Joaquín Bartlett
Introducción
Los llamados cotidianos y constantes a realizarnos o cumplir nuestros sueños parecen construirse siguiendo una lógica elemental. Si logramos descubrir nuestros propios deseos o aspiraciones, podremos asegurar las demandas de realización, ya que actuaremos de acuerdo con nuestra “esencia”. Esta lógica implica un proceso en el cual el autodescubrimiento está supeditado al esfuerzo que realicemos. Por ejemplo, reinventarse, ser resiliente y salir de la zona de “confort” son expresiones comunes que forman parte de un repertorio de términos relacionados con las formas de alcanzar un destino oculto.
A su vez, estos imaginarios de biografías psicologizadas se entrelazan con una serie de prácticas consideradas como técnicas (por ejemplo, mindfulness, mentoring, visualización, coaching) que supuestamente permiten acceder y comprender nuestra interioridad. Estas técnicas fomentan un conjunto de habilidades mediante las cuales el individuo se conoce, al mismo tiempo que le ayuda a superar dificultades derivadas de ámbitos sociales como el trabajo o la familia. En este sentido, Illouz (2007) describe esto como experiencias que convergen en lo que denomina el campo emocional, donde actores, instituciones, disciplinas académicas e industrias culturales compiten y disputan los productos que apoyan los procesos de autorrealización, felicidad, motivación y sus contrapartes: depresión, desánimo o apatía. Esta definición se enmarca en un contexto de culturas terapéuticas (Papalini, 2014, p. 215) que son “amalgamas de discursos, saberes legos y expertos, prácticas y creencias científicas y religiosas que conciben el malestar subjetivo y la dolencia física como sufrimiento inaceptable o solo admisible en niveles muy bajos.”
En perspectiva de los estudios en gubernamentalidad, lo anterior tuvo su desarrollo con base en la necesidad de describir las formas contemporáneas de subjetivación que emergieron y conectaron con el neoliberalismo mediante tecnologías de autoayuda (Hernando, 2021) y modelación de sujetos (Brockling, 2015). Es decir, más vinculado con las técnicas de subjetivación que con los usos que se pudo hacer de ellas. Podemos resumir esta idea sobre la premisa de que la “conducción de conducta” se produce en relación con una exterioridad que dota de veracidad a un objeto, lo interroga sobre problemas concretos, le brinda herramientas y vuelve inteligible un campo de acción. Una exterioridad que condensa saberes, mediaciones técnicas, y la práctica sobre problemas concretos (Rose, 1996).
Ante la heterogeneidad de procedimientos de autorrealización entendemos que se requiere de un gesto analítico que permita al mismo tiempo circunscribir las propiedades que presentan los casos sin perder los puntos de familiaridad que los conectan. Para esto tomaremos como caso al coaching[2], como emergente de mayor difusión, tratando de describir sus formas de problematización ligadas a las demandas de autorrealización. La organización que proponemos parte de distinguir primeramente los puntos de conexión o dimensiones compartidas del coaching con otras disciplinas, sobre todo en lo que respecta a las formas de autenticidad, autonomía y realización como formas de problematización. Luego, tratando de asumir las particularidades del coaching, describimos los modelos de sujeto que interpela.
Autenticidad, autonomía y realización
No es una característica exclusiva del coaching –como tecnología del yo– presentar un individuo como un campo de infinitas posibilidades, como una entelequia de libertad realizable donde la imbricación de formas seculares y espirituales de subjetivación adquieren materialidad[3]. Sí, en cambio, saturan y confluyen en el coaching, el armazón de postulados que hacen erigir la posibilidad de “reinvención personal” y autonomía; una suerte de autodeterminación existencialista que, paradójicamente, quedaría irresuelta sin las “instrucciones y guías” que lo posibilitan (Cabanas e Illouz, 2019, p. 15). Un ejercicio constante de introspección guiada que tiene como finalidad revelar un estado de naturaleza interior. Como señala Rose (2004, p. 84):
De diferentes maneras, el problema de la libertad ahora llega a entenderse en términos de la capacidad de un individuo autónomo para establecer una identidad a través de la configuración de una vida cotidiana significativa. La libertad es vista como autonomía, la capacidad de descubrir nuestros propios deseos en nuestra vida secular, de realizar el potencial de uno a través de sus propios esfuerzos, de determinar el curso de su propia existencia a través de actos de elección.
La libertad se gobierna bajo preceptos y reglas, siendo ella misma problematizada y presentada como condición para el ejercicio del poder; por esa misma razón, libertad y poder, no son aspectos excluyentes donde cada uno se presenta como una sustancia, más bien refieren a formas específicas que adquieren “diferentes configuraciones históricas” (Castro, 2004, p. 316). Es decir, la noción de libertad, no en un sentido ético, como práctica de cuidado de sí, sino como precepto que anuda un campo de posibilidad permeable a tecnologías del yo: lejos de ser una condición trascendental del sujeto, la libertad puede ser pensada como un constructo social que opera bajo condiciones y soportes. Por ejemplo, la consabida relación entre mercado y libertad, de consumo, de contratación y de relaciones laborales. O para nuestro caso, la libertad como una meta y un proceso signado por la figura emergente del líder[4].
