El aislamiento en los tratamientos en comunidades terapéuticas
Martín Güelman
En este capítulo analizamos las distintas facetas que asume la política de aislamiento de residentes, un elemento central del programa de tratamiento de dos comunidades terapéuticas (CT) religiosas que pertenecen a redes internacionales. En virtud del diagnóstico crítico de las y los referentes de ambas instituciones sobre las sociedades contemporáneas y de la forma de interpretar las causas de los consumos de drogas que se derivan de dicho diagnóstico, la implementación de esta política es considerada un requisito indispensable –aunque no suficiente– para el éxito del tratamiento.
Pese a que adscriben a credos religiosos distintos (una es católica y la otra evangélica), las dos CT analizadas comparten, en lo fundamental, dicho diagnóstico y la concepción de las causas de los consumos de drogas. A su vez, los programas terapéuticos de ambas instituciones presentan una serie de características comunes que, en su conjunto, las distinguen del resto de los dispositivos relevados en el marco del proyecto de investigación: ausencia de profesionales de la salud en su equipo de trabajo; exigencia de abstinencia en el consumo de tabaco y psicofármacos; duración prolongada de los tratamientos, y fuerte impronta religiosa.[1]
El análisis de los datos se basa en las entrevistas que realizamos a referentes y residentes de las dos comunidades. Asimismo, analizamos las entrevistas que llevamos a cabo con dos ex residentes (uno de cada institución) que no se desempeñan laboralmente en los centros donde recibieron tratamiento; y las notas de campo elaboradas a partir de observaciones participantes en diversas actividades institucionales.
El capítulo se estructura de la siguiente manera: en primer lugar, describimos la caracterización que desde ambas instituciones se realiza de las sociedades contemporáneas como ámbitos en los que tiene lugar una “guerra espiritual”. Seguidamente, analizamos las diversas maneras en que se busca recrear formas de vida comunitarias y la consideración de que la CT es el único abordaje adecuado para ello. A continuación, presentamos las diversas facetas de una política de aislamiento que trasciende el mero confinamiento espacial de las y los residentes: el alejamiento de “las cosas del mundo”, la política de transferencia y el restrictivo régimen de visitas.
Un mundo de tentaciones
Dicen que hay, dicen que hay un mundo de tentaciones
(Andrés Calamaro, “Estadio Azteca”)
Las y los referentes de las dos instituciones analizadas conciben el consumo de drogas como una problemática de índole espiritual asociada a la pérdida del sentido de la vida. La distinción que habitualmente se realiza entre consumo y consumo problemático, o entre uso, abuso y dependencia de sustancias, o el establecimiento de un gradiente de consumos (Camarotti y Güelman, 2013) carece de sentido en estas comunidades. Si el uso per se de una droga ilegalizada es visto como la expresión o punta del iceberg de un problema espiritual, de nada sirve discriminar los patrones de consumo ni diferenciar entre sustancias con grados variables de toxicidad, nocividad y potencial adictivo. En otras palabras, la expresión consumo problemático sería redundante ya que todo consumo lo sería. En las reuniones de familiares de residentes de la institución católica a las que asistimos, algunas personas refirieron que la decisión de “pedir ayuda” y comenzar a desarrollar el proceso de admisión se había desencadenado cuando “encontraron un porro [un cigarrillo de marihuana] en el cajón de la mesa de luz de la habitación” de sus hijos/as. Lógicamente, esto redunda en que no todas las personas residentes hayan sido consumidoras problemáticas o intensivas de drogas, sino que, entre ellas, se cuenten usuarios/as ocasionales e, incluso, sujetos que experimentaron una única vez con alguna droga caracterizada habitualmente como blanda, como la marihuana.
La población de las dos instituciones se compone, mayoritariamente, de ex usuarios/as de drogas ilegalizadas –y, en menor medida, de sustancias legales–. Sin embargo, hay residentes que, sin haber consumido jamás, ingresaron por cuadros depresivos, por “falta de motivación en la vida” o para tener una “experiencia más directa y personal con Dios”.
El hecho de que para ambas instituciones resulten irrelevantes las modalidades de consumo y el tipo de sustancias consumidas da lugar también a la indiferenciación de las estrategias terapéuticas. De este modo, no solo la totalidad de residentes recibe el mismo tratamiento, sino que este es aplicado de la misma manera en todos los países en los que cuentan con sedes.
La conceptualización del uso de drogas como una problemática de índole espiritual no puede desligarse de la caracterización que realizan de las sociedades contemporáneas y, en particular, de algunas de sus manifestaciones más “perniciosas”: la secularización que aleja al hombre de Dios, la pérdida del sentimiento comunitario, el desarrollo de la ciencia moderna que no logra llegar al corazón ni al alma, el consumismo que no llena la vida y la proliferación del pecado y las tentaciones.
El mundo contemporáneo es percibido como una arena en la que tiene lugar una guerra espiritual entre el bien y el mal o entre Dios y el Diablo (Wynarczyk, 1995; Semán y Moreira, 1998). El mal estaría representado por el pecado, las tentaciones y aquellas prácticas que expresarían la desviación del sujeto de un camino de rectitud (la violencia, la mentira, el engaño, el adulterio, la fornicación, la promiscuidad sexual).
Nosotros sabemos que hay una guerra espiritual, donde el enemigo, donde el Diablo está al acecho de que nosotros caigamos en la esclavitud de este mundo, en la esclavitud de la droga, en la esclavitud del sexo, en la esclavitud del alcohol, en la esclavitud de lo que te imagines (Patricia, 24 años, comunidad terapéutica evangélica).
