Una mirada desde los conceptos de problematización y gobierno (o una peripecia de la gubernamentalidad)
Daniel Chao
La historia del Estado debe poder hacerse sobre la base de la práctica misma de los hombres, lo que hacen y la manera cómo piensan. El Estado como manera de hacer, el Estado como manera de pensar: creo que no es [con seguridad,] la única posibilidad de análisis cuando se quiere hacer su historia, sino una de las posibilidades de suficiente fecundidad.
Michel Foucault, Seguridad, territorio y población
El objetivo del texto es plantear la potencialidad que tienen dos categorías discutidas en este libro –problematización y gubernamentalidad– para el análisis del Estado. Para ello, nos valdremos de un tema recurrente en los estudios historiográficos y políticos: la construcción del Estado moderno y centralizado. El ejercicio que proponemos es trabajar por contraste frente a dos abordajes que se centraron en el caso argentino, bajo la hipótesis de que en su gran mayoría los estudios sobre lo estatal asumen un carácter transhistórico que muchas veces define de antemano lo que se busca en el pasado. Para ello, nos parece apropiado no sólo rescatar la importancia que tiene pensar al Estado como el resultado de una serie de prácticas de gobierno (lo que Foucault llamó la gubernametalización del Estado) que se conectaron en lo estatal como una racionalidad y tecnología adecuada para conducir conductas; sino, y sobre todo, consideramos central recuperar el sentido dado por el propio Foucault al Estado en tanto objeto de pensamiento. Sobre este último aspecto se vuelve fundamental el concepto de problematización en tanto conjunto de prácticas que permite al analista revisar los momentos en que diversas cosas se erigen como un problema a ser resuelto, o, en términos más precisos, en cuanto prácticas que despliegan un conjunto de elementos entrelazados que se muestran como un problema de gobierno y permiten entender los juegos de verdad que posibilitan su emergencia.
Organizamos la escritura en tres apartados. En el primero, haremos una exégesis del trabajo del propio Foucault sobre estos temas, tratando de hilvanar algunos hilos que el autor dejó sobre los años finales de su vida. En segundo término, desarrollaremos dos puntos de vista sobre el Estado y su construcción, usando como ejemplo los trabajos señeros y sumamente citados de Oscar Oszlak y Juan Carlos Garavaglia para el caso argentino. La razón de su elección responde a sus intenciones de investigación empíricas y personales, ligadas a revisar la historiografía de lo estatal en Argentina y América Latina, particularmente el período finisecular del siglo XIX. En ese sentido ambos autores han desarrollado abordajes en el plano nacional y trasnacional, y sus estudios representan dos estilos de abordajes que han sido dominantes en la temática. Nos referimos específicamente a los estudios sobre fiscalidad, burocracia y guerra –en el caso de Garavaglia– y, por otro lado, a los estudios sobre las capacidades estatales y las definiciones de los ‘estilos de estado’ –por el lado de Oszlak–.
Finalmente, a partir de señalar los puntos centrales de los esquemas analíticos de Oszlak y Garavaglia, planteamos una respuesta incorporando al análisis del Estado la articulación entre gobierno y problematización para pensar a lo estatal como una manera de gobernar, y además como una respuesta ante un problema de conducción de conductas.
Foucault y el Estado como gobierno en su forma política
Que el Estado ha ocupado un lugar importante en la obra de Foucault es indudable. Si bien no ha sido el centro de su atención, desde sus primeras obras sobre la locura y la clínica, hasta sus últimos cursos sobre la seguridad, la biopolítica e incluso el derecho, han cruzado al Estado de alguna u otra forma. No obstante, es evidente que el autor puso en primer plano las preguntas por lo estatal y el tipo de poder implicado en su despliegue en sus cursos de fines de los 70, titulados en español como Seguridad, territorio y población y El nacimiento de la biopolítica. En el desarrollo de estos cursos establece su postura sobre la política, específicamente el gobierno desde el Estado mediante un concepto que se vuelve fundante en su pensamiento: la gubernamentalidad.
Existen algunos elementos que son claves para pensar el lugar que ocupa el Estado en el planteo de Foucault. En su afamada clase del 1 de febrero de 1978, el autor plantea su interés de poner sobre el tapete los puntos principales a la definición del gobierno del Estado, es decir “el gobierno en su forma política” (Foucault, 2006, p. 111). En sus célebres objetivos para el estudio de la historia de la gubernamentalidad establece como fundamentales tres cuestiones. En primer lugar, el estudio de la serie de procedimientos (análisis, cálculos, tácticas) que permiten ejercer el poder sobre un blanco (la población) sostenido en un tipo de saber (la economía política) y mediante un tipo de instrumento tecnológico (los dispositivos de seguridad). Al poner estos términos entre paréntesis buscamos aislar los elementos históricos concretos del análisis de Foucault (quien vio a la población como el objeto capaz de destrabar un tipo de poder, el gobierno, y el surgimiento de un tipo de tecnología de gobierno, la seguridad, en un momento histórico en ciertas regiones de Europa) para quedarnos con el tronco elemental de su propuesta, cuestión que nos servirá para desarrollar este texto.
En segundo lugar, el autor señaló un tipo de poder, al que denominó gobierno (que se complementa con otros tipos de poderes como el de la disciplina y la soberanía) que necesitó formas concretas de la dupla saber/tecnología; mientras que en tercer término señaló que esta historia de la gubernamentalidad sería una que mostrara el momento en que el Estado (de justicia/soberana en la Edad Media, administrativa/disciplinar en los siglos XV y XVI) se “gubernamentalizó poco a poco” (p. 136). Estas características han sido citadas en diversas ocasiones, pero para nuestros objetivos nos posibilitan hacer foco en algo remarcado por el propio Foucault: no puede reducirse al Estado en sus funciones (como por ejemplo desarrollar las fuerzas productivas o reproducir de las relaciones de producción), sino que debe verse como el efecto de una serie de prácticas técnicas y estratégicas. Este aspecto es resaltado en el Nacimiento de la biopolítica cuando marca la aparente contradicción entre ahorrarse una teoría del Estado como quien se cuida de una comida indigesta, pero a la vez afirma que su trabajo –en retrospectiva– no ha hecho otra cosa que analizar al Estado[1]. En ese sentido, el ahorro estaría dado por “no empezar por analizar en sí mismas y por sí mismas la naturaleza, la estructura y las funciones del Estado” (Foucault, 2007, p. 95).
Al definir al Estado como un efecto de ciertas prácticas, y al centrarse en el gobierno y la gubernamentalización del Estado, Foucault pretende quitar esencialidad a lo estatal y ahondar en el Estado como un modo de gobernar. Pero a la vez, la noción de Estado se impone como un prisma reflexivo que posibilita verlo como un objeto de pensamiento, una instancia de reflexión sobre el arte de gobernar a los demás y a uno mismo. En esa línea dirá que su objetivo es ahondar en
…el conjunto de procesos por los cuales el Estado, en un momento dado, entró efectivamente en la práctica meditada de la gente (resaltado nuestro), la manera en que, en un momento dado, se transformó para quienes gobernaban, para quienes aconsejaban a los gobernantes y para quienes reflexionaban sobre los gobiernos y su acción tal como ellos la veían […], esa manera fue, a buen seguro, no el factor absolutamente determinante del desarrollo de los aparatos de Estado que en verdad existían desde mucho antes –el ejército, el sistema fiscal, la justicia existían desde mucho tiempo atrás–, pero sí un factor de enorme trascendencia, creo, para que todos esos elementos se incorporaran al campo de una práctica activa, concertada, meditada, que fue justamente el Estado. No se puede hablar del Estado cosa como si fuera un ser que se desarrolla a partir de sí mismo y se impone a los individuos en virtud de una mecánica espontánea, casi automática. El Estado es una práctica. No puede disociárselo del conjunto de las prácticas que hicieron en concreto que llegara a ser una manera de gobernar (resaltado nuestro), una manera de hacer, una manera, también, de relacionarse con el gobierno (Foucault, 2006, p. 324).
