1.1 Introducción
En este primer capítulo presentamos el estado de la cuestión respecto del estudio y los debates actuales sobre economías populares en América Latina. Se recorren las discusiones teóricas, epistemológicas y políticas respecto de la categoría economía popular; enfocando sus caminos desde Argentina y Bolivia.
La construcción del Estado del arte y marco teórico busca dejar planteadas dos claves de lectura para la comprensión de los debates internos en el campo problemático de las economías populares en Latinoamérica. Por un lado, que las economías populares no pueden pensarse por fuera de las confrontaciones, disputas y negociaciones en el capitalismo, con las lógicas del capital neoliberal global tal como lo conocemos en estos tiempos. Y, por otro, que en tanto construcciones políticas comunitarias con memorias largas, estas economías no pueden ser pensadas exclusivamente a escala nacional. Por el contrario, conectan territorios y recuperan, reactualizando permanentemente, estrategias de resistencia, transformación y producción entre espacialidades y temporalidades diversas.
En este sentido, como corolario del capítulo, se presenta un vocabulario renovado para abordar claves de debate entre las perspectivas de economías populares en Bolivia y en Argentina. Tomo en este punto, el “espacio de trajín” (Glave, 1989) como territorio de estudio para ir más allá del nacionalismo metodológico como modo de comprender lo popular-comunitario; recurro a una mirada ch’ixi en la observación de lo social (Rivera Cusicanqui, 2015); apelo a ciertas claves analíticas que aportan los estudios de la economía feminista para pensar nuevas conceptualizaciones sobre el trabajo, las relaciones de explotación y la distinción producción/reproducción (Fraser, 2014; Federici 2018; Gago, 2019) y, también, para desarmar cierta masculinización teórica de las economías populares; y, finalmente, recurro al aporte crítico de conceptos tales como “economías barrocas”, “pragmática popular” (Gago, 2014) y “extractivismo ampliado” (Gago y Mezzadra, 2015), para desarmar y equilibrar perspectivas étnico-culturalistas, que pasan por alto las vinculaciones extractivas del capital en lo comunitario y popular; y cierta mirada miserabilista de las economías populares.
1.2 La economía popular, un campo problemático en construcción
Las conceptualizaciones sobre economías populares en América Latina son de una relativa novedad. Surgen como discurso teórico-político en los últimos años para caracterizar entramados heterogéneos de dinámicas económico-políticas de los sectores populares frente a la desestructuración neoliberal del mundo del trabajo asalariado (Gago, 2014; Giraldo, 2016; Roig, 2017) y la colonización cada vez más expansiva e intensiva de nuevas áreas de la vida, el trabajo y la naturaleza a los fines de ampliar los límites de acumulación y concentración de riqueza a favor del capital financiero trasnacional (Harvey, 2003; Sassen, 2015; Gago y Mezzadra, 2015; Mezzadra y Neilson, 2017).
Se trata de un concepto analítico en pugna (Gago, Cielo y Gachet, 2018), en tanto convoca definiciones abiertas y genera preguntas y problematizaciones interconectando nudos conflictivos. Al mismo tiempo, evoca representaciones para caracterizar un “paisaje estable” y masivo en los países de la región (Gago, 2016).
Ferias en continuo crecimiento e itinerancia, trajines comerciales que conectan ciudades, pueblos, países de la región y del mundo; comedores y merenderos comunitarios, cooperativas de producción textil, recicladorxs, productorxs agrícolas, manterxs y vendedorxs ambulantes; así de heterogéneas y abigarradas[1] son las imágenes que evocan dinámicas de economías populares y que permiten la reproducción social de amplias mayorías en Latinoamérica.
“¿Cómo aparece el trabajo vivo fuera de la fábrica?” (Gago, 2014, p. 181) ¿Cómo se “buscan la vida” (Hinojosa, 2009) las personas que viven del rejunte de ingresos? ¿De qué modo se intercambia, se circulan productos, se importan y se configuran nuevos mapas de circulación de mercancías a nivel local y regional? (Tassi, et. Al., 2012) ¿Cómo se valorizan estos trabajos dentro de las lógicas del capital? ¿Qué temporalidades y espacialidades inauguran estas economías? ¿Qué subjetividades están en juego? ¿Qué antagonismos se configuran en este nuevo escenario del capitalismo a nivel multi-escalar? Son algunos de los interrogantes que recorren las teorizaciones sobre economías populares y que pretenden pensar las transformaciones actuales del sistema capitalista desde nuestros territorios. Algunas hipótesis pueden ser esbozadas a fin de sintetizar ciertas líneas de análisis de las economías populares (Gago, 2016) en el mapa teórico-político actual[2].
La primera ya fue enunciada: las economías populares constituyen un paisaje estable y masivo en nuestros países (Gago, 2016); aunque desde los discursos de la economía hegemónica, del progreso y el desarrollo, hayan sido pensadas como “lo otro” de la “economía formal”. Fueron conceptualizadas en los años ’70 como “masa marginal” (Nun, [1969] 1971); economías de subsistencia, que debían ser incluidas o contempladas por formas asistenciales del capital privado o estatal; nombradas como “sector informal” (Hart, 1973) y, finalmente, representadas como un verdadero espacio de auto-empresarialidad neoliberal (De Soto, 1987), como terreno de negociación y explotación para el capital financiero y del microcrédito.
Frente a estos discursos, la emergencia de las economías populares en contextos de crisis y desestructuración del mundo del trabajo abre ciertas dimensiones temporales y espaciales que dan cuenta de la estabilidad que presentan, permitiendo la reproducción de la vida de las mayorías. No se trata, entonces, de un escenario de transición sino de evidente persistencia y consolidación (Gago, 2016, p. 181). Persistencia y consolidación que viene dada por genealogías propias que encierran lógicas de organización, saber-hacer y toda una pragmática popular (Gago, 2014) que estas dinámicas condensan. Por tanto, se vuelve evidente la necesidad de estudiarlas en su composición específica: no como referencia a “lo otro” de la economía, sino como un conjunto de prácticas, saberes, y estrategias propiamente económicas.
En segundo lugar, la economía popular sintetiza discusiones fundamentales sobre aquello que se considera trabajo. Las economías populares producen valor y al mismo tiempo lo ponen en común y lo hacen circular. Mantienen grados de autonomía desde la autogestión y ponen a disposición productos y servicios esenciales para el sostenimiento de la vida de la sociedad en su conjunto[3]. Además, mientras el imaginario de trabajo asalariado va desarmándose como único horizonte de vida y progreso; la des-proletarización amenaza con destruir los modos de organización colectiva, política y sindical que desmantela derechos para lxs trabajadores. Contra la des-proletarización, las economías populares reivindican el valor que producen, son pensadas en términos de multiplicación de formas proletarias, microeconomías proletarias (Gago, 2014); y es desde ellas que se pueden pensar formas de “trabajo sin patrón” pero con patrón oculto (Roig, 2017) que visibilizan modos de explotación del trabajo en tiempos de financierización y des-salarización. Conectando estos estudios con las reflexiones centrales de la crítica a la economía política desde la economía feminista (Mies, [1999] 2018; Federici, 2010 y 2018); decididamente pensamos y reivindicamos toda actividad humana que permite la sostenibilidad de la vida y la reproducción social, como trabajo. En tanto modos de producción de valor comunitario e individual, las economías populares -al igual que lo hace la economía feminista- amplían el análisis crítico de la relación capital-trabajo en la actualidad. Lo que estas economías manifiestan son transformaciones complejas y muy relevantes del capitalismo en el momento actual; pero también transformaciones de las formas de visibilizarían de lo que se produce socialmente y por fuera de los modos convencionales en que la economía política había circunscrito al ámbito de la producción. Pensar y problematizar la noción misma de trabajo; es parte de lo que los estudios de economías populares -como ya lo propone hace tiempo la economía feminista-, habilitan.
En tercer lugar, inauguran toda una reflexión intensa respecto de las modalidades de explotación en las lógicas actuales del capitalismo. Cuando hablamos de patrón oculto estamos pensando en ¿para qué trabajan estas economías?, ¿quiénes (qué poderes o lógicas) explotan este trabajo por cuenta propia y aparentemente desestructurado? Aquí se tejen las hipótesis de la multiplicación de las formas del trabajo (Mezzadra y Neilson, 2017) con las maneras de extraer valor, producido por esos trabajos múltiples. Se extrae valor: a) productivamente a través del abaratamiento de los costos (tercerización, desmontaje de cadena de producción, no pago por derechos laborales, sociales y tareas de cuidado y reproducción de la mano de obra); y, b) financieramente a través de la extracción de renta a partir de los consumos, pagos de servicios y productos necesarios para la reproducción social que ha sido privatizada y desligada de las responsabilidades del Estado para garantizar la salud, la educación y la soberanía alimentaria de la población en general (Gago y Mezzadra, 2015; Giraldo, 2016; Roig, 2017; Gago y Cavallero, 2019).
Los modos de producción desacoplados en talleres que son casas; lo doméstico, lo familiar y lo comunitario como insumo para pensar la producción y la generación de ingresos en el marco de la crisis del trabajo asalariado (Gago, 2014, p. 99); determinan características específicas de la explotación en estos tiempos. El endeudamiento de los hogares y -fundamentalmente- de las mujeres que son sostén de los espacios domésticos, deja en evidencia el plusvalor que extrae el capital financiero de las economías populares (Gago, Cavallero, 2019).En este sentido, las líneas teóricas en las que se inscribe el presente trabajo, plantean una diferencia respecto de algunos elementos analíticos con discursos y conceptualizaciones que piensan las economías populares como espacios de reproducción ampliada de la vida (Coraggio, 2011) bajo modos de organización social, comunitaria, basados en principios de solidaridad y reciprocidad (Quijano, 1998). Estas perspectivas plantean cierta independencia dada de hecho -o posible de construir- más allá de las relaciones y lógicas propiamente capitalistas.
Al mismo tiempo, la presente investigación y los estudios sobre economías populares, divergen de los discursos que pretenden encontrar en las tramas de economías alternativas, étnicas, comunitarias, formas de un empresariado popular que despliega, de maneras siempre exitosas, una serie de estrategias de inserción en el mercado y en sintonía con lógicas del emprendedurismo neoliberal, aprovechando las oportunidades que el capitalismo ofrece (De Soto, 1987).
Ni homo solidarius, ni homo economicus (Roig, 2017); en cuarto lugar, las investigaciones sobre economías populares relevan un mapeo múltiple de actores, escenarios, unidades productivas y dinámicas que no entran plenamente en uno u otro tipo de estos discursos. Más bien revelan una capacidad creativa heterogénea, cierta promiscuidad en las dinámicas de consumo y trabajo; al mismo tiempo que una pragmática popular (Gago, 2014) que reactualiza elementos culturales y comunitarios, puestos al servicio del despliegue de estrategias que no son puramente económicas (quiero decir que, en términos economicistas, “no son puramente económicas”); sino, más bien manifiestan formas de politicidad que implican una disputa real con el neoliberalismo en los territorios (Ibid.). Lxs actorxs de las economías populares se han apropiado “desde abajo” de ciertas herramientas de cálculo y estrategia, buscando algo más que su propia ganancia individual y progreso. Han desarrollado toda una infraestructura popular que reemplaza al Estado en sus ausencias, generan espacios de resistencia, confrontación y límite a los avances extractivos del capital, a través de finanzas populares y redes de abastecimiento y consumo (Ibid.).
En quinto lugar, las economías populares convocan una temporalidad de la crisis que se sitúa a inicios del nuevo milenio (Gago, 2016). Al mismo tiempo que se anclan en imaginarios y genealogías de memorias largas de resistencia, adaptación y lucha a las formas de dominación del capital y el Estado. Situarnos en el neoliberalismo, empero, es necesario porque es esta nueva fase de acumulación a escala global del capital en la que las estrategias económicas populares ponen de manifiesto ciertas “novedades con historia”, memorias que implican modos de organización en la crisis y en contextos de desigualdad y desestructuración de patrones hegemónicos en términos económicos y políticos. Desde esta temporalidad de la crisis (Gago, Cielo y Gachet, 2018; Castronovo, 2019), nos interesa ver qué características adoptan/despliegan estas economías en el neoliberalismo (Gago, 2016). Ya que, es a partir de este escenario que se comienzan a visibilizar las formas variadas de trabajo, las violencias que el capitalismo desata sobre los territorios para inaugurar nuevos momentos de acumulación, las múltiples modalidades de resistencia a los nuevos despojos y los imaginarios políticos que estas formas de organización económica ponen en práctica y re-crean.
Finalmente es preciso subrayar, como sexto elemento, que la genealogía de las economías populares en tanto emergentes en la crisis del neoliberalismo se conecta con memorias largas de organización política y económica en América Latina. El desarrollo de toda una infraestructura indígena de rutas y caminos; y la producción de circulación a través del trajín, dio lugar a la conformación del mercado interno colonial. Entre los siglos XVI-XVIII se conformaron espacios económicos -en América y particularmente en los Andes- (Assadourian, 1982; Harris, et. Al., 1987), que es preciso observar y contemplar a la hora analizar dinámicas económico-populares (Tassi, et. Al., 2012). Modos de hacer, producir y circular que exceden las fronteras y definiciones estatal-nacionales y que nos invitan a adoptar enfoques histórico-memoriales, trajinantes y transnacionales.
En el mundo global el capital financiero es ubicuo y las migraciones transnacionales de personas que buscan dónde reproducir la vida en “mejores condiciones” se amplían de modo constante (Sassen, 2003, 2007; Mezzadra, 2005; Mezzadra y Neilson, 2017). Es a través de poner en juego estrategias de desplazamiento, comercio y circulación, que las economías populares intervienen en espacios transnacionales (Hinojosa, 2019), a la vez que se insertan en esta tendencia de la economía global actual; reactualizando imaginarios transfronterizos y de articulación de espacios entre lo local y lo global (Cordero, Mezzadra y Varela, 2019). En este sentido, para abonar al debate de las economías populares en la actualidad, resulta fundamental pensar la dimensión espacial y temporal de estas economías en creciente transformación; que no se circunscriben a territorialidades locales o estatal-nacionales y que reactualizan estrategias y formas de movilidad históricas, con memorias largas.
En lo que sigue los elementos presentados a modo de hipótesis para comprender las economías populares en América Latina (Gago, 2016), atravesarán el capítulo como mapa analítico-conceptual y político; y se repondrán ciertas discusiones teóricas que se anudan en ellas.
1.3 Neoliberalismo, crisis y economías populares
Las políticas gubernamentales neoliberales desembarcaron en América Latina a través de la violencia genocida y autoritaria. Las dictaduras primero, los gobiernos abiertamente privatizadores del Estado y los bienes públicos, después; inauguraron una etapa de mercantilización y entrega de territorios y derechos laborales, previsionales y tributarios.
El Consenso de Washington, las recetas y medidas económicas dictadas por el Banco Mundial y la financierización de la economía a nivel global, fueron marcando el inicio del neoliberalismo en Latinoamérica, combinando regímenes autoritarios con democracias “formales” (Tapia, 2008). Esta nueva fase del capitalismo ha desarrollado dispositivos de subjetivación que le permitieron (y permiten) controlar y generar una gubernamentalidad neoliberal más allá del gobierno a partir de ciertas políticas macroeconómicas (Foucault, 2007).
Mientras esta transformación del capitalismo a nivel global se profundiza, la evidente desestructuración del mundo asalariado, va haciendo emerger una cantidad de prácticas y formas de conseguir ingresos que engrosan el llamado “sector informal”. Categoría que puede rastrearse en los estudios sociales, económicos y políticos desde mediados de los ’70 (Hart, 1973). Su primera aparición se da en la narrativa del informe de la OIT de 1972. Allí se describen actividades económicas a pequeña escala que estaban por fuera de la contabilización, regulación o protección del Estado. Estas actividades eran pensadas como generación de empleo informal e ingresos para miles de desempleados. Este discurso se basó en la investigación que el economista inglés Keith Hart (1973) había realizado para estudiar las configuraciones económicas en Ghana. A partir de allí los usos de “sector informal” en ciencias sociales se han referido a una multiplicidad de vidas proletarias sin salario (Denning, 2011); y en términos de políticas públicas ha designado ámbitos de la economía que requieren algún tipo de normalización e inclusión.
El neoliberalismo en América Latina, mientras colaboraba en la ampliación de este sector; fue perfeccionando las prácticas y lógicas financieras que permitieron y permiten su explotación. La socióloga Saskia Sassen atribuye las razones de la expansión de la economía informal bajo el régimen neoliberal principalmente al aumento de la desigualdad y a la imposibilidad de acceder al mercado de trabajo (Sassen, 2003, 2015).
Es en los ‘70, donde el reconocimiento de este tipo de actividades coincide con los primeros momentos de crisis económica y de modelo productivo; y el concepto es adoptado para analizar situaciones regionales de crecimiento del desempleo y la desigualdad. Tal es el caso del Programa Regional del Empleo para América Latina (PREALC) creado en 1968 por la OIT (Tassi, et. al., 2013). En estos discursos las “empresas informales” son vistas como garantes de la sobrevivencia de la familia y pensadas por contraste al propósito de acumular ganancias de la empresa capitalista (PREALC, 1981).
Entre los ‘70 y los ‘90 aparecen múltiples estudios que analizan el “sector informal” en línea con lo que antes había sido el debate sobre modernidad, desarrollo e integración (Cardoso y Faletto, 1971). Desde una postura en que la llamada “economía informal” se postula en clara separación a la “economía formal”; se representaba una masa de fuerza laboral excluida (Nun, [1969] 1971) del mercado, que desarrollaba una organización no capitalista de producción con bajos ingresos y formas precarizadas de trabajo. Por su parte trabajos como los de Portes, Castells y Benton (1989) difieren de esta conceptualización que separa lo formal, capitalista, de lo informal, no capitalista, y plantean que estas actividades económicas resultan ser fundamentales para la acumulación del capital a nivel global.
Paralelamente en los ‘80, estudios como los de Hernando de Soto abren una nueva visión neoliberal de lo informal. En pleno proceso de transformación de la participación del Estado en la economía nacional (privatizaciones, achicamiento de la función social y de garantía de derechos), de Soto (1987) plantea la necesidad de reconocer a los actores de la economía informal como verdaderos promotores de un capitalismo auto-empresarial. Los trabajadores como propietarios de medios, capacidades y recursos sólo necesitaban que el Estado les brindara un marco legal efectivo que les permitiera desarrollar en condiciones seguras estas actividades. Bajo estas premisas el “sector informal” se volvería el motor del crecimiento.
En los ‘90 este tipo de narrativa estuvo a la base de los desarrollos teóricos sobre “capital social” para la “lucha contra la pobreza” (Banco Mundial, 1997; Banco Mundial, 2000). Se promueven estudios, apoyos y acuerdos para el desarrollo de emprendimientos de pequeña y mediana escala y el fomento de microcréditos. En el caso boliviano, este es un momento importante de penetración de lógicas microfinancieras en las formas de organización económica de los sectores populares, campesinos, indígenas y, fundamentalmente, en las mujeres (Rivera Cusicanqui, 1996; Toro, 2010). Todo un aparato institucional (entre Estado y bancos) se articula con la cooperación internacional y las Organizaciones No Gubernamentales (ONG’s) que apoyan actividades económicas microempresariales (Freiherr von Freyberg, 2011). Lo que anteriormente pretendía ser invisibilizado o reconvertido para desaparecer, ahora se vuelve actividad meritoria de crédito y apoyo institucional (Tassi, et. Al., 2013).
