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Búsqueda, identificación
y restitución de derechos

El trabajo del Equipo Argentino
de Antropología Forense

Virginia Urquizu

Me formé en la Universidad de Buenos Aires y tengo una relación muy hermosa con un proyecto de Abuelas que nace en la Facultad de Ciencias Sociales: el Archivo Biográfico Familiar de Abuelas de Plaza de Mayo. Ese proyecto, en el cual de alguna manera participé, fue el primer contacto que tuve con las temáticas relacionadas con los derechos humanos. A pesar de haber trabajado anteriormente en voluntariados universitarios y en otros espacios de gestión y discusión, el Archivo Biográfico fue el que generó en mí las primeras preguntas respecto a nuestra práctica como científicos sociales. Todo empezó a tomar sentido con la práctica concreta y con entrevistas realizadas a familiares, a sobrevivientes, a personas que habían estado en cautiverio. Y ese fue el comienzo de mi propia trayectoria profesional, siempre con el interés puesto en las temáticas relacionadas con los derechos humanos.

En el año 2007, comencé a trabajar en el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) sobre el cual voy a exponer en este capítulo. Se trata de una institución científica, no gubernamental, sin fines de lucro, que aplica diferentes ramas de las ciencias forenses para recuperar, investigar, analizar, comparar y, en el mejor de los casos y es el objetivo final del trabajo, poder identificar a las personas que fueron enterradas sin nombre en diferentes contextos para poder llegar al momento de restitución de ese cuerpo a sus seres queridos.

El surgimiento del equipo está relacionado con un momento histórico particular de nuestro país y no hubiese sido posible sin la demanda, el reclamo, la búsqueda de respuestas respecto a qué había pasado con esos bebés y niños apropiados. Y, además, qué había pasado con los desaparecidos, con esos cuerpos que habían sido ocultados. Así que, a partir de esa necesidad y esa demanda de Abuelas, de Madres, de organismos de derechos humanos y también de diferentes sectores de la sociedad civil, se conforma el EAAF como tal y comienza a realizar los trabajos de exhumación en los diferentes cementerios en los primeros años de la democracia. Ese fue un momento muy complicado: había que hacer las primeras exhumaciones con la presencia todavía de las fuerzas policiales y militares en los lugares en los cuales se trabajaba. Lo que el equipo hace, en una primera instancia, es salvar aquel momento en el cual las exhumaciones se realizaban de manera no científica, con técnicas que obviamente no estaban dentro de las tecnologías que ahora se utilizan en el campo de la antropología forense y de la arqueología. Además, eran llevadas a cabo muchas veces por los mismos perpetradores de los crímenes: las personas que habían secuestrado, torturado y desaparecido, o las mismas fuerzas, policías, bomberos y el Poder Judicial, obviamente. Así fue como mucha de la evidencia no se pudo recuperar y muchos de esos cuerpos, y de esos restos, fueron mezclados, lo que dificultó en el futuro la posibilidad de llevar a cabo las identificaciones.

El equipo es interdisciplinario, no hay solamente arqueólogos y antropólogos forenses, se trabaja con antropólogos sociales, con historiadores, con genetistas, con biólogos, con informáticos, con arquitectos, con físicos, con fotógrafos, con documentalistas. Hoy se aplican nuevas tecnologías en la búsqueda en terreno y se cuenta con avances significativos en materia de análisis genéticos. Es necesario trabajar de esta manera porque la identificación no se da solamente a partir de una comparación genética, sino que se llega a dicha comparación después de un largo camino recorrido, en lo que llamamos la investigación forense preliminar. En la posibilidad de poder poner en discusión fuentes orales y escritas y en poder hacer un análisis antropológico de esos restos que fueron recuperados, se puede pensar en si se está ante un hombre, una mujer, un niño; si tuvo lesiones o no tuvo lesiones. La genética no es magia, por lo cual se necesita de la mano de los investigadores que hagan el recorrido previo para poder llegar a comparar y confirmar una hipótesis o descartarla a partir de la comparación genética.

El equipo cuenta con un laboratorio propio de genética forense en la ciudad de Córdoba, que tiene la tecnología adecuada para realizar los procesamientos y comparaciones, pero donde hay un plus que hace la diferencia: quienes llevan a cabo los trabajos, en ese laboratorio de genética forense, tienen un compromiso con cada uno de los casos que llegan. Para ellos, no son solamente un código de barras. Si bien no pueden conocer la historia de cada muestra que se envía al laboratorio, sabemos que hay un compromiso de poner absolutamente todo lo técnico, todo lo personal y lo profesional, al servicio de poder obtener un perfil genético de esa muestra.

Cuando se piensa qué tienen que ver la salud mental y los derechos humanos, tema de este capítulo, con el trabajo que se realiza como antropólogos forenses, como institución que lleva a cabo identificaciones y que trabaja con la familia, hay un montón de situaciones que podríamos llegar a relacionar. Eso tiene que ver con la diferencia del abordaje que se realiza desde el EAAF, o el plus que el equipo supone que tiene este trabajo. Y justamente tiene que ver con la relación que el equipo entabla, y entabló a lo largo de los años, con cada una de las familias y con cada uno de los familiares que comienzan un proceso de búsqueda.

