La composición del Cabildo de Curas y Beneficiados de Toledo entre 1436 y 1488
Jesús Olivet García–Dorado
Abstract: This article aims to approach the phenomenon of clerical brotherhoods during the 15th Century through the study of the Chapter of Priests and Incumbents of Toledo. This text will specifically analyse the composition of the institution between 1436 and 1488, paying special attention to the interests and socioeconomic background of its members, and to the dynamic of affiliation in the studied period. Similarly, the research will analyse the socioeconomic and cultural processes that influenced the composition of the institution, as well as the social deployment of the Chapter de Priests and Incumbents in Toledo in the Late Middle Ages.
Keywords: Chapter de Priests and Incumbents, Toledo, confraternities, secular clergy, 15th Century.
1. Introducción
Uno de los fenómenos más relevantes y poco estudiados de la Iglesia bajomedieval fue el desarrollo de diversas corporaciones integradas por algunos miembros del clero parroquial por toda Europa Occidental[1]. Los objetivos de tales corporaciones eran comunes: la defensa colectiva de sus intereses frente a su obispo o a otras entidades eclesiásticas, la asistencia hacia los integrantes enfermos o necesitados y el cometido funerario, basado en la celebración de las exequias y las misas con las que atraer la misericordia divina y garantizar la salvación de los difuntos de la institución. Esta última labor se extendía hacia cuantos particulares lo solicitaran, a cambio de donaciones en forma de bienes raíces, inmuebles o legaciones monetarias, En el ámbito hispánico, una de las más relevantes fue el Cabildo de Curas y Beneficiados de Toledo, por la importancia de su ciudad en términos sociopolíticos y eclesiásticos; ya que Toledo compaginaba su papel como la sede de la archidiócesis primada de las Españas, con el hecho de ser una de las urbes importantes de Castilla.
El presente estudio se centra en la composición del Cabildo de Curas y Beneficiados de Toledo entre 1436 y 1488. El reducido marco temporal se debe a la escasez de fuentes. No obstante, este período se caracterizó por los profundos cambios que experimentó la entidad, fruto de su evolución económica y de los avances en su proyección social. La interacción de estos procesos fue decisiva a la hora de configurar la dinámica de las afiliaciones y explicar la procedencia socioeconómica de sus integrantes.
Por otra parte, este trabajo supone una profundización de nuestro primer artículo “El Cabildo de Curas y Beneficiados de Toledo en la segunda mitad del siglo XV. Composición y aspectos institucionales (1455–1488)” (Olivet García–Dorado 2018, 521–546). En concreto, se ha procedido a una revisión de los datos y a una ampliación de las fuentes, siendo ambas labores imprescindibles para conocer la evolución de la institución a lo largo del siglo XV. Pese a los nexos existentes entre ambos trabajos, esta publicación ahonda en la dimensión social del cabildo frente a la anterior, más centrada en sus aspectos organizativos. Así pues, las novedades de este artículo son varias. La primera aportación es la reconstrucción de la nómina de integrantes entre 1436 y 1488, aunque de un modo incompleto, debido a la omisión de datos referentes al estatus socio eclesial y económico de algunos individuos. Otra contribución relevante es la identificación de varios frailes como miembros del cabildo, puesto que la incorporación de los religiosos era un hecho poco común en las cofradías del clero secular. Esta información constituye uno de los principales aspectos del trabajo, junto a los avances en los datos relativos a los seglares que formaron parte de la institución. Mediante la ampliación de las fuentes, se ha comprobado que su presencia fue mayor de lo que se pensaba, pues éstos llegaron a representar más del 20% de los integrantes en algunas coyunturas. Además, la presente investigación ha corroborado la posición acomodada de los legos, como denominaba la institución a los laicos vinculados al cabildo. Igualmente, este artículo se ha interesado por los motivos que condujeron a colectivos tan dispares entre sí a formar parte de la entidad.
Otro elemento importante ha sido dar a conocer los diversos roles que los clérigos, los frailes y los legos desempeñaban dentro de la institución y sus obligaciones. Tales informaciones permiten comprender mejor el funcionamiento de las cofradías mixtas, aquellas corporaciones del clero secular que –como el cabildo– admitían laicos en su seno (Meersseman y Pacini 1977, 150). A tenor de las aportaciones referidas, esta publicación pretende ser una contribución a los estudios sobre el asociacionismo del clero secular hispánico en la Baja Edad Media, una línea de investigación aún escasamente desarrollada en nuestro país. En concreto, las siguientes líneas tratan la composición del cabildo, comparando ésta con las membresías de otras cofradías similares. De igual forma, se destacarán aquellos aspectos que singularizaban al cabildo dentro del fenómeno socio religioso al que pertenecía.
Para la elaboración del trabajo, se han empleado 2 conjuntos de fuentes. El primer corpus documental está compuesto por los libros de presencias de 1436, 1446–1447, 1450–1451, 1455, 1458, 1464, 1465, 1467, 1472, 1478 y 1488. En estas fuentes, el cabildo anotaba los encargos solicitados por los fieles, las donaciones anejas y la nómina de integrantes y participantes en los diferentes actos litúrgicos. Asimismo, la institución recogía aquí el registro de entrada de nuevos miembros y las sanciones contra los infractores de la regla comunitaria, entre otras informaciones. El segundo conjunto son las actas capitulares recogidas en el libro de acuerdos de 1507–1557, donde se reúnen diversas normativas aprobadas en las reuniones del cabildo. La selección de las actas se ha centrado en las dos primeras décadas del siglo XVI, ya que tales disposiciones aún reflejan el funcionamiento de la institución propio de la Baja Edad Media, antes de la gran transformación que la entidad vivió a partir del segundo tercio del Quinientos.
La metodología empleada se ha basado en un doble análisis crítico. Por un lado, el estudio ha cotejado de forma conjunta los datos obtenidos en los libros de presencias para conocer la dinámica de las afiliaciones y la procedencia de los integrantes del cabildo. Asimismo, los resultados han sido abordados en paralelo con los procesos socioeconómicos, que influyeron en el mayor o menor número de componentes: la trayectoria de los encargos funerarios y de las donaciones anejas, la situación financiera de la entidad y la evolución de las cuotas de entrada, que los nuevos cofrades debían abonar, entre otros datos.