El Diablo es astuto. El Diablo está ahí en la puerta, en la entrada [de la comunidad] esperando con una guadaña. Porque los tuvo tanto tiempo… a mí me tuvo tanto tiempo de títere (…) (Román, 41 años, comunidad terapéutica católica).
María Victoria Castilla y Gimena Lorenzo (2013: 62-63) afirman que, desde la cosmovisión pentecostal, el deseo de consumir drogas es causado por
(…) influencias de origen maligno que (…) exponen [a las personas] a tentaciones a las que el cuerpo se somete (…). [A] través del acercamiento a Cristo, de su palabra en la Biblia y de la oración es posible que “el espíritu de Dios” domine la compulsividad corporal del consumo a través del fortalecimiento del propio espíritu (…). En esta dinámica (…) el consumo y/o su deseo emerge (…) como una influencia de Satanás quien quita, daña o altera el espíritu, dejándolo libre y frágil frente a las tentaciones de consumir.
Quien “no tiene a Dios en su corazón” se encontraría particularmente expuesto a las tentaciones y carecería de la fortaleza para no sucumbir frente a ellas. Ante ello, la única respuesta es apartarse y no participar de este “mundo de pecado”, hasta tanto se produzca la conversión religiosa o fortalecimiento espiritual (Mardsen, 1980). De este modo, el aislamiento del sujeto durante un tiempo prolongado es considerado un requisito fundamental para lograr la conversión y, por tanto, el éxito del tratamiento, entendido como rehabilitación definitiva de las drogas. Esta transformación radical de su identidad y su estilo de vida es lo único que le permitirá no “dejarse tentar” o no recaer en las drogas (o en cualquier otra práctica que implique la desviación de dicho camino de rectitud) cuando regrese a un mundo que, en lo fundamental, seguirá siendo igual, es decir, tan plagado de tentaciones y pecados como antaño.
¿Cómo se explica, desde este diagnóstico macrosocial, que algunas personas desarrollen conductas adictivas y otras no? El factor explicativo fundamental se halla en las características de cada núcleo familiar. De este modo, la separación de los padres, la ausencia de la figura materna y/o paterna, la violencia intrafamiliar, la falta de atención y contención de los padres hacia sus hijos/as e, inversamente, la sobreprotección, son considerados elementos determinantes para la emergencia de las adicciones.
La CT y la recreación de formas de vida comunitarias
A partir del diagnóstico según el cual las sociedades contemporáneas se caracterizan por la proliferación del pecado, la extendida ausencia de Dios en el corazón de las personas y el individualismo, y de que no ofrecen certezas existenciales y esperanza a los individuos, la CT se erige, para las y los referentes de las dos instituciones analizadas, como único abordaje adecuado para la (re)construcción de una “comunidad de vida”. La recreación de formas de vida comunitarias permitiría la recuperación de “valores” fundamentales que se habrían visto resquebrajados, como la sencillez de la vida, la cultura del trabajo y la práctica de la oración. Esta comunidad de vida se visualiza, a su vez, como la única alternativa para promover cambios positivos en la conducta y la identidad del adicto (De Leon, 1995). Para cumplir estos cometidos, esta comunidad de vida no solo debe funcionar bajo un estricto sistema de normas; debe también aislar a la persona residente durante un período de tiempo considerable y brindarle cobijo y protección frente a los efectos perturbadores que implica la interacción social en una “sociedad en decadencia”.
Como afirma Pablo de Marinis (2005, 2011), las comunidades que emergen en la contemporaneidad se caracterizan por un recalentamiento de los vínculos interpersonales, fundado en el repliegue de la propia territorialidad comunitaria, sin referencias a totalidades más amplias en las que poder (o querer) incluirse. A diferencia de las comunidades de antaño en las que la adscripción era compulsiva, las comunidades contemporáneas están signadas por la electividad, ya sea proactiva o reactiva, “(…) frente a las vicisitudes que ofrece un mundo que ha amplificado la percepción de los riesgos” (de Marinis, 2005: 29). Las dos instituciones que analizamos presentan rasgos tanto de las viejas como de las nuevas comunidades. En relación con las primeras, en ambos centros la comunalidad del territorio o la exigencia de co-presencia constituyen un elemento fundamental. Por otra parte, las instituciones exhiben un cariz totalizante que, como veremos a continuación, supone la interrupción de las múltiples inserciones sociales previas de las personas residentes. Respecto de las características de las nuevas comunidades, en la institución evangélica y en la católica, al mentado carácter electivo debe añadirse la no permanencia o evanescencia. A diferencia de las viejas o premodernas comunidades en las que la adscripción de los sujetos era vitalicia, en las nuevas la retención de los miembros es hasta nuevo aviso, es decir, hasta que se satisfagan las necesidades que condujeron a su incorporación (en este caso, la rehabilitación) (De Marinis, 2005).
A través del aislamiento, en las dos comunidades analizadas se busca una desconexión total con el modo de vida que habría dado lugar al consumo de drogas. Esta desconexión puede ser pensada como una estrategia institucional para lograr la conversión.
En la comunidad vos estás protegido (…) tenés libertad, pero no tanta. Tenés reglas, no tenés dinero, tenés un horario que cumplir, normas que cumplir. Estás protegido de alguna manera, tenés una rutina que te protege de las adicciones. Te aleja de la calle, te mantiene todo el tiempo ocupado, haciendo cosas, trabajando, rezando, compartiendo. Aparte estás en un campo abierto, sabés que estás con toda gente que no consume. Y en la calle vos encontrás de todo, personas que consumen, personas que no. Personas que hacen una cosa, que se manejan de una forma. Y ahí sabés que todos se manejan de la misma forma, que todos hacen lo que la comunidad hace. Estás protegido de esa manera (…) Es un ambiente positivo (Guillermo, 21 años, ex residente de comunidad terapéutica católica).
