La agroecología como discusión de las relaciones sociales de producción
Sergio Caggiano
La primera impresión y la pregunta
Durante 2019, en momentos en que hacíamos nuestro trabajo de campo, la imagen de inicio del sitio web de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) mostraba sobre la izquierda la figura de una mujer con la gorra de la organización y un gran atado de acelga a la altura de su torso. A la izquierda, saliendo de cuadro, una parte del cuerpo de un hombre exhibía un manojo de remolachas. Hacia la derecha, por duplicación de un fragmento de la imagen, una plantación de brócolis cubría las dos terceras partes restantes de la pantalla (imagen 1). Si bien los brócolis, expuestos al sol en una plantación “a campo”, mostraban inevitablemente los bordes de algunas hojas levemente amarillentos, resaltaba el buen estado de las remolachas y de la acelga, de un verde brillante y parejo. En cambio, en las visitas a las quintas hortícolas, era común que lxs quinterxs[1] nos mostraran las picaduras, pequeñas manchas en las hojas y otras imperfecciones de sus productos. Esa era la prueba de que la producción era agroecológica, que no utilizaban agroquímicos. Según nos explicaban, si los insectos iban a la planta era porque no tenía “veneno”.
Imagen 1. UTT, sitio web

Fuente: bit.ly/3NCL9HS; último acceso: 9/07/2021.
Nos llamó la atención lo que interpretamos en ese momento como una tensión entre la exhibición de hortalizas perfectas y la exhibición de sus imperfecciones. Esta aparente tensión, que luego seríamos capaces de interpretar mejor, nos indicó hacia dónde dirigir la mirada analítica. Puesto que la agroecología no es solo una práctica agrícola, sino un movimiento social y político, lo que dicen y lo que muestran, como parte de lo que hacen, lxs productorxs, sus organizaciones y otrxs actorxs cercanxs resulta crucial para entender el carácter alternativo de la producción agroecológica de hortalizas en el Gran La Plata. ¿En qué consiste el reto que la agroecología coloca frente a otros tipos de producción?, ¿en torno a qué valores plantea sus disputas?, ¿cuáles son los lenguajes de valoración (Martínez-Alier, 2004) que se despliegan y se modelan en el proceso?, ¿de qué manera conviven lenguajes de valoración distintos?, ¿cómo las valoraciones en juego se solapan, se articulan o se jerarquizan?
Para atender estas preguntas, nuestro foco recae sobre lxs productorxs hortícolas, las organizaciones sociales que lxs nuclean y algunxs profesionales de distintas dependencias del Estado que promueven y llevan adelante la producción agroecológica y a quienes, tomados en conjunto, referimos como lxs “hacedorxs de la agroecología”. Estxs actorxs se mueven, además, en campos de interlocución heterogéneos. Se vuelve preciso atender las relaciones con eventuales aliadxs y contrincantes en esos campos de interlocución para comprender el modo en que lxs hacedorxs de la agroecología se posicionan y moldean sus lenguajes de valoración.
Los datos con los que procuramos responder nuestras preguntas son producto del trabajo de campo presencial realizado durante 2019 y los primeros meses de 2020 en el cinturón verde de La Plata, y de entrevistas en línea efectuadas en plataformas virtuales durante las medidas preventivas de aislamiento social provocadas por la pandemia de COVID-19 durante 2020 y la primera mitad de 2021. Llevamos adelante visitas a las quintas, participamos en actividades de productorxs y de ellxs con diferentes visitantes (referentxs de organizaciones sociales, consumidorxs, profesorxs y estudiantes universitarxs, etc.) y mantuvimos entrevistas con productorxs hortícolas y con personal técnico de dependencias estatales como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) o la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Asimismo, mediante el seguimiento de medios de comunicación masiva y de los sitios web de organizaciones que nuclean a productorxs agroecológicos de la zona, recopilamos un conjunto de discursos orales e imágenes visuales producidos y difundidos públicamente por estas organizaciones[2].
En términos metodológicos, resultó fundamental la dialéctica entre texto e imagen (Burucúa y Malosetti Costa, 2012). El análisis articulado de los discursos verbales y las imágenes visuales nos permitió explorar las múltiples capas de sentido que conviven en el impulso a la agroecología. Si la profundización en los discursos nos permitió poner de relieve diferentes pliegues de sentido de las imágenes e indagar más allá de la primera impresión que pudieran generarnos, por ejemplo, los tonos de verde de hortalizas en buen estado, volver una y otra vez sobre las fotografías, por otra parte, fue crucial para comprender la riqueza intrincada de discursos agroecológicos que no se dejan atrapar en esquemas simples.
Los emprendimientos agroecológicos reclaman un lugar dentro del sistema de producción y comercialización de alimentos, y lo hacen en diálogo con consumidorxs, agentes estatales y productorxs no agroecológicxs. En algunos contextos la defensa de la agroecología toma la forma del discurso sanitario y de cuidado de la salud y el ambiente. En otros, sobresale la reivindicación de saberes ancestrales y del respeto por la Madre Tierra o la Pachamama. Estos valores conviven con cálculos de costos y estimaciones del tiempo de trabajo necesario para la producción, así como con consideraciones sobre el tipo de relaciones laborales y sociales en general. Pero no se trata de la simple coexistencia de lenguajes de valoración alternativos, sino de articulaciones específicas que los jerarquizan en una intervención sociopolítica que problematiza, en última instancia, el sistema de producción y comercialización de alimentos en su conjunto.
