Para lograr una mejor comprensión sobre el impacto que tiene la situación hasta el momento descripta en cuanto a la preservación de unas Fuerzas Armadas disponibles y preparadas para el cumplimiento regular de sus actividades específicas, vale la pena efectuar una sintética descripción sobre las características de su misión asignada legalmente, así como a las actividades que se desprenden de esta y que regularmente se llevan adelante en las unidades militares de las tres fuerzas. Esto, aunque parezca obvio, no lo es, y en general la sociedad en su conjunto y buena parte de la dirigencia política lo desconoce.
Más allá de discursos grandilocuentes, así como los debates sociales y las argumentaciones políticas sobre el desempeño de la defensa en el ámbito del ejercicio de la soberanía nacional y del rol esencial que desempeñan las Fuerzas Armadas para la protección de los intereses estratégicos y esenciales de la Nación, en lo concreto, la actividad principal de las Fuerzas Armadas –es decir aquella que identifica y a la vez diferencia a los institutos castrenses de otros organismos estatales– es, en tiempos de paz, la preparación para la guerra, y en tiempos de guerra, obviamente ejecutarla.
De tal manera, el artículo 24° de la Ley 23554 de Defensa Nacional establece al respecto las responsabilidades de los jefes de Estado Mayor de cada una de las tres Fuerzas Armadas:
Los jefes de los Estados Mayores Generales de las Fuerzas Armadas ejercerán el gobierno y administración de sus respectivas fuerzas. Dirigirán la preparación para la guerra de los elementos operacionales de las respectivas fuerzas y su apoyo logístico. Asesorarán al Estado Mayor Conjunto, a los fines de la realización por parte de este del planeamiento militar conjunto, acerca de la composición, dimensión y despliegue de las respectivas fuerzas, así como sobre los aspectos del referido planeamiento.
En tal sentido, el artículo 24° del Decreto 727 de 2006, reglamentario de la Ley de Defensa Nacional, establece con mayor precisión:
Las Fuerzas que conforman el Instrumento Militar estarán dedicadas exclusivamente a alistar, adiestrar y sostener los medios puestos a su disposición, a efectos de garantizar su eficaz empleo en el marco del planeamiento militar. Los medios humanos y materiales estarán determinados por el diseño del Instrumento Militar que, en virtud de lo dispuesto en el artículo 17° de la presente reglamentación, será responsabilidad del Estado Mayor Conjunto.
En este sentido, y de una forma sintética, se puede señalar que una actividad adecuada de preparación gira básicamente en torno al mantenimiento, a la actualización de los medios materiales disponibles, a la instrucción y al adiestramiento del personal que integra las Fuerzas Armadas para la utilización eficaz y segura de esos elementos, tanto en el plano mecánico y técnico como en el táctico. La finalidad principal que se pretende de este proceso concatenado es que el Gobierno nacional tenga a su disposición para el momento que lo requiera, una fuerza militar preparada adecuadamente para la guerra.
Más allá de la importancia estratégica que tiene para una Nación poseer una organización preparada para su protección y defensa en un sistema internacional que sigue siendo esencialmente anárquico,[1] por cierto “alistar”, “adiestrar”, “mantener” o “preparar elementos operacionales para la guerra” no parecen ser a primera vista actividades que tengan un impacto político-social relevante en la coyuntura cotidiana y el corto plazo, ni un punch electoral muy significativo, salvo que la Nación esté por afrontar verdaderamente una situación de conflicto militar y guerra.
En tal sentido, también vale la pena señalar algunas precisiones en lo atinente al empleo primario de las Fuerzas Armadas, las que parecen obvias, pero en realidad no lo son para la generalidad de la opinión no informada. Organizar y sostener una fuerza armada en tiempos de paz no se trata de “jugar a la guerra”. Las Fuerzas Armadas son organizaciones estatales complejas, conformadas por una numerosa cantidad de personas, que incluyen diversas especialidades y cumplen distintas funciones y que esencialmente se dedican a prepararse para combatir en una guerra. El adiestramiento y las operaciones implican necesariamente desempeñarse y operar medios bajo situaciones y condiciones de exigencia que implican riesgo personal, más allá de que estas tareas se realicen siguiendo procedimientos normalizados y en condiciones materiales de seguridad.
