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1 El valor y la importancia
del bien común genético forestal

Leonardo Gallo y Aníbal Verga

El país

La República Argentina está ubicada en el extremo sur y sudeste de América del Sur (Fig. 1), y está organizada desde 1994 como un Estado nacional y cuenta con 23 provincias federales más la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, designada como la capital federal del país. Todas estas jurisdicciones o estados subnacionales tienen constitución, bandera y fuerzas de seguridad propias y poseen dominio originario sobre los recursos naturales existentes en sus territorios y por lo tanto del bien común genético forestal (BCGF) (art. 124, Constitución Nacional de 1994).

Posee una superficie continental (sin los reclamos de islas y continente antártico) de 2.780.400 km², lo que la coloca en el octavo país más extenso del mundo.

Figura 1. Ubicación geográfica de la Argentina con reclamos de islas Malvinas, Antártida, Georgias e Islas del Atlántico Sur.

La Argentina posee una amplia diversidad de climas, originada esencialmente por su ubicación en la zona templada del hemisferio sur y su amplia distribución latitudinal de más de 30 grados (22 a 55° de latitud S). Son tres los factores geográficos de mayor incidencia climática: 1) la gran diferencia de latitud, que impacta en una amplia variación dentro del país en cuando al fotoperíodo y la incidencia de rayos solares; 2) el relieve dado principalmente por la Cordillera de los Andes, que presenta en el oeste del país sus montañas más altas y genera una de las mayores “sombra de lluvia” del planeta, y 3) la distancia al mar, ya que el país penetra como una gran península en el hemisferio oceánico (Cravero et al. 2017).

Los principales tipos climáticos de la Argentina en cuanto a la distribución de lluvias en el año son tres: clima monzónico (en el noroeste y centro), clima mediterráneo (en la Patagonia) y clima isohigro (en el noreste). Los rangos pluviométricos en las diferentes regiones varían entre 6000 mm de precipitación media anual hasta menos de 100 mm y los térmicos entre 28 °C y 1 °C de temperatura media del mes más cálido y entre 19 °C y -18 °C del mes más frío.

De acuerdo al Instituto Geográfico Nacional, en la Argentina existen 15 diferentes tipos de climas clasificados en cuatro grandes categorías: áridos, cálidos, templados y fríos (Fig. 2).

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/5/56/Mapa_Argentina_Tipos_clima_IGN.jpg

Figura 2. Mapa climático de la Argentina. Fuente: Instituto Geográfico Nacional de la República Argentina (2021).

Esta enorme diversidad de climas y condiciones ambientales signadas esencialmente por la amplitud latitudinal y la Cordillera de los Andes deriva en una gran diversidad de especies con megacontrastantes. Ese aspecto de la diversidad genética es el que más se destaca en el país. Existen diversas especies adaptadas evolutivamente a una megadiversidad de condiciones ambientales, lo que le otorga a la flora forestal del país un carácter muy particular. Existen especies de selvas con clima monzónico; especies de vegetación tipo parque, húmedo y seco; especies de selvas de clima isohigro; especies de regiones áridas; especies de regiones con clima mediterráneo húmedo y seco; especies de regiones templado-frías y especies de regiones subtropicales, entre otras. En esa permanente interacción entre la diversidad genética y el ambiente, se destaca la importancia de la primera en la distribución de las especies a través de la acción de especies pioneras. La mayor diversidad de genotipos adaptados y su impacto en la subsiguiente colonización por especies esciófilas ha sido comprobada recientemente con marcadores moleculares. La diversidad genética no es solo consecuencia del ambiente con el que interactúa, sino que también lo modela (Bothwell et al. 2023).

Cambio climático

De acuerdo al último informe del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC 2021), con cada incremento en el calentamiento global, los cambios regionales en la temperatura media, la precipitación y la humedad del suelo son más grandes.

Cada una de las últimas cuatro décadas ha sido sucesivamente más cálida que cualquier década que la precedió desde 1850. La temperatura media global en la última década fue 1,09 °C más alta que en 1850-1900, con mayores aumentos sobre tierra (1,59 °C que sobre el océano (0,88 °C).