En particular, la persona residente debe ser separada de los contextos en que tuvo lugar su consumo de drogas, o bien de aquellos ámbitos en los que este constituye una realidad extendida. Como afirma Brígida Renoldi (1998: 47), “con el objetivo principal de lograr la suspensión del consumo [la CT] (…) somete a la persona adicta a un aislamiento que significa un cambio de medio social”.
Si yo me quedaba en mi barrio, me iba a costar un montón salir [de la droga] porque tenía todo ahí, sabía dónde estaba el que vendía drogas, sabía que me iba a tentar la noche, llegaba el viernes e iba a querer salir (Lisandro, referente de comunidad terapéutica evangélica).
La localización de ambas CT en zonas suburbanas, de baja densidad poblacional y escasa accesibilidad a medios de transporte, servicios e infraestructuras urbanas (escuelas, lugares de trabajo, hospitales, espacios recreativos nocturnos, etc.) es una de las formas en que se operativiza este aislamiento.
Las y los referentes de estas instituciones cuestionan otro tipo de abordajes –tales como los tratamientos ambulatorios o los centros barriales–[2] que no garantizan la separación de la persona bajo tratamiento de sus contextos sociales originales (incluyendo aquellos ámbitos en que tuvieron o tienen lugar sus prácticas de consumo de drogas). La localización de los centros barriales en –o en cercanías de– barrios vulnerabilizados o villas es otro factor por el que los referentes de las instituciones analizadas critican dicha modalidad de tratamiento. La convivencia continua con las “tentaciones” que supondría este anclaje territorial es visualizada como un factor que impide cualquier posibilidad de lograr la rehabilitación. Naturalmente, subyace a esta conceptualización la consideración de que los barrios vulnerabilizados y villas son territorios de profusa disponibilidad y consumo de drogas: “Nosotros fuimos una vez a la villa a hacer una tarea (…) Difícil para los chicos salir [de la droga en] el mismo lugar [donde viven]. A mí, si me pagaban y trabajaba donde vendían droga, ya estaría muerto” (Darío, referente de comunidad terapéutica católica).
La crítica recae, a su vez, sobre ciertas prácticas arraigadas en algunas instituciones que implementan también la metodología de la CT que expondrían a los sujetos a situaciones de riesgo facilitadas, entre otros factores, por la posesión de dinero (por ejemplo, obligar a las personas a vender mercaderías en el exterior sin acompañamiento de referentes o responsables).
Luis (referente de comunidad terapéutica católica): En los inicios de la comunidad, los domingos daban un poco de plata [a los residentes] para salir a tomar un café. Y los drogadictos juntaban la plata y se emborrachaban. La experiencia te enseña que es así, que hay cosas que no.
Darío (referente de comunidad terapéutica católica): Si a mí [cuando era adicto] me daban plata en un lugar, me daban celular, me drogaba. Es difícil. Hay lugares donde a los chicos les dan plata y es difícil que así se recuperen.
En la institución evangélica, las y los residentes de ingreso reciente no salen al exterior a vender los productos panificados de elaboración propia, para evitar las “tentaciones” y, en particular, el contacto con otras personas que pudieran estar consumiendo drogas en la vía pública.
(…) de entrada (…) ni ahí que van a ir a vender pan [al exterior]. ¿Por qué? Porque imaginate que nosotros vamos vendiendo pan y a veces están en la esquina drogándose. Y uno tiene que cruzar [de vereda] y todo por una cuestión de cuidarte a vos mismo, de cuidar a la persona que va con vos (…) Yo te podría decir: “Yo estoy rehabilitada para la sociedad”, pero eso no quita de que yo tenga alguna tentación o de que el enemigo me venga a atacar. En el sentido de que te pase gente drogándose y uno se tiente (Patricia, 24 años, comunidad terapéutica evangélica).
Las múltiples facetas del aislamiento
El alejamiento de “las cosas del mundo”
Muy sencilla la vida acá: trabajo, oración, compartir, amistad. No hay televisión, no hay música de afuera, no hay esta cosa de diarios. Los que vienen acá saben que tienen que dejar el colegio (…) Tienen que sacar, salir de todo lo que es… por un tiempo (Darío, referente de comunidad terapéutica católica).
Salís afuera y ves lo que hay, que es muy diferente a lo que por ejemplo estamos acá. Estamos acá adentro y estamos guardados, estamos cuidados. Estamos con un ambiente que es cristiano, con música cristiana, con gente que te habla de Cristo, con gente que te habla de la Biblia (…) por eso se pone siempre un “sombra” [acompañante][3] con un nuevo para evitar esas conversaciones que son “del mundo”, como decimos. Porque acá siempre hablamos de lo que es el mundo, de lo que es el pecado, vamos a decir (Damián, 21 años, comunidad terapéutica evangélica).