Esta tarea, cualquiera que fuera, demanda niveles de alistamiento de medios materiales, equipamiento y sistemas de armas cuyo manejo requiere estándares de preparación técnica y profesional específicos, así como exige un sostenido nivel de adiestramiento que debe ser permanente para poder cumplir con las tareas asignadas con eficacia y seguridad. Todo ello impone una visión de amplio alcance para su preparación, organización, equipamiento, administración y, además, demanda necesariamente (desde el plano del personal) alimentar y contener una sólida vocación de servicio a disposición de la Nación, en un contexto en el cual muchas veces los saberes, aptitudes y habilidades del personal son demandadas por el mercado civil.
Entre una situación de paz total y una situación de guerra generalizada existe un arco de situaciones intermedias que pueden requerir la utilización de las Fuerzas Armadas. Hay un amplio espectro de situaciones internacionales que incluyen conflicto de intereses, situaciones percibidas como irritativas o amenazantes, negociaciones, crisis, escaladas diplomáticas e incluso militares que pueden demandar la utilización concreta de dispositivos militares, pero que no implican necesariamente su utilización plena en un combate efectivo.
Como ejemplo, podemos mencionar las actividades de vigilancia y patrullaje en una zona en disputa o en el territorio jurisdiccional y zonas aledañas, el establecimiento de un esquema de observación militar en caso de conflictos ajenos pero en zonas aledañas al territorio nacional, el despliegue de una avanzada a los efectos de demostrar algún tipo de voluntad, el envío de un “mensaje” político/diplomático o la presencia efectiva para garantizar o comprobar el cumplimiento de acuerdos, el despliegue de elementos militares para efectuar un ejercicio como parte de la cooperación político-diplomática, o la detección de vectores militares – por ejemplo aviones y/o buques o submarinos– operando sin aviso en zonas cercanas a límites territoriales, entre otras variadas y múltiples opciones de empleo de las Fuerzas Armadas sin que implique el ejercicio de la guerra. Ante estas circunstancias, el Estado debería contar con elementos militares para desplegar –según la necesidad–, y para que esto pueda concretarse efectivamente y esos elementos puedan cumplir con la misión encomendada de manera adecuada, deberían estar completos en cuanto a su equipamiento y dotaciones, así como también en cuanto a la preparación del personal que los opera.
Por otra parte, y desde la perspectiva de las misiones secundarias, el Estado también demanda habitualmente –y de acuerdo a los vaivenes y necesidades domésticas e internacionales– la disposición de elementos militares a los efectos de su empleo para atender contingencias no estrictamente militares, en función de las capacidades propias y excepcionales que poseen las fuerzas militares debido a su particular misión primaria. De manera habitual, las instituciones castrenses son utilizadas paralelamente al desempeño de su actividad principal, en tareas de la más diversa índole que se refieren a prestar colaboración operativa y logística a otras áreas del Estado nacional, provincial e incluso municipal. Como, por ejemplo, asistencia en casos de catástrofes de diferente naturaleza –incendios, inundaciones, derrumbes, terremotos, pandemias, etc.–, apoyo a las actividades desarrolladas por Fuerzas de Seguridad y/o policiales, apoyo comunitario, operaciones de observación o de mantenimiento de la paz en el marco de organismos internacionales, etc.
Por cierto, hay que señalar que –aunque parezca obvio– cualquier tipo de actividad secundaria es esencialmente diferente, a las tareas de adiestramiento para la guerra, al ejercicio mismo de la guerra o de aquellas actividades militares que se dan en el marco de un conflicto o escalada como mencionamos en párrafos anteriores. Estas son notablemente distintas en términos de las exigencias que se requieren del material y el personal ante estas circunstancias. Estas misiones secundarias se pueden llevar a cabo con una preparación limitada e incluso con los medios materiales penalizados en cuanto a su disponibilidad operacional o completamiento de personal.
Vayamos a ejemplos varios: para que un vehículo anfibio pueda ser utilizado para evacuar personas afectadas por una inundación, no es necesario que ese vehículo y su tripulación se encuentren plenamente habilitados para el cumplimiento de los roles militares para los cuales está diseñado. No hace falta que el cañón de 20 mm que lo equipa funcione, ni que su operador esté preparado y habilitado para ello; tampoco es necesario que la tripulación esté adiestrada e instruida en los procedimientos tácticos que deben desempeñarse en una operación militar. Solo es necesario que la tripulación sepa poner en marcha el vehículo, manejarlo adecuadamente, hacerlo transitar por tierra y por agua y devolverlo con seguridad.
