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Jerarquías y emociones en la investigación
con referentes migrantes

María José Magliano y María Fernanda Stang

En este capítulo nos ocupamos de algunas dimensiones ético-metodológicas del trabajo de campo con referentes migrantes con base en investigaciones cualitativas realizadas en Córdoba (Argentina), Antofagasta y Santiago (Chile). En este sentido, analizamos la tensión entre jerarquía y horizontalidad en el trabajo de campo con referentes, y las emociones puestas en juego en las investigaciones en las que nos involucramos, en un marco general que promueve los procesos de coconstrucción del conocimiento.

El punto de encuentro analítico de estos estudios realizados en escenarios diversos es el de las luchas migrantes en contextos urbanos. Desde la perspectiva de la autonomía de las migraciones, esta noción alude a niveles de organización diferentes y alcances bastante distintos, que van desde

more or less organized struggles in which migrants openly challenge, defeat, escape or trouble the dominant politics of mobility (including border control, detention, and deportation), or the regime of labour, or the space of citizenship [luchas más o menos organizadas en las que los migrantes desafían, derrotan, evaden o alteran abiertamente la política dominante de movilidad (incluido el control de fronteras, la detención y la deportación), el régimen laboral o el espacio de la ciudadanía] (De Genova, Mezzadra y Pickles, 2014, p. 26),

hasta estrategias diarias, rechazos y resistencias mediante los cuales las personas migrantes representan su presencia impugnada, incluso si no se expresan como luchas políticas que exigen algo en particular. Este alero temático en el que confluyen nuestras reflexiones dibuja contornos específicos a estas inquietudes, visibilizando con mucha claridad la dimensión política de la construcción del conocimiento.

El capítulo se organiza en dos grandes apartados: en el primero abordamos las jerarquías y asimetrías que intervienen en investigaciones protagonizadas por referentes migrantes, y los resguardos ético-metodológicos que ello demanda; en el segundo reflexionamos sobre la interacción entre la implicación emocional en el proceso investigativo y las decisiones teóricas y analíticas que se toman.

La dicotomía jerarquía/horizontalidad en el trabajo de campo

El tipo de vínculos que establecemos con nuestros interlocutores e interlocutoras en terreno resulta un aspecto clave de las investigaciones cualitativas. En especial, la tensión que suele existir entre las jerarquías que emergen y se reproducen durante el trabajo de campo y las apuestas por la coconstrucción del conocimiento, supuesto fundamental de las metodologías horizontales (Corona Berkin y Kaltmeier, 2022). En este apartado, nos interesa poner en discusión las estrategias y decisiones, muchas veces azarosas y contingentes, que están detrás de los mecanismos de producción de los datos que nutren los estudios académicos (Gorbach y Rufer, 2016) y que se vinculan con estas jerarquías.

En las distintas investigaciones en las que intervenimos, la construcción del conocimiento con otros/as ha sido una motivación ineludible a la hora de hacer trabajo de campo. Como proponen Cornejo y Rufer (2020, p. 7), la horizontalidad en metodología condensa una necesidad: la de igualar los términos del diálogo entre investigadores/as e investigados/as. En palabras de los autores, el desafío pasa por procurar “la igualdad discursiva y la autonomía de la propia mirada de los participantes” (Cornejo y Rufer, 2020, p. 9), lo que no implica negar o invisibilizar las asimetrías presentes en el campo que surgen desde el momento mismo del encuentro con “el otro/a” (Capogrossi y Magliano, 2024, p. 24).

Desde nuestra perspectiva, y tal como señala Vasilachis de Gialdino (2007, p. 9), la forma en la que el investigador −o investigadora− define su posición en la sociedad se articula con la actitud que asume en el proceso de conocimiento. Ese proceso adquiere ciertas particularidades y matices cuando las investigaciones cualitativas se apoyan en referentes o líderes migrantes, en cuanto se torna relevante dar cuenta de las jerarquías que existen entre ese “otro” investigado y la comunidad por la que suele hablar o a la cual procura representar.

