Verónica García[1]
En 2012, se publicó el Manifiesto del nuevo realismo. En esta obra, Maurizio Ferraris revisa el rol de la filosofía, considerando las perspectivas construccionistas como el paradigma actual del idealismo. Supone una vigencia hegemónica de un pensamiento débil para el que “no hay hechos, sólo interpretaciones”.[2] En contra de esta tendencia, el autor supone que los hechos deben ser reclamados como objeto genuino del campo científico, el conocimiento comprobado se caracteriza por ser acumulativo y dejar de lado la problematización de los conflictos que existen en toda comunidad científica con márgenes para el pluralismo teórico o la multiplicidad de enfoques. Evoca un realismo que ostenta la clave para acceder a la verdad de los hechos sin interpretación, tal como encontrábamos la pretensión de crear disciplinas destinadas a distinguir el mensaje denotado (el literal o que remite a lo real) del connotado (del orden de la cultura y su mito) en obras de Roland Barthes.[3] Sin embargo, reflexionar por fuera de perspectivas deterministas supone reconocer que siempre hay hechos e interpretaciones en conflicto. De otro modo, las condiciones de posibilidad de una forma social solo pueden ser pensadas como necesidad lógica o histórica.
Veinte años antes, es decir, en 1992, al recibir un premio de la New Jersey Historical Society, Philip Roth se autodefinió como “novelista realista”.[4] Roth fue un escritor norteamericano que respiró en un inglés aprendido en el barrio obrero de Newark. Eligió continuar una perspectiva materialista de la ficción, la negativa a la generalización y un fervor por la especificidad de lo concreto que consideraba típica de los clásicos de la literatura estadounidense. Entre ellos, estaban Herman Melville y Mark Twain y su búsqueda inagotable de describir el mundo, incluyendo desde su ballena a su río. La novela realista acentúa las experiencias triviales de la vida cotidiana y juega con ellas desnaturalizándolas. Testimonia la intimidad entre los personajes porque su objetivo es “retratar a las personas en sus particularidades”,[5] ser leal a la singularidad de lo existente y presentar todos los detalles propios de cada experiencia intersubjetiva.
1. La significación de los hechos en las obras de Philip Roth
Ser fiel a los hechos no supone ser inocente ante su articulación. La organización de los hechos revela siempre una interpretación que resulta inevitable. Requiere una evocación de la que disponen la imaginación y la memoria. En su libro Los hechos, Roth sostiene: “los hechos nunca se limitan a sucederle a uno, sino que los va incorporando la imaginación, fruto de las experiencias previas. Los recuerdos del pasado no son recuerdos de los hechos, sino recuerdos de tu imaginación de los hechos”.[6]
¿Cuál fue la interpretación de los hechos de quienes partieron? Ante esta pregunta, el escritor de ficción Nathan Zuckerman, personaje recurrente de las obras de Roth, reflexiona sobre la imaginación: “Ahora que están muertos, nadie puede saberlo. Para bien o para mal, solo puedo hacer lo que hace cualquiera que cree saber: imagino. Me veo forzado a imaginar”.[7]
¿Por qué se exige que el autor contenga una reserva moral absoluta? La escritura desinteresada es imposible. Incluso el testigo de primera mano está comprometido con la situación que narra y se planta ante ella según busque convencer a otros y cerciorarse a sí mismo del sentido de su narración: “No es que subordines tus ideas a la fuerza de los hechos en la autobiografía, sino que construyes una secuencia de historias para amarrar los hechos a una hipótesis persuasiva que desentraña el significado de tu historia”.[8]
El desafío consiste en considerar por qué el escritor elige una máscara y no otra y cómo la presenta. Roth convocó insistentemente a pensar cómo se escribe no solo sobre lo ocurrido y su recuerdo sino el lugar de la fantasía como parte del trabajo de la memoria y cómo se imagina el lazo de la experiencia efectiva con aquello que nunca se vivió.[9] Para quien destina una porción tan grande de su vida a la escritura, la reflexión acerca del entretejido de la ficción y la experiencia resulta inevitable; especialmente, para quien sirve de parte en la inspiración de un personaje, incluso para moldear dobles que se opongan a él. La verdad excede nuestro relato, pero no podemos ser auténticos si pretendemos acceder a los hechos por fuera de una narración, más allá del registro al que recurramos:
Continuamente estamos escribiendo versiones ficticias de nuestras vidas, unos relatos contradictorios pero que se enmarañan y que, por muy sutil o burdamente justificados que estén, constituyen nuestro asidero en la realidad y son lo más cercano que tenemos a la verdad.[10]
La manera más útil para aproximarse a ella es formular preguntas y no detenerse ante fundamentos determinantes y definitivos.
