Romina Ramírez
En este capítulo reconstruimos los elementos que definen el término conversión. El concepto surge como una categoría erigida a partir de los relatos de las personas en tratamiento que acuden a tres instituciones católicas en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). También revisamos cómo se modificaron sus creencias y prácticas religiosas durante el proceso de recuperación.
El abordaje propuesto propone indagar: a) ¿cómo explican las personas en tratamiento su acercamiento a los espacios católicos?; b) ¿cuándo se conectaron con estas instituciones por primera vez?; y c) ¿cuáles son los cambios experimentados en sus prácticas cotidianas? En función de estos interrogantes, describimos los momentos clave para definir la conversión.
Para responder las cuestiones anteriormente planteadas y describir el recorrido realizado por las personas en tratamiento en las instituciones, retomamos tres categorías emergentes en sus relatos. La primera, denominada relato de salvación del consumo intensivo, que alude al acercamiento a la institución y a las estrategias institucionales aprehendidas para alejarse del consumo; la segunda, denominada reconstrucción de la persona, que analiza el momento en el cual se construye a la persona que se quiere ser; y, finalmente, la categoría reconciliación, en la que se retoma el contacto con las personas, lugares o momentos que los impulsaron al consumo.
Estos ejes resultaron claves para esclarecer los elementos que contribuyeron a lograr la conversión y, por tanto les permitió a las personas ex consumidoras mantenerse “limpias” y avanzar en las etapas de tratamiento en pos de lograr la culminación del mismo. El recorrido propuesto ayudará a comprender, al menos en parte, el camino efectuado por las personas residentes de las instituciones católicas seleccionadas hacia la conversión.
Las personas entrevistadas, seis varones y seis mujeres, de entre 18 y 40 años, transitan su tratamiento por diversos tipos de instituciones católicas para recuperarse del consumo intensivo de drogas legales o ilegalizadas. Al momento de la realización del trabajo de campo, se encontraban en la etapa intermedia o final del proceso de recuperación. Los y las residentes circulan en tres ámbitos católicos que presentan similitudes y diferencias.
La primera comunidad terapéutica católica analizada (CTC1), destinada solo a varones, está ubicada en Exaltación de la Cruz, AMBA. Puede ser caracterizada como un ámbito restrictivo en el cual operan reglas referidas a la vestimenta, al modo de comunicarse ‒oral o corporal‒ y que intenta que las personas en tratamiento anulen su historia de consumo y la reemplacen por nuevas prácticas que tiendan a lograr una vida libre de drogas. La conversión que solicita la institución se realiza en función de la estricta observancia a las normas, las caminatas matutinas, la realización de trabajos manuales y las constantes oraciones para pedir por quienes se encuentran en período de consumo.[1] Allí se entrevistó a cuatro varones: Román, Jairo, Danilo y Pascual.
La segunda institución, una asociación civil católica (ACC) ubicada en Villa Luro, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), es un lugar un poco más transitable y accesible que la primera institución. Quizá porque a diferencia del espacio antes mencionado, la modalidad de tratamiento es ambulatoria, es decir que las y los integrantes no conviven durante las 24 horas y solo pasan una porción del día allí (entre cuatro y ocho horas). Esta institución es mixta, por tanto, recibe a varones y mujeres indistintamente. La característica de esta institución es que, aunque se reconoce católica, se evita hablar de las creencias en determinados santos (San Expedito, Gauchito Gil, entre otros) para evitar rivalidades entre los concurrentes. Como allí se utiliza el modelo de los Doce Pasos, la creencia en un poder trascendental es omnipresente. A diferencia de la CTC1, en donde el eje está puesto en el sujeto que se intenta recuperar, aquí la perspectiva de trabajo es familiar. Esto implica que las personas deben contar con una familia que responda por ellas o con alguien que ejerza esa responsabilidad. Por ser un espacio mixto, la regla central es no involucrarse amorosamente con ningún miembro de la institución. En este ámbito se entrevistó a tres mujeres: Edith, Sonia e Inés.
La tercera y última institución (CTC2) posee una mayor cantidad de vínculos con el exterior. Ubicada en Banfield (Gran Buenos Aires), dirigida por un sacerdote y con una aparente impronta laica, aunque plagada de elementos religiosos, se caracteriza por relacionarse con el afuera a través de programas para la culminación de los estudios de las personas en tratamiento. También es un espacio mixto. Al igual que en las anteriores propuestas, allí se realizan grupos de oración. La regla básica es la prohibición del “sexo sin amor”. Los y las participantes de la institución deben asistir a misas en las que se atraviesa una experiencia religiosa carismática que incluye llantos, lamentos y el “conocimiento de lenguas” que, al parecer, comprenden lo que el cura expresa en el sermón. En este espacio, las reglas se ejecutan por intermedio del “taller de reclamos”, un espacio destinado a marcarles a las personas residentes las conductas no esperadas realizadas durante la semana. El grupo oficia como árbitro en la incorporación efectiva de las reglas. En este ámbito se realizaron cinco entrevistas a tres mujeres: Morena, Daniela y Mónica; y dos varones: Martín y Francisco.