Como se puede observar en la Figura 3, el calentamiento global desde 1850 no tiene precedentes en los últimos 100.000 años, y los datos observados se ajustan perfectamente con un modelo de actividad antrópica.

Figura 3. Evolución del aumento de la temperatura media. Fuente: IPCC (2021).

La precipitación a nivel mundial ha aumentado desde 1950 con una tasa más rápida de aumento desde 1980, y con ello –y el derretimiento de los hielos árticos principalmente y, secundariamente, antárticos– se alteró la salinidad de los océanos. Se alteraron también las trayectorias de las tormentas de latitud media, que se desplazaron hacia los polos. Disminuyó la capa de hielo de Groenlandia.

Los extremos cálidos (incluidas las olas de calor) se han vuelto más frecuentes y más intensos en la mayoría de las regiones terrestres desde los años 50 del siglo xx, mientras que los extremos fríos (incluidas las olas de frío) se han vuelto menos frecuentes y menos severos. La frecuencia e intensidad de los eventos de fuertes precipitaciones han aumentado también desde los años 50 del siglo xx. El cambio climático inducido por el hombre ha contribuido al aumento de las sequías agrícolas y ecológicas registradas en las últimas décadas.

Los efectos del cambio climático en el país se expresan en forma marcadamente diferente en cuanto a las variaciones pluviométricas y térmicas. Con respecto a las precipitaciones, en casi todo el país aumentaron un 10 % a excepción de los Andes centrales y patagónicos. En cuanto a la temperatura media, aumentó 1 °C en todo el país, lo cual ha hecho retroceder a los glaciares y ascender el nivel inferior de las nieves eternas de las montañas. Se esperan más lluvias y posibles inundaciones en el centro y norte de la Argentina y más sequías en el oeste y sur del país (IPCC 2014, IPCC 2021). El megacontraste de diversidad de especies y, por lo tanto, del BCGF del país posee un papel preponderante en relación con la adaptación y mitigación al Cambio climático global.

Como se observa en la Figura 4 (IPCC 2021), para gran parte del país se espera un aumento de las precipitaciones de entre un 10 y un 30 % de los valores actuales, a excepción del oeste cordillerano, en donde habrá una disminución de hasta un 20 %.

Figura 4. Escenario de modificación de las precipitaciones con un aumento de 4 °C en la temperatura (las flechas indican el territorio continental argentino). Fuente: IPCC (2021).

Un aumento de 1,5 °C en la temperatura media del país implicará un aumento de entre el 110 y el 200 % en la población que se verá afectada por inundaciones (IPCC WGII Sixth Assessment Report 2022).

Figura 5. Aumento previsto de la temperatura en el corto y largo plazo ante el supuesto de una reducción y de una persistencia de las actuales emisiones. Tercera comunicación nacional de la República Argentina a la convención marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación. Fuente: MAyDS (2015).

Las temperaturas aumentarán en todo el país durante los próximos 80 años. En el futuro cercano (2039), se espera un aumento sobre el territorio nacional de entre 1 y 1,5 °C. Por su parte, en el futuro lejano (2075-2099), el aumento de la temperatura dependerá esencialmente de la intensidad de las emisiones. Con emisiones moderadas –menores a las actuales–, el aumento de temperatura estará entre 1,5 y 3 °C, mientras que para emisiones como las actuales ese aumento estaría en el orden de entre 3 y 4,5 °C (Figura 5) (IPCC 2022).

Población

La población total actual estimada con base en la proyección a partir del último censo realizado en 2022 asciende a poco más de 47 millones de habitantes (INDEC 2022, datos provisorios), la mayoría de origen español, italiano, árabe, alemán, francés, inglés, suizo, coreano, chino y senegalés, entre otras ascendencias. La inmigración desde otros países fue motivada y promovida por el gobierno principalmente durante fines del siglo xix y principios del siglo xx. La historia del país se ha caracterizado por ser un país receptor de población procedente de los países mencionados más de los países vecinos. La gran mayoría de los inmigrantes llegaron al país motivados por cuestiones económicas, y existe además una destacable inmigración debida al asilo político. La facilidad de obtención de derechos y garantías para todos los habitantes del planeta, junto con la gratuidad de la educación y la salud pública, han sido también grandes atractores para diversos países de la región.

