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8 La experiencia de lo sagrado en la Prehistoria

José Antonio Castro Couceiro

Abstract: In the article some of the first manifestations of the experience of the sacred in Prehistory are explained. Special attention is paid to the processes related to the origin and development of consciousness, as well as to the oldest strata of important religious concepts. These archaic manifestations, along with its dynamic and evolutionary processes, are interpreted in relation to their corresponding psycholo¬gical processes. Given that symbols fulfill a mediating function between the contents of consciousness and the contents of the unconscious, we analyze how symbolic thought arose and began to develop, that is, the importance of the capacity for symbolization and its decisive influence on the configuration of the imagery of prehistoric societies. The transcendence of this evolutionary achievement not only progressively revealed to the archaic consciousness the diverse modalities of the real, but also established the substratum of central concepts of the great religions of humanity.

Keywords: Evolution, religious beliefs, symbolic thought, Prehistory, Psychology

En el porvenir veo ancho campo para investigaciones mucho más interesantes. La psicología se basará seguramente sobre los cimientos (…) de la necesaria adquisición gradual de cada una de las facultades y aptitudes mentales. Se proyectará mucha luz sobre el origen del hombre y sobre su historia.
Charles Darwin, El origen de las especies.

1. Método, dificultades y cronología

Una de las mayores dificultades respecto a la investigación de la Prehistoria es la ausencia de testimonios directos (James 2016, 11). Debe también considerarse otra dificultad: las vastísimas escalas temporales, que abarcan varios millones de años. Una tercera dificultad es que no es posible conocer con precisión cómo, cuándo o por qué surgieron durante este período las que parecen ser las más antiguas manifestaciones espirituales y religiosas de la humanidad. Sin embargo, la importancia de este dilatado período es enorme, ya que algunas de estas experiencias originales constituyen también la principal fuente de información acerca del origen y desarrollo de la consciencia de los homínidos.

Además de la ausencia de documentos escritos, debemos también tener en cuenta las vastísimas escalas temporales de la Prehistoria. La Prehistoria suele dividirse en tres períodos de duración y localización geográfica muy desigual. El primero de estos períodos, el Paleolítico, abarca al menos tres millones de años, durante los que, para asegurar la supervivencia, los diversos tipos de homínidos se dedicaron a recolectar, cazar y pescar. Hasta que, hace unos doce mil años, se produjo un cambio sin precedentes: de la recolección se pasó a la agricultura, y de la caza y la pesca se pasó a la cría y domesticación de animales. Esta fase de cambio da inicio al segundo período, el Mesolítico. En el tercero y último, el Neolítico, se consolida y generaliza, de forma global, el cambio de nomadismo a sedentarismo, y con ello, el auge de la agricultura, y un constante aumento de la población. El hito que indica el final del Neolítico y, con ello, también de la Prehistoria, es la invención de la escritura, que no por casualidad surgió en la misma zona desde la que empezó a irradiarse la sedentarización.

Pero también es necesario considerar lo referente a la propia condición de ser humano. En este sentido, la tendencia de las primeras investigaciones fue considerar la evolución de los homínidos de forma lineal, es decir, la condición humana se alcanzaba al franquear cierto tipo de umbral o límite crítico. Este umbral podía ser anatómico –por ejemplo, una determinada capacidad craneal–, o tecnológico –el grado de sofisticación en la elaboración de herramientas–, pero esta interpretación ha sido muy cuestionada (Hours 1985, 4). Incluso hoy resulta difícil estar seguro de cuándo se produjo realmente su aparición[1], ni qué especificidades delimitan la propia condición humana.

En resumen, las dificultades a tener en cuenta para delimitar e interpretar posibles símbolos de la experiencia de lo sagrado en la Prehistoria son numerosas: la ausencia de testimonios directos, las enormes escalas temporales de la Protohistoria y de la Prehistoria –como mínimo tres, pero probablemente sean al menos siete millones de años (Leakey 2001, 14)–, la interpretación altamente subjetiva al analizar tanto los restos fósiles como el material arqueológico en términos espirituales o religiosos, e incluso lo relativo al origen de lo que consideramos como distintivamente humano.

