Ana Clara Camarotti, Martín Güelman y Ana Laura Azparren
En este capítulo describimos las formas en que las y los referentes de las instituciones conceptualizan las causas de los consumos de drogas y caracterizan a las personas que las consumen, y las vinculaciones de estas significaciones con las propuestas terapéuticas que desarrollan. Para ello, presentamos los resultados de las entrevistas semiestructuradas realizadas a referentes de las veintiséis instituciones analizadas, así como de los registros de observación de las visitas.
Las modalidades de abordaje propuestas se encuentran estrechamente vinculadas con diferentes definiciones de la situación. La noción de Alfred Schütz (1995) de definición de la situación resulta útil para interpretar el significado subjetivo tal como se lo encuentra en las perspectivas de los y las referentes. Como afirma el autor, una misma situación puede ser definida por un sujeto de manera radicalmente distinta a la de sus semejantes. El rasgo indispensable de estas definiciones consiste en que deben ser compartidas por las personas que participan de la interacción social (Goffman, 1993). Por ello, las personas en tratamiento deben acordar y aceptar las definiciones de la situación propuestas por las instituciones. La utilización de este concepto sitúa a este trabajo dentro de la sociología comprensiva, orientación que procura aprehender las estructuras subjetivas de sentido, es decir, el significado que los actores otorgan a sus propios actos (Schütz, 1993).
A lo largo del texto empleamos los conceptos de usuario de drogas y adicto en función de la utilidad que les dan las y los referentes de las instituciones analizadas. Estos dos conceptos demarcan diferentes perspectivas de análisis sobre los consumos de drogas. El consumo puede ser entendido como enfermedad, y por ende, utilizarse el concepto de adicto para dar cuenta de cualquier tipo de uso de drogas sin importar la frecuencia, la sustancia que se consume o si esa práctica trae aparejados problemas o no. O bien, puede entenderse que existe un consumo de drogas que no es problemático, lo que lleva a visibilizar distintas trayectorias que las personas establecen con las sustancias que consumen. A nuestro entender, existe un gradiente de posibilidades y de vinculación entre los sujetos, los contextos socio-económicos y culturales en los que se inscriben estas prácticas y las sustancias, lo que esquemáticamente podríamos diferenciar en uso, consumo problemático y adicción.
El capítulo se estructura de la siguiente manera. En un primer apartado describimos y analizamos las formas en que las y los referentes caracterizan los consumos de drogas y definen a los usuarios/adictos. A este respecto, identificamos tres explicaciones distintas de las causas de los consumos de drogas: 1) espiritual, como expresión de una problemática asociada a la pérdida del sentido de la vida en las sociedades contemporáneas; 2) como consecuencia de la exclusión social; y 3) individual, como una enfermedad crónica, primaria, progresiva y mortal. Estas tres formas de conceptualizar el consumo de drogas revisten carácter analítico, pero en la práctica suelen presentarse de manera combinada. La ubicación de las instituciones en un grupo se relaciona con la preponderancia que asumen ciertos rasgos en los discursos de sus referentes. En cada uno de los grupos analizamos los tratamientos que brindan esas instituciones, teniendo en cuenta las siguientes dimensiones: duración, utilización de psicofármacos, régimen de visitas, localización de los dispositivos, composición del equipo de trabajo y formas de financiamiento. Posteriormente, presentamos un cuadro que sintetiza las dimensiones analizadas.
El consumo de drogas como consecuencia de la pérdida del sentido de la vida
Los y las referentes de las instituciones que ubicamos en este apartado conceptualizan el consumo de drogas como un problema de índole espiritual, resultado de la pérdida del sentido de la vida imperante en las sociedades contemporáneas. Estos centros comparten dicho diagnóstico pese a adscribir a credos religiosos distintos. Este grupo está integrado por dos centros de orientación católica (Comunidad Cenácolo y Fazenda da Esperança) y cuatro evangélicos (Centro Bernabé, Reto a la Vida, Adictos a Jesús y Vivir Libre).
Desde la óptica de las y los referentes de estas instituciones, las sociedades actuales se caracterizan por una extendida pérdida de valores fundamentales (la sencillez de la vida, la cultura del trabajo, la oración, la familia), valores que se busca recuperar a través de la recreación de formas de vida comunitarias.
La droga era una cosa fuerte de la vida (…) y este es el sentido de la vida para un drogadicto. Los chicos que entran están deprimidos, aburridos de la vida. “¿Por qué vivo?”. Bueno, vas encontrando tu sentido de la vida, y la respuesta la encontramos en la capilla rezando (…) Nosotros lo encontramos con esto, con Dios, no hay otra (…) Nosotros tenemos nuestro psicólogo que es la capilla (referente, comunidad terapéutica católica).
En un folleto informativo de Reto a la Vida se señala que el propósito de la institución es:
(…) llevar un mensaje de esperanza y de vida a una humanidad que está perdida, no solamente en las drogas y en la delincuencia, sino en la política, en el humanismo, en la religión, en la ciencia…, y en tantas y tantas cosas que hacen que el hombre ponga su esperanza fuera de Dios y del propósito que Él tiene para su vida (página web Reto a la Vida).
En sintonía con ello, en el prefacio de Las perlas del corazón herido,[1] el fray Ljudevit Rupčić (1998: 9,11) define a la drogadicción como una
(…) gran plaga que está expandiéndose por el mundo [y está amenazando a] la humanidad (…) con una cárcel física y espiritual (…). Es una enfermedad particular de nuestra civilización, cuya raíz está en la ausencia de Dios en el corazón del hombre, por lo tanto, en la sociedad, en la familia y en el mundo entero. Así la epopeya del ateísmo materialista está dando cabezazos contra la pared y causa en mucha gente dramas y tragedias en miles de actos.