La idea de una existencia significativa, auténtica, autónoma, desligada de la uniformidad de las masas fue, por otra parte, un horizonte político asentado en las críticas recurrentes al segundo espíritu del capitalismo. Boltanski y Chiapello (2002, p. 556) marcan que la disconformidad sobre los modelos sociales que llevaban a experiencias biográficas inauténticas y rutinarias, en cuanto individuo funcional al sistema, tuvo su punto de mayor difusión alrededor del mayo francés, al mismo tiempo que obras como El Hombre Unidimensional de Marcuse signaron y constituyeron un marco argumentativo crítico de un “mundo entregado a la serie, a la producción en masa, a la opinión estandarizada […], a la cultura del drugstore”. Las lógicas en que se articularon las críticas mencionadas con los diferentes órdenes socioeconómicos estuvieron en el plano de una diversificación de productos ajustados al consumidor: productos ecológicos, por grupos etarios y de género, experiencias de consumo optimizadas en relación con modelos productivos de just in time.
Las mismas nociones de autenticidad y autonomía que delimitaron el significado de libertad tuvieron en el coaching un territorio fundacional para operacionalizar diversas técnicas de activación. Siendo la contracara de la figura uniforme del obrero, el nuevo trabajador podría desarrollar sus potencialidades (y conocer sus límites) mediante el ejercicio y directriz de saberes inscriptos en la potencialidad del yo. Por ejemplo Rafael Echeverría y Alicia Pizarro[5] lo presentan del siguiente modo:
El coaching ontológico empresarial es una práctica emergente, un nuevo oficio que surge del reconocimiento de las insuficiencias que exhibe el rol del directivo en las organizaciones para poder responder adecuadamente a los desafíos que enfrenta. El directivo debe expandir la capacidad de desempeño de su gente y conferirles mayores espacios de autonomía para que logren comportamientos en los que muestren lo mejor de sí mismos (Echeverría y Pizarro, s/f).
“Expandir capacidades” y “espacios de autonomía” sugieren signos latentes a desarrollar en ámbitos que no sofoquen ni aprisionen; competencias del nuevo management que deja lado, figurativamente, el cronómetro como incipiente tecnología de gestión de “comportamientos” productivos.
En este punto introducimos una dimensión que de manera explícita se presenta como objetivo de cursos y talleres: la realización personal. Recurrente en las promociones del coaching, encuentran en la noción de libertad un anclaje fundacional. Afinidad electiva que actúa junto a los valores de autenticidad y autonomía, pero sobre todo indispensable para configurar los puntos cardinales por los cuales la libertad adquiere sentido, “materialidad” o mínimamente deja de ser un valor abstracto para los individuos al reflejarse sobre sus propias trayectorias. Ya que la vida inauténtica, monótona, es la existencia que no termina de realizarse; en ese punto un repliegue del yo, como búsqueda de propósitos, es el gesto que busca libertad, al mismo tiempo que reconoce al individuo como su principal obstáculo. Marisa Gallardo, figura reconocida en México y quien se presenta como “coach de vida”, detalla su biografía como un camino de búsqueda de “técnicas para la liberación de la prisión mental”[6], a través de las “herramientas del coaching” que permitirán “crear una vida de diseño en la que dejemos de vivir en piloto automático, dormidos por la apatía y el miedo”. Aunque ante la proposición auspiciosa de Marisa Gallardo, las formas de realización como modo tangible de libertad tienen en el mismo coaching fronteras, límites encarnados que solo mediante la mirada externa, la experiencia y el conocimiento del coach se pueden demarcar.
Mientras mejor conozcamos nuestra estructura, tanto mejor podremos usar nuestra libertad para transformarnos. Es responsabilidad del coach cuidar las expectativas de transformación del coachado de manera de mantenerlas dentro de los márgenes de lo que es posible (Echeverría y Pizarro, s/f).
Para Rose (1996, p. 9), el programa político de las estrategias liberales se asienta en el problema de “cómo poder gobernar individuos libres de modo tal que ejerzan correctamente su libertad”. De este modo, la libertad en el coaching, adquiere un sentido modulado, no solo refiere a develar una serie de potencialidades “ocultas” en los individuos. También el oficio de apreciar límites propios y ajenos, descubrirlos en “esencia” mediante un fraccionamiento detallado del yo. En otros términos, la libertad es capacidad de autoconocimiento, aunque eso implique reconocer límites.
Decíamos, la libertad no opera bajo un ideal abstracto, ya que el coaching lo problematiza bajo tres figuras recurrentes: autenticidad, autonomía y realización. Figuras que remiten a críticas clásicas (sobre todo lo que refiere a la autenticidad) de inspiración bohemia y emplazada históricamente en el espíritu del capitalismo; “la pérdida de sentido de lo bello y de lo grandioso que se desprende de la estandarización y de la mercantilización generalizada” (Boltanski y Chiapello, 2002, p. 85) se presentó como crítica que quizá en el arte y los movimientos contraculturales tuvo su mayor difusión. Por su parte, el coaching inscribe la pregunta sobre una existencia auténtica pero solo visible a través de sus síntomas, retomando un estado afectivo y anímico de desconcierto por parte del individuo. Consecuentemente, un estado emocional conflictivo no libera potencialidades ni dispone de prácticas acertadas. Por ejemplo, Maturana referente teórico recuperado y difundido en el campo del coaching, lo resume planteando que las emociones son el sustrato de toda acción del individuo y que un estado conflictivo de las mismas predispone conductas erróneas, cuando no impropias en tanto reflejo que ejemplifica en esencia al individuo.
Son nuestras emociones lo que guía nuestro hacer, no nuestro razonar, aun cuando pensamos que nuestra conducta es racional. Al no reconocer y no aceptar que las situaciones que vivimos como problemas son conflictos en el emocionar y no en el razonar, nos engañamos frente al fundamento de nuestro hacer (Maturana, 1997, p. 141).