2. Bipedación, herramientas y fuego

La evolución cultural del género Homo requirió muchos milenios entre un hallazgo y otro, durante los cuales los cambios se generalizaron con gran lentitud. Además, durante la mayor parte de la Prehistoria, los homínidos sólo pudieron habitar determinadas franjas climáticas de la Tierra, a las que tuvieron que adaptarse grupos aislados y muy reducidos, lo cual a su vez limitó tanto la transmisión cultural como la dotación genética de estos grupos (Ohlig 2004, 31).

Un aspecto resulta esencial: tanto la adaptación al medio como el propio desarrollo fisiológico influyeron decisivamente sobre la evolución encefálica y, con ello, determinaron en gran parte el origen de la consciencia. Es el caso de la posición erguida y de la marcha bípeda, logros que supusieron la primera gran diferenciación respecto a los primates (Leakey 2001, 34). Desde un punto de vista práctico, la posición erguida dejó las manos libres a los primeros homínidos[2], un hito evolutivo cuyas implicaciones resultaron de vital importancia tanto para la elaboración y manipulación de herramientas como para la creación cultural y la transmisión de conocimientos.

Como consecuencia de esta modificación evolutiva, es en este contexto en el que se produjo, según Mircea Eliade, el primer atisbo de una experiencia lo sagrado, ya que la posición erguida proporcionó a la emergente consciencia una novedosa disposición tanto del propio cuerpo como del entorno. Paralelamente a la consolidación de la verticalidad, la percepción se empezó a reorganizar de un modo antes inaccesible, favoreciendo un reordenamiento espacial en torno al propio cuerpo, que acabó estableciéndose como eje central de la percepción en relación a sí mismo y al entorno.

Según esta hipótesis, gracias a la postura erguida este nuevo homínido pudo dirigir su mirada con más libertad y profundidad hacia el espacio circundante: hacia otras dimensiones del paisaje natural y del lejano horizonte. Pero también hacia la bóveda y los objetos celestes, cuya contemplación habría provocado en aquellos primeros homínidos un fuerte impacto perceptivo (Eliade 1999, 23): el cielo revelaría un sentido de fuerza y trascendencia, provocando en la consciencia primitiva el primer atisbo de una experiencia de lo sagrado. El cielo representaría así lo alto y lo elevado, lo inaccesible. Pero, sobre todo, la bóveda celeste representaría lo Otro (Eliade 2009, 113), aquello que por primera vez se percibe como ajeno a uno mismo; una fase necesaria en el origen y desarrollo de la consciencia autorreferencial y en el despliegue inicial de una latente capacidad de simbolización (Ries 2016, 58).

Los siguientes logros que guardan relación con la evolución de las capacidades cognitivas son la confección de herramientas –hace unos dos millones y medio de años (Christian 2010, 201)–, y el uso no intencional del fuego –hace alrededor de un millón y medio de años (Tattersall 2014, 207)–. Pero a pesar de que el uso generalizado de herramientas parece haberse impuesto de forma bastante rápida, éstas siguieron siendo primitivas al menos durante otro millón de años, mientras que el uso del fuego parece haber sido esporádico y circunstancial[3] durante la mayor parte de este período.

Aunque no pueda establecerse un simbolismo relacionado con el fuego en época tan temprana, se considera un paso decisivo en la historia de la humanidad: permitió elaborar alimentos, protegerse del frío y de los enemigos (Wunn 2012, 59–63) y, como puede deducirse de que la mayor parte de los vestigios de fuegos se hayan encontrado en el centro de los asentamientos, es muy probable que determinase una noción esencial de la experiencia de lo sagrado: la noción de centralidad. Al igual que los objetos celestes, los simbolismos asociados al fuego acabarían constituyendo, ya en la Antigüedad, una parte fundamental de las grandes religiones de la humanidad, y pueden, por ello, considerarse fases arcaicas de la consciencia, relacionadas quizá con experiencias primigenias de lo sagrado.

Recapitulemos de nuevo: la postura erguida y la marcha bípeda, la contemplación de la bóveda y de los objetos celestes, la creación y manipulación de herramientas y el uso del fuego pueden considerarse como primeros eslabones de la capacidad de simbolización. Representan fases evolutivas asociadas a una emergente capacidad cognitiva y a fases arcaicas respecto al desarrollo de una incipiente consciencia autorreferencial. Cabría también añadir la importancia de la caza, ya que la muerte del animal y la evidente similitud de la sangre de la víctima pudieron provocar en el cazador una suerte de solidaridad mística con la presa que, a su vez, se mantuvo latente hasta desarrollarse en posteriores ideas asociadas a la noción de sacrificio (Eliade 1999, 25). ¿Pero cuál pudo ser el aspecto realmente determinante para el desarrollo de la capacidad cognitiva y simbólica del ser humano, indispensable para la emergencia de ideas y creencias religiosas?

