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Flavia Torricelli y Milagros Oberti

Los procesos transformadores que se despliegan en los territorios ponen en evidencia la complejidad, la heterogeneidad y la multideterminación del campo de la salud mental, inherentes al mismo y a la coyuntura que vivimos. Allí tienen lugar tensiones y núcleos duros resistentes a los cambios, pero también alianzas y aperturas. Es nodal señalar tanto las luchas visibles como las invisibles, que se entretejen para pensar y hacer más allá de lo posible. Están aquellas que van generando una tradición, que suman y afilian movimientos, colectivos, poblaciones y que permiten visibilizar conquistas. Están también otras no menos profundas −más opacas, trabajosas, hasta artesanales− que se dan a diario entre los diferentes actores involucrados y que implican discusiones y que generan desgastes. Sin embargo, ambas persiguen un mismo horizonte: transformar la realidad, deconstruir los estigmas, alojar a las vidas signadas por el sufrimiento y terminar con los encierros y aislamientos.

Las dos luchas −todas, en realidad− albergan la potencia de convertirse en acontecimiento y están orientadas por la intención obstinada de develar y reconfigurar los modos de construcción subjetiva propios de la exclusión, la inequidad y la injusticia, de las coordenadas económicas y sociohistóricas que provocan y suscitan padecimientos, lo cual genera desamparo y desauxilio, y reproduce una histórica desigualdad. Han sido, y son, los procesos transformadores los que han puesto en movimiento prácticas de cuidado integrales, multiprofesionales con multisaberes que buscan, se interesan y se dejan afectar por quienes han sido históricamente excluidas/os, para desde allí desanudar los diversos factores que convierten a las problemáticas en complejas y que provocan intensos y diversos malestares. El propósito de ese desanudamiento es habilitar condiciones promotoras de agencia que rompan con los condicionamientos propios del sufrimiento y posibiliten otros modos de vivir.

Sabemos que tanto las experiencias, como las/os actores y los conflictos son singulares, interseccionales −por ello complejos− y situados, porque el contexto nos constituye y nos moldea y, sin embargo, buscamos romper con ello. Esto impide replicar modelos de otros países o regiones, municipios o dispositivos, y requiere pensar en prácticas de cuidado particulares e intervenciones específicas para cada situación, cada territorio, cada institución, cada grupo, cada persona.

Las prácticas de cuidado tienen una consigna inquebrantable entre quienes las promueven y las motorizan: se sienten y son parte de ese proceso que se va gestando, como una grieta que deja crecer una plantita entre el cemento. Son partícipes activos y políticos que proyectan, transforman y lideran esa ilusión a través de pulsiones o líneas de vida que se despliegan y dinamizan el acogimiento, el agenciamiento, la inventiva, la creatividad. Este compromiso ligado a la empatía (en términos de Ulloa, 1995) incluye también afrontar, metabolizar las tensiones y los enfrentamientos que son parte ineludible de la micropolítica del trabajo que se proponga una transformación.

En ese sentido, los equipos de trabajo en los territorios, en las instituciones y en múltiples dispositivos se ven en la necesidad de repensarse permanentemente, de reconfigurarse, de reinventarse, de abrirse y romper con sus saberes inmóviles o enquistados, y con aquellos bagajes ya incorporados que se han tornado instituidos, chocando con los sentidos cristalizados, los límites propios y las/os de aquellas/os que pertenecen a otras disciplinas o porten otros saberes que se han anquilosado. Saben −como enfatiza Schiappa Pietra (2012)− que en ningún dispositivo, disciplina o persona se concentra todo el saber. Saben que el saber es colectivo, continuo y en construcción permanente.

El eje central de los procesos de cuidado es lo transdisciplinar y lo multirreferenciado, fundado sobre la premisa de dejar de lado fidelidades de la propia disciplina, para aventurarse a construir una estrategia colectiva con muy diversos saberes y conocimientos que se quiera y pueda aportar y compartir. Es tarea urgente y sin interrupción cuestionar las prácticas burocratizadas −ubicadas en la serie de la pulsión de muerte− en función de hacer prevalecer los flujos de vida y producir nuevos sentidos. Desde el cuidado, revalorizar la idea de construir respuestas, intervenciones, y acciones con otras/os que participen y se involucren. Así es que se van generando los procesos y las prácticas de cuidado, en forma horizontal, convocando redes diversas y desplegando en primer lugar la dimensión cuidadora, que pone en juego núcleos de competencia específicos, pero a la vez se permea del corazón del problema, enfatizando muy particularmente y en primera instancia los cuidados necesarios −como diría Emerson Merhy (Merhy, Feuerwerker y Burg Ceccim, 2006)− en una situación que por definición es dinámica y amerita poder leerla, explorarla e intervenirla.

Es tan intensa y dificultosa la tarea de trabajar en la perspectiva de los procesos de cuidado que se considera crucial el tema, pero no sólo hacia las poblaciones con quienes se planifica una intervención, sino al interior de los equipos de salud. Esta otra cara se torna imprescindible. Cuidar a quienes cuidan como una dimensión central dentro del mismo proceso, dado que allí también radica la posibilidad de potenciar la transformación.

En este apartado Jorgelina Di Iorio, Agustín Barúa Caffarena y Belén Maruelli describen prácticas de cuidado muy heterogéneas con un denominador común: el campo de la salud mental en entornos, escenarios, ámbitos y poblaciones muy diferentes. Se dialoga, a pesar de las diversidades, y se enuncian tensiones y conflictos inherentes a la experiencia y a los modos singulares de enfrentarlos. Comparten avances, visiones críticas desde distintos enfoques, interpelaciones a la política pública y al descentramiento constante al que obligan los procesos críticos y dinámicos. Estos necesitan de una construcción basada en lo inter (lo interdisciplinario y lo intersectorial) de la salud-enfermedad-atención-cuidados entramados en una estructura social y en este momento histórico. Así son posibles otros modos de hacer, de decir, de sentir y de ser.



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