Disciplinas, deuda y guerra contra las mujeres
Emiliano Sacchi[1] y Matías Leandro Saidel[2]
En continuidad con lo trabajado en “Notas sobre gubernamentalidad neoliberal y violencia” (2018), este texto busca poner en discusión algunos de los supuestos que subyacen a varios de los abordajes más extendidos de la gubernamentalidad neoliberal como una suerte de “poder blando” en el cual la violencia se reduce o bien a un rol instrumental y extrínseco o bien a una especie de interiorización de una violencia que lxs sujetxs ejercen contra sí mismxs. Como ya hemos señalado en diversas ocasiones (Saidel, 2016; Sacchi, 2017; Sacchi y Saidel, 2018), dichos abordajes se caracterizan por una interpretación que a nuestro juicio resulta demasiado esquemática tanto del trabajo de Foucault cuanto de nuestro propio presente. Esta interpretación establece, por un lado, una especie de historia de la sucesión de distintas modalidades del poder que corresponderían sin fisuras a épocas históricas determinadas (por ejemplo, una sociedad moderna disciplinaria caracterizada por un poder normalizador que moldea las conductas y una sociedad de control posmoderna en la que el poder se ejerce a distancia y modula los comportamientos sin espacio para la negatividad). Al mismo tiempo, al interior del trabajo de Foucault, dicha interpretación remite a una oposición entre una modalidad de ejercicio del poder que encuentra su paradigma en la guerra civil y de razas, y otra que supone la conducción de conductas en una intervención ambiental.
Por el contrario, nuestros trabajos han intentado mostrar que, más allá de los efectos pedagógicos que estas oposiciones esquemáticas pueden tener, no resultan para nada satisfactorias ni a nivel de la interpretación del trabajo foucaultiano, ni mucho menos en la búsqueda de establecer un diagnóstico certero sobre nuestro presente neoliberal.
En ese marco, las reflexiones que siguen intentan poner en discusión algunas de las lecturas dominantes sobre el capitalismo neoliberal que han dialogado con las tesis foucaultianas para intentar avanzar en un diagnóstico que nos permita interpretar y conceptualizar nuestro presente de manera satisfactoria. Por un lado, discutiremos las reflexiones sobre la violencia propuestas por Byung-Chul Han, no desde la denuncia de un “crimen perfecto” que le atribuyen ciertas lecturas psicoanalíticas (Alemán, 2016), sino desde una mirada inspirada fuertemente en Foucault y también en ciertas lecturas que intentan acercarlo a Marx (Lazzarato, 2013; Dardot y Laval, 2014; Alliez y Lazzarato, 2016). En ese contexto, comentaremos tres formas interrelacionadas de coerción que operan sobre nuestras subjetividades, moldeando y modulándolas, como son: el rol de la deuda; la violencia contra los cuerpos feminizados, precarizados y racializados; y la persistencia del poder disciplinario al interior de la gubernamentalidad neoliberal y las transformaciones en él.
Gubernamentalidad neoliberal y sociedad de control: ¿el fin del poder disciplinario?
En muchos abordajes que intentan actualizar el diagnóstico foucaultiano en torno al poder en Occidente, se suele señalar un pasaje de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control. Lo que al comienzo tuvo un efecto heurístico muy relevante para poder comprender muchas de las transformaciones del capitalismo actual (cognitivo, posfordista, posalfabético, bioeconómico, neoliberal, etc.) y de los dispositivos de poder que lo sostienen se ha transformado en una especie de lugar común acrítico donde pareciera que se establece una sucesión histórica donde el control es lo otro de la disciplina y, por lo tanto, de la violencia. Esta lectura esquemática de la Posdata deleuziana parece sostener que la gubernamentalidad neoliberal, equiparada sin más a la sociedad de control, implica una superación histórica de la sociedad normalizadora, como si cuando se habla de poder disciplinario y poder gubernamental se tratara de épocas y no de tecnologías de poder.
Ambas ideas producen una caricaturización de los interrogantes foucaultianos y disminuyen su potencial crítico respecto de nuestro presente. Según el primer malentendido, toda la analítica foucaultiana del poder previa a la gubernamentalidad podría reducirse a la descripción de una instancia violenta de dominación a la que esta vendría a oponerse. Por lo que, claro está, para la comprensión del neoliberalismo como gubernamentalidad, de nada servirían esos otros análisis microfísicos del poder. Como si los dispositivos disciplinarios, el dispositivo de la sexualidad, los mecanismos de seguridad, las regulaciones biopolíticas, etc., descritas por Foucault, fueran todas figuras de un poder que simplemente niega, reprime y se ejerce exterior y violentamente sobre sujetos pasivos. El segundo malentendido consiste en considerar los dispositivos y tecnologías políticas descritos por Foucault, no como el resultado de relaciones diferenciales e inestables de fuerzas que solidifican prácticas, discursos y técnicas que se encabalgan unas con otras y producen distintas configuraciones históricas, sino como expresiones sucesivas de una historia del poder (soberanía, disciplina, biopolítica, control, neoliberalismo, etc.), de forma tal que el diagnóstico del presente parecería pasar menos por una cartografía de las fuerzas que por una deducción de sus rasgos a partir de la sucesión de épocas. Dicho de otra forma, si se presupone que la gubernamentalidad neoliberal es una especie de época (en la que el poder se ejerce bajo la modalidad del gobierno) que ha superado definitivamente a la sociedad disciplinaria o biopolítica (en las que el poder se reduce a dominación), difícilmente lograremos hacer inteligible el funcionamiento de las técnicas y los dispositivos disciplinarios y biopolíticos de la actualidad.[3] Menos aún dar cuenta de sus transformaciones, su acoplamiento con otras técnicas, como las de la empresa neoliberal, que van configurando los efectos de conjunto del poder en nuestro presente. Al representar al neoliberalismo como una temporalidad global, tal como si fuese una revolución tecnológica, que reemplaza a la sociedad disciplinaria o biopolítica, se naturaliza una transformación que a su vez se presenta como autónoma y se homogeniza bajo una coherencia unificada la experiencia del presente.