En estas tres instituciones católicas se presentan diferentes esquemas de abordaje para el consumo de drogas, algunos restrictivos y otros flexibles respecto al consumo, pero todos presentan lógicas abstencionistas. Es decir, presentan similitudes ya que todos intentan que las personas se alejen definitivamente del consumo intensivo de drogas.
A partir de la reconstrucción de las experiencias de las personas que se encuentran en el interior de las tres instituciones seleccionadas, se parte de la idea de que atravesaron alguna situación límite[2] que las impulsó a revisar las prácticas realizadas durante el período de consumo y que, por eso, aceptan ingresar a espacios en los cuales hay reglas claramente establecidas. Este proceso de transformación estuvo acompañado por una adquisición o reencuentro, en el caso de que existieran, con las creencias religiosas previas que, en varias ocasiones, facilitó que pudieran adaptarse a las modalidades de tratamiento (Ramírez, 2016).
El relato de salvación
Para organizar este apartado, incorporamos el término conversión porque alude al momento de replanteo que la persona realiza de su vida y a la decisión de recuperarse del consumo intensivo de drogas. El proceso puede comprenderse como un cambio radical. Pero las experiencias biográficas de las personas en tratamiento sugieren que tanto las prácticas como las creencias anteriores no se desechan durante el proceso de recuperación, sino que ocupan lugares secundarios. Por esta razón, utilizamos este concepto como un término operativo que desplegaremos mediante el análisis de las entrevistas.
Para aproximarnos a una definición de la conversión, la comprenderemos como un cambio moral que implica vivir y socializarse con otros (James, 2002). Para Peter Berger (1967: 6) también implica crisis, toma de decisiones y cambios en la identidad porque es definida como la “migración entre mundos religiosos” y también como la “transferencia individual de un mundo a otro”. De este modo, el proceso tiene un componente individual y voluntario muy pronunciado, pero no puede pensarse por fuera de los grupos porque solo se concreta colectivamente.
Otro elemento que ayuda a definir la conversión es la temporalidad, porque el cambio debe realizarse considerando que el pasado-presente se encuentra deteriorado y que se debe construir un presente-futuro prometedor (Lecaros, 2016). En el caso de las personas en tratamiento esto podría traducirse en el abandono del consumo que ayuda a revisar el pasado para no repetirlo. La transformación de la historia facilita la construcción de una nueva identidad basada en el reconocimiento.
En lo que se refiere a los estudios sobre conversión, el término reconocimiento constituye una herramienta auxiliar que ayuda a explicar los cambios experimentados durante los tratamientos. Para Axel Honnet (1997) solo se puede ser plenamente reconocido en la medida en que se visibilicen e incorporen en las personas las particularidades de cada grupo. Durante el desarrollo del tratamiento el individuo debería considerarse parte de la institución, adquirir sus normas, sus prácticas y sus discursos. En sintonía con el mencionado autor, Verónique Lecaros (2016) define la conversión religiosa como un proceso de reconocimiento que expresa la reconciliación identitaria de los sujetos y la colectividad. Esto se evidencia en la revinculación individuo-instituciones religiosas y en la posibilidad de reconstruir la historia de las personas en función de las nuevas prácticas.
El rasgo distintivo de los tratamientos religiosos católicos aquí analizados radica en que el grupo presenta la disponibilidad afectiva para que la persona recién llegada pueda ingresar a la institución. Así, la interacción entre el individuo y el grupo es central al momento de adquirir y conocer las normas de la institución, como también las actitudes que están permitidas. A través de los vínculos institucionales internos, se accede al mundo religioso y se va conformando una nueva identidad. Mediante esta modalidad, es posible un “nuevo nacimiento espiritual que solo se produce a partir de la conversión” (Forti, 2000: 250). La construcción de un neo-converso se produce en la medida que las personas reemplazan su universo simbólico en crisis por una nueva realidad subjetiva que les otorga sentido al pasado, al presente y al futuro. No obstante, el desafío de la conversión radica en mantenerse efectivamente en el tiempo, esto implica el desafío de “vivir sin drogas”. Este objetivo se observa en el primer relato, denominado de salvación. En él se produce el acercamiento a las instituciones católicas, se prioriza la reconstrucción personal y la reconciliación social para lograr el alivio.
Motivaciones para ingresar a las instituciones católicas
En este apartado se indagan las razones que impulsaron el primer contacto de las personas en tratamiento con los espacios católicos. Para realizar esta tarea, se reconstruyeron algunas de las motivaciones señaladas como las que facilitaron la decisión de abandonar el consumo intensivo de drogas.
