Santiago García Álvarez, Aníbal Cuchietti, Leonardo Collado y Leonardo Gallo
Introducción
El estado actual de conservación de los bosques de la Argentina se encuentra en un momento crítico luego de una devastación de la superficie original, iniciada a principios del siglo xx e intensificada durante las últimas cuatro décadas.
En un primer análisis, es conveniente considerar el estado de conservación de nuestros bosques desde un enfoque de región natural, en este caso desde la regionalización forestal establecida en el Primer Inventario de Bosques Nativos, realizado entre los años 1998 y 2006 y complementado por el Segundo Inventario Nacional de Bosques Nativos (2015-2021). Para ello, tomamos en gran medida las descripciones regionales realizadas en el Atlas de los Bosques Nativos Argentinos (SAyDS 2003) y agregamos la recientemente incorporada región del Delta e Islas del Paraná (Dirección Nacional de Bosques, MAyDS 2021), que no es asimilable a ninguna de las regiones contiguas y constituye una región en sí misma. De acuerdo a esa información, la Argentina cuenta con siete regiones forestales que se describen en la Figura 1.
Las regiones forestales argentinas
Cada región tiene sus particularidades históricas, socio-culturales, socio-económicas, climáticas y de constitución específica, y en cada una de ellas el abordaje será desde la perspectiva de una descripción fisonómica, una breve descripción histórica del uso del bosque y una descripción general del tipo forestal y las amenazas que se ciernen sobre ellos.
La situación de progresiva degradación del bosque, y con ello de los RGF, como recurso económico por el uso forestal no planificado se agrava por la superposición espacial con la actividad ganadera semiextensiva no ordenada y no controlada dentro del bosque, lo que dificulta el desarrollo de renovales.
El cambio del uso de la tierra hacia la agricultura, recurriendo al desmonte mecánico y la posterior quema del residuo en grandes zonas, es uno de los procesos de transformación ambiental de mayor dramatismo en nuestro país en general. Se realiza, en general, sin una planificación territorial que la oriente, y es por ello que trae como consecuencia la erosión y degradación de los suelos, la disminución de la capacidad de retención y de infiltración del agua, el aumento de la escorrentía, la alteración zonal del agua superficial y la liberación de grandes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera.

Figura 1. Regiones forestales de la Argentina. Fuente: Dirección Nacional de Bosques (2021).
Parque chaqueño
El parque chaqueño se extiende en una amplia planicie conformada por masas boscosas heterogéneas y caducifolias que alternan con abras, pampas y bosque raleado. La temperatura y las precipitaciones condicionan la vegetación, que se va empobreciendo desde el este hacia el oeste.
La región presenta, además, una gran diversidad de ambientes con extensas llanuras, sierras, grandes ríos que la atraviesan, sabanas secas o inundables, esteros, bañados, salitrales y una gran extensión y diversidad de bosques y arbustales. Es una gran planicie con pendiente hacia el sudeste, que forma parte de la gran llanura chaco-pampeana. Los pocos ríos que la atraviesan tienen su origen en la Cordillera y siguen la imperceptible pendiente mencionada (SAyDS 2003).
El tipo de vegetación dominante es el bosque xerófilo caducifolio, con la distintiva presencia de los quebrachos (Schinopsis sp). Estas especies son de fundamental importancia ya que conforman “el techo” del bosque, pudiendo llegar hasta los 25 metros de altura y debajo del cual crecen otros árboles de madera dura, un estrato arbustivo y otro herbáceo con abundantes bromeliáceas y algunas lianas y epífitas. Las comunidades edáficas están constituidas por palmares y las estepas halófitas. La gran variedad de ambientes se traduce en una alta diversidad de especies vegetales que hacen del Chaco una de las regiones clave en términos de biodiversidad (SAyDS 2003).
En las últimas décadas, la región que más hectáreas ha perdido como consecuencia de la expansión de la frontera agropecuaria ha sido el Parque chaqueño. Para 1914, la sustitución del bosque por cultivos agrícolas y emprendimientos ganaderos ya se había producido en grandes extensiones. A partir de 1930, se expandió el cultivo del algodón en el Chaco y poco después el tabaco comenzó a tener auge en Salta y Jujuy, generando una mayor pérdida de la superficie boscosa.
El bosque de esta región actúa esencialmente como regulador del agua, como hábitat de biodiversidad y reserva genética, como proveedor de productos no madereros y como ámbito de recreación y turismo, entre otros (SAyDS 2003). La deforestación y la fragmentación que sufren los bosques de la región disminuyen no solo su valor maderero, sino también el suministro de otros bienes como PFNM y servicios ecosistémicos.
El método de corta más implementado ha sido la tala selectiva, en el cual solo se seleccionan los ejemplares sanos y de buena forma y volumen de las especies valiosas por su madera. Quedan sin cortar, por lo tanto, los ejemplares enfermos y malformados y de especies con poco valor maderero. La corta selectiva excesiva ha provocado progresivamente la degradación del bosque, creando gravísimos problemas ecológicos, económicos y sociales. Efectos negativos de la probable selección disgénica no han sido estudiados aún. Como las especies y árboles de mayor valor ya se han extraído, en la actualidad se aprovechan las especies de menor calidad maderera que se utilizan para la producción de leña y carbón vegetal, productos que no son exigentes en tamaños, calidad ni sanidad de los árboles empleados.
Muchas de las tierras boscosas son propiedades comunitarias indígenas sujetas a los derechos que el país se comprometió a cumplir y a hacer cumplir, como por ejemplo el del consentimiento libre previo e informado.
El Parque chaqueño es la región forestal con más pérdida de cobertura boscosa, y representa el 90 % de la deforestación del país. Entre 2007 y 2017, la provincia de Santiago del Estero perdió 1.026.678 ha; Salta, 796.682 ha; Formosa, 368.522 ha, y Chaco, 404.896 ha. A partir de los datos del MAyDS, se evidencia un primer pico de deforestación en el período 2003-2006, con mayor magnitud en Parque chaqueño (Mónaco et al. 2020). Desde la sanción de la ley N.° 26331, se evidencia una tendencia en baja de la deforestación, observándose una estabilización de la tasa de deforestación del 0,50 % anual. Datos del 2018 indican que la pérdida de cobertura entre 2017 y 2018 ha sido de 130.000 hectáreas. Sin embargo, en todos los períodos analizados se registró deforestación en las dos categorías de valor de conservación: I (rojo, alto valor de conservación, no sujeta intervención) y II (amarillo, mediano valor de conservación, sujeta a manejo sustentable). La deforestación para estas dos categorías alcanzó en ese período analizado el 2 % y el 48 % de la superficie respectiva.
Los desmontes producidos en las categorías I (rojo) y II (amarillo) responden a desmontes no autorizados o a la aplicación de procedimientos administrativos provinciales vinculados con la aprobación de cambios de uso del suelo y otras intervenciones con fines agrícolas y ganaderos a nivel predial (Farn-Vida Silvestre 2020). Por otro lado, hay un alarmante incremento de la contaminación por agroquímicos en áreas agrícolas con producción de soja, algodón y arroz, con la consecuente expansión de sus efectos a los ambientes circundantes a través de la vía hídrica (Figura 5).

