Burke y Dewey, más allá de las tensiones hecho-ficción y producto-proceso
María de los Ángeles Martini
Introducción
Los sociólogos pragmatistas han sido fuertemente críticos de las visiones constructivistas de los problemas públicos, sin dejar de “integrar la visión del orden simbólico de Joseph Gusfield (que nos enseñó a describir las formaciones culturales y algunos de sus usos políticos)” (Cefaï 2017: 135). Daniel Cefaï (2014) sostiene que el empleo de la metáfora de “construcción” y similares como “fábrica” y “manufactura” para referirse a la definición de los problemas públicos, aunque fue potente desde los años 60 a la hora de desnaturalizar la estigmatización y la discriminación o desarticular las ideologías conservadoras del orden público, deja sin resolver interrogantes epistemológicos, éticos y políticos de relevancia:
¿Cómo dar cuenta de actividades de investigación que hacen surgir una realidad que aparece como objetiva y condicionante para los miembros investigadores? ¿Qué distingue una investigación científica, judicial o periodística –que establece “hechos”, critica ideas ficticias o erróneas, pone las creencias en perspectiva y corrige errores de perspectiva, intenta diferenciar lo verdadero de lo falso, de lo probable, de lo plausible y de lo verosímil– de la ficción de un novelista? (Cefaï 2014: 17-18).
Estas cuestiones planteadas por Cefaï sintetizan dos de las dificultades que la sociología pragmatista planteó en relación con la noción de “construcción” empleada en la perspectiva constructivista de los problemas públicos.
En primer lugar, hablar de “construcción” de la realidad o la legitimidad, de la causalidad o la responsabilidad de los problemas públicos implica que las cuestiones cognitivas y normativas de estos problemas son indefinidamente manipulables, que los criterios para su comprehensión y valoración son arbitrarios o artificiales (Cefaï, 1996). En este sentido, Cefaï considera que la tensión entre hecho y ficción o discurso científico, judicial y periodístico, por un lado, y relato ficcional, por el otro, presente en la obra de Gusfield implica suprimir la realidad del problema público para indagarlo como un efecto de los dispositivos retóricos, dramáticos y narrativos. Ello conduciría a la vez a una concepción débil acerca del trabajo de las ciencias sociales. Si se aceptara el carácter ficcional de la definición de los problemas públicos, las ciencias sociales tendrían como objetivo la transformación de nuestros modos de ver y comprender el mundo social más que la transformación del propio mundo.
En segundo lugar, la defensa por parte de la sociología pragmatista de la “realidad del problema público” lleva a interrogar acerca del modo de existencia de estos problemas. Terzi (2003) focaliza en otra de las tensiones constructivistas: producto y proceso. Según los enfoques constructivistas, la consideración de que ciertos hechos del pasado son presentados como un problema público actual supone que deben examinarse como el resultado de un proceso, resaltando su carácter histórico, social y discursivo. La idea del problema en cuanto proceso lleva a recolectar datos a fin de captarlo y fijarlo en un corpus delimitado y localizable, que posibilite el establecimiento retrospectivo de la “historia natural” del problema. A la vez, la metáfora de “construcción social” implica el análisis de los problemas públicos como objetos en sus entornos “naturales”. El compromiso ontológico con la existencia de estos objetos exige datar un lapso temporal y delimitar el contexto de producción de tal manera que permitan identificar ciertas cuestiones públicamente como problema. La tensión proceso-producto hace difícil reconciliar los enfoques pluralistas, que dan cuenta del carácter contingente e indeterminado de la configuración del problema y examinan la diversidad de redefiniciones a las que se ve sometido, con las visiones unificadoras que, centradas en la estabilización del problema, muestran su desenlace retrospectivamente como un todo unificado.
A partir de estas críticas, nos proponemos llevar adelante una revisión de los diferentes compromisos filosóficos en torno al conocimiento que sostienen el constructivismo de Gusfield y la sociología pragmatista.
En relación con la primera crítica, nos centraremos en el problema de la pluralidad de interpretaciones de los problemas públicos que Gusfield enfrenta siguiendo la concepción del conocimiento y del lenguaje de Kenneth Burke. Nuestro objetivo con relación a este punto es poder evaluar si las apropiaciones por parte de Gusfield de la perspectiva burkeana lo conducen a un relativismo vía la indistinción entre hecho y ficción.
Con respecto a la segunda, abordaremos los compromisos filosóficos en relación con la concepción del conocimiento y la investigación deweyanos supuesta por la sociología pragmatista a fin de revisar el modo de la existencia de los problemas públicos. El sentido innovador de la lógica, que John Dewey modela con el propósito de construir una teoría performativa y transformacional del conocimiento a partir del estudio de la investigación, constituye la base de una concepción de los problemas públicos como un fenómeno singular –a la vez contingente y determinado, plural y unificado, abierto y cerrado– en la articulación de objetos, agentes y discursos (Terzi 2003).