La población originaria precolombina se remonta a unos 13.000 años, de las que aún persisten unos 38 pueblos indígenas (INDEC 2022), sumando poco más de un millón de personas (Figura 6).

Figura 6. Distribución geográfica actual de los Pueblos Indígenas en la Argentina.

El 92,6 % de la población argentina es urbana, muy por encima de la media mundial (54 %) y por encima de la media de Europa (75 %), de Estados Unidos (82,2 %) y de la propia región de la que forma parte (83%) (CEPAL 2020). El 37 % de la población urbana del país se agrupa en el Aglomerado Gran Buenos Aires, y un 56 % de ella tiene antepasados indígenas. El 13 % de la población del país (unos cinco millones de personas) en la actualidad vive dentro de zonas boscosas, de las cuales dos millones están directamente vinculadas a los bosques. El 60 % de las personas con necesidades básicas insatisfechas se encuentra en zonas con bosque nativo. El 65,6 % de las comunidades de pueblos indígenas registradas en el país vive dentro de zonas boscosas (Mónaco et al. 2020) (Figura 7).

La economía argentina es la segunda de Sudamérica y su PIB se ubica en el número 27 del mundo. Por su importancia geopolítica y económica, es uno de los tres Estados latinoamericanos que forma parte del llamado “Grupo de los 20”, e integra además el grupo de nuevos países industrializados.

El modelo de desarrollo, el bosque nativo y el bien común genético forestal

La economía y el desarrollo del país se sustentaron en su papel como colonia agroexportadora de la corona de España, y esa función como proveedor de materias primas agropecuarias se consolidó después de la independencia política hasta la actualidad.

Los principales productos del agro que se exportaron durante siglos fueron ganaderos inicialmente y ganaderos y agrícolas posteriormente. En el presente, esas materias primas exportables comprenden a la soja, el maíz, el trigo, la carne, los cueros, la lana, el aceite, las harinas, etcétera.

El grupo de poder político y económico que se consolidó a partir de 1810 pertenecía a este negocio agroexportador, que controlaba el puerto de Buenos Aires. Para esa oligarquía ganadera que condujo el país con una mirada unitaria y porteño-céntrica, tanto para la cría del ganado como para la posterior actividad agrícola, el bosque fue siempre un estorbo para la ocupación del territorio, tal como lo fueron los pueblos indígenas que lo habitaban. Es decir que el país se origina con una visión general negativa hacia el bosque según la cual este debe ser quemado o arrasado para habilitar suelo para las actividades agrícolas y ganaderas. Esa ha sido una de las principales causas de la pérdida de los RGF del país.

Algunos pueblos indígenas utilizaban el fuego para arrear los animales nativos antes de cazarlos o para rozar lo desmontado en las llamadas “milpas”, donde sembraban maíz y yuca. No obstante, su lógica de uso del bosque nunca fue extractivista y mantuvieron durante muchos años, y aún mantienen, un fuerte vínculo integral con el bosque, realizando, en general, una utilización armoniosa tanto de productos madereros, aprovechados en forma artesanal, como de productos forestales no maderables.

Figura 7. Distribución de las comunidades de pueblos indígenas sobre las diferentes categorías de valor de conservación de boques según la ley 26331. Fuente: Mónaco et al. (2020).

Durante décadas, también se exportaron productos forestales, principalmente tanino, obtenido del quebracho colorado (Schinopsis balansae) y de algunas maderas de calidad de la selva misionera. En la actualidad, algunas empresas extranjeras sigen cortando los remanentes de bosques de cedro (Cedrela spp) de las Yungas (Fornés, comunicación personal).

En el caso de los bosques de quebracho del Parque chaqueño, se debe tener en cuenta que la Argentina llegó a tener una de las vías férreas más grandes del mundo, construida por compañías inglesas que utilizaron durmientes de quebracho colorado y, posteriormente, de quebracho blanco. Estas vías férreas conectaban las áreas de producción de materias primas agropecuarias con los principales puertos. Adicionalmente, la enorme actividad ganadera y gran parte de la agrícola necesitaron de postes y tablas para alambrados, tranqueras, bretes, mangas, etc., que se construyeron también con maderas duras del Parque chaqueño. Posteriormente, en los últimos 40 años, el modelo agroexportador con uso excesivo de agroquímicos incrementó la pérdida de los bosques y por lo tanto de sus recursos genéticos.