Figura 2. Algunos datos sobre el Parque chaqueño. Fuente: Dirección Nacional de Bosques 2021. Informe Región Forestal Parque Chaqueño.

Figura 3. Gonopterodendron sarmientoi (palo santo) y al fondo Handroanthos impetiginosus (lapacho rosado) en la región del Parque chaqueño. Rollizos de palo santo de corta clandestina (foto: S. García Álvarez).

Figura 4. Palo borracho (Ceiba speciosa) (foto: S. García Álvarez). Ejemplar de quebracho blanco (Aspidosperma sp) (foto: M. Ceballos).
Espinal

Figura 5. Algunos datos sobre el Espila. Fuente: Dirección Nacional de Bosques 2021. Informe Región forestal Espinal.
Esta región se caracteriza por la presencia de planicies, llanuras onduladas y serranías bajas.
Se trata de un bosque xerófilo con predominio de especies del género Prosopis y otras especies de origen del Parque chaqueño, con excepción del quebracho colorado. Los árboles son de porte más bajo y distribución más esparcida que en el Parque chaqueño, razón por la cual se lo considera un “Chaco empobrecido”. Es un bosque abierto, con uno o dos estratos arbóreos de menos de diez metros de altura, un estrato arbustivo y otro herbáceo. Alternan con los bosques, los palmares, las sabanas y las estepas de gramíneas.
Según la especie arbórea dominante, se distinguen tres subregiones: una al norte, la del ñandubay (Prosopis affinis); en el centro la del algarrobo (Prosopis alba y P. nigra), y al sur la del caldén (Prosopis caldenia) (SAyDS 2003).
A partir de 1950, se expande la frontera agropecuaria desde la pampa húmeda hacia el interior, provocando extensos desmontes que generaron inestables equilibrios ecológicos por sus escasos recursos hídricos. La extracción indiscriminada de la vegetación maderable a lo largo y ancho de la instalación del ferrocarril se realizó para proveerlo de combustible y durmientes. Del mismo modo, se usó la madera para la delimitación de los campos ganaderos y agrícolas que requieren de la utilización de madera apta para postes, corrales y otras instalaciones rurales. Aun en la actualidad, se produce una corta desmedida de Prosopis, apreciado para estos usos por la calidad de su madera imputrescible.
El fuego, utilizado en muchos casos como herramienta para el manejo de las pasturas naturales, en varias ocasiones se descontrola y provoca incendios con efectos en las formaciones boscosas y pastizales naturales (SAyDS 2003, MAyDS 2016).
En el Espinal, la producción forestal tiene ocupación transitoria y además itinerante, no produciendo asentamientos humanos. Por otro lado, los trabajos forestales en la mayor parte del Espinal han disminuido en gran medida por la sobrexplotación y consecuente agotamiento del recurso boscoso. El paisaje primitivo ha sido alterado por acciones antrópicas, derivando en un agroecosistema con paisaje muy modificado. La construcción de líneas ferroviarias y aéreas de energía, rutas, canales de drenaje, sistemas de riego, urbanizaciones y la incorporación de especies exóticas son las acciones que más han impactado en el ecosistema natural (SAyDS 2003, Mónaco et al. 2020).

Figura 6. Celtis tala (foto: M. Ceballos).
Yungas
El paisaje de esta región es mayormente montañoso y con selvas de altura que ocupan las laderas orientales. La hidrografía es profusa, con ríos caudalosos con régimen de montaña caracterizado por grandes aluviones. Todas las cuencas de la región, particularmente en los sectores de pastizales de neblina, se encuentran totalmente desequilibradas desde el punto de vista hidrológico, situación que daña a todas las laderas correspondientes a la selva tucumano-boliviana, generando externalidades que afectan inclusive al río de la Plata por la enorme cantidad de sedimentos que recibe (SAyDS 2003).

Figura 7. Algunos datos sobre las Yungas. Fuente: Dirección Nacional de Bosques (2021). Informe Región Forestal Yungas.
El tipo de vegetación predominante es la selva nublada con árboles de gran porte, abundantes lianas y epífitas y un estrato inferior muy denso formado por hierbas y arbustos. Además, existen bosques xerófilos, bosques montanos caducifolios, praderas, etc. También se forman zonas ecotono (de transición) con otras regiones forestales. La vegetación responde a pisos altitudinales y además a un gradiente de precipitación y a la latitud, es decir, la selva pedemontana del norte de Salta es más húmeda que la selva pedemontana de Tucumán y por lo tanto presenta composición de especies distintas. Las áreas de pastizales funcionan como sistemas interrelacionados con las áreas boscosas (SAyDS 2003).
La aparición del ferrocarril en esa provincia, en 1876, impulsó el desarrollo de la explotación maderera a un ritmo comercial importante. La introducción de maquinaria de aserraje movida por motores a vapor, con consumo de madera, y la facilidad de transporte por tren a vapor, para acceder a los mercados de las ciudades del Centro y Buenos Aires, fueron los motivantes del gran ritmo de extracción de madera del bosque. Hasta los años 50 del siglo xx fueron quedando bolsones de bosque sin explotar por problemas de accesibilidad ya que la saca de los rollizos cortados se hacía con bueyes. La introducción de equipos de topadoras para la apertura de caminos y las motoarrastradoras para el arrastre de rollizos determinó que prácticamente dejaran de existir impedimentos para la extracción. A esto se sumó la introducción de la motosierra en las operaciones de corta, lo que incrementó exponencialmente la intensidad de la tala de árboles. Los bosques se explotaron en sucesivas intervenciones hasta degradarlos casi completamente.

