Comunicación e interacción social en la obra de Erving Goffman
Ernesto Meccia
Entrando a escenas
El colectivo está lleno. Se dirige hacia el centro de la ciudad. La cercanía entre los pasajeros no puede ser más extrema: caras que se cruzan a una distancia que en otro contexto supondría intimidad, brazos en alto que se tocan, mochilas que raspan la espalda de otro pasajero, rodillas que rozan piernas ajenas, bultos que apoyan superficies sin voluntad aparente. La escena también incluye la inminencia de un estornudo que significaría un tsunami de estupor si el pasajero no llegara a tiempo con la mano para cubrirse la nariz. El colectivo se acerca al centro, y, previsiblemente, la gente comienza a descender. En un momento no quedan pasajeros parados y todos los asientos están ocupados. Pero el centro se acerca más, y algunos asientos se desocupan. Son varios los pasajeros que –presas de un golpe eléctrico– se mudan a los asientos individuales como obedeciendo a un imperativo escondido pero eficaz de tomar distancia. La dinámica de lo sucedido se parece bastante a lo que sucede en los ascensores que transportan desconocidos. Pareciera que la cercanía más extrema debe compensarse con el recupero de una distancia que no deje entrever que algunos son demasiado atrevidos, y otros, demasiado permisivos.
Ni siquiera sabía qué era la sociología cuando cursaba la escuela secundaria. Su padre, un inmigrante italiano que había ascendido socialmente a fuerza de puro trabajo y postergación de la gratificación, lo enviaba a ese colegio de pupilos; un colegio prestigioso, caro y unisexual en el que cursaban los hijos de la burguesía rural pampeana. Los lunes por la mañana, se podía observar una competición entre los diseños de los flamantes automóviles de los que descendían hijos y padres. Pero el adolescente tenía la desdicha de que su padre lo llevara en una camioneta y sentía un rubor que lo paralizaba cada vez que el padre abría la puerta y, previamente a recoger la valija que estaba en la caja, escupía sonoramente en el piso; un acto reflejo que seguramente había traído de su infancia campesina, pero que arruinaba el amoroso ritual de despedida. Sentía que todos los ojos que andaban por la playa de estacionamiento se quedarían con esa escena y no con sus evidentes dotes de intelectual precoz que ya podía entreverse durante las clases, en especial, de literatura.
Se considera una mujer atractiva, aunque sabe qué significa eso cuando camina por la ciudad. A veces, cuando ve que, a mitad de cuadra, hay dos, tres muchachos, hace de cuenta que no los ve y se cruza hacia la otra vereda, que está desocupada. De todos modos, sabe que la exitosa esquivada es pan para hoy y hambre para mañana. Más de una vez le ha pasado que dobla por la esquina y se encuentra con entidades similares, solo que en esas ocasiones no tiene posibilidad de maniobra: los masculinistas están muy cerca, no puede dejar entrever que quiere evitarlos; de manera que respira hondo (eso, a veces, puede hacerse sin que se vea) y pasa al lado de ellos. Recibe un piropo por parte de uno y miradas sostenidas que siguen sus pasos. No sabe bien qué pensar ni qué hacer. Primero piensa que tiene que demostrarle al piropeador que no vale nada, por lo tanto, que es mejor recubrir su fastidio con una expresión neutra, sin detener el paso. Segundo, cree que, si le demuestra enfado, hasta puede llegar a entrever en ella una mujer problemática. Pero ¿acaso no es eso lo que hay que hacer, con independencia de cualquier mirada? No hacerlo –se da fuerzas– sería ratificarle a ese masculino que es el dueño de tomar la palabra en la calle, y eso refleja una asimetría que ya es hora de ir desarmando.
[…]
Empezar un escrito sobre Erving Goffman presentando ejemplos acaso sea en sí mismo rendir un tributo a su forma de trabajar, quiero decir, un tributo de base empírica e infinitesimal que permite alumbrar problemas sociales y sociológicos de envergadura. “Entrever” es un verbo y una actividad que está presente en las tres escenas, tanto como la circunstancia de que sus protagonistas se encuentran cara a cara, sea con conocidos o desconocidos. Y las personas están ahí de un modo completo, ofrecen a los sociólogos mucho material empírico para observar la actividad de entrever: tienen sus ideas en la punta de la lengua –por supuesto–, pero también tienen su cuerpo, y ambos son canales de comunicación social por igual: las expresiones faciales, el tono de la voz, la ropa, la postura corporal, los signos de indecisión o de seguridad, más una larga lista de etcéteras, son signos que transmiten información de los interactuantes.