Fragmentados, inconformistas y desactualizados
En lo fundamental, el neoliberalismo actúa como un “un orden de razón normativa” que se asume en tanto “racionalidad rectora” y que promueve “valores, prácticas y mediciones de la economía a cada dimensión de la vida humana” (Brown, 2016, p. 20). Ahora bien, la clave analítica pasaría por pensar o preguntarse las formas en que se disemina la razón neoliberal y que dimensiones de la economía introduce. Para Brown, las mediaciones que permiten la extensión del neoliberalismo están presentes en sus diferencias con el liberalismo clásico. Al operar sobre la competencia antes que el intercambio, lo “neo” del liberalismo se extiende impulsado sobre una “antropología” del sujeto devenido en capital humano. Las prácticas de “autoinversión” y mejora constante del “portafolio” del individuo acapara todos sus dominios.
La idea de un individuo que busca capitalizar mediante elecciones de inversión se complementa con la “pluralización de las tecnologías sociales” (Rose, 1997) que producen formas de gobierno que actúan:
a través de la conformación de poderes y voluntades de entidades autónomas: empresas, organizaciones, comunidades, profesionales, individuos. De aquí se deriva la implantación de modos particulares de cálculo en los agentes, y la suplantación de ciertas normas, como las de servicio y dedicación, por otras, tales como las de competitividad, calidad y demanda de los usuarios (Rose, 1997, p. 16).
Bajo el término “liberalismo avanzado” Rose plantea que el yo “activamente responsable”, se compromete por fuera de las relaciones sociales y formas de integración mediante dependencia mutua. Por lo contrario, a través de espacios “micro-morales”, aspecto que supone un cálculo diferencial por parte del individuo, al mismo tiempo que representa la manifestación de proyectos personales.
Entendemos que el coaching, se emplaza sobre el yo “responsable”, autogestivo y emprendedor. Pero como todo dispositivo de autoayuda, esas figuras funcionan como resultado o meta antes que como punto de partida. El coaching presenta herramientas para alcanzar un estado de excelencia competitiva, pero ¿qué diagnóstico hace del sujeto previo a su “transformación”? ¿A quién interpela, si presumimos que un individuo exitoso y emprendedor no necesitaría “reconvertirse”? Intentaremos avanzar en estas preguntas.
Las películas Jerry Maguire y En busca de la felicidad presentan el mismo arco argumentativo. Los dos casos reconstruyen historias de superación, convicciones y búsqueda de realización en el marco representativo del american dream. Por un lado, un representante de deportistas que ante la pérdida de su empleo, por exponer en una carta las prácticas abusivas de la empresa para la que trabajaba, emprende su propia agencia. El segundo, basado en el caso verídico Chris Gardner, nos presenta un desocupado que tras un emprendimiento fallido y la separación de su esposa, logra ser seleccionado entre 19 postulantes –pasantía mediante– para trabajar como corredor de bolsa. Cabe preguntarse, ¿por qué dichas películas resultan tan atractivas y son ejemplos recurrentes en cursos de coaching? ¿Representan un producto acabado del mismo? En breve: conjugan un ideal de sujeto que ejemplifica en sus acciones los postulados éticos de realización, independientemente de la actividad que realice, sino como sujeto mismo. Por lo mismo, la historia de Chris Gardner, se presenta como un modelo de conducta, no solo es la realización personal en el trabajo, también esa misma realización, mutatis mutandis, es un molde y ejemplo para su hijo. La afamada frase, que transcurre a mitad de la película, designa no sólo una lección moral de padre a hijo, sino también un deber ser que conjuga un imperativo abstracto con símil gesto de rebeldía: nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo, ni siquiera yo. Si tienes un sueño tienes que protegerlo. Las personas que no son capaces de hacer algo te dirán que tú tampoco puedes. Si quieres algo ve a por ello y punto.
Lo que nos interesa de Chris Gardner no es tanto un modelo empírico en el cual indagar imaginarios o tipos ideales donde conjugar las acciones y apelativos por los cuales se construye un empresario de sí. Nos interesa tomarlo como punto de partida para la pregunta por el sujeto que construye el coaching, aquel al que hace referencia y delimita, es la intención y búsqueda de presentar los contornos del self emprendedor: el “modo en que los individuos son interpelados como personas y, a la vez, la dirección en la que son modificados y deban modificarse” (Brockling, 2015, p. 61). En este sentido Chris Gardner no necesita estímulos o motivación alguna, él mismo es presentado como una meta porque, en atributos, el sujeto ideal para el coaching, es un individuo a construir antes que uno realizado. Es decir, el hombre-empresa (Laval, Dardot, 2013, p. 326) tiene sentido para el coaching, al momento en que se identifica (y es identificado) en los impedimentos que no le permiten constituirse; su pasaje por una extensa “red de sanciones, incentivos, implicaciones cuyo efecto es producir funcionamientos psíquicos de un nuevo tipo” parten de las falencias objetivadas y conceptualizadas de las propias disciplinas que se llaman a resolverlas.
El coach John Whitmore al comentar el libro El juego interior del tenis indica que uno de sus grandes aportes a la profesión fue enfatizar y dimensionar la ductilidad de la disciplina: Tim Gallwey fue, quizás, el primero en presentar un método de coaching sencillo, pero completo que podía aplicarse a casi cualquier situación, sobre todo en su libro The Inner Game of Work [El juego interior del trabajo] (Whitmore, 2016, p. 22).
