Un capítulo en la sociología del conocimiento
Robert E. Park[2]
Siguiendo las categorías de James, el “conocimiento-sobre” es conocimiento formal; la “familiaridad-con” es conocimiento no sistemático e intuitivo o “sentido común”. Cuando estos son considerados como puntos en un continuo, las noticias, a su vez, corresponden a un punto característico dada su cualidad transitoria y efímera. La medida en que las noticias circulan determina la medida en que los miembros de una sociedad participan en su acción política. Las noticias son “algo que hará hablar a la gente”, tienden a tener el carácter de documento público, y están típicamente limitadas a eventos que provocan cambios repentinos y decisivos. La atención exclusiva a ciertas cosas inhibe la respuesta a otras, lo cual resulta en limitaciones en el rango y carácter de las noticias a las que la sociedad responderá colectiva o individualmente. La función de las noticias es orientar al hombre y a la sociedad en el mundo actual.
I
William James, al igual que otros autores, ha observado que hay dos tipos fundamentales de conocimiento, a saber, (I) la “familiaridad-con” y (2) el “conocimiento-sobre”. La distinción sugerida parece ser bastante obvia. No obstante, en un intento de hacerla un poco más explícita, sin duda le he hecho injusticia a su sentido original. Al interpretar la distinción entre ambos, simplemente hago míos los conceptos. La declaración de James es, en parte, como sigue:
Hay dos tipos de conocimiento que pueden ser amplia y prácticamente distinguibles: podemos denominarlos “familiaridad-con” y “conocimiento-sobre”… En las mentes capaces de hablar, hay, es cierto, algo de conocimiento acerca de todo. Las cosas pueden, al menos, ser clasificadas, y el tiempo de su aparición, determinado. En general, mientras menos analizamos una cosa, y mientras menos de sus relaciones percibimos, menos conocemos-sobre él y mayor es nuestra familiaridad-con él. Los dos tipos de conocimiento son, por consiguiente, como la mente humana los ejerce, términos relativos. Es decir, el mismo pensamiento puede llamarse conocimiento-sobre una cosa en comparación a un pensamiento más simple acerca de él, o familiaridad-con una cosa respecto un pensamiento que es más articulado y explícito[3].
En cualquier caso, “familiaridad-con”, como me gustaría utilizar la expresión, es el tipo de conocimiento que uno adquiere inevitablemente en el transcurso de sus encuentros personales y de primera mano con el mundo a su alrededor. Es el tipo de conocimiento que se adquiere con el uso, no a través de cualquier tipo de investigación formal o sistemática. En tales circunstancias finalmente llegamos a conocer cosas, no solo a través de nuestros sentidos especiales, sino mediante la respuesta de todo nuestro organismo. En el segundo caso, las conocemos del mismo modo que conocemos aquello a lo que estamos acostumbrados, en un mundo al que estamos adaptados. Semejante conocimiento puede, de hecho, ser concebido como una forma de ajuste o adaptación orgánica, representando una acumulación, y, de cierta forma, la fundación de una larga serie de experiencias. Este tipo de conocimiento personal e individual es el que hace que cada uno de nosotros se sienta como en casa en el mundo que elige o está condenado a vivir.
Es notorio que los seres humanos, que, por otra parte, son los más móviles de todas las criaturas, tienden a enraizarse como las plantas en los lugares y en las asociaciones a las que están acostumbrados. Si esta acomodación del individuo a su hábitat puede ser considerada como conocimiento, probablemente esté incluido en lo que llamamos “tacto” o “sentido común”. Estas son características que los individuos adquieren de modo informal e inconsciente; sin embargo, una vez adquiridos, tienden a convertirse en posesiones privadas y personales. Uno podría ir tan lejos como en describirlos como rasgos de la personalidad –algo que, en última instancia, no puede formularse o comunicarse de un individuo a otro mediante declaraciones formales–.
Otras formas de “familiaridad-con” son las siguientes: (1) la práctica clínica, al menos hasta el momento, ya que es producto de la experiencia personal; (2) las habilidades y el conocimiento técnicos; y (3) cualquier cosa que se aprende mediante la experimentación no dirigida e inconsciente como el contacto con, y el manejo de los objetos involucrados.
El conocimiento que tenemos sobre otras personas y de la naturaleza humana en general parece ser de este tipo. Conocemos otras mentes del mismo modo que conocemos la propia, eso es, intuitivamente. A menudo, conocemos otras mentes mejor de lo que conocemos la propia, ya que la mente no es el mero flujo de consciencia que cada uno observa cuando, introspectivamente, vira su atención al movimiento de los propios pensamientos. La mente es, en todo caso, las tendencias divergentes a actuar de las cuales cada uno de nosotros es más o menos completamente inconsciente, incluyendo la habilidad de controlar y dirigir aquellas tendencias en línea con alguna meta más o menos consciente. Los seres humanos tienen una habilidad extraordinaria, de cualquier modo que opere, para sentir estas tendencias en los demás como en sí mismos. Toma un largo tiempo, sin embargo, familiarizarse por completo con cualquier ser humano, incluyéndonos, y el tipo de conocimiento del que consiste esta familiaridad no es, obviamente, el tipo de conocimiento que obtenemos del comportamiento humano vía experimentos en un laboratorio psicológico. Es más semejante al conocimiento que tiene un vendedor de sus compradores, un político de sus clientes, o el conocimiento que un psiquiatra adquiere acerca de su paciente en sus esfuerzos por comprender y curarlo. Aún más, es el tipo de conocimiento que se encarna en el hábito, en la costumbre, y, eventualmente –por algún proceso de selección natural que no comprendemos totalmente–, en instinto; un tipo de recuerdo racial o hábito. El conocimiento de este tipo, si uno puede llamarlo “conocimiento”, se vuelve, finalmente, un secreto personal del individuo o una dotación especial de la raza o stock de conocimiento que posee[4].
