El descubrimiento de las máscaras faciales (libre de ojos y boca) fue una invención trascendente respecto de la ambivalencia de la imagen, explica Belting acerca del período de culto a los muertos. La máscara, al igual que la imagen, tiene la capacidad de hacer visible una ausencia, pero a diferencia de cualquier presuposición, “el rostro verdadero no es el que la máscara oculta (el cuerpo portador), sino aquel que la máscara (cuerpo manifestación) sólo puede generar cuando se la considera verdaderamente en el sentido de una intención social” (Belting, p. 47).
Lo que antes se manifestaba en el cuerpo mismo, ahora se delega a un cuerpo técnico, llamado medio. La máscara cumple una función social al transformar nuestro cuerpo en imagen. Desde entonces, podemos pensar a la imagen como freno a la disolución de la identidad.
“Al igual que la imagen, la máscara vive de una ausencia, a la que reemplaza por una presencia que ocupa la identidad vacía… la imagen, en tanto investidura del cuerpo verdadero, se convierte en el medio de su nueva presencia, en la que el cuerpo es inmune al tiempo y la inmortalidad” (Belting, p. 190)
La máscara es el disciplinamiento del rostro natural que se estiliza para corresponder en la codificación plasmada en ella. En el mundo digital se conoce con el nombre de “máscaras de capa”, en inglés “mask”, a la posibilidad de intervenir de manera sectorizada, al ocultar algunos rasgos o determinadas partes de la imagen en los editores gráficos como Photoshop. Se denomina “capa” (layer) a lo que se coloca por encima de la imagen y “enmascarar” a la zona que se “pinta” -selecciona- para aplicar un retoque distinto al resto de la imagen.
A fines del 2000 proliferaron sitios web que compilaban los casos extremos de abuso del retoque digital; revistas y sitios de chimentos fueron los primeros en capitalizar los “errores “o “abusos” del mercado, algunos se hicieron eco a través del “Antes y después” de las celebridades, que buscaban mostrar el verdadero rostro y cuerpo de las mujeres. Decimos capitalizar , en línea a lo que el historiador y analista de la cultura masiva y el consumo, Stuart Ewen, denominó “la forma busca al desperdicio” (Ewen, 1991). El autor analiza cómo el capital convierte lo que en un momento fue una pérdida, como los fallidos o los errores en los set de filmación, en ganancia, como por ejemplo las “perlitas” donde vemos las equivocaciones de los actores, o los “bloopers”, a lo que nosotras agregaremos las revistas, y sitios de chimentos donde los errores y abusos de Photoshop de las empresas fueron transformados en una nueva mercancía.
¿Deconstruir o destruir?
Hemos notado cómo, en muchas ocasiones la imagen del cuerpo femenino en las imágenes publicitarias se convierte en la expresión de la violencia simbólica y mediática que se manifiesta en y sobre los cuerpos. Para ver este punto, analizaremos el corto de animación Supervenus de Frederic Doazan que muestra las múltiples intervenciones a las que se somete un cuerpo femenino para convertirla en Supervenus. Spoiler alert, el símbolo de la belleza, amor y fertilidad es inalcanzable, la figura termina quemada, amputada y destruida. A través de la técnica de animación, Doazan da “vida” a una silueta de mujer sacada de un manual de anatomía, En el corto, además de la mujer vemos dos manos con guantes con un bisturí, que a medida que pasa el tiempo intervienen su cuerpo desde la nariz, el largo de las piernas, brazos, lipoaspiración, ensanchamiento de bustos (una y otra vez) hasta que el cuerpo no tolera más y termina aniquilado.
En una entrevista, Doazan comenta que para realizar el video se inspiró en blogs donde detallaban los desastres de las cirugías estéticas, libros de anatomía humana y hasta en imágenes de zombis. Todo ello le sirvió para retratar la “visión moderna de la belleza (que) finalmente se está convirtiendo en una norma; una norma inalcanzable llena de consecuencias”. En Supervenus, la figura femenina termina literalmente “quemada”:la persecución del ideal es un imposible (Doazan F. , 2016).
“Además del dolor de la cirugía, muchos casos involucraron el estallido de los implantes mamarios, degenerando en cáncer e incluso causando la muerte. Psicológicamente, bueno, debe ser tan extraño despertarse después de una cirugía y no reconocerse. ¿Sigues siendo tú mismo? Cuando practicas cirugía cosmética extrema, es como si estuvieras rompiendo totalmente tu cuerpo lejos de tu mente. Tu cuerpo se asemeja a un escaparate que intentas promover en el mundo. Un cuerpo limpio, delgado y tetona, siempre joven guiado por un cerebro de plástico rosado. Tu cuerpo se ha convertido en un producto de belleza perfecto” (Doazan F. , 2016).
La deconstrucción de imágenes plantea una visión crítica respecto del objeto en disputa, en este caso, la imagen del cuerpo femenino. Según Wolf, cuando se hace manifiesto un código, como en este caso que “exhibe” el detrás de escena del estereotipo de belleza, el camino que se abre, es bastante borroso. Hasta qué punto los sitios que muestran la cara oculta de la manipulación, como las contrapublicidades, los antes y después del Photoshop, los desastres de las cirugías estéticas, lo ridículo de las poses; que visibilizan lo rechazado por el estereotipo de belleza, como la visibilización del vello femenino; afectan o inciden en el imaginario que las personas ya tienen sobre el discurso publicitario. ¿Cuánto impacto tiene la deconstrucción de la imagen que el mundo publicitario ofrece para sus consumidores? Desde ya celebramos la existencia de estas acciones que buscan visibilizar la construcción de un estereotipo y desmontar los mecanismos por los cuales se obtienen estas imágenes, pero no podemos dejar de preguntarnos hasta qué punto tienen la capacidad para contrarrestar el peso de millones de imágenes que continuamente inundan las pantallas y la visión cotidiana. ¿Es importante deconstruir? Claramente sí, pero si la deconstrucción no es seguida de una mirada propositiva, que presente nuevas maneras de ver, ser y entender el mundo, en suma, una mirada constructiva que permita la integración y asimilación de nuevos signos sociales, tal vez, se corra el riesgo de que en tan solo cuestión de tiempo el mercado encuentre la manera de reabsorber los contenidos contestatarios y, si no puede sacar rédito de ellos, al menos intente quitarles su componente reaccionario.