La caracterización que realizan estas instituciones del consumidor de drogas en general y del adicto en particular se encuentra estrechamente vinculada con la forma en que conceptualizan a las sociedades contemporáneas. En el contexto general de una sociedad fragmentada, consumista e individualista que “pone su esperanza fuera de Dios”, la y el adicto es entendido como una expresión exacerbada del sujeto moderno. Ante la falta de certezas y la “ausencia de Dios en el corazón”, el consumo de drogas emergería como un “refugio para llenar el vacío existencial”.
En el transcurrir de estos años podemos afirmar que las adicciones solo son la punta del iceberg de una infinidad de problemas cuyo origen se encuentra en el interior de las personas: en su corazón. En nuestra experiencia personal hemos sido convencidos de que lo que realmente estaba mal en nosotros no solo eran las drogas o el alcoholismo, sino nuestra lejanía de Dios, lejanía que nos llevó a una vida desordenada y errónea. Arrepentidos de esa manera de vivir, y con un corazón sincero nos hemos acercado a Él; hemos nacido de nuevo (página web Reto a la Vida).
La comunidad terapéutica como comunidad de vida
En el contexto de una sociedad que “no ofrece certezas existenciales a los individuos”, la comunidad terapéutica se transforma en el único abordaje adecuado para (re)construir una “comunidad de vida”. Esta comunidad de vida debe funcionar bajo un estricto sistema de normas y aislar temporalmente al residente de los efectos perturbadores que implica la interacción en una “sociedad en decadencia”. En particular la persona en tratamiento debe ser separada de los contextos en que tuvo lugar su consumo de drogas, o bien de aquellos ámbitos en los que este constituye una realidad extendida.
La respuesta terapéutica de estas instituciones para abordar la pérdida de sentido de la vida se basa en tres principios fundamentales: la práctica religiosa, la vida comunitaria y la incorporación de una estricta rutina de trabajo. Los referentes entrevistados hicieron mención a la importancia de que los residentes modifiquen sus patrones de conducta y comiencen a “vivir como Dios manda”, es decir, a conducirse en la vida según preceptos cristianos, para poder rehabilitarse del consumo problemático de drogas. De este modo, las posibilidades de lograr la rehabilitación de la persona dependen de su conversión religiosa. En otras palabras, en este tipo de instituciones, “(…) sin la interiorización del orden religioso (…) las expectativas terapéuticas son muy limitadas” (Comas Arnau, 2010: 113). La conversión que estas instituciones promueven no debe interpretarse únicamente como la incorporación de un (nuevo) credo o de prácticas religiosas. El proceso de conversión que es esencial para el éxito del tratamiento se produce también a través de la transformación identitaria que supone el desarrollo de una cultura de trabajo y la adquisición de valores tales como la responsabilidad, el esfuerzo, la solidaridad, la honestidad y el autocontrol.
La conceptualización de las causas de los consumos de drogas como una problemática de índole espiritual no toma en consideración los aspectos clínicos que pudieran asociarse a la adicción. En lo relativo a la composición del equipo de trabajo, cuatro de estas instituciones no cuentan con profesionales de la salud, al tiempo que detentan una postura militante antiprofesional (Camarotti, 2011). Para los referentes de estas instituciones, las respuestas que pudieran brindar las y los profesionales de la salud (médicos, psicólogos, psiquiatras) solo abordarían los síntomas superficiales.
La ausencia de profesionales de la salud en las instituciones, o bien el rol subordinado que estos desempeñan en los casos en que integran los equipos técnicos, redunda en un hecho significativo: los referentes entrevistados (y muchas veces los propios residentes) no emplean el término comunidad terapéutica para referirse a sus centros de tratamiento. Comunidad Cenácolo es definida como una escuela de vida, una comunidad de amor en la que se cultiva la amistad, el trabajo, la oración y la vida comunitaria.
En términos generales, los propios residentes apelan también a las definiciones mencionadas y señalan que constituye un error pensar la estancia en la comunidad como un tratamiento, ya que lo que allí se transmite y comparte es “otra cosa”. Los elementos que desde las instituciones invocan para arribar a la autodefinición de “escuela de vida”, “comunidad de amor” o “sanatorio espiritual” son: la fundación por parte de líderes religiosos (monjas, pastores, curas); el reconocimiento de que no tienen un conocimiento profesional de las drogas y las adicciones (“nosotros no sabemos nada de drogas”); y el hecho de que todas las personas que forman parte del equipo de trabajo (directivos, referentes y responsables) “pasaron por lo mismo” –es decir, tuvieron experiencias con el consumo de drogas y se rehabilitaron en la propia institución. Asimismo, desde estas instituciones no se define como tratamiento contra las drogas al tipo de atención que brindan ya que, si bien su población se compone mayoritariamente de usuarios de drogas ilegalizadas –y, en menor medida, de sustancias legales–, hay residentes que, sin haber consumido jamás, ingresaron por cuadros depresivos, por “falta de motivación en la vida” o para “tener una experiencia más directa y personal con Dios”.