Uno puede, quizás, aventurar esta declaración dado que el tipo de conocimiento intuitivo o instintivo aquí descrito parece surgir de procesos sustancialmente parecidos a las acomodaciones y adaptaciones que, por algún tipo de selección natural, han producido diferentes variedades raciales en la humanidad al igual que en las especies vegetales y animales. Uno podría objetar que lo que uno entiende por conocimiento es justamente lo que no se hereda y lo que no es heredable. Por el otro lado, es cierto que algunas cosas se pueden aprender mucho más fácil que otras. Nada de lo que uno hereda, por ende, podría llamarse propiamente “conocimiento”. Es más bien la habilidad de adquirir aquellas formas específicas de conocimiento que denominamos “hábitos”. Parece haber una gran diferencia en individuos, familias y grupos genéticos respecto de sus habilidades para aprender cosas específicas. La inteligencia nativa no es aquella cosa estandarizada que los test de inteligencia nos llevan a creer. Mientras esto se mantenga verdadero, los estudios de inteligencia en el futuro estarán, sospecho, más preocupados con las idiosincrasias de la inteligencia, y con las curiosas formas individuales en que las mentes individuales adquieren esencialmente los mismos resultados, que en medir y estandarizar estos logros.
Es obvia la improbabilidad de que esta “producción de síntesis” (ej. el conocimiento que se corporiza en el hábito y la costumbre, en oposición al conocimiento analítico y formal) sea articulable o comunicable. Si logra comunicarse, será en la forma de máximas prácticas y dichos populares antes que en la forma de hipótesis científica. Sin embargo, una amplia e íntima familiaridad-con hombres y cosas es probable que sea el pilar de la mayoría de los juicios sanos en temas prácticos, así como la fuente de aquellas intuiciones sobre las que expertos dependen en situaciones de perplejidad y de esos insights repentinos que, en la evolución de la ciencia, frecuentemente anteceden descubrimientos importantes.
En contraste con esto, está el tipo de conocimiento que James describe como “conocimiento-sobre”. Tal conocimiento es formal, racional y sistemático. Está basado en la observación y los hechos, pero en hechos que han sido comprobados, etiquetados, ordenados y finalmente que oscilan entre esta y aquella perspectiva, acorde al propósito o el punto de vista del investigador.
“Conocimiento-sobre” es conocimiento formal; eso significa conocimiento que ha adquirido algún grado de exactitud y precisión mediante la sustitución de ideas por realidad concreta y palabras por cosas. Las ideas no solo constituyen el marco lógico de todo el conocimiento sistemático, sino que se incorporan a la naturaleza misma de las cosas que a la ciencia –natural, así distinguida de la ciencia histórica– le concierne. De hecho, parece haber tres tipos fundamentales de conocimiento científico: (1) filosofía y lógica, que se ocupan principalmente de las ideas; (2) historia, que se ocupa principalmente de los eventos; y (3) la natural o la ciencia clasificatoria, que se ocupa principalmente de las cosas.
Los conceptos y los artefactos lógicos, como el sistema numérico, no están involucrados en el flujo general de eventos y cosas. Precisamente por eso sirven admirablemente el propósito de indicadores y fichas con los cuales poder identificar, describir y, eventualmente, medir cosas. El propósito último de las ciencias naturales parece ser sustituir el flujo de eventos y el carácter cambiante de las cosas por una fórmula lógica con la cual el carácter general de las cosas y la dirección del cambio puedan ser descritos con precisión lógica y matemática.
La ventaja de sustituir palabras, conceptos y órdenes lógicos por el transcurso real de eventos es que el orden conceptual hace inteligible el orden actual, y, mientras las formulaciones hipotéticas que llamamos “leyes” se conforman al transcurso real de eventos, se vuelve posible predecir del presente una condición futura de cosas. Nos permite especular con algo de garantía cómo, y hasta qué punto, cualquier intervención específica o interferencia en una situación actual puede determinar la situación que está predestinada a sucederle.
Por el otro lado, siempre hay una tentación de realizar un divorcio completo entre la descripción lógica y verbal de un objeto o una situación, y la realidad empírica a la cual refiere. Este parece ser el error cardinal del escolasticismo. Este ha tendido invariablemente a sustituir la consistencia lógica, que es una relación entre ideas, por la relación de causa y efecto, que es una relación entre cosas.
Una ciencia empírica y experimental evita la solución puramente lógica a sus problemas al verificar sus calculaciones con el mundo real en algún momento. Una ciencia puramente intelectual siempre corre el riesgo de volverse obsoleta, y que los símbolos con los que opera dejen de ser algo más que juguetes mentales. En ese caso, la ciencia se convierte en un tipo de juego dialéctico. Este es un peligro al que las ciencias sociales, en la medida que han sido dispuestas a formular e investigar problemas sociales en las formas en que han sido definidas convencionalmente por alguna agencia administrativa o institución gubernamental, no siempre han escapado. Así, la investigación ha tendido indefectiblemente a tomar la forma de búsqueda de datos, antes que de investigación. Habiendo encontrado los datos, las agencias fueron capaces de suplir las interpretaciones; pero usualmente eran interpretaciones que estaban implícitas en las políticas a las que las agencias o las instituciones ya estaban comprometidas.