A su vez, la distancia con las funciones y la estatización de la sociedad pone una barrera frente a aquellos que, asumiendo una existencia y separación creciente y estable entre Estado y Sociedad, proponen que la mirada para ‘entender’ lo estatal debe partir desde su interior. Ante esto, el filósofo francés establece la importancia de estudiar tres exterioridades que permitirían la emergencia de algo como el Estado: 1) las exterioridades tecnológicas, es decir la reconstrucción de las “redes de alianzas, comunicaciones, puntos de apoyo” (p. 141); 2) las exterioridades desde una economía de poder, apoyadas en la lectura sobre tácticas y estrategias; y 3) las exterioridades respecto a los objetos, es decir “…negarse a medir las instituciones, las prácticas y los saberes con la vara y la norma” de objetos dados de antemano, y captar los movimientos que constituyen un “campo de verdad con objetos de saber” (p. 143).
Estrategias, tecnologías y objetos de saber sostenidos en juegos de verdad serán señalados como las bases de la propuesta de estudio de lo político y el poder por los Governmentality Studies, condensados en dos categorías o apoyaturas de inteligibilidad que se terminarían instituyendo en una suerte de metodología: el estudio de las racionalidades y el de las tecnologías, a veces puestas en paralelo y otras vistas de manera jerárquicas, pero usualmente al servicio de entender el mapa de saberes y verdades, y los estilos de pensamiento conectados con lo que se desea gobernar (las racionalidades) y las apoyaturas materiales y simbólicas desplegadas para ello (las tecnologías)[2].
Estas someras definiciones encierran una serie de consensos en torno a la propuesta de Foucault sobre el poder, y específicamente sobre esa modalidad de ejercicio denominada gobierno es decir el arte de “guiar a los hombres, dirigir su conducta, constreñir sus acciones y reacciones” (Foucault, 2007, p. 16). Estos acuerdos me permiten establecer una serie de dudas e interrogantes que intentaré explicitar, y sobre todo contrastar con otros estudios para responderla. La primera de ellas tiene que ver con los debates sobre la construcción del Estado o los estudios sobre el state-building. ¿Qué límites pone a estos estudios la propuesta del Estado como un efecto de prácticas y la importancia de pensar el momento en donde aparece como práctica meditada? La segunda duda responde las cuestiones incluidas en la noción de táctica y estrategia, fundamental para el estudio de las exterioridades del Estado, pero enunciada por Foucault en modo general. ¿Qué implica estudiar las estrategias para dar cuenta de una economía de poder, en este caso, del gobierno? Como anticipo, consideramos que estas preguntas pueden responderse tomando en cuenta la imbricación entre gobierno y problematización, que permite hacer ese puente entre el Estado como un objeto de pensamiento y el estudio de las estrategias que definirían el tipo de poder que es el gobierno.
Para poder clarificar esa hipótesis desde el propio Foucault y otros autores que se inscriben en su punto de vista, propongo trabajar por comparación entre la apuesta foucaultiana y otros estudios que han dado diversas respuestas a esas preguntas. Para ello nos valdremos del análisis una serie de textos de Oscar Oszlak y Juan Carlos Garavaglia, respectivamente, que han avanzado sobre el análisis de la construcción del Estado argentino a mediados y fines del siglo XIX, y a la vez han propuesto un modo concreto de pensar el poder, su ejercicio y el movimiento del amperímetro estatal.
Los inicios del Estado en los análisis argentinos
No existe en Argentina una enorme tradición ni producción historiográfica o desde otras disciplinas que se hayan preguntado –de modo sistemático y con pretensiones de amplio alcance– por el nacimiento, construcción o consolidación del Estado nacional argentino[3]. Los estudios de historia política más clásicos lo establecían como un hecho y se concentraron en las figuras de los grandes hombres, con el centro puesto en la provincia y ciudad de Buenos Aires. En líneas generales desde los estudios sobre la construcción o nacimiento de un Estado centralizado hay cierto consenso que ubica las condiciones de esa emergencia en 1879-1880 con la derrota de Buenos Aires por el Ejército nacional y la anexión de la ciudad como capital federal, y la llegada de Julio A. Roca a la presidencia bajo el lema paz y administración. La caída de Tejedor y su intentona de sostener la autonomía de Buenos Aires significaría el último bastión de resistencia y la consolidación de una organización federal con centro económico-administrativo en el puerto.
Sin embargo, desde los 80’ surgió una renovación historiográfica y desde otras disciplinas que desarticuló esta historia más escolarizada y se valió de nuevas fuentes y preguntas para pensar a lo que hoy es Argentina durante buena parte del siglo XIX[4]. Sin embargo, quienes mayor atención le han puesto al proceso de construcción/formación del Estado nacional han sido, sin dudas, Oscar Oszlak y Juan Carlos Garavaglia, quienes se inscriben en perspectivas diferentes. El primero de ellos, tiene al Estado y las políticas públicas como su objeto central de estudio desde hace cuatro décadas y es autor del multicitado La formación del Estado argentino, quizá la única obra que propuso un estudio sistemático del proceso de formación estatal-nacional en el período finisecular del XIX. Por su parte, Garavaglia llegó al tema de la construcción estatal luego de una enorme trayectoria en el estudio de las clases rurales y la tenencia de la tierra en Argentina y América Latina, y fue materia de indagación (junto al estudio de las fuerzas de guerra nacionales durante la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay) en la última parte de su obra, hasta su muerte en 2017.
La selección de estos autores responde a un doble objetivo. En primer lugar, considero que tanto por volumen como por el grado de avance y amplitud de sus abordajes, Oszlak y Garavaglia representan los análisis más completos y con mayor capacidad comprensiva del período, con lo cual es ineludible su lectura para cualquier interesado en el estudio de lo estatal y las políticas públicas durante el siglo XIX. Pero a su vez, sus obras presentan tres elementos que consideramos fundamentales para clarificar nuestra inscripción en el punto de vista foucaultiano. Ambos intentan hacer un análisis del Estado desde cierta mirada de exterioridad y tienen propuestas que no normalizan la teleología histórica ni lo inevitable del proceso comandado por los hombres de Buenos Aires. Asimismo, se inscriben en propuestas y posicionamiento teórico-metodológico adoptados en otros puntos del globo, con la necesaria impronta personal y robustez teórica para poder avanzar sobre esta región del mundo. Y, además, ambos proponen un tipo de lectura sobre el ejercicio del poder y su despliegue, y las consideraciones tanto teóricas como empíricas necesarias para pensar en una formación (Oszlak) o una construcción (Garavaglia) estatal. De esta manera, operando por contraste, podemos visibilizar las áreas no exploradas o naturalizadas por estos autores marcando las ganancias de la perspectiva que adoptamos en este texto.
