Sandor Márai y la autobiografía
Laura Horlent (UNTDF)
Hace unos pocos años, se publicaron, en el mercado editorial hispanoamericano, una serie de novelas de un escritor húngaro, virtualmente desconocido hasta ese momento. Las novelas tuvieron un enorme éxito, se reeditaron varias veces y algunas fueron adaptadas como piezas teatrales y representadas en distintas salas de Buenos Aires. Entre estas obras había dos autobiografías, de lectura tan apasionante como las novelas y con el interés agregado de corresponder a una “vida real”. El escritor era Sándor Márai y había nacido en el año 1900 en Kassa (hoy Košice, Eslovaquia), una ciudad perteneciente, por aquellos años, al imperio austrohúngaro. Durante los años 20, vivió en Alemania y Francia, dedicado al periodismo. Vuelto a Hungría, llegó a alcanzar, durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial, una gran popularidad como periodista y novelista. Con la ocupación soviética de Hungría, debió exiliarse y nunca regresó. Terminó sus días en 1989 en los Estados Unidos.
La primera de las autobiografías que escribió era relativamente temprana. Fue publicada cuando su autor tenía 34 años con el título de Confesiones de un burgués. Describía su infancia y su juventud hasta el momento en que volvió a Hungría y decidió convertirse en escritor. La segunda, en cambio, fue escrita mucho tiempo después, en el exilio, y se llamó ¡Tierra, tierra! Se concentraba en los acontecimientos ocurridos entre los años 44 y 48, es decir, el final de la Segunda Guerra Mundial, la instalación del régimen comunista y su salida definitiva de Hungría para ya no volver.
Quisiera valerme de estas autobiografías, especialmente de la primera que escribió, para explorar muy libremente algunas cuestiones alrededor de la relación entre sujeto e historia a partir del problema de la identidad. La pregunta es qué papel juega una autobiografía tan temprana para un escritor como Márai. ¿Por qué esa autobiografía le fue necesaria, si es que fue así, para tomar ciertas decisiones y establecer ciertas definiciones sobre sí mismo?
Partiré de la idea de que la autobiografía es una forma de comprensión del mundo y, especialmente, de la posición del sujeto en ese mundo. En el doble sentido de comprender el mundo a través de sí –es decir, de la propia experiencia– y de comprenderse a sí mismo a partir de las circunstancias que lo han constituido a uno. En este último sentido, la autobiografía puede ser entendida como una forma del acceso a sí mismo. Una manera de pensarse a sí mismo a través del examen de las circunstancias históricas y sociales con las que el sujeto se enfrenta.
Esta idea puede sustentarse en un planteo más general que han hecho algunos filósofos, como Paul Ricœur (1990) o Alasdair MacIntyre (1997), sobre la función de la narración en la constitución de la identidad del sujeto. Estos pensadores se enfrentaron al problema de la dimensión temporal en la definición de la identidad personal: ¿qué liga a las distintas personas que somos a lo largo de una vida? ¿Cómo se conectan los hechos que hemos protagonizado, los sentimientos que hemos tenido a lo largo del tiempo, los estados por los que hemos pasado? Ricœur propuso una distinción entre dos tipos de identidad apoyándose en la diferencia de sentido entre las palabras latinas ídem e ipse: la identidad ídem referiría a aquello que es igual a sí mismo, y la identidad ipse, a lo que es propio de uno, tal como aparece, por ejemplo, en el término de la lengua inglesa self. La primera de estas identidades no es apropiada para conceptualizar la identidad humana en cuanto no somos iguales en cada momento de nuestras vidas. En cambio, la segunda puede pensarse como una vía posible en cuanto no presupone la igualdad de sí mismo. Un elemento se revela como necesario para permitir la reunión de todo aquello que está disperso: el relato. Lo que posibilita juntar las diferentes situaciones que hemos vivido es una narración. Esa narración –esa historia– es la que otorga la conexión entre sucesos, estados y situaciones vividos a lo largo de una vida y que permite que la persona pueda pensarse como una unidad (Ricœur, 1990).