La primera razón expuesta fue la imposibilidad de “seguir así”. Se mencionaron hechos relevantes que demostraron que se debía escoger entre seguir con el consumo –poniendo en riesgo la vida– o aprovechar la oportunidad de vivir.
Quería seguir drogándome porque pensaba que ya no tenía vuelta la vida, así. Pero, como te decía, tenía muchos problemas en la policía [con la ley], entonces ahí decidí hablar con el padre [sacerdote] de vuelta para ver si tenía la posibilidad de entrar. También por… muchas veces porque… sentía la necesidad de que quería cambiar por dentro, pero también para escapar de los problemas (Danilo, 20 años, comunidad terapéutica católica 1).
En otros casos, las personas entrevistadas narraron que el desembarco en la institución se relacionó con la gratuidad, aunque la institución fuera privada. Este factor es muy importante debido a que la mayoría de las personas en tratamiento no está en condiciones de abonar los costos de espacios particulares. Si bien hay que destacar que en varios lugares se las deriva desde juzgados –que no financian los costos del tratamiento– o desde la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (SEDRONAR) con becas que cubren uno a tres años de tratamiento, dependiendo de la institución. En los espacios católicos los mecanismos de financiación se relacionan con instituciones nacionales o internacionales que les permiten becar a quienes demuestran verdadero interés.
A su vez, la decisión de acercarse a los espacios católicos estuvo relacionada con la necesidad de revincularse con las y los familiares. En las instituciones católicas se impulsa a las personas residentes a que traten de reencontrarse con sus familias, en caso de que la posibilidad exista. Por eso en los relatos aparece la culpa por haber sometido a sus familiares a situaciones de riesgo físico concreto o a diversas violencias; tales como robo, ofensas, entre otras.
(…) estaba arruinando mi vida, ya… ya mi familia ya no me hablaba… me había ido de mi casa, había terminado robando en mi casa, robándole a mi familia, todo… mal… ¿no? Después… después senté cabeza, y me di cuenta de todo lo que había perdido, a toda mi familia, a mi novia, todo… después, cuando estaba ahí adentro me di cuenta todo lo que había perdido… estaban mis amigos alrededor, ¿no?, los que… los que estaban conmigo, pero, pero no era lo que… me sentía solo, adentro, ¿no?, sentía que me faltaba algo, y era que había perdido la confianza de mi familia… mi familia no me hablaba, vivía en la calle… llegué a terminar viviendo en la villa, en un rancho, en un asentadero cerca de mi casa (…) (Jairo, 21 años, comunidad terapéutica católica 1).
Como se puede observar, estas instituciones intentan inculcar en sus integrantes, independientemente de su flexibilidad o rigidez, la noción de arrepentimiento para comenzar el camino a la recuperación. La promesa de lograr revincularse con el entorno familiar fue una de las motivaciones más recurrentes a la hora de elegir permanecer en estos espacios.
De este modo, la preferencia por estos ámbitos no se encuentra estrictamente relacionada con la fe en un poder superior, sino con que las instituciones ofrecen la posibilidad de recuperación sin tantos requerimientos y a la vez la posibilidad de revincularse con los afectos.
Los espacios católicos convencen a través de los grupos
Los tratamientos católicos tienen fama de inclusivos en los barrios y en las ciudades. El trabajo en red de los sacerdotes o los laicos ayuda a que los individuos se acerquen a las instituciones derivados de diversos organismos gubernamentales nacionales o municipales. Otro elemento que ayuda al ingreso es el aparente bajo umbral de exigencia para el mismo.
(…) primero hablé con una psicóloga, después fui hasta Piedras de donde te derivan para que… No, el Gobierno de la Ciudad te mandan para acá (…) me dieron la dirección, y me dieron un papelito, igual, como este que, bueno, y no encontraba la dirección, y acá entré, hablé con (el referente) todo lo que me pasaba, y ya está, ahí empecé (Inés, 20 años, asociación civil católica).
En estos espacios, durante los primeros días las y los referentes ayudan a que la persona recién llegada pueda adaptarse al grupo como parte de las actividades de ingreso. Esta acción fue considerada central por estas personas. De este modo, según comentaron, se percibe una disponibilidad afectiva iniciática que colabora para que la o el recién llegado pueda ingresar a la institución. A diferencia de otros espacios antes transitados por las y los entrevistados, en esta oportunidad refieren que sienten que el grupo parece encontrarse preparado y dispuesto a recibirlo. Esta situación se expresó cuando se describieron las fases del tratamiento.