Así, siguiendo estos supuestos, Byung-Chul Han puede afirmar livianamente que “la sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad. La define la negatividad de la prohibición” (Han, 2012, p. 85; las itálicas son nuestras) e inversamente que “la técnica de poder neoliberal no ejerce ninguna coacción disciplinaria” (Han, 2012, p. 130; las itálicas son nuestras). Sin embargo, ¿qué son acaso cada una de las técnicas minuciosas descritas en Vigilar y castigar sino precisamente técnicas positivas de conducción de las conductas, del buen encauzamiento de las conductas para hacer crecer las fuerzas sociales? ¿Cómo se define la biopolítica a diferencia del poder soberano si no como un poder que se ejerce positivamente sobre la vida? Mucho antes de hablar de gubernamentalidad, y a propósito de todas esas técnicas positivas y productivas del poder, Foucault sostenía: “Qué fácil sería sin duda desmantelar el poder si éste se ocupase simplemente de vigilar, espiar, sorprender, prohibir y castigar; pero no es simplemente un ojo ni una oreja: incita, suscita, produce, obliga a actuar y a hablar” (Foucault, 1996, p. 136; las itálicas son nuestras). Después de todo, esos siempre han sido los verbos con los que la analítica foucaultiana pretendió desmontar los postulados de la imagen jurídica y económica del poder. En todo caso, hay técnicas, tecnologías, que mutan, se desarrollan, se bloquean, se reinventan, se encabalgan unas con otras, y no en un desarrollo sucesivo ni lineal, sino en un entramado de fuerzas y de relaciones estratégicas. Foucault es absolutamente claro al respecto: si bien unas tecnologías de poder pueden ser dominantes en una época y por ello puede hablarse de sociedades de soberanía, disciplinarias y biopolíticas, los dispositivos de poder correspondientes no son sustituidos, sino que se combinan de una manera novedosa entre ellos.
En ese sentido, quizás sea oportuno recuperar una tesis de Michael Hardt (2005): la sociedad mundial de control (lo que junto a Negri luego llamará “imperio”) no es el fin de las disciplinas, sino su generalización en el marco de un control ejercido en espacios abiertos. De igual manera, el imperio no es el fin del poder soberano, sino su transformación hacia una forma de ejercicio del poder en redes y de manera más inmanente a la sociedad. Esta idea de que las disciplinas se renuevan incluso en los sectores hegemónicos del capitalismo es planteada por Dardot y Laval, cuando señalan que la ofensiva neoliberal no solo apuntó a convertir los espíritus mediante una lucha ideológica, sino también a transformar los comportamientos a través de
técnicas y dispositivos de disciplina, o sea, sistemas de coacción, tanto económicos como sociales, cuya función fue obligar a los individuos a gobernarse bajo la presión de la competición, de acuerdo con los principios del cálculo maximizador y en una lógica de valorización de capital (Dardot y Laval, 2013, p. 193).
Lejos de oponer disciplina, normalización y control, todos estos dispositivos forman parte de la estructuración de un campo de acción. La disciplina no es, valga aclararlo, una coacción directa sobre los cuerpos. Ella opera mediante la influencia, sobre los deseos, conminando a cada individuo a perseguir su propio interés. En ese sentido, el neoliberalismo instaura un nuevo sistema de disciplinas, que operan no solo a través del aumento del desempleo y la disminución de los servicios sociales, sino también a través de la obligación de elegir y de la competencia, que atraviesa tanto al Estado como al management de empresa.
En efecto, el poder disciplinario, lejos de ser un poder de la negatividad, que solo traza límites e impone al sujeto un molde uniforme como una cadena de montaje fordista, supone, por el contrario, el funcionamiento de la norma, lo que marca el abandono del postulado de la legalidad según el cual el poder se expresa por medio de la ley y como prohibición. Y, más aún, conlleva, a la par de las técnicas de objetivación del sujeto por el saber y el poder, unas verdaderas técnicas de subjetivación: de hecho, las técnicas disciplinarias son, ante todo, autodisciplinarias. Recordemos que su genealogía va de las técnicas del ascetismo monacal al archipiélago carcelario de la sociedad disciplinaria. De nuevo, la cuestión está en cómo unas técnicas como las del ascetismo monacal, a partir de cierto punto, pueden desbloquearse, volverse hegemónicas, extenderse sobre todo al campo social y entramarse con el despunte del capitalismo.
Al distinguir la función de la norma de la función de la ley soberana, Foucault buscaba, en efecto, distinguir una tecnología de poder que opera mediante la primacía del código y sus prohibiciones de una que opera a partir de las distribuciones dadas en un campo abierto de posibilidades en el cual diversos comportamientos, diversas respuestas, reacciones e invenciones pueden ser realizados. La normalización, con el desplazamiento de lo jurídico a lo médico, no es una ley que se impone sobre los sujetos, que los moldea a su imagen y semejanza, sino una optimización de la autonormatividad de lxs vivientes. En ese sentido, es tan “liberal” como los dispositivos de la gubernamentalidad neoliberal. Después de todo, no hemos tenido que esperar al neoliberalismo para aprender a vigilar “libremente” nuestro cuerpo, salud, sexualidad, y nuestras conductas. Una larga serie de técnicas de observación y cuidado de sí toman forma al calor del despunte del capitalismo, de las campañas de moralización de la infancia, de la familia, de la sexualización y racialización de los cuerpos productores y reproductores.
