Dilemas en torno a las palabras dichas,
omitidas y publicadas
Gabriela Novaro, María Florencia Maggi y Brígida Baeza
En este texto proponemos reflexionar sobre los contextos de producción de los testimonios que relevamos en nuestros trabajos. Estas reflexiones se sustentan en investigaciones desarrolladas en tres localidades de Argentina: Escobar (Buenos Aires), Comodoro Rivadavia (Chubut) y la ciudad de Córdoba. En ellas reconstruimos experiencias formativas y procesos de identificación étnica y nacional de jóvenes migrantes y descendientes de migrantes bolivianos. En las tres localidades, sostenemos trabajos de campo en los que combinamos abordajes etnográficos, reconstrucciones biográficas y actividades colaborativas. En Escobar el trabajo se sostiene desde el 2010 en espacios familiares, comunitarios y escolares que transitan jóvenes de familias procedentes de localidades andinas de Bolivia. En Comodoro Rivadavia son más de dos décadas en que se abordan cuestiones vinculadas a los procesos identitarios y las memorias en distintos colectivos migrantes; en los últimos años, el trabajo se ha focalizado en la transmisión generacional especialmente con jóvenes de la comunidad boliviana. En la ciudad de Córdoba, la investigación se desarrolla desde 2012 sobre procesos identitarios de migrantes de origen boliviano y, en los últimos años con mayor hincapié, en las experiencias escolares y de movilidad de los y las jóvenes. Las reflexiones de esta presentación se focalizan en el modo en que los distintos espacios de investigación condicionan lo dicho y lo omitido por parte de los y las jóvenes. En particular nos interesa reflexionar sobre cómo los espacios familiares, comunitarios, escolares y de socialización entre pares condicionan a los jóvenes acerca de qué decir y qué callar.
Los contextos de producción de los testimonios han sido poco abordados en las reflexiones metodológicas. Uno de los aportes al método biográfico fue inaugurado por Pujadas (1992), pero el acento aún estaba puesto en el contenido brindado en contextos de entrevista. Recientemente, el foco de las reflexiones se ubica en la incidencia de la presencia de quien realiza la entrevista y el reconocimiento del juego intersubjetivo que se genera en la producción del relato (Sanz Hernández, 2005). En esta línea se inscribe nuestro trabajo, considerando que en antropología la reflexividad ha sido intrínseca al método etnográfico (Rockwell, 1987; Guber, 2004, 2018). Desde este enfoque la coconstrucción de narrativas entre entrevistados/as y etnógrafos/as adquiere relevancia (Patiño-Santos, 2020).
Enfocarnos en la producción de testimonios interpela directamente nuestras investigaciones, realizadas tanto en escuelas como en familias, organizaciones de migrantes y espacios de socialización entre pares. Al reconstruir los relatos de los y las jóvenes, fueron evidentes ciertos aspectos que ponen el énfasis en sus narrativas, así como otros que minimizan u omiten por completo. No solo lo que dicen, sino también lo que callan, debe ser analizado en su contexto de enunciación.
Anticipamos que el hecho de acceder a los y las jóvenes en las escuelas (un modo muy frecuente de entablar los vínculos originales con ellos/as) sin duda tiñe las interacciones y nos desafía a buscar un modo de ir más allá de la forma instituida de las relaciones escolares para habilitar otro tipo de interacción. También debemos considerar que lo que los y las jóvenes nos dicen o no en la escuela sucede en un espacio que continúa atravesado por la alternancia que muchas veces el sistema educativo les impone entre invisibilizar sus referencias o dar testimonio de su pertenencia a “la cultura boliviana”.
Los espacios familiares y comunitarios, si bien pueden presentarse más lejanos a la formalidad y el protocolo que caracteriza las escuelas, no dejan de estar atravesados por normativas y pautas de interacción más o menos explícitas. Los relatos de sí que en estos espacios construyen los y las jóvenes también aparecen atravesados por mandatos adultos que esperan que “sigan siendo” parte del colectivo migrante, o que se desmarquen de él. Por otro lado, también en estos espacios resulta complejo, en el acceso a la voz de los y las jóvenes, corrernos de la identificación que posiblemente hagan de las y los investigadores con el mundo adulto.