Ya ante los primeros títulos de Roth, la reacción de críticos y diversos colectivos se dirigió reiteradamente a identificar al autor con las acciones, funciones, gestos y omisiones de sus personajes. En una entrevista concedida a The New York Times Style Magazine en 2014, Roth insistió en que los personajes no piensan, hablan o actúan por el autor, y agregó que los intereses de un escritor se hacen visibles antes en la escena que crea para sus personajes y en la forma en que interactúan: “en las ramificaciones parecidas a la vida real del conjunto”.[11] Sus preocupaciones se manifiestan en la selección de materiales que realiza, en la consistencia del recorte que realiza: “de un aspecto de la realidad previamente inexplorado”.[12]
Si bien para trabajar los detalles de las novelas, Roth se sirve de sus experiencias de juventud, en su barrio y su familia (y, en La conjura contra América[13] y Operación Shylock,[14] los personajes principales incluso llevan el nombre y apellido del autor), él lo hace para dar verosimilitud a los personajes, sus interacciones y al relato de los hechos históricos.
Roth fue a la universidad durante el momento más álgido del macartismo y su obra evoca las vidas que la persecución arruinó. La experiencia de su tutor escolar, quien fue excluido del sistema educativo, sirvió de modelo para crear uno de los personajes de Me casé con un comunista: “una víctima como tantos miles de la primera y vergonzosa década de la posguerra en su país”.[15] No obstante, el objetivo de Me casé con un comunista no reside en comparar a su tutor con el profesor Murray Ringold ni a Ira Ringold con Alger Hiss, el hombre al que calumnió Nixon para ganar protagonismo ante la opinión pública durante 1948. Esta novela focaliza sobre los escenarios de persecución y las acciones y reacciones de los diferentes actores intervinientes, las situaciones de lealtad y deslealtad ante la mácula ominosa del izquierdismo, las disidencias y las búsquedas de chivos expiatorios (tema central también en Nuestra pandilla).[16] Es en ese clima de época, en el marco de esas relaciones entre sus personajes, que se evidencia, según las palabras del profesor Ringold, “la verdad en sus dimensiones humanas”.[17] El profesor critica su contexto político contemporáneo, en el que “los realistas toman el mando”[18] porque para ellos “la literatura no es una realidad primordial sino una especie de costosa tapicería”.[19]
En La mancha humana, la cuestión tampoco es comparar al personaje Coleman Silk con el escritor estadounidense Anatole Broyard. Esta novela se refiere a una búsqueda de asimilación y sus efectos en el marco de una sociedad atravesada por el racismo.
A pesar de que pueda tener inspiración en acontecimientos efectivamente ocurridos, una obra literaria siempre cobra autonomía. Aharon Appelfeld, amigo y colega de Roth, afirmaba que los campos de exterminio demostraron que lo real nos ubica ante la experiencia de lo inefable.[20] Lo real lo desborda todo, pero la capacidad de imaginación humana, tanto en su forma subjetiva como colectiva, es infinita, aunque sea para intentar acotar su significación de lo real. En las últimas obras de Roth, lo real acecha en la experiencia de la vejez a través de los achaques propios y ajenos y de su impacto en los otros.[21] Nos percatamos de lo real mediante el reconocimiento de nuestra imperfección, a la hora de adjetivar lo terrible, de abordar eso que no se puede reparar.