Figura 8. A la izquierda: ejemplar adulto de Ocotea porphyria (laurel del cerro) (foto: S. García Álvarez). A la derecha: paisaje yunga con jacarandá mimosifolia en flor (foto: L. Fornés).
Este proceso de extracciones sucesivas duró, según los sitios y extensión de los bosques, entre 30 y 50 años, quedando la fisonomía boscosa pero totalmente agotada de especies de valor maderero. En la mayor parte de la región, han disminuido las existencias maderables, hecho que motivó la desaparición del 80 % de los aserraderos y la caída drástica de la productividad (SAyDS 2003).
La cultura predominante es de tipo silvopastoril. El uso que hacen los habitantes de la selva de los recursos naturales se puede sintetizar en corta de madera para construcción de viviendas, cercados y leña para combustible, caza y captura de aves y mamíferos, recolección de mieles y frutos silvestres y pastoreo de ganado mayor y menor. En varios casos, realizan otras actividades, como pequeños desmontes para agricultura, ganadería y plantaciones de frutales y quemas para obtener el rebrote anticipado de los pastizales. Estas muchas veces se descontrolan y generan grandes incendios.
Particularmente en esta región, la expansión del cultivo de la caña de azúcar, la producción frutícola –inicialmente con cítricos y en los últimos 20 años con banana, palta, mango, papaya, poroto– y a partir de mediados de los años 70 del siglo xx la vertiginosa incorporación del cultivo de soja han provocado la pérdida de aproximadamente el 80 % del área que cubrían originalmente las selvas pedemontanas, que en la actualidad se han transformado al uso agrícola, principal fuente de recursos económicos de la región.
En la zona norte de las Yungas, la producción de petróleo y gas desde los años 30 del siglo xx –intensificada a partir de su privatización– impactan también negativamente sobre la selva y transforman, muchas veces irreversiblemente, el paisaje (SAyDS 2003).
Monte
La región del Monte ocupa valles longitudinales y las faldas de las sierras vecinas, extendiéndose por las cuencas cerradas o “bolsones” y por los valles intermontanos de las sierras pampeanas. En el noroeste se forma una zona de transición con la Puna y en el noreste con la selva tucumano-boliviana, el Parque chaqueño y el Espinal. El área de bolsones es relativamente angosta pero muy extendida en el sentido latitudinal. Las cuencas están separadas entre sí por sierras peninsulares que constituyen una unidad de paisaje que se repite con regularidad. Los bolsones son sin desagüe o con desagüe temporario y deficiente (SAyDS 2003).
El tipo de vegetación predominante es la estepa arbustiva de jarilla (Larrea sp.), con abundante suelo desnudo. Estos jarillales alternan con bosques de algarrobos (Prosopis sp.) y de sauce nativo (Salix humboldtiana) a las riberas de los ríos.
Existen dos tipos de vegetación climáxica: el jarillal, en los suelos arenosos o areno-pedregosos; y la estepa espinosa, en los suelos dendrítico gruesos. En lugares ecológicamente favorables donde hay buena provisión de agua durante todo el año, como pueden ser las márgenes de los ríos y los sitios donde la napa freática se encuentra cercana a la superficie, crecen los algarrobales. Estos bosques xerófilos son muy similares a los del Parque chaqueño y a los del Espinal, pero algo empobrecidos en cuanto a número de especies y cantidad de individuos. Florísticamente, dominan elementos del Parque chaqueño como el algarrobo blanco (Prosopis alba), el algarrobo negro (Prosopis nigra), el chañar (Geoffroea decorticans), el algarrobo dulce (Prosopis flexuosa) y el algarrobo chileno (Prosopis chilensis), entre otros (SAyDS 2003).
En la época en que los bosques estaban ocupados por pueblos indígenas, los algarrobos se usaban fundamentalmente como recurso alimenticio para el hombre. La introducción de ganado en la región incrementó el uso forrajero de los productos del bosque, afectando a su regeneración natural ya que incrementaron sensiblemente los vectores de dispersión.
A principios del siglo xx, comienza una etapa de expansión de la red ferroviaria en la región que provoca una intensificación notable de la explotación de tipo extractivo. Importantes nudos ferroviarios se instalan en áreas de maderas duras, que funcionan hasta la Primera Guerra Mundial y son abandonados al agotarse el recurso. Esta fue quizás la etapa de mayor degradación de varios bosques del Monte, muchos de los cuales han desaparecido completamente.
Con el mayor aumento de la población, se incrementa la demanda de combustible (leña y carbón), que se llevó a cabo en forma irracional, no planificada y como si el bosque fuese un recurso minero. En los años 40 y 60 del siglo xx se empiezan a establecer los viñedos en Cuyo, y el bosque de algarrobo y retamo es talado para su utilización en los sistemas de conducción.
Nuevas demandas de mercado estimulan la tala de algarrobo para mueblería y para parquet. Se inicia entonces una etapa de corta selectiva. Este uso no se puede comparar en magnitud con la extracción para carbón, pero es negativa en la medida en que la selección lleva a la pérdida de los pocos ejemplares que quedan de buen fuste.

Figura 9. Algunos datos sobre el Monte. Fuente: Dirección Nacional de Bosques (2021). Informe Región Forestal Monte.
En los últimos años, se inicia un proceso de revalorización del uso de los bosques del Monte y del parque chaqueño árido, orientado a racionalizar su uso y a la reforestación de los bosques altamente degradados.