Se estima que a fines del siglo xix y principios del xx los bosques cubrían entre el 30 y el 40 % de la superficie del país, es decir, unos 84-110 millones de hectáreas (MAyDS 2021, Fontana et al. 2016). El primer dato sobre la superficie efectiva de bosque de la República Argentina es del Censo Nacional Agropecuario del año 1937, e indica una superficie de 37.535.308 hectáreas de bosques nativos.

A comienzos de este siglo, los bosques nativos fueron formalmente definidos por la ley 26331 y complementariamente por la resolución COFEMA 230/2012.

En la Argentina se considera bosque nativo a:

  • todo ecosistema forestal natural con árboles de más de 3 m de altura, en distinto estado de desarrollo, que presente una cobertura arbórea de especies nativas igual o mayor al 20 % y que posea un área igual o mayor a 0,5 hectáreas, incluyendo palmares (Mónaco et al. 2020).

De acuerdo a estos criterios, en la actualidad los bosques nativos cubrirían el 19,2 % de la superficie del país (54 millones de hectáreas), según lo acreditado por las provincias en el Ordenamiento Territorial de Bosques Nativos de la ley 26331 (Mónaco et al. 2020). Sin embargo, utilizando el mismo criterio de bosque que en los primeros inventarios forestales, la superficie boscosa del país sería de unos 26 millones de hectáreas, es decir, menos del 10 % de la superficie del país (FAO 2015).

La gran variedad de climas, suelos y relieves de la Argentina ya mencionada da lugar a distintos tipos de bosques. Estos se clasifican en siete regiones forestales: Selva paranaense, Yungas, Parque chaqueño, bosques andino-patagónicos, Espinal, Monte y Delta e Islas del Paraná (Mónaco et al. 2020) (Fig. 8).

Entre las provincias con la mayor cantidad de bosques nativos se destacan Salta, Santiago del Estero, Chaco, Formosa y La Pampa. La región del Parque chaqueño, en la ecorregión del Gran Chaco Americano, es la que presenta mayor superficie de bosques nativos del país (Figura 9).

En la Argentina se realizaron algunos estudios para valorar, tanto en montes nativos como en plantaciones forestales, externalidades positivas como servicios ecosistémicos (regulación hídrica, fijación de carbono, contención, sombra, liberación de oxígeno, etc.), recreacionales, sostén de la biodiversidad, aspectos culturales, etc. (Sarmiento 2020) a las cuales no resulta fácil asignarles un valor de mercado, es decir, un precio. Sin embargo, algunos de los estudios publicados desde hace décadas les asignan un valor superior a los de los bienes materiales comerciables, como por ejemplo la madera y sus derivados (Costanza et al. 1997, MAyDS 2016, Daily et al. 2009, Rimala et al. 2019, Wang et al. 2019).

Estos estudios les asignan a esos servicios ecosistémicos, entre los que se encuentra la diversidad genética de especies forestales nativas e introducidas, un valor mínimo que supera entre dos y seis veces al de la madera.

Figura 8. Regiones forestales argentinas (Mónaco et al. 2020). Fuente: Dirección Nacional de Bosques, Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible.

La predominancia de alguno de los servicios ambientales en particular varía según la región forestal del país. En la Selva paranaense, y en menor medida en los bosques andino-patagónicos, adquiere singular importancia la conservación de la biodiversidad, mientras que en el Parque chaqueño posee mayor relevancia la protección del suelo y la regulación del ciclo del agua. En las Yungas, la conservación de la biodiversidad, el ciclo del agua y la protección de cuencas son de singular importancia. El valor cultural y la recreación se destacan más en los bosques andino-patagónicos y en el Parque chaqueño. En la región del Monte, cobra especial significancia la protección que implica la vegetación nativa contra el desencadenamiento de procesos de desertificación de muy difícil reversión. En el Delta e Islas del Paraná, tanto el bosque nativo como el cultivado tienen una especial relevancia como moderadores de los efectos negativos de inundaciones, preservando el suelo, al tiempo de representar un área muy apreciada de recreación y belleza paisajística, muy cercana al mayor conglomerado urbano del país. Finalmente, el Espinal cuenta con relictos de bosques originales en parte del área agrícola más productiva del país, constituyéndose en valiosos reservorios del BCGF prácticamente desaparecido. Al sur de esta región se mantienen aún superficies significativas de bosques nativos que constituyen una importante barrera para el avance de procesos de desertificación como fijadores de suelo (MAyDS 2020).