La consideración de que para que el sujeto pueda lograr la rehabilitación debe aislarse o alejarse de “las cosas del mundo” asume un lugar preponderante en los programas terapéuticos de ambas instituciones. “El aforismo ‘todo el mundo yace bajo el poder del maligno’ explica los valores deformados de la vida secular y justifica el alejamiento de las cosas del mundo” (Bittencourt, 2003: 268, traducción propia). Mientras que el sistema simbólico pentecostal tiende a la introspección (Míguez, 1998), su espiritualidad “(…) parte de una concepción del mundo social como esencialmente malo y demonizado en el cual (…) [los propios sujetos], a través de sus cualidades morales reforzadas por el acercamiento a Cristo, deben hacerle frente para lograr la salvación” (Castilla y Lorenzo, 2013: 64). Respecto del catolicismo, Fortunato Mallimaci (1996) identifica una corriente a la que denomina catolicismo de certezas, que busca descalificar al mundo con el objeto de ofrecer una salida católica clara y precisa. En su pretensión de recrear un vasto movimiento católico, esta corriente eleva sus críticas tanto al individualismo liberal como al consumismo alienante.
En su clásico estudio Las formas elementales de la vida religiosa. El sistema totémico en Australia, Émile Durkheim (1982) postula que para llevar adelante una vida exclusivamente religiosa es necesario retirarse totalmente de lo profano. A través de ceremoniales colectivos, el grupo religioso promueve el alejamiento de los individuos de las preocupaciones de una vida social profana (Parker, 1995; Barojas Armenta, 2010).
Así el monacato que organiza, al lado y por fuera del medio natural donde el resto de los hombres desarrollan su vida secular, un medio artificial, cerrado al primero, y que tiende a ser casi su inversión. Así el ascetismo místico cuyo objetivo es extirpar del hombre todo aquello que le pueda quedar de apego aún al mundo profano (Durkheim, 1982: 35-36).
La apelación a la consecución de una vida comunitaria caracterizada por valores como la sencillez, el ascetismo, la oración y el trabajo (ora et labora), conjuntamente con el aislamiento que supone la localización de las sedes de la institución católica en zonas de baja densidad poblacional, parecen evocar el modelo del monasterio medieval.
El alejamiento de “las cosas del mundo” de las personas que reciben atención no se logra únicamente con el confinamiento espacial. La desconexión total se lleva a cabo, también, a través de una serie de prohibiciones para las y los residentes, tales como: a) acceder a Internet –desde computadoras y teléfonos celulares– y a otros medios masivos de comunicación (diarios, noticieros, radio, revistas de información general); b) mirar programas de televisión o películas que no hayan sido previamente supervisados por las y los responsables; c) leer “literatura secular” o de temáticas no explícitamente religiosas; d) escuchar música que no sea cristiana; e) participar en instancias políticas (las y los residentes no concurren a votar durante las elecciones de representantes políticos nacionales, provinciales o municipales); f) comunicarse telefónicamente con sus familiares de manera frecuente.
La prohibición del uso de computadoras y teléfonos celulares que rige en ambas instituciones fue también relevada en comunidades terapéuticas con regímenes menos restrictivos. Durante las visitas de campo a la institución católica, no observamos en ninguna oportunidad a un responsable, residente o referente utilizando un teléfono celular. Por su parte, en la institución evangélica, las únicas personas que pueden contar con teléfonos celulares, y a las que efectivamente vimos empleándolos, son las y los responsables. El uso de estos teléfonos está reservado para que estas últimas personas hablen entre sí o se contacten con familiares de las y los residentes ante alguna contingencia, pero no para que los/las internos/as se comuniquen con quienes deseen.
El acceso a Internet desde computadoras y teléfonos celulares se encuentra vedado tanto a residentes como a responsables dado que, como expresó un integrante de esta última categoría: “uno puede mirar cualquier cosa ahí”. En otras palabras, las características de dicha red tornan imposible la supervisión del tipo de contenidos a los que se accede.
El hecho de que las personas residentes tengan la posibilidad de mirar televisión o películas como actividad de ocio no supone su potestad de escoger libremente estas últimas ni de determinar qué canales o programas visualizar. En ambas instituciones, las y los responsables efectúan una supervisión previa de contenidos con el objeto de evitar escenas que pudieran hacer emerger “pensamientos negativos” o sentimientos de nostalgia respecto de la vida previa al ingreso a la comunidad.
(…) la televisión se ve los fines de semana. Ahí vemos películas cristianas, a veces [películas] seculares (…) se cuida mucho [que no tengan] malas palabras, la escena de relaciones sexuales, que [no] tenga [escenas de consumo de] drogas. Se trata de ver las películas antes. Las que son conocidas, no. O las que nos recomiendan para ver, no [se ven antes para supervisarlas]. Pero hay películas que sí [se miran antes]. ¿Por qué? Porque a una chica… a mí capaz que no me hace nada, pero a una chica le puede hacer (…) daño ver a alguien drogándose en la tele[visión], o no sé, teniendo relaciones sexuales porque tiene abstinencia de sexo (…) porque también existe eso (Patricia, 24 años, comunidad terapéutica evangélica).
Román (41 años, comunidad terapéutica católica) (R): (…) se ven películas. A veces, no todos los días. Cada quince días, veinte días, un mes (…) Depende cómo va la casa. Si tenés la casa hecha un quilombo, no podés ver películas.
Martín (Entrevistador): ¿Y qué tipo de películas miran?
R: Películas de todo, de salto [de acción], nada de pornografía, nada de drogadicción, nada malo.
En la CT evangélica, esta supervisión no se direcciona solo a la censura de contenidos que pudieran atentar contra la rehabilitación de los y las residentes (fundamentalmente, escenas de consumo de drogas y de sexo), sino que también procura que el ocio tenga un carácter educativo o “edificante”.
