Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Vivencias de usuarias en el proceso de desinstitucionalización

Reflexiones en torno
a la transformación manicomial

Macarena Sabin Paz

Esta presentación tiene como objetivo contribuir a una reflexión sobre los procesos de desinstitucionalización de personas con sufrimiento mental, pero sus orígenes se remontan a las producciones del Equipo de Salud y Vida Independiente del Centro de Estudios Legales y Sociales y, en particular, a un trabajo elaborado conjuntamente con Mariana Biaggio, trabajadora social del equipo (2023).

El abordaje que voy a describir consistió en promover encuentros con mujeres que se habían externado del Hospital Dr. Alejandro Korn, de Melchor Romero, como fruto del proceso de transformación manicomial que lleva adelante el hospital, en el contexto del Programa “Buenos Aires Libre de Manicomios” de la provincia de Buenos Aires.[1]

La metodología elegida fue la de entrevista grupal, a la que denominamos Conversaciones de mujeres, para dar cuenta de la mirada interseccional entre género y salud mental, y en especial definir una escucha sensible a las vulneraciones que habían sufrido las pacientes en el encierro manicomial, en el sistema de justicia, en las respuestas que habían recibido por parte de las familias, la sociedad, y los nuevos desafíos que se enfrentaban al vivir en la comunidad.

Esta experiencia incluyó conversaciones con once mujeres que conviven en cuatro casas. Sus proyectos de vida, los momentos vitales que atraviesan, la evocación de lo familiar, el paso del tiempo, el encierro, la organización de las tareas cotidianas, los anhelos, las marcas del manicomio, los cuerpos, la libertad, lo íntimo, la soledad, el barrio, siempre la medicación, son sólo algunas palabras clave que guían este recorrido.

El resultado de estas conversaciones fue sistematizado en el texto “Reflexiones sobre la desinstitucionalización de mujeres del Hospital Dr. Alejandro Korn ‘Melchor Romero’. Aportes al proceso de transformación manicomial”[2] En esta oportunidad retomo las reflexiones allí planteadas y avanzo en consideraciones en torno a los alcances y desafíos de las políticas públicas transformadoras, a partir de una mirada que nos implica e interpela como trabajadores/as y militantes del campo de la salud mental.

La inclusión de estas consideraciones como parte de las Jornadas Salud Mental y derechos humanos, nos abre la posibilidad de compartir estos hallazgos y seguir construyendo una perspectiva de trabajo sobre los modos en que las personas institucionalizadas vuelven a habitar los barrios y cómo sus trayectorias vitales previas son una marca para sus nuevos recorridos. Comprender estos sentidos, entendemos, es la clave para acompañar estos procesos de una forma digna y de respeto a la autonomía personal y la vida independiente.

¿Cuál es la vivencia de las personas usuarias de los servicios de salud mental que han estado mucho tiempo, muchos años internadas, en relación con la externación y con la experiencia de vivir en los barrios?

Esta pregunta quizás sea una buena guía para fortalecer las políticas de desinstitucionalización, a partir de la idea del acogimiento responsable; y, a la vez, que también incluya y construya nuevas institucionalidades articuladas y compartidas con las personas usuarias, y desde su propia vivencia de regreso al barrio, de regreso a ese cotidiano anhelado.

También me interesa volver sobre la idea de lo anhelado. ¿Qué se anhela? O mejor aún, ¿quién lo anhela? ¿Qué posibilidad real existe para construir un proyecto de desinstitucionalización basado en lo que cada persona puede y quiere, y no sobre las coordenadas que los y las trabajadores/as del sistema de salud, comprometidos y comprometidas por una salud mental inclusiva, definen y defienden? Desde nuestros campos de lucha, de militancia de la salud mental, y de estudio, elaboramos y producimos textos, ideas, reflexiones. Las autoridades comprometidas incluso sostienen e implementan políticas públicas respetuosas, con esfuerzos inagotables.