Estas son algunas de las características generales del conocimiento sistemático y científico, del “conocimiento-sobre”, así contrastado con el conocimiento concreto, del sentido común, de la “familiaridad-con”. Sin embargo, la característica única del conocimiento científico, así contrastada con otras formas de conocimiento, es que es comunicable en la medida que el sentido común o el conocimiento basado en experiencia práctica y clínica no lo es. Es comunicable porque sus problemas o sus soluciones están explicitados en términos no meramente lógicos y comprensibles sino en formas que pueden ser chequeadas por experimentos o en referencia a la realidad empírica a la que se refieren estos términos.
Para que esto sea posible, es necesario describir en detalle y en cada instancia la fuente y el modo en que los datos y los resultados fueron obtenidos originalmente. Mientras sea científico, el conocimiento-sobre se vuelve, de esta forma, una parte de la herencia social, un cuerpo de datos que ha sido testeado y que está acreditado, al igual que una teoría en la que nuevas adiciones, agregadas al cuerpo original, tienden a legitimarse, afirmarse o calificarse, primero de todo, en cada ciencia especial, y, finalmente, en todas las ciencias relacionadas, todo lo que han contribuido investigaciones previas.
Por el otro lado, familiaridad-con, como he tratado de caracterizarlo, en la medida en que está anclado en la lenta acumulación de experiencia y la gradual acomodación del individuo a su mundo individual y personal, se vuelve, como he dicho, más y más idéntico al instinto y a la intuición.
El conocimiento-sobre no es una mera acumulación de experiencia, sino el resultado de una investigación sistemática de la naturaleza. Está basada en las respuestas a las preguntas concretas con las que nos dirigimos hacia el mundo que nos rodea. Es el conocimiento que se obtiene metódicamente con el aparato formal y lógico que la investigación científica ha creado. Podría agregar, a modo de paréntesis, que, generalmente hablando, no hay método científico que sea totalmente independiente de la intuición y del insight que la familiaridad-con las cosas y los eventos nos proporciona. Más bien es cierto que, bajo circunstancias normales, lo máximo que pueden hacer los métodos formales para la investigación es asistir al investigador en obtener datos que harán posible comprobar tales insights e intuiciones que ya tenía el investigador previamente o que ha obtenido luego en el curso de su investigación.
Una de las funciones de este procedimiento metódico es proteger al investigador de los peligros de una interpretación a la que una búsqueda demasiado pasional del conocimiento probablemente lo lleve. Por el otro lado, no hay un procedimiento metódico que pueda sustituir el insight.
II
Lo que aquí está descrito como “familiaridad-con” y “conocimiento-sobre” son, supuestamente, formas distintas de conocimiento –formas que tienen diversas funciones en la vida de los individuos y de la sociedad– más que formas de conocimiento del mismo tipo, pero con diferentes grados de exactitud y validez. No son, sin embargo, tan disimiles en carácter o función –dado que son, en fin, términos relativos– como para no ser concebidos como partes constitutivas de un mismo continuo –un continuo dentro del cual todos los tipos y las formas de conocimiento encuentran un lugar–. En semejante continuo, las noticias tienen un lugar propio. Es obvio que las noticias no son un cuerpo de conocimiento sistemático como el de las ciencias físicas. Es, más bien, en la medida que le conciernen los eventos, como la historia. Son eventos únicos porque están fijados invariablemente en el tiempo y localizados en el espacio, y no pueden, por lo tanto, ser clasificados como en el caso de las cosas. Las cosas no solo se mueven en el espacio y cambian en el tiempo, sino que, respecto de su propia organización interna, están siempre en condición más o menos estable de equilibrio.
Sin embargo, las noticias no son historia, y sus hechos no son hechos históricos. Las noticias no son historia porque, entre otras razones, tratan, de manera global, con eventos aislados y no buscan relacionarlos uno con otro, ni de forma causal ni en la forma de secuencias teleológicas. La historia no solo describe eventos, sino que busca ponerlos en su lugar adecuado en la sucesión histórica y, al hacerlo, descubrir las tendencias subyacentes y las fuerzas que encuentran expresión en ellas. De hecho, uno no estaría equivocado en asumir que la historia está tan preocupada respecto de la conexión de eventos –la relación entre los incidentes que preceden y aquellos que siguen– como lo está con los eventos en sí. Por el otro lado, un periodista, a diferencia de un historiador, busca meramente registrar cómo ocurre cada evento y cómo le concierne el pasado y el futuro solo en la medida en que estos arrojan una luz sobre lo que es actual y presente.
La relación de un evento con el pasado permanece como el deber del historiador, mientras su significancia como un factor determinante del futuro puede quizás quedar a cargo de la ciencia política, lo que Freeman llama “política comparada”[5] –es decir, quedar a cargo de la sociología o alguna otra disciplina de las ciencias sociales, que, mediante estudios comparativos, buscan arribar a declaraciones suficientemente generales para apoyar una hipótesis o una predicción[6]–.
Las noticias como una forma de conocimiento no están principalmente preocupadas con el pasado ni con el futuro, sino con el presente –lo que ha sido descrito por psicólogos como specious present[7]–. Puede decirse que las noticias solo existen en tal presente. Lo que quiere decirse aquí por “presente engañoso” está implicado en el hecho de que las noticias, como bien saben los publicadores de la prensa comercial, son una mercancía perecedera. Las noticias permanecen noticias solo hasta el momento en que han alcanzado a las personas para las que tienen “interés de noticia”. Una vez publicadas y que su significación es reconocida, lo que era noticia se convierte en historia.