¿Qué quiero dejar entrever de mí ante los demás en la vida cotidiana? Probablemente tenga una respuesta distinta a lo que –de hecho– pueden entrever en mí los otros. ¿Y qué puedo entrever de los otros a partir de lo que me demuestran que entrevén en mí? La situación es confusa; está hecha de inferencias, algunas basadas en experiencias ya vividas, otras en una paranoia socialmente justificada, otras en prejuicios ancestrales (o nuevos). Sea como sea, en los encuentros cara a cara, las personas parecen hacer reclamos sobre quiénes son y sobre el trato que consideran justo recibir. Se trata de peticiones identitarias que son imposibles de disociar de un reclamo mayor, que es de índole moral.
En este capítulo presentaremos algunos conceptos centrales de la obra de Erving Goffman para analizar la lógica de la interacción social cara a cara; la “interacción”: ese locus donde la gente hace acrobacias para tramitar peticiones identitarias, más allá de que los resultados sean exitosos o no.
Erving Goffman
Erving Goffman nació en Mannville, Alberta, Canadá en 1922. Fue hijo de una pareja de inmigrantes ucranianos. Su primera vocación fue la química. Más tarde fue empleado en Otawwa del National Film Board, un centro de producción de documentales. Allí fue testigo de cómo las cámaras recogían imágenes como copias fieles de la realidad. No es difícil imaginarlo en la sala de montaje proyectando y rebobinando material en bruto, observando lo que más tarde observaría en el terreno: caminantes urbanos manteniendo distancias convenientes, gente mirándose de frente o de reojo, en fin, escenas mundanas en las que se reactualizan codificaciones sociales. Algo de su obsesión por la escenificación y la dramaturgia cotidiana debe haberse engendrado por estos momentos. Aunque cabría introducir la hipótesis de que este interés fue más temprano; el niño Goffman, miembro de una familia migrante judía perteneciente a la pequeña burguesía rural, aprendió pronto a ver las escenas del mundo desde dos puntos de vista: primero desde las coordenadas familiares y luego desde las coordenadas de la sociedad más amplia de destino.
Tanto la química como el cine documental demostraron no ser lo suyo. Cursando materias para obtener el Diploma en Sociología, conoció al antropólogo Ray Birdwhistell, quien tenía como director de estudios a Lloyd Warner de la Universidad de Chicago, autor de uno de los trabajos sobre estratificación social más famosos: Yankee City (1941). Estos contactos hicieron que decidiera hacer su doctorado en Chicago, por esos años, uno de los tres puntos neurálgicos de la sociología norteamericana; los otros eran: la Universidad de Harvard liderada por Talcott Parsons y la Universidad de Columbia, que contaba entre sus profesores a Robert K. Merton. Muy entusiasmado con el trabajo en el terreno, le solicitó a Warner que lo dirigiera en su tesis: un estudio comunitario de los habitantes de las islas Shetland, situadas al norte de Escocia. Llegó al archipiélago en 1949, cuando tenía 27 años. Terminó su tesis en 1953. El lugar (una isla) era ideal para su proyecto intelectual: de alguna manera neutralizadas, el conjunto de variables que debiera haber atendido en una gran ciudad continental, la vida comunitaria se le hacía más visible y trató de captar en qué consistía el orden de la interacción en lugares estratégicos como el hotel en el que paró dos meses (un lugar interactivo de paso para desconocidos) y lugares interactivos fijos para nativos como los bares, el billar y las fiestas comunitarias.
Su carrera había despegado y en unos años haría lo propio su producción editorial, casi siempre basada en deslumbrantes ejemplos extraídos de sus observaciones. Sus principales libros fueron La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959), Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales (1961), Relaciones en público. Estudios de microinteracción social y Estigma. La identidad deteriorada, ambos de 1963, Ritual de interacción (1967), y Frame Analysis. Los marcos de la experiencia (1974). En 1982 fue nombrado presidente de la American Sociological Association, pero falleció antes de asumir el cargo. Dicen que en un hospital, escribiendo el discurso de su asunción.
