Daniel Frankel[1]
La experiencia latinoamericana mantiene viva la llama de la colonialidad. Así, interpelar el pensamiento latinoamericano nos permite comprender trayectorias y realidades singulares que se mantienen al presente. Ciertamente las huellas del pensamiento eurocéntrico disponen presupuestos que se reproducen en la cultura y en las epistemologías locales.
Por su parte las genealogías de nuestras subjetividades encuentran en el pasado, como en los tiempos presentes, las marcas de la sumisión. Más allá de diferencias con el colonialismo original y zanjando discrepancias teóricas, consideramos que se mantienen vigentes las ideas originales del colonialismo y que la expansión del discurso de la colonialidad invade la producción de verdad de estos tiempos.
¿Qué perdura de aquel colonialismo que hostigó la vida en Latinoamérica y que se renueva en nuestros tiempos? Destacamos que el enfoque biopolítico resulta propicio para el análisis de la subjetividad en el escenario latinoamericano. Modernizadas prácticas inquisitoriales guardan en común remozadas experiencias de sumisión hacia dentro de las sociedades; alcanzan a vidas expuestas al abandono; o sea, en condiciones de subsistencia y de subjetividades vacías, sumisas.
De esta forma, para América Latina la colonialidad es estructuralmente ontológica; revela fragmentaciones, composiciones y recomposiciones históricas y epistemológicas; en definitiva, su particularidad es abrazar el deseo de sometimiento de quienes viven sojuzgados.
Por lo tanto, el capítulo explica dos esquemas conceptuales centrales: 1) la nuda subjetividad que configura la operación de control mediante manipulación de deseos y conciencias y 2) la colonialidad del encierro que revela el repliegue de los individuos sobre sí mismos y al mismo tiempo pone de manifiesto la aceptación al sometimiento voluntario.
De esta manera, en la primera sección destacamos que el propósito de la gubernamentalidad es la precarización de las condiciones masivas de vida. El objetivo de gobierno es llevar adelante astutamente medidas imperceptibles conducentes a ese fin.
Este modelo instalado exacerba el compromiso individual por alcanzar y cumplir con las metas sociales que instala el capitalismo neoliberal; simultáneamente entusiasma, con pasiones exitistas, pero también decepciona con emociones frustrantes de fracaso personal a quienes no alcanzan el triunfo propuesto. Mediante sagaces artimañas el poder ejerce un férreo control intentando bloquear toda discusión crítica y se alimenta el clima de repliegue, incertidumbre, inquietud, miedo y resignación.
En la sección siguiente destacamos los así llamados nuevos demonios y su correspondencia con el mal y el encierro. El ejercicio del mal resulta la herramienta indispensable de gobierno. La particularidad de estos tiempos es que el presente viene asociado al arribo de renovadas épocas fáusticas asociadas al sometimiento capitalista en planos tan disímiles como la tecnología, la academia, la producción, el consumismo. Aunque remozados panópticos ejercen el control cada vez más brutal, es sin lugar a dudas sobre las mayorías sometidas a condiciones indignas sobre quienes se azuzan prácticas inquisitoriales destinadas al encierro de la vida.
Discutimos acerca del planteo de Hannah Arendt sobre radicalidad y banalidad del mal. Luego introducimos las contribuciones de Simona Forti referidas a la normalidad del mal. Forti retoma la idea de Arendt sobre la normatividad del no-juicio que reemplaza la idea dostoievskiana respecto a la voluntad del mal de los endemoniados, unos pocos que son generadores del mal.[2] Precisamente subrayamos que la normalización del mal combina radicalidad y banalidad del mal. El poder camuflado tras la protección de la ley, las normas y el entorno cultural genera, profundiza y exacerba el mal para asegurar un gobierno eficaz de control masivo por parte de las minorías.
Esta afirmación también es extensiva a la cuestión de los derechos. América Latina mantiene una sociedad patriarcal y se encuentra lejos de ser una sociedad de derecho; las misiones y funciones de los Estados están afectadas por un endurecimiento de la inseguridad social, el incremento de violencia o racialidad.