Figura 10. Monte serrano. Formación de Lithraea molleoides (foto: M. Ceballos). Corteza de chañar (Geoffroea decorticans) (foto: S. García Álvarez).
Las causas fundamentales de esta pérdida de recursos vegetales en el Monte han sido la tala indiscriminada de los algarrobales, el desmonte, el sobrepastoreo y los incendios. Las consecuencias son un sistema altamente degradado con muy baja productividad (SAyDS 2003).
Bosque andino patagónico
La geomorfología de la región está marcada por la presencia de la cadena montañosa de los Andes del sur. La orografía condiciona una gran diversidad de ambientes y paisajes modelados por la cadena montañosa. Otro factor importante es la historia glaciaria y el vulcanismo. Las sucesivas glaciaciones modelaron el paisaje, determinaron la ubicación de los refugios glaciarios a partir de los cuales se recolonizó la zona boscosa actual y han definido la distribución actual de los recursos genéticos de varias especies forestales nativas (Marchelli y Gallo 2004, Pastorino y Gallo 2009; Gallo et al. 2009, Azpilicueta et al. 2013a). Por su parte, el vulcanismo fragmentó el bosque y ayudó a definir la diversidad y diferenciación genéticas de sus poblaciones. Además, cubrió vastas zonas con un manto de sedimentos formado por cenizas volcánicas sobre las que se desarrollaron los suelos fértiles actuales.
La hidrografía de la región está muy relacionada con los fenómenos glaciarios. La inmensa mayoría de los lagos cordilleranos son de origen glaciario y actualmente se alimentan principalmente por los deshielos de las altas cumbres.
La Cordillera de los Andes actúa como divisoria de aguas, siendo la mayoría de los ríos patagónicos de desagüe en el océano Atlántico con un régimen regulado por los deshielos estacionales que tienen lugar en la cordillera.
El tipo de vegetación dominante es el bosque, caducifolio o perennifolio, y existen también praderas y turberas. Casi la mitad del total de la región está cubierta por bosques espontáneos; el resto corresponde a zonas de alta montaña con formaciones vegetales más bajas, valles con pastizales, claros naturales o producto de incendios, espejos de agua, campos de hielo, centros urbanos, caminos y espacios destinados a cultivos, entre otros.
De los géneros presentes, solo 20 son arbóreos y el 90 por ciento de la superficie ocupada por estos corresponde al género Nothofagus. Se distinguen cuatro subregiones: bosque caducifolio, magallánico, valdiviano y del pehuén (SAyDS 2003).
Los impactos humanos comienzan a ser más importantes en los últimos 150 años, época en la que comienzan los asentamientos en la región, ya que la madera del bosque fue utilizada para construir viviendas, cercos y galpones, se utilizó leña para calefacción e inclusive se desmontó para cultivos de huerta y para hacer praderas para el ganado o habilitar campo para algunos cereales. La radicación de poblaciones humanas en la cordillera se vio favorecida por el clima menos riguroso que el predominante en la estepa patagónica. La colonización de la región trajo consigo la ganadería como la principal actividad productiva, utilizando los valles bajos y húmedos para invernar esa hacienda antes de su entrega en destino. Sin embargo, por tratarse de un ecosistema predominantemente boscoso, los pobladores provocaban incendios con la necesidad de clarear la cubierta de bosque natural denso para dar lugar al crecimiento espontáneo de las pasturas naturales, hecho que provocó una reducción de la superficie original de los bosques. En conclusión, el asentamiento humano y su principal actividad productiva se efectuaron a expensas del bosque. Los sectores que fueron sometidos a la extracción selectiva de maderas abastecían la reducida demanda local y a poblaciones del lado chileno.

Figura 11. Algunos datos sobre el bosque andino patagónico. Fuente: Dirección Nacional de Bosques (2021). Informe Región Forestal Bosque Andino Patagónico.
La creación de los grandes parques nacionales y de los distintos entes de control efectivo comenzó a partir de 1934 y disminuyó el impacto del fuego sobre los bosques y la expansión desordenada del asentamiento humano, fomentando el desarrollo turístico a merced de los atributos escénicos del paisaje.