Los espacios de sociabilidad entre pares (en este texto nos centramos en aquellos vinculados a prácticas expresivas y en particular en los grupos de danza) suelen ser propicios para que los y las jóvenes expresen la opción por referenciarse en distintas adscripciones. Estos, sin embargo, se nos presentan como más complicados para acceder. Las diferencias generacionales con las investigadoras sin duda inciden en las posibilidades de acercamiento, habilitando o no el acceso a ensayos, prácticas deportivas, festividades, encuentros y salidas, etc. No obstante, en el proceso de construcción de empatía y confianza entre los grupos de jóvenes y las investigadoras, intervienen otros condicionantes, pero también recursos que habilitan las posibilidades de encuentro y diálogo.
En escuelas, en familias, en organizaciones comunitarias, en la calle y con el grupo de pares, la opción de qué decir y qué callar habla, a veces de modo más directo y otras más sutil, de los complejos procesos de identificación de estos/as jóvenes.
Este trabajo busca profundizar en estos dilemas y desplegarlos en los tres ámbitos de formación y socialización que investigamos: escuelas, organizaciones y grupos de pares (especialmente las fraternidades de baile). Para ello, integramos referencias de las tres localidades donde trabajamos, conscientes de que lo que ocurre en estos espacios no agota la diversidad de experiencias de formación e identificación de los y las jóvenes en los distintos contextos en los que construimos nuestras etnografías.
Relevar la experiencia juvenil migrante en contextos escolares
Una primera cuestión se vincula con la relevancia que nuestros trabajos otorgan a los testimonios juveniles en instituciones escolares. Muchas de las investigaciones que indagan diversos aspectos de los tránsitos educativos de las juventudes (y de las infancias) recurren, sobre todo, a voces adultas que minimizan los sentidos y las perspectivas juveniles. En nuestro caso, nos interesa ver cómo ciertos relatos que los y las jóvenes enuncian en los distintos contextos dialogan con los discursos y las imágenes producidos por otros actores de su entorno, no solo escolar, sino también de las familias y organizaciones, así como de grupos de pares. En este sentido, las escuelas pueden ser un buen espacio donde reconstruir una perspectiva disonante a la que se produce al interior de las familias migrantes (y no migrantes, también). A lo largo de nuestros trabajos de campo en instituciones escolares, hemos entablado diálogos muy ricos con jóvenes sobre temas tan diversos como su punto de vista sobre la migración, las exigencias familiares con relación al rendimiento escolar, los sentidos de los viajes a Bolivia, la colaboración en las tareas domésticas, entre otros tantos temas donde expresan posiciones que difieren de las de sus madres y padres (Novaro, 2022a; Maggi y Hendel, 2022).
Sin embargo, el trabajo centrado en instituciones educativas no deja de tener ciertos límites para la reconstrucción de testimonios juveniles, comenzando con las dificultades burocráticas que se presentan para cualquier investigación que requiera contacto con los y las jóvenes. También ameritan una reflexión las lógicas instituidas en los espacios escolares y cuánto margen dan para proponer dinámicas disruptivas de la relación establecida entre los y las jóvenes y los y las docentes y equipos directivos. En varias ocasiones del trabajo de campo, nos vimos interpeladas como “seños” o “profes”, o incluso consultadas para mediar en conflictos entre estudiantes o colaborar en las tareas de aula. La presencia sostenida en estos espacios aclarando nuestra condición de “investigadoras” o de “gente de la universidad” –es decir, el “estar ahí” propio de los trabajos etnográficos– contribuye, pero no siempre basta[1].