Ni convencional ni orgánico
En cuanto disciplina científica, práctica agrícola y movimiento social y político, la agroecología se expande a nivel internacional desde mediados de 1970, como reacción a las distintas fases de “modernización” del campo impulsadas a nivel global por un conjunto de empresas multinacionales que constituyeron lo que se conoce como “revolución verde”. A mediados del siglo xx, la primera fase de la revolución verde, de industrialización agrícola, promovió en el sur global el monocultivo y la utilización de un paquete tecnológico integrado por maquinaria agrícola, irrigación intensiva, semillas híbridas, fertilizantes y pesticidas químicos. A mediados de la década de 1990, la segunda fase incorporó innovaciones de biotecnología e ingeniería genética e introdujo en el mercado los cultivos genéticamente modificados y el uso de pesticidas químicos de amplio espectro, como el glifosato, para su tratamiento. La revolución verde desembocó finalmente en el modelo de agronegocios, que se concentra en la producción de commodities para su comercialización en el mercado internacional.
Desde mediados de los noventa, el agronegocio en Argentina propició la extensión de la superficie sembrada con cultivos transgénicos, en especial con soja resistente al glifosato. Dada su integración vertical de elementos tecnológicos, financieros, productivos y organizacionales (Gras y Hernández, 2015, 2021), el modelo llevó a la concentración y el control de una porción sustantiva del sistema alimentario por parte de grandes empresas transnacionales (Giarracca y Teubal, 2017a). Ello trajo aparejado el desplazamiento de campesinxs y comunidades originarias. Asimismo, la imposibilidad de hacer frente a los costos de la producción capital intensiva provocó que sectores de la agricultura familiar demandaran e idearan modos de producción alternativos. Es en este contexto en el que, de acuerdo con Marasas, agricultorxs familiares y profesionales en el Gran La Plata y en otros lugares de Argentina encontraron en el enfoque agroecológico la oportunidad de desarrollar herramientas y conocimientos que les permitirían permanecer en su actividad (Marasas, 2012).
Las primeras resistencias a la revolución verde se dieron en la década del sesenta en países desarrollados en clave ambientalista, y poco tiempo después organizaciones de trabajadorxs rurales comenzaron a denunciar el impacto sanitario del uso de pesticidas. A comienzos de los noventa se formó la Vía Campesina, que contrapuso el concepto de “soberanía alimentaria” al de “seguridad alimentaria”, con el que suele justificarse la revolución verde (Wittman, 2011), y abrió la discusión acerca del uso de la tierra, el agua y las semillas (Figurelli, 2016).
En el contexto local, los primeros ensayos de agroecología también supusieron estrategias organizacionales y políticas junto con las productivas y económicas. Las organizaciones de productores en el cinturón verde de La Plata crecieron exponencialmente durante la segunda mitad de la década de 2010, y algunas de las que existían con anterioridad modificaron su perfil (Seibane y Ferraris, 2017; García, 2012; Ringuelet, 2008).
Como proyecto productivo, social y político, la agroecología dialoga con las mencionadas narrativas críticas e incorpora otros cuestionamientos a las pautas hegemónicas de producción y consumo. Aunque muchos emprendimientos se encuentren en la fase de transición a la agroecología (Marasas, 2012) y algunos utilicen agroquímicos en algún sector de su campo, la agroecología reclama su lugar postulando como antagonista al agronegocio y a la producción convencional de alimentos. “Somos el campo que alimenta”, uno de los eslóganes de la UTT, por ejemplo, apunta contra la producción de biocombustibles, aunque también contra la de productos transgénicos para la exportación. Al mismo tiempo, los nombres de algunas de sus campañas o acciones públicas, como “Comé sano. Comprá a precio justo”[3] o “Alimentos sanos para el pueblo”[4], o el eslogan de la rama rural del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE-Rural), “Nuestro trabajo es el alimento del pueblo” (cursivas nuestras), señalan hacia un segundo frente de la contienda que la producción agroecológica pretende dar al llamar la atención sobre otra forma de producción de alimentos sanos: la orgánica, que, a cambio de abandonar los agroquímicos, encarece los productos, reservándolos para sectores sociales de altos ingresos. En el segundo frente de batalla, entonces, la agroecología se planta contra esta construcción de un coto de producción y comercialización de alta gama relativamente pequeño acaparado ya por grandes empresas.
Los lenguajes que despliegan y los valores que disputan y defienden lxs hacedorxs de la agroecología son diversos y se entrelazan de maneras complejas. Las líneas de argumentación y las categorías se engendran, pulen y transforman en una interlocución múltiple y tensionada. En la atención de los dos frentes de batalla interactúan entre sí lxs hacedorxs de la producción agroecológica (productorxs, técnicxs estatales, dirigentes de organizaciones sociales), e interactúan en conjunto con colaboradores (otrxs funcionarixs estatales, consumidorxs, otras organizaciones a diferente escala) y con contendientes (otrxs funcionarixs estatales, productorxs convencionales y orgánicxs).
Un nuevo conocimiento ancestral
En muchas de sus intervenciones públicas, las organizaciones de productorxs, profesionales de organismos como el INTA o la universidad involucradxs en la producción agroecológica, así como dirigentes políticxs que la apoyan, articulan el lenguaje de la ancestralidad. Contra el fondo no siempre explicitado de las empresas que no producen alimentos, sino biocombustibles, o que no elaboran alimentos sanos, sino transgénicos, la producción agroecológica es presentada como resultado de la revivificación de saberes tradicionales.
A finales de septiembre de 2019, por ejemplo, se llevó adelante en el Club Tarija, un club privado en la localidad de Olmos, en el Gran La Plata, propiedad de un grupo de productorxs hortícolas bolivianxs, un gran acto con motivo de la entrega de certificados de competencias a unxs setecientxs productorxs hortícolas locales. Del evento, promovido por el Ministerio de Educación de Bolivia, participaron el viceministro de Educación Alternativa, otrxs funcionarixs del Poder Ejecutivo boliviano, representantes consulares y de la Embajada, dirigentes políticxs locales, referentxs de organizaciones del cinturón verde de La Plata y cientos de productorxs de la zona. En este espacio de diálogo internacional e interinstitucional, tuvo un lugar destacado la apelación a la ancestralidad y los saberes tradicionales. El entonces embajador del Estado Plurinacional de Bolivia subrayó que lxs productorxs han aprendido en la “universidad de la vida, han aprendido de sus padres sus saberes ancestrales”. También en su alocución pública, un dirigente migrante destacó que en ese acto lograban reconocimiento del Estado “los saberes que hace miles y miles de años se transmiten de generación en generación”.
