Consideraciones epistemológicas y éticas en la construcción de conocimiento
El foco puesto desde las ciencias sociales en las instituciones sanitarias ha incentivado a su vez el interés dentro de las ciencias de la salud por la contribución de los análisis cualitativos, lo cual ha motivado la investigación cualitativa en salud teniendo como referentes teóricos y metodológicos principalmente a las ciencias sociales y a las humanidades, y convocando en torno a un espacio multidisciplinario a profesionales de las más diversas disciplinas (médicos, enfermeras, psicólogos, sociólogos, antropólogos, trabajadores sociales (Amezcua y Gálvez Toro, 2002).
La investigación cualitativa permite acceder a los sentidos, a la manera en que el mundo es comprendido, experimentado, producido por los actores sociales. Por ello es una práctica interpretativa, de resistencia a la naturalización del mundo social, que recupera la relevancia del concepto de mundo de la vida y prioriza la comprensión del punto de vista del actor, del significado que la realidad tiene para los individuos y cómo estos significados se vinculan con sus comportamientos. El conjunto de técnicas que conforman la metodología cualitativa debe gran parte de su desarrollo a la antropología socio-cultural y a su método: la etnografía. “La etnografía como metodología […] estaría definida por el énfasis en la descripción y en las interpretaciones situadas […] buscaría ofrecer una descripción de determinados aspectos de la vida social teniendo en consideración los significados asociados por los propios actores” (Restrepo, 2018, p. 47). Si bien inicialmente esta metodología estuvo comprometida con el paradigma positivista, en tanto imbuida de la pretensión epistemológica de garantizar el registro completo y sin perspectiva de una realidad externa independiente del investigador, la misma acumulación de amplias descripciones de formas de vida muy distintas a las del antropólogo, que buscaban mantenerse fieles a la mirada del mundo de los grupos estudiados (la perspectiva emic) fue contribuyendo al fundamento empírico de una epistemología constructivista. El interés por cómo desde otras culturas se percibe y se actúa sobre el mundo, a la larga, y en un giro reflexivo, llevó a cuestionar el modelo epistemológico positivista: si los sujetos ven y actúan sobre su mundo conforme a sus categorías de percepción objetivadas en el lenguaje, si el investigador es también un sujeto culturalmente anclado, entonces las descripciones científicas son también miradas particulares, social e históricamente estructuradas. La ilusión de una relación unívoca entre el lenguaje y el orden del mundo (externo e independiente del lenguaje) fue cuestionada al reconocerse la función estructurante (y no solo denotativa) del lenguaje sobre la realidad.
El vínculo del ser humano con el mundo no es inmediato sino que se realiza siempre a través de sistemas de significados, esquemas de percepción, valoración y acción, social e históricamente estructurados, ampliamente compartidos por un grupo, relativamente estables, y que son internalizados (la mayoría de manera inconsciente) desde el comienzo de la vida en sociedad en lo que se denomina proceso de endoculturación o socialización primaria. De ahí que, en tanto categorías de percepción-acción, sean naturalizadas e invisibilizadas en todo acto de captación de la realidad, “tenemos la impresión de captar las cosas y la realidad en general como estando ahí fuera y no interpretadas por nosotros con base en nuestra experiencia, valores, intereses, actitudes y creencias”, lo que Russell denominó “realismo ingenuo” (Martínez Miguélez, 2004, s/p). La crítica a la ilusión de acceder sin punto de vista a descripciones de una realidad externa al ojo que la mira se desarrolló también en el campo de las ciencias naturales, donde el modelo positivista parecía realizarse sin fisuras. El mismo Heisenberg, desde la física cuántica afirmó que “la realidad objetiva se ha evaporado” y que “lo que nosotros observamos no es la naturaleza en sí, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación” (1958b, p.58 en Martínez Miguélez, 2004, s/p).
