Víctor Penchaszadeh
Quiero comenzar con un aspecto central para el tema que nos convoca y que es el del índice de abuelidad, que es un tema icónico y que fue un parteaguas, un antes y un después, para el desarrollo de la genética forense. Nadie lo podía creer, aparentemente todos los científicos a quienes las Abuelas habían consultado hasta entonces habían dicho que no se podría establecer la relación entre un niño y sus posibles abuelos sin analizar primero a los posibles padres, pero el problema era que los padres de estos niños estaban desaparecidos. Cuando Chicha Mariani y Estela de Carlotto fueron –en noviembre de 1982– a Nueva York, a Naciones Unidas, a realizar una denuncia por el robo de niños durante la dictadura, se contactaron conmigo. Yo en ese momento estaba trabajando en la Escuela de Medicina de Mount Sinai. Nos reunimos en el hotel Lexington, y ante la pregunta que me hicieron –si sus nietos podrían ser identificados a través de pruebas genéticas de sus abuelos– les contesté que, puesto que era posible determinar el índice de paternidad por análisis genéticos, también se debería poder hacer las pruebas de abuelidad, pues se trataba de la misma tecnología. Sin embargo, la cosa no iba a ser tan sencilla. En primer lugar, hasta ese momento, en el mundo nunca se había identificado genéticamente un nieto, testeando a los posibles abuelos sin testear a los padres. Con el apoyo de la Asociación Norteamericana por el Avance de la Ciencia, se formó un grupo de trabajo dirigido por la genetista norteamericana Mary-Claire King, el cual tuve el honor de integrar, junto con matemáticos, bioestadísticos y genetistas poblacionales. Este grupo de trabajo consiguió “encontrarle la vuelta” a la dificultad de la ausencia de los padres, adaptando la fórmula estadística del índice de paternidad teniendo en cuenta las leyes de la herencia y desarrollando así la fórmula del famoso “índice de abuelidad”, que establece la probabilidad que un niño de identidad desconocida sea efectivamente nieto de una pareja específica de posibles abuelos.
Lo cierto es que esto se pudo lograr y, como ustedes saben muy bien, funciona desde 1984, cuando fue la primera vez que se probó la fórmula en Argentina, y funcionó con María Eva Logares,[1] se hizo con los 133 nietos recuperados hasta este momento. El factor clave para que esto pudiera ocurrir no ha sido la tecnología, sino el tesón, la fortaleza, la perseverancia y el amor de las Abuelas de Plaza de Mayo: sin ellas no hubiera sucedido. Yo supongo que muchos de ustedes conocen a varias Abuelas de Plaza de Mayo, otras las habrán visto en películas, en videos, en la televisión, en conferencias, o lo que fuera; lo que les puedo asegurar es que cuando se les mete algo en la cabeza, no hay quien las pare. Su fuerza y su lucha son inagotables.[2]
Con el inicio del proceso democrático en Argentina, apenas asumió el presidente Alfonsín, ya estaban las Abuelas, estaba Chicha, estaba Estela, golpeando puertas hasta que consiguieron que la recién nombrada Comisión Nacional por la Desaparición de las Personas, la CONADEP,[3] solicitara la colaboración de la Asociación Norteamericana para el Avance de las Ciencias, para la identificación de los numerosísimos restos humanos que se encontraban por doquier, así como también de los niños apropiados por la dictadura. Así, aparecieron en escena Clyde Snow, por entonces el antropólogo forense más importante del mundo, y Mary Claire King, genetista famosa. Clyde Snow fue quien prácticamente entrenó a toda la primera generación del Equipo Argentino de Antropología Forense, y Mary Claire King, quien se puso a trabajar con la fórmula del índice de abuelidad recién salida del horno. Tenemos que darle crédito a Mary Claire King, ya que toda su infraestructura en California permitió que ella, que se dedicaba y se sigue dedicando a la genética poblacional y estadística, hiciera surgir la fórmula del índice de abuelidad, utilizando marcadores genéticos que se encuentran en el genoma y que sirven para identificar a las personas. El caso que abrió la admisión de estas técnicas desarrolladas por King fue su utilización para identificar a más de 750 niños y adultos masacrados entre 1981 y 1982 en la población de El Mozote, en El Salvador.