¿Cómo surge la denominación economías populares en este contexto? Si bien ahondaremos más adelante en la historia político-económica de Argentina y Bolivia para notar particularidades de la emergencia del concepto tanto en sus usos académicos y teóricos como en la práctica política; podemos trazar algunas consideraciones comunes que hacen al concepto. Para indagar sobre aquellas actividades que se habían denominado “informales” pero eran centrales a la hora de comprender las configuraciones sociales y políticas latinoamericanas; Aníbal Quijano (1998) nombra economías populares a un conjunto de modos de producir, consumir y reproducir socialmente la vida más o menos diferenciable de las empresas del capitalismo contemporáneo (Ibid.). Se buscaba dar cuenta de estas configuraciones desde visiones no puramente economicistas que tendían a verlas como “pobres”, “precarias”, “marginales” o “auto-explotadas”. Matos Mar (1984) ya las había caracterizado como estrategias que cuestionan implícitamente el orden social produciendo nuevas formas y estilos de vida con cierta autonomía respecto del estado. De este modo se consideraban a los sectores informales como actores populares y no simples “víctimas”.
En concordancia con estas definiciones, marcando ciertas diferencias respecto de la articulación con el mercado y el sistema capitalista, también en los noventa y primeros años del 2000, las narrativas de las economías sociales y solidarias (Coraggio, 2011) pretenden explorar formas sociales y populares de reproducción ampliada de la vida que generan alternativas a la economía capitalista. Como propuesta teórico-política su aparición, en consonancia con los movimientos anti-neoliberales y la crisis producida por el neoliberalismo en la región, explica el interés normativo-prescriptivo de tales discursos. Sin embargo la apelación a cierto tipo de “a priori” solidario de las experiencias de economía popular o social, lo desacoplan de la posibilidad de comprender la “economía realmente existente” (Roig, 2017); en el sentido de poder atender a las complejidades y contradicciones que presentan las dinámicas económicas populares en el capitalismo.
En el umbral del siglo XXI encontramos nuevas vías de reflexión teórica para los desarrollos analíticos, epistemológicos y políticos del campo de las economías populares. Los estallidos sociales que hicieron entrar en crisis al modelo neoliberal en la región, cobran amplia relevancia aquí. La crisis del neoliberalismo en esos escenarios evidenció cierta inviabilidad del modelo que ya llevaba más de dos décadas desarrollándose. Al mismo tiempo, la impugnación por parte de movimientos sociales, políticos, indígenas, campesinos, dio cuenta de una potencia de ruptura y apertura de horizontes de transformación política y económica real. Tanto en Argentina como en Bolivia entre el 2000 y el 2005 los sectores populares tomaron amplio protagonismo y obligaron a gobiernos y organismos internacionales a repensar los modos de gestión y organización. La apertura de un tiempo-espacio de pachakuti[4] (Gutiérrez Aguilar, 2008) marcó un antes y un después que sigue resonando hasta la actualidad[5].
Las economías populares fueron creciendo en tiempos de crisis neoliberal y “bonanza económica” (Tassi, et. Al., 2013) donde los gobiernos progresistas de la región, activaron las economías locales, a la par que profundizaron el modelo extractivo de recursos naturales (Svampa y Stefanoni, 2007). A través de esta reactivación se articularon nuevas modalidades de extractivismo sobre los territorios y las comunidades (Gago, 2014; Gago, Mezzadra, 2015). Resulta preciso entonces comprender el modo en que el neoliberalismo ha sido y es apropiado “desde abajo” por formas populares de consumir, producir, circular (Gago, 2014). En este sentido, no es posible hablar de “posneoliberalismo” -como algunxs pensadores y teóricos planteaban a inicios del nuevo milenio[6]– sino más bien de la mutación (Gago, 2020) en el arte de gobernar (Foucault, 2007) que se ve forzada por desbordes, ejercicios de autonomía, desobediencia en los territorios, como puesta de límites concretos al avance extractivo del capital. En esta nueva aparición del concepto de economía popular se trata de pensar las estrategias, los cálculos, las formas de organización comunitaria de la vida que se presentan como parte de una trama compleja y heterogénea de economías barrocas (Gago, 2014) que desbordan nuestras ciudades latinoamericanas a inicios del nuevo milenio.
Cabe resaltar y subrayar, entonces, dos ejes de definición de la idea de economía popular, que la diferencia de las conceptualizaciones en torno a la “informalidad”, “marginalidad”, “solidaridad” y “autoempresarialidad”; y que han ido componiendo toda una genealogía de estudios respecto de las estrategias económicas de los sectores populares latinoamericanos. En primer lugar, las economías populares nos permiten ver las capacidades estratégicas de lxs actores involucrados en redes de producción, comercialización y circulación que garantizan la reproducción de la vida de los sectores populares. La categoría de “sector informal” o “economía informal” nos remite a una construcción de la idea de pobreza, de imaginario miserabilista y victimizador de los sectores populares que los hace aparecer como sin agencialidad propia y como una mera reacción frente a la expulsión del sistema hegemónico.
En segundo lugar las economías populares nos permiten ver de qué modo estas formas de organización “desde abajo” activan pragmáticamente -de hecho y en la vida cotidiana-, una potencia política desobediente y plebeya que pone límites a la valorización del capital; al mismo tiempo que componen estrategias, cálculos y acciones políticas con elementos de la propia subjetivación neoliberal “desde abajo” (Gago, 2014). Tramar la discusión de las economías populares en términos de neoliberalismo nos permite conectar varios elementos que colaboran en la comprensión tanto de las lógicas políticas del capital en su axiomática (Deleuze y Guattari, ([1988] 2004) y formas de rearticular la explotación; como de los modos eficaces de apropiarse de estas lógicas por parte de quienes actúan, producen y resisten en estas economías.
1.4 Para una nueva reflexión en torno al conflicto capital-trabajo
“Bajo el capitalismo, la única cosa peor que estar explotado es no estar explotado”, así comienza Michael Denning un artículo donde propone realizar una genealogía de representaciones de vidas sin salario (Denning, 2011). Formas en que el trabajo no se encuentra capturado por la relación salarial y, sin embargo, lejos de ser “menos explotadas”, él las piensa como “peores que estar explotado”. Se refiere a la multiplicidad de vidas proletarias en que ha devenido el mundo posfordista (Mezzadra y Neilson, 2017); pero también remite a toda producción de valor y reproducción de la vida que siempre ha estado más allá de la lógica asalariada. Trabajos que no han sido visualizados como productivos y, por el contrario, son invisibles para la ciencia de la economía (Denning, 2011, p. 77). El historiador estadounidense nos aporta elementos fundamentales para pensar las discusiones actuales en torno a la relación entre el capital y el trabajo. Plantea que ser trabajador es ser desposeído y que es necesario hacer una inversión del discurso económico: comprender que aquellos conceptos clásicos de “economía formal”, “empleo”, “trabajo asalariado”; dependen para su existencia de un subsuelo “sin”, “informal”, “desempleado”. Al contrario que como hicieron lxs pensadorxs de la informalidad que analizamos más arriba; Denning propone pensar estas figuras como proletarias, descentralizando así la idea de salario como norma de lo que es valorizado por el capital.
El desempleo precede al empleo y la economía informal precede a la formal, tanto histórica como conceptualmente. Hay que insistir en que «proletario» no es un sinónimo de «trabajador asalariado» sino de desposeimiento, expropiación y dependencia radical del mercado. No se necesita un trabajo para ser un proletario: la vida sin salario, no el trabajo asalariado, es el punto de partida para entender el mercado libre (Ibid., p. 79).
En este gesto, propone no empezar por la acumulación del capital sino por la acumulación del trabajo (Ibid., p. 78). E insistir que la figura del trabajo y de trabajador no está condensada en el salario sino en el despojo. Las vidas sin salario son formas de explotación porque son formas de desposesión. La condición de posibilidad de la venta de la fuerza de trabajo en el mercado es que las personas han sido expropiadas de los medios de producción y reproducción de la vida. Proceso que Marx sintetiza en el concepto de “acumulación originaria” (Marx, [1867] 2008) y que pensadorxs marxistas como David Harvey ven proyectado a lo largo de la historia del capitalismo como “acumulación por desposesión” (Harvey, 2003).
Más que ver al obrero que se gana el pan en la fábrica como la base productiva sobre la cual se levanta una superestructura reproductiva, podemos imaginar al desposeído hogar proletario como una base sin salario de trabajo de subsistencia –el «trabajo de mujeres» de cocinar, lavar y cuidar del hogar– que soporta una superestructura de migrantes buscadores de salario que son embajadores o quizá́ rehenes de la economía del salario” (Denning, 2011, p. 79).
Lxs buscadores de salario o rehenes de la economía del salario, rejuntan ingresos para costear la reproducción de la vida del grupo. Lo que Denning llama “vidas sin salario” son formas de trabajo, vida, reproducción y producción en lo que venimos nombrando como economías populares. Y tal cómo él presenta el problema, podemos entender el entrecruzamiento entre despojo, trabajo vivo, trabajo invisible, producción y reproducción; para pensar las nuevas reflexiones en torno la relación central tematizada por el marxismo: la explotación del trabajo por parte del capital.
El trabajo comprendido desde el salario no siempre fue una idea monopólica, de hecho en los países llamados “periféricos” no ha sido la norma (Tassi, et. Al., 2015); y más bien ha encubierto, a través de su antagonismo con el capital, toda una serie de espacios y relaciones sociales de las que éste depende como condición de posibilidad de su propia reproducción (proceso de Silvia Federici -2018- llama “patriarcado del salario”). Es en este punto donde ingresan al debate los aportes de la crítica a la economía política desde la economía feminista. En un gesto de inversión similar al de Denning, la economista feminista Nancy Fraser se propone pensar las condiciones de posibilidad del capitalismo que se revelan cuando vamos de la esfera de la producción -monopolizada por el salario según el relato marxista- hacia sus moradas ocultas (Fraser, 2014). La autora sostiene que, comprender el funcionamiento de determinados espacios como parte no mercantilizada -pero mercantilizable- en relación con el capital; nos permite explicar el capitalismo en una versión ampliada. Estas esferas se sintetizan en tres ámbitos: la reproducción, la naturaleza y la política. En tanto condiciones de fondo (Ibid., p. 62) los trabajos reproductivos, los recursos naturales y los sistemas jurídico-políticos; brindan la posibilidad de sostener la reproducción ampliada de la vida de lxs trabajadorxs y del capital en la obtención de insumos (materias primas, trabajo y maquinarias) y marcos legales que le permiten el accionar.
Que los trabajos reproductivos son condición de posibilidad del sostenimiento de toda la economía capitalista, ha sido tematizado largamente ya desde el feminismo y los activismos iniciados en los ’70 en la campaña por el salario para el trabajo doméstico. Silvia Federici, María Rosa Della Costa, entre otras; se encargaron de poner en cuestión la desvalorización del trabajo reproductivo feminizado sobre la que se fundamenta la apropiación de valor por parte del capital. La casa, el hogar y la familia funcionan como una fábrica de producción de trabajadores. En la actualidad, la casa, la calle, el barrio también resultan territorios productivos para el desarrollo de dinámicas de economías populares que sostienen la vida en común y garantizan el rebusque, el ingreso intermitente, la producción por cuenta propia y la circulación de productos en ferias y comercio popular itinerante.
En América Latina, una lectura desde la economía feminista y la economía popular (Gago, 2019a; Gago y Cavallero, 2019) resulta indispensable para poner de relieve la funcionalidad de la desvalorización de todo el trabajo que sucede por fuera de los imaginarios normalizadores de asalariamiento. El planteo de la crítica a la economía política clásica desde la economía feminista se apropia de una lectura sintomática de Marx (Federici, 2018) y va más allá de él para pensar la explotación y profundizar líneas teóricas y políticas que dejó abiertas, y que constituyen según Federici “lagunas” en su pensamiento (Ibid.).
Volviendo a Fraser (2014), el ámbito de la naturaleza ha sido, del mismo modo, configurado como espacio de extracción de valor por parte del capital sin ser este ámbito visible como tal. Más bien fue tomada como recurso o simple territorio de descarte para aquello que el sistema ya no consume y constituye su desecho. La valorización de bienes comunes naturales, el saqueo y la explotación de ecosistemas humanos y no-humanos para la acumulación del capital, componen una larga trayectoria de despojos operados por el capitalismo y que se remontan a tiempos coloniales. Sin esta apropiación y expropiación de tierra, territorios y naturaleza, a través de la fuerza y la violencia, no sería posible la acumulación de ganancias y renta que consigue el capital a nivel global (Mies [1999] 2018).
Por último, las diversas configuraciones políticas a lo largo del desarrollo del capitalismo han permitido diferentes formas de acumulación para el capital, mientras forjaron una división estructural en la sociedad capitalista; la coerción política como distinta de la coerción económica (Fraser, 2014, p. 68). Aquí radica la tercera morada oculta de valorización. Los marcos normativos con los que opera el capital tienen que ver con disputas de poder concretas en el andamiaje político-jurídico de los Estados, los bloques regionales y las asociaciones mundiales. Al mismo tiempo, todas las formas de organización política que logran disputar con el capital su poder, aparecen como frenos que impiden que se valoricen nuevas partes de la vida, la naturaleza y las relaciones sociales.
La perspectiva de Fraser nos ayuda a comprender que las formas de valorización del capital dependen de áreas, espacios, dimensiones “no económicas”, pero que no están dadas como “lo otro” de la economía; sino que se encuentran en relación con ésta, disputando su captación y los límites de lo mercantilizable y valorizable.
En este punto se encuentran la economía feminista, la economía popular y la ecología política, pensando la “lucha por los límites” con el capital a través de formas de visibilizarían de la extracción de valor en todas estas dimensiones.
(…) esto implica que, incluso aunque estos órdenes «no económicos» hacen posible la producción de mercancías, no son reducibles a esa función posibilitadora. Lejos de quedar completamente agotadas por la dinámica de acumulación o de estar completamente subordinadas a ella, cada una de estas moradas ocultas alberga distintivas ontologías de la práctica social y los ideales normativos (Ibid., p. 73).
Entonces, cuando vemos desarmarse la relación salarial como única forma de valorización y acumulación del capital, encontramos que “trabajo” y “trabajadorxs” cobran eminentemente otros sentidos. Esto que llamamos “vidas sin salario”, formas proletarias de existencia sin relación de dependencia “formal” con el capital, pero en relación de función y/o subsunción -aunque no siempre total- a él; son modos de aparecer de las economías populares en tiempos neoliberales. Los aportes de estas autoras iluminan toda una reflexión cruzada entre economías populares y economía feminista; y nos ayudan a ver lo que está oculto del discurso económico y a dilucidar el para qué de ese ocultamiento.
Esta vuelta sobre la lógica de ocultamiento como lógica de valorización nos lleva a indagar, entonces, sobre los modos en que aparece actualmente el antagonismo social, político y económico; que en términos marxistas clásicos se sintetizaba en la figura del trabajador asalariado contra el patrón capitalista. Donde aparecen nuevas figuras del trabajo, ¿de qué modo son explotadas estas economías? Recupero aquí la idea de Gago de “diferencial de explotación” (Gago, 2019a, p. 119) como parte de la comprensión del modo en que opera el capitalismo a la hora de extraer valor de las economías del cuidado que permiten la reproducción de la vida. Su invisibilización es una relación política que ha llevado a desvalorizar los trabajos que realizan las mujeres y disidencias en el capitalismo, mientras se salariza y remunera el trabajo por fuera del hogar. El ocultamiento es la lógica que habilita el diferencial de explotación de estas economías. Esto quiere decir que definir qué es trabajo es siempre una disputa de poder que tensiona relaciones de fuerza en la sociedad, porque al final de cuentas está en juego quién se apropia del excedente social producido y cómo (Ibid.).
Esta misma idea puede ser aplicada a los trabajos en las economías populares; donde, por cierto, también la mayor parte de la producción es realizada por mujeres, lesbianas, travestis, trans; y se ubica en el sector de cuidados y trabajos socio comunitarios. Hoy en día es posible acceder a números estimados que, desde organismos de gobierno, muestran cifras contundentes. Durante 2021, en Argentina se constató que las mujeres representan un 57,1% de lxs trabajadorxs totales registrados de la economía popular (ReNaTEP, 2021)[7]. Al ser relegados a la esfera “informal” y “marginal” de la economía, estos trabajos han sido históricamente desvalorizados y se presentan como “precarios” y “pobres”. De este modo, el mercado puede extraer más valor de ellos pagando menos por los mismos servicios y productos, aun cuando implican mayor cantidad de tiempo y mayor esfuerzo de trabajo que en el mercado “formal”. ¿Cómo opera esta extracción de valor? Porque existen relaciones desiguales al interior de cadenas de producción tercerizadas, precarizadas y desacopladas (Chena, 2017, p. 57); porque lxs trabajadorxs y las unidades productivas desacopladas carecen de derechos sociales y laborales (Giraldo, 2016); porque no es posible establecer convenciones sobre el precio de todo lo que se produce en la economía popular (Roig, 2017, p. 89); y porque, además, a través del consumo, el pago de impuestos indirectos y la financierización de la vida cotidiana y los insumos para la producción, los sectores populares ingresan en una dinámica financiera que extrae mayor ganancia dado que los acreedores oponen mayores trabas a la asignación de créditos y tasas más altas por los “riesgos” (Gago y Roig, 2019; Roig, 2017; Chena, 2017; Gago y Mezzadra, 2015). Todos estos elementos ligan el trabajo heterogéneo y múltiple en las economías populares con una diversidad de formas de extracción de valor por parte del capital.
Ya no es como en la clase obrera donde el proceso de producción y el proceso de explotación visibiliza las lógicas de captación de plusvalía. En este caso la apropiación del trabajo pasa por el consumo, una estructura fiscal regresiva y un costo financiero altísimo, lo que hace más difícil de identificar y por ende construir políticamente (Roig, 2017, p. 91).
Es por toda esta complejidad y multiplicidad de formas de explotación y extracción de valor, pero también de antagonismos sociales que enfrentan el avance de la valorización en la vida cotidiana -a través de múltiples dinámicas, cálculos y estrategias-; que no podemos pensar las economías populares sino como insertas EN la trama del capitalismo neoliberal actual.
Quisiera cerrar este apartado subrayando una premisa central de los estudios sobre economías populares, que creo fundamental, más allá de pensar la exterioridad del capital como “afuera relacional” o “total”. Y es que: para pensar el modo en que hoy se da la relación entre capital y trabajo debemos comprender que el capital no organiza la sociabilidad que explota (Gago, 2014; Gago y Mezzadra, 2015). Esto vale tanto para los trabajos de cuidado y reproducción social, como para las economías populares, campesinas, indígenas. Esta cooperación no está organizada por un patrón hegemónico -como era el salario, sin embargo “…está lejos de ser libre” (Ibid., p. 44). Pensar y analizar las operaciones de explotación y extracción de valor que se multiplican a la par que lo han hecho las formas del trabajo, resulta necesario para dar cuenta de los modos en que se da hoy la multiplicación antagonismo social (Gago, 2014; Mezzadra, Neilson, 2017; Castronovo, 2019). Porque frente a la desestructuración del mundo industrial, asalariado; no desaparece la explotación. Más bien se mediatiza con múltiples aristas y diversifica sus formas de extraer valor. Lo hace de quienes trabajan por cuenta propia, o quienes no reciben salario a cambio de su trabajo, quienes viven de changas o ingresos intermitentes; incluso aquellxs que sin salario ni ingresos consumen, viven y, despojadxs de los medios de producción y reproducción; se endeudan.
Abrir el mapa conceptual, teórico y político de lo que hoy consideramos trabajo -cómo se valoriza o desvaloriza y cómo es explotado- constituye un eje fundamental que las economías populares y feministas aportan a la comprensión del capitalismo neoliberal actual. A partir de una cartografía política situada (Gago, 2014, p.18), que excede las definiciones cerradas y estrictas sobre “qué son las economías populares”; la propuesta consiste en observar las imágenes, figuras, escenarios que estas economías son capaces de mostrar y que brindan un criterio de realidad política múltiple y heterogéneo, concordante con el carácter “polimórfico” del neoliberalismo (Ibid.). Estos estudios, desafían los imaginarios políticos existentes (tanto desde la academia como desde la política y la gestión del Estado) para pensar los antagonismos trabajo-capital que se multiplican y van articulando disputas de poder situadas en los territorios; enfrentando y negociando con las operaciones extractivas del capital (Gago, Mezzadra, 2015), que tampoco se presenta como unívoco y transparente.