En su sentido más general, entonces, el relato es la forma mediante la cual se puede abordar el problema que plantea la dimensión temporal de la vida. Para abordar la historia de una vida, hay que contar una historia. La identidad se alcanza a través de la mediación de un relato o, dicho de otro modo, el yo se configura a través de una narración. La identidad de la persona está asegurada por la identidad del personaje de la historia narrada (MacIntyre, 1997).
El planteo precedente hace referencia a la función de la narración en general. Sin embargo, la autobiografía es un tipo especial de relato, es un relato literario. Ricœur le otorga a la literatura –a la ficción literaria– una función específica en el examen de sí mismo. Sostiene que
es en la ficción literaria donde la articulación entre la acción y su agente se deja aprehender mejor. La literatura se revela como un vasto laboratorio para experiencias de pensamiento en las que esta articulación es sometida a innumerables variaciones imaginativas (Ricœur, 1990: 188).
Las experiencias de pensamiento suscitadas por la ficción contribuyen al examen de sí mismo en la vida real. Es en ese sentido en que puede pensarse el ejercicio de escribir una autobiografía como una forma del acceso a sí mismo para un escritor. Una forma en la que el relato de sí se estabiliza en un relato literario y puede ser aprehendido y escrutado nuevamente.
Por su parte, la autobiografía, como género, es una forma de relato que aparece típicamente con la modernidad porque sintoniza con una concepción del sujeto como individuo autónomo y dotado de la capacidad de reflexión, que es uno de sus rasgos sobresalientes. Pero también se ha planteado que las autobiografías florecieron, dentro de la modernidad occidental, entre aquellas personas cuyas vidas se despliegan en situaciones sociales ambiguas, en condiciones de marginalidad o a caballo de dos mundos (las mujeres, los que dejan un tipo de sociedad para ingresar a otra, los “parias”, los colonizados, etc.). Para aquellos que no pueden definirse o encajar la propia experiencia en las formas típicas de la sociedad a la que pertenecen o a la que desean integrarse, escribir sobre sí mismos puede funcionar como una vía de análisis que incorpora las circunstancias y las relaciones en las que esa vida se desarrolla.
He presentado el texto de Márai como una autobiografía; sin embargo, la tercera edición de Confesiones de un burgués incluía una nota preliminar que declaraba que se trataba de la versión definitiva y que “los personajes de esta biografía novelada son figuras inventadas que solamente tienen vigencia y entidad en las páginas de este libro. Ni viven ni han vivido nunca en la realidad” (Márai, 2005: 7). Esta declaración respondía seguramente al hecho de que algunas personas mencionadas en el libro habían iniciado procesos judiciales por injurias. Pero, más allá de esta circunstancia, y según uno de sus biógrafos, Márai “cubrió con un velo muchas de las circunstancias de su vida que solo quiso mostrar ocasionalmente […] con ello […] ha dificultado conscientemente la labor de los biógrafos dejando pistas falsas…” (Zeltner, 2007: 13). El mismo biógrafo cita a un especialista en literatura que afirmaba que “la literatura húngara no posee ningún autor ‘que escriba de forma más autobiográfica’ que Sándor Márai”, pero que, “a pesar de ello, curiosamente no se [sabía] mucho de su vida” (Zeltner, 2007: 14). Volveré sobre esta relación difusa entre biografía y ficción en Márai.
Dejando de lado que la poca “fidelidad” a la realidad es lo propio de la memoria sin que necesariamente deba pensarse en una pura construcción ficcional, para el presente trabajo no es fundamental que se trate de una autobiografía “verdadera”. No interesan tanto los detalles “reales” de su vida como los problemas sobre los cuales se detuvo y lo que pensó alrededor de ellos. Aquí tomaré el relato como una autobiografía, pero, aun si lo considerara como una novela, sería posible avanzar en el sentido que pretendo. Eso es porque, tal como lo afirmaba Walter Benjamin en El narrador, “el ‘sentido de la vida’ es el centro alrededor del cual se mueve la novela” (Benjamin, 1991: 13). Sostenía que el sentido podía aparecer porque la novela tiene un punto final. Es el fin (al igual que sucede con la muerte) el que posibilita la aparición de ese sentido general y definitivo para una vida.