Figura 12. Bosque andino patagónico. De izquierda a derecha y de arriba hacia abajo: bosque mixto de Nothofagus (N. nervosa, N. obliqua, N. dombeyi), cuenca Lácar, individuos de 150-300 años de edad (foto: L. Gallo). Bosque de lenga (Nothofagus pumilio) con cicatriz de volteo por viento en Tierra del Fuego (foto: L. Collado). Bosque de araucaria araucana en Pino Hachado (foto: J. Sanguinetti). Bosque maduro de lenga (Nothofagus pumilio) en Tierra del Fuego.
La principal causa de la pérdida del BCGF en esta región son los incendios forestales, seguidos por la herbivoría. La combinación de ambas (los incendios y la posterior actividad ganadera terminan definitivamente con el bosque). La expansión de la actividad ganadera luego de la colonización de la región por blancos y mestizos provenientes de ambos lados de la cordillera y los asentamientos provocaron y siguen provocando un fuerte impacto sobre el ecosistema (SAyDS 2003). A ella se le suma el efecto de otros herbívoros nativos como el guanaco o introducidos como el castor (Tierra del Fuego), pero también grandes poblaciones de ganado doméstico asilvestrado, que ante la ausencia de predadores están produciendo un proceso extensivo de degradación de los bosques (Collado y Bava 2020).
Selva paranaense
Esta región abarca la provincia de Misiones y constituye el extremo meridional de una formación que se extiende esencialmente en el Brasil y penetra en el noreste del país. Es una gran meseta delimitada por dos grandes ríos, el río Paraná en el oeste y el río Uruguay en el este. La línea divisoria entre ambas cuencas se eleva hasta los 850 metros sobre el nivel del mar y constituye el eje central de la meseta, desarrollándose en sentido NE-SO.
La Selva paranaense alberga y forma parte de la mayor biodiversidad que se registra en el territorio argentino. Esta selva cobija, al igual que los ríos que la circundan, una variada y rica fauna terrestre e ictícola. El tipo de vegetación dominante es la selva subtropical, con una muy variada cobertura, conformada por cinco estratos verticales: tres arbóreos, uno arbustivo con bambúceas, uno herbáceo y otro muscinal al ras del suelo. También son características las enredaderas, las lianas y las epífitas, como las orquídeas y los claveles del aire.
Hacia el sur de la región, la formación vegetal predominante es la sabana, con una gran variedad de gramíneas. Sobre las márgenes de los cursos de agua crecen selvas marginales que forman angostas galerías que se extienden a lo largo de los ríos Paraná, Uruguay y otros cursos menores.
La extracción de recursos forestales en la región comienza en la época jesuítica (1609-1767). La explotación inicial del bosque se concentró en dos productos abundantes en la región: la yerba mate (Ilex paraguariensis) y la madera. El consumo de la yerba se generalizó en la época colonial y fueron precisamente los jesuitas quienes tuvieron el monopolio de su producción. El otro motor del desarrollo de la región fue la madera. La explotación del bosque se efectuaba mediante los obrajes situados cerca de los ríos, sobre todo del Paraná, que era el único medio de transporte. Posteriormente, se generalizó el uso del ferrocarril, y más recientemente, el transporte automotor.
Por otro lado, la forestación con especies exóticas fue promovida de diversas maneras, sea mediante incentivos tributarios, subsidiando directamente la forestación o por facilidades crediticias, cuya reglamentación indirectamente incentivaba el desmonte.
En la actividad forestal en Misiones pueden distinguirse tres etapas: la primera, que da comienzo en el siglo pasado y cuya caracterización es el obraje forestal. La segunda etapa conlleva la instalación de aserraderos e industrias como las del debobinado y faqueado. La tercera etapa comienza después de los años 50, con los proyectos industriales celulósicos papeleros, que trajeron aparejada la necesidad de plantación de especies exóticas de rápido crecimiento, generalmente realizada en tierras cubiertas por bosque nativo mediante la tala rasa y posterior quema situados cerca de los ríos, sobre todo del Paraná, que era el único medio de transporte (SAyDS 2003).

Figura 13. Algunos datos sobre la Selva paranaense. Fuente: Dirección Nacional de Bosques (2021). Informe Región Forestal Selva Paranaense.
El retroceso de la superficie de las masas boscosas nativas y, por lo tanto, del BCGF, obedece principalmente al cambio del uso del suelo para su utilización con fines agrícolas y, en particular, con destino a bosques implantados con especies exóticas. Otro de los motivos por los que se presiona sobre el bosque nativo es la extracción selectiva de larga data de las denominadas “maderas de ley” (Cedrela fissilis, Handroanthus heptaphyllus, Myrocarpus frondosus y Cordia trichotoma (Keller 2010), si bien en los últimos años también se ha intensificado el uso de las maderas consideradas tradicionalmente “de segunda” (SAyDS 2003).

Figura 14. Selva misionera. Ejemplar de palo rosa (Aspidosperma polyneuron) (foto: P. Peri).
Delta e islas del Paraná
La región del Delta del río Paraná se extiende en la porción inferior de la cuenca de este río a lo largo de aproximadamente 300 km, entre la ciudad de Diamante (Entre Ríos) y la ciudad de Buenos Aires. La región conforma una extensa y morfológicamente compleja planicie inundable cuyos límites y características bien definidas la separan de las regiones forestales vecinas.
Apenas el 4 % de la región está ocupado por bosques nativos. A pesar de su escasa representación espacial, estos bosques presentan una variedad de tipos diferentes, entre los que se destacan tres zonas muy diferentes. El bosque fluvial mixto en el Delta superior, con una importante diversidad de especies entre las cuales se destacan timbó blanco (Albizia inundata) y colorado (Enterolobium contortisiliquum), el ceibo (Erythrina crist-galli), el laurel (Ocotea acutifolia), el ingá (Inga edulis), el ubajay (Hexachlamis edulis), el curupí (Sapium haematospermum), el canelón (Myrsine laetevirens) y la tala (Celtis tala), entre otros, y los bosques de Salix humboldtiana y en menor medida de Tessaria integrifolia en el delta medio.
En el delta inferior, bosques de características más xerofíticas como el de algarrobo o de Vachellia caven (espinillo), se emplazan en la porción entrerriana, mientras que bosques más higrófilos como los de ceibo son colonizadores primarios de las islas jóvenes del frente de avance del delta y forman comunidades monoespecíficas en sitios de media loma en el interior de las islas del bajo delta.
El bosque de los albardones de estas islas, conocido como “monte blanco”, de gran diversidad florística y complejidad estructural, es hoy apenas un componente relicto del paisaje, que fue reemplazado por plantaciones frutales primero, luego forestales (sauces y álamos). El Monte blanco está conformado por numerosas especies de herbáceas, enredaderas, epífitas, arbustos y árboles entre los que se destacan la palmera pindó, la murta, el ingá, el mataojo, el chal-chal y la anacahuita. Hoy en día, el espacio ecológico de estos bosques es recuperado a través del desarrollo de bosques secundarios con dominancia de especies exóticas como el Ligustrum lucidum (ligustro), Ligustrum sinense (la ligustrina), Fraxinus sp (el fresno), Acer negundo (el arce), entre otras. Por su parte, cerca del 4 % de la superficie total comprende las plantaciones forestales de sauces y álamos emplazadas en el Delta inferior, que reemplazaron a la cobertura vegetal original (Iniciativas Sustentables en los humedales del Paraná Inferior 2010).
En la superficie protegida dentro de las reservas naturales existen dos áreas de conservación bajo la órbita de la Administración de Parques Nacionales que cubren solo el 1,08 % de la ecorregión (Bó, 2005).
En setiembre de 2008, como reacción a los incendios desatados, los gobiernos de Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires y la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación firmaron un acta de intención para elaborar el Plan Integral Estratégico para la Conservación y Aprovechamiento Sostenible en el Delta del Paraná (PIECAS-DP), con el objetivo principal de que se constituya en una herramienta de ordenamiento ambiental del territorio (Iniciativas Sustentables en los Humedales del Paraná Inferior 2010). En el 2020, grandes incendios forestales intencionales tuvieron lugar como forma de renovación de los pastizales para la actividad ganadera.
Pérdida del BCGF a nivel nacional
Desmonte
Se estima que en los últimos 100 años la Argentina perdió aproximadamente el 66 % de su superficie boscosa (unos 70 millones de hectáreas) y con ello los bienes, pero esencialmente los servicios ambientales que brindaban y una invaluable cantidad de diversidad genética. Entre las causas de pérdida se destacan dos:
- El avance de la frontera agrícola, y
- Los incendios forestales.
La pérdida de bosques debido a los desmontes para extender la frontera agrícola y ganadera y a los incendios (en el 95 % de origen antrópico y gran parte intencionales) en los últimos 10 años ascendió a casi 3 millones de hectáreas (Mónaco et al. 2020), ubicando al país entre los 10 primeros que más superficie de bosque perdieron recientemente.
La pérdida de bosque nativo en el periodo 2007-2018 se localizó principalmente en la región del parque chaqueño (87 %), fundamentalmente en las provincias de Chaco (14 %), Formosa (13 %), Salta (21 %) y Santiago del Estero (28 %) (Mónaco et al. 2020). Esta región fue la más afectada en cuanto a los cambios en el uso de la tierra hacia la producción agrícola (especialmente de oleaginosas y cereales) y ganadera (Figura 15).