Constructivismo social. El problema del pluralismo interpretativo
Según Gusfield, la estructura de un problema público es el área de conflicto en el que un conjunto de grupos o instituciones compiten y pelean por la propiedad de este, es decir, por influir en su definición o bien por desentenderse de él, así como por la aceptación de teorías que atribuyen responsabilidades causales y políticas del problema, a través de la determinación de quiénes están obligados a hacer algo respecto del problema, erradicando o aliviando la situación perjudicial (Gusfield, 2014: 71-76). El término “estructura”, de acuerdo con el uso que le da Gusfield, refiere a una herramienta conceptual para lograr hacer comprensible el proceso en que surgen ideas y acciones en la escena pública. Esta estructura supone las dimensiones cognitiva, moral y política. La dimensión moral implica la evaluación de la situación en términos condenables, ya sea por el dolor que causa, o su carácter innoble o inmoral. Sin embargo, junto con la dimensión moral de la situación, se requiere de la creencia cognitiva en la alterabilidad de los eventos a fin de configurar esa situación o ese conjunto de acontecimientos como un problema público.
De esta manera, el conocimiento es parte importante del proceso. Aporta a través de teorías y creencias empíricas la construcción de la situación y los acontecimientos particulares que forman el problema (el “estado de la cuestión” de las explicaciones del problema), proporciona una manera de definirlo, provee de argumentos y pruebas convincentes dirigidos a obtener la adhesión del público a la definición propuesta y tiene implicaciones en las soluciones prácticas del problema (Gusfield, 2014: 83).
Finalmente, el orden político de los problemas públicos está enlazado con la noción gusfieldeana de propiedad de los problemas públicos. La propiedad refiere a la capacidad de un grupo o una institución de crear e influenciar la definición pública del problema. Sin embargo, no todos los grupos poseen el mismo poder, influencia o autoridad para definir la realidad del problema. De tal manera, la construcción de un problema público es el resultado de las elecciones de lo que sus “propietarios” decidieron destacar o ignorar.
Aunque la estabilización de la realidad del problema es un acontecimiento contingente, una vez que ello ocurre, se transforma para todos en “vida experimentada”. Pero, advierte Gusfield (2014), la falta de conflicto una vez que se resuelve el problema no constituye una prueba de la unicidad de la definición, más bien oculta la elección política realizada en la definición, a la vez que invisibiliza la multiplicidad de alternativas controversiales propuestas y la posibilidad de postular otras nuevas.
A partir de la tesis constructivista “No era necesario que X existiera o no es necesario en absoluto que sea como es X, o X tal como es en el momento actual, no está por la naturaleza de las cosas, no es inevitable” (Hacking, 2001: 26), Gusfield sustenta un pluralismo interpretativo, la necesidad de que el investigador social desenmascare la unicidad de la definición estabilizada del problema público y el interés central en la definición del problema como producto del proceso de su configuración. La reconstrucción de los compromisos de Gusfield con la obra de Kenneth Burke, que realizamos en los apartados siguientes, nos permitirá comprender no solo el alcance de estos puntos centrales en la obra gusfieldeana, sino también el de las críticas formuladas por la sociología pragmatista.
Conocimiento y lenguaje
El análisis de la naturaleza conflictiva del pluralismo interpretativo que lleva adelante Gusfield se aleja explícitamente de la sociología del conocimiento tradicional: “Siguiendo a Marx y Mannheim, esta perspectiva hacía hincapié en el papel de los intereses a la hora de dirigir la atención hacia aspectos de la estructura social” (Gusfield, 1989: 21). El foco puesto en los intereses implicó que esta sociología dejara de lado los procesos de formación de los símbolos y de sus significados, ambos necesarios para comprender, de acuerdo con Gusfield, cómo opera la definición del mundo de un grupo social.
Su enfoque cultural de los problemas públicos parece tener más afinidad con la sociología del conocimiento científico posempirista. Esta perspectiva considera la ciencia como un conjunto de prácticas diversas, que no se diferencian de otras prácticas culturales no científicas, a la vez que reconoce el problema del significado como nuclear para los estudios sociológicos de la ciencia, más precisamente el carácter contingente del significado y la aplicación de los términos científicos. Gusfield (1989) señala los trabajos de Bloor (1976) y Latour y Woolgar (1979) como parte de tales estudios sociológicos.
Según Gusfield (1989), estas afinidades están mediatizadas por la obra de Kenneth Burke y sus esfuerzos por suprimir los límites entre los estudios de literatura y los correspondientes a toda habla y escritura humana y, particularmente, por extender de manera fructífera el análisis propio de la literatura a la investigación sociológica de la acción humana.
Tal como afirma Hayden White en referencia a los críticos literarios como Kenneth Burke y Northrop Frye, centrales en la obra de Gusfield,
la teoría crítica contemporánea nos permite creer […] que “poetizar” no es una actividad que se cierna sobre, trascienda o se mantenga de alguna otra manera alejada de la vida o la realidad, sino que representa un modo de praxis que sirve de base inmediata para toda actividad cultural […], e incluso para la ciencia misma (White, 1978: 126).
Este poetizar significa construir, esto es, imaginar y conceptualizar, los objetos de interés antes de proceder a aplicarles los procedimientos que se desea usar para explicarlos y comprenderlos (White, 2003).