Por lo tanto, pensando en esta trayectoria tecnológica, es perfectamente posible decir que las técnicas del empresario de sí son un capítulo más de la historia de las tecnologías biopolíticas surgidas en la modernidad occidental. No olvidemos que el curso sobre la gubernamentalidad neoliberal pretendía justamente dar cuenta del nacimiento de la biopolítica. Con esto queremos decir: sin dudas las técnicas de la empresarialización de la existencia son determinantes en nuestro tiempo, pero se entroncan dentro de la historia de las tecnologías disciplinarias, normalizadoras y biopolíticas y, como estas, se entraman con el surgimiento y las transformaciones del capitalismo.
Por eso mismo, no podemos sumarnos al coro de quienes entienden que, en la sociedad de control neoliberal, el poder se ejerce de manera no violenta, oponiendo esquemáticamente el gobierno como conducción de conductas a la visión nietzscheana del poder como enfrentamiento de fuerzas y estrategias. No solo sostenemos que esta última oposición tajante plantea una especie de teoría e historia del poder ajena a los propósitos de una mirada foucaultiana y olvida los modos en que la guerra opera en la filigrana de la paz, sino que es imposible no advertir el modo en que nuevas y viejas formas de coerción violenta concurren en la producción del homo œconomicus neoliberal, que debe autoconcebirse como un capital que debe valorizarse y como una empresa en competencia con las demás.
La violencia del capitalismo neoliberal y sus efectos subjetivos
En los últimos años, distintos íconos de la teoría crítica contemporánea han insistido en la necesidad de reconocer el carácter sistémico de la violencia, frente a la cual estallan distintas manifestaciones violentas a nivel inter e intrasubjetivo.[4] En ese marco, como en el apartado precedente, nos parece interesante recuperar críticamente ciertos planteos del quizás sobrevaluado Byung-Chul Han, ya que elabora una topología de la violencia que pretende dar cuenta de sus transformaciones históricas, y para ello recupera cierta clave de inteligibilidad foucaultiana, pero en un sentido diametralmente opuesto al que sostenemos en este trabajo. Según Han:
La sociedad premoderna de la soberanía está habitada en su interior, por la violencia de la decapitación. Su medio es la sangre. La sociedad moderna disciplinaria es, todavía más, una sociedad de la negatividad. Está dominada por una coacción disciplinaria, por la “ortopedia social”. Su forma es la deformación. Pero ni la decapitación ni la deformación pueden definir la sociedad de rendimiento tardomoderna. Está gobernada por una violencia de la positividad, que no permite distinguir entre libertad y coacción. Su manifestación patológica es la depresión (Han, 2016, p. 263).
Como vemos una vez más, la comprensión de Han de las disciplinas es limitada, cuando no caricaturesca, proponiendo además una supuesta sucesión y oposición entre sociedades de soberanía, disciplinarias y de control. Según esta filosofía de la historia del poder, en la actualidad “la violencia material deja lugar a una violencia anónima, desubjetivada y sistémica, que se oculta como tal porque coincide con la propia sociedad” (Han, 2016, p. 7). Esta tesis del pasaje de las formas sangrientas de violencia a una violencia más difusa e interiorizada, lejos de ser original, parece reproducir los lugares comunes de las teorías sociológicas de la modernización. Ya Norbert Elías (como Freud antes de él) reconocía hace un siglo la transformación de las heteroconstricciones en autoconstricciones y que el proceso de civilización implicaba sublimar determinadas prácticas donde la violencia manifiesta desaparece de la escena. Para Han, esta violencia interiorizada se transforma en una violencia que los sujetos ejercen sobre sí mismos. En los dispositivos de subjetivación neoliberales, la interiorización de la violencia tendría como resultado último la autoexplotación, característica central de la sociedad de rendimiento. La violencia actual ya no sería producto de la negatividad, sino de un exceso de positividad. Una violencia
más traidora que la violencia de la negatividad, puesto que esta se ofrece como libertad. El “estruendo de la batalla” no ha enmudecido. Pero se origina en una batalla singular, una batalla sin dominación ni enemistad. Se libra una guerra con uno mismo, uno se violenta a sí mismo. Ya no proviene del mecanismo penitenciario, sino del alma del sujeto de rendimiento. Paradójicamente, la nueva prisión se llama libertad. Se parece a un campo de trabajo forzado, donde uno está prisionero y a la vez es el vigilante (Han, 2016, p. 262).
El “estruendo de la batalla” hace referencia a Vigilar y castigar, cuando al final del libro Foucault sostiene que es necesario oírlo bajo las instituciones del poder disciplinario. El estruendo, ahora, es el de una batalla “sin dominación ni enemistad” que no ha enmudecido, pero que se ha trasladado al interior del sujeto. De alguna forma, Han extiende el análisis foucaultiano del empresario de sí mismo a la violencia. Si somos empresarixs de nosotrxs mismxs, también somos explotadorxs, vigilantes, capataces, Kapos, de nosotrxs mismxs. El problema es que, en esa metonimia ilimitada, se pierde un elemento central del empresario de sí mismo, que no es el tomar al sí mismo como objeto de una práctica, sino el de darle la forma de un capital.
Han no desconoce la violencia neoliberal, la batalla que supone, pero su topología la idealiza y la generaliza a tal punto que la hace ininteligible. Como ya dijimos, no ha sido el neoliberalismo el que nos ha enseñado a vigilar y disciplinar nuestros cuerpos y almas: han sido la larga historia de la pastoral y las disciplinas. Es esa la historia de la coincidencia entre obediencia y libertad (y entre necesidad y libertad) que hará gala en la filosofía moderna y de la que Han parece su último exponente. La pregunta que intenta responder Vigilar y castigar para la modernidad sigue siendo la misma para nosotrxs: ¿cómo se produce al sujeto de esa libertad que es una prisión? ¿Cuáles son los mecanismos que hoy la producen? O, en el lenguaje de Han: ¿cómo se fabrica al sujeto del rendimiento?
