Alejandro A. Cerletti[1]
¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?
Chico Marx disfrazado de Groucho, en Sopa de ganso
La realidad es aquello que, incluso aunque dejes de creer en ello, sigue existiendo y no desaparece.
Philip Dick, “Cómo construir un universo
que no se derrumbe dos días después”
Presentación (es lo que hay)
La pandemia de coronavirus de 2020 materializó de golpe una posibilidad que tiempo atrás hubiera sido impensable: la virtualización masiva de los vínculos y la consecuente sustitución de lo presencial. El significado de “lo presencial” puede ser motivo de debate, pero supongamos, a título provisorio, que tiene que ver con alguna cercanía de los cuerpos de carne y hueso. La pandemia mostró que la socialización y las relaciones interpersonales pueden asumir formatos virtuales y ser viables, y que los cuerpos pueden ser cuerpos virtuales, sin autocontradecirse. En sentido estricto, no se trató de una novedad. La expansión planetaria del uso de tecnologías digitales en casi todos los órdenes de la vida y, en particular, la universalización de las redes sociales en línea, es algo que viene dándose desde hace tiempo y continúa expandiéndose de una manera continua. La propagación de Internet ha sido, a la vez, la propagación de un modo de existencia y de convivencia. El aislamiento obligatorio derivado de la irrupción del SARS-CoV-2 solo hizo que estas tecnologías exhibieran toda su potencialidad de manera abrupta. Permitió asimismo una suerte de toma de conciencia global acerca de que un mundo socializado en la virtualidad era factible. Pero también hizo patente que las redes, en su operación contemporánea de socialización, habían logrado mucho más que agilizar los vínculos. Habían conseguido crear las condiciones materiales y mentales para que el teletrabajo, la teleeducación y, en general, el vivir cotidiano mediado por pantallas fueran posibles sin conflictos graves. O, lo que es más sintomático, se percibió como un alivio que ya existiera una estructura tecnológica que permitiera que la vida pudiera continuar.
El hecho de que los formatos, los cuerpos y las relaciones virtuales puedan construir mundos viables –porque es en realidad el mundo en el que hemos vivido en aislamiento y en el que seguramente seguiremos viviendo, haya nuevas pandemias o no– pone sobre la mesa una cuestión que va mucho más allá de la utilización rutinaria de algunas tecnologías eficaces. La virtualización objeta aspectos que hasta hace poco eran la matriz natural de la vida común: la “consistencia” de la materialidad de los cuerpos y las cosas, y la obvia separación entre lo que sería virtual (o aparente o ficcional o imaginario o falso) y lo que sería real, o verdadero. Si hemos comenzado a convivir con “realidades virtuales” como parte de nuestra naturalidad, es que esas designaciones –realidad y virtualidad– se han resignificado de una manera inédita, al punto de poder convivir sin conflictos excluyentes. ¿Qué hay entonces de “real” en la “realidad” virtual, o qué tiene de “real” la “realidad” virtual? Pero, a fin de cuentas, ¿qué es lo real de la realidad (a secas)? ¿La realidad es, en definitiva, una construcción, como muchos sostienen? ¿Hay alguna realidad que no sea una construcción? Si no la hay, ¿por qué llamarla realidad y no directamente “ficción”? ¿Vivimos, en definitiva, un mundo de ficciones? Y si es así, ¿quién impone la ficción dominante? ¿Ser por ejemplo “realista” en política, o sea defender y pregonar el realismo político, es también una ficción dominante? ¿Es posible abordar algo “objetivamente”? ¿O solo hay y habrá virtualidad y opiniones? ¿La “verdad” es a fin de cuentas el nombre de la mera perspectiva de quien pueda imponerla (como sostenía Trasímaco respecto de la justicia, en República de Platón)? ¿Esto es la llamada “posverdad”? ¿Es el fin no solo de la verdad, sino de la realidad objetiva y, en definitiva, de todo mundo común? ¿Esto acarrea el fin de cualquier proyecto de emancipación real? ¿Estamos, en definitiva, presenciando la consolidación de la posmodernidad como modo de entender el mundo y el triunfo definitivo del posmodernismo como ideología dominante?
