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3 Neofascismos democráticos
en la era del realismo capitalista

Federico Arzeno[1]

Cuando se estrena la película inspirada en El diario de Ana Frank, le preguntan a Billy Wilder que opina del film. “Muy hermoso”, dice con cara grave. “La verdad muy hermoso, muy emotivo (una pausa). Aún así, nos gustaría conocer el punto de vista del adversario”.

      

El reino, Emmanuel Carrere

1. Ya no verás el Reichstag arder

Hay una escena en el film Hanussen (Szabó, 1988) que ilumina la entrada a la caverna. La película, basada en la historia real del mentalista Erik Hanussen (1889-1933), narra la vida del astrólogo predilecto de Adolf Hitler. La escena transcurre durante la República de Weimar y los comienzos del nazismo. En una mansión descollante, Hanussen despliega sus habilidades frente a la alta sociedad berlinesa: con un pañuelo alrededor de los ojos adivina el futuro de Alemania. Desafortunadamente, predice en voz alta que “la gran nación germana será dominada por un cabo raso austríaco”. Risas de todos los nobles que rodean la mesa. Un simple cabo extranjero dominará el ejército alemán. Una profecía de indiferenciación: el hundimiento de las jerarquías shakespeariano que nos permite pensar la política, el odio a la democracia y la novedad histórica del éxito electoral de las derechas radicales no antidemocráticas. Corre el año 1932: en una reunión con el futuro Führer, Hanussen predice que el edificio del Parlamento, el Reichstag, se prenderá fuego; Adolf Hitler jura como canciller, se consolida el poder del Partido Nacionalsocialista y el “principio de caudillaje”. Febrero de 1933: el edificio arde hasta los cimientos. El incendio activa la máquina totalitaria. Hitler decreta la suspensión de la prensa obrera y los partidos de izquierda, el estado de emergencia, la disolución del Parlamento y la toma del poder por parte de la Gestapo, la policía secreta del Reich cuya protección, como plantea Alain Badiou, “es considerada como el verdadero corazón de la vida social de la humanidad”.[2] En marzo se inaugura el campo de Dachau: el camino de la solución final ya tiene sus primeros escalones.

Corre el año 2023: los Hermanos de Italia y Georgia Meloni, el PP y el Vox en España, Ley y Justicia en Polonia, Alternativa para Alemania, el “Make America Great again” de Donald Trump, el Partido de la Libertad en Holanda, el Partido Austríaco de la Libertad, el bolsonarismo en Brasil, los “libertarios” en Argentina entre muchos otros más o menos recientes. La palabra “libertad” se ha convertido en el nombre comercial de partidos políticos de extrema derecha, nacionalistas y xenófobos. Según Tzvetan Todorov, las amenazas que hoy pesan sobre la democracia “proceden no de fuera, de los que se representan abiertamente como sus enemigos, sino de dentro, de ideologías y movimientos que dicen defender sus valores”.[3] Las llamadas derechas radicales, para diferenciarlas de sus antepasados, las ultraderechas antidemocráticas,[4] avanzan legalmente como fuego en campo de paja pero sin tocar ningún Parlamento. A veces solo vemos tardías insurrecciones populares, riots a la norteamericana o a la brasilera: manifestantes atacando el Parlamento a pie y que desconfían del triunfo de Lula por menos de dos puntos de diferencia. Ha llegado la era de los “neofascismos democráticos”[5] (NFD a partir de ahora). En biología, la micología aplicada es el nombre que lleva el trabajo con hongos que se asocian con las raíces de las plantas y las ayudan a crecer, una estrategia de reforestación sobre bosques que sufrieron incendios. Si constatamos que los NFD crecen como hongos asociados a las democracias contemporáneas, ¿qué relaciones simbióticas producen? ¿Y qué rasgos heredan del fascismo clásico?