En este sentido, nos preguntamos cómo hacer investigación con referentes migrantes. ¿Cómo capturar en ese acto las asimetrías que existen al interior de las comunidades migrantes?, ¿qué tan representativas son esas voces?, ¿qué recaudos hay que tomar cuando se hace trabajo de campo con personas acostumbradas a ser entrevistadas? En un intento por despejar estos interrogantes, proponemos reflexionar sobre un conjunto de resguardos ético-metodológicos vinculados con las jerarquías y asimetrías que se ponen en juego en las investigaciones cuyos protagonistas son referentes migrantes.

Un primer resguardo parte de reconocer que los y las referentes migrantes son figuras públicas dentro de su comunidad y que, a través del nexo con distintos actores sociales y políticos, intentan sostener y consolidar su rol tanto hacia adentro como hacia afuera. A su vez, son personas politizadas que cuentan con una cierta expertise en el involucramiento en investigaciones desarrolladas desde el ámbito de la academia (han sido entrevistados/as en diversos momentos y poseen un discurso más o menos estable construido incluso a partir de los intercambios con la academia). En las entrevistas, los y las referentes, además de recurrir a su propia experiencia, “hablan” de y por otros/as. Ya sea si son referentes barriales, sindicales, de una organización de migrantes o social, suelen reconstruir en sus relatos visiones colectivas respecto de las problemáticas que afectan a la población migrante y a su sector. Además, no necesariamente comparten las mismas trayectorias migratorias, familiares, educativas y laborales del colectivo que lideran.

De alguna manera, para estos/as referentes/as, las investigaciones que realizamos en terreno pueden llegar a funcionar como una forma de validación y legitimar su rol en un determinado espacio o comunidad. En ese recorrido, su participación en estudios académicos suele ser concebida como una “ventaja”. A modo de ejemplo, en una de las investigaciones desarrolladas con mujeres migrantes referentes barriales y sindicales en la ciudad de Córdoba (Argentina), habíamos decidido anonimizar a las personas que eran nombradas en el trabajo para preservar su identidad. Sin embargo, una de nuestras interlocutoras aspiraba a que su voz sea “reconocida” en las páginas que escribíamos. Es más, los distintos textos que fuimos produciendo, en los cuales se recuperaba su voz y su experiencia, funcionaron como una “carta de presentación” para ella. Reiteradamente nos pidió copias de los textos que habíamos escrito para compartirlos con conocidos/as. El resultado de esas investigaciones colaboró para que alcanzara una mayor visibilidad dentro y fuera de su comunidad.

Ahora bien, esto no es algo que sea generalizable; por el contrario, depende en buena medida del escenario sociohistórico en el que las investigaciones se desenvuelven. En períodos donde el discurso público y político frente a las migraciones se torna más criminalizante y restrictivo, las estrategias de los/as referentes varían, así como los cuidados que toman a la hora de aceptar una entrevista o qué decir en ellas.

En el proceso de producción de datos, uno de los malestares recurrentes en nuestras prácticas de investigación, focalizadas en las poblaciones migrantes que mayoritariamente se concentran en sectores sociales vulnerabilizados, gira en torno al sesgo extractivista de la indagación cualitativa. Ese malestar, siempre latente, revela una suerte de relación unidireccional que muchas veces se construye en el campo entre investigador/a y sujeto investigado (Capogrossi y Magliano, 2024). Al hacer trabajo de campo con referentes, que “hablan” por la comunidad que dicen representar, el sesgo extractivista posee otras dimensiones, en especial porque es preciso considerar en estos casos los “usos” mutuos del encuentro que se produce en el campo. Como anticipamos, los/as referentes migrantes tienden a mostrar predisposición para intervenir en las investigaciones a las que son convocados/as. En ocasiones, actúan como puerta de entrada y como nexo con la comunidad (por ejemplo, gestionan contactos con otras personas migrantes con las que interactúan cotidianamente y actúan como mediadores). Esa “facilidad” de acceso hace que su voz aparezca en numerosas investigaciones (y se vaya retroalimentando de ellas).