Han supone que se trata de una violencia interiorizada, pero lo que no explica son los mecanismos violentos (o no) que producen esa interiorización. Han no solo no da una definición de la violencia de la cual dice hacer la topología, sino que entiende de manera indiferenciada a la sociedad de soberanía y a la sociedad disciplinaria como sociedades de la violencia negativa y represiva, para separarlas de una violencia causada por un exceso de positividad. Así, al mismo tiempo que pierde la genealogía de la “positividad” de la violencia contemporánea, mucho más profunda que su reducción a una etapa postmoderna, invisibiliza sus rasgos a menudo sanguinarios y sus diferentes modos de manifestarse, como si pudiese encontrarse una lógica única y última de la violencia contemporánea.
En este sentido, para retomar el “estruendo de la batalla”, Han no se priva de pensar esta violencia a partir de la guerra, pero solo para reencontrar los mismos límites:
[…] hoy en día la guerra mundial tiene lugar sin un enemigo al que “combatir”. Más bien uno entra en guerra consigo mismo. La falta de negatividad de la enemistad hace que la guerra se dirija contra uno mismo. Quien destruye, será destruido. Quien golpea, será golpeado. Quien vence, pierde a su vez. Esta guerra carece de visibilidad y ostensibilidad, puesto que se manifiesta como paz. Se trata de una guerra en la que nadie puede ganar. Esta guerra sin enemigo no puede llegar a su fin con la victoria de un partido, sino con un desmoronamiento global, un burnout global (Han, 2016, p. 275).
Si bien afirma que estamos frente a una guerra y acierta al caracterizarla como una guerra sin enemigos definidos que se manifiesta como paz, ya no se trata para Han, como en la inversión foucaultiana de Clausewitz, de oír bajo las categorías clínicas y psiquiátricas el estruendo de la guerra, sino de ocultarla tras el velo de la topología y sus metáforas psíquicas. Por el contrario, nos parece que sigue siendo imprescindible seguir la guerra como filigrana de la paz. Una guerra que, inversamente a lo que supone esa topología, tiene ganadorxs, pero, sobre todo, clarxs derrotadxs: mutiladxs, expropiadxs, explotadxs, desplazadxs, invisibilizadxs, que configuran la mayor parte de la población mundial. La guerra contemporánea, una guerra nunca declarada y que no interrumpe la paz, una guerra cotidiana, sin enemigos o con enemigos tan ideales como el terrorismo, el narcotráfico o la pobreza, atraviesa y ordena nuestras ciudades y territorios, nuestros cuerpos y nuestras formas de vida, produciendo formas de dominio y explotación cada vez más cruentas. Eso es lo que no entiende Han: que, si hemos llegado a concebirnos como empresarios de nosotros mismos, como autoexplotadorxs, si hemos llegado a estar en guerra con nosotrxs mismxs, es porque nuestras vidas han sido atravesadas por instituciones que continúan la guerra y por guerras que continúan las instituciones. Guerras que se despliegan en los barrios, en las villas, en los territorios blancos de la acumulación por desposesión, una guerra que se explicita donde las instituciones no llegan o lo hacen demasiado tarde, o cuando estas fracasan a sus objetivos bélicos. Al desconocer esa dimensión de la violencia y de la guerra, la topología de Han se parece a los filmes de Hollywood que (parafraseando a Jameson, Fisher, Žižek y otros) nos permiten imaginar el fin del mundo (en un burnout global o en una catástrofe climática), pero nunca el fin de las formas actuales de la dominación, la explotación y la guerra. El análisis topológico así propuesto, al perder de vista la materialidad de la violencia y de la guerra, es incapaz de dar un principio de inteligibilidad para lo contemporáneo, a no ser el de esa sucesión de las formas de poder que, como sabemos, son cualquier cosa menos epocales.
En este sentido, aun si aceptáramos esta novedad de una violencia de la positividad, y sus excesos, de una violencia neuronal como distinta respecto de la violencia física, de una violencia que los sujetos ejercen sobre sí mismos, deberíamos reconocer que esta coexiste con formas mucho más externas y brutales de violencia sobre los cuerpos que reeditan la distribución geopolítica de la violencia y de la explotación de la etapa colonial, incluso al interior del otrora “primer mundo” en el que sin dudas Han está pensando. Así como sucede con otras miradas que analizan el capitalismo contemporáneo a partir de sus sectores hegemónicos, la objeción empirista indicaría que difícilmente podríamos sostener que lxs fabricantes de prendas textiles en talleres clandestinos, lxs inmigrantes que trabajan recolectando frutas en condiciones de superexplotación, o quienes trabajan en las minas de coltán en condiciones de semiesclavitud trabajen por placer y entretenimiento o que se autoexploten en la búsqueda de maximizar el propio rendimiento. Del mismo modo, lxs trabajadorxs precarixs y desocupadxs que en muchos casos habitan las periferias de nuestras ciudades experimentan formas de violencia cotidiana que lejos están de poder pensarse como exceso de positividad: aquí el “¡Sí, se puede!” de la ideología felicista (Bifo, 2003) se transforma mucho más rápidamente en impotencia, frustración y endeudamiento (Lazzarato, 2013), cuando no asesinato y suicidio.
En este sentido, si bien es indispensable reconocer las transformaciones en las modalidades de la violencia y de las subjetividades en el capitalismo tardío, no se puede obviar que vivimos en un sistema global donde la distribución de las formas e intensidades de la violencia es altamente desigual. A diferencia de los teóricos del posfordismo, quienes, a pesar de posar su mirada casi exclusivamente en los sectores hegemónicos del capitalismo, intentan pensar las transformaciones concretas en las formas de explotación contemporáneas, en el caso de Han se trata de simples deducciones de una filosofía de la historia y una topología que ya hemos criticado.