Los escritores pueden creer que leen y seleccionan y organizan sus materiales, palabras y ritmos en plena soledad y que sus libros serán recibidos del mismo modo por su público. No obstante, las obras literarias se producen y reciben siempre en medio de un mar de interpretaciones. Según Roth, como se hizo más que evidente en el marco de la lectura de los relatos de Kafka realizada en Checoslovaquia entre los años 1960 y 1980 para criticar la situación política del momento, incluso la ficción: “se manipula para servir a toda suerte de propósitos y objetivos públicos y privados, pero no deberíamos confundir esos usos arbitrarios con la esforzada realidad que un autor ha logrado plasmar en una obra de arte”.[22]
Para Roth, la incredulidad ante el terror puede ser iluminada desde la novela, especialmente, desde una literatura que no abandone por completo ciertos mojones del registro realista: “al deshistorizar los acontecimientos y emborronar los antecedentes, probablemente te aproximas a la desorientación experimentada por quienes ignoraban hallarse al borde del cataclismo”.[23]
Por estos motivos, Roth insistió en problematizar las lecturas simplificadoras. Concentró sus esfuerzos contra las interpretaciones fatalistas que barren toda particularidad del drama individual y colectivo. También buscó plasmar esta falta de un principio unívoco y de un encadenamiento lógico de hechos, al narrar la trayectoria de sus protagonistas mediante historias paralelas, superpuestas e incluso inconexas. Aunque se mida en fuerzas desiguales, el sentido del futuro se encuentra siempre en disputa. No hay anticipación garantizada.[24]
2. La otredad despierta entre nosotros
El texto “Mi ucronía” fue publicado durante 2004 en The New York Times Book Review como “La historia detrás de La conjura contra América”.[25] En este artículo, Roth rememora que dos de las figuras más famosas durante su niñez eran promotoras del antisemitismo: Ford, la vanguardia de la industria automotriz, y Lindbergh, el héroe de los cielos. El autor recuerda que, en 2001, leyó la autobiografía del historiador estadounidense Arthur Meier Schlesinger y que esta obra menciona que efectivamente hubo republicanos aislacionistas que propusieron postular al aviador para las elecciones presidenciales de 1940. La anécdota de las memorias de Schlesinger inspiró la reflexión acerca de la posible victoria del piloto. A partir de entonces, Roth escribió durante tres años una novela que reflexiona sobre la imprevisibilidad de la historia: La conjura contra América.
El resultado es una genealogía de lo que podría haber sido. Para componerla, quizá paradójicamente, Roth decidió empezar por ser “fiel a la realidad de los hechos”.[26] ¿Cómo volver a traer lo que no fue? Reconstruirlo de modo verosímil es asequible logrando una atmósfera familiar. Con este fin, Roth pretendió un auténtico apego al recuerdo y plasmó su infancia y las figuras de sus padres jugando en los márgenes de la ficción y la autobiografía. Su objetivo fue recrear la historia de Estados Unidos desde su experiencia en Newark durante el periodo 1940-1942, no para tergiversarla sino para ostentar un clima de época tan veraz como desconcertante. Se dirigió a observar que aquella trayectoria colectiva e individual, que podemos percibir aprisionándonos con el peso de una determinación inevitable, solo nos expone a un suelo de condiciones que pueden retomarse de infinitas maneras y confluye así en la configuración de los más azarosos decursos.
En ocasiones los términos empleados por Roth para explicar su procedimiento pueden resultar problemáticos, por ejemplo, cuando el autor sostuvo que “sin una representación fuerte de la cosa –animada o inanimada–, sin la representación crucial de lo que es real, no hay nada”.[27] ¿Qué se representa? En principio, nada es lo que se vuelve a presentar. Por un lado, porque el acontecimiento que la novela incorpora de modo disruptivo en la historia de Estados Unidos no ocurrió. Por otro, aunque el hecho hubiese tenido lugar, nunca podría reproducirse sin una nueva intervención de quienes lo repasan en otra coyuntura concreta.
En cuanto al apéndice con datos históricos, Roth consideró necesario asegurarse de que los lectores distinguieran claramente las biografías y los acontecimientos más destacados y cómo él los articuló con sus intenciones narrativas. Destacó que las perspectivas y las acciones asignadas a las personalidades históricas fueron motivadas a partir de una investigación realizada sobre la documentación que recoge su parecer y su comportamiento.[28]
La victoria de Lindbergh podría haberse viabilizado captando los votos aislacionistas que todavía condensaban resabios de los estragos producidos por la primera postguerra mundial y el crack financiero que golpeó la década de 1930 y se reunían también por fuera del Partido Republicano.[29] Roth establece que el protagonismo político que Lindbergh obtiene en La conjura contra América se debe al propio mérito del aeronáutico, porque en esa época el piloto sobresalió por fomentar la neutralidad ante el avance del fascismo, pero también por su público e insistente antisemitismo.[30]