En este sentido, Burke introduce una distinción metodológica entre estrategia y situación con un fuerte sentido pragmático. Toda obra sea o no literaria es una respuesta a preguntas surgidas a partir de situaciones, de tal manera que considera la poesía (aclarando que utiliza este término “para incluir cualquier obra de carácter crítico o imaginativo”) como “la adopción de estrategias diversas para abordar las distintas situaciones” (Burke, 2003: 45). Así, el dramatismo burkeano intenta dar cuenta de lo que está implicado cuando preguntamos “¿Qué están haciendo las personas?” o “¿Por qué lo hacen?”. Este método “invita a considerar la cuestión de los motivos desde una perspectiva que, siendo desarrollada a partir del análisis del drama, trata el lenguaje y el pensamiento principalmente como modos de acción” (Burke, 1969: xxii). En coincidencia con la visión wittgensteiniana, el lenguaje es definido como una acción simbólica, esto es, “un instrumento desarrollado a través de su uso en los procesos sociales de cooperación y competencia” (Burke, 1966: 44).
La noción burkeana de pantallas terminológicas (terministic screens) es esencial a la hora de comprender la performatividad del lenguaje. Los términos que usamos constituyen una clase correspondiente de pantalla. Cada una de ellas dirige la atención a un campo más que a otro, de modo que tienen consecuencias sobre las experiencias de acuerdo con la terminología disponible: “Incluso si una terminología dada fuera un reflejo de la realidad, por su propia naturaleza como terminología debe ser una selección de la realidad; y en esta medida debe funcionar también como una desviación de la realidad” (Burke, 1966: 45, las cursivas corresponden al texto original). El sentido de “desviación” no remite a una distorsión que es necesario evitar o que se espera reemplazar cuando se logre una representación ajustada a lo real. Más bien refiere al carácter performativo del lenguaje, esto es, las aplicaciones contingentes y disputadas de los términos en intercambios lingüísticos concretos y en respuesta a problemas situacionales, que los hablantes plantean de acuerdo con sus propósitos diferentes (Tozzi Thompson, 2017). En este sentido, las pantallas terminológicas conllevan un compromiso epistemológico con una perspectiva no fundacionista y con el pluralismo interpretativo.
De este modo, el pluralismo interpretativo se vincula estrechamente con el dramatismo metodológico y “las formas básicas de pensamiento que, de acuerdo con la naturaleza del mundo tal y como todos los hombres lo experimentan, se ejemplifican en la atribución de motivos” (Burke, 1969: xv). La palabra “motivo” no refiere, según Burke, a las fuentes de las que procede la acción, sino a un dispositivo lingüístico a través del cual el observador (no solo la tercera persona, sino también la primera) explica y comprende las situaciones. Entonces, comprender cómo funcionan las formas de pensamiento y lenguaje en una cultura es comprender la gramática de motivos presente en las explicaciones y justificaciones:
Estas formas de pensamiento pueden encarnarse profunda o trivialmente, verdadera o falsamente. Están igualmente presentes en estructuras metafísicas sistemáticamente elaboradas, en sentencias jurídicas, en poesía y ficción, en las obras políticas y científicas, en las noticias y en los chismes ofrecidos al azar (Burke 1969: xv).
No obstante, la gramática de motivos no debe interpretarse como un patrón para describir situaciones, sino que constituye las formas simbólicas a través de las cuales se compone la experiencia. En un enunciado completo sobre motivos, según Burke, los cinco elementos básicos (péntada) implicados en el proceso de configurar situaciones son
alguna palabra que nombre el acto (nombra lo que tuvo lugar, en pensamiento o hecho), y otra que nombre la escena (el trasfondo del acto, la situación en la que se produjo); además, debe indicar qué persona o clase de persona (agente) realizó el acto, qué medios o instrumentos utilizó (agencia) y qué propósito (1969: xv).
Las diferentes relaciones que se establecen entre los elementos de la péntada permiten comprender el carácter controversial de las múltiples interpretaciones y las maneras en que el contraste de perspectivas da origen a transformaciones conceptuales. Para dar cuenta de por qué se enfatiza un elemento en desmedro de otro o cómo se ajustan de forma diferente los elementos de la péntada, es necesario considerar las maneras en que estos elementos se relacionan con los cuatro tropos –metáfora, metonimia, sinécdoque e ironía– (Burke 1969). Los tropos son reglas estándares de combinación de los elementos básicos de la péntada que solo existen en aplicaciones concretas en interacciones lingüísticas específicas (Tozzi Thompson, 2017). De este modo,
la arbitrariedad de nuestras opciones tropológicas –de nuestro conocimiento– no se debe a la falta de forma del mundo o a la existencia de una realidad nouménica imposible de alcanzar. Más aún, no hay dos órdenes ontológicos esenciales que conectar: el orden del sentido y el orden de los hechos mismos […] los significados se disputan porque siempre ha sido posible ver, hablar, contar y concebir las cosas de otra manera, en otras circunstancias, en otras interacciones lingüísticas, en respuesta a intereses diferentes (Tozzi Thompson, 2017: 24).
Cada tropo dominante prefigura el campo de una visión específica como una sugerencia para una futura actividad de investigación. La prefiguración tropológica no implica una estructura fija de interpretación ni un determinismo lingüístico, sino un proceso dialéctico y dialógico. Toda representación es una articulación contingente de la situación problemática. Los cambios de interpretación o las interpretaciones alternativas son desplazamientos tropológicos que responden a una articulación anterior o que la disputan (Tozzi Thompson, 2017).