La importancia de que pueda “aplicarse a casi cualquier situación” radica en que, más allá de la referencia práctica al deporte, sus descripciones apuntan a un sujeto antes que un espacio. Como un individuo que porta sus propias habilidades, su despliegue y capacidad de acción no parecen reconocer limitaciones contextuales. En cambio, esas posibles restricciones exteriores son, en su versión interiorizada, un conflicto, una lucha interna que marca una profunda dualidad interior. En una breve reseña histórica de la disciplina publicada en Coaching Magazine n° 1 por el coach Leonardo Ravier (2016), volviendo sobre el mismo libro clásico de Gallwey señala que: “también entendemos, tal como lo hace Timothy, que el enemigo, en muchos sentidos, somos nosotros mismos”. Lógicamente, la tarea no sencilla que se propone el coaching de separar un yo conflictivo de uno útil, interpela individuos fragmentados, en el sentido de que el reconocimiento por parte del sujeto de una interioridad dual sopesa cualquier motivo que ligue conflictos y contextos al mismo tiempo que parte del condicionante de reconocerse uno mismo como su propio enemigo.
Es una relación profesional con otra persona que aceptará solo lo mejor de ti y te aconsejará, guiará y estimulará para que vayas más allá de las limitaciones que te impones a ti mismo y realices tu pleno potencial (Miedaner, 2002, p. 23). Lo que pareciera ser una taumatúrgica función del coach como “gurú” o guía, tal como lo resume Miedaner, recorta en esencia al individuo fragmentando en cuanto potencialidad y limitante, poniendo en al campo de lo impredecible a lo primero y en lo estrictamente identificable a lo segundo. El individuo fragmentado del coaching se ensambla bajo esta primera operación[7], las potencialidades del mismo, su predictibilidad y proyección por parte del coach prestidigitador recorren el azar bajo la premisa de la “ley de atracción”[8]; término utilizado por Miedaner (y que pocos coaches se arriesgan a explicitar) que designa la facultad de influir sobre las acciones o eventos a partir de un pensamiento positivo sobre ellos. De forma similar y bajo el título de “Diseño Ontológico y Construcción de Futuro” el manual para formación de coachs de la AAPC[9] parte de la premisa que la proyección del futuro puede ser moldeada bajo una ética que postula su performatividad:
El principio básico de esta manera de encarar la vida, parte del convencimiento de que el futuro no está predeterminado, sino que es el producto de nuestra creación y nuestra construcción cotidiana. El futuro empieza a tomar vida en el momento en que declaramos nuestro compromiso con su realización y comenzamos a ejecutar acciones concretas.
Ahora bien, para la constitución del individuo fragmentado, el coach deja el rol de prestidigitador y “gurú”, al momento de centrarse en los aspectos que imposibilita la transformación. El ahora, autocrático coach designa sobre el sujeto una serie de limitantes comunes. Autocrático en el sentido que el coach toma el control y monopoliza los parámetros por lo cuales una persona se puede identificar como incapaz: Incapacidad o dificultad de declarar la ignorancia […] incapacidad de admitir ceguera; […] querer tener todo claro todo el tiempo […] vivir juzgando todo, todo el tiempo […] no incluir el aspecto emocional en el aprendizaje […] incapacidad de incorporar el cuerpo en el aprendizaje […] no puedo aprender dado quien soy […] no darle autoridad a nadie para que me enseñe.[10]
Dichas formas en que se asume las falencias del sujeto parten básicamente de dimensiones actitudinales que no se remedian verbalizándolas como podrían sugerir los vínculos confesionales. Si el fragmento potenciado del sujeto se asume como un acto de enunciación, en el cual alcanza con visualizar un futuro prominente para que este se materialice en algún momento (como sucede con la “ley de atracción”), su contraparte limitante requiere de una práctica rigurosa de reorganización psi: aceptarse ignorante ante todo, pero enfáticamente ante la incapacidad de aprender.
En este sentido, el acto confesional, asumirse en la ignorancia de la didáctica, ocupa un carácter productivo, ya que al mismo tiempo que el individuo se reconoce en sus fallas, las instrucciones vuelven sobre las prácticas actitudinales del mismo. Como señala el coach José Ignacio Méndez, la importancia radica en asumir la necesidad imperiosa de cambio, pero dicho pasaje no es posible si el individuo no se reconoce como el mismo elemento a cambiar. De ahí que nuestro individuo fragmentado pase de la metáfora a la más rigurosa empírea. De la “ley de atracción” a métodos enunciados y enumerados que debe asumir si pretende algún cambio: a) toma de conciencia; b) responsabilidad; c) autoconfianza; d) compromiso y; e) acción[11].
La figura analítica del individuo escindido entre su potencialidad e incapacidad no presenta ninguna novedad y por ello mismo podemos pensar que la popularidad de los textos y cursos de coaching, su difusión en diferentes ámbitos e incluso su recomendación como “modelo” pedagógico, se deben a su inscripción en representaciones culturales en torno a las emociones y las narrativas de autorrealización (Illouz, 2007; 2010).
Como dijimos, el ejemplo de Chris Gardner es un modelo consumado, alguien que ya superó su dualidad y se reconstruyó a partir de sus profundos deseos de cambio, un resultado del empoderamiento, antes que un ejemplo en el cual secuenciar tareas. En cambio, el individuo fragmentado en el que se emplaza el coaching se inicia en el Fight Club con el doctor Jekyll y Mr. Hyde como protagonistas. Metáforas que tienen como espejo categorías psicológicas de larga trayectoria como el trastorno disociativo o la despersonalización.
