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Cuidados en escenarios de vulnerabilización social

Jorgelina Di Iorio

“Para esto estudiaste tanto”, me dijo C., un domingo mientras pelábamos dos bolsas de papas en la cocina de la Olla Popular Guillermo Leckie, cuando se enteró de que era psicóloga y daba clases en la facultad. “Esto” era estar los domingos desde temprano, cocinando, charlando, jugando a algo, entre otro montón de personas, en San Juan y Piedras, la esquina donde para un colectivo que no es un bondi. Me reí, y a la vez empecé a dar vueltas tratando de explicar por qué para mí “eso” tenía sentido. En el intento de llegar a un acuerdo, más nos desencontramos.

No fue hasta muchos años después que, recordando la escena, me pregunté por qué para C. no tenía sentido, en un intento de comprender las complejas relaciones que se establecen entre aquellas personas que son acompañadas-cuidadas y quienes acompañamos-cuidamos, en particular con grupos altamente vulnerabilizados y estigmatizados. Y eso dio lugar a este texto-conversación.

Este texto-conversación es una interpelación, presenta reflexiones inmanentes, procesuales, que fueron surgiendo desde lo que (me) va pasando en el trabajo de intervención-investigación-participación con personas adultas en situación de calle en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.[1] Lejos de posicionarse como una “unidad de medida” sobre lo que se debe o no se debe hacer, se presentan en este texto una serie de desplazamientos epistémicos que ponen en movimiento los marcos de inteligibilidad y de sensibilidad en ese complejo proceso social de producción de cuidados con grupos vulnerabilizados (Di Iorio, Rigueiral, Sapey et al., 2023). En este sentido, con la intención de problematizar esos movimientos de captura-apertura que caracterizan la praxis comunitaria, se presentan tres interpelaciones: 1. quiénes son esos sujetos de cuidado, 2. qué tipo de encuentros hay entre quienes cuidan-son cuidados, y 3. cómo cuidar sin tutelar.

En los procesos de producción de cuidados en escenarios de desigual distribución de vulnerabilidad, los grupos subalternizados, racializados, constituyen un sujeto-objeto de intervención jerarquizado. La situación de calle es una de las formas en las que se institucionalizan los procesos de vulnerabilización y expulsión en los contextos urbanos.

“¿A quién le importaría la muerte de un indigente?”, se preguntaba Luis Felipe en un taller de escritura que coordiné entre 2005 y 2010, en una organización religiosa que brindaba asistencia básica a personas en situación de calle en el barrio de San Cristóbal de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Y se contestaba:

Nosotros los indigentes recorremos las calles en busca de alimento, de abrigo en invierno, de refugio para el sol en el verano. Dormimos poco y entrecortado, vagamos sin rumbo aparentemente, lento por el peso de las cosas que tenemos que cargar, lentos por el peso de la realidad en que vivimos, lentos sin apuro, pues nadie nos espera, ni tampoco hay lugar al cual llegar.

Lo que preocupa en este escenario es “qué cuenta como humano, las vidas que cuentan como vidas y, finalmente, lo que hace que una vida valga la pena” (Butler, 2009, p. 47). Estar en situación de calle se convierte en un atributo desacreditador, que da lugar a múltiples formas de violencias físicas y simbólicas en el espacio público, como mecanismos de remoción y control de estos cuerpos no deseados y “fuera de lugar”. Estar socialmente calificadas como “vidas que no valen” incrementa las posibilidades de ser víctimas de ataques violentos, en comparación con otros grupos sociales (Allison y Klein, 2021) Según el Registro Unificado de Violencias hacia Personas en situación de calle (Di Iorio, Sapey y Armentano, 2024), entre agosto 2023 y agosto 2024 se observó un aumento del 37% de las violencias, incluidas muertes en el espacio público, reportadas por medios de comunicación y por organizaciones comunitarias. Se registró −además− una muerte en el espacio público sin agresiones físicas[2] cada dos días y medio.