Sin embargo, estas políticas, estos textos, nuestras palabras bien intencionadas, están alejadas de las vivencias de las personas que después de veinte o treinta años de haber estado en un manicomio vuelven al barrio y se encuentran con una realidad muy ajena. Esa es la verdad, muy ajena, muy distante a quiénes son, a lo que pueden y a lo que desean. Y, digámoslo de entrada: no hay mayor revictimización que, luego de haber vivido una vida manicomial, haya que rendir tributo hegemónico acorde a los modos de vivir de quienes no han estado institucionalizados/as. Por eso, nuestra propuesta es poder construir algunos elementos que acompañen los procesos de desinstitucionalización desde las voces de las personas usuarias.

Para empezar, debemos situar la diferencia entre externación y desinstitucionalización. Y a la vez cuestionar el término desinstitucionalización que nosotras hemos llevado como bandera. Esta idea de la desinstitucionalización, que a veces es entendida como “desinstitución”. Hay que marcar esa tensión: cuando hablamos de desinstitucionalizar hablamos de cortar con las lógicas del manicomio, con las lógicas de arrasamiento subjetivo, de arrasamiento de la vida, donde todo queda tomado por la vida en la sala, donde la autonomía queda sepultada detrás de las lógicas de la vida en sala. Pero la desinstitución es otra cosa.

Entonces, considerando que la desinstitucionalización no es des institución, algunas preguntas que nos guían en este momento son: ¿qué es lo que hay que sacarse de encima? ¿Qué es lo que nosotros queremos que pase? Porque cuando hablamos de des, este prefijo habla de algo del orden del despojo, de la renuncia. ¿Qué es eso a lo que creemos que hay que renunciar?

Lo que señalamos es que existe una institución que sigue siendo referente para la gestión de un cotidiano y que esa es la condición para no dejar a las personas expuestas a una vivencia de pura intemperie, de un nuevo abandono. No se trata de anular la referencia a la institución, que en muchos casos es lisa y llanamente el sostén para la vida en comunidad.

En nuestras visitas a las casas donde habitan las mujeres que han transitado largos períodos de internación, vimos que algunas son casas con altos niveles de asistencia, de ayuda, de acompañamiento, desde una lógica de los sistemas de apoyo, en los términos de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad,[3] donde hay una persona, o un sistema, o un dispositivo, que contribuye a la construcción de autonomía y a que la persona pueda elegir libremente. En otras casas, más que apoyos, vimos reemplazos constantes de la voluntad, de la toma de decisiones, la permanencia de lógicas capacitistas y tutelares. Estamos frente a un tremendo desafío, porque son personas que han permanecido, quizás, veinte años en el manicomio. Entonces poner a la persona en una exigencia que tiene que ver con cuestiones que nosotros/as –desde nuestro lugar de personas no usuarias– sostenemos como una lucha y como un posicionamiento ético, puede adquirir rasgos morales, rasgos del deber ser.

Es decir, hay que desarrollar la autonomía plena, hay que sostener una vida afuera del hospital psiquiátrico, hay que poder estar en el barrio, hay que poder habitar el cotidiano, hay que hacer compras, pero, ¿desde qué lugar? El rasgo moral está en suponer que hay que sacarse la marcación manicomial del cuerpo, de la marcha: superar las rigideces físicas, disimular los atuendos, poder resolver problemas de la vida cotidiana.

Por otro lado, menos moral, decimos: hay derecho a ser excéntrico, a vestirse de otra manera, a habitar el mundo con sus rasgos y particularidades. Pero, ¿qué les pasa a estas personas cuando van a vivir a un barrio y se visten de una manera distinta a la que se visten sus vecinos y vecinas? Este es el primer hallazgo de nuestras conversaciones: la marca personal. ¿Hasta dónde eso que hemos sostenido como el derecho a vestirse como una quiera, a maquillarse como una quiera, no obtura las posibilidades de vivir en un barrio como cualquier vecina? Y en este sentido, ¿no hay derecho también a ser una vecina más y parecerse a cualquier vecina sin ser señalada como la señora que salió del Hospital Korn?

Ella me decía, “lo bueno es que vos tenés una cara normal, a vos no se te nota”, y es verdad, a mí me tratan bien porque no tengo cara de loca.

  

Yo no tengo la apariencia de ser una paciente del Korn.

  

Nosotras no parecemos del manicomio, nosotras estamos bien, vamos prolijas.