Lejos de pensar en una desproletarización que acompañaría estas escenas económico-político actuales, se trata de ver una multiplicidad de formas proletarias y dinámicas de organización, producción y disputa concreta EN el capitalismo. Lo que Gago llama microeconomías proletarias (Gago, 2014). Las economías populares son un laboratorio especial para investigar las formas nuevas de desarrollar y concebir el trabajo (Gago, 2016). En un sentido estas economías son conformadas por trabajadores precarizados, flexibilizados, tercerizados que carecen de derechos (Giraldo, 2016); en otro sentido, son trabajadorxs en tanto recolectores de ingresos en condición de desposeídos (Denning, 2011), y, en otro, son emprendedorxs populares (Tassi, et. al., 2015) que buscan organizar el mundo del trabajo y la sociabilidad tanto reproductiva como productivamente en la crisis del neoliberalismo. Reproducir la vida, sostenerla, pero también acumular, ahorrar y hasta festejar en tiempos de crisis neoliberal (Wilkis, 2013, Gago, 2014); es posible gracias a formas del cálculo, cierto saber-hacer y una profunda heterogeneidad respecto del modelo de vida obrero asalariado. Visto desde este lugar el trabajo en la economía popular se multiplica y se diferencia en varios modos de darse. Los apartados que siguen, tienen como propósito, brindar más pistas para enfocar y conectar estas reflexiones desde los aportes teóricos y políticos en Argentina y en Bolivia. Conscientes de que la historia política y la configuración socio-económica de cada territorio abre dimensiones distintas en estos debates.
1.5 Economía popular en Argentina
¿Cómo narrar una genealogía posible del concepto de economía popular en Argentina? ¿Qué caminos podemos emprender para rastrear el surgimiento del término en sentido teórico-práctico y político? En este apartado propongo una periodización de las discusiones que nos permitirá ir tejiendo y conectando diversos usos y discursos. Desde los movimientos sociales, piqueteros y las organizaciones de trabajadorxs desocupadxs; hasta la formación de la Confederación de Trabajadorxs de la Economía Popular; pasando por los estudios etnográficos sobre las transformaciones en el mundo del trabajo y sus aportes a la organización política; y llegando hasta la conceptualización de “neoliberalismo desde abajo”, con los cruces -tramados en la lucha- entre economías populares y feministas. Todas estas líneas de reflexión, pensamiento y acción militante; condensan formas del discurso en torno a cómo comprender las economías populares desde Argentina.
1.5.1 2001: neoliberalismo y estallido social
Han pasado veinte años de la revuelta popular, callejera, piquetera que impugnó el modelo neoliberal instaurado en Argentina desde la dictadura cívico-militar que se inició en 1976. Veinte años del “¡Que se vayan todos!”, de los saqueos de diciembre y de la lucha popular que llevó a la renuncia del entonces presidente Fernando De La Rúa, a dos años de haber asumido la gestión del Estado nacional.
La crisis del 2001 fue un fenómeno con un amplio telón de fondo. Un proceso que nos enseñó y enseña a leer muchas cosas. Es la crisis del sistema que se implementó en Argentina a partir de la última dictadura militar, calando hondo en estructuras de la sociedad y el Estado, de manera paulatina y a través del ejercicio de la violencia: persecución, desaparición forzada de personas y represión. Y que cobra más fuerza en el país desde los ‘90. La crisis del 2001 es la crisis del modelo consonante con la fase neoliberal global; que en América Latina tuvo en la implementación de las medidas del Consenso de Washington, su expresión máxima. La flexibilización laboral y apertura de mercados, la financierización de la economía, la globalización del capital; se fueron instalando en nuestro país y transformaron el rol del Estado en responsable número uno de la garantía de los intereses de los grandes poderes concentrados a nivel económico en el país y en el mundo.
No podemos pensar la implementación del modelo neoliberal en Argentina de una manera abstracta. No podemos pensarlo sólo en términos de decisiones gubernamentales o disposiciones jurídico-legales y medidas económicas que tendieron a flexibilizar los mercados y la relación con el Estado. Como dice Verónica Gago, pensar el modelo neoliberal, implica un archivo de la violencia del capitalismo (Gago, 2020). Debemos observar el despliegue de esa violencia, con mecanismos de tortura por medios físicos, desaparición forzada de personas, desarticulación de todo un proceso de organización de las masas trabajadoras y de los movimientos estudiantiles; que funcionaron como dispositivos para la instalación del neoliberalismo en el continente.
En ese sentido, el grito callejero de descreimiento y crítica abierta a todos los poderes del Estadoy de la representatividad de nuestros gobernantes fue la voz pública y poderosa que denunciaba lo que habíamos callado tantos años: la impunidad, el despojo, el saqueo y la violencia sufrida. El estallido del 2001 es la impugnación, popular, pública, explícita y callejera de todas esas medidas macro “por arriba” y de toda esa violencia desplegada. La impugnación al silencio que hacía aparecer como vedado el derecho a la protesta y a la denuncia del saqueo.
Los sucesos de diciembre rompieron la tregua democrática del Nunca más (…) En este sentido, creemos que marcan el fin de la dictadura genocida que comenzó́ en 1976. O, en otras palabras: la de diciembre fue una insurrección que logró escapar a los efectos amenazantes de todos estos años: dictadura o democracia. (Colectivo Situaciones, 2002, p. 9)
En ese tiempo, también a nivel latinoamericano, el estallido confluye con levantamientos y revueltas en otros países. La Venezuela del Caracazo de 1989, hacia fines de los ’90 en México, lxs zapatistas con el “ya basta”; la Guerra del Agua en 2000 y la Guerra del Gas en 2003 en Bolivia; expresaron formas de un poder destituyente. Tiempo de ordenes trastocados -como decíamos más arriba de pachakuti (Gutiérrez Aguilar, 2008)-, y rechazo a todas las medidas y formas de gobierno que nos habían llevado a la precarización de la vida, el crecimiento de las desigualdades, el aumento de la pobreza, la entrega de los recursos de nuestros territorios, la privatización de lo común.
Pero, ¿cómo habíamos llegado a estos escenarios de crisis a fines del siglo XX e inicios del XXI? ¿Qué estaba sucediendo en la sociedad, en el pueblo, mientras los Estados estaban sumergidos en relaciones estrechas con los poderes del capital global y respondiendo a medidas de gubernamentalidad neoliberal? Y ¿por qué este período es fundamental para comprender una genealogía posible de las economías populares en Argentina?
En el caso argentino, las medidas de privatización de industrias nacionales, la entrega de derechos laborales y sociales a las reglas del establishment empresarial, el aumento de la deuda externa y la dolarización de la economía; sobre todo durante el gobierno menemista (durante los ‘90); fueron generado una ampliación de las desigualdades en la sociedad. Al mismo tiempo, el retroceso en los derechos de lxs trabajadorxs generaba disputas por la representatividad de la dirigencia sindical. Los movimientos sociales, territoriales, populares, organizaciones docentes, trabajadores desocupados, que se movilizaban exigiendo derechos, trabajo y condiciones de vida digna; emergen en este contexto.
El movimiento piquetero y los movimientos de desocupados habían cobrado un protagonismo central en la escena política nacional que fue gestando los reclamos y organizando la bronca que estalló en el 2001. Las reivindicaciones que estos movimientos venían expresando eran comunes, aunque no unificadas en un pliego homogéneo. Uno de los métodos de lucha que habían adoptado ya desde mediados de los ’90 era el corte de ruta, lo que implicaba el corte en la circulación de productos en la economía provincial (Svampa y Pereyra, 2003). Un movimiento que fue desde las provincias a la capital, un movimiento heterogéneo y diverso que no respondía a una dirigencia unificada. El nuevo protagonismo social (Colectivo Situaciones, 2002) que estalla en el 2001 venía de esa historia de lucha y movilización.
Entonces, ¿qué inaugura el 2001? Sujetxs sociales con reclamos y formas de disputa que ya no responden a las formas de la subjetividad de la sociedad salarial, ni a los modos de representación política que se corresponden con ésta (sindicato, partido). Subjetividades atravesadas por la transformación del capitalismo en su fase neoliberal que instalaron la pregunta por ¿cómo dar cuenta de ese protagonismo social emergente? (Ibid., p. 9). Sectores populares, organizaciones asamblearias, trabajadorxs en un sistema que lxs “incluía” como “excluidos”. Eran lxs “piqueterxs”, “pobres”, “informales”. Todas estas denominaciones en aquel tiempo designaban a esa gran masa de gente que ya no podían aspirar al sueño asalariado; pero que igual se denominaban trabajadorxs y se organizaban en sus demandas.
Los sucesos del 19 y 20 de diciembre terminaron con la renuncia de Fernando De la Rúa. Se sucedieron cinco presidentes en una semana. Hubo experiencias de organizaciones en territorio que ayudaron a garantizar la vida, la producción y la circulación (ferias, trueque, asambleas). Eduardo Duhalde asumió como presidente interino en enero de 2002. La devaluación de la moneda, la imposibilidad del Estadoy lxs representantes políticos para dar cauce a los reclamos del pueblo, la represión de la protesta por todos lados (que se hizo brutal en Puente Pueyrredón, Avellaneda, y se cobró la vida de dos militantes populares, Darío Santillán y Maximiliano Kosteki); hicieron que se adelantaran las elecciones y se comenzara a instalar la “necesidad” de una salida democrática por vías electorales a esta gran crisis social, política y económica.
En 2003 resulta electo Néstor Kirchner en un contexto de marcado signo progresista a nivel regional. La articulación de políticas públicas en diálogo con los movimientos sociales, una serie de intentos de institucionalización e interlocución con toda esa heterogeneidad que se expresó en el movimiento piquetero y las organizaciones de base -que habían generado el quiebre del neoliberalismo explícito[8]– caracterizó al gobierno luego del estallido de la crisis y la búsqueda de “estabilidad” gubernamental.
1.5.2 La economía popular como categoría reivindicativa
¿Cómo se llega a la categoría “economía popular” como idea fuerza de lucha? La cronología se complementa con el análisis discursivo, donde emergen los usos de la idea de “economía popular” como categoría reivindicativa. La construcción de la figura de trabajadorxs de la economía popular frente a (y en conexión con) las ideas de trabajadorxs “desocupadxs”, “excluidos”, que primaban en los 2000; es parte de una genealogía política que se va configurando desde el post-2001 hasta la actualidad. Esa masa de sectores populares que formaron parte de los movimientos que llevaron al derrumbe del neoliberalismo, y que constituían un nuevo protagonismo social, heterogéneo, y múltiple (Colectivo Situaciones, 2002); fueron tomando forma, identidad y nombre en la interlocución con el Estado y con organizaciones sindicales, partidarias y territoriales.
A partir del 2003, el Estado asume un papel fundamental en la reorganización de la gobernanza y de una renovada redistribución económica a través de su garantía. En esto, se explicita una ruptura con la hegemonía neoliberal que fue caracterizando en este período de inicios del siglo XXI, a los gobiernos progresistas de la región en general y que llevó a cierta transformación gubernamental que marcaron este tiempo. Entre 2003 y 2015, los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández nos permiten identificar algunas tendencias generales que mostraron una recuperación económica y aumento del poder adquisitivo, aún con la marcada crisis internacional que aconteció hacia 2008. La revitalización sindical (Natalucci, 2017), el interés por recuperar el “empleo decente” y la redefinición y ampliación de programas sociales orientados a “los pobres”, constituyeron ejes centrales de sus políticas. El kirchnerismo consideraba a las organizaciones piqueteras y los movimientos sociales como emergentes de una crisis pasada, que en nuevas y mejores condiciones económicas, políticas y sociales se lograrían integrar al modelo nacional y popular (Muñoz y Villar, 2017). Este imaginario, plantea una concepción de la gran masa de “excluidos” o “desocupados” como informales capaces de ser “formalizados”; o desempleados capaces de ser absorbidos como empleados en el crecimiento económico. Pero la heterogeneidad del mundo del trabajo en la actualidad, ya lo hemos dicho, tiene al crecimiento de la “informalidad” como elemento estable. Es una tendencia global y un efecto de las transformaciones del capital en su fase neoliberal. Esta situación estructural, es la que hace preciso redefinir las concepciones estatales sobre las que se monta la generación de políticas públicas destinadas a ampliar planes o programas sociales que buscan “paliar” una crisis permanente y sistémica.
Aquí es donde se inserta el discurso político-reivindicativo de la “economía popular” que hacia 2011 tiene, en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) a su portavoz más destacable. Lxs trabajadores sin patrón, lxs que se inventan su propio trabajo, lxs “excluidos” que trabajan -y a los que el capital igual explota aunque no sea a través de la relación salarial-; son quienes sin tener una única identidad colectiva pasan a ser sujetxs de representación. La CTEP se conforma como espacio de disputa en torno a estos sentidos de la idea de “exclusión-inclusión”, “trabajadorxs” y “economía popular”. Entre lo político-reivindicativo y una forma particular de organizarse corporativamente, a modo de sindicato y con sus formas de negociación con el Estado; comienza a gestarse, a inicios de la segunda década del nuevo milenio, una forma gremial y política novedosa. En la confluencia de movimientos sociales, cooperativas y organizaciones territoriales y de base[9] se conforma el espacio que se da la tarea de representar los intereses y reivindicaciones de un sujeto político trabajador que no responde a la idea homogénea del asalariado.
A pesar de tener en su interior diversas organizaciones que a su vez organizan una variedad amplia de trabajadores en diferentes territorios a nivel nacional; la CTEP se articula en ramas y sectores: rama agraria (productores de la tierra de las periferias urbanas y los pequeños campesinos), de espacio público (trabajadores/as feriantes, vendedores ambulantes, cartoneros); rama textil (cooperativas textiles); rama socio-comunitaria (trabajadoras de las cocinas y comedores comunitarios, promotoras territoriales de salud y género, promotoras ambientales, trabajadoras de espacios educativos comunitarios, trabajadoras domésticas, operadoras comunitarias) e infraestructura social (nuclea a los trabajadores de cooperativas de construcción, cooperativas de viviendas). Esto nos habla de una orgánica propia de sindicato puesta al servicio de una construcción gremial de nuevo tipo. Una historia de organización obrera, sindical y de construcción de demandas comunes de lxs trabajadorxs se sintetiza en el propósito de construir una reivindicación común para un sujeto que es múltiple. En ese esfuerzo la mayor demanda es la exigencia de derechos laborales básicos (jubilación, vacaciones, obra social) para estxs trabajadorxs, formas y experiencias de trabajo plurales. La CTEP se mueve así entre lo político-reivindicativo y lo corporativo-sindical (Ibid.) que plantea un diálogo de negociación con el Estado, desde la visibilización del sector en calidad de trabajadorxs.
¿Quiénes son lxs trabajadorxs de la economía popular? Algunos dirigentes toman la vocería principal de esta articulación sindical. Entre ellos, Juan Grabois (MTE) y Emilio Pérsico (ME) se han encargado de elaborar materiales de formación y difusión de las ideas de la CTEP.
Hemos dicho que la economía popular es el sector económico que anda en chancletas. En realidad, la economía popular es, en primer lugar, la economía de los excluidos, pues está conformada por todas las actividades que surgieron como consecuencia de la incapacidad del mercado para ofrecernos a todos un trabajo digno y bien remunerado como obreros en una fábrica o empresa (Grabois y Pérsico, [2015] 2017, p. 33).
Frente a toda esta potencia de reivindicación y organización, aparecen discursos que evocan la caracterización de precarixs, pobres, excluidxs. Se trata de pensar que la economía popular no constituye un sector aislado de los procesos de acumulación del capital y, en este sentido, dar cuenta de las formas particulares de explotación y despojo que sufren. Sin embargo, esta caracterización se profundiza con el refuerzo de cierta idea de reproducción básica de la vida en estas experiencias, sin posibilidad de acumulación. El objetivo principal de la economía popular es garantizar el sustento a través del trabajo que es trabajo de subsistencia, sostienen Grabois y Pérsico (Ibid., p. 59).
Las alianzas de la CTEP con otras organizaciones del campo popular dedicadas al combate de la pobreza, gobiernos de perfil progresista-popular de América Latina y la iglesia católica; hacen aparecer reforzados los discursos sobre los trabajadores de la economía popular como víctimas de un capitalismo de descarte (Muñoz, Villar, 2017). En esta dirección se inscriben los enunciados del Papa Francisco I, quien habla a lxs cartoneros, artesanos, transportistas como excluidxs, pobres y explotados en un encuentro con movimientos populares en Santa Cruz, Bolivia en 2015:
Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» ¿De acuerdo? (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, Cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen! (Francisco I, 2015)[10].
Se configura así una imagen ambigua entre lxs trabajadorxs que apenas logran reproducir la vida y que, al mismo tiempo, hacen mover el sistema y son explotadxs por él. Estos discursos parecieran evocar imágenes de trabajadorxs que sólo encuadran en la categoría de economía popular si no cuentan con capacidad de acumulación. Actorxs que sostienen modos de organización de la cooperación y la vida en común pero que son caracterizados como los más humildes, los pobres, los excluidos.
Por su parte, otrxs referentes teóricos en vinculación política y de investigación con la CTEP; como Alexandre Roig (2017), Pablo Chena (2017) y Ariel Willkis (2013) problematizan la figura de lxs trabajadorxs de la economía popular como meras víctimas de un sistema que los excluye. Sin dejar de pensar en términos político-reivindicativos, sus trabajos dan cuenta de la capacidad de desarrollo, disfrute, ahorro y endeudamiento que presentan estas economías y; en este sentido, las múltiples condiciones de explotación a las que están subordinadas en relación a su potencia productiva, pero también a su capacidad de consumo (desvalorización del trabajo, explotación financiera, tributación directa e indirecta). Tratan de pensar cómo es posible configurar discursos económico-políticos que puedan leer esta complejidad de las economías populares y que desde allí desarrollen políticas públicas, en el diálogo con las organizaciones.
Hacia 2016, la CTEP consigue la personería social. Tras la derrota del gobierno de Cristina Fernández, al inicio del gobierno de Mauricio Macri, las condiciones de lucha se agudizan y la declaración de la Ley de Emergencia Social[11], que reconoce plenamente la condición de trabajadorxs de la economía popular a lxs sujetxs que representa la CTEP, es una de las conquistas más importantes. En el marco de esta ley se encuadra el reclamo por el Salario Social Complementario (SSC), por el cual el Estado otorga una retribución adicional al salario que percibe el trabajador de la economía popular. El/los ingreso/s generados por el propio esfuerzo y emprendimiento de aquellxs que se han generado su propio trabajo, se complementa con la retribución del Estado. El recorrido de debate en torno a la figura del salario social es extenso y cuenta con varias aristas. Pero, a los fines de pensar en la formulación como herramienta político-sindical, es importante subrayar la denominación de “salario” y la idea de que el SSC unifique todos los programas de promoción de empleo del Estado(planes y subsidios) (Navarro, 2017). Es decir, la intención de transformar planes y subsidios de asistencia estatal en retribuciones por los trabajos que de hecho realizan estxs trabajadorxs.
Se denomina “salario social” para diferenciarlo y a la vez conectarlo con la contraprestación del trabajador en relación de dependencia, el asalariado. El aporte a la economía real que lxs trabajadorxs de la economía popular realizan es reconocido pública, económica y simbólicamente al considerarlo “salario” (Grabois, 2016, p. 27). Se reconoce su función social, el valor que los distintos modos de producción al interior de las economías populares generan y la forma en que éste es explotado por el capital. Dado que el ingreso que generan lxs trabajadorxs no alcanza a equiparar el salario mínimo, vital y móvil; la retribución justa por ese trabajo es complementada por el Estado. En este sentido, es el Estado el que aparece como garante de los derechos laborales esenciales y como mediador con “patrones ocultos” (finanzas, intermediarios, consumo) que usufructúan el trabajo de la economía popular. Del mismo modo que lo hace en la mediación entre patronales y trabajadores asalariadxs.