Desde una perspectiva epistemológica constructivista, se considera que los conceptos, lejos de ser un reflejo de la realidad, son modelos-de y modelos-para pensarla y actuar sobre ésta. Los conceptos, por más operativos y desambiguos que intenten ser, son, como toda categoría del lenguaje, recortes arbitrarios de la realidad, de la mano de un lenguaje que nunca puede atrapar todo, que englobará bajo una etiqueta cierto conjunto de fenómenos desde un punto de perspectiva siempre cuestionable. Como señala Martínez Miguélez,
analizando más a fondo el proceso psicológico de nuestro conocer, constatamos que toda observación va acompañada ya de una interpretación, esto es, de una inserción en un esquema o marco referencial que le da sentido, lo cual no supone un obstáculo para el estudio científico, como temía Bacon, sino que es una mediación necesaria. […] preexisten esos factores estructurantes del pensamiento, esa realidad mental fundante o constituyente, ese trasfondo u horizonte previo, en los cuales se inserta y que le dan un sentido. Si ese marco referencial falta, la observación no es tal, el dato no es dato y el hecho no es nada (2004, s/p).
En el caso de las ciencias sociales y humanas, como se trata de comprender y analizar fenómenos sociales, la interpretación que haga el investigador será de segundo orden, dado que se realiza sobre procesos que son ya producto de interpretaciones por parte de los sujetos.
Ocurre que las ciencias del espíritu coinciden con la interacción social, con la práctica humana -son ciencias de la razón práctica-, en tener como su fundamento la comprensión y la interpretación. Éstas, por ende, no son simplemente el “método” de que se sirven las ciencias que no tratan de la naturaleza, sino el fundamento sobre el que se construyen y del que dependen. Se anuncia aquí ya el carácter pre/científico del comprender, su inserción en el mundo de la vida (Gómez Ramos en Dilthey, 2000, p. 23).
Si se reconoce que toda acción social está orientada por significados, cualquier descripción y comprensión que se pretenda de cualquier comportamiento humano, necesariamente deberá lidiar con el universo de significados que atraviesa y origina esas prácticas sociales, y que lejos de pertenecer al oscuro espacio de la subjetividad (inaccesible al pensamiento científico) se sitúan en el espacio objetivo de la intersubjetividad, como remarca Geertz: el pensamiento es social y público ([1973] 2003). Dilthey (2000) denomina “comprender” al proceso por el cual es posible conocer el aspecto intencional y significativo de toda acción social a partir de signos dados sensiblemente, sobre todo y especialmente a través del lenguaje: la expresión más completa, exhaustiva y objetivamente comprensible del interior humano. Lo interior humano se expresa y objetiviza en la exterioridad del lenguaje: “nada es tan objeto, yace hasta tal punto ajeno, enfrentado a nosotros, como la palabra ya dicha” (Gómez Ramos en Dilthey, 2000, p. 36).
Así, junto al giro epistemológico en las ciencias sociales y naturales,
la hermenéutica, situándose en contra de la pretensión de neutralidad positivista y estructuralista, reivindica la pertenencia del sujeto al juego de la comprensión y al evento de verdad […] La hermenéutica reemprende y desarrolla la herencia de la crítica existencialista al racionalismo metafísico hegeliano y al cientificismo positivista […] La decepción histórico-concreta (y […] también política) experimentada ante un pensamiento que no rinde cuenta de la efectiva ubicación histórica del observador (Vattimo, 1991, p. 63).
Entonces la hermenéutica y la antropología se encuentran en la búsqueda por captar el horizonte cultural e histórico de los procesos sociales que quieren ser comprendidos, es decir, interpretados; para ello reconocen que no existe la posibilidad de un investigador neutral, sin perspectiva, sin categorías previas. Pero junto a destacar la subjetividad del investigador en la construcción del conocimiento, además reconocen que ésta entra en diálogo con la subjetividad de los sujetos cuyos modos de vida son estudiados: en la construcción de un conocimiento en ciencias humanas no hay ni un sujeto investigador invisible y sin punto de vista como tampoco un sujeto investigado como objeto pasivo de observación y mera fuente de información.
Entendiendo que el ámbito de los significados no pertenece al espacio de la pura subjetividad, al que sólo se accedería por medio de la introspección y cuyo conocimiento quedaría por fuera de todo intento de aprehensión objetiva, sino que se desarrolla necesariamente en la arena de la intersubjetividad, se recupera la validez de su indagación desde abordajes científicos. Este universo de significados no sólo es posible de ser estudiado de manera objetiva sino también es ineludible toda vez que se quieran comprender los fenómenos sociales. De lo contrario, las ciencias humanas correrán el riesgo de confundir un tic nervioso con un guiño de ojo (figura que recupera Geertz de Ryle, en Geertz, [1973] 2003). Lo que debe ser interpretado son textos en un sentido amplio, manifestaciones de vida relativamente fijadas, frente a las cuales el investigador se posiciona en una relación de alteridad. Alteridad en la medida en que el fenómeno a analizar sorprende, cuestiona el sentido común, exige un poner entre paréntesis las opiniones propias. “La comprensión comienza allí donde algo nos interpela”, dice Gadamer, y exige la suspensión de todo juicio, lo cual tiene la estructura lógica de una pregunta (Gadamer, 2003, p. 369).
