La segmentación neoliberal de la población en perspectiva foucaultiana
Luis Félix Blengino[1]
Vivimos en una cultura del desencuentro, de la fragmentación, una cultura del no me sirve, del descarte.
Papa Francisco, 18 de mayo de 2013
Desde la perspectiva de la historia foucaultiana de la gubernamentalidad, el neoliberalismo forma parte de la tendencia de gubernamentalización del Estado en nombre de un arte de gobernar en la racionalidad económica de los gobernados. Dentro de tal tradición, el neoliberalismo se desarrolla desde mediados del siglo XX como un intento por dotar al capitalismo de una nueva vida frente al avance de las masas, la organización de la sociedad y el costo (económico y político) de la democracia y de la ampliación de los derechos sociales. El neoliberalismo se impondrá, entonces, como un programa gubernamental cuyo objetivo es desembridar la economía y liberarla de todas aquellas trabas, cargas y obligaciones que bloquean la libertad de emprendimiento e impiden el crecimiento económico. Asimismo, el neoliberalismo conforma una racionalidad gubernamental crítica que, a su vez, comparte cierto imaginario predominante acerca de la calificación de la sociedad del siglo XX como una sociedad de consumo, del espectáculo, de la uniformidad y homogeneidad de las masas, como sociedad de la disciplina y la normalización. Respaldados en la legitimidad que brindaba a la crítica neoliberal su consonancia con todos aquellos que dirigían sus críticas a lo que Foucault denominó “sociedad de supermercado”, el neoliberalismo, usufructuando, a su vez, del gran prejuicio fóbico al Estado que atraviesa las más diversas miradas del mundo social, comenzará a diseñar y proyectar un modelo alternativo de sociedad, una sociedad de mercado, que Foucault conceptualizó como “sociedad de empresa”, es decir, de competencia (Foucault, 2007, pp. 182-187). Como afirma Foucault, en el horizonte de la gubernamentalidad neoliberal se halla
la idea, el tema-programa de una sociedad en la que haya una optimización de los sistemas de diferencia, en la que se deje el campo libre a los procesos oscilatorios, en la que se conceda tolerancia a los individuos y las prácticas minoritarias, en la que haya una acción no sobre los participantes del juego, sino sobre las reglas del juego, y, para terminar, en la que haya una intervención que no sea del tipo de la sujeción interna de los individuos, sino de tipo ambiental (Foucault, 2007, pp. 302-303).
La idea que pretendo sostener aquí es que, siguiendo esta categorización foucaultiana y tomando en cuenta que “sociedad” es un concepto de tecnología gubernamental, deben distinguirse dos procesos de formación de modelos de sociedad proyectados como correlato de tecnologías gubernamentales diferentes. En primer lugar, un proceso de antagonización entre dos modelos sociales: la sociedad de la uniformidad, la sociedad de supermercado, correlativa de una tecnología gubernamental disciplinaria y estatista, versus la sociedad de empresa, de la diversidad, la tolerancia y el respeto a la iniciativa individual correlativa de una tecnología gubernamental para la economía de mercado. En segundo lugar, un proceso de radicalización interna al segundo modelo que permite distinguir, a su vez, dos formas de proyectar la sociedad de mercado y las tecnologías de gobierno: por una parte, el modelo ordoliberal alemán que segmenta a la población en empresarios –independientes– y pobres –dependientes de la ayuda gubernamental–; por la otra, el modelo anarcocapitalista norteamericano que diluye aquella distinción en una población organizada según un sistema de optimización de las diferencias. Pretendo mostrar que en el proceso de radicalización del neoliberalismo se corta el último puente tendido hacia el ideal de la solidaridad social. En efecto, mientras aún se mantiene la distinción entre empresarios y pobres, a estos se los considera sujetos de políticas de asistencia social que deben procurar su reinserción en el juego económico de la competencia. Por el contrario, desde el momento en que la población se proyecta como compuesta por una multiplicidad de sujetos que son desde siempre portadores de cierto capital humano, es decir, que son empresarios de sí participantes del juego económico incluso antes de nacer, ya no se requiere de ninguna asistencia a los pobres para convertirlos en empresarios, puesto que ya lo son: pobres o empobrecidos, pero autosuficientes, sea cual sea su condición. Cada uno ya cuenta con cierto capital humano que pondrá a producir libremente de acuerdo con las condiciones del mercado. De este modo, el modelo alemán renuncia a la distridución del ingreso y la reducción de la desigualdad relativa, pero aún se sirve de un dispositivo asistencial para quienes caen debajo de un umbral relativo de desigualdad absoluta. Contrariamente, el modelo norteamericano de gobierno ambiental de las diferencias –y de las desigualdades como diferencias–, para conseguir su optimización en términos de economía de mercado, abandonará cualquier preocupación por los perdedores del juego. Si el primero considera que la sociedad de competencia debe ser construida y sostenida por políticas activas, el segundo asume que la sociedad de competencia constituye el medioambiente en el que nacemos y en el que estamos confinados para invertir libremente nuestro siempre escaso capital humano. Con el borramiento de la desigualdad y la pobreza, el programa neoliberal, crítico y radical, corta sus últimos vínculos con cierta solidaridad de cuño humanista para proyectar una sociedad de la diferencia que es fundamentalmente una sociedad del descarte, tal como denuncia el papa Francisco en sus intervenciones. En este sentido, el neoliberalismo constituye un arte de gobierno que opera en sus dos vertientes (ordoliberal y anarcocapitalista) a través de tecnologías de seguridad que pretenden gobernar a la sociedad desde la perspectiva de la población, i. e. como una multiplicidad de sujetos económicos que responden sistemáticamente a los estímulos del medio. Sin embargo, el anarcocapitalismo opera una segmentación de la población cuya consecuencia principal será que los individuos, qua meros portadores de capital, devienen descartables, i. e., utilizables hasta que caigan en la obsolescencia. A explicitar estos puntos, se orientará el resto del escrito.
