erigía como campo de disputa, de construcción de Hegemonía y de intentos contra hegemónicos, por la conducción ético moral de la sociedad (Portantiero, 2000: 118).

Este abordaje global facilitó y promovió la apropiación posterior de la propuesta conceptual gramsciana por parte de los Estudios Culturales británicos. En especial, es Raymond Williams quien incorporó y desarrolló de manera central el concepto de hegemonía, en su perspectiva, “como una manera particular de ver el mundo, la naturaleza y las relaciones humanas” (1980: 29 y ss.), que resulta superador del concepto de cultura y de ideología, en su sentido clásico. En esa línea, se muestra de mayor alcance que el primero por la capacidad de advertir sobre la distribución del poder que califica a todo proceso social. Por otra parte, también se muestra más amplio que el concepto de ideología porque no supone un sistema consciente de ideas y creencias articulado formalmente -a la manera que lo pensó el marxismo ortodoxo- “sino la consciencia heterogénea, difusa e incompleta que guía las prácticas sociales e individuales” (Portantiero, 2000: 119).

La noción integral de hegemonía desarrollada por Williams propone pensarla como “todo el proceso social vivido” (1980: 29 y ss.) organizado prácticamente por significados y valores específicos y dominantes. Constituye todo un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida: nuestros sentidos y dosis de energía, las percepciones definidas que tenemos de nosotros mismos y de nuestro mundo. En esta línea se configura como “un vívido sistema de significados y valores” que, en la medida en que son experimentados como prácticas, parecen confirmarse recíprocamente. Por lo tanto, la hegemonía es “un sentido de realidad” para la mayoría de las personas.

Esta concepción de hegemonía presenta la idea de dominación, su presión, formas y límites, vivenciada e internalizada en la práctica: se configura como un complejo efectivo de experiencias, relaciones y actividades que tiene límites y presiones específicas y cambiantes (Williams, 1980).

En el plano de lo discursivo comunicacional, junto con Angenot (1998), entenderemos la noción de hegemonía discursiva: más allá de las diferencias particulares en las prácticas significantes, en los estilos y las opiniones, reconocemos predominancias, en toda sociedad, que atraviesan los discursos particulares, las maneras de conocer y de significar propios de dicho momento sociohistórico.

En ese sentido, la hegemonía discursiva supone reglas específicas de lo decible, de lo escribible, así como de lo visible, que van construyendo lo aceptable y pensable en términos discursivos en una sociedad y época determinada. De este modo, las condiciones, temáticas, estilos, así como los modos de la enunciación son condicionados por aspectos propios de las formaciones sociales históricas y por las posiciones que ocupan los enunciadores y destinatarios, como imagen de sujetos construidos en el discurso y en el marco de relaciones de poder.

De todas maneras, no entendemos estos específicos procesos como sistemas impuestos por un grupo o clase social específica, sino como un proceso social con dinámicas propias, en la cual se entrelazan y tensionan discursos, sentidos “en connivencia y resistencia con focos recesivos o disruptores” (Dalmasso, 1999: 19). Al igual que en la propuesta de Gramsci, la hegemonía en lo discursivo está atravesada insistentemente por fuerzas opuestas, contradictorias, es decir, por un conjunto de contradicciones parciales de discursos dominantes y contradiscursos o heteronomías (Angenot, 1998: 31).

En este marco conceptual, las asignaciones de sentido desde productos comunicativos específicos, así como los sistemas interpelativos que proponen identificaciones a los sujetos, tal como plantea Hall, se configuran dentro de los discursos, que, desde nuestra perspectiva, a su vez, se estructuran como parte de la semiosis social, por un lado, y entrelazadas con las pujas y relaciones de poder que implican la hegemonía global y discursiva de toda sociedad, por otro lado.

Así, si bien con Angenot hemos sostenido que la hegemonía discursiva no puede atribuirse de manera única y homogénea a las prácticas orientadas de determinados actores que ostentan prístinos intereses -que buscarían imponer al común de la sociedad-, tampoco entenderemos que la producción de discursos se genera por efecto o como consecuencia necesaria e irrevocable de la hegemonía social. Por el contrario, la construcción del sentido implica trabajo social, es decir, una serie interminable e indeterminable de prácticas significantes que reproducen, tensionan y en algunos casos transforman los órdenes del sentido. En esa línea, el discurso es poder porque produce y es producido: “produce porque en él hay materia y hay trabajo, y no solo signos, estructuras de significación” (Martín Barbero, 2004: 68).

En esta línea, la articulación conceptual necesaria entre trabajo discursivo y hegemonía permite otorgar relevancia a la dimensión del poder y las efectivas luchas por operar y organizar la realidad; por construir lo real y constituir lo que se evidencia para todos como lo real. En esas dinámicas emerge aquello que es decible, enunciable, en definitiva, pensable en un momento histórico determinado.

II.2.3.6.2 Una dimensión de la disputa hegemónica: identidades y experiencias

Desde la noción compleja y específicamente cultural de hegemonía, junto con Eduardo Grüner (1990), nos interesa situar a la construcción de identidades y experiencias como parte central de la disputa hegemónica y, particularmente, de nuestro trabajo.