La situación de calle no es un estado sino una relación social, y acompañar-cuidar en la intemperie pone en tensión las atribuciones de sentido sobre sus recorridos, sus trayectorias y sus formas de vincularse con las instituciones. Es una población negativizada: se los mira desde lo que no tienen, se negativizan sus prácticas. Desde quienes acompañan se las define como desenganchadas, desafiliadas. Pero desde quienes experimentan y han experimentado la vida en la calle, se recuperan multiplicidad de vínculos y de conexiones. Lo efímero se convierte en constante, y emergen formas de afiliación y desafiliación, de padecimientos sociales y de resistencias relacionadas con expresiones de inequidad e injusticia social que dan lugar a dinámicas de ruptura y fragilidad de vínculos sociales, laborales y familiares, dificultades para cubrir necesidades materiales, simbólicas y afectivas; también a constantes vulneraciones de derechos sociales, económicos y culturales, nuevas afiliaciones, otras interacciones, y formas de reconocimiento e intercambio material y afectivo (Di Iorio, 2023)

Como sostiene Luis Felipe, cuando vivís en la calle las vidas tienen menos valor. Tal como define Butler (2009), hay un desigual valor de la vida que hace que algunas sean lloradas y otras no. Se configuran ciudadanías a ser cuidadas, en condición de vulnerabilidad. Lejos de considerar a la vulnerabilidad como un estado subjetivo de debilidad, la define como un aspecto de nuestras compartidas vidas interdependientes:

nunca somos simplemente vulnerables sino que somos vulnerables a una situación, una persona, una estructura social, algo en lo que confiamos y en relación con lo que quedamos expuestos (…) uno es vulnerable a la estructura social de la que depende así que, si la estructura fracasa, uno queda expuesto a una situación precaria (Butler, 2020, p. 62).

La comprensión relacional de la vulnerabilidad muestra que no estamos separados de las condiciones que hacen que nuestra vida sea posible o imposible y que, al quedar ciertos grupos expuestos a una situación precaria, podrán requerir sistemas de apoyo a lo largo de la vida.[3]

Es decir, la concepción de la vulnerabilidad está ligada a la sociabilidad, a las relaciones con los otros y con el entorno como mera dependencia de los otros. La vulnerabilidad no es, entonces, la característica de un grupo en función solo de un atributo −género, clase, etnia, edad, entre otros− sino una distribución desigual de ese atributo, con fines políticos de precarización. Se configuran ciudadanías que tienen que ser cuidadas y ahí entramos en el campo de las disciplinas del cuidado y de las diferencias entre quienes cuidan y quienes son cuidados. No somos iguales. En el campo de la militancia con personas en situación de calle escuchamos muchas veces la consigna “a cualquiera le puede pasar”, y aunque entendamos el sentido que adquiere en el contexto de la interpelación frente al rechazo social, a cualquiera no le pasa, ni le va a pasar.

En síntesis, la vulnerabilidad no puede comprenderse por fuera de sus relaciones constitutivas con otros seres humanos, procesos vivientes y condiciones para vivir. No es una característica esencial ni de las personas ni de los grupos, sino, más bien, producto de los efectos de las relaciones de poder-saber. El reconocimiento de la vulnerabilidad como problemática compleja no remite a lo difícil de las situaciones, ni cierra las reflexiones acerca de la temática, sino que abre a múltiples dimensiones para su abordaje.

Habitar la calle es un proceso que se despliega entre la cultura de la mortificación y la producción de la ternura, donde lo peor según quienes tienen experiencia de vida en calle es la indiferencia. Retomando a Martín-Baró (1990), sufrimos por los tipos de vínculos que tenemos con las instituciones:

la base de la salud mental se encuentra en la existencia de unas relaciones más humanizadoras, de unos vínculos colectivos en los cuales y a través de los cuales se afirme la humanidad personal de cada cual y no se niegue la realidad de nadie, entonces la construcción de una sociedad nueva o, por lo menos, mejor y más justa, no es sólo un problema económico y político, es también y por principio un problema de salud mental (p. 514).
Sin lugar, desarraigada, no tengo cobijo alguno. La indiferencia es un laberinto interminable que no tiene salida, me excluyen y no entienden cómo soy, y que no me importe en el fondo ser perfecta. Soy como vos, con las mismas razones y deseos de resurgir saliendo de esta situación de mierda, la de vivir sin techo y encima que no te registren.

Así dice Ayelén en Narrativas-en-la-intemperie, una compilación de poesías que hicimos en un taller que funcionó en una asamblea barrial en el barrio de San Telmo, interrumpido por la pandemia del covid-19. El no registro, la vivencia de anonimato, no pueden definirse como emociones en singular. Estar en situación de calle se configura como un atributo socialmente desacreditador, que hace se defina a quienes experimentan la vida en calle por esta condición de privación y exclusión, producto de un proceso continuo de posesión y desposesión material, simbólica y afectiva, lo que da lugar a procesos de estigmatización (Goffman, 2003). Es decir, se profundiza la distancia social entre quienes experimentan la situación de calle y quienes no, lo cual genera que sean vistos como grupos socialmente amenazantes, culturalmente estigmatizados y económicamente marginales.