La experiencia individual de las víctimas del racismo manifiesta un mal estructural, los damnificados perciben que la intimidación se dirige a toda la colectividad. Roth se propuso narrar cómo el mayor de los peligros puede emerger a la vuelta de la esquina y del modo más repentino. El destino más oscuro podría haber tenido un origen local. Se vislumbra ante cada personaje porque comprende un horizonte común. El objetivo de la novela no es contar una historia acerca de una potencial base del Partido Nazi en Estados Unidos, sino inspirar una reflexión acerca de qué podría haber pasado si las ideas expresadas por personalidades como Lindbergh hubiesen servido de marco para el diseño de las políticas públicas y no solo se hubiesen puesto en práctica de forma individual. ¿Cómo podrían haber obrado estas personalidades antisemitas si hubieran accedido efectivamente a las principales esferas del gobierno federal? ¿Cuáles podrían haber sido los resultados en la vida cotidiana de las familias de un barrio obrero, en el hogar, en el trabajo, en la escuela, en el templo? ¿Qué podría advertir el público cuando oía culpar a los judíos norteamericanos por la amenaza de la intervención en el conflicto bélico tanto en la radiodifusión nacional como en un mitin de America First realizado en 1941? ¿Qué significaba que se acusara a la colectividad de ser un enclave de intereses foráneos y una amenaza para el país?[31]
Al referirse a La conjura contra América, Roth destacó que nunca tuvo la intención de que este libro funcionara como una alegoría de la vida en Estados Unidos durante el gobierno de George W. Bush. El fin de la novela no fue explicar el presente a partir del pasado sino reflexionar acerca del pasado para problematizar lugares comunes acerca de la causalidad. Se concentró en un ejercicio de “especulación histórica”. Roth se preguntó cómo podrían haber acaecido otros acontecimientos que los efectivamente ocurridos. Su búsqueda se dirigió a desmontar esos sucesos para poner a prueba los puntos ciegos de su interpretación.
En La conjura contra América, la fuerza del pasado se potencia porque este es narrado en primera persona, especialmente, al recuperar las memorias de un niño que busca dos veces huir de su hogar judío para escapar de la historia.[32] El primer problema del escritor fue establecer cómo no disolver ese poder al mediar las vivencias de la niñez a través de la voz de un anciano y sus remembranzas. La palabra es tomada por un viejo que testimonia un trauma individual y colectivo cuando expone sus recuerdos de un entorno gobernado por el miedo sesenta años antes.
3. La pesadilla colectiva del capitalismo
Según explica Mark Fisher en su obra Realismo capitalista,[33] experimentamos el capitalismo como aquel orden que no puede cumplir ninguna promesa de satisfacción, pero a la vez no puede ser sustituido. Lo real dicta que, aunque vivamos en el peor de los mundos posibles, este mundo no puede ser otra cosa que lo que es. La experiencia predominante acerca de las corporaciones supone que estas son entidades vacías, sin actores concretos y ante las cuales no hay manera de oponerse. El realismo capitalista posibilitó que las grandes corporaciones que funcionaron en el marco del fascismo continuaran operando después de la posguerra incluso en el seno de países aliados. Implica hoy que las empresas oligopólicas puedan tomar las decisiones geopolíticas y desconcentrar a sus proveedores en Asia, mientras que las atribuciones de los Estados para limitar las posibilidades de integración de las grandes compañías no formen parte de ningún horizonte factible.
¿Por qué no se puede imaginar otra forma social? ¿Cómo podría ocurrir lo contrario? Quizá, con, contra y en el medio mismo de lo real, la ficción nos invita a pensar una respuesta. Tal vez, en su marco, la ucronía desafía la potencia del orden existente. Nos presenta una sociedad que establece un decurso alternativo, para la que sus condicionamientos no implican una determinación de un trayecto necesario. La conjura contra América nos permite una reflexión al respecto. Su historia introduce además que justamente eso que nos debería extrañar respecto de lo real, el presidente filonazi, puede tomar una significación completamente relativa a cuestiones más profundas de la sociedad estadounidense.
En Ante el dolor de los demás, Susan Sontag[34] se dedicó a pensar los puntos ciegos de esa sociedad y observó cómo la empatía ante el sufrimiento tiene lugar cuando la causa de lo siniestro se proyecta como exterior al entorno social considerado, en el marco de lo otro. Insistió en que se puede rememorar el Holocausto porque su origen fue colocado fuera de Estados Unidos y lamentó la falta de un museo de la esclavitud en su país. Falleció sin poder ver uno. Tampoco pudo visitar un museo norteamericano que recordara los horrores ocasionados por las bombas atómicas arrojadas en Hiroshima y Nagasaki. El relato de La conjura contra América versa sobre los recuerdos de una víctima que debe seguir conviviendo con su opresor y para la que el origen de su drama está presente en su vida diaria. Al estar presentadas adentro del entorno de los personajes y con tantas referencias cercanas a los lectores, ¿se promueve una reflexión sobre las causas de la violencia? ¿Qué indica este registro realista sobre nuestros hábitos de lectura y consumo audiovisual?