Toda referencia a la realidad conlleva siempre algo de certeza pero, también, algo de sospecha. Como si hubiera en ella algo de verdadero y, a la vez, algo de posible engaño. Lo real y lo aparente no pueden ir más que juntos y en su tortuosa vinculación se juega lo que percibimos o pensamos de nuestra existencia en el mundo. Paradójicamente, preocuparse en profundidad por la realidad, o preguntarse qué es real y qué no, no ha interesado casi a nadie salvo a algunos filósofos metafísicos, a los poetas o a los psicoanalistas. Para la mayoría, se ha tratado de un problema que no tendría ninguna significación práctica e involucrarse en asuntos especulativos implicaría apartarse de las cuestiones más concretas y apremiantes de… la realidad. Se ha podido vivir perfectamente sin preocuparse de este tema, como de tantos otros. Incluso (o sobre todo) hacer ciencia. Se suele considerar que es fácil distinguir qué es real y qué no, porque una cosa es estar dormido y otra despierto, o no ofrecería muchas dificultades diferenciar lo que pasa en una película de lo que pasa en la vida de todos los días. Lo que está ahí, fuera de nosotros, está ahí sin dudas, y de que nosotros realmente existimos, qué duda cabría. Y con eso bastaría. Cuando alguien confunde o superpone los planos de lo real con lo imaginario o lo aparente es porque seguramente padece alguna patología. No habría dudas de que hay una realidad real[2] en la cual existimos y nos contiene espacial y temporalmente. Ahora bien, en los últimos años este escenario cambió bastante. El desarrollo abrumador de las tecnologías digitales dio a este asunto una actualidad inusitada y ya no es tan fácil asumir un pragmatismo vital o un empirismo de lo cotidiano sin tener que enfrentarse con desafíos que tensionan ese pragmatismo o ese empirismo ingenuo. Ahora “la realidad” se nos impone de una manera diferente porque el aparente oxímoron “realidad-virtual” forma parte de nuestro ser y quehacer diario. El sintagma realidad-virtual pasó de ser una contradicción o una redundancia (porque algo era real o era virtual, o bien porque toda realidad podía entenderse como una forma de virtualidad) a convertirse en un término omnipresente y, en su familiaridad, supuestamente comprensible por todos. Pero su uso frecuente e intensivo no anula el hecho de que su significación y pertinencia sea el núcleo de un problema central. Su naturalización merece volver la mirada atenta sobre él.
La globalización de Internet, la universalización del empleo de los smartphones, los videojuegos, el teletrabajo, la educación asistida –o transformada– tecnológicamente, la irrupción inquietante de la inteligencia artificial generativa, etc., son parte de un nuevo cotidiano que hacen propias y usuales “realidades” hasta hace poco insospechadas. Por cierto, el interés teórico por lo real, la realidad o la verdad no es una novedad contemporánea, es tan antiguo como la filosofía misma. Lo que ha ocurrido en los últimos años es que la presencia extendida de la realidad virtual ha comenzado a involucrar a casi todos, y esto significó que su pertenencia al territorio limitado de los especialistas se haya visto desbordado.
A la vez, la utilización generalizada, y empleada en contextos diversos, de un término tan polisémico como el de “realidad” ha contribuido a complejizar el panorama. Es obvio que resultaría imposible proponer una definición unívoca de realidad, o de real, e intentar acomodar a partir de ella todas las piezas de nuestra actualidad. Cada campo del conocimiento o de opinión tendrá lo suyo que decir al respecto y eso supondrá entrar rápidamente en conflictos. Como es sabido, el rasgo crucial de las definiciones no es tanto lo que recortan sino lo que dejan afuera, y ese afuera insistirá inexorablemente mostrando los límites del recorte. Y cuando se habla de la realidad, lo que queda fuera del cuadro nunca es poca cosa. La dificultad o imposibilidad de una definición será entonces parte del problema y no el comienzo de su resolución. Con la idea de intentar aclarar un poco los interrogantes planteados al comienzo, o al menos colocar algunas balizas para recorrerlos, voy a ofrecer algunas pistas. Es el sentido de este trabajo.