1.5.2.1 Perspectiva etnográfica de las formas del trabajo y las prácticas colectivas de sectores populares
Desde un abordaje etnográfico y con una construcción de mirada antropológica sobre las formas colectivas de organización del trabajo en las últimas décadas; ciertos estudios complejizan el análisis teórico-político, agregando dimensiones conceptuales al discurso político-reivindicativo. Desde el Equipo Antropología en Colabor[12], dirigido por María Inés Fernández Álvarez, lxs investigadorxs que hacen parte de este grupo apelan a observar elementos que desbordan algunas representaciones y síntesis de las experiencias de organización colectiva del trabajo en modelos y preceptos cerrados de funcionamiento (Fernández Álvarez, 2016, p. 12). Ideas como “autogestión”, “cooperativa”, “economía social”, “economía popular”, que se han instalado en el discurso y en las propuestas de articulación entre Estado y organizaciones; estos estudios se proponen abordarlas como categorías de la práctica (Señorans, 2016, p. 34). Es decir, en sus trabajos de campo tratan de recuperar las formas propias de organizarse, construir reglas, producir, consumir, habitar el territorio, sin apelar a las categorías cerradas sino analizando cómo funcionan al interior de las organizaciones y entre lxs propios trabajadores. Se investigan formas de cooperativismo, autogestión y fábricas recuperadas, trayectorias de trabajadorxs textiles, migrantes, entre otros.
El aporte que desde allí generan al debate sobre las economías populares en Argentina tiene que ver con mostrar y analizar la multiplicidad de modos de ser, estar y hacer que las diversas experiencias evidencian en el campo (Fernández Álvarez, 2016, p. 13) y que cobran formas distintas según los contextos y modalidades de acción colectiva. Por otra parte, constituyen un antecedente muy relevante para comprender procesos de organización política en las economías populares y para recuperar elementos del modo en que funcionan estas nuevas formas de organización laboral, política y económica; hacia adentro de la organización y en su relación con el Estado y las universidades (Señorans, 2016; Carenzo y Fernández Álvarez, 2014).
Ligados a esta línea de estudio e inscriptas también en una perspectiva etnográfica; algunos trabajos vinculan economías populares y migración (Señorans, 2018 y 2019; Groisman 2019; Castronovo, 2018). Es el caso del trabajo de Groisman (2019), que profundiza en las formas de subjetivación política de jóvenes migrantes en el trabajo de costura. El trabajo de Alioscia Castronovo (2018 y 2019) por su parte, aporta elementos fundamentales para comprender la lucha y el modo de construcción política de lxs trabajadorxs costurerxs migrantes al interior de una organización cooperativa textil inserta en la CTEP. Subrayo el énfasis que estos estudios imprimen a la observación del rol fundamental que cumple el trabajo migrante en las economías populares. Es éste un cruce poco reconocible en los discursos político-reivindicativos, a pesar de estar presente en los estudios e investigaciones etnográficas.
Por otra parte, y en diálogo con esta metodología de investigación, desde el campo de los estudios migratorios, es preciso resaltar el aporte de los trabajos que desde el análisis de trayectorias de migrantes de Bolivia hacia Argentina[13], indagan sobre los modos de inserción en la economía y la sociedad de destino. Para este trabajo resultan fundamentales las claves analíticas que nos permiten visualizar descripciones detalladas y en primera persona, sobre los contextos urbanos, las realidades laborales, subjetivas, familiares de lxs migrantes; sobre todo desde enfoques transnacionales y de género (Mallimaci, 2011; Magliano, 2013), generacionales e interseccionales (Gavazzo, 2018; Gavazzo, et. Al., 2020).
Profundizando esta línea de investigación-acción -y en disputa, incluso, con los discursos hegemónicos dentro de CTEP-, desde el lugar de enunciación de lxs trabajadorxs migrantes; una de las discusiones más importantes ha sido la que gira en torno a la idea de reactivación económica a partir de la “producción nacional”.Estas narrativas, afines a ciertos imaginarios nacional-populares re-emergentes durante el kirchnerismo; invisibilizan la composición migrante de la economía popular en Argentina. El Colectivo Simbiosis Cultural y articulaciones de trabajadorxs costurerxs, frutihortícolas, y comerciantes de la vía pública, que han confluido en el Bloque de Trabajadores Migrantes; ponen en eje este debate y la disputa político-discursiva que implica. Varias organizaciones y cooperativas que hacen parte de estos espacios, están -a su vez- en la CTEP. El desafío es poner en agenda el aporte fundamental de lxs migrantes no solo en la producción económica sino en toda producción de infraestructura, social, cultural en el territorio argentino.
El primer paro de organizaciones migrantes en Argentina, organizado el 30 de marzo de 2017, en repudio y exigiendo la derogación del decreto 70/2017 que modificaba regresivamente la ley de migraciones 25.871[14]; tuvo como una de sus banderas más importantes la visibilización del trabajo producido por lxs migrantes en el país: “‘Los migrantes somos trabajadores y hacemos un aporte muy importante a las economías de los países donde residimos. Con este paro queremos instalar ese debate sobre nuestro rol económico, social y cultural’, dijo a Télam Juan Vázquez, del Colectivo Simbiosis Cultural, una de las organizaciones convocantes”[15].
En este sentido, es preciso señalar también el aporte teórico, discursivo y político que coloca el libro De chuequistas y overlockas editado en 2011 por el Colectivo Simbiosis Cultural y el Colectivo Situaciones, en diálogo con Silvia Rivera Cusicanqui. Es un estudio crítico en conversación, que muestra las complejidades y los “entre” polémicos y contenciosos en torno a la comprensión de procesos de trabajo, migración, formas de organización político-comunitarias, relaciones sociales y de poder al interior de la economía migrante textil en Argentina. Desde la propia experiencia vivida, lxs trabajadorxs van realizando contrapuntos de conversación y análisis con perspectivas que vienen de enfoques etnográficos, sociológicos y políticos situados desde territorios sur-andinos (perspectiva de Rivera Cusicanqui). Este trabajo, es -a mi modo de ver- unos de los mayores aportes al cruce entre perspectivas de economías populares entre Bolivia y Argentina. La complejidad que allí se pone en evidencia responde a un registro de trayectoria e historia de vida que apela a mostrar las formas de comprender y experimentar ciertas reglas, dinámicas y formas de autoempresarialidad en la economía textil migrante; “desde adentro”. Entre los relatos en primera persona de costurerxs migrantes y las formas de pensar la economía comunitaria, se ponen en juego ciertas tensiones políticas-teóricas y vivenciales en las tramas de la economía popular. Es un producto analítico de investigación militante colectiva con una mirada micropolítica muy potente de la realidad social. Hacia allí se habilitan formas de nombrar y pensar las economías populares en Argentina, que desde otros lugares de observación, abren aún más las posibilidades de pensarlas en su heterogeneidad.
1.5.3 ¿Post-neoliberalismo? Gobiernos progresistas y neoliberalismo desde abajo
La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular de Verónica Gago (2014) es una referencia obligada y fundamental cuando nos proponemos observar y analizar esas tramas heterogéneas de las economías populares. Su mirada conecta los horizontes políticos múltiples de aquel protagonismo social de la insurrección del 2001 y de las rebeliones contra el neoliberalismo en la región; con las dinámicas cotidianas de microeconomías proletarias que garantizan la vida de las mayorías en nuestras ciudades latinoamericanas (Ibid., p. 32).
En abierta discusión con posiciones teórico-políticas que parecieran asumir un cambio de era al inicio de los gobiernos progresistas en la región[16], Gago pone entre paréntesis la caracterización de “post-neoliberal” y se propone pensar las continuidades y transformaciones en la gubernamentalidad (Foucault, 2007) neoliberal de principios del nuevo milenio. En tiempos de crecimiento económico por el boom de los commodities, de inclusión por consumo -vía subsidios estatales- y de hegemonía del sector financiero; lejos estamos de pensar el fin del neoliberalismo. Se trata de un modo de mirar las economías populares y las subjetividades puestas en juego; como formas heterogéneas de vida, producción, consumo, organización, que complejizan el análisis del momento socio-económico y político, más allá de visiones polarizadas y relatos de superación del neoliberalismo.
Que haya cambiado el rol del Estado en la región y se haya evidenciado un crecimiento económico, o cierta abundancia y formas ampliadas del consumo en sectores populares; no habla tanto de superación como de rearticulación de formas de un “neoliberalismo desde abajo” que nos ayuda a comprender qué pasa en este tiempo con los sectores populares. Gago piensa -a través de su trabajo- un conjunto de condiciones que van más allá de las políticas macro de los gobiernos y que operan al nivel de las subjetividades:
…una red de prácticas y saberes que asumen el cálculo como matriz subjetiva primordial y que funciona como motor de una poderosa economía popular que mixtura saberes comunitarios autogestivos e intimidad con el saber-hacer en la crisis como tecnología de una autoempresarialidad de masas. La fuerza del neoliberalismo así pensado acaba arraigando en los sectores que protagonizan la llamada economía informal como una pragmática vitalista (Gago, 2014, p. 12).
La idea de pragmática vitalista tiene a los sectores populares como agentes y protagonistas de un tejido potente que surge desde abajo y se arma sobre la idea de ampliación de libertades, goces y afectos (Ibid., p. 13). No estamos hablando de la figura lisa y plana del homo economicus. No es puro cálculo liberal. Es una compleja estrategia de unos connatus -recordando a Spinoza-, que dan lugar a “figuras de la subjetividad individuales/colectivas biopolíticas, es decir, a cargo de diversas tácticas de vida” (Ibid., p. 13). En este sentido, el neoliberalismo no es pensado como doctrina homogénea, sino que se trata de poner el foco en la multiplicidad de niveles en los que opera y su carácter “polimórfico” (Ibid., p.18).
Que como gubernamentalidad el neoliberalismo sea compatible con ciertas formas comunitarias no es un dato anecdótico o de pura tendencia global a la etnización del mercado de trabajo, sino índice de la exigencia de esta época que tiende a reducir la cooperación a novedosas formas empresariales a la vez que propone la asistencia social como contracara simultánea de la desposesión. Por eso en América Latina: las rebeliones contra el neoliberalismo en la región son el punto desde el cual rearmar la perspectiva crítica para conceptualizar el neoliberalismo… (Ibid., Pp. 17-18)
En esta dirección, Gago nos propone pensar las dinámicas económicas populares en términos de ensamblaje. No se trata de buscar definiciones cerradas sobre la apropiación de las condiciones neoliberales por parte de prácticas provenientes “desde abajo”; o grandes teorías que den cuenta de esta pluralización de formas comunitarias, de tácticas populares de resolución de la vida. Esta heterogeneidad y complejidad nos obliga a abordar situaciones concretas y elaborar enunciados situados (Ibid., p. 18). La figura-dinámica del ensamblaje, permite abordar la multiplicidad de niveles en los que opera el neoliberalismo y los modos en que se articula con otros saberes y formas de hacer, de manera desigual (Ibid.). Entre la feria La Salada, el taller textil, la villa y la fiesta, se propone analizar las trayectorias que se tejen y mostrar cómo estos espacios están mutuamente implicados e insertos unos en otros. Estos escenarios son vistos como parte de ensamblajes heterogéneos de las economías populares en tanto economías barrocas. Articulan racionalidades y lógicas que desde ciertas teorías económicas y políticas hegemónicas, se muestran como incompatibles: la villa como lugar de producción de una multiplicidad de situaciones laborales, donde se renueva permanentemente la población migrante (Ibid., p. 19); el taller textil como formula organizativa, donde se aprovechan recursos comunitarios, de fuerza de trabajo, solidaridades y favores (Ibid., p. 135); la feria como espacio de ampliación del consumo y publicidad de la clandestinidad del taller; la fiesta como “economía del frenesí” (Ibid., p. 20) que conecta los otros lugares elaborando y negociando la legitimidad de la riqueza producida (Ibid., p. 20).
Contra la moralización de las economías populares, es preciso resaltar su ambivalencia: articulan momentos comunitarios con formas de explotación brutal; evidencian el protagonismo de sujetxs migrantes, trabajadores no asalariados con formas del emprendedurismo; despliegan formas de consumo que desbordan los imaginarios de “buen pobre” o excluido. Es una dialéctica sin síntesis, que muestra construcciones dinámicas y fuertemente cambiantes (Ibid., 24). No nos habla de mundos separados, conecta lógicas de ensamblaje trasnacional y economías populares, barrocas, como espacio para leer las transformaciones del capitalismo a nivel global.
En el mismo sentido, la presente investigación se propone pensar estos ensamblajes y articulaciones heterogéneas desde las trayectorias de migrantes y comerciantes entre Bolivia y Argentina; quienes, a partir de estrategias de movilidad, trabajo y circulación construyen esos escenarios concretos capaces de nutrir desde su análisis una cartografía política (Ibid., p. 19) situada, que nos brinde elementos e imágenes concretas para comprender las tramas heterogéneas y múltiples de las economías populares.
De aquí, entonces, las economías populares se presentan como una complejidad de formas, tramas y capas, son: i) espacios concretos de captura de valor por parte del capital (financiero, productivo, reproductivo, por consumo); pero también ii) espacios de producción común y de formas de organización frente a la crisis que ensayan modos de desafiar las lógicas extractivas del capital; y, al mismo tiempo presentan iii) cálculos que responden a formas comunitarias, que son diversas y tienen una potencia propia -formas de connatus-. Por eso el concepto de economías populares que se desarrolla en esta clave de análisis, y que seguimos en la presente investigación, tiene que ver con identificar los “entre” de las economías populares, en tanto espacios de producción de lo común en la crisis que al tiempo que organizan lo social, lo comunitario; despliegan una gran capacidad pragmática, operativa y política y, a su vez, son explotadas por el capital (Gago y Mezzadra, 2015). La propuesta es continuar nutriendo esta cartografía política (Gago, 2014, p. 19) que nos permita observar la pluralización de las formas del trabajo, la explotación y las resistencias en territorios y tramas concretas.
1.5.4 Economía popular y economía feminista, cruces en la lucha
Una última referencia en la construcción de discursos y usos de la idea de economía popular en Argentina es, indudablemente, la conexión entre economía popular y economía feminista. Los paros y las huelgas feministas que se organizan desde 2016 en el país y que se articulan con el movimiento feminista a nivel mundial; han sido fundamentales para añadir dimensiones al debate y poner en cuestión formas de pensar la economía y la política argentina.
El movimiento de mujeres y disidencias encabezamos[17] la primera convocatoria a un paro nacional a un año del inicio del mandato de Mauricio Macri. 19 de octubre de 2016 fue la fecha, tras el femicidio de Lucia Pérez. La fuerza que tuvo y la forma asamblearia que comenzó a organizar la bronca y a tejer la violencia femicida con los diferentes tipos de violencia cotidiana, patriarcal, económica, material en que habitamos y resistimos las mujeres y diversidades; llevó a la convocatoria del paro internacional del 8 de marzo de 2017 (enmarcado en la histórica fecha de lucha de mujeres trabajadoras en Nueva York que dio origen al “Día de la mujer trabajadora”). Se construyeron espacios de discusión y formas de parar que plantearon el desafío de mostrar el valor del trabajo que producimos.
El colectivo Ni Una Menos, organizaciones integrantes de la CTEP, compañerxs en sus sindicatos; nos convocamos en asambleas, en la calle, en los barrios. La huelga nos permitió conectar una discusión abierta desde las economías populares que en clave feminista adquiere nuevas dimensiones: “…un mapeo de la heterogeneidad del trabajo en clave feminista, dando visibilidad y valorizando las formas de trabajo precario, informal, doméstico, migrante no como suplementario o subsidiario de un trabajo asalariado, sino como la clave de las formas actuales de explotación y extracción de valor” (Gago, 2019a, p. 12).
Al mismo tiempo, el paro feminista toma la “agenda de las economías populares” pero discute el modo masculinizado, jerarquizado de nombrarse del concepto reivindicativo de “economías populares”. Aparece entonces otra tensión en la definición de quiénes son lxs trabajadorxs, lxs actorxs/actrices de estas tramas económicas. En el apartado anterior subrayamos la composición migrante; aquí subrayamos la composición de género. Algo que ya era evidente desde la calle, las asambleas y la organización colectiva; hoy está también visibilizado para los organismos de gobierno. Mujeres y diversidades constituyen más de la mitad de lxs trabajadorxs de la economía popular.
La visibilidad de esta situación se hace evidente, como decíamos más arriba, en el último informe de Registro Nacional de Trabajadorxs de la Economía popular (ReNaTEP)[18], donde el 57,4% de lxs registrados son mujeres. Al mismo tiempo, está marcada feminización contrasta con los números del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) que muestra una notable masculinización del trabajo asalariado: sobre un total de seis millones y medio de inscriptxs, un 67,1% son varones (Informe ReNaTEP, Mayo 2021, p. 6). De acuerdo al análisis por rama, se ve un predominio de actividades ligadas a los Servicios Personales y Otros Oficios y Servicios Socio Comunitarios (limpieza, peluquería, trabajos de cuidado, comunitario, en casas particulares, en barrios, entre otros). Estos sectores concentran el 61,6% de las inscripciones, es decir más de la mitad del trabajo de la economía popular. Además, la categoría ocupacional “Trabajador/a de comedores y merenderos comunitarios” es la primera del registro representando un 26,3% (444.440) del total de lxs inscriptos; siendo en esta actividad la mayoría mujeres (62,8%). (Ibid., Pp.13-14)
¿Qué nos dicen estos indicadores estadísticos y estimativos? Lo que en la calle, en los barrios, en las casas ya venimos diciendo, y que sintetizamos en la consigna expresada por el movimiento feminista: nosotras movemos el mundo. La feminización de la pobreza se hace evidente en el empobrecimiento de hogares que en la crisis sólo se sostienen a través del trabajo invisibilizado de las mujeres. El endeudamiento de mujeres y diversidades para sacar adelante sus vidas, la de sus hijxs, familias, comunidades y barrios, también es un signo de este tiempo (Gago y Cavallero, 2019). El patriarcado del salario (Federici, 2018) articuló esta invisibilización sobre la que se monta el diferencial de explotación que el capital extrae del trabajo femenino (Gago, 2019a). Sin embargo, las mujeres venimos conectando práctica, política y teóricamente estos hilos sueltos de dominación y explotación entre patriarcado, colonia y capital; y a la vez venimos visibilizando estos trabajos, enunciando el valor que producen y hacen circular, exigiendo reconocimiento social y monetario justo.
En ese sentido, la conexión del discurso de la economía popular con la economía feminista nos alerta a pensar de qué modos se rearticula el patriarcado en tiempos de pérdida de hegemonía del patrón salarial como referencia privilegiada de la fuerza de trabajo. Habilitando una mayor complejización de los debates en torno a la comprensión de las economías populares. Todo ese valor social, económico, político que producimos en los territorios, es el sostén de la vida. Es la potencia que articulamos para la organización, la lucha y la producción de riqueza social. Producción que a la vez está siendo explotada desde diferentes lugares y poderes; desde el endeudadamiento, la invisibilización y la reificación de la idea de tener que ser sostén invisible como “destino natural”. Destino, mandato y violencia financiera (Cavallero, 2021) que disciplina nuestros modos de estar, habitar y producir en común. Desde este cruce, en Argentina se activó otro modo de habilitar órdenes de visibilidad y otras reparticiones de lo sensible (Rancière, 2009) que permitieron y permiten poner en cuestión mecanismos, prácticas y formas de enunciación naturalizadas. Lo personal, lo íntimo, lo privado, la superposición de mandatos, auto-responsabilizaciones, los endeudamientos que nos disciplinan son asunto político a discutir públicamente. Ya no podemos hablar de feminización de la pobreza, de feminización de las economías populares, de feminización de la deuda sin preguntar quién/quiénes, qué poderes se benefician del empobrecimiento de mujeres, diversidades e infancias. Por eso, desde el cruce en la lucha entre economía popular y economía feminista aparece un nuevo orden de visibilidad que intersecta fuertemente estas dos “miradas”. De este modo, vamos construyendo formas de disputar el poder de abstracción que tienen los discursos de la explotación del capital -como algo matemático y lejano- (Gago y Cavallero, 2019); para intentar construir desde la diversidad que somos nuevas enunciaciones y resistencias.