La marca del manicomio determinaba en ellas la necesidad de sacarse de encima esta marcación corporal que es manicomial, que tiene que ver con el atuendo, con la ropa, con ir prolijas, con estar bañadas, pero también con algunas cuestiones que tienen que ver con esas rigideces, con ciertos automatismos generados por el consumo crónico de medicación. A su vez, esto tenía un impacto directo en sus actividades: las mujeres que tenían menos marcación manicomial podían alejarse, comprar en otros comercios, hacer trámites, ir a la curaduría, ir al banco. Sin embargo, las que tenían más marca debían quedarse en los negocios de cercanía donde sabían que iban a ser tratadas con respeto, que no iban a ser discriminadas.

Entonces, en las conversaciones emergió un deseo muy genuino por habitar el barrio como cualquier otra vecina, como cualquier otra señora y esto que en principio podría ser como una construcción cosmética de esa nueva identidad, es el derecho habitar el barrio también. Y funciona como una membrana protectora respecto de la identidad “loca”, que puede advenir en “ser la loca”.

Ese es el primer hallazgo: la necesidad de recrear un presente diferente, desde una identidad diferente. Esto para nosotras fue conmovedor, porque siempre sostuvimos el derecho a las contra hegemonías. De pronto, desde sus voces, desde su necesidad, aparece otra cuestión que tiene que ver con parecerse a las vecinas. Y hay que escucharlo y acompañarlo amorosamente.

El segundo hallazgo lo titulamos “De dónde se sale, a dónde se entra”. Cuando alguien se muda de una casa a otra, además de ser muy significativo para la vida subjetiva, anímica y emocional, hay un hecho fáctico que es la mudanza. Un día estamos en un lugar, agarramos nuestras cosas, las metemos en un camión, nos vamos, y ese día dormimos en otro lado. Ese hecho fáctico, mudanza, podríamos decir, condensa, metaforiza y nuclea un montón de sentidos.

En nuestras conversaciones preguntamos diferentes cuestiones: ¿cómo se produjo esa mudanza?, ¿cuándo te fuiste del hospital?, ¿cómo comenzó a construirse la idea?, ¿cómo encontraron las casas?, ¿cómo compraron los muebles?, ¿cómo eligieron la cocina, la cama?, ¿cuándo fue? ¿Pueden situar la fecha, la estación del año, hacía calor o era invierno? Sin embargo, ninguna de las mujeres pudo referir con claridad cuándo o cómo había ocurrido. Ninguna de ellas. Incluso una señora comentó:

Yo estuve en la sala D, después me pasaron a la G, estuve un tiempo en agudos, pasé de nuevo a la G, después me trajeron para acá.

En su enunciación aparece una continuidad de lugares en los que estuvo viviendo. Esa casa −que no está dentro del hospital, ni en las cercanías, sino que hay que caminar un rato largo− se sitúa como una sala más, como una continuidad del hospital. Esto nos pareció muy significativo, porque hay una continuidad espacial. Sin embargo, pese a esta continuidad, dentro de las cuestiones que más valoraban situaban el poder salir cuando quisieran. Así lo relataban:

Lo que más me gusta de estar viviendo en esta casa es que puedo salir todas las veces que quiero.

Es decir que, pese a situar la casa en una continuidad con las salas, hay una clara vivencia de libertad ambulatoria que en el hospital no tenían, incluso pese a ser un hospital de puertas abiertas.

El tercer hallazgo lo referimos como “Nuevos espacios, viejos problemas” y tiene que ver con que en esas casas hay algunas cuestiones de dinámicas, de lo cotidiano, que se reproducen de la misma manera que en una sala. Son cuatro personas que conviven bajo un mismo techo, pero donde es difícil ver la construcción de lo común, de la comunidad. Hay muchos rituales de las salas que se sostienen: guardar todo elemento personal bajo llave, la llave al cuello, aunque convivan con personas a quienes consideran amigas.

¿Se puede trabajar lo común, cuando los años de internación y el efecto de lo institucional manicomial generó un repliegue sobre sí mismas? ¿Es posible compartir algo más allá del techo, luego de muchos años de preservar unos pocos elementos personales como un acto de resguardo de lo propio? ¿Qué enmascara ese apego sino algo del orden del desamparo más absoluto? ¿Cómo entablar una charla, cuando lo que invadía las salas era un silencio ruidoso que determinaba un mayor aislamiento? Son algunas preguntas para las que no tenemos respuestas, pero sí creemos que enlazar con otros/as a través de la palabra es una habilidad que en el encierro puede perderse y no solo como consecuencia de un diagnóstico o de la medicación.