2. El fascismo eterno

Según Umberto Eco, el ADN del Fascismo Eterno (FE a partir de ahora) lleva en su vientre el culto de la “tradición” (siempre selectiva), el rechazo del modernismo (la fobia a la “globalización” en los casos contemporáneos), el culto de la acción por la acción, la sospecha frente a la cultura y la heterogeneidad, y el rechazo al pensamiento crítico cuya naturaleza lo lleva a establecer distinciones, no a erradicarlas. El desacuerdo es traición, siempre. El FE no tolera intrusos, por lo tanto es racista por definición y surge de la frustración individual o social, por crisis económica (hiperinflación, caída del salario real) o humillación social. Reivindica el privilegio identitario más “azaroso y vulgar de todos”: haber nacido en el mismo país. “La manera más fácil de que asome un complot, es apelar a la xenofobia”.[6] Los fascistas deben sentirse humillados por la riqueza y la fuerza del enemigo: rociados por la envidia. Para el FE se vive para luchar. Ser pacifista es ser un lacayo del enemigo, la vida es una guerra constante y si el enemigo no está claro hay que producirlo. El FE predica un “elitismo popular”: cada ciudadano pertenece al mejor pueblo del mundo y los mejores ciudadanos son los miembros del partido, ergo todos deben ser miembros. Pero no puede haber patricios sin plebeyos: “el líder sabe que su poder ha sido obtenido por la fuerza […] y su fuerza se basa en que las masas son tan débiles que necesitan un dominador”.[7] Cada ciudadano es educado para convertirse en un héroe. El culto al heroísmo se vincula con el culto al “¡viva la muerte!”. Pero nadie quiere la guerra permanente o el heroísmo constante: son bienes demasiado caros. Es por eso que el fascista transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales: desdén por las mujeres y los homosexuales, y metonimia entre las armas, los vehículos y la invidia penis. Finalmente, el “populismo cualitativo”: los individuos no tienen derechos y el pueblo es una entidad monolítica que expresa la “voluntad común” del partido escenificada como un interés universal. Desde que se inventó la palabra democracia como un insulto en la antigua Grecia,[8] ninguna cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común y el líder pretende ser su intérprete. Esos rebaños constituidos por las variables de frustración y heroísmo mechado con cobardía nos recuerdan el estudio de Theodor Adorno sobre la personalidad autoritaria y el diagnóstico de Hannah Arendt[9] al caracterizar a Rudolf Eichmann como un hombre mediocre en una cadena de mando, y no como el monstruo artífice de la judenreich que todos esperaban:

El tipo de persona engreída que solo se cree importante cuando es confirmada por el rol que desempeña en organizaciones colectivas que no son nada, porque existen meramente en nombre de su propia colectividad; el delegado con su brazalete, el orador que embelesa […] sus miembros no solo han sido sometidos a un constante control social, por medio de la competencia y la cooptación que cunden en sus vidas profesionales, sino que también su vida privada ha sido absorbida […]. No ser miembro de nada despierta sospecha.[10]

¿Cómo aproximarnos a los herederos del FE, fenómenos de ultraderecha nacidos en el caldo de cultivo del realismo capitalista? En primer lugar: clasificar a los 75 millones de votantes de Trump como “basura blanca” o nazis es una forma fácil de rechazar sus demandas, negando la dimensión democrática de muchas de ellas.

3. El fin de la tentación nazificadora

Según Mark Fisher, experimentamos el capitalismo como el orden que no puede cumplir ninguna promesa de satisfacción pero que no puede ser sustituido.[11] De la misma forma, para Badiou el fascismo es una subjetividad popular generada por el capitalismo tardío en desintegración y que prospera en el choque entre la globalización y un resurgimiento feroz del nacionalismo y de una xenofobia que coloca todos los males sobre un chivo expiatorio: los inmigrantes. Ese fascismo, “una pulsión de muerte que se articula como un lenguaje identitario”,[12] es el reverso del deseo de un occidente frustrado, absolutamente intracapitalista porque no propone ningún otro orden posible del mundo.

¿Podemos seguir oponiendo claramente los totalitarismos del siglo XX a las democracias tardías del realismo capitalista? Luego del triunfo de Lula contra Bolsonaro, el expresidente uruguayo, Pepe Mujica declaró:

esto no es una batalla entre la izquierda y la derecha, es una batalla entre la democracia y el autoritarismo […] la democracia queda como el orto porque cuando la democracia elige un coso de esos estamos fritos, más valdría que jugáramos por sorteo, quizás que embocamos uno mejor de carambola.[13]

Un cronista brasilero también escribió: “no se trata de situarse entre uno u otro bando. Se trató y se trata de situarse entre civilización y barbarie. Por más críticas que existan contra Lula, no hay comparación posible”.[14] Finalmente, “el autoritarismo” sacó el 49,1%, frente al 50,9% del PT ganador. La cuestión es que sí hay comparación posible. Y es urgente hacerla.

