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Acerca de las elecciones metodológicas

Implicancias de la intersubjetividad

La entrevista como apertura al diálogo

Para acceder a los sentidos dados por los sujetos, conocer qué se sabe, qué se cree, qué se hace/hizo, y las explicaciones e interpretaciones otorgadas a cómo se actúa/actuó, el procedimiento necesario es el registro de un material discursivo producido sea de forma espontánea en conversaciones, o inducido por medio de entrevistas o cuestionarios. La entrevista etnográfica es una herramienta privilegiada para indagar las percepciones y valoraciones que los sujetos poseen sobre situaciones, hechos y personajes, sus deseos, temores y aspiraciones, o cuando se investiga sobre acontecimientos del pasado o del presente de los cuales ciertos sujetos fueron testigos directos (Restrepo, 2018). Por ello, la técnica de relevamiento central de esta investigación fue la entrevista, con un mínimo de estructuración a partir de un guion temático previamente pautado en función de los objetivos de planteados. El guion orienta la entrevista, en tanto facilitador de apertura, de ampliación y de profundización de la misma, contribuyendo a la emergencia del punto de vista de los interlocutores, de los juicios y las relevancias respecto de los hechos y las relaciones que componen el objeto de estudio. La entrevista es definida como un diálogo formal orientado por un problema de investigación (Restrepo, 2018), como un proceso comunicativo que involucra dos actores, entrevistador y entrevistado, por medio del cual el investigador obtiene información sobre alguna cuestión objeto de su interés (Alonso, 1998; Valles, 1997). Al brindar una mayor libertad para la iniciativa del investigador y su interlocutor (en contraste con la encuesta), permite obtener información rica y profunda sobre acontecimientos pasados y presentes, pertenecientes al entrevistado o a terceros, recabar la experiencia de los actores y el punto de vista de los mismos.

La centralidad de la entrevista como instrumento de producción de información viene dada por ser la comunicación verbal una forma privilegiada de interacción, de gran densidad en cuanto hecho social; por ser el habla reveladora de condiciones estructurales, de sistemas de valores, normas y símbolos (siendo ella misma una de ellos) y al mismo tiempo transmitir, a través de un portavoz, las representaciones de grupos determinados, en condiciones históricas, socio-económicas y culturales específicas (Minayo, 2004). Cardoso de Oliveira (1996) remarca que la entrevista antropológica debe ser concebida como una forma tecnificada (controlada) de diálogo, y no como una relación entre investigador e informante; “un intercambio de conocimientos y no de mercancías, una relación social igualitaria y no una extracción de información” afirma también el antropólogo Bartolomé (Bartolomé, 2003, p. 210). Un verdadero “encuentro etnográfico” será el que propicie un espacio semántico compartido por ambos interlocutores (investigador y entrevistado) donde los horizontes semánticos distintos, lejos de confrontarse, se abran uno a otro.

Pero, para lograr una interlocución equilibrada, son necesarias una actitud ética y una conducta personal orientadas por el respeto mutuo y por el valor del diálogo […] Este tipo de relación con interlocutores, y no ya con informantes, constituye el momento inaugural de un diálogo (Bartolomé, 2003, p. 210).

La información que surge a partir del encuentro entre el investigador social y el entrevistado es producto de esa interacción, “no existe como información de antemano […] La experiencia surge como información en la medida que el entrevistador y el entrevistado la crean a través de la relación que entablan durante una entrevista” (Ocampo y Gracia, 1994, p. 51). Así como el entrevistado no es un mero relator de hechos objetivos, el entrevistador tampoco es un receptor neutro.

La narración es diálogo (presente de distintas maneras en el relato que luego será sometido a la lectura) porque es un acto de comunicación complejo. El entrevistador induce la narración, por parte del sujeto entrevistado, de su propia historia y a partir de allí se desarrolla ese acontecimiento singular de interacción entre los dos actores, en el cual cada uno participa desde la particular posición que ocupa en esa situación social (Chirico, 1987, p. 442).