Grüner nos introduce en lo que define como la dimensión política de la cultura entendida como forma de interpelación en y del espacio público que construye, deconstruye y reconstruye identidades sociales, con sus prácticas asociadas y posiciones relativas de dominación y subalternidad. Desde este lugar, se abre paso la idea de cultura en permanente pugna como campo de disputa por el sentido, es decir, por imponer las propias redes de significaciones y, desde allí, la constitución orientada de identidades.

En este sentido, Grünner sostiene que, bajo la dominancia de cualquier modo de producción y organización social, el análisis cultural permite comprender y precisar los diferentes modos de articulación y desarticulación de las identidades colectivas en su cruce con la variable de pertenencia de clase social. Así, desde Althuser en adelante, queda claro para Grüner, tanto como para Stuart Hall (2003), que las formaciones discursivas de una sociedad forman -pero no agotan- estructuras de interpelación/constitución de sujetos, a veces con un alto grado de dispersión. Justamente es la específica articulación de esta dispersión con las determinaciones estructurales la que permite entender la dinámica a través de la cual una formación social histórica concreta produce sujetos.

De esta manera, el proceso -continuo- de hegemonización debe ser entendido, en una de sus dimensiones, como el proceso orientado de interpelación/constitución de sujetos. En esta línea, y con lo ya dicho, Grüner sostiene que la cultura siempre y en todos lados se constituye en un sistema significante de clasificación e interpretación de lo que pasa en el mundo, y también de las prácticas que orientan lo que hacen los actores sociales. En términos de Gramsci, las prácticas que construyen el sentido común de los actores.

Todo lo anterior no es, en realidad, más que el prólogo para introducir el verdadero problema, a saber: si el sentido común, determinado por el proceso de hegemonización de las prácticas ideológicos culturales en la sociedad civil, es por excelencia el lugar de constitución de las identidades sociales, entonces esas identidades no son tales, en el sentido de que no existen nunca sujetos sociales plenamente constituidos y completos, sino justamente un proceso de re-constitución permanente y fluido, que se redefine por los avatares de la lucha por la hegemonía y la contrahegemonía y en última instancia por la lucha de clases (Grüner, 1990).

Encuadrados en esta perspectiva, consideramos legítimo denominar a nuestra sociedad actual, sociedad de los públicos, en tanto en ella las interacciones con los medios masivos adquieren inusitada centralidad. Al tiempo que dichas interacciones, en cruce con las propias que se producen en las redes sociales e internet, modelan fuertemente la experiencia cultural de los individuos y su subjetividad, es válido plantear que la identidad del ser público resulta en una condición hegemónicamente promovida.

En ese sentido, estudiar los públicos, analizar sus características en diferentes momentos y escenarios, permite reconocer lo que los medios proponen en términos de identidades predominantes, pero también los enclaves, complejos y siempre más amplios que los previstos, en los cuales se producen efectivamente los procesos de identificación con las imágenes planteadas.

De manera asociada, y quizás como cara reversa de los procesos identificatorios, la orientación del tipo de experiencia promovida también se muestra como aspecto central de la construcción hegemónica. En esa línea, tal como esbozamos junto con Benjamin, Giddens y Silverstone, en nuestras sociedades la hegemonización, en este plano, opera en modular las experiencias y conducirlas hacia procesos de tipo vivencial, escamoteando la posibilidad de “experiencias auténticas” -suspendiendo, fugazmente, el vigor de los ordenes simbólicos- que pudieran abrir a los sujetos hacia un proceso de comprensión y cuestionamiento de la hegemonía social dada, en sus diferentes ámbitos y relaciones de poder. La experiencia del ser público de las emisoras que nos ocupan, no escapa a dicha dinámica, pero tampoco puede ser comprendida, cabal y exclusivamente, a partir de la misma.

En esta línea, aun con matices teóricos, Grüner planteará que la posibilidad del cuestionamiento de las identidades se sustenta sobre las experiencias. Para este autor la re-constitución de las identidades es

la de un campo de percepción -de construcción de una gramática de reconocimiento- de los sujetos sociales acerca de su propia intervención en el ‘juego’ social […]. Pero esto no podría hacerse en modo alguno prescindiendo de un ‘pie firme’ sobre la experiencia de los sujetos, que es la pre-condición misma deuna redefinición de las reglas de juego[16] (Grüner, 1990).

Ahora bien, este camino conceptual de indagación sobre el ser público, en tanto identidad y experiencia, implica reconocer las institucionalidades que las mismas legitiman, así como las relaciones de poder que sostienen.

II.2.3.6.3 A modo de síntesis

Desde los intereses planteados, nos moviliza trabajar desde una perspectiva sobre el público de los medios masivos de comunicación que articula nociones que permiten comprender la vinculación de los sujetos con las emisoras, más allá de los consumos particulares y las operaciones de asignación de sentidos que se producen desde la esfera analítica de la recepción. En esa línea, pretendemos articular los desarrollos realizados por la perspectiva sobre los públicos, que han pretendido encontrar las claves a través de las cuales los individuos aceptan, en relación con interpelaciones particulares, “su conversión en seres genéricos” como dimensión constitutiva de la vida en sociedad y de la producción cultural; es decir, de la elaboración colectiva de significados sociales (Mata, 1998: 109).