Figura 15. Proporción provincial de la deforestación durante el período 2007-2018.
Con referencia a la tasa anual de pérdida de bosque nativo desde el año 2006, se observa una marcada disminución desde la sanción de la ley N.° 26331 (Ley de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos) hasta el año 2014, que luego se estabiliza para mostrar después una tendencia al aumento a partir del año 2017. La región forestal del parque chaqueño presenta los valores más altos de porcentaje anual de pérdida de bosque nativo a lo largo del tiempo, aunque a partir del año 2014 se evidencia una disminución de esta. En los años 2017 y 2018, en la región del Espinal, se presenta un alto valor de pérdida anual a nivel de bosque nativo debido principalmente a los incendios ocurridos en temporada estival (Figura 16).

Figura 16. Evolución del porcentaje anual de pérdida de bosque nativo en las regiones forestales analizadas.
El 48 % de la pérdida de bosque nativo a nivel nacional corresponde a la categoría amarilla, es decir, aquella en donde el bosque debería ser manejado a perpetuidad sin autorización de cambio de uso del suelo (Figura 17).

Figura 17. Pérdida de tierras forestales y otras tierras forestales al año 2018 por categoría de ordenamiento territorial.
La pérdida de bosque durante el año 2018 se distribuyó en casi todo el país, aunque con mayor incidencia en el parque chaqueño (Figura 19).
Probablemente, el mayor impacto del desmonte tenga que ver con el desalojo de sus territorios ancestrales de comunidades indígenas y campesinas, que viven en una relación armónica con el bosque y lo aprovechan integral y sustentablemente.
En el caso del cambio de uso de suelo hacia la agriculturización, la contaminación posterior por aplicación indiscriminada y excesiva de agroquímicos en los cultivos afecta nuevamente a la biodiversidad de los restos de ecosistemas remanentes y a la población humana (Sarandón 2020) (Figura 18).

Figura 18. Distribución de la pérdida de bosques durante el año 2018.

Figura 19. Evolución del desmonte en el Parque chaqueño 2000-2019 (fotos: Nasa; Modis, 2020).
Por otro lado, vale la pena mencionar que el suelo deforestado es utilizado un par de años y luego abandonado y sujeto a la salinización y a la erosión eólica e hídrica por escorrentía. Las napas freáticas luego del cambio de uso del suelo suben, se reduce sensiblemente la capacidad de infiltración de los suelos (de 300 mm con Monte pasa a 30 mm con cultivo de soja), y ello trae aparejadas graves inundaciones, aun a varios kilómetros de donde ocurrió el desmonte (Figura 20).


Figura 20. Asociación entre el aumento de la napa freatica (menor capacidad de infiltración de los suelos) y el aumento de la superficie de cultivos (especialmente soja) en la zona de Marcos Juárez (Córdoba). Fuente: Bertram y Chiacchiera (2013). INTA Marcos Juárez (Córdoba).
Incendios forestales
En cuanto a los incendios forestales, se originan en más del 95 % de los casos por negligencia o intención del ser humano (para liberar tierras para el pastoreo y la agricultura o en relación con el mercado inmobiliario). En las diferentes regiones del país, el riesgo de incendios aumenta sensible y diferencialmente durante el período seco del año.
En el sudoeste es durante los meses de diciembre a marzo; en el noreste, desde octubre a marzo, y en el centro, norte y noroeste, entre mayo y noviembre (SINAGIR 2020). Durante el año 2016, se quemaron 176.618 ha de hectáreas de bosque nativo en unas 14 provincias argentinas, que sumados a incendios de pastizales y arbustales superaron el millón de ha (MAyDS 2016). La Pampa resultó ser la provincia más afectada. Entre 2007 y 2016, se incendiaron unos 5 millones de ha (Figura 21).

Figura 21. Cantidad y superficie nacional afectada por incendios entre los años 2007 y 2016. Fuente: MAyDS (2016).
El impacto que tienen los incendios en la pérdida del BCGF es notable en algunas regiones. Por ejemplo, en las regiones del Monte y el Espinal se vieron muy afectadas por los grandes incendios en los veranos de 2017 y 2018. El 95 % de la pérdida de bosque nativo se debió a esta causa. También constituyen la principal pérdida de bosques en la región de los bosques andino-patagónicos, en donde la presión inmobiliaria utiliza muchas veces la vía del fuego para habilitar luego zonas a la construcción de viviendas (Figuras 22, 23 y 24).