El papel de las cuestiones en Oszlak y los elementos estructurales del Estado
Las preocupaciones sobre la burocracia latinoamericana y las formas de estudiar las políticas públicas en esta parte del mundo fue motivo de preocupación de Oscar Oszlak de manera regular, desde los años 70. En 1976 escribió dos artículos centrales para su producción posterior, uno de ellos en coautoría con quien lo acompañaría buena parte de su vida intelectual hasta los 90, hablamos del influyente politólogo argentino Guillermo O’Donell, quien desde tiempo anterior tenía entre sus ocupaciones la definición del Estado y el régimen político imperante en una parte importante de América Latina y otras latitudes en las márgenes políticas y económicas del globo[5]. En el artículo Estado y políticas estatales en América-Latina. Hacia una estrategia de investigación, O’Donell y Oszlak proponen una forma de estudiar a las políticas públicas y su desarrollo a través de una metodología que pueda prestar atención a la relativa pero significante autonomía del Estado, representada por sectores burocráticos que articulan con otros actores de la sociedad (capital internacional y burguesía nacional). Los autores advierten la dificultad de asumir una existencia clara entre un adentro y un afuera, entre lo público y lo privado, que, aunque de momentos operan como tales, en otros muestran áreas grises (O’Donell y Oszlak, 2011, p. 559).
Las políticas públicas son vistas como un Estado en acción que debe pensarse inserto en una estructura de arena, en donde puede verse “conflictos, coaliciones, movilización de recursos, grados relativos de autonomía y poder de “actores” (incluyendo el Estado)” (p. 560). Pese a ser un Perogrullo, esta aclaración permite aislar el concepto de poder y su concreción desde el Estado que tienen los autores y que será central en la obra de Oszlak. Para ambos, el foco analítico debe posicionarse en lo que denominan la cuestión, es decir un tipo de necesidad/demanda socialmente problematizada, “en el sentido de que ciertas clases, fracciones de clase, organizaciones, grupos o incluso individuos estratégicamente situados creen que puede y debe hacerse “algo” a su respecto y están en condiciones de promover su incorporación a la agenda de problemas socialmente vigentes” (p. 564). La cuestión y su ciclo vital serán un catalizador para ver rangos de incidencia de actores no estatales, pero además para entender otros posicionamientos que permitirán comprender el mapa de relaciones sociales y el universo de problemas relevantes en un momento dado de la arena política. En el análisis propuesto, interesan aquellas cuestiones incorporadas a la agenda estatal y en las cuales las burocracias implicadas toman posición.
El poder se manifiesta en la capacidad de construir una cuestión y anular otras, y la penetración o interpenetración del Estado sobre otros actores se jugaría en el terreno de las cuestiones incorporadas/excluidas. Esta definición de la burocracia como actor está desarrollada por Oszlak en un texto del mismo año, Notas críticas para una teoría de la burocracia estatal, en donde advierte la importancia de pensar retrospectivamente al sector, no sólo por su heterogeneidad constitutiva, sino porque las características que adquieren dependen de su proceso histórico de conformación, el cual se define por las formas en que
se problematizan, plantean y resuelven cuestiones que integran la agenda socialmente vigente (…). La metamorfosis del aparato institucional del Estado se ajusta a los ritmos, instancias y modalidades que asumen las formas de resolución de tales cuestiones sociales. En tal sentido la evolución de la burocracia expresa en el tiempo sucesivas correlaciones de fuerza y cambiantes fuentes de contradicción social (Oszlak, 1977, p. 24).
¿Cómo mirar esta metamorfosis? Con una postura histórica que privilegie el surgimiento de una cuestión, quién/es la reconocieron como problemática, desde dónde se difundió esa idea, que recursos y estrategias estuvieron implicadas y por supuesto cuándo ingresa como problema estatal. En esta etapa aparece una cuestión central: “la capacidad de iniciación autónoma por el Estado (es decir, sin necesidad de reflejar “demandas” o inputs de la sociedad civil)” (O’Donell y Oszlak, 2011, p. 565). Entonces una política estatal sería una toma de posición (por acción u omisión) en relación a una cuestión; esta política “no constituye ni un acto reflejo ni una respuesta aislada, sino más bien un conjunto de iniciativas y respuestas, manifiestas o implícitas, que observadas en un momento histórico y en un contexto determinados permiten inferir la posición –agregaríamos, predominante– del Estado” (p. 566, resaltado en el original). Los actores involucrados pueden o no tener intereses específicos (a veces un partido político puede incentivar una cuestión con miras a ampliar su base electoral) pero en gran parte sí, como lo señalará el propio Oszlak al estudiar las formaciones estatales en América Latina y Argentina.
De lo que se trata, entonces, es hacer una historia de las cuestiones en tanto que estudio “de un proceso social al que concurren diversas políticas –las de actores privados y los nudos implicados por las acciones del Estado– y procesos burocráticos cruciales para la determinación real del contenido de la posición del Estado ante la cuestión” (p. 570). Para poder llevar a cabo esta historia, es necesario reponer, en palabra de los autores, el contexto, definido, por un lado, por el conjunto de agendas de cuestiones imperantes, que permitirían comprender la cuestión analizada; y por otro, por la estructura social que daría un telón de fondo para entender a los actores. En resumen, el análisis propuesto por niveles quedaría esquematizado de la siguiente manera:
…i) las políticas estatales mismas; ii) la cuestión a la que aquéllas se refieren, entendida como generando un proceso social que contiene las políticas estatales y las políticas privadas referidas a la cuestión; estas dos primeras capas constituyen lo que hemos llamado el tema propio de nuestras investigaciones y el ámbito empírico en el que, en general, nos corresponderá recoger información; iii) la agenda de cuestiones y iv) la estructura social, como el más estático y agregado contexto global de nuestro tema. Comúnmente estos dos niveles finales no serán objeto de nuestra investigación; deberían ser suficientes las fuentes secundarias disponibles” (p. 574)
Esta base de pensamiento será recuperada por Oszlak para darle carnadura histórica en sus trabajos posteriores sobre la formación del Estado en América Latina y en Argentina, aunque sus primeras hipótesis ya asomaban en estos textos[6]. En La formación histórica del Estado en América Latina: elementos teóricos metodológicos para su estudio, va a centrar su análisis en los estados nacionales definidos como una instancia de articulación de relaciones sociales y dominación, que se manifiesta mediante aparatos que condensan recursos y poder para esa dominación, en lo cual la idea de nación es crucial pues implica simultáneamente un despliegue simbólico y territorial (Oszlak, 2011, p. 117). En este punto marca una estructura estatal que se muestra siempre estable pero que se modifica según las características de cada proceso histórico. Esa estructura estatal, que debe leerse en funcionamiento simultáneo para poder comprender el proceso de formación estatal, está compuesta por la “existencia de una nación, difusión de relaciones de producción e intercambio económico, concepciones ideológicas predominantes, grado de cristalización de clases sociales” (p. 115), entre otras.
En La formación del Estado argentino… dirá que en dicha conformación está implicada una instancia política “que articula la dominación en la sociedad, y la materialización de esa instancia en un conjunto interdependiente de instituciones que permiten su ejercicio” (Oszlak, 1997, p. 16). La estatidad (stateness, citando a Nettl) sería la capacidad de desarrollar una serie de propiedades:
…1) capacidad de externalizar su poder, obteniendo reconocimiento como unidad soberana dentro de un sistema de relaciones interestatales; 2) capacidad de institucionalizar su autoridad, imponiendo una estructura de relaciones de poder que garantice su monopolio sobre los medios organizados de coerción; 3) capacidad de diferenciar su control, a través de la creación de un conjunto funcionalmente diferenciado de instituciones públicas con reconocida legitimidad para extraer establemente recursos de la sociedad civil, con cierto grado de profesionalización de sus funcionarios y cierta medida de control centralizado sobre sus variadas actividades; 4) capacidad de internalizar una identidad colectiva, mediante la emisión de símbolos que refuerzan sentimientos de pertenencia y solidaridad social y permiten, en consecuencia, el control ideológico como mecanismo de dominación (p. 17, resaltado nuestro).