Este reconocimiento plantea un segundo resguardo que refiere, precisamente, a las particularidades que implica el trabajo de campo con referentes en relación con la información que ofrecen. Tal como señalan distintos análisis (Pozzi, 2016; Rho, 2023), estas investigaciones presentan complejidades y desafíos en cuanto se trata de personas que suelen estar habituadas a dar entrevistas y, en ese marco, tienden a reproducir un relato estructurado que es necesario atender y desarmar. Esto obliga a mantener una actitud reflexiva y crítica a quien investiga y una vigilancia epistemológica indispensable para la producción de conocimiento históricamente situado. Asimismo, esta consideración –la necesidad de desarmar un relato que se torna estable y repetitivo– es clave para evitar cierta reiteración de resultados cuando diversas indagaciones sobre migraciones reparan en las voces de las mismas personas. De modo que un ejercicio crítico ineludible es no tomar la palabra de referentes como dada, a la vez que reflexionar sobre quién habla y desde qué lugar lo hace para eludir, así, los testimonios “fijos” y “prefabricados”.

Al mismo tiempo, supone un cuestionamiento a cualquier expresión analítica que romantice los procesos que estudiamos, a determinados sujetos, sus prácticas y sus discursos. Particularmente, la romantización −o la ausencia de una mirada crítica− surge con mayor frecuencia a la hora de divulgar los resultados de las investigaciones: la disyuntiva respecto a qué decir o revelar como una forma de “preservar” a aquellas personas que manifestaron interés por participar en nuestros estudios y de ocultar los conflictos que atraviesan y moldean los procesos sociales en los que intervienen. Bajo esta premisa, hay un aspecto recurrente al momento de sistematizar la información que se recaba en el campo: con qué criterios seleccionamos lo que difundimos y lo que descartamos.

Un gesto de esa protección radica en documentar las prácticas de referentes migrantes –y no solo de ellos/as– casi con exclusividad desde la resistencia y la agencia. Desde el ámbito académico, retomando las palabras de Loïc Wacquant, se suele “caer en el ‘romance de la resistencia’ desde abajo porque satisface la identificación mistificada con los desvalidos” (Wacquant y Vandebroeck, 2023, p. 20). A partir de esa identificación, se construyen relatos donde el conflicto, las tensiones y las contradicciones son invisibilizadas por el afán de “proteger solidariamente” a nuestros interlocutores. Algo que los/as referentes también suelen reproducir en sus testimonios con miras a ocultar las disputas y presentar una imagen uniforme y exenta de conflicto del colectivo que representan.

En pos de evitar una mirada “condescendiente” (Sennett, 2003) frente a procesos que son complejos, se torna indispensable volver a poner en el centro de la reflexión ético-metodológica las asimetrías presentes en el campo, los “usos” compartidos que se desprenden del desarrollo de las investigaciones, las tensiones y los conflictos que surgen en el terreno a la hora de compartir los hallazgos y los acuerdos colectivos y consensuados a los que deberíamos llegar en lo referido a qué mostrar y qué obturar (no decir) en relación con lo que vemos y registramos. Vinculado con esto, surge otra cuestión que nos interesa reponer, aquella vinculada con las emociones presentes en los procesos investigativos, cuestión que abordamos en el próximo apartado.

La implicación emocional y sus derivas analíticas

En esta segunda parte, nos planteamos algunas inquietudes epistemológicas en torno a la implicación emocional en el proceso social que investigamos y, a la vez, en el propio proceso investigativo. La propuesta es adentrarnos en estas capas de emocionalidad traslapadas para reflexionar, a partir de una experiencia concreta de investigación sobre luchas migrantes (De Genova, Mezzadra y Pickles, 2014; Varela Huerta, 2015), acerca de sus interacciones con el marco teórico desde el cual se construye de forma iterativa el “objeto” de estudio y sus derivas analíticas.