En estrecha vinculación con la conceptualización sobre las causas de los consumos de drogas y con la ausencia de profesionales de la salud en sus equipos técnicos, las instituciones que integran este grupo no reciben financiamiento por parte de la SEDRONAR ni funcionan como prestadoras de entidades de medicina prepaga u obras sociales. Para ser incluidas en el Registro Nacional y Permanente de Efectores Asistenciales dependiente de la Dirección Nacional de Asistencia y Reinserción Social por Adicciones, deberían adecuar su tratamiento a los lineamientos que exige la SEDRONAR, a partir de las Leyes de Salud Mental y de Abordaje Integral de los Consumos Problemáticos (Leyes 26.657 y 26.934, respectivamente). Del análisis de las entrevistas surge que estos centros no están dispuestos a modificar sus prácticas terapéuticas (duración prolongada de las internaciones, ausencia de profesionales de la salud, obligatoriedad de las actividades religiosas, entre otras), ya que consideran que, de hacerlo, el tratamiento no sería efectivo. Además, la duración de los tratamientos en la mayoría de estas comunidades excede el período máximo contemplado por las becas que otorga la SEDRONAR (un año).
Tres de las instituciones que integran este grupo (Comunidad Cenácolo, Reto a la Vida y Fazenda da Esperança) forman parte de redes internacionales, con sedes en distintas provincias argentinas y en otros países del mundo. Gran parte de los referentes, responsables y personas bajo tratamiento provienen de otras provincias de Argentina o de otros países, tales como México, España, Perú y Brasil.
La pertenencia a una red internacional provee también un flujo de recursos económicos que, junto a otras fuentes (donaciones, emprendimientos laborales, venta de productos),[2] les permite ofrecer tratamiento en forma gratuita y prescindir para su funcionamiento de aportes provenientes de agencias estatales (fundamentalmente becas de la SEDRONAR), entidades de medicina prepaga u obras sociales. No obstante, si bien el tratamiento no tiene costo económico, los residentes deben realizar ciertos trabajos que permiten el sostenimiento diario de la institución (tareas de limpieza, cocina, reparaciones, jardinería, huerta, entre otras).
Otro de los elementos fundamentales del programa terapéutico de estas instituciones es la abstinencia total de cualquier tipo de sustancia legal o ilegalizada –incluyendo el tabaco y las bebidas alcohólicas–. Mientras que la prohibición de consumir bebidas alcohólicas al interior de los centros de tratamiento constituye una norma extendida en instituciones de diversa modalidad de abordaje, la exigencia de abstenerse en el uso de tabaco solo fue relevada en las instituciones que conforman este grupo.
(…) hay cosas que la Biblia no dice que están mal, porque la Biblia no dice todo (…). Ponele, en ninguna parte de la Biblia te dice “no fumes”. Pero sabemos que está mal, porque la Biblia también nos dice que “nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo”. Y si nosotros contaminamos el templo, el Espíritu Santo no puede vivir en nuestro templo. Entonces, no dice “no fumes” pero sabemos que está mal (referente, comunidad terapéutica evangélica).
El uso de psicofármacos con prescripción médica está contemplado solo en una de las seis instituciones que componen este grupo. En el resto de las comunidades terapéuticas se busca que las personas con padecimientos psiquiátricos abandonen la medicación, aun cuando cuenten con prescripción médica para su uso. En palabras de un referente de una de las intituciones: no se sale de la droga con otra droga.
El arduo proceso de admisión que realizan en algunas de estas instituciones puede ser pensado como una instancia en la que se detecta y escoge a los individuos cuyo perfil se adapta mejor a las características de sus programas terapéuticos. Para poder ingresar, las personas deben asistir periódicamente a entrevistas individuales y grupales con referentes de la institución (que pueden extenderse por un período de hasta seis meses); concurrir acompañados por un familiar o adulto responsable, y demostrar voluntad para llevar adelante el tratamiento. Estas estrategias permiten que las instituciones filtren a aquellos individuos que no cuentan con apoyos familiares o redes sociales que puedan acompañar el proceso de admisión, o que no demuestren aptitudes para sostener un tratamiento prolongado (responsabilidad, constancia, voluntad de rehabilitarse). La puesta en práctica de un arduo proceso de admisión de residentes redunda en que, en ciertas ocasiones, la rehabilitación de los individuos se configure como una suerte de profecía autocumplida. Al seleccionar cuidadosamente a cada uno de los residentes de la comunidad terapéutica, las instituciones estarían logrando que se rehabiliten aquellos que, a priori, se sabía que tendrían buenas posibilidades para hacerlo.
El consumo de drogas como consecuencia de la exclusión social
Los referentes de las instituciones que ubicamos en este apartado conceptualizan el consumo de drogas como una consecuencia de la exclusión social, que afecta con particular intensidad a quienes residen en territorios vulnerabilizados (villas y asentamientos) y a personas en situación de calle. Para estos referentes, la pasta base/paco[3] es la sustancia que pone en evidencia la situación de vulnerabilidad y exclusión que sufren estas poblaciones, por lo que sus dispositivos buscan atender principal, aunque no exclusivamente, a los consumidores de esta droga.
En este apartado incluimos dos dispositivos católicos que si bien trabajan desde distintas modalidades, conceptualizan los consumos de drogas de manera similar: la Asociación Civil El Palomar y el Hogar de Cristo.
Para los referentes de El Palomar el “desamparo, la marginalidad y la exclusión” son factores que llevan a que jóvenes de edades cada vez más tempranas presenten consumos problemáticos de drogas:
(…) era totalmente distinta la tarea, te estoy hablando en el año 2000. La tarea había cambiado: ya no eran jóvenes que podían sostener trabajo, estudio, y venir, de 16 años para arriba… de 18, 20. Empezó a haber como una derivación de niños absolutamente destruidos, sin nada (…) cada vez eran más petisos, más enanos [más jóvenes] (referente, comunidad terapéutica católica).