1.6 Economía popular en Bolivia
En los primeros años del nuevo milenio, Bolivia asistió a grandes transformaciones en la organización política de su Estadoy esto fue, principalmente, gracias a los levantamientos campesino-indígenas, urbanos y populares que abrieron un tiempo-espacio de pachakuti. Retomo esta palabra aymara que Raquel Gutiérrez Aguilar (2008) utiliza, siguiendo la propia descripción de lxs protagonistas de estos levantamientos; para analizar el umbral de cambio y trastocamiento del orden que allí se inicia.
El neoliberalismo en Bolivia evidenció rasgos particulares y las luchas anti-neoliberales, que inauguraron un nuevo ciclo de transformaciones políticas, nos hablan de toda una potencia diversa que se desplegó para enfrentarlo.
En este apartado propongo desarrollar un cruce entre la genealogía política de transformación del Estado y las formas de organización de la lucha, con la visibilización de ciertos grupos de trabajadorxs, emprendedorxs, comerciantes, que emergen con potencia en las economías populares en la Bolivia actual. ¿Qué relación tienen las conceptualizaciones sobre economías populares en Bolivia con esta genealogía política de levantamientos contra las configuraciones neoliberales del Estado, el mercado y la sociedad? ¿Qué nuevos debates y líneas de análisis se despliegan hoy en las economías populares en Bolivia, veinte años después de aquellas transformaciones políticas?
1.6.1 Pachakuti: Levantamientos contra el neoliberalismo a inicios del nuevo milenio
En 1982 se inicia en Bolivia el llamado “período democrático” con el gobierno de Hernán Siles Zuazo de la Unión Democrática Popular (UDP) (Gutiérrez Aguilar, 2008, p. 56). Este momento de apertura democrática pone fin a las dictaduras militares que habían caracterizado la historia de gran parte de la segunda mitad del siglo XX en el país. Frente a la brutalidad que significaron los golpes militares en los ‘70 y ’80, la “conservación de la democracia” representa un valor compartido por amplios sectores de la sociedad (Ibid., p. 57). Sin embargo, tras la apertura democrática comienza un tiempo de ofensiva neoliberal (Do Alto, 2007, p. 32) que, tal como señalamos respecto de la historia reciente en el caso de Argentina y de igual manera en varios países de América Latina; consigue aterrizar y calar hondo en las estructuras del Estado y del mercado, gracias a la violencia desplegada (Gago, 2020). Frente a una aguda crisis económica, en un contexto de hiperinflación fulminante y desgaste económico-político producto de la devastación provocada por los gobiernos dictatoriales anteriores; en 1985, el gobierno de Siles Zuazo adelanta las elecciones y resulta electo el candidato del “viejo” Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), el ex presidente Víctor Paz Estenssoro. El despliegue de medidas de gobierno y reformas de Estado neoliberal en Bolivia puede identificarse con las decisiones gubernamentales adoptadas desde ese momento.
…el “Doctor Paz”, frente a la crisis económica, promueve una política similar a la que preconizaron los Chicago Boys con el general Augusto Pinochet en Chile, diez años antes. La implementación de estas reformas golpea duramente al movimiento obrero, especialmente al movimiento minero, con la promulgación del decreto 21.060 que impulsa el desmantelamiento de los centros mineros estatales, lo que provoca una ola de despidos colectivos masivos (Do Alto, 2007, p. 34).
El decreto 21.060 establecía, entre otras medidas de privatización y reformas de estado, la libre contratación y despido de lxs trabajadorxs por parte de los patrones (Olivera, 2011). Como efecto de este tipo de medidas, las estructuras industriales de producción comienzan a desmontarse. La industria minera, fundamentalmente, sufre un paulatino debilitamiento; y se desarticulan estructuras de organización sindical, como la Central Obrera Boliviana (COB), que había sido protagonista en la épica lucha laboral, política y reivindicativa del ’52 [19]. En este momento, comienza el desmontaje del modelo de Estado-nación consolidado en la segunda mitad del siglo veinte; aquel que impulsó la reforma agraria y nacionalizó las minas en Bolivia. Desde mediados de los ’80 y los ’90, muchos mineros son expulsados de sus puestos de trabajo y migran buscando encontrar fuentes de ingreso alternativas en ciudades en expansión -como El Alto- y en los valles cochabambinos, para dedicarse al cultivo de la hoja de coca (Do Alto, 2007, p. 34).
El neoliberalismo en Bolivia fue calando en las estructuras del Estado y configurando gobiernos entreguistas y que definieron asuntos de gobernanza “por arriba”, enriqueciendo a grupos económicos extranjeros, mientras se criminalizaba al pueblo, se desmontaba la industria y crecía el “sector informal” de la economía. El descentramiento de la forma obrera sindicalizada como referencia de lucha y organización política; tuvo como correlato una búsqueda por introducir formas institucionales que construyeran interlocutores “civiles” para el Estado; sin discursos reivindicativos sino propositivos (Tassi, et. Al., 2015, p. 8). Es decir, mientras las organizaciones tradicionales sufrían una gran pérdida de posición de interlocución con el Estado; éste comenzaba a potenciar un diálogo más individual con actores económicos, sociales, comunitarios y étnicos, que pretendía fragmentar las luchas. No obstante, podemos pensar -junto con Tassi y otrxs (2015)- que este propósito no prosperó en Bolivia: “…lo que se produce entre los sectores populares e indígenas es una apropiación de las leyes y políticas descentralizadoras del neoliberalismo para consolidar procesos y espacios de afirmación de autonomía política, en relación tanto al Estado como al gran capital (cf. Spedding 2009)” (Ibid., p. 9).
Expliquemos esto: si bien el neoliberalismo desacopló la industria y, como correlato, esto genera una multiplicación de las formas laborales, heterogeneidad del trabajo (Mezzadra y Neilson, 2017) y diversificación de los antagonismos y las formas de lucha; este escenario, como “síntoma” del sistema capitalista actual, en Bolivia; no es una novedad que emerge sólo a partir de este momento. La realidad del trabajo por fuera del patrón asalariado y de las formas de organización política vinculadas a lo comunitario, indígena, popular; junto con y más allá de lo sindical, existió desde siempre en Bolivia. Volviendo al término que utiliza Michael Denning (2011), existen por fuera del salario una multiplicidad de “vidas sin salario”. Trayectorias ya tramadas en múltiples modos de buscarse y ganarse la vida de forma no asalariada, desde estrategias comunitarias y colectivas. Entonces, más allá del impacto profundo que generaron las medidas de gobierno neoliberal; los sectores populares se han servido (y se sirven) de las nuevas configuraciones legales (y de los ilegalismos) del Estado neoliberal y del mercado, para afirmarse política y económicamente.
Un elemento más para caracterizar este tiempo es la marcada presencia de organismos de microcrédito y organizaciones no gubernamentales (ONG) que fomentan el micro-emprendimiento y el desarrollo del “capital social” en Bolivia. El “oenegismo” es característico de este momento (Rivera Cusicanqui, 1996) y es fundamentalmente en los ‘90 donde cobra mayor visibilidad. Se trata de un conjunto de políticas de fomento al desarrollo del capital social que hacen crecer el micro-emprendedurismo en el sector informal de la economía y que fundamentalmente cuenta con apoyo de bancos de capitales transnacionales[20]. Es particularmente importante destacar que los organismos de cooperación internacional y de microcrédito que se instalaron en Bolivia a partir de los ‘90 enfocaron sus programas y líneas de financiamiento fundamentalmente a mujeres que eran sostén de familia, de comunidades y barrios (Rivera Cusicanqui, 1996; Galindo, 2007). Esta direccionalidad se conecta directamente con la pérdida de puestos de trabajo asalariado y la feminización de la pobreza en las comunidades y barrios populares. El microcrédito destinado a mujeres comerciantes y emprendedoras del campo y la ciudad fue una estrategia desarrollada ampliamente en el país que generó nuevas segmentaciones y jerarquizaciones al interior del marcado local y de las relaciones sociales y comunitarias (Rivera Cusicanqui, 1996)[21].
A pesar de herir de muerte a las organizaciones sindicales y las tradicionales herramientas de lucha político-reivindicativa, con el neoliberalismo emergen y se visibilizan aún más ciertas formas tradicionales, locales, comunitarias, indígenas, populares de defensa, organización y producción en el territorio. Formas organizativas que, como decíamos más arriba, han existido y resistido siempre los avances del colonialismo, el capitalismo y el extractivismo (Rivera Cusicanqui, [1986] 2010b). Emergen hacia la segunda mitad de los ‘90 formas de organización político-populares, campesino-indígenas que dan cuenta de un profundo rechazo al modo de gobierno neoliberal y entreguista de recursos y bienes comunes. Las “marchas en defensa de la coca” (desarrolladas desde 1994), se fueron entroncando con las “marchas por la vida y la soberanía” y “por el territorio y la dignidad” (Mokrani y Chávez, 2007) confluyendo en los movimientos que encabezaron la revolución social que irrumpió en los 2000.
Podríamos decir, que el tejido de organización y lucha que se inicia en la segunda mitad de los ‘90 en rechazo a las políticas neoliberales de despojo del trabajo, los recursos y los bienes comunes; encuentra sus puntos más álgidos y de concreción en los levantamientos anti-neoliberales en la llamada “Guerra del Agua”, los alzamientos en Achacachi en abril y septiembre de 2000 y la “Guerra del Gas” en octubre de 2003. Estos se constituyen como procesos de revuelta popular que se conectan entre sí a través de varios elementos en común:
i) una memoria larga de organización política comunitaria que siempre ha desbordado la formas abstractas y convencionales de la política. Luis Tapia (2008), las nombra como “la parte maldita” de una sociedad como la boliviana que es abigarrada (Zavaleta Mercado, 2008), heterogénea y múltiple. Un subsuelo social que emerge y que constituye una política salvaje (Tapia, 2008), imposible de ser gobernada por formas abstractas de la democracia;
ii) la reacción ciudadana, colectiva, política, autoconvocada; frente al avance privatizador y entreguista del Estado neoliberal, de rodillas ante el capital transnacional. En la “Guerra del agua”, se pretendía privatizar el servicio de agua potable garantizado de manera colectiva por federaciones de regantes, en Cochabamba. Se brindaría el servicio como “privado”, a través de la empresa “Aguas del Tunari”, de la transnacional Bechtel. Por su parte, en el caso de la “Guerra del Gas”, se pretendía vender gas a través de puerto chileno a México y Estados Unidos (Svampa, 2007); y
iii) fueron procesos de desobediencia popular y autogobierno que inauguraron un momento de inestabilidad de la representación política cristalizada en los partidos. Este período de levantamientos y resistencias, da inicio a la “revolución social” que hizo caer al gobierno de Sánchez de Lozada en 2003. Fueron momentos de transformación y trastocamiento del orden que puso “patas arriba” la configuración del Estado neoliberal, tal como se había consolidado hasta ese momento.
El proceso que comenzó a desenvolverse en los 2000, que en 2003 expulsó a Sánchez de Lozada y que en 2005 hizo que resultara electo presidente Evo Morales Ayma, el candidato del Movimiento Al Socialismo-Instrumento Político de la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP); tuvo como uno de sus “horizontes internos” (Gutiérrez Aguilar, 2008) la exigencia de convocar a una Asamblea Constituyente para la reforma de la Constitución. La misma, se inició en 2006 y logró la transformación del Estado-nación en Estado Plurinacional de Bolivia.
El gobierno de Evo Morales, como primer presidente indígena de América Latina, llevó como bandera la recuperación de la soberanía sobre los bienes comunes, el desarrollo de políticas públicas tendientes a mejorar las condiciones de vida de amplias mayorías indígenas, campesinas, populares, urbanas -históricamente relegadas por los poderes políticos de las élites afines al capital trasnacional-; y la transformación política del Estado y el mercado contra el modelo neoliberal. Respecto de este proceso político tanto el trabajo de Raquel Gutiérrez Aguilar (2008) como el de otros pensadores como Luis Tapia (2008), Silvia Rivera Cusicanqui (2010b, 2015); dan cuenta de la importancia que tuvieron, y tienen, estas formas de insubordinación, lucha y resistencia para poner en primer plano los intereses y necesidades de las amplias mayorías; y para activar horizontes de memoria y lucha política que permiten comprender las configuraciones sociales bolivianas.
Como adelantábamos unos párrafos antes, Luis Tapia analiza el proceso sosteniendo que, en Bolivia, la democracia se desborda y se rompe por una política salvaje (2008) que no renuncia a la cosa pública y que lucha por sus intereses. Las formas abigarradas de la sociedad, que en términos de Zavaleta Mercado (2008) son formas heterogéneas y múltiples de una sociedad que se han resistido históricamente a ser homogeneizadas como una única Nación; desbordan las formas unificadas de participación política, sostienen en el tiempo las demandas y generan una implicación real de interpelación al gobierno, desde el protagonismo de los sectores populares, indígena-campesinos, obreros. Despleguemos esta posición: mientras la política económica neoliberal consiste en privatizar el excedente que se produce colectiva y socialmente, al tiempo que se reduce el umbral de la reproducción simple, para ampliar este excedente (sea, precarizando la vida, flexibilizando el trabajo, privatizando servicios, recortando derechos, etc.); en términos de Luis Tapia hay una “parte maldita” de la sociedad se convierte en excedente apropiado por el capital. Pero si, por otro lado, esa parte de la vida colectiva, de la reproducción y generación de riqueza social – que bien podría ser invertida en goce erótico, en culto, y; desde el punto de vista político, en organización de estructuras de dominación (más o menos subjetivadas) o en el ejercicio de la libertad colectiva- se invierte en lucha política, la “parte maldita” se vuelca al ejercicio de la soberanía (Tapia, 2008, p. 43). En el caso de Bolivia vemos cómo “..estas fuerzas sociales están gastando en conflicto social parte de su excedente (…) lo gastan en un conflicto que cuestiona la viabilidad y la realización de aspectos del modelo neoliberal de entrega de excedente…” (Ibid., p. 39). Bajo su análisis, en los modos de dominación neoliberales y sus formas de enfrentarlo, se mezclan vectores económicos y políticos y nos es dado pensar el cruce entre apropiación del excedente colectivo en disputa con el capital, y el gasto improductivo puesto en juego en la lucha. Gasto colectivo, comunitario en el ejercicio de la soberanía como movimiento de la “parte maldita” de la sociedad que se pone en función de la libertad común.
El planteo de Tapia, entonces nos ayuda a pensar el entronque entre lo económico y lo político que está en juego en toda forma de gobierno bajo el capitalismo y en especial el que se instala con el modelo neoliberal de gubernamentalidad (Foucault, 2007). La democracia, dice Tapia, se vuelve formal y sólo se visualiza la resistencia al capital y una transformación política cuando la “política salvaje” emerge del subsuelo social para enfrentarlo. En Bolivia, desde los 2000 -pero recogiendo toda una memoria larga de disputa por el excedente y la soberanía- los levantamientos que llevaron a la transformación del Estado pusieron en juego una capacidad de gasto social invertido en libertad colectiva, que cuestionó de manera radical la apropiación del excedente por parte del capital trasnacional. Y no sólo eso, devolvió al pueblo esa soberanía e interpeló los modos políticos de representación de las partes malditas de la sociedad, siempre acalladas o expropiadas. Este desborde de la política neoliberal, este freno al avance de la apropiación del excedente, marcó agenda para los años siguientes y se convirtió en mandato para el gobierno de Evo Morales Ayma.
Siguiendo esta línea de análisis teórico-político y, como ya hemos señalado, la sociedad boliviana caracterizada por Zavaleta Mercado (2008), Tapia (2008) y otrxs como abigarrada y multisocietal; demanda al análisis un modo de mirar particular. Afín a la idea de que en Bolivia existe siempre una “parte maldita” que no se deja dominar y un subsuelo que puede romper el orden político establecido inaugurando momentos de transformación social; los levantamientos que generaron la apertura de un tiempo-espacio de pachakuti (Gutiérrez Aguilar, 2008), constituyen la emergencia de “este diverso y sustancial subsuelo político que largamente ha sido negado por el Estado boliviano” (Tapia, 2008, p. 69). En otras palabras, los levantamientos iniciados en los 2000 son la forma política salvaje de esa parte maldita de la sociedad boliviana que gasta su excedente en libertad colectiva y reitera este proceso desde un subsuelo anclado en memorias largas (Rivera Cusicanqui, [1986] 2010b) que vienen desde la colonia a la actualidad. Sostener esta tesis, es parte inicial de una conexión entre el desborde político iniciado en los 2000 y el desborde económico que comienza a cobrar cuerpo propio a partir del ascenso al poder del MAS, posterior a los levantamientos anti-neoliberales.
1.6.2 Conceptualizaciones en torno al “desborde económico popular en Bolivia”
En un artículo publicado en la Revista Nueva Sociedad en el año 2012, Nico Tassi, Juan Manuel Arbona, Giovanna Ferrufino y Antonio Rodríguez Carmona; se preguntan por las características de un fenómeno que toma cuerpo y desborda las zonas comerciales y los centros urbanos de las grandes ciudades de Bolivia. Ellxs lo nombran como “desborde económico popular”. Lxs protagonistas de tal suceso: comerciantes aymaras. Casos como el de Ramiro Yupanqui, que desde 1994 viaja a China para importar productos electrónicos (Ibid., p. 93); o Moisés Flores de la ciudad de El Alto, que importa camiones europeos de alto tonelaje y dirige una empresa de transporte (Ibid., p. 98); o la señora Justina Aguilar que exporta a China lana de la zona del Lago Titicaca; comienzan a llamar la atención de sectores urbanos letrados; poderes políticos de gobierno y medios de comunicación locales y hasta internacionales (Tassi, et. Al.. 2015, p. 7).
A lo largo del mencionado artículo (Tassi, et. Al, 2012), lxs autores indagan sobre las variables que entran en juego a la hora de pensar su agencia, el lugar que ocupan y han ocupado históricamente en el tejido social de Bolivia y el desborde que significan ciertas prácticas de producción, circulación y consumo que despliegan en la actualidad. La capacidad que estxs actores tienen para articular redes locales, regionales y hasta trasnacionales de importación, comercio y producción local; sumado al crecimiento que ellxs mismxs han generado en términos de infraestructura popular en ciudades y nuevos centros urbanos (también llamadas ciudades intermedias) para fortalecer las redes de intercambio; dan como resultado una emergencia potente de estos grupos en la agenda económico-política de los debates sobre modernidad, desarrollo y progreso (Tassi, et. Al., 2015). Al mismo tiempo, gracias al despliegue de prácticas festivas, comunitarias y de fortalecimiento de redes sociales; su presencia en las calles, los mercados, las rutas; se hace hoy más que nunca evidente.