3. Lenguaje, vida y muerte

Además de los cambios genéticos y fisiológicos, como el aumento del tamaño encefálico, es muy probable que uno de los aspectos determinantes en la configuración de lo humano tuviera que ver con la capacidad de aprender (Christian 2010, 184–185); y, por supuesto, también con la capacidad para transmitir dicho aprendizaje, por lo que la clave pudo haber sido el lenguaje, cuyo desarrollo sin duda requirió numerosas adquisiciones previas, como la bipedación y la habilidad manual, cierta sociabilidad, un aprendizaje infantil largo o una mayor capacidad encefálica. Y, sin duda, también numerosas modificaciones fisiológicas paralelas, como un acusado descenso de la laringe –necesario para producir sonidos complejos–, la especialización lateral del cerebro –lo que habría permitido un incipiente desarrollo de las zonas cerebrales temporal y frontal del hemisferio izquierdo, en concreto, de las áreas de Broca y de Wernicke, que se identifican con la producción y comprensión del lenguaje (Ayala y Cela 2006, 88)–, y una mayor capacidad para dominar la respiración y poder reconocer así sonidos con mayor rapidez y precisión (Christian 2010, 220). Además, un encéfalo de mayor tamaño estaría relacionado con una mayor flexibilidad conductual, lo que a su vez favorecería la aparición tanto del lenguaje como, mucho más tarde, del lenguaje simbólico, lo que abría la posibilidad de imaginar y comunicar contenidos abstractos, del propio mundo interior (Christian 2010, 235–236), aspecto esencial para un posterior desarrollo del pensamiento religioso.

Gracias al lenguaje pudo ampliarse un mundo hasta entonces dominado por las experiencias y sensaciones limitadas al instante. Además, estos primeros eslabones de autoconsciencia seguramente permitieron ampliar y abrir hacia el interior un mundo hasta entonces restringido principalmente a las sensaciones físicas. Es decir, esta innovación permitiría ampliar el mundo perceptivo y psíquico más allá de las experiencias y sensaciones del momento, permitiendo crear y expresar ideas abstractas, así como también evocar el pasado y el futuro, todas ellas variables necesarias en procesos de aprendizaje (Christian 2010, 219). Por lo tanto, todo parece indicar que durante las primeras etapas de su desarrollo, hace unos quinientos mil años, un cierto tipo de lenguaje rudimentario reforzó el repertorio comunicativo previo, conformado por gestos, expresiones acústicas sencillas y lenguaje corporal, base de la comunicación sin palabras. En este sentido, quizá lo más importante es que, incluso durante sus primeras fases, el lenguaje implica al menos un cierto grado de consciencia introspectiva, más parecida a la de los humanos actuales (Leakey 2001, 15).

Poseedores de un lenguaje rudimentario y simple (Lewis–Williams 2006, 91) en comparación con los sapiens, fueron sin embargo los neandertales quienes aportaron el simbolismo más antiguo que puede interpretarse con seguridad como relacionado con una experiencia de lo sagrado: los enterramientos. Aunque en un primer momento se limitaron a arrimar al difunto a la pared de una cueva o depositarlo en un foso ya existente, estos sencillos enterramientos –todavía sin ofrendas ni ajuar funerario– muestran los primeros esfuerzos por proteger al difunto, por mantener el cadáver intacto o, cuanto menos, por conservarlo de alguna manera (Wunn 2012, 497). Y a pesar de su aparente simplicidad, implican también un cierto grado de reflexión acerca de la muerte y de sus consecuencias, de la continuación de la vida más allá de la muerte o, al menos, ciertas ideas respecto al futuro destino de los difuntos (Wunn 2012, 117), lo cual no podría haberse producido sin algún tipo de lenguaje estructurado.