El problema actual: de la población flotante a la población sobrante
De acuerdo con Foucault, ambas corrientes neoliberales constituyen dos estilos de gobierno de Estados radicalmente económicos, es decir, un Estado de derecho (Rule of Law) cuyo fundamento y objetivo consiste en introducir y garantizar un mercado de competencia perfecta, para lo cual se busca producir y administrar una sociedad de empresa, i. e. de competencia entre empresarios de sí. Tal sociedad será gobernable en cuanto población pasible de ser analizada, segmentada y organizada con la finalidad de que pueda ser afectada y reorientada para su optimización y normalización a través de la modificación en las condiciones medioambientales que producirán variaciones en los índices estadísticos.
La diferencia entre ambas corrientes es analizada con cierto detalle por Foucault en el curso de 1979. En contraposición con lo que en la posguerra se designó como planificación socialista –i. e. cualquier arte de gobernar que buscara reducir la desigualdad relativa–, la planificación para el mercado del ordoliberalismo alemán se fundó en el estímulo de aquellas desigualdades relativas para fomentar el juego de la libre competencia. Sin embargo, el modelo alemán suma al requerimiento de jugadores aptos la garantía de que aquellos que pierdan en el juego de la competencia económica y caigan por debajo de un umbral de pobreza, i. e. de desigualdad absoluta/no relativa, serán ayudados y subvencionados por la sociedad mientras el mercado no requiera de sus servicios. Para el ordoliberalismo, la sociedad de empresa requiere, por un lado, la inversión social (gubernamental) en la formación de capital humano económicamente útil, en la expansión social del modelo de la empresa, i. e del emprendedor racional aunque arriesgado; y, por el otro, la segmentación entre empresarios (los que dependen de sí mismos y son autosuficientes) y los pobres (los dependientes, quienes no dependen de sí porque no pueden autosustentarse).[2]
La cuestión de una población flotante que debe ser administrada y conservada en estado de utilizabilidad para cuando la ocasión económica lo requiera será el verdadero asunto “político” de un gobierno ordoliberal. Los perdedores del juego, los pobres, los dependientes, la masa flotante de mano de obra serán, entonces, el objeto de lo que Foucault llama una “política social por abajo”, y en cuanto tales, puede decirse, son aún considerados sujetos en quienes vale la pena invertir públicamente y, por lo tanto, cobrar impuestos para ello. Los anarcoliberales buscarán prescindir de tales cargas impositivas y para ello radicalizarán la concepción del homo œconomicus.
En efecto, el anarcocapitalismo toma como eje el desarrollo de la teoría del capital humano a partir de la teoría de las decisiones alternativas. Desde esta perspectiva, todos los humanos aparecen como personas jurídicas y económicas portadoras de cierto capital humano (genético y adquirido) y en cuanto tales, capitalistas, i.e. empresarios de sí forzados a invertir ese capital en situaciones que exigen escoger entre opciones alternativas. Todos los sujetos son, a nivel de las conductas, siempre-ya empresarios en un juego de competencia económica en la que las variaciones en la acumulación de capital humano tienen efectos económicos, de forma que dan lugar a diferentes estilos de vida. La categoría de pobre se diluye, así, en una gradación de estilos de vida diversos correlativos a diferentes formas de acumular e invertir el (siempre escaso) capital humano propio. Con ella también se dispersa el segmento de la población flotante en la medida en que cada uno se constituye en capitalista de sí con cada decisión que toma escogiendo cómo invierte su capital humano. En este sentido, aun el desempleado o el marginal aparecen como un empresario de sí que permanece siempre jugando el juego económico. Nadie requiere, entonces, de ayuda para ser reintroducido en un juego que lo incluye inexorablemente y en el que se pretende que no hay ganadores ni perdedores, sino, simplemente, diferentes modos de administrar el propio capital, habitando el espacio “naturalizado” de la competencia y la inversión. Los dispositivos y técnicas de responsabilización individual de los sujetos son una forma muy especial de neutralización del dispositivo de la persona y la solidaridad, en el potencial que este podía tener en cuanto instrumento de resistencia política y jurídica.