El crítico literario argentino Ricardo Piglia exponía la misma idea de la siguiente manera:
El eje sobre el que la novela ha funcionado siempre [es]: la cuestión del sentido. El héroe de la novela es siempre el que busca un sentido; en un punto, es siempre un intelectual […]. Puede ser el capitán Ahab en Moby Dick o el Erdosain de Arlt en Los siete locos, o quien sea, pero busca una suerte de verdad o de significación. Y siempre el sentido es una aspiración más que un dato. No es el sentido general de las cosas sino el de la vida propia. La novela trabaja esa cuestión y los personajes son los que han establecido la continuidad del género. El punto que aún sostiene al género como tal y lo va a sostener por mucho tiempo, más allá de la metamorfosis, es que la novela tiene un héroe. Luego hay muchas maneras de hacer novela (Piglia, en Garzón, 2008).
Este rasgo de girar alrededor del sentido de la vida es el que permitiría aplicarle al texto de Márai, tomado como novela, las mismas consideraciones que se le harán en cuanto autobiografía. Finalmente, se trata de una novela en la que el héroe es el propio escritor.
Sin embargo, y sin necesidad de pasar por la novela, también la autobiografía ha sido caracterizada como un género cuyo centro es la búsqueda del sentido. Georges Gusdorf señalaba que, “al dialogar consigo mismo, el escritor no busca decir la última palabra, la cual cerraría su vida; se esfuerza solamente por acercarse un poco más al sentido, siempre secreto e inalcanzable, de su propio destino” (Gusdorf, 1991: 17). Y sugería también otra característica muy interesante: “Toda obra es autobiográfica en la medida en que, al inscribirse en la vida, modifica la vida futura” (Gusdorf, 1991: 17). A partir de esta última idea que ensambla, en la autobiografía, el sentido de una vida, el pasado y el futuro, analizaremos algunos elementos de la obra de Márai.
El planteo inicial consiste, entonces, en sostener que Confesiones de un burgués ofició como una forma de reflexionar, evaluar y argumentar acerca de ciertas decisiones vitales que tomó Márai. En el final de esta autobiografía, decantan una serie de afirmaciones que constituyen otras tantas tomas de posición. La descripción de su ciudad, de su familia, de su clase, de su peregrinar juvenil y de todo lo que allí se relata desemboca en ciertas definiciones sobre sí mismo y sus adscripciones. Conducen a un retrato de sí, a darse una identidad que servirá para presentarse ante los demás.
El libro fue escrito en un momento de su vida en el que optó por abocarse a la literatura casi exclusivamente, dejando en segundo plano el periodismo, y en el que decidió también que escribiría en la lengua húngara. Sería un escritor húngaro. Dichas decisiones tienen como telón de fondo una serie de fuerzas históricas que constituyen una trama compleja y dramática que ya no permite deducir fácilmente ningún itinerario vital. Lo empujan a hacer explícitas, porque no son ni obvias ni seguras, ciertas tomas de posición tal como aparecen en la autobiografía. La necesidad de escribir una autobiografía a los 33 o 34 años debe ser entendida en correlato con la inestabilidad de su mundo, en lo que concierne a dos cuestiones principales. Por un lado, la fragilidad de los “valores de la burguesía”, tal como se refería Márai a cierto clima cultural, en los años 30 en Europa, y, por otro, la posición de Hungría –mejor dicho, la posición de la lengua y la cultura húngaras– dentro de la cultura europea. Esta situación está vinculada al problema de la pertenencia e identificación con la comunidad húngara.
Respecto a la primera cuestión, lo primero que hay que señalar es el nombre que eligió para su relato: Confesiones de un burgués. Asumirse como burgués tiene, en su caso, la connotación de ser una afirmación positiva que apunta a la adhesión a los valores de esta clase. Se trata de una declaración de pertenencia a una clase social que no es, sin embargo, una adhesión ingenua puesto que conviven en las páginas de la autobiografía descripciones muy crudas de algunas de sus facetas junto a otras en que aparecen sus mejores aspectos. Sobre la situación de las criadas de las casas burguesas, por citar un ejemplo, señalaba Márai que “a la criada incapacitada y envejecida la despedían y punto, sin explicación alguna, solo porque ‘se habían hartado de ella’” (Márai, 2005: 57). Tampoco las internaban en los hospitales cuando estaban enfermas “porque, probablemente, eran sitios demasiado elegantes para ellas” (Márai, 2005: 61). Estas y otras descripciones, descarnadas algunas, sutiles e incisivas otras, recorren toda la obra.