Tropología y problemas públicos
Gusfield asume el pluralismo interpretativo de los problemas públicos justamente en el sentido burkeano, como el resultado de las articulaciones diferentes de los elementos de la péntada a la hora de dar cuenta de las situaciones problemáticas referidas a la acción humana. Las definiciones de los problemas públicos en competencia no resultan independientes del mundo. El mundo que nos rodea es parcialmente una cuestión de cómo definimos las situaciones en que vivimos (Gusfield, 1989). Así, el mundo limita nuestro conocimiento, pero a la vez esta limitación está constreñida tropológicamente. Tal como afirma Northrop Frye: “… cualquier cosa que haga un uso funcional de las palabras [incluida la ciencia] siempre se verá comprometida en todos los problemas técnicos que atañen a las palabras, incluyendo los problemas retóricos” (Frye, 1991: 438). Lo que está en juego en el pluralismo interpretativo es el diálogo entre propuestas alternativas que configuran la experiencia en el intento de representar realistamente la realidad.
Gusfield (2014) lleva adelante una investigación, ya clásica, del problema del conducir y el beber alcohol siguiendo el dramatismo metodológico burkeano. Se detiene en el análisis del artículo de J. A. Waller (1967), que no solo presentó una visión transformadora del problema de los accidentes automovilísticos por consumo de alcohol, sino que tuvo una influencia considerable en los ámbitos gubernamentales y jurídicos. El artículo reduce los datos (las personas arrestadas por violar restricciones legales en contra de conducir bajo la influencia del alcohol y su conteo de alcohol en sangre) a fin de determinar los aspectos que cabe destacar de los eventos de accidentes ocurridos después de haberse consumido alcohol. Así, describe el objeto de su indagación como el problema del “conductor ebrio”.
Como hemos señalado, las diferencias interpretativas responden a la manera en que se prefigura tropológicamente el campo estudiado en interacciones lingüísticas concretas. Gusfield analiza las operaciones tropológicas de Waller. Por un lado, rechaza el uso de otras formas de configurar el problema, como es el caso de la definición del problema en términos del “automóvil inseguro”, una reducción metonímica que privilegia la escena sobre la acción del agente (focaliza sobre el diseño del automóvil y su capacidad de resistir el impacto del accidente y de proteger a los ocupantes). En oposición, la definición en términos de “conductor ebrio” realiza una reducción a una mera relación determinista en la que “la parte (‘ebrio’) sustituye al todo (‘bebedor’): una vez más, el recurso literario de la sinécdoque” (Gusfield 2014: 183). Como consecuencia de esta reducción, la relación entre los elementos de la péntada se reajusta: se hace foco en el agente y se minimiza la escena, el acto o la agencia como elemento de incidencia posible en los accidentes.
Por otro lado, la definición de Waller se sitúa en tensión con una visión anterior y más convencional: la metáfora del bebedor social. Según esta última, los conductores alcoholizados, lejos de ser un tipo particular de consumidor de alcohol, pertenecen a la población general de los bebedores sociales. Gusfield (2014: 184) sostiene que Waller realiza una “reconceptualización dramática de la figura del conductor alcoholizado que lo traslada de la categoría de bebedor social a la de bebedor problemático”. Este proceso opera por medio de un sistema metafórico básico orgánico-médico, que introduce la distinción normal-patológico. Al mismo tiempo se rearticula la relación entre los elementos de la péntada. Los actores son analizados desde un lenguaje médico. El beber alcohol y el conducir de los bebedores sociales no se consideran un síntoma de desviación, mientras que, en el caso de los bebedores problemáticos, el conducir alcoholizados es patológico. A la vez, cambia la escena:
En palabras de Burke, Waller ha producido una transformación de la escena: ha pasado de los tribunales al hospital o la clínica […], disminuye la importancia de las medidas legales como políticas apropiadas y aumenta la relevancia de la práctica médica para resolver el problema (Gusfield, 2014: 190).
Ahora bien, el carácter dialógico de la prefiguración tropológica tiene consecuencias en las prácticas. La estabilización de una definición es a la vez una respuesta de orden epistémico y de orden social. Un nuevo tipo de personas “los conductores problemáticos” trae aparejadas nuevas prácticas y relaciones entre las personas, los objetos y las instituciones.
Al igual que las definiciones de los problemas públicos, las ciencias sociales, y en particular la sociología, en cuanto modos de interpretar el mundo, también prefiguran tropológicamente sus campos. Gusfield (2014; 2000) sostiene que las ciencias sociales se caracterizan por analizar los discursos de la vida institucional asumiendo el tropo de la ironía, y este es un punto central en su obra. La mirada irónica es, para Burke, la autoconciencia de la contingencia de todas nuestras creencias. La redescripción irónica implica transformación: la recreación y la reescritura. Por ello, si las ciencias sociales presentan una pluralidad de interpretaciones, es consecuencia de su carácter inexorablemente dialógico.
Relativismo, realismo y desenmascaramiento
Aunque la dialéctica burkeana no puede concebirse como un relativismo, el modo en que Gusfield se apropia de las tesis de Burke lo deja atrapado en los infructuosos debates realismo-antirrealismo (relativismo), que tan fuertemente involucraron a las ciencias sociales desde los años 70. En las conclusiones a La cultura de los problemas públicos, Gusfield afirma sostener “una visión de los hechos, la teoría y las políticas relacionadas con el consumo de alcohol desde la perspectiva general del constructivismo social y el relativismo epistemológico” (Gusfield, 2014: 301). Allí, Gusfield realiza una serie de movimientos que lo separan de las tesis de Burke y radicalizan su perspectiva. El foco de su reflexión está en cómo concebir el trabajo sociológico. La idea de que los acontecimientos que conforman un problema público no son inevitables conduce a Gusfield a interpretar la tarea del investigador social en términos de desocultamiento.
