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Cuarta escena[1]

“¿Qué es esto?” / “Si usted que es juez no lo sabe, ¿lo voy a saber yo?”

Mónica y Graciela seguían sentadas en el banco de madera del palier de la sede de Familiares, y desde allí alcanzaban a ver cuándo los policías metían en el ascensor todo lo que encontraban en la oficina. Pasó frente a ellas la pila de formularios de los habeas corpus, en papeles rosas y celestes, atados en fajos. Graciela masculló enojada porque los habían mezclado y todo iba a estar desordenado.

El secretario del juzgado llegó cuando ya se habían llevado casi todo.

—¿Cuál es su máquina? preguntó.

Le señalaron el final de la mesa. Ahí trabajaba Mónica, su espacio era el final de una larga mesa, la misma en la que hacían las reuniones. Allí, escribía en la Olivetti los relatos de los familiares encajando cada parte en los formularios, según correspondiera. Abogados había pocos, así que con ese formulario que ella había aprendido a llenar se podía ir a tribunales sin demora.

Luego de requisar la máquina de escribir, dos policías sacaron a Mónica por el mismo ascensor que había transportado la pila de cajas, fajos y ficheros. Doblaban en edad sus 19 años. Uno era pelado; otro, de tez oscura. Comentaban con jactancia el resultado de un operativo de secuestro que había tenido lugar en la madrugada. Mónica recordó su propio secuestro dos años antes y se le cayeron las lágrimas. Había sido muy difícil esconderse y zafar estando en la calle. Humberto Primo y Chacabuco. San Telmo era un barrio oscuro.

Los policías no dijeron dónde la llevaban. Ahora que la detenían, al menos varias personas la habían visto, pensó Mónica. Luego recordó que muchos de esos casos que ella había transcripto también habían tenido testigos. “Bueno, de acá no zafo, de acá me mandan a otro lado”, se dijo a sí misma. Esta vez, los del juzgado habían participado, recapituló. El golpe del ascensor en la planta baja la sacudió, estaba congelada, el alma fuera del cuerpo.

La subieron al patrullero en Corrientes y Callao. Y el coche arrancó. No estaba vendada, no la tiraron al piso. Mónica ya no pensaba, solo esperaba llegar, donde fuera, pero llegar. Al entrar a Tribunales aún tenía la mente en blanco. La hicieron recorrer los pasillos. Aunque era un viernes, y muy tarde para que hubiera personal en el Palacio, se sintió observada. El chirrido de la puerta de madera abriendo la hizo volver en sí. El juez y dos abogados de la Liga estaban dentro del despacho.

Miró la escena buscando dónde ubicarse. Los dos abogados hicieron un leve gesto de sosiego al verla. Mónica miraba sin ver, porque se suponía en situación de “incomunicada”. En el camino hacia la silla vacía pudo reconocer la pila de cajas y papeles amontonados en un rincón.

La alerta internacional inmediata sobre lo que estaba ocurriendo en Familiares había ejercido cierta presión y el juez, no su secretario como era la costumbre, debió tomarle declaración personalmente un viernes a última hora y con los abogados presentes. Esa detención debía haber durado todo el fin de semana con la sospechosa incomunicada. Mónica no sabía todo el movimiento que había generado, pero advirtió que el magistrado estaba irritable.

El juez levantó una de las carpetas secuestradas en el allanamiento y la sacudió frente a la cara de Mónica.

—¿Qué es esto? ¿Usted sabe qué es esto?

—¿Si usted que es juez no lo sabe, lo voy a saber yo? —Mónica solo atinó a responder.


  1. Basado en las entrevistas realizadas a Graciela Lois, Eduardo Barcesat y Mónica Córdoba en 2020.


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