De esta forma, dan cuenta de una modificación en las pautas de consumo de drogas a partir de la década de 2000, que se vincula con la emergencia y fuerte visibilización de la pasta base/paco en territorios vulnerabilizados del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) (Epele, 2010; Camarotti y Güelman, 2013). Desde su óptica, el consumo de drogas por parte de adolescentes cada vez más jóvenes es consecuencia de una problemática social, que se encuentra estrechamente vinculada con “la violencia familiar, el deterioro de la escolaridad, la situación de calle, el abandono familiar y la explotación laboral y sexual”.
Los referentes del Hogar de Cristo, por su parte, también aluden al consumo de pasta base/paco como un “nuevo rostro de la exclusión”: “Así como hace años el Mal de Chagas ponía de manifiesto la miseria del interior del país, el paco denuncia la miseria de las grandes periferias urbanas, y lo más terrible es que hace explotar la marginalidad” (Hogar de Cristo, 2014a: 2).
El Hogar de Cristo surge en 2008 por iniciativa del Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia, popularmente conocidos como curas villeros. Este grupo de curas fue conformado en 1998 por el entonces arzobispo coadjutor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), Jorge Mario Bergoglio (actualmente el Papa Francisco), y elevado al rango de Vicaría Episcopal Arquidiocesana para la Pastoral de las Villas de Emergencia en agosto de 2009.[4]
La pobreza y las problemáticas que a ella se asocian han constituido una preocupación histórica de la Iglesia católica (Catoggio, 2013). Esta preocupación adquirió una significación distinta con la mencionada aparición y visibilización del consumo de pasta base/paco en los territorios en los que este grupo de curas trabaja. Desde entonces, estos sacerdotes comenzaron a involucrarse en la problemática del consumo de drogas (Premat, 2010).
Los referentes del Hogar de Cristo conceptualizan a los usuarios de drogas como víctimas, cuyo consumo incrementa, a su vez, su situación de exclusión y marginalidad. Esta forma de caracterizar a las y los consumidores reduce sus márgenes de autonomía, en tanto son vistos como “víctimas del flagelo de la exclusión y marginalidad; los que nuestra sociedad descarta” (Hogar de Cristo, 2014b).
En virtud de esta concepción, para los referentes de estas instituciones muchas veces las personas con consumos problemáticos no se encuentran en condiciones de solicitar ayuda por sus propios medios. Es por ello que –para los curas villeros– es la propia Iglesia la que debe ir en búsqueda de las personas con consumos problemáticos, con el fin de persuadirlos para que concurran a algún dispositivo. Desde el Hogar de Cristo se despliegan así diferentes estrategias de acercamiento a los consumidores, entre las que se destacan la “Noche de la Caridad”, que consiste en una recorrida nocturna por distintos barrios vulnerabilizados de la CABA, en la que acercan comida a quienes están en situación de consumo; y las “carpas de atención”, localizadas en las plazas aledañas a las estaciones ferroviarias de Retiro y Constitución (CABA). Si bien desde El Palomar no se desarrollan estas estrategias de acercamiento, sus referentes comparten la necesidad de “ir en búsqueda de quienes necesitan ayuda”. Esta concepción de las y los consumidores contrasta con la relevada en las demás instituciones analizadas en este trabajo, en las que se espera una voluntad manifiesta de recuperación por parte de las personas que solicitan tratamiento.
Respuestas comunitarias a los consumos de drogas
Las instituciones aquí analizadas han desplegado distintas propuestas de atención que buscan hacer foco en el trabajo comunitario.
En el caso de El Palomar, esa respuesta es recreada en la forma tradicional de la comunidad terapéutica. Esta institución comenzó a trabajar con la temática del consumo de drogas a mediados de la década de 1980, ofreciendo tratamientos ambulatorios en horario nocturno. A partir de la década de 2000, y debido a la demanda de atención de jóvenes con consumos de pasta base/paco, introdujo la modalidad de internación en comunidad terapéutica.
Actualmente, esta institución cuenta con cuatro dispositivos de atención localizados en el Partido de Lomas de Zamora (Gran Buenos Aires): tratamiento ambulatorio, hospital de día, comunidad terapéutica y casa de medio camino. El tratamiento ambulatorio está destinado a quienes pueden sostener ‒pese a su consumo problemático‒ ciertas actividades (fundamentalmente educativas y ocupacionales), por lo que se busca la articulación con el proceso de rehabilitación. El hospital de día, por su parte, consiste en una modalidad alternativa a la internación, que implica la asistencia ambulatoria diurna pero con mayor intensidad. La internación en comunidad terapéutica, en cambio, se utiliza para la atención de casos más complejos, que requieren de mayor tiempo e intensidad de tratamiento. La casa de medio camino, por último, es un programa destinado a la restitución de derechos vulnerados en población infantil y juvenil de hasta 18 años, con énfasis en la acogida de aquellos niños y adolescentes con problemas de drogas que, finalizado su proceso terapéutico, no cuentan con una familia o necesitan un hogar convivencial de acogida (página web de la Asociación Civil El Palomar). Para elegir el tipo de abordaje más adecuado para cada persona, se realiza un proceso de admisión, donde se evalúan sus redes y posibilidades de sostenimiento de los mismos.
