Una escena que considero fundante de este trabajo es de 2012, cuando percibí por primera, o fui consciente de la influencia de la fotografía publicitaria en mi vida y en la vida cotidiana de las personas. Estaba en una sala de profesores, a punto de hacer unas fotos para una nota sobre educación, cuando al momento de levantar la cámara escucho casi al unísono: “después nos fotoyopeas, ¿no?”, decían entre risas nerviosas las docentes mientras la del fondo señalaba su cuello, la rubia, el contorno de ojos, y la otra, la zona alrededor de la comisura de los labios. Al terminar la sesión reflexioné sobre lo sucedido: ¿qué indicaban esos gestos sobre el cuerpo? ¿Por qué alguien querría modificar su imagen? ¿Afectaban las imágenes publicitarias en su subjetividad? ¿Y si lo hacían, podía tratarse de un mecanismo de la producción de la cultura actual? ¿Era algo que sólo afectaba a las mujeres mayores? A decir por sus comentarios, el Photoshop parecía ser una aplicación “mágica” que iba a transformar sus deseos en imagen. Las marcas del cuerpo como papadas, ojeras y arrugas que sus manos señalaban se debían eliminar automáticamente. Desde entonces, cada vez que hacía un retrato, o una nota, reparaba en este tipo de pedidos y gestos. Curiosamente, la escena de mujeres pidiendo intervención sobre su imagen, la veré repetirse sucesivas veces a lo largo de ese y los consecutivos años, bajo distintas circunstancias y partes del país.
Esos gestos dejaban al descubierto su ambición de tener una imagen de sí para portar y exhibir socialmente, que es el resultado de adecuar sus representaciones imaginarias y del ideal de belleza dominante con la cual se identifica.
En realidad, el deseo de ser manipulado y transformar la imagen de sí, en realidad, no pertenecía a una franja etaria en particular sino a una idea preexistente sobre lo que cada una “debiera ser” para ser considerada “bella”. Comprendí que, lo que ellas (sujeto fotografiado) me pedían, era que yo (fotógrafa), les diera garantías sobre la foto resultante (imagen en potencia), esto es, que la imagen final se adecue lo más posible a su ideal de belleza (estereotipo de belleza). Sin proponérmelo, parecía confirmar 20 años después, lo que Naomi Wolf alegaba en su best seller “el Mito de la belleza” ( Ver El rechazo: el ambiente de la imagen).
¿Acaso tener una imagen “amable” de sí se volvía una marca de época? ¿Dejaba de ser algo que sólo concernía al ámbito de las revistas de moda y las celebridades para formar parte de la vida cotidiana de las personas? Aunque la manipulación de la imagen era un hecho conocido, una nueva exigencia parecía recaer sobre el cuerpo femenino en general, tanto de las mujeres que viven de la imagen de su cuerpo, como las modelos, conductoras de televisión, estrellas del cine y la música, para extenderse a todos los ámbitos.
En poco tiempo, el Photoshop, uno de los programas de edición de imagen más famosos, había dejado de ser una marca para convertirse en un verbo. Más que una acción, el Photoshop planteaba una nueva relación con y sobre la imagen. Parecía ser un nuevo triunfo del mercado donde una marca designaba una acción, cuya versión argentinizada “fotoyopear” se conjugaba a través del “Yo fotoyopeo”, “él fotoyopea”, “todos fotoyopeamos”. De esa manera, rápidamente la acción, el mandato de intervención, se integraba al habla cotidiana y al vocabulario digital.