En otras palabras, la sociedad habla de derechos en contextos en los cuales los gobiernos multiplican la necesidad de recurrir a la malignidad para el ejercicio del gobierno; con astucia ejercen el poder optimizando, perfeccionando y al mismo tiempo disolviendo las razones que refrendan la existencia de precariedad, pobreza, racismo, desigualdad, violencia o migración forzada por razones políticas, por hambre o por guerras. Del mismo modo los principios positivos de justicia o de igualdad ante la ley se diluyen ante escenarios de sometimiento masivo y creciente expoliación.
En la sección sobre dominación interior y rebelión destacamos que la captura de la subjetividad representa al emblema de control y disciplinamiento masivo.
Así se instituye un problema moral por cuanto al legitimar el proyecto de dominación se vacían de sentido las formas democráticas de convivencia y también se profundizan las grietas entre las poblaciones más favorecidas y las poblaciones que luchan por su subsistencia. A fuer de sacrificios materiales, las características distintivas de estos tiempos son la provisión de un sinfín de promesas que exalten el futuro de una vida digna, celebren el buen vivir y animen la anhelada concordia comunitaria.
Finalmente, a diferencia de otros tiempos, las estrategias de colonización ya no son solamente externas –desde afuera hacia dentro o solo sostenidas por testaferros locales– sino que en los tiempos actuales el imperativo de colonialidad es el encierro por cuanto se aplica internamente por dos vías: desde el poder hacia las poblaciones y asimismo a través de la transmisión social.
En esta trama de sometimiento, intervienen planteos cada vez más crueles y extremos. El crecimiento de posturas autoritarias promovidas por la progresiva rebelión de las derechas simultáneamente extiende la creciente debilidad de los progresismos, temas que abonan las discusiones clave de nuestro enfoque.
1. Fortaleciendo la precariedad
Entendemos que la subjetividad delimita prácticas de constitución y reproducción de los sujetos en relación con el poder y el conocimiento; define una compleja relación entre afectos, moralidad, sexualidad, relaciones sociales, estructuras culturales, construcciones éticas y estéticas; es un conjunto de conductas, mandatos, deberes, percepciones de la realidad, determinadas por un tiempo y un espacio en el que dispositivos gubernamentales muchas veces imperceptibles, atrapan, vigilan, castigan.
Así, la subjetividad neoliberal, sujeta a la libertad de mercado, está apoyada en la razón instrumental a los efectos de maximizar utilidades, beneficios, especulaciones y cálculos financieros. Conforma la sociedad de pruebas, evaluaciones de rendimiento –tests, mediciones de talento, exámenes cognitivos, evaluación de capacidades.
En cuanto al sometimiento, los sujetos no son cabalmente conocedores de los alcances de la sumisión; sus conciencias son moldeadas según el esquema que pone en acción el principio eugenésico del poder entre quienes valen y quienes no. Creen vivir en libertad
en tanto el proyecto de colonialidad neoliberal va demoliendo las dimensiones más destacadas de la modernidad –previsibilidad, protección, amparo, disciplinamiento manifiesto–; progresivamente en nuestros tiempos estas se fueron licuando de modo que el mundo en el cual vivimos es un mundo capturado por una institucionalidad precaria con exiguas esperanzas en el futuro.
Es una realidad donde todo sucede cada vez más rápidamente. El crecimiento de la economía y la aceleración de la vida están estrechamente asociados a una intensificación de la velocidad de rotación del capital y, por lo tanto, de rapidez de producción, circulación y consumo.
En un mundo cargado por constantes estímulos y sorpresas, la riqueza material sigue siendo la clave de la autorrealización; la ficción es que no solo los ricos son ganadores, sino que el acceso a la riqueza es universal y posible para cualquiera.
El argumento de que siempre “podemos más, y queremos más” justifica los esfuerzos para llegar y lidiar con los obstáculos.
No obstante, si el sujeto no “se realiza” de acuerdo con los estándares sociales de éxito el problema termina siendo privado y reducido al espacio individual. El yo es sometido a sus propias coacciones y limitaciones internas. Hay un error personal, una marca determinante atribuida a un psiquismo defectuoso, a la química personal o condiciones de vida. Así, las diferencias de talentos y motivaciones resultarían propias de una matriz incompleta en cada individuo.
Precisamente aquellos que viven el doble de rápido pueden disponer de mejores oportunidades, por así decirlo, pueden acomodar dos viajes vitales en el mismo ciclo de vida.