Si bien las emociones y los sentimientos se fueron incorporando a las ciencias sociales como categorías de análisis sociohistóricas a lo largo de todo el siglo xx (Bolaños, 2016), los trabajos relacionados con la sociología de las emociones tuvieron un florecimiento en el último cuarto del siglo xx, y en las primeras décadas del siglo actual han experimentado un crecimiento “dramático” (Schrock y Knop, 2014). En ese marco, dicen Jasper y Owens (2014), se han redescubierto las emociones en las protestas, y en la política en general, cambiando la forma de entender los movimientos sociales a partir de una mayor atención a los elementos micro que a factores históricos y estructurales. Sin embargo, advierten los autores:

It remains to work out just how feeling processes are part of but also interact with thinking processes, and how both of these penetrate the big structures with which this field is familiar [Queda por determinar cómo los procesos de sentimiento son parte de los procesos de pensamiento y también interactúan con ellos, y cómo ambos penetran las grandes estructuras con las que este campo está familiarizado] (Jasper y Owens, 2014, p. 545).

Si bien el señalamiento refiere a la interacción de la dimensión emocional con la cognitiva en la implicación en la acción colectiva misma −es decir, la primera capa de la emocionalidad a la que aludimos al comienzo del apartado−, es posible hacer extensiva la inquietud a la interacción de lo emocional con lo cognitivo en el propio proceso de investigación de esa acción colectiva, sobre todo cuando quien investiga se objetualiza −en el sentido de hacerse momentáneamente parte del “objeto”− en esa práctica investigativa.

En esa línea, poco a poco ha crecido el convencimiento respecto de la necesidad de incorporar la dimensión emocional de los procesos investigativos en las discusiones metodológicas (Flores Martos, 2010), también respecto de la relevancia de las emociones para lograr una comprensión profunda de los contextos y procesos que estudiamos (Hernández e Ibarra, 2023). En cambio, las reflexiones sistemáticas sobre la incidencia de las emociones en la elaboración progresiva de un marco teórico, en los procesos interpretativos que son parte de las investigaciones, y en las construcciones conceptuales a partir de esas interpretaciones, no son instancias usuales en nuestro trabajo.

Por ese camino pretendemos adentrarnos aquí, a partir de situaciones vividas en el desarrollo de un estudio que buscaba explorar qué especificidades le imprimen la condición y experiencia migratoria al proceso por el cual las tácticas de sobrevivencia que se despliegan en situaciones de precariedad se transforman en estrategias de lucha colectiva. El diseño metodológico contemplaba el trabajo con personas migrantes precarizadas, organizadas y no organizadas −en referencia a la participación en organizaciones sociales−, en comunas del norte y centro de Chile.

Una parte del período en que se desarrolló esta investigación coincidió con el “estallido social” chileno, ocurrido en el último trimestre de 2019, una masiva y multiforme emergencia de protestas sociales en las que confluyeron y se ensamblaron diversas banderas de lucha, todas con un trasfondo común: la desigualdad como principal materialización del régimen económico, sociocultural y político neoliberal imperante en Chile desde la sangrienta dictadura cívico-militar comandada por el general Pinochet (Ibáñez y Stang, 2021).

En medio −y a pesar− de una violenta represión policial como respuesta, hubo en este acontecimiento una suerte de catarsis colectiva que se manifestó en viejas y nuevas formas de expresión de malestar, y también en una alegría compartida por la emoción de constatar en las calles un sentir común, aunque ese sentir fuera el hartazgo por las desigualdades arrastradas durante décadas.

Para ilustrar la intensidad de la energía emocional[1] que atravesó la presencia en el campo en ese lapso, es necesario enumerar algunas situaciones de las que se participó en esas semanas: la funa[2] de un funcionario municipal que no quería recibir a las integrantes (nacionales y migrantes) de un comité de vivienda, en pleno centro de Santiago, enfrentando un resguardo policial; cortes intempestivos de calles; cabildos y asambleas en espacios públicos; ollas comunes; y la coorganización de conversatorios, entre otras actividades. A la par, y fuera del marco del proyecto, también se participó en las marchas y protestas de esos días, de modo muy intenso. Es decir, junto con parte de los/as migrantes organizados/as con los/as que se estaba trabajando (aquellos/as que apoyaban las demandas del movimiento), se experimentó esa conexión afectiva que constituye la base de la movilización política implicada en una acción colectiva (Melucci y Massolo, 1991; Mouffe, 2023), esa que permitió la construcción de un nosotros circunstancial o, a decir de Rancière (2006), la construcción de un sí-con-otros en la demanda por un menoscabo a la igualdad. Se trataba, como dijimos, de migrantes precarizados, que por lo mismo conectaron con la indignación por la injusticia que actuaba como un potente catalizador de estas protestas (Gutiérrez Vidrio, 2016), y que hicieron suyo el agravio que generaban todas estas formas de expresión, ese agravio que constituye una de las principales fuentes de las emociones que están en la base del activismo político (Jasper y Owens, 2014). Vivenciamos también esa euforia por la excepcionalidad de un acontecimiento que, al menos en esos momentos, desafiaba una economía afectiva (Ahmed, 2015) hegemónica gestada en el marco de esta formación social capitalista neoliberal, regida por una lógica individualista, competitiva, meritocrática y de autorrealización (Illouz, 2007).