Que desde la epistemología constructivista se sostenga que el conocimiento científico no es un reflejo fiel de lo real, sino que se trata de una construcción que implica siempre un recorte y un posicionamiento por parte de los participantes de la investigación, conlleva reconocer que lo existente es multidimensional, polémico y nunca abordable en su completitud. El conocimiento producido será siempre limitado, fragmentario, situado, resultante de una operación de selección y, por tanto, de acentuación. Ello no implica una autonomía epistémica completa por parte del investigador, sino que el conocimiento es construido en relación con lo obtenido mediante la escucha, la mirada, u otras técnicas de trabajo de campo, y debe poder dar cuenta de estos datos. Se tiene un sistema conceptual por un lado, dice Cardoso de Oliveira, y por el otro, los datos construidos por el observador, nunca puros, ya que desde el momento de su descripción están influidos por el marco teórico, y sufrirán además una nueva refracción durante su escritura e interpretación (Cardoso de Oliveira, 1996).
Contra dicha autonomía epistémica plena también se expresa Gadamer al decir que
tampoco se pueden mantener a ciegas las propias opiniones previas sobre las cosas cuando se comprende la opinión del otro […] lo que se exige es simplemente estar abierto a la opinión del otro o a la del texto. Pero esta apertura implica siempre que se pone la opinión del otro en alguna clase de relación con el conjunto de las opiniones propias […] El que quiere comprender un texto tiene que estar en principio dispuesto a dejarse decir algo por él. Una conciencia formada hermenéuticamente tiene que mostrarse receptiva desde el principio para la alteridad del texto. Pero esta receptividad no presupone ni neutralidad frente a las cosas ni tampoco autocancelación, sino que incluye una matizada incorporación de las propias opiniones previas y prejuicios. Lo que importa es hacerse cargo de las propias anticipaciones, con el fin de que el texto mismo pueda presentarse en su alteridad y obtenga así la posibilidad de confrontar su verdad objetiva con las propias opiniones previas (Gadamer, 2003, pp. 335- 336).
Resaltar el carácter intersubjetivo en la producción de conocimiento evita caer en un ultrarrelativismo que llevaría a justificar toda construcción de conocimiento y aceptar toda práctica como válida. Dice al respecto Bartolomé:
comparto los cuestionamientos de los mundos aparentemente objetivos, así como la relativización de realidades autoralmente construidas; pero no puedo aceptar que la realidad sea sólo un relato, o que tenga el mismo estatus ontológico que lo imaginario. Que la escritura sea una construcción textual, no excluye el hecho de que ésta se refiera a una realidad fáctica a la cual nos aproximamos, aunque no podamos aprehenderla en su totalidad de significados. Esa clase de juego despolitizador puede ser válido para antropólogos del primer mundo, y sus tradicionales seguidores periféricos en América Latina, que siguen ignorando o minusvalorando la dimensión humana de los pueblos nativos con los que se relacionan; sus grandezas, miserias y luchas enmarcadas en la tragedia del colonialismo (Bartolomé, 2003, p. 213).
Una epistemología constructivista, no por cuestionar el criterio de verdad positivista debe llevar a la irresponsabilidad de la llamada postverdad. La reflexividad, el ejercer una mirada crítica sobre el modo de producir conocimiento, sobre los determinantes teóricos, metodológicos e ideológicos que lo atraviesan, es lo que permite que la ciencia, evitando dogmatismos y opinología, merezca mayor legitimidad que otros discursos sociales. Por ello todo conocimiento científico debe cuestionar lógicas interpretativas que reducen la complejidad de los procesos sociales, que niegan la diversidad de dimensiones de análisis y de aplicación del conocimiento, que son indiferentes a las desigualdades, o tienden a naturalizarlas, debe poder deconstruir los pensamientos unilineales, unicausales y reduccionistas. Visibilizar el rol activo del investigador en la producción de conocimiento implica reconocer su responsabilidad por las consecuencias que este conocimiento tenga en la dimensión de las prácticas. Contrariamente a un todo-vale, el conocimiento puede y debe evaluarse a partir de sus implicancias éticas en la dimensión de las relaciones intersubjetivas, de la distribución de recursos de todo tipo, del respeto o vulneración de derechos humanos y del medioambiente.