Esta cualidad transitoria y efímera corresponde a la verdadera esencia de las noticias y está íntimamente conectada con cada una de sus otras características. Diferentes tipos de noticia tienen distinta esperanza de vida. En su forma más elemental, un reportaje de noticia es un mero flash, anunciando que un evento acaba de ocurrir. Si el evento prueba ser de real importancia, el interés en ella llevará a preguntas adicionales y a una familiaridad más completa con las circunstancias en cuestión. Un evento deja de ser noticia, sin embargo, tan pronto la tensión que suscitó en primer lugar cesa, la atención pública se dirige a otro aspecto del hábitat o a algún otro incidente suficientemente novedoso, emocionante, o importante para captar su atención.
El motivo por el cual las noticias nos llegan, bajo circunstancias ordinarias, no en la forma de una historia continua, sino como una serie de incidentes independientes, se vuelve claro cuando alguien toma en cuenta el hecho de que estamos aquí interesados en la conciencia pública –o en aquello que se denomina “conciencia pública”–. En su forma más elemental, el conocimiento no alcanza al público del mismo modo que llega al individuo, en la forma de percepción, sino en la forma de una comunicación, es decir, de noticias. La atención pública, sin embargo, bajo circunstancias normales es frágil e inestable y fácilmente se distrae. Cuando la opinión pública se distrae, la comunicación, el rumor, o lo que sea que asegura la transmisión de conocimiento dentro de los límites del público deja de funcionar, la tensión se relaja, las comunicaciones se rompen, y lo que solía ser noticia viva se convierte en dato frío.
Un artículo, como todos los periodistas saben, se lee en relación inversa a su longitud. El lector ordinario leerá un artículo de columna y media de dos o tres líneas sobre los hombres y las cosas de su pueblo natal antes de leer un artículo de columna, no importa qué tan publicitado esté entre los titulares, al menos que resulte ser algo más que una mera noticia, una historia, ej., algo que tiene lo que ha sido llamado técnicamente “interés común”.
Las noticias llegan en la forma de comunicaciones pequeñas e independientes que fácil y rápidamente pueden ser comprendidas. De hecho, las noticias realizan de alguna manera la misma función para el público que la percepción hace para un hombre individual; eso quiere decir que no informa tanto como orienta al público, otorgando a cada uno un aviso de lo que está ocurriendo. Hace esto sin esfuerzo alguno del periodista de interpretar los eventos que registra, excepto en la medida en que los hace comprensibles e interesantes.
La primera reacción típica de un individuo hacia las noticias es probablemente el deseo de repetírsela a alguien. Esto hace conversación, suscita comentarios adicionales, y quizás comienza una discusión. Pero lo singular de esto es que, una vez que ha comenzado la discusión, el evento bajo discusión pronto cesa de ser noticia, y, mientras las interpretaciones de un evento difieren, las discusiones se alejan de las noticias a las problemáticas que suscita. El choque de opiniones y sentimientos que la discusión invariablemente evoca usualmente finaliza en algún tipo de consenso u opinión colectiva –lo que llamamos “opinión pública”–. La opinión pública descansa sobre la interpretación de eventos presentes, ej., noticias.
La medida hasta la cual circulan las noticias, dentro de una unidad política o una sociedad política, determina el punto hasta el que los miembros de una sociedad dada pueden afirmar que participan no en su vida colectiva –que es el término más inclusivo–, sino en sus actos políticos. La acción y el poder políticos, como uno entiende ordinariamente estos términos, no están basados meramente en la concertación y el consenso como existe en un rebaño o en una multitud. Aparenta descansar, en última instancia, en la habilidad de una sociedad política, además de cualquier recurso militar o material que posea, para actuar no solo concertadamente, sino también consistentemente en acuerdo con algún objetivo considerado y en fomento de algún fin racional. El mundo de la política parece estar basado, como Schopenhauer ha dicho del mundo en general, en la relación orgánica entre voluntad e idea. Otros recursos materiales del poder político son obviamente meramente instrumentales.
El historiador Freeman ha dicho que la historia es política del pasado y la política es la historia del presente. Esto coloca mucha verdad en pocas palabras, aun cuando dicha afirmación necesita en la práctica algún desarrollo y alguna calificación. Las noticias, aunque íntimamente relacionadas con ambas, no son historia ni política. Son, sin embargo, aquello que hace la acción política, así distinguida de otras formas de comportamiento colectivo posibles.
Entre otras formas de comportamiento colectivo, están las reconocidas y convencionales formas de expresión ceremonial y religiosa –de etiqueta y ritual religioso– que, en la medida en que crean unanimidad y mantienen la moral, juegan directa e indirectamente un rol importante en la política y en la acción política. Pero la religión no tiene una conexión tan íntima con las noticias como la política. Las noticias son puramente un fenómeno secular.