En este marco, si bien nos inscribimos en perspectivas que reconocen el carácter prefigurador de las ofertas mediáticas respecto de los consumidores -el público puede entenderse como producto de los medios-, para nosotros, ello no implica asimilar esta concepción a un proceso de determinación causal y absoluta por parte de la esfera mediática. Más bien, pensamos el proceso de constitución de los públicos como una desigual y activa interacción entre los medios y los sujetos empíricos.

De esta manera, el proceso de constitución de los públicos de sectores urbanos populares de las FM que analizaremos, se desenvuelve en dos movimientos fundamentales: uno, generado desde las estrategias comunicativas de las radios y otro, que resulta de las actividades de consumo por parte de los oyentes. En ese cruce se construyen los conflictos y adhesiones a las propuestas, y particularmente, lo que nos interesa, se constituyen dichos públicos en tanto tales.

Asimismo, la dinámica de dicho doble movimiento, se ve acentuado con los nuevos modos de consumo de información y entretenimiento a través de internet y las redes sociales, tema sobre el que hemos venido trabajando (Martinez Luque y Morales, 2020), y que complejiza el estudio de los públicos, eje de nuestras nuevas indagaciones.

Por otra parte, resulta relevante establecer que el reconocimiento de los sujetos como público de estas radios FM, no solo implica la aceptación de una actividad de consumo cultural. De manera más compleja, hablamos de una condición, un modo de existencia de los sujetos, una representación de sí mismos y un modo específico de vivir su socialidad (Mata, 1999). En ese sentido, esta condición opera como una verdadera experiencia de carácter histórico-cultural, que procede por acumulación o sedimentación, y desde la cual se construyen verdaderas tradiciones de ser público, que articulan espacios y modalidades de consumo, artefactos, géneros, comunicativos, expectativas y maneras de satisfacerlas.

Para los individuos, el ser público es una condición incorporada a la idea de sí mismos, a partir de los consumos de estas radios FM que analizamos, pero incluso más allá de ellos: es una marca de identidad en relación con la cual se producen procesos de inclusión/exclusión, en colectivos sociales imaginarios. En definitiva, ser público es un tipo de referencia identitaria desde la cual -en convergencia o conflicto con otros- se actúa en nuestras sociedades (Mata, 2000).

En esta línea, y de manera fundamental, buscamos comprender de qué formas se constituye el proceso de conversión en públicos de estas radios y de qué modo esta condición modela prácticas y comportamientos que -incluso más allá de la relación que se entabla con los mismos- regulan las interacciones y legitiman las institucionalidades y el poder (Mata, 1999). El poder de esos propios medios y el del mercado en el que éstos están insertos.

En este sentido, aspiramos a que el estudio que proponemos nos permita comprender la constitución de los públicos de estas emisoras, en particular, pero también las claves de funcionamiento de estas nuevas formas de agrupamiento social que los medios contribuyen a constituir, modificar y legitimar (Martín Barbero, 2003: 71).

II.3 Encuadre metodológico

II.3.1- Un trayecto de indagación y un objeto de estudio

El proceso de constitución de los públicos de las emisoras con las que trabajamos delimita una densa zona de problemas. La misma se articula con el modo en que franjas de individuos se reconocen cotidianamente en determinadas interpelaciones, como parte de entidades colectivas que constituyen estos medios, la experiencia de ser público, así como los tipos de prácticas e interacciones que dicha identificación promueve.

Nuestro camino se abre a fuerza de interrogantes que nos movilizan. Nos planteamos, entre otros: ¿En qué aspectos de estas propuestas radiofónicas se reconocen efectivamente los individuos que se asumen como públicos de las mismas? ¿Qué dimensiones de estas ofertas operan como reafirmación y revalorización de ciertos rasgos identitarios que estos sectores se autoatribuyen? ¿Cuáles son negaciones o silencios de lo que estos sectores creen ser? En el contexto de sociedades mediatizadas, ¿qué lugar y qué relevancia tiene el ser público de estas propuestas mediáticas en los procesos de constitución de sus identidades? ¿Cómo articulan otras propuestas identificatorias con el ser público de estas emisoras? ¿Emergen conflictos con otras propuestas de identificación? ¿Cómo se constituyen dichos conflictos? En el marco de una sociedad como la cordobesa caracterizada por la desigualdad, fragmentación y segregación sociourbana, ¿cuál es el papel del ser público de estas radios en la constitución imaginaria de vías de integración social y socialización para estos sectores? ¿Qué relevancia adquiere el ser público de estas radios como modo de representación pública frente a otros diversos y diferentes?

Nos proponemos construir nuestra mirada en el complejo entramado que se establece entre las propuestas de emisoras FM de nuestra ciudad que oportunamente hemos analizado, orientadas de manera específica a sectores populares, y los procesos de constitución de sus públicos.

Es decir que nos interesa centrarnos en los procesos a través de los cuales, a partir del consumo y la adhesión, parcial o total, a las interpelaciones desarrolladas desde Radio Suquía y Radio Popular, ciertas franjas de población vinculadas con lo que hemos acordado denominar sectores populares se reconocen, sienten y piensan parte de los públicos de estas emisoras en tanto colectivos imaginarios.

Complementariamente, en otra de sus dimensiones, este objeto se constituye con los modos en que estos sectores, se reconocen como públicos de estas emisoras y experimentan dicha condición, como marca de identidad.