La segunda figura en que se asienta el coaching está dada por los inconformistas, aquellos que ven en su situación o presente un estado inacabado de realización y bienestar. Inconformistas que se pueden vincular a movimientos como el wellness[12], pero que requieren en primera instancia la guía atenta del coach, ya que el malestar interno es también un diálogo de reconocimiento. Por ejemplo, para Robert Dilts (2004) el coach pasa a ser un patrocinador[13] que se vincula en el principio de reconocimiento individual, relación que conduce el inconformismo a partir de una suerte de positividad ontológica:
[…] apoyar a las personas para que crezcan y cambien al nivel de su identidad. El sentido de identidad de la persona se relaciona con su percepción de sí misma, de su función y de su ‘llamamientos’. Ser un patrocinador eficaz implica ‘estar ahí’ para los demás, reconociéndolos y aceptándolos a un nivel profundo, y comunicándoles mensajes tales como ‘te veo’, ‘existes’, ‘eres valioso’, ‘eres único’, ‘tienes algo que aportar’, ‘perteneces a esta comunidad y eres bienvenido’ (Dilts, 2004, p. 225).
Lo que en un principio nos puede sugerir un rasgo típico de la modernidad al resaltar las características que pretenden un individuo en esencia (‘eres único’, ‘tienes algo que aportar’), también nos delinean un estado inicial supeditado al desconcierto y una existencia trivial: ser común y no contribuir en nada significativo[14]. El inconformista también es un estado en tránsito, ya que el trabajo del coach será en primera instancia movilizar el malestar, positivizando y especificando su enunciación, como nos muestra el propio Dilts (2004, p. 175):
para determinar formulaciones positivas de intenciones y valores, el mentor eficaz hará preguntas tales como ‘si estrés/gasto/fracaso/desperdicio es lo que no quieres, ¿qué es lo que sí quieres?’, o ‘¿qué conseguirías (en qué te beneficiarías) si pudieses evitar (o liberarte de) eso no quieres?’.[15]
Sintetizado en el oxímoron que subraya la capacidad de autoinspección-guiada, nuestro individuo encuentra su incomodidad mediante una relación minúscula que requieren en su práctica y materialidad, un diálogo que interpela a una escala mínima de consejo, exhortación y movilización. No se trata de una inconformidad negativa, ya que la premisa de autoinspección tiene como fin último develar un deseo que se enmarca en una suerte de “positividades culturales de la época”, relación siempre esquiva “entre sujetos de las sociedades del populismo ya a la deriva […] y los discursos y recursos puestos en juego por lo que mal y sintéticamente podemos llamar neoliberalismo” (Semán, 2007, p. 149).
El inconformista también delinea un gesto “rebelde”: un signo de distinción que emerge solo a partir del propio conocimiento; camino siempre enigmático en su final, ya que el coach puede conducir, pero para que el proceso sea unívoco y auténtico, debe emerger de uno mismo. Un texto de circulación marginal en los cursos de coaching titulado “El poder está en usted”[16] lo sintetiza del siguiente modo:
¿Conduce usted el rebaño, o es usted rebaño? Si sigue a los demás, es que no ha descubierto “ese algo” dentro de usted. Para ser caudillo, para poder adelantarse al rebaño en su trabajo, o interés, o expresión, hay que hacer uso del poder interior. Es absolutamente esencial. Sin él, no puede hacerse nada (Bristol, 1983, p. 13).
Bristol lejos está de ser un pastor, su objetivo o “tierra prometida” es que cada uno sea pastor de sí, “ser caudillo” con la capacidad de dirigirse uno mismo. La noción de “poder interior”[17] remite a lo que un principio la coach Miedaner denominó “ley de atracción”, forma elemental en la que Bristol, entre otros, asienta el medio y fin último por el cual manifestar un estado de inconformidad. Como planteamos, los textos de Bristol tienen una circulación secundaria, su inclusión en los programas de estudios es casi nula, más allá de alguna referencia informal como publicación best seller, pero resultan de interés ya que condensan un principio constitutivo de nuestro individuo fragmentado e inconformista: el voluntarismo vectorial dado por el emergente interior de los deseos.
Sin perder el principio de voluntariedad, el individuo del coaching adquiere complejidad al momento de trazar sus contornos en un discurso un tanto más riguroso o academicista, incorporando saberes desde una perspectiva de lo que el coach Rafael Echeverría denomina ontología del lenguaje. Lo que nos interesa por el momento es marcar cómo se emplaza, traduce y materializa nuestro individuo inconformista bajo las premisas de un lenguaje con cualidades generativas.
Si el estado de inconformidad es un objetivo a trabajar es porque en parte tiende a atacar la descripción del individuo naturalista en la cual se emplaza el mismo coaching. Alejandro Marchesán (2018)[18] introduce esa variante del siguiente modo:
[…] porque hay una situación hasta biológica que tiene un nombre inclusive. Que es la incapacidad que los seres humanos tenemos biológicamente, que se llama homeostasis[19], de cambiar a los estados nuevos. Hay una recurrencia hasta biológica que el ser humano quiere cuidar el estado en el cual está. Y hacemos más y más de lo mismo, pero viviendo quizás hasta en una fantasía de pensar que aun haciendo más de lo mismo vamos a poder lograr un resultado diferente.
Como planteamos, el estado de inconformidad se asemeja a un malestar que implica la no manifestación de un deseo, que justamente solo puede adquirir materialidad mediante el lenguaje. Aspecto en el cual se anudan las premisas constructivistas de la ontología del lenguaje como versión o gramática cientificista que permite y vehiculiza la incomodidad. Podemos suponer que los procesos de profesionalización de la disciplina auxilian dichos pasajes interpretativos, pero de igual modo no sugieren el retroceso de los argumentos más legos.