III
Hay una frase proverbial: “Lo inesperado es lo que suele suceder”. Dado que los sucesos constituyen las noticias, se deduce, o parecería hacerlo, que a las noticias siempre o principalmente les incumbe lo inusual y lo inesperado. Incluso los happenings más triviales probablemente se reporten en la prensa si representan una desviación del ritual habitual y la rutina cotidiana. Esta concepción de las noticias ha sido confirmada por aquellos editores que, en la competencia por adquirir circulación y publicidad, han tratado de hacer que sus periódicos sean inteligentes e interesantes, allí donde no pudieron ser invariablemente ni informativos ni emocionantes. En sus esfuerzos por inculcar en las mentes de los periodistas y corresponsales la importancia de mirar en todos lados y siempre buscar algo que pudiera emocionar, entretener o conmocionar a sus lectores, los editores de noticias han puesto en circulación algunos ejemplos interesantes de lo que los alemanes, tomando prestada una expresión de Homero, han llamado geflügelte Wörter, ‘palabras aladas’. El subtítulo más utilizado y repetido que cualquier otro que describe las noticias es “Perro muerde hombre”; eso no es noticia. Pero “Hombre muerde perro”… eso sí es noticia. Nota bene! No es la importancia intrínseca de un evento la que otorga interés periodístico. Es más bien el hecho de que el evento es tan inusual, que, en el caso de ser publicado, suscita sobresalto o diversión, o emocionará al lector de modo tal que lo recordará o repetirá. Ya que las noticias son, en última instancia, lo que Charles A. Dana ha descrito como “algo que hará hablar a la gente”, incluso cuando no los haga actuar.
El hecho de que las noticias circulen normalmente de forma espontánea y sin ayudas adventicias –así como libremente sin inhibiciones o censuras– supone otra característica que la diferencia de otras formas relacionadas aunque menos auténticas de conocimiento –principalmente, el rumor y el chisme–. Para que un reporte de eventos actuales tenga la calidad de noticia, no debe meramente circular –en circuitos de canales subterráneos posiblemente–, sino que debe ser publicado, si es necesario incluso por el pregonero del pueblo o la prensa pública. Tal publicación tiende a darle a la noticia algo así como el carácter de un documento público. Las noticias son más o menos autenticadas por el hecho de que han sido expuestas al examen crítico del público al que están dirigidas y cuyos intereses le conciernen.
El público que, sea por consentimiento común o por ausencia de protesta, coloca su estampa de aprobación sobre un reporte publicado no le da a su interpretación la autoridad de declaración que ha sido sujeta a criticismo de expertos históricos. Todo público tiene sus prejuicios locales y sus propias limitaciones. Un examen más profundo de los hechos posiblemente podría revelarle a una mente más crítica e ilustrada la credulidad naive y parcial de una opinión pública no sofisticada. De hecho, el carácter naive y crédulo así revelado puede convertirse en un importante dato histórico o sociológico. Esto, sin embargo, es meramente otra y aún más contundente ilustración del hecho de que cada público tiene su propio universo de discurso, y de que, humanamente hablando, un hecho es solo un hecho en algún universo de discurso[8].
La consideración de los cambios que ocurren en la información que llega a circular, sin la sanción que le da la publicidad, arroja una interesante luz sobre la naturaleza de las noticias. En tal caso un reporte, emanando de una fuente no revelada y viajando a un destino desconocido, invariablemente acumula detalles de contribuidores inocentes pero ilícitos que lo asisten en su viaje. Bajo estas circunstancias lo que al principio era mero rumor tiende a asumir, en tiempo, el carácter de leyenda, es decir, algo que todo el mundo repite, pero que nadie cree.
Por el otro lado, cuando reportes y eventos actuales son publicados con nombres, fechas y lugares, que permiten ser verificados por cualquier persona involucrada, la atmósfera de leyenda que acumula y viste a las noticias con detalles fantásticos desde su origen se disipa; y lo que constituye el hecho, o lo que pasará por hecho hasta que un nuevo reporte noticioso lo corrija, es reducido a algo más prosaico que una leyenda y a algo más auténtico que una noticia: a un hecho histórico.
Es lo inesperado lo que ocurre, no es lo totalmente inesperado lo que llega a ser noticia. Los eventos que han llegado a ser noticias en el pasado, como en el presente, son de hecho cosas esperadas. Se trata característicamente de asuntos simples y comunes, como nacimientos y muertes, casamientos y funerales, las condiciones de los cultivos y de empresas, guerra, política y el clima. Estas son las cosas esperadas, pero al mismo tiempo son cosas impredecibles. Constituyen los incidentes y las chances que se presentan en el juego de la vida.
El hecho que hace a las noticias es su interés, y eso, como todo equipo editorial bien sabe, es una cantidad que varía, una cantidad que se debe tomar en cuenta desde el momento en que el equipo editorial de un periódico se sienta en su escritorio en la mañana hasta que el mismo equipo cierra la última planilla a la noche. Esto hace que el valor de las noticias sea relativo, y un evento que llega más tarde puede, como a menudo lo hace, disminuir el valor de un evento que apareció antes. En ese caso, el ítem menos importante cederá ante el segundo y más importante.
Las anécdotas y los “Créalo o no” que aparecen en las noticias son valiosos para el editor porque siempre pueden ser levantados del impreso para hacer lugar a algo más candente o urgente. En todo caso, los accidentes e incidentes para los cuales el público está preparado: las victorias y derrotas dentro de un campo de pelota o en el campo de batalla; las cosas que uno teme y las cosas que uno espera. Eso hace a las noticias. Es difícil comprender, sin embargo, considerando el número de personas que han sido asesinadas y heridas anualmente por accidentes automovilísticos (el número de muertes en 1938 fue 32.600), que estas grandes pérdidas de vida escasamente llegan a la página principal. La diferencia parece ser que el automóvil ha llegado a ser aceptado como uno de los factores permanentes de vida civilizada y la guerra no lo ha sido.