Figura 9. Distribución relativa de la superficie de bosques de la Argentina según región forestal. Fuente: MayDS (2020).

Un valor ambiental importante de todos los bosques nativos y plantaciones de la Argentina es su función como sumideros de carbono. Se estima que los bosques nativos argentinos contienen casi 26 millones de toneladas de CO₂, encontrándose el 50 % de esta cantidad en la región chaqueña (Mónaco et al. 2020), precisamente la más amenazada por el avance de la frontera agrícola y ganadera y por los incendios forestales.

Otra fuente muy importante del BCGF de nuestro país se mantiene en las especies forestales introducidas y difundidas a través de programas de mejoramiento genético y plantaciones. La misma esencia del mejoramiento genético forestal, que se basa en aprovechar la diversidad genética natural de las especies, generó infinidad de ensayos de especies y procedencias que constituyen en la actualidad un acervo genético muy diverso, con especies de todo el mundo y adaptaciones locales en algunas de ellas, mantenidas como colecciones de campo a lo largo y ancho del país. Estas especies son las que componen la casi totalidad de las plantaciones de especies forestales en la Argentina. Se estiman en 1,39 millones de hectáreas las plantaciones con especies forestales, principalmente de pinos, eucaliptos y salicáceas, lo que corresponde al 0,5 % de la superficie del país (MAGyP 2019). Casi el 80 % de esas plantaciones se encuentra en la región mesopotámica (pcias. de Entre Ríos, Corrientes y Misiones) (Figura 10).

Figura 10. Distribución de las plantaciones forestales en la República Argentina. Fuente: Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. Dirección Nacional de Desarrollo Foresto Industrial, 2017.

El trípode de especies o grupos de especies de la actividad forestal en el mundo se repite en la Argentina. El 66 % (861.000 ha) corresponde a coníferas, principalmente especies del género Pinus. Le siguen los eucaliptos con 314.000 ha (24 %) y finalmente las salicáceas con 100.000 ha (7,7 %). Entre estas últimas, 70.000 ha corresponden a especies del género Salix (5,2 %) y 30.000 ha al género Populus (2,3 %) (Borodowski 2017).

Importancia económica del sector foresto-industrial en la Argentina

El sector foresto-industrial argentino exporta anualmente productos por un valor que ronda los 600 millones de dólares, mientras que se importan productos forestales por unos 1300 millones de dólares por año. El sector muestra, por lo tanto, una balanza comercial deficitaria de 700 millones de dólares anuales. En contraposición, el sector agroindustrial exporta por un valor que ronda entre 20.000 y 30.000 millones de dólares anuales (INDEC 2020), lo que representa más del 50 % del valor total de las exportaciones. El sector agropecuario presenta una balanza comercial positiva y constituye una de las principales fuentes de ingreso de divisas al país. No obstante, las exportaciones agropecuarias representan solo el 9,9 % del PIB nacional, es decir, menos de lo que representa, por ejemplo, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerados (TDCNR), realizado principalmente por mujeres, que asciende al 15,9 % del PIB argentino. La exportación de productos agrícolas tiene una participación aproximada del 7 % sobre el producto interno bruto (PIB) total, que llegaría a 18-22 % si se agrega la contribución neta indirecta sumando la cadena de agroprocesamiento (Andrade et al. 2017).