Por su parte, la UTT cita en una de sus notas en su sitio web a un investigador del Centro de Investigación para la Agricultura Familiar (CIPAF), nexo fundamental entre el INTA y las organizaciones sociales, que hace un señalamiento en la misma dirección:
Lo agroecológico implica que el productor esté en el campo, que conozca la tierra, que la perciba, que se genere un vínculo estrecho con la Pachamama. Un productor agroecológico conoce la vida del suelo, sabe de la necesidad de diversificar la producción. La agroecología apunta a que el productor se sienta pleno produciendo con la Pachamama y sienta que le da un servicio a la sociedad: alimentos sanos y vivos[5].
Convergentemente, las estrategias de comercialización de la producción agroecológica encuentran terreno fértil en marcos interpretativos transnacionales que vinculan la alimentación sana con el cuidado del ambiente y estas con los saberes campesinos tradicionales. La apertura de incipientes nichos de mercado en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) se ha dado, en primer lugar, con la venta de bolsones elaborados y distribuidos por las organizaciones (principalmente la UTT y el MTE Rural), con la apertura de ferias urbanas promovidas o apoyadas por instituciones como la Universidad Nacional de La Plata con productorxs de esas y otras organizaciones y, más tarde, con la inauguración de “almacenes agroecológicos” o “almacenes de ramos generales”[6], mayoritariamente de la UTT, en varias ciudades. En este diálogo con consumidorxs de clase media urbana letrada, las organizaciones argumentan en clave del comercio justo, sin intermediarios, la producción natural de alimentos y la recuperación de saberes ancestrales y prácticas tradicionales.
La retórica de la ancestralidad, en síntesis, se apoya en la referencia a la transmisión generacional, que a veces refiere simplemente a los padres o abuelos y a veces proyecta una profundidad temporal de miles de años. Estos saberes transmitidos de manera informal y el contacto directo con la tierra originarían un vínculo estrecho con la Pachamama que podría asegurar su salvaguarda y cuidado. En ocasiones, el solo hecho de que lxs productorxs sean migrantes bolivianxs o sus descendientes parecería certificar el carácter tradicional de los saberes y las prácticas en juego. Esto trae aparejada una reificación de la ruralidad periurbana y de la bolivianidad como garantías de ancestralidad. Así, en sintonía con algunos estereotipos extendidos socialmente (Caggiano, 2005 y 2019), la bolivianidad y la ruralidad, remitidas a un tiempo no presente, parecen constituir per se lo ancestral y lo tradicional.
Sin embargo, el lenguaje de la ancestralidad no replica en espejo la dicotomía sobre la cual se ha apoyado el cientificismo occidental, que separa un conocimiento tradicional estático e indisolublemente ligado a su contexto de aplicación del conocimiento científico occidental, considerado dinámico y abstracto y, por ello, universalizable (Agrawal, 1995). Tanto en las piezas de promoción y propaganda de la agroecología, como en las entrevistas y conversaciones casuales, lxs hacedorxs de la agroecología dejan ver las múltiples lógicas y prácticas productivas que la habitan. Lo que es resaltado en algunos foros públicos o ante consumidorxs de clases medias urbanas como conocimiento tradicional autóctono se asume también como resultado de un aprendizaje plurívoco entre productorxs, técnicxs de dependencias estatales y de la universidad con una gran variedad de trayectorias y procedencias.
En las charlas en sus quintas, al lado de las apelaciones a la ancestralidad, lo que sobresale más tarde o más temprano en el discurso de lxs productorxs al hablar de la experiencia migratoria y laboral es la novedad del trabajo en las huertas y el aprendizaje que este implicó. Generalmente, los invernáculos se les presentaron como una rareza al llegar a la zona, así como muchas hortalizas, especialmente las de hoja, que algunxs conocieron en ese momento. Muchxs debutaron como trabajadorxs hortícolas en el cinturón verde platense o en alguna parada previa de su itinerario migratorio.
Quienes han llegado de zonas rurales de Bolivia suelen recordar conocimientos transmitidos por padres, madres y abuelxs que se recuperan en el trabajo con las plantas o en el vislumbre del clima que se avecina mirando el cielo, las nubes o la luna. Pero, al mismo tiempo, lo que destacan no es la continuidad con el pasado ancestral, sino la diferencia con la labranza para el autoconsumo de campos áridos, en los que se plantaba maíz, papa, quínoa, algún durazno o un poco de trigo. Para quienes han llegado, como Gerardo, de un barrio popular de Tarija o de otro contexto urbano o periurbano, las novedades resultaron radicales.
… nos costó un poco agarrar el ritmo de acá, de aprender los trabajos, porque nosotros teníamos trece años, estábamos en la ciudad y salir de golpe también… Y bueno, llegamos al campo, pero no es lo mismo empezar a la rutina de todos los días de hacer esto, los trabajos de sembrar, regar y cosechar […] para nosotros era todo nuevo (Gerardo, 35 años, productor MTE, agosto de 2019).