Para encarar la cuestión de la realidad, podrían seguirse al menos dos caminos, aunque en el fondo terminen siendo uno solo. Habría, por un lado, una realidad que se nos impone en la cotidianeidad: la realidad de nuestras condiciones materiales de existencia. Sería esa suerte de espacio común en el que nos vemos involucrados por el solo hecho de vivir. Por otro, encontramos a la realidad como término teórico o como concepto de la filosofía en primer lugar, pero también de otros ámbitos disciplinares. Dos trayectos entonces que, de acuerdo con cómo se los enfoque, pueden llegar a ser uno solo. O, dicho de otra manera, esos dos trayectos suelen compartir términos, expresiones, afirmaciones que circulan entre uno y otro, cargados de sentidos que a veces se retroalimentan y otras se contradicen. Esto hace que los recorridos sean unas veces divergentes y otras se superpongan.
1. La realidad está ahí o la realidad de nuestras condiciones de existencia
Partir de la realidad de nuestra existencia material es partir, en gran medida, del sentido común. La realidad sería eso que nos acompaña a diario y que es tan omnipresente que no pensamos en ella. Estamos sumergidos en ella, y pensar en ella significaría forzar de alguna manera la naturalidad de lo que se nos aparece y su habitual transcurrir. Es la realidad de las cosas concretas y presentes del día a día, sus vinculaciones, y lo que da unidad y continuidad a nuestro sentir y estar. Lo que permanece ahí cuando dormimos y permanecerá cuando no estemos más. Es la contundente materialidad de nuestra existencia cotidiana, la de los cuerpos presentes. Se trata de la realidad real. Esa naturalidad del mundo en que estamos inmersos, esa realidad que necesitamos aceptar para vivir y convivir, nos da estabilidad, certeza y tranquilidad. Porque lo que hay se repite, regularmente, y eso hace al mundo y a nosotros, previsibles.
La organización de ese mundo como un todo regular tiene varias fuentes que contribuyen a hacerlo “cotidiano”: la ciencia, el arte, la política, entre las más significativas. La ciencia explica cómo el mundo funciona y establece sus regularidades naturales, el arte lo despliega perceptiva y expresivamente, y la política intenta construir un lazo social, la posibilidad de vivir juntos. La ciencia y el arte –dos de las expresiones mayores de la creatividad humana– han devenido territorios de especialistas, por lo que su acceso es, lamentablemente, para unos pocos, si bien sus logros y efectos son para todos. Pero la política nos involucra de manera constante en el aquí y ahora de la convivencia, y en esto todos somos “especialistas” y partícipes, como correspondería a una sociedad en la que los habitantes deciden su destino común. La realidad de la política es la realidad de la polis y esto va mucho más allá de la administración del Estado o de las refriegas cíclicas que suponen los períodos eleccionarios en los cuales se eligen los funcionarios que administrarán lo que hay. El espacio común de la polis es una construcción en la que lo que se dice y hace nos interpela a diario, porque afecta nuestra existencia primaria. Nos interese más o menos lo que hacen los funcionarios, queramos o no, estamos inmersos en la realidad política. Esta realidad –de la polis– dispone la manera de entender el mundo en que vivimos, pero no solo porque relaciona lo que hay en él, sino porque, por sobre todas las cosas, establece lo que es posible y lo que no. Ser “realista” en política significa afirmar qué se puede hacer y qué no. La lucha por construir la realidad de la política y mostrarla como la mejor, o la única posible, es tan vieja como las sociedades. Al presentarse como el todo de lo real, nada fuera de ello sería posible. Lo otro del realismo político sería, simplemente, lo imposible. De hecho, una forma usual de desacreditar cualquier pensamiento o acción política que objete el estado de cosas existente es calificarlo de no ser realista, de ser inaplicable, utópico o criminal. La realidad sería la que establece el horizonte del pensar y el actuar, y, por ello, es esencialmente conservadora. Ser “realista” en política es ser un conservador del orden existente.
La configuración de la realidad –y en especial, su configuración política– es la cuestión central de la ideología, entendida como la representación que se hacen los humanos de sus condiciones materiales de existencia. O más sutil aun: la representación de la relación imaginaria que establecen con sus condiciones reales de existencia.[3] Toda concepción del mundo y de la realidad es una ideología. Estamos constituidos por ella. Y las luchas por hegemonizarla son la habitualidad de la convivencia, pacífica o no. Pero, al fin y al cabo, la ideología es una “representación” y, como tal, conlleva una dimensión imaginaria. Lo que hace sospechar que el “realismo” de la realidad que construye no es tan real, o al menos que lo real va a estar vinculado con la realidad de una manera más compleja que lo que era de esperar de la realidad real del sentido común.
