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13 Antroponimia y nuevos santos

Aproximación a la devoción en la ciudad de Lugo (s. XVIII–XIX)

Tamara González López

Abstract: The repercussion that the saints had in the local name repertoire provides us with important indications about the worship and devotion to them by the population. Opposite of the saints and martyrs of the Christian tradition, the new saints canonized in the seventeenth century had a colder reception that crystallized in a slight onomastic impact.

Keywords: Names patterns, Lugo, saints, XVIIth, devotion

Introducción

La antroponimia ha sido objeto de estudio de la Filología desde sus inicios por el valor etimológico que los nombres de personas poseían. Más adelante, la Historia se interesó por este campo dada la información que aportaba el significado social de los nombres empleados. Por ende, en los últimos decenios, la antroponimia ha sido abordada por un gran número de investigadores con el objetivo de conocer el corpus onomástico existente en cada zona y su evolución. Al lado de estas investigaciones, han surgido otras en las que se hace un uso instrumental de la onomástica para conocer la cultura y la religiosidad popular como, por ejemplo, la obra de González Lopo en la que se realiza una aproximación al culto mariano de la diócesis de Tui tomando como factor indicativo la onomástica (González Lopo 1992).

El presente texto se centra en el valor social que alcanzaron los nombres de un grupo de santos que fueron canonizados en el siglo XVII, empleando para ello un espacio y tiempo concretos: la ciudad de Lugo (Galicia) entre los siglos XVIII y XIX. El impacto que esos santos tuvieron en la ciudad muestra la actitud de la población hacia ellos, lo que resulta de interés en tanto habían sido impulsados por la jerarquía eclesiástica como modelos de piedad y de vida cristiana a imitar por parte de la población. Para abordar esta cuestión, se aportan unas breves pinceladas sobre los aspectos socioeconómicos de la ciudad de Lugo con el fin de comprender el contexto de partida y el papel que jugaba la ciudad en la introducción y difusión de estos santos en la onomástica de la diócesis.

Para llevar a cabo este estudio, la fuente principal han sido las partidas de bautismo de la parroquia de San Pedro de Lugo de la Edad Moderna. Frente a las fuentes fiscales o notariales, los libros de bautismo son los únicos que garantizan el registro del nombre completo asignado al bautizado, especialmente en los períodos en los que se pusieron de moda los nombres múltiples. No en vano, el bautizo era la ceremonia en la que se asignaba el nombre oficialmente y se consagraba ante Dios. Además, las partidas bautismales constituyen una fuente sin sesgo de género, en tanto se registra a todos los recién nacidos y no solo a los cabezas de casa, ni de condición social, pues se presuponía un sacramento gratuito e igualitario

1. La ciudad de Lugo en la Edad Moderna

Durante toda la Edad Moderna, la ciudad de Lugo albergó, en calidad de capital de provincia y de diócesis, los principales órganos de gobierno y administración de la provincia. Se trataba del único núcleo de características plenamente urbanas de la diócesis, solo seguido de la villa de Monforte de Lemos, situada en el sur de la misma.

La ciudad de Lugo era un núcleo similar a otras capitales de provincia de Galicia. A finales del siglo XVI, contaba con algo más de 400 vecinos, cifra que había ascendido a 709 en 1753; el gran crecimiento demográfico de la diócesis comenzó a finales del siglo XVIII: en 1857, se recuenta 1.905 vecinos. El saldo vegetativo positivo que se constata ya desde el siglo XVII se consiguió gracias a la relación con su entorno rural (Sobrado Correa 2001ª, 29–36).

A efectos de lo que aquí nos atañe, debemos citar tres características demográficas que influyeron en la onomástica. En primer lugar, el predominio de las estructuras familiares nucleares (68,3%), en las que los abuelos jugaban un rol diferente respecto a las estructuras complejas, tanto a nivel de autoridad como de transmisión onomástica (Sobrado Correa 2001ª, 74).