El carácter renovado y dinámico de tales saberes ancestrales puede apreciarse también en los materiales de difusión de las organizaciones, como en un video presentado el 22 de abril de 2020, con motivo de la celebración del Día Internacional de la Madre Tierra. Allí, un productor que es parte del Consultorio Técnico Popular (CoTePo) de la UTT discurre sobre principios, actividades y objetivos de la producción agroecológica. Sin solución de continuidad, su relato fusiona referencias a prácticas y conocimientos agrícolas de sus antepasados con sus propias producciones químicas caseras actuales. Las imágenes no muestran en ese momento al productor, sino escenas del trabajo en las quintas. Por ello, solo con una escucha cuidadosa del audio se puede advertir que se trata de un montaje, que las referencias al pasado y al presente provienen de momentos diferentes de su relato. El montaje refuerza la continuidad entre saberes:
Recuerdo mucho a mi abuelo, yo lo veía preparar la tierra, él dejaba que la tierra haga su trabajo, los microorganismos desarmen, preparen el suelo, él siempre me sabía hablar que el suelo tiene que calentarse, que prepararse el suelo para tener una producción buena. Tenemos calcio, potasio, fósforo, silicio. Es como un quelato que se prepara acá[7].
Los saberes tradicionales se combinan con la referencia a los quelatos, las memorias de lxs abuelxs y los intercambios con técnicxs universitarixs se combinan en la práctica cotidiana.
Tras la apertura musical del video, con acordes de cuerdas de charango, las primeras palabras del productor son “Entender la vida del suelo…”. ¿Qué significa la alusión a la “vida del suelo”? En una conmemoración del “Día de la Madre Tierra” o al lado de invocaciones a la Pachamama, la referencia a la vida del suelo parece funcionar como un reclamo de autenticidad. Pero la figura es utilizada también por ingenierxs agrónomxs del INTA o la universidad, al hablar, por ejemplo, del daño que puede causar a la tierra la producción convencional y al subrayar que “hay casos en los que han perdido mucha materia orgánica los suelos y tienen muy poca vida esos suelos” (Mario, Instituto de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar –IPAF– Región Pampeana, INTA, julio de 2021). Incluso las mismas palabras del investigador del CIPAF/INTA citadas antes adquieren otros matices si volvemos a observarlas. En ellas, conocer “la vida del suelo” y generar “un vínculo estrecho con la Pachamama” no significa sino comprender la importancia de la diversificación o rotación de los cultivos. Las referencias reúnen respeto, vínculo y conocimiento técnico, cuidado, sustentabilidad y estrategia productiva.
En conjunto, el discurso de productorxs, técnicxs y dirigentes de las organizaciones está atravesado de inestabilidad y ambivalencia, de la misma manera que sucede con la categoría “vida del suelo” en los pares “vida del suelo/Pachamama” y “vida del suelo/materia orgánica”. En ámbitos de interlocución con dirigentes políticxs y estatales de Argentina y Bolivia, y en mensajes dirigidos a posibles consumidorxs de clase media urbana, se despliega el lenguaje de la ancestralidad y la producción agroecológica es presentada como sana por ser tradicional. A la vez, lxs hacedorxs de la agroecología –tanto lxs quinterxs como lxs profesionalxs técnicxs– no ocultan el carácter actual, dinámico y dialógico de sus conocimientos, la naturaleza heterogénea de sus componentes técnicos.
En otras palabras, los referidos saberes ancestrales son conocimientos recreados día a día, aplicaciones prácticas de recuerdos, aprendizajes previos que se actualizan muchas veces por contraste, técnicas que emergen del intercambio con profesionales del INTA y la universidad. Incluyen destrezas locales y también universitarias, y en su terminología combinan la interpretación de las fases lunares y el desarrollo de quelatos.
Apoyada en esta apelación ambivalente e inestable a saberes tradicionales, la agroecología ofrece alimentos sanos contra la amenaza algo indefinida del agronegocio y de la producción de hortalizas con agroquímicos. Da forma, de este modo, a un conflicto en el que se utilizan lenguajes de valoración inconmensurables (Martínez-Alier, 2004; Svampa, 2013). La salud humana, los saberes autóctonos y la vida de la tierra (y la Tierra) contra la ganancia económica y la rentabilidad del agronegocio. Se abre así un horizonte político en el que, como señalara Graeber, siguiendo a Turner, lo que está en juego no es –o no es solo– “la lucha por la apropiación del valor, es la lucha por establecer qué es un valor” (Graeber, 2001: 88) o por imponer un lenguaje de valoración por sobre otros (Martínez-Alier, 2004).
Pero la defensa de la alimentación sana e incluso de los saberes tradicionales no es potestad exclusiva de estos movimientos y de este tipo de producción de hortalizas. La parcial superposición de estos argumentos y valores con la producción orgánica y, sobre todo, la diferenciación respecto de lxs actorxs que la llevan adelante permite dar un paso más en la comprensión del desafío que plantea la agroecología.
La certificación participativa de un sistema de producción
Luego del llamado a “entender la vida del suelo”, el protagonista del citado video continúa: “…la vida humana, la nutrición de las personas, la nutrición de toda la humanidad”. Sus palabras cierran el video de esta forma: “…en cuanto tiene nutrición la verdura, tenemos una población sana, una población que puede pensar, es más lindo la economía, pienso yo, sería un mundo más justo”. ¿De qué manera la agricultura saludable se vincula con la nutrición de toda la humanidad, con una mejora económica, con un mundo más justo?
Aunque sin referencia alguna a una nutrición universal ni a la justicia en el mundo, la defensa de la salud y el ambiente y la apelación a formas tradicionales de producción también son comunes en los emprendimientos de agricultura orgánica de los que lxs productorxs agroecológicxs se distinguen rotundamente. La huerta La Anunciación, por ejemplo, ubicada en Abasto, en el cordón verde platense, y que se presenta como “el primer establecimiento hortícola orgánico”[8], argumenta su cuidado de la salud de los suelos, las personas y el ecosistema, al tiempo que echa mano de la retórica de lo “tradicional”. En un folleto virtual, sostiene que “la agricultura ecológica revitaliza las comunidades rurales” y que su innovación reside en que “combinan las prácticas tradicionales con las más modernas”[9]. La Charamusca, otra huerta orgánica de la región, ofrece productos que resultan de la aplicación de técnicas de trabajo “basadas en las tradiciones agricultoras que se fundaron y desarrollaron en las regiones de Santiago del Estero y Buenos Aires antes de la aparición del uso de químicos sintéticos”[10].