Figura 22. Hectáreas de Bosque Nativo incendiadas durante el año 2016. Fuente: MAyDS (2016).

Figura 23. Incendio bosque de Pewen (Araucaria araucana), en Tromen, Parque Nacional Lanín, 2009 (foto: Parque Nacional Lanín).

Figura 24. Incendio en Monte Serrano (Córdoba) (foto: M. Ceballos).
El cambio climático agrega una variable de suma importancia y que obliga a tomar una decisión estratégica para conservar los RGF. Las condiciones metereológicas con aumento de temperatura –y en algunas zonas del país también de sequía–, la carga de combustible acumulado por falta de gestión y la capacidad de los equipos de extinción para enfrentar las fuentes de calor extremas auguran que continuará el aumento de episodios extremos que no podrán ser controlados (Castellnou 2022). Es por eso que para evitar la pérdida drástica de los RGF boscosos debido a incendios forestales se debería promover la gestión forestal en todos los bosques del país, incluyendo a los de las áreas protegidas.
Ganado en el bosque
El avance de la actividad agrícola ha ocasionado un desplazamiento de la frontera ganadera hacia zonas marginales o extrapampeanas, como es el caso de la subregión semiárida en la región del Parque chaqueño.
El ganado doméstico ha sido manejado armoniosamente con el bosque por parte de la mayoría de las comunidades indígenas y campesinas, que lo adoptaron y adaptaron a sus condiciones de vida desde su introducción en el territorio durante la colonización española (Figura 25).

Figura 25. Ganado ovino manejado dentro de bosque de Nothofagus obliqua en territorio de la comunidad mapuche curruhuinca, Cuenca Lácar, P. N. Lanín (foto: L. Gallo).
Dentro de las alternativas de actividades ganaderas, se presenta el uso silvopastoril (SP), para lo cual es necesario modificar el ecosistema boscoso original a través de técnicas de desarbustados y reducción de cobertura arbórea. En muchos casos, el raleo arbóreo y arbustivo se realiza en un grado de intensidad elevado y eso conlleva la pérdida de la funcionalidad del ecosistema boscoso, principalmente la de los servicios ambientales. El estrato arbóreo que provee la sombra necesaria para pastizales de calidad y mayor ganancia corporal del ganado se ve también afectado por la eliminación total del sotobosque ya que ello afecta, en muchos casos, a las poblaciones de insectos polinizadores (Dicks et al. 2021). De esta manera, muchos de los sistemas silvopastoriles terminan deviniendo en un desmonte diferido en el tiempo.
En el año 2018, un 53 % del total de las áreas que fueron identificadas con pérdida de bosque nativo para la provincia de Santiago del Estero estaban siendo utilizadas como sistemas silvopastoriles. En Chaco, esta superficie destinada a un posible uso SP representa el 65 % de las áreas deforestadas en la categoría II amarillo detectadas para el año 2018, mientras que en Santiago del Estero representa un 60 %.
En relación con esta situación, cabe mencionar la existencia del Plan Nacional de Manejo de Bosques con Ganadería Integrada (MBGI), el cual fue creado en el marco del convenio de articulación interinstitucional suscripto entre el Ministerio de Agroindustria y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación. Los objetivos de dicho Plan son los siguientes: 1) armonizar políticas públicas de desarrollo agropecuario con los objetivos de la Ley de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos (ley N.° 26331); 2) establecer lineamientos técnicos para planes foresto-ganaderos en las áreas de bosques nativos del país que respeten los criterios de sustentabilidad establecidos en los OTBN, y 3) diseñar estrategias de adopción tecnológica dirigidas al sector productivo que integren instrumentos de investigación y asistencia técnica.
El enfoque de MBGI que se propone se refiere a la planificación de todo tipo de actividad ganadera dentro del bosque nativo con una visión de manejo sistémico y multipropósito que, además de los objetivos productivos, contemple la dinámica del bosque y la interacción entre sus componentes. Surge como alternativa al Sistema Silvopastoril tradicional con el objetivo de llevar adelante la actividad ganadera en bosques evitando una reducción significativa de la masa boscosa. Si bien el MBGI es una propuesta técnicamente sustentable, en manos de empresarios inescrupulosos termina convirtiéndose muchas veces en la antesala de la desaparición del bosque. Manejar ganado en el bosque es posible –y muchas veces necesario– para disminuir el combustible y con ello la probabilidad de incendios. Sin embargo, no es para cualquier tipo de productor; particularmente, resulta poco adecuado para grandes empresas y se adapta mucho mejor a la relación que pequeños productores o comunidades indígenas y campesinas tienen con el bosque.
Emisión de CO₂
La pérdida de bosque conlleva también a un balance negativo en emisión de CO2 ya que por un lado grandes superficies dejan de fijarlo, pero además los incendios forestales y los desmontes con quema de la madera amontonada en trincheras, práctica habitual, son fuentes de emisión directa de importancia. Las diferentes regiones forestales poseen diferentes valores de emisión, destacándose el Parque chaqueño, con más del 70 % de las emisiones de todos los bosques del país (Tabla 1).