Por lo demás, se echa de menos en Han una consideración de las formas políticas que asume esa violencia, donde la negatividad parece reintroducirse por la ventana. En ese marco, Lazzarato hace un racconto mucho más descarnado de la violencia en la etapa neoliberal y de la coyuntura actual. Según el italiano, para imponer sus políticas económicas depredadoras, el neoliberalismo promueve una posdemocracia autoritaria y policial gestionada por los técnicos del mercado mientras las nuevas derechas declaran la guerra al extranjero, al inmigrante, etc. relanzando una guerra racial de clase. Una hegemonía neofascista sobre los procesos de subjetivación confirmada por un retorno de la guerra contra la autonomía de las mujeres y los devenires menores de la sexualidad como extensión del dominio endocolonial de la guerra civil. En ese sentido, “a la era de la desterritorialización sin límites de Thatcher y Reagan le sucede la reterritorialización racista, nacionalista, machista y xenófoba de Trump”, a la cabeza de “todos los nuevos fascismos” (Lazzarato y Alliez, 2016).
En esta visión, ya no es ni el exceso de positividad ni una violencia ejercida contra nosotrxs mismxs lo que aqueja a nuestras vidas, sino la violencia de la expropiación, de la acumulación ilimitada, del ecocidio, de la competencia como norma de conducta, de la desterritorialización producida por el movimiento irrefrenable del capital, que se reterritorializa social y políticamente en nuevas formas de nacionalismo, machismo, racismo, clasismo, xenofobia, etc.
En ese marco, un elemento clave está dado por la violencia de las finanzas y, en particular, de la deuda. Si las finanzas son la continuidad de la guerra por otros medios (Lazzarato y Alliez, 2016), esto implica no solo que la deuda produce de manera cruenta una subjetividad capaz de cumplir con sus promesas, siempre ya culpable frente al acreedor, ni tan solo que existen nuevas formas de servidumbre maquínica que operan en un nivel preindividual. Esto implica asimismo que las mnemotécnicas del capitalismo neoliberal que producen a este sujeto endeudado se graban en los cuerpos a través de formas muy materiales de violencia (Lazzarato, 2013). Por eso hay que entender este rol político de sujeción violenta que la deuda ejerce sobre los hombres y mujeres endeudadas. ¿O acaso los suicidios masivos de campesinos endeudados en la India son el efecto de una violencia neuronal causada por un exceso de positividad?
En ese sentido, lejos de cualquier versión irénica de la gubernamentalidad (neo)liberal, debemos señalar que el endeudamiento, la desposesión y la precarización cada vez más extendida de diversas poblaciones, el aumento de la desigualdad, la violencia y la degradación ambiental –aquello que Achille Mbembe caracteriza como “devenir negro del mundo” (Mbembe, 2016, pp. 30 ss.)– no son meros efectos colaterales, sino elementos centrales del gobierno de nuestro tiempo y de la producción del homo œconomicus como empresario de sí mismo.
Violencia de la deuda y guerra contra las mujeres
Conscientes de esta incidencia de la deuda en las nuevas modalidades de sujeción y disciplina, uno de los manifiestos del colectivo argentino Ni Una Menos de 2017 se titulaba “Vivas y desendeudadas nos queremos”. En efecto, quienes padecen la violencia machista saben perfectamente que las altas tasas de endeudamiento en los hogares populares donde la mujer suele ser el único sostén económico es un factor de suma influencia en la “violencia subjetiva” de la que son víctimas.
En ese sentido, Gago y Cavallero señalan que la relación acreedor-deudor planteada por Lazzarato debería tener en cuenta la diferencia de géneros y del potencial de desobediencia. En cuanto a cómo opera el endeudamiento sobre las mujeres, destacan:
1) un modo particular de moralización dirigida a las mujeres y a los cuerpos feminizados; 2) un diferencial de explotación por las relaciones de subordinación implicadas; 3) una relación específica de la deuda con las tareas de reproducción; 4) un impacto también singular con respecto a las violencias machistas con las que la deuda se articula; 5) variaciones fundamentales sobre los posibles “a futuro” que involucra la obligación financiera en el caso de los cuerpos feminizados (Gago y Cavallero, 2019, p. 12).
En ese sentido, agregan:
Esto no desmiente la deuda como dispositivo de explotación transversal, que opera capturando la producción de lo común. Pero nos parece decisivo poder afirmar que no hay una subjetividad del endeudamiento que pueda universalizarse ni una relación deudor-acreedor que pueda prescindir de sus situaciones concretas y en particular de la diferencia sexual, de géneros, de raza y de locación, porque justamente la deuda no homogeniza esas diferencias sino que las explota (Gago y Cavallero, 2019, pp. 12-13).
Por eso, Verónica Gago, siguiendo a diversas pensadoras feministas que han evidenciado las conexiones entre neoliberalismo y guerra contra las mujeres, no duda en preguntarse si el cuerpo de las mujeres no se ha transformado en un territorio privilegiado de la guerra contemporánea, y sobre el rol de la deuda en dicha contienda. Lo interesante para nuestro tema es la conexión que establecen Gago y el colectivo Ni Una Menos entre el endeudamiento de las mujeres y la imposibilidad que ello implica de sustraerse a la violencia machista. En ese sentido, el documento del 3 de junio de 2017 señalaba: “Las deudas no nos dejan decir no cuando queremos decir no”; y “La violencia machista se hace aún más fuerte con la feminización de la pobreza y la falta de autonomía económica que implica el endeudamiento” (Ni Una Menos, 2017).