La astucia del régimen consiste en lograr que el sujeto se autoexplote, es decir que, si surge algún revés laboral o social, vuelque la agresión en contra de sí mismo. Es la vigilancia interna por medio de la cual cada persona autorregula su propia conducta; efectivamente en términos masivos son subjetividades manipulables que se distinguen entre quienes pueden, quienes se encuentran aptos y quienes no para el emprendedurismo tecno-científico.
El desarrollo constante de nuevas tecnologías despierta el interés por acceder a nuevos bienes y servicios. Los deseos por el dinero son posibles de renovar siempre de la mano de remozadas promesas que contrarrestan que la burbuja del éxito se esfume y se desintegre.
De todos modos, para las mayorías es muy difícil llegar al objetivo social. La meta termina siendo un espejismo que se va corriendo siempre hacia delante; porque en la sociedad de la colonialidad el presente está marcado por la falta y por una vida endeudada. El sueño por alcanzar alegría y felicidad se empaña convirtiendo la realidad en una sociedad frustrante; en definitiva, se acomoda a un horizonte atrayente, pero al mismo tiempo pesimista, exacerbado por ideas fatalistas que chorrean vaticinios de lo que no es posible alcanzar. No llegar a cumplir con las exigencias económicas configura un escenario social cada vez más hostil, degradante e injusto.
De esta manera, al colocar en valor el sentido pragmático del utilitarismo se disuelven las posibilidades críticas, porque recupera fuerza la vida desbordada por la exigencia, el consumo y la meritocracia.
En tanto, las poblaciones seducidas por el deleite del cálculo, la producción y circulación de información, dinero o el consumo pugnan por afrontar esperanzas ilusorias. En esta dinámica es indudable el rol de la medicalización.
Precisamente es esperable que el sistema nervioso se organice en función del acceso a flujos informativos, canales de comunicación o de participación en redes tendientes a lograr el máximo aprovechamiento de oportunidades disponibles. Así, para enfrentarse a los desafíos y evitar hundirse en el fracaso, el sistema ofrece un amplio compendio de opciones. Entre los elixires salvadores destacamos un vademécum biomédico disponible para el alivio de los pesares y al mismo tiempo para expandir la vida lo máximo que se pueda.
La perspectiva biopolítica que imprime el modelo contribuye a atiborrar con una oferta ilimitada las fórmulas para alcanzar la felicidad: utilizar consejos para enfrentar la vida con alegría y confianza; disfrutar de una amplia oferta de anuncios salvadores, acceder a cursos de autoayuda, participar de mensajes que promueven la autoestima o facilitar el acceso a substancias; en otras palabras, las poblaciones viven esperanzadas, pero también aletargadas, mediante benzodiazepinas, el alcohol, las drogas o el juego. Con ellas parecería que no hay límites, todo es posible.
En esta dirección intervienen las neurociencias que estudian la estructura, la función y las patologías del sistema nervioso, pretendiendo establecer las bases biológicas que explican la conducta y el padecimiento mental. Promueven fabricar sujetos adaptados al circuito neuronal atado a recetas y protocolos.
En cuanto a las víctimas sociales –los postergados, los que viven en condiciones de subsistencia y que nunca alcanzarán los rendimientos deseados y exigidos–, están afectadas por carencias en sus conformaciones neuronales. El acceso al conocimiento suprimiría el hipotético impuesto mental que pagan como efecto del atraso en el que viven.
Sin embargo, estas estrategias poseen plazos cada vez más breves de ejecución. Los artilugios por despertar entusiasmo, alegría, sueños inalcanzables por alcanzar prosperidad o explorar la veta por la alegría son cada vez más efímeros.
Si bien la vida se plantea con cambios vertiginosos y transformaciones fulminantes, el escenario dominante no deja de ser el de precariedad. Lo paradójico es que estos contextos precarios son producidos por el mismo poder interesado en ocultar dichas condiciones e inundar con promesas incumplibles, apetencias consumistas destinadas a las poblaciones agobiadas por serias carencias, desamparo y desvalimiento.
Los esfuerzos que despliega el poder son los de alcanzar el máximo compromiso colectivo por enfrentar sin suerte la lucha contra el hambre o las condiciones de vida precaria. Promete obtener efectos fulminantes, vigorosos, pero soslaya que la vida real transcurre con privaciones, angustia, depresión, estrés o alteraciones nerviosas.