Donde se aprecia la distinción entre ambos tipos de producción es en otro aspecto sobre el que insisten las empresas orgánicas y sobre el que recientemente intervienen las organizaciones agroecológicas: la certificación de la agricultura. Los emprendimientos orgánicos exhiben claramente con cuál empresa certificadora trabajan. El correspondiente sello es un elemento importante de su presentación visual. Las organizaciones de productorxs agroecológicxs, a su turno, plantean una disputa en torno a la certificación que tiene ribetes económicos, políticos y morales. No se trata solo de ajustarse a la lógica del capitalismo cognitivo y tratar de conseguir una suerte de derecho de propiedad que permita el cercamiento de un nicho de mercado (Moulier Boutang, 2004; Vercellone, 2004). La disputa expone también el sentido de esa certificación y de su proceso de obtención. La cuestión es doble: quién certifica y qué se certifica.
El Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) ha reglamentado la producción orgánica mediante la Resolución n.º 493 de 1992. Allí no solo define detalladamente lo orgánico y las normas para su producción, que incluyen la no utilización de productos de síntesis química, la sustentabilidad y el manejo racional de los recursos naturales. También estipula la necesidad de un sistema de certificación que queda en manos de un conjunto de empresas privadas especializadas[11]. Si bien la posterior Resolución n.º 374 de 2016 habla de “entidades certificadoras” y admite la posibilidad de que sean tanto públicas como privadas, hasta donde hemos podido constatar, las certificaciones efectivas están a cargo solo de estas últimas[12].
Una de las mencionadas productoras orgánicas, la quinta La Anunciación, certifica sus productos, por ejemplo, con la empresa Food Safety. Las leyendas que se suceden en el slider del sitio web de esta empresa configuran el horizonte en el que la certificación de los productos orgánicos adquiere sentido: “Comprometidos con el desarrollo y el progreso”, “Agregamos valor a su producto”. Además de un “mejor aprovechamiento de los recursos” y el acceso a “un mercado diferenciado”, la “certificación de alta calidad con reconocimiento internacional” conecta con el hecho de que “la tendencia mundial hacia el consumo saludable es creciente”, lo cual constituye también uno de los fundamentos de la reglamentación de la producción orgánica del propio SENASA. Una de las leyendas en el slider de Food Safety tiene la fuerza de un eslogan publicitario: “certificar. Un paso clave para concretar los mejores negocios”[13]. Resumidamente: desarrollo a través de valor agregado para acceder a mercados diferenciados a escala internacional que redundarán en mejores negocios.
Las organizaciones de productorxs agroecológicxs vienen trabajando en sistemas participativos de garantía (SPG) como alternativa a esta certificación en manos de una tercera parte. Algunxs miembros de la UTT incluso hablan de “autocertificación”, porque es la propia organización la que conduce el proceso, aunque con la participación activa de dependencias estatales y de consumidorxs. La introducción paulatina de los SPG en América Latina se ha dado desde los primeros años de este siglo, y en Argentina es aún incipiente, aunque algunas experiencias pueden rastrearse en la segunda mitad de 2000 (Fernández, 2018), en ocasiones tomando como modelo los antecedentes en otros países de la región, como lo hace la UTT con el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra de Brasil. Los SPG no tienen reglamentación del SENASA ni un marco normativo específico a nivel nacional, aunque se han forjado algunas normas locales y provinciales (Fernández, 2018) y se ha presentado en el Congreso nacional un proyecto de ley de “fomento a la producción agroecológica rural y urbana”[14]. Pero la regulación de estos sistemas es un aspecto controvertido dentro del movimiento agroecológico por temor a la normalización del proceso y a que se limite el protagonismo de las propias organizaciones de productorxs en el proceso.
Las dos mayores organizaciones de productorxs agroecológicxs del cinturón verde de La Plata, el MTE y la UTT, iniciaron el desarrollo de los SPG. En 2018 un equipo de investigación y extensión de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNLP coordinó con productorxs de dos organizaciones –Manos de la Tierra y MTE– y con consumidorxs agroecológicxs una serie de talleres que al año siguiente desembocarían en el diseño conjunto de una “Guía de observación de los sistemas en transición agroecológica”. El equipo interdisciplinario ajustó más tarde esa guía en dirección a poner a punto un SPG (Barrionuevo, Gargoloff y Velarde, 2019). Apenas más tarde, la UTT desde el CoTePo iniciaba su propio camino, que la llevó a fines de 2019 a solicitar colaboración al IPAF-Región Pampeana del INTA, que trabaja con perspectiva agroecológica. Conjuntamente elaboraron una ficha de campo para hacer un seguimiento de la aplicación de las nociones compartidas previamente en talleres y el diagnóstico de los problemas que pudieran surgir en su puesta en práctica. La primera visita a campo se realizó en mayo de 2020.
En cuanto a qué certificar, la discusión que la producción agroecológica plantea a la orgánica es si se certifica solo el producto –para obtener un precio mayor– o si se certifican, junto con él, las prácticas y relaciones sociales de producción y comercialización. Según lxs productorxs agroecológicxs, la certificación orgánica solo garantiza que no se hayan utilizado agroquímicos en la producción de determinado alimento, pero nada dice de las condiciones de trabajo en que se ha producido. En el INTA sostienen que los SPG buscan certificar “sistemas productivos más que […] cultivos aislados, incluyendo componentes sociales como las características que asumen la contratación y condiciones de vida de la mano de obra”[15].