En efecto, los trabajos de Gago ilustran la conexión entre la violencia contra las mujeres y las transformaciones en la economía y el mundo laboral, donde se conectan explotación financiera, precarización de la existencia, desposesión, y asunción de formas de neoliberalismo desde abajo por parte de poblaciones precarizadas como lxs trabajadorxs migrantes (Gago, 2014). En ese sentido, sus trabajos destacan el modo en que las finanzas explotan desde el exterior una cooperación social que se da por fuera de la relación salarial y a la que reconocen su productividad, lo que da lugar a nuevas formas de extractivismo (Gago y Mezzadra, 2015), del cual las mujeres son las principales afectadas, puesto que la división sexual del trabajo las coloca no solo en condiciones de explotación más graves en el ámbito productivo, sino que además les impone hacerse cargo muchas veces en exclusiva del trabajo reproductivo. El Estado, que ya no puede garantizar la inclusión a través del trabajo, pero sí habilitar canales de consumo, otorga subsidios que están bancarizados y se erige en garante último de dicha explotación por parte de las finanzas sobre las clases populares. En este sentido, si por un lado se reconoce mínimamente el trabajo reproductivo a través de la Asignación Universal por Hijo,[5] este tipo de subsidios que no aseguran dicha reproducción funcionan como garantía para la toma de deuda.[6]
En ese marco, la creciente violencia contra las mujeres se da en una situación de crisis del patriarcado del salario (Federici, 2018) que, lejos de liberar a las mujeres, las somete doblemente: a la violencia de masculinidades en crisis por su imposibilidad de seguir siendo proveedoras, y a la violencia de la deuda que muchas mujeres se ven forzadas a contraer, con la compulsión a encontrar los medios de reembolso. Sin embargo, como reconoce el documento de Ni Una Menos, la deuda pública también afecta especialmente a las mujeres, en la medida en que las condicionalidades que ella supone, como reducción de los salarios y subsidios, mayor precarización laboral y desempleo, ponen en jaque a las economías familiares.[7] En ese marco de precariedad generada por la deuda, se viabiliza una recolonización del cuerpo-territorio de las mujeres, que quedan expuestas a distintas formas de violencia, que en el extremo se manifiestan en la violación y en el femicidio.
En un sentido análogo, trabajos como los de Rita Segato, Sayak Valencia, y Jules Falquet sitúan el asesinato sistemático de mujeres en territorios como la frontera norte de México o Guatemala en un contexto de violencia más amplio que obedece a las transformaciones más generales en el régimen de poder del capitalismo neoliberal, y no reducen el problema a vanas explicaciones culturalistas o a una misoginia universal y transhistórica. Según estas investigaciones, fuerzas militares y paramilitares que fueron empleadas en la guerra antisubversiva de los 70 y los 80 y que fueron educadas en la producción del terror en el seno de la población –incluyendo la violación como instrumento de guerra– se han transformado en bandas armadas o fuerzas paraestatales que desarrollan o están vinculadas a una serie de negocios como el narcotráfico, venta de armas y el tráfico de personas, y se disputan el control territorial en distintas geografías latinoamericanas. En ese contexto, la violencia está ligada a disputas de dinero, poder y soberanía en un marco donde el Estado se ausenta voluntariamente por los beneficios indirectos que obtiene, o directamente apoya el saqueo y la expropiación de los territorios-cuerpos, o bien disputa la soberanía con las bandas criminales, por lo cual se genera un terror en la población que beneficia a ambos bandos.
En ese marco, Segato señala que el femicidio, lejos de poder ser reducido a violencia sexual, implica una violencia pedagógica y expresiva, donde la crueldad se practica y se exhibe como un mensaje hacia bandas rivales, hacia las poblaciones afectadas y a la sociedad en su conjunto. Esos crímenes también están ligados a transformaciones del capitalismo, donde la riqueza y el poder de fuego se concentran en las mismas manos, y que lejos están de la versión postistórica que nos pintan las tesis de Han. En ese capitalismo gore (Valencia, 2010), las multinacionales no son solo las de la informática, sino también los emprendimientos narco. Desde este punto de vista, como señala Dawn Paley, Ciudad Juárez parece ser, más que Silicon Valley, el laboratorio económico-político del mundo contemporáneo (Paley, 2018).[8] En estos territorios, la violencia funcionaría como herramienta de mercado o de emprendimiento, medio de supervivencia alternativo frente a la situación de precariedad laboral y existencial, y pieza clave de la autoafirmación masculina. En efecto, la violencia espectacular del capitalismo gore está directamente relacionada con las dinámicas de una globalización neoliberal donde las nuevas formas de gubernamentalidad extienden la racionalidad económica a todos los ámbitos de la vida con la consiguiente precarización laboral mundial.[9] En ese marco, las prácticas gore responden a uno de los imperativos de legitimación del (neo)liberalismo: la idea del self-made-man o empresario de sí mismo. Esto se vincula de manera directa con la redefinición del rol del Estado, que ya no busca asegurar a la población contra los riesgos que aquejan a la existencia, sino promover subjetividades responsables de su propia suerte que estén dispuestas a vivir peligrosamente.
Como señalábamos, no es casual que este tipo de necroemprendimientos tengan lugar en estas geografías. En ese sentido, Falquet nos recuerda el carácter estratégico de México en general, y de su frontera norte en particular, como fuente de materias primas y de mano de obra para Estados Unidos. En particular, la frontera norte:
[…] es especialmente emblemática de las lógicas de industrialización y luego de desarrollo de las zonas francas características del neoliberalismo. Ilustra con especial claridad la forma en que son puestas a trabajar diferentes categorías de mano de obra, en el centro de las cuales encontramos a lxs migrantes y a las mujeres, generalmente proletarizadas y racializadas: precisamente el tipo de personas que son el blanco de los feminicidios en Juárez (Falquet, 2015, p. 86).