Ser testigos del sufrimiento implica una indagación acerca de cómo estamos implicados con ese dolor. Supone considerar cómo se enraíza en el presente, entre las abundantes injusticias actuales, para preguntarnos cómo podemos enfrentarlas porque la memoria no se produce sino en el marco de un proyecto de sociedad, que si bien mediante el realismo capitalista se presenta como una pura extensión de lo que ya es, puede ser modificado. ¿Cómo se produce la insensibilización ante el sufrimiento? ¿Las imágenes del sufrimiento pueden dispensarnos el lugar de meros espectadores?
La novela dedica páginas al cine de noticias y su significado antes de la llegada de la TV. Se refiere a los hábitos de asistencia al cine y de escucha de la radio. Introduce reflexiones sobre los acontecimientos que se consideran dignos de la memoria colectiva. El efecto de realismo del discurso informativo también está presente en la novela, cuando el libro concluye con anexos correspondientes a los personajes históricos que fueron incluidos en el relato. El personaje narrador cita numerosos documentos del cine del barrio para reponer los acontecimientos históricos vinculados con la desaparición del avión de Lindbergh, las revueltas antisemitas, la represión y el encarcelamiento de personajes públicos.[35]
Los noticieros cinematográficos constituyen un recurso relevante para la ficción al menos desde El ciudadano Kane. En este caso, para reconstruir la vida del personaje que juega a duplicar la figura del mayor magnate de los medios masivos de comunicación de su época. La película de Welles presenta un bucle acerca del periodismo de investigación sobre el mismo periodismo. ¿Pero el sueño de un hombre que recuerda su niñez muere con él? Quizá, como recuerda el pequeño Philip, su sueño puede contener también la pesadilla de toda una comunidad. ¿Cuál es el espesor de un sueño? ¿Qué lugar ocupa en la memoria autobiográfica y colectiva? ¿Cómo se puede salir de ese sueño?
Cornelius Castoriadis sostenía que una entidad sin referente físico no debe ser considerada una forma secundaria o deficiente de lo que es: “Ningún filósofo comienza jamás diciendo: Quiero ver lo que es el Ser, lo que es la realidad. Entonces, aquí está mi memoria, el recuerdo del sueño que tuve, anoche; ¿qué características del Ser verdadero me va a mostrar?”.[36] Los sueños de los niños pueden ser tanto o más reales que los noticieros cinematográficos. Sin dejar de lado la importancia de establecer claramente los límites y las relaciones entre la realidad efectiva, la ficción y su verosimilitud, se puede advertir que la pesadilla persecutoria contiene también la verdad de una autobiografía individual y colectiva.
La pesadilla no es pura alucinación, es una evidencia concreta de la sensibilidad al sufrimiento que implica ser un ciudadano de segunda clase, ser el otro, un objeto pasible de un experimento social. Manifiesta cómo se ha elaborado la experiencia de la persecución política y los linchamientos del Ku Klux Klan que la novela narra.
La caza de brujas funciona cuando las miserias sociales son asociadas con los parias y no con las instituciones dominantes, sean las Iglesias y los príncipes o las corporaciones de La conjura contra América. Tiene como contraparte la valoración de la “vida útil” y el “éxito político” realizadas por los personajes del rabino Lionel Bengelsdorf y la tía colaboracionista. Consigue incluso que, a la hora de elegir de qué lado de la historia estar, los esclavos se pongan del lado del faraón.
El rol del rabino, y de las jerarquías superiores de la comunidad, en su promoción del traslado de los judíos evoca los acontecimientos descriptos por Arendt[37] en Eichmann en Jerusalén. Los textos que componen este libro fueron publicados primero en febrero y marzo de 1963 en The New Yorker. En su investigación, Arendt menciona que los consejos judíos facilitaron listas con los nombres de los integrantes de las congregaciones al inicio de la guerra. El día 16 de septiembre de 1963, Arendt escribe a su amiga Mary McCarthy:
Acabo de enterarme que la Liga contra las difamaciones ha enviado una circular a todos los rabinos para que prediquen en mi contra el día de año nuevo. […] Cuan arriesgado es decir la verdad sobre los hechos sin recurrir a florilegios teóricos o eruditos. Este aspecto del asunto me encanta, lo admito; me ha enseñado algunas cosas sobre verdad y política.[38]
En Situaciones postales, Tomás Abraham observa que, a partir de la publicación de Los orígenes del totalitarismo, Arendt recibió una gran desaprobación vinculada con sus hipótesis acerca de la asimilación. Abraham analiza la consideración de Arendt acerca del problema de la asimilación y la normalización como el doblez de la discriminación, el fenómeno del racismo, la figura del intruso y del trepador ante las migraciones de pobres.[39] El rechazo fue en aumento ante la sustitución de la reflexión sobre el mal radical por la investigación acerca de la banalidad del mal, la administración burocrática de la violencia: “El tema del escándalo que provocó Hannah fue el de la denuncia de los Consejos Judíos, entidades de notables que administraron el agrupamiento y el censo de las personas y de los bienes en los territorios en que los nazis programaban el viaje del exterminio”.[40] Según Arendt, el mecanismo de muerte se sirvió de esa información para incrementar masivamente la cantidad de víctimas.