Los distintos dispositivos de El Palomar cuentan con psicólogos/as, psiquiatras y trabajadoras/es sociales en sus equipos de trabajo. Cuentan con profesionales especializados en abuso sexual infantil, por tratarse de una problemática recurrente en la población que atienden. La comunidad terapéutica cuenta con una capilla en su interior, donde se realizan todas las semanas grupos de oración. Existen talleres de psicodrama, terapia individual y grupal, y talleres convivenciales. En la comunidad funciona un programa provincial de escolarización, donde los niños pueden continuar con sus estudios, ya sean primarios o secundarios. Por último, cuentan con talleres artísticos (música, plástica, teatro) y actividades deportivas.
En palabras de una referente, el objetivo de la institución es
(…) que los pibes sean felices, que disfruten la vida, que la vivan. Seducirlos para la vida, para que disfruten la vida, para que se den cuenta que vale la pena vivirla, que la vida es linda. Cumplir nosotros esa función que los pibes no han tenido: esta familia que los acompaña y está (referente, comunidad terapéutica católica).
De esta forma, El Palomar intenta ser una familia para los niños y jóvenes que allí residen, un sostén para que puedan realizar un “proyecto de vida feliz”.
Los centros barriales del Hogar de Cristo, por su parte, se localizan en –o cercanos a– territorios vulnerabilizados de la CABA.[5] Estos centros no son pensados solo como espacios de tratamiento para las adicciones, sino sobre todo como dispositivos de inclusión social. Además de los centros barriales, el Hogar de Cristo cuenta, como mencionábamos, con dos carpas de atención localizadas en las Plazas de Retiro y Constitución; un hogar para personas en situación de calle, y dos lugares de retiro o granjas de recuperación situadas en General Rodríguez (provincia de Buenos Aires). Las granjas son concebidas como dispositivos complementarios de los centros barriales, y utilizadas en los casos en que los jóvenes necesitan “alejarse un tiempo del barrio” en el que se encuentran. El tiempo de permanencia en la granja es de aproximadamente tres meses, y la estancia se realiza por camadas de jóvenes que conviven en una misma casa acompañados de coordinadores. El objetivo de esta convivencia es fortalecer los vínculos comunitarios en la recuperación. El Hogar de Cristo cuenta además con diez casitas amigables o de medio camino distribuidas en distintas zonas de la CABA y del Gran Buenos Aires (GBA), que funcionan como “lugares de tránsito para quienes ya han realizado un proceso de recuperación de las adicciones, y necesitan un lugar donde vivir”.
El propósito de los referentes es que los consumos de drogas no se restrinjan exclusivamente al ámbito de la salud, sino que sean abordados de manera interdisciplinaria, involucrando a la comunidad barrial.
El Hogar de Cristo hace foco en el abordaje territorial, lo que implica un trabajo con y desde la comunidad barrial, y en articulación con distintos organismos estatales y de la sociedad civil.
El equipo de trabajo de la institución está compuesto por profesionales de la salud (psicólogas/os, psiquiatras, trabajadoras/es sociales, médicas/os), operadores comunitarios, voluntarios y líderes religiosos. Este acompañamiento es realizado por los profesionales, voluntarios y líderes religiosos que trabajan en el centro, pero también por los acompañantes pares, personas que están en proceso de recuperación del consumo de pasta base. Estos conforman una Cooperativa de Acompañantes de Usuarios de Paco (AUPA), a través de la que perciben un ingreso semanal.
El tratamiento que plantea el Hogar de Cristo es entendido como un proceso y no establecen un alta terapéutica que debería alcanzarse luego de cierto tiempo o al cumplir objetivos delimitados con antelación. Asimismo, tampoco existen recorridos por los distintos dispositivos fijados de antemano, sino que este se va construyendo según las características y posibilidades de las personas que concurren al centro. Para el ingreso al tratamiento, la abstención del consumo no es una exigencia. Por el contrario, se busca trabajar con objetivos de mínima (que las personas no consuman durante el horario de concurrencia al centro, por ejemplo), que tiendan a mitigar los efectos perjudiciales asociados al consumo. Si bien los referentes del Hogar de Cristo no hacen referencia explícita a la perspectiva de reducción de daños,[6] incorporan algunas de sus dimensiones en su modalidad de trabajo.
El objetivo principal del Hogar de Cristo no es el abandono del consumo, sino “la lucha por la vida. No es el ‘no a la droga’, sino la búsqueda por lograr apasionar al pibe por algo”. Para ello, proponen que cada persona que concurre pueda desarrollar un plan de vida, en el que el abandono del consumo es solo una parte (y no la más importante). Ese “plan de vida” se relaciona en general con favorecer su inclusión social: conseguir un lugar donde vivir, retomar los estudios en caso de que así lo desee, conseguir un trabajo, solucionar alguna problemática de salud, gestionar documentación personal, revincularse con su familia, etc.
El consumo de drogas como enfermedad crónica y primaria
Las instituciones que forman parte de este grupo conceptualizan el consumo de drogas como una enfermedad primaria, crónica y progresiva de carácter individual que, sin embargo, se puede controlar. Agrupamos estos centros en tanto comparten, en sus aspectos más importantes, las explicaciones de las causas que provocan la adicción y las características que atribuyen a los consumidores. La totalidad de instituciones que forman parte de este subgrupo incluye como un aspecto relevante para la recuperación de las adicciones la dimensión espiritual, la cual no se enmarca en ningún credo religioso en particular sino que es presentada como un espacio “abierto y libre”, de creencia en un Poder Superior, significado de la manera en que cada “paciente” lo entienda y represente. Las instituciones que conforman este apartado son: Asociación Civil Modelo Minnesota, Aquí y Ahora, Asociación Revivir, Fundación Reencuentros, El Almendro, Programa Andrés, Creer es Crear y Asociación Civil Programa Por Decir.