En segundo lugar, múltiples estudios han destacado el papel de introductores y difusores de prácticas de nominación que desempeñó la hidalguía y la nobleza. En la ciudad lucense, la hidalguía representaba el 15,5% del vecindario (Rey Castelao 1998, 244), cifra superior al área rural de la diócesis (8%). Dentro de este sector, apenas había nobleza de título más allá de aquellos que poseían pequeñas jurisdicciones y eran conocidos como “señor de”. Además, no solo como introductores de nombres, sino que al ser un grupo tan numeroso, la competencia interna se disparaba y empleaban todos los recursos a su disposición para destacar sobre sus iguales. Entre estos recursos, se hallaba la antroponimia, puesto que dieron a sus vástagos nombres poco frecuentes en la ciudad para destacar y, también, para medir su influencia social en la posterior emulación de la población.

Por último, el peso y la procedencia de los emigrantes de la ciudad eran otros factores que condicionaban las prácticas de nominación. El 14% de los forasteros que se casaban en Lugo eran alóctonos de Galicia, principalmente de Castilla, pero también de Francia o Italia (Sobrado Correa 2001ª, 38–39). Los aportes de población externos a la diócesis no tuvieron grandes consecuencias demográficas, lo cual no obsta para valorarlos como una vía de difusión y propagación de nombres, ya que procedían de zonas con repertorios distintos y creaban modas de largo recorrido.

Se trataba de una sociedad diversa en cuanto a su posición social y origen geográfico lo que repercutió en la devoción religiosa. Al contrario que otro tipo de muestras devocionales que eran de carácter público y grupal, la onomástica responde a una devoción particular, aun teniendo en cuenta que el individuo se hallaba condicionado por su contexto. De igual forma, en una sociedad tan diversa y jerarquizada, el nombre de pila contribuía a encajar socialmente a su portador, así como facilitar unas mejores condiciones de vida al crear lazos de simpatía entre homónimos. La importancia del nombre de pila no fue ajena a la Iglesia, que puso atención a controlar que se tratase de un repertorio católico (Vela 1632, 104–105; Moratinos y Santos 1675, 209). No en vano, el nombre era consagrado a Dios al imponerlo en el transcurso de una ceremonia religiosa y, por ende, la Iglesia era la única con la potestad de cambiarlo en otra ceremonia, la confirmación, aunque solo recurriera a ello en escasas ocasiones.

2. La onomástica en la ciudad de Lugo

Las fuentes parroquiales de la capital lucense nos permiten recrear una imagen de la realidad onomástica desde la segunda década del siglo XVII (Sobrado Correa 2001ª, 17–18). En este período, todos los bautizados recibían un único nombre cuyo origen podía ser múltiple: desde los progenitores o los padrinos, hasta el santo del día o, simplemente, el gusto por la eufonía del nombre. Exactamente, cerca de la mitad de los niños (49,4%) no recibían un nombre de su entorno inmediato y un 25% se llamaba como el santo del día en que se bautizaban o habían nacido.

Los primeros casos de asignación de nombres múltiples se produjeron a partir de los años centrales del siglo XVII (1,2%) entre las niñas, mientras que a los niños seguían asignándoseles un solo nombre. Al contrario que en otras zonas como Florencia (Klapisch–Zuber 1984, 43), en la península las innovaciones en materia onomásticas se fraguaron en el sector femenino y se traspasaban más tarde al masculino (Zabalza Seguin 2008, 118–120; Rey Castelao 2015, 208).

En menos de media centuria, los nombres múltiples se extendieron hasta ser la práctica dominante (91,1%), pero lejos de mantenerse en nombres dobles o triples, se llegaron a asignar ocho o más nombres. Estas asignaciones máximas estuvieron protagonizadas por las élites de la ciudad, lo que no deja de ser revelador de la proyección en los nombres del prestigio y el rango social de sus portadores y su familia.

A lo largo del siglo XVIII, la tendencia a asignar más nombres en el bautismo se acentúa hasta el punto de que tres cuartas partes de los bautizados recibían tres o más. En el polo opuesto, los nombres simples apenas tenían cabida en las prácticas nominativas e, incluso, los bautizados en situaciones marginales, como expósitos o ilegítimos, recibieron nombres múltiples.