Este retorno del tópico civilización/barbarie incluye la idea de que la civilización trae una tendencia a la pacificación. Pensamos que las violencias del pasado fueron más extremas. Siniša Malešević coloca su tesis sobre la violencia en el polo opuesto de las ilusiones sobre una separación clara entre la “paz perpetua” democrática y la violencia fascista. Para Arendt[15] el poder se genera en la voluntad colectiva y el consentimiento: la violencia es la ausencia de poder. Malešević piensa lo contrario: “la violencia colectiva es producto de los poderes organizativos e ideológicos, y a medida que esos poderes crecen y se expanden, también lo hace la capacidad de la violencia organizada”.[16] La violencia es una parte integral de la historia de la humanidad. Michael Mann demuestra que las democracias son promotoras de la limpieza étnica[17] y Eduardo Grüner diagnostica que la tristeza que sentimos frente a los seres humanos matándose en una “guerra permanente” no tendría que ser sinónimo de extrañeza. Nos lamentamos por la violencia pero “nos distraemos ante las estructuras causales que hacen que, en la sociedad en que vivimos, la guerra, no sea una desviación sino un nervio central de la lógica del Capitalismo Mundializado¨.[18] Fisher delata los espectros importados de las dictaduras del siglo XX hacia el centro de nuestras democracias, pero las nuevas derechas radicalizadas no son las del pasado. Sus líderes no son cabezas rapadas: son figuras respetables en el juego político. Sus fuerzas políticas no son totalitarias, no se basan en movimientos de masas violentos ni en filosofías irracionales y voluntaristas, ni juegan el juego del anticapitalismo como plantea Traverso.[19] Debemos dar un tiro de gracia a la tentación de clausurar a los ND como “nazis”. Suspender la unánime conclusión de que en la Segunda Guerra Mundial ganó el bando correcto. Desde 1945, el pensamiento democrático occidental estableció esa diferenciación tranquilizadora para dormir el sueño de los justos. Diferenciación que Borges ataca con su relato en el que un jerarca nazi condenado a muerte declara:

Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.[20]

Hemos abusado demasiado tiempo de los nazis como depositarios de nuestros males. Como veremos, en los rituales purificadores de sacrificio de un chivo expiatorio la humanidad tiende a colocar los males fuera de la comunidad para evitar toda responsabilidad. Es por eso que el film Rambo (Kotcheff, 1982) es la anomalía de Hollywood: un film sobre la indiferenciación. No hay nazis ni vietnamitas, solo la máquina de matar entrenada por los Estados Unidos. Rambo vuelve a su pueblo y se entera de que su mejor amigo murió por el cáncer producido por el napalm que sus propios jefes rociaron sobre los soldados. Rambo no encuentra su lugar en la sociedad. Los policías lo persiguen y van muriendo uno a uno por un virus producido por la propia violencia organizada incubada por la democracia. “No vengo a salvar a Rambo de ustedes, vengo a salvarlos a ustedes de él”, dice el general enviado por el propio sistema. Retorna Benjamin: la civilización está construida sobre la barbarie. Para pensar los NFD debemos abandonar la idea de una violencia “buena” contra una violencia “mala”, de guerras justas contra guerras injustas, única forma de ver qué oculta el huevo de la serpiente. Por eso en Internet circulan trucos para identificar los huevos de la serpiente: porque no se diferencian en nada de los huevos de sus víctimas.

4. El odio a la democracia

Juguemos, mientras el lobo ya está, a leer dos fragmentos sin saber quién habla:

Nos han contado durante décadas que el libre comercio sin reglas habría resuelto todos los problemas, que la globalización sin reglas nos habría enriquecido a todos, habría democratizado sistemas menos democráticos que el nuestro y que todo iría bien. No fue así […] lo que ha ocurrido es que la riqueza se ha concentrado en lo alto, los sistemas autócratas han ganado campo en el mundo y nosotros nos hemos debilitado por no gobernar nuestro destino.[21]

Y el segundo:

Para la teología liberal, el Espíritu Santo es la mano invisible que a partir de una masa de comportamientos individuales egoístas, construirá una felicidad colectiva conforme a la ciencia y mejor aún al Orden Natural […] el ultraliberalismo no es más que la ideología de una clase dominante internacional globalizada. […] lo digo sin reparos: la división entre la izquierda y la derecha ya no existe. […] esa nueva aristocracia de la que convendría deshacerse lo antes posible […] una nueva ideología mundialista emanada del capitalismo ultraliberal, al servicio de los intereses de una oligarquía.[22]