Entrar en el circuito de producción agroecológica y participar de los SPG implica para lxs productorxs, además, ingresar también en sus circuitos de comercialización (ferias, bolsones, tiendas especializadas). Esto conlleva la posibilidad de planificar su producción, lo cual es muy valorado por productorxs que no tienen margen para el riesgo financiero. La planificación permite un relativo control de los vaivenes del mercado. Como señala un productor integrante de la CoTePo, “todo lo que se planifica, entonces, está vendido antes de plantarla”, y eso permite evitar la incertidumbre de la venta “a culata de camión” (Rubén, 32 años, productor UTT, junio de 2021).
La planificación, además, incluye decisiones sobre el valor de la mercadería. Los precios de venta se definen en asambleas cuatrimestrales de las que participan lxs productorxs y quienes integran los circuitos de comercialización. “Se ve cuánto trabajo se invierte en la lechuga, por ejemplo, y si gasté tanto, entonces tiene que valer tanto” (Rubén, 32 años, productor UTT, junio de 2021). Las palabras de este productor sintetizan dos elementos centrales del lenguaje de valoración económica: el tiempo de trabajo invertido y los costos de producción. Su breve frase parece invocar en un solo golpe teorías del valor enfrentadas (Ricardo, Marx, Smith), pero que superpuestas convergen en señalar la intención de controlar el precio de la oferta.
En resumen, el terreno de la salud y las tradiciones, del cuidado del ecosistema y la armonía con la tierra, en apariencia compartido por los proyectos orgánicos y los agroecológicos, se devela como una plataforma sobre la cual florecen las divergencias. Si la retórica de la naturaleza y de las técnicas tradicionales de producción permite a la producción orgánica acceder a un mercado diferenciado de alta gama, y si su certificación permite concretar “mejores negocios”, para lxs productorxs agroecológicxs abre un horizonte de discusión e intervención sobre las condiciones de trabajo y producción en las quintas, sobre el precio y el valor de sus productos, intentando conformar una oferta con precio accesible para un público potencialmente masivo, al tiempo que suficiente para atender las necesidades de lxs productorxs.
El punto no es cuál es la articulación discursiva más correcta o legítima. Tampoco es simplemente cuál logra mayor eficacia. Lo importante es cómo una y otra ordenan de manera diferente los intereses y valores en juego. Desde la perspectiva agroecológica, el carácter saludable de los alimentos y el carácter tradicional o ancestral de la producción no pueden escindirse de la discusión de las condiciones de trabajo y de vida de lxs pequeñxs agricultorxs familiares. Desde la perspectiva orgánica, el carácter saludable de los alimentos y el tradicional de las técnicas de cultivo están ineludiblemente ligados a la “certificación de alta calidad con reconocimiento internacional” y, consecuentemente, a su alto precio y a la ocasión de hacer buenos negocios. Al mismo tiempo, claro está, los buenos negocios atados a la producción de alimentos orgánicos no son equivalentes a los de la producción de biocombustibles o de commodities transgénicos, sostenidos desde la perspectiva de la revolución verde.
En el apartado anterior vimos que la producción agroecológica desafía la lógica del agronegocio, la rentabilidad y el cálculo costo-beneficio al reivindicar valores inconmensurables con ella, como el cuidado de la salud y el ecosistema, mediante la recuperación de saberes tradicionales. Ahora, al revisar el modo en que se distancia y se contrapone a la producción orgánica, podemos apreciar el componente económico que el reto de la agroecología entraña. Dicho en otras palabras, si, en un encuadre determinado de la discusión, la agroecología expone la relevancia de valores inconmensurables con los valores económicos, en otro encuadre recuerda y defiende otros valores económicos, que se distancian de los hegemónicos.
Martínez-Alier señaló que ciertos movimientos sociales de los pobres resultan ecologistas al procurar sacar los recursos naturales del ámbito de la crematística, “el estudio de la formación de los precios de mercado para ganar dinero”, y devolverlos al de la oikonomia, “el arte del aprovisionamiento material de la casa familiar” (Martínez-Alier, 2004: 44). De manera similar, el desafío ecologista de lxs productorxs agroecológicxs parece residir no tanto o no solo en el carácter saludable de sus alimentos y en lo poco agresivo de sus técnicas de intervención en el ambiente, sino en la búsqueda de definir una oikonomia en la que se reduzcan los riesgos, se ajusten los precios a los valores de producción, lo cual los vuelva más accesibles para lxs consumidorxs, y se acorten así, literal y metafóricamente, las distancias del mercado, entre productorxs y consumidorxs.
La mostración de la producción y el trabajo
Si volvemos a la fotografía analizada al comienzo (imagen 1), la presencia de las personas en ella y el modo de mostrarlas se vuelven más significativos de lo que en una primera impresión pudo parecernos. El hecho mismo de que el cuerpo del varón a la izquierda aparezca ostensiblemente cercenado ofrece una clave interpretativa. Si puede cortarse su cabeza es porque no se trata de un retrato individual que busca hacer foco sobre la personalidad del o de lxs retratadxs (Vale de Almeida, 2000; Caggiano, 2012). El motivo de la toma no son sus rostros, sino las manos con las hortalizas. Y las manos están sucias, como no puede ser de otro modo después de trabajar la tierra.