II.3.2 Objetivo general

3.1. Comprender los aspectos centrales del proceso de constitución de los sectores populares de la ciudad de Córdoba como públicos de las radios FM orientadas de manera específica a estos sectores de población.

II.3.3 Objetivos específicos

3.2.1 Indagar las autorrepresentaciones que los oyentes de sectores populares de Córdoba ponen en juego en su relacionamiento con las propuestas comunicativas de las emisoras FM de audiencia popular.

3.2.2 Reconocer las particulares maneras en que se articulan las propuestas comunicativas de estas radios FM y su recepción -conflictos, negaciones, continuidades y adhesiones-, para la efectiva constitución de los sectores populares de la ciudad como públicos de estas emisoras.

3.2.3 Comprender los sentidos y relevancia que adquiere, para los oyentes de radio de sectores populares, el ser público de estas emisoras FM en el marco de la sociedad cordobesa.

II.3.4 Estrategia metodológica y analítica

A partir del recorrido teórico que hemos propuesto, y particularmente, de Roger Silverstone (2003), sustentamos nuestra perspectiva general de trabajo en base al supuesto teórico metodológico que entiende a la relación de los medios con sus públicos como un proceso, permanente y en desarrollo: los mismos actúan sobre la sociedad y actuamos sobre ellos. Ahora bien, si tomamos este punto de partida, cabe trabajar sobre los actores de dicho proceso, es decir, los medios y los públicos. Evidentemente, por decisiones de recorte, aquí nos abocaremos a los públicos de las emisoras que nos interesan, teniendo en consideración los conocimientos previos logrados sobre las emisoras en la investigación previamente citada.

Por otra parte, esta concepción sobre los medios y los públicos nos lleva a entender que abordamos un fenómeno que lejos de lógicas inmutables se desenvuelve de manera históricamente específica. Es decir, como parte de una trama histórica, política y cultural particular, que los mismos medios colaboran a constituir.

Por último, comprender que se trata de un proceso implica intentar aprehender la diaria cotidianeidad desde la cual el mismo se constituye y que, por ello, para aprehenderlo, puede resultar útil recurrir a la narrativización de la experiencia de los públicos (Silverstone, 2003).

Entendido de este modo podemos notar que la indagación sobre los públicos de las emisoras que nos convocan no puede ser visto como un trabajo que recorta una de las instancias del proceso mediático, para restringirse a la misma, sino que se trata de un encuadre de índole metodológico. Esta mirada conceptual, se asienta y pretende avanzar en un mismo movimiento, con la propuesta realizada por Sergio Caletti (1992), quien, como hemos visto, planteaba romper con los dualismos positivistas que constituyeron nuestro campo, entre ellos, los relacionadas con las esferas de la producción y la recepción: es necesario construir los estudios de comunicación, en el marco de las ciencias sociales, como un espacio estratégico para pensar, desde la cultura, la producción social de significaciones.

Estas concepciones teóricas que venimos desarrollando fundamentan la necesidad de trabajar desde una perspectiva comprensiva y un planteo cualitativo en lo metodológico. Desde de este encuadre, nuestro trabajo propone partir de una articulación significativa de tres grandes cuestiones: a) la trama social y cultural amplia de nuestra ciudad en el marco de la cual se constituían los públicos, al momento de realización del trabajo de campo; b) las interpelaciones radiofónicas diseñadas desde las emisoras FM que nos ocupan; y c) los procesos de recepción y reconocimiento de dichas interpelaciones que viabilizan la constitución de ciertos individuos en públicos de dichas propuestas (Mata, 2000).

El primer elemento de la articulación propuesta será revisado desde el análisis documental y bibliográfico de distintos materiales que permitan la caracterización general de la sociedad cordobesa. El segundo elemento propuesto -las interpelaciones radiofónicas- ha sido analizado en nuestra tesis de maestría y presentado de manera sucinta en la sección de antecedentes. No obstante, algunas cuestiones de esta investigación también operan como aspectos que nos permite profundizar lecturas que han surgido en el proceso de trabajo de campo con los públicos de estas radios.

El tercer aspecto constituye el nudo central de este trabajo de investigación. A partir del desarrollo del mismo, estaremos en condiciones de poner en juego, en el análisis y la interpretación conjunta, los modos en que los sujetos con los que trabajamos se piensan a sí mismos y experimentan el ser públicos de estas propuestas.

Al respecto, vale destacar que, como hemos dicho, la condición de ser público se constituye en procesos de acumulación y sedimentación. No se trata de un acto bautismal instantáneo ni tampoco inmediato; excede al hecho del consumo radiofónico cotidiano y alude, aun cuando trabajamos con una aproximación temporal delimitada, a una serie de huellas de los procesos históricos, de las trayectorias individuales y colectivas del ser público, que el análisis intenta desentrañar.

A nivel de escala, este trabajo se trata de una investigación microsocial y, particularmente, un estudio de caso de los públicos de las radios que nos ocupan. En este punto, en particular es extremadamente necesario considerar el señalamiento de Fernández (2012), quien considera que el concepto de “audiencia es estadístico” (2012: 267). Como hemos intentado dejar en claro, éste no es nuestro objeto.