El 20 de septiembre de 1963, Arendt agrega: “la exterminación per se es más importante que el antisemitismo o el racismo […] la frase ‘la banalidad del mal’ contradice la frase que empleé en el libro sobre el totalitarismo: ‘el mal radical’”.[41] El mal puede operar también mediante el pragmatismo del tío comerciante cuando despide a su sobrino hasta entonces considerado el héroe de la familia por estar marcado como comunista. El mal puede servirse incluso de la imaginación de un niño que aporta el nombre de su amigo para que no lo trasladen de ciudad.
4. Memorias de una catástrofe fuera de escala
El trabajo de la elaboración de la memoria que remonta al anciano a su niñez trae consigo una reflexión acerca de lo insospechado como aquello que puede ocurrir en cualquier momento. En el marco de ese esfuerzo por recordar, las víctimas reflexionan sobre la negación del acontecimiento y su posible puesta en valor: “lo inesperado en su época está registrado en la página como inevitable. El terror de lo imprevisto es lo que oculta la ciencia de la historia, que transforma el desastre en épica”.[42] En Eichmann en Jerusalén y su correspondencia con McCarthy, Arendt revisa también la preocupación sobre el olvido de Los orígenes del totalitarismo: “siempre quedará un hombre para contar la historia”.[43]
Ante la degradación de los débiles, el desagravio no resultará de una gracia concedida por el poderoso, no caerá del cielo. Cuando Roth entrevistó a Primo Levi en 1986, al referirse a la novela Y si ahora no, ¿cuándo?, preguntó a Levi por qué escribió un libro sobre partisanos que enfrentaron a los alemanes y lo calificó de “tendencioso”,[44] la respuesta que recibió del autor italiano fue sobre “el valor y el talento de resistir”.[45] Podemos pensar que, dieciocho años después, Roth reevaluó la posición de Levi ya que, en “Mi ucronía”, Roth afirma que buscó presentar la constante discriminación sufrida por los judíos y posibles respuestas a la pregunta “¿Cómo seguir siendo fuerte cuando uno no es bienvenido?”.[46]
Roth consideró que para él un modelo como el de 1984 era inverosímil debido a que la novela de Orwell presenta una sociedad irreconocible. En el marco de su pretensión realista, en “Mi ucronía”, el autor sostiene: “imaginé en vez de eso algo mucho más reducido en tamaño […] para que fuese creíble, algo, además, que pudiera haber ocurrido”.[47]
De este modo, La conjura contra América relata la tragedia en la experiencia cotidiana de una niñez devastada. En esta obra, la violencia es narrada en primera persona por el personaje principal. Un tema permanente en la novela consiste en pensar acerca de qué puede decir un paria y ante quién, por ello, el padre de Philip es permanentemente acusado de ser un “judío bocazas”.
Para el personaje narrador de la novela, la jerarquía es un problema, “Todo lo que mi padre podía hacer era vender pólizas de seguro”.[48] Los otros no son los subordinados, “los otros son ellos”,[49] quienes se pretenden protagonistas de la historia unitaria y progresiva. Los otros son los fundadores, los dirigentes que imponen y hacen cumplir las normas y ejercen hasta la inspección del lenguaje.
La Conjura contra América no se basa en una historia de gente común o el “grado cero” estadounidense, presenta personajes que permiten crear una atmósfera familiar al narrador. En esta novela, la “mentalidad de ghetto” es asociada con la vida familiar y sus tradiciones porque todos los personajes centrales acostumbran a recibir desprecio cotidianamente.