La centralidad que tienen aquí las personas y su trabajo se revela con más fuerza en contrapunto con las imágenes de las empresas de producción orgánicas, en las que las personas están completamente ausentes. Las fotografías del slider de presentación y del interior del sitio de La Anunciación, por ejemplo, ofrecen tomates, tubérculos, hojas con brillo y atractivos colores, pero en todo el sitio no es posible advertir presencia humana alguna (imagen 2). El contraste con las numerosas fotografías que la UTT coloca en su sitio web no puede ser mayor: en todas ellas hay personas. En la mayoría estas se encuentran trabajando o exhibiendo el fruto de su trabajo en las quintas, al lado de las plantas (imagen 3). También el pictograma del MTE-Rural muestra campesinxs trabajando la tierra y el producto de su trabajo[16]. Un tercer conjunto de fotografías comúnmente usadas por la UTT exhibe asimismo el producto del trabajo, pero esta vez en actitud de reclamo o reivindicación. Avanzando por calles céntricas en marchas de protesta o en reuniones con dirigentes en palacios de gobierno, lxs productorxs y dirigentes llevan en sus manos hortalizas y las elevan con movimientos enérgicos (imagen 4). Son parte de la lucha. Y no lo son solamente como una suerte de bandera o estandarte. Más que esto, las hortalizas aparecen como la continuación del cuerpo de lxs trabajadorxs que marchan. Sus brazos y manos terminan en berenjena, morrón o lechuga. Lo que todas estas imágenes muestran es la relación de esos cuerpos con el trabajo y con el producto de su trabajo. Y en la dirección inversa, el mensaje es igualmente significativo: no hay berenjena, morrón o lechuga que no estén conectados al cuerpo de unx trabajadorx. Esto sucede en las fotos de marchas, en las que exhiben los productos como un ofrecimiento y en las que muestran escenas de trabajo.
¿Podría ser de otro modo? En efecto, las empresas productoras de orgánicos, en sus páginas de comercialización, recurren al formato visual que es regla entre las tiendas de este rubro, como se aprecia en la imagen 5. Una cuadrícula aséptica donde se expone cada producto separado del resto y a veces, como en el ejemplo, de cualquier otra cosa, incluso una superficie de apoyo. Las hortalizas son imágenes en un recuadro de la pantalla, suspendidas en un espacio-tiempo que se pretende inmaterial. La asepsia icónica que el e-commerce ha consagrado no hace sino redoblar el conjuro general de la visualización orgánica: no producción, no tierra, no trabajo, no microorganismos, no personas.
Imagen 2. La Anunciación, sitio web

Fuente: bit.ly/3PQXdY3; último acceso: 10/1/2022.
Imagen 3. UTT, sitio web

Fuente: bit.ly/3lTbyFP; último acceso: 10/01/2022.
Imagen 4. UTT, sitio web

Fuente: bit.ly/3lTbyFP; último acceso: 9/07/2021.
Imagen 5. Jardín Orgánico, sitio web

Fuente: bit.ly/3Ni5SkR; último acceso: 23/10/2021.
Frente a esta exacerbación de la representación que aspira a aislar un conjunto de trazos de forma y color y evita cualquier rastro de la existencia de las hortalizas anterior a convertirse en pixeles en una pantalla, las fotos de la producción agroecológica, en cambio, muestran continuidades materiales y se presentan ellas mismas como fragmento de un contexto mayor. Los bordes de las fotos evidencian la continuidad con el fuera de campo, que en este caso es, justamente, el campo. Personas, animales, plantas y objetos se cortan en los recuadros fotográficos manifestando ser parte de ese contexto mayor. Lo que muestran, a su vez, se dispone en continuidad. Producen visualmente la continuidad. Las escenas están protagonizadas por hortalizas, cuerpos, manos y tierra encadenados. Estos encadenamientos dan cuenta del proceso de trabajo y de lucha. Resulta muy difícil imaginar como parte del repertorio visual de las organizaciones agroecológicas hortalizas que, como las de la imagen 5, no muestren su conexión con la tierra, sea en las manos o en el surco, que a su vez conectan con el cuerpo de lxs trabajadorxs y con su trabajo.
Conclusiones
La introducción y los primeros pasos hacia la agroecología en el Gran La Plata dan lugar al despliegue de una diversidad de lenguajes de valoración. De cara a la revolución verde, en general, y a su impacto en la producción de alimentos, lxs hacedorxs de la agroecología contraponen valores como la vida y la salud, que no se dejan medir según los parámetros de aquella. La presentación de saberes técnicos en la lógica de la autenticidad y las tradiciones profundas es una herramienta en uno de los principales campos de esta disputa con distintos frentes, aunque no dejen de manifestar abiertamente que el trabajo cotidiano entreteje las memorias con la innovación, las técnicas aprendidas en la práctica con principios corroborados en laboratorios.
De cara a la producción orgánica, que hace suyos aquellos valores del cuidado del ambiente y la salud, al punto de que los mecanismos de certificación respectivos operan el cercamiento de un nicho de mercado, y que apela incluso a la terminología de la tradición, la producción agroecológica subraya la necesidad de garantizar alimentos libres de químicos, pero también un sistema productivo libre de explotación, de acaparamiento y de inestabilidad financiera. De esta manera, no solo repone las diversas desigualdades de clase que atraviesan el mundo de la agricultura, en general, y el de la producción de alimentos, en particular, sino que expone el que consideramos su desafío más radical: discutir las condiciones de producción y la forma actual del mercado de alimentos.
Siendo las imágenes “vectores privilegiados de la polivalencia de lo humano” (Burucúa y Malosetti Costa, 2012), su estudio permitió ver los diferentes valores y horizontes de intervención social y política en juego. Al mismo tiempo, el contraste entre imágenes puestas a circular por distintos actorxs y su análisis articulado al de discursos verbales permitió advertir un aspecto que, en su sencillez, resulta una clave de nuestro problema: el paisaje visual de las organizaciones agroecológicas está poblado por personas que se muestran en relación de continuidad y contigüidad con el campo y con el producto de su trabajo en el campo: manos con tierra, hortalizas con tierra, cuerpos doblados sobre el surco, hortalizas como extensión de las extremidades del cuerpo, ahora elevadas en el grito de protesta, antes reclamando su cosecha desde el suelo. Como en respuesta a la “agricultura sin agricultores” del agronegocio (Giarracca y Teubal, 2017b), mostrando la continuidad y necesidad mutua de lxs trabajadorxs del campo y su cosecha.