El traslape de estas capas de emocionalidad, por momentos, llegaba a ser tan abigarrado, que se confundía. Por una parte, las emociones como motores fundamentales de estas acciones colectivas, dando contorno al objeto (los procesos de politización). Por la otra, las emociones que circulaban en las interacciones afectivas que nos relacionaban con las personas con las que estábamos trabajando. Desde inquietudes epistemológicas y teóricas, nos preguntamos entonces cómo interactuaron estas capas de emocionalidad con el marco teórico desde el que se estaba pensando/construyendo el proceso social investigado, y con las interpretaciones construidas en esa interacción.

En la construcción iterativa del objeto de esta investigación, poco a poco el interés central en ese tránsito desde tácticas de sobrevivencia a estrategias de lucha se trasladó principalmente a los procesos de politización, o subjetivación política, de algunos/as dirigentes/referentes, que los acontecimientos que estábamos viviendo amplificaban como una lupa. Se observaban, en estos territorios movilizados en los que estábamos trabajando, situaciones a las que pusimos un nombre descriptivo: “experiencias reticulares de solidaridad” (Stang, 2021). Sosteníamos que esas experiencias podían pensarse como prácticas micropolíticas de la vida cotidiana que habilitaban procesos de subjetivación que, en cierto modo, eran disruptivos y resistentes a las lógicas del capitalismo neoliberal. El sujeto hegemónico de estas lógicas es el homo œconomicus (Foucault, 2008), un sujeto más próximo a las estrategias individuales y competitivas que a las colectivas y de apoyo mutuo, a las de la solidaridad, que era un enunciado muy denso en el discurso de estos/as actores/as con los/as que se estaba investigando, y en la propia narrativa del estallido. Veíamos en estas experiencias aquello que Mezzadra y Neilson (2016) advierten cuando sostienen que

[l]a lucha […] se refiere no sólo a los movimientos y a las acciones políticas organizadas, sino también a las prácticas y comportamientos sociales que pueden ser precondiciones fundamentales para estos movimientos y estas acciones, pero que son frecuentemente asignadas a la esfera de lo pre-político (2016, p. 398).

Trabajamos también en torno a la idea de que, en estas experiencias organizativas que en algunos casos derivaban en procesos de politización, se producía una transformación desde abajo de la ciudadanía: en las acciones y luchas en que se implicaban estos/as migrantes con sus organizaciones, demandando derechos a un Estado que no los/as reconoce como ciudadanos/as de jure; en sus prácticas en ese marco, entendíamos que se iba horadando de manera silenciosa, y a largo plazo, ese constructo de la ciudadanía. Lo pensábamos analizando el corpus a partir de una observación que realiza Mezzadra respecto de “la temporalidad de las prácticas materiales que crean las condiciones para que sea posible la insurgencia a través de procesos de confrontación y solidaridad” (2012, p. 177). Una temporalidad extensa, de prácticas que se van sedimentando en su repetición, y que ofrecen, dice el autor, “la posibilidad de construir coaliciones heterogéneas y bases comunes para que se produzca un encuentro entre los migrantes y otros sujetos en conflicto” (Mezzadra, 2012, p. 177).