En las casas con mayor asistencia, observamos algunos rasgos que establecen una continuidad o, al menos, una semejanza con la vida en el hospital: la presencia de enfermería, el libro de enfermería, el pase de guardia, la administración de la medicación, la regulación de los tiempos, de los espacios y de ciertas rutinas.

La autonomía personal, la posibilidad de construir comunidad, de vincularse afectivamente, según vimos, tiene más que ver con habitar el manicomio el menor tiempo posible, que con un diagnóstico del campo de la salud mental.

El último punto que se denominó “La construcción de un familiar alternativo”. En nuestras conversaciones, pudimos notar la evocación por las familias de origen que, en muchos casos, implicaba a personas con quienes no mantenían contacto.

Tengo una hermana melliza que vive en un hogar en Capital, a ella le sacaron su hijo cuando nació; otro de mis hermanos se quedó en Romero, él se quedó ahí y yo estoy acá.

    

Tengo un nieto al que me gustaría ver, pero mi nuera no quiere, mi hijo está detenido.

   

Mi familia me trataba mal, pero me gustaría verlos, no los vi nunca más.

A raíz de sus dichos y de lo que fue compartido, se propone pensar en la reconstrucción de una dinámica familiar y de un vínculo familiar diferente, que no respondan a las lógicas de la familia de origen o la familia nuclear, sino basados en relaciones entre pares, de respeto y de igualdad. Se sugiere recrear una construcción familiar alternativa, diversa, sostenida en la convivencia entre quienes se definen como amigas. Esto se funda en que, para todas ellas, la evocación por lo familiar y por la familia fue una constante. Preguntadas sobre qué consejos les darían a otras mujeres que están por irse del Hospital, señalaron:

Que van a extrañar a la familia, que van a tener que acostumbrarse. Que se tienen que acostumbrar a la soledad.

El hecho de extrañar a la familia es un rasgo que se mantiene vigente más allá de estar o no en contacto. Los procesos de externación pueden abrir y recrear nuevas relaciones familiares, superadoras de una mirada hegemónica sobre la familia y que apuntalen los pasos hacia una experiencia de desinstitucionalización acompañada por otras personas.

El proceso de transformación manicomial que atraviesa la provincia de Buenos Aires es una oportunidad histórica para restituir el derecho de todas las personas a vivir en la comunidad. Escuchar a las personas en este proceso, conocer sus deseos, sus vivencias, el modo en el que se proyectan a esa transformación, es la condición necesaria para llevar adelante actos subjetivantes. Esperamos que estas reflexiones aporten algunas pistas para alcanzar ese inmenso objetivo.


  1. Creado el 9 de diciembre de 2020 por la Subsecretaría de Salud Mental, Consumos Problemáticos y Violencia de Género en el ámbito de salud. El Programa Buenos Aires Libre de Manicomios forma parte central de las políticas públicas de salud mental impulsadas por la provincia de Buenos Aires. El objetivo general de este programa es: “Contribuir al impulso, desarrollo e implementación de procesos de externación de base comunitaria que contemplen los obstáculos para su viabilidad y sustentabilidad destinados a todas las personas institucionalizadas en los hospitales neuropsiquiátricos, en el marco de una política pública de salud mental basada en la restitución de derechos en la provincia de Buenos Aires desde una mirada interdisciplinaria y un enfoque intersectorial”. Para mayor detalle ver: https://bit.ly/3A5u9Jq
  2. Informe CELS. 17/09/2023. “Reflexiones sobre la desinstitucionalización de mujeres del Hospital Dr. Alejandro Korn ‘Melchor Romero’. Aportes al proceso de transformación manicomial. Disponible en: https://bit.ly/3ADvYNU
  3. La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad fue aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidad en 13 de diciembre de 2006 y aprobada en Argentina por Ley 26378 (B.O. 9-6-2008) con jerarquía constitucional por Ley 27.044.


Deja un comentario