Con la llegada del siglo XIX, la situación se estabiliza y se retorna al minimalismo en la onomástica, pero no radicalmente, dado que más de la mitad de los bautizados siguieron recibiendo más de un nombre. En ese sentido, el mayor peso en la ciudad de la hidalguía, que había hecho de los nombres múltiples su seña de identidad, implicó un reduccionismo menos acusado que en las áreas rurales, especialmente en las situadas en el sur de la diócesis como San Salvador de Asma, donde el 81,4% de los bautizados a finales del siglo recibían un nombre simple, San Cristovo de Lóuzara (74,6%) o San Xián y San Xoán de Tor (69,6%).

Como causas del cambio de tendencia se puede apuntar en varias direcciones, puesto que se trató de un cúmulo de circunstancias que favorecieron la progresiva reducción en los nombres: cuestiones prácticas por la progresiva burocratización del Estado, creciente pérdida del poder e influencia de la Iglesia, merma de los privilegios nobiliarios con la consecuente reducción de influencia social y de querer asimilarse a ellos por parte de la población, etc. En suma, circunstancias mayoritariamente sociales que repercutieron en una decisión que, aparentemente, sólo dependía de padres y padrinos. Con todo, un factor que aceleró el cambio y que explica el mayor reduccionismo en la zona sur fue la Guerra de Independencia; no solo por lo que implicaron las decisiones tomadas en las Cortes de Cádiz, sino por la ruptura de la cotidianeidad que entró en la zona sur que se vio castigada con asesinatos y saqueos en los distintos avances y retiradas de las tropas francesas (González Murado 2008; Méndez Pérez 2017)

Conforme se fueron asignando más nombres a los bautizados, la práctica de escogerlos del entorno más próximo se extendió. Si a inicios del siglo XVII casi la mitad de los niños no recibían su nombre del entorno, a inicios del siglo XVIII solo el 10,4% de los bautizados no poseía alguno de sus nombres de su entorno; cifra que se redujo todavía más en la segunda mitad del siglo: 1,0–2,4% de los bautizados. Aunque los nombres de padres y abuelos se asignaban con frecuencia, los principales transmisores fueron los padrinos (Ansón Calvo 1977, 79–80; Castro Díaz 2011, 451–453; Rey Castelao 2015, 209), que se configuraron, por tanto, como las piezas claves en la nominación. Dado que no tenían porqué asignar sus propios nombres, jugaban un rol fundamental en la introducción y difusión de nuevos nombres; en efecto, el 19% de los padrinos y el 21% de las madrinas que tenían más de un ahijado repetían el mismo nombre, que no era el propio.

Por lo tanto, centrándonos en el tema que aquí abordamos, existen diversos orígenes a través de los que se impusieron los nombres de los santos canonizados en el siglo XVII; es decir, se podía asignar dicho nombre por ser el de algún familiar de sangre o espiritual, por ser el día en que se rendía culto a dicho santo o, simplemente, porque se buscaba que el bautizado adquiriese las cualidades morales del santo (Vernier 1999, 82–83). Para explicar esto último, es preciso tener en cuenta que, tradicionalmente, se ha asumido que padrinos y ahijados compartían características; por extensión y visto el alto porcentaje de bautizados que llevaban el nombre del padrino, no debe extrañar que el parecido se le atribuyese a la homonimia, es decir, que el bautizado se parecería a aquel de quien portase el nombre.

El repertorio de nombres presente en la ciudad de Lugo a principios del siglo XVII, había perdido ya todo componente medieval, siendo anecdóticos los bautizados con nombres que evocaban a ese pasado, tales como Constanza o Jacome. De modo que era un repertorio con un claro componente cristiano en el que destacaban los mártires como Lucía, Juan o Sebastián y los nombres derivados de órdenes religiosas, principalmente, Domingo y Francisco.

En otras palabras, el repertorio onomástico de la ciudad de Lugo antes de la llegada de los nombres de los santos canonizados en el siglo XVII tenía un marcado componente religioso; sin embargo, el volumen de nombres no era muy amplio, lo que provocaba una fuerte homonimia entre la población. Esta situación junto con la introducción de los nombres múltiples creó un clima de buena propensión a aceptar nuevos nombres. En consecuencia, la introducción de los nuevos santos en la antroponimia lucense dependió exclusivamente de su aceptación por parte de la población.