En primer lugar, Gusfield (1989; 2014) toma el lema burkeano, según el cual “toda manera de ver es también una manera de no ver” (Burke 1965: 49), como una guía para la comprensión del pluralismo interpretativo: “El hecho de que un fenómeno sea o no percibido como un problema prefigura la investigación y las políticas que adoptar. […]. Cualquier perspectiva adoptada es una manera de no ver, además de una manera de ver” (Gusfield, 2014: 302). Sin embargo, extrae como consecuencia que, “si es posible elegir, si nuevos modos alternativos de acción son posibles e imaginables, entonces la situación existente oculta los conflictos y las alternativas que podrían imaginarse” (Gusfield, 2014: 309).
Aunque el método dramático burkeano permite examinar los modos múltiples en que se escribe y reescribe realísticamente la realidad, Gusfield reinterpreta esta tarea como desenmascaramiento. Parece considerar que el empleo del recurso de metaforizar es una señal de un enfoque no realista, mientras que el carácter metonímico del conocimiento científico es un dispositivo lingüístico que permite ocultar la voz del investigador y hacer hablar al mundo:
El conocimiento sobre el fenómeno de conducir alcoholizado […] es presentado por sus creadores y por sus difusores como metonímico; como una construcción realista de la naturaleza que surge de una muestra representativa de relaciones contiguas de causa y efecto. […]. Al afirmar que [la ciencia] […] se escuda en un lenguaje metafórico, en cierto modo he desestimado el reclamo implícito de realismo que […] la ciencia afecta en su modo de presentación (Gusfield, 2014: 305).
La mostración por parte del investigador del papel de la metáfora en la definición de un problema público o en la generación de conocimiento no demuestra que estos se alejan de una perspectiva realista. Tal como afirma Burke en el análisis de la metáfora en cuanto perspectiva, como la metáfora es un dispositivo para ver una cosa en los términos de otra cosa,
se acostumbra a pensar que la realidad objetiva se ve disuelta por esta relatividad, al llevarse a cabo este desplazamiento de perspectivas en tales términos […]. Pero, al contrario, es al aproximarse a él [la cosa] por medio de una variedad de perspectivas que podemos establecer la realidad de ese personaje [esa cosa] (Burke, 1969: 503-504).
La perspectiva de las perspectivas o, dicho de otra manera, la conciencia de los recursos simbólicos disponibles e ineludibles para generar conocimiento, a la que Burke refiere en su dramatismo y dialéctica, no conlleva la relación ocultamiento-desenmascaramiento que Gusfield parece atribuir. La dialéctica y el dramatismo burkeanos muestran la inevitabilidad de los modos controversiales de representar la realidad, no el carácter ilusorio de toda representación.
En segundo lugar, los tropos tienen para Burke una función epistemológica: “… mi principal preocupación con ellos aquí no será su uso puramente figurativo, sino su papel en el descubrimiento y descripción de ‘la verdad’” (Burke, 1969: 503). Sin embargo, Gusfield se separa del valor epistémico de los tropos y considera su empleo como ficcional, atribuyendo a las ficciones un carácter fuertemente persuasivo. Las ficciones, inherentes a la manera en que se presenta el conocimiento científico, “operan sobre un material imperfecto, inconsistente y ambiguo. [Y producen] una ilusión de certidumbre, claridad, facticidad y autoridad” (Gusfield, 2014: 131). La dificultad que se suscita con esta visión de la ficción es considerar a las ficciones como procedimientos imaginativos que se efectúan sobre lo que se sabe de antemano y de manera consciente que es o no es el caso.
Finalmente, Gusfield considera que el sociólogo, en cuanto ironista, debe distanciarse de lo que describe, situarse por encima de los eventos. La imaginación crítica con que el sociólogo desprestigia y desenmascara es crucial para elaborar alternativas que tengan consecuencias prácticas transformadoras. Sin embargo, debemos advertir que esta mirada irónica no puede ser sostenida todo el tiempo si se busca alcanzar una transformación en el mundo. Como hemos señalado en el punto anterior, la ironía conduce a una nueva reescritura, a una nueva opción tropológica, pero no es un tropo privilegiado que vuelva banal todo conocimiento, como parece sostener Gusfield (2014: 309): “… un acto crítico que fomenta el desarrollo de muchas perspectivas, ninguna de las cuales es inherentemente mejor que las otras”. La autoconciencia de la contingencia no es ni puede ser el objetivo de las investigaciones sociales, si se pretende profundizar la dialéctica burkeana.
El modo de existencia de los problemas públicos. Una revisión pragmatista
Cefaï (2014) reconoce a Gusfield como parte importante de la tradición de los estudios sociológicos de los problemas públicos, aunque lo sea como resultado de una situación paradojal: “… nos volvió sensibles a una cultura pública fuera de la cual no hay experiencia posible. Lo hizo, sin embargo, con una postura irónica: pretendía mantenerse alejado mientras sabía que no tomar posición es también tomar posición” (Cefaï, 2014: 46-47).