Al preguntar, se busca “activar con las preguntas los recursos culturales del actor para observarlos en operación” y en la interacción con el entrevistado conocer por experiencia estos contenidos ajenos encarnados en su conducta (Sanmartín Arce, 2000, p. 121). Por ello, se entiende que la entrevista requiere de la escucha atenta y activa por parte del investigador, de la mano de una intervención discreta sobre el discurso (Llona González, 2012).

Esta perspectiva epistemológica, que impide utilizar la entrevista de manera positivista, se afirma en los aportes de la hermenéutica anteriormente mencionados. Así como desde la hermenéutica se piensa en la interpretación en términos dialógicos, “la interpretación no es ninguna descripción por parte de un observador ‘neutral’, sino un evento dialógico en el cual los interlocutores se ponen en juego por igual y del cual salen modificados” (Vattimo, 1991, p. 62), a su vez, lo que está en juego en la producción de conocimiento a partir de la entrevista, es la intersubjetividad, y ésta de carácter epistémico. “Es el reconocimiento de esta intersubjetividad que vuelve al antropólogo moderno un científico social menos ingenuo. Me parece que tal vez sea ésta una de las contribuciones más fuertes del paradigma hermenéutico para la disciplina” (Cardoso de Oliveira, 1996, p. 23).

Los usos de la memoria y sus narraciones para trabajar sobre historia reciente

Si bien la antropología ha basado la producción de su conocimiento tradicionalmente en el uso de fuentes orales, cegada por el paradigma positivista que la llevaba a leer la información dada por los informantes en términos de datos empíricos ajenos e independientes del proceso mismo de su obtención, incurrió en descripciones sincrónicas narradas en un “presente etnográfico”, que plasmaron y reforzaron visiones anacrónicas y estáticas sobre las representaciones y prácticas de los grupos sociales estudiados (Restrepo, 2018). El interés desde otras disciplinas por abordar la dimensión cultural de procesos sociales presentes y pasados, condujo a reflexiones epistemológicas que han renovado también en la antropología el valor de las fuentes orales para indagar el pasado reciente y los recaudos epistemológicos que su uso requiere.

La historia tuvo que recurrir a los estudios sobre la memoria social y la historia oral cuando incorporó en su campo disciplinar lo que se denomina “historia reciente”: estudios que abordan períodos y problemas tan cercanos que forman parte de las experiencias vivas de importantes grupos de la sociedad, trabajos que exploran una temporalidad en la cual los investigadores se hallan también inmersos. La historia oral se tornó “compañero de ruta insustituible” de la historia reciente, “herramienta de trabajo insoslayable para el análisis del pasado reciente” (Viano, 2011, p. 283). El uso de fuentes orales en historia trajo aparejado el cuestionamiento del criterio de objetividad positivista de cualquier fuente, sea oral o escrita, “las fuentes orales no son objetivas”, señala Portelli, pero agrega “esto por supuesto corresponde a todas las fuentes, aunque la santidad de la escritura nos lleva a menudo a olvidarlo” (Portelli, 1991, p. 46).

Quien haya visto el casillero político del Archivo Central del Estado o haya frecuentado un poco a Foucault sabe que también los documentos de la policía están cargados de la subjetividad de sus redactores, pero diría que la presencia de la dimensión subjetiva y narrativa es más notoria y autorizada en el discurso oral. Esto depende sobre todo del hecho que las fuentes de archivo por lo general tienen como fin la factualidad, mientras que todo discurso oral contiene un fin de expresividad (Portelli, 2004, p. 36).

Quienes destacan el uso de fuentes orales en historiografía, lo hacen en relación con la especificidad de la información que la oralidad privilegia y que justifica su uso:

Lo primero que hace que la historia oral sea diferente es que nos dice menos sobre los acontecimientos que sobre su significado. Esto no implica que la historia oral no tenga validez factual. Las entrevistas suelen revelar acontecimientos desconocidos o aspectos desconocidos sobre acontecimientos conocidos: siempre arrojan nueva luz sobre áreas inexploradas de la vida cotidiana de las clases no hegemónicas (Portelli, 1991, p. 42).