La mera existencia de multitudes en condiciones de vida precarias es una prueba de cuán inalterables se encuentran esas verdades atribuidas al poder. Precisamente para las poblaciones, para las multitudes, sus vidas son desnudas porque exponen sus cuerpos cotidianamente a “la muerte en vida”; son cuerpos cuyas condiciones de existencia son las de vidas enajenadas en la sobrevivencia. Son vidas desnudas, asesinables material y simbólicamente, están expuestas a la máxima expoliación; por lo tanto, viven pendientes de la discrecionalidad del poder y por ello siempre en estado de excepción permanente.
Ciertamente la decisión de supresión de la vida indigna de ser vivida se torna en una promesa muy lejos de ser alcanzada.
Es en este punto en el que interviene la matriz simbólica; promete reducir, eliminar, suprimir la vida indigna; pero al mismo tiempo sostiene las mismas condiciones materiales y simbólicas que incrementan los escenarios iniciales de precariedad.
Mancillada la subjetividad, los hombres quedan sometidos entre el umbral de la vida y la muerte. En tanto superflua, la vida, al estar condenada a la necesidad, anula al individuo como sujeto de derecho real, pero también en su propia condición moral, al vaciar de contenido la mismísima noción de dignidad. Quienes viven en los bordes de la sobrevivencia son despojados del derecho a la vida digna y a disponer no más que de derechos formales y abstractos.
En un mundo cada vez más líquido aparece una cartografía violenta por cuanto desalienta, pero también anula territorios, obtura las salidas salvo las que competen al utilitarismo, al servilismo y la autoexplotación, como vimos arriba.
De tal forma en una sociedad cada vez menos sólida, crecientemente líquida y acelerada, la precarización se torna en un preciado instrumento de control poblacional; un presupuesto gubernamental, de disciplinamiento, que evite poner seriamente en peligro el orden existente.
En otras palabras, la precariedad configura los propósitos para el ejercicio de una nuda vida; se trata de una complaciente propuesta en la cual la vida es sostenida desde afuera; por ello es predecible y por esa razón superflua.
2. Demonios, mal y encierro
¿Qué hay de común entre la vieja y nueva identidad inquisitorial cuando renovados demonios conspiran y “evaporan” un proyecto colectivo de vida enajenada?
En los primeros tiempos coloniales, y luego con la constitución de los Estados nacionales, mediante la imposición de la fe, la interrogación, la guerra, el hambre y la tortura, las diferentes formas inquisitoriales acentuaron la conversión violenta, ostentosa. Haciendo uso de la violencia se logró la conversión manifiesta del otro –negro, judío, gitano, musulmán, inmigrante, indígena, gaucho, anarquista, político– y se constituyó así un principio organizador nacional sostenido en la discriminación acorde con diferentes matices coloniales.
Hoy estamos sujetos al formato inquisitorial de renovadas subjetividades manipulables. En los tiempos presentes enmarcamos la sumisión y el encierro en la nuda subjetividad por cuanto avivan el afán por manipular conciencias y formatear subjetividades. Se trata de matrices simbólicas puestas a disposición de la dominación masiva; combinan estrategias normalizadoras como instrumentos del mal hacia las poblaciones y de estas hacia la comunidad.
La lucha simbólica se expresa en el mal. Una mirada retrospectiva nos lleva al enfoque de Arendt sobre la radicalidad del mal a partir de la idea de un dictador que se propone la destrucción. En este primer esquema las poblaciones tienen poco para hacer por cuanto estos demonios encarnados en personajes malignos confinan a las mayorías a no hacer más que desbandarse, oponerse tibiamente y soportar el castigo.
En un paso más avanzado Arendt plantea la banalidad del mal. Se desvincula el mal como radical. La expresión banalidad del mal caracteriza una forma de perversidad consistente en la renuncia a la capacidad de juzgar moralmente.