3. Santos canonizados en el siglo XVII

La canonización de un santo suponía que la Iglesia declaraba que gozaba de la gloria del Cielo y exhortaba a la cristiandad a rendirle culto (Raventós Utjes 2005, 40). A lo largo del siglo XVII, se canonizaron numerosos santos cuya trascendencia al pueblo difirió, puesto que unos gozaron de una buena acogida, mientras que otros permanecieron casi ocultos. En general, eran santos que ya no respondían al modelo de mártires en defensa de la fe, sino que eran santos “que habían representado el modelo de espiritualidad que se quería extender a toda la comunidad católica” (Jiménez Pablo 2016, 83). Por ende, su abogacía no estaba tan clara y, además, ya existía un amplio elenco de santos a los que apelar. Esta falta de utilidad que les atribuía el pueblo tuvo como consecuencia una aceptación social más fría y dificultosa (Fernández Cortizo 2007, 176). Es decir, al desconocer de qué protegía un santo, invocarlo resultaba en vano y no se le dedicaban misas ni rogativas ni otras muestras de devoción popular, por lo que seguía permaneciendo desconocido (Bouza Álvarez 1990, 316–317; Dubert García 2007, 58–59).

Si en el plano devocional ya tenían una situación complicada, en el ámbito onomástico todavía más, puesto que debían competir con santos ya presentes en la diócesis, que habían sido objeto de una revalorización por parte de las autoridades eclesiásticas, así como de santos anónimos enterrados en la diócesis (Saavedra Fernández 1994, 306–318). Por ejemplo, las Constituciones Sinodales del obispo Moratinos y Santos trataron de impulsar como nombres para los neonatos Froilán y Liberata. A la aceptación social tampoco favoreció que su principal vía de difusión fuesen las órdenes religiosas, frente a otras vías que calaban más entre la población como la difusión de milagros o como las reliquias (González Lopo 1992, 172).

La aproximación a la devoción de la población a través de la onomástica es complicada de calcular, ya que se trataba, en general, de santos cuyos nombres ya formaban parte del repertorio habitual. Santa María Magdalena de Pazzis fue canonizada en 1669, pero, antes de ello, el nombre de María era el más habitual en la diócesis y, de forma periódica, se bautizaba alguna niña con el nombre de Magdalena –2% de las niñas de la ciudad de Lugo a inicios del siglo XVII–. Ni siquiera analizando la proporción de bautizados en el día de su celebración que recibieron su nombre representaría la devoción real por ella. De igual forma sucede con Santa Isabel de Portugal o San Andrés de Corsini que fueron canonizados bajo el papado de Urbano VIII; con San Juan de Sahagún o San Pascual Baylón, canonizados por el Papa Alejandro VIII, o con Santa María de Cervelló por Inocencio XII, entre otros.

En consecuencia, a continuación, nos centraremos en aquellos santos cuyo nombre era ajeno a la tradición onomástica lucense o que se puede constatar su incremento a raíz de las canonizaciones: Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Felipe Neri, San Ramón Nonato, San Cayetano de Thiene y Santa Rosa de Lima.

3.1. Los canonizados en 1622

En marzo de 1622, tres hispanos y un italiano fueron canonizados por Gregorio XV: santa Teresa de Jesús, san Francisco Javier, san Isidro Labrador y san Felipe Neri (Jiménez Pablo 2016, 102). Unos meses después, se sumó otro hispano a los santos canonizados: san Ignacio de Loyola.

Teresa, Francisco y Felipe eran nombres presentes en el repertorio de la capital lucense con anterioridad a la canonización; por ejemplo, el nombre de Teresa, de procedencia medieval, había sido muy frecuente en Galicia y se seguían registrando casos en Lugo a inicios del siglo XVII (Saavedra Fernández 1994, 326; Fernández González 2008, 84–85). Sin embargo, podemos realizar una aproximación a todos ellos gracias a los elementos que acompañaban al nombre: de Jesús o Javier. Incluso, en el caso de Teresa, hubo un abandono del nombre en el meridiano del siglo XVII debido al ocaso en el que se vieron envueltos los nombres del Medievo.