Está la fase A que es adaptación. Fase A2, autoconocimiento. Fase B, crecimiento personal. Y la Fase C que es la reinserción social. La Fase A es más de adaptación, ¿viste? Te acompañan mucho, ¿viste? Digamos que, [te acompañan] en todo el tratamiento, pero ahí es donde más está, este al lado tuyo, que no te quedes solo, que no vayas a los tronquitos [asientos hechos con troncos de árboles en un sector del parque donde irían supuestamente quienes están deprimidos o quieren estar solos o aislarse] (Martín, 18 años, comunidad terapéutica católica 2).
La interacción entre la persona recién llegada y el grupo es central desde el primer momento. Desde el inicio se le enseña a conocer las normas de la institución, como también las actitudes que están permitidas y las vedadas. A través del grupo, se accede al mundo religioso y se va conformando una nueva identidad. De este modo, se produce un “nuevo nacimiento espiritual”, solo otorgado por aceptación de la colectividad (Forti, 2000: 250).
La sensación de la pertenencia temprana se basa en la superación de barreras puestas por las instituciones para que las personas puedan sostener la decisión. En el caso de la CTC1, se les exige que demuestren compromiso. Por eso, se las cita durante varios días (que pueden ser meses) a reuniones para que demuestren interés por ingresar a la institución.[3] El parámetro que se utiliza para saber si las personas están listas para el ingreso es la ausencia de cuestionamientos hacia las reglas establecidas en el lugar y el alejamiento inicial del consumo.
Las otras instituciones, ACC y CTC2, en cambio, reciben derivaciones y organizan el trabajo de incorporación de modo paulatino. Es decir que acogen personas que inicialmente no quieren estar allí pero que deben cumplir con alguna orden judicial para evitar la cárcel o porque algún familiar las convenció en algún momento. Por eso, quienes ingresan no siempre están seguros de la decisión que han tomado. Aquí comienza el trabajo del grupo que debe convencer de que se está en un buen lugar y de que se puede cambiar el estilo de vida organizado en función del consumo de drogas.
(…) hay grupos de 7 personas que te van ayudando, si para que vos mejorés te van dando ayuda, que es una revisión para dar un empeño (Danilo, 20 años, comunidad terapéutica católica 1).
[A través del grupo] empecé a confiar en la gente, la gente empezó a confiar en mí. Me di cuenta que había gente buena (Román, 41 años, comunidad terapéutica católica 1).
Otro de los motivos que ayudó a que las personas prefieran este tipo de instituciones es la posibilidad de repensar el pasado, construir el presente y planear el futuro. Generalmente, se recurre al pasado para saber qué es lo que no se debe hacer. Por esa razón, hablar con vocabulario callejero o vestirse con ropa deportiva rememoran situaciones que se debe tratar de superar y por tanto, no son bien vistas: “la comunidad me va cambiando en muchas cosas, ¿no? Hasta en la forma de vestirme te cambia la comunidad” (Danilo, 20 años, comunidad terapéutica católica 1).
Por otro lado, construir un presente en donde se valore la vida fue central a la hora de tomar la determinación de permanecer en las instituciones. Como las personas atravesaron alguna situación límite[4] que las impulsó a modificar las conductas riesgosas que pudieran terminar con su vida, construir un presente tranquilo y sin problemas fue fundamental (Ramírez, 2016): “Ahora tengo paz en mi corazón, y estoy tranquilo” (Jairo, 21 años, comunidad terapéutica católica 1).
Aunque no siempre las personas en tratamiento se enfrentaron a instancias en las que su vida corrió un riesgo real, en las entrevistas narraron alguna situación fuerte o profunda en la que sintieron la posibilidad concreta de morir o de perder seres queridos.
(…) me están guardando a mis hijos hasta que yo me recupere, así que… los estuve a punto de perder, de todo, me pasó como para… ya tomar conciencia de lo que tengo, y que es para toda la vida. Pero, como es espiritual… y… no llegó a ser físico-mental, me puedo mantener mucho mejor… que… que gente que ya llegó a… porque a veces enloquecen, o, o terminan presos, o hasta… terminan mal (Sonia, 29 años, asociación civil católica).
Las situaciones antes enumeradas produjeron, según las narraciones, la necesidad de pedir ayuda. Si bien esta decisión primariamente estuvo orientada por miedo y generalmente no garantizaba que el tratamiento fuera concluido, constituía el primer acercamiento a un proceso de trabajo interno que implicaba el alejamiento de las drogas.
Las mencionadas situaciones fueron enfrentadas depositando las esperanzas en concluir el tratamiento. La idea de alejarse del sujeto consumidor pasado para intentar crear uno nuevo que anule lo malo del anterior y recupere sus cualidades constituye el fundamento de la elección de los tratamientos analizados. Este proceso se visualiza en dos planos: el discursivo y el práctico. Según los relatos recabados, se deja de lado el vocabulario relacionado con el consumo y se lo reemplaza por el propuesto o permitido durante el tratamiento: “No sé si conocés el lenguaje, vos de… de la calle, ¿no?, mal. Cosas que acá no se pueden hablar. No. Me costó mucho, también, cambiar eso, cambiar el lenguaje” (Jairo, 20 años, comunidad terapéutica católica 1).