Ya con Homo sapiens, la consciencia respecto a la vida y a la muerte adquiere mayor complejidad. Aparecen las primeras ofrendas y adornos funerarios, comidas y sacrificios rituales, los primeros enterramientos colectivos, las primeras cremaciones, ciertas incisiones esquemáticas en cráneos y huesos, así como el uso esporádico del ocre rojo, quizá en sustitución de la sangre (Wunn 2012, 182), como probable símbolo de la creencia en una vida más allá de la muerte (Eliade 1999, 31). En muchas sepulturas, los cuerpos están orientados en dirección este–oeste, como solidarizando el alma del difunto con el curso del Sol (Eliade 1999, 33). Los enterramientos en los que el cadáver está en cuclillas o en posición fetal podrían simbolizar la creencia en una nueva vida, tras renacer del seno materno de la tierra. La cabeza o el cráneo del difunto son a menudo sometidos a un tratamiento particular, ya que probablemente supusieron que se trataba de la parte central o más importante del cuerpo, o que esta parte representaba de algún modo la totalidad. Se han descubierto también cráneos –sobre todo femeninos– a los que se les colocaron ojos artificiales, quizá con la intención de dotar a los difuntos de la capacidad de ver en la otra vida (Ohlig 2004, 45).

Es decir, los vestigios funerarios tanto de neandertales como de sapiens parecen mostrar una nueva etapa en el desarrollo de la consciencia. Al menos desde hace unos doscientos mil años, se constata que los vivos empiezan a ocuparse de sus difuntos. Parece apropiado inferir que se sintiesen ligados a ellos por sentimientos de afecto, debido a lo que trataron de asegurarles una existencia post mórtem. Pero, sobre todo, estos primeros enterramientos no sólo suponen los primeros indicios de religiosidad en la larga historia de la evolución, sino que parecen señalar que las primeras intuiciones que podrían considerarse como pertenecientes de cierto modo al ámbito de lo religioso guardaron relación con ideas acerca de la muerte (Wunn 2012, 126).

4. Simbolismo, memoria y escritura

La transición del Paleolítico Medio al Superior, hace unos cincuenta mil años, es considerada como una de las más decisivas de la evolución humana (Tattersall 2014, 159–160) porque, entre otros aspectos, surgen entonces los primeros testimonios indirectos de actividad simbólica (Christian 2010, 223). Durante este período parece imponerse el sentido ya señalado en el desarrollo de las ideas religiosas –que hasta entonces sólo se habían dejado intuir en los enterramientos– a través de las primeras creaciones artísticas, muy ricas en simbolismo: el arte parietal y el arte mobiliario, que han dado lugar a múltiples interpretaciones. Quizá una de las más coherentes sea la de que sus autores representaron en las paredes de las cuevas lo que consideraban decisivo en sus vidas, conjurándolo y apropiándose de lo representado desde un punto de vista conceptual y simbólico (Wunn 2012, 498). De estas pinturas no es improbable que algunas de sus representaciones puedan ser consideradas como antecesoras de la conceptualización de posteriores seres todopoderosos, pero es muy difícil afirmar que desde un primer momento estuviesen ya asociadas a prácticas mágicas o cinegéticas.

Algo parecido ocurre en el caso de las representaciones de figurillas femeninas, objeto de numerosas hipótesis. Quizá una de las más probables es la que considera que algunas mujeres, debido a su importancia social, a sus facultades reproductoras o tal vez debido a algún factor de origen sexual, fueran consideradas como portadoras de poder, por lo que a su representación en figurita se le atribuiría una función apotropaica.

Mucho más tarde se percibe –tanto en las figuras femeninas como en el arte parietal y mobiliario– una creciente estilización, lo que reflejaría un cambio de actitud y capacidad del repertorio consciente y, con ello, del flujo de pensamiento. Así, mientras que las representaciones femeninas naturalistas todavía aludirían a fuerzas relacionadas con mujeres concretas, la estilización de las representaciones supondría el logro de una abstracción conceptual.

Ya en el Mesolítico, esta tendencia hace de la estilización extrema la principal característica de las creaciones artísticas y culturales. Por primera vez en la historia de la humanidad, el énfasis parece residir en la representación de acciones simbólicas. Esto también permitiría inferir novedosos logros respecto al desarrollo de la consciencia introspectiva, e indicaría que, durante la transición del Paleolítico Superior al Mesolítico, el pensamiento simbólico estaba ya plenamente desarrollado.