En esta segunda idea el mal no puede ser nunca radical, sino únicamente extremo, no posee profundidad, ni tampoco una dimensión demoníaca; por el contrario, se expande, invade y contagia, pero carece de profundidad. “Puede extenderse sobre el mundo entero y echarlo a perder precisamente porque es como un hongo que invade las superficies”.[3]
Arendt descubre en Adolf Eichmann, el demonio como un agente del mal capaz de cometer actos considerados monstruosos en cumplimiento del deber pero que no parece tener motivaciones malignas específicas. La falta de correlación entre el daño causado y los motivos de su realización se encuentran en la base del desplazamiento conceptual que despliega Arendt desde el mal radical al mal banal; según el nuevo punto de vista, los peores crímenes no requieren un fundamento positivo en el agente, sino que pueden surgir de un déficit de pensamiento ético. Eichmann es caracterizado por su incapacidad de pensar éticamente y juzgar por sí mismo, inepto para distinguir el bien del mal en un sistema donde la ley es intrínsecamente el mal.
Lo que tiene de banal el mal cometido por Eichmann es que sus crímenes no se correlacionan con convicciones ideológicas ni motivaciones especialmente malvadas. La banalidad del mal apunta precisamente a esta ausencia de un fundamento ontológico que justifique el daño. La alarma para la humanidad es que Eichmann no es un monstruo, sino que se comporta como un ser común, uno más del conjunto.
Esta afirmación se extiende al planteo de Weber acerca de la jaula de hierro de la burocracia. Basado en la eficiencia teleológica y el control, la extrema racionalización en las estructuras burocráticas puede alcanzar propósitos deshumanizantes al suprimirse de las tareas organizacionales y políticas todo rastro de sentimiento, libertad y autonomía. El político, el CEO, el dirigente, el militar, el juez, el especialista, el docente, el médico, como otros tantos miles de protagonistas, podrían asumir su rol profesional con esas características. Según los principios de la banalidad del mal, renegarían de cualquier rastro de irracionalidad; en tanto defensores de argumentaciones objetivas, neutrales, no tienen necesidad de pensar autónomamente ni juzgar por sí mismos por cuanto hay objetivos supremos con los cuales cumplir; objetivos que resultan indiferentes a la mayoría de los hombres.
A este respecto afirmamos nuestra consideración sobre la colonialidad y la cuestión ontológica. De acuerdo con nuestra interpretación subrayamos que no hay gobierno de la vida posible sin la combinación radical y banal del mal; esta combinación caracteriza la profundidad, extensión y desamparo de las mayorías.[4]
Difícilmente pueda darse un gobierno en el que no prevalezca esta complacencia inconsecuente por lograr una máscara inmunitaria para las mayorías. Las prácticas totalitarias y espectaculares –asignadas a la política, la justicia, las corporaciones, la tecnología o las cadenas de medios– muestran absurdamente el desafío entusiasta por defender la vida digna de las mayorías.
Con un cierto halo de libertad y la presumida defensa de derechos, estos procedimientos son posibles merced a la masividad de quimeras consumistas, ilimitadas ambiciones utilitarias, propagación de mandatos individualizantes y el menoscabo de participación social. Mediante el velo de legitimidad extendido sobre la ley y el sistema de normas, valores y cultura sancionados, el poder actúa con audacia enmascarando la perversidad de sus actos.
Estas formas de gobierno trivializan y enmascaran la dominación y al mismo tiempo, protegen del castigo o del juzgamiento a los responsables. Precisamente las violaciones a la vida indigna no son juzgadas porque es el mismo poder el que genera las condiciones materiales y simbólicas de desigualdad o pobreza. Subrayamos que con la intención de provocar el mal el poder encubre la correlación entre el daño que ocasiona y la nula disposición por juzgar sus crímenes que provoca contra la vida de los hombres y la del planeta. Por ello para quienes afrontan la voluntad de poder, el mal persiste invisibilizado en las democracias.
Las nuevas confrontaciones geopolíticas y las luchas por nuevas hegemonías montan a escala mundial un orden que agita el contrato neocolonial. La exacerbación de la precarización profundiza el vacío moral y político de las democracias en las cuales aparecen ensueños cada vez más contundentes en cuanto a retornos totalitarios.
La particularidad de este momento es que se refuerza la gubernamentalidad con un remozado modelo abiertamente controversial.
Para Zigmunt Bauman es la maldad líquida la que restaura la cultura del miedo y la superfluidad; despoja ideales y proyectos. Así la vida se torna cada vez más absurda, sin sentido y sin objetivos.[5]
Consideramos que la intención de hacer el mal es garantizar inmunidad al poder de las elites políticas y económicas. De acuerdo con nuestro enfoque el escenario neocolonial legitima dicho recurso normalizador.