De otra parte, el trabajo ha prestado atención a las cuestiones relativas al ingreso y las obligaciones de los diversos miembros. Para esta labor, los acuerdos capitulares constituyen una herramienta imprescindible, como se ha expresado con anterioridad. Las normativas toledanas han sido comparadas con las ordenanzas de otras cofradías de clérigos, tanto para establecer los puntos compartidos entre el cabildo y otras entidades análogas, como para comprender mejor los procesos de admisión y del cese de la membresía, entre otros aspectos.
A partir de estos criterios, el presente artículo estará compuesto por 4 puntos. En la primera parte, se presentará a la institución vinculándola al medio socio espacial y al contexto en el que desarrolló sus actividades. En el segundo punto, se analizarán los diversos tipos de miembros. Durante el desarrollo del tercer epígrafe, se analizará la regulación de la convivencia. Por último, el cuarto apartado analizará la evolución del número de miembros, poniéndola en relación con la situación socioeconómica castellana junto a otros procesos coetáneos, acaecidos por la corporación en las fechas aludidas.
2. El Cabildo de Curas y Beneficiados de Toledo
El Cabildo de Curas y Beneficiados de Toledo desarrolló sus actividades en una de las ciudades económicamente más activas de la Corona de Castilla. Asimismo, Toledo albergaba la sede de la archidiócesis primada de las Españas, la demarcación episcopal más rica y extensa de la Península, que, a su vez, se configuraba como la cabeza del principal señorío eclesiástico del reino. Este último factor explica la nutrida red parroquial con la que contaba la ciudad: 26 parroquias en el siglo XV[2], – 20 con el rito romano y 6 con la liturgia hispano–visigoda o mozárabe (Lop Otín 2014, 135–214). Además, Toledo contaba con la presencia de numerosas fundaciones hospitalarias y de las principales órdenes monásticas y mendicantes, tales como el Císter y Cluny entre las primeras y los franciscanos, dominicos, mercedarios y trinitarios entre las segundas.
Los orígenes del cabildo se remontan a las primeras décadas del siglo XII, en paralelo a la configuración parroquial de la ciudad. Sus orígenes están ligados a la popularización de las misas post mortem ofrecidas por la salvación de los difuntos. Desde el principio de su actividad, la corporación se comprometía como entidad devocional a celebrar los sufragios necesarios por sus miembros fallecidos (clérigos y laicos). Tal cometido piadoso era extensible hacia aquellos particulares ajenos a la institución, que lo solicitaran (González Palencia 1930, 206–216). También, la defensa colectiva de los intereses del clero parroquial fue uno de sus principales objetivos. Así, la cofradía protagonizó una auténtica rebelión contra el arzobispo de Toledo entre 1179 y 1189, a causa de las rentas exigidas por el arcipreste. El conflicto logró resolverse con el reconocimiento de la corporación por el prelado y el pago de los cánones exigidos al clero parroquial (Rivera Recio 1976, 139–145), pero no sería el único caso que enfrentó al Cabildo de Curas con la curia episcopal, como demostrarían las alianzas que la corporación selló con las cofradías de clérigos de Madrid y de Rodilleras en 1258 (Sierra Corella 1928, 20–22).
Tras un primer periodo presidido por el perfil más corporativista de la entidad, el siglo XV se presenta como la etapa en que la institución se consolida en su entorno social. El Cabildo de Curas se centró más en su proyección socio religiosa a través de la celebración de los encargos funerarios procedentes de todos los estamentos de la ciudad, lo que derivó a la construcción de un considerable patrimonio inmobiliario y rústico –explotado mediante la enfiteusis o arrendamiento– y a la percepción de numerosas legaciones monetarias.
Los ingresos se repartían entre los clérigos que celebraban los diversos actos religiosos, tanto los de la corporación, como los solicitados por particulares. Asimismo, en el plano institucional, se produjeron notables avances. Para este período, consta la existencia de una regla[3], donde se recogían los aspectos que configuraban la vida comunitaria tales como las fiestas capitulares, las exequias de los hermanos, los mecanismos de entrada y expulsión del cabildo por citar algunos. Del otro, se delimitaron las funciones de los oficiales: los regidores, encargados de velar por el cumplimiento de las ordenanzas; el mayordomo, provisor del culto y gestor económico de la institución; el receptor, recaudador de las multas percibidas por el cabildo o el guarda, quien convocaba a los miembros a las conmemoraciones comunitarias entre otros. Por encima de los oficiales, se situaba la asamblea capitular. La reunión de los clérigos asumía las labores de gobierno de la institución y el control de los oficiales, incluyendo su elección –salvo el guarda– durante el primer sábado de diciembre. También, la última centuria del Medievo fue la etapa en la que el cabildo experimentó una gran afluencia en lo que a afiliaciones se refiere. Para ello, hay que tener en cuenta el contexto de sobrepoblación eclesial que vivía Toledo en este período. Muchos clérigos seculares ingresaron en la institución, tanto por el deseo de dotarse de las misas post mortem –ante la gran importancia que la religiosidad bajomedieval dio a las mismas para la salvación del fiel–, como para completar sus haciendas, a veces escasa o incluso inexistente. Pero, la composición del cabildo no solo se nutrió de clérigos, sino también de frailes y seglares. El resultado fue la configuración de una cofradía de clérigos mixta, dada la admisión de laicos y otros religiosos en su seno, donde confluían diversos intereses y una jerarquía de miembros bien definida, como se verá en las próximas líneas.
3. Los diferentes tipos de miembros
Desde el comienzo de su actividad, el cabildo estuvo integrado por clérigos seculares y por algunos seglares, denominados hermanos legos (Arellano García 1986, 15), una práctica frecuente en otras corporaciones tales como el Cabildo de Clérigos de Salamanca (Martín Rodríguez 1993, 139); la Cofradía de San Benito de Ávila (Sobrino Chomón 1988, 55), el Cabildo de Clérigos de Atienza (Layna Serrano 2004,422) y la Universidad de Clérigos de Jaén (Osorio Muñoz 1984, 483), por citar algunas. Pero, la integración de algunos religiosos procedentes de los conventos de la ciudad suponía un hecho poco común en el ámbito de las entidades clericales. De hecho, apenas están documentados algunos casos similares, tales como el Cabildo de Clérigos de Pontevedra (Barreiro Mallón 2004, 107) y la Cofradía de la Transfixión de Nuestra Señora en Zaragoza (Tello Hernández 2013, 96), que admitían a monjas de clausura, entre sus filas.