El narrador, Philip, pertenece a la segunda generación de norteamericanos. Escribía cartas para sus parientes en el frente. ¿Cómo habría terminado si su núcleo familiar no hubiera podido emigrar? ¿Qué pasó con quienes no tuvieron su suerte?
Seldon Wishnow es un vecino de la misma edad de Philip, pero además es el niño europeo que persistentemente muestra la dimensión del horror que no se quiere aceptar, es quien clarifica (incluso para otro niño) que se la puede pasar inimaginablemente peor, quien evidencia la experiencia de lo irrepresentable y patentiza así el problema de lo real. Seldon salva la vida de Philip y, a la vez, es la peor pesadilla del protagonista. Es su doppelgänger e incluso es su chivo expiatorio. Arrastra toda la asfixia que implica el compromiso con un otro que permanentemente responde por él.
Según Roth, el conflicto central de la novela radica en que el mismo Philip niño entregue a Seldon a las autoridades para que sea trasladado en su lugar.[50] Las instituciones usan a Philip y a su hermano a sabiendas para espiar a los padres. Eso no hace objetivamente responsable a un niño que tiene entre siete y nueve años a lo largo de la historia. Otra cosa es que Philip adulto mayor quiera redimirse, sublimar su culpa como sea, dentro de todas las formas posibles.
Lamentablemente, el daño no puede ser reparado. Seldon, el niño trasladado, pierde a su madre para siempre a manos del Ku Klux Klan. Pero tras asumir la responsabilidad, la familia de Philip se arriesga para rescatar al niño.
5. ¿Qué hay más allá de la supervivencia?
Tanto en la historia de Roth como en Eichmann en Jerusalén, se destacan quienes tienen un accionar colectivo e individual divergente al nazismo. Arendt menciona a obreros y socialistas de Berlín que asistieron a judíos, a campesinos que prefirieron la pena de muerte a ser alistados por las SS y a los hermanos Scholl, los dos estudiantes de la Universidad de Múnich que distribuyeron los folletos en los que se calificaba a Hitler como “asesino de masas”.[51] También recuerda al artesano que prefirió ser degradado y buscar un trabajo de obrero de fábrica antes de “‘cumplir con la pequeña formalidad’ de ingresar en el Partido Nazi”.[52] El padre de Philip renuncia a su empleo de toda la vida para no aceptar ser trasladado en el marco del experimento social del presidente, el rabino y las corporaciones empresariales, porque asume un compromiso con quienes lo acompañan y lo anteceden.
La víctima puede constituir una subjetividad instituyente de un nuevo orden, siempre en guardia ante artilugios del sistema, porque el capital no tiene una única ideología ni un solo método. Las corporaciones, que en la ficción proyectan la asimilación forzosa por el bien de todos, pueden actuar efectivamente de formas impensadas. En 1972, Arendt viaja y escribe nuevamente a su amiga, desde una villa de lujo frente al Lago di Como, acerca del sitio en que es hospedada:
El director de todo esto es un norteamericano muy simpático y afectuoso que tiene una esposa hermosa. Recibimos la visita de alguien que ocupa un puesto muy importante en la Fundación Ford […] me llamaron aparte para preguntarme si yo realmente pensaba que este entorno podía servir de “inspiración”.[53]
En las obras de Roth, experiencias posibles del macartismo,[54] del antisemitismo[55] y de la violencia de guerrillas[56] son relatadas centralmente desde el ámbito familiar. Recientemente, se ha caracterizado a la literatura de Roth como indiferente ante el funcionamiento de las corporaciones y los diferentes niveles del Estado, una estructura de poder concentrado que, en el ámbito de lo cotidiano y trivial, se puede ignorar, pero que, si no se repiensa de modo global, no podría ser transformada.[57] Con respecto a este punto, se observó que se puede perder de vista la importancia de ciertas responsabilidades centrales. Creemos que hay momentos de La conjura contra América que podrían servir para afirmar lo contrario, especialmente, si se consideran las figuras del rabino, la primera dama, el presidente, el jerarca nazi y las operaciones del poder económico.