La noticia, por lo tanto, al menos en el sentido estricto del término, no es una historia o una anécdota. Para la persona que lo escucha o lo lee, tiene un interés que es pragmático más que apreciativo. Las noticias están en su mayoría, si no siempre, limitadas a eventos que producen cambios repentinos y decisivos. Puede ser un incidente como aquel de la familia negra en Filadelfia, Frances y Ben Mason, quienes recientemente ganaron una fortuna en la lotería de caballos irlandeses[9]. Puede ser un incidente trágico como el de la batalla cerca de la costa de Uruguay que resultó en la destrucción de un barco de guerra alemán, el “Graf Spee”, y el suicidio de su capitán. Estos eventos no solo eran noticias –eso es, algo que provocó un cambio repentino decisivo en la situación previamente existente–, pero, como han sido relatados en los periódicos y en la medida en que reflexionamos acerca de ellos, han tendido a asumir una significación nueva e ideal: por un lado, la de una historia con un interés humano genuino; por el otro lado, la de una tragedia, para usar la frase de Aristóteles, algo para inspirar “pena y terror”. Eventos como estos tienden a ser recordados. Eventualmente, pueden llegar a convertirse en leyendas o ser registrados en baladas populares. Leyendas y baladas no necesitan fecha y lugar, o nombres de las personas o de los lugares para autenticarlos. Viven y sobreviven en nuestras memorias y en la del público por su interés humano. Como eventos, han dejado de existir. Sobreviven como un tipo de símbolo fantasmal o algo de interés universal y duradero, una representación ideal de lo que es verdad en la vida y de la naturaleza humana en todos lados.
Así parece ser que las noticias, como una forma de conocimiento, contribuyen desde su registro de los eventos no solo a la historia y a la sociología, sino al folklore y a la literatura; no solo contribuyen a las ciencias sociales, sino a las humanidades.
IV
Recientemente el horizonte sociológico ha adquirido nuevas dimensiones. La antropología social, ya no interesada meramente en sociedades primitivas, ha comenzado a estudiar no solo la historia, sino la historia natural y función de las instituciones. Al hacerlo, se ha apropiado cada vez más del campo de interés e investigación de la sociología. Asimismo, la psiquiatría ha descubierto que la neurosis y la psicosis son enfermedades de una personalidad, que a la vez es producto del entorno social creado por la interacción de personalidades. Mientras tanto, en los Estados Unidos y en Europa, ha crecido una sociología de la ley que concibe como productos naturales las normas que las cortes buscan racionalizar, sistematizar y aplicar a áreas específicas. Finalmente, hubo interesantes intentos recientes para traer el tema del conocimiento en sí mismo dentro de los límites de la disciplina sociológica.
Las teorías de conocimiento han existido desde los días de Parménides. Sin embargo, han estado menos interesados en el conocimiento como dato que en la verdad y el conocimiento válido como una idea y un ideal. La pregunta que concierne a la sociología del conocimiento no es qué constituye la validez del conocimiento –de una declaración de principio o de hecho–, sino cuáles son las condiciones bajo las cuales diferentes tipos de conocimiento surgen y las funciones de cada una.
La mayoría de las formas de conocimiento que han adquirido la dignidad del estatus científico son, teniendo en cuenta la larga historia humana, de origen muy reciente. Una de las formas de conocimiento más tempranas y elementales son las noticias. Había un periodo, y no hace tanto tampoco, en el que no había ni filosofía, ni historia, ni conocimiento racional de ningún tipo. Solo había mitos, leyendas y magia. Lo que ahora describimos como las ciencias exactas no existían hasta el Renacimiento. Las ciencias sociales solo han comenzado a existir en los últimos cincuenta años. Al menos han comenzado dentro de la última mitad del siglo a adquirir, con el uso amplio de estadísticas, algo parecido a precisión científica.
Las noticias, en cuanto que son consideradas como conocimiento, son probablemente tan viejas como la humanidad, incluso mayores. Incluso los animales “inferiores” tenían un tipo de comunicación que era similar a las noticias. El “cacareo” de una mamá gallina es comprendido por sus pollitos como un mensaje de peligro, o comida, y los pollitos responden en consecuencia.
Esto no sugiere que todo tipo de comunicación en un rebaño tendrá el carácter de noticia. Lo que ordinariamente se comunica es meramente un tipo de emoción contagiosa, a veces una mera sensación de bienestar y seguridad en la asociación gregaria del rebaño, y en otras una sensación de disturbios o malestar, manifestado y a menudo intensificado durante la aglomeración del rebaño. Parece probable que esta emoción social generalizada, que parece esencial a la existencia del rebaño como una unidad social, sirve, también, a facilitar la comunicación de las noticias, o lo que corresponde de ella dentro del rebaño.
Existe en lenguaje naval una expresión, “The fleet in being”, que significa, aparentemente, que los barcos que constituyen una flota están lo suficientemente comunicados y en movimiento para ser capaces de algún tipo de acción concertada. La misma expresión podría ser aplicada a una comunidad, una sociedad o un rebaño. Una sociedad está in being cuando los individuos que la componen están en gran medida en rapport, que, sean ellos capaces de acción unida y colectiva o no, pueden ser caracterizados como parte de una existencia común o colectiva. En ese tipo de sociedad, una difusa emoción social tiende a envolver, como la atmósfera, a todos los participantes de la vida en común y a dar una dirección y tendencia a sus intereses y actitudes. Es como si los individuos de tal sociedad fueran dominados por un estado anímico común o un estado mental que determinó en ellos el rango y el carácter de sus intereses y sus actitudes o tendencias que actuar. La ilustración más obvia de esta tensión social oscura, o estado mental de una comunidad, es la persistente y penetrante influencia de la moda.