Estos fragmentos de discurso resultarían frases blasfematorias para la derecha tradicionalista. Y sin embargo el primero pertenece a la primera ministra Georgia Meloni y el segundo a Marine Le Pen, máximas exponentes de los NFD a la italiana y a la francesa. Los discursos de Trump proponían los mismos tópicos: terminar con la especulación financiera, las elites de los medios de comunicación y redistribuir mejor la riqueza. ¿Por qué, entonces, el odio a la democracia?: “las propiedades que ayer se atribuían al totalitarismo, concebido como Estado devorador de la sociedad, pasaron a ser, sencillamente las propiedades de la democracia concebida como sociedad devoradora del Estado”, dice Rancière.[23] El dilema que atraviesa ahora el capitalismo y que preocupa a Fisher es el opuesto al de la Guerra Fría: habiendo incorporado cualquier cosa externa de manera exitosa, ¿puede todavía funcionar sin algo ajeno que colonizar y de lo que apropiarse? ¿No será la democracia, ese “reino de la desmesura” como pensaba Platón, lo que el capitalismo busca conquistar definitivamente?

Todorov caracteriza a los enemigos íntimos de la democracia en contraposición al enemigo externo del terrorismo islámico, los extremismos religiosos o los regímenes dictatoriales. Estos enemigos surgen de ella misma: el mesianismo de imponer la democracia por la fuerza (EE. UU. y Europa invadiendo Irak, Afganistán y Sarajevo); el ultraliberalismo, la dictadura de los individuos y el imperio de la economía sobre la política; el oligopolio de los medios de comunicación, el desmantelamiento del Estado de bienestar y la xenofobia expresada en un nacionalismo excluyente.[24] Como hemos visto, la buena fe habla de civilización contra barbarie. Hay algo estéril en este camino de no aceptar que los NFD prosperan en la democracia.

Nos dice Rancière que la historia conoció dos grandes títulos para gobernar a los hombres: la filiación humana o divina, o sea, la superioridad por nacimiento; y la filiación que proviene del poder de la riqueza. El problema de la democracia es el fin de esas filiaciones, y el ascenso de quienes no tienen más título para gobernar que para ser gobernados. La contingencia absoluta, la indiferenciación que trae el caos. Si el título que permite gobernar no es el nacimiento ni la riqueza, ¿qué será?:

hay hombres que gobiernan porque son los más ancianos, los de mejor cuna, los más ricos o los más sabios. Hay modelos de gobierno y de prácticas de autoridad basados en tal o cual distribución de lugares y competencias. Esta es la lógica que, por mi parte, he propuesto pensar bajo el término “policía”.[25]

La política es ahora el poder de gobernar en ausencia de fundamento. Surge el conflicto constante entre esa policía que instauraba los gobiernos de la aristocracia o la plutocracia y la de la política, es decir, la del gobierno natural basado en competencias sociales. La democracia oculta una ilimitación donde cualquiera puede pedir cualquier cosa, en donde cualquiera puede gobernar. Para los NFD “la igualdad” es el dulce sueño de los imbéciles y los blandos. El neoliberalismo anula lo social, por eso es pasto del individualismo radical y de las facciones enfrentadas en las aguas heladas del cálculo egoísta. Una sociedad formada solo por individuos voraces de hacer cumplir sus ilimitados deseos. Como planteó el candidato libertario Javier Milei: “el discurso de la justicia social es un acto de envidia”.[26]

5. Los fuegos de la envidia

Desde el año 2500 a. C., en que se calcula que fue compuesta La epopeya de Gilgamesh, la ficción engendra monstruos para que existan los héroes. En los inicios de la década de 1980, cuando Pixar todavía no cotizaba en bolsa ni estaba consolidada como empresa para producir su primer largometraje, Steve Jobs y John Lasseter le mostraron el guion de Toy Story (Lassester, 1995) a Michael Eisner, CEO de Disney.[27] Algo anduvo mal: Eisner quería que Woody fuera el muñeco que abusa de los demás y no el que pasa una breve temporada en el infierno de los celos, pero Lasseter dijo “eso no es mi guion”. La historia continúa con un film millonario que lleva en sí mismo el germen shakespeariano: la envidia fundamental de un personaje con el que a pesar de todo simpatizamos. Una simetría perfecta entre el cowboy preferido que está perdiendo su corona frente al nuevo guardián espacial. Woody no es malo, pero empuja a Buzz por la ventana a riesgo de romperlo (matarlo). Difícil que los niños del mundo compren este plot, y sin embargo, reventó la taquilla. La envidia: la escalera hacia la indiferenciación que engendra el odio a la democracia y los neofascismos democráticos.