La defensa de un pluralismo interpretativo y la necesidad de desenmascarar la unicidad de la definición del problema público conducen a Gusfield a concentrarse en los productos de la construcción social: la definición. El análisis del conocimiento científico, central en la definición del problema, y en la configuración de las prácticas institucionalizadas en torno a su definición, da cuenta de ello:
Me interesa el resultado de este proceso de expansión y dramatización del carácter del conocimiento transmitido. En cada paso del proceso, desde el recabamiento de la información hasta su interpretación y transmisión, se creó un mundo tanto más creíble en lo fáctico (Gusfield, 2014: 139).
El examen gusfieldeano de la construcción del problema público sitúa la definición en un contexto, pero parece no haber establecido una articulación entre proceso y producto. Así, el análisis gusfieldeano se despreocupa de la dinámica global del problema público (Quéré, 2001), dejando abierta la cuestión de la especificidad de los problemas públicos. En este sentido, Terzi (2003) examina críticamente las consecuencias de abrazar una perspectiva constructivista social y sus compromisos ontológicos sobre los problemas públicos. Cita a Ian Hacking (2001) en relación con la ambigüedad de la noción de “construcción”. La idea de construcción social ha sido relacionada tanto con un producto circunscripto como con la pluralidad de procesos contingentes que tienen lugar en la construcción. En palabras de este autor, “proceso y producto forman parte a la vez de los argumentos de construcción. Los construccionistas argumentan que el producto no es inevitable mostrando cómo se originó (el proceso histórico) y señalando los determinantes puramente contingentes de ese proceso” (Hacking, 2001: 73). Las narraciones que cuentan la construcción de algo son historias. Sin embargo, la idea de construcción no se agota en ellas, el producto es un foco de atención crucial.
La sociología pragmatista se propone ir más allá de los reduccionismos y las polarizaciones ontológicos a los que condujeron los constructivismos. Los problemas públicos no pueden reducirse ni a un producto ni a un proceso de ordenación en una secuencia lineal y necesaria de eventos (Terzi 2003). El análisis de los problemas públicos no queda atado a los extremos de criticar las definiciones de los problemas como meras construcciones arbitrarias o denunciar la pretensión de considerar los problemas como hechos objetivos (Cefaï y Terzi, 2012). La construcción de los problemas públicos no es un hecho aislado ni su descripción sociológica puede contentarse con exhibir un contexto sociocultural en el que se desarrollan (Quéré, 2001).
La superación de estas tensiones radica en abordar los problemas públicos siguiendo la investigación que los conformó como objetos de interés, ocupación y acción (Quéré y Terzi, 2015; Terzi, 20003; Quéré, 1997). Así, los problemas públicos se pueden rastrear, de acuerdo con la noción deweyana de “investigación”, como “la transformación controlada o dirigida de una situación indeterminada en otra en la que las distinciones y relaciones que la integran estén de tal modo determinadas que conviertan los elementos de la situación original en un todo unificado” (Dewey, 2022: 177, la cursiva corresponde al original). Este enfoque equivale a seguir la trama, que avanza de acuerdo con las acciones conjuntas de sus protagonistas (Terzi, 2003). La investigación de los acontecimientos saca a la luz y estructura campos problemáticos en los que encuentran su sentido, de tal modo que existe un vínculo estrecho entre acontecimientos y campos problemáticos de la misma manera que entre los acontecimientos y las tramas en una narrativa (Quéré, 2001).
La explicitación de la noción de “lógica”, como una lógica de la investigación, del concepto de “investigación”, como una forma de acción y de la concepción performativa-transformacional del conocimiento de Dewey, nos permitirá repensar el sentido en que se configura la forma de existencia de los problemas públicos según el pragmatismo sociológico.
La lógica deweyana
El título del libro de Dewey, Lógica. Teoría de la investigación, nos advierte de la distancia que toma su teoría de la lógica de lo que habitualmente se conoce como tal desde los desarrollos de la lógica formal a fines del siglo xix. La lógica formal se define en los libros de texto como una disciplina que estudia los razonamientos desde el punto de vista de su validez. La definición de los razonamientos en términos de entidades lingüísticas (los enunciados) y de su validez a través de la formalización permitió separar la lógica de un psicologismo que reducía las leyes del pensamiento a procesos mentales. Sin embargo, al tiempo que evitó los problemas del psicologismo desvinculó los razonamientos del contexto en que ocurrían, es decir, de las prácticas reales de las inferencias.
Dewey restituye el sentido aristotélico de la lógica en tanto herramienta para procurar conocimientos de todo tipo:
Urge preguntarse por la aptitud de la lógica tradicional como órgano de investigación de los problemas reales del sentido común y la ciencia […] [para] mostrar lo íntima y organizadamente que la lógica clásica refleja la ciencia del período en que se formuló (Dewey, 2022: 152).
En este sentido, no debe considerarse que hay una mera diferencia terminológica entre lo que Dewey llama “lógica” y lo que llamamos hoy en día “filosofía de la ciencia”. Dewey es fuertemente crítico de la lógica vigente en su época y aboga por un cambio en ella:
La exigencia de transformar la lógica es la exigencia de una teoría unificada de la investigación mediante la cual se ponga a nuestra disposición el verdadero patrón de investigación experimental y operacional de la ciencia, para que regule los hábitos metodológicos por los que se investiga en el campo del sentido común, los hábitos por los que se extraen conclusiones y se forman y pone a prueba creencias (Dewey, 2022: 170).