La imagen más positiva de la burguesía húngara aparece, a lo largo de su autobiografía, siempre ligada a su familia y a su ciudad natal. De esta señalaba:
En los salones de la calle Fo, la calle principal de mi ciudad –una ciudad donde se hablaban varios idiomas, pero donde la cultura era totalmente húngara–, se discutía más de literatura que en la propia capital. […]. Las librerías se convertían en verdaderos casinos literarios en la hora en que los señores regresaban a sus casas desde sus oficinas; entraban y se sentaban en cómodos sillones para echar un vistazo a las novedades. […]. Puedo decir sin exagerar que la burguesía de fin de siglo de nuestra provincia necesitaba los libros como el pan de cada día (Márai, 2005: 49-50).
En el retrato de su padre, que había sido un abogado importante y respetado y cuya biblioteca era “imponente”, se condensan especialmente los mejores rasgos atribuidos a esa clase:
[Mi padre] estuvo consciente hasta el último momento; media hora antes de su muerte mandó llamar al médico del hospital y le dijo en tono cortés: ‘He dispuesto lo necesario para que ustedes cobren sus honorarios’. Murió como un gran señor que no puede retirarse de la vida dejando deudas, lo organizó todo escrupulosamente para dar a cada uno lo que le correspondía; todos recibimos de él una última sonrisa, un último apretón de manos (Márai, 2005: 466).
[…] Conocía el gran secreto de la cortesía. A veces pienso que es lo máximo que un ser humano puede brindar a otro. […]. Sabía que los seres humanos solo debemos relacionarnos con tacto y discreción, y que había que aceptar y olvidar los secretos de los demás (Márai, 2005: 468-469).
En su figura parece encarnarse lo que Márai considera más valorable del estilo de vida de la burguesía: una disposición que se hacía manifiesta en la cortesía en el trato con los demás, fueran extraños o familiares; una forma educada –es decir, razonada y meditada– de ser bondadoso (“Porque, si no, la bondad resulta insoportable”) y el interés constante y genuino por la literatura, el pensamiento y la vida espiritual.
Esos valores, que él condensaba en la palabra “civilización”, son aquellos cuya retirada constata en los años en los que escribe. Mencionaba con molestia la presencia de elementos propios de la cultura de masas, como el gusto por los récords. Pero era, indudablemente, el avance del nazismo en Alemania lo que constituía el centro de sus preocupaciones. Le dedicó al tema varios de sus artículos periodísticos: veía allí como avanzaba una constelación de ideas muy alejadas de lo mejor de la tradición liberal burguesa que él apreciaba. Había asistido como periodista, en 1933, al discurso de Hitler en el Palacio de los Deportes en Berlín, y esa experiencia le había hecho sentir la magnitud de la amenaza que se cernía sobre Europa. Por otro lado, estaba casado con una mujer de origen judío y podía percibir de qué manera dramática se extendía el antisemitismo también a Hungría. En las últimas páginas del libro, un tono desesperanzado y pesimista da cuenta del avance de la barbarie, el miedo y la amenaza de guerra: “Los ideales en los que yo había aprendido a creer terminan en el basurero como desechos y trastos inútiles, y el terror instintivo del rebaño planea por encima de los vastos terrenos de la civilización” (Márai, 2005: 472). Es esa percepción, la que está detrás de la defensa de unos valores que veía amenazados. “Quiero dar fe de una época en la que vivía una generación que deseaba celebrar el triunfo de la razón por encima de los instintos y que creía en la fuerza y la resistencia de la inteligencia y el espíritu” (Márai, 2005: 473).
Más allá de las descripciones lúcidas y matizadas de la burguesía que conocía, lo que revela el sentido problemático de su afirmación de pertenencia a esa clase es el derrotero de su vida tal como aparece en la autobiografía, que estuvo signado en parte por su rechazo a los lugares o papeles previstos para él. El primer episodio de esta serie ocurrió a los 14 años, cuando se escapó de su casa y caminó sin rumbo durante horas. Márai interpreta esta huida como el inicio de un proceso de rebeldía que habría de continuar bajo distintas formas. Liga la huida de su familia a la incomodidad y ansiedad que experimenta en su grupo de pertenencia más amplio, esto es, en su clase social.