Para el anarcocapitalismo ya no se trata de la tríada conformada por los vértices de los empresarios (autónomos), los pobres (dependientes) y la población flotante. Bajo el supuesto de que todos son siempre-ya empresarios de sí, la población se segmenta entre empresarios exitosos y no exitosos, algunos de los cuales parsarán a engordar las filas de una población descartable, pero no necesariamente inútil. Por “empresario de sí exitoso”, hay que entender a aquellos que, introyectando los imperativos de autorresponzabilización, han logrado una acumulación de capital que les permite mantenerse relativamente inmunizados ante los vaivenes del mercado de trabajo. Con “empresarios no exitosos”, se hace referencia a la masa de empresarios de sí que, ya sea por una introyección ineficiente de los imperativos de autorresponsabilización, ya sea por el rechazo explícito o implícito a esta (indocilidad), se encuentran en una situación de permanente dependencia de los vaivenes del mercado laboral, aunque se mantienen relativamente en forma (utilizables) para cuando el mercado requiera de sus servicios. La población descartable refiere a la zona designada por el polo del dejar morir o abandonar a la muerte del paradigma del biopoder. En efecto, puede afirmarse que, si bien la tecnología ambiental del anarcocapitalismo se dirige hacia el polo del hacer vivir, también apunta hacia la zona gris en que se pasa al polo del abandonar a la muerte, que podría caracterizarse como un conducir hasta la muerte o un utilizar hasta la muerte a aquellos cuya vida útil se calcula relativamente breve. La producción de la plebe en Hegel, del lumpenproletariado en Marx, del hampa y el crimen organizado en Foucault se revela bajo el programa anarcocapitalista como una forma de organización empresarial que, aunque ilegalmente, constituye un mercado eficiente que produce grandes riquezas con base en la utilización de esa mano de obra descartable, es decir, utilizable hasta su muerte (probablemente temprana en cuanto segmento poblacional de alto riesgo). El sujeto de derecho se diluye en el sujeto econonómico y nos encontramos ante la vieja denuncia de Tomás Moro: no se puede continuar produciendo las condiciones sociales y económicas que producen la población descartable y pretender que hacer valer el derecho y la justicia consistirá en perseguir y castigar. En montar un aparato de policía, podría agregarse con Foucault, para gestionar los mercados ilegales que se nutren de tal masa de individuos descartables y cuya vida será utilizable mientras su capital humano produzca alguna rentabilidad.
Siguiendo a Foucault, es preciso recordar que el camino utilitarista del radicalismo inglés en la concepción del derecho de los gobernados se impuso al camino revolucionario radical de cuño rousseauniano del derecho de los hombres y los ciudadanos. En efecto, bajo el imperativo del “siempre se gobierna demasiado” que orienta el sentido del primer camino, la reducción de la función estatal a la seguridad concebida como administración de las ilegalidades e ilegalismos (tal como analiza Foucault la propuesta de Gary Becker) conduce a un desentendimiento del dilema político y moral que supone administrar ambientalmente a una población descartable en lugar de tratar a cada uno de sus individuos como personas plenas, es decir, como sujetos de derechos y obligaciones. El derecho al empleo, a la salud y la educación, por ejemplo, como los pilares para la conformación de una población nacional en la que no solo la vida, sino también la persona de todos y cada uno cuentan, ya no tiene como correlato la obligación gubernamental de garantizarlos y hacerlos de cumplimiento efectivo. El problema parece ser aún peor que el denunciado por Habermas (2002) cuando señalaba que el mundo proyectado por el neoliberalismo es neodarwinista, puesto que el mundo proyectado por el anarcocapitalismo aparece también inquietantemente como neomalthusiano y el contraste entre el sujeto de derecho y el sujeto portador de capital humano está en el centro de nuestra actualidad.