Esta información evidencia el gran peso relativo que tiene la actividad agropecuaria en la Argentina en la economía nacional frente al sector forestal. Esto se ha traducido en una creciente presión sobre las áreas boscosas en ambientes favorables para la producción agrícola, que ha dado lugar a un profundo proceso de agriculturización, especialmente intenso durante los últimos 30 años. Este proceso ha tenido como consecuencia, además de la pérdida de bosques, el desplazamiento de la ganadería hacia zonas más marginales desde el punto de vista climático y, por lo tanto, un creciente aumento de la presión ganadera sobre los bosques remanentes. El 60 % de la superficie de las explotaciones agropecuarias se encuentra en bosque nativo, especialmente en la región chaqueña, con preponderancia de la actividad ganadera. Por otro lado, durante los últimos 10 años la superficie sembrada con cultivos agrícolas ascendió a un 12 % de la superficie total continental argentina.

El desarrollo económico forestal argentino tiene una asimetría notable. El 95 % de la producción foresto-industrial se basa casi exclusivamente en plantaciones (1,39 millones de ha) en los tres grupos mencionados arriba: pinos, eucaliptos y salicáceas. Desde el punto de vista económico, conforman un recurso estratégico para la Argentina, generando una amplia variedad de productos/subproductos y usos como madera aserrada, tableros y laminados, madera para construcción y viviendas, muebles, papel y cartón, resinas, bioenergía, pañales, artículos de higiene personal, etcétera.

También existe una importante asimetría en la distribución geográfica de la actividad forestal basada en plantaciones. Como se mencionó previamente, el 77 % de la superficie implantada se localiza en la Mesopotamia (provincias de Misiones, Corrientes y Entre Ríos), mientras que un 19 % se encuentra en la Patagonia y en la región central, incluyendo al Delta del Paraná y apenas un 4 % en Cuyo, el NOA y el Parque chaqueño.

El sector forestal argentino está compuesto en casi un 99 % por pequeñas y medianas empresas que ocupan en la foresto-industria en su conjunto unos 42.000 puestos de trabajo. Los servicios relacionados con la foresto-industria suman unos 69.000 puestos de trabajo. A estos datos hay que sumar unos 20.000 trabajadores informales, no registrados oficialmente. Todo ello completa un total de unos 130.000 trabajadores que representan el 1 % de les trabajadores del país. Su distribución territorial responde al mismo patrón mencionado más arriba. En la provincia del Chaco, por ejemplo, el sector de la foresto-industria representa el 26 % de los puestos de trabajo registrados (Muscar Benasayag et al. 2011), es decir, 26 veces más que el promedio del país. En general, la informalidad en el sector forestal es elevada, especialmente en los bosques nativos. Por otro lado, una gran superficie de bosques cultivados cuenta con certificaciones de manejo forestal FSC y CERFOAR-PEFC, lo que asegura que el trabajo está enmarcado bajo las reglamentaciones vigentes, así como también en la cadena de suministros.

Valoración cultural de los bosques en la Argentina

Si bien la enorme mayoría de los pueblos indígenas en el territorio argentino han sido cazadores-recolectores, históricamente, el bosque nativo fue manejado por los pueblos originarios de acuerdo a su cosmología con lógicas diferentes a las actuales de producción forestal comercial. En buena parte de estas culturas, el bosque representó su ámbito de vida y medio de sostén material. Sus métodos de intervención del bosque fueron probablemente más armoniosos, con fuerte cuidado y promoción a la regeneración del bosque. Costumbres ancestrales que aún se mantienen implicaban por ejemplo que, durante la recolección de semillas, se sembraran algunas de ellas para favorecer la regeneración tal como ocurre con las especies de araucarias y de algunas palmeras. Los pueblos netamente cazadores organizaban quemas para ahuyentar a los animales, especialmente en las regiones Chaqueña y Espinal. En casi todos los pueblos indígenas era muy común el uso de madera muerta. Para los pueblos originarios, el bosque constituyó un cohabitante del territorio, con el cual establecían una relación de interdependencia y de cuidado mutuo. Algunas especies forestales generaron en las culturas originarias una valoración especial que se ha trasladado hasta nuestros días, inclusive entre la población urbana. Tal es el caso del canelo (Drymis winteri) y del pewen (Araucaria araucana) como árboles sagrados del pueblo mapuche en el sur del país o del algarrobo (Prosopis spp) para los pueblos del norte (qom, quechua, chané, pilagá, diaguita, etc.). Otra especie muy reconocida en el pasado reciente es el quebracho colorado chaqueño (Schinopsis balansae). La explotación sin ordenación de esta especie condujo a una grave situación de amenaza, por lo que desde el año 1998 está incluida en la lista roja de la UICN. Esta especie es el árbol forestal nacional de la Argentina por decreto del PEN 15190/56 del 5 de septiembre de 1956.