En ese marco, Falquet pone el acento en que la violencia femicida en territorios como Juárez no puede ser entendida sin vincular la cuestión de género con la de clase y de raza, y permiten así pensar la reorganización neoliberal del trabajo. Por un lado, a través del vínculo entre la violencia contra las mujeres y la continuidad con la guerra antisubversiva llevada a cabo en los 70 contra las organizaciones de izquierda, mediante técnicas destinadas a producir terror. Por otro lado, a través de la pacificación de la mano de obra. En ese marco, además de la continuidad con la guerra contrainsurgente, Falquet propone un paralelismo entre la violencia semiprivada que se ejerce actualmente contra las mujeres y la caza de brujas estudiada por Federici como parte de la acumulación originaria. En efecto, la guerra contra las mujeres y su autonomía sigue estando profundamente vinculada a la acumulación de capital y a su necesidad de trabajo reproductivo a bajo costo o gratuito.[10] En ese sentido, lxs trabajadorxs migrantes de la frontera norte de México padecen una situación de precariedad existencial que pareciera indispensable para el funcionamiento de la norma neoliberal en dichos territorios.[11]
En ese contexto, Falquet también sitúa la violencia contra las mujeres en el marco de las resistencias que estas llevan a cabo frente a las nuevas formas de extractivismo:[12]
Pueden verse en esta violencia varios objetivos entrelazados: traumatizar a las mujeres mismas (y luego a sus familias y comunidad), desalojadas de un determinado territorio (siendo este mismo territorio y sus recursos lo que está en juego detrás de la violencia), y crear una mano de obra “libre” (privando a las poblaciones indígenas de sus recursos y de su territorio) que podrá ser empleada en las plantaciones, el empleo informal urbano o la migración (esencialmente para el trabajo doméstico y sexual) (Falquet, 2017, pp. 141-142).
Como vemos, estas reflexiones realizadas desde el feminismo ilustran dimensiones de la violencia neoliberal, que desde perspectivas como las de Han quedan totalmente invisibilizadas. Si el mensaje de que todo se puede, y el imperativo de la competencia y el rendimiento son transversales a toda la aldea global, también hay que reconocer que dichos dispositivos y mensajes no tienen los mismos efectos para todxs. En ese marco, los usos y formas de la violencia difieren ampliamente de acuerdo con los sectores geográficos y sociales que estemos analizando. Desrealizando la violencia del capital y sus cuerpos sudorosos, sufrientes, sangrantes, la supuesta topología de la violencia no hace más que volverla u-tópica.
A modo de cierre
A lo largo de estas notas, hemos intentado problematizar el modo en que se viene pensando desde ciertas teorías críticas de alto impacto editorial la relación entre gubernamentalidad neoliberal y violencia. Hemos sostenido que, lejos de oponerse y de implicar el fin de las relaciones diferenciales de fuerza, la gubernamentalidad neoliberal supone formas de violencia que son intrínsecas a ella, más allá del inocultable rol de la violencia estatal que le sirve de soporte. Existe una violencia productiva en el neoliberalismo, en forma de precarización existencial y externalización de riesgos hacia la sociedad que producen nuevas formas de disciplina de lxs sujetxs, devenidos empresarios de sí mismos. A través de la capitalización obligatoria de sí mismxs, lxs sujetxs se vuelven eminentemente gobernables. En ese sentido, no debe olvidarse que la competencia es una norma y la empresa se transforma en la principal institución dispensadora de reglas y de legitimidad. Estos dispositivos de la competencia y la empresa atraviesan tanto al Estado como a cada uno de los sujetos que lo habitan.
Por eso mismo las caracterizaciones de la gubernamentalidad neoliberal como un poder blando y de su violencia intrínseca como una violencia neuronal producto de la autoexplotación deben ser complejizadas. Por supuesto que la gestión de la fuerza de trabajo cognitiva implica dispositivos de control y formas de violencia específicos, pero dichas formas de control y violencia no son meramente producto de un exceso de positividad ni se manifiestan solo en términos de violencia neuronal, déficit de atención, depresión y burnout. Pues esxs sujetxs fracasadxs, deprimidxs, estresadxs y agotadxs no son solo lxs trabajadores informáticxs de una multinacional, sino también lxs pobres, lxs precarixs, lxs endeudadxs, lxs explotadxs, lxs desposeídxs, lxs desocupadxs, etc. para quienes devenir empresa supone, ante todo, asumir riesgos que les son impuestos por el Estado y las empresas y hacerse gestores de sus propias miserias. Por eso, más que de una violencia de la positividad, hemos intentado dar cuenta de la positividad de la violencia.
Como hemos señalado, este tipo de violencia, ligada a la precariedad y la falta de autonomía que producen dispositivos como la deuda, afecta de manera privilegiada a los cuerpos femenizados, racializados y empobrecidos. Las mujeres de los sectores populares, muchas veces las únicas garantes de la reproducción social, se ven coaccionadas de manera permanente por la precariedad, la deuda y la violencia machista, la cual a su vez debe ser pensada en la especificidad de su transformación neoliberal. Es decir, no del patriarcado ahistórico, sino de su crisis y transformación en el capitalismo neoliberal y la crisis de la sociedad salarial.
Por eso mismo, más que elaborar una teoría unitaria de la violencia que se relacione con una condición epocal totalmente nueva respecto del pasado, hemos intentado sostener la necesidad de pensar las dimensiones disciplinarias y biopolíticas de la violencia contemporánea en su positividad, sin olvidar que una comprensión adecuada del capitalismo neoliberal y sus formas de violencia implica considerar prácticas, saberes, dispositivos, instituciones que no obedecen a una matriz unitaria, sino que operan en distintos ámbitos, produciendo subjetividades y formas de relacionarse con los demás y con uno mismo que están cada vez más subordinadas a las normas de la competencia y la acumulación ilimitadas.