En consecuencia, la fuerte irrupción del nombre de Teresa a inicios del siglo XVIII debe explicarse más con base en las consecuencias de la canonización de Santa Teresa de Jesús y la difusión de su culto, que por ser reminiscencias del período medieval. La nueva dinastía asentada en el trono supuso un impulso al nombre de Teresa, dado que formó parte del repertorio onomástico habitual de los Borbones, quizás usándolo como nexo continuador con la dinastía anterior: tres de las ocho hijas de Felipe IV habían recibido Teresa como segundo o tercer nombre tras la canonización de la santa. Aunque Felipe V pudo, más bien, tratar de resaltar la persona que le daba legitimidad a su postulación al trono: su abuela María Teresa de Austria.

La adopción en Lugo del nombre de Teresa en la primera mitad del siglo XVIII fue tal que se situó como el noveno nombre más asignado entre las bautizadas; a ello hay que añadir el uso de la terminación “de Jesús” al calor del auge de los nombres compuestos, aunque tuvo un impacto más residual. En más de la mitad de las ocasiones en las que se asignó no hallamos familiares directos que le transmitan el nombre, por lo que debemos apuntar a la santa como causa más posible de su asignación.

A lo largo de los siguientes siglos, el nombre de Teresa permanece como parte del repertorio habitual, pero cae del grupo de los diez más asignados para situarse en posiciones más tímidas –entre el quinceavo y el decimonoveno–.La proclamación de Santa Teresa de Jesús como patrona de España –título que compartió con el apóstol Santiago– en las Cortes de Cádiz no provocó un nuevo auge de este nombre, sino que se mantuvo estable a lo largo del siglo XIX y del XX.

En el 30% de las ocasiones en las que se bautizó a una niña con el nombre de Teresa tras el siglo XVIII, se les asignó también ‘de Jesús’ aunque esta coletilla pasó a acompañar a otros nombres a partir de mediados del siglo XIX, por ejemplo, en mayo de 1852, se bautiza una niña con el nombre de Filomena Antonia de Jesús.

El nombre de Teresa fue utilizado en el 53% de sus imposiciones como nombre principal –primer nombre–, de tal forma que se garantizase el conocimiento de que se portaba dicho nombre y pretendiendo que fuese el apelativo de la niña en la vida cotidiana. En el 47% restante fue colocado en posiciones posteriores como quinto u octavo, aunque principalmente de segundo nombre.

Al igual que Teresa, analizar la repercusión de la canonización de San Francisco Javier es difícil por la existencia previa del nombre en el repertorio habitual de la ciudad de Lugo. Sin embargo, resulta aún más complicado visto que se trataba de uno de los nombres más populares ya en el siglo XVII: el 10% de los varones y el 5% de las mujeres eran bautizadas con ese nombre.

Aunque los bautizados con el nombre de Francisco en el día de su festividad, de lo que ya hay evidencias en la década central del siglo XVII, aporta pistas sobre su introducción, es la asignación del apelativo Javier lo que realmente muestra su difusión. Este apelativo pasó a formar parte del repertorio a finales de dicho siglo; el primer niño en portar dicho nombre en la ciudad de Lugo fue bautizado en 1691 con el nombre de José Francisco Xavier. Es más, desde el momento en que se utilizó como parte del nombre, apenas tardó unos meses en desprenderse de Francisco y actuar como nombre individual pues, en diciembre del mismo año, el médico don Diego Pascoal y su esposa doña Ignacia Sánchez Somoza Rivadeneira bautizan a su hijo como Ignacio Javier Diego Antonio.

A lo largo del siglo XVIII adquirió cierta importancia, aunque mínima en comparación con otros nombres, e, incluso, volvió a situarse como nombre complementario de Francisco. En el siglo siguiente, perdió fuelle pues, debido a la tendencia de esa etapa a reducir el número de nombres, cuando padres o padrinos le transmitían su nombre sólo asignaban Francisco.