Lo que se pone en funcionamiento son mecanismos socio-afectivos que hacen que ciertos colectivos puedan establecer las coordenadas para leer-comprender los cuerpos de los otros.

Estas narrativas funcionan al generar un sujeto a quien unos otros imaginados ponen en peligro y cuya proximidad amenaza no sólo con quitarle algo (empleo, seguridad, riqueza), sino con ocupar el lugar del sujeto (…) los cuerpos de los otros se transforman, por lo tanto, en los odiados (…) se asume que causan un daño tal al sujeto blanco ordinario, que su proximidad se interpreta como el origen de los malos sentimientos (Ahmed, 2014, pp. 78-79).

Se los caracteriza como personas solitarias, ensimismadas, desconfiadas, intolerantes e incluso violentas, atribuyendo esas características como inherentes a su personalidad, psicologizando procesos socioculturales complejos y ocultando los complejos procesos socio-político-culturales a través de los cuales se construyen emociones como la soledad, el miedo, el odio y la desconfianza.

Las instituciones que deben alojar también reproducen esa exclusión y ponen en funcionamiento prácticas que más que acercar, alejan. El circuito socio-asistencial que sostiene la asistencia a quienes están en situación de calle produce mortificación, produce malestar, por lo que es necesaria la pregunta por el tipo de cuidado que podemos generar, por la producción de ternura más que de malestar. Producir ternura no se limita a ofrecer un alojamiento o algún tipo de actividad laboral, incluso puede significar acompañar que se muera en la intemperie.[4] Que te traten bien, que te miren con confianza, que no busquen “un más allá” de lo que se cuenta, implica jerarquizar la dimensión vincular en tanto eje central de las intervenciones psicosociales:

un intercambio de almas, un intercambio de miradas, un intercambio de reconocimiento, un intercambio de una palabra, un intercambio de una experiencia que comienza y puede terminar en sí misma, porque la muerte de estas personas es una constante (Filho, 2017, p. 186).

En la medida en que generamos otras formas de vinculación o posibilidades de ocupar otros lugares sociales menos predeterminados, estamos produciendo salud mental. “Salud mental es sentirse parte”, dice un sticker que hicimos en un taller de radio en una organización comunitaria en Congreso. Es un creciente sentimiento de ser-en-relación-con el mundo, es reducir el aislamiento, es producir continuidades con vidas en permanente movimiento.

En los escenarios de extrema vulnerabilidad, construir ese sentirse parte o acompañar, implica amortiguar las violencias (Montes Páez, 2024), en tanto que es uno de los principios del acompañamiento transfeminista que define la autora. Un acompañamiento, dice en el mismo texto, es una multiplicidad que se compone en ese acto de acompañar en una situación específica. Las tareas de cuidado, son acompañamientos que no brindan ni alojamiento ni trabajo, diríamos que consisten en “cuidados inmateriales”, en generar otras formas de interacción social, de trabajar con los vínculos y con el tipo de relaciones que las personas establecen con las instituciones, con los grupos. Son espacios de encuentro-desencuentro, son escenarios de disputas de sentidos.

Lejos de re-bordear el pesimismo frente a las condiciones socio-globales de producción desigual de vulnerabilidad (Butler, 2020), tomé este escrito como una oportunidad para re-preguntar-me/nos sobre la micropolítica de los acompañamientos con esos grupos vulnerabilizados, en términos de los desafíos ético-políticos de la praxis psicosocial.

Producir cuidados es un proceso de diferenciación-reconocimiento de con-formar lo común, que deja en evidencia la ilusión del “para todos”, visibilizando que ese “no todos” se configura como objeto de reducción-captura-subordinación a partir de múltiples formas de violencias. Tal define Montes Páez (2024), hay violencias estructurales/molares y violencias miniaturizadas. Las violencias molares son las propias del capitalismo mundial integrado, propias de esta fase de expansión capitalista (agronegocios, especulación inmobiliaria, la privatización de las tierras, la liberalización de la economía, la desregulación de las transacciones en dólares, la reducción del sector público, la desfinanciación de los servicios socio-asistenciales), que requiere necesariamente de la destrucción de cualquier actividad económica que no esté subordinada a la lógica de la acumulación. Esto da lugar a amplias mayorías viviendo en condiciones de pobreza e indigencia, ampliando la inequidad, profundizando la desigualdad y los procesos de expulsión. Son las violencias que producen las problemáticas sociales, entre ellas la situación de calle.