Encuadrado de este modo, trabajamos sobre el ser público como condición e identidad, por lo que intentamos comprender los procesos, de manera específica y particular, a través de los cuales los mismos se constituyen; pero dicho conocimiento particular deberá ser puesto en juego tanto con aportes teóricos como con las condiciones sociales existentes, así como con los procesos culturales más amplios. En este sentido, Raymond Williams plantea que “una sociología de la cultura adecuada debe articular los conceptos locales específicos con los conceptos generales”. Por ello,

no puede evitar la aportación instructiva de los estudios empíricos y de las posiciones teóricas y cuasi teóricas existentes. Pero debe estar en condiciones de reelaborar y reconsiderar todo el material y los conceptos heredados, y presentar sus propias contribuciones dentro de la interacción abierta entre la evidencia y la interpretación que es la verdadera condición de su adecuación (citado por Mata, 2001: 19).

En este marco, proponemos trabajar en la búsqueda de las huellas del proceso a partir del cual los sujetos fueron constituyéndose en públicos de estos medios; y en segunda instancia, en tanto lo concebimos como un proceso histórico pero permanente que debe revalidarse de manera continua, nuestra aprehensión también considera aspectos que se realizan en el tiempo continuo del consumo radiofónico y la permanente adhesión de ser público de estas emisoras. En este sentido, el trabajo de campo fue realizado con oyentes de las emisoras que nos ocupan de la ciudad de Córdoba entre los meses de febrero de 2016 y octubre de 2017.

En esta línea, a partir de la técnica de entrevista en profundidad, proponemos intentar aprehender los sentidos del ser público de estas emisoras con una estrategia general de conversación que, si bien abierta y modificable según los rumbos que tome el o la entrevistada, parte de abordar las prácticas, espacios y rutinas cotidianas de consumo radiofónico para ir vinculando y procurando recorrer aspectos estructurantes del vínculo con las radios y la constitución de los individuos en públicos de estas propuestas.

II.3.5 Técnicas de indagación

II.3.5.1 La entrevista en profundidad

En términos epistemológicos, la entrevista en profundidad supone la posibilidad de acceder a aspectos de las perspectivas y opiniones de los sujetos más allá de aquellos elementos que pueden ser reconstruidos en interacciones ordinarias. En ese sentido, Merlino retoma a Goffman para plantear que “las actitudes, creencias o emociones verdaderas o reales solo pueden ser descubiertas de manera indirecta, a través de sus confesiones o de lo que parece ser conducta expresiva involuntaria” (Merlino, 2009: 114).

Para ello, en la situación de entrevista se procura el desarrollo de “una conversación entre entrevistado y entrevistador, que tiene fines específicos ligados a la obtención de información que el investigador considera relevante para un proceso de investigación” (2009, 113). Dicha conversación implica, como proceso y producto, la generación de discursos. En términos de Silverstone (2003), la “narrativización de la experiencia”.

En esa línea, la entrevista en profundidad se presenta como un modo válido de generar y analizar discursos de los sujetos que conforman un segmento o población en estudio. Sin embargo, los discursos generados en la instancia de aplicación de esta técnica constituyen un corpus particular de análisis que consiste en el contenido de las desgrabaciones textuales de las conversaciones sostenidas entre el investigador y las personas sobre las que este desea conocer algo.

Estos textos, sumados a las notas de campo permitirán realizar interpretaciones al investigador. Pero las mismas tienen límites muy claros.

A partir de la propuesta de Criado, lo que pretende “el investigador es comprender el discurso producido como una práctica social más” (Merlino, 2009: 116) regulada por mecanismos que varían según las lógicas discursivas generales, en el marco de la hegemonía discursiva, así como por la situación en la cual se han producido.

También se hace claro que la práctica discursiva permite acceder a otras prácticas sociales que son distintas y sobre las que se trabaja en la entrevista, como la práctica de ser público de los medios. Esas otras prácticas aparecen de un modo u otro en el discurso. “Esta manifestación se da a través de fisuras, encadenamientos argumentales, omisiones y aspectos no verbales del discurso, tales como la enorme gama de expresiones y gestiones que el actor puede mostrar intencional o inintencionalmente, durante el desarrollo de la entrevista” (Merlino, 2009: 116).

A partir de esto, y por más que el investigador trabaje con discursos producidos, “[…] puede derivar en inferencias acerca de las actitudes del sujeto y de sus conductas concretas y ‘reales’”. Esto sucede, aunque el corpus con el que se esté trabajando esté compuesto por discursos y no por registros de comportamientos específicos (Merlino, 2009: 117).

La estrategia analítica necesaria para trabajar con discursos implica reconstruir las premisas implícitas, en las cadenas argumentales de los sujetos. El abordaje inductivo inferencial, frente a los datos producidos en la entrevista, implica, en esta línea, el reconocimiento de los principios que hacen lógicas y posibles las afirmaciones de las y los enunciadores y que suponen huellas en el enunciado “a partir de las cuales es posible leer no solo la subjetividad individual sino principalmente una subjetividad compartida” (Merlino, 2009: 120).

II.3.6 Aspectos y categorías de análisis

La perspectiva teórica en la cual nos inscribimos implica un abordaje metodológico operativo que delimitamos a partir de cuatro dimensiones complementarias del ser público. Naturalmente, como todo proceso investigativo, las mismas implican una serie de coordenadas de trabajo, pero se han ido retroalimentando junto con el proceso analítico e interpretativo del corpus de trabajo.