[…] soy un burgués tanto por mis ideas como por mi manera de vivir y mi actitud interior, pero no me siento bien en compañía de burgueses: vivo en una especie de anarquía que considero inmoral y me cuesta mucho soportarlo (Márai, 2005: 191).
Después de ese episodio, sería internado en un establecimiento educativo en la ciudad de Pest y ya no volvería a vivir en la casa familiar. Más adelante, también abandonaría Hungría para ir a estudiar a Alemania. Su padre pretendía que estudiara leyes y siguiera la tradición familiar, pero Márai deambuló por varias universidades y se inclinó por estudios de periodismo, que tampoco concluyó.
El triple rechazo a la convivencia con la familia, a la ciudad burguesa que admiraba y al lugar que su familia y su clase tenían previsto para él –convertirse en abogado y continuar la tradición familia– revelan lo poco lineal que resulta su declaración de pertenencia a la burguesía.
Otra manifestación de la medida en que pertenecer a la burguesía –o tal vez a cualquier clase social– es para Márai una cuestión central aparece reflejada en varias de sus novelas. Mientras que la admiración por la burguesía es explícita y manifiesta en muchos pasajes de su autobiografía, en las novelas subyace el costado oscuro de esa pertenencia. Varias de ellas tratan de la dificultad, e incluso de la imposibilidad, de comprenderse entre distintas clases sociales. Es el caso de las novelas La mujer justa, El último encuentro o Divorcio en Buda. Allí parece concebir a la burguesía como una forma de experiencia, una cultura en el sentido antropológico del término, que provee al individuo de un universo de sentidos y concepciones que hacen imposible la comunicación con otros. Una forma cultural forzada, en la vida social, a trabar relaciones con grupos no burgueses (campesinos, obreros, nobles, etc.) sin lograr que dicha relación deje de ser la de tribus extrañas. Se conectan así autobiografía y novelas, ambas poniendo en primer plano o como telón de fondo la cuestión de la clase social. En Confesiones…, aquella imposibilidad de traspasar o de eludir la pertenencia a la clase aparece en un comentario general que alude vagamente a sus propios padres:
La mayoría de los matrimonios son mésalliances. Los esposos ignoran qué es lo que acaba separándolos, situándolos en dos bandos enfrentados… […] se odian porque uno de los dos ha recibido una educación más refinada que el otro, porque coge el tenedor con más gracia que el otro […]. Cuando la relación sentimental se vuelve menos intensa, se desata la lucha de clases entre las dos partes (Márai, 2005: 79).
La distancia puede traducirse también en interés y misterio, como en la descripción de los vecinos proletarios que vivían al lado de la casa “de propiedad” burguesa y elegante que sus padres habían logrado adquirir: “Consideraba que debía ser ‘solidario’ con mi familia, de modo que no podía establecer contacto con aquella ‘gentuza’… Sin embargo me seducía su visible felicidad en medio del ‘pecado’” (Márai, 2005: 222).
El segundo nudo de definiciones se podría enunciar, en principio, como el de la identidad nacional, es decir, el que involucra su sentido de pertenencia a la comunidad húngara. Mencionaremos en primer término que Márai había nacido en una ciudad que con la disolución del imperio austrohúngaro terminó perteneciendo a Eslovaquia. Mientras Márai se encontraba en Alemania, la ciudad de su infancia pasó a pertenecer no solo a otro país, sino a un país de otra lengua. Pero había sido siempre, de todas formas, una ciudad en la que se hablaban otras lenguas, y el mismo Márai había aprendido allí el alemán. Debe mencionarse aquí el detalle de la peculiaridad de la lengua húngara, que no tiene parentesco con las otras lenguas europeas vecinas excepto con el finés.
Es así que la problematización de la cuestión de la pertenencia a una comunidad se expresaría, años más tarde, en términos de la lengua: “Un escritor no tiene más patria que la lengua materna” (Márai, 2005: 421). Esa centralidad otorgada al idioma aparece en muchos pasajes del libro. Al hablar de la relación con una mujer alemana, afirmaba: “No creo que el amor sea una especie de esperanto que haga desaparecer la barrera de los idiomas. […]. Uno siempre sueña en su lengua materna sobre la persona amada” (Marai, 2005: 243).