Nacimiento de la sociedad de empresa y la cuestión de la población flotante
Las “ficciones históricas” construidas por Foucault tejen la trama de un diagnóstico de las fuerzas que constituyen y agitan la actualidad, dibujando el mapa de las relaciones de poder. De estas fuerzas que es necesario acechar en el corazón del presente, la que da lugar a la expansión hegemónica del neoliberalismo resulta determinante. La historia foucaultiana del nacimiento del neoliberalismo se comprende en función de la arqueología de la gubernamentalidad y la genealogía de la gubernamentalización del Estado. El neoliberalismo como racionalidad de gobierno que se inscribe en la tradición liberal de pensamiento para radicalizarla resulta indisociable de la dimensión bélica. En efecto, el nacimiento del neoliberalismo es presentado por Foucault en términos bélicos, no solo porque su análisis demuestra que este apunta explícitamente a un enemigo táctico y a uno estratégico –como son el nazismo y el Estado de bienestar, respectivamente–, sino también debido a que su emergencia coincide con la finalización de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría. En este sentido, es difícil no ver en el neoliberalismo la continuación de la guerra por otros medios, pues, tanto en su vertiente norteamericana como alemana, su creciente hegemonía se sostiene sobre las nuevas relaciones de poder derivadas de la Segunda Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín, respectivamente. La lucha contra la intervención y la planificación, así como contra la sindicalización de los trabajadores librada por la gubernamentalidad neoliberal, no parecieran ser sino maneras de continuar la guerra por otros medios, en cuanto el objetivo del neoliberalismo sería hacer valer los privilegios de los vencedores despolitizando la sociedad, desregulando la economía y desproletarizando la fuerza de trabajo. Visto desde esta perspectiva, el neoliberalismo sería una gubernamentalidad que tiende a convertirse en una forma de dominación política y de explotación económica a través de la producción y gestión de sujetos competidores, realistas, útiles y dóciles (desproletarizados). Se trata de un caso paradigmático del modo en que guerra y gobierno se encuentran articulados íntimamente. Asimismo, si bien no es claro si Foucault alcanza a percibir al neoliberalismo como la restauración de un poder de clase –como hará posteriormente Harvey (2007)–, sí lo es el hecho de que para el profesor del Collège de France esta gubernamentalidad se sostiene sobre bases neocoloniales, o, más específicamente, sobre un “nuevo cálculo planetario”, en la medida en que proyecta la división del mundo en un centro en el que se daría el juego económico y una periferia que aparece como su apuesta (Foucault, 2007).
En este contexto, cabe situar el problema de la población flotante. Desde la perspectiva del diagnosticador del presente, la mundialización de la economía de mercado está orientada hacia la desaparición de los gobiernos nacionalistas, populistas o populares, socialistas, o simplemente bienestaristas, con la consiguiente transformación de las formas de sus poblaciones para producir una sociedad de empresa compuesta por sujetos que “aceptan la realidad”, i. e. el nuevo entorno de libre mercado de competencia en que se los ha introducido como parte de una población económica que, en el caso de la pertenencia a la periferia, es, simultáneamente, parte de la apuesta de un juego que se juega en otra parte.
El neoliberalismo como neocolonialismo no puede sino ser, como veremos, desde la perspectiva de los vencidos, un proyecto de dominación que continúa la guerra por otros medios, una forma de gobernar en cuyo origen está la guerra –o el genocidio, como es el caso de América del Sur– y, en su funcionamiento posterior, la producción de una población flotante y descartable abandonada a la competencia por la supervivencia. En este sentido, de acuerdo con Foucault, la política de sociedad ordoliberal se propone la generalización de la forma empresa a través de la producción activa de la competencia, lo que supone la creación del sujeto competidor y de las condiciones desigualitarias capaces de fomentarla y sostenerla. Como señala el autor:
Se trata, desde luego, de multiplicar el modelo económico, el modelo de la oferta y la demanda, el modelo de la inversión, el costo y el beneficio, para hacer de él un modelo de las relaciones sociales, un modelo de la existencia misma, una forma de relación del individuo consigo mismo, con el tiempo, con su entorno, el futuro, el grupo, la familia (Foucault, 2007, p. 278).
La cuestión de las formas de introducción de este modelo de existencia lo conduce a Foucault hacia la problematización que se abre en torno de la Gesellschaftspolitik ordoliberal, la cual entraña al menos dos equívocos. Al primero lo denomina “equívoco económico-ético en torno a la noción misma de empresa” (Foucault, 2007, p. 277), al segundo lo caracteriza en los términos de cierta “ambigüedad ordoliberal” (Foucault, 2007, p. 280). Aquí solo me referiré al primero.
Respecto del “equívoco económico-ético”, Foucault sostiene que es válido preguntarse hasta qué punto la serie de intervenciones “extraordinariamente numerosas” orientadas a la producción de la sociedad de empresa y del sujeto de la competencia responden “al principio de que no se debe intervenir en el proceso económico, sino en beneficio del proceso económico” (Foucault, 2007, p. 277). En efecto, la serie de intervenciones orientadas a evitar la centralización, favorecer la creación de medianas empresas y de empresas no proletarias, constituir un asalariado capitalista, sustituir los seguros sociales por seguros individuales, etc. están dirigidas a producir una forma de subjetividad que constituye al individuo como un empresario de sí, i. e. capaz de regular la totalidad de su vida y de sus relaciones con los otros y consigo mismo de acuerdo con una ética de la empresa. En este sentido, la Gesellschaftpolitik no solo actuaría como una política de marco dirigida a establecer y garantizar el juego económico, sino que fundamentalmente funcionaría como una tecnología de subjetivación destinada a producir al jugador mismo, es decir, al individuo como un tipo particular de sujeto que debe subjetivarse a sí mismo como jugador. Para ello no se puede más que intervenir en la sociedad para ordenarla y orientarla.