“Leer a Goffman puede ser frustrante: aunque sus ideas son fascinantes, parecen no tener una dirección clara”, escribió Philip Manning (1992). Ann Branaman (1997) también reconoce la complejidad de la obra y sostiene que es posible agruparla en cuatro grandes bloques temáticos que, por lo general, aparecen dispersos en casi todos sus libros.
En el primer bloque, que denomina “la producción del yo”, encontramos al Goffman que cree que el yo es una producción situacional y renovada, producto de la interacción. No existe una esencia dentro del individuo esperando un escenario para expresarse; al contrario, es en el escenario donde el yo (con más o menos suerte, con más o menos fuerza) se va construyendo. Suerte y fuerza en relación con las que poseen los otros con quienes se encuentra.
En el segundo bloque, que Branaman denomina “el yo confinado”, podemos ver –en forma conmovedora pensando en los textos sociológicos de aquel tiempo– los precios que debe pagar el yo para tener un yo. Aquí vemos la parte cruenta de los órdenes interactivos. Estudiando personas estigmatizadas y con dolencias psiquiátricas, Goffman nos presenta desdichadas historias de vida sobre el tenebroso trasfondo de las expectativas normativas hegemónicas. Las condicionalidades mayoritarias confinan al yo, lo arrinconan, ya sea dentro de un neuropsiquiátrico en el que queda reducido a un número y despojado de elementos de autoidentificación como la ropa propia, o dentro de un secreto cuyo mantenimiento en la interacción es insoportable, como en los casos de los homosexuales con pasado heterosexual o de los exconvictos.
“La naturaleza de la vida social” es el tercer bloque temático: allí encontramos a Goffman describiendo hasta el mínimo detalle un conjunto de rituales que la gente se empeña en ejecutar para demostrar y demostrarse quiénes son o quiénes quieren ser. Pero simultáneamente, como en una especie de lucha, aparecen los otros para demostrarles a los que muestran quiénes son y qué lugar deberían ocupar más allá de sus propias pretensiones. Aquí aparecen los actores realizando peticiones cruzadas de reconocimiento identitario, compareciendo ante los demás. La vida social tiene naturaleza ceremonial –pensaba Goffman–, pero las ceremonias pueden servir tanto para dar lugar a los otros, como para negárselo o darles otro estatus: ser ceremonioso con una mujer siendo varón abriéndole la puerta a la primera es una ceremonia que confirma una codificación desigualadora; ser ceremonioso con un manco diciéndole que son asombrosos los avances en sus estudios universitarios significa que un problema físico ha sido leído también como un problema cognitivo. Hay rituales de reconocimiento que es mejor perder que encontrar.
Por último, tenemos el cuarto bloque, “Los marcos y la organización de la experiencia”, que es distinto de los presentados. Volcado más hacia la psicología social que a la interacción cara a cara, Goffman nos acerca temáticamente a la forma en que la realidad puede ser definida, un tópico intenso para la Escuela de Chicago. Entiende por “marco de referencia” un paquete cognitivo que permite a su usuario situar, percibir, identificar y etiquetar un conjunto de sucesos concretos en los términos en que el marco propone. Entiende que probablemente los actores no sean conscientes de la sistematicidad de cada marco, ni sean capaces de describirlo, algo que no va en desmedro de que puedan aplicarlo en la vida cotidiana. Goffman explica que lo que se enmarca, es decir, lo que se organiza para la percepción, son los mismos elementos de la actividad social que el marco instituye como propios de ella, con lo cual se forma una suerte de encerrona cognitiva en la que se afirma un isomorfismo entre “lo que se ve” y “lo que hay”, a pesar de que existen otros principios válidos que podrían informar a la percepción.