En términos de Forti la maldad es la herramienta normalizadora en el mundo. Al analizar lo que llama el paradigma Dostoievski, está trazando la actualización del problema entre las diversas posiciones sobre el mal y el poder.
Discute la tradicional interpretación dicotómica del mal entre el poder y los sujetos reducidos a meros objetos pasivos, masas serviles y obedientes ante la violencia todopoderosa al reafirmar el concepto de normalidad del mal y su pregnancia en la producción de vida.
Refuta el enfoque de los dos demonios acerca de la hegemonía maniquea del mal. Según esta mirada el mal es pensado como transgresión, patología de la voluntad o pulsión, delirio de la razón; el mal tiene siempre que ver con la transgresión y el desorden, en una palabra, con la potencia de la muerte. El psicoanálisis toma esta mirada al hablar de pulsión de muerte.
En este contexto la vida tiene un valor absoluto. El mal está envuelto en la absolutización de la vida; dicho de otro modo, exhibir el mal asigna el puro deseo por amparar la vida y quedar en manos del poder a cualquier precio.
El alegato del Gran Inquisidor, tematizado por Iván en Los hermanos Karamazov, es si la victoria final sobre el mal constituye el nuevo paraíso y que para alcanzarlo deberían producirse otros males.
Si Dios ha muerto, ¿está todo permitido? Ya no es Dios quien debe reparar el mal sino los humanos quienes deben mitigarlo. En dicha narración los hombres se han acostumbrado a la obediencia y ayudan a entregar a Jesús a la Inquisición.
Jesús vuelve a la tierra como una concesión a los hombres, para que puedan seguir creyendo. Y, como en los evangelios, hace milagros ocasionales, pero eso ya no es suficiente […] El gran inquisidor, un nonagenario, está realizando autos de fe; decide apresar a Cristo. La acusación es que Jesús no acepta las propuestas satánicas. Jesús debería haber aceptado las tentaciones porque la gente prefiere la seguridad material antes que la libertad. Es más, a los hombres no les interesa la libertad, no saben qué hacer con ella y ruegan no quedar a la intemperie protegidos por el poder. Según el inquisidor, la libertad es una pesada carga que los hombres no pueden soportar, y que por ello están dispuestos a aceptar someterse al poder, a los ídolos que les liberen del peso de la libertad y de la consecuente responsabilidad que conlleva. Los hombres se arrodillan a los pies de quienes les quitan todo ese fardo.[6]
¿Qué acontecería si descubriéramos que no solo es el poder el que evita cumplir con la promesa de una inalcanzable garantía de derechos y remozada vida digna?
El triunfo del mal como éxito de una voluntad de destrucción o del deseo de matar ya no alcanza. Actualmente la mirada colonial encadena a las poblaciones al mal. Así la figura del mal se reinstala adaptada a los nuevos tiempos.
Entonces ya no se necesita solamente asociar el mal con la muerte, la perversidad o las malas intenciones. La paradoja consiste en que la emergencia libertaria uniforma y disciplina; reconvierte a las multitudes en permeables sumisas, superfluas, desechables. El mal líquido neoliberal normaliza la sociedad hacia dentro manipulando el disconformismo, asegurando simultáneamente pasividad y resignación; se alimentan internamente deseos de servidumbre. Aun cuando el afán libertario no sea más que una utopía, las multitudes legitiman para sí la normalidad del mal que a su vez es banal y radical.
Si el poder combina normalidad con radicalidad del mal banal como instancia de gobernar, el pasado trágico de América Latina se actualiza en un presente que también lo es. Y aun más, qué hacer con el futuro que también viene atado a lo trágico. La versión utópica del futuro es lo que esperamos hacer; pero la versión trágica del futuro es que sabemos lo que queremos, pero también sabemos que no es posible de ser cumplido.[7]
En estas circunstancias las poblaciones evitan despojarse de la tutela del poder de modo que este les concede la gracia de apuntalar seguridad en momentos cada vez más inestables. Las subjetividades aseguran complacientes su propia dependencia y encierro haciéndose eco de promesas de felicidad y salvación.