Del mismo modo, la tripulación de una aeronave de transporte militar no necesita estar adiestrada en vuelo táctico, vuelo en formación, aerolanzamiento de cargas o paracaidistas, procedimientos de combate disimilar, operaciones de aterrizaje y/o despegue de “máximo esfuerzo”, entre otros roles; para efectuar una operación de transporte en caso de traslado de personal sanitario o carga de ese tipo, de un aeropuerto habilitado a otro, o simplemente ejecutar una actividad de transporte de funcionarios gubernamentales de un destino a otro. Asimismo, y exagerando la nota, un elemento logístico del Ejército no necesita estar plenamente instruido y adiestrado en la totalidad de las tácticas y procedimientos de combate necesarios a los efectos de la preparación y distribución de tazas de chocolate en un día patrio, a solicitud del intendente de la municipalidad aledaña al lugar de acuartelamiento permanente de la unidad. Todo ello, incluso, si este tipo de operación reviste una magnitud relativamente significativa en términos de compromiso de personal y equipamiento e incluso es crítica socialmente, como por ejemplo la operación de apoyo al esfuerzo nacional para la contención de la epidemia del COVID-19 que se desarrolló durante los años 2020 y 2021, bajo la denominación de Operación General Belgrano (Ministerio de Defensa, 2020).
La diferenciación entre ambos tipos de empleo, es decir, el primario o netamente militar, y el secundario o subsidiario de apoyo al Estado o a la comunidad en tareas “no militares”, no se trata de una cuestión menor. La misión principal de las Fuerzas Armadas, es decir, la preparación para la guerra, implica una rutina de acciones de instrucción y adiestramiento para aprender a operar los medios o ejecutar procedimientos y para obtener la aptitud para emplearlos al máximo de la potencialidad en condiciones de guerra. Todo ello, tanto en términos individuales como en conjunto.
Con relación a los medios materiales, hay que señalar que en general, y más allá de las diferencias, son herramientas complejas que deben ser permanentemente mantenidas y actualizadas para su operación y empleo pleno, y que demandan la adquisición de competencias y habilidades, la aplicación de procedimientos exigentes y precisos, y el conocimiento de doctrinas que deben ser aprendidas y permanentemente practicadas. Del mismo modo, se requiere que las unidades se encuentren completas en la dotación de personal que requieren sus organizaciones, para que puedan prepararse y operar de manera efectiva y adecuada, de acuerdo a los roles que tienen asignados para el cumplimiento de su misión primaria.
Es decir, y solo a modo de sucinto ejemplo, la tripulación de un tanque no solo debe conocer aspectos mecánico-técnicos, como saber ingresar, poner en marcha, hacer circular el vehículo y operar los sistemas que lo componen de manera individual; sino también manejar de manera coordinada, ejecutando maniobras y procedimientos tácticos con otros como parte de una sección, un escuadrón o el regimiento completo; interactuar con elementos de otras armas en el marco de un dispositivo interarmas –infantería, artillería, comunicaciones, ingenieros-zapadores, etc.– como es una brigada o como parte de un elemento operacional conjunto. Del mismo modo, el blindado debe ser mantenido regularmente, y sus equipos y componentes mecánicos y tecnológicos deben ser actualizados, de modo tal que los artefactos que los componen y que les permiten cumplir un rol específico funcionen de manera efectiva, y el aparato de manera individual o en conjunto pueda ser utilizado en la plenitud de sus capacidades, tanto para tareas de instrucción de tripulaciones como de adiestramiento y operacionales.
Por ejemplo, no solo es necesario que un tanque esté en condiciones de desplazarse alrededor del cuartel o durante una parada militar en la localidad aledaña para los festejos del 9 de julio. Sino también que el giro-estabilizador del cañón se encuentre en condiciones operativas, de lo contrario, el tanque solo podrá efectuar disparos de manera estática. También es necesario que el sistema de adquisición de blancos funcione; que el sistema de orugas y engranajes que le permite desplazarse todoterreno se encuentre en buen estado, ya que si no, solo va a circular limitadamente apenas por las calles internas del cuartel; que en los depósitos haya existencia de munición para ejercicios de tiro real, de lo contrario el personal no va a poder instruirse ni adiestrarse cabalmente en la utilización de ese sistema. Es decir, si estas circunstancias no se materializan, no estamos frente a un sistema bélico sino frente a un vehículo blindado que solo se desplaza.