Tabla 1. Estimaciones de las emisiones de CO₂ provenientes de las áreas de pérdida de bosque nativo en el año 2018 por región forestal para tierras forestales (TF) y otras tierras forestales (OTF).
Los principales problemas ambientales que generan los desmontes y los incendios son la pérdida de biodiversidad, el desalojo violento de comunidades indígenas y campesinas que pasan a engrosar las periferias pobres de las ciudades cercanas, la emisión de CO₂ y la pérdida de los servicios ambientales que brindaba el bosque. Las comunidades han sido guardianas de los bosques hasta la llegada de los colonizadores, gestionando su conservación mediante prácticas vinculadas al manejo adaptativo (uso diversificado del bosque, descanso de áreas de pastoreo o de ocupación, trashumancia, manejo sucesional para generar heterogeneidad, etcétera).
Gran parte de los incendios forestales y desmontes tienen como origen la consolidación de un sistema productivo y de desarrollo implementado desde el origen del país. La base esencial de la pérdida del BCGF se debe, por lo tanto, al modelo de desarrollo implementado en el país desde su creación y su papel en el comercio internacional como colonia agroexportadora proveedora de materias primas para la alimentación humana y animal. Desde fines del siglo xix, las prácticas hegemónicas del uso y ocupación del territorio manejaron el bosque con un patrón extractivista y cortoplacista que derivó en su destrucción, sobreexplotación y degradación en desmedro de la conservación del BCGF y la regeneración.
Existen otras causas de degradación de los bosques y por lo tanto de pérdida del BCGF. Entre ellas, podemos citar a la extracción selectiva y excesiva de especies realizada durante décadas en diferentes bosques del país, particularmente en las selvas subtropicales (Cedrela, Handroanthus, Cordia, Aspidosperma, etc.). La explotación de los bosques, es decir, el aprovechamiento excesivo, tal como ocurrió con el quebracho colorado, Schinopsis balansae, en parte del Parque chaqueño para la extracción de taninos, la elaboración de cientos de miles de durmientes para el ferrocarril, postes y para combustible. El desarrollo de la Argentina ganadera (posteriormente agrícola-ganadera) y del ferrocarril nacional (segundo en extensión en América) se basó esencialmente en la extracción del recurso maderero de la región del Parque chaqueño, degradando una buena parte de sus bosques. Por otro lado, la compañía inglesa La Forestal (Compañía de Tierras, Maderas, y Ferrocarriles La Forestal Ltda.) controlaba más de dos millones de hectáreas de bosques de quebracho, arrebatadas a las comunidades indígenas por acuerdos entre los gobiernos y la compañía, y fue el principal productor de tanino del mundo en la primera mitad del siglo xx (Ainsuain 2019). También resulta emblemático el caso de la explotación de los caldenales (Prosopis caldenia) a principios del siglo pasado para la confección de adoquines, parquets, colmenas, mueblería, postes, tutores para la fruticultura, leña y carbón. En especial, durante las dos guerras mundiales, su madera se utilizó como combustible para las locomotoras del ferrocarril hasta aproximadamente 1940 (Lell 2005).
En algunos casos, se combinó la extracción abusiva con la introducción de especies exóticas invasoras que ocuparon el hábitat original de la especie nativa. Esto ocurrió por ejemplo con el único sauce nativo, el Salix humboldtiana, una de las especies arbóreas más amenazadas, muy utilizada por los primeros colonos europeos que se asentaron en las cercanías a los cursos de agua (Fig. 27). Después de ser devastado, se introdujeron clones exóticos de sauce que rápidamente invadieron los ríos quitándole hábitat a la especie nativa, evitando su regeneración e hibridando con ella (Gallo et al. 2016 y 2020).
La verdadera escala temporal en el concepto de pérdida de superficie boscosa
Vale la pena destacar que la pérdida de bosque es un proceso acumulativo que transcurre en una escala temporal mucho más veloz que la del tiempo necesario para su recuperación. En los últimos 100 años, tiempo que podría considerarse apropiado para la recuperación de un suelo forestal desmontado o incendiado, la Argentina perdió una superficie boscosa de unos 70 millones de hectáreas. La recuperación del bosque no se mide en años, sino en décadas o siglos. Cada hectárea de bosque que se pierde se suma a lo ya perdido.
Adicionalmente, las actividades de restauración que se realizan en nuestro país son, comparativamente, insignificantes. En el país se perdieron entre 2007 y 2020 en promedio unas 280.000 ha por año (MAyDS 2021) y se restauran menos de 1000. Las iniciativas de restauración por parte del gobierno y de organizaciones privadas o internacionales son bienvenidas –tienen un valor simbólico muy grande–, pero son sin dudas largamente insuficientes. La mejor estrategia de conservación del bosque nativo comienza por evitar la pérdida de su superficie debida principalmente a desmontes y a incendios.

Figura 26. Población fragmentada de Salix humboldtiana en el límite austral de la especie en América Latina. Río Chubut, Patagonia, Argentina (foto: L. Gallo).
Resumiendo, en las últimas décadas, la Argentina ha sufrido un importante reemplazo y degradación de sus bosques nativos. Desde los años 90 del siglo xx comenzó un fuerte pulso de deforestación favorecido por la inversión en infraestructura y los cambios tecnológicos en agricultura con la utilización de semillas transgénicas resistentes a herbicidas.
Necesidad de un monitoreo permanente del BCGF
Con la ayuda financiera y organizacional de la FAO se acaba de realizar el Segundo Inventario Nacional de Bosque Nativo (INBN). El trabajo, realizado en más de 4000 parcelas distribuidas en una grilla que cubre todo el territorio nacional en forma sistemática, es de enorme importancia por la metodología y la cantidad de datos relevados.
Un gasto y esfuerzo muy grande para la realización de los inventarios forestales es la localización y logística de acceso a las parcelas, ya que muchas de ellas están en lugares remotos lejos de toda vía de comunicación.
Muchos de los datos que se relevan en un inventario forestal son también de mucha importancia para la evaluación del estado de conservación del BCGF (bien común genético forestal), y de hecho para la realización del presente informe hemos utilizado esa actualizada y valiosa información. Sin embargo, una vez realizado el enorme esfuerzo de localizar y acceder a las parcelas de muestreo en el bosque nativo nacional, costaría muy poco esfuerzo adicional relevar información de importancia específica sobre los recursos genéticos forestales (fragmentación, regeneración de bosque y sotobosque, presencia de aves y murciélagos, toma de muestras de tejido para análisis molecular, etc.), modificando levemente en algunas de las parcelas la metodología de muestreo.
Se podría hacer más eficiente el uso de los recursos financieros y de los esfuerzos de logística y toma de datos si durante el inventario forestal se recavara también información sobre el estado de conservación de los RGF (ver Plan de Acción Global sobre la Conservación, Uso Sustentable y Desarrollo de los RGF en Argentina [FAO 2020]).