Estas propiedades definen la existencia de todo Estado y su desarrollo desigual marcaría la diferencia entre diversos procesos de formación estatal. Para poder hacer una lectura de ese desarrollo recupera la noción de arena de conflicto definida junto a O’Donell. En definitiva, desde el esquema analítico de Oszlak se entiende que todo estado (y toda formación) implica desarrollar esas cuatro propiedades, las cuales toman concreción histórica una vez que van resolviendo las cuestiones a su interior, y considerando qué papel ocupa la burocracia estatal en tanto que actor complejo y diferenciado. De esta manera, “el origen, expansión, diferenciación y especialización de las instituciones estatales resultarían de intentos de resolver la creciente cantidad de cuestiones que va planteando el contradictorio desarrollo de la sociedad” (p. 21). Esa expansión se va configurando de acuerdo a los grados de intervención institucional dentro de las cuestiones socialmente problematizadas, y el mapa de instituciones estatales en un recorte dado muestra el nudo de suturas de diversas áreas de contradicciones de la sociedad (Oszlak, 2011, p. 123)
El autor intenta definir al Estado como un aparato, es decir que puede distinguirse analíticamente (empíricamente es más difícil) el papel del Estado como articulador de relaciones sociales del papel en tanto articulador de organizaciones burocráticas-institucionales, pues en tanto actor complejo, solo se homogeniza por “…la legítima invocación de la autoridad del Estado que, en su formalización institucional, pretende encarnar el interés general de la sociedad” (Ibid.). Por esta razón, los conceptos de estatidad y de cuestión deben entrelazarse, pues implican un proceso de adquisición de atributos. Oszlak propone
concentrar el análisis en el proceso social desarrollado alrededor de la problematización y resolución de cuestiones que no sólo tuvieron en el Estado nacional a un actor central, sino que además su propia inserción en el proceso contribuyó a constituirlo como tal o a modificar sensiblemente algunos de sus atributos (pp. 124-125).
Para operativizar esta propuesta el autor propone mirar los engarces entre atributos adquiridos y cuestiones examinadas[7], entendidos como las variables básicas para un análisis de la formación estatal, lo cual implica una ruptura con miradas funcionalistas del Estado. La resolución de cuestiones implicaría correrse de una mirada lineal de la historia, y darle un protagonismo central a la contradicción y la lucha inter e intra burocrática, a la vez que incorporar los contextos, ya definidos junto a O’Donell. Asimismo, este análisis permitiría situarse sobre indicadores específicos: políticas estatales, respuestas de diferentes actores sociales, creaciones y reagrupamientos institucionales, cambios en la extracción y asignación de recursos, manifestaciones de modificación en las pautas de comportamiento burocrático. Estos elementos definirían, en sus palabras, la historia de la formación del aparato estatal que no es otra que “la historia de los cambios producidos en este tipo de variables y su relación con un conjunto de factores determinantes” (p. 126).
Para América Latina y la Argentina del XIX, el autor verá en la idea/slogan de orden y progreso una cuestión estable y de larga duración, es decir una traducción en forma de respuestas ante el problema del ‘atraso’ y del desorden institucional de la región:
Un Estado capaz de imponer el orden y promover el progreso era, casi por definición, un Estado que había adquirido como atributos la capacidad de institucionalizar su autoridad, diferenciar su control e internalizar una identidad colectiva. Ello suponía un grado de “presencia” en estos diversos planos que la precariedad de los nuevos estados no estaba en condiciones de institucionalizar” (Oszlak, 1997, p. 29)
El continente, a la vez, presenta una serie de elementos estables con diversas concreciones históricas como la correspondencia entre el tipo de cuestión social y los mecanismos institucionales que la resolvieron (seguridad social, desarrollo agrario, regulación cambiaria), el crecimiento de aparatos estatales en tandas de organismos y recursos funcionalmente especializados, y el carácter conflictivo del proceso de expansión estatal por su lugar de aparato en la arena de conflictos (pp. 36-37). En resumen, lo explicado hasta aquí constituye el esquema analítico de Oszlak centrado en el cruce de cierta estabilidad inherente a todos los Estados, y a todos los procesos formativos de Estados nacionales, aunque su elemento dinámico está dado por las formas en que esas estructuras sociales se entrecruzan con una historia de agendas políticas (cuestiones socialmente problematizadas) y resuelven de manera irregular sus contradicciones, aunque tendientes a sostener estatidad, definidas en términos de ciertas propiedades y capacidades estatales.
En el caso de Argentina, Oszlak desarrollará en La formación del Estado… su clásica definición de las penetraciones de Buenos Aires para lograr externalizar el poder, institucionalizar la autoridad, diferenciar el control e internalizar la identidad. Me refiero a las modalidades que, según el autor, permitieron a los porteños superar los escollos de la Confederación Argentina: la modalidad represiva, es decir la “organización de una fuerza militar unificada y distribuida territorialmente, con el objeto de prevenir y sofocar todo intento de alteración” (…); la cooptativa, entendida como la “captación de apoyos entre los sectores dominantes y gobiernos del interior, a través de la formación de alianzas y coaliciones basadas en compromisos y prestaciones recíprocas” (…); la material, como las “formas de avance del Estado nacional, a través de la localización en territorio provincial de obras, servicios y regulaciones indispensables para su progreso económico” (…); y la ideológica, es decir la “creciente capacidad de creación y difusión de valores, conocimientos y símbolos reforzadores de sentimientos de nacionalidad” (p. 104).
El libro de Oszlak, en lo sucesivo, será un intento de mostrar cómo estas modalidades se desarrollan entre la batalla de Pavón en 1861 y la derrota de Buenos Aires en 1880, con la consiguiente y relativa estabilización. Antes de reponer este análisis, nos interesaba poder dar cuenta del punto de vista, aunque sí, a título de lo que nos interesa en este texto, algunas cuestiones merecen destacarse. La escritura de Oszlak lejos está de dar cuenta de las tensiones entre cuestiones y atributos adquiridos, y su análisis subsume el lugar de los actores a un relato de despliegue. Es decir, si bien entendemos que su esquema analítico tiene algunas cuestiones discutibles, su puesta en marcha no llega siquiera a hacerle honores. En definitiva, La formación del Estado argentino, termina convirtiéndose en un texto en donde vemos un crecimiento poderoso del Estado-actor, antes que ver el juego de las cuestiones socialmente problematizadas. Este prisma que se presenta, a nivel teórico-metodológico, como atendiendo a la heterogeneidad de los conflictos, culmina subsumiendo los mismos en un desarrollo que no puede dar cuenta de ellos. Un ejemplo es un pasaje de un texto escrito a modo de síntesis sobre el libro:
El estado nacional se convirtió en el núcleo irradiador de medios de comunicación, regulación y articulación social, cuya difusión tentacular facilitaría las transacciones económicas, la movilidad e instalación de la fuerza de trabajo, el desplazamiento de las fuerzas represivas y la internalización de una conciencia nacional. Estos correlatos institucionales de la penetración estatal serían, de este modo, momentos en el proceso de adquisición de los atributos de la estatidad. Al producir la descentralización del control constituirían, en esta etapa inicial, una condición inseparable de la centralización del poder (Oszlak, 1982b, pp. 541-542).