En 1953 Heidegger publica “La pregunta por la técnica”, donde señala que la ciencia nunca debió desarrollar el concepto de neutralidad valorativa dada la gran responsabilidad que tiene hacia el planeta (Mejía Navarrete, 2011). Scheper-Hughes, propulsora de la antropología médica crítica, sostiene que frente al positivismo científico que plantea una objetividad sustentada en una supuesta neutralidad del investigador, es necesario insistir en una investigación que sin negar la guía analítica teórica, sea críticamente interpretativa; una antropología orientada a la praxis, aplicada críticamente y comprometida políticamente, de manera que pueda iluminar los problemas de las poblaciones vulnerables (Scheper-Hughes, 2000). La actuación ética debe acompañar todos los aspectos del proceso de producción del conocimiento, por lo que no es suficiente una ética procedimental, principialista y consecuencialista (utilitarista) sino que es necesario una ética de la responsabilidad (Lolas, 2004; Muñoz, 2008). La ética de la responsabilidad es una concepción weberiana que combina convicción con ponderación de los resultados, es decir, para que la acción sea responsable, los individuos, partiendo de ciertos valores, deben tener en cuenta los resultados sociales a los que se puede llegar (Mejía Navarrete, 2011). En parte herencia de Nietzsche, la ética de la responsabilidad significa “estar obligado a decidir o elegir en la conducta individual […] El individuo como ser actuante en el mundo debe hacerse responsable de sus actos y de las decisiones que tome” (Mejía Navarrete, 2011, p. 78).
El primer aspecto ético de una investigación subyace en la importancia social, científica o clínica del tema, sea que
conduzca a mejoras en las condiciones de vida o en el bienestar de la población, o que produzca conocimiento que pueda abrir oportunidades de superación o de solución a problemas, aunque no sea en forma inmediata. El valor social o científico debe ser un requisito ético, entre otras razones por el uso responsable de recursos limitados (esfuerzo, dinero, espacio, tiempo) (González Ávila, 2002, p. 98).
La cuestión del tema de investigación, dice Parrilla Latas al plantear su propuesta de investigación inclusiva, es en sí ya una decisión ética pues “nos interpela sobre el sentido y aportaciones últimas de nuestros estudios, sobre la oportunidad de los trabajos a realizar”, la pregunta de investigación “no puede pensarse ni desarrollarse de espaldas a las voces y necesidades de aquellos cuyas vidas están siendo estudiadas” (Parrilla Latas, 2010, p. 168). La responsabilidad ética implica problematizar y reflexionar de manera crítica sobre qué priorizar al momento de seleccionar el tema de investigación, la manera en que ésta se lleva a cabo y la elección de lo que se publica (entendida ésta como una instancia también de devolución de la información a las personas que participaron en el estudio).
El recaudo ético sobre qué consecuencias tendrán los resultados de una investigación no es exclusivo de las ciencias con aplicación tecnológica o clínica, sino que también en ciencias humanas y sociales cabe hacerse tal planteo. Mondragón Barrios señala que
la investigación en ciencias sociales, incluyendo la de tipo psicosocial, suele presentar riesgos emocionales que pueden llegar a desencadenar trastornos en la salud mental y riesgos sociales, como la discriminación o la estigmatización de los sujetos. Por esta razón, la ética de la investigación psicosocial se enfoca en la protección de la confidencialidad y la privacidad de los investigados (Mondragón Barrios, 2007, p. 27).