Esto nos llevó entonces al componente conceptual central para la construcción del objeto de la investigación y para la interpretación de la información, la idea de luchas migrantes –definida al inicio del capítulo–. La inquietud epistemológica era entonces si esta categoría de luchas migrantes, que abarca un rango de prácticas tan amplio y dispar, al ser puesta a operar en este contexto político y social (en el que estábamos emocionalmente implicadas), condujo en algunas de estas interpretaciones a reificar como experiencias de resistencia lo que quizás eran herramientas para subsistir en la precariedad. O, para retomar los términos del apartado previo, a romantizar esas experiencias, poniendo énfasis en la dimensión agencial.

No ponemos en dudas los procesos que estas herramientas conceptuales permitieron describir (y construir describiendo); en efecto, el análisis del corpus permite sostener el vínculo entre estas experiencias, procesos de politización y vivencias prácticas que desdibujan los contornos de lo que entendemos acotadamente por ciudadanía. La inquietud reside más bien en las expectativas respecto de las potencialidades de transformación social de estos cambios; expectativas que se generaron en el encuentro de esta implicación con la energía emocional del estallido y estos componentes de un marco teórico; expectativas que ahora, vistas con la distancia de otro estado emocional (el de la decepción y la desilusión), pueden resultar exageradas, por ejemplo, a la luz de una economía del control migratorio criminalizadora y expulsora como la que se ha estado configurando en Chile estos últimos años, o del clima social de intensa xenofobia y racismo que la ha acompañado.

Tampoco se pretende adjudicar al marco teórico (y político) la responsabilidad del trabajo interpretativo; el propio Mezzadra (2012) se preocupa de aclarar que el enfoque de la autonomía de las migraciones en ningún caso propone pensar a los migrantes como una especie de “vanguardia” o como “sujetos revolucionarios”, y que además se necesita entender estos procesos en el marco más amplio de la relación entre regímenes migratorios y luchas por el movimiento. Por lo tanto, parece válida la inquietud por la incidencia de la implicación emocional en los alcances analíticos sobre estos procesos de los que estábamos siendo parte; no necesariamente respecto de la dimensión descriptiva, pero sí, probablemente, desde una dimensión teórica proyectiva[3].

Epílogo: por la construcción de relaciones honestas en la investigación

En este capítulo analizamos dos dimensiones relevantes que emergen del trabajo de campo con referentes migrantes en el marco de investigaciones cualitativas: las jerarquías que se reproducen en el terreno y las derivas analíticas de las implicaciones emocionales que surgen en estos procesos investigativos. Frente a estas dimensiones, y como cierre, nos interesa subrayar que una mirada crítica sobre estos aspectos de la investigación cualitativa no supone, como respuesta, ir detrás de la búsqueda de vínculos neutrales en el campo, ni de crear una “distancia” entre quien investiga y quien es investigado para poder generar así conocimiento “científico” y evitar cualquier tipo de involucramiento personal. No es esa la propuesta que convalidamos. Por el contrario, se trata de considerar y analizar la palabra de los referentes migrantes de manera situada en tiempo y espacio. La apuesta es entablar relaciones honestas y recíprocas que no oculten ni minimicen las relaciones de poder, la emocionalidad que se juega en esas relaciones y las tensiones y contradicciones que tiene una práctica de investigación cuya razón de ser está dada en el encuentro con personas que comparten con nosotras una parte de su historia, de su vida (Capogrossi y Magliano, 2024), de su visión particular del mundo, y de sus emociones.

Referencias bibliográficas

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  1. Esta idea refiere a “la dimensión colectiva de la emotividad”, la energía que se genera en las interacciones y las transforma en estados de ánimo, vínculos afectivos y emociones morales (Poma y Gravante, 2014).
  2. Entendida como “acto público de repudio contra el actuar de una persona o grupo que ha cometido un acto que se considera ilegal o injusto” (Schmeisser, 2019, p. 6).
  3. Como nos observó nuestro colega Amit Voscoboinik en la lectura de una versión preliminar de este escrito, no puede desconocerse la incidencia de la presión que ejerce un sistema académico regido por la vertiginosidad del paper en la posibilidad de leudar el trabajo interpretativo a la luz del paso del tiempo.


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