(…) [No vemos] programas de chimentos [de farándula] (…) esas cosas (…) que se ponen a pelear (…) que no sirven de nada… o programas donde aparecen (…) mujeres [desnudas o con poca ropa]. No nos dejan y no queremos [verlos]. Tampoco nos sirve a nosotros. No edifica a alguien que está por cambiar o quiere cambiar mirar un programa de esos porque no te sirve de nada. Tratamos de que sirvan algo sano. Todas las mañanas [hacemos el culto o devocional],[4] todos los días, y al final estamos dejando ver cualquier cosa en la tele[visión] (…) (Paulo, 20 años, comunidad terapéutica evangélica).
El tipo de música que puede (y no puede) escucharse en ambas comunidades es otra dimensión en la que se lleva a cabo el alejamiento de “las cosas del mundo”. En la institución católica, lo único que se escucha son las canciones cristianas que interpreta la banda conformada por residentes de la institución. Por su parte, en la institución evangélica, las normas no solo exigen que la música sea cristiana, sino que determinados ritmos (como la “cumbia villera” y la “música romántica”) se encuentran vedados, aun cuando las temáticas de las canciones se inscriban en el Evangelio. Ha de aclararse que en otras comunidades terapéuticas religiosas que formaron parte del relevamiento, si bien puede escucharse música “secular”, existe también una supervisión previa del “mensaje” de las canciones.
Patricia (24 años, comunidad terapéutica evangélica) (P): (…) se cuida mucho también los ritmos o ponele si son medio romanticonas [las letras], para que no vueles, o sea, en ese sentido más que nada.
Martín (entrevistador): Para que no vuele la cabeza [la imaginación].
P: Claro. Porque (…) hay chicas que se internan y que tenían novio afuera. Entonces bueno [les puede dar nostalgia].
(…) uno se tiene que sujetar a las normas. No escuchar música que [no sea] (…) cristiana. Nosotros les advertimos a las chicas, así como me lo hicieron una vez a mí. Yo era una de las fans [fanáticas] de Shakira [cantautora colombiana] de toda la onda esa romántica, era re depresiva y claro después empecé a entender que toda esa música a mí me llevaba a algo, me inducía a tomar (…) [a] querer fumar (…) [a] querer estar con un chico. Muchos grupos [de música] de afuera, lo que uno más le trasmite a la gente cuando recién vienen [a la comunidad] es que esa música no es buena. Que no es algo que agrada a Dios, digamos (Vanesa, 25 años, comunidad terapéutica evangélica).
La ubicación de la casa de mujeres de la comunidad evangélica en una zona suburbana que –pese a su baja densidad poblacional– se encuentra contigua a viviendas particulares, lleva a una particular disputa. Dado que las y los responsables no pueden intervenir sobre el tipo de música que escuchan las y los vecinos y que esta habitualmente se corresponde con los ritmos y “mensajes” que la institución prohíbe, los primeros se ven obligados a elevar el volumen de las canciones cristianas que reproducen desde el centro con el fin de tapar dichos sonidos.
La prohibición impuesta a las personas residentes de comunicarse telefónicamente con sus familiares de manera frecuente es otro aspecto en el que ambas instituciones pretenden instrumentar una desconexión con la vida previa a la internación. La imposibilidad de comunicarse cuando lo desean, la frecuencia con que pueden hacerlo (aproximadamente cada quince días) y la duración de cada llamada (entre quince y veinte minutos) no son los únicos indicadores de esta relativa desconexión. El factor principal a través del que se opera el aislamiento es el control, por parte de las personas acompañantes (“sombras” o “ángeles de la guarda”) o responsables, de lo que los y las residentes conversan con sus familiares. Los objetivos que se persiguen a través de esta supervisión son evitar que la conversación transite por temáticas “inconvenientes” y que los y las familiares introduzcan “cosas del mundo” que distraigan o alejen a la persona residente de su “único propósito”: la rehabilitación.
Pese a que la aludida búsqueda de la desconexión total le brinda un carácter particular, constituiría un error pensar que el aislamiento de residentes es un atributo original y exclusivo de las dos instituciones analizadas. Por el contrario, esto ha sido una constante de las comunidades terapéuticas para consumidores de drogas desde sus orígenes. Desde este abordaje, se considera que la persona bajo tratamiento debe ser separada de sus contextos de socialización y sociabilidad para evitar: posibles recaídas; la exposición a estímulos negativos, y la convivencia con elementos o grupos destructivos, tales como usuarios o proveedores de drogas (Lourenço da Silva, 2011). El funcionamiento de las comunidades terapéuticas se fundamenta en la premisa de que cuando “(…) ya no es posible promover cambios en el individuo dependiente [de las drogas] se vuelve necesario alterar su condición, su medio ambiente y aislarlo de la situación en la que ocurre el consumo” (Sabino y Cazenave, 2005: 172, traducción propia).
La política de transferencia de residentes
El traslado de quienes solicitan atención desde sus lugares de origen a centros alejados es una política que integra la propuesta terapéutica de ambas instituciones y constituye otra expresión del aislamiento. Durante las visitas de campo, pudimos relevar que gran parte de las y los referentes, responsables y personas bajo tratamiento provenían de otras provincias de Argentina o de otros países, tales como México, España, Perú y Brasil. Como mencionábamos, las y los referentes conciben el entorno familiar y social en el que tuvo lugar el consumo de drogas como un ámbito que dificulta y, en ocasiones impide, la recuperación. En aquellos casos en que existe una sede de la institución en cercanías del lugar de residencia de la persona que demanda asistencia, esta debe desarrollar el tratamiento en algún centro de la red que se ubique en otra provincia argentina, o incluso en otro país.[5] El traslado es visualizado como un factor que favorece la recuperación debido a que la lejanía reduciría las posibilidades de que surjan en el o la residente sentimientos de nostalgia hacia sus familiares y amigos/as e impide la emergencia de “pensamientos negativos” asociados a dicha nostalgia.