Los obituarios son la principal fuente para conocer a los miembros del cabildo. Cada encargo incluía la nómina de los celebrantes, donde se solía detallar la parroquia y el cargo del clérigo. Asimismo, algunos libros[4] incorporaron un listado con los nombres de los integrantes clérigos y laicos. Respecto a éstos últimos, el cabildo anotaba su dedicación profesional junto a sus nombres. Otro elemento son las propias mandas, donde se acreditaba la condición de miembro del finado. No obstante, estas informaciones se presentan de forma incompleta en buena parte de los años abordados, por las omisiones de la filiación parroquial o beneficial de muchos clérigos, o en las relativas al número y a la procedencia de los hermanos legos y frailes respectivamente. Con todo, los libros de presencias son los únicos recursos disponibles para conocer la composición capitular.
3.1. El clero secular
El clero secular constituía el grueso del cabildo, pero no suponía un bloque homogéneo. Algunos pertenecían al ámbito parroquial toledano y de su entorno más cercano. Otros estaban ligados a las colegiatas de San Vicente de la Sierra y de Santa Leocadia extramuros. A su vez, en el seno de la entidad coexistían clérigos con distinto nivel de renta. El grupo más numeroso se conformaba por varios miembros del clero parroquial de la ciudad: los párrocos, encargados de la atención pastoral de los fieles y los beneficiados servideros, clérigos cuyo cometido cultual solo respondía a la concelebración litúrgica. Su representación fluctuó en función de la incorporación de otros actores, ya que, si el clero parroquial representaba el 75,75% de la corporación en 1436, tan solo éste suponía el 45,31% en 1458 y el 38,33% ya en 1478. No obstante, el clero parroquial encabezó siempre la jerarquía del cabildo. La referencia más significativa es la asamblea general del primer sábado de diciembre, presente en todos los obituarios desde 1450. En esta sesión general, los únicos participantes eran los clérigos, como en el resto de las reuniones capitulares. Además, la convocatoria de 1478 aporta otro matiz, no menos importante, delimitando aún más el número de participantes:
Missa de Santa Maria. Fasese en la casa de nuestro cabildo, el primer sabado de disiembre. Han de venir todos los hermanos beneficiados del dicho cabildo, a poner de los ofiçios e para ver todas las cosas neçesarias al dicho cabildo. Libro de presencias de 1478, s/n, s/m 1478, Archivo Diocesano de Toledo (ADT), Estado: libro.
Los órganos de decisión y de control de los oficios excluían a los clérigos sin rentas eclesiales asignadas. Este hecho quedaría confirmado en la nómina de los oficiales electos entre 1436 y 1488. Todos ellos estaban ligados a alguna de las parroquias de la ciudad o en menor número, algunos oficiales eran beneficiados en otros templos, como el regidor Rodrigo Alfonso (1472), ligado a la colegiata de Santa Leocadia o el mayordomo García Gutiérrez (1478), párroco de Recas. El segundo segmento lo representaba una importante minoría procedente del poderoso clero catedralicio. Algunos de los miembros más destacados eran Juan de Morales, Fernán Pérez de Ayala o Alfonso García, entre otros. La presencia de los canónigos en el cabildo se debía a que muchos de ellos poseían algunos beneficios en las parroquias toledanas. No obstante, su presencia no fue muy numerosa, pues su aportación basculó entre un 2,63%– 2,59% entre 1450 y 1467. Solo en 1478, los canónigos superaron el 10%, pero más adelante, su peso es desconocido, ya que no aparecen mencionados en el libro de 1488. Otro colectivo catedralicio que se integró en el cabildo fue el de los racioneros. Sus ingresos y proyección social eran más limitada que los canónigos, recayendo sobre ellos meras labores auxiliares en el culto (Lop Otín 2008, 63). Su presencia basculó en torno al 2,81–6,66% del conjunto de la institución entre 1464 y 1478. Más adelante, se desconoce si los racioneros siguieron formando parte de la institución, puesto que el obituario de 1488 no cita a ninguno de ellos. Por último, se situaban aquellos individuos que no tenían una renta eclesiástica asignada. Desde el punto de vista del derecho eclesiástico, todo clérigo debía recibir las órdenes sagradas –una gradación jerarquizada, en cuyo ascenso facultaba al eclesiástico para realizar diversos cometidos litúrgicos hasta llegar al máximo grado, el sacerdocio–. Con independencia de las órdenes recibidas, el clérigo debía ejercer un cometido litúrgico en un templo (canto de las horas, funciones pastorales etc.) denominado oficio. A cambio de estas labores, le correspondía una serie de rentas anejas a su parroquia o templo, llamadas beneficios. Pero la acumulación de tales rentas por los eclesiásticos mejor situados socialmente y la sobreabundancia de población clerical comportaban que numerosos clérigos quedaran fuera de este sistema y, por tanto, estos individuos estuvieran sumidos en la pobreza. Para ellos, las pocas salidas eran las capellanías, el arriendo de oficios eclesiásticos o el ingreso en las cofradías clericales. De hecho, todos los clérigos del cabildo percibían la misma ración, con motivo de su participación en las mandas funerarias. La institución solo confería una cantidad adicional al preste o celebrante principal, denominada pitanza.
3.2. Los legos
Aunque la presencia de los legos queda acreditada desde el siglo XII, la primera referencia de las fuentes del siglo XV se halla en el obituario de 1450–1451, en la parte dedicada a los sepelios oficiados por el cabildo. Pero no es hasta 4 años más tarde, cuando se dan a conocer algunos miembros seglares de la institución. En el obituario de 1455, los legos citados son un caballero santiaguista, los escribanos Pedro Sánchez de Guadalajara y Diego de Hamusco y los notarios Pedro García y Pedro Álvarez. Más adelante, las relaciones de miembros de 1458–1478 incluyen un apartado dedicado a los hermanos legos. El listado incluye 3 notarios y 2 escribanos, seguidos de un cambiador, un abogado, un mayordomo y un oficial público (jurado), y 3 individuos de extracción social más humilde (un sastre y 2 traperos). A partir de 1464, se incorporarán algunas mujeres solo identificadas con sus esposos. De otra parte, los cuadros sociales medios continuaron siendo los mayoritarios completándose con la presencia del sedero Diego Gómez. Esta situación se extendió hasta 1478, fecha en la que se tienen las últimas noticias alusivas a su estatus socioeconómico. Por tanto, salvando algunas excepciones y a los miembros legos no identificados socialmente, se puede afirmar que el perfil del hermano lego correspondió a un varón, cualificado, con unos ingresos medianamente estables y con cierta influencia social; baste recordar su formación en materia legal o los ingresos de algunos artesanos acomodados como el citado Diego Gómez en 1464. La procedencia acomodada de los legos no es un hecho aislado dentro de las entidades religiosas, ya que esta situación era análoga en otras corporaciones como la Cofradía de la Concepción de Santiago de Compostela (Vázquez Bartomeu 1999, 453).