En los primeros años después de la desaparición, todavía se podía pensar en la búsqueda de una persona viva. Ahora, cuando el familiar se acerca al equipo, ya sabe que está buscando a una persona muerta, por algo es un equipo de antropología forense. Ahí, en esa relación que entablamos con las familias, está la diferencia. Eso tiene que ver con la posibilidad de estar atentos a los deseos, a los requerimientos, a las necesidades que cada familia plantea. No hay posibilidad de búsqueda, no hay posibilidad de identificación de una persona, si no hay una voluntad por parte del familiar de comenzar con esa búsqueda. A veces tenemos situaciones en las cuales es bastante frustrante tener una hipótesis de identidad de un cuerpo recuperado, teniendo mucha información con respecto a la posibilidad de que sea tal persona, y no poder llegar a esa parte final de comparación genética que permita poder unir ese cuerpo con ese nombre, y ese nombre con ese cuerpo. Eso sucede por diferentes razones, todas totalmente respetables: puede haber familias que no quieran dar ese paso, que sientan que no es el momento, que no tengan la necesidad de comenzar con esa búsqueda para obtener respuestas.

Es lógico pensar que no hay nada más liberador y sanador que la verdad, pero la experiencia y el trato cotidiano con familiares ha demostrado que muchas veces lo que se piensa como reparador o sanador no lo es para la familia. Como equipo de científicos debemos poder empezar esa relación desde la base de la empatía, desde la posibilidad de ponerse por un segundo en el lugar de esa persona, sabiendo que obviamente no se va a sentir lo mismo porque no se vive su dolor, pero se puede entender su posición.

Esto permite pensar en cuáles fueron los efectos que han tenido y que siguen teniendo la desaparición forzada de personas, el secuestro, la tortura, la muerte y el ocultamiento de un cuerpo, y ahí tiene mucho que ver el tema de la salud mental, los derechos humanos, la memoria. No solamente a nivel familiar o intrafamiliar, sino también a nivel de todos como sociedad. Por eso la importancia de estar siempre atentos: sabemos que en una entrevista siempre hay una relación de desigualdad, aunque se intente que no sea así y en la práctica lo pensemos como una relación de construcción, donde hay uno que es el investigador, el que hace las preguntas; es muy importante tener en cuenta que estamos ante una situación en la cual se va a llevar al familiar a una situación traumática. No podemos no llevarlo, es imposible, y en eso cada familiar tiene sus elementos y sus mecanismos para poder atravesar la situación.

Son muchos los elementos a tener en cuenta en la situación de entrevista y de encuentro con una familia, pensemos en el impacto, en la importancia que una identificación puede generar. Cuando se está frente a una familia y no se puede traer respuestas, ya que no es posible identificar a todos los desaparecidos, es importante no generar más incertidumbres de las que tiene y ni falsas expectativas con respecto a las posibilidades de llegar a un resultado. Y aquí nuevamente aparece el tema de salud mental: en la posibilidad a partir de una identificación de habilitar procesos que estuvieron negados, silenciados, detenidos. La mayoría de los familiares, cuando reciben la noticia de una identificación de su familiar, lo primero que dice es eso, “voy a poder empezar a duelarlo”, “voy a poder empezar a hacer algo”, “yo sabía que mi familiar ya no estaba, que estaba fallecido”: la ausencia de ese cuerpo es algo que no permite, que no habilita el camino hacia la despedida.

En ese sentido, desde el EAAF no se concibe la ciencia como algo vano, desconectado de lo que se narra en este capítulo. Inevitablemente entendemos que, a partir del trabajo cotidiano, de la relación con las familias, se van habilitando estos procesos. Cada familia lo vive como lo vive, y al interior incluso de la familia cada integrante lo vive de diferente manera. Estos procesos también permiten, a nivel de la sociedad, seguir un camino de búsqueda de justicia, en lo cual nuestro país es pionero. No es lo mismo que una persona esté desaparecida a que haya sido asesinada. Y que haya sido asesinada de determinada manera. Y que a partir de los restos se pueda ver y saber de qué manera fue asesinada. Ahí hay un salto a nivel también de la reparación, de la memoria reciente, que excede el ámbito de lo familiar.

Hay que pensar esto como círculos que se van abriendo y que van teniendo efectos unos sobre otros: el social, el cultural, el psicológico y la parte obviamente de llegar a la justicia. Cada nueva identificación abre una certidumbre, algo que, por mínimo que sea, permite sumar alguna pieza a ese rompecabezas que el equipo, todos los días, intenta armar. Y eso implica no solamente contar con una muestra de sangre de un familiar, sino también con la palabra de un amigo, con la palabra un compañero, con la palabra de una persona que estuvo en cautiverio con ese desaparecido.

No estamos solamente ante casos de desaparición forzada, también podemos estar ante el caso de una desaparición o de un asesinato producto de violencia institucional. Y justamente en esos casos es muy difícil hablar de muerte. Sabiendo que la persona desapareció hace poco, no se puede decir en la entrevista, por ejemplo: “¿y cómo era su hijo?”, es necesario tener cuidado. Del mismo modo en el caso de una mamá o de un hermano de un combatiente caído en la guerra: aunque el dolor es el mismo, la manera de trabajar con ellos no es la misma. La posibilidad de unir ese cuerpo con esa historia, con ese nombre, y empezar a sumar piezas a ese rompecabezas, es lo que todos los días nos lleva a seguir buscando, preguntando, y en la situación ideal obviamente, encontrando. Esto es una restitución de derecho para la familia y para la sociedad toda.



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