Sin embargo, a pesar de todo lo expuesto, sería inútil buscar en nuestras manos la “teoría” de Goffman, si por “teoría” entendemos un conjunto sistemáticamente entrelazado de conceptos con sus respectivas reflexiones epistemológicas y metodológicas, como los que nos legaran los clásicos y algunos autores contemporáneos de la sociología. Goffman, en cambio, nos ha dejado una enorme cantidad de “conceptos sensibilizadores” (Blumer, [1969] 1982) de inusitada originalidad y raigambre sensorialista, es decir, originados en y para el trabajo de campo. Si bien, por un lado, es indudable la presencia teórica de Emile Durkheim y de Georg Simmel en su obra, por otro, es igual de cierto que Goffman los utilizó más como una fuente de inspiración que de efectuación sociológica, como si hubiera dispuesto de algunas altas fichas teóricas ajenas para armar un juego teórico propio de anhelado bajo vuelo. Conceptos bellísimos como “distracción cortés”, “territorios del yo”, “reservas del yo”, “estigmatizado”, “estigmatizable”, “responsabilidad sinecdóquica”, “expresión dada”, “expresión emanada”, “región anterior”, “región posterior”, “cara”, “estar en cara”, “perder la cara”, o “salvar la cara”, entre tantos otros, iluminan y queman como una llamarada la mente sociológica…, pero solo por un instante. El estudioso Yves Winkin ha señalado con agudeza la dificultad de intentar tomar conceptos goffmanianos para incluirlos en su propio sistema teórico: ese seguro fracaso
ocurrirá con la mayor parte de los conceptos efímeros de Goffman. Es como si se agotasen al transmitir su energía a los datos que iluminan, hasta el punto de no ser ya más que la sombra de sí mismos al final del recorrido (Winkin, 1991: 45).
A casi cuarenta años de su muerte, su obra (tal vez, junto a la de Howard Becker, la más vigente entre las de sus contemporáneos) sigue transmitiendo sensaciones parecidas: parece estar hecha con una sustancia incolora e inocua que, sin embargo, lo mancha todo. Solo una vez leída adquiere importancia; mientras se la lee, en cambio, parece no decir nada, nada de nada, salvo lo que todos sabíamos desde siempre (aunque solo recordamos al leer). No es improbable que esta sensación de extrañeza se deba a la socialización exclusiva de los investigadores en los “grandes” problemas de la sociología como si estos no produjeran “grandes” problemas para el conocimiento en las escenas diminutas de la vida cotidiana. Escribió Pierre Bourdieu (1982):
Goffman fue el que hizo descubrir a la Sociología lo infinitamente pequeño: esto mismo que los teóricos sin objeto y los observadores sin conceptos no sabían dar cuenta y quedaba ignorada, por demasiado evidente, como todo lo que es evidente.
Acrobacias morales
La idea más popular sobre Goffman es que fue el sociólogo que se valió de la metáfora teatral para analizar la vida social. En el inicio de La presentación de la persona en la vida cotidiana, coloca una filosa cita de George Santayana sobre la que no ofrece –fiel a su estilo- una explicación, que deja en manos de los lectores. Una cita colocada con bajo perfil que, sin embargo, representa una de las críticas más sutiles y contundentes respecto de lo que se entendía por “dato” sociológico.
Para Goffman, los actores sociales estaban objetivamente delineados por ciertos marcadores sociales duros (clase social, género, edad, raza, religión), pero, al mismo tiempo, esos actores eran seres sintientes y la función de los sentimientos debía representar para el argumento sociológico la expresión de la visión y la evaluación que esa misma gente hacía de su condición social objetiva. La sociología no podía contentarse solo con presentar evidencias de lo que la gente era; la evidencia de lo social únicamente se completaría si se presentaban datos sobre lo que la gente hacía con lo que era. Y ambas clases de datos debían tener ciudadanía en los argumentos científicos, porque la segunda clase de datos refieren a cuestiones subjetivas relacionadas con la identidad social. Por ejemplo, el análisis de una familia de clase media urbana puede dar cuenta de las trayectorias laborales, educativas y residenciales de sus integrantes, pero también podría dedicarse a estudiar la forma en que se disponen los muebles en los hogares. Es probable que en el living se vea una biblioteca con libros de autores canónicos ubicados en un sitio más que visible. Y aquí no valdría la pregunta sobre si realmente los leyeron o no, sino el hecho mismo de su visibilidad. El dato sociológico es escenográfico. Acaso eso sea una mascarada, acaso no se hayan tocado todavía esos libros, pero se trata de una mascarada que, bien vista, nos lleva a las sinuosas operaciones de construcción de identidad social de esas personas, a lo que hacen con lo que son.
Anticipándose a futuras interacciones cara a cara, esa familia eligió ponerse en vidriera de esa manera, montó un escenario que tiene razones sociales de ser. ¿Acaso este artificio no es un dato? Vamos a la cita de Santayana, donde resultará fácil cambiar “filósofos” por “sociólogos”:
Las máscaras son expresiones fijas y ecos admirables de sentimientos, a un tiempo que fieles, discretas y superlativas. Los seres vivientes, en contacto con el aire, deben cubrirse con una cutícula, y no se puede reprochar a las cutículas que no sean corazones. No obstante, hay ciertos filósofos que parecen guardar rencor a las imágenes por no ser cosas y a las palabras por no ser sentimientos. Las palabras como las imágenes son caparazones: partes integrantes de la naturaleza en igual medida que las sustancias que recubren (Goffman, [1959] 1971: 7).