(…) normalmente no se quedan acá, los derivamos para otra comunidad, [en las provincias de] Córdoba, Santa Fe, Tucumán, Misiones. Los que son de acá [quienes viven en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA)] los mandan para allá y los de allá [de las provincias del interior del país] los mandan para acá [a la sede del AMBA] (…) más que nada para que salga del ambiente, ¿viste? Hay chicos que les cuesta mucho (Lisandro, referente de comunidad terapéutica evangélica).
Para algunos/as residentes, “ser transferidos” a otra sede de la institución es un hecho gratificante porque es un indicador de que las y los responsables depositan confianza en su persona y en sus posibilidades de recuperación.
Durante una jornada de trabajo de campo, Danilo, un residente de 20 años de la institución católica proveniente de la provincia de Catamarca, nos relató que su ingreso a la institución coincidió cronológicamente con el de tres jóvenes a los que conocía porque eran “vecinos del barrio”. Con el fin de que no reprodujeran en la institución las lógicas de conducta que tenían en el exterior y para evitar que hablaran entre sí de aspectos de sus vidas previas a la internación que pudieran atentar contra los objetivos del tratamiento, la determinación de la comunidad fue que no se internaran en la misma sede.
Aun cuando las puertas de ambas comunidades permanecen abiertas, las posibilidades de los y las residentes de abandonar la institución resultan escasas. En virtud de esta política de transferencia de residentes, en ocasiones los sujetos desconocen los barrios en que se encuentran y no poseen redes familiares en dichos lugares. Por otro lado, y como norma de la institución, las personas residentes no pueden manejar dinero, lo que les impediría viajar en medios de transporte público y solventar ciertas necesidades básicas en caso de abandonar la institución. Por último –como mencionábamos– los dispositivos se encuentran alejados de grandes centros urbanos, en zonas de escasa conectividad (medios de transporte, servicios e infraestructuras urbanas).
A diferencia de la institución católica, la CT evangélica cuenta con emprendimientos productivos. Si bien el destino fundamental de los ingresos generados es el sostenimiento de la institución, los y las residentes obtienen por las actividades laborales que desempeñan un estipendio que es administrado por su “sombra”. Este dinero, conjuntamente con el que pueden enviarles sus familiares, puede ser utilizado únicamente para adquirir vestimentas o artículos de higiene personal adicionales a los que les provee el centro, o bien para solventar gastos de alimentación durante alguna salida.
Adentro de la casa, no maneja dinero nadie (…). Vos dentro de la comunidad no podés tener dinero encima. Pero no es por vos. Es porque vos estás exponiendo a otro a que te robe el dinero y se vaya a comprar droga (Sandra, 45 años, ex residente, comunidad terapéutica evangélica).
A pesar de que se localizan en zonas de baja conectividad y densidad poblacional, resultaría erróneo afirmar que estas instituciones se encuentran aisladas. Si bien no construyen, como otro tipo de organizaciones, una territorialidad horizontal, en la que exista contigüidad entre los lugares, los distintos nodos que conforman la red internacional de cada institución, distantes geográficamente pero estrechamente vinculados, constituyen una territorialidad discontinua o vertical (Santos, 1994; Haesbaert, 2004; Schneider y Peyré Tartaruga, 2006).[6] De este modo, las personas residentes, pese a estar relativamente aisladas de sus redes familiares y sociales previas, se encuentran vinculadas con todas aquellas que forman parte de los distintos nodos de dicha red internacional.
El aislamiento o confinamiento espacial de los y las residentes no obsta para que ambos centros de tratamiento, así como el resto de las instituciones que formaron parte del relevamiento, se autodefinan como “instituciones de puertas abiertas”. La traducción operativa de esta autodefinición es la potestad de las personas residentes de abandonar la institución cuando lo deseen. Sin embargo, ha de mencionarse que, en las dos instituciones analizadas, sus documentos de identidad y sus tarjetas SUBE[7] permanecen retenidos en la oficina de los responsables. Esta medida puede pensarse como un desincentivo a la partida, ya que exige que aquellos/as que desean abandonar el tratamiento se confronten a la situación de tener que comunicárselo personalmente a las y los responsables de la comunidad.
Las y los referentes de las comunidades terapéuticas que formaron parte del relevamiento reconocen que el ingreso de personas al tratamiento se produce, en múltiples ocasiones, con prescindencia de la voluntad de estas –hecho que fue confirmado por las experiencias relatadas por algunos/as residentes y ex residentes durante las entrevistas–. No obstante, existe consenso en la consideración de que las posibilidades de que el tratamiento resulte exitoso descansan enteramente sobre el carácter voluntario de la permanencia en la institución. En otras palabras, tanto las y los referentes como los y las residentes y ex residentes entrevistados/as coinciden en que para la consecución de la rehabilitación resulta central que la persona refrende día a día su voluntad de desarrollar el tratamiento. Sin embargo, algunos/as referentes manifestaron que determinado tipo de consumidores/as, en especial los/las de pasta base/paco, carecen del “sano juicio”[8] que les permitiría decidir por sí mismos/as comenzar un tratamiento, por lo que una tercera persona debe hacerlo por ellos/as.[9] La ausencia de voluntad (y la consiguiente imposición familiar) fue atribuida, en términos generales, al deseo de (o la compulsión por) continuar consumiendo drogas, a la falta de determinación para “cambiar de vida” o al no reconocimiento de la gravedad del “problema”.