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- Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Profesor de la Universidad Nacional del Comahue (UNCO). ↵
- Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Profesor de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER).↵
- Lo desarrollado hasta aquí no quiere decir que los dispositivos disciplinarios y biopolíticos funcionen en la actualidad tal cual fueran descritos por Foucault para los siglos XVIII y XIX. La emergencia del poder disciplinario puede ser situada históricamente, pero no puede ser reducida a una época, es un conjunto articulado de técnicas, saberes, dispositivos, etc. De lo que se trata es de interrogar las técnicas y los dispositivos concretos y no deducir su función a partir de una historia del poder. ↵
- En su libro sobre la violencia, Žižek sostiene que, al lado de muy visibles formas de violencia subjetiva, existe una violencia objetiva y otra simbólica. En ese marco, sugiere que el árbol de las manifestaciones subjetivas de la violencia nos impide ver el bosque de la violencia sistémica que las genera. Esta violencia objetiva tendría que ver con la lógica de la abstracción real, es decir, que en el capitalismo no se trata de lo que hacen determinados sujetos a quienes podemos culpar de nuestra suerte, sino que la violencia del capital es impersonal, sistémica, anónima. Así sostiene: “Es demasiado simplista afirmar que el espectro de este monstruo autoengendrado que continúa su rumbo ignorando cualquier respeto por lo humano o por el ambiente es una abstracción ideológica, detrás de la cual hay personas reales y objetos naturales en cuyas capacidades productivas y en cuyos recursos se basa la circulación del capital y de los que se nutre como un gigantesco parásito. El problema es que esta ‘abstracción’ no está solo en la percepción errónea de nuestros ‘especuladores’ financieros, sino que es ‘real’ en el preciso sentido de determinar la estructura de los procesos materiales sociales: el destino de un estrato completo de la población, o incluso de países enteros, puede ser determinado por la danza especulativa ‘solipsista’ del capital, que persigue su meta del beneficio con total indiferencia sobre cómo afectará dicho movimiento a la realidad social […]. Es ahí donde reside la violencia sistémica fundamental del capitalismo, mucho más extraña que cualquier violencia directa socioideológica precapitalista: esta violencia ya no es atribuible a los individuos concretos y a sus ‘malvadas’ intenciones, sino que es puramente ‘objetiva’, sistémica, anónima” (Žižek, 2009, pp. 22-23).↵
- Dicho derecho no deja de generar críticas en los sectores conservadores del país. En los discursos de varios referentes de la derecha, se señala que las mujeres se embarazan para cobrar una asignación, a pesar de que el 80 % de las familias que la cobran no tienen más de dos hijos y que dicho subsidio, que en septiembre de 2019 era de $ 2.652, equivalente a 45 USD, está muy lejos de cubrir una canasta básica que se estimaba en $ 37.600 (Indec, noviembre de 2019). En esos discursos, que repiten el tropo racista y clasista de la “welfare queen” norteamericana de los años 60, la “mujer aparece como un ser calculador que utiliza su maternidad como un modo de obtener un rédito económico, lucrando con sus hijxs. Esta acusación está dirigida de manera directa a los sectores populares, puesto que no se sostiene lo mismo respecto de los sectores medios que perciben las asignaciones familiares” (Meritano, 2017).↵
- Condiciones que pueden ser consultadas en https://bit.ly/3fPTIxJ. Algo similar sucede en el caso de los créditos a jubilados, en un contexto de pérdida de poder adquisitivo de las jubilaciones.↵
- Cabe recordar que la deuda pública argentina, sumando todos sus componentes, aumentó en más de 200 000 millones de dólares desde la asunción de la alianza Cambiemos en diciembre de 2015, en un contexto de inflación que rondó el 300 % durante su mandato y una devaluación de la moneda del 540 %. Dicha situación se vio agravada a partir del plan de ajuste acordado con el Fondo Monetario Internacional, que consolidó un incremento en los niveles de pobreza, indigencia y desempleo alarmantes.↵
- No obstante, como muestra Paley (2018), esas dos dimensiones están íntimamente articuladas, no solo por lo que refiere a las industrias clásicamente extractivas, sino incluso a las multinacionales high tech.↵
- Valencia entiende como componentes clave de la globalización la desregulación del mercado laboral, la desterritorialización de la producción, la “decodificación de flujos financieros por la aplicación exacerbada de la política neo-liberal” y las “estrategias aplicadas para que el dinero viaje a la velocidad de la información” (Valencia, 2010, p. 31).↵
- Acaso el voto del Senado argentino contra la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo pueda leerse en esta línea. Muchos de los discursos a favor y en contra de la ley mostraron la reducción del cuerpo de la mujer a un instrumento cuya misión prioritaria es la reproducción biológica, incluso en contra de sus propios deseos. Probablemente no sea casual que el No a la IVE tenga mayor consenso en las geografías donde los cuerpos femeninos son en mayor medida objeto de abusos, estigmatización y falta de autonomía. ↵
- Desde el punto de vista de Butler (2017, p. 40), “precariedad” (precarity) designa “una condición impuesta políticamente merced a la cual ciertos grupos de la población sufren la quiebra de las redes sociales y económicas de apoyo mucho más que otros, y en consecuencia están más expuestos a los daños, la violencia y la muerte”. Esta precariedad como una condición inducida de inequidad y miseria, que son efectos de las formas neoliberales de la vida social y económica, debe ser distinguida de la precariedad (precariousness) como condición existencial de lo humano compartida de igual manera por todxs. Esta ambivalencia se asemeja a aquella distinción entre ser desposeído como condición existencial de no poseerse a sí mismo, que permite pensar una ontología de la subjetividad por fuera del individualismo posesivo, de la desposesión de las personas a través de la inmigración forzada, el desempleo, la falta de vivienda, la ocupación del territorio y los modos contemporáneos de la conquista. Por otro lado, hay que desposeerse del yo soberano para entrar en formas de colectividad que se oponen a esas formas de desposesión. De allí las aporías y ambivalencias de la desposesión (Butler y Athanasiou, 2017, pp. 15 y ss.).↵
- En otros trabajos (Saidel, 2015), nos hemos ocupado del neoextractivismo en América Latina como un tipo de práctica transversal a gobiernos de distinta orientación política que han continuado con una matriz de desarrollo desposesiva. Sin embargo, no habíamos mencionado la conexión que existe en muchos de nuestros países entre extractivismo y guerra colonial primero y neocolonial después. Una guerra que no tiene entonces como víctima principal a la naturaleza, cuyos derechos algunas constituciones regionales reconocen, sino también a las poblaciones campesinas e indígenas, y en particular a los cuerpos-territorios de las mujeres.↵