La realidad de la polis –o la “ideología dominante”, como también podría decirse expandiendo un poco el término–, en donde vivimos, pensamos y actuamos, es un terreno de disputa. Su materialidad es hoy terreno de disputa. Pero ahora no solo ideológico, como fue siempre, sino también tecnológico. Por cierto, puede haber una ideología de la tecnología, pero me interesa remarcar, más que nada, que en las últimas décadas apareció un nuevo y decisivo protagonista: las tecnologías informáticas. Intentar definir la tecnología y en particular las tecnologías informáticas es una tarea dificultosa, y cualquier caracterización dividirá aguas. No voy a poder entrar en este terreno porque llevaría mucho espacio argumentar algo eficaz. De manera provisoria, me basta incluir bajo su mención desde el diseño, la construcción y el empleo de artefactos, dispositivos y medios comunicacionales hasta formas de pensar y vivir el mundo, cuya clave es lo digital. El mundo “analógico” en el que vivíamos, pensábamos, y nos pensábamos, está dando lugar, en una rápida transición, a otra cosa que por ahora no sabemos bien qué es y hasta dónde llegará.
Langdon Winner, en su ya célebre La ballena y el reactor,[4] se preguntaba si los artefactos tenían política. Ese tener política no era pensado como una propiedad de los artefactos sino como la manera en que los artefactos modifican las relaciones de quienes los crean y emplean. La invención de la máquina a vapor, por ejemplo, alteró los vínculos de la polis de la época, al punto de reconfigurar las relaciones sociales e inaugurar nuevas formas de acumulación y de explotación. La máquina exigía ciertos tipos de trabajo, de organización de las tareas, de distribución de tiempos, etc., que divergían de los de la producción manufacturera al punto de modificar por completo el escenario fabril. De un modo parecido, las tecnologías digitales están transfigurando el mundo del trabajo, y también la educación, la salud, las comunicaciones y todo aquello que hacía a nuestra realidad cotidiana.
Se podría decir que este mundo, y las realidades que multiplica, es el mismo de antes pero acelerado o sobredimensionado y que lo nuevo no deja de ser una variante sofisticada de lo viejo. Pero parecería que no; que no se trata solo de una transformación cuantitativa. Se está produciendo un salto cualitativo en el que la realidad está afectada en su ser y en su aparecer. Esa realidad real que nos abrigaba y que por más que hubiera engaños y falsedades en el fondo terminaba convenciéndonos de que hay un sustrato verdadero, que soporta cualquier apariencia, está mutando de una manera inédita.
Las transformaciones actuales, producto del hiperdesarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación, han puesto en el centro de la escena un tipo de espacialidad y de vínculo que hasta hace poco era solo circunstancial: la virtualidad. Situaciones como la de estar sin estar de una clase virtual o de una reunión de trabajo, las “presencias” remotas, los bots de contacto de una empresa, etc., son algo más –y sobre todo, diferente– de lo que había. La virtualización separa el tiempo y espacio lineal de la realidad cotidiana, de otros. Abre una multiplicidad de espacio-tiempos y desarticula la superposición de presencia y localización física.
La política de las máquinas que mencionaba Winner adquiere una fisonomía particular porque si bien las nuevas tecnologías reconfiguran los espacios sociales y les dan nuevas posibilidades, no se trata ahora de una expansión puramente mecánica o protésica. Las tecnologías digitales no son solo instrumentos o prótesis puestas a nuestra disposición para aumentar una capacidad existente o reemplazar una pérdida de funcionalidad: forjan nuevas capacidades y funcionalidades. La reciente irrupción masiva de las inteligencias artificiales generativas, por ejemplo, posibilita un nuevo salto cualitativo en nuestra capacidad de acción y decisión. Cada vez es mayor la dependencia de los dispositivos electrónicos y menor la capacidad de ponerlos a nuestro servicio, pese a que creamos que lo estamos haciendo. Cada vez es menos lo que les decimos a las máquinas y más lo que ellas nos dicen a nosotros que podemos o debemos hacer. Se programa una máquina y la máquina genera alternativas que desconocemos. Como su capacidad de procesar información ha adquirido niveles extraordinarios, su elección del camino a seguir frente a gran parte de los problemas prácticos usuales va a estar mejor justificada que la que podría tomar un humano. Y esto se está transformando en esencial para la medicina, la educación, la industria militar, la ciencia, la política, el comercio o los cálculos financieros. La tecnología contemporánea ha pasado de reproducir lo que de alguna manera ya se hacía a producir el horizonte de posibilidad de las decisiones. No reemplaza simplemente lo existente por algo que hace en esencia lo mismo pero ahora de manera más eficaz y efectiva. Dispone, además, qué es lo pensable, los instrumentos para hacerlo y el abanico de opciones a que cada “decisión” del usuario conduce.