La convicción que expresaba debe contraponerse con el hecho de que hablaba correctamente el alemán y el francés y que se inició como periodista en un prestigioso periódico de Frankfurt. Durante varios años, ejerció el oficio de periodista en lengua alemana y lo hizo con solvencia y reconocimiento. Había iniciado correspondencia con Thomas Mann, a quien admiraba y declaraba: “Goethe me acompaña por mi vida y marca cada etapa de mi desarrollo…” (Márai, 2005: 271).
La lengua aparece, entonces, como una especie de condensación de una cultura y una comunidad. La complejidad de su decisión resulta, nuevamente, de la admiración de Márai por los segmentos más prestigiosos de esa cultura europea y burguesa, es decir, los de Francia y Alemania. Además de en Alemania, también había vivido durante seis años en París en contacto con las vanguardias intelectuales y estéticas. Llegar a la convicción de que su única razón de ser como escritor radicaba en su relación con la comunidad húngara, una lengua más aislada, más provinciana, en relación con las principales lenguas europeas, se hizo contra el telón de fondo de esa admiración por las otras.
Otra disyuntiva se dibuja en su relato y tiene que ver con la opción entre su oficio de periodista y el deseo de expresar “algo”, una verdad más profunda, más alejada de lo contingente. La decisión de dejar de lado el periodismo y convertirse en escritor se va recorriendo en su texto a través de la exposición de todas las dudas que aparecen alrededor de la naturaleza de ese “algo” que debe expresar y que es una materia difusa.
Más bien creía que, entre tantos escritos superfluos cuya autoría solo era capaz de asumir con remordimientos, escritos ocasionales y sin embargo inevitables, un día tendría la ocasión de decir, en una frase o un párrafo, lo que nadie podía decir por mí (Márai, 2005: 464).
Hacia el final del libro, parecen cerrarse varias líneas. El último episodio relatado es la muerte del padre, en cuya figura él resume el conjunto de valores de la burguesía europea. La muerte le produce una sensación de tener “que asumir un cargo”, al mismo tiempo que siente la imposibilidad de asumir esa herencia burguesa en medio de una Europa que ya no alberga esos valores. El episodio, de todas formas, parece habilitarlo para sentar una serie de posiciones que cobran sentido en el marco del inestable panorama de los años de entreguerra. Convertirse en adulto. Declararse burgués. Definirse escritor. Optar por la lengua húngara. Esos puntos aparecen en el final del libro y son la conclusión de las líneas que se han ido desarrollando, de sus itinerarios vitales tal como los concibe en la autobiografía. La autobiografía cumple la función de permitir estas declaraciones y otorgarle inteligibilidad a las posiciones asumidas. Posiciones que, como hemos visto, no decantaban naturalmente: tanto la clase de pertenencia como el escribir en húngaro habían sido rechazados o ignorados, y quizá fue necesario el poder narrar las idas y venidas, las dudas y los rechazos de valores que, en conjunción con las circunstancias históricas, cambiaban alternativamente de sentido, para poder pronunciar y afirmar las adhesiones que realizaba al final.
Sintomáticamente, la segunda autobiografía, escrita unos 20 años después de los sucesos que relata, se ocupa de los últimos momentos de la ocupación nazi, de la liberación por parte de los soviéticos y de la instalación de un régimen comunista en Hungría. Márai no quiso convertirse en un escritor sujeto al régimen soviético y marchó al exilio. Su salida de Hungría es el punto final de la autobiografía. Es el preciso momento en que todas las decisiones y tomas de posición que había expuesto en su primera autobiografía dejan de tener sentido. Fuera de Hungría, las distintas opciones vitales por las que se había pronunciado pierden toda pertinencia. Aunque más adelante mantuvo la posición de seguir escribiendo en húngaro, perdía, al irse, la comunidad de lectores. Como si hubiera sido necesaria otra autobiografía para poder enterrar, quizá, la identidad burguesa y húngara que, trabajosamente, había postulado para su vida.
Bibliografía
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Ricœur, P. (1990). Soi-même comme un autre, París, Ed. du Seuil.
Zeltner, E. (2007). Sandor Márai. Una vida en imágenes, Valencia, PUV.