En ciertos momentos y bajo ciertas condiciones, esta emoción colectiva, tan esencial tanto para la comunicación como para el entendimiento, se eleva a un nivel superior de intensidad y, a medida que lo hace, tiende a limitar el rango de respuesta, aunque incrementa la intensidad de los impulsos menos inhibidos. El efecto de esto es el mismo que en el caso del individuo. La atención exclusiva sobre algunas cosas inhibe las respuestas a otras. Esto implica, para el caso de una sociedad, una limitación del tipo y carácter de las noticias a las que responderá la sociedad colectiva o individualmente.
El incremento de tensión social puede observarse en la forma más elemental en un rebaño cuando, por alguna razón, el rebaño está inquieto y comienza a pulular. La tensión aumenta a medida que incrementa la inquietud. El efecto es como si la confusión producida en el rebaño genera un estado de expectativa que, a medida que incrementa en intensidad, aumenta también la certeza de que en ese momento un incidente, un trueno o el crujido de una rama llevarían al rebaño a una estampida.
Algo similar ocurre en el público. A medida que se acrecienta la tensión, los límites del interés público se estrechan y el rango de eventos a los que responderá el público se limita. La circulación de noticias es limitada; la discusión cesa y la certeza de que algún tipo de acción se efectúe se incrementa. Este estrechamiento del foco de la atención pública tiende a aumentar la influencia de la persona o personas dominantes dentro de la comunidad. Pero la existencia de esta dominancia depende de la habilidad de la comunidad o de sus líderes para mantener la tensión. Así es como los dictadores surgen y se mantienen en el poder. Lo que también explica la necesidad que tienen las dictaduras de censurar.
Aparentemente, las noticias circulan solo en una sociedad donde hay cierto grado de entendimiento y cierto grado de tensión. Pero el efecto de las noticias que se encuentran fuera del círculo del interés público es dispersar la atención y, al hacerlo, fomentar que los individuos actúen sobre la base de su propia iniciativa en vez de acatar la de un partido o de la personalidad dominante.
Bajo circunstancias ordinarias –en un período de paz en vez de guerra o revolución–, las noticias tienden a circular sobre un área en constante expansión, ya que los medios de comunicación se multiplican. Bajo estas circunstancias, los cambios en la sociedad y en sus instituciones continúan teniendo lugar, pero ocurren poco a poco y de forma más o menos imperceptible. Bajo otras condiciones –en guerra o revolución–, los cambios ocurren de forma violenta y visible, pero catastróficamente.
La permanencia de las instituciones bajo condiciones ordinarias depende de su habilidad, o la habilidad de la comunidad de la cual forman parte, para adaptarse a los cambios tecnológicos y otros cambios menos obvios. Pero estos cambios y sus consecuencias se manifiestan no solo directamente, sino indirectamente en las noticias. Instituciones como la Iglesia católica o el Estado japonés han sido capaces de sobrevivir los cambios drásticos del tiempo porque han sido capaces de responder a cambios en las condiciones de existencia, no meramente los físicos y obvios que se les han impuesto, sino aquellos presagiados y reflejados en las noticias.
He indicado el papel que juegan las noticias en el mundo de la política en la medida en que proporcionan la base para las discusiones en las que se forma la opinión pública. Las noticias juegan un papel igual de importante en el mundo de las relaciones económicas, ya que el precio de los productos básicos, como el dinero y las acciones, tal como se registran en el mercado mundial y en todos los mercados locales que dependen de él, se basa en las noticias.
Los precios de los intercambios son tan sensibles a los eventos en cada parte del mundo, que es probable que cada fluctuación en la moda o el clima se refleje en los precios de dichos intercambios. He dicho que las noticias son un fenómeno secular. Pero llegan momentos en que los cambios son tan grandes y tan catastróficos que las personas y los pueblos ya no están interesados en los asuntos mundanos. En tal caso, los hombres, frustrados en sus ambiciones y sus esperanzas, se apartan del mundo de los asuntos seculares y buscan refugio y consuelo en una huida del gran mundo hacia la seguridad del pequeño mundo de la familia o de la Iglesia. La función de las noticias es orientar al hombre y la sociedad en el mundo real. En la medida en que tienen éxito, tienden a preservar la cordura del individuo y la estabilidad de la sociedad.
Aunque las noticias son un producto de comunicación anterior y más elemental que la ciencia, las primeras no han sido reemplazadas por las segundas. Por el contrario, la importancia de las noticias ha crecido consistentemente con la expansión de los medios de comunicación y con el crecimiento de la ciencia.
Los medios de comunicación desarrollados han cooperado con la gran acumulación de conocimiento en bibliotecas, museos y sociedades académicas, para posibilitar una interpretación más rápida, precisa y exhaustiva de los eventos a medida que ocurren. El resultado de esto es que personas y lugares que en algún momento eran remotos y legendarios ahora son conocidos por todos los lectores de la prensa diaria.