Aquí tenemos la presentación más cabal del actor goffmaniano, extraño para la sociología de su tiempo. Su caparazón es, en realidad, la armadura simbólica con la que optó por presentarse ante los demás. Algo tan natural: hacernos ver como queremos que nos vean (como nos gusta, remarco la sentimentalidad). Pero, además de restituirles sentimientos a los actores individuales, Goffman los pone a interactuar con otros actores que hacen lo mismo (se presentan como les gusta). Llegamos así a la escena sociológica fundamental: como (no solo por razones económicas) los actores habitan una sociedad desigual, algunos tendrán más chances de cuestionar las armaduras simbólicas de los otros, o estos otros se sentirán menos seguros con sus armaduras simbólicas mientras interactúan con los primeros. Tal vez la expresión “nuevo rico” nos sirva de ejemplo. En la obra de Goffman, este duelo identitario sucede durante las interacciones sociales cara a cara, el lugar analítico del que nunca se movió.
En La presentación de la persona en la vida cotidiana (el primer libro de 1959), están la mayoría de los conceptos derivados de la interacción. En las primeras páginas, se nos informa que el libro tratará sobre las interacciones, entendiendo que cada una de ellas “puede ser definida, en términos generales, como la influencia recíproca de un individuo sobre las acciones del otro cuando se encuentran ambos en presencia física inmediata” ([1959] 1971: 27). De inmediato, Goffman comienza a presentar los elementos para armar la metáfora teatral: los interactuantes no tienen un rol prefijado en la interacción, sino que desempeñan una “actuación” que define “como la actividad total de un participante dado en una ocasión dada que sirve para influir de algún modo sobre los otros participantes” ([1959] 1971: 27). Luego nos habla del “papel” de los participantes en la interacción: esa “pauta de acción preestablecida que se desarrolla durante una actuación y que puede ser presentada o actuada en otras ocasiones” ([1959] 1971: 27). Y para culminar con la metáfora, escribió que, “si tomamos un determinado participante y su actuación como punto básico de referencia, podemos referirnos a aquellos que contribuyen con otras actuaciones como la ‘audiencia’, los ‘observadores’ o los ‘coparticipantes’” ([1959] 1971: 27).
El actor de Goffman quiere definir a favor suyo las situaciones sociales que lo tengan involucrado; por ello, si existe algo que caracterice su modus operandi, es poner en acto su capacidad de “impresionar” ([1959] 1971) a los auditorios, en el sentido de persuadirlos de que aquello que él representa mediante su actuación representa lo que en realidad es. A partir de entonces, el actor se compromete implícitamente ante el auditorio y ante sí mismo a no parecer (al menos mientras duren esas interacciones) algo distinto de aquello que alega ser, algo que el auditorio desde el momento de su primera actuación sabe y ya no olvida. Cada vez que actúa, el sujeto moviliza una dotación suficiente de signos expresivos que mantienen una “fachada” ([1959] 1971) para que los observadores no duden de lo que pudieron inferir a partir de las primeras apariencias; así, la mirada severa y memoriosa del público colabora para que se afiance la imagen promovida por los actores.
Las impresiones son lo que cuentan, en especial las primeras. Tendríamos que hacer un último esfuerzo por tomarnos en serio las apariencias. Es cierto que existe en parte de la obra de Goffman un uso instrumental, es decir, actores que no creen en el valor de las impresiones que producen y que fingen el apego a ciertos ideales sociales del yo como un medio para conseguir fines que nada tienen que ver con ellos. En este sentido, pueden advertirse diferencias sustantivas –por ejemplo– entre los actores que transitan Estigma ([1963] 1989) y los pacientes mentales que habitan el hospital St. Elizabeth ([1961] 1970). Pero –es mi conjetura– Goffman ubica la insinceridad en establecimientos sociales extremos como los neuropsiquiátricos, donde es necesario fingir ser un buen paciente para agenciarse recursos de supervivencia en un medio inhumano, y las actuaciones sinceras en la vida social en general, donde la posibilidad de (al menos) buscar respeto es más factible.