En lo que respecta a los cambios prácticos, una regla importante para mantener la homogeneidad grupal y facilitar la conversión es la prohibición de relacionarse amorosamente con personas en tratamiento por dos razones: la primera, vigente en los espacios mixtos, es una regla para no interrumpir el tratamiento; la segunda razón tiene que ver con no mezclar los procesos de recuperación y así evitar las recaídas.
Los elementos descritos, basados en reglas claras y conocidas por todos, contribuyen a lograr estadías prolongadas y tolerables dentro de las instituciones para lograr una reconstrucción efectiva de la persona en tratamiento.
Reconstrucción de la persona en tratamiento
A través de las diversas etapas propuestas por las instituciones, se logra la conversión de las personas en tratamiento. El objetivo de esta es construir una nueva identidad que las ayude a sostener, con herramientas de conducta adquiridas, la preferencia de “vivir limpio”.[5] Este proceso no puede cumplirse en soledad, sino que requiere la negociación con otros (Carozzi y Frigerio, 1994). Para alejarse del consumo es necesario encarar reformas subjetivas radicales que abarquen todas las aristas del sujeto.[6] En las instituciones católicas analizadas se parte de una perspectiva individual, luego se evalúa la mejoría en la vida grupal y, finalmente, se intenta que la persona regrese a su contexto siendo otro, pero siempre considerando que el cambio es subjetivo y no estructural.
El compromiso que se adquiere para abandonar el consumo implica la construcción de un nuevo modo de relacionarse interna y externamente. Se intenta lograr la modificación personal en diversas etapas que varían –según la institución– de uno a tres años, con posibilidad de extender los plazos (dependiendo del compromiso de cada persona con el tratamiento y los pares). En la primera etapa se revisaron todas las vivencias que no se quieren volver a vivir. Durante ese período, se deja de lado el contexto anterior (amistades, familias, parejas) para revisar los errores cometidos en el pasado. Todos los esfuerzos se orientan a descubrir quién se quiere ser. Esta propuesta permite una reconstrucción subjetiva en la que se pueden identificar cuáles fueron las circunstancias que los motivó a consumir drogas. Una vez reconocidos los factores impulsores de conductas o situaciones de peligro, se comienza con el proceso de transformación:
(…) yo qué sé, le cuesta cambiar, o sea, como que en ningún momento tenés la… la intención de dejar de ser lo que eras antes. Yo antes siempre estaba solo sea… si querés estar solo… se te explica, se te explica mucho… se te entiende, se te dice… “no, no estés solo”… me pasó… estaba re para atrás, que… “no, no quiero reírme, no quiero hacer nada… bueno, yo me quedo al lado. Siempre se te quedan al lado, viste… bueno, me quedo al lado, no sé… de alguna manera, le hablo… te hacen así… [risas]… bueno, chau, no lo podía creer anoche, pero, bueno, digo al final… digo, “bueno, no lo voy a dejar”… para mí es fácil… yo me paro y me voy, chau… y… y, pero… es un pibe joven, yo qué sé… anda a saber qué tiene… está hace poco tiempo y… y bueno, y, yo qué sé, me quedé… después lo llevé, a leer unas revistas… y… y bueno, “clausura, a dormir que mañana capaz estás mejor…”, y, bueno, y eso es lo mismo, eso es lo mismo que pasó conmigo: de alguna manera, yo llegué hace 3 años, no llegué solo… siempre hay un apoyo, siempre alguien te está mirando, siempre hay alguien… no es que están así, al lado tuyo, a veces pensás que estás solo pero nada que ver… incluso, saben hasta lo que te falta… aparece en tu cama lo que te falta, es una gente que te está mirando, está bueno, no sé, es como un sistema de vida nuevo… que… que hago así, hago… sistema de vida que… al final, yo, afuera, no tenía en cuenta nada… nada… lo único que hacía, era ir a ver a mi mamá para que me dé plata después, nada más… el acto de caridad mío era ese, ¿entendés? De tenerle todo listo y… y pasaba porque yo no dormía, ¿entendés? Pero… pero acá es como que pasan estas cosas, viste… pasa que nos pasan en las familias, yo no vi… famitas afuera… de… del hecho de tener una relación de vida que… que se junten 5 personas a… a decirte qué ven de vos, que… qué estás haciendo mal, que, que yo qué sé… podés cambiar y te dicen “bueno, mejor hacé esto”, y, y quedarse callado, viste, y aceptar lo que te dicen, no sé, es algo nuevo… hay cosas de la vida que yo no las conocía, que no me las enseñaron, ¿entendés? Y que son buenas… son buenas, me parecen buenas… (Pascual, 43 años, comunidad terapéutica católica 1).