A los fragmentados e inconformistas debemos sumar los desactualizados. Tríada que delimita un individuo objetivado y problematizado por el coaching y que se termina de ensamblar a partir de su temporalidad como correlación estricta entre atributos del sujeto y exigencias de sus espacios de inserción. Si los fragmentados debían dejar atrás su yo obstructivo y los inconformistas encauzar su incomodidad a través de un deseo, los desactualizados tienen como desafío adecuarse a los requerimientos de época. Aspecto que también designa el punto de conexión contextual donde se exacerba la metáfora adaptativa o evolucionista del coaching.
La “naturaleza” excepcional que requeriría todo cambio de época a un individuo contiene para el coaching la esencia de un líder, permitiendo adecuar tiempo e individuo; esencia latente y factible de emerger mediante la guía y el acompañamiento de un coach. Si retomamos las palabras de Marchesán (2018) “todos los seres humanos somos hijos de la época en la cual vivimos pero no todos se transforman o llegan a ser los líderes que la época necesita”. En ese punto de inflexión donde “no todos se transforman”, el coaching vuelve a movilizar sus herramientas como disciplina que se presenta como facilitadora de cambios.
El espejo de nuestro individuo desactualizado es el líder, dado que representa un modelo contemporáneo de comportamiento. El liderazgo es una constante en los contenidos de los espacios de formación del coaching y puede ser explicado del siguiente modo. El coaching “se centra el individuo”, ese individuo se ve limitado por sí mismo, por lo tanto, el liderazgo en principio es la búsqueda y ampliación de las propias capacidades adaptativas: se es líder en la medida en que el mismo individuo se potencie en un grupo heterogéneo y flexible de aspectos (empatía, autogestión, reflexión sobre la práctica). Si la jerarquía[20] supone un lugar, una posición, el liderazgo sugiere un sujeto que se jerarquizará por sí mismo. De ahí el principio ampliamente difundido en los cursos de formación del coaching de que “cualquiera” puede ser líder, y lógicamente “distinguirse”.
En ese sentido, el coaching asume una lectura dada por la imbricación con las teorías del managament. Por ejemplo, Bennis y Nanus (2008) establecen un cuadro resumiendo las diferencias existentes entre el directivo y el líder. Diferencias que se presentan como un pasaje que se inicia en estados estáticos, rutinarios y conservadores.
Mientras que el directivo representa un modelo antiguo, desfasado, donde las premisas tayloristas de administración del trabajo remarcan preceptos de conducta rígida y estructurada (“acepta el statu quo”, “se centra en sistemas”, “mantiene”), la figura actualizada del líder sintetiza rasgos más “humanos” y flexibles. “Mira hacia la línea de fondo” y “mira hacia el horizonte” son quizás las diferencias más notables, siendo también la tarea pendiente de nuestro individuo desactualizado: constituirse en un proyecto.
En el mismo sentido, Oscar Anzonera[21] autor referenciado en la temática, remite a la relación entre coach y líder como una lógica catalizadora que se asienta sobre competencias genéricas. En otros términos, recursos disponibles para todos los individuos y que el coach puede impulsar en los proyectos de líderes: a) una visión personal, a modo de propósito de vida; b) fortaleza emocional, como estado de ánimo que permite superar adversidades; y c) capacidad de aprendizaje, en cuanto predisposición a la transformación continua.
Las problematizaciones alrededor de nuestro individuo desactualizado conservan algunas cualidades del poder pastoral[22], marcando contrastes y desplazamientos sobre la figura negativa de aquellos conformistas, pero sobre todo posiciona al líder como aquel quien tiene la capacidad de hacer emerger las herramientas de transformación. El “incremento de sus competencias” refiere en esencia el requerimiento de perfeccionamiento constante para los desactualizados. Así como la gestión por proyectos implica un modelo organizacional que varía en sus objetivos en función de requerimientos contextuales, el líder debe “adquirir las competencias” que lo constituyan como tal en función de momentos determinados. Manteniendo una partición clásica entre esfera laboral y familiar, Anzonera promociona su curso “Maestría Personal: las Competencias del Liderazgo” del siguiente modo:
El concepto de Maestría Personal vincula dos áreas de la existencia humana que generalmente se visualizan de manera separada: el desarrollo personal y la efectividad laboral. Sostiene la idea de que el verdadero liderazgo comienza por autoliderarse, es decir, que el proceso de desarrollo del líder se recorre de adentro hacia fuera y que la Maestría Personal es condición necesaria para el desempeño de un liderazgo eficaz.
La noción de “autoliderarse” no solo imprime sobre el individuo una responsabilidad de racionalización de actos y emociones que deben emerger y entrenarse de “adentro hacia afuera”, también despliega un fuerte acento sobre las capacidades relacionales[23] de interacción y comunicación. La importancia que asume la eficacia relacional tiene como punto de apoyo la temporalidad finita de los proyectos. Sugiere un constante ensamble de vínculos donde aquel que pueda adaptarse, impulsando capacidades ajenas para el cumplimiento de metas, tendría asumidas las competencias actuales del líder modelo.
Fragmentados, inconformistas y desactualizados son en principio tres figuras definidas menos por su negatividad que por el desplazamiento que requiere, es decir, el mismo cambio del individuo, su transición a un estado más optimizado. Figuras que movilizan identificando puntos críticos, insuficiencias y atascos. Conforman a su vez diferentes pliegues de un mismo individuo, solapados y destacados según qué perspectiva asuma el coaching, como proyecto de interpelación siempre a realizar. Su lazo con el self emprendedor (Bröckling, 2015) se inscribe al trazar un territorio normativo de la conducta y una forma de conocimiento y acceso a la verdad sobre sí mismo que actúa sobre tres aspectos: lo dado, lo impuesto y lo sustraído.