Las violencias miniaturizadas, dice Montes Páez (2024), son las que reproducen la lógica de sometimiento e inferiorización a menor escala, dentro de un grupo o entre distintos grupos, sean o no con agresiones físicas. En el caso de la situación de calle, nos referimos a feminicidios, agresiones sexuales en el espacio público, violencias policiales, detenciones ilegales, desplazamientos forzados por funcionarios de las ranchadas y robo de pertenencias, incluidos los carros u otros objetos con los que realizan actividades de subsistencia, violencias de otros vecinos que no están en situación de calle en nombre de la autodefensa, segregación espacial, el maltrato de quienes brindan asistencia. También son las violencias que se ejercen hacia quienes cuidan.

¿Qué cuidados son posibles en esos escenarios? La producción de cuidados se funda en esa diferencia, y reconocerla habilita la construcción de otros territorios de existencia e implica también hacer algunos movimientos, en términos de coordenadas de encuentro en el proceso de configurarse vidas más vivibles. Amortiguar las violencias, dice Montes Páez, (2024), es partir de una impotencia, reconociendo la lógica de las violencias estructurales: “amortiguar la violencia implica deshabilitar la fuerza del agresor-persona, del agresor-institución, mostrando que la compañera no está sola” (p. 81).

Producir cuidados es un proceso lleno de pliegues, fisuras, encuentros y desencuentros. Se produce, siempre de manera colectiva, y provoca un proceso de singularización que interrumpe los sentidos hegemónicos. Es un proceso de pluralidades y multiplicidades, de una micropolítica de acontecimientos a partir de los cuales se materializan formas de sentir-pensar-hacer distintas de las que se construyen como “normales”. Es tratarnos con dulzura, amorosamente, pero sin esquivar la querella y ni el conflicto. Se trata de coser algo nuevo, “sujeto-espantapájaros”, hecho de retazos, de restos, de abandonos (López, 2021). Es un proceso en movimiento, en las intersecciones, en el mientras tanto.

Posdata: instrucciones para entender lo inexplicable[5] o algunas pistas para producir cuidados en escenarios de vulnerabilización social

  1. Experimentar la acción sin importar lo que suceda.
  2. Pase lo que pase, no volverse loco o sin saber qué hacer.
  3. Aceptar que sea cierto o incierto.
  4. Aunque quieras entenderlo, nunca lo entenderás.

  1. El Grupo de Trabajo “Sociabilidades por los márgenes” tiene sede en la Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, y es integrado por estudiantes de grado y posgrado, docentes, expertos por experiencia (personas que estuvieron/están en situación de calle sin formación académica), profesionales sin inserción académica e investigadores. La propuesta se enmarca en lo que llamamos co-investigación y tiene como objetivo transversal problematizar y democratizar los modos de construcción de conocimientos en ciencias sociales, en este caso en la particularidad de la situación de calle).
  2. Las muertes sin agresiones físicas son aquellas producidas por las condiciones materiales de existencia de quienes están en situación de calle. Alude a personas encontradas sin vida que los medios de comunicación refieren como “muertes por causas naturales o sin signos de violencia”. El uso del término “sin agresiones físicas” refiere a que no hay nada de natural en morir en la calle y a que si es una forma de violencia.
  3. En un sentido amplio, la idea de requerir sistemas de apoyo puede relacionarse con el campo de acompañamiento e intervención psicosocial. El hecho de que una población “sea vulnerable”, no hace que esa población se paralice. La resistencia no es lo opuesto a la vulnerabilidad, sobre todo cuando la vulnerabilidad se moviliza en conjunto, generando otras nuevas condiciones de existencia socio-materiales-afectivas.
  4. Alude específicamente a las luchas por los cuerpos de quienes mueren en la calle, donde las organizaciones comunitarias son parte de largos trámites administrativos porque al no ser familiares directos hay más trabas. Acompañar a morir en la intemperie es también la búsqueda de esos cuerpos cuando mueren, dónde está, en qué hospital, en qué morgue, evitar que quede como NN. Acompañar a morir en la intemperie es estar en situaciones de una intermitencia en alojamientos, un entrar y salir, que puede finalizar con una muerte en ese salir. Quienes trabajamos con personas en situación de calle tenemos que ser conscientes de que algunas de las personas que acompañamos van a morir estando en la calle, porque las acciones cuando alguien está en la calle ya son de reparación, no de prevención.
  5. Este poema fue escrito por German Ferreira en el 2018, integrante del taller de poesía y escritura de una organización social y política del barrio de San Telmo. Fue parte de una compilación titulada Narrativas en la intemperie que no pudo ser publicada por falta de financiamiento.


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