En algunos trabajos que sucedieron a este primer ensayo, el entonces colectivo de investigación “Vas a disculpar”[22] comenzó a indagar sobre las características de este “desborde”, lxs actorxs que involucraba, las formas y dinámicas que adoptaban las estrategias de comercio y economía popular en Bolivia; y a intentar visibilizarlas desde un discurso que disputara los imaginarios miserabilistas, criminalizadores y racistas de los medios de comunicación hegemónicos y las élites letradas del país. Así aparecieron los siguientes trabajos colectivos: Hacer plata sin plata. El desborde de los comerciantes populares en Bolivia (Tassi, Medeiros, Rodríguez Carmona y Ferrufino, 2013), La economía popular en Bolivia. Tres miradas (Tassi, Hinojosa y Canaviri, 2015) y El proceso de cambio popular: Un tejido político con anclaje país (Arbona, Canedo, Medeiros y Tassi, 2016)[23]. Todos ellos inauguran un lenguaje y un modo de mirar las tramas económicas que nos permiten puntualizar líneas de debate actuales en la economía popular en Bolivia. Siguiendo sus aportes, indagamos en lo que sigue las características de este “desborde económico popular”:
En Bolivia, las prácticas económicas «informales» e indígenas permanecieron durante décadas invisibles a la mirada de la teoría económica y ajenas al interés de los investigadores. Las instituciones dominantes –el Estado y las elites urbanas letradas– asociaron a los actores indígenas-populares con la informalidad, la falta de educación e higiene, la marginalidad social y el atraso civilizatorio, lo que contribuyó a invisibilizar aún más sus prácticas económicas. A su vez, la exclusión de estos sectores de la economía formal, su discriminación y su limitada movilidad social retroalimentaron su rechazo a los procesos de integración vertical o a los códigos y hábitos de la burguesía dominante, lo que explica la búsqueda de formas deliberadamente distintas de manifestar el estatus y expresar el ascenso social. En este sentido, el éxito económico de determinados sectores comerciantes populares (en La Paz, mayormente aymaras) ha sido tan relevante que ha desencadenado reestructuraciones socioeconómicas en los ámbitos urbano y rural. Y ha fortalecido las identidades étnicas, lazos y redes sociales, al mismo tiempo que intensificó y renovó las prácticas festivas y religiosas que sostienen la reproducción y expansión de las estructuras de poder local (Tassi, et. Al, 2012, p. 96).
Varios elementos importantes se ponen en juego a la hora de mirar qué implica el ascenso económico de estos grupos. Podemos comenzar señalando que el incremento de reconocimiento, ingresos, capacidad de ahorro e inversión de comerciantes populares, campesino-indígenas en lo urbano implica un poderoso entramado de tejido organizativo de producción, circulación y consumo que estos grupos generan a partir de relaciones de parentesco, comunitarias y de organizaciones sindicales, que funcionan como base de una institucionalidad intersticial popular (Tassi, et. Al., 2013, p. 139) consolidada. Es tan importante el “éxito económico” (Tassi, et. Al, 2012, p. 94) que han tenido, que determinados sectores comerciantes populares han logrado impulsar grandes transformaciones socioeconómicas en lo urbano y lo rural (Arbona, et. Al., 2016, p. 96). Desde el desarrollo de obras de infraestructura para mejorar mercados y zonas comerciales; pasando por la generación de obras para acercar servicios como agua y luz a ciudades intermedias y barrios en crecimiento; hasta la ampliación de redes de circulación en rutas y caminos locales, regionales y trasnacionales (como lo veremos en el caso de la importación desde China). Lxs comerciantes populares muestran una amplia capacidad de acción y articulación. Cuando hablamos de “éxito económico” se refieren, entonces, a algo más que la idea individual y neoliberal de un ascenso social meritocrático que viene de la mano de un aumento en el poder adquisitivo de ciertos grupos sociales. Estxs autorxs están observando lógicas de organización colectiva, con raíces profundas en dinámicas e institucionalidades populares, que han sido artífices de su propio “éxito” en un sentido comunitario y no de triunfo meramente individual.
El éxito y el desborde se evidencian en la capacidad de agencia que han articulado y emerge a inicios de los 2000. Contra todos los discursos e imaginarios de progreso y desarrollo instalados por las élites locales, éste parece ser un indicador de empoderamiento en el surgimiento de este tipo de prácticas económico-políticas[24]. Nos dedicaremos más en extenso a desplegar este punto en lo que sigue, pero aquí resulta necesario subrayar que, según estxs autorxs, el rechazo a las formas de sociabilidad, integración y costumbres de las élites económicas, políticas y letradas; ha fortalecido las identidades étnicas, los lazos y redes sociales y ha promovido una forma específica de expresar el ascenso social y manifestar estatus (Tassi, et. Al., 2013). Toda una generación de infraestructura urbano-rural en sus términos, es evidencia de ello.
Otro indicador de ascenso, es la potencia que muestran las prácticas festivas y religiosas en lo urbano-rural, que ayudan a expandir el poder local. Es decir, lejos de mostrar el ascenso social en la clave de usos y costumbres de las élites y la burguesía local, lxs actores de estas economías populares en Bolivia, ascienden socialmente por su nivel de ingreso económico, pero no cambian su identidad de grupo, comunidad, colectivo. Sus hábitos y costumbres mezcladas entre lo indígena, lo campesino, lo urbano-popular; desborda hoy las calles de pueblos y ciudades y las rutas de articulación comercial. También el boom de la arquitectura del “Cholet” está conectado a la escalada de ingresos económicos y crecimiento de las ganancias, ahorro e inversión de comerciantes, importadores, feriantes. Ellxs impulsaron la construcción de casas, “chalets andinos” que son hoy íconos de este ascenso. Por un lado, muestran el “orgullo aymara” desde su estética, colores y formas. Por el otro, estas construcciones se levantan en los barrios populares de La Paz y en El Alto fundamentalmente como símbolo de anclaje en el territorio del que siguen siendo parte, a pesar de su cambio de status económico[25].
Otro rasgo fundamental para caracterizar el “desborde”, refiere a la expansión de poder local. A través de lazos, redes sociales y redes de movilidad y comercio, estxs actores conectan una multiplicidad de territorios a lo largo del país, la región y el mundo. Hay un marcado dominio de la logística y transporte en territorios que históricamente han sido de difícil acceso. Un saber-hacer (know-how) (Arbona, et. Al., 2015, p. 35) que implica estrategias de circulación, trajín y migración (entre lo local, lo regional y, ahora también, lo global); y que representa un elemento fundamental para comprender el modo en que estos grupos operan. Despliegan todo un modo de control territorial que se sirve de lo familiar-comunitario y relaciones de reciprocidad, compadrazgo, para pasar por “debajo del radar” de los grandes mercados globales. Son variados los casos donde estos autores registran el modo en que comerciantes de la zona Huyustus o Eloy Salmón, por ejemplo, importan desde China productos de electrónica y se sirven de parientes que se instalan en diferentes puntos de la ruta comercial que inicia en Iquique (donde está el Puerto y la Zona Franca); pasando por la frontera Pisiga-Colchane y llegando hasta Oruro y luego a La Paz. Este procedimiento constituye el espejo actual del famoso archipiélago vertical[26] (Murra, 1975) para el control territorial de varios pisos ecológicos. Hoy en día, dicho control se expande para la circulación de tecnología y no únicamente para el rescate de productos de la tierra, como era en el pasado. En este sentido, los estudios sobre economías populares en Bolivia, indefectiblemente implican abordajes multiescalares y con perspectiva de movilidad y circulación (Tassi, et. al., 2013; Hinojosa y Guaygua, 2015). Estas redes de comercio, importación y circulación atraviesan fronteras y han logrado que muchos productos de indumentaria, tecnología informática, transporte, maquinaria, que antes no llegaba a ciertas regiones de Bolivia; hoy sean posibles de adquirir en casi todo el territorio local. Es decir, han desarrollado nuevos nichos de mercado y fortalecen una estrategia “desde abajo” para el comercio y la circulación.
¿Cómo han logrado llegar a un control tan amplio de los territorios y a tal expansión de redes de circulación? Hace ya más de veinte años que estos grupos comerciantes populares comenzaron la incursión en el mercado chino a través de la generación de dispositivos de inversión como la “vaquita” (Tassi, et. Al., 2012, p. 102) que juntaba esfuerzos, recursos y capitales de diferentes emprendedores populares, para lograr un objetivo común cuando individualmente era imposible. La estrategia de crédito popular y colectivo conocido como “pasanaku” es otra de las herramientas que permite contar con capital para financiar este tipo de incursiones en nuevos negocios y mercados. La feria Yiwu en China, especializada en venta de mercancías para los mercados de los países “en vías de desarrollo”; fue uno de los primeros destinos en los que incursionaron. Además, algunos comerciantes se fueron aventurando más allá de la exposición ferial de Yiwu y empezaron a relacionarse directamente con los fabricantes para ahorrarse los costos de los intermediarios (Ibid., p. 102). Éstos se relacionaron directamente con “consorcios familiares chinos” que les ofrecieron incluso la posibilidad de readaptar el diseño de sus productos y hasta producir para un mercado relativamente pequeño como el boliviano. La relación con estos consorcios familiares chinos hace la diferencia: estos permiten comerciar imitaciones de grandes marcas a precios muy inferiores que el original, e incluso algunos producen para generar marcas propias en Bolivia. Todas estas formas de conexión colectiva entre productores, comerciantes y anclaje local de productos importados: hace que países del mundo históricamente relegados del consumo de productos tecnológicos, indumentaria -por sus elevados costos en empresas productoras autorizadas-, puedan acceder a ellos.
En lo referente a la expansión de prácticas étnicas, culturales, rituales y religiosas también se evidencia un “desborde de la economía popular”. Como decíamos anteriormente, el crecimiento de las fiestas y las llamadas “entradas folklóricas” que nuclean asociaciones y fraternidades, en las ciudades, comunidades y pueblos también en el exterior del país, territorios de destino migratorio, de circulación y comercial; muestra como el aumento de ingreso económico se invierte en lazos sociales, prácticas festivas y goce. Al mismo tiempo, se expande en paralelo y en simultáneo al crecimiento de los negocios. Esto es: la fiesta constituye un espacio central del asentamiento y fortalecimiento de redes familiares y alianzas sociales para las dinámicas de expansión del poder local (Tassi, et. al., 2012, p. 104).
Entonces, ¿cómo han logrado estos grupos ensanchar sus redes, ascender económicamente y lograr el éxito en sus negocios? “¿Cuál es la fórmula aymara del éxito?” (Ibid., p. 101). Por un lado, el control físico de espacios comerciales locales por medio de lazos familiares -que mencionábamos anteriormente-, que permite formas de migración estratégica, colonización de espacios y establecimiento de relaciones intercomunitarias favorables a los negocios y la generación de ingresos. Por otro lado, la flexibilidad basada en la alta diversificación; también en movilidad geográfica y en el uso de estas extensas redes de parentesco como modos de generar alianzas, reciprocidades y de establecer amplios contactos socioeconómicos. En vez de buscar especializarse en ciertas funciones (comerciar un solo tipo de producto, producir desde un determinado sector, importar un tipo de mercadería, etc.) se busca diversificar las actividades económicas, se tejen relaciones interfamiliares e intercomunitarias con este objetivo. Las unidades familiares como empresas permiten aumentar este dinamismo. Es posible el cambio de acuerdo a la lectura que van haciendo del mercado. Despliegan formas de migración estratégica, mientras el ensamble y tejido comunitario y de confianza con otrxs permite el montaje de negocios a escala mayor. De este modo, estxs actorxs mudan asiduamente de rubro, cambian de proveedores, habilitan y abren nuevos canales y nichos de comercio.
Además, por otra parte, esta capacidad de flexibilidad y diversificación, les permite adaptarse a las reglas y formas que impone la globalización y el capitalismo actual desde sus propios principios y modos de hacer y saber-hacer. Es decir, las estrategias de economías populares que “desbordan” la Bolivia de la primera y segunda década de los 2000; materializan modos relativamente autónomos de negocio, de trabajo, de aprovisionamiento y circulación de productos. Lo hacen con una capacidad incluso más eficaz que muchas empresas de economía “formal”. Es más, estos comerciantes incursionan abriendo nuevos ejes económicos en el país y en América Latina: en especial, con Brasil y con Argentina (Tassi, et. Al, 2013).
La invisibilización de estas prácticas por parte de los discursos políticos, económicos y de las élites urbanas letradas; tiene como correlato una especie de rechazo a la propia idea de éxito que se potencia desde el comercio popular:
La misma palabra “comerciante”, a pesar de los alcances del sector, sigue crecientemente connotada por matices peyorativos asociados con una “carencia de” higiene y moralidad. Esto se refleja en la producción de una serie de imaginarios entre las clases medias y elites sobre estos sectores populares. Tales imaginarios ponen de manifiesto la larga historia de jerarquizaciones sociales y económicas en la que ciertos grupos naturalmente pertenecían a ciertos espacios, se dedicaban a ciertas actividades y gozaban de ciertos beneficios. Las representaciones de los comerciantes populares —a menudo, contradictorias— apuntan más a enfatizar lo que deberían ser o lo que no son en lugar de entender sus propias prácticas y lógicas. Una representación común los describe como “capitalistas primitivos” y parcialmente folklorizados (Ibid., p. 2).
Un protagonismo, una agencia y ascenso socioeconómico que “desborda” los imaginarios tanto de las élites conservadoras y racistas, como de lxs intelectuales, periodistas, políticos y teóricos progresistas “bien pensantes”, que no alcanzan a ver en tal fenómeno un empoderamiento contundente de estos sectores.
Una vez aquí, podemos volver a preguntarnos: ¿cómo se conectan los levantamientos populares desde los 2000, el cambio de gobierno y la transformación del Estado; con la potencia y el desborde de la economía popular en Bolivia? A modo de cierre y recapitulación, podemos aventurar algunas respuestas. En primer lugar, el crecimiento económico posterior a las luchas anti-neoliberales resulta más que evidente. El aumento del control estatal sobre el PBI (Stefanoni, 2007), gracias a la nacionalización de hidrocarburos, fundamentalmente; impulsó la inversión pública que ha generado obras de infraestructura pero también redistribución a través de bonos (Tassi, et. Al., 2015, p. 33); que fueron generando un aumento de liquidez y circulación monetaria en el país, haciendo aumentar el consumo y por tanto la producción, importación y circulación de productos al interior. De este modo, la circulación a escala país de productos que antes no se comerciaban, responde a la capacidad de lxs actorxs de la economía popular para llegar con mayor facilidad a estos territorios. De algún modo, la “democratización del consumo” que ciertos sectores lograron adquirir, habla de un desborde que se canaliza en el empoderamiento, acceso al consumo de ciertos sectores históricamente victimizados o vistos como “pobres” y “marginales”.
En segundo lugar, el empoderamiento de grupos indígenas, cholos, entre el campo y la ciudad; se va fortaleciendo desde los levantamientos del 2000 y se potencia con el ascenso económico que estos mismos sectores van adquiriendo en el nuevo ordenamiento de la economía local. Tras la transformación del Estado-nación en Estado Plurinacional de Bolivia, la recuperación de la soberanía sobre los bienes comunes, la disputa por el manejo y distribución del excedente (Tapia, 2008) y la disputa por las formas de autogobierno y transformación del modelo de gobernanza a nivel nacional (gobierno de Evo Morales y Asamblea Constituyente 2006-2009); se cristaliza en un empoderamiento rotundo de los sectores cholo-mestizos e indígenas. Las antiguas e históricas elites q’aras, que siempre mantuvieron el control sobre los partidos y formas de organización política del Estado “por arriba” han sido desplazados[27].
Por último, si -con Luis Tapia (2008)- sosteníamos que la “parte maldita”, en la disputa por el excedente, potencia el ejercicio de la soberanía a través de la lucha y la conformación de espacios de gasto colectivo; es la economía popular en crecimiento, en expansión y en “desborde” en Bolivia, un espacio privilegiado para ver los modos en que estos grupos sociales, disputan y tensionan con las lógicas del capital esa producción de riqueza, sus usos y circulación.
1.6.3 Memorias largas de las economías populares en Bolivia
Los estudios que revisamos en la sección anterior, recogen tradiciones de análisis de formas de organización política y económica que vienen de memorias largas, medianas y cortas en el territorio de los Andes Sur. En lo que sigue, se buscará recorrer esas tradiciones de pensamiento y conectar el modo en que nutren la idea de economía popular en la actual Bolivia.
Si bien los trabajos de investigación sobre economías populares en Bolivia inauguran todo un vocabulario teórico-político novedoso en torno a las estrategias de economías populares emergentes; no constituyen un hecho aislado de teorización de “economías alternativas” o “diversas” respecto de los discursos económicos capitalistas hegemónicos. Más bien se inscriben en toda una tradición y genealogía de investigaciones y teorizaciones en torno a dinámicas de economías campesinas, indígenas, comunitarias y su inserción en lo urbano, en lógicas del capital, del desarrollo y la modernidad (Tassi, et. Al., 2015). No podemos dejar de reconocer una larga tradición teórica, antropológica, política, económica, sociológica que funciona como antecedente de los estudios etnográficos situados en el presente de las economías populares en Bolivia.
Desde los años ‘80 una serie de trabajos inscriptos en lecturas económicas marxistas, perspectivas etnográficas y antropológicas sobre el desarrollo económico en los Andes Sur y estudios etnohistóricos, pensaban las economías indígenas y campesinas en función de su relación con las estructuras capitalistas en estos territorios.
Trabajos como los de Platt (1982), Calderón y Rivera (1984); pensaban el modo en que las economías campesinas e indígenas se funcionalizaban en las lógicas del capital; y también el modo en que cierta verticalidad en las redes sociales al interior de las propias comunidades tendía a reproducir los privilegios de las clases dominantes y subsidiaban el desarrollo del capitalismo.
En diálogo con esta perspectiva marxista, desde la antropología económica, otros estudios como los de Olivia Harris (1982), Steve Stern (1987); enfatizan en la mirada de la resistencia a las configuraciones económicas capitalistas y se habla de “economías étnicas” (Harris, 1982). Es decir, se centran en la capacidad de las comunidades y grupos indígenas de conformar espacios económicos propios que garantizan la producción y reproducción gracias a una relativa autonomía respecto del capital. Esta línea de trabajos está fuertemente ligada a todo un desarrollo teórico proveniente de la etnohistoria que comienza a poner el acento en la potencia de las resistencias indígenas para la transformación y conformación de la organización política y económica de los territorios latinoamericanos.
Un tercer espacio de estudios en esta misma época corresponde a un posicionamiento teórico que, de algún modo, fusiona ambas miradas. Se trata de los estudios etnohistóricos y de historia económica en los Andes Sur (a los que dedicaremos un amplio desarrollo en el capítulo siguiente); que intentan recuperar el modo en que desde la colonia la economía mercantil en Bolivia se rige por estructuras e instituciones indígenas (Glave, 1989).
Una de las referencias obligadas en tal sentido es la compilación editada por el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (CERES) en el año 1987 que reúne diversos trabajos y discusiones en el marco de la conferencia sobre “Penetración y expansión de los Mercados en los Andes” que tuvo lugar en Sucre en el año 1983. El mencionado libro se titula: La participación indígena en los mercados surandinos. Estrategias y reproducción social. Siglos XVI a XX (Harris, Tandeter y Larson, 1987) y propone abrir un espacio de reflexión sobre la constitución del mercado interno colonial y sus transformaciones en las diferentes etapas de la historia de los Andes Sur a partir de estudios etnográficos, antropológicos, de archivo e historiográficos. Olivia Harris, Brooke Larson, Enrique Tandeter, John Murra, Carlos Assadourian, entre otrxs; piensan espacios políticos y económicos andinos desde sus saberes disciplinares y los integran para dar como resultado un entramado de sentidos histórico-materiales fundamentales a la hora de pensar dinámicas que conformaron este mismo espacio territorial -el espacio andino- que hoy se sigue reconfigurando con prácticas, saberes y estrategias de larga duración. En la misma dirección el libro Trajinantes: Caminos indígenas en la sociedad colonial. Siglos XVI y XVII de Luis Miguel Glave (1989), busca indagar la conformación de estrategias laborales, económicas, comerciales de los diferentes grupos indígenas que vieron la instalación en sus territorios del orden colonial, pero no asistieron a esta “usurpación” de manera pasiva y subordinada. Más bien, lograron mantener cierto nivel de autonomía respecto de las instituciones oficiales. Institucionalidad que, por su parte, no podía articularse y lograr controlar el territorio de no ser por el trabajo, la infraestructura y la organización política indígena. Estxs autorxs se dedican, entonces, a señalar elementos que configuran “patrones económicos de largo aliento” (Harris, et. Al., 1987) y que están a la base de las estrategias de economías campesinas, urbano-populares, migrantes que conocemos como “economías informales”, “étnicas” o populares. Estos trabajos dan cuenta de cómo ciertas dinámicas locales, consideradas étnicas (como la migración estacional, el trajín, el control vertical de un máximo de pisos ecológicos, entre otras); permiten la articulación de mercados locales, regionales y hasta globales. Es decir, que son los primeros en poner en dimensión multiescalar las formas locales de producción y circulación; dando cuenta del enorme valor que significaron (y significan) las infraestructuras indígenas, campesinas, populares, para el desarrollo de los mercados durante la colonia y en el capitalismo en estos territorios.