Las y los referentes entrevistados/as postulan que el compromiso con la institución y con el tratamiento que cada residente debe asumir se hace extensivo también a las personas judicializadas, es decir, a quienes deben realizar compulsivamente un tratamiento contra el consumo de drogas como pena sustitutiva por la comisión de alguna infracción a la ley 23.737 (Corbelle, 2013). Respecto de este último punto, algunos referentes remarcaron que sus instituciones enfrentan una disyuntiva entre el cumplimiento de la Ley 26.657 de Salud Mental, que los obliga a respetar la voluntad irrestricta del “paciente”, y la imposición judicial de la obligatoriedad de los tratamientos como pena sustitutiva.[10]
Un régimen de visitas restrictivo
El establecimiento de una división tajante entre la persona residente y algunos de sus círculos de interacción social, especialmente aquellos en los que tenía lugar el consumo de drogas, es una estrategia cardinal de la metodología de la CT. Las instituciones que implementan este abordaje en dispositivos residenciales, incluyendo a las dos que analizamos en este capítulo, imponen a las personas bajo tratamiento un régimen de visitas que supone un aislamiento temporario de sus contextos habituales de socialización y sociabilidad. En virtud de la aludida pretensión de promover una desconexión total de los y las residentes como respuesta a la decadencia que sería característica de las sociedades contemporáneas, los regímenes de visitas de ambas instituciones resultan más restrictivos que los del resto de las comunidades terapéuticas que formaron parte del relevamiento.
En la institución católica, aquellos/as residentes que tienen hijos/as reciben visitas de sus familiares cada cuatro meses. Por su parte, los que no son padres/madres pueden ser visitados/as por sus parejas o por algún pariente cada ocho meses.
(…) poco contacto con la familia. Pienso que está bueno porque, al final, tenés que madurar. No podés decirle “mamá, mamá, mamá”. De alguna manera eso te ayuda a madurar un poco (Pascual, 43 años, comunidad terapéutica católica).
Durante un “coloquio”[11] para aspirantes a residentes surgió reiteradamente, entre aquellos que tenían hijos/as, la preocupación por tener que alejarse de ellos/as durante un tiempo prolongado, en caso de ingresar a la comunidad. El planteo de las y los responsables de la institución fue siempre el mismo: dilatar el contacto con los/as hijos/as es la única manera de “poder convertirse el día de mañana en buenos padres”. Este alejamiento temporario es pensado como una suerte de inversión en la que se cambia un acompañamiento poco satisfactorio –y hasta perjudicial– para ambos en la actualidad, por una relación “plena y sana” en el futuro.
En la institución evangélica, las personas residentes comienzan a tener visitas durante el segundo mes de tratamiento. Estas tienen una frecuencia mensual. Durante las visitas, el/la “sombra” de cada residente se encuentra presente y supervisa que este/a no converse con su familiar sobre temáticas “inconvenientes”. Esta supervisión permite también que los y las familiares no transmitan “desánimo” a las personas residentes o las impulsen a abandonar el tratamiento por considerar que “se encuentran mejor” o que “ya están recuperadas”.
Reflexiones finales
A lo largo de este capítulo, describimos el diagnóstico de las y los referentes de dos comunidades terapéuticas religiosas que pertenecen a redes internacionales sobre las causas de los consumos de drogas en las sociedades contemporáneas; y analizamos las vinculaciones entre estas significaciones y un elemento fundamental del programa terapéutico de ambas instituciones: la política de aislamiento de residentes. La conceptualización del uso de drogas como una problemática de índole espiritual asociada a la pérdida del sentido de la vida y el juicio crítico sobre la contemporaneidad como un período caracterizado por el individualismo, la “proliferación del pecado” y la falta de certezas redundan en que esta política sea considerada fundamental para la rehabilitación de las personas residentes. Más aun, la desconexión total es concebida como un requisito indispensable, aunque no suficiente, para que el tratamiento sea exitoso. Si bien la búsqueda de la desconexión total le brinda características particulares, el aislamiento de residentes no es un atributo exclusivo de las dos instituciones analizadas, sino un elemento que las comunidades terapéuticas para consumidores/as de drogas han implementado desde sus orígenes.
Los “valores deformados” de la vida secular justifican el alejamiento de “las cosas del mundo” y conducen a la consideración de que, para lograr la rehabilitación del sujeto, es necesario aislarlo durante un tiempo prolongado. La CT se erige, de este modo, como único abordaje adecuado para la (re)construcción de una comunidad de vida. Esta comunidad no solo debe separar a la persona residente de sus contextos de socialización y sociabilidad durante un período considerable, sino también funcionar bajo un estricto sistema de normas, y brindar cobijo y protección frente a los efectos perturbadores que implica la interacción social en una “sociedad en decadencia”.
El aislamiento de las y los residentes no se operativiza únicamente con la localización de las comunidades terapéuticas de ambas instituciones en zonas suburbanas de baja densidad poblacional, sino también a través del traslado de las personas a sedes alejadas de sus lugares de origen y mediante la imposición de un restrictivo régimen de visitas. Asimismo, con el objeto de promover el mentado alejamiento de “las cosas del mundo”, ambas instituciones prohíben a sus residentes la realización de una serie de actividades, entre las que se cuentan: acceder a Internet y a otros medios masivos de comunicación; mirar programas de televisión o películas que no hayan sido previamente supervisados por las y los responsables; leer literatura secular o de temáticas no explícitamente religiosas; escuchar música que no sea cristiana; participar de instancias políticas, y comunicarse con sus familiares de manera frecuente.