En el siguiente apartado nos detendremos en la propuesta de Juan Carlos Garavaglia, quien abordó el mismo tema, pero atendiendo a aspectos más desagregadas.
Garavaglia: fiscalidad, guerra y la construcción estatal como un poder separado
Hay una distancia formativa y de objetivos que separan a estos dos autores. Oszlak (economista y politólogo) hace uso del pasado para comprender el nacimiento de un tipo de burocracia que le interesa en el presente; mientras que Garavaglia, historiador, se centra en comprender el período para poder aportar a discusiones sobre el siglo XIX y el proceso de construcción estatal, fundamentalmente la transición entre la Confederación y la República Argentina. Es decir, la robustez teórica de Oszlak es distinta, por objetivos y formación, lo cual no significa que no puedan señalarse horizontes de lectura claros en la obra de Garavaglia. Trataremos reponer ese horizonte.
Si bien el tema del Estado tuvo siempre una presencia en el trabajo del autor (Mateo, 2017; Rabinovich, 2019), el análisis de su construcción fue objeto en los últimos años de su carrera. En 2007, el autor presentó Construir el Estado e inventar la Nación: el Río de la Plata, siglos XVIII y XIX, que condensó una serie de artículos en donde trataba el problema de lo nacional en la cultura popular y letrada, la aparición y estabilización de la opinión pública en el espacio platino y, finalmente, lo que llamó el horizonte estatal, es decir el análisis centrado en el despliegue del Estado, en clara disputa contra los estudios que señalan la existencia de aparatos y desdeñan los “entramados de relaciones sociales de dominación” (Garavaglia, 2007, p. 15)[8]. En sus palabras, el poder no surge de relaciones entre cosas, sino que atañen a las voluntades de las personas. Su trabajo se centrará en la siguiente década en tres elementos que considera claves, aunque no únicos: las finanzas, el ejército y la burocracia[9].
El autor definirá al Estado, por un lado, como “una relación social de dominación (un entramado de relaciones sociales de dominación, diríamos nosotros, ensayando una definición) y no una cosa, un aparato…” (p. 229); y por otro como la
institucionalización del poder separado de la colectividad humana (con lo cual) una ‘historia del Estado’ debería ser la historia del proceso de constitución de un “poder separado” en una sociedad determinada. Poder separado que debería apoyarse en una capa burocrática. Y por supuesto, si bien el Estado requiere la existencia de una burocracia, no debe ser, analíticamente, confundido con ésta, una cosa es ese ‘poder separado’ y otra, las instituciones –como la burocracia (…)– que posibilitan que éste lleve a cabo sus funciones (p. 229).
El poder separado es el objeto principal de la historia, y las burocracias un catalizador definido como una institución, “es decir, una forma de estructuración social que tiende a ritualizar conductas y comportamientos de acuerdo a ciertos códigos compartidos y que, a la vez, exige de la sociedad una adecuación creciente a esos códigos” (p. 230). La fiscalidad y la coerción (las fuerzas armadas) serán centrales en los procesos formativos y permitirían mirar la construcción pues a partir de allí podría verse cómo ese “proceso de institucionalización de un poder separado impone a ‘los socios’, es decir a la sociedad, ‘pérdida y sujeciones’” (Ibid.). La centralidad de la dupla fiscalidad-coerción estará dada en el proceso de concentración de capitales variados implicados en el Estado:
La concentración de lo que Bourdieu llama el capital de fuerza física exige la instauración de una fiscalidad eficiente para sostener esa fuerza armada que el Estado necesita tanto en el interior como en el exterior y –a largo plazo– la unificación de un espacio económico, es decir, la tendencia a la creación de un mercado nacional (p. 231).
Este aspecto lo llevó a analizar las aduanas y los préstamos adquiridos por el Estado de Buenos Aires, la Confederación Argentina y luego por el Estado unificado (la República Argentina). Pero a su vez, Garavaglia señala la importancia de definir el tipo de Estado que se trata a partir de las características del cuerpo de profesionales servidores del Estado (la burocracia), con lo cual “toda reflexión acerca de la ‘hegemonía’ y de las formas de dominación en el período no pueden pasar por alto el papel de este encuadramiento, militar y represivo, de una parte sustancial de la población masculina adulta” (p. 256). En América Latina, lo que puede verse es la predominancia de las fuerzas represivas en las finanzas locales, y la baja existencia de verdaderos burócratas, con lo cual “si quisiéramos definir este ‘Estado’ diríamos que él parece resumirse a la tarea de reprimir y controlar. Más atrás se halla el papel de perceptor de derechos aduaneros e impuestos, para a su vez, poder cumplir con eficacia la función primera” (pp. 258-259).
El autor parece encontrar allí el hilo conductor para entender los procesos de construcción del Estado, al menos en toda Iberoamérica: “Si el Estado es siempre coacción y violencia –sea esta física o simbólica– el proceso de constitución de esa instancia ‘separada de la sociedad’ exige en sus pasos iniciales un uso casi desmesurado de la fuerza” (p. 269) para lograr el proceso de reproducción del sistema de dominación en su conjunto, por encima de intereses sectoriales. Recuperando a Brewer (1989) dirá que lo que se da en el continente y en nuestra región durante la primera y en gran medida durante la segunda mitad del siglo XIX
es un fiscal/military state por el gasto desmedido de lo militar ello a su vez (gracias a la acción de un complejo bucle que se va expandiendo y extendiendo su radio de acción) torna indispensable el crecimiento y burocratización de determinadas instituciones para poder controlar y aportar los recursos necesarios, vía los sistemas de imposición, a los efectos de sostener ese creciente esfuerzo bélico, exigiendo aún más recursos (p. 308).
En este punto también señalará al control sobre la masa campesina como una vía de institución de un modo de producción[10].
Si en Oszlak el motor de la historia de la formación del Estado es el juego entre atributos y cuestiones, en Garavaglia este aspecto no presenta tal claridad, aunque en gran medida se recuesta en ese ejercicio de voluntad ya señalado. El autor propone, para ver el despliegue del Estado, observar las redes familiares y de sociabilidad de los funcionarios tomando en cuenta una característica bifronte:
despegar a estos hombres de sus redes y darles un mero papel de engranajes en las ruedas del Estado, es un absurdo. Pero tampoco hay que olvidar que estos mismos hombres buscaban ejercer esas funciones y, por lo tanto, parece evidente que la función estatal algo agrega (…). Ambas son funcionales a su propio poder y al poder del Estado. Crecen y se refuerzan mutuamente (p. 365).
Asimismo, señala los procesos de separación entre lo público y lo privado, no solo en la actividad de los funcionarios sino en otros despliegues estatales como el capital informacional, es decir la capacidad creciente de monopolio de la información y sus soportes en manos de las instituciones del Estado, corriendo a organizaciones de otra índole como el clero.
La fiscalidad, la burocracia y las transiciones entre el período colonial y los estados proto modernos de mediados del siglo XIX fueron también objeto de Garavaglia posteriormente. Sostenido sobre el mismo marco de lectura que desarrollamos, y bajo un proyecto internacional de estudios sobre los procesos de state-building en Latinoamérica (Pro Ruíz y Garavaglia, 2013), sus siguientes aportes a la discusión se centraron en pensar la “transición fiscal” en la región y en particular en el Río de la Plata, pero sobre todo la institución de las burocracias que debían abandonar paulatinamente el habitus de la colonia y constituir un nuevo experimento post revolucionario. La construcción estatal estuvo encarnada, en los términos de Garavaglia, en una serie de hombres que poco se separaban del mundo ordinario social según la definición de funcionariado de Bourdieu, lo cual le permite al historiador argentino definir un proceso de continuidad antes que de ruptura en el proceso analizado (Garavaglia, 2010).
