Santiago García Álvarez, Aníbal Cuchietti, Natalia Acosta y Leonardo Gallo
Definición en la Argentina
En la Argentina existe una definición oficial de bosque nativo establecida por la Ley N.° 26331 de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de Bosques Nativos, su decreto reglamentario N.º 91/2009 y la resolución COFEMA N.° 230/2012. Esta comprende a todos los ecosistemas forestales naturales en distinto estado de desarrollo, de origen primario o secundario, que presentan una cobertura arbórea de especies nativas mayor o igual al 20 % y con árboles que alcanzan una altura mínima de 3 metros, incluyendo palmares (MAyDS 2020 y 2021).
En el reciente Segundo Inventario Nacional de Bosque Nativo (INBN2 2020-21), del cual se obtiene parte de la información actualizada para el presente informe, se sigue la definición oficial. Se considera bosque nativo a: a) las tierras forestales (TF) que constituyen un ecosistema natural, que presentan una cobertura arbórea de especies nativas mayor o igual al 20 %, con árboles que alcanzan una altura mínima de 7 m y a otras formaciones leñosas (OFL) clasificadas como b) palmares (OFL 5) y c) superficies con una cobertura arbórea de especies nativas mayor o igual al 20 %, con árboles que presentan entre 3 y 7 m de altura (OFL 3). Estas tres categorías fueron las inventariables en el INBN2 (Fig. 1).

Figura 1. Categorías inventariables en el Segundo Inventario Nacional de Bosques Nativos. Fuente: MAyDS (2021).
Con base en ello, otras tierras forestales (OTF) comprenderían aquellas formaciones con una cobertura arbórea de especies nativas entre 5 y 20 % con árboles que alcanzan una altura mínima de 7 m (OFL 1) (Fig. 2), una cobertura arbórea de especies nativas mayor o igual al 20 %, con árboles que presentan una altura menor a 3 m (OFL 2) (Fig. 2), al menos un 20 % de cobertura arbustiva de especies nativas, con arbustos de altura mínima de 0,5 m (OFL 4) y cañaverales (OFL 6).

Figura 2. Región de los bosques andino patagónicos, fragmento de ciprés de la cordillera. Ejemplo de cobertura menor al 20 % y de árboles entre 3 y 7 m de h (OFL 1 y OFL 2).
Esta clasificación difiere de la sugerida por la FAO, que considera bosque a aquellos ecosistemas forestales cuya cobertura de copa supera el 10 % de la superficie y con árboles de más de 5 m de altura (FAO, 2005). La clasificación de la FAO tiende, por lo tanto, a incluir una mayor cantidad de superficie considerada como bosque y, consecuentemente, una menor superficie de lo considerado como OTF.
Distribución territorial
De las regiones forestales del país (Capítulo 2), las que contribuyen naturalmente con la mayor cantidad de OTF son la región del Monte, la del Espinal y la de los bosques andino- patagónicos. En ellas se encuentra la mayor superficie con árboles menores a 3 m de altura y la mayor cantidad de formaciones arbustivas. No obstante, cuando analizamos la degradación de los bosques nativos de alta productividad maderera, otras regiones como las Yungas, la selva misionera o el Parque chaqueño aportan grandes superficies de bosques degradados por la acción humana y que en la actualidad no llegan a cumplir con el 20 % de cobertura.
Muchos de los bosques en donde se produjo el cambio de uso del suelo fueron abandonados luego de unos primeros años de actividad agrícola y ganadera. Los sistemas silvopastoriles o el MBGI transforman algunas veces un bosque nativo en otra tierra forestal al disminuir el grado de cobertura de los árboles por debajo del 20 % de la superficie. La sobreexplotación de bosques madereros es otro factor de fuerte disminución de la cobertura arbórea que convierte parte de la enorme superficie donde originalmente hubo bosque en lo que en la actualidad es considerado “otras tierras forestales” (OTF) (Tabla 1).
Según los resultados al finalizar el PINBN –año 2005– (MAyDS 2005), las tierras con vegetación leñosa ocupaban en la Argentina unos 65 millones de hectáreas (23 por ciento de su territorio), de las cuales algo más de 31 millones correspondían a bosques (tierras forestales).