La masividad y consenso que auspicia el encierro produce seres cada vez más robotizados, y ello genera también las condiciones para que las poblaciones terminen amparadas bajo el aliento libertario y se refugien replegadas en sus mundos internos.
En nuestros días planteamos una indudable versión renovada del mal. La cuestión acerca de la normalidad del mal puntualiza que la sujeción al poder completa el deseo de las multitudes por resguardarse y reproducir el ejercicio del mal para defender la vida.
De acuerdo con este planteo panóptico-inquisitorial el mal es tolerado masivamente como herramienta necesaria para sostener la vida; por ello es una acción necesaria de gobierno procurar que los hombres se “adapten” a la obediencia y al mismo tiempo se sientan cómodos en dicha posición.
No hay dudas de que el mal es una herramienta central y necesaria del gobierno para dirigir la vida de los otros. Por eso ya no hablamos de pulsión de muerte, sino que, por el contrario, hablamos de la potencia que tiene, en el imaginario de los sujetos, ese manejo del mal como instrumento persuasivo; les hace creer que es un elemento indispensable para la seguridad y conservación de sus cuerpos.
Paradójicamente el mal promueve el deseo de defender el bien y la vida; aún más maximizando la vida. En consecuencia, bien y mal no forman parte de una polaridad. Ambos forman parte indisoluble de una unidad: el bien que también es banal necesita del mal para gobernar. De este modo el mal es un producto positivo para garantizar el bien, necesario para ejercer el gobierno de la vida en sujetos libres, sumisos, obedientes, conformistas.
En términos de Forti esta interpretación acerca del mal en las democracias neoliberales latinoamericanas desgaja cierto razonamiento estático y bipolar –los justos aquí y los injustos allí, o los buenos salvadores de este lado y los malos opresores del otro–, impone un renovado haz de normalidad que envuelve a las poblaciones. La particularidad en el tiempo actual es que los endemoniados ya no están solamente entre quienes nos gobiernan, sino que las multitudes también funcionan como insólitos demonios que reproducen su lógica discriminadora: “Quédate tranquilo, a este negro de mierda me lo llevo de trofeo”.[8] El criterio acerca del mal normalizado es la confirmación que matiza la tragedia del realismo capitalista al irradiar el deseo patriarcal discriminador y la salida punitiva.
3. Dominación interior y rebelión
Capitalismo y colonialidad no funcionan sin racismo ni sin mito. Lo crucial de nuestro tiempo es el mito del progreso, de la integración o de la libertad.
Tal como ha sido llevada a cabo la constitución de los Estados Nacionales en América Latina por parte de los poderes hegemónicos del siglo XIX, estos diseminaron el mito del progreso, pero simultáneamente afianzaron la sujeción reproduciendo hacia dentro de las sociedades los fundamentos de discriminación, abandono y precariedad de la vida.
Empuñando marcas de superioridad y segregación hundieron los mismos fundamentos liberales que habían prometido cumplir, en especial respecto de la defensa de derechos e igualdad.
Por eso destacamos que la experiencia latinoamericana mantiene viva la llama de la colonialidad como organización social. En la actualidad y respetando particularidades temporales, América Latina sigue viviendo una guerra colonial interna: capitalismo y colonialidad forman parte de la misma unidad conceptual acerca de la construcción de verdad. Este punto de vista contrasta con la afirmación de que capitalismo y colonialismo no se confunden. De acuerdo con esta postura el capitalismo puede desarrollarse sin tener que recurrir al colonialismo como relación política; sin embargo, no lo puede hacer sin el colonialismo como relación social.
La fuerza de este enraizamiento resiste cualesquiera de las esquirlas provenientes de confrontaciones en relación con un nuevo orden mundial. La singularidad colonial de estos tiempos confronta con el mito por el cual el sometimiento, lejos de tener un valor únicamente externo, opera como dispositivo de realidad hacia dentro de las sociedades.
Subrayamos que la estructura de poder sigue siendo colonial y no hay evidencias de su deconstrucción. La colonialidad conserva rasgos esenciales entre el pasado y el presente; sin embargo, en estos tiempos tiñe nuevos formatos de encierro y sumisión en un panóptico restaurado.
La novedad es que aplica el mal normalizándolo hacia dentro y hacia fuera de las poblaciones y la comunidad; opera con manipulación de conciencias, abona el repliegue y sometimientos voluntarios.