¿Cuál era el rol de los legos dentro del cabildo? En algunos cabildos de clérigos, los legos gozaban de las mismas prebendas que los eclesiásticos (Martín Rodríguez 2005, 71–73); sin embargo, en el caso de Toledo, la filiación de los laicos se limitaba al derecho a que la entidad celebrase las exequias y los tuviera presentes en sus oraciones. Así lo reflejan algunos funerales celebrados por los fallecidos o los memoriales anuales, celebrados durante el período de 1436–1488:
Misa de requiem por todos los hermanos decfuntos e bienhechores al cabildo, disese enla casa de cabildo, començado la campana de prima han de venir todos los hermanos, asi los clerigos como los legos. E que no vinierere con tiempo, que pierda la racion e le penen por cuatro mrs.
Libro de presencias de 1478, 7 de junio de 1478, (ADT), Estado: libro.
Por lo demás, los laicos estaban apartados de la toma de decisiones comunitarias o la participación de los recursos económicos de la entidad, por lo que su papel dentro del cabildo fue meramente subsidiario. De hecho, la mayoría de las cofradías redujeron la participación de los seglares a los bienes espirituales de la entidad, es decir a los sufragios que los clérigos ofrecían para la salvación de todos sus difuntos, fueran eclesiásticos o laicos (Meesserman y Pacini 1977, 150).
3.3. Los frailes
El tercer colectivo lo integraban algunos frailes, procedentes de los conventos de la ciudad. Se desconoce cuándo se produjeron los primeros ingresos, aunque las primeras noticias al respecto se hallan en 1450–1451. Entre los numerosos encargos celebradas durante este ciclo, se hallan los sepelios de 2 frailes mercedarios, cuyos gastos fueron asumidos por la corporación:
Veynte e dos dias del mes de agosto se fisieron las honras del comendador de santa Catalina. los que vinieron a las vigilias son estos e partieron cinquenta mrs e los que vinieron a la misa (…) Lunes veinte dias de diciembre, fisieron onras por nuestro hermano, frayle de la orden de Santa Catalina. Los que vinieron a las otras honras. Partense cinquenta mrs a la vigilia y a la misa.
Libro de presencias de 1450–1451, 22 de agosto y 20 de diciembre de 1451 resp. Fol. 66 v (ADT), Estado: libro.
Ninguna fuente presenta un listado integral, con todos los miembros del cabildo. Este factor adverso obliga buscar en la relación de los diversos otorgantes, algunos rastros con los que poder completar la nómina de integrantes. Entre las mandas funerarias, se hallan las exequias de algunos religiosos, cuya vinculación con la cofradía quedaba manifestada en la alusión “nuestro hermano” y en el hecho que la entidad financiara su entierro. Posteriormente, el silencio de las fuentes entre 1458 y 1467 impide conocer si hubo o no algún mendicante entre las filas del cabildo. Las últimas referencias se hallan en el obituario de 1472, en la parte dedicada a la relación de gastos:
El primero de septiembre fue el cabildo desta cibdat a las onras de fray Juan de Mora frayle de santa Trinidad a las quales onras se partieron del arca del cabildo, doscientos e cinquenta mrs (…). En treze de septiembre fue el cabildo a San Francisco a las onras de fray Francisco de Mendoça fraile del dicho monesterio a las quales onras partieron del arca del cabildo, cinquenta mrs
Libro de presencias de 1472, s/d, s/m, 1472. Fol.82 r/v (ADT), Estado: libro.
Durante ese año, entre los integrantes del cabildo se contaban miembros de las diversas órdenes mendicantes, establecidas la ciudad: fray Tomás perteneciente a la orden de los dominicos, los trinitarios Juan de la Mota y Alfonso de Carrión y los franciscanos Francisco de Mendoza y el vicario del convento, cuyo nombre no es especificado. Más allá de 1478, no aparece ninguna referencia relativa a la presencia de frailes en el Cabildo de Curas. En último lugar, conviene señalar que los religiosos no participaban en las conmemoraciones religiosas pese a que algunos pudieran ser presbíteros. También, los frailes estaban excluidos de las asambleas comunitarias, como sucedía con los hermanos legos.
4. Las obligaciones de los integrantes
La primera obligación común a todos los miembros era el pago de la cuota de ingreso. La cuantía de los laicos era ligeramente superior a la tasa de los clérigos. En este sentido, sirva como exponente el caso de 1458: si los clérigos recién ingresados pagaban 100 maravedíes de entrada, los legos tuvieron que aportar 150 maravedíes. La segunda obligación estaba vinculada a las fiestas del cabildo. Como todas las corporaciones de clérigos, la entidad festejaba a sus santos patrones: el obispo San Ildefonso (23 de enero), también patrón de Toledo y San Juan Evangelista en la fiesta de su martirio en la Puerta Latina de Roma (6 de junio). En ambas celebraciones, el cabildo conminaba a todos sus miembros acudir a las mismas:
Fyesta del bienaventurado señor sant Juan de Ante porta Latinan hordenolas nuestro cabildo a honor del señor Sant Juan fazese a seys dias de mayo en la nuestra casa de nuestro cabildo vísperas solepmes con capas de seda e otro día misa con diacono e subdiacono. Han de ser convidados todos los hermanos clerigos e legos e han de ofrendar a la misa.
Libro de presencias de 1488, 6 de junio enero de 1488. Fol.35 r (ADT), Estado: libro.