San Isidro Labrador fue alzado como patrono de los labradores, pero en la diócesis de Lugo ya había santos anteriores relacionados con la agricultura, actividad principal de la mayoría de la población (Sobrado Correa 2001ª, 114–115). La asignación del nombre fue escasa no superando el 1% de niños bautizados; de hecho, acostumbró a emplearse como nombre secundario y reducido a nacidos o bautizados en el día de su festividad.

A la baja repercusión del santo debemos añadir la confusión entre el nombre de Isidro e Isidoro: Antonio Isidro, bautizado en mayo de 1678, consta en el margen como Antonio Isidoro, escritas por el mismo párroco. La similitud de los nombres junto con el escaso tiempo entre la canonización de San Isidro y San Isidoro de Sevilla –menos de tres décadas– pudo provocar a una cierta asimilación de ambos nombres.

Respecto a San Felipe Neri, la incidencia de su nombre fue escasa y, en su mayor parte, reducida a los días de celebración de los santos, ambos en el mes de mayo. Ni siquiera compartir nombre con un apóstol y con el propio monarca fueron motivos suficientes para incluir este nombre entre las asignaciones frecuentes.

En la segunda mitad del siglo XVII, todos aquellos a los que se les asignó el nombre de Felipe fueron bautizados en el día del apóstol, esquema que perduró a lo largo del siguiente siglo, y los que no respondían a esta causa se debían a que era el nombre del padrino como, por ejemplo, el niño Felipe Manuel Baltasar que fue apadrinado por el capitán don Felipe Ortega. Desde luego, podemos afirmar que hubo excepciones a estos casos y, en efecto, un cierto número de progenitores llamaron a sus hijos Felipe por nacer o bautizarse en el día de su celebración. Pero fueron casos esporádicos y que, normalmente, acompañaron a dicho nombre con el de otro santo

A la hora de valorar la difusión y devoción a San Felipe Neri, no podemos dejar de relacionar el impulso que dio este santo a la devoción de las cuarenta horas de adoración al Santísimo Sacramento, la cual a duras penas calaría en la capital diocesana que ya gozaba del privilegio de tener expuesto de forma continua el Santísimo Sacramento (Fraga Vázquez 2016).

Desde el momento en que fue canonizado San Ignacio de Loyola, mediaron menos de dos décadas para que usase dicho nombre: Bastián Ignacio, bautizado en febrero de 1638. Pero fue, sin duda, una excepción, puesto que hasta el último cuarto del siglo XVII no se volvió a utilizar como nombre de pila, cuando don Lucas Gómez Valdivieso y doña María Álvarez bautizaron a su hijo con el nombre de Juan Ignacio Teodoro (1675).

El uso del nombre de Ignacio se mantuvo bajo a pesar de la posibilidad de feminizarlo y asignarlo a ambos sexos. La Compañía de Jesús fue la principal difusora del culto a San Ignacio de Loyola; así lo confirma la comparación entre los principales núcleos urbanos de la diócesis de Lugo. Mientras que en Monforte de Lemos, donde se había establecido un Colegio de la Compañía de Jesús al amparo de la Condesa de Lemos (Dubert García 2007, 78), el 3,5% de los bautizados portaban el nombre de Ignacio a principios del siglo XVIII, en la ciudad de Lugo no superaba el 1% en el mismo período. El número de bautizados con el nombre de Ignacio fue escaso y fue desvaneciéndose de forma progresiva desde inicios del siglo XVIII, en lo que pudo ser un golpe de gracia la expulsión de la Compañía de Jesús a finales de dicho siglo que provocó un efecto común en varias zonas gallegas (Lema Suárez 2006, 100–101). De hecho, los bautizados como Ignacio tras la expulsión se debieron, exclusivamente, a la transmisión por parte de la madrina, pues entre las mujeres gozó de mayor asignación y estabilidad.