Los bosques en la Argentina están alejados de los grandes centros urbanos. Aproximadamente el 60 % de la población total vive en la región pampeana y región forestal del Espinal, con ausencia casi total del bosque. Ambas regiones presentan el mayor desarrollo agropecuario, industrial y social del país y es donde se asienta el centro del poder político y económico. El resto del país, donde aparecen las principales áreas boscosas y las regiones áridas y semiáridas, son consideradas como “economías regionales”, las cuales sufren desde hace más de un siglo problemas estructurales de desarrollo económico y social.

A pesar de que en el país existe una creciente conciencia social sobre la importancia de los bosques como proveedores de servicios ambientales, el vínculo cultural con los bosques es en general muy débil para buena parte de la población, especialmente para la urbana y pampeana.

En la región chaqueña y parte del Espinal, con el asentamiento de colonos inmigrantes europeos a principios del siglo xx, comenzó la agricultura extrapampeana a partir del desmonte y la ganadería en el bosque. Por esos años también se inició la explotación de los bosques sin atender a ninguna norma de manejo silvícola. La explotación selectiva del bosque continúa hasta nuestros días, pero con menor intensidad. Más recientemente se incorporaron a esta región nuevos actores en torno al desarrollo de la agricultura de tipo “industrial” que han generado cambios productivos, sociales, culturales y ambientales muy significativos. De esta forma, el modo de producción agrícola pampeano se ha ido extendiendo a áreas extrapampeanas originalmente boscosas, arrastrando consigo el desconocimiento del bosque como recurso económico y principal soporte ambiental de la región. Este cambio cultural se ha potenciado con la expulsión de una parte de la población tradicional (pueblos indígenas y criollos) a zonas más marginales o a la periferia de los centros urbanos. Otra parte de esta población, que eran pequeños productores agrícolas, ganaderos y forestales que desarrollaban sus actividades productivas en cierto equilibrio con el bosque, se ha convertido en peones rurales de medianas y grandes empresas agropecuarias.

En la región patagónica, otro ejemplo de los efectos de la presión antrópica surge con la colonización española organizada que comienza en 1780 con la fundación del Fuerte del Río Negro. Las costas de ese y otros ríos patagónicos estaban cubiertas por extensos bosques en galería con gran abundancia del único sauce nativo, el Salix humboldtiana. Por ser una madera de gran calidad y árboles de fuste recto, fue la madera más utilizada en los primeros años del asentamiento europeo en la Patagonia para la utilización en construcciones, muebles, postes, barcazas, utensillos, etc. Junto a la devastación de los bosques en galería del sauce nativo se produjo –y sigue produciendo– la corta de pequeños árboles y de especies arbustivas nativas como molle (Schinus odonelli), caldén (Prosopis caldenia), retortuño (Prosopis strombulífera), alpataco (Prosopis alpataco), chacay (Discaria trinervis), chañar (Geoffroea decorticans), piquillín (Condalia microphylla) y algunas especies de jarilla (Larrea spp) que se utilizaron y utilizan esencialmente como especies leñeras. A lo largo de los ríos, la flora nativa fue reemplazada con el avance de la colonización por especies exóticas de comportamiento invasivo, como clones de los sauces euro-asiáticos del complejo S. alba x S. fragilis y otros derivados de cruzamientos con S. babylonica, así como de diferentes especies de alamos (Populus spp) y aliso (Alnus spp).