No obstante, las fuentes presentan únicamente los datos alusivos a los clérigos seculares, y sólo a partir de 1458. La baja participación de los clérigos fue una realidad constante, pese a las reiteradas disposiciones que contemplaban una sanción económica, junto a la pérdida de la ración distribuida durante las fiestas. Por ejemplo, la asistencia de los eclesiásticos a las fiestas comunitarias no superó el 19,39% en 1458. En 1464, el promedio mejoró hasta llegar al 27%. Pero en los años siguientes, no se consiguió que la mitad de los clérigos acudieran al encuentro, como acreditan los índices de participación: el 26,53% en 1465, el 33,94% en 1467, el 26,15% en 1472 y el 28,49% para 1478. Solo en 1488, la participación superó al 58,28%. La razón más poderosa era la escasa implicación de numerosos eclesiásticos en los actos litúrgicos, una práctica muy extendida entre el clero secular y que fue objeto de numerosas disposiciones sinodales en el conjunto de las diócesis hispánicas, durante toda la Baja Edad Media, así como en la práctica totalidad de las ordenanzas de las corporaciones clericales. Respecto al descenso significativo de las ausencias, pudo tratarse de los efectos de tales disposiciones. En cualquier caso, si la asistencia de los clérigos fue escasa, poco cabe de esperar en el caso de los legos. La tercera obligación era acudir a las exequias de los hermanos difuntos, aunque esta disposición solo aparece de forma tardía en 1507:
Han de pagar el defunto hermano un real a la guarda porque ha de avisar a los señores hermanos asy los resyden como alos otros que sean legos. Han de convidar la dicha guarda a todos los señores hermanos para que hagan por el tal hermano que resyde el dia de su finamiento e al enterramiento y que se de forma que traigan todos juntos, empezando la campana de prima.
Libro de acuerdos capitulares de 1506–1557, 6 de agosto de 1507. Fol.3 r (ADT), Estado: libro.
Se desconoce el alcance de esta medida, pero la escasa afluencia a los entierros de hermanos recogidos por los libros de presencias y el precedente de las fiestas comunitarias hacen reconsiderar su escasa efectividad. Sea como fuere, las fuentes no aluden a otras obligaciones comunes. Tan solo se centran en las tareas de los clérigos, entre las que se hallaba acudir a los memoriales de terceros, a los que los oficiales les hubiera convocado. La cuestión más reiterada es guardar respeto hacia el resto de los compañeros, como sucedía en otras tantas corporaciones (Barreiro Mallón 2004,115), una muestra que las disputas en el seno de estas entidades debieron ser una realidad habitual. De hecho, los acuerdos capitulares recogen varios enfrentamientos entre los clérigos, cuyo resultado fue la penalización del ofensor. Un ejemplo destacado fue el protagonizado por Andrés Martínez y Lope Fernández en 1507. El primer presbítero fue condenado al pago de una multa por el resto de los hermanos, por las injurias vertidas contra el regidor, la máxima autoridad de la cofradía:
Este día mandaron los dichos señores, que por quanto Andrés Martines, beneficiado en San Torcuato, avia ofendido en palabras enfuriosas con el señor Lope Fernandes, cura de San Vicente, siendo regidor; que por un mes, deste dia sea desterrado del cabildo e non gane cosa alguna de el.
Libro de acuerdos capitulares de 1506–1557, 24 de enero de 1507. Fol.2 r (ADT), Estado: libro.
A su vez, el cabildo contaba con los mecanismos necesarios para enfrentarse a aquellas situaciones más graves. El castigo más importante era la expulsión sine die, con la que se castigaba a quienes hubieran perjudicado los intereses de la institución. Es el caso de Diego Pérez, al que sus compañeros lo acusaron de apropiarse de una parte de una donación realizada a la corporación:
Los señores curas e beneficiados estando juntos en la iglesia mayor, mandaron que no escribiesen al señor Diego Pérez, fasta que fuese voluntad del dicho cabildo. Esto por çiertas diferencias que tuvo con el dicho cabildo e porque no avia declarado çierta cláusula de un testamento de Olivera sobre çierta memoria que avía de hazer el dicho cabildo. E por esto e otras cosas enste caro que ha pagado.
Libro de acuerdos capitulares de 1506–1557, 1 de octubre de 1509. Fol.11 r (ADT), Estado: libro.
La resolución del conflicto concluyó con la readmisión de Diego Pérez, unos años más tarde. En cualquier caso, el cabildo se mostró especialmente rígido en la defensa de su patrimonio y en la salvaguarda de la convivencia entre los hermanos. De ahí el rigor sancionador de sus disposiciones, con independencia de los resultados reales que tales medidas tuvieran para revertir las infracciones de la regla comunitaria.
5. La evolución de la composición
Al contrario que otras corporaciones, el Cabildo de Curas y Beneficiados no limitó el número de sus integrantes en sus ordenanzas. En el caso de Toledo, la evolución de la composición capitular está intrincadamente vinculada al progreso de los encargos funerarios durante el período abordado y por extensión a la dinámica de las donaciones anejas a los mismos (casas, tierras, legaciones) y a su gestión. A partir de esta interacción, los 52 años abordados se pueden dividir en 4 fases diferenciadas, en los que las mandas y las donaciones aumentaron desde 1436 hasta finales del siglo, a excepción de algunas coyunturas. De igual forma, el número de integrantes experimentó un crecimiento paralelo hasta las décadas de 1470 y 1480, donde los profundos cambios experimentados por la corporación frenaron las nuevas incorporaciones, como se describirán en las siguientes líneas.
La primera etapa se extiende entre 1436 y 1447. Aquí, los libros de presencias solo recogen los nombres de los clérigos seculares, sin ninguna referencia a la presencia de religiosos o de legos. El número de los hermanos identificados es escaso: 33 (1436), 31 (1446) y 27 (1447), de los que muchos aparecen sin identificar ni con su oficio eclesiástico, ni con su parroquia. Tampoco, los encargos funerarios abundan: el cabildo apenas oficia 31 actos religiosos en 1436 y solo 26 en 1447. Por otra parte, los obituarios no detallan ni el número, ni la cuantía de las legaciones realizadas durante esta etapa. Cabe suponer que tales donaciones serían más bien escasas, al igual que el número de encargos funerarios, celebrados durante esta fase.