También se acusó al autor de no considerar los efectos de las limitaciones económicas o de los incentivos relacionados con el dinero sobre los escritores. Sin embargo, Roth abordó el tema, por ejemplo, durante una entrevista a Ivan Klima, preguntó: “¿Qué vais a hacer ante la economía de mercado de la que ahora habla su gobierno? […] ¿cómo vais a reaccionar ante la cultura comercializada?”.[58]
¿Se puede ser un escritor crítico de poderes hegemónicos y vender millones de ejemplares en vida? Cuando empleó el registro hiperrealista de la sátira al escribir Nuestra pandilla, Roth decidió retomar el espíritu de Jonathan Swift y publicar su disidencia respecto del gobierno de Richard Nixon. Como disparador de la obra se encuentran los pronunciamientos acerca de la interrupción del embarazo expresados ese mismo año por el entonces presidente de Estados Unidos. En 2022, tras el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos adverso al derecho al aborto, el desafío de la obra de 1971 cobró actualidad nuevamente. En 2023, cuando la palabra libertad se convierte otra vez en la insignia de la reacción conservadora, incluso los hechos vinculados con la contienda electoral local reenvían a su interpretación desde el registro de la sátira de Roth.
- Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Docente investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Investigadora adscripta en el Instituto de Investigaciones “Gino Germani” (UBA).↵
- Ferraris, M. (2012). Manifiesto del nuevo realismo. Santiago de Chile: Ariadna, pp. 73 y 95.↵
- Véase Barthes, R. (2003). Mitologías. Buenos Aires: Siglo XXI.↵
- Roth, P. (2019). ¿Por qué escribir? Buenos Aires: Random House Mondadori, p. 402.↵
- Ibidem, p. 483.↵
- Roth, P. (2009). Los hechos. Buenos Aires: Random House Mondadori, p. 17.↵
- Roth, P. (2008). La mancha humana. Buenos Aires: Debolsillo, p. 260.↵
- Roth, P. (2009). Op. cit., p. 17.↵
- Roth, P. (2019). Op. cit., p. 190.↵
- Ibidem, p. 226.↵
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- Roth, P. (2006). La conjura contra América. Buenos Aires: Random House Mondadori.↵
- Roth, P. (1993). Operation Shylock. New York: Simon & Schuster.↵
- Roth, P. (2019). Op. cit., p. 452.↵
- Roth, P. (2010). Nuestra pandilla. Buenos Aires: Debolsillo.↵
- Roth, P. (2012). Me casé con un comunista. Buenos Aires: Debolsillo, p. 387.↵
- Ibidem, p. 400.↵
- Ibidem, p. 400.↵
- Roth, P. (2019). Op. cit., pp. 253-258.↵
- Roth, P. (2015). Las némesis. Buenos Aires: Random House Mondadori.↵
- Roth, P. (2019). Op. cit., p. 425.↵
- Ibidem, p. 254.↵
- Ibidem, p. 226.↵
- También se encuentra incluido en Roth, P. (2019). Op. cit., pp. 417-428.↵
- Roth, P. (2019). Op. cit., p. 418.↵
- Ibidem, p. 482.↵
- Ibidem, p. 426.↵
- Ibidem, p. 421.↵
- Ibidem, p. 421.↵
- Ibidem, p. 421.↵
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- Fisher, M. (2016). Realismo capitalista, ¿no hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra.↵
- Sontag, S. (2005). Ante el dolor de los demás. Buenos Aires: Alfaguara.↵
- Roth, P. (2006). Op. cit., pp. 300 y ss.↵
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- Arendt, H. (2001). Eichmann en Jerusalén. Barcelona: Lumen.↵
- Arendt, H. y McCarthy, M. (1999). Entre amigas. Barcelona: Lumen, p. 189.↵
- Abraham, T. (2002). Situaciones postales. Barcelona: Anagrama, p. 199.↵
- Ibidem, pp. 213 y 214.↵
- Arendt, H. y McCarthy, M. (1999). Op. cit., p. 191.↵
- Roth, P. (2006). Op. cit., p. 132.↵
- Arendt, H. y McCarthy, M. (1999). Op. cit., p. 190.↵
- Roth, P. (2006). Op. cit., p. 244.↵
- Ibidem, p. 245.↵
- Ibidem, p. 245.↵
- Ibidem, p. 420.↵
- Roth, P. (2006). Op. cit., p. 111.↵
- Ibidem, p. 282.↵
- Roth, P. (2019). Op. cit., p. 419.↵
- Arendt, H. (2001). Op. cit., p. 159.↵
- Ibidem, p. 158.↵
- Arendt, H. y McCarthy, M. (1999). Op. cit., p. 372.↵
- Roth, P. (2012). Op. cit.↵
- Roth, P. (2006). Op. cit.↵
- Roth, P. (2007). Pastoral Americana. Buenos Aires: Debolsillo.↵
- https://bit.ly/3Sn15UC. ↵
- Roth, P. (2019). Op. cit., p. 304.↵