La agroecología como forma de producción de alimentos alternativa se basa, en el cordón verde platense, en emprendimientos de baja capitalización que pueden mantenerse y reproducirse mediante el acceso regulado a la tierra y la organización y el relativo control de los canales de comercialización, que brindan cierta estabilidad a los precios. “Se prioriza la optimización de la productividad del sistema, a partir de mejorar el aprovechamiento de los recursos y obtener rendimientos suficientes para garantizar la calidad de vida de la familia productora”. Se trata de “lograr un equilibrio en el manejo del agroecosistema” (Marasas, 2012: 13) que permita no ya maximizar los rendimientos y la ganancia, sino minimizar los riesgos.
Por ello su lucha múltiple en torno a los valores, además de poner en el centro valores externos a la economía, como la salud, el cuidado de la vida y del ambiente, también implica una revisión, en el interior de la economía, del valor del trabajo y del precio de los alimentos. Como comprendió Martínez-Alier, “los pobres suelen ser versátiles” (Martínez-Alier, 2001: 127), en lo que hace a sus lenguajes de valoración, pues “el ‘ecologismo de los pobres’ en el Tercer Mundo combina una preocupación sobre el medio ambiente con una inquietud más visible por la justicia social” (Martínez-Alier, 2001: 128). El ecologismo de los productorxs hortícolas migrantes pobres también reside en parte en tironear la producción de alimentos desde el negocio y la maximización de ganancias hacia el aprovisionamiento material del hogar. Así, este ecologismo va mucho más allá de la composición química de los alimentos que consumimos. Conduce hacia una problematización profunda de la organización de la oikonomia que mantiene abiertas preguntas estimulantes: ¿qué es un mercado de alimentos?, ¿quiénes y cómo participan?, ¿qué relación guardan con la mercancía que circula allí?
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- A lo largo del capítulo, utilizamos la X en la flexión nominal de género con el propósito de evitar cualquier modalidad de lenguaje sexista y agilizar su lectura.↵
- El trabajo de campo fue realizado con la colaboración de la licenciada Candela Luquet.↵
- Página 12. “Quinteros. Precio justo y comida sana”, 15 de junio de 2019, disponible en bit.ly/justoysano; último acceso: 10/01/2022; y UTT, sitio web, disponible en bit.ly/3NCL9HS; último acceso: 10/01/2022.↵
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- UTT, “Certificaciones agroecológicas: sin veneno y con justicia social”, disponible en bit.ly/CertificacionesAgroeco; último acceso: 19/01/2022.↵
- La elección de este último nombre también actualiza la lógica del tradicionalismo y la autoctonía. Los almacenes de ramos generales fueron los establecimientos de comercio minorista que abastecieron zonas rurales y pequeñas poblaciones del interior argentino entre finales del siglo xix y las primeras décadas del xx.↵
- UTT, 22 de abril de 2020, “Elegimos cuidar la Tierra”, disponible en bit.ly/Elegimos; último acceso: 19/01/2022.↵
- La Anunciación. Sitio web disponible en bit.ly/3wXnc7z; último acceso: 20/01/2022.↵
- La Anunciación. Sitio web disponible en https://bit.ly/3xfX9Kh, último acceso: 16/05/2020.↵
- Huerta Orgánica. Sitio web publicitario, disponible en bit.ly/3x189JU; último acceso: 11/01/2022.↵
- SENASA. Resolución n.º 423 de 1992, disponible en bit.ly/orgSenasa; último acceso: 20/01/2022.↵
- La Resolución n.º 374 del SENASA recupera la n.º 493, la Ley 25.127 de “Producción ecológica, biológica u orgánica de los sistemas agropecuario y agroindustria decretos” de 1999 y otras resoluciones y decretos posteriores vinculados al tema. Ver SENASA, Resolución n.º 374 de 2016, disponible en bit.ly/Res374-2016; último acceso: 20/01/2022.↵
- FS Certificación, sitio web, disponible en bit.ly/3wZOFqr; último acceso: 15/01/2022.↵
- El proyecto fue presentado por el diputado nacional Luis Contigiani en marzo de 2020, recuperando el presentado por la diputada Alicia Ciciliani a mediados de 2016. Prevé la creación del Sistema Nacional Único de Certificación Participativa, coordinado por el INTA, que sostiene “como principios y valores” lo siguiente: “a) construir sistemas productivos económicamente viables; b) preservar los recursos naturales y su biodiversidad; c) promover la soberanía, seguridad y salubridad alimentaria; d) promover la dignidad del trabajo de la familia de los agricultores; e) acceso de toda la población a los productos agroecológicos; f) promover los circuitos cortos de comercialización; y g) comercio y precio justo para el productor y accesible para el consumidor”. Crea además la marca “Producto Agroecológico” con Denominación de Origen Controlada. Ver Proyecto de Ley, Expediente 0332-D-2020, 6 de marzo de 2020, disponible en bit.ly/pro0332; último acceso: 20/01/2022.↵
- Vergara, Laura y Zeballos Bianchi, Bernardita. “Certificación participativa para valorizar la producción agroecológica”, en INTA Noticias, 22 de agosto de 2019, disponible en bit.ly/certificacionparticipativa; último acceso: 15/01/2022.↵
- Para la UTT, ver bit.ly/3lTbyFP, y para el MTE-Rural, bit.ly/3tsRTRl.↵