El núcleo problemático del “equívoco ético-económico” recae sobre la difusión exhaustiva de una ética, de una forma de existir, incluso, de una antropología del empresario de sí, es decir, del sujeto calculador y maximizador del interés individual en todos los aspectos de la vida. En efecto, para el ordoliberalismo la política de sociedad orientada a la constitución de un mercado de competencia solo alcanzará su objetivo a través de la puesta en funcionamiento de una serie de intervenciones masivas dirigidas a la producción de dicha subjetividad. Es en este sentido en que para Foucault la política social ordoliberal constituye el claro ejemplo del modo en que los mecanismos orientados a la producción activa y exhaustiva del empresario de sí actúan como instrumentos que no solo sirven para favorecer el proceso económico, sino, sobre todo, para intervenir activa y directamente en él (Foucault, 2007).
Al respecto, Foucault muestra de qué manera el ordoliberalismo alemán proyectó como instrumento único de política social la privatización de la seguridad social y la generalización de la lógica de capitalización individual, capaz de permitir el autoaseguramiento más completo a cada individuo (Foucault, 2007). En efecto, para el profesor del Collège, la “política social individual” del ordoliberalismo implicó una radical transformación en la concepción de la política social en la medida en que desde esta perspectiva “solo hay una verdadera y fundamental, a saber, el crecimiento económico” (Foucault, 2007, p. 178). En este punto, Foucault muestra cómo el arte ordoliberal de gobierno se apoya sobre la postulación de cierta autonomía de lo social y sobre su desconexión respecto de lo económico para proponer la creación de una regla (social) de juego extra que será complementaria a aquellas que funcionan como marco del juego económico. Esta regla –“único punto de contacto entre lo económico y lo social” (Foucault, 2007, p. 241)– implica que nadie debería quedar total y definitivamente fuera del juego, por lo que se procurará garantizar “un mínimo vital en beneficio de quienes, de modo definitivo y no pasajero, no puedan asegurar su propia existencia” (Foucault, 2007, p. 177). De este modo, el ordoliberalismo se opondrá a las políticas sociales “socialistas” en la medida en que su objetivo no será nunca la pobreza relativa, sino la pobreza tomada en sentido absoluto, es decir, el umbral por debajo del cual se considera que las personas están en riesgo de quedar excluidas del juego económico.
Resulta de particular interés detenerse un instante en la reflexión que el profesor dedica a su coyuntura inmediata, específicamente, al proyecto francés de inspiración ordoliberal para la implementación de un impuesto negativo, es decir, de un impuesto capaz de sustentar una política social que no sea distorsiva del juego económico, en la medida en que no debería garantizar universalmente el consumo colectivo de ciertos bienes –como la salud o la educación–, sino solamente un subsidio temporal capaz de colocar nuevamente en la posición de jugadores a aquellos que hubieran caído por debajo del umbral de pobreza (Foucault, 2007).[3] Sobre este tema, Foucault destaca tres cuestiones relativas al impuesto negativo y la pobreza. En primer lugar, apunta que la idea de un impuesto negativo tendrá por objetivo atenuar los efectos de la pobreza y no sus causas. Ya no se tratará, por lo tanto, de la distinción tradicional entre los pobres buenos –quienes quisieran trabajar, pero que por razones involuntarias no podrían– y los pobres malos –quienes no trabajarían por propia decisión–. Por el contrario, lo único que importará será la caída de los individuos, más allá de las causas, por debajo de cierto umbral de pobreza. En segundo lugar, Foucault destaca que el impuesto negativo tendría por objetivo evitar absolutamente cualquier efecto redistributivo del ingreso al hacer foco solo en el umbral absoluto de pobreza, excluyendo de sus objetivos las cuestiones inherentes a la pobreza relativa, i. e. a la desigualdad relativa. Dos cosas deben ser subrayadas en este punto. Por un lado, el umbral de pobreza absoluta es un umbral relativo a las diferentes sociedades, en el sentido de que no se trata de la satisfacción de necesidades consideradas básicas para todas las personas, sino de un mínimo vital relativo a cada sociedad. Por el otro, al marcar el carácter social y político estigmatizante que puede acarrear la reintroducción de la categoría de pobre para dividir la sociedad en pobres y no pobres, asistidos y no asistidos, cabe notar el desplazamiento desde una forma de tratar con las multiplicidades humanas caracterizada por la disciplina normacionista, médica y psiquiátrica, hacia una práctica gubernamental normalizadora, securitaria y sociológica. A la exclusiva consideración de los efectos de la pobreza le corresponde el abandono de una preocupación por la pobreza relativa, centrada en el “juego de la diferencia entre los más ricos y los más pobres” (Foucault, 2007, p. 246) para establecer una cesura absoluta entre los pobres –los asistidos– y los no pobres –los que se valen por sí mismos–. En tercer y último lugar, el impuesto negativo buscaría garantizar una “seguridad general, pero por abajo” (Foucault, 2007, p. 247), dejando actuar los mecanismos desigualitarios de la competencia entre empresas en el resto de la sociedad. Es decir, si por debajo del umbral los individuos son sujetos de asistencia, por encima de él deberían comportarse como empresas que compiten entre sí estimuladas por las desigualdades, que son la condición necesaria de cualquier competencia.