Pero, más allá de eso, habría que decir que nada hay más sincero que la necesidad de los otros, que el cobijo de sus miradas aunque, como ya vimos y veremos, esa búsqueda pueda generar perturbación identitaria en un lado del escenario:
El individuo puede desear, ganar y merecer deferencia, pero en general no se le permite que se la conceda él mismo, y se ve obligado a buscarla en los demás. Al buscarla en los otros descubre que tiene mayores motivos para buscar a éstos, y a su vez la sociedad recibe mayores seguridades de que sus miembros entrarán en interacción. Si el individuo pudiera otorgarse la deferencia que deseara, la sociedad tendería a deshacerse en islas habitadas por hombres de culto solitario, cada uno en continua adoración de su propio altar (Goffman, [1967] 1970: 57).
Cuando los individuos entran en interacción con otros individuos, la información relativa a cada interactuante se manifiesta a través de dos canales de comunicación que Goffman denomina “expresión dada” y “expresión emanada” ([1959] 1971). La expresión dada es aquella que los sujetos dan, en especial a través del lenguaje verbal, aunque incluye algunos sustitutos; se trata de una información que el individuo voluntariamente proporciona por medios convencionales. La expresión emanada es distinta: no siempre está claro que sea producto de la voluntad, es más, a veces es netamente involuntaria. Lo más importante es pensar que esta clase de información es o bien más teatral o más bien reveladora. Es más teatral, por ejemplo, cuando las palabras son voluntariamente acompañadas con entonaciones cambiantes manejadas con seguridad por una persona que, además, sabe controlar su postura corporal. Es más reveladora, por ejemplo, cuando el individuo no puede controlar lo que su cuerpo informa: la vergüenza, por ejemplo, puede producir involuntariamente rubor, temblores, tartamudeos o parpadeos de frecuencia penosa. En ambos casos, es importante considerar que esta información es una emanación sintomática, algo parecido a un halo que acompaña con la fidelidad de una sombra y que nos informa sobre el individuo más allá de las palabras.
Pero la vergüenza puede ser un punto de llegada, no el punto de partida de una interacción. Goffman sostiene que, por lo general, existe un “modus vivendi interaccional” ([1959] 1971), donde los individuos cooperan para que la impresión que cada cual fomenta se mantenga y el flujo de la interacción siga su curso sin problemas. Es el arte cotidiano de practicar el “como si” todos fuéramos realmente aquello que nuestras impresiones fomentan, y sabemos que es lógico que fomentemos la imagen con la que deseamos que se nos reconozca socialmente. Sin embargo, existen escenas disruptivas que forman parte de la misma escena cuando algunos individuos se deciden a romper las impresiones fomentadas por sus compañeros de interacción. Se trata de escenas primordiales de la sociología para observar cómo irrumpe la desigualdad social o, tal vez mejor, para observar los intentos de mantenerla.
Cuando el muchacho del segundo ejemplo del inicio de este capítulo egresó del colegio de pupilos, empezó a estudiar sociología y a trabajar en un comercio que alquilaba libros ladrillos a estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Se había mudado a la gran ciudad. La convivencia con el dueño, los dos empleados y la cajera era soñada. Los inicios de los años 90 no eran un momento propicio para fomentar la impresión con nada que tuviera que ver con ser gay, al menos en el lugar de trabajo. Pero, a falta de la expresión dada, la expresión emanada hizo las suyas. Bastaron la emanación de unos pocos signos informativos (involuntarios) para que el dueño de la librería (que lo había seleccionado entre una multitud dos meses antes) le dijera que estaba despedido. La inesperada noticia le produjo esa clase de estupor que provoca zumbidos en los oídos. Cuando el muchacho le preguntó “¿Por qué?”, el empleador, que estaba revisando papeles, se sacó los anteojos para fijar mejor la vista (gesto teatral un tanto berreta pero efectivo en ese contexto) y le preguntó: “¿En serio querés saber?”. El muchacho apenas contestó “No”, mientras la boca le quedaba arrasada por una sequedad que le hubiera impedido decir más nada. ¿Cuántos signos emanados puteriles habrá guardado en sus bolsillos el dueño durante los dos meses? ¿Qué lo habrá decidido finalmente a despedirlo? El episodio demostraba que, evidentemente, el escenario de la interacción era cosa seria, ya que “los otros pueden usar los que se consideran aspectos ingobernables de la conducta para controlar la validez de lo transmitido por los medios gobernables” ([1959] 1971). En la interacción cara a cara, los otros se parecían a los metodólogos que el muchacho luego conocería en la universidad: también triangulaban datos e información.