Al incorporar las fuentes orales, la historia puede abordar la dimensión cultural de los acontecimientos (a la par que busca reconstruir hechos), la forma en que los seres humanos han dado sentido al mundo, lo que los sujetos deseaban hacer, lo que creían estar haciendo y lo que ahora piensan que hicieron, siendo esta dimensión también un hecho histórico, tanto como lo que realmente sucedió (Portelli, 1991; Llona González, 2012). “Las fuentes orales pueden no agregar mucho a lo que sabemos, por ejemplo, del costo material de una huelga para los trabajadores participantes, pero nos dicen mucho sobre los costos psicológicos” (Portelli, 1991, p. 42).

Sin embargo, evitar el criterio de objetividad positivista no implica, como se advirtió anteriormente, caer en un constructivismo ingenuo de “todos los relatos son equivalentes”, “el mundo material no existe” y “la única validación es en términos de la propia dinámica intratextual” (Portelli, 2004, p. 37). Hay narraciones de memorias “equivocadas”, en el sentido de que contradicen datos obtenidos por otras fuentes, pero su valor a la producción de conocimiento aparece cuando “no nos limitamos ni a tomarlas paternalmente como ‘verdad, para ellos…’, ni a descartarlas porque son erradas, sino que nos preguntamos qué significan […] porque son ‘equivocadas’ nos hacen comprender más a fondo el impacto de los hechos materiales sobre las conciencias” (Portelli, 2018, p. 11), “las declaraciones ‘equivocadas’ son psicológicamente ‘verídicas’ y que esa verdad puede ser igualmente importante como los relatos factualmente confiables” (Portelli, 1991, p. 43). Para ello es necesario el análisis combinado de diferentes fuentes, sean discursos de la prensa, revistas, materiales de carácter prescriptivo (como escritos médicos, jurídicos o religiosos), o artefactos culturales de masas, junto a las narraciones de carácter biográfico y testimonial. Esta articulación dialógica de información obtenida de distintas fuentes es lo que se denomina triangulación, y que da lugar a un texto historiográfico, de diálogo entre pasado y presente, siempre abierto a revisión y reinterpretación (Llona González, 2012). Diálogo entre pasado y presente porque las entrevistas son documentos del presente, no del pasado, y nos hablan de esta relación, de lo que significa un suceso del pasado en el aquí y ahora (Portelli, 2004).

El aporte de la memoria a la historia recae en el vínculo que aquella tiene con el pasado: la memoria es del pasado, dice Ricoeur, en contraste con el futuro de la conjetura y de la espera, y con el presente de la percepción. “Presencia, ausencia, anterioridad, representación, forman la primerísima cadena conceptual del discurso de la memoria. La ambición de fidelidad de la memoria precedería así a la ambición de verdad de la historia” (Ricoeur, 2000, p. 300). Ricoeur identifica en esa exigencia de verdad-fidelidad a la que se somete la memoria (en contraposición a la imaginación), su magnitud cognitiva, ese requisito de confianza. El deseo de fidelidad “se vincula a la intencionalidad de la memoria en cuanto guardián de la profundidad del tiempo y de la distancia temporal” (Ricoeur, 2000, p. 82), pero de allí también su “vulnerabilidad fundamental” dado que la memoria se basa en la relación “entre la ausencia de la cosa recordada y su presencia según el modo de la representación”, problema que comparte con toda modalidad de relación representativa con el pasado (Ricoeur, 2000, p. 83). Jelin también señala el vínculo conflictivo entre memoria e historia en torno al tratamiento del pasado y el afán de verdad-fidelidad “porque la historia no siempre puede creerle a la memoria, y la memoria desconfía de una reconstrucción que no ponga en su centro los derechos del recuerdo (derechos de vida, de justicia, de subjetividad)” (Jelin 2002, p. 9). Entonces, por un lado, el testimonio, como expresión de la memoria y “acto fundador del discurso histórico”, “transmite a la historia la energía de la memoria declarativa” (“yo estaba allí! Creedme o no. ¡Y si no me creéis, preguntad a cualquier otro!”), implica un crédito de confianza al otro (Ricoeur, 2000, p. 637); y por su parte la historia, en tanto relato desde un presente y gracias a la distancia temporal que separa su relato del acontecimiento, intenta superar ese algo que ha ocurrido integrando antecedentes, causas y consecuencias.