Las situaciones de la realidad real son cada vez más completadas o ampliadas por escenarios virtuales al punto de, en muchos casos, haberla prácticamente sustituido. Lo cotidiano es ahora una realidad ampliada en la que lo real y lo virtual se van tornando indiscernibles.
Es probable que el mayor impacto en el sentido común que esto ha generado haya sido tomar conciencia de que “la realidad” tiene mucho de invención, y que la realidad real que nos daba seguridad ahora también puede ser ficcional, o lo es en gran medida. Que no se pueda saber si quien está respondiendo una consulta por un servicio, o realizando una entrevista de trabajo, o respondió un examen universitario, o pintó un cuadro es un ser humano o una inteligencia artificial no deja de ser inquietante. La “creación de realidad” debida a la propagación indiscriminada de noticias falsas o deliberadamente engañosas ya no sorprende casi a nadie. Cualquier historia conspirativa, si alcanzó un buen grado de propagación, puede llegar a estar al mismo nivel de credibilidad que una explicación científica. Y lo que es más delicado: la producción de realidad implica, a la vez, una consecuente creación de subjetividad. Es necesario incorporarse de algún modo a este mundo de realidades fluctuantes y cada uno lo hace como puede, ya que, en un mundo fragmentado, se torna imprescindible aferrarse a alguna continuidad de existencia, por fantástica que sea la trama que la sostiene. Se mezclan al fin, en un todo indiscernible, la construcción del lazo social con la manipulación informativa, publicitaria y política, en grados nunca antes alcanzados. Hoy se produce realidad y subjetividad, se predicen comportamientos masivos y se los puede generar; se pueden orientar, y en muchos casos dirigir, las decisiones.[5]
Pese a que la idea de que la realidad es creada y pueda, a la vez, ser el instrumento de una manipulación ya forme parte de nuestro sentido común “realista”, cuando se la admite de manera obscena no deja de ser impactante: “Nosotros ya somos un imperio, y cuando actuamos creamos una realidad nuestra. Una realidad que ustedes como observadores estudian, y sobre la cual nosotros después creamos otras que ustedes volverán a estudiar”,[6] decía sin mucho pudor George W. Bush en una conferencia de prensa años atrás. Con un ánimo similar, cuando a la consejera presidencial de Donald Trump, Kellyanne Conway, le dijeron que los hechos contradecían palmariamente sus afirmaciones –sobre el número de personas que habían asistido a la asunción de Trump– ella respondió que disponían de “hechos alternativos” (alternative facts).[7] La noción de alternative facts ha causado cierto revuelo en los círculos periodísticos y políticos de los Estados Unidos porque significa el brutal reconocimiento de que la realidad va a ser lo que quieren que sea quienes tengan el poder de imponerla.