Como consecuencia de estas cuestiones, Foucault destaca que la fijación del umbral absoluto para la distinción entre empresarios y pobres tiene como correlato la producción de una población flotante que se encuentra en perpetua movilidad entre la asistencia y la utilización laboral cuando las necesidades o las oportunidades económicas lo requieren. En efecto, se trata de una nueva forma de constituir un “fondo perpetuo de mano de obra” bien diferente a la utilizada por el capitalismo en los siglos XVIII y XIX.[4] Una manera de constitución de ese fondo acorde a una modalidad neoliberal de gobierno, es decir, menos burocrática y disciplinaria, y más centrada en la posibilidad de que las personas trabajen si quieren o no trabajen si no quieren, pero en la cual “existe sobre todo la posibilidad de no hacerlos trabajar si no hay interés en que lo hagan” (Foucault, 2007, pp. 247-248). Foucault muestra, en consecuencia, cómo el proyecto de un impuesto negativo tiene como correlato la producción y gestión de una población flotante –i. e. que se encontrará a disposición según los requerimientos económicos– y la producción del sujeto-empresa a través de una política social individualizadora. En efecto, según el ordoliberalismo, se debe poner en marcha toda una política exhaustiva de subjetivación para procurar que los sujetos que han quedado fuera del juego económico reingresen en él –siempre que las condiciones lo requieran– como empresarios.
Se puede comprender entonces en qué sentido el neoliberalismo en cuanto gobierno de sociedad está lejos de ser una gubernamentalidad que se asienta sobre los derechos fundamentales de los individuos o en la suposición de la dignidad de la persona. Por el contrario, la producción activa de una población flotante a ser utilizada cuando se lo requiera expresa antes bien una instrumentalización económica de los sujetos. La comprensión de los sujetos exclusiva o primordialmente como portadores de cierto capital humano cuyo valor depende de su utilizabilidad y rentabilidad en términos económicos nos sitúa frente a una concepción utilitarista que se halla en las antípodas de una concepción en términos de la dignidad o los derechos de las personas en cuanto personas. La idea de una población flotante compuesta de individuos utilizables de acuerdo a la coyuntura permite comprender el alcance limitado y utilitario de la solidaridad bajo una política social ordoliberal.
La sociedad de la diferencia y el descarte
Al explicar el devenir comunitario del gobierno de sociedad en el liberalismo avanzado, Nikolas Rose (2007) expone cabalmente el modo en que el gobierno neoliberal comienza a ejercerse como un gobierno de las comunidades. En este sentido, el proyecto de tecnología ambiental anarcocapitalista, antes que como el abandono de los objetivos comunitarios, debe interpretarse como una transformación que lleva desde un sistema de correlación en el que la producción de lazos comunitarios funciona como un mecanismo de compensación de una política de sociedad de empresa, hacia uno en el cual la cuestión de la comunidad será retomada por la gubernamentalidad anarcoliberal como un elemento positivo y no compensatorio. En efecto, Rose (2007) destaca que la comunidad, o mejor aún, la pluralidad y la diversidad de comunidades particulares (morales, de estilo de vida, de compromiso, etc.), constituye el territorio, el nuevo campo de referencia y el instrumento de un “gobierno a través de la comunidad”. Una gubernamentalidad que despliega en torno de sí un saber técnico que posibilita gobernar a los individuos en cuanto están “insertos en” y “pertenecen a” determinadas comunidades particulares.[5] En este sentido, la producción del sujeto-empresa pasa a ocupar un lugar táctico dentro de una tecnología gubernamental de tipo ambiental que se ejerce estratégicamente como un gobierno a través de la multiplicidad de las comunidades que son incorporadas en un cálculo gubernamental dirigido a gestionarlas a través de la optimización de los sistemas de diferencia.
