Aunque hoy, a mis 38 años, puedo decir que he logrado aceptar y querer (me) mi cuerpo con sus marcas particulares (otros dirían imperfecciones), eso no siempre fue así. Fui una niña precoz: a los 10 años tuve mi primera menstruación. Estaba en cuarto grado y en esa época -hablamos de los años 90- desarrollarse tempranamente era motivo suficiente de burla y para la mayoría de nosotras también motivo de vergüenza.
En mi caso, ese momento marco un límite entre la imagen de “marimacho” que tenía por entonces en la escuela y la imagen de “señorita” que algunos señalaban, debería ser. Empecé a usar corpiños reductores y buzos atados a la cintura al momento de menstruar. Recordemos que, antes, los apósitos femeninos eran gruesos como pañales y que cualquier indicio de sangre en el guardapolvo era un “bochorno” asegurado. La sangre que brotaba del cuerpo femenino era una marca por la cual una debería sentir asco y rechazo: maldecíamos haber nacido mujeres.
Aunque es un tema que han recuperado las feministas y muchas artistas, para desmitificar y deconstruir el discurso que trata a la menstruación femenina no como algo sagrado sino como una “indisposición”, algo que debe ser controlado técnica y farmacológicamente, a partir de los círculos de mujeres, encuentros de bautismo del útero, talleres de la influencia de la luna en los ciclos de la tierra y lo femenino, aún nos falta mucho para seguir trabajando, conociendo y reconstruyendo sobre nosotras mismas.
A los 14 años llegué al peso más bajo que tuve para mi metro y medio de altura, sin embargo, con 51 kilos me veía gorda. Llegué incluso a usar dos talles de ropa más grande para tratar de ocultar mi cuerpo.
Tal vez, todos esos años de lucha frente al espejo (la sangre, el peso, los corpiños, las burlas, la vergüenza propia) hayan sido factores suficientes para teñir mis primeros acercamientos a este corpus de imágenes bajo un signo negativo. Impulsivamente, cada vez que veía las fotografías publicitarias algo en mí las rechazaba y en general, ese rechazo tomaba la forma de un enojo hacia la sociedad que parecía aceptarlas e incluso celebrarlas pasivamente. ¿Por qué entre tantos tipos de respuestas primaba el enojo? ¿Era el enojo una respuesta o una reacción? ¿Qué significaba?
Desde el enojo, quería que mis fotos sirvieran para dar cuenta del engaño. Estaba tan empeñada en denunciar la manipulación que se ocultaba tras la imagen que no podía acercarme y ver lo que la imagen mostraba en realidad.
Con los años entendí, poco importa mi enojo y estar en desacuerdo con el estereotipo de belleza que la publicidad muestra y la sociedad reproduce, porque ese hecho tiene una existencia material, que se traduce en las imágenes de rostros y cuerpos, y una existencia simbólica y expresiva sobre los cuerpos femeninos de la sociedad. Mi pasado era un punto de partida, pero no de llegada, debía volver sobre las imágenes para formular nuevas preguntas y poder acercarme no ya desde el enojo, sino desde la aceptación del estado de las cosas, pues sin aceptación no hay transformación posible.