En la segunda etapa, una vez identificados los temores y la exposición a riesgos, se construye la certeza, reforzada por la creencia en Dios, de que el tratamiento podrá culminarse. La esperanza de lograr alivio se expresa en la confianza en las propuestas institucionales. La posibilidad de transformación fue descrita por las personas entrevistadas como la posibilidad de construir una nueva persona. La garantía de que esto sería posible se expresó en la fe en la terapia, en el deseo de dejar de consumir y en Dios. Estos elementos operan como el motor del cambio y la superación deseados:
(…) nosotros salimos y nos conectamos con Dios y con las cosas que nos pasan a nosotros y poder entregarle más allá de lo que uno labura en su terapia, poder entregarle todas las cosas que solamente con la terapia no alcanza digamos (Mónica, 19 años, comunidad terapéutica católica 2).
En la tercera etapa, se trabaja sobre la construcción de un nuevo sujeto alejado del consumo problemático de drogas y se apunta al desarrollo integral de sus capacidades, a través de la aceptación del pasado. Por eso, la estructuración del tiempo –de un modo a veces rígido– y la revisión de su vida anterior –para superarla– son dos requisitos indispensables para interpelar a cada persona en tratamiento y para ayudarla a replantear sus valores:
Es difícil hacer un tratamiento, con esfuerzo se puede y con voluntad de uno. Si uno quiere cambiar, va a terminar el tratamiento (…) Y lo más difícil es hablar las cosas, las cosas profundas que te van doliendo, las cosas que te duelen una banda [mucho] (…) Sí. Lo que te pasó en la vida y que te cuesta una banda [mucho] poner en palabras eso, poder hablar de eso. O hacerse cargo, “bueno, está bien, me pasó esto y ya está, me pasó”. Cuando vos sos nuevo [en la institución] o cuando estás en la calle no te querías hacer cargo de eso. Ahora acá [en la comunidad] te podés hacer cargo de esto: “Pasó tal cosa y ya está. Te pasó, por algo te pasó. Y hacerte cargo” (Francisco, 18 años, comunidad terapéutica católica 2).
Para muchas de las personas entrevistadas la reorganización de los tiempos y los ajustes de las conductas constituyeron la posibilidad de alejarse del consumo. Para otras, en cambio, la herramienta más afilada que poseían para el tan ansiado cambio fue la comprensión, desde el ámbito institucional, de que tenían tiempos y posibilidades diferentes (Ramírez, 2015). Ambas posturas coincidieron en que vivir sobre la base de la nueva estructura propuesta por la institución constituiría la promesa de una pronta recuperación. Esta similitud no es azarosa ya que los espacios buscan proteger a los integrantes de los peligros del afuera.
En la búsqueda de la incorporación de un nuevo modo de vida, las instituciones restrictivas les ofrecieron a las personas en tratamiento pequeñas sociedades que pueden ser caracterizadas como comunidades, casi tan cerradas como las de las primeras comunidades cristianas que se organizaron en función de la persecución (Aguirre,1998). Por esa razón, dentro de este tipo de espacio, se considera saludable denunciar situaciones o diversos actos que perpetúen el consumo abusivo de drogas. El miembro de la comunidad debe aceptar que en el afuera se encuentran los peligros. Por eso, tolerar esfuerzos y castigos como la limpieza de los baños, la cocina o hacer las camas del resto, pero realizadas desde el afecto, ayudarán a alejarse del consumo intensivo. Soportar estas situaciones les resultó poco grave ya que pudieron relacionarlo con la construcción de la nueva persona que intentan ser.
Para evitar alejarse de la institución, se debe tomar una posición taxativa frente al consumo: evitarlo por todos los medios posibles. Solo así se puede iniciar el camino de la recuperación. En el caso de que se presente alguna recaída, el proceso debe comenzar desde cero, porque hubo algo que no se terminó de incorporar.
Otra cuestión que se debe hacer es respetar los acuerdos básicos para la convivencia. Este es el modo más eficaz de superar la “adicción” y la “dependencia de la droga”. El premio que se obtiene por la obediencia es la construcción de un proyecto de vida que puede ser erigido en el seno de la comunidad o a través de las herramientas adquiridas por medio de la adopción de conductas rigurosas y responsables durante el tratamiento.
La conducta de la persona conversa se demostrará a través del amor: protegiendo a quienes recién llegan y denunciando comprensivamente sus errores.[7] De este modo, el proceso de conversión está acompañado de la reconciliación con el contexto familiar, amoroso y social.