Como remarca Ricoeur, “la separación entre la historia y la memoria se ensancha en la fase explicativa, en la que se ponen a prueba todos los usos disponibles del conector ‘porque…’” (Ricoeur, 2000, p. 637). No obstante, “el germen de la crítica está implantado en el testimonio vivo” (Ricoeur, 2000, p. 366):

la historia puede ampliar, completar, corregir, incluso refutar el testimonio de la memoria sobre el pasado, pero no puede abolirlo. ¿Por qué? Porque pensamos que la memoria sigue siendo el guardián de la última dialéctica constitutiva de la paseidad del pasado, a saber: la relación entre el “ya no” que señala su carácter terminado, abolido, superado, y el “sido” que designa su carácter originario y, en este sentido, indestructible […] todos los acontecimientos que dejaron su impronta traumática en los corazones y en los cuerpos: afirman que existieron y, por ello, piden que sean divulgados, contados, comprendidos (Ricoeur, 2000, pp. 637-638).

Pero los relatos de memoria se presentan de manera desordenada, fragmentaria, a veces sin mucha precisión cronológica, y van adquiriendo coherencia a medida que se los narra, implican una selección así como un filtro valorativo, ético e ideológico del sujeto que recuerda y narra (Llona González, 2012). Dice Portelli que la riqueza de las fuentes orales reside (además de permitirnos acceder al mundo de los sentidos) en que “nos restituyen sobre el plano lingüístico y narrativo, aquel plano que la historiografía positivista quisiera quitar del medio para ir a los hechos”, y al hacerlo incluyen en la historiografía “la dimensión de la contradicción, de la tolerancia, de la complejidad, de la búsqueda de sentido” (Portelli, 2004, p. 41). Y en esta dirección vinculan también a la historia con la hermenéutica, ya que, como remarca el lingüista W. Labov, “es lingüísticamente imposible hacer una narración sin implicar una interpretación” (en Portelli, 2004, p. 42).

El trabajo con la historia oral acerca al historiador a las reflexiones metodológicas y epistemológicas en torno a la información resultante de la técnica de entrevista: el relato oral debe ser leído como el producto de un ejercicio de intersubjetividad entre investigador (dotado de un marco conceptual y objetivos de investigación particulares) y narrador, y no como no una declaración unilateral del entrevistado, repetida invariable e independientemente del contexto de entrevista (Llona González, 2012).

El contenido de las fuentes orales depende en buena medida de cuánto les ponen los entrevistadores en términos de preguntas, diálogo y relación personal […] los investigadores a menudo introducen distorsiones específicas: los informantes les dicen lo que creen que ellos desean que les digan y así revelan quién creen que es el investigador (Portelli, 1991, p. 47).

La situación de entrevista, como se definió anteriormente, genera condiciones de reflexividad e interacción a partir de las cuales el narrador elabora la información compartida, todo lo cual exige una constante vigilancia epistemológica por parte del investigador (ya no amparado bajo una supuesta observación externa y neutral) así como múltiples lecturas de la información obtenida.

Lynn Abrams plantea que el documento de historia oral creado en una entrevista es el resultado de un diálogo a tres bandas: el que mantiene el/la narrador/a consigo mismo, el que se produce con el entrevistador/a, y el que el sujeto sostiene con los discursos culturales del pasado y con los vigentes del presente (Llona González, 2012, p. 30).

Lo que se obtiene de una entrevista es producto de un encuentro “en el cual la intención del narrador de contar las cosas como han ocurrido, instituyendo con lo histórico un pacto referencial, convive con el deseo de hablar de sí” (Portelli, 2004, p. 38).

Y así como la historia oral obliga a revisar el criterio positivista de objetividad del dato obtenido, también conlleva cuestionar la idea de un investigador neutro, externo al relato construido.