Por otra parte, así como habilitan ciertos relatos, los contextos escolares en Argentina con frecuencia dificultan algunas referencias en relación con la cuestión migratoria y las identificaciones nacionales. Las banderas argentinas en todos los rincones institucionales y el calendario de actos escolares para rememorar fechas patrióticas dan muestra de cómo el proyecto de nacionalización continúa operando en las instituciones como muestra sedimentada del rol histórico de las escuelas en los proyectos de formación nacional (Novaro, 2016). Sin embargo, como también sostiene esta autora, esas maneras sedimentadas del proyecto escolar conviven con el mandato de reconocimiento de la diversidad como un componente de lo nacional argentino. Esto adquiere mayor complejidad dado que la especificidad del tema migrante se invisibiliza muchas veces a partir del supuesto de que ignorar o silenciar el origen nacional genera las condiciones para no diferenciar, para igualar (Diez, Novaro y Martínez, 2017; Martínez y Diez, 2019). Así, en las imágenes y los relatos escolares, nos encontramos una suerte de tránsito pendular entre la invisibilización de lo diverso, lo migrante y lo boliviano en el cotidiano escolar y la hipervisibilización en actos o eventos específicos (por ejemplo, el 12 de octubre)[2]. En estos últimos, se demanda a jóvenes con familias migrantes una demostración activa de adscripción, que parece desconocer el señalamiento y las vivencias de discriminación que suele acarrear en la misma escuela, por ejemplo, ser identificado como boliviano (Novaro, 2016; Kleidermacher et al., 2020; Taruselli, 2020; Maggi y Hendel, 2022).
Con el fin de no acentuar con nuestras propias investigaciones las dinámicas de marcación o hipervisibilización que acontecen en estos espacios, recurrimos a determinadas estrategias tanto al seleccionar las instancias de observación y entrevistas, como a la hora de dialogar con los y las jóvenes de familias migrantes. Por ejemplo, muchas veces evitamos plantear el interés principal por la cuestión migratoria en la presentación (sobre todo con jóvenes en entrevistas grupales), participamos de espacios heterogéneos y entrevistamos a los diversos actores que componen el universo escolar, permitiendo además a nuestros interlocutores explayarse en entrevistas no direccionadas[3]. En ocasiones, la información de estos espacios aparentemente más corridos de nuestros ejes de interés nos sorprende y resulta sumamente elocuente para avanzar en la investigación. En otras, la información no parece inmediatamente vinculada a los proyectos. En cualquier caso, se trata de un camino más largo, pero cuidadoso, que elegimos transitar.
En particular, al conversar con jóvenes de familias migrantes que reconocemos como tales por el acceso a los registros escolares, o por el señalamiento de otros actores, indagamos en temáticas generales vinculadas a sus trayectorias escolares, sus opiniones sobre la escuela, la relación con sus compañeros/as, las relaciones entre pares, las opiniones de sus familias sobre la escuela; estos temas suelen ser terreno fértil para que introduzcan cuestiones vinculadas a las trayectorias migratorias propias o familiares o sobre experiencias de discriminación, aunque no hayamos manifestado nuestro interés por ello de antemano. Advertimos que no son pocos los casos en los que los y las jóvenes evitan hacer referencia a su origen migrante y a experiencias de señalamiento que pudieran haber transitado en las escuelas, silencios que constituyen datos muy significativos. En otros trabajos, hemos analizado cómo algunas de estas situaciones operan como estrategias para desmarcarse de lo migrante o lo boliviano, sobre todo entre jóvenes que en los espacios escolares han conformado grupos de amistades con compañeros/as argentinos/as (Maggi, 2025). En entrevistas grupales, nos hemos encontrado con que estos espacios les permiten incluso explicitar y disputar sentidos instalados. Este es el caso de una joven descendiente de bolivianos, que explícitamente demandaba ser reconocida por su lugar de nacimiento (Argentina) durante una conversación en la escuela junto a una compañera nacida en Perú y otra en Paraguay. Sus palabras, “Yo acá no soy boliviana… Soy argentina”, seguidas de un detallado relato de la trayectoria migratoria de su familia que distinguía el lugar de nacimiento de cada uno de sus tres hermanos, permiten comenzar a comprender las diversas dinámicas que operan en los procesos de identificación (Maggi, 2024). Retomamos esto aquí para poner el acento en el carácter situacional: ¿con “acá” se refiere a Córdoba?, ¿a Argentina?, ¿a la escuela?, ¿se piensa en algún lugar-momento como boliviana?
También nos encontramos en las escuelas a jóvenes de los años superiores “referentes” o “representantes” de la “comunidad boliviana”, así identificados por otros actores escolares, que participan de grupos de danza o música y que son convocados, principalmente, para el acto del Día del Respeto a la Diversidad Cultural, como comentábamos antes. Acercarse a los testimonios de estos jóvenes que hablan del disfrute de representar a Bolivia nos permite mostrar una amplia diversidad de relatos sobre los procesos de identificación.