Diagnóstico universal de la persona adicta
Este modelo no concibe la adicción como “un hábito, un vicio, un pecado o un acto inmoral, una práctica orientada a herir a terceros, o una debilidad de carácter”; sino como una “enfermedad primaria y crónica, que afecta a todos los aspectos de la persona: físico, mental, emocional, existencial y social”. Esta interpretación de la enfermedad requiere de un abordaje que integre e intervenga sobre todas estas dimensiones.
El siguiente fragmento resume con claridad la definición de adicto con la que trabaja este grupo de instituciones:
(…) un adicto es aquella persona que necesita de una o varias sustancias para poder desarrollar sus actividades, aunque tenga que atravesar para ello, distintas dificultades en su vida cotidiana (familiares, sociales) y sabiendo que este consumo le provoca daños y otro tipo de riesgos o consecuencias psíquicas, físicas, legales. Y a pesar de ello, no puede dejar de consumir. Resumiendo, la adicción es una enfermedad crónica, progresiva y mortal, no lo decimos nosotros (…), lo dice la OMS [Organización Mundial de la Salud] (referente, comunidad terapéutica espiritual).
Según los referentes de estas instituciones, las y los adictos tienen en común algunas características negativas, que serían propias de la personalidad adictiva: son “egoístas”, “egocéntricos”, “caprichosos”, “violentos”, “manipuladores”, “mentirosos”, “ventajistas”, “promiscuos”, y “crean un personaje que se victimiza”. “Eligen mostrar lo peor de sí, no tienen estructura, tienen una vida muy desorganizada”. Por ello, “necesitan pautas, reglas claras y autoridad. Tienen que (re)aprender y adquirir habilidades para poder sobrellevar situaciones cotidianas” (referente, tratamiento ambulatorio espiritual).
Este modelo trabaja con el acompañamiento por parte de pares –personas que ya se encuentran recuperadas o avanzadas en su tratamiento– y de profesionales de la salud. Esto funciona como uno de los pilares del tratamiento.
El tratamiento comienza con el reconocimiento de que uno es impotente ante la propia adicción y que esta situación torna ingobernable la vida (paso 1 del Programa de Doce Pasos). La o el adicto debe incorporar la creencia en la existencia de un Poder Superior, una entidad que no necesariamente asume la forma de las figuras trascendentales de las religiones pero debe cumplir el requisito de ser “más poderoso que la voluntad individual y la enfermedad” (Grippaldi, 2015: 59). Esta creencia permite que la o el adicto acepte ser ayudado al abandonar la omnipotencia, inherente a su condición, que lo lleva a creer que puede controlar su consumo y resolver las situaciones que afronta.
Al ser interpretado como una enfermedad crónica, el consumo de drogas permite la recuperación pero no su cura. La recuperación se mantiene mientras la persona no vuelva a vincularse con la sustancia. Según manifiestan los referentes de este modelo, en el momento en el que se establece contacto nuevamente con las sustancias, la o el adicto en recuperación vuelve a desarrollar sus viejos patrones de conducta. Por esta razón, el objetivo del tratamiento es lograr la abstención de todo tipo de drogas ilegalizadas y de bebidas alcohólicas.
Diversos abordajes terapéuticos para dar respuesta a los problemas de adicción
Las instituciones que forman parte de este apartado utilizan la metodología de los Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos,[7] y el Modelo Minnesota (que incorpora profesionales de la salud, fundamentalmente psicólogos y psiquiatras, a dicha metodología).
El Modelo Minnesota se define como un programa de tratamiento que se focaliza en el crecimiento espiritual y la dignidad del individuo. Este modelo ofrece una espiritualidad inclusiva y flexible diferente de la que es propia de la religión institucionalizada.
Un aspecto relevante para los referentes de algunas de estas instituciones es la planificación individualizada del tratamiento. En estos casos, profesionales y pacientes[8] trabajan conjuntamente en el diseño de un plan individual de recuperación.
La recuperación para este subgrupo de instituciones es entendida como un corte abrupto con el consumo de todas las sustancias legales e ilegalizadas; “es poder comprender que no se puede consumir nunca más ninguna sustancia”. Este proceso también demanda una revinculación consigo mismo, con los otros y con el Poder Superior.
En el Modelo Minnesota la familia y las personas significativas son un elemento crucial en la recuperación ya que son parte de “las causas y de los daños que hay que ayudar a reparar”, y porque son quienes van a colaborar en la sostenibilidad del tratamiento. Así, la familia y la o el paciente se convierten en el centro de la atención. En este sentido, este modelo entiende que esta enfermedad debe ser atendida en su “entorno natural” sin provocar un aislamiento social prolongado. De este modo, las y los pacientes no son apartados de forma radical de su medio ambiente y se les permite una gradual incorporación a sus actividades cotidianas a medida que van avanzando en el tratamiento. No trabajan desde modelos disciplinarios basados en sanciones repetitivas porque entienden que estas solo consiguen modificar la conducta de las personas sin generar cambios internos profundos.
Para algunos/as referentes, en este modelo no es necesario que la persona se encuentre motivada para comenzar un tratamiento porque los resultados no se encuentran relacionados con ello. La voluntad para “cambiar y mantener el cambio” se puede conseguir y estimular a lo largo del proceso terapéutico, siendo esto producto del trabajo del equipo profesional.