La mirada transicional, y el esquema fiscalidad-coerción-construcción estatal también será crucial para comparar, en el caso rioplatense, el grado de desarrollo entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina en tanto estado fallido[11], pero con tres elementos parcialmente desarrollados: aduana, ejército y construcción de un aparato burocrático. Estos elementos le permiten al autor afirmar que la nueva República Argentina, comandada por Buenos Aires tras la batalla de Pavón, se apoyará para el proceso de construcción estatal en los grados de avance logrados entre 1852 y 1861 (Garavaglia, 2012; 2015).
En su última obra editada y de propia autoría, Garavaglia desarrollará alguno de estos argumentos para pensar la herencia de la Confederación, pero sobre todo para mostrar una forma de abordaje historiográfico de un proceso de formación estatal. Los pilares de su propuesta van a estar centrados, como en toda la década, en las rentas y la fiscalidad, y el lugar preponderante de los gastos de guerra frente a otros abordados por el Estado, reforzando el papel de lo coercitivo[12]. Asimismo, esta obra muestra algunos intentos de diversificación para mirar los gastos en distintos niveles de estatalidad (Nación, provincia de Buenos Aires y Municipalidad de Buenos Aires), a la vez de una renovación respecto a la construcción de las burocracias, ya no solo intra estado sino en lo que se denomina el contractors states, encarnados en la figura de los proveedores del Estado (en este caso, los proveedores de las fuerzas militares), que podrían iluminar sobre “las intenciones de construir una estatalidad como forma de poder dominante, que surgían y crecían junto a la pervivencia de otro tipo de relaciones de dominación, basadas en estilos y costumbres de antigua data, ya muy arraigados” (Garavaglia, 2015, p. 133).
Este punto le permite volver a la pregunta sobre el poder y la autonomía del Estado, al afirmar que a través de los vínculos familiares entre contratados y contratante, y las cifras monumentales implicadas en el gasto de guerra,
se fue desarrollando en un proceso paulatino, donde las pautas para la reorganización institucional colisionaban contra las rémoras de la costumbre. La implementación de un orden administrativo con dispositivos de control más efectivos, se realizaba en ámbitos donde los vínculos existentes entre quienes llevaban adelante la gestión de gobierno y aquellos que, se suponía, estaban por fuera de él eran demasiado frecuentes, cuando no se trataba directamente de la misma persona que actuaba en “uno y otro lado del mostrador” –por utilizar otra metáfora–, provocando los resultados imaginables (p. 163).
Con su fallecimiento, Garavaglia no pudo continuar su trabajo ni extender el análisis iniciado sobre este período crucial de la historia argentina. Su historia del poder separado implicado en la construcción estatal quedará como una invitación para otro/as, aunque su aporte ha sido indudable.
El Estado como problema y como modo de gobierno
Como dijimos al inicio, el interés de este capítulo está puesto en las concepciones sobre la construcción/formación del Estado, su manera de conceptualizarlo y sobre todo cuál es el factor que permite observar el hacer político. A modo de síntesis de los aparatos analíticos propuestos por Oszlak y Garavaglia podríamos decir lo siguiente. En Oszlak hay una concepción estructural y transhistórica del Estado, una serie de propiedades que deben darse para poder pensar en la estatidad (externalizar el poder, institucionalizar la autoridad, diferenciar el control, e internalizar una identidad colectiva) cuya concreción define y diferencia a los Estados nacionales entre sí. Esa concreción puede describirse observando el juego (lo denomina engarce) entre cuestiones resueltas y la capacidad de avanzar sobre estos mismos atributos, donde el Estado es un actor –de peso, que busca diferenciarse– entre otros. Allí opera una concepción aparatual, donde el Estado es a la vez articulador de dominación y de instituciones, y una antropologizada donde el Estado-actor ‘hace cosas’. Por ende, el cientista interesado en el estudio de la formación del Estado-Nación (objeto de estudio del autor) debe mirar el proceso que lleva a esa estatidad, considerando otras estructuras llamadas contexto (la estructura social y otras agendas de cuestiones problematizadas). Aunque la propuesta junto a O’Donell procura romper con el funcionalismo y la mirada estática sobre el Estado a partir de hacer una historia de las cuestiones, en definitiva, en el trabajo de Oszlak sigue presente una visión teleológica de lo estatal.
Con menos reflexión metodológica, Garavaglia también piensa en la construcción de un Estado centralizado y nacional, definiendo esta tarea como una historia del proceso de constitución de un poder separado, en donde el centro se encuentra en esa separación y no en las instituciones burocrática en donde se materializa. El Estado es, antes que nada, un entramado de relaciones de dominación y el foco debe estar puesto en su materialización. El motor de la historia estará puesto en la voluntad de los actores involucrados en ejercer el poder acorde a sus intereses, los cuales se van modificando a medida que el Estado también se vuelve un lugar de disputa. De allí el interés por ver el tipo de dominación desplegada (en Argentina y Latinoamérica será fuertemente coercitiva, señalando el papel de las fuerzas armadas en los presupuestos) para entender las formas de imposición de ese poder separado sobre la sociedad; sin embargo, su propuesta atiende también el despliegue de la burocracia no militar, observando el lugar de las redes de sociabilidad y familiares tejidas, lo cual permitiría definir el tipo de Estado en un momento dado[13]. Hay pocos elementos ajenos a la voluntad humana, salvo algunas constricciones observadas en estilos y costumbres arraigadas, o las conquistas de capital señaladas por el autor al momento de analizar por qué ciertos hombres notables luchaban por entrar a las burocracias en ciernes.
Ambas propuestas se mueven a uno u otro de los aspectos ya señalados por Foucault cuando hacía la crítica a la historia de las conductas o de las mentalidades, en la que la parece moverse para un lado u otro en un péndulo entre las estructuras y las voluntades, en donde se presenta como un análisis de las constricciones involuntarias o del voluntarismo pleno. Ambos autores, pese a las aclaraciones al respecto, terminan acomodando su punto de vista en uno u otro lugar. En ese sentido considero que la propuesta foucaultiana sobre la noción de problematización articulada con la de gobierno puede ser un elemento superador de esta dualidad.
En las primeras páginas de este texto rescatábamos tres dudas que es oportuno recuperar: qué implica pensar al Estado como el efecto de una práctica, cuál es la importancia de centrarnos en los momentos en que deviene práctica meditada y cuál es la dinámica del poder y despliegue implicada, sobre todo en la noción de gubernamentalidad.
El Estado como peripecia de la gubernamentalidad
Cuando Foucault se refiere al surgimiento de la razón de Estado en la Europa de fines del siglo XVI pone de relieve la pregunta por el arte de gobernar, es decir, una inquisitoria sobre qué hacer con la conducta de los demás y de sí mismos. En este sentido, el autor dirá que el objetivo en sus cursos de fines de los 70 es reflexionar sobre “…el momento en que esa cosa que es el Estado comienza a incorporarse y se incorpora efectivamente a la práctica meditada de los hombres” (Foucault, 2006, p. 290). Y en esa línea refuerza su crítica hacia quienes quieren hacer una ontología histórica del Estado, sin pensar en que puede no ser más que un tipo de gubernamentalidad introducida desde un grupo de prácticas de hombres atravesados por otras formas de gobierno. Dirá el autor que “el Estado sólo es una peripecia del gobierno y éste no es un instrumento de aquél. O, en todo caso, el Estado es una peripecia de la gubernamentalidad” (p. 291).