Del mismo modo, si una aeronave de combate tiene penalizado su radar y su equipamiento electrónico para el combate, entonces funciona limitadamente por falta de actualización. Esa aeronave no va a permitir a los tripulantes instruirse y adiestrarse adecuadamente en los roles de combate para los cuales existe teóricamente ni, por supuesto, desempeñarse plenamente en una situación de guerra. En un caso extremo, se trata de una aeronave “de combate” que solo vuela y que no está en condiciones de desempeñar el rol militar previsto; la calidad en ese caso de la instrucción, el adiestramiento y la utilización operacional será consecuentemente muy baja.
En este punto del desarrollo se vuelve necesario remarcar algo que ya es evidente: la relación intrínseca y fundamental que existe entre la preparación del personal que opera y mantiene los equipos, y la posibilidad de utilizar los mismos al máximo de sus posibilidades. El “máximo de las posibilidades” tiene que ver con la disponibilidad plena de los materiales y sus componentes técnicos, mecánicos y electrónicos, y con el nivel de completamiento, instrucción y adiestramiento del personal. Todo ello debe estar también combinado con la existencia y el conocimiento de una adecuada doctrina de empleo de esos elementos y –elevándonos en la cadena de mandos de una estructura militar– con una conveniente conducción a nivel táctico, estratégico-operacional y estratégico-militar.
Tomemos otro caso a efectos explicativos, ahora con referencia a una “unidad operacional”. En la actualidad, un regimiento de infantería en el Ejército Argentino está constituido por una organización específica. Es decir, un “regimiento de infantería” es una entidad “tipo”, que debe poseer una determinada estructura organizativa, una específica cantidad de efectivos humanos que cumplen un conjunto de roles funcionales definidos, una doctrina de empleo y una cantidad de equipos y materiales acordes a la organización, la doctrina, las dotaciones y los roles previstos.
En teoría, ese “tipo” está conformado básica (aunque no únicamente) por tres compañías: una de mando y servicios, y dos de fusileros. La primera es el elemento a través del cual se conduce la unidad y se prestan los servicios para su funcionamiento, y las otras dos son los elementos de combate integrados por los cuadros y la tropa, a través de los cuales se ejecutan las operaciones concretamente. Cada compañía debe tener una dotación de material y de personal que le permita ejecutar el conjunto de maniobras que se espera que cumplimente esa unidad.
Es decir, la organización, composición de personal, equipamiento y doctrina es específica para poder planificar y ejecutar determinadas operaciones militares. De otro modo no tiene sentido la existencia de tal elemento. En tiempos de paz, el personal del regimiento de infantería se instruye, adiestra, mantiene, prepara y dispone el material que lo equipa según un calendario anual de actividades para lograr y mantener su aptitud. Además, la preparación permanente a lo largo de los años va permitiendo la transmisión de experiencias profesionales de manera intergeneracional entre el personal que lo integra y que se va relevando en el tiempo. Si ese regimiento está incompleto en alguna de sus dimensiones (organización, personal, equipamiento, etc.), o en casi todas, no puede prepararse adecuadamente para ejecutar aquellas operaciones para las cuales está diseñado, y tampoco podría ejecutarlas efectiva y plenamente. De hecho, existe primariamente para cumplir tales operaciones.
En una entrevista efectuada para la confección de este libro, un oficial superior del Ejército Argentino recientemente retirado contaba su experiencia como jefe de Operaciones de un Regimiento de Infantería durante los años 90, justo antes de la suspensión del Servicio Militar Obligatorio. El entrevistado señalaba que ante la escasez de soldados para completar la unidad –apenas alcanzaban para cubrir puestos de guardia–, la conducción de la unidad “innovó” imaginativamente instrumentando el concepto de “compañía de cuadros”, es decir, el regimiento era de hecho reducido en su magnitud a una compañía y los oficiales y suboficiales disponibles cumplían la totalidad de los roles, excusando el empleo de soldados conscriptos.[2]
Entonces, estamos en todo caso ante un agrupamiento de personal y elementos que se denomina “formalmente” como regimiento de infantería, pero que no tiene la aptitud para cumplir efectivamente los roles que ese elemento tiene asignados formalmente y que, en la realidad, no responde a las características y funcionalidades del “tipo”. Por supuesto que, en tal caso, seguramente sí va a poder ejecutar tareas secundarias “no militares”, ya que para este desempeño no es necesario tener la unidad completa ni adiestrada para el combate. Esta situación se puede asimilar a los diferentes elementos, unidades y sistemas que equipan las tres Fuerzas Armadas.