Del Mesolítico provienen también los primeros hallazgos de máscaras, en lo que podría ser la evidencia material más antigua para suponer la existencia de rituales, y también la prueba más antigua de ceremonias estructuradas de carácter religioso (Wunn 2012, 499–500). Con respecto a los enterramientos, se constata que los lugares predilectos pasan a ser los propios hogares, indicando quizá con ello una creciente distinción entre los límites de un mundo exterior adverso y de un mundo interior seguro, que tanta importancia tendrán en cuanto a la noción de espacio sagrado, y a partir de la cual se desarrollarán posteriormente los santuarios.

Junto a estos enterramientos bajo los hogares, aparentemente concebidos como accesos al mundo subterráneo, empiezan a colocarse bloques de piedra, similares a altares, en los que se depositaban las ofrendas. En numerosos hogares se han descubierto unas peculiares figuras femeninas, muchas de ellas en postura exhibicionista, que en ciencias de las religiones es conocida como la mítica madre primordial. Esta madre primigenia, que muestra tanto aspectos maternales y protectores como ctónicos y amenazantes, parece establecer un vínculo entre el hogar y el mundo subterráneo (Wunn 2012, 502). En relación a estos enterramientos bajo el suelo de los propios hogares, el culto a los antepasados adquiere una mayor importancia, mientras que la madre primordial es poco a poco relegada a guardiana del ámbito doméstico.

Una característica muy significativa es que, a partir del Neolítico, los fundamentos religiosos, que se habían mantenido homogéneos durante miles de años, empiezan a diversificarse. En Oriente Próximo se llevan a cabo los primeros enterramientos colectivos –en las conocidas como casas para los muertos–, a partir de los que surgirán más tarde los templos y, por extensión, los grandes complejos funerarios.

En la cuenca mediterránea se generaliza el sacrificio ritual, sobre todo de toros y de bueyes, probablemente debido a la creencia de que la fuerza vital del animal sustituyese la fuerza vital arrebatada al difunto, transfiriéndole así su poder para la vida después de la muerte. En Europa suroriental, las representaciones de la madre mítica primordial van modificándose y, como resultado de una cierta fusión con diversos aspectos de rituales de sacrificio, empieza a aparecer entronizada y acompañada por animales (Wunn 2012, 503–504). También, como consecuencia de la extensión de los ritos funerarios a la vida cotidiana, se constata la aparición de diversos rituales de transición, que posteriormente adquirirán la estructura de ceremonias de iniciación.

La consolidación y generalización del cambio de nomadismo a sedentarismo durante el Neolítico y, con ello, el auge de la agricultura y de la domesticación de animales, ejerció también un papel determinante sobre las ideas religiosas. Por ejemplo, el sedentarismo incidió en la necesidad de elaborar y mantener festejos y rituales públicos de gran envergadura, como celebrar las épocas de siembra y de cosecha, los períodos de migración de los animales, los equinoccios y los solsticios, o el principio y el fin de los ciclos anuales, es decir, incidió en la necesidad de medir con mayor precisión el tiempo. Quizá por ello, la agricultura y los megalitos –menhires, dólmenes y crómlech– se desarrollaron casi simultáneamente, y resulta probable que, en contraposición al destino cíclico de la vegetación y de la naturaleza, se recurriese a la piedra como símbolo de duración y permanencia (Eliade 2009, 177). Por lo tanto, aunque la función inicial de los megalitos pudo ser la de rudimentarios calendarios –primero basados en el ciclo lunar y, mucho más tarde, en el ciclo solar–, al constituirse posteriormente como lugares de enterramiento, cumplieron también una función simbólica[4], en la que se sintetizaron ideas de carácter religioso, relacionadas con el paso del tiempo y con la muerte. Pero, sobre todo, se constata por primera vez la necesidad de comprender y dotar de sentido la dimensión temporal de la existencia. Se trata de un hito crucial en el desarrollo de una consciencia que, hasta las postrimerías de la Prehistoria, probablemente se mantuvo atrapada en patrones basados en lo cíclico y en la repetición.

La consecuencia de esta importante adquisición pudo ser un rápido desarrollo de la principal función cognitiva implicada en la dimensión temporal: la memoria. Todo parece indicar que hasta entonces los hombres y mujeres disponían, además de la más sencilla memoria procedimental, de algún grado de memoria declarativa, pero tanto la memoria episódica como la memoria semántica[5] habrían permanecido latentes hasta este momento, sin desarrollarse plenamente.