En términos de migraciones regionales, especialmente hacia Argentina, el trabajo de Dandler y Medeiros (1988) fue pionero en la indagación sobre migración estacional a partir del establecimiento de lazos con agroindustria y actividades mercantiles “modernas”. Siguiendo en la clave de buscar conexiones con estrategias económicas y de movilidad, saberes-hacer indígena, campesinos y comunitarios; lxs autores presentan el modo en que este tipo de movilidad estacional se articula a partir de decisiones familiares sobre la base de modos de diversificación y división familiar del trabajo; aunque además implicaran subordinación y precarización laboral en el marco de la economía capitalista global. Lo que subrayan es la permanencia de institucionalidades locales, comunitarias que no se logran desestructurar a pesar de ingresar en los modos capitalistas de producción e intercambio.
Todos estos trabajos, entre los años ’80 y ‘90 en territorios andinos, dan cuenta de un espesor temporal imborrable a la hora de analizar las prácticas económicas populares en las mismas latitudes; y de la capacidad de estructuras sociales indígenas andinas de articularse y negociar con instituciones económicas capitalistas (Stern, 1987).
A partir de los ’90, con el avance del neoliberalismo, emergen con fuerza discursos y teorías sobre la función capitalista “competitiva” y autoempresarial del individuo, la comunidad, el grupo y la etnia. Estudios ligados a la idea de capital social comienzan a ser financiados por el Banco Mundial (Tassi, et. Al., 2015, p. 13) y resaltan las capacidades y virtudes que se dan desde los actores excluidos (de Soto, 1986) y como contracara de la excesiva burocracia estatal. Para el análisis de este tiempo, el libro Bircholas de Rivera Cusicanqui (1996) muestra “la otra cara” del ideal autoemprendedor. Oenegeismo, precarización y endeudamiento constituyen elementos centrales de la transformación neoliberal del Estado y el mercado; para la instalación de este tipo de gubernamentalidad en los imaginarios y formas de la subjetividad boliviana. En el segundo ensayo de dicho libro, titulado “Trabajo de mujeres: explotación capitalista y opresión colonial entre los migrantes aymaras de La Paz y El Alto” (Ibid.) la autora estudia los modos de articulación de las relaciones de género con la dominación colonial situándose en las ciudades de La Paz y El Alto y atendiendo a las protagonistas del comercio y la producción artesanal: mujeres migrantes del campo a la ciudad. Silvia trabaja con entrevistas a estas mujeres y toma el caso del crédito Banco Sol como “mecanismo de expropiación colonialista de la energía y los excedentes de las migrantes urbanas de La Paz y El Alto” (Ibid., p. 73). Banco Sol fue un programa de crédito destinado a la generación de micro emprendimientos e inversiones a pequeña escala; que inicialmente era subvencionado por capitales internacionales al modo ONG, pero desde 1992 se convirtió en un banco formal. A pesar de tener altísimas tasas de interés anuales, del 70%, entre el 1992 y 1994 duplicó sus clientxs; la mayoría de ellas mujeres (Ibid., p. 71). Una de las hipótesis que trabaja la autora en el estudio, sostiene que básicamente la apertura de estos créditos responde a una demanda insatisfecha que excluye a determinadas personas del mercado formal: principalmente de origen migrante e indígena y puntualmente mujeres, cholas; por mecanismos de colonialismo interno. Esto explica el aumento de clientxs a pesar de la altísima tasa de interés; que a su vez funciona como mecanismo para “formalizar” y “reciclar” las ganancias de estos sectores considerados “informales” (Ibid., p. 74). Pero allí Rivera Cusicanqui, expresa otra hipótesis central en su trabajo y que resulta de vital interés a este estudio. El modo en que estos mecanismos financieros calan en la segmentación de los mercados de crédito (por condición étnica, de género y de clase) no es algo nuevo en la historia económica boliviana; y, sin embargo, articula un nuevo ciclo de acumulación que refuerza nuevas relaciones de opresión étnica y de género. El proceso de financierización que se inaugura con iniciativas como las de Banco Sol, reestructura las redes sociales internas en el interior de los sectores migrantes, del campo a la ciudad, y esto se traduce en una estratificación más profunda del mercado laboral, la aparición y reforzamiento de relaciones de opresión étnica y de género al interior de cada negocio familiar.
Como sabemos este proceso de adaptación creativa de la cultura andina a las nuevas condiciones -mercantiles y urbano-mineras- del desarrollo económico colonial se desató a partir de la llegada de los españoles, y continúa hasta hoy ofreciendo un panorama de abigarradas prácticas sociales en las que conviven el cálculo de la ganancia con las inversiones de prestigio, el trabajo asalariado con la explotación de mano de obra familiar remunerada, y todo un tejido de circuitos de reciprocidad, paisanaje y parentesco que llegan hasta la comunidad rural y vuelven desde allí a la ciudad (Ibid., p. 90)
En este nuevo momento de transformación del mercado, las comunidades, lxs migrantes, los sectores populares se adaptan creativamente a nuevas condiciones mercantiles y del desarrollo económico; sin embargo, también se refuerzan formas de explotación. Lo abigarrado de la sociedad boliviana, nos presenta modos particulares de articulación entre las formas de gubernamentalidad neoliberal, las transformaciones económicas a nivel global y los modos de adaptación, apropiación y cálculo “desde abajo” de estos nuevos dispositivos político-económicos.
Si bien nos dedicaremos a varios de estos trabajos en extenso en los capítulos siguientes, aquí quedan apuntados como parte de una trayectoria de estudios sobre prácticas y formas de organización político-económicas indígenas, campesinas, comunitario-populares; para dimensionar en qué medida la forma en que se aborda el campo problemático de las economías populares en Bolivia, tiene como eslabón fundamental este recorrido genealógico por las memorias largas de estas prácticas.
1.6.4 Migración transnacional y comercio con China
Si en el pasado esas prácticas, estructuras y formas locales, históricamente ancladas, se habían enfrentado con los intereses administrativos de la colonia y de la república de cobrar tributos y concentrar la población dispersa (Barragán, 1982; Mayer, 2004), en la actualidad se empalman con unas demandas de la economía global que requieren flexibilidad, movilidad rápida y repetida, adaptabilidad, diversificación y continuas re-configuraciones para hacer frente a unos ciclos económicos cambiantes y dinámicos. Así́, dichas estructuras indígenas y/o “tradicionales”, a las que se las había percibido como incapaces de lidiar con la modernidad y destinadas a ser absorbidas por el mercado, se revelan como herramientas que, de un lado, negocian la participación de estos actores en la economía global y, del otro, les garantizan una rápida capacidad de articulación de mercados, una lectura constantemente actualizada de las discrepancias entre mercados distintos y un encadenamiento de actores de múltiples lugares que posibilita economías de escala (Tassi, et. Al., 2015, p. 15).
Respecto de las características, dimensiones, escalas y dinámicas que presentan las economías populares en y desde Bolivia; una serie de estudios nos permiten nutrir aún más el enfoque. Yendo más allá de la idea de “desborde” y apuntando a pensar las tramas de economías populares como un conjunto de estrategias estables que hacen parte del desarrollo económico del país y que articulan múltiples escalas.
Aquí aparecen fundamentalmente dos líneas de análisis: a) el enfoque de economías populares trasnacionales, representado por los trabajos de Alfonso Hinojosa; que desde 2009, investiga trayectorias migratorias desde Bolivia y en 2015 (junto con Germán Guaygua) y 2019 intersecta el concepto de economía popular con las migraciones a nivel regional y trasnacional; y b) el enfoque de nuevos circuitos y mapas de las economías populares a nivel regional y global; cuyos estudios más representativos son los de Nico Tassi desde 2010 hasta 2020, junto con Tassi y Poma, 2020 y Juliane Müller, 2015 y 2022.
Desde la primera línea de análisis Hinojosa y Guaygua piensan y caracterizan las economías populares como articulaciones trasnacionales que dependen de estrategias de movilidad y migración como elemento central (Hinojosa y Guaygua, 2015) para poder tramarse y sostenerse. La migración trasnacional es posibilitada gracias a un habitus (Hinojosa, 2009) de prácticas, memorias, saberes que se reactualizan y amplían los circuitos de las economías populares entre Bolivia, la región y el mundo. El enfoque pone énfasis en la necesidad de una mirada trasnacional para comprender estas dinámicas de movilidad que atraviesan límites políticos y jurídicos de los Estados-nación. Desarrollaremos con mayor detalle este enfoque en el capítulo siguiente dado que nos permite conectar los análisis desde Bolivia y Argentina a partir de perspectivas analíticas que nos proporcionan los estudios migratorios.
En el segundo enfoque, desde una mirada afín a los desarrollos teóricos de los conceptos “globalización desde abajo” (Alba Vega, Mathews y Ribeiro, 2015) y “sistema mundial no-hegemónico” (Lins Ribeiro, 2007 y 2010)[28]; Nico Tassi, Wilson Poma, Juliane Müller; piensan los fenómenos del comercio trasnacional, redes de distribución, clústers y alianzas con consorcios familiares chinos; en la clave de la conformación de sistemas globales que van por “debajo del radar” y permiten ver desde lo etnográfico otros modos de agencia y protagonismo de estos actores en distintos niveles; no como meras víctimas del sistema capitalista. Algo que ya estaba dicho como presupuesto y esbozado desde los primeros trabajos antes mencionados; aquí se vuelve un elemento central. La discusión de economías populares desde una perspectiva etnográfica de trabajo, se va tejiendo con conceptualizaciones de sistemas mundiales no hegemónicos, que permiten conectar estas experiencias con otras similares en diferentes partes de la región y el mundo (Tassi y Rabossi, 2020).
Por su parte, Juliane Müller (2015) en su investigación sobre el crecimiento y las transformaciones del espacio comercial Eloy Salmón, también da cuenta de cómo la zona del Gran Poder se ha visto modificada en su arquitectura, por la apertura de grandes galerías comerciales, y en estética publicitaria, por las empresas multinacionales de productos informáticos (LG, Samsung, Changhong) que hoy tienen un diálogo directo con las empresas distribuidoras de esta zona. Muestra cómo estos cambios son manifestaciones de modificaciones en torno al modo de establecer los negocios. Propone resaltar un aspecto que cree muy poco visualizado en otros trabajos sobre economía popular en Bolivia: el entrelazamiento entre comerciantes de estas zonas con empresas y multinacionales donde los interlocutores son algo más que consorcios familiares y “marcas alternativas”. Este nuevo matiz permite ver no sólo la reproducción social y las continuidades culturales, que se enfatizan en los estudios de Tassi et. Al. (2012, 2013 y 2015), sino también los continuos cambios que se han dado y que siguen produciéndose en el acontecer de estos mercados en expansión. Los cambios (de perfil, de las orientaciones y estrategias comerciales de los actores, el territorio, productos, cadenas de distribución) junto con las continuidades; caracterizan al área hoy en día. En resumen, no es posible pensar el territorio sólo como un espacio de potencia para la visibilización de prácticas propias de estos actores económicos populares sino también como espacio en disputa, permanente mezcla y mancha de flujos económicos, financieros, modas y estéticas locales y globales.
Por último, en el estudio de Tassi y Poma (2020), los autores muestran cómo se configuran nuevos centros y espacios de la economía popular regional. La expansión de la capacidad acción, de la capacidad de operación de lxs actorxs de las economías populares, no sólo refleja procesos de integración a dinámicas de una economía cada vez más global, sino que son capaces de materializar territorios socioeconómicos anclados en sus propias redes y códigos. A esto lo llaman “nuevos” centros y espacios de la economía popular regional, buscando elaborar “una cartografía económica de la región” (Ibid., p.13) que vincula cinco países: Bolivia, Chile, Perú, Argentina y Brasil desde un mapeo que intenta visualizar mercados, centros de producción, circuitos de distribución y centros de acopio ligados a las dinámicas de la economía popular.
1.7 Vocabulario renovado para un debate abierto: contrapuntos y miradas sobre las economías populares
Como territorios en conexión para el desarrollo de esta investigación, Bolivia y Argentina representan enfoques teóricos y políticos que perfilan modos diversos de ingresar a los debates sobre economías populares en la actualidad. Ciertos ejes de discusión que presentamos anteriormente se reiteran en ambos territorios y otros son propios de la historia política de cada uno. La “novedad” del presente estudio consiste en ponerlos en conexión y problematizar algunos ejes de debate desde el entrecruzamiento de trayectorias de trabajo, comercio y migración entre Bolivia y Argentina. Por eso, en el último apartado de este capítulo inicial me propongo sintetizar algunas ideas, claves o llaves conceptuales que extraigo de los aportes teóricos de uno y otro lugar y que están en el “entre” de un campo problemático en construcción que busca mapear nudos temáticos, polémicos; para aportar otras dimensiones teórico-políticas al análisis de estas economías. A continuación, presento a modo de “vocabulario renovado” la constelación conceptual que selecciono como marco para guiar esta investigación y situar el análisis crítico sobre las trayectorias de vida, trabajo, migración y comercio. Se trata de esbozar un modo de colocar la mirada que seguiré desarrollando en extenso en sus aspectos epistemológicos y metodológicos en el segundo capítulo.
I. Espacio del trajín
Hemos visto como se traman en las dinámicas de economías populares tanto la temporalidad de la crisis neoliberal y la emergencia de luchas y nuevas configuraciones políticas anti-neoliberales; como los horizontes de memorias largas que nos permiten dar cuenta del modo en que estas economías, insertas en la lógica del capital, al mismo tiempo reactualizan saberes y ponen en juego toda una forma de organización que viene de tiempos pasados a la actualidad. Cuando hablamos de institucionalidad intersticial (Tassi, et. al., 2013), habitus migratorio (Hinojosa, 2009), pragmática popular (Gago, 2014), estamos evocando al mismo tiempo la productividad de estrategias de economías populares para dar respuesta a la crisis neoliberal y a aquellas memorias largas de la organización económica andina que garantizó la existencia del mercado interno colonial, y aún antes controló diversos pisos ecológicos para garantizar la reproducción equilibrada de las comunidades aymaras. Todas estas memorias se reactualizan, en la “superficie sintagmática del presente” (Rivera Cusicanqui, 2015). Sentidos, prácticas, formas políticas y económicas nos demandan poner en juego un gesto qhypnayra (Ibid.) que conecte aquella herida y resistencia colonial, con el gesto anticolonial activo que estas estrategias comunitarias reactualizan[29]. Si partimos de la idea filosófica pacha[30] (Rivera Cusicanqui, 2015, p. 207) que hace referencia a la forma dual del cosmos tiempo-espacio, podemos pensar la temporalidad y el territorio de estas economías de manera tal que las determinaciones y configuraciones del espacio acontecen en el tiempo y las temporalidades están situadas en configuraciones espaciales específicas. Dedicaremos gran parte del segundo capítulo a situar esta investigación en el espacio-tiempo para observar de qué modo operan las trayectorias que tomamos como unidades de análisis, conectando tiempos, memorias y escenarios diversos. Ahora basta con señalar que encontramos en el concepto de trajín y en el espacio nuclear que el trajín representa para la producción de la circulación en el mercado interno colonial (Galve, 1989), una imagen-metáfora fértil que nos ayuda a definir el territorio de esta investigación más allá de los límites y las fronteras nacionales que marcan los Estados de Argentina y Bolivia (con algo más de 200 años de historia política).
Frente a la segmentación territorial estatal-nacional, emergen miradas multiescalares (Tassi, et. al., 2015), trasnacionales (Gago, 2014; Hinojosa y Guaygua, 2015; Hinojosa, 2019) que nos permiten reactualizar los nuevos mapas del trajín. Y esto no solo multiplica y heterogeiniza las dinámicas de circulación, migración y movilidad; sino también las formas del trabajo y las fronteras con que se enfrentan estas dinámicas de economía popular con el capital (Mezzadra y Neilson, 2017). Este mapa sin los límites nacionales, no pretende desubicar la realidad de control y violencia que viven quienes transitan trajinando las fronteras políticas de los Estados; sino que intenta situarse desde espacios-tiempos que nos permitan ver cómo se diversifican las estrategias de movilidad y economías populares planteándonos elementos críticos importantes, tanto para pensar el rol de la movilidad en las economías populares como las modalidades del trabajo en la movilidad. La mirada multiescalar amplifica el protagonismo de lxs actorxs de las economías populares que se mueven, trabajan, producen y circulan. En términos espacio-temporales la idea de “espacio de trajín” nos permite pensar ese cruce entre escalas más allá del nacionalismo metodológico tanto territorial como temporal. Las economías del trajín fueron fundamentales para la conformación del mercado interno en la Colonia, previo a la formación de los Estados-nación. En aquel tiempo, estas economías conectaban territorios a largas distancias sorteando las fronteras, funcionando como centro contencioso y polémico de explotación y al mismo tiempo, espacio en el que sus actores buscaban desarrollar “tácticas cotidianas de resistencia y administración de la explotación” (Glave, 1989); dinámicas similares pueden verse sucediendo dentro de las estrategias de economías populares en el trajín actual frente a las lógicas del capital neoliberal globalizado.
El espacio de trajín nos permite pararnos en el cruce de las trayectorias, las temporalidades y espacialidades que hacen a las dinámicas de economías populares en el presente y que conectan imágenes actuales con escenas memoriales. Situarnos desde el trajín constituye un modo de enfocar la mirada en el “entre” de circulación, más allá del nacionalismo metodológico que enclaustra nuestra mirada social en la división territorial entre Bolivia y Argentina.
II. Formaciones sociales y territorios ch’ixis
Frente a la pregunta en torno a qué subjetividades convocan las economías populares, seguiremos la huella de quienes sostienen la heterogeneidad que condensan estos actores. Si bien han querido ser representados como precarixs, pobres, excluidxs; en América Latina “lo popular” implica reconocer el subsuelo social mezclado y manchado, que nos constituye, la herida colonial que nos atraviesa y los múltiples modos de resistencia, construcción y producción de mundos que esto implicó e implica. Es decir, debemos observar nuestras subjetividades ch’ixis (Rivera Cusicanqui, 2010a) más allá de la búsqueda de unidad subjetiva y homogeneidad conceptual. No hay un sujeto definido, que condense en sí un único sentido de “lo popular”, sino subjetividades que están oscilan en el “entre” de imaginarios de trabajadorx, asalariadx, productorx, emprendedorx, migrante. Las trayectorias que recorreremos a lo largo de este trabajo, nos permitirán bucear en esa heterogeneidad. Así mismo, creemos y esperamos poder ilustrar la diversidad de modos de vida, producción e identificación que se engloban dentro de la idea de “trabajadorxs de la economía popular” y “actorxs de la economía popular”.
Contra la mirada reduccionista y homogeneizadora, anclada en discursos de modernidad y progreso, con fuertes ecos racistas y opresivos; ver las capas de memorias e historias que nos constituyen y pensar las dimensiones de lo colonial en el presente (nuevamente, a modo de imagen-metáfora) y las formas propias de organización en las economías populares; nos permitirá concebir y analizar la heterogeneidad constitutiva de estas economías.