Años más tarde, el muchacho seguía vinculado al mundo de los libros. Se hizo amigo de un poeta que se declaraba progresista y, por eso, progay, prolesbiano, protrans y protodo aquello que dicta ese imaginario político enigmático. Era un poeta talentoso que le había dicho que tenía condiciones para la escritura. El joven andaba buscando nuevos grupos de pertenencia que opacaran su pasado de pertenencia católica y en ese momento la literatura lo atraía tanto como la sociología. Confiado, un día le entregó un escrito de ficción para que le diera una opinión. Una noche se improvisó una reunión en la casa del muchacho. Había mucho y muy bueno para beber y tomar. Hoy piensa que, tal vez, la ingesta le impidió al poeta mantener el modus vivendi interaccional, también envalentonado –quién sabe– por la presencia mayoritaria de sus amigos. Lo cierto es que, en el momento menos oportuno, el poeta comenzó con la devolución del escrito. El muchacho no temía nada especial, creía que estaba entre pares. Pero la devolución no tardó en convertirse en un intento de ceremonia de degradación pública. Las críticas fueron lapidarias. El muchacho trató de explicarle detalladamente por qué no estaba de acuerdo. Le dijo que era probable que no hubiera advertido ciertas claves gays presentes en el relato. El poeta quebró el modus vivendi interaccional y le dijo, casi gritando, cortito y al pie: “Ustedes son una secta, confunden el culo con la inteligencia”. Silencio de sepultura. Breve pero intenso. A continuación, dos amigos del homofóbico aplicaron lo que Goffman llamaba “prácticas protectivas” ([1959] 1971), es decir, aquellas que intentan favorecer al ofendido y neutralizar al ofensor para que el orden de la interacción vuelva a adquirir un cariz amable, que restablezca el “como si”. Miraron con una sonrisa teatral primero al poeta y luego al muchacho, intentando señalar sin palabras los desastres que puede hacer el alcohol y los aditivos en el habla de una persona que impresionaba como progresista. Pero, pese a sus esfuerzos, la noche había terminado.
Más acá en el tiempo, el muchacho ya era sociólogo full time en la universidad y señor por edad. Había obtenido un crédito hipotecario y comprado un departamento; formaba parte del club imaginario de los propietarios. Desde el primer momento, cayó más que bien a los vecinos, que lo paraban permanentemente en la vereda o en la puerta del ascensor para preguntarle sobre temas dispares. Recuerda, sobre todo en las primeras conversaciones, que siempre se colaba la curiosidad por su estado civil, sea en forma de pregunta o como afirmación medida (“Porque usted es soltero, ¿no?”) o como ocasión para una ofrenda (“Si tenés que viajar y no tenés a nadie que te riegue las plantas, como vivís solo, avisame”). Varios vecinos lo consultaban sobre el estado del edificio, que era un tanto deficitario. Parece que el señor también impresionaba bien en ese sentido. A fin de año, se realizó la asamblea del consorcio, y Carlos (en ese momento a cargo de la comisión directiva) le pidió que explicase qué pasaba en el edificio y los planes que seguir, compartiendo, de alguna manera, su cargo. El señor describió unos problemas serios que había en la fachada del edificio y que era urgente hacer obras. Se comprometió a asesorarse para presentar un presupuesto e iniciar las obras antes de que empezase el invierno. Hubo amplio consenso, a pesar de que todos sabían que lo que había que pagar no iba a ser poco. Elsa, que lo venía mirando fijo (brazos cruzados, mirada interrumpida solo para mirar el piso), lanzó: “Usted porque no tiene hijos”. El señor advirtió rápido por dónde venía la mano, iba a contestarle, pero no hizo falta. La catarata de “prácticas protectivas” empezó con Raquel: “¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?”. Siguió otra Elsa, bioquímica: “El vecino quiere colaborar, estamos hablando de eso”. Carlos, por su parte, intervino con autoridad: “Siga, Ernesto”. Elsa, ante las “prácticas protectivas” de los vecinos, ensayó una “práctica defensiva” (Goffman [1959] 1971), o sea, un ensayo interactivo para arreglar la propia imagen luego del rugido ad hominem cuya impopularidad habían señalado los interactuantes, y preguntó tres tonos más abajo cómo sería el esquema de las expensas extraordinarias. La reunión terminó fantásticamente. Al señor le esperaba casi una ceremonia de consagración pública. Con tono teatral de fin de acto, Raquel (que además tenía aspecto de primadonna lírica, onda Montserrat Caballé) propuso que debiera ser el próximo líder de la comisión directiva. Dicho no sea de paso, conviene recordar que una de las críticas hacia Goffman es el carácter ahistórico de su análisis del orden de la interacción. Sin embargo, estaría bien pensar si la escena de la reunión del consorcio hubiera sido posible en el tiempo en que el señor fue despedido del trabajo por portación de cara y maneras de gay, aproximadamente veinticinco años antes.