Por una parte, el consumo a través del cual se construyen diacrónica y sincrónicamente las adhesiones a las interpelaciones mediáticas propuestas y los sujetos se emplazan como parte del colectivo de oyentes. En segunda instancia, los aspectos de los sistemas de interpelación en los cuales los oyentes se reconocen o encuentran marcas de diferenciación con las imágenes identificatorias mediáticamente propuestas.

Por otra parte, la conformación de identidades, siempre implicadas en la adhesión a determinadas propuestas mediáticas. Es decir, los procesos de identificación, como un aspecto definitorio del sí mismo, tanto en términos individuales como colectivos, y distinción con otros.

Finalmente, la experiencia de ser público en la sociedad de los públicos, entendida desde Benjamin como la dimensión vital que alude tanto a la “vivencia rutinaria” como a las “experiencias auténticas”. Desde nuestra propuesta, en esta dimensión experiencial podremos abordar el ser público de estas emisoras como vivencia integrativa junto con otras vivencias propias de diversas zonas de la experiencia social.

Ahora bien, para abordar estas dimensiones de un mismo fenómeno debemos trabajar con aspectos articulados que, de modo inicial, hemos demarcado de la siguiente manera:

 

1.  Los públicos de las FM como consumidores

 

1.1 Prácticas de consumo radiofónico y prácticas asociadas

1.2 Espacios y ámbitos del consumo;

1.3 Momentos y tiempos;

1.4 Rutinas y rituales;

1.5 Tecnologías y artefactos.

 

2. Los públicos de las FM como producto de los medios

 

2.1 Aspectos centrales de la adhesión a las radios: tiempos, espacios, temáticas y socialidades;

2.2. Aspectos rechazados o resistidos: tiempos, espacios, temáticas y socialidades;

2.3 Sentidos del ser público de estas emisoras;

2.4 Trayectorias de oyentes.

 

3. El público como identidad

 

3.1 Rasgos de autopercepción relacionadas con el ser público;

3.2 Diferencias y similitudes entre prácticas de escucha y representaciones sobre modos de consumo con otros oyentes o sectores sociales;

3.3 Entidades colectivas de autorrepresentación: los otros y nosotros.

 

4. La experiencia de ser público

 

4.1 Vivencia, experiencia y percepción de la corporalidad el ser/estar con otros;

4.2 Vivencia, experiencia y percepción de la corporalidad en vínculo con la radio;

4.3 Vivencia, experiencia y percepción de las memorias culturales del ser público;

4.4 Vivencia, experiencia y percepción de lo público, lo compartido y lo común.

II.3. 7. Construcción de la muestra de los entrevistados

Como hemos dejado en claro, en este proyecto nos interesa trabajar con actores que, desde un recorte sincrónico hemos definido como individuos que forman parte de los sectores populares urbanos de la ciudad de Córdoba y que, desde una perspectiva socioeconómica, pueden ser entendidos como franjas de población de segmentos sociales medios bajos y bajos.

Entendemos a estas franjas de población como parte de lo que, en la tradición de la teoría social latinoamericana y argentina, se ha designado como sectores populares urbanos, en tanto forman parte de sectores sociales que, aun siendo heterogéneos y fragmentarios, tienen en común ciertas prácticas, costumbres colectivas y experiencias constituidas históricamente (Romero, 1990; Barei, 1993).

De todos modos, nombrar a estos actores como parte de los sectores populares implica no solo una delimitación demográfica-cultural: demanda también del gesto teórico de reponer una perspectiva relacional que sitúa a estos sujetos insertos en relaciones complejas y muchas veces ambiguas de dominación y subalternidad.

Puntualmente las entrevistas en profundidad han sido realizadas con varones y mujeres de sectores populares urbanos que a) se reconozcan como oyentes de las emisoras FM que hemos delimitado; b) desde una perspectiva socioeconómica y cultural puedan ser considerados parte de las franjas de sectores populares de la ciudad; c) tengan una edad entre 16 y 50 años (población adulta-joven).

La muestra de entrevistados con la que trabajamos es de tipo intencional, estratégica, en cuotas y no representativa (Sierra Bravo, 1998: 191). Para construir la misma, partimos de un número proyectado de 20 contactos en total. A su vez, todas las proporciones y cuotas de entrevistados han sido estimadas acorde a los porcentajes de género y rango etario de la ciudad de Córdoba Capital, según los datos del último Censo Nacional 2010. En cualquier caso, con dicha referencia, el proceso implicó sumar casos para ir avanzando progresivamente en la saturación de algunas categorías centrales de nuestro estudio.

Vale aclarar que hemos tomado la decisión de entrevistar a sujetos de hasta 50 años, dado que hasta esta edad es que se pueden encontrar la mayor cantidad de oyentes de estas emisoras, según los últimos estudios públicos de audiencia disponibles al momento de la realización del trabajo de campo.

Por otra parte, se ha considerado la relación proporcional de oyentes efectivos de Radio Popular y Radio Suquía en relación a las mediciones públicas de audiencia[17] en la ciudad, disponibles al momento de realización de las entrevistas.

Las mediciones privadas a las que hemos accedido, realizadas una vez por año por la consultora IBOPE, no han evidenciado modificaciones sustanciales en los niveles generales y proporcionales de escucha de estas emisoras.