La historia oral cambia la escritura de la historia del mismo modo en que la novela moderna transformó la escritura de ficción literaria: el cambio más importante es que el narrador ahora entra en la narración y es parte de la historia. Esto no es sólo un cambio gramatical de la tercera a la primera persona, sino toda una nueva actitud narrativa (Portelli, 1991, p. 50).

Esta visibilización del investigador como participante activo en la construcción de la información implica reconocerlo como quien propicia el encuentro comunicativo, lo orienta y dirige hacia ciertas temáticas pero también introduce su perspectiva en el análisis y la presentación de la información.

Los documentos de historia oral son siempre el resultado de una relación, de un proyecto compartido en el cual tanto el entrevistador como el entrevistado están participando aunque no necesariamente en armonía. […] El testimonio oral es sólo un recurso potencial hasta que los investigadores le dan existencia (Portelli, 1991, p. 47).

Vemos que este autor pone el acento también en el espacio de discusión que se abre al explicitar la presencia del investigador con su punto de vista, aunque pueda resultar en ocasiones un lugar incómodo. “Las preguntas que hacemos pueden, y deben, ser incómodas, incluso para nosotros; cuestionar nuestras propias certezas en lugar de construir mitos alternativos e igualmente unidimensionales de aquellos a los que nos hemos resistido” (Portelli, 2018, p. 14). Si la fecundidad de la historia oral proviene también de la ausencia de un sujeto narrador unificado, de la posibilidad de recuperar una multitud de puntos de vista, entonces no se puede eludir la confrontación como “conflicto” y confrontación como “búsqueda de unidad” (Portelli, 1991, p. 51), lo que nos lleva nuevamente a la reflexión ética expuesta anteriormente acerca del rol del investigador al reunir interpretaciones contradictorias de la realidad. “Sólo el fracaso del intento de considerar verdadero lo dicho conduce al esfuerzo de comprender el texto como la opinión de otro, psicológica o históricamente” (Gadamer, 2003, p. 364).

Sobre las fuentes, la selección de la muestra y la técnica de análisis cualitativo

Para nuestra investigación realizamos 16 entrevistas de una duración general de una hora y media, en algunos casos y por pedido del entrevistado se realizó un segundo encuentro. Para la selección de entrevistados nos basamos en un muestreo teórico, contactando a personas que participaron de manera central o indirectamente en el proceso de transformación del hospital, buscando abarcar distintos momentos históricos del proceso (desde los fundacionales a posteriores de consolidación como hospital escuela), así como también distintas posiciones frente al proceso, de manera de recuperar una diversidad de puntos de vista. A partir de unos primeros contactos nos valimos de la técnica “bola de nieve”, solicitando a los entrevistados sugerencias de futuros entrevistados, así como facilitarnos la manera de contactarlos o intermediar anticipándoles nuestro primer acercamiento. También la dimensión y dinámica poblacional de la ciudad de San Luis, al concentrar los vínculos en redes relativamente densas en torno a circuitos profesionales, facilitó el acceso a potenciales entrevistados así como la presentación e invitación a participar en una entrevista, ya que en varias ocasiones había un conocimiento previo a través de familiares o conocidos de la universidad, vecindario, etc. Esta misma característica poblacional exige una atención especial en cuanto a la confidencialidad de la información, que va más allá de garantizar el mero anonimato de los participantes y que implica un cuidado a la hora de decidir qué, cómo y para qué publicar información sensible. Siete entrevistas se realizaron por videollamada, algunas debido a la situación de aislamiento en la que nos encontrábamos a causa de la pandemia por covid-19, otras debido a que los entrevistados no se encuentran viviendo en la ciudad, pudiendo sacar provecho de estas tecnologías de la comunicación con las que la pandemia nos apremió a familiarizarnos.