Dentro del par racionalidad/tecnologías el Estado se erige como un principio de inteligibilidad y esquema estratégico, es decir que, por un lado, en el proceso de un pensamiento político que buscaba la racionalidad, el Estado fue “cierta manera de pensar lo que eran en su naturaleza propia y sus vínculos y relaciones una serie de elementos, una serie de instituciones ya dadas. ¿Qué es un rey? ¿Qué es un soberano?” (p. 328); y por otro, fue un objetivo a alcanzar por un tipo de racionalidad, una inteligibilidad de lo que debe ser (la faz estratégica), y posibilitó hacer inteligible un tipo de competencia contra otros Estados, un cálculo de fuerza y el establecimiento de saberes y dispositivos para sostenerlos[14], es decir su concreción simbólico-material en lo que denomina tecnologías de gobierno (p. 341).
Esta síntesis esquematiza la tríada racionalidad, estrategias, tecnologías, no como consecutivas sino como coexistentes. Esta cuestión es señalada por Lemke (2011) como las dimensiones claves de la analítica de la gubernamentalidad, es decir la importancia del saber político en la constitución del Estado; la importancia del amplio concepto de tecnología (que incluye aspectos materiales y simbólicos) y su inclusión de las tecnologías políticas y las del yo; y la importancia de ver al Estado como instrumento y efecto de estrategias políticas (pp. 43-44). Este primer punto marca una distancia central con los abordajes de Oszlak y Garavaglia, pues el tipo de análisis habilitado no tiene una línea de meta (la estatidad en Oszlak, el ‘poder separado’ en Garavaglia), sino que el Estado se vuelve una herramienta más –aunque central– de las maneras de gobernar y delinear un marco de disputa estratégica. El Estado deja de ser un lugar preexistente o un aparato con un contorno determinado, y el gobierno pasa a cobrar un papel fundamental incluso en la adscripción de identidades e intereses. Bajo este horizonte de lectura, perdería fuerza explicativa la idea de Estado-Nación o la noción de redes familiares o poderes separados, entre otras cosas, porque serían explicaciones colocadas ex-post por los propios analistas. Bajo esta mirada, no se trata del poder del Estado (su lugar de articulador o regulador de relaciones de dominación como coinciden ambos autores) sino de cómo el Estado se articula en la actividad de gobierno, que conexiones permite, qué autoridades habilita, qué deja afuera y adentro y mediante qué saberes, técnicas y dispositivos se hacen operativas las estrategias de gobierno (Miller y Rose, 2008, p. 57).
El arte de gobernar y la problematización
Un segundo aspecto que buscamos abordar tenía que ver con el despliegue del poder, es decir, cómo observar y analizar las acciones que se valen del Estado para gobernar a los demás. Como vimos, en Garavaglia este despliegue estaba recostado fuertemente en la voluntad de los intereses sectoriales, constreñidos por el lugar del Estado como un lugar estratégico; mientras que, para Oszlak, el engarce entre atributos logrados y cuestiones resueltas sería el prisma para mirar la expansión o retracción del Estado.
En este punto es importante resaltar la conexión que une las nociones de problematización y arte de gobernar en Foucault. En el Nacimiento de la biopolítica, Foucault señalaba que su objeto primordial era, justamente, el arte de gobernar, entendido como la manera meditada de hacer el mejor gobierno, es decir
cómo, dentro y fuera del gobierno y, en todo caso, en la mayor contigüidad posible con la práctica gubernamental[15], se intentó conceptualizar esa práctica consistente en gobernar. Querría determinar de qué modo se estableció el dominio de la práctica de gobierno, sus diferentes objetos, sus reglas generales, sus objetivos de conjunto para gobernar de la mejor manera posible. En suma, es el estudio de la racionalización de la práctica gubernamental en el ejercicio de la soberanía política (Foucault, 2007, p. 17)
El dominio del gobierno, los objetos de los que puede estar hecho, las reglas que lo definen y los objetivos que puede lograrse están inmersos en lo que el autor llama regímenes de veridicción que posibilitan “poner de relieve las condiciones que debieron cumplirse para poder pronunciar los discursos que pueden ser verdaderos o falsos” (pp. 54-55). Este aspecto es crucial para poder comprender el concepto de gubernamentalidad y le permite a Foucault repensar sus análisis sobre la locura, la sexualidad, o la delincuencia, en todos estos casos
se trata de mostrar las interferencias en virtud de las cuales una serie completa de prácticas –a partir del momento en que se coordinaron con un régimen de verdad– pudo hacer que lo que no existía (la locura, la enfermedad, la delincuencia, la sexualidad, etc.) se convirtiera sin embargo en algo, algo que, no obstante, siguió sin existir (sin embargo) no es una ilusión porque es precisamente un conjunto de prácticas, y de prácticas reales, lo que lo ha establecido y lo marca así de manera imperiosa en lo real (p. 36)[16].
En este punto se hace necesario vincular el concepto de gobierno con el de problematización. Si bien es mencionada de forma alternativa en los cursos de fines de los 70 (al hablar las problematizaciones en torno a la población, por ejemplo), Foucault dio algunos indicios sobre su definición en El uso de los placeres (La historia de la sexualidad II), en algunos cursos de principios de los 80 y en una serie de textos menores. Sin embargo, considero que es un concepto crucial por dos cuestiones.
En primer término, permite explicar el surgimiento de estos objetos ‘verídicos’ en la propia práctica, objetos que no son preexistentes a las prácticas que lo hace inteligible (como el propio Estado). En una cita sumamente repetida, Foucault dirá que
problematización no quiere decir representación de un objeto preexistente, así como tampoco creación mediante el discurso de un objeto que no existe. Es el conjunto de las prácticas discursivas o no discursivas que hace que algo entre en el juego de lo verdadero y de lo falso y lo constituye como objeto para el pensamiento (Foucault, 1999, p. 371).
En el momento en que el objeto es el arte de gobernar entendido como las prácticas desde las cuales emergen las reflexiones sobre ese mismo arte y su mejor desempeño, el Estado como problematización se vuelve ese efecto de las prácticas de gobierno, ya que se torna un criterio de inteligibilidad del buen gobierno y una línea de frontera entre lo que es verdadero y lo que es falso (un ejemplo puede ser lo público y lo privado) respecto a su dominio.
El segundo aspecto tiene que ver con lo que Foucault llamó el trabajo del pensamiento:
para que un dominio de acción, para que un comportamiento entre en el campo del pensamiento hace falta que cierto número de factores lo hayan vuelto incierto, le hayan hecho perder su familiaridad, o hayan suscitado en torno a él cierto número de dificultades (p. 359).