La cantidad total de casos incluidos alcanzó las 21 entrevistas, procurando acercarnos al proceso de saturación teórica de algunas de las categorías centrales de nuestro trabajo.

El trabajo de campo fue realizado entre febrero de 2016 y octubre de 2017.

El contacto con los oyentes y la concreción de las entrevistas

Para acceder a estas personas se utilizó, inicialmente, la técnica de bola de nieve a través de una serie de distintos contactos personales que tienen inserción social e institucional en distintos barrios populares de la ciudad de Córdoba.

De todas maneras, tras reiteradas situaciones de entrevistas acordadas que finalmente no pudieron realizarse por el hecho de que los entrevistados se mostraban reacios a concretarlas, en algunos casos, se retribuyó económicamente a los mismos, a modo de compensación por el tiempo dispensado para la investigación. En todas estas situaciones, previamente se confirmaba su condición de oyentes regulares de las emisoras con las que trabajamos, a través de una serie de preguntas previas.

En todos los casos, la condición de oyentes de estas radios fue confirmado fehacientemente mediante preguntas sobre las emisoras, el gusto sobre determinados programas o sobre los nombres de programas y conductores que les resultaban reconocidos a los posibles entrevistados.

Los casos seleccionados se caracterizan del siguiente modo:

Cuadro de entrevistados

Entrevistado
Edad/
Radio
Ocupación/es
Estudios
Situación Familiar

E1- Maira

16/ Popular

Estudiante secundario

Secundario incompleto

Vive con su padre y madre. 5 hermanas. Padre: guardia de seguridad; Madre: ama de casa. Alquilan su vivienda.

E2- Braian

17/

Popular

Estudiante secundario

Secundario incompleto

Vive con su madre, dos hermanas y su sobrino. Su hermana mayor es madre soltera. Les prestan su vivienda.

E3- Viviana

50/

Popular-Suquía

Trabajadora de limpieza en la Universidad.

Contratada.

Secundario incompleto.

Vive sola.

E4- Horacio

34/

Popular

Vendedor ambulante.

Albañil.

Primario completo.

Vive con la madre. Recientemente separado. Una hija menor.

E5- Pablo

35/

Popular

Desempleado.

Primario incompleto.

Separado. Recientemente salió del Penal de Bouwer tras cumplir condena por robo.

E6- Braian

20/

Popular

Albañil. Limpiavidrios. Vendedor ambulante.

Reconoce haber participado de hechos de robo.

Secundario incompleto.

Vive en pareja con una hija menor, con una hermana y su sobrina.

E7- Gustavo

29/

Popular- Suquía

Propietario de pequeña despensa.

Albañil.

Secundario completo.

Vive con su pareja y dos hijos pequeños.

E8- Ivana

26/

Popular

Niñera.

Profesora de Folklore.

Estudiante de profesorado.

Estudios terciarios en curso.

Vive con su pareja.

E9-Rodrigo

21/

Popular

Estudiante de terciario.

Estudios terciarios en curso.

Vive con su madre y hermano.

E10-Julio

36/

Popular- Suquía

Empleado de playa de estacionamiento

Secundario completo.

Vive con su pareja y tres hijas menores.

E11- Martín

26/

Suquía – Popular

Empleado de atención al público, empresa Tarjeta Naranja.

Secundario completo. Universitario incompleto.

Vive con su pareja, su suegra y su cuñado.

E12- Denis

28/

Popular- Suquía

Empleado de empresa de logística (Ayudante de Camionero). Distribuidora de gaseosas.

Primario incompleto.

Vive con su pareja. Sin hijos

E13-Marisol

23/

Popular- Suquía

Empleada de venta en Call Center.

Secundario completo

Vive con su pareja y su hija pequeña.

E14-Paola

41/

Suquía

Popular

Ama de casa. Asistente de anciana.

Secundario Completo.

Vive con su marido y dos niños pequeños

E15- Romina

30/

Suquía- Popular

Desempleada. Ex empleada de atención al cliente en Call Center.

Secundario completo- Terciario incompleto.

Vive con su madre, tía, prima, cuatro hermanos y un sobrino.

E16- Stefani

28/

Popular

Empleada Doméstica.

Secundario Completo.

Vive con su pareja y un hijo menor.

E17- Marta

37/

Popular

Empleada Doméstica.

Secundario Completo.

Vive con su pareja y dos hijos menores.

E18- Lucas

32/

Popular- Suquía

Empleado de empresa de logística (Ayudante de Camionero). Distribuidora de gaseosas.

Secundario Completo.

Vive con la madre y el padre.

E19- Lucas

18/

Popular- Suquía

Desempleado.

Con trabajos ocasionales.

Secundario Incompleto

Vive con su padre, madre y hermano.

E20- Érica

22/

Popular

Desempleada.

Lavacopas ocasionalmente.

Secundario Incompleto

Vive con su madre y hermana.

E21- Maira

21/

Popular

Desempleada.

Niñera ocasionalmente.

Secundario Incompleto

Vive con su madre, padre y tres hermanos.