Pero los cuidados hacia quienes participaron en la investigación no se reducen al mero consentimiento informado y a la preservación de la confidencialidad. Desde las ciencias sociales se alerta respecto al uso simplificado del concepto de autonomía en bioética, reduciéndola a la mera operatoria de consentimiento informado, confidencialidad y anonimato, cuando el principio de autonomía inicialmente fue planteado como el respeto por la dignidad humana (que se relaciona a su vez con el respeto a la privacidad e intimidad de las personas). Asimismo, se cuestiona que el consentimiento informado sea trivializado como un trámite de registro de firma del participante, en desmedro del proceso comunicativo que da sentido y fundamento al procedimiento. El mismo requiere que se brinde la información suficiente para una toma de decisión libre y consciente, constatando que la persona haya comprendido correctamente la información brindada y que disponga de tiempo para considerar su participación sin presiones ni coerciones. La mera formalidad no garantiza la salvaguarda de los sujetos. Por ello se propone pensar al consentimiento informado como “práctica social”, donde “la confianza y la motivación son dos elementos fundamentales para la participación en un proceso investigativo. De ellas se deriva la voluntad de cooperación, el compromiso que genera la intención de colaborar con este proceso” (Adissi, 2021, p. 34).
En investigación en ciencias sociales generalmente se opta por comunicar de manera oral los objetivos e intereses de la investigación en el momento de contactar e invitar a la persona a participar en la investigación y al solicitarle una entrevista. Esta estrategia comunicativa no le exige la lectura de un documento formal al futuro participante, sino que plantea desde el inicio una instancia de diálogo entre entrevistador y potencial entrevistado, donde se pueden despejar las dudas que se presenten así como también aclarar el para qué del uso de herramientas de registro (grabación y apuntes) y los cuidados con la información sensible que se brinde. Esta fue la manera que preferimos para invitar e incluir a los sujetos en nuestra investigación, dejando en claro la libertad para decidir si dar o no la entrevista, así como el momento y el lugar que el participante considerara más apropiado. El consentimiento quedó grabado al comienzo de cada entrevista, momento en el cual no sólo se plantearon los objetivos que nos llevaban a entrevistarlos, sino también se aclaró en qué consiste la entrevista etnográfica. En varias ocasiones, tratándose de hablar sobre algo que sucedió 30 años atrás, las personas se mostraban dudosas de poder dar la información que ellos consideraban adecuada. Nos tomamos el tiempo de explicarles que se trataba de una charla, orientada por nuestros objetivos y que siendo abierta se sintieran libres de contar lo que desearan, así como también aclarar el uso cuidadoso y confidencial que se le daría al material grabado.
Como nos servimos de la estrategia de “bola de nieve”, tratando de garantizar un muestreo teórico (seleccionando como posibles participantes a quienes habían estado de alguna manera vinculados al proceso de desmanicomialización, tanto a quienes participaron activamente como a quienes se relacionaron tangencialmente, tanto a quienes estaban abiertamente a favor como a quienes opusieron críticas), hubo casos en los que el nuevo contacto pospuso el encuentro para finalmente negarse a participar (aludiendo a motivos psicoafectivos de no querer volver a rememorar aquellos tiempos, o de no disponer de tiempo), otros se escabulleron sugiriendo otros posibles entrevistados que en su opinión estaban mejor capacitados para hablar sobre el tema. Esta primera instancia de entrada o acceso al campo, como suele abordarse en los manuales de antropología y metodología etnográfica, requiere ya de una actitud respetuosa y sensible a las motivaciones de los sujetos abordados, para no crear falsas expectativas, exigencias o compromisos que provoquen frustración, incomodidad o cualquier otro malestar en las personas a quienes estamos pidiendo su colaboración, la cual implica tiempo, energías, ganas, interés (Restrepo, 2016).
También el tema de la confidencialidad ha sido cuestionado cuando es simplificado como la preservación del anonimato de los participantes. La información que se produce en torno a técnicas como la entrevista y la observación, muchas veces conlleva aspectos sensibles para los participantes, cuya exposición no se salva solo garantizando el anonimato. Además se suma el hecho de que en muchas circunstancias no es posible anonimizar cuando los participantes ocupan lugares específicos, únicos en el contexto investigado (por ejemplo, un rol de autoridad en la institución), siendo prácticamente imposible, en una descripción que requiera precisar lugar y período, eludir la identificación de tales personalidades. Por ello junto al anonimato se debe ejercer una sensibilidad a la hora de decidir qué y cómo publicar.