Lo dado como profunda dualidad del yo en cuanto potencialidad y obstrucción. Lógicamente, la invención del yo no es propiedad del coaching, pero sí su operacionalización simplificadora como describimos con los fragmentados. Tradición que responde a un proceso de traducción y divulgación de categorías psicológicas. Lo impuesto como un estado de inconformidad que sobre todo condiciona el presente en contraste con un futuro prometedor; futuro a verbalizar como un poder antes que un deber. Por último, lo sustraído, como aspecto común a nuestros tres denominadores, ya que nuestro individuo del coaching se constituye no sólo a partir de lo que se despoja (un yo negativo, un presente inaceptable o una conducta de otra época) sino también de lo que deja transformar para sí.
¿Problemas comunes, sujetos particulares?
Pensamos que los procesos contemporáneos que tienen como rasgo distintivo la inflación de los discursos motivacionales, de superación y realización personal tienen como complejidad no sólo los ámbitos de acción en los que se desarrolla o escenarios en los que son presentados (ámbitos educativos, de trabajo, familiar). También la dispersión de procedimientos que abordan la subjetividad a partir de un tipo particular de interpelación.
Sobre esto tratamos de describir las problematizaciones del coaching que, entendemos, son compartidas en la familia de dispositivos enmarcados en la cultura terapéutica. Esto es, las preguntas sobre autenticidad, autonomía y realización. Cada una de estas figuras en algunos casos se presumen como dadas o innatas en el sujeto y en otras requiere de procedimientos que la vuelvan gestionables para los sujetos. Del mismo modo que se presentan como figuras críticas que a su vez justifican la intervención y uso de técnicas de activación. Por ejemplo, las críticas referidas a la autenticidad y realización que se ven obturadas por un trabajo monótono o un tipo de dirección tradicional de la fuerza de trabajo.
Ahora bien, entendemos que la especificidad del coaching se juega en los modos que interpela a sus posibles destinatarios. Fragmentados, inconformistas y desactualizados son figuras concretas y complementarias por las cuales el coaching delimita un sujeto, al mismo tiempo que se da a sí mismo, como disciplina, un marco subjetivo en el que trabajar. Es decir, el coaching parte de un sujeto no realizado, inauténtico, porque no actúa en función de los aspectos que tiene que revelar de su interioridad. Por lo tanto, el sujeto del coaching es en realidad el individuo que “fracasó”, aquel que no se pudo realizar, por propia responsabilidad, y debe acudir a una serie de soportes y dispositivos subjetivos que le permitan comprometerse con el arduo trabajo de “reinventarse”.
Bibliografía
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- Algunos avances del artículo fueron publicados en Bartlett (2022).↵
- Siguiendo a Castel (2013, p. 95), inscribimos al coaching en la trama social como configuración problemática “configuraciones que no son perceptibles a simple vista, que plantean problema porque es preciso esforzarse para comprenderlas y para controlarlas. Estas configuraciones se muestran como heterogéneas en relación al curso ordinario de las cosas, y presentan con frecuencia un carácter insólito, enigmático. Abordarlas implica un acercamiento crítico en relación a las descripciones simples de la realidad social y a las maneras establecidas de explicarla. Estas configuraciones invitan a descifrar la experiencia social para comprender qué es lo que plantea problema en el seno de un presente que no es plano.”↵
- Otros ejemplos paradigmáticos como la Fundación Arte de Vivir se podrían pensar en ese mismo sentido. Ver Viotti y Funes (2015). ↵
- A modo de ejemplo, el coach argentino Alejandro Marchesán en su libro “El líder que sirve”, vincula la figura del liderazgo como un rasgo distintivo de transformación social a lo largo de la historia, volviéndose un aspecto constitutivo del individuo: “en este camino no existe la pretensión de inventar algo, por el contrario, el propósito es volcar en distintas líneas aquello que probablemente ya está, ya vive, en mayor o menor grado, en el corazón de cada lector, especialmente el de aquellos que encuentran en el servicio uno de los mayores sentidos de la libertad” (2013, p. 15).↵
- Echeverría y Pizarro son referentes latinoamericanos del coaching vinculados a la Red Global de Newfield Consulting y la Escuela de Coaching Ontológico de Rafael Echeverría. El párrafo citado corresponde al artículo “El Carácter del Coaching Ontológico”, texto introductorio difundido en cursos de coaching.↵
- Disponible en: https://www.marisagallardo.com/sobremi↵
- La lógica dual se puede apreciar en el siguiente ejemplo de la misma autora: “una clienta mía, una ejecutiva regional de una empresa perteneciente Fortune 500, […] se sentía bloqueada e insatisfecha en su trabajo. No nos pusimos a escribir su currículum ni iniciamos la búsqueda de un nuevo trabajo, sino que decidimos centrarnos en su vida. Comenzó por eliminar los pequeños inconvenientes que consumían su energía […]. Después de nueve meses de trabajo para conseguir que todos los aspectos de su vida estuviesen en buena forma, la llamó una agencia de trabajo […]. Esa misma semana consiguió el trabajo y duplicó su salario inmediatamente. Ahora su carrera es muy prometedora, y además trabaja con gente con la que disfruta” (Miedaner, 2002, p. 26).↵