III. Economías barrocas, pragmática popular y microeconomías proletarias
Abordar dicha heterogeneidad de formas de aparecer del trabajo en tiempos contemporáneos implica analizar esa mezcla “por abajo” de microeconomías proletarias y economías barrocas en el neoliberalismo (Gago, 2014). Entendemos que no podemos reducir las dinámicas de economías populares a una mera respuesta e inserción total a las claves de la economía del cálculo (homo economicus). Sin embargo, tampoco podemos postular que suponen un tipo de organización de la reproducción de la vida que se rige por unos principios ético-políticos de solidaridad y reciprocidad (homo solidarius) que escapan a la lógica del capitalismo neoliberal y, finalmente, tampoco sostendremos que estos sectores se dedican a sobrevivir y sostener la vida de modo precario sin buscar ganancias o despliegue de sus libertades, deseos de consumo, etc.
Entendemos que las economías populares están insertas en el capitalismo de modo contencioso y disidente, aunque -muchas veces- no tengan una intencionalidad definida aparente. La promiscuidad (Ibid, p.76) que expresan, la expansión y el desborde que representan (Tassi, et. Al., 2012), la desobediencia a la lógica del trabajo asalariado; son todas características que estas economías presentan e implican un freno a las lógicas del capital. Frente a cierta mirada miserabilista o su romantización elevándolos en carácter de “nuevos empresarios populares”, entendemos a estxs actorxs en una tensión compleja, contradictoria y potente. Por un lado, despliegan una potencia de organización “desde abajo” que constituye una pragmática vitalista (Gago, 2014), en tanto capacidad de organización, ya lo dijimos, un saber hacer en la crisis y una pragmática, una política, popular que permite la reproducción, producción y el despliegue de diversos modos de vida. Por otro lado, todo este entramado se conecta con modos sofisticados de extracción de valor y acumulación por parte del capital. Existe toda una cooperación social que es explotada aunque ya no organizada por el capital (Gago y Mezzadra, 2015). Es decir, sin patrón salarial y sin Estado omnipresente, las formas comunitarias, barriales, individuales de organización, están sorteando la crisis y garantizando la vida mientras el capital sigue acumulando. Es el endeudamiento, la privatización de los comunes, una lógica de crisis y acumulación, la que siempre amplía más la noción de explotación del trabajo -sea este asalariado o no- por parte del capital. Comienzan a visualizarse, cada vez con más fuerza, la capilarización de mecanismos financieros y de extracción de valor de esferas de la vida y trabajos que, mientras antes no eran ni siquiera reconocidos como económicos y productivos; ahora son buscados por las finanzas. Estamos hablando del endeudamiento de sectores populares; y fundamentalmente de las mujeres (Gago y Cavallero, 2019).
En este sentido, recurro a estos conceptos porque me interesa pensar al interior de las trayectorias, historias y estrategias de economías populares en el trajín, las variadas formas de aparecer de la organización político-económica de la vida, las formas actuales del trabajo y las diversas modalidades de explotación que estas economías sufren, enfrentan y sortean en el cotidiano.
IV. La reproducción como producción
Finalmente, ingresamos en la última noción central que recupero del cruce de estos debates. La centralidad que tienen los trabajos invisibilizados, mal remunerados y no remunerados al interior de las lógicas de acumulación del capital y al interior de las lógicas de producción y circulación en las economías populares. En el entramado político que teje economía popular y economía feminista, nos es posible resignificar la mirada sobre la cuestión migrante, la interseccionalidad al interior de las economías populares, y pensar las diversas formas de violencia y explotación que sufren las mujeres y diversidades en estas tramas económico-políticas. La noción de diferencial de explotación (Gago, 2014 y 2019a) ayuda a visualizar el modo en que opera la invisibilización de ciertos trabajos que son fundamentales para el sostenimiento y desarrollo de la vida, pero que a la vez no son reconocidos económicamente de manera justa, más bien siempre recaen sobre los mismos cuerpos y son desvalorizados. Aquí se condensan los sentidos cruzados entre economía popular y economía feminista. La invisibilización de los trabajos de la economía popular opera, al igual que en la lógica de los trabajos de cuidado no remunerados, desde el diferencial que extrae el capital de una plusvalía que ya no explota como trabajo asalariado-remunerado. Ese diferencial hace que no reconozcamos que tenemos alimentos en nuestras mesas gracias a lxs trabajadorxs huerterxs y productores de la agricultura familiar -por cierto, de amplia composición migrante-. O que podamos conseguir vestimenta, calzado y artículos de tecnología a bajo costo porque existen productores textiles, costurerxs, comerciantes e importadores que desarrollan toda una economía “por debajo del radar” trabajando a destajo para vender en ferias o a grandes marcas la misma ropa de la que las empresas sacan amplias ganancias.
Los elementos teórico-políticos que este cruce nos proporciona nos permiten pensar muchas aristas al interior de estos debates. ¿Cómo se extrae valor particularmente de los cuerpos migrantes, de mujeres, de disidencias, de personas racializadas, que son trabajadorxs de las economías populares? ¿Qué dinámicas se oponen a esta extracción, de hecho, en los territorios? ¿Qué lugar ocupan las mujeres y disidencias en los discursos y qué lugar de enunciación tienen a la hora de debatir las condiciones laborales, la remuneración y extracción de valor de sus trabajos doble o triplemente invisibilizados y usufructuados al interior mismo de las economías populares? En particular, se abre una autocrítica interna a los debates sobre economías populares tanto desde Bolivia como desde Argentina, que nos demanda a pensar sobre lo invisibilizado, lo no dicho, lo romantizado. En este punto, las trayectorias de vida que recorremos en esta investigación han sido también seleccionadas para mirar estos debates de manera comprometida y crítica. Así como para resaltar matices y evidenciar estas complejidades que hacen a la heterogeneidad de historias que componen las economías populares en el trajín.
- Cuando en este trabajo se convoca la palabra “abigarrado” se trata de una expresión muy cara a las conceptualizaciones del sociólogo boliviano René Zavaleta Mercado, quien la emplea por primera vez para analizar la complejidad política, subjetiva y social que tiene la “sociedad abigarrada” como síntesis nunca homogénea de un territorio colonizado que no es pasible de ser fácilmente congregado en UNA nación (Zavaleta Mercado, 2008).↵
- Desde 2016 en el Grupo de Trabajo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) “Economías populares: mapeo teórico y práctico” (coordinado por Verónica Gago, Alexandre Roig y César Giraldo y que nuclea investigadorxs de Colombia, Venezuela, Guatemala, México, Ecuador, Bolivia, Perú y Argentina); venimos desplegando algunas líneas analíticas, epistemológicas y políticas que nutren un mapeo colectivo abierto dentro de este campo problemático en construcción. Se trazan líneas de reflexión y análisis para ir desde el territorio a la teoría y no con definiciones cerradas a las experiencias. Retomo de los trabajos de investigación y publicaciones de algunxs integrantes del grupo, ciertas líneas teóricas centrales para caracterizar lo que llamamos economías populares. Sigo como hoja de ruta algunos nudos teóricos y analíticos plasmados en el Dossier Íconos Nº62, “Economía popular: entre la informalidad y la reproducción ampliada” (Gago, Cielo, Gachet, 2018) y el mapeo actualizado de economías populares que componen los estudios del libro Economías populares: una cartografía crítica latinoamericana (Gago, Cielo y Tassi, 2023).↵
- Durante 2020 y gran parte de 2021 la pandemia de COVID-19 hizo aún más evidente esta afirmación. Los trabajos llamados “esenciales” son fundamentalmente actividades generadas desde las economías populares: producción de alimentos, transporte, servicios de delivery, cuidados en casas particulares y cuidados comunitarios y barriales. Al mismo tiempo, las medidas de gobierno tuvieron que contemplar que las disposiciones de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio no podían excluir y dejar sin recursos a lxs trabajadorxs que dependen de su trabajo en la calle, en las casas, en el negocio autónomo, el rebusque y el cuentapropismo para vivir. La solicitud de Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), una medida de subsidio para quienes se encontraban entre esta población en Argentina, evidenció la magnitud de estas economías. El IFE fue solicitado por 13 millones de personas y alcanzó finalmente a 9 millones de personas en el país (sobre una población total de 40 millones). Ver: GT-CLACSO Economía popular: mapeo teórico y práctico (2020) “Economías Populares en la pandemia. Cartografía provisoria en tiempos de aislamiento y crisis global”, disponible en línea: https://bit.ly/3MCRO9Y ↵
- Palabra aymara que significa pacha, orden cosmológico tiempo-espacio y kuti, trastocamiento; es decir, ruptura o trastocamiento del orden tiempo-espacio. En cierta tradición política indígena, andina; pachakuti refiere a momentos de caos y crisis, incertidumbre, pero también potencia. Fue el término que comenzó a ser utilizado por organizaciones, comunidades y grupos en rebeldía en los levantamientos en Bolivia desde los 2000.↵
- Los levantamientos en Colombia, Ecuador y Chile desde 2019 -y, los escenarios de actualidad en un tiempo particularmente crítico profundizado por la pandemia- se conectan con aquellos momentos del inicio del milenio que desataron la desobediencia, la rebelión y la apertura de un tiempo-espacio de trastocamiento del orden.↵
- Nos referiremos a estas definiciones con mayor precisión en un apartado siguiente. No está de más aquí mencionar el debate sobre posneoliberalismo en la región. Verónica Gago (2014) lo plantea como condensado en trabajos como el de Ernesto Laclau (2005) La razón populista. También podemos pensar en planteos teóricos de quienes se han involucrado en la gestión de gobiernos progresistas como el caso de Álvaro García Linera quien, como Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, y como teórico y pensador latinoamericano; resulta ser un exponente de la idea de superación del neoliberalismo en América Latina a partir de la llegada de los gobiernos progresistas en la región (primera década del 2000) (Linera, 2011).↵
- El Registro Nacional de Trabajadores de la Economía Popular es una iniciativa que depende del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, Argentina y tiene por objetivo registrar a lxs trabajadorxs de la economía popular para, en base a esta información, generar políticas públicas para el sector. El informe que referimos aquí contiene datos obtenidos durante el período de registro que va desde Julio del 2020 hasta agosto del 2021, abarcando un total de 2.830.520 inscripciones. Nos referiremos con más detalle a estos datos en un apartado siguiente. ↵
- Nombro de esta manera a lo que también caracterizo como “neoliberalismo desde arriba”. Las medidas abiertamente neoliberales de gobierno, la represión, la violencia y la respuesta explícita a las medidas propuestas por el Consenso de Washington para la región. Más adelante retomo esta idea para contraponerla con el “neoliberalismo desde abajo” propuesta por Verónica Gago (2014), que pone en discusión el fin del neoliberalismo -que se pretende tal- en la emergencia de los gobiernos progresistas en América Latina.↵
- En un principio confluyeron las organizaciones: Movimiento Evita (ME), Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNFR), Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), La Alameda y la Federación de Trabajadores de Cooperativas de Infraestructura Social (FeTralCo) (Muñoz y Villar, 2017, 4). En la actualidad, hace parte de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP) articulando con otras organizaciones populares a nivel nacional (Corriente Clasista y Combativa, Barrios de Pie y el Frente Popular Darío Santillán), como modo de unificar el sindicato e ingresar a la Confederación General del Trabajo (CGT), ver: https://bit.ly/44wsys6. ↵
- Francisco I “Discurso completo del Papa Francisco en el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares”, 2015. Disponible en línea: https://bit.ly/4rUfeI9↵
- En conjunto con otras organizaciones, sumadas la CGT y las CTAs lograron proponer con éxito la Ley de Emergencia Social que los reconoce como trabajadores de la economía popular, con derecho al salario social complementario (Maldovan, et. Al, 2017). ↵
- Equipo de Antropología en Colabor es un colectivo de investigadores e investigadoras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Se formó hace más de diez años y tiene como propósito la investigación-acción ligada a la autoformación con cooperativas, empresas recuperadas y organizaciones sociales, a través de programas de extensión universitaria.↵
- Los estudios migratorios desarrollados desde Argentina conforman un campo muy vasto de aportes. Nos referiremos con más detalle al estado del arte que conforman estos trabajos, junto con otrxs desde Bolivia, en el Capítulo 2.↵
- La Ley de Migraciones 25.871 se promulgó en el 2004 durante la primera presidencia de Néstor Kirchner. Es una ley migratoria progresista que entre sus principales definiciones establece el derecho humano a migrar (Nejamkis, 2011). En 2017 el gobierno de Mauricio Macri, coalición Cambiemos, promulga el Decreto 70/2017 que establecía la posibilidad de deportar migrantes que tuvieran causas judiciales pendientes sin brindarle las mínimas garantías del debido proceso ni el derecho a la defensa; generando así una modificación de esta ley. Las organizaciones sociales de migrantxs y de derechos humanos se articulan en su repudio y exigen su derogación. Luego de varios años de lucha, finalmente fue derogado en marzo de 2021 tras declararse su inconstitucionalidad.↵
- Extraído de: https://bit.ly/4qh50jv, consultado 1/10/21.↵
- Nos referimos particularmente a la referencia teórica de Ernesto Laclau (2005) que la misma Verónica Gago establece en este punto como interlocución crítica, desafiando la idea de que el opuesto al neoliberalismo sea la “vuelta al Estado” (Gago, 2014, p. 15).↵
- El uso del “nosotrxs” en este caso se hace necesario y visibiliza mi inclusión en el proceso que estoy describiendo. Como militante feminista y como participante activa en la organización colectiva para tramar los paros feministas.↵
- El ReNaTEP es un Registro de trabajadores no asalariadxs de la Argentina. Depende de la Secretaría de Economía Social del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. El mismo comenzó a funcionar en 2020, luego del inicio de la pandemia Covid-19 con la intención de “…generar datos unificados que permitan dar cuenta de las características de la población, las formas de organización de las unidades productivas, la distribución territorial y las ramas de actividad en las cuales desarrollan sus tareas para poder pensar, planificar y desarrollar políticas públicas destinadas a este sector” (Informe ReNaTEP, Mayo 2021). El citado informe corresponde al período julio 2020-agosto 2021 y se realizó sobre un registro total de 2.830.520 inscripciones. Este registro y la generación de los informes con perspectiva en la generación de políticas públicas para todo este segmento de la población; es producto de la lucha y disputa teórico-política que desde las organizaciones sociales que conforman la CTEP -hoy parte de la Central General de Trabajadores (CGT) como Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP)-; se viene dando hace ya más de una década.↵
- El ‘52 refiere a abril de 1952 cuando estalla la Revolución Nacional encabezada por los movimientos obreros, campesino y minero. Desde ese momento inicia el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Este gobierno nacional-popular, consagra la estatización de las minas y la generación de la Reforma Agraria.↵
- Para un desarrollo más completo de esta temática, en el marco del gobierno neoliberal en Bolivia, recurrimos a los estudios de Graciela Toro (2010) y de Silvia Rivera Cusicanqui (1996)↵
- Silvia Rivera Cusicanqui en Bircholas. Trabajo de mujeres, explotación capitalista y opresión colonial entre las migrantes aymaras de La Paz y El Alto (1996), presenta los resultados fundamentales para analizar esta cuestión, a partir de un estudio realizado durante 1995 con mujeres beneficiarias de crédito de BancoSol en La Paz; en el que muestra de qué modo han operado estas entidades. Nos referiremos al mismo en el Capítulo 4.↵
- El Colectivo “Vas a disculpar” reunía a diversos investigadores en ciencias sociales interesadxs en indagar sobre el fenómeno de la economía popular en Bolivia. Entre ellxs se encontraban Nico Tassi, Carmen Medeiros, Juan Manuel Arbona, Antonio Rodríguez Carmona y Giovanna Ferrufino.↵
- Además de los trabajos de investigación individuales que también se realizaron en esta época y responden a los mismos presupuestos de marco teórico. Aquí nos dedicaremos a los trabajos colectivos, luego señalaremos algunos elementos teóricos particulares de los trabajos individuales en la misma línea de estudios como el caso de Alfonso Hinojosa (2009, 2019) para pensar particularmente la cuestión de la migración trasnacional, el de Nico Tassi y Wilson Poma (2020) para analizar los mapas de producción, acopio y circulación de las economías populares a nivel regional y global y los trabajos de Juliane Müller (2015 y 2016) para la cuestión de la articulación con China.↵
- En relación a lo que desarrollábamos anteriormente en torno a los usos y gastos de excedente socialmente producido (Tapia, 2008); toda vez que utilicemos el término “económico” esteramos refiriendo a “económico-político”. Entendemos que todas las prácticas desplegadas por estos actorxs son formas que están insertas dentro de las lógicas del capital y, al mismo tiempo, despliegan unos modos específicos de organización política. Seguiremos desarrollando en este sentido la argumentación y esperamos quede suficientemente fundamentada la idea de que cuando hablamos de dinámicas económicas populares estamos evocando una políticidad propia que se visualiza en lo económico.↵
- Sobre la arquitectura del Cholet nos explayaremos con más profundidad en el Capítulo 4. Por ahora baste decir que se trata de un estilo arquitectónico andino novedoso y en ascenso dentro de la industria de la construcción en Bolivia -e incluso en territorios de gran presencia boliviana fuera del país, como es el caso de Villa Celina en el conurbano bonaerense, Argentina-. El creador de este estilo arquitectónico es Freddy Mammani. Recomendamos la película documental Cholet (2018), dirigida por Isaac Niemand, sobre la vida de Freddy Mammani y la construcción de su estilo. ↵
- El llamado archipiélago vertical fue un sistema de organización económico-política para el control territorial en la región surandina. El etnohistoriador John Murra (1975) lo estudia en profundidad, para pensar de qué modo se organizaban los señoríos aymaras previo a la conquista del Inca. Otro autor referente en esta indagación es Ramiro Condarco (1970) que acuña el concepto de “simbiosis interzonal”.↵
- Claro está que, haciendo balance de las transformaciones que ha logrado el gobierno del MAS en las estructuras y formas de funcionamiento del Estado; éste no difiere en mucho de lo que era previamente (Tapia, 2008; Rivera Cusicanqui, 2010a). Sin embargo, hay un empoderamiento real, por abajo, que sí se fue potenciando desde el inicio del nuevo milenio hasta la actualidad y que tiene que ver con cambios en las relaciones de fuerza entre las diferentes clases, grupos y sectores sociales que conforman la abigarrada sociedad boliviana. ↵
- Se trata de una corriente de estudios etnográficos multiescala que realza nuevas premisas para estudiar dinámicas de economía informal (así la nombran) en el contexto global. Sintetizamos algunas de sus premisas teóricas más importantes: a) el proceso de globalización por arriba que fue caracterizado por mayor flujo de capital, avances tecnológicos en los sistemas de transporte, logística y comunicación y desacople de la industria en múltiples unidades productivas; es utilizado y aprovechado desde los sectores populares cómo infraestructura para agenciar una globalización “desde abajo” que genere desarrollos económicos en términos populares y no-hegemónicos. La capacidad lxs actores de la globalización desde abajo para negociar con estructuras legales, transporte global y generación de nuevos nichos de mercado para mercancías producidas en distintos lugares del planeta; es una característica fundamental de las redes de organización; b) lxs actores de las economías informales a nivel global han aprovechado la expansión productiva de países como China y han sabido moverse en los flujos que las mercancías y redes de circulación han generado; c) en el análisis de las redes de organización de las economías informales vistas desde la globalización desde abajo; el eje está puesto en prestar atención a las vías de circulación y a la producción de circulación más que a la producción; d) en estos estudios se da un gran debate en torno a las nociones de legalidad e ilegalidad, el contrabando, la falsificación, la piratería y las copias de productos que circulan en la globalización económica y son producidos de manera similar para otros circuitos.↵
- Desarrollaremos en extenso esta mirada de la historia para comprender los fenómenos del presente en el Capítulo 2.↵
- Concepto que funciona como ordenador ontológico de la cosmovisión andina. Pä significa dos y cha fuerza o energía. En la complementariedad dual del cosmos reside todo lo que existe. Aquí lo entendemos, siguiendo a Rivera Cusicanqui (2015) como operador relacional que pone en acción el dinamismo de la dualidad donde reside la capacidad de regeneración y transformación (Ibid., p. 207).↵