Tabla 1. Principales causas de pérdida de bosque nativo. Fuente: MAyDS (2021).
Como se observa en la Tabla 1, el 66,6 % de la pérdida de bosques se debe al avance de la frontera agrícola y a la degradación ocasionada en los sistemas silvopastoriles o MBGI mal manejados. Una buena parte de la superficie que se pierde por desmonte se abandona luego de unos pocos años de agricultura; en algunos sitios se origina un fenómeno de salinización, y se empieza a recuperar lentamente con algunas especies forestales pioneras de porte menor. Todas estas alteraciones confoman, junto con las formaciones arbustivas y los bosques con árboles de menos de 3 m de altura, lo que se considera otras tierras forestales.
Pérdida de superficie de OTB
Tal como muestra la Figura 3, durante el año 2019 se perdió el 4 % de la superficie de otras tierras forestales, alrededor de 1,2 millones de hectáreas, correspondiendo a las provincias de Buenos Aires, San Luis, Tucuman, Santiago del Estero y Río Negro las mayores pérdidas. Estas pérdidas se deben también principalmente a incendios y a desmontes para el cultivo de materias primas, a lo que se agrega en este tipo de vegetación la fuerte extracción de leña, particularmente en las zonas áridas.
Por lo tanto, como ocurre en todo el planeta, la causa principal de la pérdida de bosques a nivel global puede ser atribuida a la deforestación por cambio permanente del uso del suelo para la producción de materias primas (Curtis et al. 2018).

Figura 3. Porcentaje anual de pérdida de otras tierras forestales por provincia para el año 2019 en orden descendente.
El proceso de pérdida del bien común genético forestal sigue entonces, esencialmente, dos vías. Una de ellas es el disturbio grave que está materializado a través de desmontes o incendios de gran intensidad del bosque nativo, incluyendo formaciones arbustivas, de árboles enanos, cañaverales, etc. En esta situación, del estado inicial de diversidad genética pasaríamos a un estado de pérdida total, incluyendo a la diversidad de los microorganismos del suelo. La transformación del posterior uso del suelo cambia completamente el paisaje y trae aparejadas otras consecuencias negativas como la fragmentación, la pérdida de hábitat, el aumento de la endogamia, la baja productividad de semillas, etcétera.
Otra vía implica la degradación del bosque nativo por sobreexplotación, aclareos excesivos para el uso silvopastoril o incendios de baja intensidad que dejan parte del paisaje arbóreo en pie. En este caso, se pasa por un estado transicional entre bosque nativo u “otras tierras forestales naturales” a una categorización que podría denominarse como “otras tierras forestales de origen antrópico”. Este estado transicional, originado en la mayoría de los casos de forma deliberada por el ser humano, termina finalmente luego de un breve tiempo en la eliminación total del paisaje arbóreo original. La pérdida de tierras forestales y otras tierras forestales en los años 2018, 2019 y 2020 ha sido de 186.831 ha, 139.542 ha y 333.222 ha, respectivamente (MAyDS 2021).
Finalmente, habría que agregar que, tal como ha sido mencionado recientemente, la deforestación es la causa principal de la pérdida de biodiversidad con un impacto negativo en la salud humana. El aumento en las explosiones de enfermedades de origen zoonótico entre 1990 y 2016 está asociado a la deforestación, particularmente en los países tropicales y con la reforestación, principalmente en los países templados, a costa de los pastizales, sabanas y vegetación tipo parque (Morand y Lajaunie 2021). Es decir, en definitiva, la pérdida de biodiversidad es la responsable directa del aumento de las enfermedades de origen zoonótico que, en algunos casos, pueden derivar en epidemias o pandemias globales como la sufrida recientemente como consecuencia de la expansión a escala global del denominado virus SARS-CoV-2 (COVID-19). Por este motivo, se propone detener la pérdida de biodiversidad de los bosques nativos y un mejor manejo de las forestaciones para que aumenten su contribución no solo a la biodiversidad o al secuestro de carbono sino también a la mejor calidad de vida y salud locales (Morand y Lajaunie 2021). En este sentido, los pueblos indígenas habitantes de los bosques han advertido desde hace tiempo que la destrucción de los ecosistemas boscosos conlleva la pérdida de salud y la aparición de enfermedades y plagas por el desequilibrio que genera su uso indiscriminado siguiendo lógicas de mercado (Ladio 2020).