En estas reflexiones no buscamos disipar tensiones en torno a lo identitario, sino más bien expresar y reflexionar respecto a que nuestros puntos de partida teóricos y metodológicos implican no dar por sentada la adscripción o pertenencia a un colectivo y, menos aún, legitimar las clasificaciones construidas por los datos escolares, los registros de nacimiento o el simple prejuicio de docentes y compañeros cuando precisamente lo que buscamos indagar es cómo acontecen esos procesos de identificación de los y las jóvenes en estos contextos.
Organizaciones comunitarias: mandatos adultos y experiencias de los y las jóvenes
El trabajo en espacios comunitarios nos plantea una primera pregunta desde el interés por poner en relación nuestras investigaciones: ¿en qué medida lo que registramos en cada localidad resulta generalizable o significativo para caracterizar lo que sucede en las otras? Para vincular este interrogante más claramente con el propósito de este trabajo: ¿la forma en que las y los jóvenes son interpelados y lo que expresan en sus testimonios en un determinado espacio organizativo es replicable en otros? Podemos suponer que los contextos escolares guardan cierta similitud general, considerando los mandatos desde los que se definieron, la uniformidad de su estructura organizativa, las características de los actores que los transitan, las normas explícitas sobre roles y relaciones. En ese sentido, no dudamos que lo que registramos en unas escuelas, sea en Córdoba, Comodoro Rivadavia o Buenos Aires, resulta sugerente para pensar en otras en cuanto todas son instituciones estatales reguladas por dispositivos nacionales (aunque también provinciales y municipales). Nos preguntamos si las posibilidades de generalización se sostienen cuando hablamos de organizaciones de migrantes cuya historia y dispositivos de funcionamiento plantean, desde su origen, una mayor autonomía (siempre relativa) de las intervenciones y los dispositivos estatales y, posiblemente, más margen de variabilidad en muchos sentidos. La pregunta planteada no implica renunciar a encontrar recurrencias en muchos aspectos, también en el modo en que en los espacios comunitarios de distintas localidades las y los adultos interpelan a las y los jóvenes y estos/as se posicionan y hablan de sí mismos/as.
Ciertamente los mandatos adultos hacia las jóvenes generaciones tienen distintas expresiones en las localidades donde trabajamos, y esto varía también de acuerdo al tipo de organización.
Algunos trabajos han distinguido (desde nuestro punto de vista en términos muchas veces polares) entre aquellas instituciones de migrantes en Argentina sostenidas en vínculos de solidaridad de clase y las que se definen a partir de lealtades étnicas y nacionales (Cantor, 2013). Otros han profundizado en la articulación entre procesos de reconocimiento étnico y dinámicas políticas en ciertos colectivos migrantes (Caggiano, 2014), o en la presencia en las organizaciones de la dinámica asociativa de los territorios de origen (Prieto, 2010). Algunos especialistas se han detenido en organizaciones ligadas a la producción y comercialización en los mismos territorios que investigamos (Escobar y Córdoba), en avances que nos resulta interesante considerar (Benencia y Quaranta, 2006; Pizarro, 2009). El trabajo de Gavazzo resulta también un antecedente a tener en cuenta, sobre todo por su atención a las dinámicas de género y generación que cruzan las asociaciones de migrantes (Gavazzo, 2019).
A los fines de este texto, resulta sugerente pensar cómo las particularidades locales atraviesan la forma y los objetivos de las organizaciones y, sobre todo, de qué modo las diversas situaciones condicionan lo que los y las jóvenes dicen acerca de la trayectoria de su familia y de sus mismas experiencias y proyectos. Los y las jóvenes explicitan en estos espacios una variedad de posiciones. Para comprenderlas, es necesario considerar, además de la dimensión local y las particularidades de las organizaciones, la historia familiar y, por supuesto, la singularidad de cada trayectoria de vida. También, es necesario atender a cómo nos posicionamos en estos espacios comunitarios y con quién/es nos identifican los y las jóvenes: más o menos vinculadas a sus padres, a distintos referentes y líneas políticas, a las escuelas de cada localidad, etc.