Desde la perspectiva deweyana existe un lazo estrecho entre la lógica y la filosofía e historia de la ciencia. Estos vínculos no se reducen al hecho de que las formas lógicas se descubren cuando se reflexiona sobre los procesos de investigación que empleamos. Dewey piensa la lógica encarnada y sostiene que las formas lógicas se originan en las prácticas de la investigación. Así, la lógica como teoría de la investigación asume un naturalismo cultural. Es una teoría naturalista a la vez que una ciencia social. Su naturalismo postula una continuidad entre operaciones de investigación y operaciones biológicas y físicas: las operaciones racionales brotan de las operaciones orgánicas sin ser idénticas a ellas. A la vez, es una disciplina social en la medida en que toda investigación surge en un trasfondo cultural y opera una modificación en las condiciones de las que emerge (Dewey, 2022).
Investigación, conocimiento y asertabilidad garantizada
La lógica deweyana constituye un intento cabal por configurar una teoría performativa y transformacional del conocimiento a partir del estudio de la investigación. Es en este intento en el que Dewey rompe con la distinción entre producto y proceso que la concepción estándar del conocimiento introdujo (López y Di Gregori, 2020; López, 2014).
La epistemología estándar concibió el conocimiento científico como el producto del teorizar. De acuerdo con esta concepción enunciativa de la ciencia, el conocimiento es el conjunto de leyes y teorías. Si bien los estudios epistemológicos tienen como tarea elucidar tanto los enunciados que conforman las teorías científicas como los procedimientos de investigación a través de un análisis lógico del lenguaje, operan una primera separación entre el conocimiento, como producto, y la investigación, como proceso. Tal distinción trae aparejada la separación entre criterio de verdad y justificación de los enunciados. La verdad, ya sea entendida como correspondencia o como coherencia, es una propiedad de los enunciados y no depende del proceso de investigación (su justificación).
Dewey rechaza explícitamente esta separación propia de la lógica de su época:
la idea de que puede establecerse cualquier conocimiento concreto al margen de su condición de ser la consumación de la investigación, y de que el conocimiento en general se puede definir al margen de esa conexión, es una de las fuentes de confusión de la teoría de la lógica (Dewey, 2022: 71).
Solo el estudio de la investigación permite configurar una noción adecuada de “conocimiento”. Más allá de la relación conocimiento-investigación, el significado del conocimiento es vacío:
… todo caso especial de conocimiento se constituye como el resultado de alguna investigación especial, la concepción del conocimiento como tal solo puede ser una generalización de las propiedades que se descubran que pertenecen a las conclusiones que son resultados de las investigaciones (Dewey, 2022: 71).
Así, el conocimiento debe comprenderse de acuerdo con el llamado “principio general de análisis contextual” (Nagel, 2008). Este principio, que está presente en todos los trabajos de Dewey, rige también las conexiones entre formas lógicas e investigación y los consecuentes vínculos entre lógica y filosofía e historia de la ciencia a la que aludimos anteriormente. De acuerdo con él, se exige que “proceso y producto sean tomados como distinciones correlativas, de modo que a ninguno pueda entendérselo o asignársele un estatus de existencia independientemente del otro” (Nagel, 2008: xi).
En el sentido que este principio señala, podemos afirmar que el conocimiento es para Dewey asertabilidad garantizada, y ello implica una referencia a la investigación como aquello que garantiza la aserción, es más, es el resultado de la investigación entendida como un proceso completo (Dewey, 2020: 72). La investigación es, entonces, una práctica de transformación del mundo que permite obtener, gracias a las transformaciones que opera, asertabilidad garantizada, esto es, resultados que pueden ser reutilizados como recursos para investigaciones futuras.
Así, la asertabilidad garantizada reúne una dimensión epistemológica y otra propiamente práctica: de acuerdo con la primera, es “la forma de nombrar aquello por y para lo cual las investigaciones se emprenden, y […] que constituye a la vez su objetivo y su cierre”; la segunda “recoge el importe existencial o material de la actividad de investigar misma y de sus resultados” (Faerna, 2020: 24). La transformación que se produce en una investigación es existencial, en la medida que rige no solo un cambio en las creencias del investigador, sino un cambio en la situación misma, esto significa que “el conocimiento es la realidad provocando en sí misma un tipo de cambio concreto y especificado” (Dewey, 2000b: 161).
De acuerdo con este análisis, la investigación no remite a un objeto o suceso aislado o un conjunto de ellos, sino a un todo complejo, “un todo contextual” en las palabras de Dewey (2022: 136), que depende de las necesidades, las habilidades y las actividades de los agentes comprometidos en ciertas prácticas y requiere, además, para llevar adelante esas prácticas, de un trasfondo de objetos y eventos y de las transacciones extendidas en el tiempo. En este sentido, toda investigación opera en continuidad con la naturaleza transaccional de la experiencia y la relación hacer-padecer entre organismo y entorno.