Frente a este formato el planteo hegemónico opta siempre por un mensaje ambivalente, salvador, tranquilizador, pero simultáneamente represivo. Proclama revertir las vidas precarizadas de las mayorías, pero al mismo tiempo convierte la decisión de supresión de la vida indigna en una promesa impracticable.
En relación con la justicia, flaquea el derecho colectivo a la hora de dar cuenta de la vida indigna. No es suficiente afirmar que la pobreza sea inaceptable o que la violencia debe desaparecer. Quienes dominan el Estado se convierten en sus amos; se encargan de actuar con la fuerza violenta de la ley e imparten justicia en forma discrecional.
Aun cuando abrevamos en el concepto agambeniano de nuda vida, nos apartamos de dicho enfoque original. Respecto al escenario político y social, la vida precaria es nuda vida para las poblaciones; es la vida en los confines de la sobrevivencia. Aun más, creemos que la firmeza hegemónica de afectar deseos y voluntades e invadir conciencias colectivas representa un violento dispositivo de sometimiento.
Así el poder va acomodando “libertades” y “derechos” de modo tal que los hombres no rompan con las cadenas de la esclavitud. En nuestros tiempos se apoya en la ficción de la igualdad y del despliegue tecnológico-digital que promete autonomía, calidad de vida, innovación y progreso.
El engaño es perfecto por cuanto las poblaciones creen que la nueva racionalidad augura tiempos de libertad y de igualdad; de esta forma la lucha cambia de direccionalidad por cuanto ya no se dirige contra lo inequitativo y opresor del sistema.
En cambio, por el lado de los movimientos de protesta masivos, la lucha se presenta como un aliciente contra la sujeción; sin embargo, mediante represión explícita y astucias adormecedoras la esperanza se disuelve.
Lamentablemente nos interesa enfatizar que el esquema resistencial es efímero, escaso y débil. Así poder y colectivo social se asocian y se enfrentan en forma indefinida y siempre inconclusa.
Por esta razón prontamente vuelven a regenerarse condiciones de sumisión originales, de discriminación, resignación.
En otras palabras, la colonialidad se reafirma con fuerza de ley y coacción interna.
Subrayamos que para el poder, el arte de gobernar consiste en reconquistar, estilizar las herramientas de obediencia y aplastar el umbral de agitación social. El triunfo es ahondar en el encierro y reconquistar la subjetividad colectiva. En este juego se revela la lucha, razón por la cual atrapar el deseo de las multitudes es lograr que ellas se nutran en su propio sometimiento; es la razón que se convierte en el botín que sostiene la dominación.
La operación para desmontar dicho propósito no es otro que apelar a un doble movimiento: descubrir el engaño y al mismo tiempo enfrentar el carácter voluntario de la sujeción.
- Sociólogo, doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Docente en la Universidad Nacional de Lanús (UNLA) y la Universidad Nacional de Jujuy (UNJU).↵
- Forti, S. (2014). Los nuevos demonios. Repensar hoy el mal y el poder. Buenos Aires: Edhasa.↵
- Bernstein, R. (2000). “¿Cambió Hannah Arendt de opinión? Del mal radical a la banalidad del mal”, en Birulés Bertrán, J. (comp.). Hannah Arendt. El orgullo de pensar. Gedisa: Barcelona, p. 237.↵
- Fränkel, D. (2009). La saga eugenesia social. Radicalidad del mal banal en las políticas públicas. Psicol. Argum., Curitiba, vol. 27, n.° 59, pp. 285-299, out./dez.↵
- Bauman, Z. y Donskis, L. (2019). Maldad líquida. Buenos Aires: Paidós. ↵
- Galcerá, D. (2021). “Dostoievski: la leyenda del gran Inquisidor”, en Lupa Protestante, 17/02/2021. Disponible en https://bit.ly/3StSMWK.↵
- Zivin Erin, G. (2015). El pensar-marrano; o hacia un latinoamericanismo anarqueológico. Poshegemonía: el final de un paradigma de la filosofía política en América Latina. Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 207-222. ↵
- La Nación (2023). Crimen de Fernando Baez Sosa por 8 rugbiers. Disponible, entre otros, en https://bit.ly/3QCDttJ.↵