La segunda fase coincide con la década de 1450. A partir de este período, los libros de presencias recogen las donaciones anejas a las mandas funerarias: las explotaciones agrarias e inmuebles, que posteriormente la corporación arrendaba y varias aportaciones monetarias. Entre 1450 y 1458, el cabildo experimentó un crecimiento considerable de sus ingresos, pese algunas coyunturas temporales: 5520 maravedíes en 1450 y 9961 maravedíes, a finales del decenio. El incremento de los ingresos no siempre coincidió con el de los encargos funerarios: 33 (1450), 67 (1451), 51 (1455) y 47 (1458). La evolución positiva de las finanzas fue fruto de la buena dotación de algunas mandas y de la gestión de los bienes inmobiliarios y rústicos. Asimismo, la percepción de otras cuantías fue decisiva para la buena marcha de las arcas capitulares, tales como las entradas de nuevos miembros o los traspasos de algunas propiedades. La coyuntura económica favorable del cabildo explica el aumento de las afiliaciones. Durante el ciclo de 1450–1451, la composición capitular se situaba en 38 y 39 clérigos seculares respectivamente. El primer grupo era encabezado por 30 curas y beneficiados servideros, seguidos muy de lejos por algunos canónigos y 2 frailes. Pero, la secuencia de miembros se presenta incompleta, ya que no se detalla el número de legos. Unos 5 años más tarde, la corporación supera los 45 miembros: 40 clérigos y 5 laicos. El mayor número de miembros continúa procediendo del clero parroquial (34), mientras se constata la presencia de un canónigo y otros tantos clérigos no identificados. En el caso de los hermanos legos, se especifica su posición socio profesional: un caballero santiaguista, 2 escribanos y 2 notarios, como se especificó líneas atrás.
La etapa se cierra en 1458, año en el que la corporación se sitúa en los 64 miembros. El clero parroquial predomina sobre el resto, aportando unos 28 individuos. También, se cuenta con la presencia de los canónigos Alfonso García y Fernán Pérez de Ayala, miembro de una de las casas nobiliarias más importantes de la ciudad. Además, por primera vez, la nómina de 1458 cita por primera vez a los clérigos no beneficiados (5 individuos), cuya presencia sería anterior a esta fecha. Pero, el rasgo más significativo de este ciclo es el aumento considerable de los legos, unos 15 miembros (23,43% del total), entre los que se encuentran 3 notarios, 2 escribanos, un abogado, un mayordomo, un oficial público y un cambiador.
El tercer período se desarrolló en el decenio posterior (1464–1467). Esta es la etapa más inestable económicamente para el cabildo, coincidiendo con la delicada situación política y económica de la Corona de Castilla, ante el conflicto larvado entre Enrique IV (1454–1474) y parte de la alta nobleza, una situación que se acusaría conforme avanzó la década. En contraste, el comienzo de esta fase se caracterizó por la bonanza del cabildo. El año de 1464 se caracterizó por el ascenso de las mandas funerarias (72). En conjunto, el arrendamiento de casas, la percepción de limosnas, y algunas operaciones inmobiliarias reportaron al cabildo unos 17 219 maravedíes. La composición del cabildo ascendió hasta los 71 miembros: 55 clérigos y 16 legos. Al grueso de párrocos y beneficiados (28) y a la citada presencia de algunos canónigos, le siguió una presencia notable de clérigos sin rentas asignadas, hasta llegar a los 10 miembros; por su parte, la mayor parte de los legos siguió procediendo de cuadros sociales cualificados. El incremento de ambos colectivos se debe a la expansión económica y de promoción social de la institución. Este proceso es similar a otros protagonizados por algunas corporaciones de clérigos y legos, como la cofradía de la Concepción de Santiago (Vázquez Bertomeu 1999, 453). En cambio, los 2 años sucesivos estuvieron presididos por la drástica reducción del número de los encargos funerarios y las ganancias anejas. La difícil situación financiera fue pareja a la propia inestabilidad que Toledo experimentó fruto del enfrentamiento entre los linajes de la ciudad y las revueltas anti conversas (Ruano 1961, 90). Así, el año 1465 se presenta como uno de los de menor actividad cultual, con apenas 40 encargos y un volumen de ingresos de 9094 maravedíes. Para 1467, la situación mejoró levemente, empero no se recuperaron los estándares de 1464: el cabildo celebró 56 memoriales y percibió en total 9534 maravedíes, entre los cánones de las casas y tierras arrendadas y las legaciones monetarias de este año. La reducción de las donaciones supuso el consiguiente descenso de las raciones: de los 8,25 maravedíes a 4,08 en 1467. También, los efectos se manifestaron en la composición del cabildo. Las entradas disminuyeron notablemente y las defunciones completaron el descenso de la membresía: 67 en 1465 (54 eclesiásticos, 13 legos) y 62 en 1467. Este proceso fue especialmente acusado entre los legos que bajaron de 13 a 7 miembros en apenas 2 años. La disminución de los seglares está acreditada en la evolución de otras cofradías de clérigos y legos, ante el reforzamiento de su perfil clerical (Barreiro Mallón, 107). Además, a partir de 1467, el cabildo dejó de financiar las honras de los legos, además de exigirles la cesión de alguna propiedad para ingresar en el cabildo. Esta medida fue adoptada ante el lamentable estado de las arcas capitulares. Sin embargo, la disposición influyó decisivamente en la reducción de los seglares hasta una cifra, cada vez más irrelevante en la siguiente fase. En cambio, esta tendencia no se dio en otros colectivos muy diferentes, como los canónigos, cuyas rentas estaban aseguradas y los clérigos no beneficiados. El número de éstos últimos se mantuvo estable (10–11 individuos entre 1464–1465), hasta fines de la etapa, cuando su peso disminuyó ligeramente hasta los 8 sujetos.
La última etapa se inicia en 1472 y se extiende hasta el final de la centuria. En paralelo con la reactivación económica castellana durante las postrimerías del siglo XV y en un ciclo de estabilidad política (a fines de la década de 1470), el cabildo afrontó el otoño bajomedieval con una progresiva recuperación que desembocó en un aumento considerable de los encargos y en un crecimiento espectacular de sus ingresos. A ello, le acompañó un reforzamiento de su prestigio, por el hecho de que algunos miembros de la alta sociedad toledana requirieron la presencia del cabildo en sus exequias o memoriales. Dicha petición obedecía al deseo de los poderosos por plasmar su estatus social imperecedero pese a la muerte, mediante el despliegue del boato ceremonial y la convocatoria del mayor número de clérigos celebrantes posible, al tiempo que buscaban garantizar su entrada en el Paraíso. No obstante, conviene recalcar que las solicitudes de los potentados no suponían que éstos formaran parte de la institución, puesto que las élites solían repartir sus mandas entre varias entidades religiosas de la ciudad; de hecho, solo un número limitado de canónigos se integró entre las filas de la corporación. No obstante, tales encargos repercutieron en un aumento significativo de las mandas, procedentes de otros estamentos sociales, como resultado de la participación del cabildo en numerosas exequias y memoriales de la oligarquía toledana.