El Modelo Minnesota hace foco en la espiritualidad, para ello busca recuperar a las personas de la enfermedad y estimular y propiciar un “contacto consciente con Dios”. En el programa de Doce Pasos representan a Dios como un ser bondadoso y no castigador. En ese aspecto radica, según los referentes entrevistados, una diferencia fundamental con las religiones. En general, las instituciones no imponen ninguna religión, sino que cuentan con una orientación espiritual, evangélica o católica y les ofrecen a los pacientes una religiosidad abierta que cada uno puede reapropiarse.
El tratamiento en el Modelo Minnesota se basa en tres etapas: conocimiento de la enfermedad; admisión de la enfermedad, y aceptación del tratamiento. Para ello, buscan que el adicto logre adecuarse a un nuevo estilo de vida. Los estilos de vida no son entendidos por las y los referentes de estas instituciones en la misma clave en que lo hacen las ciencias sociales. Según Anthony Giddens (1992) los estilos de vida son prácticas hechas rutinas, que se presentan en los hábitos de vestir, de comer, de moverse, de expresarse, en las preferencias por determinadas prácticas y consumos, en la gestión del tiempo, entre otras. El autor remarca que los mismos se adoptan, no se transmiten, lo que implica una elección entre un gradiente de opciones, no una imposición, pero tampoco una elección totalmente libre e individual. En síntesis, son un conjunto de prácticas que los individuos adoptan para darse una identidad y un lugar en la sociedad. Así, los estilos de vida nos permiten comprender las diversas formas que encuentran las personas/grupos sociales de (re)producir sus reflexividades estéticas, sus vínculos familiares y de pares, de concebir el trabajo, la religión, de entender el mundo. A diferencia de esto, las y los entrevistados de este grupo de instituciones tienden a reconocer solo un estilo de vida como válido para nuestras sociedades, y es aquel que se adecua a la moral cristiana (amor al prójimo, solidaridad, honestidad, humildad, honradez).
En la primera etapa que establece este modelo, la persona debe comprender la adicción al alcohol y/o a las drogas ilegalizadas como enfermedades que afectan negativamente a la mente, cuerpo y espíritu, y que a través del tiempo el grado de consumo siempre va en incremento, en desmedro de la “capacidad de felicidad y de los valores de la persona”. La admisión de la enfermedad consiste en la toma de conciencia, por parte del paciente, durante la primera semana de terapia y reflexión, de que solo no puede, que tiene doblegada su voluntad y que la adicción en la cual se encuentra atrapado es una enfermedad. Finalmente, durante la aceptación del tratamiento la persona debe reconocer que las drogas le causan problemas en su vida y que el consumo es una enfermedad de la que debe librarse. Para ello, tiene que poder aceptar la dirección y ayuda terapéutica.
Teniendo en cuenta el total de instituciones que compone este subgrupo, encontramos que hay una amplia oferta de modalidades de trabajo: tratamiento ambulatorio, hospital de día, casa de medio camino, tratamiento residencial, internación domiciliaria, terapia grupal, terapia familiar. Por otra parte, trabajan con una gran variedad de herramientas terapéuticas: psicoanálisis, terapia cognitivo-conductual, Gestalt, entrevistas motivacionales y terapias energéticas como Reiki, Diksha, levitación y meditación.
Algunas de las instituciones buscan que las personas que están en tratamiento empiecen a conformar nuevos grupos de sociabilidad, que circulen por “lugares seguros” en los que puedan participar de diversas actividades y puedan vincularse con personas ajenas al “mundo de las drogas”. Los espacios que brindan las iglesias cumplen, en múltiples oportunidades, con estos requisitos. De este modo, las y los referentes ponderan, en estos espacios, los aspectos ligados a la sociabilidad por sobre la dimensión propiamente espiritual o religiosa.
Por último, en lo que respecta al financiamiento, encontramos que todas las instituciones que componen este subgrupo tienen o tuvieron convenio con la SEDRONAR, por lo que reciben personas becadas. Algunas de ellas también reciben afiliados de obras sociales y/o entidades de medicina prepaga.
Conclusiones
A continuación presentamos un cuadro que resume los principales aspectos que trabajamos a lo largo del capítulo. Para caracterizar a las instituciones según la forma en que conceptualicen las causas de los consumos de drogas utilizamos diversas dimensiones de análisis. Si bien a los fines heurísticos diferenciamos taxativamente estas conceptualizaciones y las presentamos de manera independiente, en las experiencias concretas aparecen, en múltiples ocasiones, de maneras combinadas y no exentas de tensiones.
Principales dimensiones de las instituciones y sus programas terapéuticos según la caracterización de las causas de los consumos de drogas
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Causas del consumo / Dimensiones del análisis |
Pérdida del sentido de la vida |
Exclusión social |
Enfermedad crónica |
Forma de concebir al consumidor |
Sujeto con vacío existencial y problemas familiares |
Víctima |
Enfermo |
Modalidad de tratamiento |
Comunidad de vida |
Centros barriales y comunidad terapéutica |
Modelo Minnesota y Doce Pasos |
Ejes fundamentales del tratamiento |
Tratamientos prolongados |
No hay duración prefijada |
Tratamientos de un año de duración |
No trabajan con profesionales de la salud |
Trabajan con profesionales de la salud, líderes religiosos y acompañantes pares |
Trabajan con profesionales de la salud y grupos de pares |
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Actividades religiosas que estructuran la rutina cotidiana.Conversión religiosa |
Metodología de trabajo personalizada. Actividades terapéuticas y religiosas orientadas a la inclusión social |
Actividades terapéuticas individuales y grupales. Incorporación de la creencia en un Poder Superior |
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Abstención total del consumo (incluyendo cigarrillos y psicofármacos, aun con prescripción médica) |
Buscan minimizar las consecuencias negativas de la exclusión y el consumo de drogas |
Abstención del consumo, con excepción de cigarrillos y psicofármacos con prescripción médica |
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Cumplidos los objetivos se obtiene el alta |
No hay alta prefijada. Acompañamiento permanente |
Alta provisoria |
Fuente: elaboración propia
A lo largo del trabajo, analizamos tres formas distintas de caracterizar las causas del uso de drogas y de las personas que las consumen: el consumo como expresión de la pérdida del sentido de la vida; como consecuencia de la exclusión social, y como enfermedad crónica.