En Escobar advertimos la fuerza del proyecto de seguir siendo bolivianos con que las y los adultos interpelan a las y los jóvenes, cuestión que hemos analizado en distintos textos (Novaro, 2022a; Novaro, 2022b). Esto se comprende en un territorio donde la población migrante procede, en un alto porcentaje, de una misma zona de Bolivia y donde seguir vinculado a ese país resulta, para muchos, una garantía de mejores condiciones de vida y reconocimiento público. Las posibilidades de trabajo y sociabilidad son sostenidas desde hace décadas por la organización de migrantes local: la Colectividad Boliviana de Escobar (CBE). Junto con eso, también registramos la recurrencia de mandatos adultos hacia los y las jóvenes asociados al éxito social y la permanencia en Argentina, que adquieren sentido considerando que la CBE es, básicamente, una organización que nuclea familias vinculadas a la producción y comercialización de productos hortícolas y textiles. En este contexto nos han interesado especialmente los relatos biográficos de algunas jóvenes (todas de familias vinculadas a la Colectividad Boliviana de Escobar). En sus narraciones afirman “no querer olvidar”, “no dejar atrás”, “no perder las tradiciones”, “saber de dónde venimos, de dónde ellos [en referencia a sus padres] vienen”. En general, continúan vinculadas a espacios comunicacionales y festivos de las organizaciones, valoran los dispositivos de socialización barrial y comunitaria en su infancia, siguen integrando la colectividad y están atentas a la situación de sus familias, pero se distancian de los estereotipos de sexo y género de sus antecesores/as, buscan múltiples inserciones laborales (en muchos casos fuera de la CBE) y reflexionan sobre la diferencia entre sus vidas, trayectorias educativas, trabajos, vínculos afectivos y posibilidades futuras y la de sus madres y sobre todo de sus abuelas.
En Comodoro Rivadavia actualmente existen tres organizaciones que convocan a familias bolivianas. El Centro de Residentes de Bolivia, que desarrolla tareas vinculadas al asociacionismo desde hace más de tres décadas y está vinculado a la Federación de Comunidades Extranjeras de la ciudad. La Colectividad Boliviana Tinkunaku, que sostiene trabajo territorial en los barrios de mayor concentración de la migración proveniente de Bolivia, en el sur de la ciudad. Una tercera, cuya creación fue impulsada por jóvenes y donde estos/as tienen un protagonismo especial, es la Unión de Fraternidades Folclóricas y Culturales de Comodoro Rivadavia. Registramos en estas organizaciones relatos de las y los adultos que sostienen la necesidad de transmisión de la memoria del sacrificio de los primeros tiempos en la ciudad, lo entienden como una forma de valorar el esfuerzo realizado por las y los mayores para dar mejores condiciones de vida a sus hijos/as. La posición de estos/as últimos/as, sobre todo en los eventos festivos, será analizada con más detenimiento en el siguiente punto.
En la ciudad de Córdoba, es importante destacar, en contraste con Escobar, que, tal como en Comodoro Rivadavia, la mayoría de las organizaciones no se vinculan directamente con actividades productivas. A pesar del amplio abanico de organizaciones, las principales actividades que suelen compartir son el asesoramiento sobre documentación y reglamentación, la intermediación con organismos estatales, tanto de Bolivia como locales, así como la canalización de reclamos ligados a las situaciones de discriminación que afrontan las y los migrantes (Ortiz, 2013); encontramos también, en diferentes barrios, agrupaciones que se van consolidando en torno a prácticas deportivas y culturales (festejo de carnavales, procesión de la Virgen de Urkupiña, por ejemplo). En estos espacios, en procesos que guardan similitud con lo que ocurre en otras localidades, las y los referentes procuran sumar a las nuevas generaciones en aras de garantizar la continuidad de la adscripción y para que “conozcan lo nuestro”. En la liga deportiva boliviana de un barrio periférico de la ciudad, por ejemplo, la participación de las y los jóvenes (sobre todo mujeres) desde el punto de vista de sus familias se relaciona con que son los lugares seguros a los que tienen “permiso” para transitar. Las jóvenes, en cambio, dicen ir “por amor al fútbol”, “para estar entre amigos”, “buscar pareja”.