Sin embargo, la transformación anarcoliberal es aún más radical de lo que se supone. En efecto, mientras que el ordoliberalismo tendría por instrumento principal lo que Rose denomina “tecnologías de empowerment” –es decir, mecanismos de sujeción de tipo interna de los sujetos para volverlos autónomos y autorresponsables–, contrariamente, el anarcoliberalismo pondría a funcionar una tecnología ambiental que se ejerce como política de la diversidad, la diferencia y el respeto a las minorías –considerándolas como siempre-ya autónomas y responsables e integrables en cuanto tales a la regulación gubernamental–. En la base de este quiasmo, se encuentra la teoría del capital humano, y, si bien ambas corrientes constituyen tecnologías que tienen por objetivo el gobierno del homo œconomicus, la diferencia entre ordo y anarcoliberalismo es clave en la medida en que permite captar la radicalidad de esta última racionalidad de gobierno. El ordoliberalismo parece acercarse más a un régimen normacionista (Foucault, 2006) en el que se buscaría, omnes et singulatim, el ajuste de la sociedad y los individuos a un modelo óptimo proyectado como norma ética para la constitución de la sociedad de empresa requerida para la implantación de una economía de mercado de competencia perfecta. Por el contrario, la gubernamentalidad anarcoliberal –en la medida en que compone un sistema de correlación entre tecnologías de subjetivación, tecnologías ambientales y dispositivos de constitución del consenso– operaría como un régimen de normalización en sentido estricto, es decir, uno en el cual:
- “la operación de normalización consiste en poner en juego y hacer interactuar las diferentes distribuciones de normalidad[es diferenciales]”; y
- “lo normal es lo primero y la norma se deduce de él” (Foucault, 2006, pp. 83-84).
Este régimen de normalización en cuanto tal sería, en efecto, el correlato de una gubernamentalidad radicalmente económica, ilimitada y omnímoda, que se ejercería como una forma de administración del orden social a través del control normalizador de la regulación espontánea de la sociedad tal como lo señalaba en la conferencia de 1977 en Vincennes (Foucault, 1991).
En este sentido, mientras la Gesellschaftspolitik y la Vitalpolitik ordoliberal estarían orientadas hacia la constitución activa de una sociedad de empresarios –incluyendo la producción de un “asalariado capitalista”– con la finalidad, por una parte, de evitar una política “socialista” centrada en la pobreza relativa y la redistribución de los ingresos y, por la otra, de combatir la organización sindical a través de una política de desproletarización de la sociedad (Foucault, 2007), la tecnología ambiental de cuño norteamericano –a través de la extensión de la racionalidad del mercado hacia dominios no económicos, a partir de la teoría del capital humano– proyectará al homo œconomicus como correlato de un gobierno que no requerirá producirlo y reproducirlo a cada instante de manera exhaustiva y masiva. De este modo, la distinción entre pobres y empresarios y entre desigualdad absoluta y relativa será reemplazada por un cálculo gubernamental que considerará a todos los individuos como portadores de cierto capital y que, en cuanto tales, estarán desde siempre –aun antes de su nacimiento en cuanto portadores de un capital humano genético– incluidos en el juego económico. De lo que se tratará con el anarcoliberalismo, en definitiva, será de una gubernamentalidad sin afuera en la que todos los sujetos estarían siempre-ya inmersos como empresarios de sí y de acuerdo con la cual, antes que umbrales de desigualdad y pobreza, lo que habría sería un continuum de diferencias individuales, grupales, comunitarias y sociales que no serán sino el reflejo de las diferencias de hecho en la acumulación y utilización del propio capital humano. En este sentido, el análisis foucaultiano de la política de drogas de Becker y de la cuestión del Enforcement of Law constituyen ejemplos del modo en que la biopolítica anarcoliberal segmenta la población en grupos y comunidades que es preciso administrar diferencialmente teniendo en cuenta los costos de intervención y las externalidades negativas que se derivan de dicha intervención. De ahí que la pregunta de Becker sea cuántos crímenes es rentable permitir y cuáles es posible (económicamente) desalentar y combatir. La población segmentada según grupos de pertenencia con sus estilos de vida propios permite, entonces, una intervención focalizada según el cálculo de costo-beneficio. En este sentido, solo cabe intervenir en aquellos casos en que los costos de intervención sean menores que los costos que acarrea la no intervención.
Por lo tanto, si a la ampliación del concepto de homo œconomicus le corresponde tanto una limitación de los objetivos anátomo-políticos de producción de la subjetividad competidora perseguidos por la Gesellschaftspolitik, cuanto la extensión casi ilimitada de una política social entendida como tecnología ambiental, entonces puede comprenderse que la radicalización del neoliberalismo es paradigmática de la razón gubernamental en cuanto, por un lado, todo podría ser controlado desde el punto de vista del autosustento y la regulación espontánea, mientras que, por el otro, implicaría la plena realización del concepto de “biopolítica” como el poder de hacer vivir y abandonar hacia la muerte, o mejor aún, utilizar hasta la muerte.