La reconciliación
Una vez que el camino de la reconstrucción personal se inicia, comienza el proceso de reconciliación, cuya característica central es que invita a la persona a que se reencuentre con su entorno familiar, amistoso, barrial o amoroso. Una vez que se puede enfrentar el antiguo contexto sin consumir, hay indicios de que se pueden retomar las relaciones intersubjetivas. Este trabajo requiere de las energías que se recargaron y economizaron durante la estancia en los tratamientos. Constituye un paso central para organizar el camino a la conversión. Sin embargo, también están los casos en los que la reconciliación no es posible y se considera saludable no volver al contexto.
El proceso de reconciliación vuelve compatibles modos antagónicos de ser y de actuar. Permite que cada persona, a través de sus acciones, potencie, sin interferencias, lo que hacen los otros. En este apartado, el foco está puesto en describir en qué medida la reconciliación incluye en su interior elementos que facilitan la recuperación/reinserción de las personas en tratamiento. En la medida que vuelven compatibles las creencias en el tratamiento y en el conjunto de personas que integra la institución pueden estructurar sus acciones en torno a estos preceptos y salir al mundo con las reglas de vida adquiridas (Giannini Iñiguez, 2011).
En los tratamientos, se considera que la ofensa por la que se debe pedir disculpas en primera instancia es la situación de consumo. Ante esta falta, primero se debe reestablecer la relación uno mismo, luego con Dios y finalmente con el entorno. En los espacios de recuperación, se toma la noción de la reconciliación con una connotación religiosa, en la que el reconectarse con el exterior lleva a una sanación, que es necesaria para comenzar el proceso de conversión y retomar la vida (Kymlicja y Bashir, 2008). Cabe aclarar que este proceso es un camino largo, porque se debe evitar creer que se puede estar cómodo en el afuera sin pasar por todas las etapas de la conversión y sin mantener el compromiso
La reconciliación se puede observar en los tratamientos según dos modelos, que constituyen etapas para lograr la recuperación. El primero apunta al camino que hay que recorrer. Se deben atravesar situaciones de conflicto, que hacen necesario adecuarse a un camino de recuperación. En el caso de las personas que están en tratamiento, como la mayoría de sus problemas iniciales se produjeron por el consumo intensivo de la sustancia, deben desandar el recorrido anterior y emprender uno nuevo. El segundo momento debe considerar el encuentro, ya que en la nueva vida se cruzarán con antiguos problemas. Por eso es necesario enfrentarlos y seguir adelante. Esta situación requiere que se consideren las situaciones que iniciaron el conflicto y también las que le aportaron elementos para que pueda dialogar y evitar la recaída en el consumo. El tercer momento de reconciliación es aquel en el cual se dejan de lado los resentimientos que provocó el consumo y en el que se puede coexistir con el entorno sin animosidad.
En función de lo expuesto, se puede afirmar que la reconciliación tiene elementos que permiten caracterizarla: el arrepentimiento, el asumir las responsabilidades por las ofensas que se cometieron contra los otros y, por último, el pedido de perdón que solo será posible si se atravesó la conversión. Así, para que la reparación se produzca de una manera total, se debe pedir perdón a la parte que resultó agraviada. Además de prometerle que esas acciones no se repetirán. Solo así, se podrá emprender el camino a la reconciliación en paz y sin culpas (Pawlowicz et al., 2010).
Conclusiones
En este capítulo analizamos la conversión como un elemento central de los tratamientos en los espacios analizados. Por esa razón, se reconstruyó el proceso aludiendo a los cambios que se vivencian en los espacios de recuperación y que le otorgan a la persona en tratamiento la posibilidad de tomar decisiones que modificarán el rumbo de su vida.
El proceso de conversión comienza a partir del primer contacto de la persona con la institución. La ausencia de requerimientos económicos declarados para el acceso ayuda a que se establezcan mecanismos de selección de bajo umbral de exigencia a los y las ingresantes. Aunque se observa un filtro institucional con mínimas imposiciones, como presentarse en el espacio una vez por semana, los relatos evidencian que, en general, las instituciones católicas fueron de fácil acceso porque integran redes de diversos tipos que acercan a las personas. En este sentido, estos espacios fueron significados como inicialmente inclusivos y permeables a la recepción de nuevos ingresantes porque preparan a los grupos para ayudar a las y los “nuevos”.
La interacción grupal fue un eje fundamental para el desarrollo del proceso de recuperación. Allí se transmiten los nuevos valores que deben ser aprehendidos e incorporados para que se construya una identidad, basada en nuevas prácticas –diferenciadas de las realizadas en la etapa de consumo– y discursos, a través de la formulación de nuevas narrativas del yo.[8]
A pesar de la diversidad de propuestas, el objetivo común es lograr que las personas experimenten un cambio radical en las conductas tales como: dejar de lado el modo de hablar utilizado en la calle, evitar el uso de gorras en la institución y tratar de ser respetuoso de los tiempos y de los espacios de las y los otros. De esta manera, se abre paso a nuevos modos de ser y de actuar, basados en reglas y normativas claramente establecidas.