El muestreo teórico buscó alcanzar el grado de saturación teórica: el momento en la investigación en que nuevos participantes no agregan información significativamente diferente a la que ya se ha obtenido. Para ello se requiere del método de comparación constante, que implica que la etapa de obtención de la información se realice de manera simultánea con la etapa de codificación y el análisis. En ese ida-y-vuelta del campo al escritorio, del contexto de plática con los participantes al trabajo con los textos, donde se involucran los aportes conceptuales del marco teórico poniendo en diálogo lo teorizado con el material empírico, se va reorientando la selección de entrevistados, ajustando el guion de entrevista y redefiniendo códigos para el análisis. En estas estrategias se basa la teoría fundamentada (la Grounded Theory de Strauss y Corbin), abordaje cualitativo dinámico y creativo que hemos tomado como modelo para nuestra investigación (Minayo, 2004; Gibbs, 2013).

Complementamos la información con la obtenida a partir de fuentes secundarias: pudimos acceder a las entrevistas que se realizaron en el marco de dos tesis de licenciatura en psicología, unas facilitadas por uno de sus autores, quien fuera entrevistado para nuestro trabajo, aquellas de la otra tesis estaban publicadas en el anexo de la misma. Ambas investigaciones fueron el trabajo final de cuatro estudiantes de grado, tras haber concurrido a las pasantías brindadas por el entonces ya existente hospital escuela, en cuyo contexto realizaron sus entrevistas (2010-2014). Si bien notamos un sesgo en las mismas, ya que entrevistaron sólo a quienes apoyaron y participaron activamente a favor del proceso, estas entrevistas realizadas diez años atrás nos permitieron acceder a la voz de personas a quienes hoy no podemos entrevistar y fueron un puntapié en los casos en que sí pudimos volver a entrevistar a los mismos sujetos. Otras fuentes escritas empleadas fueron tres libros publicados por el Dr. Pellegrini, en los que compendia la experiencia de transformación llevada adelante junto con la perspectiva teórica que la fundamentó y un recorrido histórico de la institución y el marco jurídico de la salud mental en la provincia de San Luis. También contamos con el Plan de Salud Mental: informe y objetivos, presentado en 1994; algunos informes sobre los equipos tratantes de los pacientes internados (marzo 1995) y sobre las visitas domiciliarias, brindados por una entrevistada profesional aún activa dentro del hospital; apuntes e informes brindados por la jefa de residentes de la última cohorte de la Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental (RISaM); se nos facilitó también desde la biblioteca del hospital el acceso a las devoluciones que hicieran los pasantes y sus tutores durante los años 2010-2017; notas de investigación y divulgación en una revista propia del hospital; publicaciones en congresos y en revistas científicas; notas periodísticas del medio provincial y material audiovisual (los documentales “Adiós al manicomio y “Rotas cadenas”).

El cuerpo de información obtenido de las entrevistas fue transcrito y clasificado en torno a nodos temáticos utilizando un software concebido para la gestión y análisis cualitativo de datos cualitativos. Se trata de un programa pensado para trabajar con la lógica de la Teoría Fundamentada, dado que permite ir generando, desde los datos particulares, códigos para organizar la información y establecer, ya a un nivel de mayor abstracción, relaciones entre los mismos, así como la elaboración teórica en vinculación con los fragmentos concretos de las entrevistas. Cabe enfatizar que la asignación, definición y relación de códigos ya implica una tarea interpretativa del investigador. En la codificación, el material discursivo es fragmentado en unidades que son conceptualizadas, nominadas (se les adscribe una etiqueta verbal que interprete el significado) y para ser luego articuladas analíticamente (Araya Umaña, 2002). Este tipo de codificación se denomina codificación abierta, pues las categorías empíricas se van estableciendo a partir de la lectura interrogativa, exhaustiva y repetida de las entrevistas, y en articulación con las categorías analíticas teóricamente establecidas como señales de la investigación, buscando las relaciones dialécticas entre ambas (Minayo, 2004; Gibbs, 2013). Trabajar con los fragmentos codificados hace posible una lectura transversal de las entrevistas en torno a cada tema. Desde la Teoría Fundamentada se propone llegar a conceptos y categorías explicativas, no a partir de la impresión de un sólo incidente ni forzando los incidentes a entrar en conceptos preconcebidos, sino a partir de la comparación constante de información de numerosos incidentes que permitan descubrir cuidadosamente un patrón (Glaser, 2002).



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