Para cerrar este punto, y retomar la preocupación por la forma en que somos vistas como investigadoras en cada uno de los espacios, podemos afirmar que, así como el trabajo en las escuelas requiere atender hasta dónde somos atravesadas por la lógica de la institución, lo mismo es aplicable cuando investigamos en espacios comunitarios. Estos, obviamente, no son ajenos a la lógica formal, los estereotipos sobre nuestro lugar y nuestros roles, con quienes se nos asocia y de quienes nos distanciamos. En los espacios comunitarios, somos muchas cosas, pero, sobre todo, mujeres adultas, de la universidad, de clase media. Somos además argentinas, de familias no bolivianas; los y las jóvenes también nos saben vinculadas a las organizaciones y al mundo adulto, lo que sin duda condiciona qué y cómo hablar y callar. Es importante reflexionar sobre nuestra propia cercanía y distancia con referentes o autoridades que expresan públicamente distintas expectativas hacia las y los descendientes y la forma en que eso es conocido e impacta en nuestros vínculos con las y los jóvenes. Esto aplica también para los vínculos que establecemos con las y los jóvenes en espacios familiares. Nos vienen a la memoria numerosas escenas donde los padres y las madres nos habilitan hablar con sus hijos/as, pero están presentes durante toda la charla, asintiendo o completando respuestas a preguntas hechas a las y los jóvenes; se trata de situaciones que, contra toda nuestra intención de recuperar las voces jóvenes, posiblemente den más información sobre las relaciones familiares y la expectativa de las y los adultos que sobre las experiencias, los sentidos y los proyectos de sus hijos/as.
Los grupos de danzas como espacios de sociabilidad entre jóvenes
La recuperación de testimonios en distintas actividades vinculadas a espacios expresivos de socialización entre pares, tales como los grupos de música, de danzas o fraternidades, nos desafía a estar presentes en festividades familiares o de carácter público. Las y los jóvenes tienen un lugar destacado en las actividades mencionadas, pasan gran parte de su tiempo ensayando, practicando y presentándose en eventos especiales donde muestran sus logros. Las danzas ofrecen un campo con una agenda vertiginosa que nos conduce a asistir en un inicio a las celebraciones donde se realizan las presentaciones, tales como carnavales, celebración del Día de la Independencia del Estado Plurinacional de Bolivia, eventos en torno a la Virgen de Copacabana, la Virgen de Urkupiña y las celebraciones de santos que los distintos grupos –de acuerdo al lugar de proveniencia de Bolivia– llevan adelante en las ciudades donde realizamos nuestras investigaciones. Las celebraciones generan un despliegue de color, música, alegría, intercambios, pero por sobre todo demostraciones de esfuerzo corporal producto de los denodados ensayos que las y los jóvenes realizan durante el año.
Sin duda, nuestra presencia en las festividades resulta clave porque nos permite observar a los grupos de danzas, acercarnos a las y los referentes de las fraternidades, habilita la posibilidad de obtener contactos. Estos necesariamente deben tener continuidad en entrevistas biográficas que permitan entender los procesos por los cuales estas y estos jóvenes fueron construyendo sus habilidades. Resulta también importante el fortalecimiento de los vínculos con las familias, dar continuidad a nuestra presencia en distintos eventos y construir cierta empatía necesaria para generar confianza.
Las entrevistas en profundidad en estos espacios tienen la particularidad de estar acompañadas por situaciones donde las y los sujetos comparten con nosotras fotografías, trajes, instrumentos. El valor de los testimonios radica con frecuencia en los modos en que las y los jóvenes relatan los obstáculos para desarrollar su pasión por el baile, en muchas ocasiones por los costos de los trajes o las distancias para el acceso, como ocurre, por ejemplo, con quienes residen en la Patagonia.
Si bien las variaciones regionales confirman o matizan nociones uniformizadoras acerca de la inclusión en los grupos de danza, distintos testimonios fundamentan la idea de que las y los jóvenes parecen encontrar en ellos no solo un espacio de socialización entre pares, sino también la posibilidad de forjar otros modos de autorreconocerse como parte de la comunidad de migrantes que las y los va diferenciando del mandato familiar. Resulta necesario considerar el valor que adquieren estos espacios no solo desde la preocupación por la socialización con el grupo etario de pertenencia, sino también teniendo en cuenta el modo en que la pertenencia a determinados grupos fortalece lazos identitarios y otorga mayor seguridad a las y los jóvenes en instituciones y lugares donde transitan cotidianamente. Estos espacios de sociabilidad pueden convertirse, en palabras de Gavazzo, en un
refugio, un lugar seguro en donde sentirse ‘entre iguales’ y en donde el estigma es solo una broma entre amigos. Tal vez la devoción pasa a un segundo plano frente a las posibilidades de socializar con otros jóvenes que pasan por experiencias similares (2019, p. 46).