Pertenecer a un grupo que persigue objetivos comunes tales como abandonar el consumo de drogas y mejorar las relaciones sociales e individuales es central para lograr la conversión. En los espacios analizados se apunta a la modificación de las conductas y de los valores morales. A través de estos mecanismos, se ejerce una autorregulación, tanto individual como grupal.
Cuando se piensa en la conversión en estos tipos de tratamientos, hay que comprenderla como una práctica que implica cambios radicales (morales y temporales) que requieren de un reconocimiento individual y grupal que facilita la revinculación del individuo con la sociedad. Los tratamientos católicos aquí analizados se orientan a que la persona pueda reconstruir su historia y reconocerse como miembro de una institución o comunidad. Para que esta tarea sea exitosa es necesario encarar, dentro de los espacios de recuperación, reformas subjetivas en las que es necesario que la persona tome decisiones y realice elecciones que deben ser reforzadas a partir de las pautas transmitidas en la institución.
Bibliografía
Aguirre, R. (1998). Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. México: Verbo Divino.
Berger, P. (1967). El dosel sagrado. Para una teoría sociológica de la religión. Buenos Aires: Amorrortu.
Carozzi, M. J. y Frigerio A. (1994). Los estudios de la conversión a nuevos movimientos religiosos: perspectivas, métodos y hallazgos. En A. Frigerio y M. J. Carozzi (comps.), El estudio científico de la religión a fines del siglo XX (pp. 17-53). Buenos Aires: CEAL.
Forti, S. (2000). El ejército de salvación. En E. Masferrer Kan (comp.), Sectas o iglesias. Viejos o nuevos movimientos religiosos (pp. 247-259). México D.F.: Plaza y Valdez.
Giannini Iñiguez, H. (2011). Reconciliarse. Anales de la Universidad de Chile, 2, 15-24.
Honneth, A. (1997). La lucha por el reconocimiento. Por una gramática moral de los conflictos sociales. Barcelona: Crítica.
James, W. (2002). Varieties of Religious Experience. Cambridge: Harvard University Press.
Jaspers, K. (2008). La Filosofía. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.
Kymlicka, W. y Bashir B. (2008). The Politics of Reconciliation in Multicultural Societies. Oxford: University Press.
Lecaros, V. (2016). La conversión al evangelismo. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Pawlowicz, M. P. et al. (octubre, 2010). La matriz religiosa en algunos dispositivos de atención por uso de drogas. El caso de los programas de Doce Pasos. En M. Mosqueira (coord.), Religiones. II Reunión Nacional de Investigadoras/es en Juventudes de Argentina. Salta, Argentina.
Ramírez, R. (2015). ¿Sucios, feos y malos?: experiencias de jóvenes en tratamientos por consumo de pasta base/paco. En P. Di Leo y A. C. Camarotti (dir.), Individuación y reconocimiento: experiencias de jóvenes en la sociedad actual (pp. 173-201). Buenos Aires: Teseo.
Ramírez, R. (2016). Los tratamientos no siempre son iguales. Experiencias, cuidados y vulnerabilidades de personas en tratamiento ex consumidores de PB/paco en centros de tratamiento del área Metropolitana sur de la Ciudad de Buenos Aires. Tesis de Maestría en Políticas Sociales. Universidad de Buenos Aires. No publicada.
- Los sábados por la noche, a las 2am, despiertan a los integrantes de la institución para que recen por las personas que en ese momento de divierten de modo indebido. ↵
- Este término alude al punto de inflexión que incentivó a las personas en tratamiento a conectarse con espacios que los ayudaran a recuperarse.↵
- Para un análisis más detallado de los procesos de admisión de dicha institución, véase el capítulo 3, de Camarotti, Güelman y Azparren.↵
- Para Karl Jaspers (2008) las situaciones límite expresan momentos de crisis o conflictos agudos en la vida de los seres humanos. Para el autor, se pueden visualizar en cuatro situaciones trágicas concretas: la muerte, el sufrimiento, la lucha y la culpa. Cada una de ellas es vivenciada con diversa intensidad y puede constituir un momento de reflexión que induce a la transformación. ↵
- En las instituciones analizadas se entiende que el consumo tiene motivaciones individuales y sociales. Para iniciar la recuperación se deconstruyen críticamente las primeras.↵
- En el capítulo 7, Di Leo desarrolla el análisis de las concepciones y transformaciones de la identidad personal en las personas en tratamiento por consumo de drogas.↵
- Estos preceptos no siempre se cumplen en la práctica porque en muchas ocasiones se usan como excusa para demostrar el poder que se tiene dentro de la institución. ↵
- En el capítulo 7, Di Leo analiza las principales narrativas del yo de las personas en tratamiento por consumos de drogas, indagando sobre sus vinculaciones con sus agencias, autonomías y heteronomías.↵