Esta proeza de la ciencia al servicio de los derechos humanos nos acompañó hasta ahora y nos sigue acompañando periódicamente, con más nietos que se van encontrando. Nadie puede tener la bola de cristal con respecto a cómo serán los próximos años, pero todo indica que va a seguir habiendo nietos que se van a encontrar, o, como dice la propia Estela, que “los nietos van a encontrar a sus abuelas”. En este momento, esos nietos de los que estamos hablando tienen cerca de 45 años o más, es muy probable que con toda la difusión que tiene esta gesta, sigan apareciendo nietos que deseen recuperar su identidad genética.
Reflexionando sobre el tema salud mental e identidad, quiero recalcar que no puede existir salud mental sin identidad, no puede existir una persona sin identidad. Podrá tener una identidad falsa, una identidad equivocada o lo que fuera, pero la identidad la tenemos todas/os. Si bien desde que nacemos, tenemos nuestra identidad genética en el ADN que recibimos de nuestros padres, lo cierto es que la identidad personal es algo que se va construyendo con la vida. Yo no soy el mismo que era cuando tenía tres o cuatro años, y si bien tengo el mismo ADN, el mismo documento, el mismo nombre y un montón de recuerdos de mi infancia, mi juventud y mi madurez, así como experiencias que he tenido a lo largo de la vida, todo eso ha ido construyendo mi identidad. Hemos hablado mucho con las Abuelas acerca de esta concepción de identidad y para ellas la identidad es un blanco y negro, es un antes y un después de que se identifica y se recupera un nieto. Pero hay una historia, porque esos nietos que han sido identificados han tenido, antes de ahora, su vida, una vida que es vida, con lo que fuera. La han tenido y una vez identificados o en período de identificación, han tenido que trabajar mucho esas temáticas, porque no es para nada fácil transitar por esos caminos.
De repente, los que parecían sus padres fueron los asesinos de sus padres verdaderos. Hay que poder imaginar lo que esto significa y representa para la salud mental de una persona. Es tremendo. Son cimbronazos para los cuales absolutamente nadie está preparado. Son shocks muy fuertes, situaciones de extrema angustia y sufrimiento, como un desborde, no para llamarlo “enfermedad mental,” pero sí es algo que no es proclive a la salud mental, que a uno le digan de repente: “estos no son tus padres y estos sí son tus padres” y que de estos padres en realidad lo único que hay son fotos porque están desaparecidos, eso es tremendo para cualquier persona.
Hay que tomar el tema de la identidad con toda la seriedad que implica, y así es como lo han tomado las Abuelas. Ellas siempre han dicho: “nosotras no queremos cualquier niño, cualquier hijo, cualquier nieto, queremos nuestros nietos”. Quieren la verdad; ese era el otro gran título de este capítulo, el tema de la verdad. Sin verdad, uno no puede vivir: ¿cómo vamos a vivir en las mentiras? Y eso creo que es el principal argumento que ha prevalecido desde la búsqueda de Tatiana Sfiligoy Ruarte Britos, primera nieta recuperada, en adelante. La búsqueda de la verdad es lo que ha justificado y ha permitido que estos procesos puedan darse. La tecnología por supuesto es y fue fundamental, pero la tecnología es la tecnología, y no creo que tenga mucha humanidad. La humanidad la tenemos los seres humanos. Los que padecemos la mentira somos los seres humanos. Los que nos alegramos con la verdad somos los seres humanos. Entonces, los seres humanos somos capaces de navegar esta cuestión del desarrollo de la identidad personal, reconociendo que ha sido un proceso muy difícil para los 133 nietos recuperados.
Sin embargo, uno los ve –yo conozco a muchas/os de ellas/os, soy amigo de algunos de ellos y algunas de ellas– y a veces me maravillo de que con todo lo que han pasado, sean gente que ha tenido un profundo reconocimiento a la vida tanto en sus propios desarrollos y proyectos, como con sus parejas y con sus hijos. El ser humano es fuerte, pero a veces o casi siempre, necesita apoyo de la sociedad, apoyo de las leyes, apoyo de las/os amigas/os. Lo que más me ha llamado la atención en las/os nietas/os recuperadas/os es el buen humor que tienen para lidiar con todo lo que les ha tocado lidiar.