En relación con el primer grupo, encontramos que en algunas de estas instituciones el proceso de admisión permite una suerte de selección de los futuros residentes: aquellos que cuentan con las herramientas necesarias para sostener y concluir un tratamiento exitosamente. Esto les permite afirmar que sus tratamientos detentan mayores niveles de efectividad frente a otros tipos de abordajes (tratamientos ambulatorios, clínicas psiquiátricas, terapias psicoanalíticas, grupos de autoayuda, comunidades terapéuticas no religiosas).
En el segundo grupo, observamos que pese a que realizan un diagnóstico de índole macrosocial, poniendo el foco en la vulnerabilidad y la exclusión, la recuperación termina siendo, en cierto sentido, una tarea individual. Cada persona debe gestionar su “plan de vida”, a partir de la decisión personal de salir de la situación de exclusión y de consumo. No obstante, este grupo de instituciones da un paso adelante, al contemplar la dimensión social dentro de las explicaciones de las causas de los consumos de drogas, lo que incorpora una mirada integral a una problemática que, por ser multicausal, impone un giro en la forma de concebirla. Ello permite correr las respuestas de prevención y atención desde una mirada hegemonizada por los discursos psicologistas hacia una mirada que tiene en cuenta las dimensiones sociales del fenómeno.
En el último grupo, encontramos que pese a que se apela a la creencia en un Poder Superior que no necesariamente debe estar ligado a alguna religión en particular, en el desarrollo del tratamiento las instituciones priorizan la incorporación de valores tradicionalmente asociados a la moral cristiana. Asimismo, muchas de estas instituciones proponen a las personas bajo tratamiento que concurran a espacios de sociabilidad religiosos, donde entienden que no existe “tentación” para el consumo de drogas. De este modo, se clausura todo estilo de vida que no entre en los parámetros fijados por la institución. Esto obliga a generar cambios no solo en sus posicionamientos frente a los consumos de sustancias, sino también en sus estéticas, amistades o grupo de pares elegidos, los cuales resultan primordiales en la construcción identitaria de las personas. En síntesis, la propuesta de cambio siempre es en una sola dirección.
Los tres grupos le otorgan un rol preponderante a la familia. La misma es entendida como “factor protector” para la prevención y la recuperación, tanto cuando acompaña en el proceso de admisión, como cuando se involucra en el tratamiento y brinda contención una vez que este finaliza. Sin embargo, la familia puede convertirse también en un “factor de riesgo” para el consumo de drogas, cuando es “disfuncional” (separación de los padres, sobreprotección, violencia intrafamiliar, ausencia de figura materna o paterna). Esto pone en evidencia el rol preponderante que las instituciones religiosas y de dimensión espiritual siguen atribuyendo a la familia como responsable último del desarrollo biográfico del individuo.
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- Libro de Comunidad Cenácolo editado en 1998. En este, el fray Slavko Barbarić reconstruye la historia de la institución, describe las características centrales de su programa terapéutico y recupera testimonios de ex residentes.↵
- Para una caracterización de las formas de financiamiento de las organizaciones relevadas, véase el capítulo 2 de Jones y Cunial.↵
- “‘Paco’ es el término comúnmente utilizado para hacer referencia a la pasta base de cocaína, una sustancia conformada por sulfato de cocaína y otros alcaloides e impurezas (querosén, alcohol metílico y ácido sulfúrico) que es la fase intermedia del proceso de transformación de la hoja de coca en clorhidrato de cocaína” (Vila, 2006: 87).↵
- No obstante, la presencia de curas en las villas de la CABA se remonta a la década de 1960, con el trabajo del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). El MSTM constituyó un movimiento sacerdotal que surgió en el año 1967 y estuvo vigente hasta 1973. Existen importantes diferencias entre este equipo de sacerdotes y el MSTM, en relación con su vínculo con la jerarquía católica, su tradición teológica y su compromiso político. Para profundizar en este aspecto véase Catoggio (2013) y Azparren, Quintáns y Dana (2015).↵
- Desde hace algunos años, el Hogar de Cristo ha traspasado los límites de la CABA, para localizarse también en barrios vulnerabilizados del GBA y de otras provincias del país. ↵
- La perspectiva de la reducción de daños surge inicialmente en Europa como alternativa para paliar las consecuencias negativas asociadas al consumo de heroína, sin pretender la abstención total de su uso. Una de sus principales estrategias fue la provisión de jeringas esterilizadas para prevenir la infección del VIH. Posteriormente, esta perspectiva fue utilizada en el abordaje de consumos problemáticos de otras sustancias (Romero, 2004). ↵
- Para una presentación de ambos dispositivos, véase el capítulo 1, de Camarotti y Güelman.↵
- Las y los referentes de estas instituciones aluden a las personas bajo tratamiento como “pacientes”, en tanto la adicción es concebida como una enfermedad.↵