Fuente: Elaboración propia


  1. Las cursivas son nuestras.
  2. Nos referimos al texto de Martín Barbero Colombia: prácticas de comunicación en la cultura popular (1980) y el propio de García Canclini, Las culturas populares en el Capitalismo (1982).
  3. La sigla PISAC corresponde al Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea. La investigación en la que se basa el libro de Grillo fue financiada por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva y por la Secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación y Deportes de la Nación..
  4. Existe acuerdo entre distintas fuentes en que desde el año 2003 a 2013, aproximadamente, se ha producido una serie de mejoras en los indicadores sociales de nuestro país. Entre otras cuestiones de relevancia crecieron los niveles de empleo, disminuyeron los niveles de pobreza e indigencia y se implementaron planes de cobertura social universal para niños, jóvenes y mujeres embarazadas en situación de pobreza -Asignación Universal-. Al mismo tiempo se pusieron en marcha amplios programas de acceso a bienes culturales, tales como el nuevo sistema de TV Digital, cuyos decodificadores se entregan de manera gratuita a los beneficiarios de la Asignación Universal y a jubilados que reciban los haberes mínimos, y el Plan Nacional Conectar Igualdad que entregó de manera masiva millones de netbooks a estudiantes de escuelas públicas de todo el país, entre otras cuestiones.
  5. “La pobreza creció en 1,5 millones de personas desde que llegó Mauricio Macri”. Diario El País. 9 de marzo de 2017. Disponible en: https://bit.ly/3bEcHzh. Última vez consultado el 14 de mayo de 2020.
  6. Entre otros se pueden mencionar Svampa (2003, 2005); Merklen (2005); Ciuffolini (2008) desde la sociología política; Míguez y Semán (2006) desde la antropología cultural; y Alabarces (2002, 2006) desde la comunicación.
  7. Disponible en www.infobae.com. Última vez consultado: 24/03/2017 https://bit.ly/3BGtFrA
  8. La herencia de Gabriel Tarde es revisada también, entre otros, por Elihu Katz (1997) “La herencia de Gabriel Tarde. Un paradigma para la investigación sobre la opinión y la comunicación”, en Dayan, Daniel (1997).
  9. En línea con esta propuesta, Martín Barbero propuso leer las transformaciones del sensorium de los sectores populares, en relación con la producción de las industrias culturales modernas (Martin Barbero, 1987).
  10. Desde una perspectiva acorde con nuestros intereses, afirma que los medios y sus públicos hablan también de la sociedad y que, por lo tanto, no puede aceptarse una mirada meramente descriptiva de dichos procesos (Wolton, 1997: 11).
  11. En relación a esta cuestión, J. B. Thompson (1998) sostiene que nos encontramos con la emergencia de otros tipos de comunidades hasta hace poco inexistentes: la “comunidad desespacializada” (1998: 297). Tradicionalmente la comunalidad se encontraba ligada al hecho de compartir un espacio y la superposición de trayectorias de vida en circunstancias comunes de la vida cotidiana. Sin embargo, la experiencia mediática si bien se asienta también sobre las formas de la experiencia copresencial y los contextos de vida, no se enraizan necesariamente en la mutua implicación de la vida cotidiana. Por el contrario, las nuevas comunalidades se basan en el común acceso a formas simbólicas mediáticas: se trata de nuevas formas “de experiencias en la que la comunalidad deja de estar vinculada al hecho de compartir un lugar común” (1998: 297).
  12. Este proceso de constitución de la identidad de los sujetos, es decir de los individuos en sujetos, es clara y centralmente inconsciente, por lo que no puede entenderse como una operación racional a través de la cual los individuos evalúan qué tipos de interpelaciones reconocen y cuáles desconocen. Es importante comprender en este punto que los procesos de subjetivización están sobredeterminados y las razones del éxito o fracaso de las interpelaciones ideológicas nunca están claramente presentadas como autoevidencias.
  13. Puede analizarse la idea de sobredeterminación en el psicoanálisis en Laplanche y Pontallis (1996).
  14. “Es rastreable desde los postulados de Benjamin en “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” pasando por los aportes de Hanna Arendt hasta las actuales consideraciones de Anthony Giddens acerca de lo que denomina la modernidad tardía” (Mata, 1998. 110).
  15. “Separación de espacio y tiempo: es la condición para la articulación de las relaciones sociales en ámbitos extensos de tiempo y espacio, hasta llegar a incluir sistemas universales […] Mecanismos de desenclave: constan de señales simbólicas y sistemas expertos (ambos en conjunto=sistemas abstractos). Los mecanismos de desenclave disocian la interacción de las peculiaridades locales” (Giddens, 1997: 34).
  16. Grüner entiende que el concepto de experiencia, siempre incluye un elemento activo, aunque sea no consciente, que implica el proceso cómo los hombres y las mujeres retornan como sujetos, es decir como determinantes/determinados, y “se hace así posible concebir un espacio para el ejercicio de la acción libre, entendida no a la manera de la teoría del racional choice […] sino sobre todo, opción entre sistemas de valores opuestos. Vale decir: opciones de intervención sobre el campo cultural en tanto campo de lucha por el sentido” (Grüner, 1990).
  17. Los datos públicos a los que nos referimos han sido retomados de la investigación desarrollada por el Equipo de Investigación de “Estudios sobre Comunicación y Ciudadanía” (Centro de Estudios Avanzados, Universidad Nacional de Córdoba), al cual pertenezco, a pedido del “Programa Polos Audiovisuales Tecnológicos” (2012).


Deja un comentario