Resumiendo, los santos canonizados en 1622 tuvieron una nula penetración en la devoción popular, siendo santa Teresa la única que podría llegar a considerarse una excepción. No se puede olvidar que estos santos habían sido impulsados por la cúpula eclesiástica con el apoyo de las élites sociales, quienes vieron en estos nombres la posibilidad de destacar al no haber más bautizados con dicho nombre, además de facilitarles la connivencia con las jerarquías eclesiásticas. La falta de utilidad y la percepción como santos impuestos por los privilegiados provocaron la abulia por estos nombres. Por ende, las asignaciones de estos nombres se dieron, en general, dentro de las familias de las élites o por parte de progenitores que buscaban emularlos.

3.2. San Ramón Nonato (1657)

San Ramón Nonato fue un santo catalán del siglo XIII conocido por su labor de redimir cautivos y por haber nacido por intervención quirúrgica tras el fallecimiento de su madre en el parto (ed. Ferro Ruibal 1992). A pesar de que su culto estaba extendido con anterioridad, no fue canonizado hasta 1657 por el Papa Alejandro VII.

El nombre de Ramón es la versión catalana de Raimundo, por lo que es un nombre ya existente en la Edad Media del que surgieron los apellidos Raimúndez/Raimóndez. Incluso hubo una cierta convivencia de ambas versiones, pues en la ciudad de Lugo todavía hallamos varones bautizados como Raimundo en los años centrales del siglo XVIII. Pese a ello, se puede analizar la incidencia que san Ramón Nonato tuvo en la población gracias a la diferenciación entre ambos nombres al ser santos con patronazgos diferentes.

Su entrada en la onomástica masculina en las últimas décadas del siglo XVII fue muy tímida y lejos de la importancia que alcanzó posteriormente: en menos de medio siglo, se situó como el sexto nombre más frecuente entre los varones. Paralelamente, penetró en la antroponimia femenina, pero con un impacto menor por coincidir con la introducción de los nombres marianos, que coparon el repertorio femenino. Con todo, la pronta difusión y el alcance que adquirió el nombre de Ramón –en el siglo XIX se sitúa como cuarto entre los varones– lo convierte en el santo canonizado en el siglo XVII con mayor repercusión y aceptación por parte de la población de la capital lucense (Sobrado Correa 2001b, 532). Esta buena aceptación no se evidencia sólo en la onomástica, sino que fue, junto con San Bartolomé, el santo al que se dedicaron mayor número de cofradías en el siglo XIX (Saavedra Fernández 1994, 354–355).

La protección en los partos que se atribuía a San Ramón Nonato lo convirtió en uno de los santos con mayor devoción y con una gran repercusión en la onomástica. El bajo desarrollo de la obstetricia en la Edad Moderna lo configuraba como uno de los momentos de mayor peligrosidad para las mujeres, en lo que toda ayuda se consideraría poca (Saavedra Fernández 1994, 178–179; García Galán 2014, 111–112). Incluso en la actualidad, según el INE, Lugo es la quinta provincia de España con mayor volumen de hombres llamados Ramón (9,79%) (Instituto Nacional de Estadística, 2019).

3.3. San Cayetano de Thiene y santa Rosa de Lima (1671)

En 1671 fueron canonizados el italiano San Cayetano de Thiene y la primera santa de origen americano, santa Rosa de Lima (ed. Ferro Ruibal 1992). Ambos nombres no formaban parte del repertorio de la capital lucense, por lo que su llegada es fácilmente constatable.

El nombre de Cayetano no se asignó a los bautizados hasta el tránsito del siglo XVII al XVIII; etapa en la que se situó entre los diez nombres más frecuentes para las mujeres y entre los veinte para los varones. La imagen de santo caritativo y provisor de alimento jugó a su favor y su recepción se diferenció claramente de otros santos postridentinos, ya que inmediatamente se impuso como nombre principal: 75% de los varones que portaban dicho nombre a principios del siglo XVIII. El nombre se mantuvo entre los habituales a lo largo del siglo XVIII, aupado a su vez por el nombramiento como obispo de Lugo, en 1735, de don Cayetano Gil de Taboada, quién a su vez se llamaba Cayetano por haber nacido el día de su festividad (Rey Castelao 2002, 111).El nombre de Cayetano fue usado más para las mujeres, por lo que decayó su asignación por la embestida que supusieron los nombres marianos en el siglo XIX.