En nuestros registros también observamos de qué modo las prácticas expresivas y sociorrecreativas reflejan disputas de género, tal como la presencia de las machas[4] en el baile de caporales, donde las jóvenes se incluyen en una danza en principio reservada a los varones.
En definitiva, estos espacios resultan sumamente propicios para el trabajo de campo por mostrar una construcción de lazos y redes que, aunque recuperan el mandato familiar, al mismo tiempo permiten que se muestren las diferenciaciones con el mundo adulto. En ensayos y presentaciones, es posible observar el modo en que, si bien en general las prácticas de las y los jóvenes se encuentran territorializadas, al mismo tiempo se sostienen desde anclajes de carácter virtual y asociadas a intercambios en muchos casos desterritorializados. Esto nos posiciona frente a un nuevo desafío, vinculado a incursionar en un tipo de comunicación más asociado a las redes, dispositivo muy diferente a las entrevistas y observaciones a las que estamos acostumbradas en investigaciones donde sus madres o padres son protagonistas.
Sostener la investigación en ensayos y presentaciones de los grupos de danzas en festividades reconocidas dentro del calendario ritual de los grupos migrantes de Bolivia nos tensiona por dos motivos. Por un lado, porque los padres y las madres nos observan como interlocutoras a quienes pueden confiar sus deseos en torno a los proyectos que tienen para sus hijos/as, y, por otro lado, como escuchas de opiniones e ideas de los jóvenes que no siempre concuerdan con las de sus padres. El caso de Paola[5] es ilustrativo en este sentido. Su madre, proveniente de La Paz, manifiesta estar feliz porque su hija baila en dos grupos de danzas y sostiene que, si bien Paola nació en Argentina, las danzas le permiten ingresar a una formación que asegura la filiación con su lugar de origen. La madre proyecta en las danzas una razón por la cual su hija podría vivir en Bolivia. Ante esto Paola responde: “Soy argentina, no voy a ir a vivir a Bolivia” (Paola, comunicación personal, 20 de agosto de 2023). Esta misma joven en la escuela sabe que es tildada como “boliviana de m…”[6], pero despliega en distintos momentos determinadas muestras de bolivianidad, tal como presentar los trajes representativos de su familia paceña o bailar tinkus en algún acto escolar. El caso de Paola resulta representativo de los distintos posicionamientos que las y los jóvenes van adquiriendo de acuerdo al contexto donde se requiere su intervención.
En las prácticas culturales, las y los jóvenes pueden así compartir en alguna medida las expectativas de las personas adultas de que sus hijos/as “sigan siendo bolivianos” (Novaro, 2020), pero también las resignifican y complementan con otros componentes visibles en las redes, el contacto con otros jóvenes urbanos, etc.
Escuelas, organizaciones y fraternidades como espacios de reconstrucción de testimonios juveniles. Dilemas metodológicos y éticos para un cierre
Las y los jóvenes migrantes y descendientes son interpelados/as por sus pares, las organizaciones y las escuelas desde mandatos muchas veces en tensión. Van participando simultáneamente en diversas experiencias y asumiendo múltiples posiciones visibilizando, omitiendo o potenciando las múltiples referencias que las y los atraviesan.
Lo señalado en la reconstrucción de los tres ámbitos muestra el desafío metodológico que implica un proceso de reflexividad constante y la búsqueda de estrategias y recursos creativos que permitan el registro y análisis de las omisiones, los decires y los silencios, de aspectos recurrentes y también de manifestaciones excepcionales, junto con la atención a la dinámica y el cambio que caracteriza los posicionamientos de los y las jóvenes.