Por lo tanto, el entrelazamiento entre tiempo y muerte probablemente ejerció una intensa presión cognitiva, lo que pudo provocar un rápido desarrollo de la memoria semántica, y la consiguiente ampliación del espectro de la consciencia[6]. De hecho, la experiencia religiosa está tan ligada a la memoria, que la encontraremos en el origen de la formación de todas las grandes tradiciones religiosas (Ries 2013, 71) que se desarrollarán al finalizar la Prehistoria. Además, no por casualidad esta transición queda simbolizada por la invención de la escritura, que puede entenderse, en su aspecto más elemental, como un intento de fijar ciertos contenidos de la memoria.

Es decir, ya desde sus primeras manifestaciones, durante el Paleolítico Medio, pueden señalarse dos importantes características de lo religioso. Por una parte, se confirma la intuición inicial respecto a la estrecha relación entre las ideas acerca de la muerte (y de la dimensión temporal) y el origen de las creencias religiosas (Wunn 2012, 501). Por otra parte, la evolución de las ideas religiosas mantuvo una asombrosa homogeneidad (Eliade 1999, 62) durante los primeros sesenta o setenta mil años, con mínimas variaciones, y con relativa independencia de los condicionantes geográficos y espaciotemporales.

Que ambas características se hayan atestiguado como componente esencial de toda manifestación religiosa temprana, prácticamente en cualquier lugar en el que se hayan constatado estas prácticas en la Prehistoria, parece sostener la hipótesis de que evolución de la consciencia y de las creencias religiosas están tan íntimamente relacionadas que incluso se podría afirmar que guardan una cierta relación de dependencia. Debido a esto, de la relación entre consciencia y creencias religiosas se encontrarán huellas –aunque muy a menudo veladas– en prácticamente todos los textos sagrados y en todas las grandes tradiciones religiosas de la Antigüedad.

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  1. Los restos más antiguos del Homo Sapiens se encontraron hace ahora unos cincuenta años en la formación rocosa de Kibish, en el valle del río Omo (Etiopía). Se trata de dos cráneos incompletos, y de diversos fragmentos óseos, todos ellos incompletos también, cuya antigüedad ha sido estimada en unos 195.000 años. Al menos por ahora, son los más antiguos restos de Homo Sapiens conocidos.
  2. La Biología clasifica a los organismos en especies, considerando que dos animales pertenecen a la misma especie si tienden a parearse entre sí, dando origen a descendientes fértiles. Las especies que evolucionan a partir de un ancestro común se agrupan bajo la denominación de géneros. A su vez, los géneros se agrupan en familias. Así, por Homo Sapiens entendemos que pertenecemos a la especie sapiens, del género Homo. Es decir, el significado real de la denominación de humano es la de un animal que pertenece al género Homo, y al cual se atribuye la cualidad distintiva de sapiens.
  3. El uso sistemático del fuego se sitúa en torno a cuatrocientos mil años antes del presente; vid. Tattersall 2014, 248s; Lumley 2010, 240s; para otras estimaciones, cfr. Arsuaga y Martínez 1998, 260; Eliade 1999, 24; Leakey y Lewin 1994, 107. Para una estimación más completa, vid. Castro Couceiro 2019, 19, n31.
  4. Además de las relaciones psicológicas implícitas entre el tiempo y la muerte, un concepto clave respecto al sentido simbólico de los megalitos pudo ser también el de indicar un espacio concreto por el quelos difuntos podían acceder al Inframundo. Vid. Wunn y Grojnowski 2016, 215.
  5. De forma general, los recuerdos declarativos son aquellos que incorporamos a nuestro conocimiento a partir de las experiencias del presente; los recuerdos episódicos atañen a nombres, lugares y experiencias del pasado; los recuerdos semánticos son los que atañen a las definiciones o conceptos, es decir, la memoria más estrechamente vinculada al pensamiento simbólico. Vid. DeSalle y Tattersall 2017, 351.
  6. La importancia de este logro evolutivo es clave para el desarrollo de la consciencia autorreferencial, ya que permite afianzar la percepción subjetiva de continuidad psíquica individual. Vid. Seitz 2020, 104.


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