Santa Rosa de Lima representa el contraste dentro del grupo de santos analizados. Canonizada en abril de 1671, en septiembre del mismo año ya fue empleado para designar a una niña en Lugo: María Rosa. Lejos de ser una singularidad, tres meses después es bautizada otra niña como Rosa María. Debemos mencionar como elemento que favoreció la difusión del nombre el papel de los eclesiásticos, ya que las primeras niñas bautizadas con el nombre de Rosa habían sido apadrinadas por sendos miembros del clero.

La imposición de este nombre en el bautismo será constante en la capital lucense de tal forma que, desde inicios del siglo XVIII hasta principios del XX, formó parte del repertorio onomástico habitual. Si bien, en un inicio el nombre se asignó por la difusión de la santa, el abundante número de mujeres así llamadas se multiplicó por la transmisión familiar.

En definitiva, ambos santos tuvieron una buena acogida en la capital lucense que, indudablemente, fue superior en el caso de santa Rosa. Su origen americano le atribuyó un aura exótica que contribuyó a su extensión; sin embargo, la estabilidad que mantuvo la asignación de este nombre obliga a considerar que existió una cierta devoción a santa Rosa de Lima por parte de la población de Lugo y que no se trató, únicamente, de una cuestión de moda.

4. Conclusión

La asignación del nombre de un santo en el bautismo respondía a una voluntad personal, aunque se encuadrase en un contexto específico que incitase o disuadiese de ello. Se creía que el bautizado adquiría las mismas características que el santo del que recibía el nombre, de ahí que fuese una decisión meditada. La mayor querencia por unos santos que por otros explica que el orden temporal de la canonización no implicase el mismo orden de introducción en el repertorio ni el mismo de asimilación y difusión. En suma, la recepción y asunción como propios de los santos canonizados en el siglo XVII estuvieron directamente condicionados por la función y abogacía que se le atribuía a cada uno. Así, no resulta extraño que el de mayor penetración y perduración en la onomástica fuese el santo protector del parto, San Ramón Nonato.

La influencia de estos santos en la antroponimia parece tener lugar únicamente en la Península, mientras que en Francia no se observa la existencia de estos nombres (Bougard 1984, 274–275; Delord 1984, 94–98; Lebrun 1984, 241–242). En ello tiene una especial incidencia que se trataran de santos de origen español, aunque lo que representasen y defendiesen pudiese estar alejado de la monarquía hispana.

A través de la onomástica se nos muestra que la devoción a estos santos partía de las élites y miembros del clero, quienes asignaron desde el rol de padres o padrinos estos nombres en las primeras etapas. El ejemplo máximo lo hallamos en doña María Álvarez y don Lucas Gómez Valdivieso cuyos hijos fueron de los primeros en denominarse Rosa (María Rosa, 1671) e Ignacio (Juan Ignacio Teodoro, 1675).

Estos santos aunaban dos aspectos que favorecieron su culto por parte de las elites. Por un lado, se trata de nuevos santos que responden a una imagen piadosa –comportamiento que se les presuponía a las clases privilegiadas– y que eran apoyados por las jerarquías eclesiásticas, por lo que era una vía de connivencia con ellas. Por otro lado, al ser nombres nuevos no presentes en el repertorio de la ciudad denotaban categoría social y proporcionaban una individualización de su portador (Zabalza Seguin 2005, 255). Así pues, los privilegiados hicieron uso de estos nombres como método de resaltar dentro de la identidad colectiva.

En definitiva, los santos canonizados tras el Concilio de Trento tuvieron una mejor aceptación entre las clases superiores al tratarse de nuevos cultos alejados de lo popular y más afines a las jerarquías eclesiásticas. La onomástica demuestra que perduraron más aquellos cuyo culto traspasó a la sociedad por completo pues sólo estos redundaron en la onomástica de las clases populares y, por extensión, se perpetuaron más allá del siglo XIX.  

Bibliografía

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