En este punto, se centrará en las manifestaciones de esas prácticas discursivas y no discursivas pensándolas como respuestas/soluciones ante esa pérdida de familiaridad, por lo que
…el trabajo de una historia del pensamiento sería reencontrar en la raíz de estas diversas soluciones la forma general de problematización que las ha tornado posibles –hasta en su oposición misma–; o, más aún, lo que ha hecho posible las transformaciones de las dificultades y obstáculos de una práctica en un problema general para el que se proponen diversas soluciones prácticas. La problematización responde a estas dificultades, pero haciendo algo completamente distinto a traducirlas o manifestarlas. Elabora al respecto las condiciones en las que se pueden dar respuestas posibles, define los elementos que constituirán lo que las diferentes soluciones se esfuerzan en responder. Esta elaboración de un tema en cuestión, esta transformación de un conjunto de obstáculos y de dificultades en problemas a los que las diversas soluciones buscarán aportar una respuesta, es lo que constituye el punto de problematización y el trabajo específico del pensamiento (p. 360)
El problema se vuelve un motor de movimiento de las prácticas, pero a su vez en un catalizador para entender la problematización y sus formas. La problematización delimitaría las condiciones de respuestas posibles y los objetos que se muestran más verídicos para poder atender a ese problema:
…hay en las prácticas humanas un momento en que, de alguna manera, lo evidente se enturbia, las luces se apagan, cae la noche y la gente empieza a darse cuenta de que actúa a ciegas y, por consiguiente, hace falta una nueva luz. Hace falta una nueva iluminación y nuevas reglas de comportamiento. Y en ese momento aparece un nuevo objeto, un objeto que aparece como problema (Foucault, 2014, p. 260).
Retomando la primera definición, la problematización puede ser entendida a la vez como el ejercicio de la reflexión sobre el arte de gobernar y la práctica de gobierno misma, tal como Foucault distinguía en El nacimiento de la biopolítica al hablar de las prácticas gubernamentales (Foucault, 2007, p. 17). La manera meditada de hacer el mejor gobierno se hace presente en el trabajo del pensamiento, ante ese apagón e incertidumbre; el despliegue de las prácticas de gobierno se muestra a partir de ese punto donde la pregunta es por cómo gobernar, es decir donde el pensamiento se vuelve técnico (Miller y Rose, 2008). Allí el problema es ese objeto que condensa elementos que se pueden restituir en las formulaciones de respuestas. Por esta razón, Carol Bacchi dirá que la problematización permite el gobierno pues lo que se gobiernan son problemas (2019) en coincidencia con Miller y Rose cuando afirman que
el gobierno es una actividad problematizadora: plantea las obligaciones de los gobernantes en términos de los problemas que buscan abordar. Los ideales del gobierno están intrínsecamente ligados a los problemas por los que circula, las fallas que busca rectificar, los males que busca curar. De hecho, la historia del gobierno bien podría escribirse como una historia de problematizaciones” (Miller y Rose, 2008, p. 15).
Si el Estado es un modo de gobierno, un efecto de prácticas y un prisma de inteligibilidad, es porque antes que nada es un tipo de respuesta ante el problema de cómo conducir a los demás. A diferencia de los esquemas estáticos o voluntaristas que desarrollamos, el estudio de su formación no tendría sentido sin antes comprender el conjunto de racionalidades, estrategias y tecnologías que se generaron en tu entorno. En esto, el seguimiento de una problematización a partir de una serie amplia de respuestas ante una pérdida de familiaridad, y el gobierno de los problemas son cruciales.
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- Aparente contradicción ya señalada por Lemke (2011).↵
- Entre la gama de trabajos que han vinculado el estudio del Estado y la obra de Foucault, y que no serán citados en este trabajo, sugerimos Hindess (2005), Hörnqvist (2010), Sawyer (2015) y Dean y Villadsen (2016), entre otros. ↵
- Para dar con estados de la cuestión sobre los estudios del Estado en Argentina remitirse a Bohoslavsky y Soprano (2010) o el trabajo de Plotkin y Zimmerman (2011), entre otros.↵
- De una manera un poco antojadiza, podemos afirmar que los trabajos sobre la construcción estatal quedan divididos entre a) la mirada político administrativa y economicista de Natalio Botana o Halperin Donghi; b) un enfoque estatalista y bajo la impronta de los estudios sobre capacidades estatales encarnadas por Oscar Oszlak; c) el hincapié en la conformación y consolidación de una clase dominante tal la propuesta de Waldo Ansaldi; d) el que toma en cuenta la dispersión de las regiones y el proceso de unificación en Chiaramonte; e) la mirada sobre la centralización fiscalista y coercitiva en Garavaglia y Fradkin; y f) y aquellas que en los últimos años han tomado en cuenta la constitución de saberes y profesiones estatales encarnadas por Zimmerman, Caimari o González Leandri, entre otros/as.↵
- El claro ejemplo de esto es el libro Modernización y autoritarismo aparecido a inicios de los 70 (O’Donell, 1972).↵
- En su texto en solitario de 1977 reafirmaba la necesidad de historizar a la burocracia lo cual permitiría entender los “factores que contribuyeron a plasmar un particular sistema de instituciones estatales estuvieron estrechamente asociados al tipo de producción económica predominante, a la forma de inserción en el mercado mundial y a la trama de relaciones sociales resultante” (Oszlak, 1977, p. 31).↵
- Oszlak propone un ejemplo de análisis: “Como ilustración de esta abstracta propuesta, las asignaciones de recursos destinadas a fortalecer el aparato represivo de los nuevos Estados nacionales en América Latina, tendieron en numerosos casos a disminuir su viabilidad institucional (en tanto comprometían el desempeño de otras funciones irrenunciables); pero en la medida en que ese fortalecimiento se tradujo en la creciente legitimación de un poder central, con efectivo dominio territorial y manifiesta capacidad para crear un orden estable, aumentaron en el largo plazo las posibilidades de asignar recursos a apoyar el proceso de acumulación capitalista” (Oszlak, 2011, p. 125).↵
- Aunque no sea explícito, la crítica apunta al trabajo de Oszlak.↵
- Siguiendo la tradición abierta por Charles Tilly (1990).↵
- Dirá el autor que el mercado de tierra “no puede ser separado de la trágica historia de la guerra fronteriza cuyo precio mayor lo pagaron indígenas y campesinos. Como tampoco, de su contrapartida necesaria: el largo camino de disciplinamiento de la población rural. Ambas historias, llenas de violencia y de la más desnuda coacción, están en el centro mismo de este proceso” (Garavaglia, 2007, p. 342)↵
- Término también acuñado por Tilly (1975).↵
- Incluso esto puede verse en el capítulo de su último libro en coautoría sobre la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, en donde se detiene en el gasto bélico presupuestado y efectivamente girado entre 1865-1870, lo que demuestra la fuerte atención que suscitó esta cuestión en la última parte de la obra de Garavaglia. ↵
- Un ejemplo es la definición de la burocracia de Buenos Aires en el período previo y post Pavón de patrimonial, siguiendo el concepto de Weber.↵
- El autor afirmará que en la Europa entre el XVI y el XVII, mantener la fuerza del Estado permitió la emergencia de dos dispositivos claves: el militar-diplomático y la policía, que se ocupaban del mantenimiento de la fuerza y el equilibrio con las fuerzas externas. En este cruce nacen los mecanismos de seguridad, unas de las obsesiones de Foucault en los cursos que analizamos (Foucault, 2006, p. 341).↵
- La práctica gubernamental sería el estudio del proceso en sí, “tal como se desarrolló determinando aquí o allá la situación por tratar, los problemas planteados, las tácticas elegidas, los instrumentos utilizados, forjados o remodelados” (Foucault, XX, p. 17).↵
- Para clarificar su postura, Foucault hará una equivalencia entre lo que intentó en sus cursos Seguridad, territorio y población y El nacimiento de la biopolítica, es decir mostrar las reflexiones de una serie de objetos (economía, administración, etc.) como objetos que hacen inteligible la práctica política y no meros epifenómenos de la acción del Estado o de quienes hablan en su nombre.↵