En consecuencia, la radicalidad anarcoliberal descansa en la posibilidad de una nueva correlación –económicamente más eficiente– entre la tecnología de subjetivación y la tecnología ambiental. Un sistema de correlación que permitiría que esta última incluya en su propia táctica a la primera a partir del cálculo económico-político de los costos y los beneficios de la inversión gubernamental en la constitución de un capital humano productivo. En efecto, así como, de acuerdo con Becker, la pregunta que debe responder la política penal es cuántos delitos deben permitirse y cuántos delincuentes deben quedar impunes, es decir, cuál es la extensión óptima del Enforcement of Law, así también la pregunta que deberá responder la tecnología ambiental es cuántos jugadores ineficientes soporta el juego económico y cuántos sujetos deben ser objetos de las políticas de inversión en capital humano, es decir, cuál debe ser la extensión óptima de una política de sociedad orientada a la producción de un sujeto competidor y de un capital humano idóneo. Así, esta política ambiental habilita, por un lado, una inversión focalizada para aumentar el capital humano en determinados segmentos poblacionales, mientras que, por el otro, permite la administración diferencial de segmentos poblacionales como meros sujetos descartables, es decir, ni excluidos ni supernumerarios, sino utilizables hasta que caigan en la obsolescencia o hasta su muerte (probablemente temprana, en cuanto segmento poblacional de alto riesgo). Se trata, por lo tanto, de la conformación de una población compuesta de individuos descartables, es decir, no sin valor económico, sino con un valor extremadamente bajo, pero que debe ser utilizado y explotado hasta su agotamiento. Como señala el papa Francisco al referirse al modelo neoliberal actual, “existe un sistema económico que descarta a la gente y ahora es el turno de los jóvenes de ser descartados” (Benedetti, Ferré, Lupo, 2016, p. 268).
A modo de conclusión
En un contexto en el que la cuestión de la poshistoria comienza a resurgir, la idea de una sociedad siempre-ya compuesta por empresarios de sí nos sitúa frente a la pregunta que Foucault se hace en referencia a la tecnología ambiental anarcocapitalista: “¿Es eso considerar que estamos ante sujetos naturales?” (Foucault, 2007, p. 304). Si se trata de sujetos económicos naturales antes que de personas jurídicas y morales, se comprende que la naturalidad ante la que nos hallamos con las tecnologías ambientales neoliberales es la de una serie de relaciones hobbesianas y darwinistas en que el valor de las personas qua personas se subordina a los imperativos del capital, i. e. de la utilidad y la rentabilidad, siendo los sujetos solo dignos de protección e inversión social en la medida en que mantengan cierta potencia de productividad económica, mientras que el resto son tomados como descartables, es decir, utilizables hasta que agoten su valor hasta ser desechados. En un mundo no solo cada vez mas darwinista, sino también malthusiano, la subordinación del estatus de persona humana a su condición de capital humano augura los peores presagios. En efecto, como denuncia Francisco, la pobreza ya no es noticia, la crisis actual consiste en la invisibilización y en la dispersión de las desigualdades en un mar de diferencias de estilo de vida, detrás de las cuales emergen cada vez más amplios sectores poblacionales descartables.
Bibliografía
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- Profesor de Filosofía y doctor en Ciencias Sociales por la UBA. Investigador asistente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Asociado a cargo de la cátedra de Teoría Política Moderna en la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM) y ayudante de primera de la cátedra Rossi de Filosofía de la carrera de Sociología de la UBA.↵
- En efecto, a la política social “socialista” orientada por el objetivo de la igualdad y centrada en las nociones de pobreza relativa, socialización del consumo y distribución de los ingresos, los ordoliberales le opondrán una política social individual e individualizante que funcionaría a través de la privatización de los mecanismos de seguros y la asistencia económica a aquellos individuos que no puedan asegurarse a sí mismos. Como afirma Foucault, “se trata de una individualización de la política social, una individualización por la política social en vez de ser esa colectivización y socialización por y en la política social” (Foucault, 2007, pp. 177-178; la itálica es nuestra). Castro-Gomez define el objetivo de este tipo de política del siguiente modo: “[…] no ‘igualar’ a todos mediante la cobija protectora del Estado, sino generar condiciones para que las desigualdades puedan entrar en el mecanismo de la competencia. No es fijarse la igualdad como objetivo del gobierno, sino todo lo contario, ‘dejar actuar la desigualdad’ […]. El Estado simplemente velará por que la mayor cantidad de individuos puedan ‘autorregularse’ y gestionar sus propios riesgos” (Castro-Gómez, 2012, p. 185).↵
- La política de impuesto negativo fue diseñada a comienzos de la década del 70, cuando, aun antes de convertirse en presidente de Francia, Valéry Giscard d’Estaing era el ministro de Finanzas.↵
- “Será pues una especie de población flotante infra y supraliminar, población liminar que constituirá, para una economía que ha renunciado justamente al objetivo de pleno empleo, una reserva constante de mano de obra a la que llegado el caso se podrá recurrir, pero a la que también se podrá devolver a su estatus en caso de necesidad […]. Pero esto implica un caudal de población flotante, un caudal de población liminar, infra o supraliminar, en el que los mecanismos de seguros permitirán a cada uno subsistir de determinada manera y hacerlo de tal modo que siempre pueda ser candidato a un empleo posible, si las condiciones del mercado lo exigen” (Foucault, 2007, p. 247).↵
- “Consignas antipolíticas como el asociativismo y el comunitarismo, que no tratan de gobernar a través de la sociedad, están en ascenso en el pensamiento político” (Rose, 2007, p. 113).↵