Como vemos, lejos de concebir el conocimiento como enunciados verdaderos, la idea de asertabilidad garantizada destaca la noción de conocimiento como acción. El pragmatismo deweyano nos presenta el conocimiento como una práctica de transformación de la realidad, y, de este modo, conocimiento y realidad son algo siempre en desarrollo y expuesto a reelaboración y transformación. La meta del conocimiento, tal como la concibe Dewey (2000b: 166-167), consiste en producir determinadas diferencias en un entorno dado, lo que culmina satisfactoriamente ampliando las prácticas que podemos realizar en el mundo:
Si las cosas experimentan cambios sin dejar por ello de ser reales, […] el conocer es un tipo específico de cambio en las cosas […], y su test [es] el de si logra llevar a efecto el tipo de cambio pretendido (Dewey, 2000b: 161).
El principio de análisis contextual extendido a los problemas públicos
Como el abordaje de la sociología pragmatista de los problemas públicos no está dirigido a la construcción de la definición del problema ni al contexto de emergencia de esa definición, el lenguaje para dar cuenta de la dinámica de los problemas públicos debe ir más allá de los términos “producto” y “proceso”. A pesar de los esfuerzos de los sociólogos pragmatistas por indagar en nuevas formas de expresarse que dejen de lado estos términos, a lo largo de sus trabajos es frecuente hallar la recurrencia de esos modos de expresión dicotómicos.
Queré (2017) habla de la experiencia como acontecimiento y como proceso. Cefaï (2017) refiere a los procesos de publicización y problematización. Queré y Terzi (2015) afirman que les interesa menos la definición de los problemas públicos como un resultado establecido que como un proceso contingente. Sin embargo, en el transcurso de este artículo, es posible hallar una exploración con el propósito de presentar una manera diferente de expresar lo que está contenido en lo que aquí llamamos “principio de análisis contextual”. Es por ello por lo que, en la caracterización de la experiencia pública (en sentido deweyano), Quéré y Terzi (2015: s/n) proponen utilizar la palabra procès en vez del término processus para resaltar, por un lado, que “es una organización dinámica, secuencial, progresiva, gradual y acumulativa; y por el otro, que tiene criterios internos de cumplimiento”.
Considero que las nociones de promesa-cumplimiento expresan con considerable aproximación la propuesta tentativa que los sociólogos pragmatistas elaboraron con el fin de ir más allá de un vocabulario en términos de producto-proceso. Podemos aproximarnos al sentido de esta idea si prestamos atención a las maneras como se vinculan los acontecimientos en la organización interna de las narrativas conformando una única configuración. Así, las narraciones nos permiten acceder a un tipo particular de comprensión configuracional en la medida en que en un relato el final está conectado con la promesa del comienzo, así como el comienzo se conecta con la consumación de final (Mink, 1987). Es en esta misma dirección en que los sociólogos pragmatistas vinculan la investigación deweyana con la triple mímesis de Paul Ricoeur (2004) con el fin de examinar la experiencia pública. En palabras de Terzi (2003), la triple mímesis es una síntesis narrativa firmemente anclada en “el mundo de la acción y del padecer”. El trabajo de configuración de la experiencia pública es prefigurado por la perturbación que las personas involucradas sienten e intentan expresar (mímesis 1). La vivencia pública frente a una situación indeterminada se presenta no solo como acción, sino como padecimiento y sufrimiento. El momento de la configuración de la experiencia pública (mímesis 2) corresponde a la etapa de la mediación, en que se suceden los procesos de categorización, argumentación y narración. La cristalización del problema retorna al mundo del padecer y la acción, con repercusiones significativas según cómo se configuren los procesos de recepción, apropiación y aplicación (mímesis 3) (Cefaï y Terzi, 2012). Si bien las configuraciones son posibilitadas por las prefiguraciones y, a su vez, suscitan las refiguraciones que las tomarán como respaldo, “la triple mímesis no es una escala de tres niveles, es una espiral, y cada operación suya supone una cuota de creatividad e imaginación” (Cefaï, 2014: 39). El análisis de la dinámica global de los problemas públicos enlaza dos perspectivas filosóficas distintas (pragmatismo deweyano y fenomenología ricoeuriana) con el propósito de evitar el tropo de la construcción y las dificultades que un constructivismo sociológico como el de Gusfield presentó al focalizar en el análisis de la definición del problema como construcción que enmascara la contingencia y las múltiples posibilidades de interpretación.
Consideración final
Considero que las tensiones entre la sociología pragmatista francesa y la sociología constructivista de Gusfield no es el resultado de sus diferentes apropiaciones filosóficas. Las perspectivas acerca de la generación de conocimiento de Burke y Dewey, así como los aportes de la filosofía de la historia narrativista tanto de White como de Ricoeur, presentan afinidades que podrían haber aproximado estos abordajes sociológicos sobre los problemas públicos. Con el propósito de pensar los problemas públicos independientemente de los límites que conlleva el tropo de la construcción, la sociología pragmatista llevó adelante una reelaboración indudablemente fructífera. Este nuevo abordaje permite, incluso, anidar algunos aspectos del análisis gusfieldeano. Sin embargo, considero que una de las dificultades mayores que imposibilitaron una aproximación mayor entre ambas sociologías es la comprensión simplificada de la noción de “ficción” como contrapuesta a “hecho” o a “real” que comparten. A partir de allí, se asimiló relativismo con pluralidad de interpretaciones, arbitrariedad con contingencia y construcción con no real, extendiendo los problemas en una dirección que obtura más que habilita una reflexión fecunda.
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