De hecho, la multiplicación de los medios de comunicación ha provocado que cualquier persona, incluso en la parte más distante del mundo, pueda participar en eventos –al menos como oyente, si no como espectador– que en realidad suceden en otra parte del mundo. Recientemente hemos escuchado a Mussolini dirigirse a sus seguidores fascistas desde un balcón de Roma; hemos escuchado a Hitler hablar sobre las cabezas de una congregación devota en el Reichstag en Berlín, no solo dirigiéndose al presidente, sino a las personas de los Estados Unidos. Incluso hemos tenido la oportunidad de escuchar los términos del trascendental acuerdo de Múnich diez segundos después de haber sido firmado por los representantes de cuatro de las principales potencias de Europa y del mundo. El hecho de que actos tan trascendentales como estos puedan ser tan rápidos y tan públicamente consumados ha cambiado repentina y completamente el carácter de la política internacional, de modo que uno ya no puede siquiera adivinar lo que le depara a Europa y al mundo en el futuro.
En el mundo moderno, el papel de las noticias, en lugar de disminuir, ha asumido una importancia cada vez mayor en comparación con otras formas de conocimiento como la historia. Los cambios en los últimos años han sido tan rápidos y drásticos que el mundo moderno parece haber perdido su perspectiva histórica, y parece que estamos viviendo día a día lo que describí anteriormente como un “presente engañoso”. Bajo estas circunstancias, la historia parece ser leída o escrita principalmente para que podamos, comparando el presente con el pasado, entender lo que está sucediendo en nuestro entorno en lugar de, como nos han dicho los historiadores, saber “lo que realmente sucedió”.
Así, Elmer Davis, en un artículo reciente en Saturday Review, anuncia como “lectura obligatoria” para 1939 dos volúmenes: Mein Kampf de Hitler y la Historia de la Guerra del Peloponeso (431 a. C.). Recomienda esta última porque, como dice, “Tucídides no solo fue un brillante analista del comportamiento humano, tanto individual como colectivo”, sino que fue al mismo tiempo “un gran periodista”[10].
Uno nota también, como característica de nuestro tiempo, que, desde que las noticias circulan de una manera específica en los periódicos estadounidenses, han tendido a tomar un carácter literario; como circulan en los periódicos estadounidenses, han tendido a asumir el carácter de literatura; la ficción –después del periódico, la forma más popular de literatura– ha asumido cada vez más el carácter de noticias[11].
Las novelas de Emile Zola fueron esencialmente informes sobre modales contemporáneos en Francia, así como The Grapes of Wrath de Steinbeck ha sido caracterizado como un informe de época sobre el aparcero en los Estados Unidos.
La nuestra, al parecer, es una era de noticias, y uno de los eventos más importantes en la civilización estadounidense ha sido el surgimiento del periodista.
- Este texto es una traducción de “News as a Form of Knowledge: A Chapter in the Sociology of Knowledge”, publicado en 1940 por la American Journal of Sociology, Vol. 45, N.° 5, pp. 669-686.↵
- Traducción: Cecilia Forment. Selección y revisión: Gabriel Nardacchione.↵
- William James, The Principles of Psychology (Nueva York: Henry Holt & Co., 1896), I, 221-222.↵
- “El biólogo ordinariamente considera que el desarrollo es algo muy diferente de las modificaciones del comportamiento por la experiencia, pero de vez en cuando ha sido planteada la idea que el fundamento de la herencia y desarrollo es fundamentalmente similar a la memoria. vista de esta forma, el curso entero del desarrollo es un proceso de aprendizaje fisiológico, comenzando con un simple ejercicio o exposición diferencial a un factor externo, y padeciendo una modificación detrás de otra, a medida que ocurren nuevas experiencias en la vida del organismo o en sus partes en relación con otros” (C. M. Child, Physiological Foundations of Behavior, pp. 248-249; citado por W. I. Thomas en Primitive Behavior [Nueva York: McGraw-Hill Book Co., 1937], p. 25).↵
- Edward A. Freeman, Comparative Politics (Londres, 1873).↵
- El punto de vista sociológico hace su aparición en investigaciones históricas tan pronto como el historiador se vuelca del estudio de “períodos” al estudio de instituciones. La historia de las instituciones –es decir, la familia, la Iglesia, las instituciones económicas, las instituciones políticas, etc.– inevitablemente llevan a comparación, a clasificación, a la formación de nombres de clase o conceptos, y eventualmente a las formulaciones de la ley. En el proceso, la historia se vuelve historia natural, y la historia natural se vuelve ciencia natural. En resumen, la historia se convierte en sociología (R. E. Park y E. W. Burgess, Introduction to the Science of Sociology [Chicago: University of Chicago Press, 1921], p.16).↵
- El término specious present fue introducido por William James en Principios de la Psicología (1890). El término hace referencia a la forma en que el presente es vivido en la experiencia. Para él, la concepción temporal del presente tiene la particularidad de que no parte de un momento cero, sino que se vive como un periodo de no duración. En otras palabras, se vive el presente como instantáneo, así como extendido en el tiempo. ↵
- Un universo de discurso es, como está utilizado normalmente, no más que un vocabulario específico que es bien entendido y apropiado a una situación específica. Puede, sin embargo, en el caso de una ciencia específica, incluir el cuerpo de términos o conceptos más precisamente definidos, que en ese caso tienden más o menos a un carácter sistemático. La historia, por ejemplo, casi no emplea conceptos específicos. Por el otro lado, la sociología, así como cada ciencia que intenta ser sistemática, lo hace. Como los conceptos asumen este carácter sistemático, tienden a constituir un “marco de referencia”.↵
- Ver Time, 25 de diciembre, 1939, p. 12.↵
- “Required Reading”, Saturday Review of Literature, 14 de octubre, 1939.↵
- Ver Helen MacGill Hughes, News and the Human Interest Story (Chicago: University of Chicago Press, 1940).↵