Durante 1472, el cabildo consolidó un mayor número ingresos– más de 13 000 maravedíes– procedentes en buena parte de las rentas inmobiliarias y de muchos de los 87 encargos celebrados en ese año. La recuperación coincidió con el mayor punto de integrantes del cabildo: 77 miembros, entre los que se contaban 28 clérigos parroquiales, 10 clérigos no beneficiados, 5 racioneros catedralicios, algunos canónigos de la sede toledana y de la colegiata de Santa Leocadia, el párroco de la Figueruela y hasta 5 frailes, la cifra más numerosa de las fuentes. Mientras los legos apenas supusieron el 9,09%, con unos 7 miembros entre los que se encontraron 2 caballeros santiaguistas. Pero aún las arcas de la entidad presentan una situación delicada, debido al elevado gasto en raciones. Unos 6 años más tarde, la recuperación económica del cabildo da paso al esplendor de la institución, a partir de 1478. En conjunto, la institución ingresa cerca de 70 950 maravedíes, procedentes de la adquisición y arrendamiento de nuevas propiedades inmobiliarias y rústicas; como también de las legaciones monetarias. También, las raciones experimentaron una mejor dotación, hasta situarse en los 9,07 maravedíes de media. En buena medida, ambos procesos se debieron al incremento de los encargos funerarios que ascendieron hasta los 193. Además, en esta etapa, se acusó el proceso inverso a los años anteriores: los ingresos aumentaron al tiempo que el número de integrantes disminuye. La membresía acoge a 60 miembros (57 clérigos, 3 legos). El clero parroquial (23) fue seguido por un menguado número de clérigos no beneficiados, posiblemente por el endurecimiento de las condiciones de ingreso. A su vez, los canónigos reforzaron su presencia con 6 miembros, mientras los racioneros sumaron 4 integrantes. Al contrario, otros colectivos reducen considerablemente su presencia en el cabildo, como los frailes que no son mencionados, ni siquiera como otorgantes o los legos, cuya presencia se reduce a un escribano y 2 individuos no identificados profesionalmente.
Por último, el año de 1488 reprodujo las tendencias iniciadas una década atrás. Los ingresos ascendieron hasta los 90 067 maravedíes, mientras las mandas hicieron lo propio con 215. Además, el obituario recoge el mayor índice de encargos solicitados por algunos aristócratas de la ciudad, varios canónigos y otros personajes ligados a la élite del común. La sinergia de ambos procesos derivó en el aumento de la ración media hasta los 11,36 maravedíes. El número total de miembros no es conocido, pues el obituario solo aporta los nombres de 34 clérigos seculares, pero no cita el de los legos, a los que menciona de forma genérica al recoger la obligación de éstos de acudir a las fiestas capitulares. número. En cualquier caso, las cifras disponibles son un claro indicativo del cierre a nuevas incorporaciones, de hecho, las entradas de los clérigos pasaron de 150 en 1478 a 440, apenas 10 años más tarde en un contexto de bonanza económica. En esta restricción, los procesos implicados fueron el enriquecimiento del cabildo y su cierta relevancia social, adquirida por la celebración de los memoriales de algunos notables de Toledo. Así pues, las razones de ambos procesos se deberían a cuestiones de prestigio y a otras más ligadas con el pragmatismo económico, ante el aumento considerable de las raciones. Asimismo, cabe reseñar el nexo existente entre las estrategias arriba mencionadas: éste no era otro que la necesidad del Cabildo de Curas y Beneficiados por encontrar un sitio propio, en medio de una ciudad tan clericalizada como Toledo a fines del Cuatrocientos.
6. Conclusiones
El Cabildo de Curas y Beneficiados de Toledo es un exponente del corporativismo clerical. La entidad surgió en el siglo XII, fecha en la que este fenómeno irrumpió en toda Europa Occidental y por extensión en los reinos hispano–cristianos. Como otras entidades análogas, el Cabildo asumió la defensa de los intereses del clero parroquial y la celebración de las exequias de sus agregados, también la de terceros, siendo las de estos últimos de las que procedían el grueso de los ingresos del cabildo. Tales razones explican que los clérigos parroquiales sean quienes conformaran el grueso del cabildo, así como que éstos monopolizaran los órganos de gobierno y toma de decisiones de la institución. Pero, a pesar de ser una entidad orientada a la participación del clero parroquial de la ciudad, la corporación admitió en su seno a otros colectivos de clérigos: a los canónigos, por su relevancia social y a varios clérigos sin beneficios, cuyas razones de su admisión no están del todo claras. Quizá, el interés de la corporación fuera dotarse de un nutrido número de eclesiásticos para dotar del mayor esplendor posible de sus ceremonias y con ello, atraer más donaciones. Sea como fuere, la presencia de ambos estamentos eclesiásticos tan polarizados entre sí se debe a razones diferentes. Del lado de los canónigos, pesaría el deseo de éstos por dotarse de aquellas exequias y sufragios que garantizaran su salvación, al tiempo que mostraran su estatus social. Por parte de los clérigos no beneficiados, las necesidades materiales de este colectivo se impondrían a las motivaciones religiosas, más aún en un ambiente de sobrepoblación eclesiástica como la ciudad de Toledo. En cualquier caso, todos clérigos seculares participaban en el reparto de los ingresos de la institución, mediante su participación en los servicios religiosos propios o de terceros, celebrados por el cabildo
Asimismo, el cabildo recibió algunos legos y frailes entre sus filas, al punto de configurarse en una cofradía mixta, como otras de su entorno. Si bien más reducida, la presencia de otros miembros no vinculados al clero secular conlleva a considerar que el cometido funerario de la institución se impusiese sobre su cariz más reivindicativo. El papel que jugaron ambos tipos de miembros fue claramente subsidiario, siendo excluidos de los beneficios económicos de la institución y del gobierno del cabildo, reservado al clero parroquial. Su única prebenda eran las exequias celebradas por el cabildo.
¿Qué motivó a colectivos tan diferentes a engrosar las filas del cabildo? Los seglares se moverían por el interés que su posición acomodada quedara acreditada por medio de las mandas, ya que conviene recordar que muchos procedían de estamentos sociales cualificados, pero no privilegiados. En el caso de los frailes, pesarían más las razones espirituales, ya que los religiosos no se veían favorecidos por la institución en ninguna otra forma, salvo en la celebración de sus exequias. Por otra parte, el hecho que algunos frailes perteneciesen a la corporación rompe el estereotipo de las malas relaciones entre las órdenes mendicantes y el clero secular. También, su presencia distingue al Cabildo de Curas y Beneficiados de Toledo de otras entidades análogas, ya que no era frecuente la presencia de frailes en aquellas.