2. De los sueños a las simulaciones, de la ontología al algoritmo
Nuestra polis es hoy una polis cibernética digital. El zoon politikón no puede existir fuera de su nueva polis, porque la constituye y es constituido por ella. Nos estamos convirtiendo en cyborgs sin darnos cuenta, nos guste o no. O transhumanos o posthumanos o sobrehumanos. No solo porque nuestros cuerpos se puedan asociar a algún dispositivo tecnológico específico (un marcapasos, un implante coclear, o cualquier intervención tecnológica médica o estética), como se suele ejemplificar el carácter ya hibridado de la humanidad, sino porque somos en función de una socialización totalmente acoplada a dispositivos tecnológicos, y tecnologizada. Y somos subjetivados a partir de un contexto tecnológico cada vez más virtual. La virtualidad enriquece y multiplica nuestro entorno sensible. Genera constantemente nuevas opciones y desafíos frente a lo que ya sabemos del estar ahí y ahora. La realidad en la que estamos inmersos nos performa con una fuerza que difícilmente podamos ponderar en su justa medida, porque estamos sumergidos en ella, pero acostumbrados a pensar y movernos en un espacio analógico. El mundo es cada vez más antiintuitivo, se muestra cada vez está más alejado del “sentido” común que solía constituirnos. Como las posibilidades de la realidad virtual son infinitas frente a las limitaciones de la vida “común”, ha entrado en crisis una manera de comprender la realidad y de existir. Y están en crisis también, y por sobre todas las cosas, una forma de socialización y la credibilidad de lo que nos rodea. La opción no es la nostalgia por los viejos lazos ni por las funciones prescriptivas de un estado de cosas del siglo pasado, sino identificar lo real de la transformación en curso. Es decir, elucidar qué es lo que hace posible el nuevo estado de cosas y que, a su vez, es imposible de ser pensado desde una concepción anterior. Para ello, hay que situarse en otro lugar.
El hecho de haber partido de la realidad del sentido común, y haberla llamado realidad real para reforzarle su carácter indudable de aquí y ahora material, y justificar así su inobjetabilidad por contraposición con la realidad virtual, deja entrever una sospecha: ¿la realidad virtual se opone realmente a la realidad real? ¿Qué es entonces lo real de la realidad virtual?
Si a fin de cuentas la realidad real no deja de ser una construcción, ¿por qué la realidad de una simulación o de un juego en línea, por ejemplo, no merece ser también pensada como real? Son realidades de otro tipo, por cierto, pero lo que allí ocurre o lo que allí se vive no son la representación de otra cosa sino sucesos “originales”. Se podría objetar que esos sucesos no existen, tal como se puede afirmar que la realidad que construye una novela o una película es puramente ficcional. Pero obviando el problema que supone apelar a la existencia –ya que podrían pensarse sin contradicción existencias en mundos ficcionales–, no es difícil visualizar que se trata de algo diferente. La participación en un juego, en una red social o en una simulación modifica lo que allí sucede no solo porque dicha participación altera su “realidad” sino porque resubjetiva, o subjetiva, a secas, a quienes participan. Se es en un mundo virtual, de la misma manera en que se es en el mundo real. Somos quien asumimos ser online. Un avatar no es un disfraz o una máscara, o al menos no es solo eso. Es una identidad puesta en juego.
La simulación o el juego en línea son solo ejemplos actuales y básicos que permiten graficar el problema. La creación y seguramente rápida propagación del Metaverso va a fusionar la realidad física con la virtualidad digital de una manera impensada hasta ahora, y lo que acabo de mencionar se va a expandir y radicalizar de forma exponencial. Las realidades inmersivas van a constituir un nuevo salto cualitativo en la concepción de la realidad.[8]
Ya a fines de los años sesenta, Gilles Deleuze objetaba la contraposición entre virtual y real: “Lo virtual no se opone a lo real, sino tan solo a lo actual. Lo virtual posee una realidad plena, en tanto es virtual”.[9] Esta idea es el punto de partida de Pierre Lévy en su libro ¿Qué es lo virtual?.[10] En él asume la posición deleuziana como eje de su propuesta y despliega los alcances de las múltiples virtualidades con las que coexistimos (la virtualidad del cuerpo, la economía, el texto, etc.).
De todos modos, en lugar de tratar de identificar lo que puede llegar a oponerse a lo virtual (ya sea lo real, lo actual o cualquier otra instancia) y extraer las consecuencias de esa identificación, voy a modificar el punto de vista y plantear un interrogante algo diferente: ¿qué es lo otro de la realidad virtual? “Lo otro” no es la mera oposición. Es lo imposible de ser registrado desde lo virtual. También podría preguntarse: ¿qué es lo que la realidad virtual “deja afuera” para poder ser consistente? O en términos más llanos, ¿qué es lo que queda “fuera del cuadro” de la realidad virtual, pero que hace que la realidad virtual sea posible? Este cambio de perspectiva va a permitir, espero, abordar las oposiciones antes descriptas de manera diferente y tal vez más fértil.