6. El deseo mimético y el degree

Para René Girard[28] hay una violencia mimética constitutiva que atraviesa las culturas humanas, una peste interior que fue perfectamente comprendida por Shakespeare, un empresario teatral que al mismo tiempo que la utilizaba como mecanismo dramático, no podía lanzarla en la cara de sus espectadores porque corría el riesgo de convertirse él mismo en el chivo expiatorio que debía poner en escena. Ningún espectador quiere que le muestren demasiado su simetría con los personajes que detesta. Es preferible sentirse superior a los caracteres y atribuirles una diferencia constitutiva esencial. Ya podemos ir a cenar tranquilamente luego de haber purgado nuestras pasiones porque Edipo es un monstruo radicalmente diferente a nosotros.

El deseo mimético, idea fuerza de esta teoría, no nace de un trauma sino que siempre es triangular: el objeto de deseo siempre es señalado por un mediador que el sujeto admira. Eso genera una rivalidad constante porque una vez alcanzado el objeto de deseo, cambia. Este juego histérico desemboca en la paradoja de que el único deseo estable es el insatisfecho; el deseo satisfecho es una bomba de tiempo. Los personajes de Shakespeare alientan a los que admiran a desear su mujer o su reino, hasta que los admirados les roban su tesoro y entonces ya pueden desempeñar el papel de víctimas inocentes. No pueden no buscar su propia destrucción: “sos tan espectacular que no podés ser mía nada más: tenés que ser de todos”, dicen los Babasónicos. Si el drama no se basa en la convergencia mimética de deseos que se enfrentan violentamente, necesita postular entre los personajes la existencia de una diferencia intrínseca: una diferencia palpable entre el bien y el mal: “en lugar de tratar la envidia y los celos tal como son, es decir como fenómenos de doble faceta, y siempre ambiguos, el género bucólico pinta sistemáticamente determinados personajes como básicamente buenos y otros como básicamente malos”.[29] Esa necesidad demuestra la repugnancia de nuestra cultura a aceptar la rivalidad mimética y la arcaica violencia fundadora que la engendra.

Es aquí donde las palabras, y no las cosas, son fundamentales: en La violación de Lucrecia, Tarquino no viaja a caballo para violarla porque ha enloquecido al conocerla: no la conoce. Solo la conoce a través de los elogios del marido de Lucrecia en un fogón donde los hombres compiten para ver quién tiene la esposa más hermosa. “Words, words, words” que funcionan de forma similar al inicio de la judenreich en la década de 1920 según Goldhagen: la mayoría de los alemanes tenían poco o ningún contacto con judíos reales. Los únicos judíos a los que veían realmente y a los que llegaron a conocer eran los representados en los cuentos populares, la prensa popular y las tiras cómicas portadoras de potentes imágenes antisemitas que inoculaban el odio a los judíos en el núcleo de la cultura alemana.[30]

No importan las características intrínsecas del objeto: lo único que importa es que los mediadores lo odien o lo amen y permitan la copia. “La amas porque sabes que la amo”, dice un personaje del Sueño de una noche de verano. Nadie reconoce fácilmente semejante esclavitud: sería como aceptar que el propio antisemitismo se inicia en el de nuestros vecinos. Esta pulsión imitativa que lleva a todos a desear los mismos objetos desemboca en una guerra generalizada. Los NFD solo pueden constituirse bajo una teoría del complot constante donde la amenaza incluso puede ser fingida por los propios líderes, como en el film La Aldea (Shyamalan, 2004), o bajo la velada forma en que la guerra se esconde en la política para Foucault:[31] ese conflicto trágico sin solución. Los deseos se mantienen estables cuando las jerarquías están claras: el degree: el orden social cultural y tradicional, un sistema en constante amenaza de desequilibrarse, como todo orden cultural. El degree es la eterna querella entre “justicia e injusticia, el espacio que debe existir entre lo permitido y lo prohibido para que no se confundan”.[32] El degree aplasta la rivalidad latente para que los habitantes de los escalones inferiores no deseen los objetos de los mediadores superiores. El degree no obstaculiza el deseo mimético –puede incluso estimularlo– pero sí neutraliza sus consecuencias conflictivas. El lugar más vulnerable es la cima: “Cuanto más alto trepa el monito. Así es la vida, más el culo se le ve”, reza una letra de los Redondos. Este principio evita momentáneamente el hundimiento de las sociedades humanas: “¡Atención! Es una nueva era en Brasil: niño viste de azul y niña viste de rosa”, pidió la ministra de DD. HH. de Bolsonaro, Damares Alves, pastora evangélica, en su crítica a la “ideología de género”, la cumbre de la indiferenciación.[33] La “ilimitación democrática” ahora puede ser gobernada por las elites que adoran el degree y que son votadas. La principal bandera de los NFD es su pasión por la desigualdad:

la pasión que permite tanto a ricos como a pobres hallar una multitud de personas inferiores sobre las que deben mantener a cualquier precio su superioridad […] siempre hay una superioridad de la que se puede participar: la de los hombres sobre las mujeres, la de las mujeres blancas sobre las mujeres de color, la de los trabajadores sobre los desempleados, la de quienes trabajan en las ocupaciones del futuro sobre los otros, la de los nativos sobre los migrantes […] y la de los ciudadanos de la madre patria democracia sobre el resto de la humanidad.[34]

Sin esas jugosas desigualdades, sin la pasión por las jerarquías, sobrevienen las “funestas anarquías”, como dice Ulises. La buena democracia limita el desborde de demasiados individuos voraces por hacer cumplir sus ilimitados deseos. El caos en el que ya no se diferencian los buenos de los malos ni, como prefieren los CEO de Disney, los monstruos de los héroes.

7. Caos y el chivo expiatorio

Ante la caída del degree todas las fuerzas se encuentran para combatirse. Escuchemos a Ulises, furioso al ver aniquilada su pasión por la desigualdad:

Esclavos y payasos. ¡Arrancad de sus asientos a los graves senadores de arrugas venerables y gobernad en su puesto! Banqueros en quiebra […] sacad vuestros cuchillos y cortad las cabezas de vuestros prestamistas. ¡Criados de confianza, robad! ¡Vuestros amos son unos ladrones! […] ¡Corred a los lupanares públicos, jóvenes vírgenes, y hacedlo a la vista de vuestros padres! ¡Sirvienta entra en el lecho de tu amo, tu ama pertenece al burdel! Y hacedlo a la vista de vuestros padres. ¡Hijo de dieciséis años, despoja al viejo de tu padre de su muleta y sírvete de ella para saltarle los sesos! Qué la piedad, el temor, la justicia, la verdad […] las jerarquías, las tradiciones, las costumbres y las leyes se desvíen en contrarias anarquías.[35]

¿Y qué podría simbolizar más el caos que el fin de la propiedad privada de los bancos?: “hoy los cajeros automáticos se han transformado en el monoambiente de algunos que se apropian de sectores de la Ciudad”, sostuvo el ministro de Gobierno Jorge Macri sobre las personas en situación de calle que duermen en los cajeros.[36] El “corralito” de 2001, el discurso del que se “vayan todos”, los cacerolazos contra el estado de sitio y los cinco asesinados el 20 de diciembre por municiones de armas reglamentarias de la policía federal son nuestro íntimo caos.

La peste que lleva a un círculo eterno de venganzas que puede aniquilar la comunidad desde adentro. “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”, profetizó Gandhi. Si la violencia no encuentra su víctima deberá descargarse contra algo, como el cordero que el ángel trae a último momento para que Abraham no tenga que cumplir la divina tarea de asesinar a su hijo. La forma de salir del caos es el sacrificio colectivo de un chivo expiatorio. Girard plantea que si los hombres no pueden vivir en la violencia constante, tampoco pueden vivir mucho tiempo en el olvido de la violencia. ¿De cuál? “La comunidad nace de lo sagrado”: lo que la fundó no es un contrato social sino un acto de unanimidad violenta en el que gracias a los rituales sagrados de sacrificio la violencia se ha colocado afuera de la comunidad. Cada cierto tiempo las comunidades deben reactualizar este sacrificio originario.[37] Sin estos rituales la reciprocidad de las venganzas escalaría hasta la autoaniquilación. La eficacia catárquica de la víctima depende de dos elementos: no debe ser ni totalmente ajena ni totalmente parte de la comunidad para poder atraer hacia sí misma la violencia recíproca y purgarla por un tiempo; en segundo lugar: todas las facciones de la comunidad deben tener las manos manchadas de sangre, es decir, estar de acuerdo en la perfección de ese chivo expiatorio: el sacrificio debe aparecer como algo absolutamente inevitable. “Julio César debe morir”, deben pensarlo todos los romanos, incluso su propio hijo. Si alguna de las facciones no participa porque desconfía de la perfección de ese chivo expiatorio, el círculo de venganzas recíprocas retorna. Pensemos la carcoma constante de los tiroteos a civiles en los Estados Unidos que, como nos señala Leighton y Olguín, reactualiza la trama de opresión racista pero en un ciclo kármico que desvía la violencia desde el enemigo racial hacia el centro:

al igual que las viejas naciones imperialistas que observan con desconcierto cómo sus paisajes urbanos e institucionales son arrasados por los migrantes poscoloniales que ellos mismos desposeyeron, Estados Unidos es incapaz de resolver el problema de su propia violencia al interior de la nación, a la que ya no le basta proyectarse estrictamente sobre el negro estadounidense, la sombra bárbara de la nación, sino que se vuelve sobre sus propios niños blancos, día tras día, y desde la comunidad WASP.[38] [39]

La violencia colectiva no preserva si el chivo expiatorio está fallado, por ejemplo si es demasiado familiar: la tentación es ver a los extranjeros como la causa de todos los males cuando en realidad su presencia en nuestro país responde a razones históricas. Razones que “no importa buscar porque siempre son abstractas mientras que los extranjeros son muy tangibles, y conviven en nuestras calles con sus extrañas costumbres”.[40] El chivo expiatorio que no respeta las reglas de cercanía y extrañeza justa y que no cristaliza un acuerdo total sobre la inevitabilidad del sacrificio provoca el retorno de una violencia familiar y extraña a la vez, como los cadáveres de libios, sirios y otros que aparecen en las playas de la ruta migratoria más mortífera y lucrativa del mundo.[41] Si los rituales se nos aparecen vacíos y caducos, lo sagrado ya no podrá exorcizar nuestra violencia. Sin monstruos, no tendremos héroes. Pero entonces, ¿quién podrá ayudarnos?

8. El retorno del pastor perdido

Durante la Alta Edad Media, Gregorio de Tours escribió que “en esta época se cometen muchos crímenes […] cada uno identifica la justicia con su propia voluntad”. Si el parto representa toda la feminidad, el asesinato y la venganza cumplida constituyen, entre los francos, la prueba máxima de la virilidad masculina.[42] En ese sistema penal premoderno, hay una semilla de nuestro realismo capitalista: la ley se pretende universal pero está atada a la protección de la propiedad privada (el que puede pagar una fianza no permanece en la cárcel): la costumbre franca era que si un hombre robaba, el castigo era la muerte, pero si un hombre asesinaba a otro, solo debía pagar una multa.

Marx veía en los derechos de los ciudadanos la constitución de una esfera ideal cuya realidad consiste en los derechos del hombre, que no es el hombre desnudo, sino el hombre propietario que impone la ley de sus intereses, la ley de la riqueza, bajo la máscara del derecho igual de todos.[43] Esta moral, que desde el siglo XVIII ya se confunde con la ley de elegir chivos expiatorios demasiado cercanos a la comunidad, no puede frenar el círculo descripto.

Según Hobbes, cuando se reúne un grupo numeroso de hombres y “si sus acuerdos están dirigidos según sus particulares juicios y apetitos, no puede esperarse de ellos defensa ni protección contra un enemigo común”.[44] En ese caso la puerta de salida es la paz de los cementerios, como dicta el personaje de Grace en el film Dogville (Von Trier, 2003): “kill them all”. No hay salida de la guerra constante, excepto en el orden civil: es decir, la aparición de un soberano al que todos los individuos le transfieran todo el poder y que todas las voluntades queden reducidas a uno solo que habla por el pueblo y que finalmente puede poner fin a la guerra de todos contra todos. Alguien que dicte su propia ley.

Hemos indagado en lo que es reprimido de la política por ese análisis que considera a la democracia como el estado de desmesura y desamparo del que “solo un dios puede salvarnos”, concluye Rancière.[45] “El indomable asno democrático” de Platón. Si el gobierno de los pastores suprimía la política, no han encontrado los pastores la forma de volver, quizás hasta ahora en que el retorno de lo reprimido se da desde adentro de la democracia y la política cuyo fundamento de poder es gobernar en ausencia de fundamento. Foucault nos dice que el hombre occidental aprendió durante milenios lo que ningún griego hubiera aceptado:

aprendió a considerarse como una oveja entre las ovejas. Durante milenios, aprendió a pedir su salvación a un pastor que se sacrificaba por él […] Esa forma de poder […] nació en la política considerada como un asunto de rebaños.[46]

La ingobernabilidad de la democracia pide a gritos el retorno del pastor pero fue un pastor el que comenzó la guerra de Troya.