Clérigos, frailes y legos se regían por unas obligaciones comunes. La presencia de los integrantes era obligatoria tanto en las fiestas patronales, como en las exequias. La principal razón de ese imperativo se debía a esa solidaridad de los miembros vivos con los fallecidos, por los que se ofrecían los actos religiosos para su salvación. De ahí, se debe la insistencia porque todos acudieran a los servicios de culto y las sanciones, pero también al hecho que el abstencionismo (práctica común entre el clero) fuera una lacra latente entre los miembros eclesiásticos de la institución y muy posiblemente entre el resto de los hermanos. Otras obligaciones eran las propias del clero secular, puesto que la mayoría de los miembros procede de este sector, como se apuntó líneas arriba. Entre los principales deberes se hallaban: la asistencia con tiempo a las mandas, el respeto a los oficiales y abstenerse de cualquier actitud delictiva o que perjudicara los intereses de la institución.
La evolución del cabildo se caracterizó por una constante fluctuación, aunque a grandes rasgos, este proceso se puede sintetizar en 3 elementos. El primero responde al hecho que el grueso de las incorporaciones lo protagonizó el clero secular, con independencia del peso de otros colectivos como los legos. El segundo factor reside en que la preeminencia del factor económico en lo que se refiere al incremento de las afiliaciones. La primacía del interés pecuniario se manifiesta en el hecho de que las afiliaciones de los clérigos aumentaron conforme lo hicieron los ingresos del cabildo y por tanto la ración percibida por los mismos. Este proceso abarcará el período comprendido entre 1450 y 1464, para frenarse entre 1465–1467, coincidiendo con la crisis sociopolítica y económica del reino, hecho que pudo frenar las donaciones y, por extensión, el interés general de los clérigos seculares por entrar en el cabildo. No es así, en el caso particular de los eclesiásticos no beneficiados, quienes aumentaron significativamente su presencia, ante su situación económica desfavorable. Hacia 1472, la situación económica se revierte favorablemente, al punto que la entidad alcanza el mayor índice de afiliados. Para estas fechas, la proyección social de la institución se consolidó, gracias a las mandas de algunos integrantes de la alta sociedad toledana. Aunque, la mayoría de estos potentados no ingresaron en el cabildo, sus encargos atrajeron a numerosos seglares deseosos de dotar sus exequias del mayor fasto ceremonial posible, a través de un elevado número de clérigos que oficiaran sus sufragios. No obstante, conviene recalcar que los intereses económicos o de prestigio social de unos y otros miembros no excluyen en absoluto las motivaciones espirituales de aquellos, en un contexto cultural donde la fe cristiana influía en todos los aspectos sociales y, más aún, en las cuestiones existenciales.
El tercer elemento para considerar es el endurecimiento de las condiciones de ingreso en el cabildo. El desarrollo de este proceso se materializa tras 1478, en el que el cabildo posee un abultado patrimonio inmobiliario y unos considerables ingresos, hecho que permite un aumento considerable de las raciones. Al mismo tiempo, el aumento significativo de las mandas procedentes de las élites de la ciudad influyó notablemente en este proceso. El Cabildo de Curas y Beneficiados nunca monopolizó las exequias de los poderosos, ni se convirtió en su instituto preferido, tampoco se produjo un incremento notable de las afiliaciones procedentes del alto clero toledano o de otros sectores privilegiados. Pero la interacción entre el buen estado de las arcas capitulares, el número de los encargos y la procedencia de muchos de éstos y la cuantía de las raciones explican el interés de la corporación por reducir la entrada de los clérigos, con el objeto de mantener tanto su prestigio como su viabilidad económica. Por último, se desconoce el papel de los frailes y legos durante esta última etapa. Conviene recordar que los religiosos no mostraron mucho interés por la institución, teniendo en cuenta que sus comunidades les reportaban cuantos servicios espirituales requirieran. Por su parte, los legos aparecen referenciados en 1488, pero sin detallar su profesión o su cuantía. No obstante, si se tienen en cuenta la reducción entre 1467–1478 y la evolución de otras entidades análogas al cabildo, su presencia sería puramente testimonial en 1488.
En clave de síntesis, si bien la entidad acogió a clérigos, legos y religiosos durante todo el Medioevo, la institución reforzó su carácter eminentemente dirigido al clero secular al tiempo que limitó nuevas incorporaciones, en un proceso similar al de otras corporaciones análogas, conforme consolidó una marcada identidad propia. Esa identidad propia se manifiesta en el estatus de muchos de sus otorgantes, en el nutrido patrimonio e ingresos amansados a lo largo del siglo XV, como en el propio hecho que el cabildo desarrollara sus actividades en la sede primada de las diócesis hispánicas. La confluencia de estas realidades convierte al Cabildo de Curas y Beneficiados de Toledo en una de las manifestaciones más importantes dentro del corporativismo del clero secular hispánico durante la Baja Edad Media.
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- Para un breve estado de la cuestión en el ámbito castellano, véase Olivet García-Dorado, 2018, 521-523.↵
- La distribución parroquial era la siguiente: San Pedro, Santa María Magdalena, Santas Justa y Rufina, San Vicente, San Juan Bautista, San Ginés y San Román se hallaban en las zonas comerciales de la ciudad. Otras parroquias se situaban en áreas cercanas al alcázar de la ciudad, como San Miguel o a la judería, como eran los casos de San Salvador, Santo Tomé, San Cristóbal y San Martín. Mientras, algunas demarcaciones se diseminaban por los diversos barrios residenciales como San Andrés, San Antolín, San Justo, Santa Eulalia, Santa Leocadia, San Lorenzo, San Soles o San Cebrián. Otras cuatro se localizaban en el extrarradio: San Sebastián, San Lucas, San Marcos y San Torcuato, mientras que las parroquias de Santiago y San Isidoro se asentaron en los arrabales (Barrios Soto 1992, 203).↵
- La regla medieval no se ha conservado. Solo se conocen algunos aspectos a través de los libros de presencias y de los acuerdos capitulares de 1507 en adelante.↵
- Tales como los libros de 1458, 1464, 1467, 1472 y 1478.↵