Goffman, la sociología y el mundo de lo infinitamente pequeño
Este capítulo quiso demostrar la importancia del análisis de las interacciones cara a cara, documentar que son un objeto sociológico relevante por derecho propio. Fue Erving Goffman quien dedicó su obra más profundamente a ello. Hay palabras que aún interpelan y debieran incitarnos para que no dejemos que se nos confisquen objetos por pereza intelectual: las interacciones se utilizaban como algo accesorio en los argumentos sociológicos,
Se han incluido viñetas de interacción para dar una demostración concreta, y de paso rendir algo de pleitesía al hecho de que hay gente ahí afuera que hace cosas. Así, se han utilizado las prácticas de la interacción para ilustrar cosas, pero a ellas mismas se las trata como si no hicieran falta o no mereciera la pena definirlas [1971] (1979: 15).
Si, en vez de utilizar las interacciones de forma pintoresca, las tomamos en forma sustantiva, se ampliarán las chances de probar cómo, en las escenas de todos los días, las personas buscan el quorum de los demás para tramitar asuntos de la propia identidad. Allí podrán descubrir amargamente que el infierno son los otros, como decía Jean-Paul Sartre (1944), pero también que hasta el infierno más temido se puede desinflar si se sigue interactuando. Tal uno de los sentidos de pensar que el show del yo debe continuar.
Bibliografía
Blumer, Herbert [1969] (1982). El interaccionismo simbólico: perspectiva y método, Madrid, Hora.
Bourdieu, Pierre (1982). “La mort du sociologue Erving Goffman. Le découvreur de l’infiniment petit”, en Le Monde, 4 de diciembre.
Goffman, Erving [1967] (1970a). Ritual de la interacción, Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo.
Goffman, Erving [1961] (1970b). Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, Buenos Aires, Amorrortu.
Goffman, Erving [1959] (1971). La presentación de la persona en la vida cotidiana, Buenos Aires, Amorrortu.
Goffman, Erving [1971] (1979). Relaciones en público. Microestudios del orden público, Madrid, Alianza Editorial.
Goffman, Erving (1981). Forms of talk, University of Pennsylvania Press.
Goffman, Erving [1963] (1989). Estigma. La identidad deteriorada, Buenos Aires, Amorrortu.
Goffman, Erving [1974] (2006). Frame Analysis. Los marcos de la experiencia, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas.
Lemert, Charles y Branaman, Ann (1997). The Goffman Reader, Maiden, Massachusetts, Blackwell Publishers Inc.
Manning, Philip (1992). Erving Goffman and Modern Sociology, Cambridge, Polity Press.
Meccia, Ernesto (2005). “El teatro que no representa. Una reseña tardía con algunas reflexiones actuales de La presentación de la persona en la vida cotidiana de Erving Goffman”, en Revista Argentina de Sociología, n.º 4.
Meccia, Ernesto (2012). “Goffman con Bourdieu. Apuntes para la reconstrucción de un flujo de ideas”, disertación en Una semana con Bourdieu… en las aulas, Carrera de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires (inédito).
Sartre, Jean-Paul [1944] (1981). A puerta cerrada, Madrid, Alianza.
Shalin, Dimitri (2013). “Interfacing Biography, Theory and History: The Case of Erving Goffman”, en Symbolic Interaction, vol. 37, n.º 1, pp. 2-40.
West, Candace (1996). “Goffman in Feminist Perspective”, en Sociological Perspectives, vol. 39, n.º 3, pp. 353-369.
Winkin, Yves (1991). Los momentos y sus hombres, Barcelona, Paidós.