Para terminar, quiero regresar a mis charlas con abuelas, principalmente con Estela, y es esto que dije al comienzo: la identidad se construye a lo largo de la vida. ¿Eso qué quiere decir? ¿Que mis genes van a cambiar? ¿Que mi identidad genética va a cambiar con la vida? No, la identidad genética es lo único que no cambia. Pero lamento decirles –yo soy genetista, sé de lo que estoy hablando– la genética en realidad es lo menos importante en la identidad de una persona. Todos nacemos con un set de 25.000 genes con su ADN característico y prácticamente irrepetible. Pero el ADN por sí solo no hace nada. El ADN tiene que experimentar vida a lo largo del tiempo, tiene que recibir influjos de todo tipo del medio ambiente, algo que se ha nombrado con el término “epigenética”. Este término fue acuñado por genetistas con poca imaginación. En efecto, no hay algo menos genético que la epigenética. En realidad, ¿qué quiere decir epigenética? Quiere decir las influencias del medio ambiente sobre el ADN. Pero si lo que importa entonces es el medio ambiente, entonces llamémoslo por su nombre, no con un término que nadie sabe bien lo que quiere decir. Lo cierto es que los estímulos externos (y esto está demostrado científicamente) pueden alterar la expresión del ADN, y hablo de estímulos de todo tipo: psicológicos, experiencias sociales, nutricionales, afectivas, inclusive la exposición a químicos que lamentablemente es un problema muy grave en el mundo y particularmente en la Argentina, país sojero por excelencia, y que requiere de agrotóxicos para su crecimiento. Eso afecta la identidad de las personas porque las enferma.
En último lugar, quiero enfatizar que el ser humano es muy sensible a todo lo que ocurre en el medio ambiente, ya sea biológico, físico, químico, emocional, social, político, etc. Todas las enfermedades son resultantes de la interacción entre genes y medio ambiente. Ninguna característica humana, ya sea variación normal o patológica, depende exclusivamente de la acción de los genes, sino que siempre se trata de interacciones entre los genes y el ambiente. Y así ocurre también con la identidad personal, gracias a lo cual valoramos tanto la diversidad entre nosotros.
- Paula Eva Logares nació el 10 de junio de 1976 en la ciudad de Buenos Aires. Fue secuestrada junto con sus padres, Mónica Sofía Grinspon y Ernesto Claudio Logares, el 18 de mayo de 1978 en Montevideo, Uruguay, donde estaban viviendo tras escapar de la persecución política en la Argentina. La pareja estuvo detenida en la Brigada de Investigaciones de San Justo y en el centro clandestino “Pozo de Banfield”. Fue el primer caso en el que la Justicia utilizó como prueba de filiación los análisis genéticos. El 13 de diciembre de 1984 se le restituyó su verdadera identidad. Paula fue criada por su abuela materna. Sus padres y su hermano/a que debió nacer en cautiverio continúan desaparecidos.↵
- Desde el año 1977, las Madres de Plaza de Mayo ya habían comenzado a realizar las rondas de los jueves y se reconocían con un pañuelo blanco atado en la cabeza, que simbolizaba el pañal de tela de sus hijos e hijas.
Seis meses más tarde, una madre que también era abuela se apartó de la ronda y preguntó: “¿Quién está buscando a su nieto, o tiene a su hija o nuera embarazada?”. En ese momento, fueron doce las mujeres que comprendieron que debían organizarse para buscar a las/os hijas/os de sus hijas/os secuestrados por la dictadura. El sábado siguiente, 22 de octubre de 1977, se reunieron por primera vez e iniciaron una lucha colectiva que continúa hasta hoy.↵ - La CONADEP fue creada por Raúl Alfonsín el 15 de diciembre de 1983, con el objetivo de investigar la desaparición forzada de personas producidas durante la dictadura militar en Argentina, dando origen al Informe Nunca Más, también conocido como “Informe Sábato”, publicado en 1984.↵