En torno a la etapa de publicación de resultados, Parrilla Latas propone un “escritura compartida y la construcción negociada de significados […] con los participantes como alternativa a la tiranía académica (en términos de lecturas sesgadas desde plataformas teóricas determinadas) que subyace a muchos trabajos de investigación” (Parrilla Latas, 2010, p. 173), y si bien compartimos la propuesta epistemológica de considerar el conocimiento como una co-construcción producto de una relación dialógica entre investigador y sujetos investigados, consideramos que la instancia final de análisis y escritura es responsabilidad del investigador, la cual no se puede eludir bajo el justificativo de dar la voz al otro. Los participantes de una investigación no trabajan de investigadores y no es su responsabilidad lo que en el espacio académico se genere. A esto hay que agregar lo que para Adissi es uno de los conflictos más frecuentes en investigación cualitativa y al que no siempre se le puede dar una resolución que deje conforme a todas las partes y que no lo haga en desmedro de la rigurosidad científica. La autora se refiere a que muchas veces existen expectativas por parte de los participantes de que el resultado de la investigación reproduzca su punto de vista como si se tratara de la única interpretación cierta y verdadera, encontrando luego en la publicación de los resultados, que el investigador discute con aquella interpretación de sentido común.
¿Qué puede suceder, por ejemplo, cuando un participante tiene altas expectativas de que su interpretación acerca de cierto contexto o situación sea considerada como apropiada, y encuentra un artículo de resultados donde se la problematiza, se la pone a discutir con interpretaciones de otros sujetos, y no se toma posición ni se manifiesta especial acuerdo con sus valoraciones? (Adissi, 2021, p. 15).
La pregunta ética es si la decepción de quien participó y se siente de alguna manera traicionado, es un daño evitable y cómo reducirlo. Si se tiene presente que un criterio de calidad y de rigurosidad del conocimiento científico es lograr recuperar algo de la realidad, que siempre es compleja y contradictoria, entonces se deben evitar perspectivas unilaterales, favoreciendo la participación de sujetos con visiones disímiles pero además agregando un plus analítico-interpretativo-explicativo a las interpretaciones de los protagonistas. “‘Plus’ que no necesariamente consiste en contradecir lo que es tomado por verdad, sino más bien en mostrar sus límites” (Adissi, 2021, p. 59). La claridad expositiva y la suficiente contextualización sobre la que se basa el investigador para poner en diálogo interpretaciones contradictorias de la realidad y sumar a estas la interpretación propia de la mano de aportes teóricos, es así un requisito no sólo de validación frente a pares científicos sino también para que cualquier lector (incluidos quienes participaron en la investigación) pueda acceder a los procedimientos cognitivos y argumentativos que hacen que un discurso científico tenga algo más que decir que la mera sumatoria de opiniones de los participantes.
Esta última consideración ética no fue un aspecto menor en nuestra investigación, ya que nos propusimos indagar la diversidad de puntos de vista en torno al proceso de desmanicomialización llevado a cabo en el Hospital Psiquiátrico de San Luis, buscando visibilizar la complejidad en torno a las tensiones y diferencias de posiciones y sus efectos sociales. Como señala Bourdieu en las notas metodológicas de La Miseria del Mundo, “las imágenes simplistas y unilaterales (en especial las vehiculizadas por la prensa) deben ser reemplazadas por una representación compleja y múltiple, fundada en la expresión de las mismas realidades en discursos diferentes, a veces inconciliables”, pero, abandonar el punto de vista único en beneficio de la pluralidad de puntos de vista coexistentes y a veces marcadamente rivales, no se trata de un mero perspectivismo o relativismo subjetivista que simplemente exponga una gama de opiniones diversas, sino que busca entender “la realidad misma del mundo social y contribuye a explicar una gran parte de lo que sucede en ese mundo y, en particular, muchos de los sufrimientos originados en la colisión de intereses, disposiciones y estilos de vida diferentes” (Bourdieu, 1999, pp. 9-10). En el proceso de transformación abordado en nuestra investigación, parte de las dificultades relatadas fueron producto de las diferencias de posiciones, que se volvieron insalvables imposibilitando la construcción de consensos, generando malestares y sufrimientos en los vínculos personales al interior de la institución y entre trabajadores de la misma y ciertos sectores de la sociedad, viéndose cuestionados los sentidos otorgados a las responsabilidades laborales y los posicionamientos éticos.