La localización de las sedes de ambas comunidades en zonas de baja conectividad y densidad poblacional no debe conducir a la afirmación de que ambas instituciones se encuentran aisladas. Pese a que no construyen, como otro tipo de organizaciones, una territorialidad horizontal o contigua, los distintos nodos que conforman la red internacional de cada institución –distantes en términos geográficos, pero estrechamente vinculados–, configuran una territorialidad discontinua o vertical.
Para finalizar, la pretensión de aislar a las personas residentes de las comunidades terapéuticas durante un período de tiempo prolongado para promover una desconexión con un modo de vida permite establecer una vinculación entre estos centros de tratamiento y uno de los tipos de institución total que describe Erving Goffman (2009). Goffman se refiere a un tipo de institución total en la que se valora el aislamiento del mundo como parte constitutiva de la ideología a inculcar. El autor señala los conventos y los monasterios como ejemplo de este tipo de instituciones. Sin voluntad de equiparar en todos sus aspectos a las comunidades terapéuticas con instituciones totales, observamos, en los dos centros analizados, la existencia de una retórica que encuentra reminiscencias con las lógicas conventual y monástica, en tanto se exalta la sencillez de la vida y la convivencia comunitaria. Frente al aludido escenario de extendido resquebrajamiento de valores básicos, el aislamiento es visto como un requisito indispensable, aunque no suficiente, para el éxito del tratamiento no porque se lo considere un valor en sí mismo, sino porque se lo concibe como el medio de lograr los fines que se persiguen (promover cambios en el estilo de vida y en la identidad de las y los residentes).
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- Dichas características son abordadas en mayor profundidad en el capítulo 3, de Camarotti, Güelman y Azparren.↵
- Para un análisis del abordaje realizado en los centros barriales, véase el capítulo 5, de Azparren.↵
- El acompañamiento cumple una serie de funciones tanto para quien es acompañado/a como para la persona que es “sombra” o “ángel de la guarda”. La primera persona recibe contención y apoyo, es socializado/a en las normas de la institución –lo que facilita su adaptación–, y evita la soledad y la potencial emergencia de “pensamientos negativos”. Para la segunda, ese acompañamiento “le da un sentido a su vida” y ocupa su tiempo libre. ↵
- El “devocional” es una reunión “(…) donde un chico de tiempo [una persona que lleva un tiempo considerable de tratamiento] comparte una palabra de ánimo, de aliento, conforme a la palabra de Dios, que es la Biblia, y después oramos, o sea hablamos con Dios, le pedimos ayuda, le pedimos fuerza, ánimo (…) tocamos algunas canciones [cristianas] con la guitarra y eso, alabamos a Dios y nos vamos a trabajar” (Lisandro, referente de comunidad terapéutica evangélica).↵
- No obstante, cabe destacar que en la CT evangélica las personas residentes que llevan un tiempo considerable en la institución y comienzan a transitar la fase de “reinserción social” pueden solicitar ser trasladadas a una sede más cercana a su lugar de origen para facilitar el contacto con su familia.↵
- Los territorios discontinuos “(…) son los que no poseen una contigüidad espacial. Algunos autores llaman a estos de red o territorio-red; en términos gráficos, los territorios continuos [o territorios-zona] podrían ser caracterizados por superficies y los discontinuos por puntos” (Schneider y Peyré Tartaruga, 2006: 81). ↵
- Tarjeta utilizada en el AMBA y en otras ciudades de Argentina para viajar en colectivos y trenes y en el subterráneo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Las siglas corresponden a la denominación Sistema Único de Boleto Electrónico. La dificultad que supone abandonar la comunidad sin esta tarjeta se relaciona con el hecho de que los boletos del transporte público solo pueden abonarse a través de esta vía.↵
- Andrés Mecha (2013) y Romina Ramírez (2016) sostienen que las y los directivos, responsables y profesionales que se desempeñan en instituciones dedicadas al tratamiento de los consumos de drogas suelen considerar que el trabajo con usuarios/as de pasta base/paco reviste características particulares. Ante la percepción de que son sujetos cuya autonomía se encuentra disminuida, se impone un trato más severo. ↵
- “El paco incide (…) de manera profunda en los aspectos psicológicos y sociales de la persona al introducir al consumidor en un círculo letárgico del que es muy difícil salir. Con gran frecuencia se evidencian procesos de desubjetivación (…) desmotivación [y] despersonalización (…)” (Gallardo et al., 2016: 71).↵
- Fernanda Mendes Lages Ribeiro y María Cecilia de Souza Minayo (2015) señalan que en Brasil las comunidades terapéuticas religiosas o confesionales, cuyo modelo de tratamiento está centrado en la oración y la abstinencia, también entran en colisión con las normativas de salud mental. Sin embargo, a su entender, su proliferación y éxito se relaciona con el hecho de que las instituciones públicas no lograron dar respuestas eficaces a la demanda.↵
- Los coloquios son reuniones, de frecuencia quincenal, que forman parte del proceso de admisión de la institución católica. A estas reuniones deben asistir obligatoriamente quienes aspiran a residir en la institución y sus familiares, así como las y los familiares de quienes se encuentran recibiendo tratamiento.↵