El hecho de que algo sea real significa que está ligado a la realidad de alguna forma. Por tratarse de expresiones que comparten la misma raíz semántica es inevitable que participen conceptualmente una en otra. Todo el problema radica en cómo se entiende esa ligazón. Una cosa es afirmar que real es la calificación que puede asignarse a cualquier objeto de la realidad y otra sostener que real es lo que irrumpe o interrumpe esa realidad, o lo que la hace posible. Las dos acepciones permiten conformar la realidad, pero una lo hace de manera explícita y evidente, y la otra de forma subrepticia o solapada. En un caso es cuestión de ver y describir lo que hay, en el otro de inferir o descubrir. Se trata de la distinción entre lo que es evidente y lo que no en una realidad. Afirmar que las cosas que aparecen en una realidad son reales podría tomarse como una trivialidad, pero no es algo tan sencillo como parece. De todos modos, me interesa más la segunda posibilidad, porque es la que desplaza la mirada y se corre del sentido común. Preguntarse si es posible distinguir algo real de lo que no lo es cobra una significación diferente, porque ahora no solo se relaciona con ver sino, sobre todo, con develar.
Toda realidad organiza lo existente y a su vez lo obtura; exhibe y esconde. En toda visualización hay algo que se sustrae. “Lo existente” es lo existente de esa realidad, es lo que aparece en ella. ¿Pero qué es eso otro que se oculta, o que se muestra enmascarado? Lo otro de la realidad virtual no es la realidad material o de carne y hueso (o real, como indiqué) ya que esa realidad de alguna manera siempre está presente (como realidad metaforizada, analogizada, imitada, etc.). Y está siempre presente porque es lo que hace que la realidad virtual sea inteligible. Se podrán expandir sus posibilidades, burlar sus limitaciones físicas, crear mundos fantásticos, etc., pero es imprescindible mantener su matriz de inteligibilidad para que la realidad virtual no sea un desquicio.
Lo otro de la realidad virtual es el modelo matemático que la genera. Obviamente, no suele tratarse de un modelo sino de un conjunto integrado que implica modelizaciones, simuladores, algoritmos de diferente tipo, redes neuronales, inteligencias artificiales, motores gráficos, etc. Voy a resumir todo esto, deliberadamente, bajo el nombre de “algoritmo” como modo de expresar al conjunto de disposiciones que hacen posible configurar un constructo virtual digital interactivo. Me interesa emplear “algoritmo” para integrar esta multifuncionalidad porque en los últimos tiempos este término ha cobrado una singular relevancia en el uso cotidiano. Se ve al algoritmo como esa presencia velada que acopia y procesa nuestros datos, nos invade, modela nuestros pensamientos, nos perfiliza, toma decisiones por nosotros. Una entidad oscura que está ahí, por debajo de todo lo comunicacional digital y, en particular, de lo virtual. Como los desarrollos informáticos han adquirido un grado de amplitud y complejidad enormes, su comprensión y manejo es algo reservado para especialistas. Por eso, para la mayoría, el algoritmo ha asumido casi los rasgos de una entidad metafísica que en su omnipresencia y potencia cautiva y atemoriza.
Lo real de la realidad virtual es ese otro que le es invisible pero permite su “realidad”. El algoritmo es lo real de lo virtual y, por ello, es inaccesible para esa realidad. Pero, además de permitir materialmente la posibilidad de la virtualidad, el algoritmo ontologiza esa realidad. Da lugar a todo lo que en ella es, a todos sus “entes”. Lo que hace que las cosas sean en una realidad virtual (como en cualquier realidad) está fuera de ella. Lo real de una realidad (o de un mundo de objetos o existencias) es la clave de las existencias que hay en ella.
Epílogo (es lo que puede haber)
Se ha escrito mucho sobre lo real, la realidad, etc., incluso dudando de su existencia, pero, en realidad, no hacemos más que vivir en un mundo newtoniano, y creemos en él, en sus fijezas espacio-temporales, en sus continuidades y en su homogéneo telón de fondo de nuestras vidas.
Es lo que permite dar cierto equilibrio a nuestras existencias. Necesitamos vivir en un mundo que podamos distinguir –se espera que con claridad– del mundo de los juegos virtuales o de cualquier otro tipo de realidad artificial. Lo pensamos así pero sobre todo lo sentimos así, porque es nuestro sentido común. Intentar objetar este estado de cosas significaría, en el fondo, embarcarse en reflexiones fantasiosas o especulativas. Pero ocurre que nuestro presente se está haciendo cada vez más indistinguible del de la ciencia ficción o la fantasía. Las seguridades del mundo estable de “carne y hueso”, ese pragmatismo trivial o empirismo de lo cotidiano, que nos da tranquilidad, se están alterando a grandes pasos. Todo esto transita el riesgoso borde de la alienación.