- La “ley de atracción” se popularizó aún más en 2006 a partir de la publicación del libro y película “El Secreto de Rhonda Byrne”. La referencia a la idea de “ley” se asemeja a las leyes naturales que, según el autor, rigen la economía y las relaciones personales, como así también las posibilidades de éxito o fracaso. Si bien el libro de Byrne no resulta una novedad, ya que se inscribe en el movimiento New Thought, su éxito en ventas lo convirtió en un ejemplo recurrente para autores del coaching como Miedaner.↵
- Asociación Argentina de Coaching Ontológico. ↵
- Documento utilizado en dinámicas de coaching titulado “Obstáculos para el aprendizaje” para el curso Liderazgo Transformativo y Coaching. Resistencia 2019.↵
- Quiero ser Coach: Comenzando a estudiar Vol. 2. José Ignacio Méndez Gómez.↵
- Para Papalini y Echavarría (2016, pp. 47-49) el wellness representa la “exacerbación del requerimiento de ‘estar bien’, de sentirse bien que […] es una alusión de orden holístico que propicia la armonía existencial y la realización personal”. El contrapunto que marcan las autoras en relación con las nociones como bienestar y felicidad está dado por las profundas transformaciones en torno a los modos de realización y condiciones de posibilidad del “estar bien”: “porque la declinación contemporánea del término empata con los procesos de individuación y resacralización: se trata de un bienestar personal o wellness, cuya elucidación revela una huella espiritual. Esta redefinición emplaza estos términos en un espacio semántico muy próximo a la noción de felicidad providencial. El péndulo se mueve hacia lo subjetivo nuevamente, en desmedro de la caución sobre las condiciones de existencia colectivas.”↵
- Dilts (2004, p. 182) refiere a la noción de patrocinio utilizando no solo analogías de promoción, sino también como reconocimiento o “bendición” creando “un contexto en el que otros puedan actuar óptimamente, crecer y superarse”. De igual modo, el patrocinio del coach para el autor es un acto de “fe” ante una promesa de realización. ↵
- “Es algo que se nota enseguida al entrar en una compañía en la que no se practica el patrocinio. Es como si nadie existiera realmente. Cuando las personas sienten que no son vistas ni valoradas”. (Dilts, 2004, p. 189).↵
- Cursivas del autor. ↵
- El libro fue recomendado por un estudiante de coaching remarcando la importancia que tuvo en su formación después de conocer la historia de vida del autor. Escrito por Claude Bristol (veterano de guerra y periodista) “El poder está en usted” relata en primera persona la importancia de la motivación y proyección de pensamiento positivo ante circunstancias perjudiciales, desventajosas y difíciles. El inicio del libro es, precisamente, una experiencia extrema resignificada: “entonces vino la Primera Guerra Mundial, y me pregunté por qué los demás progresaban mientras yo quedaba frustrado en mis ambiciones. Sin embargo, la guerra me enseñó que podía dormir en el barro, comer pan mohoso, y vivir y reír a pesar de ello (1983, p. 4)”. La primera edición del libro es de 1954, previa a la publicación del Juego Interior de Timothy Gallwey, aunque sin la misma trascendencia, ejemplifica la circulación de literatura de autoayuda o motivacional previa a la incipiente formación del campo disciplinar del coaching. Ver por ejemplo Illouz (2007) y Papalini (2010).↵
- En 1948 Bristol publica “La magia de creer” (que cuenta con su última reedición en 2019). Al igual que en su libro “El poder está en usted”, el autor recorre anécdotas personales de su paso por la guerra, historias de vidas ejemplares y mínimos consejos y técnicas para “despertar” el “poder interior” que es “la propia convicción o la confianza fundamental” y por la cual podemos hacer “efectivos todos los resultados materiales”.↵
- Conferencia “Hacer sin dejar de Ser”. Marchesán es Licenciado en Ciencias Sociales y Humanitarias, especialista en coaching ontológico y director del CEOP (Centro de Entrenamiento Ontológico y Profesional) organización vinculada a la Asociación Argentina de Profesionales del Coaching (AAPC). ↵
- Aclarando el concepto de homeostasis, el coach vincula el fenómeno biológico a los entornos sociales: “es esa situación que los seres humanos tienen en su sistema nervioso y biológico de resistir el cambio, quieren mantener el statu quo. [Continúa recreando un diálogo]. Yo cuando discuto con una persona, discuto así viste [alzando la voz], pero no te convendría escuchar un poco más, bajar un poco el tono, yo soy así. Y cuando viene algún cambio en la organización, en la empresa, en la sociedad tenemos una resistencia natural al cambio”. ↵
- Para un análisis del uso de jerarquías en espacios de trabajo ver Bartlett y Rivero (2017).↵
- Licenciado en Comunicación y Master en Programación Neurolingüística, integra varias redes de profesional de coaching. Es director de DPO Consulting (consultora en recursos humanos) y de la Escuela de Liderazgo y Coaching. Su libro “Maestría Personal: El Camino Del Liderazgo […]” (reeditado cuatro veces) es ampliamente referenciado en programas de estudios.↵
- En el sentido de que el coach actúa sobre múltiples movimientos, individualizando y guiando hacia una meta, siendo intermediario “en el camino hacia ella” (Foucault, 2006, p. 154-158).↵
- Por ejemplo, los objetivos del curso son que los participantes: a) mejoren su capacidad de comunicación, de liderazgo y de acción hacia sus resultados; b) potencien su eficacia en la interacción y en el desarrollo de vínculos interpersonales; c) incorporen destrezas comunicacionales que les posibiliten un mejor desempeño laboral; d) desarrollen un espíritu emprendedor y asuman el desafío de diseñar y construir su propio futuro. ↵