  1. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Docente investigador de la UBA. Guionista de ficciones, documentales y museos nacionales.
  2. Badiou, A. (2022). “Una nueva versión de políticas viejas”, en AA. VV. Neofascismo. Buenos Aires: Capital Intelectual, p. 123.
  3. Todorov, T. (2012). Los enemigos íntimos de la democracia. Barcelona: Galaxia Gutemberg, p. 7.
  4. Camus, J. (2022). “Las derechas y sus ideologías”, en AA. VV. Neofascismo. Op. cit., p. 32.
  5. Badiou, A. (2022). Op. cit.
  6. Eco, U. (1995). “Fascismo eterno”, en https://bit.ly/3Mptzt1.
  7. Ibidem, p. 2.
  8. Rancière, J. (2006). El odio a la democracia. Buenos Aires: Amorrortu, p. 10.
  9. Arendt, H. (2001). Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Barcelona: Lumen.
  10. Adorno, T. (2003). “Mensajes en una botella”, en Žižek, S. Ideología. (comp.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, p. 1.
  11. Fisher, M. (2021). Realismo capitalista. Buenos Aires: Caja Negra.
  12. Badiou, A. (2022). “Una perversión capitalista”, en AA. VV. Neofascismo. Op. cit. p. 25.
  13. spoti.fi/44Zax3G.
  14. https://bit.ly/3qpwVnT.
  15. Arendt, H. (2005). Sobre la violencia. Madrid: Alianza Editorial.
  16. Malešević, S. (2020). El auge de la brutalidad organizada. Valencia: Universitat de Valencia, p. 24.
  17. Mann, M. (2009). El lado oscuro de la democracia. Valencia: Universitat de Valencia.
  18. Grüner, E. (2022). La guerra: estructura, historia y producción semiótica, en bit.ly/3YrcQdq.
  19. Traverso, E. (2018). Las nuevas caras de la derecha. Buenos Aires: Siglo XXI.
  20. Borges, J. (1981). “Deutsches Requiem”, en El Aleph. Buenos Aires: Emecé. 
  21. https://bit.ly/451xByP.
  22. Dupin, E. (2022). “La versátil ideología de Marine Le Pen”, en AAVV. Neofascismo. Op. cit., p. 49.
  23. Ranciere, J. (2006). Op. cit., p. 25.
  24. Todorov, T. (2012). Op. cit., p. 9.
  25. Ibidem, p. 71.
  26. https://bit.ly/3QxldCl.
  27. Isaacson, W. (2011). Steve Jobs. Nueva York: Simon & Schuster.
  28. Girard, R. (1983). La violencia y lo sagrado. Barcelona: Anagrama.
  29. Girard, R. (1992). Shakespeare: los fuegos de la envidia. Barcelona: Anagrama, p. 215.
  30. Godhagen, D. (1998). Los verdugos voluntarios de Hitler. Madrid: Taurus, p. 113.
  31. Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. Buenos Aires: FCE, p. 53.
  32. Girard, R. (1992). Op. cit., p. 216.
  33. https://bit.ly/3DPp0DC.
  34. Rancière, J. (2022). “Los necios y los sabios”, en AA. VV. Neofascismo. Op. cit., p. 155. Shakespeare, W. (1981). Troilo y Cressida. Madrid: Aguilar.
  35. Shakespeare, W. (1981). Timón de Atenas. Madrid: Aguilar.
  36. https://bit.ly/44YJqWp.
  37. Girard, R. (1983). Op. cit., p. 280.
  38. WASP: comunidad blanca anglosajona y protestante.
  39. Leighton, G. y Olguín, A. (2023). “Poética afroestadounidense y reforma social en el siglo XX. Del Renacimiento de Harlem al Black Arts Movement”. Revista Científica Ágora.
  40. Todorov, T. (2012). Op. cit. p. 166.
  41. https://bbc.in/45pzR2V.
  42. Rouche, M. (1985). “La violencia y la muerte”, en Aries, P. y Duby, G. (comps.). Historia de la vida privada. Madrid: Taurus.
  43. Rancière, J. (2006). Op. cit., p. 8.
  44. Foucault, M. (2016). La sociedad punitiva. Buenos Aires: FCE, p. 45.
  45. Ibidem, p. 53.
  46. Foucault, M. (2006). Seguridad, territorio, población. Buenos Aires: FCE, p. 159.


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