Los testimonios muestran a estos/as jóvenes atravesados no solo por las líneas que recortan nuestros proyectos (en este caso focalizados en los procesos de formación e identificación étnica y nacional), sino por infinidad de perspectivas y mandatos. A lo largo de nuestro trabajo de campo, hemos registrado las tensiones y dificultades que afrontan los y las jóvenes con relación al modo en que son interpelados/as y las expectativas que se generan en torno a ellos/as en las instituciones escolares y comunitarias. Sin embargo, en determinados espacios de prácticas (como las fraternidades), es la “condición juvenil” la que por momentos se impone en la construcción de los lazos. En estos espacios, el manejo de redes sociales, las modificaciones de las prácticas tradicionales, la inclusión de otros géneros musicales y de asignación de roles refieren a dinámicas propias y contextuales. En los espacios organizativos comunitarios (sobre todo en aquellas instituciones de base familiar), hemos registrado que las diferencias con respecto a las y los adultos se vinculan al distanciamiento frente a determinados mandatos asociados, entre otros, a las asignaciones de género: las jóvenes van construyendo formas de entender el lugar de las mujeres al interior de la propia comunidad de modo diferente a sus madres y, en no pocas ocasiones, reflexionan explícitamente sobre esta diferencia.
Entonces, el desafío metodológico que implica el trabajo con jóvenes migrantes o descendientes de migrantes nos advierte acerca de poder pensar, por un lado, en la dinámica propia de un grupo etario que se caracteriza por su constante reacomodamiento y, por otro lado, en el modo en que operan los contextos en los cuales desarrollan sus proyectos las familias migrantes y los/as mismos/as jóvenes, y que nos obliga a reparar en la diversidad de “modos de ser joven” descendiente de bolivianos/as en las tres localidades donde desarrollamos las investigaciones.
En la escritura de sus historias, nosotras también orientamos la selección de aspectos de su biografía de acuerdo a nuestras preguntas de investigación y decidimos hacer públicos u omitir ciertos pasajes, orientadas no solo por aspectos teóricos. Nos atraviesan también dilemas éticos acerca de qué vivencias, anécdotas y sentimientos hacer públicos y cuáles no, en cuanto exponen a las y los sujetos con los que trabajamos, más aún cuando nuestros trabajos se realizan en ciertos contextos institucionales y en muchos casos con menores. No dejamos de preguntarnos quién lee o escucha nuestras intervenciones sobre lo que las y los jóvenes nos dicen y qué efectos tendrá esto en sus trayectorias.
Si pensamos, por ejemplo, en el impacto que la lectura de nuestras investigaciones puede tener en contextos escolares, debemos considerar que la presencia de población migrante en las escuelas continúa interpelando los mandatos nacionalistas de las instituciones, y que para no pocos docentes las y los estudiantes de familias migrantes siguen teniendo que demostrar que “merecen” transitar la escuela argentina. El alcance de lo que publicamos y los usos de la información que producimos también debe ser atendida en los espacios comunitarios y de socialización entre pares. Contra todo presupuesto de que se trata de instancias uniformes, armónicas y cohesionadas, sus tensiones y conflictos internos (entre otros en clave generacional) también nos advierten sobre la necesidad de cuidar lo que optamos por visibilizar y por callar.
Referencias bibliográficas
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- Estrategias aplicadas en la interacción como “prestarse para el chiste” o comentar cuestiones personales ayudan a romper con las asimetrías generacionales y aquellas asociadas al vínculo pedagógico. Además, suelen propiciar relaciones de mayor confianza necesarias para adentrarnos en temas sensibles.↵
- Día del Respeto a la Diversidad Cultural.↵
- Este tipo de decisiones sobre cómo justificar nuestra presencia en las escuelas y presentar el motivo de las investigaciones nos plantea tensiones respecto de lo que evitamos enunciar frente a determinados actores. Mientras que a las autoridades escolares les solemos presentar un resumen del proyecto con objetivos claros y precisos, por las exigencias propias del ingreso al campo, en los pedidos de autorización para entrevistas puntuales a tutores y en las conversaciones previas a entrevistas con los y las jóvenes, las referencias de la investigación son –como comentábamos– más generales.↵
- Las machas o machitas son mujeres que representan a los capataces de la danza de Caporales. A diferencia de las mujeres que acompañan a los hombres de la danza, que destacan su sensualidad asociada a estereotipos femeninos, las machas ponen acento en el vigor, la destreza y las habilidades que implican los saltos y movimientos de los capataces.↵
- Se trata de un nombre ficticio con el fin de garantizar el anonimato y la confidencialidad de la entrevistada.↵
- “… de mierda”.↵