No contar con elementos, o contar con elementos que no están en condiciones de utilización militar plena, implica no solo el hecho cuantitativo de que no se cuenta numéricamente con ese material o que se cuenta solo parcialmente. Sino también, supone el hecho cualitativo de que el personal que lo opera tampoco se puede instruir y adiestrar en su utilización plena. No solo es relevante la cantidad de tiempo de preparación medido en términos de “días de campaña en el terreno”, “días de navegación” u “horas de vuelo”; también hay que ponderar la calidad de la utilización de ese tiempo. Un elemento que no se encuentre disponible de manera plena, no permita la instrucción y, fundamentalmente, el adiestramiento solo tendrá un carácter parcial e incompleto.
En ese mismo sentido, a los efectos de la instrucción y el adiestramiento en tiempos de paz, tampoco es tan relevante la cantidad numérica de aeronaves, tanques, cañones o buques con los que se cuenta, sino la calidad, el mantenimiento y el completamiento técnico que esos materiales poseen. Una fuerza aérea puede disponer formalmente de 24 aeronaves supersónicas y polivalentes y sus tripulaciones asignadas. Sin embargo, la limitación en el empleo de esos aviones –como consecuencia de las circunstancias mencionadas precedentemente– hace que en la práctica no se disponga de ese número y que las tripulaciones no se encuentren adecuadamente preparadas para el desempeño de sus funciones como combatientes. En este sentido, lo importante es que, ante circunstancias de apremio o restricción, se posea la cantidad de aeronaves que permitan ejecutar la mayoría de los roles que se le exigen a este elemento.
Toda la parafernalia de actividades militares de instrucción, adiestramiento, mantenimiento, actualización, preparación, etc., que deben realizar de manera regular, rutinaria y, fundamentalmente, sostenida en el tiempo las Fuerzas Armadas es lo que se denomina en definitiva “la preparación para la guerra”. El resultado de ello sería que, la Nación Argentina –en este caso– pueda contar con una organización militar efectivamente preparada y disponible para el cumplimiento de su misión específica y para atender de alguna manera las contingencias –que por cierto suelen ser imprevisibles e imprevistas– que puedan surgir ante una situación de crisis y/o conflicto.
En un contexto de larga y relativa paz o de baja conflictividad militar interestatal, como la que se está desarrollando en Sudamérica durante las últimas décadas, estos asuntos pueden resonar “poco atractivos” para el interés y la discusión política, de baja prioridad en la gestión gubernamental e incluso “piantavotos” en términos electorales, más allá de las exclamaciones y discursos políticos y sociales que refieren a la necesidad de poseer Fuerzas Armadas para el ejercicio pleno de la soberanía nacional.[3]
- Según los registros de la Organización de las Naciones Unidas, existen 193 Estados que pertenecen a la organización; además, hay ocho que no son reconocidos. En la actualidad, solo 21 Estados no poseen Fuerzas Armadas o no poseen Fuerzas Armadas permanentes. En general, se trata de Estados insulares o de Estados continentales de menor envergadura relativa, que poseen algún tipo de fuerza policial o acuerdos de protección militar con organizaciones de defensa u otros Estados. (Organización de las Naciones Unidas y The CIA World Factbook, Washington D. C.).↵
- Entrevista a oficial superior del Ejército Argentino (01/11/23).↵
- El académico estadounidense David Pion-Berlin plantea esta circunstancia de “desinterés” de la política con respecto a los asuntos de la defensa y militares de manera amplia y adecuada en el texto “Militares y democracia en el nuevo siglo. Cuatro descubrimientos inesperados y una conclusión sorprendente” (2008). ↵