Podría afirmarse que, desde un punto de vista práctico, el sentido común tal vez necesite sostener a rajatabla la distinción realidad real/realidad virtual (o real/aparente) como fundante de nuestro ser en el mundo, porque su disolución puede hacer bastante difícil la vida. La indistinción de realidades puede devenir en psicosis. Pero desde un punto de vista teórico o conceptual, la reformulación de la contraposición permite abrir nuevos caminos que, a primera vista, no dejan de ser desafiantes. Y quizás esto permita otras formas de llevar adelante la vida, diferentes de la actual. Ni mejor ni peor, no podemos saberlo.
Es posible vislumbrar que en un futuro muy próximo el desarrollo del Metaverso a partir de inteligencias artificiales generativas y sostenidas en computación cuántica va a dar a la idea de realidad (y no solo a la realidad “virtual”) una actualidad acuciante. No va a faltar mucho para que toda realidad sea asistida, ampliada o creada algorítmicamente, es decir, creada o asistida artificialmente. El desafío va a ser lograr que ese mundo nuevo nos sea, al menos, inteligible.
Pensar la realidad, nuestra realidad, supone tener que desarmar la caja negra, una vez más. Y tratar de hallar algún tipo de acceso a lo real. Ocurre que esta caja negra es diferente y mucho más compleja. El instrumento, el dispositivo, el objeto tecnológico, el medio digital, lanzan desafíos contemporáneos que van mucho más allá de lo que sus diseñadores prevén, y exceden aquello para lo cual han sido desarrollados. El sentido y la medida de ese exceso es lo que debe ser pensado, casi como un imperativo de nuestro presente. Como afirma Alain Badiou: “[…] tenemos que estar convencidos, hoy en día, de que, a pesar de los duelos que el pensamiento nos impone, buscar lo que hay de real en lo real puede ser, es, una pasión gozosa”.[11]
- Doctor en Filosofía por la Universidad París 8 y la Universidad de Buenos Aires. Docente investigador de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de General Sarmiento.↵
- Utilizo deliberadamente la expresión (casi) redundante de realidad real como contrapunto inicial de realidad virtual. Espero que a lo largo del texto se entienda por qué. Que la palabra “real” se asocie a “realidad” busca diferir de otras calificaciones posibles: realidad material, física, empírica, fáctica, presencial, ordinaria, externa, tangible, sólida, estable, actual, concreta, objetiva, de carne y hueso, etc. Cada una de ellas se utiliza frecuentemente para oponerse a “virtual”. En su abundancia se exhibe lo complicado que resulta describir esta significación.↵
- Althusser, L. (1984). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Buenos Aires: Nueva Visión, p. 52.↵
- Winner, L. (2008). La ballena y el reactor. Una búsqueda de los límites en la era de la alta tecnología. Barcelona: Gedisa.↵
- Véase Zuboff, Sh. (2020). “Mercado de la conducta futura”, en La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Barcelona: Paidós. ↵
- The New York Times Magazine (17.10.2004), cit. en Ferraris, M. (2012). Manifiesto del nuevo realismo. Santiago de Chile: Ariadna, p. 22.↵
- Meet the Press (programa televisivo de la cadena NBC, emisión del 22.01.2017).↵
- El desarrollo tecnológico del Metaverso permite una objeción mayor, ya casi propia de la ciencia ficción: ¿cómo podemos estar seguros de que no vivimos en una simulación? Véase Bostrom, N. (2003). “Are you living in a computer simulation?”, en Philosophical Quarterly, vol. 53, n.° 211, pp. 243‐255.↵
- Deleuze, G. (1988). Diferencia y repetición. Madrid: Júcar, p. 314 (en itálica en el original).↵
- Lévy, P. (1999). ¿Qué es lo virtual? Barcelona: Paidós.↵
- Badiou, A. (2016). En busca de lo real perdido. Buenos Aires: Amorrortu.↵