Los profundos efectos negativos que ha tenido el proceso de agriculturización sobre los bosques, el ambiente y la sociedad en general en la Argentina han generado un creciente rechazo cultural de la población al desmonte, la pérdida de biodiversidad y las externalidades negativas de la agricultura “industrial”. En parte de la población, este proceso social se está traduciendo en un número creciente de organizaciones no gubernamentales de origen urbano, organizaciones campesinas y movimientos sociales, en numerosos conflictos jurídicos y en renovados esfuerzos gubernamentales que promulgan leyes que buscan mitigar estos efectos.

Parte de la comunidad científico-tecnológica argentina también ha respondido a este proceso con una creciente preocupación. Dentro del sistema de ciencia y tecnología argentino, es creciente el interés por la búsqueda de alternativas productivas que introduzcan además de la dimensión económico-empresarial la sostenibilidad económica a escalas espaciales y temporales que van más allá de la unidad empresarial, incluyendo la sostenibilidad ambiental, social y cultural y la conservación de la biodiversidad. Se realizan serios planteos que tienden a revertir la ecuación económica haciendo prevalecer primero las cuestiones ambientales y culturales y, en segundo orden, las estrictamente económicas.

Entre los problemas ambientales y productivos emergentes del proceso de agriculturización y del cambio climático en la Argentina, donde el desarrollo del BCGF puede desempeñar un rol importante, se puede mencionar:

  • Ascenso de las napas freáticas en la Pampa húmeda y en Espinal como resultado de desbalances hídricos a nivel de cuenca producidos por el reemplazo de bosques y pastizales por cultivos.
  • Salinización de suelos como producto del mismo proceso en la región chaqueña.
  • Aumento de la frecuencia de inundaciones en la Cuenca del Plata.
  • Desencadenamiento de procesos de desertificación en el Chaco árido, Monte y Espinal sur.
  • Profundos cambios en la dinámica hídrica en algunas cuencas del Espinal.
  • Problemas crecientes de adaptación de los bosques andinos patagónicos al descenso de lluvias como producto del cambio climático.
  • Aumento de incendios de interfase y aumento de la ocurrencia de incendios debido a la accion antropica (Amoroso et al. 2021).
  • Crecientes problemas sociales, ambientales y de salud pública en la interfaz urbana y rural en las regiones Pampa húmeda, Espinal y chaqueña.

Las condiciones climáticas de la Argentina y su gran diversidad ambiental y biológica lo colocan como uno de los países con mayor potencial para la conservación de los BCGF (=RGF). Sin embargo, la historia de colonización del territorio y del tipo de grupos de poder económico que han gobernado directa o indirectamente el país durante dos siglos han atentado contra la conservación de los bosques y, consecuentemente, de los BCGF.

Limitaciones y contribuciones de los RGF

Como se verá en el desarrollo de los siguientes capítulos, la principal limitación que tiene en el país la conservación y uso sostenible de los BCGF es el modelo de desarrollo agro-exportador impuesto al país y que requiere de una gran superficie de territorio para la producción agro-industrial de materias primas. A ello se suma la falta de capacitación de los tomadores de decisión con respecto a la importancia de la conservación de la diversidad genética forestal, particularmente en un contexto de cambio climático global.

Ese BCGF mantuvo y aún mantiene la producción de bienes forestales no madereros, sosteniendo el funcionamiento armonioso con el ambiente de muchas comunidades indígenas y campesinas. Como veremos, en el uso, conservación y gestión de los bosques y los PFNM, las mujeres han cumplido y siguen cumpliendo un rol relevante. Particularmente en el presente, organizaciones de mujeres vienen liderando movimientos que reclaman el cuidado de los bosques para el mantenimiento de la vida.

Finalmente, la introducción de BCGF de especies forestales desde otros países para su cultivo comercial y su incorporación en sistemas agrícolas y ganaderos redundó en el desarrollo de numerosos programas de mejoramiento genético. Estos programas, generalmente de selección masal recurrente, han aumentado en su primer ciclo de mejora el rendimiento volumétrico y de calidad de madera entre un 20 y un 40 % con respecto al material de propagación comercial de arranque. A ello se suman los programas de domesticación de especies forestales nativas en sentido lato (incluyendo mejoramiento genético) que en los últimos 30 años se han incorporado en forma orgánica a la actividad forestal del país, llevando al cultivo material de rápido crecimiento y con notable calidad de madera.



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